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Efecto Invernadero y Otros Cuentos by Guillermo Fernández - HTML preview

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Y OTROS CUENTOS

Guillermo Fernández

2002-2005

1

ÍNDICE

En el zoológico / 3

Los amigos de mamá / 9

El aniversario / 17

Trajes-mariposa / 21

El odioso salvaje / 26

Lobo Urbano / 34

Como ladrón en la noche / 39

Efecto invernadero / 44

Camino de estelas / 63

Idioma al día / 71

La extinción de los vampiros / 75

La Rata / 79

Máscaras / 84

Un lindo cadáver / 89

Miradas / 94

2

En el zoológico

El autobús se detuvo. Un hombre asomó pidiendo al chofer que lo dejara viajar gratis. Tal vez era su conocido. Nadie lo supo. El hombre se subió con timidez y se sentó en uno de los primeros asientos. Su cabello le caía sobre los hombros. Llevaba la ropa más desaliñada que había visto. En su mano derecha traía dos zapatillas de mujer.

La madre y su hija que lo observaron con curiosidad estaban detrás del tipo. La niña sonrió con burla y la madre le indicó que se tranquilizara. Yo no había visto cuál era la causa de su agitación, hasta que me levanté un poco y observé que el hombre había puesto las zapatillas sobre el asiento de su lado.

Este las contemplaba y parecía inquieto. La acción era graciosa y había que hacer un esfuerzo para no sentir también algo de patetismo.

Había pocos pasajeros en el autobús. A través de las ventanillas, las calles se veían húmedas por las recientes lluvias. El chofer se incorporaba, a intervalos, para limpiar el vidrio con el dorso de su mano, no contento con la acción de la escobilla.

La niña y su madre no cesaban de observar al hombre. Y yo también me uní a ellas. Era la acción más intrigante y sosa que nos pudiéramos imaginar.

El hombre se mostraba muy cuidadoso con las zapatillas, cada vez que el autobús frenaba y estas se querían salir del asiento.

Intrigado por su conducta, me senté en la fila de asientos de al lado y, decidido a llevarme su secreto, le pregunté:

–Bonitas zapatillas, ¿eh?

La pregunta hizo que la niña mirase a su madre con total enfado. Quizá le trataba de expresar que al loco se le había unido otro loco. La madre le ofreció un visaje de asentimiento.

El tipo me vio con desprecio. Si había parecido humilde al principio era solo para viajar gratis.

–¿Perdón? –me lanzó.

–Las zapatillas, hombre –insistí–. Me gustan mucho. ¿Las vende, acaso?

El hombre se inclinó hacia mí y me recalcó, en tono de confidencia, para que nadie oyera más que yo:

–Sé que mi actitud es poco convencional –me miró malicioso, sabiendo incluso que podría estarme burlando de él–, pero aunque usted no lo crea, estas zapatillas están sobre los regazos de mi novia.

–¿Es invisible? ¿Cómo iba yo a saberlo? –dije más sarcástico.

3

–No es su culpa. Pero no se haga el listo tampoco. Respete los asuntos de los demás. Si nadie me va a detener por un hecho como este, ríase cuanto quiera.

Arrebatado por el coloquio del orate, ordené mis suspicacias.

–Perdóneme.

–De acuerdo. No se aflija. Déjeme solo explicarle que a ella le gusta caminar desnuda, pero jamás deja sus zapatillas. ¿Cómo habría de pasear sin ellas? Mi novia puede andar descalza, pero la lluvia congela el pavimento.

La absurda sinceridad pareció aumentar la tragedia del hombre. Creí que lo mejor era seguirle la corriente.

–¿Va para San José?

–Sí.

–¿Va de paseo?

–Sí. Sí. Mi nombre es Horacio.

–El mío es Francisco.

–Entonces le digo Chico.

–Como quiera. Y dígame, Horacio, ¿adónde va usted? Disculpe la pregunta.

–Hágala, señor. Usted no me cae tan mal. Ya sé que es una locura andar así con unas zapatillas. No crea que esto liga con mi personalidad. Puedo ser bastante lógico, pero cuando mi novia quiere pasear me veo obligado a salir en estas condiciones. A ella no le interesa la gente.

–Es un hecho, Horacio.

–A ella le interesa romper los esquemas. Por eso es invisible. Nada de carne por aquí, nada de carne por allá. Solo viento acariciante. En cuanto a ser vanidosa, es igual a todas las mujeres. Hoy vamos al zoológico. Le gustan los animales. Su preferido es una lapa de colores tan vistosos que parece vestida para un carnaval.

–¿Entonces se queda en el centro?

Mi pregunta tenía una doble intención: saber dónde se vería Horacio forzado a poner las zapatillas en el suelo para que su novia se las ajustara y verlo después a los ojos, ante la completa imposibilidad, para conocer la reacción de un loco en dificultades.

