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Los Pazos de Ulloa by Emilia Pardo Bazán - HTML preview

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Conteniendo un sollozo, exclamó Nucha:

—Fuese quien fuese.... Con las señoritas no se hacen estas brutalidades.

—Hija mía, tu señora hermanita me buscó..., y el que me busca, que no sequeje si me encuentra.... Ea, no haya más, no estés así disgustada. ¿Quéva a decir de mí el tío? Pero ¿aún lloras, mujer? Cuidado que eressensible de veras. A ver, a ver esa cara.

Alzó el candelabro para alumbrar el rostro de Nucha. Estaba éstaencendida, demudada, y por sus mejillas corría despacio una lágrima;pero al darle la luz en los ojos, no pudo menos de sonreír ligeramente ysecar el llanto con su pañuelo.

—¡Hija! ¡Cualquiera se te atreve! ¡Eres una fierecita! ¡Y hasta fuerzaen los puños descubres en esos momentos! ¡Diantre!

—Vete—ordenó Nucha recobrando su seriedad—. Ésta es mi habitación, y nome parece decente que te estés metido en ella.

Dio el marqués dos pasos para salir; y volviéndose de pronto, preguntó:

—¿Quedamos amigos? ¿Se hacen las paces?

—Sí, con tal que no vuelvas a las andadas—respondió con sencillez yfirmeza Nucha.

—¿Qué me harás si vuelvo?—interrogó risueño el hidalgo campesino—. Capazeres de dejarme en el sitio de una manotada, chica.

—No por cierto.... No tengo yo fuerzas para tanto. Haré otra cosa.

—¿Cuál?

—Decírselo a papá, muy clarito, para que se fije en lo que de seguro nose le habrá pasado por la cabeza: que no parece natural vivir tú aquí nosiendo nuestro hermano y siendo nosotras muchachas solteras. Ya sé quees un atrevimiento meterme a enmendarle la plana a papá; pero él no hareparado en esto, ni te cree capaz de gracias como las de hoy. En cuantonote algo, se le ha de ocurrir sin que yo se lo sople al oído, pues nosoy quién para aconsejar a mi padre.

—¡Caramba! Lo dices de un modo..., ¡como si fuese cuestión de vida omuerte!

—Pues así.

Marchóse con estas despachaderas el marqués, y a la hora de la cenaestuvo taciturno y metido en sí, haciendo caso omiso de las zalameríasde Rita. Nucha, aunque un poco alterada la fisonomía, se mostró comosiempre, afable, tranquila y atenta al buen servicio y orden de la mesa.Aquella noche el marqués no dejó dormir a Julián, entreteniéndole hastalas altas horas con larga y tendida plática. Los días siguientes fueronde tregua; don Pedro salía bastante, y se le veía mucho en el Casino,junto a la tribuna de los maldicientes. No perdía allí el tiempo.Informábase de particularidades que le importaban, por ejemplo, elverdadero estado de fortuna de su tío. En Santiago se decía lo que élsospechaba ya: don Manuel Pardo mejoraba en tercio y quinto a suprimogénito Gabriel, que entre la mejora, su legítima y el vínculo,vendría a arramblar con casi toda la casa de la Lage. No restaba másesperanza a las primitas que la herencia de una tía soltera, doñaMarcelina, madrina de Nucha por más señas, que residía en Orense,atesorando sórdidamente y viviendo como una rata en su agujero. Estasnuevas dieron en qué pensar a don Pedro, que desveló a Julián algunasnoches más. Al cabo adoptó una resolución definitiva.

Estremecióse de placer don Manuel Pardo viendo al sobrino entrar en sudespacho una mañana, con la expresión indefinible que se nota en elrostro y continente de quien viene a tratar algo de importancia. Habíaoído don Manuel que donde hay varias hermanas, lo difícil es deshacersede la primera, y después las otras se desprenden de suyo, como lascuentas de una sarta tras la más próxima al cabo del hilo. ColocadaRita, lo demás era tortas y pan pintado. Con Manolita cargaría porúltimo el finchado señorito de la Formoseda; a Carmen se le quitarían dela cabeza ciertas locuras y siendo tan linda no le faltaría buenacomodo; y Nucha.... Lo que es Nucha no le hacía a él peso en casa, puesla gobernaba a las mil maravillas; además, a fuer de heredera presuntade su madrina, no necesitaba ampararse casándose. Si no hallaba marido,viviría con Gabriel cuando éste, acabada la carrera, se estableciesesegún conviene al mayorazgo de la Lage. Con tan gratos pensamientos, donManuel abrió los oídos para mejor recibir el rocío de las palabras de susobrino.... Lo que recibió fue un escopetazo.

—¿Por qué se asusta usted tanto, tío?—exclamaba don Pedro gozando en susadentros con la mortificación y asombro del viejo hidalgo—. ¿Hayimpedimento? ¿Tiene Nucha otro novio?

Comenzó don Manuel a poner mil objeciones, callándose algunas que noeran para dichas.

Salió la corta edad de la muchacha, su delicada salud,y hasta su poca hermosura alegó el padre, sazonando la observación conalusiones no muy reservadas al buen palmito de Rita y al mal gusto de nopreferirla. Dio al sobrino manotadas en los hombros y en las rodillas;gastó chanzas, quiso aconsejarle como se aconseja a un niño que escogeentre juguetes; y por último, tras de referir varios chascarrillosadecuados al asunto y contados en dialecto, acabó por declarar que a lasdemás chicas les daría algo al contraer matrimonio, pero que a Nucha...como esperaba heredar lo de su tía.... Los tiempos estaban malos, abofé.... Luego, encarándose con el marqués, le interrogó:

—¿Y qué dice esa mosquita muerta de Nucha, vamos a ver?

—Usted se lo preguntará, tío.... ¡Yo no le dije cosa de sustancia...! Yavamos viejos para andar haciendo cocos.

¡Oh y qué marejada hubo en casa de la Lage por espacio de una quincena!Entrevistas con el padre, cuchicheos de las hermanas entre sí,trasnochadas y madrugonas, batir de puertas, lloreras escondidas quedenunciaban ojos como puños, trastornos en las horas de comer,conferencias con amigos sesudos, curiosidades de dueña oficiosa queapaga el ruido de su pisar para sorprender algo al abrigo de unacortina, todas las dramáticas menudencias que acompañan a un gravesuceso doméstico.... Y como en provincia las paredes son de cristal, semurmuró en Santiago desaforadamente, glosando los escándalos ocurridosentre las señoritas de la Lage por causa del primo. Se acusó a Rita dehaber insultado agriamente a su hermana porque le quitaba el novio, y aCarmen de ayudarla, porque Nucha reprendía su ventaneo. Se censuró aNucha también por falsa e hipócrita. Se le royeron los zancajos a donManuel, afirmando que había dicho en toda confianza a persona que lorepitió en toda intimidad: «El sobrino no me había de salir de aquí sinuna de las chicas, y como se le antojó Nucha, hubo que dársela». Seaseguró que las hermanas no cruzaban ya palabra alguna en la mesa, y loconfirmó ver a Rita en paseo sola con Carmen delante, mientras el primoseguía detrás con don Manuel y Nucha. Ésta iba como avergonzada,cabizbaja y modesta. Crecieron los comentarios cuando Rita salió paraOrense, a acompañar una temporada a la tía Marcelina, según dijo, y donPedro para una posada, por no considerarse decoroso que los noviosviviesen bajo un mismo techo en vísperas de boda.

Ésta se efectuó llegada la dispensa pontificia, hacia fines del mes deagosto. No faltaron los indispensables requisitos: finezas mutuas,regalos de amigos y parientes, cajas de dulces muy emperifolladas pararepartir, buen ajuar de ropa blanca, las galas venidas de Madrid en uncajón monstruo. Dos o tres días antes de la ceremonia se recibió unpaquetito procedente de Segovia, y dentro de él un estuche. Contenía unasortija de oro muy sencilla, y una cartulina figurando tarjeta, quedecía: «A mi inolvidable hermana Marcelina, su más amante hermano,Gabriel». La novia lloró bastante con el obsequio de su niño, púsoloen el dedo meñique de la mano izquierda, y allí se le reunió el otroanillo que en la iglesia le ciñeron.

