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Los Pazos de Ulloa by Emilia Pardo Bazán - HTML preview

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Nota: No había capítulo nº V en el original. Pues, el capítulo VII sigue el capítulo V.

Los pazos de Ulloa

Emilia Pardo Bazán

Capítulos:

Tomo I

-I-,-II-,-III-,-IV-,-V-,-VII-,-VIII-,-IX-,-X-,-XI-

Tomo II

-XII-,-XIII-,-XIV-,-XV-,-XVI-,-XVII-,-XVIII-,-XIX-,-XX-,-XXI-,-XXII-,-XXIII-,-XXIV-,-

XXV-,-XXVI-,-XXVII-,-XXVIII-,-XXIX-,-XXX-

Tomo I

-I-

Por más que el jinete trataba de sofrenarlo agarrándose con todas susfuerzas a la única rienda de cordel y susurrando palabritas calmantes ymansas, el peludo rocín seguía empeñándose en bajar la cuesta a un trotecochinero que descuadernaba los intestinos, cuando no a trancosdesigualísimos de loco galope. Y era pendiente de veras aquel repechodel camino real de Santiago a Orense en términos que los viandantes, alpasarlo, sacudían la cabeza murmurando que tenía bastante más declivedel no sé cuántos por ciento marcado por la ley, y que sin duda alllevar la carretera en semejante dirección, ya sabrían los ingenieros loque se pescaban, y alguna quinta de personaje político, algunainfluencia electoral de grueso calibre debía andar cerca.

Iba el jinete colorado, no como un pimiento, sino como una fresa,encendimiento propio de personas linfáticas. Por ser joven y de miembrosdelicados, y por no tener pelo de barba, pareciera un niño, a nodesmentir la presunción sus trazas sacerdotales. Aunque cubierto deamarillo polvo que levantaba el trote del jaco, bien se advertía que eltraje del mozo era de paño negro liso, cortado con la flojedad y pocagracia que distingue a las prendas de ropa de seglar vestidas porclérigos. Los guantes, despellejados ya por la tosca brida, eranasimismo negros y nuevecitos, igual que el hongo, que llevaba caladohasta las cejas, por temor a que los zarandeos de la trotada se lohiciesen saltar al suelo, que sería el mayor compromiso del mundo.

Bajoel cuello del desairado levitín asomaba un dedo de alzacuello, bordadode cuentas de abalorio. Demostraba el jinete escasa maestría hípica:inclinado sobre el arzón, con las piernas encogidas y a dos dedos desalir despedido por las orejas, leíase en su rostro tanto miedo alcuartago como si fuese algún corcel indómito rebosando fiereza y bríos.

Al acabarse el repecho, volvió el jaco a la sosegada andadura habitual,y pudo el jinete enderezarse sobre el aparejo redondo, cuya anchurainconmensurable le había descoyuntado los huesos todos de la regiónsacro-ilíaca. Respiró, quitóse el sombrero y recibió en la frentesudorosa el aire frío de la tarde. Caían ya oblicuamente los rayos delsol en los zarzales y setos, y un peón caminero, en mangas de camisa,pues tenía su chaqueta colocada sobre un mojón de granito, dabalánguidos azadonazos en las hierbecillas nacidas al borde de la cuneta.Tiró el jinete del ramal para detener a su cabalgadura, y ésta, que sehabía dejado en la cuesta abajo las ganas de trotar, paróinmediatamente. El peón alzó la cabeza, y la placa dorada de su sombrerorelució un instante.

—¿Tendrá usted la bondad de decirme si falta mucho para la casa delseñor marqués de Ulloa?

—¿Para los Pazos de Ulloa?—contestó el peón repitiendo la pregunta.

—Eso es.

—Los Pazos de Ulloa están allí—murmuró extendiendo la mano para señalara un punto en el horizonte.—Si la bestia anda bien, el camino que quedapronto se pasa.... Ahora tiene que seguir hasta aquel pinar ¿ve? y luegole cumple torcer a mano izquierda, y luego le cumple bajar a manoderecha por un atajito, hasta el crucero.... En el crucero ya no tienepérdida, porque se ven los Pazos, una costrución muy grandísima....

