Tres Comedias Modernas en un Acto y en Prosa by Mariano Barranco - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.

FRANCISCO.—Dos jóvenes: parecen matrimonio.

ATILANO.—¡Pobrecitos! Voy á amargarles la luna

de

miel.

FRANCISCO.—Venga usted acá. Le explicaré cuál

es

el elixir que se pone con el algodoncito. 15

ATILANO.—Sí, sí, explícamelo todo. ( Francisco, hablando muy bajito con don Atilano, de espaldas

al

público, figura irle instruyendo, mostrándole los instrumentos,

etc. )

LELIS.—Ya se mueven. Se conoce que va á salir el

20

que

está.

INOCENCIA.—¡Ay! ( Levantándose muy alegre. ) LELIS.—¿Qué?

INOCENCIA.—Que

ya

no

me

duele.

LELIS.—-

¿Cómo?

25

INOCENCIA.—¡Ay, qué gusto! La primera vez

desde

hace

cuatro

días.

LELIS.—¿De

veras?

INOCENCIA.—Nada,

no

siento

nada.

LELIS.—La impresión, el creer que ya ibas á 30

[Pg 17]entrar. Eso dicen que es muy frecuente; pero

estos

alivios son engañadores. Después el dolor repite más

fuerte.

INOCENCIA.—Sí; pero mientras no repita...

no

tengo

valor

para

sacármela.

LELIS.—¿Y

qué

hacemos?

5

INOCENCIA.—Irnos.

LELIS.—¿Y

si

te

vuelve?

INOCENCIA.—Vuelvo.

LELIS.—Como quieras; pero no iremos á casa,

¿eh?

INOCENCIA.—¿Pues

á

dónde?

10

LELIS.—Ya que estás mejor, entraremos en un café

retirado y tomaremos alguna cosita. ¡No me digas

que

no!

INOCENCIA.—Bueno. Así como así, hace cuatro

días

que

apenas

como.

15

LELIS.—Pues ahora comerás y estaremos allí

juntitos

y solos, como si ya hubiéramos realizado nuestras

esperanzas.

¿Cuándo será, Dios mío? ( Poniéndose el

sombrero. ) ¿Cuándo meteré yo la cabeza en alguna parte?

20

INOCENCIA.—Es que ya no me duele nada.

¡Vamos!

LELIS.—Vamos. (Quién sabe si podré ahorrarme

los dos duros.) ( Vanse. )

ESCENA IX

DON ATILANO y FRANCISCO

FRANCISCO.—¿Está

comprendido?

ATILANO.—Perfectamente.

25

FRANCISCO.—Les

diré

que

pasen.

[Pg

18]ATILANO.—Bueno;

ello ha de ser...

FRANCISCO ( Después de abrir la mampara).—

¡Calle!

¡Se

han

marchado!

ATILANO ( Saliendo también á la sala).—Me

alegro.

FRANCISCO.—¿Cómo?

ATILANO.—Digo, lo siento; pero ¿qué vamos á

hacer?

5

Ya

vendrán

otros.

FRANCISCO.—¿Pues no han de venir? Hoy nos

ganamos

lo

menos

veinte

duros.

ATILANO.—No me lo digas, Frasquito, no me lo

digas.

10

FRANCISCO.—Venga usted allá adentro y seguiré

enseñándole algunos detalles que le conviene

saber.

ATILANO.—Sí, sí, y tomaré otra copita. Ese vino es

riquísimo. Entre Pedro Jiménez y yo ( Como si descorchase

una botella. ) verás lo que hacemos. ( Vanse por el 15

foro. )

ESCENA X

ROCÍO, luego un CABALLERO

ROCÍO

( Siempre

con

marcadísimo

acento

andaluz).—Buenos

días. ¡No hay nadie! Mejor, así entraré más

pronto. ¡Ay, Jesús! ¡Qué cansada estoy! Y qué

aburrida

voy á estar aquí sola si tarda mucho el que está 20

dentro. ¡Parece mentira que haya personas

aficionadas

á la soleá!... Á mí no me gusta más soleá que la de mi

tierra, la que se canta. ¡Ay! ( Empezando á cantar y batiendo

palmas. )

CABALLERO ( Entra tapándose la boca con el

pañuelo

y

25

mugiendo

como

un

toro. )—¡Muú!

