Los Pazos de Ulloa by Emilia Pardo Bazán - HTML preview

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—Tampoco hay burra—objetó el cazador sin pestañear ni alterar un solomúsculo de su faz broncínea.

—¿Que... no... hay... bu... rraaaaa?—articuló, apretando los puños, donPedro—. ¿Que no...

la... hayyy? A ver, a ver.... Repíteme eso, en micara.

El hombre de bronce no se inmutó al reiterar fríamente.

—No hay burra.

—¡Pues así Dios me salve! ¡La ha de haber y tres más, y si no por quiensoy que os pongo a todos a cuatro patas y me lleváis a caballo hastaCebre!

Nada replicó Primitivo, incrustado en el quicio de la puerta.

—Vamos claros, ¿cómo es que no hay burra?

—Ayer, al volver del pasto, el rapaz que la cuida le encontró dospuñaladas.... Puede el señorito verla.

Disparó don Pedro una imprecación, y bajó de dos en dos las escaleras.Primitivo y Julián le seguían. En la cuadra, el pastor, adolescente decara estúpida y escrofulosa, confirmó la versión del cazador. Allá en elfondo del establo columbraron al pobre animal, que temblaba, con lasorejas gachas y el ojo amortiguado; la sangre de sus heridas, en negroreguero, se había coagulado desde el anca a los cascos. Juliánexperimentaba en el establo sombrío y lleno de telarañas impresiónanáloga a la que sentiría en el teatro de un crimen. Por lo que hace almarqués, quedóse suspenso un instante, y de súbito, agarrando al pastorpor los cabellos, se los mesó y refregó con furia, exclamando:

—Para que otra vez dejes acuchillar a los animales..., toma..., toma...,toma....

Rompió el chico a llorar becerrilmente, lanzando angustiosas miradas alimpasible Primitivo.

Don Pedro se volvió hacia éste.

—Pilla ahora mismo mi saco y la maleta de don Julián.... Volando.... Nosvamos a pie hasta Cebre.... Andando bien, tenemos tiempo de coger elcoche.

Obedeció el cazador sin perder su helada calma. Bajó la maleta y elsaco; pero en vez de cargar ambos objetos a hombros, entregó cada bultoa un mozo de campo, diciendo lacónicamente:

—Vas con el señorito.

Sorprendióse el marqués y miró a su montero con desconfianza. Jamásperdonaba Primitivo la ocasión de acompañarle, y extrañaba suretraimiento entonces. Por la imaginación de don Pedro cruzaron rápidasvislumbres de recelo; y como si Primitivo lo adivinase, probó adisiparlo.

—Yo tengo ahí que atender al rareo del soto de Rendas. Están loscastaños tan apretados, que no se ve.... Ya andan allá los leñadores....Pero sin mí, no se desenvuelven....

Encogióse de hombros el señorito, calculando que acaso Primitivo seproponía ocultar en el soto la vergüenza de su derrota. No obstante,como creía conocerle, hacíasele duro que abandonase la partida sindesquite. Estuvo a punto de exclamar: «Acompáñame».

Presintióresistencias, y pensó para su sayo: «¡Qué demonio! Más vale dejarle.Aunque se empeñe, no me ha de cortar el paso.... Y si cree que puedeconmigo...».

Fijó sin embargo una mirada escrutadora en las escuetas facciones delcazador, donde creía advertir, muy encubierta y disimulada, ciertacontracción diabólica.

—¿Qué estará rumiando este zorro?—cavilaba el señorito—. Sin alguna noescapamos. ¡No, pues como se desmande! Me coge hoy en punto de caramelo.

Subió don Pedro a su habitación y volvió con la escopeta al hombro.Julián le miraba sorprendido de que tomase el arma yendo de viaje. Depronto el capellán recordó algo también y se dirigió a la cocina.

—¡Sabel!—gritó—. ¡Sabel! ¿Dónde está el niño, mujer? Le quería dar unbeso.

Sabel salió y volvió con el chiquillo agarrado a sus sayas. Le habíaencontrado escondido en el pesebre de las vacas, su rincón favorito, yel diablillo traía los rizos entretejidos con hierba y floressilvestres. Estaba precioso. Hasta la venda de la descalabradura leasemejaba al Amor.

Julián le levantó en peso, besándole en amboscarrillos.

—Sabel, mujer, lávelo de vez en cuando siquiera.... Por las mañanas....

—Vámonos, vámonos...—apremió el marqués desde la puerta, como sirecelase entrar junto a la mujer y el niño—. Hace falta el tiempo.... Senos va a marchar el coche.

Si Sabel deseaba retener a aquel fugitivo Eneas, no dio de ello la másleve señal, pues se volvió con gran sosiego a sus potes y trébedes. DonPedro, a pesar de la urgencia alegada para apurar a Julián, aguardó dosminutos en la puerta, quizás con la ilusión recóndita de ser detenidopor la muchacha; pero al fin, encogiéndose de hombros, salió delante, yechó a andar por la senda abierta entre viñas que conducía al crucero.Era el paraje descubierto, aunque el terreno quebrado, y el señoritopodía otear fácilmente a derecha e izquierda todo cuanto sucediese: niuna liebre brincaría por allí sin que sus ojos linces de cazador laavizorasen. Aunque departiendo con Julián acerca de la sorpresa que sele preparaba a la familia de la Lage, y de si amenazaba llover porque elcielo se había encapotado, no descuidaba el marqués observar algo quedebía interesarle muchísimo. Un instante se paró, creyendo divisar lacabeza de un hombre allá lejos, detrás de los paredones que cerraban laviña. Pero a tal distancia no consiguió cerciorarse. Vigiló más atento.

Acercábanse al soto de Rendas, situado antes del crucero; desde allí elarbolado se espesaba, y se dificultaba la precaución. Orillaron el soto,llegaron al pie del santo símbolo y se internaron en el camino más agrioy estrecho, sin ver nada que justificase temores. En la espesura oyeronel golpe reiterado del hacha y el ¡ham! de los leñadores, que rareabanlos castaños. Más adelante, silencio total. El cielo se cubría de nubescirrosas, y la claridad del sol apenas se abría paso, filtrándose veladay cárdena, presagiando tempestad. Julián recordó un detalle melancólico,la cruz a la cual iban a llegar en breve, que señalaba el teatro de uncrimen, y preguntó:

—¿Señorito?

—¿Eh?—murmuró el marqués, hablando con los dientes apretados.

—Aquí cerca mataron un hombre, ¿verdad? Donde está la cruz de madera.¿Por qué fue, señorito? ¿Alguna venganza?

—Una pendencia entre borrachos, al volver de la feria—respondiósecamente don Pedro, que se hacía todo ojos para inspeccionar losmatorrales.