—Pero..... ¿como cuánto faltará?—preguntó con inquietud el clérigo.

Meneó el peón la tostada cabeza.

—Un bocadito, un bocadito....

Y sin más explicaciones, emprendió otra vez su desmayada faena,manejando el azadón lo mismo que si pesase cuatro arrobas.

Se resignó el viajero a continuar ignorando las leguas de que se componeun bocadito, y taloneó al rocín. El pinar no estaba muy distante, ypor el centro de su sombría masa serpeaba una trocha angostísima, en lacual se colaron montura y jinete. El sendero, sepultado en las oscurasprofundidades del pinar, era casi impracticable; pero el jaco, que nodesmentía las aptitudes especiales de la raza caballar gallega paraandar por mal piso, avanzaba con suma precaución, cabizbajo, tanteandocon el casco, para sortear cautelosamente las zanjas producidas por lallanta de los carros, los pedruscos, los troncos de pino cortados yatravesados donde hacían menos falta. Adelantaban poco a poco, y yasalían de las estrecheces a senda más desahogada, abierta entre pinosnuevos y montes poblados de aliaga, sin haber tropezado con una solaheredad labradía, un plantío de coles que revelase la vida humana. Depronto los cascos del caballo cesaron de resonar y se hundieron enblanda alfombra: era una camada de estiércol vegetal, tendida, segúncostumbre del país, ante la casucha de un labrador. A la puerta unamujer daba de mamar a una criatura. El jinete se detuvo.

—Señora, ¿sabe si voy bien para la casa del marqués de Ulloa?

—Va bien, va....

—¿Y... falta mucho?

Enarcamiento de cejas, mirada entre apática y curiosa, respuesta ambiguaen dialecto:

—La carrerita de un can....

¡Estamos frescos!, pensó el viajero, que si no acertaba a calcular loque anda un can en una carrera, barruntaba que debe ser bastante para uncaballo. En fin, en llegando al crucero vería los Pazos de Ulloa..... Todose le volvía buscar el atajo, a la derecha..... Ni señales. La vereda,ensanchándose, se internaba por tierra montañosa, salpicada de manchonesde robledal y algún que otro castaño todavía cargado de fruta: a derechae izquierda, matorrales de brezo crecían desparramados y oscuros.Experimentaba el jinete indefinible malestar, disculpable en quien,nacido y criado en un pueblo tranquilo y soñoliento, se halla por vezprimera frente a frente con la ruda y majestuosa soledad de lanaturaleza, y recuerda historias de viajeros robados, de gentesasesinadas en sitios desiertos.

—¡Qué país de lobos!—dijo para sí, tétricamente impresionado.

Alegrósele el alma con la vista del atajo, que a su derecha secolumbraba, estrecho y pendiente, entre un doble vallado de piedra,límite de dos montes. Bajaba fiándose en la maña del jaco para evitartropezones, cuando divisó casi al alcance de su mano algo que le hizoestremecerse: una cruz de madera, pintada de negro con filetes blancos,medio caída ya sobre el murallón que la sustentaba. El clérigo sabía queestas cruces señalan el lugar donde un hombre pereció de muerteviolenta; y, persignándose, rezó un padrenuestro, mientras el caballo,sin duda por olfatear el rastro de algún zorro, temblaba levementeempinando las orejas, y adoptaba un trotecillo medroso que en breve lecondujo a una encrucijada. Entre el marco que le formaban las ramas deun castaño colosal, erguíase el crucero.

Tosco, de piedra común, tan mal labrado que a primera vista parecíamonumento románico, por más que en realidad sólo contaba un siglo defecha, siendo obra de algún cantero con pujos de escultor, el crucero,en tal sitio y a tal hora, y bajo el dosel natural del magnífico árbol,era poético y hermoso. El jinete, tranquilizado y lleno de devoción,pronunció descubriéndose:

«Adorámoste, Cristo, y bendecímoste, pues portu Santísima Cruz redimiste al mundo», y de paso que rezaba, su miradabuscaba a lo lejos los Pazos de Ulloa, que debían ser aquel granedificio cuadrilongo, con torres, allá en el fondo del valle. Poco duróla contemplación, y a punto estuvo el clérigo de besar la tierra, merceda la huida que pegó el rocín, con las orejas enhiestas, loco de terror.El caso no era para menos: a cortísima distancia habían retumbado dostiros.