ROCÍO.—¡Qué barbaridad, cómo viene este

hombre!

[Pg 19]CABALLERO ( Sentándose, después de saludar

con

la

cabeza).—¡Gracias á que no hay más que ésta esperando!

Entraré pronto. Yo no puedo más. ¡Uf! ( Se levanta

y pasea de uno á otro lado de la escena. ) ROCÍO.—¡Pobrecito! Se conoce que está sufriendo

mucho.

5

CABALLERO.—Esto ya no se puede aguantar.

¡Berr!

ROCÍO.—Caballero, ¿le duele á usted mucho, eh?

CABALLERO.—¡Mucho!

ROCÍO.—¡Ay! Yo no puedo ver sufrir á nadie...

CABALLERO.—Pues, señora, lo siento tanto: pero

no

10

lo

puedo

remediar.

( Con

malos

modos. )

ROCÍO.—No, hijo mío, no, si no lo digo por eso.

Desahóguese usted todo lo que quiera. Al cabo y al

fin, el quejarse siempre es un consuelo. Los

suspiros

que se quedan dentro son los que hacen daño. 15

CABALLERO.—(Buenas ganas de conversación

tengo

yo

ahora.)

ROCÍO.—¿Y es fluxión ó caries lo que tiene usted?

CABALLERO.—No

lo

sé,

señora.

ROCÍO.—Será de los nervios, porque tiene usted

tipo

20

de

ser

muy

nervioso.

CABALLERO.—Muchísimo.

ROCÍO.—¡Pues ya es desgracia, ya! Á mí me

sucede

lo mismo. Y yo he padecido mucho de la boca,

mucho,

pero nervioso nada más; hasta que hace dos años me

25

dieron el gran remedio, y no he vuelto á tener novedad.

¿Sabe

usted

cómo

me

he

curado?

CABALLERO.—¡Qué

yo!

ROCÍO.—No lo va usted á creer cuando se lo diga.

Pues oiga usted. Me he curado cortándome las

uñas

30

[Pg

20]todos

los lunes. No se ría usted.

CABALLERO.—¡Qué me he de reir, señora, qué me

he

de

reir!

( Muy

incomodado. )

ROCÍO.—Parece brujería; pues no lo es. Me lo

aconsejó

una cigarrera de Sevilla, y desde entonces todos los

lunes... riqui riqui-riqui. ( Como si se cortara las 5

uñas. ) Se acabaron los dolores de muelas. No me retientan

ni

por

casualidad.

CABALLERO.—¿Entonces, á qué viene usted aquí?

( Muy

violento. )

ROCÍO.—¡Ay, Jesús! Hijo, me ha asustado usted.

10

CABALLERO.—Dispense usted, estoy rabioso.

ROCÍO.—Pues vengo á comprar un frasco de elixir,

lo

único que uso; pero vea usted... ( Enseñándole los dientes. )

CABALLERO.—Ya veo, ya. Dichosa usted. Tiene

una

dentadura

preciosa.

15

ROCÍO.—Gracias.

CABALLERO.—Preciosa;

parecen

perlas...

ROCÍO.—Perlas precisamente, no: porque si fueran

perlas no estarían ahí; pero, en fin, piñoncitos...

CABALLERO.—(¡Lástima que tenga yo dolor de 20

muelas!)

ROCÍO.—¿Está

usted

mejor?

CABALLERO.—Parece que se me va calmando

algo.

ROCÍO.—¡Cuánto me alegro! Usted dirá que le

estoy

mareando

con

la

conversación...

25

CABALLERO.—Señora,

yo

no

digo

nada.

ROCÍO.—Pero, hijo mío, yo soy así, no puedo

remediarlo.