–Sí, señor. Nos bajamos en el centro.

Aunque me sentí malvado, no podía vencer el deseo de ver a Horacio una vez que pusiera las zapatillas en el suelo. Era, claro está, la perversidad que desarrollamos los cuerdos ante los lunáticos. Un deseo de destruirles sus castillos y de hacerlos sentir miserables.

–Mal tiempo para pasear, Horacio... –susurré, levantando una de mis palmas, y mostrándole el alrededor.

–No crea, Chico, para mi novia no hay un tiempo malo. Cuando llegue al parque Bolívar, aunque llueva, se sentirá feliz. Me gustaría que usted estuviera presente.

4

–Ah, sí... sí...

–Lo digo en serio, señor.

La invitación de Horacio me confundió. Su calibre de loco seguro me irritaba.

–Los acompañaré –exclamé firme.

–Gracias.

–¿Por qué, gracias?

–Porque hay poca gente como usted. Gente que quiera pruebas de esta verdad. Gente que desea ver lo invisible y encantarse con una promesa.

Horacio hizo un gesto como si alguien a su lado le hablara y prosiguió:

–Mi novia desde ahora dice que le tiene respeto. Había guardado silencio al considerar que usted fuera una persona vulgar y despreciable. Ella entiende que no es así.

–Dígale que se lo agradezco.

–No es necesario. Ha profundizado su corazón y está convencida de que usted es incapaz de hacerme daño a mí o a ella. Está invitado, como le dije, para que nos acompañe al parque. Quizás hasta pueda observar de ella algunos detalles que solo me consagra a mí.

–¿Detalles?

–Sí. Debo decirle que ella no siempre es tan invisible. En algunas ocasiones es tan solo vaporosa.

Una bruma que se contonea. Y créame una cosa: cuando estimulada por la simpatía adquiere esta forma extraña, uno realmente se siente feliz. No hay nada que pueda comparársele...

El autobús llegó en un momento inesperado al centro de San José. No había percibido, por la conversación de Horacio, que la capital estaba soleada. No se veían huellas de ninguna lluvia. Más bien hacía calor.

Horacio me hizo un gesto de que lo siguiera cuando se levantó del asiento. Por un instante me percaté de que me había excedido. Más insidiosa fue la curiosidad.

–¡Sígame, Chico, sígame! –me urgía.

Atrás quedaron la niña y la madre viéndonos ingresar en la multitud. No sabían si olvidarnos o también seguirnos.

Había mucha gente en las calles. Horacio tenía que hacer malabares entre los cuerpos para ser congruente con su prisa. De vez en cuando se volvía para mirarme, como si todavía guardara dudas sobre mí. Las zapatillas las llevaba en su mano derecha igual que un portafolios. Consideré en ese momento que había llegado la hora para que Horacio las colocara sobre la acera, y se mos trase a sí mismo, y ante un hombre normal, que nadie habría de calzárselas.

–Horacio, espere un momento –le ordené–. ¿Y su novia no se va a poner las zapatillas?

–Claro que no, Chico. Con este sol jamás inventaría algo así. Solo cuando hay humedad en las calles... recuerde...

5

Había olvidado el detalle y observé el reloj. Todavía contaba con quince minutos antes de llegar al trabajo. No sabía por qué me hervía tanto deseo para que Horacio entendiera la verdad de su propia farsa.

Enardecido, como mi acompañante, adopté un paso rápido. Quería que el asunto terminara lo antes posible. En algún momento le recomendé que tomáramos un taxi, pero el hombre declinó la oferta.

–A mi novia le gusta este ritmo –dijo–. Y en efecto Horacio caminaba veloz, pero con suma delicadeza. Quizás como un gato se escabulle sobre un muro. En el Parque España, volvió a cerciorarse de que yo viniera detrás de él y mientras atendía el semáforo en la esquina del Instituto de Seguros, movió sus piernas igual a un corredor en la línea de salida.

Cuando llegamos al parque Bolívar, el sudor me corría por la frente. Por más que hacía el esfuerzo de limpiarme el sudor con un pañuelo, volvían a salirme más y más gotas.

En la ventanilla pagué las dos entradas y penetramos en un parque casi solitario. El león y el tigre estaban dormidos. Como no habían hecho la limpieza había un olor insoportable. Solo los gansos parecían realmente animosos.

–Bien, bien, Horacio. Es hora de que me vaya –le exclamé con angustia. Finalmente, no quería seguir adelante e iba a llegar tarde al trabajo.

–No se va a arrepentir –me prometió, mientras me hacía giros con la cabeza para que lo terminara de seguir. Llegados ante unas jaulas donde jugaban unas lapas pintonas y alegres, el hombre me guiñó un ojo. Al cabo de unos segundos me susurró:

–La siente.

