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Los Pazos de Ulloa by Emilia Pardo Bazán - HTML preview

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Don Pedro Moscoso de Cabreira y Pardo de la Lage quedó huérfano de padremuy niño aún. A no ser por semejante desgracia, acaso hubiera tenidocarrera: los Moscosos conservaban, desde el abuelo afrancesado,enciclopedista y francmasón que se permitía leer al señor de Voltaire,cierta tradición de cultura trasañeja, medio extinguida ya, perosuficiente todavía para empujar a un Moscoso a los bancos del aula. Enlos Pardos de la Lage era, al contrario, axiomático que más vale asnovivo que doctor muerto. Vivían entonces los Pardos en su casa solariega,no muy distante de la de Ulloa: al enviudar la madre de don Pedro, elmayorazgo de la Lage iba a casarse en Santiago con una señorita dedistinción, trasladando sus reales al pueblo; y don Gabriel, elsegundón, se vino a los Pazos de Ulloa, para acompañar a su hermana,según decía, y servirle de amparo; en realidad, afirmaban losmaldicientes, para disfrutar a su talante las rentas del cuñado difunto.Lo cierto es que don Gabriel en poco tiempo asumió el mando de la casa:él descubrió y propuso para administrador a aquel bendito exclaustradofray Venancio, medio chocho desde la exclaustración, medio idiota denacimiento ya, a cuya sombra pudo manejar a su gusto la hacienda delsobrino, desempeñando la tutela. Una de las habilidades de don Gabrielfue hacer partijas con su hermana cogiéndole mañosamente casi toda sulegítima, despojo a que asintió la pobre señora, absolutamente inepta enmateria de negocios, hábil sólo para ahorrar el dinero que guardaba consórdida avaricia, y que tuvo la imprudente niñería de ir poniendo enonzas de oro, de las más antiguas, de premio. Cortos eran los réditosdel caudal de Moscoso que no se deslizaban de entre los dedos temblonesde fray Venancio a las robustas palmas del tutor; pero si lograban pasara las de doña Micaela, ya no salían de allí sino en forma de peluconas,camino de cierto escondrijo misterioso, acerca del cual iba poco a pocoformándose una leyenda en el país. Mientras la madre atesoraba, donGabriel educaba al sobrino a su imagen y semejanza, llevándolo consigo aferias, cazatas, francachelas rústicas, y acaso distracciones menosinocentes, y enseñándole, como decían allí, a cazar la perdiz blanca; yel chico adoraba en aquel tío jovial, vigoroso y resuelto, diestro enlos ejercicios corporales, groseramente chistoso, como todos los de laLage, en las sobremesas: especie de señor feudal acatado en el país, queenseñaba prácticamente al heredero de los Ulloas el desprecio de lahumanidad y el abuso de la fuerza. Un día que tío y sobrino sedeportaban, según costumbre, a cuatro o seis leguas de distancia de losPazos, habiéndose llevado consigo al criado y al mozo de cuadra, a lascuatro de la tarde y estando abiertas todas las puertas del caserónsolariego, se presentó en él una gavilla de veinte hombres enmascaradoso tiznados de carbón, que maniató y amordazó a la criada, hizo echarseboca abajo a fray Venancio, y apoderándose de doña Micaela, le intimóque enseñase el escondrijo de las onzas; y como la señora se negase,después de abofetearla, empezaron a mecharla con la punta de una navaja,mientras unos cuantos proponían que se calentase aceite para freírle lospies. Así que le acribillaron un brazo y un pecho, pidió compasión ydescubrió, debajo de un arca enorme, el famoso escondrijo, trampahábilmente disimulada por medio de una tabla igual a las demás del piso,pero que subía y bajaba a voluntad. Recogieron los ladrones las hermosasmedallas, apoderáronse también de la plata labrada que hallaron a mano,y se retiraron de los Pazos a las seis, antes que anocheciese del todo.Algún labrador o jornalero les vio salir, pero ¿qué había de hacer? Eranveinte, bien armados con escopetas, pistolas y trabucos.