Á mí, pídame usted lo que quiera, ¿comprende

usted? pero no me pida que no hable. Yo no

comprendo

esas personas calladas, mohinas, como buhos...

¡Ay!

30

[Pg 21]Á mí déme usted gente que hable mucho, que

diga

todo

lo que sienta, que no se guarde nada... ¡La

conversación!

¿Hay algo más agradable en este mundo?

Comunicar

una sus pensamientos, hasta los más hondos...

En eso nos diferenciamos de los animales... ¿Hay algún

animal

que

hable?

5

CABALLERO ( Con la mayor naturalidad).—Sí,

señora;

hay

uno.

ROCÍO.—¿Cuál?

CABALLERO.—La

cotorra.

ROCÍO.—Es verdad. ¡Ay qué gracioso! Está usted

10

mejor,

¿eh?

CABALLERO.—Sí, sí; me duele menos. La

conversación

con usted, por lo visto, me ha distraído y me he aliviado algo. Se conoce que el gusto de oirla...

¡Ay!

( De

pronto

dando

un

berrido.)

15

ROCÍO.—¿Qué?

¿Vuelve?

CABALLERO.—Son tirones. De pronto me dan y de

pronto

se

me

pasan.

ROCÍO.—¿Y la que le duele á usted es de arriba ó

de

abajo?

20

CABALLERO.—De

arriba.

ROCÍO.—Á ver, á ver, puede que esté dañada.

CABALLERO.—¡Ésa!

( Abriendo

la

boca

y

señalando

con

el

dedo. )

ROCÍO.—¡Ay, hijo mío; pero si tiene usted ahí la cueva

25

de Montesinos! Debe usted inmediatamente

orificársela.

CABALLERO.—¡Quiá!

¡Fuera

con

ella!

ROCÍO.—¿Sacarla?

Eso

es

lo

último.

CABALLERO.—¿Opina

usted?

ROCÍO.—Sí, señor. ( Se acerca al velador y

empieza

30

á

hojear

un

libro. )

[Pg 22]CABALLERO.—(Vaya si es graciosa la

mujer.)

( Pausa

corta. )

¿Es

usted

soltera?

ROCÍO.—Viuda,

para

servir

á

usted.

CABALLERO.—¡Qué

más

quisiera

yo!

ROCÍO.—¡Guasón! Para valiente cosa le serviría

yo

5

á

usted.

CABALLERO.—Y por lo visto hace ya mucho que

perdió

usted

á

su

esposo...

ROCÍO.—No

lo

perdí

yo;

se

perdió

él.

CABALLERO.—Quiero decir que, á juzgar por el

traje,

10

ya

ha

pasado

tiempo...

ROCÍO.—El luto lo llevo en el corazón.

CABALLERO.—Tiene usted el corazón negro, ¿eh?

( Animándose

cada

vez

más. )

ROCÍO.—Tengo aquí un plato de calamares. ¡Ay!

15

Si

usted

conociera

mi

historia...

CABALLERO.—¿Cómo

se

llama

usted?

ROCÍO.—¡Rocío!

CABALLERO.—¿Rocío? ¡Qué casualidad! Yo me

apellido

Flores.

20

ROCÍO.—¿Y

que?

CABALLERO.—Que las flores necesitan rocío.

ROCÍO.—¿Sí? Pues duerma usted al sereno.

( Siguen

hablando en voz baja, después de sentarse muy juntos

en el foro. ) 25

ESCENA XI

DICHOS, FRANCISCO y DON ATILANO, en el gabinete FRANCISCO.—Aquí tiene usted preparado el

enjuague.

Éste

sirve

para

todo.

[Pg

23]ATILANO.—Está

bien.

ROCÍO ( Riéndose).—¡Ay, pero qué malos son ustedes

los

hombres!

FRANCISCO ( Saliendo á la sala).—¿Quién de ustedes

es

el

primero?

ROCÍO.—Servidora...