Sentí realmente como si alguien estuviera al lado de Horacio, pero todo era debido a su fanática obsesión.

–Sí, claro.

–Da vueltas y vueltas en torno a nosotros. Está bailando para las lapas, Chico. Es algo que usted no puede dejar de sentir. ¡Siéntalo, señor, siéntalo!

Las dos manos del hombre tomaron mi hombro y me estremecí de un lado a otro.

–Esto lo hace porque ve las lapas. Si estuviera ante el león no haría algo así. Ella no baila para seres carnívoros, sino para criaturas volátiles. Criaturas que comprenden su maravilloso poder.

–Es hora de que me vaya –le reiteré mirando mi reloj y convencido de que era imposible modificar el mundo de Horacio.

Al oír esto, el alucinado se dobló como si alguien lo hubiera atraído para confesarle algo. Sus ojos se cerraban y se abrían como si lo escuchado fuera terrible.

–Aún no, Chico, debo hacerle una declaración.

Horacio se me quedó viendo con el semblante totalmente cambiado. Creí ver que sus manos temblaban. Detrás de nosotros se oía el chillido de los monos y los graznidos de las lapas verdes. De vez en cuando se oía algún otro grito indefinible.

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–Lo que voy a decirle es bastante duro para mí...

Cuando terminó la frase incluso las lapas simularon expectación.

–Ahora sé que no debí haberlo invitado a venir, Chico. Creo que ella lo prefiere a usted.

–¿Qué cosa?

–Debí haberlo sospechado. Por algo me pidió que lo trajera. Esto es el fin para mí, pero el comienzo para usted.

–No tome esto en serio, Horacio –le dije palmoteando su espalda.

–No me consuele. Esto le sucede a todo el mundo. Pero consideré que a mí no me iba a pasar. Era tan difícil que alguien más penetrara sus sentimientos. Déjeme decirle que desde este momento la he perdido. Aquí dejo sus zapatillas por si llueve más tarde.

Cuando dijo esto se aseguró, volteando la palma de su mano, de que no hubiera tan solo un poco de llovizna. Tranquilo al reconocer que había suficiente sol, dispuso con cuidado las zapatillas sobre el césped. Las miró adolorido.

Después siguió:

–Me voy feliz de que un hombre con su corazón la haya enamorado en tan corto tiempo. Es algo imposible de creer... –Horacio se frotó la cara con una de sus manos–. ¡Yo tuve que cortejarla durante meses! No sabe lo que significa para un hombre como yo, sin estatus, famélico y torpe, atreverse a hablarle a una mujer como ella.

–No creo que sea el fin –lo amonesté preocupado.

–No sabe lo que dice. Ahora usted tendrá que complacerla. En el momento en que yo abandone este parque, usted se hará cargo de mi ex novia. Paseará cuando ella se lo indique. Llevará sus zapatillas por si cae un chaparrón. Con los días oirá sus primeras palabras. Palabras como ecos o tañidos de campana.

Y usted se dirá a sí mismo que su voz no le concierne. Un día cualquiera lo llamará por su nombre.

Le pedirá palabras amorosas los días en que usted no puede pronunciar ni siquiera palabras de odio. Le exigirá que la mire bailar sin que pueda saber cómo lo hace. Usted le afirmará que su danza es más bella que el sol. Ella soplará en sus oídos. Usted le dirá que sus manos son más frías que la lluvia o que su cabello se mueve como las hojas. Ella le imprimirá durante la noche una uña en su pecho o, cuando menos lo imagine, lo punzará con su pezón vegetal en la mañana para que despierte. ¡No hay se nsación más encadenante! ¡Lo sabrá! ¡Usted no tiene armas contra eso!

Cuando se le aparezca como un vapor, Chico, usted se considerará feliz. Creerá que atrapa una figura para mostrarse ante usted, y que moldeará sus brazos y muslos. Por un momento verá unos labios o un vientre atardecido. Usted pensará que al fin se le ofrece.

Sin embargo, ella le susurrará promesas tan extrañas y anhelos tan hondos que usted postergará todo por oírla de nuevo. Cuando usted considere que la carne es accesoria, que los bes os apasionados son asuntos de otros, usted habrá enloquecido, señor.

7

Me voy contento porque me libro de una mujer que lo angustiará de una forma desconocida. ¡Usted no sabía lo que era sufrir hasta ahora!

Al terminar Horacio me estrechó las manos y se alejó corriendo. Las lapas me miraban como señoras que han escuchado una confesión magnífica y aguardaban mi respuesta. Yo di una vuelta sobre mí mismo, mirando la amplitud modesta del parque. Ningún animal emitía sonido alguno. Miré los zapatillas de mujer sobre el césped y quise llamar a Horacio, pero el hombre ya se veía demasiado lejos.