Quedóse el jinete frío de espanto, agarrado al arzón, sin atreverse ni aregistrar la maleza para averiguar dónde estarían ocultos los agresores;mas su angustia fue corta, porque ya del ribazo situado a espaldas delcrucero descendía un grupo de tres hombres, antecedido por otros tantoscanes perdigueros, cuya presencia bastaba para demostrar que lasescopetas de sus amos no amenazaban sino a las alimañas monteses.

El cazador que venía delante representaba veintiocho o treinta años:alto y bien barbado, tenía el pescuezo y rostro quemados del sol, peropor venir despechugado y sombrero en mano, se advertía la blancura de lapiel no expuesta a la intemperie, en la frente y en la tabla de pecho,cuyos diámetros indicaban complexión robusta, supuesto que confirmaba laisleta de vello rizoso que dividía ambas tetillas. Protegían sus piernasrecias polainas de cuero, abrochadas con hebillaje hasta el muslo; sobrela ingle derecha flotaba la red de bramante de un repleto morral, y enel hombro izquierdo descansaba una escopeta moderna, de dos cañones. Elsegundo cazador parecía hombre de edad madura y condición baja, criado ocolono: ni hebillas en las polainas, ni más morral que un saco degrosera estopa; el pelo cortado al rape, la escopeta de pistón,viejísima y atada con cuerdas; y en el rostro, afeitado y enjuto y deenérgicas facciones rectilíneas, una expresión de encubierta sagacidad,de astucia salvaje, más propia de un piel roja que de un europeo. Por loque hace al tercer cazador, sorprendióse el jinete al notar que era unsacerdote.

¿En qué se le conocía? No ciertamente en la tonsura, borradapor una selva de pelo gris y cerdoso, ni tampoco en la rasuración, pueslos duros cañones de su azulada barba contarían un mes de antigüedad;menos aún en el alzacuello, que no traía, ni en la ropa, que erasemejante a la de sus compañeros de caza, con el aditamento de unasbotas de montar, de charol de vaca muy descascaradas y cortadas por lasarrugas. Y no obstante trascendía a clérigo, revelándose el selloformidable de la ordenación, que ni aun las llamas del infiernoconsiguen cancelar, en no sé qué expresión de la fisonomía, en el aire yposturas del cuerpo, en el mirar, en el andar, en todo.

No cabía duda:era un sacerdote.

Aproximóse al grupo el jinete, y repitió la consabida pregunta:

—¿Pueden ustedes decirme si voy bien para casa del señor marqués deUlloa?

El cazador alto se volvió hacia los demás, con familiaridad y dominio.

—¡Qué casualidad!—exclamó—. Aquí tenemos al forastero..... Tú,Primitivo.... Pues te cayó la lotería: mañana pensaba yo enviarte a Cebrea buscar al señor.... Y usted, señor abad de Ulloa.... ¡ya tiene ustedaquí quien le ayude a arreglar la parroquia!

Como el jinete permanecía indeciso, el cazador añadió:

—¿Supongo que es usted el recomendado de mi tío, el señor de la Lage?

—Servidor y capellán...—respondió gozoso el eclesiástico, tratando deechar pie a tierra, ardua operación en que le auxilió el abad—. ¿Yusted...—exclamó, encarándose con su interlocutor—es el señor marqués?

—¿Cómo queda el tío? ¿Usted... a caballo desde Cebre, eh?—repuso ésteevasivamente, mientras el capellán le miraba con interés rayano en vivacuriosidad. No hay duda que así, varonilmente desaliñado, húmeda la pielde transpiración ligera, terciada la escopeta al hombro, era un cacho debuen mozo el marqués; y sin embargo, despedía su arrogante personacierto tufillo bravío y montaraz, y lo duro de su mirada contrastaba conlo afable y llano de su acogida.