Fray Venancio, que sólo había recibido tal cual puntapié o puñadadespreciativa, no necesitó más pasaporte para irse al otro mundo, depuro miedo, en una semana; la señora se apresuró menos, pero, como sueledecirse, no levantó cabeza, y de allí a pocos meses una apoplejía serosale impidió seguir guardando onzas en un agujero mejor disimulado. Delrobo se habló largo tiempo en el país, y corrieron rumores muy extraños:se afirmó que los criminales no eran bandidos de profesión, sino gentesconocidas y acomodadas, alguna de las cuales desempeñaba cargo público,y entre ellas se contaban personas relacionadas de antiguo con lafamilia de Ulloa, que por lo tanto estaban al corriente de lascostumbres de la casa, de los días en que se quedaba sin hombres, y dela insaciable constancia de doña Micaela en recoger y conservar la másvaliosa moneda de oro. Fuese lo que fuese, la justicia no descubrió alos autores del delito, y don Pedro quedó en breve sin otro pariente quesu tío Gabriel. Éste buscó para el sitio de fray Venancio a un sacerdotebrusco, gran cazador, incapaz de morirse de miedo ante los ladrones.Desde tiempo atrás les ayudaba en sus expediciones cinegéticasPrimitivo, la mejor escopeta furtiva del país, la puntería más certera,y el padre de la moza más guapa que se encontraba en diez leguas a laredonda. El fallecimiento de doña Micaela permitió que hija y padre seinstalasen en los Pazos, ella a título de criada, él a título de...montero mayor, diríamos hace siglos; hoy no hay nombre adecuado para elempleo. Don Gabriel los tenía muy a raya a entrambos, olfateando enPrimitivo un riesgo serio para su influencia; pero tres o cuatro añosdespués de la muerte de su hermana, don Gabriel sufrió ataques de gotaque pusieron en peligro su vida, y entonces se divulgó lo que ya sesusurraba acerca de su casamiento secreto con la hija del carcelero deCebre. El hidalgo se trasladó a vivir, mejor dicho a rabiar, en lavillita; otorgó testamento legando a tres hijos que tenía sus bienes ycaudal, sin dejar al sobrino don Pedro ni el reloj en memoria; yhabiéndosele subido la gota al corazón, entregó su alma a Dios demalísima gana, con lo cual hallóse el último de los Moscosos dueño de sípor completo.

Gracias a todas estas vicisitudes, socaliñas y pellizcos, la casa deUlloa, a pesar de poseer dos o tres decentes núcleos de renta, estabaenmarañada y desangrada; era lo que presumía Julián: una ruina. Dada lacomplicación de red, la subdivisión atomística que caracteriza a lapropiedad gallega, un poco de descuido o mala administración basta paraminar los cimientos de la más importante fortuna territorial. Lanecesidad de pagar ciertos censos atrasados y sus intereses había sidocausa de que la casa se gravase con una hipoteca no muy cuantiosa; perola hipoteca es como el cáncer: empieza atacando un punto del organismo yacaba por inficionarlo todo. Con motivo de los susodichos censos, elseñorito buscó asiduamente las onzas del nuevo escondrijo de su madre;tiempo perdido: o la señora no había atesorado más desde el robo, o lohabía ocultado tan bien, que no diera con ello el mismo diablo.

La vista de tal hipoteca contristó a Julián, pues el buen clérigoempezaba a sentir la adhesión especial de los capellanes por las casasnobles en que entran; pero más le llenó de confusión encontrar entre lospapelotes la documentación relativa a un pleitecillo de partijas,sostenido por don Alberto Moscoso, padre de don Pedro, con.... ¡elmarqués de Ulloa!

Porque ya es hora de decir que el marqués de Ulloa auténtico y legal, elque consta en la Guía de forasteros, se paseaba tranquilamente encarretela por la Castellana, durante el invierno de 1866 a 1867,mientras Julián exterminaba correderas en el archivo de los Pazos. Bienajeno estaría él de que el título de nobleza por cuya carta de sucesiónhabía pagado religiosamente su impuesto de lanzas y medias anatas, lodisfrutaba gratis un pariente suyo, en un rincón de Galicia. Verdad queal legítimo marqués de Ulloa, que era Grande de España de primera clase,duque de algo, marqués tres veces y conde dos lo menos, nadie le conocíaen Madrid sino por el ducado, por aquello de que baza mayor quita menor,aun cuando el título de Ulloa, radicado en el claro solar de Cabreira dePortugal, pudiese ganar en antigüedad y estimación a los más eminentes.Al pasar a una rama colateral la hacienda de los Pazos de Ulloa, fue elmarquesado a donde correspondía por rigurosa agnación; pero losaldeanos, que no entienden de agnaciones, hechos a que los Pazos deUlloa diesen nombre al título, siguieron llamando marqueses a los dueñosde la gran huronera.