Casáronse al anochecer, en una parroquia solitaria. Vestía la novia derico gro negro, mantilla de blonda y aderezo de brillantes. Al regresarhubo refresco para la familia y amigos íntimos solamente: un refresco ala antigua española, con almíbares, sorbetes, chocolate, vino generoso,bizcochos, dulces variadísimos, todo servido en macizas salvillas ybandejas de plata, con gran etiqueta y compostura. No adornaban la mesaflores, a no ser las rosas de trapo de las tartas o ramilletes depiñonate; dos candelabros con bujías, altos como mecheros de catafalco,solemnizaban el comedor; y los convidados, transidos aún del miedo queinfunde el terrible sacramento del matrimonio visto de cerca, hablabanbajito, lo mismo que en un duelo, esmerándose en evitar hasta el repiquede las cucharillas en la loza de los platos. Parecía aquello la comidapostrera de los reos de muerte. Verdad es que el señor don NemesioAngulo, eclesiástico en extremo cortesano y afable, antiguo amigo ytertuliano de don Manuel y autor de la dicha de los cónyuges, a quienesacababa de bendecir, intentó soltar dos o tres cosillas festivas, entono decentemente jovial, para animar un poco la asamblea; pero susesfuerzos se estrellaron contra la seriedad de los concurrentes. Todosestaban—es la frase de cajón— muy afectados, incluso el señorito de laFormoseda, que acaso pensaba «cuando la barba de tu vecino...», yJulián, que viendo colmados sus deseos y votos ardentísimos, triunfantesu candidatura, sentía no obstante en el corazón un peso raro, como sialgún presentimiento cruel se lo abrumase.

Seria y solícita, la novia atendía y servía a todo el mundo; dos o tresveces su pulso desasentado le hizo verter el Pajarete que escanciaba albuen don Nemesio, colocado en sitio preferente, a su derecha. El novioentretanto conversaba con los hombres, y, al alzarse de la mesa,repartió excelentes cigarros de que tenía rellena la petaca. Nadiealudió al trascendental acontecimiento, ni se atrevió a decir la menorchanza que pudiese poner colorada a la novia; pero al despedirse losconvidados, algunos caballeros recalcaron maliciosamente las buenasnoches, mientras matronas y doncellas, besando con estrépito a ladesposada, le chillaban al oído: «Adiós, señora.... Ya eres señora,ya no es posible llamarte señorita...», celebrando tan trivialobservación con afectadas risas, y mirando a Nucha como paraaprendérsela de memoria. Cuando todos fueron saliendo, don Manuel Pardose acercó a su hija, y la oprimió contra el pecho colosal, sellándole lafrente con besos muy cariñosos. Hallábase realmente conmovido el señorde la Lage: era la primera vez que casaba una hija; sentía desbordarseen su alma la paternidad, y al tomar de la mano a Nucha para conducirlaa la cámara nupcial, alumbrándoles el camino Misia Rosario con uncandelabro de cinco brazos cogido de la mesa del comedor, no acertaba apronunciar palabra, y un poco de humedad se asomaba a sus lagrimalesáridos, y una sonrisa de orgullo y placer entreabría al mismo tiempo suboca. En el umbral pudo exclamar al cabo:

—¡Si levantase la cabeza tal día como hoy tu madre que en gloria esté!

Ardían en el tocador de la estancia dos velas puestas en candeleros nomenos empinados y majestuosos que los candelabros del refresco; y comono la iluminaba otra luz, ni se había soñado siquiera en el clásicoglobo de porcelana que es de rigor en todo voluptuoso camarín de novela,impregnaba la alcoba más misterio religioso que nupcial, completando suanalogía con una capilla u oratorio la forma del tálamo, cuyas cortinasde damasco rojo franjeadas de oro se parecían exactamente a colgadurasde iglesia, y cuyas sábanas blanquísimas, tersas y almidonadas, conrandas y encajes, tenían la casta lisura de los manteles de altar.Cuando el padre se retiraba ya, murmurando «Adiós, Nuchiña, hijaquerida», la novia le asió la diestra y se la besó humildemente, conlabios secos, abrasados de calentura. Quedó sola. Temblaba como la hojaen el árbol, y al través de sus crispados nervios corría a cada instanteel escalofrío de la muerte chiquita, no por miedo razonado yconsciente, sino por cierto pavor indefinible y sagrado.

Parecíale queaquella habitación donde reinaba tan imponente silencio, donde ardíantan altas y graves las luces, era el mismo templo en que no hacía doshoras aún se había puesto de hinojos....

Volvió a arrodillarse, divisandoallá en la sombra de la cabecera del lecho el antiguo Cristo de ébano ymarfil, a quien el cortinaje formaba severo dosel. Sus labios murmurabanel consuetudinario rezo nocturno: «Un Padrenuestro por el alma demamá...». Oyéronse en el corredor pisadas recias, crujir de botasflamantes, y la puerta se abrió.

Tomo II

-XII-

Quedaban migajas, no muy añejas aún, del pan de la boda, cuando donPedro celebró con Julián una conferencia, conviniendo ambos en lourgente de que el capellán se adelantase a salir a los Pazos paraadoptar varias precauciones indispensables y civilizar algo la huronera,mientras no iban a vivirla sus dueños. Julián aceptó la comisión, yentonces el señorito mostró remordimientos o escrúpulos de habérselaencomendado.

—Mire usted—advirtió—que allí se necesitan muchas agallas.... Primitivoes hombre de malos hígados, capaz de darle a usted cien vueltas....

—Dios delante. Matar no me matará.

—No lo diga usted dos veces—insistió el señor de Ulloa, impulsado porvoces de su conciencia, que en aquel momento se dejaban oír claras yapremiantes—. Ya le avisé a usted en otra ocasión de cómo es Primitivo:capaz de cualquier desafuero.... Lo que yo no creo es que vaya a cometerbarbaridades por gusto de cometerlas, ni aun en el primer momento,cuando le ciega el deseo de la venganza.... Con todo....

No era ésta la única vez que don Pedro manifestaba sagacidad en elconocimiento de caracteres y personas, don esterilizado por la falta denociones de cultura moral y delicadeza, de ésas que hoy exige lasociedad a quien, mediante el nacimiento, la riqueza o el poder, ocupaen ella lugar preeminente.

Prosiguió el señorito:

—Primitivo no es un bárbaro.... Pero es un bribón redomado y taimadísimo,que no se para en barras con tal de lograr sus fines.... ¡Demontres!Harto estoy de saberlo.... El día que nos vinimos... si él pudiesedetenernos soplándonos un tiro a mansalva... no doy dos cuartos por supellejo de usted ni por el mío.

Estremecióse Julián, y se le borraron las rosadas tintas de los pómulos.No era de madera de héroes, lo cual le salía a la cara. A don Pedro ledivertía infinito el miedo del capellán. En la índole de don Pedro habíaun fondo de crueldad, sostenido por su vida grosera.

—Apostemos—exclamó riéndose—que la cruz aquélla del camino va usted apasarla rezando.

—No digo que no—contestó Julián repuesto ya—; mas no por eso me niego air. Es mi deber; de suerte que no hago nada de extraordinario encumplirlo. Dios sobre todo.... A veces no es tan fiero el león como lopintan.

—No le tiene cuenta ahora a Primitivo meterse en dibujos.

Calló Julián. Al cabo exclamó:

—Señorito, ¡si usted adoptase una buena resolución! ¡Echar a ese hombre,señorito, echarlo!

—Calle usted, hombre, calle usted.... Le pondremos a raya.... Pero eso deechar.... ¿Y los perros? ¿Y la caza? ¿Y aquellas gentes, y todo aquelcotarro, que nadie me lo entiende sino él?

Desengáñese usted: sinPrimitivo no me arreglo yo allí.... Haga usted la prueba, sólo por gusto,de aquillotrarme algunas cosas de las que Primitivo maneja durmiendo....Además, crea usted lo que le digo, que es como el Evangelio: si echausted a Primitivo por la puerta, se nos entrará por la ventana.¡Diantre! ¡Si sabré yo quién es Primitivo!

Julián balbució:

—¿Y... de lo demás...?

—De lo demás.... Arréglese usted como quiera.... Lleva usted plenospoderes.

¡Ya lo creo que los llevaba! ¡Así llevase también alguna receta eficazpara servirse de ellos!