El capellán, muy respetuoso, se deshacía en explicaciones.

—Sí, señor; justamente.... En Cebre he dejado la diligencia y me dieronesta caballería, que tiene unos arreos, que vaya todo por Dios.... Elseñor de la Lage, tan bueno, y con el humor aquél de siempre.... Hacereír a las piedras.... Y guapote, para su edad.... Estoy reparando que sifuese su señor papá de usted, no se le parecería más.... Las señoritas,muy bien, muy contentas y muy saludables.... Del señorito, que está enSegovia, buenas noticias. Y antes que se me olvide....

Buscó en el bolsillo interior de su levitón, y fue sacando un pañuelomuy planchado y doblado, un Semanario chico, y por último una carterade tafilete negro, cerrada con elástico, de la cual extrajo una cartaque entregó al marqués. Los perros de caza, despeados y anhelantes defatiga, se habían sentado al pie del crucero; el abad picaba con la uñauna tagarnina para liar un pitillo, cuyo papel sostenía adherido por unapunta al borde de los labios; Primitivo, descansando la culata de laescopeta en el suelo, y en el cañón de la escopeta la barba, clavaba susojuelos negros en el recién venido, con pertinacia escrutadora. El solse ponía lentamente en medio de la tranquilidad otoñal del paisaje. Deimproviso el marqués soltó una carcajada. Era su risa, como suya,vigorosa y pujante, y, más que comunicativa, despótica.

—El tío—exclamó, doblando la carta—siempre tan guasón y tan célebre....Dice que aquí me manda un santo para que me predique y me convierta....No parece sino que tiene uno pecados:

¿eh, señor abad? ¿Qué dice usted aesto? ¿Verdad que ni uno?

—Ya se sabe, ya se sabe—masculló el abad en voz bronca.... Aquí todosconservamos la inocencia bautismal.

Y al decirlo, miraba al recién llegado al través de sus erizadas ysalvajinas cejas, como el veterano al inexperto recluta, sintiendo alláen su interior profundo desdén hacia el curita barbilindo, con cara deniña, donde sólo era sacerdotal la severidad del rubio entrecejo y lacompostura ascética de las facciones.

—¿Y usted se llama Julián Álvarez?—interrogó el marqués.

—Para servir a usted muchos años.

—¿Y no acertaba usted con los Pazos?

—Me costaba trabajo el acertar. Aquí los paisanos no le sacan a uno dedudas, ni le dicen categóricamente las distancias. De modo que....

—Pues ahora ya no se perderá usted. ¿Quiere montar otra vez?

—¡Señor! No faltaba más.

—Primitivo—ordenó el marqués—, coge del ramal a esa bestia.

Y echó a andar, dialogando con el capellán que le seguía. Primitivo,obediente, se quedó rezagado, y lo mismo el abad, que encendía supitillo con un misto de cartón. El cazador se arrimó al cura.

—¿Y qué le parece el rapaz, diga? ¿Verdad que no mete respeto?

—Boh.... Ahora se estila ordenar miquitrefes.... Y luego mucho dealzacuellitos, guantecitos, perejiles con escarola.... ¡Si yo fuera elarzobispo, ya les daría el demontre de los guantes!

-II-

Era noche cerrada, sin luna, cuando desembocaron en el soto, tras delcual se eleva la ancha mole de los Pazos de Ulloa. No consentía laoscuridad distinguir más que sus imponentes proporciones, escondiéndoselas líneas y detalles en la negrura del ambiente. Ninguna luz brillabaen el vasto edificio, y la gran puerta central parecía cerrada a piedray lodo. Dirigióse el marqués a un postigo lateral, muy bajo, donde alpunto apareció una mujer corpulenta, alumbrando con un candil. Despuésde cruzar corredores sombríos, penetraron todos en una especie de sótanocon piso terrizo y bóveda de piedra, que, a juzgar por las hileras decubas adosadas a sus paredes, debía ser bodega; y desde allí llegaronpresto a la espaciosa cocina, alumbrada por la claridad del fuego queardía en el hogar, consumiendo lo que se llama arcaicamente un medianomonte de leña y no es sino varios gruesos cepos de roble, avivados, detiempo en tiempo, con rama menuda. Adornaban la elevada campana de lachimenea ristras de chorizos y morcillas, con algún jamón de añadidura,y a un lado y a otro sendos bancos brindaban asiento cómodo paracalentarse oyendo hervir el negro pote, que, pendiente de los llares,ofrecía a los ósculos de la llama su insensible vientre de hierro.