Hice un gesto de adiós a las zapatillas. Sonreí. Pensé que llegaría tarde. “No importa, me dije, casi nunca me sucede”. Me volteé para marcharme como lo hizo Horacio, pero no pude. Algo había ocurrido en tan solo unos cuantos segundos. Tuve la impresión de que si abandonaba las zapatillas, era posible que después lloviera, ¿cómo, entonces, habría de caminar ella conmigo, sobre tanta humedad?

8

Los amigos de mamá

Cuando se divorció de Míriam consideró decente buscar su propio apartamento. Divagó un poco en los gastos, con cierto temor de convertir su soledad en una jauría de lobos extraídos del ayer, que se lo comerían vivo, de noche en noche. Recordó, también, que su madre pasaba por largos períodos de enfermedad, y que podría ser oportuno el gesto de acompañar a la anciana, ahora que había quedado sola después de la muerte de su segundo esposo. Los papeleos sobre el divorcio lo habían dejado sin fuerza moral y física. Aún lo descompasaba el sentimiento de invasión prolongado del otro en la vida íntima que produce el mal matrimonio. Y esperaba poder librarse de él con el tiempo.

Una tarde llegó con sus pertenencias al umbral de su antigua casa. Una ola de ladridos siguió de inmediato al tocar el timbre. “Son los perros de la vieja”, pensó.

La anciana abrió la puerta con dificultad, deteniendo el paso de los perros incontenibles, que la oprimían por la espalda, ladrando.

–¡Ah, al fin viniste! –exclamó al verlo con su habitual cariño de madre–. Te esperaba un poco más tarde. Sólo dame un poco de tiempo para resolver un asunto. ¿Qué necios, verdad? –explicó refiriéndose a los perros–. ¡Los pondré en el patio! Sentate en la mecedora. Mirá qué lindas chinas.

Ignacio miró la jardinera y reconoció no solo las hermosas chinas. Se distinguían también dos pomas y una enredadera que subía por una columna hasta tomar la planta alta, donde, como había visto al cruzar el atrio cubierto de césped, se expandía en todas direcciones sin ningún cuidado. Era la primera vez, desde hacía mucho tiempo, que tenía una visualización objetiva de la casa, la cual se le mostraba con un rostro ajeno.

Su madre no tardó en abrir completamente la puerta. Un perentorio beso acompañó el reencuentro y los dos penetraron a la casa, abrazados.

Durante los primeros días al lado de su madre, él le señaló, sentencioso, que se encargaría de sus propios asuntos. Hasta le prohibió que le tendiera su cama. La mujer insistió desde lo profundo de una temeridad casi senil; pero Ignacio trató de ablandar su porfía, animándola a recibir de él una compañía más que un trabajo extra para su edad. Entre hilarante y aprensiva la anciana aceptó y, a la mañana siguiente, Ignacio trajo consigo a una empleada doméstica, recomendada por un compañero de trabajo para realizar las tareas duras. La madre sin embargo no quiso ninguna interferencia en la atención de sus 9

animales, a los que ella seguiría alimentando, porque conocía el gusto de cada uno, así como la proporción y la sustancia de lo que debían comer.

Conforme pasaban los días, y la resaca de su reciente divorcio oxidaba sus fibras por debajo, estaba seguro de que su propio ángel lo reunía de nuevo con su madre, para que repensase su condición de hijo lejano y gélido. Era como si ese ángel le dijese: “Quizás fuiste un fracaso con tu mujer, pero también lo has sido con tu madre. Con esta última podés hacer algo. ¿Por qué no lo intentás?” La voz interna afloró en un esfuerzo que entendió como surgido del alma. Este lo golpeó por dentro para que tendiera un puente hacia ella, con la cual había tenido un nexo esencial, y de la que se había desgarrado como insólito primate malagradecido.

Un error fue considerar que la anciana iba a dar un paso hacia él comunicándole sus más íntimas dolencias y temores, salvando así en parte su deuda a través de la atención. No contaba con que ésta bien podía tener una imagen cariñosa del hijo, aunque exenta de actualidad. La falta de esa actualidad se demostraba en la insistencia de referirse a su vida de hombre adulto como algo abstracto y sin sentido real para ella. Por ejemplo, cuando volvía del trabajo, la anciana, al verlo aparecer, le llamaba Nachito, su sobrenombre de niño, el cual le parecía exasperante, porque le recordaba las bromas que los de más niños le hacían. Una de las ganancias de ir haciéndose viejo era haber podido librarse del odioso sobrenombre, que su misma madre le había endilgado como una cruz.