Los señores de los Pazos no protestaban: eranmarqueses por derecho consuetudinario; y cuando un labrador, en uncamino hondo, se descubría respetuosamente ante don Pedro, murmurando:«Vaya usía muy dichoso, señor marqués», don Pedro sentía un cosquilleograto en la epidermis de la vanidad, y contestaba con voz sonora:«Felices tardes».

-V-

Del famoso arreglo del archivo sacó Julián los pies fríos y la cabezacaliente: él bien quisiera despabilarse, aplicar prácticamente lasnociones adquiridas acerca del estado de la casa, para empezar a ejercercon inteligencia sus funciones de administrador, mas no acertaba, nopodía; su inexperiencia en cosas rurales y jurídicas se traslucía a cadapaso. Trataba de estudiar el mecanismo interior de los Pazos: tomábaseel trabajo de ir a los establos, a las cuadras, de enterarse de loscultivos, de visitar la granera, el horno, los hórreos, las eras, lasbodegas, los alpendres, cada dependencia y cada rincón; de preguntarpara qué servía esto y aquello y lo de más allá, y cuánto costaba y acómo se vendía; labor inútil, pues olfateando por todas partes abusos ydesórdenes, no conseguía nunca, por su carencia de malicia y degramática parda, poner el dedo sobre ellos y remediarlos. El señorito nole acompañaba en semejantes excursiones: harto tenía que hacer conferias, caza y visitas a gentes de Cebre o del señorío montañés, desuerte que el guía de Julián era Primitivo. Guía pesimista si los hay.Cada reforma que Julián quería plantear, la calificaba de imposible,encogiéndose de hombros; cada superfluidad que intentaba suprimir, ladeclaraba el cazador indispensable al buen servicio de la casa. Ante elcelo de Julián surgían montones de dificultades menudas, impidiéndolerealizar ninguna modificación útil. Y lo más alarmante era observar laencubierta, pero real omnipotencia de Primitivo. Mozos, colonos,jornaleros, y hasta el ganado en los establos, parecía estarlesupeditado y propicio: el respeto adulador con que trataban al señorito,el saludo, mitad desdeñoso y mitad indiferente que dirigían al capellán,se convertían en sumisión absoluta hacia Primitivo, no manifestada porfórmulas exteriores, sino por el acatamiento instantáneo de su voluntad,indicada a veces con sólo el mirar directo y frío de sus ojuelos sinpestañas. Y Julián se sentía humillado en presencia de un hombre quemandaba allí como indiscutible autócrata, desde su ambiguo puesto decriado con ribetes de mayordomo. Sentía pesar sobre su alma la ojeadaescrutadora de Primitivo que avizoraba sus menores actos, y estudiaba surostro, sin duda para averiguar el lado vulnerable de aquel presbítero,sobrio, desinteresado, que apartaba los ojos de las jornaleras garridas.Tal vez la filosofía de Primitivo era que no hay hombre sin vicio, y nohabía de ser Julián la excepción.

Corría entre tanto el invierno, y el capellán se habituaba a la vidacampestre. El aire vivo y puro le abría el apetito: no sentía ya lasefusiones de devoción que al principio, y sí una especie de caridadhumana que le llevaba a interesarse en lo que veía a su alrededor,especialmente los niños y los irracionales, con quienes desahogaba suinstintiva ternura. Aumentábase su compasión hacia Perucho, el rapazembriagado por su propio abuelo; le dolía verle revolcarseconstantemente en el lodo del patio, pasarse el día hundido en elestiércol de las cuadras, jugando con los becerros, mamando del pezón delas vacas leche caliente o durmiendo en el pesebre, entre la hierbadestinada al pienso de la borrica; y determinó consagrar algunas horasde las largas noches de invierno a enseñar al chiquillo el abecedario,la doctrina y los números. Para realizarlo se acomodaba en la vastamesa, no lejos del fuego del hogar, cebado por Sabel con gruesostroncos; y cogiendo al niño en sus rodillas, a la luz del triple mecherodel velón, le iba guiando pacientemente el dedo sobre el silabario,repitiendo la monótona salmodia por donde empieza el saber: be-a bá,be-e bé, be-i bí.... El chico se deshacía en bostezos enormes, en muecasrisibles, en momos de llanto, en chillidos de estornino preso; seacorazaba, se defendía contra la ciencia de todas las manerasimaginables, pateando, gruñendo, escondiendo la cara, escurriéndose, almenor descuido del profesor, para ocultarse en cualquier rincón ovolverse al tibio abrigo del establo.