5

FRANCISCO.—Puede usted pasar cuando guste.

( Abriendo

y

sosteniendo

la

mampara. )

ROCÍO.—Voy. Es decir, si no quiere usted pasar

antes...

CABALLERO.—Gracias, no me corre prisa, estoy

mejor.

10

ROCÍO.—Me alegro mucho. Con permiso. ( Entra

en el gabinete. Francisco por la puerta del foro de la sala. )

ESCENA XII

ROCIÓ y DON ATILANO, en el gabinete. EL CABALLERO, en la sala.

ROCÍO.—Servidora

de

usted.

ATILANO.—Muy señora mía. (Estoy temblando.)

ROCÍO.—¡Ay! ¿No está el señor Raigón? 15

ATILANO.—Está enfermo; pero es lo mismo, yo

estoy

en su lugar. Usted dirá lo que quiere que le haga.

ROCÍO.—¿Á mí? Nada, hijo mío. Por fortuna no

necesito

nada.

ATILANO.—¡Cuánto

lo

celebro!

20

ROCÍO.—Vengo á comprar un frasquito de elixir

¿sabe usted? De los más chiquirrititos. De

aquéllos,

de los de dos pesetas. ( Señalando á los que debe haber

sobre

el

lavabo. )

Soy

parroquiana.

CABALLERO ( Levantándose).—¡Caramba! ¡Qué

bien

25

[Pg

24]estoy

ahora!

ATILANO.—Tome usted. ( Dándole el frasquito. ) ROCÍO.—Hombre, bien podía usted envolverlo en

un

papelillo.

ATILANO.—Tiene usted razón. (Estoy aturdido.)

¿Dónde habrá papeles? ( Buscando en los cajones. ) 5

CABALLERO.—Me dan intenciones de marcharme.

No me duele absolutamente nada y ponerme ahora

á

que me den un par de tirones... Podía esperar en el

portal á la andaluza. ¡Qué mona es! Ella me lo agradecería,

de seguro, y... ¡quién sabe! Vaya, que me 10

largo. ( Vase. )

ESCENA XIII

DICHOS, menos el CABALLERO

ATILANO ( Dándole un frasco envuelto ya en un papel).—Tome

usted,

señora.

ROCÍO.—Ahí

van

las

dos

pesetas.

ATILANO.—Mil

gracias.

15

ROCÍO.—Quede usted enhorabuena. ( Dándole la

mano

y

sacudiéndola

dos

veces

acompasadamente. )

y

que

se alivie el señor de Raigón ( Como antes. ) y déle usted

expresiones...

( Como

antes. )

ATILANO.—De

parte

de

usted.

20

ROCÍO ( Saliendo del gabinete).—¡Ay! ¡Se ha marchado

aquel caballero! Vaya, como si lo viera: está

esperándome

en

la

calle...

Estos

viejos

camanduleros...

( Viendo á don Atilano al volverse. ) Servidora de usted. ( Le da la mano haciendo los sacudimientos

como

25

antes y vase. )[Pg 25]

ESCENA XIV

DON

ATILANO,

solo

Pues señor, todavía no he hecho nada y estoy

temblando

como un azogado. Necesito tomar otra copita.

¡Currito! ( Vase por el foro de la sala. )

ESCENA XV

ISIDRA y el GARLOPA. Ella trae el carrillo derecho muyinflamado y cubierto con un pañuelo negro.

GARLOPA.—Ande usted adelante. ( Empujándola

para

que

entre. )

5

ISIDRA.—¡Ay,

hijo,

qué

bárbaro

eres!

GARLOPA.—Es favor. ( Deteniéndola al ver que va

á

entrar en el gabinete. ) ¿Pero á dónde va usted?

ISIDRA.—Pues

adentro.

GARLOPA.—Señora, siéntese usted ahí y espere á

que

10

nos llamen, que hay que aguardar turno.