Investido de autoridad omnímoda, Julián sentíaen el fondo del alma una especie de compasión por la desvergonzadamanceba y el hijo espurio. Este último sobre todo. ¿Qué culpa tenía elpobre inocente de las bellaquerías maternales? Siempre parecía duroarrojarle de una casa donde, al fin y al cabo, el dueño era su padre.Julián no se hubiera encargado jamás de tan ingrata comisión a noparecerle que iba en ello la salvación eterna de don Pedro, y también elsosiego temporal de la que él seguía llamando señorita Marcelina,contra el dictamen de las convidadas a la boda.

No sin aprensión cruzó de nuevo el triste país de lobos que antecedía alvalle de los Pazos. El cazador le aguardaba en Cebre, e hicieron lajornada juntos; Primitivo, por más señas, se mostró tan sumiso yrespetuoso, que Julián, quien al revés que don Pedro poseía el don deerrar en el conocimiento práctico de las gentes, guardando los aciertospara el terreno especulativo y abstracto, fue poco a poco desechando ladesconfianza, y persuadiéndose de que ya no tenía el zorro intencionesde morder. El rostro impasible de Primitivo no revelaba rencor ni enojo.Con su laconismo y seriedad habituales, hablaba del tiempo desapacible ymetido en agua, que casi no había consentido majar, ni segar el maíz, nivendimiar como Dios manda, ni cumplir en paz ninguna de las grandesfaenas agrícolas. Estaba en efecto el camino encharcado, lleno deaguazales, y como había llovido por la mañana también, los pinos dejabanescurrir de las verdes y brillantes púas de su ramaje gotas de agua quese aplastaban en el sombrero de los viajeros. Julián iba perdiendo elmiedo y un gozo muy puro le inundaba el espíritu cuando saludó alcrucero con verdadera efusión religiosa.

«Bendito seas, Dios mío—pensaba para sí—, pues me has permitido cumpliruna obra buena, grata a tus ojos. He encontrado en los Pazos, hace unaño, el vicio, el escándalo, la grosería y todas las malas pasiones; yvuelvo trayendo el matrimonio cristiano, las virtudes del hogarconsagrado por ti. Yo, yo he sido el agente de que te has valido paratan santa obra.... Dios mío, gracias».

Cortaron el soliloquio ladridos vehementes: era la jauría del marqués,que salía a recibir al montero mayor, haciendo locas demostraciones deregocijo, zarandeando los rabos mutilados y abriendo de una cuarta lasfresquísimas bocas. Acariciólos Primitivo con su enjuta mano, pues erasumamente afectuoso para los perros; y al nieto, que en pos de losperros venía, le dio una especie de festivo soplamocos. Quiso Juliánbesar al niño, pero éste se puso en polvorosa antes de que pudieselograrlo; y el capellán experimentó otra vez compasivos remordimientos,causados por la vista de la ya repudiada criatura. A Sabel la halló enel sitio de costumbre, entre sus pucheros, pero sin el antiguo séquitode aldeanas viejas y mozas, de la Sabia y su dilatada progenie. Reinabaen la cocina orden perfecto: todo limpio, sosegado y solitario; lapersona más severa y amiga de censurar no encontraría qué. El capelláncomenzaba a sentirse confuso viendo en ausencia suya tanto arreglo, y atemer que su venida lo trastornara: idea dictada por su nativa timidez.A la hora de cenar aumentó su sorpresa. Primitivo, más blando que unguante, le daba cuenta en voz reposada de lo ocurrido allí durante medioaño, en materia de vacas paridas, obras emprendidas, rentas cobradas; ymientras el padre reconocía así su autoridad superior, la hija le servíadiligente y humilde, con pegajosa dulzura de animal doméstico queimplora caricias. No sabía Julián qué cara poner en vista de una acogidatan cordial.

Creyó que mudarían de actitud al día siguiente, cuando, haciendo uso delos plenísimos poderes y facultades omnímodas de que venía investido,ordenó a la Agar y al Ismael de aquel patriarcado emigrar al desierto.¡Milagro asombroso! Tampoco se alteró entonces la mansedumbre dePrimitivo.

—Los señoritos traerán cocinera de allá, de Santiago...—explicabaJulián, para fundar en algo la expulsión.

—Por supuesto...—respondió Primitivo con la mayor naturalidad delmundo—. Allá en la vila guísase de otro modo.... Los señores tienen laboca acostumbrada.... Cuadra bien, que yo también le iba a pedir que leescribiese al señor marqués de traer quien cocinase.

—¿Usted?—exclamó Julián, estupefacto.

—Sí, señor.... La hija se me quiere casar....

—¿Sabel?

—Sabel, sí, señor, anda en eso.... Con el gaitero de Naya, el Gallo....Por de contado se empeña en irse para su casa, así que les echen lasbendiciones....

Sintió Julián un sofocón de pura alegría. No pudo menos de pensar que entodo aquel negocio de Sabel andaba visiblemente la mano de laProvidencia. ¡Sabel casada, alejada de allí; el peligro conjurado; lascosas en orden, la salvación segura! Una vez más dio gracias al Diosbondadoso que quita los estorbos de delante cuando la mezquina previsiónhumana no cree posible removerlos siquiera.... La satisfacción que lerebosaba en el semblante era tal, que se avergonzó de mostrarla antePrimitivo, y empezó a charlar aprisa, por disimulo, felicitando alcazador y augurando a Sabel un porvenir de ventura en el nuevo estado.Aquella noche misma escribió al marqués la buena noticia.

Pasaron días, siempre bonancibles. Proseguía Sabel mansa, Primitivocomplaciente, Perucho invisible, la cocina desierta. Sólo notaba Juliáncierta resistencia pasiva en lo tocante al gobierno de los estados yhacienda del marqués. En este terreno le fue absolutamente imposibleadelantar una pulgada. Primitivo sostenía su posición de verdaderoadministrador, apoderado, y, entre bastidores, autócrata: Juliáncomprendía que sus plenos poderes importaban tanto como la carabina deAmbrosio, y hasta pudo cerciorarse, por indicios evidentes, de que elinflujo que ejercía el cazador en el circuito de los Pazos ibahaciéndose extensivo a toda la comarca; a menudo venían a conferenciarcon el mayordomo, en actitud respetuosa y servil, gentes de Cebre, deCastrodorna, de Boán, de puntos más distantes todavía. En cuatro leguasa la redonda no se movía una paja sin intervención y aquiescencia dePrimitivo. No poseía Julián fuerzas para luchar con él, ni lo intentaba,pareciéndole secundario el perjuicio que a la casa de Ulloa originase lamala administración de Primitivo, en proporción al daño inmenso queestuvo a punto de causarle Sabel. Descartarse de la hija lo tenía él porimportante; en cuanto al padre....

Verdad es que la hija no se marchaba tampoco; pero se marcharía, ¡nofaltaba más! ¿Quién duda que se marcharía? Tranquilizaba a Julián unaseñal en su concepto infalible: el haber sorprendido cierto anochecer,cerca del pajar, a Sabel y al gallardo gaitero entretenidos en coloquiosmás dulces que edificantes. Le ruborizó el encuentro, pero hizo la vistagorda reflexionando que aquello era, por decirlo así, la antesala delaltar. Seguro de la victoria respecto a la mala hembra, transigió en lorelativo al mayordomo. Cuanto más que éste no rechazaba las indicacionesde Julián, ni le llevaba la contraria en cosa alguna. Si el capellánideaba planes, censuraba abusos o insistía en la urgente necesidad deuna reforma, Primitivo aprobaba, allanaba el camino, sugería medios, depalabra se entiende; al llegar a la realización, ya era harina de otrocostal: empezaban las dificultades, las dilaciones: que hoy... quemañana.... No hay fuerza comparable a la inercia. Primitivo decía aJulián para consolarle:

—Una cosa es hablar, y otra hacer....

O matar a Primitivo, o entregársele a discreción: el capellán comprendíaque no quedaba otro recurso. Fue un día a desahogar sus cuitas con donEugenio, el abad de Naya, cuyos discretos pareceres le alentaban mucho.Encontróle todo alborotado con los noticiones políticos, que acababan deconfirmar los pocos periódicos que se recibían en aquellos andurriales.La marina se había sublevado, echando del trono a la reina, y ésta seencontraba ya en Francia, y se constituía un gobierno provisional, y secontaba de una batalla reñidísima en el puente de Alcolea, y el ejércitose adhería, y el diablo y su madre.... Don Eugenio andaba, de puroexcitado, medio loco, proyectando irse a Santiago sin dilación parasaber noticias ciertas. ¡Qué dirían el señor Arcipreste y el abad deBoán! ¿Y Barbacana? Ahora sí que Barbacana estaba fresco: su eternoadversario Trampeta, amigo de los unionistas, se le montaría encima porlos siglos de los siglos, amén. Con el embullo de estos acontecimientos,apenas atendió el abad de Naya a las tribulaciones de Julián.

