Paternidad by Andre Theuriet - HTML preview

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BIBLIOTECA DE LA NACIÓN

ANDRÉ THEURIET

———

PATERNIDAD

traducción castellana

de

RAMÓN POMÉS

BUENOS AIRES

1912

Derechos reservados.

Imp. de LA NACIÓN.—Buenos Aires

PRIMERA PARTE

o I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X

SEGUNDA PARTE

o I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X

PRIMERA PARTE

I

El rápido de París a Belfort atraviesa velozmente los arrabales. Aunqueestamos en mayo, la mañana sin sol es fría. Un fuerte viento delNoroeste impulsa grandes nubarrones que se deshacen en lluvia sobre loscampos de trigo, de cebada y de alfalfa que cubren con sus variadosmatices las monótonas llanuras de la Brie. Las gotas de lluvia pintanlos más extraños dibujos sobre los cristales de un vagón de primeraclase en que va un solo viajero quien parece preocuparse muy poco delmal tiempo.

Abrigadas las piernas por ancha manta y una gorrilla sobrelos ojos, está absorto en la lectura de unos documentos y en el examende unos planos que va sacando de una gran carpeta puesta sobre losalmohadones y en la que puede leerse esta inscripción: Bosques deVal-Clavin.

Petición de deslindes. Al través de la lluvia poco tienede interesante el paisaje; pero, por la tensión de los músculos de surostro y por la honda preocupación del viajero, se adivina que seguiríadel mismo modo indiferente a lo de afuera aunque llenara el sol elespacio todo y fuese el paisaje mucho más pintoresco.

Es hombre de unos cincuenta años y, sin embargo, sus movimientos sonligeros, ágiles; su vestir, muy cuidado y de una eleganciairreprochable, le da un aspecto de plena juventud. Sus rasgos son finosy correctos, en su barba cortada en punta y en sus cabellos castaños seven mezclados algunos hilillos blancos; el firme modelado de su boca yde su nariz aguileña, con las dos arrugas verticales que afirman suentrecejo, indican en él una fuerte voluntad. Cuándo levanta un poco sugorrilla para limpiar los cristales del vagón empañados por la humedad,se ven a plena luz sus ojos, hermosamente azules y de mirar dulcísimo,que corrigen por la expresión un poco dura y fría de todo el rostro.

En la solapa de la negra americana se destaca con fuerza una rosetaroja. Una gran distinción de maneras, junto con sus actitudes reservadasy una bien estudiada gravedad descubren

a

un

personaje

perteneciente

almundo

administrativo, y, aunque el expediente que examina no revelase suprofesión, adivinaríase en él a un funcionario que ha escalado elevadospuestos y que está bien penetrado de la importancia de su cargo.

En efecto, «Amado Francisco Delaberge, oficial de la Legión de Honor»,como dice el anuario, es inspector general de montes. Salido de laescuela de Nancy a los veintidós años, ha ascendido rápida ymerecidamente. No sólo

posee

vastísimos

conocimientos

en

materia

deselvicultura, sino que se mostró siempre como un notable administrador.Lleno de amor por el oficio y dotado de una gran fuerza de trabajo,reúne al espíritu de organización la habilidad práctica del hombre denegocios. Así, hablan de él sus compañeros como de un futuro directorgeneral. La única cosa de que se le podría acusar es de una ciertafrialdad de alma—esa impasibilidad egoísta del célibe, a quien la vidaha hecho sufrir poco y que no está dispuesto a comprender lossufrimientos de los demás.—En Delaberge, este defecto débese menos auna natural sequedad de corazón que a las particulares condiciones enque su infancia y su juventud se desenvolvieron.

Hijo de empleado, desde sus primeros años ha sido víctima de esa vidanómada de pájaro silvestre, de esos múltiples cambios de residencia quehacen pequeños sin patria de los hijos del funcionario público.Llevado de un colegio a otro colegio hasta el día de su entrada en laEscuela Forestal, puede decirse que no conoció el pueblo en que habíanacido, y por consiguiente, nada sabía de aquellos cariños quelentamente se forman en el corazón del hombre y le unen para siempre ala provincia en que nació, a la casa en que se hizo hombre, a laspiedras, a los árboles, a los horizontes que cada día sus ojoscontemplaron. Los numerosos y fuertes lazos que van del mundo exterioral mundo de nuestro espíritu son otros tantos agentes creadores de lasensibilidad. Los primeros colores del nido pintan las primerasimaginaciones del niño y penetran profundamente y para siempre en sucorazón; esto faltó a Delaberge.

Su juventud ha transcurrido en una atmósfera llena de frialdad, en mediode las preocupaciones de los exámenes y de los ascensos que había queconquistar a punta de espada.

Ha ignorado aquella pasión que vuelvetierna el alma hiriéndola de muerte. A lo sumo, ha tenido en esa épocade su vida alguna ligera amistad femenina tan rápidamente anudada comoprontamente rota. Separado muy joven aún de sus padres, que perdió antesde haber llegado a los treinta años, ha podido gustar muy poco de lasalegrías de la familia. Sin la menor fortuna, no ha pensado más que enhacer rápida y honrosamente su camino. El trabajo ha llenado toda suvida y el deseo de llegar pronto ha dirigido todas sus facultades haciala realización de sus ambiciosos proyectos.