La cruz negreaba ya sobre ellos, y Julián se puso a rezar el Padrenuestro acostumbrado, muy bajito. Iba delante, y el señorito le pisabacasi los talones. Los mozos portadores del equipaje se habían adelantadomucho, deseosos de llegar cuanto antes a Cebre y echar un traguete en lataberna. Para oír el susurro que produjeron las hojas y la maleza aldesviarse y abrir paso a un cuerpo, necesitábanse realmente sentidos decazador. El señorito lo percibió, aunque tenue, clarísimo, y vio elcañón de la escopeta apuntado tan diestramente que de fijo no seperdería el disparo: el cañón no amagaba a su pecho, sino a las espaldasde Julián. La sorpresa estuvo a punto de paralizar a don Pedro: fue unsegundo, menos que un segundo tal vez, un espacio de tiempoinapreciable, lo que tardó en reponerse, y en echarse a la cara su arma,apuntando a su vez al enemigo emboscado. Si el tiro de éste salía, labala se cruzaría casi con otra bala justiciera. La situación duró pocosinstantes: estaban frente a frente dos adversarios dignos de medir susfuerzas. El más inteligente cedió, encontrándose descubierto. Oyó elmarqués el roce del follaje al bajarse el cañón que amenazaba a Julián,y Primitivo salió del soto, blandiendo su vieja escopeta certera,remendada con cordeles. Julián precipitó el Gloria Patri para decirleen tono cortés:

—Hola.... ¿Se viene usted con nosotros por fin hasta Cebre?

—Sí, señor—contestó Primitivo, cuyo semblante recordaba más que nunca elde una estatua de fundición—. Dejo dispuesto en Rendas, y voy a ver side aquí a Cebre sale algo que tumbar....

—Dame esa escopeta, Primitivo—ordenó don Pedro—. Estoy oyendo cantar lacodorniz ahí, que no parece sino que me hace burla. Se me ha olvidadocargar mi carabina.

Diciendo y haciendo, cogió la escopeta, apuntó a cualquier parte, ydisparó. Volaron hojas y pedazos de rama de un roble próximo, aunqueninguna codorniz cayó herida.

—¡Marró!—exclamó el señorito fingiendo gran contrariedad, mientras parasí discurría: «No era bala, eran postas.... Le quería meter grajea deplomo en el cuerpo.... ¡Claro, con bala era más escandaloso, másalarmante para la justicia. Es zorro fino!».

Y en voz alta:

—No vuelvas a cargar; hoy no se caza, que se nos viene la lluvia encimay tenemos que apretar el paso. Marcha delante, enséñanos el atajo hastaCebre.

—¿No lo sabe el señorito?

—Sí tal, pero a veces me distraigo.

-IX-

Como ya dos veces había repicado la campanilla y los criados no llevabantrazas de abrir, las señoritas de la Lage, suponiendo que a horas tantempranas no vendría nadie de cumplido, bajaron en persona y en grupo aabrir la puerta, sin peinar, con bata y chinelas, hechas unas fachas.Así es que se quedaron voladas al encontrarse con un arrogante mozo, queles decía campechanamente:

—¿A que nadie me conoce aquí?

Sintieron impulsos de echar a correr; pero la tercera, la menos linda detodas, frisando al parecer en los veinte años, murmuró:

—De fijo que es el primo Perucho Moscoso.

—¡Bravo!—exclamó don Pedro—. ¡Aquí está la más lista de la familia!

Y adelantándose con los brazos abiertos fue para abrazarla; pero ella,hurtando el cuerpo, le tendió una manecita fresca, recién lavada conagua y colonia. En seguida se entró por la casa gritando:

—¡Papá!, ¡papá! ¡Está aquí el primo Perucho!

El piso retembló bajo unos pasos elefantinos.... Apareció el señor de laLage, llenando con su volumen la antesala, y don Pedro abrazó a su tío,que le llevó casi en volandas al salón. Julián, que por no malograr lasorpresa de la aparición del primo se había quedado oculto detrás de lapuerta, salía riendo del escondite, muy embromado por las señoritas, queafirmaban que estaba gordísimo, y se escurría por el corredor, en buscade su madre.

Viéndoles juntos, se observaba extraordinario parecido entre el señor dela Lage y su sobrino carnal: la misma estatura prócer, las mismasproporciones amplias, la misma abundancia de hueso y fibra, la mismabarba fuerte y copiosa; pero lo que en el sobrino era armonía decomplexión titánica, fortalecida por el aire libre y los ejercicioscorporales, en el tío era exuberancia y plétora; condenado a una vidasedentaria, se advertía que le sobraba sangre y carne, de la cual nosabía qué hacer; sin ser lo que se llama obeso, su humanidad sedesbordaba por todos lados; cada pie suyo parecía una lancha, cada manoun mazo de carpintero. Se ahogaba con los trajes de paseo; no cabía enlas habitaciones reducidas; resoplaba en las butacas del teatro, y enmisa repartía codazos para disponer de más sitio. Magnífico ejemplar deuna raza apta para la vida guerrera y montés de las épocas feudales, seconsumía miserablemente en el vil ocio de los pueblos, donde el que nadaproduce, nada enseña, ni nada aprende, de nada sirve y nada hace. ¡Ohdolor! Aquel castizo Pardo de la Lage, naciendo en el siglo XV, hubieradado en qué entender a los arqueólogos e historiadores del XIX.

Mostró admirarse de la buena presencia del sobrino y le hablóllanotamente, para inspirarle confianza.

—¡Muchacho, muchacho! ¿A dónde vas con tanto doblar? Cuidado que estásmás hombre que yo.... Siempre te imitaste más a Gabriel y a mí que a tumadre que santa gloria haya.... Lo que es con tu padre, ni esto.... Nosaliste Moscoso, ni Cabreira, chico; saliste Pardo por los cuatrocostados. Ya habrás visto a tus primas, ¿eh? Chiquillas, ¿qué le decísal primo?

—¿Qué me dicen? Me han recibido como a la persona de más cumplimiento....A ésta le quise dar un abrazo, y ella me alargó la mano muy fina.

—¡Qué borregas! ¡Marías Remilgos! A ver cómo abrazáis todas al primo,inmediatamente.

La primera que se adelantó a cumplir la orden fue la mayor. Alestrecharla, don Pedro no pudo dejar de notar las bizarras proporcionesdel bello bulto humano que oprimía. ¡Una real moza, la primita mayor!

—¿Tú eres Rita, si no me equivoco?—preguntó risueño—. Tengo muy malamemoria para nombres y puede que os confunda.

—Rita, para servirte...—respondió con igual amabilidad la prima—. Y éstaes Manolita, y ésta es Carmen, y aquélla es Nucha....

—Sttt.... Poquito a poco.... Me lo iréis repitiendo conforme os abrace.

Dos primas vinieron a pagar el tributo, diciendo festivamente:

—Yo soy Manolita, para servir a usted.

—Yo, Carmen, para lo que usted guste mandar.

Allá entre los pliegues de una cortina de damasco se escondía latercera, como si quisiese esquivar la ceremonia afectuosa; pero no levalió la treta, antes su retraimiento incitó al primo a exclamar:

—¿Doña Hucha, o como te llames?... Cuidadito conmigo..., se me debe unabrazo....