-XIII-

Transcurrido algún tiempo de vida familiar con suegro y cuñadas, donPedro echó de menos su huronera. No se acostumbraba a la metrópoliarzobispal. Ahogábanle las altas tapias verdosas, los soportalesangostos, los edificios de lóbrego zaguán y escalera sombría, que leparecían calabozos y mazmorras. Fastidiábale vivir allí donde tres gotasde lluvia meten en casa a todo el mundo y engendran instantáneamente unatriste vegetación de hongos de seda, de enormes paraguas. Le incomodabala perenne sinfonía de la lluvia que se deslizaba por los canalonesabajo o retiñía en los charcos causados por la depresión de lasbaldosas. Quedábanle dos recursos no más para combatir el tedio:discutir con su suegro o jugar un rato en el Casino. Ambas cosas leprodujeron en breve, no hastío, pues el verdadero hastío es enfermedadmoral propia de los muy refinados y sibaritas de entendimiento, sinoirritación y sorda cólera, hija de la secreta convicción de suinferioridad. Don Manuel era superior a su sobrino por el barniz deeducación adquirido en dilatados años de existencia ciudadana y elconsiguiente trato de gentes, así como por aquel bien entendido orgullode su nacimiento y apellido, que le salvaba de adocenarse (era suexpresión predilecta). Aparte de la manía de referir en las sobremesas yentre amigos de confianza mil anécdotas, no contrarias al pudor, pero sía la serenidad del estómago de los oyentes, era don Manuel personacortés y de buenas formas para presidir, verbigracia, un duelo, asistira una junta en la Sociedad Económica de Amigos del País, llevar elestandarte en una procesión, ser llamado al despacho de un gobernador enconsulta. Si deseaba retirarse al campo, no le atraía tan sólo laperspectiva de dar rienda suelta a instintos selváticos, de andar sincorbata, de no pagar tributo a la sociedad, sino que le solicitabanaficiones más delicadas, de origen moderno: el deseo de tener un jardín,de cultivar frutales, de hacer obras de albañilería, distracción que leembelesaba y que en el campo es más barata que en la ciudad. Además, elfino trato de su mujer, la perpetua compañía de sus hijas suavizara yalas tradiciones rudas que por parte de los la Lage conservaba donManuel: cinco hembras respetadas y queridas civilizan al hombre másagreste. He aquí por qué el suegro, a pesar de encontrarsecronológicamente una generación más atrás que su yerno, estabamoralmente bastantes años delante.

Trataba don Manuel de descortezar a don Pedro; y no sólo fue trabajoperdido, sino contraproducente, pues recrudeció su soberbia y leinfundió mayores deseos de emanciparse de todo yugo. Aspiraba el señorde la Lage a que su sobrino se estableciese en Santiago, levantando lacasa de los Pazos y visitándola los veranos solamente, a fin derecrearse y vigilar sus fincas; y al dar tales consejos a su yerno, losentreveraba con indirectas y alusiones, para demostrar que nada ignorabade cuanto sucedía en la vieja madriguera de los Ulloas. Este género deimposición y fiscalización, aunque tan disculpable, irritó a don Pedro,que según decía, no aguantaba ancas ni gustaba de ser manejado por nadieen el mundo.

—Por lo mismo—declaró un día delante de su mujer—vamos a tomar soletapronto. A mí nadie me trae y lleva desde que pasé de chiquillo. Si calloa veces, es porque estoy en casa ajena.

Estar en casa ajena le exaltaba. Todo cuanto veía lo encontrabacensurable y antipático. El decoroso fausto del señor de la Lage; susbandejas y candelabros de plata; su mueblaje rico y antiguo; larespetabilidad de sus relaciones, compuestas de lo más selecto de laciudad; su honesta tertulia nocturna de canónigos y personas formalesque venían a hacerle la partida de tresillo; sus criados respetuosos, aveces descuidados, pero nunca insolentes ni entrometidos, todo se lefiguraba a don Pedro sátira viviente del desarreglo de los Pazos, deaquella vida torpe, de las comidas sin mantel, de las ventanas sinvidrios, de la familiaridad con mozas y gañanes. Y no se le despertabala saludable emulación, sino la ruin envidia y su hermano el ceñudodespecho.

Únicamente le consolaban los desatinados amoríos de Carmen;celebraba la gracia, frotándose las manos, siempre que en el Casino secomentaba la procacidad del estudiante y el descaro de la chiquilla.¡Que rabiase su suegro! No bastaba tener sillas de damasco y alfombraspara evitar escándalos.

Los altercados de don Pedro con su tío iban agriándose, y vino aenvenenarlos la discusión política, que enzarza más que ninguna otra,especialmente a los que discuten por impresión, sin ideas fijas yrazonadas. Fuerza es confesar que el marqués estaba en este caso. DonManuel no era ningún lince, pero afiliado platónicamente desde muchosaños atrás al partido moderado puro, hecho a leer periódicos, conocía larutina; y había tomado tan a contrapelo el chasco de González Bravo y lamarcha de Isabel II, que se disparaba, poniéndose a dos dedos deahogarse, cuando el sobrino, por molestarle, le contradecía, disculpabaa los revolucionarios, repetía las enormidades que la prensa y laslenguas de entonces propalaban contra la majestad caída, y aparentabacreerlas como artículo de fe. El tío le rebatía con acritud y calor,alzando al cielo las gigantescas manos.

—Allá en las aldeas—decía—se traga todo, hasta el mayor disparate.... Notenéis formado el criterio, hijo, no tenéis formado el criterio, ésa esvuestra desgracia.... Lo miráis todo al través de un punto de vista queos forjáis vosotros mismos... (este tremendo disparate debía haberloaprendido don Manuel en algún artículo de fondo). Hay que juzgar con laexperiencia, con la sensatez.

—¿Y usted se figura que somos tontos los que venimos de allá...? Puedeser que aún tengamos más pesquis, y veamos lo que ustedes no ven...(aludía a su prima Carmen, colgada de la galería en aquel momento).Créame usted, tío, en todas partes hay bobalicones que se maman eldedo....

¡Vaya si los hay!

La discusión tomaba carácter personal y agresivo; solía esto ocurrir ala hora de la sobremesa; las tazas del café chocaban furiosas contra losplatillos; don Manuel, trémulo de coraje, vertía el anisete al llevarloa la boca; tío y sobrino alzaban la voz mucho más de lo regular, ydespués de algún descompasado grito o frase dura, había instantes dearmado silencio, de muda hostilidad, en que las chicas se miraban yNucha, con la cabeza baja, redondeaba bolitas de miga de pan o doblabamuy despacio las servilletas de todos deslizándolas en las anillas. DonPedro se levantaba de repente, rechazando su silla con energía, y,haciendo temblar el piso bajo su andar fuerte, se largaba al Casino,donde las mesas de tresillo funcionaban día y noche.

Tampoco allí se encontraba bien. Sofocábale cierta atmósferaintelectual, muy propia de ciudad universitaria. Compostela es pueblo enque nadie quiere pasar por ignorante, y comprendía el señorito cuánto semofarían de él y qué chacota se le preparaba, si se averiguase concerteza que no estaba fuerte en ortografía ni en otras ías nombradasallí a menudo. Se le sublevaba su amor propio de monarca indiscutible enlos Pazos de Ulloa al verse tenido en menos que unos catedráticosacatarrados y pergaminosos, y aun que unos estudiantes troneras, con lasbotas rojas y el cerebro caliente y vibrante todavía de alguna lecturade autor moderno, en la Biblioteca de la Universidad o en el gabinetedel Casino. Aquella vida era sobrado activa para la cabeza del señorito,sobrado entumecida y sedentaria para su cuerpo; la sangre se lerequemaba por falta de esparcimiento y ejercicio, la piel le pedía conmucha necesidad baños de aire y sol, duchas de lluvia, friegas deespinos y escajos, ¡plena inmersión en la atmósfera montés!