ESCENA XVI

DICHOS, DON ATILANO, en el gabinete

ATILANO.—Estoy resuelto á todo. Esta última

copita

me ha animado mucho. ¿Habrá alguien? ( Abre

la puerta. ) Adelante, pasen ustedes. ( Entran en el gabinete. )

15

GARLOPA.—Buenos días. ¿Está usted bien? ¿Y la

familia? ( Dándole la mano con tal fuerza que le lastima. )

[Pg

26]ATILANO.—¡Ay!

Bien,

gracias.

GARLOPA.—Me alegro mucho. Pues aquí tiene

usted

á esta señora que viene á que la vea usted eso.

ATILANO.—¿Y

qué

es

eso?

ISIDRA.—Pues le diré á usted: yo creo que esto me

ha salido á consecuencia de un sofoco. 5

GARLOPA.—El señor no tiene para qué enterarse

de

esas cosas. Usted le enseña lo que trae y se acabó.

ISIDRA.—¡Pues vea usted! ( Se quita el pañuelo y muestra

el

carrillo

inflamadísimo. )

ATILANO

( Retrocediendo).—¡Dios

mío!

10

GARLOPA.—¿Es

bueno,

eh?

ATILANO.—¡Atroz!

GARLOPA.—Pero yo creo que con un pinchazo en

su

sitio...

ATILANO.—(Ó

media

estocada.)

15

GARLOPA.—Ande usted á sentarse y á acabar

pronto.

El miedo no sirve para nada. ( Empujándola hacia el

sillón. )

ISIDRA.—Diga usted, caballero, ¿me hará usted

mucho

daño?

20

ATILANO.—Muchísimo.

GARLOPA.—No le diga usted eso, hombre.

ATILANO.—Yo

ante

todo

la

verdad.

GARLOPA.—¡Pues qué remedio! ( La obliga

á

sentarse. )

25

ATILANO.—¡Si

esto

es

un

melón!

GARLOPA.—Yo creo que ya está maduro.

ATILANO.—¡Qué sé yo, qué sé yo! La verdad...

no

me

atrevo

á

calarlo.

ISIDRA

( Asustada).—¿Eh?

30

[Pg

27]ATILANO.—Á

sajarlo.

ISIDRA.—¡Ah!

ATILANO.—Es preciso esperar, no hay otro

remedio.

Se enjuaga usted con malvavisco y adormideras.

ISIDRA.—Ya

lo

he

hecho.

ATILANO.—No importa, se enjuaga usted más.

(Eso

5

no puede perjudicarla.) Y mañana... ó pasado,

vuelve

usted

por

aquí.

GARLOPA.—Pero,

hombre...

ATILANO.—No está en disposición de operarse.

ISIDRA ( Levantándose del sillón y poniéndose el pañuelo).—Ya10

decía

yo

que

esto

estaba

muy

duro.

GARLOPA.—Vaya, pues dejarlo. ¿Qué le debo á

usted?

ATILANO.—La

consulta,

dos

duros.

GARLOPA.—¿Cómo?

15

ATILANO.—Dos

duros...

GARLOPA.—¿Dos duros? Hombre, usted está

demente,

de

por

fuerza.

( Sonriendo. )

ATILANO.—Es

lo

que

llevamos.

GARLOPA.—Vamos, hombre, que usted no me

conoce

20

á

mí.

( Muy

amable. )

ATILANO.—No

tengo

ese

gusto.

GARLOPA.—Pues va usted á conocerme. ( Á

gritos. )

ISIDRA.—(Págale

y

calla.)

GARLOPA.—No me da la gana. Pues hombre, dos

25

duros

por

no

hacer

nada.

ATILANO.—Bueno, pues déme usted lo que guste y

vaya

con

Dios.

GARLOPA.—¡Dos

duros!

ATILANO.—¡Francisco! ( Yendo á la puerta del 30

foro. )

[Pg 28]GARLOPA.—Llame usted á quien quiera;

pero

yo

no

pago

los

dos

duros.

ATILANO.—Está bien, no dé usted más voces...

¡Francisco!