—Me llamo Marcelina, hombre.... Pero éstas me llaman siempre Marcelinuchao Nucha....

Costábale trabajo resolverse, y permanecía refugiada en el rojo dosel dela cortina, cruzando las manos sobre el peinador de percal blanco, querayaban con doble y largo trazo, como de tinta, sus sueltas trenzas. Elpadre la empujó bruscamente, y la chica vino a caer contra el primo,toda ruborizada, recibiendo un apretón en regla, amén de un frote debarbas que la obligó a ocultar el rostro en la pechera del marqués.

Hechas así las amistades, entablaron el señor de la Lage y su sobrino laimprescindible conversación referente al viaje, sus causas, incidentes yperipecias. No explicaba muy satisfactoriamente el sobrino su impensadavenida: pch... ganas de espilirse.... Cansa estar siempre solo.... Gustala variación.... No insistió el tío, pensando para su chaleco: «Ya Juliánme lo contará todo».

Y se frotaba las manos colosales, sonriendo a una idea que, siacariciaba tiempo hacía allá en su interior, jamás se le habíapresentado tan clara y halagüeña como entonces. ¡Qué mejor esposo podíandesear sus hijas que el primo Ulloa! Entre los numerosos ejemplares deltipo del padre que desea colocar a sus niñas, ninguno más vehementeque don Manuel Pardo, en cuanto a la voluntad, pero ninguno másreservado en el modo y forma. Porque aquel hidalgo de cepa vieja sentíaa la vez gana ardentísima de casar a las chiquillas y un orgullo de razatan exaltado, bajo engañosas apariencias de llaneza, que no sólo levedaba descender a ningún ardid de los usuales en padres casamenteros,sino que le imponía suma rigidez y escrúpulo en la elección de susrelaciones y en la manera de educar a sus hijas, a quienes traía comoencastilladas y aisladas, no llevándolas sino de pascuas a ramos adiversiones públicas. Las señoritas de la Lage, discurría don Manuel,deben casarse, y sería contrario al orden providencial que no apareciesetronco en que injertar dignamente los retoños de tan noble estirpe; peroantes se queden para vestir imágenes que unirse con cualquiera, con elteniente que está de guarnición, con el comerciante que medra midiendopaño, con el médico que toma el pulso; eso sería, ¡vive Dios!,profanación indigna; las señoritas de la Lage sólo pueden dar su mano aquien se les iguale en calidad. Así pues, don Manuel, que se desdeñaríade tender redes a un ricachón plebeyo, se propuso inmediatamente hacercuanto estuviese en su mano para que su sobrino pasase a yerno, como elSandoval de la zarzuela.

¿Conformaban las primitas con las opiniones de su padre? Lo cierto esque, apenas el primo se sentó a platicar con don Manuel, cada niña seescurrió bonitamente, ya a arreglar su tocado, ya a prevenir alojamientoal forastero y platos selectos para la mesa. Se convino en que el primose quedaba hospedado allí, y se envió por la maleta a la posada.

Fue la comida alegre en extremo. Rápidamente se había establecido entredon Pedro y las señoritas de la Lage el género de familiaridad inherenteal parentesco en grado prohibido pero dispensable: familiaridad que sediferencia de la fraternal en que la sazona y condimenta un picantepolvito de hostilidad, germen de graciosas y galantes escaramuzas.Cruzábase en la mesa vivo tiroteo de bromas, piropos, que entre los dossexos suele preludiar a más serios combates.

—Primo, me extraña mucho que estando a mi lado no me sirvas el agua.

—Los aldeanos no entendemos de política: ve enseñándome un poco, que portener maestras así....

—Glotón, ¿quién te da permiso para repetir?

—El plato está tan rico, que supongo que es obra tuya.

—¡Vaya unas ilusiones! Ha sido la cocinera. Yo no guiso para ti. Tefastidiaste.

—Prima, esta yemecita. Por mí.

—No me robes del plato, goloso. Que no te lo doy, ea. ¿No tienes ahí lafuente?

—¿A que te lo atrapo? Cuando más descuidada estés....

—¿A que no?

Y la prima se levantaba y echaba a correr con su plato en las manos,para evitar el hurto de un merengue o de media manzana, y el juego secelebraba con estrepitosas carcajadas, como si fuese el paso másgracioso del mundo. Las mantenedoras de este torneo eran Rita yManolita, las dos mayores; en cuanto a Nucha y Carmen, se encerraban enlos términos de una cordialidad mesurada, presenciando y riendo lasbromas, pero sin tomar parte activa en ellas, con la diferencia de queen el rostro de Carmen, la más joven, se notaba una melancolía perenne,una preocupación dominante, y en el de Nucha se advertía tan sólogravedad natural, no exenta de placidez.

Hállabase don Pedro en sus glorias. Al resolverse a emprender el viaje,receló que las primas fuesen algunas señoritas muy cumplimenteras yespetadas, cosa que a él le pondría en un brete, por serle extrañas lasfórmulas del trato ceremonioso con damas de calidad, clase de perdicesblancas que nunca había cazado; mas aquel recibimiento franco ledevolvió al punto su aplomo. Animado, y con la cálida sangre despierta,consideraba a las primitas una por una, calculando a cuál arrojaría elpañuelo. La menor no hay duda que era muy linda, blanca con cabosnegros, alta y esbelta, pero la mal disimulada pasión de ánimo, lascárdenas ojeras, amenguaban su atractivo para don Pedro, que no estabapor romanticismos. En cuanto a la tercera, Nucha, asemejábase bastante ala menor, sólo que en feo: sus ojos, de magnífico tamaño, negros tambiéncomo moras, padecían leve estrabismo convergente, lo cual daba a sumirar una vaguedad y pudor especiales; no era alta, ni sus facciones sepasaban de correctas, a excepción de la boca, que era una miniatura. Ensuma, pocos encantos físicos, al menos para los que se pagan de lacantidad y morbidez en esta nuestra envoltura de barro. Manolita ofrecíaotro tipo distinto, admirándose en ella lozanas carnes y suma gracia,unida a un defecto que para muchos es aumento singular de perfección enla mujer, y a otros, verbigracia a don Pedro, les inspira repulsión: uncarácter masculino mezclado a los hechizos femeniles, un bozo que ibapasando a bigote, una prolongación del nacimiento del pelo sobre laoreja que, descendiendo a lo largo de la mandíbula, quería ser, más quesuave patilla, atrevida barba. A la que no se podían poner tachas era aRita, la hermana mayor. Lo que más cautivaba a su primo, en Rita, no eratanto la belleza del rostro como la cumplida proporción del tronco ymiembros, la amplitud y redondez de la cadera, el desarrollo del seno,todo cuanto en las valientes y armónicas curvas de su briosa personaprometía la madre fecunda y la nodriza inexhausta. ¡Soberbio vaso enverdad para encerrar un Moscoso legítimo, magnífico patrón dondeinjertar el heredero, el continuador del nombre! El marqués presentía entan arrogante hembra, no el placer de los sentidos, sino la numerosa ymasculina prole que debía rendir; bien como el agricultor que ante unterreno fértil no se prenda de las florecillas que lo esmaltan, perocalcula aproximadamente la cosecha que podrá rendir al terminarse elestío.