A tiempo que la comitiva entraba en la cocina, hallábase acurrucadajunto al pote una vieja, que sólo pudo Julián Álvarez distinguir uninstante—con greñas blancas y rudas como cerro que le caían sobre losojos, y cara rojiza al reflejo del fuego—, pues no bien advirtió quevenía gente, levantóse más aprisa de lo que permitían sus años, ymurmurando en voz quejumbrosa y humilde:

«Buenas nochiñas nos déDios», se desvaneció como una sombra, sin que nadie pudiese notar pordónde. El marqués se encaró con la moza.

—¿No tengo dicho que no quiero aquí pendones?

Y ella contestó apaciblemente, colgando el candil en la pilastra de lachimenea:

—No hacía mal..., me ayudaba a pelar castañas.

Tal vez iba el marqués a echar la casa abajo, si Primitivo, con mayorimperio y enojo que su amo mismo, no terciase en la cuestión,reprendiendo a la muchacha.

—¿Qué estás parolando ahí...? Mejor te fuera tener la comida lista. ¿Aver cómo nos la das corriendito? Menéate, despabílate.

En el esconce de la cocina, una mesa de roble denegrida por el usomostraba extendido un mantel grosero, manchado de vino y grasa.Primitivo, después de soltar en un rincón la escopeta, vaciaba sumorral, del cual salieron dos perdigones y una liebre muerta, con losojos empañados y el pelaje maculado de sangraza. Apartó la muchacha elbotín a un lado, y fue colocando platos de peltre, cubiertos de antiguay maciza plata, un mollete enorme en el centro de la mesa y un jarro devino proporcionado al pan; luego se dio prisa a revolver y destapartarteras, y tomó del vasar una sopera magna. De nuevo la increpóairadamente el marqués.

—¿Y los perros, vamos a ver? ¿Y los perros?

Como si también los perros comprendiesen su derecho a ser atendidosantes que nadie, acudieron desde el rincón más oscuro, y olvidando elcansancio, exhalaban famélicos bostezos, meneando la cola y levantandoel partido hocico. Julián creyó al pronto que se había aumentado elnúmero de canes, tres antes y cuatro ahora; pero al entrar el grupocanino en el círculo de viva luz que proyectaba el fuego, advirtió quelo que tomaba por otro perro no era sino un rapazuelo de tres a cuatroaños, cuyo vestido, compuesto de chaquetón acastañado y calzones deblanca estopa, podía desde lejos equivocarse con la piel bicolor de losperdigueros, en quienes parecía vivir el chiquillo en la mejorinteligencia y más estrecha fraternidad. Primitivo y la moza disponíanen cubetas de palo el festín de los animales, entresacado de lo mejor ymás grueso del pote; y el marqués—que vigilaba la operación—, no dándosepor satisfecho, escudriñó con una cuchara de hierro las profundidadesdel caldo, hasta sacar a luz tres gruesas tajadas de cerdo, que fuedistribuyendo en las cubetas. Lanzaban los perros alaridosentrecortados, de interrogación y deseo, sin atreverse aún a tomarposesión de la pitanza; a una voz de Primitivo, sumieron de golpe elhocico en ella, oyéndose el batir de sus apresuradas mandíbulas y elchasqueo de su lengua glotona. El chiquillo gateaba por entre las patasde los perdigueros, que, convertidos en fieras por el primer impulso delhambre no saciada todavía, le miraban de reojo, regañando los dientes yexhalando ronquidos amenazadores: de pronto la criatura, incitada por eltasajo que sobrenadaba en la cubeta de la perra Chula, tendió la manopara cogerlo, y la perra, torciendo la cabeza, lanzó una ferozdentellada, que por fortuna sólo alcanzó la manga del chico, obligándolea refugiarse más que de prisa, asustado y lloriqueando, entre las sayasde la moza, ya ocupada en servir caldo a los racionales. Julián, queempezaba a descalzarse los guantes, se compadeció del chiquillo, y,bajándose, le tomó en brazos, pudiendo ver que a pesar del mugre, laroña, el miedo y el llanto, era el más hermoso angelote del mundo.