–¡Hola, Nachito!, ¿querés café, verdad? Flora lo dejó hecho. Ah, también planchó tu nueva camisa; yo estuve siempre a su lado, vigilándola; es una tarea de cuidado...

Su gran prueba, desde luego, fue callar. Y después lo fue tomando con hidalguía. Se trataba de su propia madre, cómo no. ¿No podía tolerarle esas pequeñas injusticias? ¿Él no había sido una especie de sangrón con ella en el pasado, cuando apenas la visitaba por una tendencia de no perder una costumbre, más que por su gran amor de hijo? A veces solo se detenía un momento para saludar a la anciana, detención, por demás estaba decirlo, que distaba mucho de aquella que solía cumplirse en los días inevitables. La visita era fugaz. Y aunque la mujer siempre trataba de disuadirlo un poco para que dilatase su despedida, Ignacio sabía inventar un compromiso del que dependía su salvación o un inminente negocio. Ahora que venía como un hombre derrotado –casi raquítico por el largo proceso de separación–, reparó en la mujer cuidadosamente, con la humildad y la inocencia que producen al fin las experiencias devastadoras, y vio a una pequeña ancianita, sola en una gran casa, y rodeada –más que cuando él era niño– de un mayor número de acompañantes del reino animal, con los que departía espontáneamente a todas horas.

Después de mucho tiempo volvió a sentir que tenía un gran amor por esa mujer y que también había olvidado ese amor por completo. No estaba sin embargo para culparse en el presente y sumar a su desánimo una nueva fronda de oscuridad. Lo que debía hacer ahora era dar a la anciana lo que él y sus hermanos habían dejado de otorgarle y por el tiempo que Dios le permitiera, porque su aspecto tenía el matiz del enfermo crónico. No era una exageración que debía darse prisa.

10

El primer paso que dio fue llevarla a un especialista gerontólogo para que la analizara. Quería saber cuál era su estado, cómo debía tratarla en un momento de urgencia –con los ancianos es definitivo que se corre al hospital a cualquier hora–, y cualquier otra información valiosa acerca de sus enfermedades.

Después de auscultar ceñudamente los resultados de los exámenes, el médico lo miró, clásico, por encima de sus anteojos.

–No tema, don Otto –proclamó–, su mamá no está tan mal. Requiere supervisión continua; pero la tendrá por varios años. Es muy fuerte.

–Perdone usted –le rectificó, con la reverencia del que no puede ser grosero con quien le ha dado una buena noticia–, mi nombre no es Otto, sino Ignacio.

El médico se echó para atrás en el sillón satisfactorio y le contestó confundido:

–Bueno, será alguien muy querido de su mamá, porque siempre se la pasa hablando de él, de su comprensión, de su cuidado. En su vecindario abundan personas afectuosas. Tiene suficientes amigos.

Ignacio confirmó el testimonio ofrecido por el médico con una sonrisa resplandeciente y un asentimiento de cabeza que le exigió un esfuerzo teatral. Temió verse impelido a explicarle de cuáles personas hablaba su madre, porque no conocía a ninguna de ellas.

Sólo después, cuando pasaba a almorzar con Laura, su nueva candidata para novia, cayó en la cuenta de su infinita ingenuidad. Ella lo condujo al meollo:

–¿Decís que tu mamá no tiene amigos?

–Pues no. Si conocieras el vecindario: ya no existen esas señoras que se detenían en los portales o que hablaban de cualquier cosa con tal de salirse un poco de su rutina. Es gente aislada, de televisión. No debe tener nexos.

–¿Y qué me decís de los animales? ¿No has contado con eso, verdad?

La alusión le llovió en la cara, haciendo que engullera un pedazo de dona con dificultad. Un sorbo de café lo salvó de un posible acceso de tos.

–Sí, claro, los animales. ¿Por qué no lo pensé? –simplificó moviendo la cabeza agitado.

Por lo visto, el primer paso realizado con el fin de obtener un poco de gratitud en su relación con la madre, labraba ya un corte en mitad de su buen deseo.

Ese mismo día llegó a la casa tarde después de haber ido al cine con Laura, para diluir en su boca cierto sabor a conspiración mundial en su contra. Al encontrar todo silencioso puso sobre el viejo tocadiscos una de las canciones que oía a veces su padre mientras arreglaba alguno de aquellos reloj es suizos o se esmeraba con el encargo de unos anillos para esponsales. Se arrellanó sobre plácidos almohadones. Su madre debía estar durmiendo.