Pasaron al salón después de la comida, para la cual las muchachas sehabían emperejilado.

Enseñaron a don Pedro infinidad de quisicosas:estereóscopos, álbumes de fotografías, que eran entonces objetos muyelegantes y nada comunes. Rita y Manolita obligaban al primo a fijarseen los retratos que las representaban apoyadas en una silla o en unacolumna, actitud clásica que por aquel tiempo imponían los fotógrafos; yNucha, abriendo un álbum chiquito, se lo puso delante a don Pedro,preguntándole afanosamente:

—¿Le conoces?

Era un muchacho como de diecisiete años, rapado, con uniforme de alumnode la Academia de artillería, parecidísimo a Nucha y a Carmen cuantopuede parecerse un pelón a dos señoritas con buenas trenzas de pelo.

—Es mi niño—afirmó Nucha muy grave.

—¿Tu niño?

Riéronse las otras hermanas a carcajadas, y don Pedro exclamó cayendo enla cuenta:

—¡Bah!, ya sé. Es vuestro hermano, mi señor primo, el mayorazgo de laLage, Gabrieliño.

—Pues claro: ¿quién había de ser? Pero esa Nucha le quiere tanto, quesiempre le llama su niño.

Nucha, corroborando el aserto, se inclinó y besó el retrato, con tanapasionada ternura, que allá en Segovia el pobre alumno, víctima quizáde los rigores de la cruel novatada, debió sentir en la mejilla y elcorazón una cosa dulce y caliente.

Cuando Carmen, la tristona, vio a sus hermanas entretenidas, seescabulló del salón, donde ya no apareció más. Agotado todo lo que en elsalón había que enseñar al primo, le mostraron la casa desde el desvánhasta la leñera: un caserón antiguo, espacioso y destartalado, como aúnquedan muchos en la monumental Compostela, digno hermano urbano de losrurales Pazos de Ulloa. En su fachada severa desafinaba una galería denuevo cuño, ideada por don Manuel Pardo de la Lage, que tenía el costosovicio de hacer obras. Semejante solecismo arquitectónico era elquitapesares de las señoritas de Pardo; allí se las encontraba siempre,posadas como pájaros en rama favorita, allí hacían labor, allí tenían unbreve jardín, contenido en macetas y cajones, allí colgaban jaulas decanarios y jilgueros; tal vez no parasen en esto los buenos oficios dela galería dichosa. Lo cierto es que en ella encontraron a Carmen,asomada y mirando a la calle, tan absorta que no sintió llegar a sushermanas. Nucha le tiró del vestido; la muchacha se volvió, pudiendonotarse que tenía unas vislumbres de rosa en las mejillas, descoloridasde ordinario.

Hablóle Nucha vivamente al oído, y Carmen se apartó delencristalado antepecho, siempre muda y preocupada. Rita no cesaba deexplicar al primo mil particularidades.

—Desde aquí se ven las mejores calles... Ése es el Preguntoiro; por ahípasa mucha gente....

Aquella torre es la de la Catedral.... ¿Y tú no hasido a la Catedral todavía? ¿Pero de veras no le has rezado un Credo alSanto Apóstol, judío?—exclamaba la chica vertiendo provocativa luz desus pupilas radiantes—. Vaya, vaya.... Tengo yo que llevarte allí, paraque conozcas al Santo y lo abraces muy apretadito.... ¿Tampoco has vistoaún el Casino?, ¿la Alameda?, ¿la Universidad?

¡Señor! ¡Si no has vistonada!

—No, hija.... Ya sabes que soy un pobre aldeano... y he llegado ayer alanochecer. No hice más que acostarme.

—¿Por qué no te viniste acá en derechura, descastado?

—¿A alborotaros la casa de noche? Aunque salgo de entre tojos, no soytan mal criado como todo eso.

—Vamos, pues hoy tienes que ver alguna notabilidad.... Y no faltar alpaseo.... Hay chicas muy guapas.

—De eso ya me he enterado, sin molestarme en ir a la Alameda—contestó elprimo echando a Rita una miradaza que ella resistió con intrepideznotoria, y pagó sin esquivez alguna.

-X-

Y en efecto, le fueron enseñadas al marqués de Ulloa multitud de cosasque no le importaban mayormente. Nada le agradó, y experimentó mildecepciones, como suele acontecer a las gentes habituadas a vivir en elcampo, que se forman del pueblo una idea exagerada. Pareciéronle, y conrazón, estrechas, torcidas y mal empedradas las calles, fangoso el piso,húmedas las paredes, viejos y ennegrecidos los edificios, pequeño elcircuito de la ciudad, postrado su comercio y solitarios casi siempresus sitios públicos; y en cuanto a lo que en un pueblo antiguo puedeenamorar a un espíritu culto, los grandes recuerdos, la eterna vida delarte conservada en monumentos y ruinas, de eso entendía don Pedro lomismo que de griego o latín. ¡Piedras mohosas! Ya le bastaban las de losPazos. Nótese cómo un hidalgo campesino de muy rancio criterio sehallaba al nivel de los demócratas más vandálicos y demoledores. A pesarde conocer a Orense y haber estado en Santiago cuando niño, discurría yfantaseaba a su modo lo que debe ser una ciudad moderna: calles anchas,mucha regularidad en las construcciones, todo nuevo y flamante, granpolicía, ¿qué menos puede ofrecer la civilización a sus esclavos? Escierto que Santiago poseía dos o tres edificios espaciosos, la Catedral,el Consistorio, San Martín.... Pero en ellos existían cosas muy sin razónponderadas, en concepto del marqués: por ejemplo, la Gloria de laCatedral. ¡Vaya unos santos más mal hechos y unas santas más flacuchas ysin forma humana!, ¡unas columnas más toscamente esculpidas! Sería dever a alguno de estos sabios que escudriñan el sentido de un monumentoreligioso, consagrándose a la tarea de demostrar a don Pedro que elpórtico de la Gloria encierra alta poesía y profundo simbolismo.¡Simbolismo!

¡Jerigonzas! El pórtico estaba muy mal labrado, y lasfiguras parecían pasadas por tamiz. Por fuerza las artes andabanatrasadísimas en aquellos tiempos de maricastaña. Total, que de losmonumentos de Santiago se atenía el marqués a uno de fábrica muyreciente: su prima Rita.