—¡Pobre!—murmuró cariñosamente—. ¿Te ha mordido la perra? ¿Te hizosangre? ¿Dónde te duele, me lo dices? Calla, que vamos a reñirle a laperra nosotros. ¡Pícara, malvada!

Reparó el capellán que estas palabras suyas produjeron singular efectoen el marqués. Se contrajo su fisonomía: sus cejas se fruncieron, yarrancándole a Julián el chiquillo, con brusco movimiento le sentó ensus rodillas, palpándole las manos, a ver si las tenía mordidas olastimadas. Seguro ya de que sólo el chaquetón había padecido, soltó larisa.

—¡Farsante!—gritó—. Ni siquiera te ha tocado la Chula. ¿Y tú, para quévas a meterte con ella? Un día te come media nalga, y despuéslagrimitas. ¡A callarse y a reírse ahora mismo! ¿En qué se conocen losvalientes?

Diciendo así, colmaba de vino su vaso, y se lo presentaba al niño que,cogiéndolo sin vacilar, lo apuró de un sorbo. El marqués aplaudió:

—¡Retebién! ¡Viva la gente templada!

—No, lo que es el rapaz... el rapaz sale de punta—murmuró el abad deUlloa.

—¿Y no le hará daño tanto vino?—objetó Julián, que sería incapaz debebérselo él.

—¡Daño! ¡Sí, buen daño nos dé Dios!—respondió el marqués, con no sé quéinflexiones de orgullo en el acento—. Déle usted otros tres, y yaverá.... ¿Quiere usted que hagamos la prueba?

—Los chupa, los chupa—afirmó el abad.

—No señor; no señor.... Es capaz de morirse el pequeño.... He oído que elvino es un veneno para las criaturas.... Lo que tendrá será hambre.

—Sabel, que coma el chiquillo—ordenó imperiosamente el marqués,dirigiéndose a la criada.

Ésta, silenciosa e inmóvil durante la anterior escena, sacó un repletocuenco de caldo, y el niño fue a sentarse en el borde del lar, paraengullirlo sosegadamente.

En la mesa, los comensales mascaban con buen ánimo. Al caldo, espeso yharinoso, siguió un cocido sólido, donde abundaba el puerco: los días decaza, el imprescindible puchero se tomaba de noche, pues al monte nohabía medio de llevarlo. Una fuente de chorizos y huevos fritosdesencadenó la sed, ya alborotada con la sal del cerdo. El marqués dioal codo a Primitivo.

—Tráenos un par de botellitas.... De el del año 59.

Y volviéndose hacia Julián, dijo muy obsequioso:

—Va usted a beber del mejor tostado que por aquí se produce.... Es dela casa de Molende: se corre que tienen un secreto para que, sin perderel gusto de la pasa, empalague menos y se parezca al mejor jerez....Cuanto más va, más gana: no es como los de otras bodegas, que se vuelvenazúcar.

—Es cosa de gusto—aseveró el abad, rebañando con una miga de pan lo querestaba de yema en su plato.

—Yo—declaró tímidamente Julián—poco entiendo de vinos.... Casi no bebosino agua.

Y al ver brillar bajo las cejas hirsutas del abad una mirada compasivade puro desdeñosa, rectificó:

—Es decir... con el café, ciertos días señalados, no me disgusta elanisete.