En aquel tiempo frío, la cocina se convertía en tertulia, casiexclusivamente compuesta de mujeres. Descalzas y pisando de lado, comorecelosas, iban entrando algunas, con la cabeza resguardada por unaespecie de mandilón de picote; muchas gemían de gusto al acercarse a ladeleitable llama; otras, tomando de la cintura el huso y el copo delino, hilaban después de haberse calentado las manos, o sacando delbolsillo castañas, las ponían a asar entre el rescoldo; y todas,empezando por cuchichear bajito, acababan por charlotear como urracas.Era Sabel la reina de aquella pequeña corte: sofocada por la llama, conlos brazos arremangados, los ojos húmedos, recibía el incienso de lasadulaciones, hundía el cucharón de hierro en el pote, llenaba cuencos decaldo, y al punto una mujer desaparecía del círculo, refugiábase en laesquina o en un banco, donde se la oía mascar ansiosamente, soplar elhirviente bodrio y lengüetear contra la cuchara.

Noches había en que nose daba la moza punto de reposo en colmar tazas, ni las mujeres enentrar, comer y marcharse para dejar a otras el sitio: allí desfilabasin duda, como en mesón barato, la parroquia entera. Al salir cogíanaparte a Sabel, y si el capellán no estuviese tan distraído con surebelde alumno, vería algún trozo de tocino, pan o lacón rápidamenteescondido en un justillo, o algún chorizo cortado con prontitud de lasristras pendientes en la chimenea, que no menos velozmente pasaba a lasfaltriqueras. La última tertuliana que se quedaba, la que secreteaba mástiempo y más íntimamente con Sabel, era la vieja de las greñas deestopa, entrevista por Julián la noche de su llegada a los Pazos. Eraimponente la fealdad de la bruja: tenía las cejas canas, y, de perfil,le sobresalían, como también las cerdas de un lunar; el fuego hacíaresaltar la blancura del pelo, el color atezado del rostro, y el enorme bocio o papera que deformaba su garganta del modo más repulsivo.Mientras hablaba con la frescachona Sabel, la fantasía de un artistapodía evocar los cuadros de tentaciones de San Antonio en que aparecenjuntas una asquerosa hechicera y una mujer hermosa y sensual, con pezuñade cabra.

Sin explicarse el porqué, empezó a desagradar a Julián la tertulia y lasfamiliaridades de Sabel, que se le arrimaba continuamente, a pretexto debuscar en el cajón de la mesa un cuchillo, una taza, cualquier objetoindispensable. Cuando la aldeana fijaba en él sus ojos azules, anegadosen caliente humedad, el capellán experimentaba malestar violento,comparable sólo al que le causaban los de Primitivo, que a menudosorprendía clavados a hurtadillas en su rostro.

Ignorando en qué fundarsus recelos, creía Julián que meditaban alguna asechanza. Era Primitivo,salvo tal cual momentáneo acceso de brusca y selvática alegría, hombretaciturno, a cuya faz de bronce asomaban rara vez los sentimientos; ycon todo eso, Julián se juzgaba blanco de hostilidad encubierta porparte del cazador; en rigor, ni hostilidad podía llamarse; más bientenía algo de observación y acecho, la espera tranquila de una res, aquien, sin odiarla, se desea cazar cuanto antes. Semejante actitud nopodía definirse, ni expresarse apenas. Julián se refugió en su cuarto,adonde hizo subir, medio arrastro, al niño, para la lecciónacostumbrada. Así como así, el invierno había pasado, y el calor de la lareira no era apetecible ya.