La proximidad de la fiesta del Corpus animaba un tanto la soñolientaciudad universitaria, y todas las tardes había lucido paseo bajo losárboles de la Alameda. Carmen y Nucha solían ir delante, y las seguíanRita y Manolita, acompañadas por su primo; el padre cubría laretaguardia conversando con algún señor mayor, de los muchos que existenen el pueblo compostelano, donde por ley de afinidad parece abundar másque en otras partes la gente provecta. A menudo se arrimaba a Manolitaun señorito muy planchado y tieso, con cierto empaque ridículo yexageradas pretensiones de elegancia: llamábase don Víctor de laFormoseda y estudiaba derecho en la Universidad; don Manuel Pardo leveía gustoso acercarse a sus hijas, por ser el señorito de la Formosedade muy limpio solar montañés, y no despreciable caudal. No era éste elúnico mosquito que zumbaba en torno de las señoritas de la Lage. A lasprimeras de cambio notó don Pedro que así por los tortuosos y lóbregossoportales de la Rúa del Villar, como por las frondosidades de laAlameda y la Herradura, les seguía y escoltaba un hombre joven,melenudo, enfundado en un gabán gris, de corte raro y antiguo. Aquelhombre parecía la sombra de las muchachas: no era posible volver lacabeza sin encontrársele: y don Pedro reparó también que al surgirdetrás de un pilar o por entre los árboles el rondador perpetuo, la caratriste y ojerosa de Carmen se animaba, y brillaban sus abatidos ojos. Encambio don Manuel y Nucha daban señales de inquietud y desagrado.

Ya sobre la pista, don Pedro siguió acechando, a fuer de cazadorexperto. Nucha no debía tener ningún adorador entre la multitud deestudiantes y vagos que acudían al paseo, o si lo tenía, no le hacíacaso, pues caminaba seria e indiferente. En público, Nucha parecíarevestirse de gravedad ajena a sus años. Respecto a Manolita, no perdíaripio coqueteando con el señorito de la Formoseda. Rita, siempre animaday provocadora, lo era mucho con su primo, y no poco con los demás, puesdon Pedro advirtió que a las miradas y requiebros de sus admiradorescorrespondía con ojeadas vivas y flecheras. Lo cual no dejó de dar enqué pensar al marqués de Ulloa, el cual, tal vez por contarse en elnúmero de los hombres fácilmente atraídos por las mujeres vivarachas,tenía de ellas opinión detestable y para sus adentros la expresaba entérminos muy crudos.

Dormían en habitaciones contiguas Julián y el marqués, pues Julián,desde su ordenación, había ascendido de categoría en la casa, y mientrasla madre continuaba desempeñando las funciones de ama de llaves y dueña,el hijo comía con los señores, ocupaba un cuarto de importancia, y eratratado en suma, si no de igual a igual, pues siempre quedaban maticesde protección, al menos con gran amabilidad y deferencia. De noche,antes de recogerse, el marqués se le entraba en el dormitorio a fumar uncigarro y charlar. La conversación ofrecía pocos lances, pues siempreversaba sobre el mismo proyecto. Decía don Pedro que le admiraban doscosas: haberse resuelto a salir de los Pazos, y hallarse tan decidido a tomar estado, idea que antes le parecía irrealizable. Era don Pedro delos que juzgan muy importantes y dignas de comentarse sus propiasacciones y mutaciones—achaque propio de egoístas—y han menester tenersiempre cerca de sí algún inferior o subordinado a quien referirlas,para que les atribuya también valor extraordinario.

Agradaba la plática a Julián. Aquellas proyectadas bodas entre primo yprima le parecían tan naturales como juntarse la vid al olmo. Lasfamilias no podían ser mejores ni más para en una; las clases iguales;las edades no muy desproporcionadas, y el resultado dichosísimo, porqueasí redimía el marqués su alma de las garras del demonio, personificadoen impúdicas barraganas.

Solamente no le contentaba que don Pedro sehubiese ido a fijar en la señorita Rita: mas no se atrevía ni aindicarlo, no fuese a malograrse la cristiana resolución del marqués.

—Rita es una gran moza...—decía éste explayándose—. Parece sana como unamanzana, y los hijos que tenga heredarán su buena constitución. Seránmás fuertes aún que Perucho, el de Sabel.

¡Inoportuna reminiscencia! Julián se apresuraba a replicar, sin meterseen honduras fisiológicas:

—La casta de los señores de Pardo es muy saludable, gracias a Dios....

Una noche cambiaron de sesgo las confidencias, entrando en terrenosumamente embarazoso para Julián, siempre temeroso de que cualquierdesliz de su lengua desbaratase los proyectos del señorito, y le echasea él sobre la conciencia responsabilidad gravísima.

—¿Sabe usted—insinuó don Pedro—que mi prima Rita se me figura algocasquivana? Por el paseo va siempre entretenida en si la miran o no lamiran, si le dicen o no le dicen... juraría que toma varas.

—¿Que toma varas?—repitió el capellán, quedándose en ayunas del sentidode la frase grosera.

—Sí, hombre..., que se deja querer, vamos.... Y para casarse, no es cosade broma que la mujer las gaste con el primero que llega.

—¿Quién lo duda, señorito? La prenda más esencial en la mujer es lahonestidad y el recato.

Pero no hay que fiarse de apariencias. Laseñorita Rita tiene el genio así, franco y alegre....

Creíase Julián salvado con estas evasivas, cuando, a las pocas noches,don Pedro le apretó para que cantase:

—Don Julián, aquí no valen misterios.... Si he de casarme, quiero almenos saber con quién y cómo.... Apenas se reirían si porque vengo de losPazos me diesen de buenas a primeras gato por liebre. Con razón se diríaque salí de un soto para meterme en otro. No sirve contestar que ustedno sabe nada. Usted se ha criado en esta casa, y conoce a mis primasdesde que nació.

Rita.... Rita es mayor que usted, ¿no es verdad?

—Sí, señor—respondió Julián, no teniendo por cargo de conciencia revelarla edad—. La señorita Rita cumplirá ahora veintisiete o veintiochoaños.... Después viene la señorita Manolita y la señorita Marcelina, queson seguidas..., veintitrés y veintidós... porque en medio murieron dosniños varones..., y luego la señorita Carmen, veinte.... Cuando nació elseñorito Gabriel, que andará en los diecisiete o poco más, ya no sepensaba que la señora volviese a tener sucesión, porque andaba delicada,y le probó tan mal el parto, que falleció a los pocos meses.

—Pues usted debe conocer perfectamente a Rita. Cante usted, ea.

—Señorito, a la verdad.... Yo me crié en esta casa, es cierto; pero sinmanualizarme con los señores, porque mi clase era otra muy distinta.... Ymi madre, que era muy piadosa, no me permitió jamás juntarme con lasseñoritas para jugar ni nada... por razones de decoro.... ¡Ya usted mecomprende! Con el señorito Gabriel sí que tuve algún trato; lo que escon las señoritas...

buenos días y buenas noches, cuando las encontrabaen los pasillos. Luego ya fui al Seminario....

—¡Bah, bah! ¿Tiene usted gana de cuentos...? Harto estará usted de sabercosas de las chicas.