No podía sufrir la nivelación social que impone la vida urbana; no sehabituaba a contarse como número par en un pueblo, habiendo estadosiempre de nones en su residencia feudal.

¿Quién era él en Santiago? DonPedro Moscoso a secas; menos aún: el yerno del señor de la Lage, elmarido de Nucha Pardo. El marquesado allí se había deshecho como la salen el agua, merced a la malicia de un viejecillo, miembro delmaldiciente triunvirato, a quien correspondía, por su acerada yprodigiosa memoria y años innumerables, el ramo de averiguación yesclarecimiento de añejos sucedidos, así como al más joven, queconocemos ya, tocaban las investigaciones de actualidad, viniendo a sercronista el uno y analista el otro de la metrópoli. El cronista, pues,hizo su oficio desentrañando la genealogía entera y verdadera de lascasas de Cabreira y Moscoso, probando ce por be que el título de Ulloano correspondía ni podía corresponder sino al duque de tal y cual,grande de España, etc.; y demostrándolo mediante oportuna exhibición dela Guía de Forasteros. Por cierto que al instruir estas diligencias sehizo bastante burla de don Pedro y del señor de la Lage, a quien seacusaba de haber bordado la corona de marquesa en un juego de sábanasregalado a su hija; inocente desliz que el analista confirmó,especificando dónde y cómo se habían marcado las susodichas sábanas, ycuánto había costado el escusón y el perendengue de la coronita.

Impaciente ya, resolvió don Pedro la marcha antes de que pasase lainclemencia del invierno, a fines de un marzo muy esquivo y desapacible.Salía el coche para Cebre tan de madrugada, que no se veía casi; hacíaun frío cruel, y Nucha, acurrucada en el rincón del incómodo vehículo,se llevaba a menudo el pañuelo a los ojos, por lo cual su marido lainterpeló con poca blandura:

—¿Parece que vienes de mala gana conmigo?

—¡Qué cosas tienes!—respondió la muchacha destapando el rostro ysonriendo—. Es natural que sienta dejar al pobre papá y... y a laschicas.

—Pues ellas—murmuró el señorito—me parece que no te echarán memorialespara que vuelvas.

Nucha calló. El carruaje brincaba en los baches de la salida, y elmayoral, con voz ronca, animaba al tiro. Alcanzaron la carretera y rodóel armatoste sobre una superficie más igual.

Nucha reanudó el diálogopreguntando a su marido pormenores relativos a los Pazos, conversación aque él se prestaba gustoso, ponderando hiperbólicamente la hermosura ysalubridad del país, encareciendo la antigüedad del caserón y alabandola vida cómoda e independiente que allí se hacía.

—No creas—decía a su mujer, alzando la voz para que no la cubriese elruido de los cascabeles y el retemblar de los vidrios—, no creas que nohay gente fina allí.... La casa está rodeada de señorío principal: lasseñoritas de Molende, que son muy simpáticas; Ramón Limioso, un cumplidocaballero.... También nos hará compañía el Abad de Naya.... ¡Pues y elnuestro, el de Ulloa, que es presentado por mí! Ése es tan mío como losperros que llevo a cazar.... No le mando que ladre y que porte porque nose me antoja. ¡Ya verás, ya verás! Allí es uno alguien y supone algo.

A medida que se acercaban a Cebre, que entraba en sus dominios, seredoblaba la alegre locuacidad de don Pedro. Señalaba a los grupos decastaños, a los escuetos montes de aliaga y exclamaba regocijadísimo:

—¡Foro de casa...! ¡Foro de casa...! No corre por ahí una liebre que nopaste en tierra mía.

La entrada en Cebre acrecentó su alborozo. Delante de la posadaaguardaban Primitivo y Julián; aquél con su cara de metal, enigmática ydura, éste con el rostro dilatado por afectuosísima sonrisa. Nucha lesaludó con no menor cordialidad. Bajaron los equipajes, y Primitivo seadelantó trayendo a don Pedro su lucia y viva yegua castaña. Iba éste amontar, cuando reparó en la cabalgadura que estaba dispuesta para Nucha,y era una mula alta, maligna y tozuda, arreada con aparejo redondo, deesos que por formar en el centro una especie de comba, más parecenhechos para despedir al jinete que para sustentarlo.

—¿Cómo no le has traído a la señorita la borrica?—preguntó don Pedro,deteniéndose antes de montar, con un pie en el estribo y una mano asidaa las crines de la yegua, y mirando al cazador con desconfianza.

Primitivo articuló no sé qué de una pata coja, de un tumor frío....

—¿Y no hay más borricos en el país?, ¿eh? A mí no me vengas con eso. Tesobraba tiempo para buscar diez pollinas.

Volvióse hacia su mujer, y como para tranquilizar su conciencia,preguntóle:

—¿Tienes miedo, chica? Tú no estarás acostumbrada a montar. ¿Has andadoalguna vez en esta casta de aparejos? ¿Sabes tenerte en ellos?

Nucha permanecía indecisa, recogiendo el vestido con la diestra, sinsoltar de la otra el saquillo de viaje. Al cabo murmuró:

—Lo que es tenerme, sé.... El año pasado, cuando estuve de baños, montéen mil aparejos nunca vistos.... Sólo que ahora....

Soltó el traje de repente, llegóse a su marido, y le pasó un brazoalrededor del cuello, escondiendo la cara en su pechera como la primeravez que había tenido que abrazarle; y allí, en una especie de murmullo osecreteo dulcísimo, acabó la frase interrumpida. Pintóse en el rostrodel marqués la sorpresa, y casi al mismo tiempo la alegría inmensa,radiante, el júbilo orgulloso, la exaltación de una victoria. Yapretando contra sí a su mujer, con amorosa protección, exclamó agritos:

—O no hay en tres leguas a la redonda una pollina mansa, o aunque latenga el mismo Dios del cielo y no la quiera prestar, aquí vendrá parati, a fe de Pedro Moscoso. Aguarda, hija, aguarda un minuto nada más....O mejor dicho, entra en la posada y siéntate.... A ver, un banco, unasilla para la señorita.... Espera, Nuchiña, vengo volando. Primitivo,acompáñame tú. Abrígate, Nucha.

Volando no, pero sí al cabo de media hora, volvió sin aliento. Traía delronzal una oronda borriquilla, bien arreada, dócil y segura: la propiahacanea de la mujer del juez de Cebre. Don Pedro tomó en brazos a suesposa y la sentó en la albarda, arreglándole la ropa con esmero.

-XIV-

Así que pudieron conferenciar reservadamente capellán y señorito,preguntó don Pedro, sin mirar cara a cara a Julián:

—¿Y... ésa? ¿Está todavía por aquí? No la he visto cuando entramos.

Como Julián arrugase el entrecejo, añadió:

—Está, está.... Apostaría yo cien pesos, antes de llegar, a que usted nohabía encontrado modo de sacudírsela de encima.

—Señorito, la verdad...—articuló Julián bastante disgustado—. Yo no séqué decir.... Ha sido una cosa que se ha ido enredando.... Primitivo mejuró y perjuró que la muchacha se iba a casar con el gaitero de Naya....

—Ya sé quién es—dijo entre dientes don Pedro, cuyo rostro se anubló.

—Pues yo... como era bastante natural, lo creí. Además tuve ocasión depersuadirme de que, en efecto, el gaitero y Sabel... tienen... trato.

—¿Ha averiguado usted todo eso?—interrogó el marqués con ironía.

—Señor, yo.... Aunque no sirvo mucho para estas cosas, quise informarmepara no caer de inocente.... He preguntado por ahí y todo el mundo estáconforme en que andan para casarse; hasta don Eugenio, el abad de Naya,me dijo que el muchacho había pedido sus papeles. Y por cierto que, apretexto de no sé qué enredo o dificultad en los tales papeles dichosos,no se hizo la cosa todavía.

Quedóse don Pedro callado, y al fin prorrumpió:

—Es usted un santo. Ya podían venirme a mí con ésas.

—Señor, la verdad es que si tuvieron intención de engañarme... digo queson unos grandísimos pillos. Y la Sabel, si no está muerta y penada porel gaitero, lo figura que es un asombro. Hace dos semanas fue a casa dedon Eugenio y se le arrodilló llorando y pidiendo por Dios que se dieseprisa a arreglarle el casamiento, porque aquel día sería el más feliz desu vida. Don Eugenio me lo ha contado, y don Eugenio no dice una cosapor otra.