Como muchos funcionarios sin fortuna, retrocedió ante lo desconocido delmatrimonio, creyendo que las obligaciones y las responsabilidades de lavida conyugal son obstáculo para las funciones administrativas. Hapermanecido soltero y se ha absorbido cada vez más en trabajos que lehan robado por completo los días y aun con frecuencia las noches; hallegado el primero a la oficina, ha salido el último, ha comido en elrestaurant o en cualquier mesa oficinesca y no ha entrado en su casasino para dormir. Así, desde los treinta a los cincuenta años, se hadeslizado su metódica y correcta existencia, digna y laboriosa, perotambién sin el calorcillo de una dulce intimidad, sin hacer el menoralto en el ensueño o en la fantasía...

No obstante, hoy que goza ya de un relativo bienestar, que su ambiciónadministrativa está ya casi satisfecha, alguna vez vuelvemelancólicamente la vista hacia atrás y con espanto se ha de confesar así mismo que su pasado está vacío de recuerdos alentadores y se dacuenta de su triste aislamiento. Cuando al salir de la casa de un amigoen que ha oído voces infantiles y risas de juventud, vuelve a su tristecuarto de soltero, siéntese lleno de añoranza por lo pasado y deinquietud por lo porvenir, pensando en la rapidez con que pasan losaños, en la época cada vez más cercana del retiro, en las prosaicasmiserias y los asquerosos servilismos que turban el ocaso de la vida deun solterón.

Llegado a la meseta de los cincuenta se parece el hombre a un extraviadoviajero que ha escalado la cima de la montaña por abruptos y pedregosossenderos y que, una vez llegado arriba, comprende que equivocó porcompleto la senda. Entonces, ve el camino verdadero que dulcemente vasubiendo por entre alegres pueblecillos y bosques en que cantan lasfuentes y los pájaros, y por entre prados que las flores de todo coloresmaltan, sin que pueda volver atrás para gozar de aquellos perdidosencantos...

Cuando siente Delaberge tales añoranzas pregúntase si no ha despreciadoestúpidamente el todo por la nada, y entonces llena su mente y leobsesiona la idea del matrimonio. Se mira al espejo, se dice que esjoven todavía y murmura como Juan de Lafontaine: «¿Ha pasado ya para míel tiempo del amor?» Pero ni aun durante estas crisis de tristeza leabandona del todo su habitual egoísmo. Piensa menos en amar que en seramado. No ve en el matrimonio sino una compañía que alegre suexistencia, un hijo en quien su propio ser reviva. En medio de esedespertar de la juventud, de esos deseos de romper con su vida monótona,la preocupación de sí mismo es lo que en él predomina. Quiere dar calora su corazón, conocer la alegría de lo imprevisto, gozar las emocionesraras y nunca sentidas...

Así, aceptó con verdadera alegría la misión de arreglar amistosamentecon los propietarios y campesinos el interminable asunto de losdeslindes de Val-Clavin...

Un prolongado silbido anuncia la proximidad de una estación. El tren,pasado ya Bar-sur-Aube, va a detenerse en Clairvaux. Delaberge levantala cabeza, deja sobre el asiento sus papeles y baja el cristal de laventanilla para respirar un poco de aire puro.

II

El aspecto del paisaje se ha ido modificando poco a poco.

Las montañasson más altas y el valle se ha estrechado. Ha cambiado también elaspecto del cielo. Aparece a trechos el azulado espacio y no llueve ya.Los negros nubarrones huyen rápidos y caen los rayos del sol sobre loscampos, haciendo humear las mojadas praderas y brillar como diamanteslas gotas de lluvia en los manzanos en flor. Por entre el rasgado denegra nube descúbrese un trozo de intenso azul más allá de un pequeñobosque de álamos cuyas hojas de oro pálido parecen temblar bajo lainesperada luz, mientras sobre unos sombríos nubarrones se destacatriunfante y luminoso el arco iris. En esos intervalos de sol y sombracorre por encima de la tierra verdeante como una alegría primaveral, delmismo modo que el viento riza la argentada superficie de un lago.

Estaradiante alegría solar brilla a trechos sobre toda la campiña, sobrelos ondulantes campos de cebada y de centeno, sobre los taludes llenosde rojas amapolas y va comunicándose sucesivamente a los huertos, en quede nuevo vuelven los insectos de todas clases y colores a zumbarcontentos, y a los grupos de árboles en que los pájaros entonan otra vezsu amoroso trino. Toda esta alegría penetra dulcemente en el cerebro deDelaberge y le distrae de sus laboriosas meditaciones jurídicas.

Después de un alto de pocos minutos en Clairvaux, marcha el tren porentre colinas cubiertas de bosque que dejan ver de vez en cuando lasclarísimas aguas del Aube.

El sol ha triunfado decididamente y el cielotodo es ya de un sedoso azul. Una pacificadora serenidad emana de lashúmedas selvas, de vez en cuando interrumpidas por anchos vallados enque la mirada se refresca como en un baño de verdor... El inspectorgeneral ha cerrado la carpeta del expediente y la ha metido en suvalija. Después vuelve a la ventanilla del vagón y apoyándose de codosen ella respira con avidez el fuerte olor de la tierra refrescada por lalluvia. Como buen funcionario forestal, su corazón se alegra a la vistade los árboles. A decir verdad, el bosque ha sido el único amorfervoroso de su vida y siéntese enternecido al encontrarse de nuevo enla campiña donde pasó sus años juveniles.