En su habitación pudo el capellán notar mejor que en la cocina laescandalosa suciedad del angelote. Media pulgada de roña le cubría lapiel; y en cuanto al cabello, dormían en él capas geológicas,estratificaciones en que entraba tierra, guijarros menudos, toda suertede cuerpos extraños. Julián cogió a viva fuerza al niño, lo arrastróhacia la palangana, que ya tenía bien abastecida de jarras, toallas yjabón. Empezó a frotar. ¡María Santísima y qué primer agua la que salióde aquella empecatada carita! Lejía pura, de la más turbia y espesa.Para el pelo fue preciso emplear aceite, pomada, agua a chorros, unbatidor de gruesas púas que desbrozase la virgen selva. Al paso queadelantaba la faena, iban saliendo a luz las bellísimas facciones,dignas del cincel antiguo, coloreadas con la pátina del sol y del aire;y los bucles, libres de estorbos, se colocaban artísticamente como enuna testa de Cupido, y descubrían su matiz castaño dorado, que acababade entonar la figura. ¡Era pasmoso lo bonito que había hecho Dios aaquel muñeco!

Todos los días, que gritase o que se resignase el chiquillo, Julián lolavaba así antes de la lección. Por aquel respeto que profesaba a lacarne humana no se atrevía a bañarle el cuerpo, medida bien necesaria enverdad. Pero con los lavatorios y el carácter bondadoso de Julián, eldiablillo iba tomándose demasiadas confianzas, y no dejaba cosa a vidaen el cuarto. Su desaplicación, mayor a cada instante, desesperaba alpobre presbítero: la tinta le servía a Perucho para meter en ella lamano toda y plantarla después sobre el silabario; la pluma, paraarrancarle las barbas y romperle el pico cazando moscas en los vidrios;el papel, para rasgarlo en tiritas o hacer con él cucuruchos; lasarenillas, para volcarlas sobre la mesa y figurar con ellas montes ycollados, donde se complacía en producir cataclismos hundiendo el dedode golpe. Además, revolvía la cómoda de Julián, deshacía la camabrincando encima, y un día llegó al extremo de prender fuego a las botasde su profesor, llenándolas de fósforos encendidos.

Bien aguantaría Julián estas diabluras con la esperanza de sacar algo enlimpio de semejante hereje; pero se complicaron con otra cosa bastantemás desagradable: las idas y venidas frecuentes de Sabel por suhabitación. Siempre encontraba la moza algún pretexto para subir: que sele había olvidado recoger el servicio del chocolate; que se le había esquecido mudar la toalla. Y

se endiosaba, y tardaba un buen rato enbajar, entreteniéndose en arreglar cosas que no estaban revueltas, oponiéndose de pechos en la ventana, muy risueña y campechanota,alardeando de una confianza que Julián, cada día más reservado, noautorizaba en modo alguno.

Una mañana entró Sabel a la hora de costumbre con las jarras de aguapara las abluciones del presbítero, que, al recibirlas, no pudo menos dereparar, en una rápida ojeada, cómo la moza venía en justillo y enaguas,con la camisa entreabierta, el pelo destrenzado y descalzos un pie ypierna blanquísimos, pues Sabel, que se calzaba siempre y no hacía másque la labor de cocina y ésa con mucha ayuda de criadas de campo ycomadres, no tenía la piel curtida, ni deformados los miembros. Juliánretrocedió, y la jarra tembló en su mano, vertiéndose un chorro de aguapor el piso.

—Cúbrase usted, mujer—murmuró con voz sofocada por la vergüenza—. No metraiga nunca el agua cuando esté así... no es modo de presentarse a lagente.

—Me estaba peinando y pensé que me llamaba...—respondió ella sinalterarse, sin cruzar siquiera las palmas sobre el escote.

—Aunque la llamase no era regular venir en ese traje.... Otra vez que seesté peinando que me suba el agua Cristobo o la chica del ganado... ocualquiera....

Y al pronunciar estas palabras, volvíase de espaldas para no ver más aSabel, que se retiraba lentamente.

Desde aquel punto y hora, Julián se desvió de la muchacha como de unanimal dañino e impúdico; no obstante, aún le parecía poco caritativoatribuir a malos fines su desaliño indecoroso, prefiriendo achacarlo aignorancia y rudeza. Pero ella se había propuesto demostrar locontrario. Poco tiempo iba transcurrido desde la severa reprimenda,cuando una tarde, mientras Julián leía tranquilamente la Guía dePecadores, sintió entrar a Sabel y notó, sin levantar la cabeza, quealgo arreglaba en el cuarto. De pronto oyó un golpe, como caída depersona contra algún mueble, y vio a la moza recostada en la cama,despidiendo lastimeros ayes y hondos suspiros. Se quejaba de una aflición, una cosa repentina, y Julián, turbado pero compadecido,acudió a empapar una toalla para humedecerle las sienes, y a fin deejecutarlo se acercó a la acongojada enferma. Apenas se inclinó haciaella, pudo—a pesar de su poca experiencia y ninguna malicia—convencersede que el supuesto ataque no era sino bellaquería grandísima ysinvergüenza calificada. Una ola de sangre encendió a Julián hasta elcogote: sintió la cólera repentina, ciega, que rarísima vez fustigaba sulinfa, y señalando a la puerta, exclamó:

—Se me va usted de aquí ahora mismo o la echo a empellones..., ¿entiendeusted? No me vuelve usted a cruzar esa puerta.... Todo, todo lo quenecesite, me lo traerá Cristobo.... ¡Largo inmediatamente!

Retiróse la moza cabizbaja y mohína, como quien acaba de sufrir pesadochasco. Julián, por su parte, quedó tembloroso, agitado, descontento desí mismo, cual suelen los pacíficos cuando ceden a un arrebato de ira:hasta sentía dolor físico, en el epigastrio. A no dudarlo, se habíaexcedido; debió dirigir a aquella mujer una exhortación fervorosa, envez de palabras de menosprecio. Su obligación de sacerdote era enseñar,corregir, perdonar, no pisotear a la gente como a los bichos delarchivo. Al cabo Sabel tenía un alma, redimida por la sangre de Cristoigual que otra cualquiera. Pero ¿quién reflexiona, quién se modera antetal descaro? Hay un movimiento que llaman los escolásticos primoprimis fatal e inevitable. Así se consolaba el capellán. De todosmodos, era triste cosa tener que vivir con aquella mala hembra, no máspúdica que las vacas. ¿Cómo podía haber mujeres así? Julián recordaba asu madre, tan modosa, siempre con los ojos bajos y la voz almibarada ysuave, con su casabé abrochado hasta la nuez, sobre el cual, paramayor recato, caía liso, sin arrugas, un pañuelito de seda negra. ¡Quémujeres! ¡Qué mujeres se encuentran por el mundo!

Desde el funesto lance tuvo Julián que barrerse el cuarto y subirse elagua, porque ni Cristobo ni las criadas hicieron caso de sus órdenes, ya Sabel no quería verle ni la sombra en la puerta. Lo que más extrañezay susto le causó fue observar que Primitivo, después del suceso, no serecataba ya para mirarle con fijeza terrible, midiéndole con una ojeadaque equivalía a una declaración de guerra. Julián no podía dudar queestorbaba en los Pazos: ¿por qué? A veces meditaba en ellointerrumpiendo la lectura de Fray Luis de Granada y de los seis librosde San Juan Crisóstomo sobre el sacerdocio; pero al poco rato,descorazonado por tanta mezquina contrariedad, desesperando de ser útiljamás a la casa de Ulloa, se enfrascaba nuevamente en sus páginasmísticas.

Arriba De los párrocos de las inmediaciones, con ninguno había hechoJulián tan buenas migas como con don Eugenio, el de Naya. El abad deUlloa, al cual veía con más frecuencia, no le era simpático, por sudesmedida afición al jarro y a la escopeta; y al abad de Ulloa, encambio, le exasperaba Julián, a quien solía apodar mariquita; porquepara el abad de Ulloa, la última de las degradaciones en que podía caerun hombre era beber agua, lavarse con jabón de olor y cortarse las uñas:tratándose de un sacerdote, el abad ponía estos delitos en parangón conla simonía.

«Afeminaciones, afeminaciones», gruñía entre dientes,convencidísimo de que la virtud en el sacerdote, para ser de ley, ha depresentarse bronca, montuna y cerril; aparte de que un clérigo nopierde, ipso facto, los fueros de hombre, y el hombre debe oler abravío desde una legua. Con los demás curas de las parroquias cercanastampoco frisaba mucho Julián; así es que, convidado a las funciones deiglesia, acostumbraba retirarse tan pronto como se acababan lasceremonias, sin aceptar jamás la comida que era su complementoindispensable. Pero cuando don Eugenio le invitó con alegre cordialidada pasar en Naya el día del patrón, aceptó de buen grado,comprometiéndose a no faltarle.