—¡Bribona! ¡Bribonaza!—tartamudeó el señorito, iracundo, paseándose porla habitación aceleradamente.

Sosegóse no obstante muy luego, y agregó:

—No me pasmo de nada de eso, ni digo que don Eugenio mienta; pero...usted... es un papanatas, un infeliz, porque aquí no se trata de Sabel,¿entiende usted?, sino de su padre, de su padre. Y su padre le haengañado a usted como a un chino, vamos. La... mujer ésa, bien comprendoque rabia por largarse; mas Primitivo es abonado para matarla antes quetal suceda.

—No, si también empezaba yo a maliciarme eso.... Mire usted que empezabaa maliciármelo.

El señorito se encogió de hombros con desdén, y exclamó:

—A buena hora.... Deje usted ya de mi cuenta este asunto.... Y por lodemás..., ¿qué tal, qué tal?

—Muy mansos..., como corderos.... No se me han opuesto de frente a nada.

—Pero habrán hecho de lado cuanto se les antoje.... Mire usted, donJulián, a veces me dan ganas de empapillarle a usted. Lo mismito que alos pichones.

Julián replicó todo compungido:

—Señorito, acierta usted de medio a medio. No hay forma de conseguirnada aquí si Primitivo se opone. Tenía usted razón cuando me loaseguraba el año pasado. Y de algún tiempo acá, parece que aún le tienenmayor respeto, por no decir más miedo. Desde que se armó la revolución yandan agitadas las cosas políticas, y cada día recibimos una noticiagorda, creo que Primitivo se mezcla en esos enredos, y recluta satélitesen el país.... Me lo ha asegurado don Eugenio, añadiendo que ya antestenía subyugada a mucha gente prestando a réditos.

Guardaba silencio don Pedro. Por fin alzó la cabeza y dijo:

—¿Se acuerda usted de la burra que hubo que buscar en Cebre para mimujer?

—¡No me he de acordar!

—Pues la señora del juez..., ríase usted un poco, hombre..., la señoradel juez se avino a prestármela porque iba Primitivo conmigo. Si no....

No hizo Julián reflexión alguna acerca de un suceso que tanto indignabaal marqués. Al terminar la conferencia, don Pedro le puso la mano en elhombro.

—¿Y por qué no me da usted la enhorabuena, desatento?—exclamó conaquella misma irradiación que habían tenido sus pupilas en Cebre.

Julián no entendía. El señorito se explicó cayéndosele la baba de gozo.Sí, señor, para octubre, el tiempo de las castañas..., esperaba el mundoun Moscoso, un Moscoso auténtico y legítimo...

hermoso como un solademás.

—¿Y no puede también ser una Moscosita?—preguntó Julián después dereiteradas felicitaciones.

—¡Imposible!—gritó el marqués con toda su alma. Y como el capellán seechase a reír, añadió:—Ni de guasa me lo anuncie usted, don Julián.... Nide guasa. Tiene que ser un chiquillo, porque si no le retuerzo elpescuezo a lo que venga. Ya le he encargado a Nucha que se libre bien detraerme otra cosa más que un varón. Soy capaz de romperle una costillasi me desobedece.

Dios no me ha de jugar tan mala pasada. En mi familiasiempre hubo sucesión masculina: Moscosos crían Moscosos, es yaproverbial. ¿No lo ha reparado usted cuando estuvo almorzándose el polvodel archivo? Pero usted es capaz de no haber reparado tampoco el estadode mi mujer, si no le entero yo ahora.

Y era verdad. No sólo no lo había echado de ver, sino que tan naturalcontingencia no se le había pasado siquiera por las mientes. Laveneración que por Nucha sentía y que iba acrecentándose con el trato,cerraba el paso a la idea de que pudiesen ocurrirle los mismos percancesfisiológicos que a las demás hembras del mundo. Justificaba estacandorosa niñería el aspecto de Nucha. La total inocencia, que sepintaba en sus ojos vagos y como perdidos en contemplaciones de un mundointerior, no había menguado con el matrimonio; las mejillas, un poco másredondeadas, seguían tiñéndose del carmín de la vergüenza por el menormotivo. Si alguna variación podía observarse, algún signo revelador deltránsito de virgen a esposa, era quizás un aumento de pudor; pudor, pordecirlo así, más consciente y seguro de sí mismo; instinto elevado avirtud. No se cansaba Julián de admirar la noble seriedad de Nuchacuando una chanza atrevida o una palabra malsonante hería sus oídos; ladignidad natural, que era como su propia envoltura, escudo impalpableque la resguardaba hasta contra las osadías del pensamiento; la bondadcon que agradecía la atención más leve, pagándola con frases compuestas,pero sinceras; la serenidad de toda su persona, semejante al caer de unatarde apacibilísima. Parecíale a Julián que Nucha era ni más ni menosque el tipo ideal de la bíblica Esposa, el poético ejemplar de la Mujerfuerte, cuando aún no se ha borrado de su frente el nimbo del candor, ysin embargo ya se adivina su entereza y majestad futura. Andando eltiempo aquella gracia había de ser severidad, y a las oscuras trenzassucederían las canas de plata, sin que en la pura frente imprimiesejamás una mancha el delito ni una arruga el remordimiento. ¡Cuánsazonada madurez prometía tan suave primavera! Al pensarlo, felicitábaseotra vez Julián por la parte que le cabía en la acertada elección delseñorito.

Con desinteresada satisfacción se decía a sí mismo que había logradocontribuir al establecimiento de una cosa gratísima a Dios, eindispensable a la concertada marcha de la sociedad: el matrimoniocristiano, lazo bendito, por medio del cual la Iglesia atiendejuntamente, con admirable sabiduría, a fines espirituales y materiales,santificando los segundos por medio de los primeros. «La índole de tansagrada institución—discurría Julián—es opuesta a impúdicos extremos yarrebatos, a romancescos y necios desahogos, ardientes y roncos arrullosde tórtola»; por eso alguna vez que el esposo se deslizaba afamiliaridades más despóticas que tiernas, parecíale al capellán que laesposa sufría mucho, herida en su cándida modestia, en su decentecompostura; figurábasele que la caída de sus párpados, su encendimiento,su silencio, eran muda protesta contra libertades impropias del honestotrato conyugal. Si ante él sucedían tales cosas, a la mesa por ejemplo,Julián torcía la cara, haciéndose el distraído, o alzaba el vaso parabeber, o fingía atender a los perros, que husmeaban por allí.

Le asaltaba entonces un escrúpulo, de ésos que se quiebran de sutiles.Por muy perfecta casada que hiciese Nucha, su condición y virtudes lallamaban a otro estado más meritorio todavía, más parecido al de losángeles, en que la mujer conserva como preciado tesoro su virginallimpieza.

Sabía Julián por su madre que Nucha manifestaba a vecesinclinación a la vida monástica, y daba en la manía de deplorar que nohubiese entrado en un convento. Siendo Nucha tan buena para mujer de unhombre, mejor sería para esposa de Cristo; y las castas nupcias dejaríanintacta la flor de su inocencia corporal, poniéndola para siempre alabrigo de las tribulaciones y combates que en el mundo nunca faltan.

Esto de los combates le recordaba a Sabel. ¿Quién duda que supermanencia en casa era ya un peligro para la tranquilidad de la esposalegítima? No imaginaba Julián riesgos inmediatos, pero presentía algoamenazador para lo porvenir. ¡Horrible familia ilegal, enraizada en elviejo caserón solariego como las parietarias y yedras en los derruidosmuros! Al capellán le entraban a veces impulsos de coger una escoba, ybarrer bien fuerte, bien fuerte, hasta que echase de allí a tan malaralea. Pero cuando iba más determinado a hacerlo, tropezaba en laegoísta tranquilidad del señorito y en la resistencia pasiva,incontrastable del mayordomo. Sucedió además una cosa que aumentó ladificultad de la barredura: la cocinera enviada de Santiago empezó amalhumorarse, quejándose de que no entendía la cocina, de que la leña noardía bien, del humo, de todo; Sabel, muy servicial, acudió a ayudarla;y a los pocos días la cocinera, cansada de aldea, se despidió con malosmodos, y Sabel quedó en su sitio, sin que mediasen más fórmulas para elreemplazo que asir el mango de la sartén cuando la otra lo soltó. Juliánno tuvo ni tiempo de protestar contra este cambio de ministerio y vueltaal antiguo régimen. Lo cierto es que la familia espuria se mostraba porentonces incomparablemente humilde: a Primitivo no se le encontraba sinollamándole cuando hacía falta; Sabel se eclipsaba apenas dejaba lacomida puesta a la lumbre y confiada al cuidado de las mozas defregadero; el chiquillo parecía haberse evaporado.