—El vino alegra el corazón.... El que no bebe, no es hombre—pronunció elabad sentenciosamente.

Primitivo volvía ya de su excursión, empuñando en cada mano una botellacubierta de polvo y telarañas. A falta de tirabuzón, se descorcharon conun cuchillo, y a un tiempo se llenaron los vasos chicos traídos adhoc. Primitivo empinaba el codo con sumo desparpajo, bromeando con elabad y el señorito. Sabel, por su parte, a medida que el banquete seprolongaba y el licor calentaba las cabezas, servía con familiaridadmayor, apoyándose en la mesa para reír algún chiste, de los que hacíanbajar los ojos a Julián, bisoño en materia de sobremesas de cazadores.Lo cierto es que Julián bajaba la vista, no tanto por lo que oía, comopor no ver a Sabel, cuyo aspecto, desde el primer instante, le habíadesagradado de extraño modo, a pesar o quizás a causa de que Sabel eraun buen pedazo de lozanísima carne. Sus ojos azules, húmedos y sumisos,su color animado, su pelo castaño que se rizaba en conchas paralelas ycaía en dos trenzas hasta más abajo del talle, embellecían mucho a lamuchacha y disimulaban sus defectos, lo pomuloso de su cara, lo tozudo ybajo de su frente, lo sensual de su respingada y abierta nariz. Por nomirar a Sabel, Julián se fijaba en el chiquillo, que envalentonado conaquella ojeada simpática, fue poco a poco deslizándose hasta llegar aintroducirse entre las rodillas del capellán. Instalado allí, alzó sucara desvergonzada y risueña, y tirando a Julián del chaleco, murmuró entono suplicante:

—¿Me lo da?

Todo el mundo se reía a carcajadas: el capellán no comprendía.

—¿Qué pide?—preguntó.

—¿Qué ha de pedir?—respondió el marqués festivamente—. ¡El vino, hombre!¡El vaso de tostado!

—¡ Mama!—exclamó el abad.

Antes de que Julián se resolviese a dar al niño su vaso casi lleno, elmarqués había aupado al mocoso, que sería realmente una preciosidad a noestar tan sucio. Parecíase a Sabel, y aún se le aventajaba en laclaridad y alegría de sus ojos celestes, en lo abundante del peloensortijado, y especialmente en el correcto diseño de las facciones. Susmanitas, morenas y hoyosas, se tendían hacia el vino color de topacio;el marqués se lo acercó a la boca, divirtiéndose un rato en quitárselocuando ya el rapaz creía ser dueño de él. Por fin consiguió el niñoatrapar el vaso, y en un decir Jesús trasegó el contenido, relamiéndose.

—¡Éste no se anda con requisitos!—exclamó el abad.

—¡Quiá!—confirmó el marqués—. ¡Si es un veterano! ¿A que te zampas otrovaso, Perucho?

Las pupilas del angelote rechispeaban; sus mejillas despedían lumbre, ydilataba la clásica naricilla con inocente concupiscencia de Baco niño.El abad, guiñando picarescamente el ojo izquierdo, escancióle otro vaso,que él tomó a dos manos y se embocó sin perder gota; en seguida soltó larisa; y, antes de acabar el redoble de su carcajada báquica, dejó caerla cabeza, muy descolorido, en el pecho del marqués.

—¿Lo ven ustedes?—gritó Julián angustiadísimo—. Es muy chiquito parabeber así, y va a ponerse malo. Estas cosas no son para criaturas.

—¡Bah!—intervino Primitivo—. ¿Piensa que el rapaz no puede con lo quetiene dentro? ¡Con eso y con otro tanto! Y si no verá.

A su vez tomó en brazos al niño y, mojando en agua fresca los dedos, selos pasó por las sienes. Perucho abrió los párpados y miró alrededor conasombro, y su cara se sonroseó.

—¿Qué tal?—le preguntó Primitivo—. ¿Hay ánimos para otra pinguita detostado?

Volvióse Perucho hacia la botella y luego, como instintivamente, dijo que no con la cabeza, sacudiendo la poblada zalea de sus rizos. No eraP