Según lo convenido, subió a Naya la víspera, rehusando la montura que leofrecía don Pedro.

¡Para legua y media escasa! ¡Y con una tardehermosísima! Apoyándose en un palo, dando tiempo a que anocheciese,deteniéndose a cada rato para recrearse mirando el paisaje, no tardómucho en llegar al cerro que domina el caserío de Naya, tanoportunamente que vino a caer en medio del baile que, al son de lagaita, bombo y tamboril, a la luz de los fachones de paja de centenoencendidos y agitados alegremente, preludiaba a los regocijospatronales. Poco tardaron los bailarines en bajar hacia la rectoral,cantando y atruxando como locos, y con ellos descendió Julián.

El cura esperaba en la portalada misma: recogidas las mangas de suchaqueta, levantaba en alto un jarro de vino, y la criada sostenía labandeja con vasos. Detúvose el grupo; el gaitero, vestido de pana azul,en actitud de cansancio, dejando desinflarse la gaita, cuyo punteiro caía sobre los rojos flecos del roncón, se limpiaba la frente sudorosacon un pañuelo de seda, y los reflejos de la paja ardiendo y de lasluces que alumbraban la casa del cura permitían distinguir su caraguapota, de correctas facciones, realzada por arrogantes patillascastañas. Cuando le sirvieron el vino, el rústico artista dijocortésmente: «¡A la salud del señor abade y la compaña!» y, después deechárselo al coleto, aún murmuró con mucha política, pasándose el revésde la mano por la boca: «De hoy en veinte años, señor abade». Laslibaciones consecutivas no fueron acompañadas de más fórmulas deatención.

Disfrutaba el párroco de Naya de una rectoral espaciosa, alborozada a lasazón con los preparativos de la fiesta y asistía impávido a lospreliminares del saco y ruina de su despensa, bodega, leñera y huerto.Era don Eugenio joven y alegre como unas pascuas, y su condición, másque de padre de almas, de pilluelo revoltoso y ladino; pero bajo lacorteza infantil se escondía singular don de gentes y conocimiento de lavida práctica. Sociable y tolerante, había logrado no tener un soloenemigo entre sus compañeros. Le conceptuaban un rapaz inofensivo.

Tras el pocillo de aromoso chocolate, dio a Julián la mejor cama yhabitación que poseía, y le despertó cuando la gaita floreaba laalborada, rayando ésta apenas en los cielos. Fueron juntos los dosclérigos a revisar el decorado de los altares, compuestos ya para lamisa solemne. Julián pasaba la revista con especial devoción, puesto queel patrón de Naya era el suyo mismo, el bienaventurado San Julián, queallí estaba en el altar mayor con su carita inocentona, su estáticasonrisilla, su chupa y calzón corto, su paloma blanca en la diestra, yla siniestra delicadamente apoyada en la chorrera de la camisola. Laimagen modesta, la iglesia desmantelada y sin más adorno que algúnrizado cirio y humildes flores aldeanas puestas en toscos cacharros deloza, todo excitaba en Julián tierna piedad, la efusión que le hacíatanto provecho, ablandándole y desentumeciéndole el espíritu. Ibanllegando ya los curas de las inmediaciones, y en el atrio, tapizado dehierba, se oía al gaitero templar prolijamente el instrumento, mientrasen la iglesia el hinojo, esparcido por las losas y pisado por los queiban entrando, despedía olor campestre y fresquísimo. La procesión seorganizaba; San Julián había descendido del altar mayor; la cruz y losestandartes oscilaban sobre el remolino de gentes amontonadas ya en laestrecha nave, y los mozos, vestidos de fiesta, con su pañuelo de sedaen la cabeza en forma de burelete, se ofrecían a llevar las insigniassacras. Después de dar dos vueltas por el atrio y de detenerse brevesinstantes frente al crucero, el santo volvió a entrar en la iglesia, yfue pujado, con sus andas, a una mesilla al lado del altar mayor muyengalanada, y cubierta con antigua colcha de damasco carmesí. La misaempezó, regocijada y rústica, en armonía con los demás festejos. Más deuna docena de curas la cantaban a voz en cuello, y el desvencijadoincensario iba y venía, con retintín de cadenillas viejas, soltando unhumo espeso y aromático, entre cuya envoltura algodonosa parecíasuavizarse el desentono del introito, la aspereza de las broncaslaringes eclesiásticas.