Y con todo, al capellán no le llegaba la camisa al cuerpo. ¡Si Nucha seenteraba! ¿Y quién duda que se enteraría en el momento menos pensado?Por desgracia la nueva esposa mostraba afición suma a recorrer la casa,a informarse de todo, a escudriñar los sitios más recónditos ytrasconejados, verbigracia desvanes, bodegas, lagar, palomar, hórreos, tulla, perreras, cochiqueras, gallinero, establos y herbeiros odepósitos de forraje. No le llegaba a Julián la camisa al cuerpo,temblando que en alguna de estas dependencias recibiese Nucha a boca dejarro, por impensado incidente, la atroz revelación. Y al mismo tiempo,¿cómo oponerse al útil merodeo del ama de casa hacendosa por susdominios? Parecía que con la joven señora entraban en cada rincón de losPazos la alegría, la limpieza y el orden, y que la saludaba el rápidobailotear del polvo arremolinado por las escobas, la vibración del rayode sol proyectado en escondrijos y zahurdas donde las espesas telarañasno lo habían dejado penetrar desde años antes.

Seguía Julián a Nucha en sus exploraciones, a fin de vigilar y evitar,si cabía, cualquier suceso desgraciado. Y en efecto, su intervención fueprovechosa cuando Nucha descubrió en el gallinero cierto pollo implume.El caso merece referirse despacio.

Había observado Nucha que en aquella casa de bendición las gallinas noponían jamás, o si ponían no se veía la postura. Afirmaba don Pedro quese gastaban al año bastantes ferrados de centeno y mijo en el corral;y con todo eso, las malditas gallinas no daban nada de sí. Lo que escacarear, cacareaban como descosidas, indicio evidente de que andaban entratos de soltar el huevo; oíase el himno triunfal de las fecundas a lavez que el blando cloquear de las lluecas; se iba a ver el nido, seadvertía en él suave calorcillo, se distinguía la paja prensadaseñalando en relieve la forma del huevo.... Y nada; que no se podíajuntar ni para una mala tortilla. Nucha permanecía ojo alerta. Un díaque acudió más diligente al cacareo delator, divisó agazapado en elfondo del gallinero, escondiéndose como un ratoncillo, un rapaz de pocosaños. Sólo asomaban entre la paja de la nidadura sus descalzos pies.Nucha tiró de ellos y salió el cuerpo, y tras del cuerpo las manos, enlas cuales venía ya el plato que apetecía el ama de casa, pues loshuevos que el chico acababa de ocultar se le habían roto con la prisa, yla tortilla estaba allí medio hecha, batida por lo menos.

—¡Ah pícaro!—exclamó Nucha cogiéndole y sacándole afuera, a la luz delcorral—. ¡Te voy a desollar vivo, gran tunante! ¡Ya sabemos quién es elzorro que se come los huevos! Hoy te pongo el trasero en remojo, dondeno lo veas.

Agitábase y perneaba el ladrón en miniatura; Nucha sintió lástima,imaginándose que sollozaba con desconsuelo. Apenas logró verle un minutola cara desviándole de ella los brazos, pudo convencerse de que el muyinsolente no hacía sino reírse a más y a mejor, y también notar laextraordinaria lindeza del desharrapado chicuelo. Julián, testigoinquieto de esta escena, se adelantó y quiso arrebatárselo a Nucha.

—Déjemelo usted, don Julián...—suplicó ella—. ¡Qué guapo!, ¡qué pelo!,¡qué ojos! ¿De quién es esta criatura?

Nunca el timorato capellán sintió tantas ganas de mentir. No atinó, sinembargo.

—Creo...—tartamudeó atragantándose—, creo que... de Sabel, la que guisaestos días.

—¿De la criada? Pero.... ¿está casada esa chica?

Creció la turbación de Julián. De esta vez tenía en la garganta una perade ahogo.

—No, señora; casada, no.... Ya sabe usted que... desgraciadamente... lasaldeanas..., por aquí...

no es común que guarden el mayor recato....Debilidades humanas.

Sentóse Nucha en un poyo del corral que con el gallinero lindaba, sinsoltar al chiquillo, empeñándose en verle la cara mejor. Él porfiaba entaparla con manos y brazos, pegando respingos de conejo montés cautivo ysujeto. Sólo se descubría su cabellera, el monte de rizos castaños comola propia castaña madura, envedijados, revueltos con briznas de paja ymotas de barro seco, y el cuello y nuca, dorados por el sol.

—Julián, ¿tiene usted ahí una pieza de dos cuartos?

—Sí, señora.

—Toma, rapaciño.... A ver si me pierdes el miedo.

Fue eficaz el conjuro. Alargó el chiquillo la mano, y metió rápidamenteen el seno la moneda.

Nucha vio entonces el rostro redondeado, hoyoso,graciosísimo y correcto a la vez, como el de los amores de bronce quesostienen mecheros y lámparas. Una risa entre picaresca y celestialalegraba tan linda obra de la naturaleza. Nucha le plantó un beso encada carrillo.

—¡Qué monada! ¡Dios lo bendiga! ¿Cómo te llamas, pequeño?

—Perucho—contestó el pilluelo con sumo desenfado.

—¡El nombre de mi marido!—exclamó la señorita con viveza—. ¿Apostemos aque es su ahijado? ¿Eh?

—Es su ahijado, su ahijado—se apresuró a declarar Julián, que desearíaponerle al chico un tapón en aquella boca risueña, de carnosos labioscupidinescos. No pudiendo hacerlo intentó sacar la conversación deterreno tan peligroso.

—¿Para qué querías tú los huevos? Dilo y te doy otros dos cuartos, anda.

—Los vendo—declaró Perucho concisamente.

—Con que los vendes, ¿eh? Tenemos aquí un negociante.... ¿Y a quién losvendes?

—A las mujeres de por ahí, que van a la vila....

—Sepamos, ¿a cómo te pagan?

—Dos cuartos por la ducia.

—Pues mira—díjole Nucha cariñosamente—, de aquí en adelante me los vas avender a mí, que te pagaré otro tanto. Por lo bonito que eres no quieroreñirte ni enfadarme contigo. ¡Quiá!

Vamos a ser muy amigotes tú y yo.Lo primerito que te he de regalar son unos pantalones.... No andas muydecente que digamos.

En efecto, por los desgarrones y aberturas del sucio calzón de estopadel chico hacían irrupción sus fresquísimas y lozanas carnes, cuyamorbidez no alcanzaba a encubrir el fango y suciedad que les servía devestidura, a falta de otra más decorosa.

—¡Angelitos!—murmuró Nucha—. ¡Parece mentira que los traigan así! Yo nosé cómo no se matan, cómo no perecen de frío.... Julián, hay que vestir aeste niño Jesús.

—Sí, ¡buen niño Jesús está él!—gruñó Julián—. El mismísimo enemigo malo,¡Dios me perdone! No le tenga lástima, señorita; es un diablillo, mástravieso que un mico.... Lo que no hice yo para enseñarle a leer yescribir, para acostumbrarle a que se lavase esos hocicos y esaspatas.... ¡Ni atándolo, señorita, ni atándolo! Y está más sano que unamanzana con la vida que trae. Ya se ha caído dos veces al estanque esteaño, y de una por poco se ahoga.

—Vaya, Julián, ¿qué quiere usted que haga a su edad? No ha de ser formalcomo los mayores.

Ven conmigo, rapaz, que voy a arreglarte algo para quete tapes esas piernecitas.... ¿No tiene calzado? Pues hay que encargarleunos zuecos bien fuertes, de álamo.... Y le voy a predicar un sermón a sumadre para que me lo enjabone todos los días. Usted le va a dar lecciónotra vez. O le haremos ir a la escuela, que será lo mejor.