ESCENA XVII

DICHOS, FRANCISCO

GARLOPA.—¡Pues

no

faltaba

más!

5

FRANCISCO.—¿Qué

pasa,

qué

es

esto?

ATILANO.—Acompaña á este caballero y á esta

señora.

GARLOPA.—Ni que robara uno el dinero. ¡Dos

duros!

¡Dos

duros!

10

FRANCISCO.—Haga usted el favor... ( Empujándole

suavemente y haciéndole salir del gabinete. ) GARLOPA.—No me toque usted, que ya me

marcho.

( Salen

á

la

sala. )

ISIDRA.—(¡Ten

prudencia,

por

Dios!)

15

GARLOPA.—Cállese usted si no quiere que le

iguale

los

dos

carrillos.

ISIDRA.—(¡Ay,

qué

bruto!)

GARLOPA.—¡Dos duros! ¡Dos duros! ¡Ni en Sierra

Morena! ¡Dos duros! ( Vanse. ) 20

ESCENA XVIII

DON ATILANO y FRANCISCO, ya en la sala

ATILANO.—¡Gracias á Dios! ¿Lo ves? Como me

dijiste que por la cosa más sencilla se llevaba dos duros...

[Pg 29]ahí tienes las consecuencias. ¡Un escándalo!

FRANCISCO.—Eso ya pasó, no se preocupe usted.

Venga

mi

duro.

ATILANO.—¿Qué

duro?

FRANCISCO.—El que me corresponde de los dos.

ATILANO.—Si

no

me

ha

dado

nada.

5

FRANCISCO.—¡Hombre! ¿Y arma esa bronca? Voy

á decirle... ( Deteniéndose á la puerta. ) ¡Ah! Viene alguien. Ande usted adentro. ( Don Atilano entra rápidamente

en

el

gabinete. )

ATILANO.—Con esta cuestión me he puesto más

10

nervioso.

ESCENA XIX

DICHOS y el SEÑOR PELÁEZ, con sombrero de copa y muy elegante.

FRANCISCO.—Puede usted entrar, caballero, no

hay

nadie.

PELÁEZ.—Me alegro mucho. ( Entra en el

gabinete. )

FRANCISCO.—Pase usted. (Éste no es de los que se

15

marchan sin pagar.) ( Vase por el foro. ) PELÁEZ.—Muy

buenos

días.

ATILANO ( Aterrado al verle).—¡Virgen Santísima!

¡El

Subsecretario!

PELÁEZ.—¡Cómo!

¿Es

usted

Raigón?

20

ATILANO.—No, señor, no: yo soy... el sus... el

sus...

el

sustituto.

(¡Ay,

qué

susto!)

PELÁEZ.—¿El señor Raigón está enfermo?

ATILANO.—Sí,

señor.

PELÁEZ.—Pues, hombre, celebro tanto que sea

usted

25

[Pg 30]quien esté en su lugar, porque para esto parece

que

inspira más confianza una persona conocida...

( Quitándose

el

sobretodo. )

ATILANO.—Sí,

señor,

sí.

PELÁEZ.—Yo ignoraba que usted fuese dentista...

ATILANO.—Sí,

señor,

sí.

5

PELÁEZ.—Pues aquí me tiene usted desesperado.

ATILANO.—¿Sí,

eh?

PELÁEZ.—Hace ocho días que no descanso por

una

maldita muela. Padezco mucho de la boca. No voy

á tener más remedio que ponerme dentadura

postiza.

10

Vea usted, ¡estoy perdido! ( Abriendo la boca. ) ATILANO.—(¡Es verdad, perdido!) ( Antes de

mirarle. )

PELÁEZ.—Mire

usted

allá

adentro.

ATILANO ( Acercándose á mirarle).—(¿Por qué no

me

15

traga?)

PELÁEZ.—Apenas me quedan huesos, porque yo

para

esto he sido muy resuelto siempre. Me duele una,

¡fuera

con

ella!

ATILANO.—¡Qué

valor!