Basta su madre de usted para enterarle. ¿Acerté? Seha puesto usted colorado.... ¡Ajá! ¡Por ahí vamos bien! ¡A ver con quécara me niega que su madre le ha informado de algunas cosillas...!

Julián se tornó purpúreo. ¡Que si le habían contado! ¡Pues no habían decontarle! Desde su llegada, la venerable dueña que regía el llavero encasa de la Lage no había cogido a solas a su hijo un minuto sin ceder ala comezón de tocar ciertos asuntos, que únicamente con varones graves yreligiosos pueden conferirse.... Misía Rosario no lo iba a charlar conotras comadres envidiosas, eso no; por algo comía el pan de don ManuelPardo; pero con la gente grave y de buen consejo, v.g., su confesor donVicente el canónigo, y Julián, aquel pedazo de sus entrañas elevado a lamás alta dignidad que cabe en la tierra, ¿quién le vedaba el gustazo dejuzgar a su modo la conducta del amo y las señoritas, de alardear dediscreción, censurando melosa y compasivamente algunos de sus actos queella «si fuese señora» no realizaría jamás, y de oír que

«personas derespeto» alababan mucho su cordura, y conformaban del todo con sudictamen? Que si le habían contado a Julián, ¡Dios bendito! Pero unacosa era que se lo hubiesen contado, y otra que él lo pudiese repetir.¿Cómo revelar la manía de la señorita Carmen, empeñada en casarse contraviento y marea de su padre, con un estudiantillo de medicina, un nadie,hijo de un herrador de pueblo (¡oh baldón para la preclara estirpe delos Pardos!), un loco de atar que la comprometía siguiéndola por todaspartes a modo de perrito faldero, y de quien además se aseguraba que eraun materialista, metido en sociedades secretas? ¿Cómo divulgar que laseñorita Manolita hacía novenas a San Antonio para que don Víctor de laFormoseda se determinase a pedirla, llegando al extremo de escribir adon Víctor cartas anónimas indisponiéndole con otras señoritas cuya casafrecuentaba? Y sobre todo, ¿cómo indicar ni lo más somero y mínimo de aquello de la señorita Rita, que maliciosamente interpretado tantopodía dañar a su honra? Antes le arrancasen la lengua.

—Señorito...—balbució—. Yo creo que las señoritas son muy buenas eincapaces de faltar en nada; pero si lo contrario supiese, me guardaríabien de propalarlo, toda vez que yo..., que mi agradecimiento a estafamilia me pondría..., vamos... como si dijéramos... una mordaza....

Detúvose, comprendiendo que se empantanaba más.

—No traduzca mis palabras, señorito.... Por Dios, no saque ustedconsecuencias de mi poca habilidad para explicarme.

—¿Según eso—preguntó el marqués mirando de hito en hito al capellán—,usted juzga que no hay absolutamente nada censurable? Clarito. ¿Lasconsidera usted a todas unas señoritas intachables... perfectísimas...que me convienen para casarme? ¿Eh?

Meditó Julián antes de responder.

—Si usted se empeña en que le descubra cuánto uno tiene en el corazón...francamente, aunque las señoritas son cada una de por sí muy simpáticas,yo, puesto a escoger, no lo niego..., me quedaría con la señoritaMarcelina.

—¡Hombre! Es algo bizca... y flaca.... Sólo tiene buen pelo y buen genio.

—Señorito, es una alhaja.

—Será como las demás.

—Es como ella sola. Cuando el señorito Gabriel quedó sin mamá depequeñito, lo cuidó con una formalidad que tenía la gracia del mundo,porque ella no era mucho mayor que él. Una madre no hiciera más. De día,de noche, siempre con el chiquillo en brazos. Le llamaba su hijo: dicenque era un sainete ver aquello. Parece que el peso del chiquillo larindió y por eso quedó más delicada de salud que las otras. Cuando elhermano marchó al colegio, estuvo malucha. Por eso la ve usteddescolorida. Es un ángel, señorito. Todo se le vuelve aconsejar bien alas hermanas....

—Señal de que lo necesitan—arguyó don Pedro maliciosamente.

—¡Jesús! No puede uno deslizarse.... Bien sabe usted que sobre lo buenoestá lo mejor, y la señorita Marcelina raya en perfecta. La perfecciónes dada a pocos. Señorito, la señorita Marcelina, ahí donde usted la ve,se confiesa y comulga tan a menudo, y es tan religiosa, que edifica a lagente.

Quedóse don Pedro reflexionando algún rato, y aseguró después que leagradaba mucho, mucho, la religiosidad en las mujeres; que laconceptuaba indispensable para que fuesen

«buenas».

—Con que beatita, ¿eh?—añadió—. Ya tengo por dónde hacerla rabiar.

Y tal fue en efecto el resultado inmediato de aquella conferencia donde,con mejor deseo que diplomacia, había intentado Julián presentar lacandidatura de Nucha. Desde entonces el primo gastó con ella bastantesbromas, algunas más pesadas que divertidas. Con placer del niñovoluntarioso cuyos dedos entreabren un capullo, gozaba en poner coloradaa Nucha, en arañarle la epidermis del alma por medio de chanzas subidase indiscretas familiaridades que ella rechazaba enérgicamente. Semejantejuego mortificaba al capellán tanto como a la chica; las sobremesas eranpara él largo suplicio, pues a las anécdotas y cuentos de don Manuel,que versaban siempre sobre materias nada pulcras ni bien olientes(costumbre inveterada en el señor de la Lage), se unían las continuasinconveniencias del primo con la prima. El pobre Julián, con los ojosfijos en el plato, el rubio entrecejo un tanto fruncido, pasaba las deCaín. Imaginábase él que ajar, siquiera fuese en broma, la flor de lamodestia virginal era abominable sacrilegio. Por lo que su madre lehabía contado y por lo que en Nucha veía, la señorita le inspirabareligioso respeto, semejante al que infunde el camarín que contiene unaveneranda imagen. Jamás se atrevía a llamarla por el diminutivo,pareciéndole Nucha nombre de perro más bien que de persona; y cuandodon Pedro se resbalaba a chanzonetas escabrosas, el capellán, juzgandoque consolaba a la señorita Marcelina, tomaba asiento a su lado y lehablaba de cosas santas y apacibles, de alguna novena o función deiglesia, a las cuales Nucha asistía con asiduidad.

No lograba el marqués vencer la irritante atracción que le llevaba haciaRita; y con todo, al crecer el imperio que ejercía en sus sentidos laprima mayor, se fortalecía también la especie de desconfianza instintivaque infunden al campesino las hembras ciudadanas, cuyo refinamiento ycoquetería suele confundir con la depravación. Vamos, no lo podíaremediar el marqués; según frase suya, Rita le escamaba terriblemente.¡Es que a veces ostentaba una desenvoltura! ¡Se mostraba con él tanincitadora; tendía la red con tan poco disimulo; se esponjaba de talsuerte ante los homenajes masculinos!