Este enternecimiento le recuerda los melancólicos pesares que conturbansu alma hace algún tiempo... Un grupo de árboles bajo los cuales hacenla siesta los leñadores después de haber comido; un pueblecillo en quese oye el toque de misa matutina y en que tenues humaredas se deslizanpor encima de las techumbres de teja; una casuca campesina con susventanas abiertas en que flotan cortinillas blancas, puesta la ropa asecar tendida en la valla y cubriendo la suave colina la viña y elhuerto... Todo eso le induce a dulcísimos ensueños de vida rústica.

Pregúntase entonces si la existencia de un honrado menestral, entre sumujer que le quiere y sus hijos que se hacen hombres poco a poco, noofrece en realidad una suma de satisfacciones más verdaderas queaquellos mentidos placeres

parisienses

de

que

tan

poco

disfruta.

¿El,Delaberge, encadenado a su oficina, ocupado desde la mañana a la nocheen dar vueltas a la rueda administrativa, no permanece extraño a lascosas del corazón y de la inteligencia cien veces más que esepropietario que vive olvidado en su pueblo? Y dentro de diez, de quinceaños todo lo más, cuando deje de ser una de las ruedas importantes de laadministración, ¿cuál será la perspectiva de su existencia? Será aquellavejez sin apoyo y solitaria de todo funcionario retirado, que languideceen su ociosidad y no sabe dónde plantar su tienda...

Y de nuevo entonces, como una esfinge atormentadora, surge en su mentela pregunta de si ha pasado o no la edad en que sin imprudencia puede elhombre casarse y crear una familia. Esta vez, debido quizás al influjode ese alegre sol de mayo, la respuesta se formula en su espíritu conmenos vacilaciones, con mayor claridad que nunca.

Ha llevado siempre una existencia sobria, y sabe que existe en éltodavía un gran fondo de vigor, una buena reserva de los tesorosjuveniles. No es una ilusión, no se deja engañar por falsas apariencias.Goza de una salud de hierro, conserva todos sus dientes y sus cabellos;sus músculos tienen aún toda su fuerza, sus articulaciones toda suagilidad. En el mundo oficial que frecuenta ha observado alguna vez quelas mujeres no desdeñan su conversación ni su compañía. Además, nunca hade ser tan loco que se case con una jovencita; mas si por acasoencontraba una mujer que se acercase a los treinta, agradable ysimpática, nada se había de oponer a que pensase en el matrimonio. Notiene más que cincuenta años y podría ver aún a sus hijos crecer, pasarde la adolescencia a la juventud y ¿quién sabe? tal vez viviría bastantetiempo para verles también casados...

Tener hijos, un hijo en quien él mismo reviviera, eso daría nuevoimpulso a su vida y una hermosa finalidad a sus energías... Cuando seexamina a fondo, Delaberge llega a confesarse que, en ese cambio devida, lo que con mayor fuerza le atrae no son precisamente los encantosde la compañía conyugal, sino la esperanza y las alegrías de lapaternidad.

Mientras va el inspector general abstraído en tan hondas meditaciones,corre el tren a toda marcha y el aspecto del paisaje cambia otra vez.Deja la vía férrea el valle del Aube, sube raudo una pendiente yatraviesa luego una llanura pedregosa en que crece raquítico el centenoy en que de vez en cuando rompen la monotonía de la línea recta pequeñosgrupos de árboles desmedrados. Rasga el aire un silbido agudísimo. Correligero el tren por un largo viaducto de tres filas de arcos desde elcual se ve el río Suize ondular lo mismo que una culebra, por entre losprados. Aparecen en el horizonte siluetas de campanarios, de cúpulas yde techumbres de teja, destacándose sobre el oscuro verdor de losárboles, y el tren detiene poco a poco su marcha.

—«¡Chaumont! ¡Diez minutos y fonda!»

Aquí es donde Delaberge ha de bajar. Arregla su equipaje y se asoma a laportezuela buscando en los andenes al inspector provincial, su antiguocamarada de Escuela a quien advirtió de su llegada y en cuya casa se hade hospedar.

Allí está, en efecto, el inspector buscando también a su amigo. Es unhombre pequeño y gordinflón, metido en estrecha casaca, cubierta lacabeza con sombrero de anchas alas y con guantes negros. Su vestir,mitad ceremonioso y mitad descuidado, afirma todavía su aspectoprovincial.

Baja Delaberge del vagón y los dos antiguos camaradas se estrechan lamano.

—Mi querido inspector general—comienza el hombre gordinflón,—estoycontentísimo de verle otra vez... ¿Ha tenido usted buen viaje?

—Excelente, querido Voinchet... pero ¿cómo es eso, vas a tratarme de usted ahora, tú que eres mi más antiguo amigo?

—¡Dios mío—murmura Voinchet,—creí que las conveniencias de lajerarquía!...

—No bromees... Nada, tienen que ver con nosotros las convenienciasjerárquicas... Háblame ahora mismo de o voy a pedir albergue a lahospedería.