La tristona música le hizo renacer una viruta de duelo por algo que semejaba un delgado hilo de amor por Míriam, o por algo que ya había dejado de ser ella: un reflejo de su cuerpo en alguna vitrina que no pudo olvidar; el escote lleno de leve sudor a la entrada del balneario; la mirada de soslayo entre las 11

sobras de la última cena. La música lo mordía dulcemente, mientras sus ojos revelaban un moblaje que se extinguía. Reparó en los retratos, en las difusas paredes que casi rezumaban generosidad. Vio las altas ventanas que daban hacia el patio trasero: la silueta de un árbol de cas, bamboleándose con la voz de un cantante que ya nadie recordaba, y un bombillo asediado por mariposas nocturnas, iluminando la afable escena, como un color amado en la infancia.

Sus ojos se empañaron de dos lágrimas tímidas, que se esforzaban en permanecer asidas al arco de estos. Le subía una serpiente de amargura sublime por el esófago. Los oídos le retumbaban como las olas de un mar lejano y solo. Era el mar de su alma, y lo podía escuchar tranquilamente, mientras la sombra de Benny Moré se iba por entre las volutas de su cigarrillo habanero. Era profunda y desdichadamente lúcido. Con tantos fracasos encima: relaciones, deseos quebrados, empresas hechas añicos. ¡Cómo necesitaba tener un asidero! Volver a sentirse percibido por alguien de manera vital, no a través de monóculos antiguos como su madre, no a la sombra de un paliativo como Laura, no mediante la triste pupila de las paredes que lo vieron de niño correr hacia el patio, con una espada de plástico, en contra del enemigo.

La palabra enemigo se le plantó de golpe. Todo su cuerpo despertó. La música había cesado.

Delante de su silla proseguían los ventanales: el árbol de cas, la luz vistiendo de gala la danza de las mariposas nocturnas. También, un perro lo miraba con las patas sobre el alféizar. No lo había visto hasta ahora, y quizás el animal lo había estado estudiando, como los animales estudian a los humanos: de lejos, despistadamente, sin obsesión. Divertido, Ignacio hizo una señal de furia con el puño, pero la bestia apenas se inmutó. Sus ojos profundos, sin aparente significado, continuaban mirándolo como si fuese él quien despertase el interés, la interrogación, el dilema. “Desde que llegué a esta casa no termino de contarlos, pensó”. El hombre y el animal se miraron en seco hasta que el último se volteó, desapareciendo. “¿Adónde iría?”, se preguntó Ignacio mientras daba unos pasos ligeros hacia la ventana.

Cuando se asomó a los cristales contuvo un grito. El perro estaba sentado sobre sus patas traseras como si lo hubiera esperado; su mirada perturbadora de animal sereno y estudioso de sus movimientos no le impidió que leyera el nombre grabado sobre su collar, un nombre ridículo, “¿Coco?, no, no... ¡ Otto, Otto!

Es ese desgraciado perro. ¡Es increíble!”

Su despertar en la mañana fue lento y pesado. Se le arrastraba el nombre del animal como un delgado estilete sobre la sien. “Otto, se decía, ¡un perro amistoso!, el médico lo dijo; ¡no, él no dijo perro...!” Sacudiendo la cabeza los pensamientos dejaron de fluir. No había oído el inmenso y agudo graznar de los pájaros. ¡Un alivio transeúnte! Los ladridos se iniciaron nuevamente, como comprobaba cada vez que amanecía, con la novedad de que ya no los percibía en medio del aura folclórica de la vieja.

Era toda clase de ladridos: algunos en sordina, otros roncos, otros solamente vivaces. En la madrugada 12

era sólo un lento gemido. Después suplicaban con un llanto más o menos pueril, intercalados por gruñidos tiernamente violentos. Más tarde eran los ladridos que todos conocen: celosos, ufanos, ¿quién sabe?

Su madre entonces salía al patio en chinelas agitando los brazos. Les hablaba. Nunca le había puesto atención sobre qué les hablaba. Le parecía absolutamente normal. Pero ahora creía que la vieja no estaba tan bien del techo. ¿Se estaría volviendo loca? Si esto era así, no habría de alcanzar la oportunidad de resarcirla de toda su indiferencia del pasado, y acabaría por llevarla un día al cementerio, adolorido por toda la mala sangre que le circulaba por las torcidas venas.

Entonces todo sería peor. La fuerza del ángel se hizo sentir sobre su tórax, oprimiéndolo no como un ángel oprime, sino como un águila se posa sobre una presa: “Quizá fuiste un bruto con tu mujer, pero tu vieja está viva..”.

Los ladridos ya estaban subiendo las escaleras con implacabilidad. El hombre se puso de pi e.

Tendió rápidamente la cama y se fue al baño. Allí se paró ante el espejo mirándose la barba crecida, siempre escuchando los ladridos. Su madre estaría saliendo al patio en este momento. Era lo mismo de todas las mañanas. Su mano aplicó de inmediato un poco de espuma de afeitar. Los ladridos ya estaban en la puerta, apretujando. Otto estaría ahora disfrutando de las caricias de su madre. El amigo que la protege, Otto. “Su barrio está lleno de amigos”, le dijo el médico.