El aldeano que llega al pueblo ha oído contar mil lances, mil jugarretashechas a los bobos que allí entran desprevenidos como incautos peces.Lleno de recelo, mira hacia todas partes, teme que le roben en lastiendas, no se fía de nadie, no acierta a conciliar el sueño en laposada, no sea que mientras duerme le birlen el bolso. Guardada ladistancia que separaba de un labriego al señor de Ulloa, éste era suestado moral en Santiago. No hería su amor propio ser dominado porPrimitivo y vendido groseramente por Sabel en su madriguera de losPazos, pero sí que le torease en Compostela su artificiosa primilla.Además, no es lo mismo distraerse con una muchacha cualquiera que tomaresposa. La hembra destinada a llevar el nombre esclarecido de Moscoso ya perpetuarlo legítimamente había de ser limpia como un espejo.... Y donPedro figuraba entre los que no juzgan limpia ya a la que tuvo amorosostratos, aún en la más honesta y lícita forma, con otro que con sumarido. Aún las ojeadas en calles y paseos eran pecados gordos. Entendíadon Pedro el honor conyugal a la manera calderoniana, española neta,indulgentísima para el esposo e implacable para la esposa. Y a él que nole dijesen: Rita no estaba sin algún enredillo.... Acerca de Carmen yManolita no necesitaba discurrir, pues bien veía lo que pasaba. PeroRita....

Ningún amigo íntimo tenía en Santiago don Pedro, aunque sí variosconocidos, ganados en el paseo, en casa de su tío o en el Casino, dondesolía ir mañana y noche, a fuer de buen español ocioso. Allí se leembromaba mucho con su prima, comentándose también la desatinada pasiónde Carmen por el estudiante y su continuo atalayar en la galería, con eladorador apostado enfrente.

Siempre alerta, el señorito estudiaba eltono y acento con que nombraban a Rita. En dos o tres ocasiones lepareció notar unas puntas de ironía, y acaso no se equivocase; pues enlas ciudades pequeñas, donde ningún suceso se olvida ni borra, dondegira perpetuamente la conversación sobre los mismos asuntos, donde seabulta lo nimio y lo grave adquiere proporciones épicas, a menudo tieneuna muchacha perdida la fama antes que la honra, y ligerezasinsignificantes, glosadas y censuradas años y años, llevan a su autoracon palma al sepulcro. Además, las señoritas de la Lage, por sualcurnia, por los humos aristocráticos de su padre, y la especie deaureola con que pretendía rodearlas, por su belleza, eran blanco debastantes envidillas y murmuraciones: cuando no se las motejaba deorgullosas, se recurría a tacharlas de coquetas.

Lucía el Casino entre su maltratado mueblaje un caduco sofá degutapercha, gala del gabinete de lectura: sofá que pudiera llamarsetribuna de los maldicientes, pues allí se reunían tres de las másafiladas tijeras que han cortado sayos en el mundo, triunvirato digno demás detenido bosquejo y en el cual descollaba un personaje eminentísimo,maestro en la ciencia del mal saber.

Así como los eruditos se preciande no ignorar la más mínima particularidad concerniente a remotas épocashistóricas, este sujeto se jactaba de poder decir, sin errar punto nicoma, lo que disfrutaban de renta, lo que comían, lo que hablaban yhasta lo que pensaban las veinte o treinta familias de viso queencerraba el recinto de Santiago. Hombre era para pronunciar con sumaformalidad y gran reposo:

—Ayer, en casa de la Lage, se han puesto en la mesa dos principios:croquetas y carne estofada. La ensalada fue de coliflor, y a los postresse sirvió carne de membrillo de las monjas.

Comprobada la exactitud de tales pormenores, resultaban rigurosamenteciertos.

Tan bien informado individuo consiguió encender más recelos en el ánimodel suspicaz señor de Ulloa, bastándole para ello unas cuantaspalabritas, de ésas que tomadas al pie de la letra no llevan maliciaalguna, pero vistas al trasluz pueden significarlo todo.... Encomiando elsalero de Rita, y la hermosura de Rita, y la buena conformaciónanatómica del cuerpo de Rita, añadió como al descuido:

—Es una muchacha de primer orden.... Y aquí difícilmente le saldríanovio. Las chicas por el estilo de Rita siempre encuentran su medianaranja en un forastero.

-XI-

Hacía un mes que don Manuel Pardo se preguntaba a sí mismo: «¿Cuándo sedeterminará el rapaz a pedirme a Rita?».

Que se la pediría, no lo dudó un momento. La situación del marqués enaquella casa era tácitamente la del novio aceptado. Los amigos de lafamilia de la Lage se permitían alusiones desembozadas a la próximaboda; los criados, en la cocina, calculaban ya a cuánto ascendería lapropineja nupcial. Al recogerse, sus hermanas daban matraca a Rita. Atodas horas reían fraternalmente con el primo y una ráfaga de alegríajuvenil trocaba la vetusta casa en alborotada pajarera.

Descabezaba una tarde la siesta el marqués, cuando llamaron a la puertacon grandes palmadas. Abrió: era Rita, en chambra, con un pañuelo deseda atado a lo curro, luciendo su hermosa garganta descubierta. Blandíaen la diestra un plumero enorme, y parecía una guapísima criada deservir, semejanza que lejos de repeler al marqués, le hizo hervir lasangre con mayor ímpetu. Sofocada y risueña la muchacha echaba lumbrespor ojos, boca y mejillas.

—¿Perucho? ¿Peruchón?

—¿Ritiña, Ritona?—contestó don Pedro devorándola con el mirar.

—Dicen las chicas que vengas.... Estamos muy enfaenadas arreglando eldesván, donde hay todos los trastos del tiempo del abuelo. Parece que seencuentran allí cosas fenomenales.

—Y yo ¿para qué os sirvo? Supongo que no me mandaréis barrer.

—Todo será que se nos antoje. Ven, holgazán, dormilón, marmota.

Conducía al desván empinadísima escalera, y no era el sitio muy oscuro,pues recibía luz de tres grandes claraboyas, pero sí bastante bajo; donPedro no podía estar allí de pie, y las chicas, al menor descuido, sepegaban coscorrones en la cabeza contra la armazón del techo.Guardábanse en el desván mil cachivaches arrumbados que habían servidoen otro tiempo a la pompa, aparato y esplendor de los Pardos de la Lage,y hoy tenían por compañeros al polvo y la polilla; por esperanza, lavisita de muchachas bulliciosas, que de vez en cuando lo exploraban, afin de desenterrar alguna presea de antaño, que reformaban según la modaactual. Con las antiguallas que allí se pudrían, pudiera escribirse lahistoria de las costumbres y ocupaciones de la nobleza gallega, desde unpar de siglos acá. Restos de sillas de manos pintadas y doradas;farolillos con que los pajes alumbraban a sus señoras al regresar de lastertulias, cuando no se conocía en Santiago el alumbrado público; ununiforme de maestrante de Ronda; escofietas y ridículos, bordados deabalorio; chupas recamadas de flores vistosas; medias caladas de seda,rancias ya; faldas adornadas con caireles; espadines de acero tomados deorín; anuncios de funciones de teatro impresos en seda, rezando que la dama de música había de cantar una chistosa tonadilla, y el graciosorepresentar una divertida pitipieza; todo andaba por allí revuelto conotros chirimbolos análogos, que trascendían a casacón desde mil leguas,y entre los cuales distinguíanse, como prendas más simbólicas yelocuentes, los trebejos masónicos: medalla, triángulo, mallete,escuadra y mandil, despojos de un abuelo afrancesado y grado 33..., yuna lindísima chaqueta de grana, con las insignias de coronel bordadasen plata por bocamangas y cuello, herencia de la abuela de don ManuelPardo, que según costumbre de su época, autorizada por el ejemplo de lareina María Luisa, usaba el uniforme de su marido para montardiestramente a horcajadas.