20

PELÁEZ.—Ahora es ésta ( Enseñándola. ) la que me atormenta.

ATILANO.—(¡Qué

gorda

es!)

PELÁEZ.—He pasado toda la noche sin dormir y ya

esta mañana dije: no sufro más, resueltamente me la

25

saco. Y aquí estoy decidido á todo... En este

momento

no me duele nada, absolutamente nada...

ATILANO.—¡Cuánto me alegro! Pues yo aconsejo

á

usía...

PELÁEZ.—Déjese

de

tratamientos...

30

[Pg 31]ATILANO.—Yo le aconsejo que se vuelva á

su

casa

y

se acueste, ya que no ha dormido esta noche. Y

allí,

muy tranquilito, se está hasta mañana, y si le retienta

á

usía, se aguanta, y mañana vuelve por aquí.

PELÁEZ.—No puede ser. Necesito asistir al

Congreso

esta tarde. Está anunciada una interpelación, 5

tendré que hablar y no puedo exponerme á estar allí

rabiando... De ninguna manera. En estos casos no hay que vacilar. ¡Ande usted pronto! ( Se sienta en el

sillón. )

ATILANO.—(¡Pero qué afán de que se la saque!) 10

PELÁEZ.—Yo soy así para todas mis cosas.

ATILANO.—Sin embargo, me permito volver á

aconsejarle

que

deje

para

otro

día

la

extracción...

PELÁEZ.—Pero, ¿por qué? Si no hay inflamación

ni

nada.

15

ATILANO.—Pues bien, yo... lo confieso. No me

atrevo... Si estuviera el señor Raigón sí; pero yo solo... la verdad... El temor de hacer daño á usía, una persona que me inspira tanto respeto...

PELÁEZ.—Ésa es demasiada modestia. No me 20

obligue usted á ir á otro dentista cuando ya estoy aquí.

Si el señor Raigón le deja sustituyéndole será

porque

le

juzga

á

usted

digno

de

ello...

ATILANO.—Crea

usía

que

yo...

PELÁEZ.—Éste es un caso raro: el paciente

animando

25

al doctor. ( Riendo. ) Vamos, hombre, le repito á usted

que á mí esto no me asusta. ( Levantándose del sillón. )

ATILANO.—(Á

sí.)

PELÁEZ.—Y para darle ánimo y vencer esa

timidez,

hija del respeto, que yo agradezco mucho, voy á hacerle

30

[Pg 32]una promesa solemne. Si me saca usted la muela

de

un solo tirón, mañana mismo le doy la credencial que

solicita.

ATILANO.—¿Eh?

PELÁEZ.—Palabra

de

caballero.

ATILANO ( Con resolución trágica).—Siéntese

usía.

5

( Casi obligándole á sentarse. ) (Ahora ó nunca.) PELÁEZ.—(Ya se ha decidido. ¡Pobre hombre!)

ATILANO.—(¡Empleado! ¡Empleado! ¡Le saco

cuanto hay que sacar!) Ésta es la cocaína, sí. Le untaré

mucha. Prepárese usía. (¡Dios ponga tiento en 10

mis manos!) ( Le unta con el algodón empapado en

la

cocaína. ) Agárrese usía bien por si acaso.

PELÁEZ.—Ya

estoy,

ya.

ATILANO ( Cogiendo el «forceps»).—Abra usía la boca...

Ea,

valor.

15

PELÁEZ.—Lo

tengo.

ATILANO.—No, si me lo digo á mí mismo. (¡Ay,

qué

sudores!) Rece usía el credo. ( Con naturalidad. ) PELÁEZ

( Riéndose).—Hombre,

va

usted

á

ajusticiarme...

20

ATILANO.—No;

pero

una

oración

siempre

conviene

en los trances difíciles. (¡Santa Polonia, abogada de

las

muelas, ven en mi auxilio!) Ésta ¿eh? ( Metiéndole

el

dedo

en

la

boca. )

PELÁEZ.—Sí,

ésa.