La navaja se deslizó de arriba hacia abajo. El pelo fue barrido completamente de raíz. “No son celos, pensó, es indignación”. La navaja no se detuvo sino hasta la barbilla. En ese punto, la mano quiso abrirle un boquete por donde saliera un poco de frescura. La frescura que anida dentro, c omo un tónico.

La cabeza se retrajo, advirtió el peligro, la trampa; y desde luego la mano siguió su camino tironeada por su naturaleza, por una orden-relámpago. Finalmente, los ladridos entraron; el hombre se mojó el rostro.

Tiritó.

En la densa soledad que principió a carcomerlo, Laura fue su más próxima confidente. Aunque distaba mucho de amarla, estrictamente hablando, ella se había encargado de darle atención y de escucharlo, desde el día en que todo acabó con Míriam. Supo darle aliento cuando todo se puso contra él, tratando de que viera la afición de su madre por los perros, no como una aberración sino como una cualidad. Se esforzó en ofrecerle razones filosóficas mientras caminaban por un parque.

–¿No fue Diógenes el que dijo aquello del amor por su perro? ¿Sí? ¡Ahí lo tenés! Y vos armando un barullo porque una anciana sola tiene la misma afición. No sos nada justo, se me ocurre...

–Diógenes nunca fue madre –completó rabioso–. Las madres aman más a sus hijos que un hombre amargado a sus compatriotas. ¡Esto ya es el colmo! No la defendás. La vieja es casi inaccesible. Vive en el mundo donde todavía soy su Nachito, ¿me entendés? Acaso no me mira ni como un hombre real. Me pregunto qué hablará con el perro ese.

13

–Es una compañía inocua, Ignacio. Insistí. Acercate más. La mujer está vieja. Su mente no es la misma, ¿no has pensado en eso?

–Claro que sí, y eso es lo que me aterra. Que no exista un punto de unión entre nosotros dos. Sé que es tarde para esperarlo. –Cuando dijo tarde sintió vértigo. El poder de su ángel lo embistió desde sus vísceras. Un rumor de agruras–. Yo que la había obviado –prosiguió– y ahora la vida me impulsa de no sé dónde a encontrarme con ella, cuando su gran aspiración diaria es ver pasar bien a sus animales.

Laura lo llevó casi a rastras hasta un cercano café donde la conversación siguió otro cauce. Esa noche Ignacio supo que Laura había llegado un poco más al fondo; pero no quería cantar victoria. Todavía estaba dolido con la separación. No tenía muchas ganas de formalizar nada con nadie ni siquiera con una diva. En el café, un poco más tranquilo, sus ojos miraron adecuadamente a la mujer que lo trataba de consolar en medio de un alienante desorden. Sus gesticulaciones eran mesuradas. No distinguía ninguna impostación o condescendencia que pudiera ser sospechosa. Ella bebía su café despacio. No como Míriam, siempre con la taza moviéndose entre sus dedos de laboratorista química. Dedos alargados, espátulas insaciables que ponían aquí un objeto y lo llevaban después hacia otro lado, s in ninguna justificación. Míriam era solo dedos asechando, señalando.

–Respirá tranquilo –le dijo Laura acariciando su chaqueta–. Sé más natural con tu mamá, ya verás.

La idea de ser más natural le gustó y se fue a la casa con un dejo de alegría. Temprano aún, se encontró a su madre leyendo la Biblia, y hasta se sintió orgulloso de que pudiera todavía leer algo a su edad. “La vieja siempre ha leído, desde que yo tengo noción”, se dijo, saludando vivamente.

Durante la cena su madre apenas probó bocado. Parecía triste bajo la luz amarillenta de la lámpara.

Aunque a veces hablaba de más de los perros, era evidente que ahora en su silencio ofrecía un aire doloroso. Después de un rato de sondear en el alma de la vieja, ésta empezó a abrirse:

–No sé, Nachito, no sé. Otto está muy triste; hoy casi no ladró nada. Es un perro que está hecho para juguetear. He visto a través de sus ojos... Hay como una sombra detenida en ellos. Los perros ven ángeles,

¿sabés? Algunos son tenebrosos, se obsesionan con el mal de un hombre. Lo acosan por todas partes. Los perros temen al hombre poseído por un ángel del bien. Es lo mismo que un hombre poseído por un demonio. No hay diferencia.

Ignacio sonrió mirando el fondo de una sopa que se estancaba en un lecho de papilla y ramitas de perejil. ¿No era gracioso? La vieja sabía ver en el fondo de sus animales. A estas alturas, sin embargo, creyó valioso aplicar lo que Laura le había aconsejado: demostrarse natural, ganar terreno en el ámbito de la locura de la madre.