—Te obedezco—contesta el inspector provincial y queda con ello más asus anchas.

Mientras aguardaba al tren, más de un cuarto de hora estuvopreguntándose con ansiedad si tutearía a Delaberge, como en otrostiempos, o si por deferencia a su grado superior le hablaría de usted.Ahora ya, libre de aquel peso, se muestra alegre y decidor. Y mientrasse saca del vagón y se carga el equipaje del inspector general contemplaa su camarada y amablemente sonríe.

—¿Sabes que no noto en ti ningún cambio?... Te encuentro hoy tan ágil ytan fuerte como al salir de la Escuela.

—¡Adulador!—replica Delaberge,—la verdad es que nuestros cabelloscomienzan a blanquear y que llevamos cada uno veintiocho años más sobrela cabeza.

En el fondo, sin embargo, le han halagado no poco las palabras de sucamarada, sobre todo al ver que éste parece mucho más viejo que él.

Los años han engordado al inspector provincial y han quitado expresión asu fisonomía; la somnolencia de la vida de provincia ha apagado la vivaluz de sus ojos; la costumbre de tener que hablar y obrar siempre concierta parsimonia ha quitado a su rostro toda expresión.

Rueda ya el coche carretera adelante y habla Voinchet de nuevo.

—Mi mujer nos aguarda para almorzar... ¡Oh!... Un almuerzo sencillo,después del cual podrás irte a descansar... Te advierto, querido, queesta tarde te será preciso sufrir una pequeña molestia... En honor tuyo,hemos invitado a algunas personas a comer.

—¡Diablo!—murmura

Delaberge

visiblemente

contrariado.—No esperabaeso...

—Dispénsame, pero los periódicas han dado la noticia de tu llegada... Yhabríamos dejado agraviadas a todas nuestras relaciones si leshubiésemos quitado el placer de estar y de hablar contigo algunashoras... No tienes idea, amigo mío, de las suspicacias provinciales...Por otra parte, no seremos muchos... Estarán el presidente del tribunal,el secretario general de la prefectura, un segundo inspector y suesposa...

y nadie más.

—Ya son bastantes—dice Delaberge con sonrisa de resignado.

—¡Ah! se me olvidaba... Estará también una amiga de mi mujer, la señoraLiénard, la que principalmente hace uso de los bosques de Val-Clavin...Quizás no te arrepientas de hablar con ella, pues si logras hacerleentender la razón, este negocio del deslinde irá como sobre ruedas... Esla más ardorosa y la más fuerte adversaria de la Administración...

¡Ea,hemos llegado ya!

El carruaje se ha detenido a la entrada de una calle desierta en queverdea la hierba por entre las piedras.

Enfrente de la iglesia de SanJuan se abren los porches de una antigua casona que se levanta entre elpatio y los huertos.

Mientras

el

conductor

descarga

el

equipaje,Voinchet entra en la casa llamando a un criado.

Habiendo quedado solo unmomento, Delaberge contempla la dormida calle sobre la cual las paredesde la vieja iglesia extienden una sombra de claustro. Y en la fríaausteridad de este sitio solitario, la perspectiva de una comida oficialcon los notables que habitan en esta ciudad muerta le da un escalofríode hondo malestar.

III

Hacia las seis y media de la tarde, rehecho completamente por una buenasiesta, pensó Delaberge que se acercaba el momento de la comida yprocedió a vestirse y arreglarse esmeradamente, no por coquetería, sinopor pura costumbre. Creía que una presencia irreprochable se impone

alos

funcionarios

que

representan

a

la

Administración pública.

Anudando su corbata pensaba ya en la molestia de esa comida oficial enque durante largas horas estaría como en representación ante losinvitados de su amigo y en que el deber profesional le obligaría aconversar con la principal interesada en el asunto de los bosques deVal-Clavin. A juzgar por la esposa de su amigo, excelente mujer de sucasa, pero cuarentona más que insignificante, su amiga la señoraLiénard, debía ser ya una mujer de edad madura y de trato pocoagradable. Delaberge veíase ya discutiendo con una pleiteante campesinay esta enfadosa perspectiva le ponía de mal humor.

Cuando entró en el salón verde y oro, lleno de muebles y adornado conchucherías de dudoso gusto, casi todos los invitados habían llegado ya. yle fueron presentados formando una sola fila. El presidente deltribunal, un hombre pequeñito que habla con pretensión florida, reciénafeitado y de piel sonrosada, con unos ojos brillantes y siempreinquietos; el secretario general de la prefectura, alto, de anchasespaldas, tieso siempre, como orgulloso de los triunfos que le valía suvoz de barítono; el segundo inspector, moreno, de grandes cejas, con losbigotes como de cepillo, con los cabellos cortados según la ordenanza,presentaba el tipo completo del forestal a la manera antigua, feo comoun jabalí y rugoso como un roble.

Y mientras su esposa la inspectora, delgaducha y metida en su vestidomarrón bordado de azabache, conversaba con la señora de Voinchethablándole de lo difícil que es hoy procurarse buenos criados, Delabergese llevaba al inspector su amigo a un rincón de la sala preguntándolesobre todos los detalles del asunto que allí le había traído. Elforestal, envanecido de absorber por completo la atención de susuperior, le iba dando toda clase de noticias técnicas. Y

hacía más deun cuarto de hora que hablaba, cuando Delaberge, al través de lasprolijas frases de su subordinado, oyó a la señora de Voinchet quedecía:

—¡Ah! por fin... Ya comenzaba usted a inquietarme...