—A buena parte me trajisteis—decía don Pedro, ahogado entre el polvo ycontrariadísimo por no poder moverse del asiento.

—Aquí te queremos—le replicaban Rita y Manolita, palmoteandotriunfantes—, porque aunque te empeñes, no hay medio de correr tras denosotras, ni de hacernos barrabasadas. Llegó la nuestra. Te vamos avestir con espadín y chupa. Ya verás.

—Buena gana tengo de ponerme de máscara.

—Un minuto solamente. Para ver qué facha haces.

—Os digo que no me visto de mamarracho.

—¿Cómo que no? Se nos ha puesto a nosotras en el moño.

—Mirad que os pesará. La que se me acerque ha de arrepentirse.

—¿Y qué nos harás, fantasmón?

—Eso no se dice hasta que se vea.

La misteriosa amenaza pareció infundir temor en las primas, que selimitaron por entonces a inofensivas travesuras, a algún plumerazo más omenos. Adelantaba la limpieza del desván: Manolita, con sus brazosnervudos, manejaba los trastos; Rita los clasificaba; Nucha los sacudíay doblaba esmeradamente; Carmen tomaba poca parte en el trajín, y menosaún en la jarana: dos o tres veces se eclipsó, para asomarse a lagalería sin duda. Las demás le soltaron indirectas.

—¿Qué tal está el día, Carmucha? ¿Llueve o hace sol?

—¿Pasa mucha gente por la calle? Contesta, mujer.

—Ésa siempre está pensando en las musarañas.

A medida que las prendas iban quedando limpias de polvo, las chicas selas probaban. A Manolita le sentaba a maravilla el uniforme de coronel,por su tipo hombruno. Rita era un encanto con la dulleta de sedaverdegay de la abuela. Carmen sólo consintió en dejarse poner unestrafalario adorno, un penacho triple, que allá cuando se estrenó sellamaba Las tres potencias. Tocóle a Nucha la probatura de lasmantillas de blonda. A todo esto la tarde caía, y en el telarañosorecinto del desván se veía muy poco. La penumbra era favorable a losplanes de las muchachas; aprovechando la ocasión propicia, acercáronsedisimuladamente las dos mayores a don Pedro, y mientras Rita le plantabaen la cabeza un sombrero de tres picos, Manolita le echaba por loshombros una chupa color tórtola, con guirnaldas de flores azules yamarillas.

Fue de confusión el momento que siguió a esta diablura sosa. Don Pedro,medio a gatas porque de otro modo no se lo consentía la poca altura deldesván, perseguía a sus primas, resuelto a tomar memorable venganza; yellas, exhalando chillidos ratoniles, tropezando con los muebles ycachivaches esparcidos aquí y acullá, procuraban buscar la puertecillaangosta, para evitar represalias. Mientras Rita se atrincheraba tras losrestos de una silla de manos y una desvencijada cómoda, huyeron doschicas, las menos valientes; y habiendo tenido Manolita la buenaocurrencia de cegar momentáneamente a su primo arrojándole a la cabezaun chal, pudo evadirse también Rita, jefe nato del motín. Desenredarsedel chal haciéndolo jirones, y lanzarse a la puerta y a la escalera enseguimiento de la fugitiva, fueron acciones simultáneas en don Pedro.

Saltó impetuosamente los peldaños, precipitándose en el corredor atientas, guiado por su instinto de perseguidor de alimañas ágiles, queoye delante de sí el apresurado trotecillo de la hermosa res. En unarevuelta del pasillo le dio alcance. La defensa fue blanda, entrecortadade risas. Don Pedro, determinado a infligir el castigo ofrecido, loaplicó en efecto cerca de una oreja, largo y sonoro. Parecióle que lavíctima no se resistía entonces; mas debía ser errónea tan maliciosasuposición, porque Rita aprovechó un segundo de suspensión dehostilidades para huir nuevamente, gritando:

—¿A que no me coges otra vez, cobarde?

Engolosinado, olvidando el peligro del juego, el marqués echó detrás dela prima, que se había desvanecido ya en las negruras del pasadizo.Éste, irregular y tortuoso, serpeaba alrededor de parte de la casa,quebrándose en inesperados codos, y a veces estrechándose como longanizamal rellena. Rita llevaba ventaja en sus familiares angosturas. Oyó elmarqués chirriar puertas, indicio de que la chica se había acogido alsagrado de alguna habitación. No estaba don Pedro para respetarsagrados. Empujó la puerta tras la cual juzgaba parapetada a Rita. Lapuerta resistía como si tuviese algún obstáculo delante; mas los puñosde don Pedro dieron cuenta fácilmente de la endeble trinchera de un parde sillas, que vinieron al suelo con estrépito. Penetró en un cuartocompletamente oscuro, y por instinto alargó las manos a fin de notropezar con los muebles; advirtió que algo rebullía en las tinieblas;tanteó el aire y palpó un bulto de mujer, que aprisionó en sus brazossin decir palabra, con ánimo de repetir el castigo. ¡Oh sorpresa!

Laresistencia más tenaz y briosa, la protesta más desesperada, unasmanitas de acero que no podía cautivar, un cuerpo nervioso que sesacudía rehuyendo toda presión, y al mismo tiempo varias exclamacionesde profunda y verdadera congoja, dos o tres gritos ahogados quedemandaban socorro.... ¡Diantre! Aquello no se parecía a lo otro, no....Por ciego y exaltado que estuviese el marqués, hubo de comprender....Sintió una confusión insólita en él, y soltó a la chica.

—Nuchiña, no llores.... Calla, mujer.... Ya te dejo; no te hago nada....Aguarda un instante.

Registró precipitadamente sus bolsillos, rascó un fósforo, miróalrededor, encendió una vela puesta en un candelabro.... Nucha, viéndoselibre, callaba; pero se mantenía a la defensiva.

Volvió el marqués adisculparse y a consolarla.

—Nucha, no seas chiquilla.... Perdona, mujer.... Dispensa, no creía queeras tú.