–Bueno, mamita, tal vez se ha enfermado, ¿no creés? No niego lo otro, claro que no. Pero debemos probar con un veterinario.

–Lo que ese perro sabe es lo que lo ha enfermado –contestó la mujer mirando hacia adelante, hacia un lugar sin límites–. Ha visto algo que lo aterró.

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“No había duda, reflexionó Ignacio, la anciana ha iniciado el camino hacia la demencia senil. Hasta el momento no he sido lo suficientemente útil para ella. Quizá ya nunca tenga oportunidad”.

El pensamiento fue seguido por un sacudón que le empezó desde el estómago, buscando locamente su cabeza. Allí la voz del ángel dijo: “Ya lo ves, los animales se le han metido dentro de su alma. Ellos parecen inocentes; pero desconfiá. Los bichos se nutren de ella. Sólo te doy un poco de esperanza. Si la perdés, será tu culpa”.

Al día siguiente llevó el perro al veterinario. Con su madre en el auto, el animal se hacía el inofensivo, el doliente. No logró engañar a Ignacio. Él seguiría el juego hasta el final, porque tenía muy clara su misión: devolver una madre al mundo.

Su agitación, de inmediato, halló un motivo cuando el veterinario no encontró nada malo en el animal.

–El perro sólo está deprimido –diagnosticó–. Si nos vamos a los hechos, goza de una gran juventud.

De vuelta, la anciana volvió con su perorata. ¡Estaba hastiado!

Otto no está enfermo, ¿ves? Es otra cosa lo que lo puso así.

El asunto enseguida se fue complicando. Ahora la vieja hacía que el perro se quedase dentro de la casa, durmiendo sobre los sillones, envuelto en mantas como un niño. Estaba completamente abstraída en el mal del perro. Hasta empezó a encender velitas a unos santos curativos de los que omitió el nombre.

De vez en cuando, el perro lo miraba desde su lecho, como de soslayo, para saber quizás cómo se la pasaba con la idea de cortar su influencia del camino de la mujer. Sus ojos parecían tiernos; pero no caía en la celada del demonio que sí tenía vigor para dejar limpio el recipiente de comida. Era evidente que el animal se hacía. Aunque su teatro debía terminar. “El desgraciado da más faena a la vieja. Al darle su vida, se ha convertido en un monstruo. Debo acabar con él”.

El reconocimiento de esta verdad lo impulsó hasta la farmacia donde obtuvo un potente veneno, que supo combinar entre unas hilachas de carne adquiridas para la bestia. La espada del ángel, desde su cénit, lo dirigía. En su actividad, casi se sentía colaborador con la felicidad no solo de sí mismo, sino del mismo universo.

Al volver con el fatídico paquete, no encontró a su madre despierta. Para cerciorarse se asomó a su cuarto y la vio dormida bajo el mosquitero. “Un montoncito de huesos”, se dijo velozmente.

Ya en la cocina, a sus anchas, preparó el alimento fatal. El resto de la ponzoña lo arrojó por el fregadero. Aderezó la carne de manera que la inteligencia oscura del animal no oliese una artimaña.

Ufano del aspecto de las salsas en el lomito, pensó que podría ser una vianda atractiva hasta para los ojos de un vegetariano.

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Con la carne en el recipiente de Otto, se fue en su busca. No lo encontró sobre el sofá donde al animalejo se le había asegurado su convalecencia. Su olfato se aguzó. Es probable que también se sintiera un poco descompasado, pero el poder angélico lo instó para que continuara.

En un vistazo que dio ante el living, vio su negra figura sobre una felpa. Sus ojos también negros se mantenían a la expectativa. Cuando Ignacio se adelantó, la cabeza canina se fue incorporando.

Por un instante, el hombre sintió que todo era una crueldad. El animal hasta parecía alegre de su presencia. “Creo que ha movido la cola”, se dijo depositando el recipiente a una corta distancia de aquel.

El ángel le advirtió apenas con un susurro que se trataba de una treta. “Es el demonio que está en él”, dijo.

El perro se levantó con la pereza habitual de un ser mimado y olisqueó la carne, sosegadamente.

Sus ojos se volvieron hacia el hombre un instante, y lo que vio lo hizo retroceder. Sobrepujándolo un instinto invencible, apreció el olor del alimento.

El ángel de Ignacio se alargó para ver cómo limpiaba, olímpico, todo el conteni do mortal. Una vez terminado, Ignacio se sentó en el sillón de la vieja. Le pareció excitante esperar unos minutos. Fue simultáneo, también, un sentido de aflicción profunda. El perro, relamiéndose, lo observó una vez más, volviendo sobre la felpa, mientras a ambos los cubrían las sombras de la tarde.

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