Muy tarde llega,amiga mía.

A lo que una voz alegre y limpia contestaba así con un ligero acentoprovincial:

—Perdóneme, he querido, para honrar mejor su casa, estrenar un vestidonuevo y la modista no me lo ha traído sino hasta ahora mismo... cuandoya comenzaba a enfadarme.

En aquel mismo instante abríase de par en par la puerta del comedor y uncriado con guantes blancos y casaca negra decía así: «La señora estáservida».

—Señor inspector general—dice la señora de Voinchet acercándose aDelaberge,—el brazo, si usted gusta...

Y éste galantemente lo presentaba ya para que se apoyase en él laseñora, cuando interrumpiéndose ésta con aire consternado se volvíahacia la recién llegada y tomándole una de las manos murmuraba:

—¡Qué distraída soy!... Es necesario que antes le presente a mi queridaamiga... Camila Liénard, propietaria de la Rosalinda, en Val-Clavin...El señor Delaberge, inspector general de montes.

Aunque ordinariamente dueño de sí mismo, Delaberge no supo disimular unaviva expresión de sorpresa. En lugar de la vieja pleiteante que se habíaimaginado, veía ante sí a una mujer joven, de unos veintiséis años,esbelta, fresca, amable, con unos sonrientes ojos oscuros que ya desdeel primer momento le gustaron de un modo infinito. Algo aturdido,Delaberge saludó.

No le habría pasado ciertamente inadvertida su gran sorpresa a la señoraLiénard si ella no se hubiese sentido también conmovida por una sorpresaigual. Sus clarísimos ojos contemplaban a Delaberge y parecía reflejarseen su rostro la sorpresa de quien recuerda vagamente una semejanza o sepregunta dónde y cuándo vio alguna otra vez a la persona que tienedelante. Todo esto, no obstante, pudo durar tan sólo unos segundos. Laseñora Liénard insinuó una amable reverencia; Delaberge tomó de nuevo elbrazo de la señora de la casa y entraron todos en el comedor.

En la mesa el inspector general fue, naturalmente, puesto a la derechade la señora Voinchet; enfrente sentábase su amigo y a su lado estaba laseñora Liénard; de manera que Delaberge tenía frente a frente a lapropietaria de Rosalinda y durante aquellos momentos de solemne quietudque suele reinar en los principios de toda comida pudo examinarla consosegado detenimiento.

El famoso vestido nuevo que había motivado el retraso de Camila Liénardera negro y guarnecido con cintas malva; Delaberge, acostumbrado a losrefinamientos de la elegancia parisiense, hubo de confesarse que lamodista hubiera podido emplear mejor el tiempo. El cuerpo, que era desatén, no favorecía mucho al talle de la dama, el cual parecía noobstante bien contorneado. La ropa se arrugaba feamente en los hombros,y en el cuello parecía querer ahogarla. En suma, la joven aparecía muymal vestida, pero demostraba preocuparse por ello muy poco. Su buenhumor no se resentía para nada de la fealdad del traje ni éste lograbacontener

la

expresiva

vivacidad

de

sus

movimientos. Con su boca un pocogrande, su barbilla algo gruesa y sus cejas finísimas, no parecíaprecisamente bella, pero tenía unos hermosos ojos llenos de luz yviveza, unos abundantes

cabellos

castaños

que

le

caían

graciosamentesobre las sienes, una gran frescura en toda su persona, un modograciosísimo de reír, y todo esto junto producía una agradable impresiónde juventud, de espiritualidad, de alegría sana y fuerte que llenaba degozo el corazón. Comprendíase que era una mujer noblemente expresiva,llena de una natural espontaneidad.

—¿La señora Liénard está casada?—preguntó en voz baja Delaberge a suvecina de mesa.

—No, es viuda... Hace más de dos años que perdió a su marido... Unseñor no muy digno de ser amado... No tiene hijos y vive sola enRosalinda donde está haciendo mucho bien.

Delaberge contempló entonces con mayor complacencia aun a aquellamujer... La señora Liénard estaba discutiendo a media voz con elinspector provincial, su vecino de mesa, y sin abandonar su aire deamable alegría le atacaba con maliciosas recriminaciones, ante lascuales se rebelaba el otro con tonos de malhumor.

—¡Ah! no es usted muy amable con los pobres—

exclamaba ella.

Y en ese momento levantó la cabeza y sorprendió la atenta y curiosamirada de Delaberge. Lejos de sentirse ofendida por ello, sonrió alencontrar su mirada los ojos de éste y prosiguió:

—Vaya, decididamente es mucho mejor dirigirse a Dios que a sussantos... Que lo diga si no el señor inspector general.

Tomado así como testigo, Delaberge preguntó con su aire gravementeamable:

—¿De qué se trata, señora?

—De ese deslinde que la Administración forestal quiere imponer. Bajo elpretexto de que es imposible evaluar por separado los derechos de losusuarios, el señor inspector provincial aquí presente nos ofrece comocompensación un bosque que está a una legua de Val-Clavin... Y yosostengo que esto es inicuo y aun bárbaro.