No hubo quien apease a Nucha de su caritativo propósito. Julián estabacon el alma en un hilo, temiendo que de semejante aproximación resultasealguna catástrofe. No obstante, la bondad natural de su corazón hizo quese interesase nuevamente por aquella obra pía, que ya había intentadosin fruto. Veía en ella mayor demostración de la hermosura moral deNucha. Parecíale que era providencial el que la señorita cuidase a aquelmal retoño de tronco ruin. Y Nucha entretanto se divertía infinito consu protegido; hacíale gracia su propia desvergüenza, sus instintostruhanescos, su afán por apandar huevos y fruta, su avidez al coger lasmonedas, su afición al vino y a los buenos bocados. Aspiraba a enderezaraquel arbolito tierno, civilizándole a la vez la piel y el espíritu.Obra de romanos, decía el capellán.

-XV-

Por entonces se dedicó el matrimonio Moscoso a pagar visitas de laaristocracia circunvecina.

Nucha montaba la borriquilla, y su marido layegua castaña; Julián los acompañaba en mula; alguno de los perrosfavoritos del marqués se incorporaba a la comitiva siempre, y dos mozos,vestidos con la ropa dominguera, la más bordada faja, el sombrero defieltro nuevecito, empuñando varas verdes que columpiaban al andar, ibande espolistas, encargados de tener mano de las monturas cuando seapeasen los jinetes.

La tanda empezó por la señora jueza de Cebre. Abrió la puerta la criadaen pernetas, que al ver a Nucha bajarse de su cabalgadura y arreglar losvolantes del traje con el mango de la sombrilla, echó a correrdespavorida hacia el interior de la casa, clamando como si anunciasefuego o ladrones:

—Señora.... ¡Ay, mi señora! ¡Unos señores...!, ¡hay unos señores aquí!

Ningún eco respondió a sus alaridos de consternación; pero transcurridosbreves minutos, apareció en el zaguán el juez en persona, deshaciéndoseen excusas por la torpeza de la muchacha: era inconcebible el trabajoque costaba domesticarlas; se les repetía mil veces la misma cosa, ynada, no aprendían a recibir a las... pues... de la manera que.... Almurmurar así, arqueaba el codo ofreciendo a Nucha el sostén de su brazopara subir la escalera; y siendo ésta tan angosta que no cabían dospersonas de frente, la señora de Moscoso pasaba los mayores trabajos delmundo intentando asirse con las yemas de los dedos al brazo del buenseñor, que subía dos escalones antes que ella todo torcido y sesgado.Llegados a la puerta de la sala, el juez empezó a palparse, buscandoansiosamente algo en los bolsillos, articulando a media voz monosílabosentrecortados y exclamaciones confusas. De repente exhaló una especie debramido terrible.

—Pepa.... ¡Pepaaaá!

Se oyó el ¡ clac! de los pies descalzos, y el juez interpeló a lafámula:

—La llave, ¿vamos a ver? ¿Dónde Judas has metido la llave?

Pepa se la alargaba ya a toda prisa, y el juez, cambiando de tono ypasando de la más furiosa ronquera a la más meliflua dulzura, empujó lapuerta y dijo a Nucha:

—Por aquí, señora mía, por aquí..., tenga usted la bondad....

La sala estaba completamente a oscuras. Nucha tropezó con una mesa, atiempo que el juez repetía:

—Tenga usted la bondad de sentarse, señora mía.... Usted dispense....

La claridad que bañó la habitación, una vez abiertas las maderas de laventana, permitió a Nucha distinguir al fin el sofá de repis azul, losdos sillones haciendo juego, el velador de caoba, la alfombra tendida alos pies del sofá y que representaba un ferocísimo tigre de Bengala,color de canela fina. Al juez todo se le volvía acomodar a losvisitadores, insistiendo mucho en si al marqués de Ulloa le convenía laluz de frente o estaría mejor de espaldas a la vidriera; al mismo tiempolanzaba ojeadas de sobresalto en derredor, porque le iba sabiendo mal latardanza de su mujer en presentarse. Esforzábase en sostener laconversación, pero su sonrisa tenía la contracción de una mueca, y suojo severo se volvía hacia la puerta muy a menudo. Al cabo se oyó en elcorredor crujido de enaguas almidonadas: la señora jueza entró, sofocaday compuesta de fresco, según claramente se veía en todos los pormenoresde su tocado; acababa de embutir su respetable humanidad en el corsé, ysin embargo no había logrado abrochar los últimos botones del corpiño deseda; el moño postizo, colocado a escape, se torcía inclinándose haciala oreja izquierda; traía un pendiente desabrochado, y no habiéndolellegado el tiempo para calzarse, escondía con mil trabajos, entre losvolantes pomposos de la falda de seda, las babuchas de orillo.

Aunque Nucha no pecaba de burlona, no pudo menos de hacerle gracia elatavío de la jueza, que pasaba por el figurín vivo de Cebre, y ahurtadillas sonrió a Julián mostrándole con imperceptible guiño loscollares, dijes y broches que lucía en el cuello la señora, mientrasésta a su vez devoraba e inventariaba el sencillo adorno de la reciéncasada santiaguesa. La visita fue corta, porque el marqués deseaba cumplir aquel mismo día con el Arcipreste, y la parroquia de Loirodistaba una legua por lo menos de la villita de Cebre. Se despidieron dela autoridad judicial tan ceremoniosamente como habían entrado, con losmismos requilorios de brazo y acompañamiento y muchos ofrecimientos decasa y persona.

Era preciso para ir a Loiro internarse bastante en la montaña, y seguiruna senda llena de despeñaderos y precipicios, que sólo se hacíapracticable al acercarse a los dominios del arciprestazgo, vastos yricos algún día, hoy casi anulados por la desamortización. La rectoraldaba señales de su esplendor pasado; su aspecto era conventual; alentrar y apearse en el zaguán, los señores de Ulloa sintieron laimpresión del frío subterráneo de una ancha cripta abovedada, donde lavoz humana retumbaba de un modo extraño y solemne. Por la escalera deanchos peldaños y monumental balaústre de piedra bajabadificultosamente, con la lentitud y el balanceo con que caminan los osospuestos en dos pies, una pareja de seres humanos monstruosa, deforme,que lo parecía más viéndola así reunida: el Arcipreste y su hermana.Ambos jadeaban: su dificultosa respiración parecía el resuello de unaccidentado; las triples roscas de la papada y el rollo del pestorejoaureolaban con formidable nimbo de carne las faces moradas de puroinyectadas de sangre espesa; y cuando se volvían de espaldas, en elmismo sitio en que el Arcipreste lucía la tonsura ostentaba su hermanaun moñito de pelo gris, análogo al que gastan los toreros. Nucha, aquien el recibimiento del juez y el tocado de su señora habían puesto debuen humor, volvió a sonreír disimuladamente, sobre todo al notar los quidproquos de la conversación, producidos por la sordera de los dosrespetables hermanos. No desmintiendo éstos la hospitalaria tradicióncampesina, hicieron pasar a los visitadores, quieras no quieras, alcomedor, donde un mármol se hubiera reído también observando cómo lamesa del refresco, la misma en que comían a diario los dueños de casa,tenía dos escotaduras, una frente a otra, sin duda destinadas a alojardesahogadamente la rotundidad de un par de abdómenes gigantescos.

El regreso a los Pazos fue animado por comentarios y bromas acerca delas visitas: hasta Julián dio de mano a su formalidad y a su indulgenciaacostumbrada para divertirse a cuenta de la mesa escotada y del almacénde quincalla que la señora jueza lucía en el pescuezo y seno. Pensabancon regocijo en que al día siguiente se les preparaba otra excursión delmismo género, sin duda igualmente divertida: tocábales ver a lasseñoritas de Molende y a los señores de Limioso.

Salieron de los Pazos tempranito, porque bien necesitaban toda la largatarde de verano para cumplir el programa; y acaso no les alcanzaría, sino fuese porque a las señoritas de Molende no las encontraron en casa;una mocetona que pasaba cargada con un haz de hierba explicódifícilmente que las señoritas iban en la feria de Vilamorta, y sabeDios cuándo volverían de allá. Le pesó a Nucha, porque las señoritas,que habían estado en los Pazos a verla, le agradaban, y eran los únicosrostros juveniles, las únicas personas en quienes encontrabareminiscencias de la cháchara alegre y del fresco pico de sus hermanas,a las cuales no podía olvidar. Dejaron un recado de atención a cargo dela mocetona y torcieron monte arriba, camino del Pazo de Limioso.