—Palabras muy duras son éstas—objetó Delaberge riendo.

—Duras, pero exactas... Veamos: yo tengo el derecho de cortar leña enVal-Clavin y los campesinos de Val-Clavin tienen también el derecho depastos... Y a cambio de todo esto se nos ofrece un terreno impropio ymuy lejano... ¿Se puede a esto llamar justicia?

—Señora—interrumpió complacientemente el inspector general,—lafelicito a usted, pues trata el asunto como un verdadero jurisconsulto.

—¡Oh!—dijo a esto el inspector provincial.

—Te advierto que te las habrás con un contrincante fuerte... La señoraLiénard está muy aferrada en sus derechos.

—En los míos y en los derechos de los demás también, señorVoinchet—repuso

la

joven

con

animada

entonación;—los habitantes deVal-Clavin, aun más que yo, merecen ver atendidas sus reclamaciones: songente pobre y para conducir su ganado al pastoreo les será precisocaminar más de una legua a campo traviesa, pues no hay vía directa queuna el pueblo con la tierra que ahora se les ofrece.

—Ya les indemnizaremos construyéndoles un magnífico camino.

—¿Les indemnizarán ustedes también de la pérdida de tiempo y de la malacalidad de los pastos?... Los bosques de Carboneras están llenos depantanos y si usted conociese el país, señor inspector general...

—Lo conozco perfectamente—repuso Delaberge,—pues en Val-Clavincomencé mi carrera forestal.

—¡Ah! ¿de veras?...—exclamó la señora Liénard;—en tal caso...

Dirigió en torno suyo la mirada y vio que el presidente y la inspectorase esforzaban por disimular sus bostezos y se echó a reír exclamando:

—¡Perdónenme! ya me olvidaba de que esta discusión no interesa nada alos invitados del señor Voinchet; dejémoslo por ahora, mas conste que nome doy por vencida.

La conversación se hizo general con gran sentimiento de Delaberge. Lavivacidad con que la señora Liénard defendía sus derechos habíadespertado su interés. La originalidad evidentísima

de

aquella

mujercontrastaba

extraordinariamente con la falta de carácter de la mayoríade los invitados.

En el calor de la discusión tomaba su rostro expresiones encantadoras.Nada había en ella rudo o fingido; nada tampoco de aquella prudenciatimorata que da tan monótona insignificancia a las mujeres de provincia.Sentíase en ella estallar la sinceridad, la generosidad de su noblecorazón.

La señora Liénard gustaba a Delaberge por cualidades que eranopuestas a las suyas. Ese hombre reservado, discreto y reflexivo portemperamento, sentíase interesado por aquella mujer de un carácter tanabierto y tan noblemente alegre...

Y cuando se levantaron de la mesa y volvieron los invitados al salón, selas arregló de manera que pudiese encontrarse cerca de la joven.

IV

Precisamente se dirigía ella hacia Delaberge llevando en una mano lacafetera y en otra una taza que le ofreció.

Cuando hubo servido a todos,volvió a sentarse en el canapé, no lejos de Delaberge, quien, de pietodavía, acababa de beberse su taza.

—Señor

inspector—le

dijo

ella,—estaría

usted

muchísimo mejor sitomase asiento.

Y diciendo esto se hizo un poco a un lado para dejarle sitio en el mismocanapé. El inspector general no deseaba sino obedecer a invitación tanamable; pero, no sabiendo qué hacer de la taza que tenía, en la mano,hizo ademán de ir a dejarla sobre una mesilla. La señora Liénard selevantó corriendo, le tomó la taza de las manos y fue a darla a uncriado que pasaba entonces con una bandeja. Tan graciosa amabilidad, tanprevisora deferencia, trastornaron profundamente a Delaberge. Aunquepoco inclinado a la fatuidad, se imaginó que la joven se esforzaba paraserle agradable y sintió como un cosquilleo de satisfacción, sin pensarque un hombre de cincuenta años le parece casi un viejo a una mujer quetiene veintiséis. Pero Delaberge, como la mayoría de los hombres, no seveía envejecer.

Razonaba como un hombre convencido de que puede inspirar

todavíaamorosos

sentimientos;

no

quería

confesarse a sí mismo que lasamabilidades de la señora Liénard podían sencillamente proceder de laespontaneidad de un alma, por naturaleza afectuosa e inclinada amostrarse amable precisamente porque la diferencia de edad había dequitar todo pretexto a una interpretación maliciosa.

Sin embargo, mientras la joven con su vivacidad de siempre, volvía asentarse cerca de él, se despertó en el inspector general una vagadesconfianza; se dijo que tal vez iba a ser juguete de la maliciafemenina, pensando que la señora Liénard había creído ganar así su ánimoen favor de la causa de los usuarios de Val-Clavin y vencer su naturalrigor administrativo.

Se recostó descuidadamente en uno de los brazos del canapé y, por encimade su abanico que agitaba lentamente, se quedó contemplando a Delabergecon la sonrisa en los labios. Este, ya receloso y colocado en actituddefensiva, estudiaba detenidamente el rostro de su vecina.

Pronto sintióse tranquilizado por completo. No, en esos límpidos ojos,en esa purísima frente, en esos labios francamente amables, no podíahaber la menor huella de engaño o duplicidad. En el fondo de esosclarísimos ojos no se descubría la menor de aquellas turbadoras yfugitivas fulguraciones que son indicio de mentira. Ni en la frente, nien la boca se descubrían aquellas desagradables arrugas que sonrevelación de un alma falsa o llena de complicados sentimientos.Decididamente, la señora Liénard no tenía nada de una Dalila.

Cerró bruscamente el abanico, se inclinó un poco hacia Delaberge y dijo:

—¿De manera que ha vivido usted en Val-Clavin?

—Sí, señora; viví dos años.

—¿Hace mucho tiempo?

—¡Oh! sí, mucho... Quizás no había usted nacido todavía.

Pero recuerdoel país como si fuese ayer mismo. Veo perfectamente en mi imaginación elcamino que lleva a Rosalinda, por el cual daba mi paseo cotidiano.

Sepenetraba en la hacienda por una calle plantada de fresnos, muypequeñines entonces.

—Los fresnos han crecido y dan hoy una magnífica sombra.

—Entonces—prosiguió Delaberge—vivía en Rosalinda un hombre muyoriginal llamado Le Maroise. Tenía costumbres muy singulares, se pasabael santo día en un cuarto con las ventanas cerradas y no salía sinodespués de anochecido, en una vieja berlina que guiaba un cochero tanextravagante como su dueño...

—¡Ese hombre original era mi tío!—interrumpió ella riendo.

—¡Ah!... Perdóneme...

—No se ha de excusar—replicó.—Era realmente un hombre extraño y pocome costaría confesar a usted que llegó a serme odioso... Vivía aúncuando me casé; me hizo su heredera a condición de que mi marido y yoviviríamos con él... No es posible imaginar cómo nos hizo insoportablela vida. Finalmente se murió el pobre hombre, y no he de decir que lelloré muy poco... A punto estuvo de hacerme odiar Rosalinda.

—¿Vive usted en ella todo el año?

—¿Cómo no? Apenas si voy dos o tres veces a Dijón o a Chaumont y sólopor asuntos de intereses. A los seis o siete días que estoy en la ciudadya no tengo más que un deseo, el de volver a mi casa lo antes posible.

—¿A su edad no le parece esta soledad demasiado austera? ¿No se aburreusted jamás?

—Muy raramente... En primer lugar, ha de saber usted que tengo untemperamento de verdadera campesina.

Apenas comienza la primavera, vivoconstantemente al aire libre... Me tienen sobradamente ocupada misgallinas, mis flores, mis árboles; cuido yo misma la corta de misbosques y le aseguro a usted que no sé apenas qué cosa sea el aburrirse.

—¿Y en invierno?

—En invierno enciendo un hermosísimo fuego y me instalo cerca de lachimenea con un buen libro en la mano...

Hay en Rosalinda una bibliotecamuy bien nutrida y la cual yo aumento todavía procurando estar alcorriente de cuanto se publica... Soy una endiablada lectora... Cuandotengo un libro interesante, y al alcance de la mano un buen puñado dealmendras, me paso horas deliciosísimas junto al fuego.

Mientras hablaban ellos aparte, el inspector provincial organizaba unamesa de whist y habiéndose negado Delaberge y la señora Liénard atomar parte en el juego, sentáronse en torno de la mesa lasubinspectora, el presidente, el secretario y el propio señor Voinchet.La esposa de éste y el subinspector se quedaron contemplando el juego yaguardando el momento en que alguno de los dos pudiese tomar parte enél; de suerte que la viuda y su interlocutor, gracias a la preocupaciónde los jugadores de whist, se quedaron en el canapé tan aislados comopudieran estarlo en el fondo de un bosque.

Esa conversación mantenida en la penumbra, les iba acercandofamiliarmente y revestía de una mayor confianza y de una más completaintimidad su diálogo. La señora Liénard no parecía en lo más mínimocohibida por la gravedad de su interlocutor y aun se extrañaba deencontrarse hablando tan llanamente con ese parisiense a quien desde tanpocas horas antes conocía. En cuanto a Delaberge sentíase a la vezsorprendido y encantado de la visible simpatía de que le daba testimonioaquella mujer. La escuchaba con placer y sentíase refrescada el alma porla gracia natural del buen sentido y la noble alegría de su vecina.

Olvidaba su acento provincial, su vestido tan mal hecho y aun losrasgos irregulares de su fisonomía, pues poseía en cambio la joven unacultura de espíritu, un juicio claro y sereno y sobre todo una facultadde entusiasmo que no se encuentra frecuentemente ni aun en París. Apropósito de sus lecturas se expresaba con una independencia, un sentidocrítico y una vivacidad que encantaban de veras a ese parisiense,acostumbrado a las reticencias prudentes, a las admiraciones convenidasy a las opiniones superficiales del mundo oficinesco en que vivía.

Al cabo de una hora de conversación, estaba ya encantado de la señoraLiénard y se felicitaba de tan dichosa velada. Observó con placer quedurante su entretenido y largo coloquio la propietaria de Rosalinda nohabía hecho la menor alusión al asunto de los deslindes y le agradeciótan delicada reserva. Sentíase secretamente halagado de no deber sino así mismo la graciosa predilección de la viuda; se acusaba de susinjustas sospechas y, como para indemnizarla de ellas, esforzábase enmostrarse a su vez expansivo, amable, casi galante.

De pronto e interrumpiéndose en medio de una animada discusión, laseñora Liénard sacó del pecho un pequeño reloj y consultándolo exclamó:

—¡Las once ya!... Habíame olvidado de que duermo hoy en casa de unosamigos y que molesto a tan excelentes personas obligándoles aaguardarme...

Se puso en pie y tendiendo su mano a Delaberge continuó:

—Buenas noches, señor, y hasta otro día, pues irá usted pronto aVal-Clavin... Vuelvo mañana a Rosalinda y aunque seamos enemigos,administrativamente hablando, espero recibir su visita durante suestancia en aquellos bosques.

Se inclinó en rápida reverencia ante Delaberge, corrió a besar a laseñora Voinchet, saludó a todos y, lo mismo que la Cenicienta al dar lamedia noche, salió casi corriendo del salón, sin permitir que nadie laacompañase.

V

Francisco Delaberge se despertó con una sensación de confusa alegría,según sucede cuando por la mañana se conserva aún la impresión de unhermoso sueño desvanecido; después, disipadas ya las últimas brumas delensueño, se percató de que su vaga alegría era causada por el recuerdode su conversación con la señora Liénard; pero al propio tiempo recordóque aquel mismo día había de regresar la joven viuda a Rosalinda y sualegría se desvaneció al pensar en su prolongada residencia en Chaumont.La pequeña ciudad le pareció más fría y más triste que la víspera. Lasombra que la iglesia de San Juan lanzaba sobre el húmedo patio de lacasa de Voinchet parecía extenderse y penetrar hasta el fondo del almadel inspector general... Esto le hizo tomar la resolución de adelantartodo lo posible su partida.

Apenas estuvo vestido y arreglado, comenzó el examen del expediente yrecogió todas las notas que creyó precisas, en cuyo trabajo empleó todala mañana; después, acabado el almuerzo y a pesar de las instancias desu amigo Voinchet, tomó el rápido y descendió en Langres; allí buscó uncoche de alquiler.

Hay, lo menos, seis leguas de Langres a ese puebluco poco menos queescondido entre los bosques. Después de haber rodado un buen trecho porla carretera de Dijón, el carruaje tomó a la derecha y emprendió elcamino vecinal que corre a través de una extensa llanura pedregosa, deuna triste desnudez.

La luz de la tarde, velada por finísimas nubecillas, suavizaba loscontornos de la llanura verdeante y de los bosques que el lejanohorizonte pintaba de gris. El velado azul del cielo y la difusa claridadque llenaba los espacios se armonizaban muy bien con los flotantespensamientos de Delaberge.

Para

decirlo,

en

verdad

más

eran

aquelloensueños que pensamientos. Fatigado por su trabajo de la mañana, mecidopor el rodar del carruaje, se abandonaba a una soñolienta contemplaciónen que las imágenes

percibidas

despertaban

en

su

espíritu

vagosrecuerdos. La silueta de los lejanos bosques, le hacía pensar en elasunto de los deslindes y de pronto se decía, no sin una secretasatisfacción, que entre los usuarios de Val-Clavin estaba una ciertaviuda, de serenos y límpidos ojos, de cabellos castaños que le caían engraciosos rizos sobre las sienes, en compañía de la cual había pasadouna agradabilísima velada.

De un campo de centeno levantóse en rápido vuelo una alondra y se perdióen las nubes, mientras su alegre canto recordaba a Francisco la voz depurísimo timbre de la señora Liénard; entonces, en medio de su ensueño,la idea de ver a la joven en Rosalinda, filtró dulcemente en su alma unaemoción profunda, tan suave como la tenue claridad que la muselina delas nubes tamizaba.

Al llegar al pie de la colina de Piedrafontana, saltó del carruaje elconductor, pues la rampa que se había de subir era larga y muy rápida;el caballo caminaba al paso y con mucho esfuerzo. Para aligerarle unpoco más y también para sacudir su somnolencia, Delaberge imitó alconductor y, con paso todavía ligero y la cabeza un poco inclinada,comenzó a andar a lo largo de un camino que bordeaban toda clase deflores silvestres.

Detrás de él, hacía el cochero restallar con fuerza su látigo y allá enel fondo del valle se oía el pausado martilleo de un herrador; durantelos intervalos de silencio se percibía, como sones de pífanosinvisibles, el canto de las alondras. Poco a poco todos estos rústicosrumores fueron despertando en el alma del inspector general el recuerdode cosas desde largo tiempo adormecidas.

Y se vio a sí mismo subiendo esta misma rampa, cuando sólo contabaveinticuatro años, en una tarde de otoño muy semejante a ésa. Ibaentonces, pobre de dinero y rico de esperanzas, a tomar posesión de supuesto de guarda general de los bosques de Val-Clavin.

Más ligero de piernas, pero menos filósofo que hoy, contemplaba a lasazón con ojos inquietos la ruda soledad de las llanuras de Langres y nose tranquilizaba un poco sino al penetrar en los pintorescos yagradables bosques que rodean el pueblecillo.

Delaberge recordaba muy bien la sensación de aislamiento que habíasentido al llegar una tarde a ese pequeño pueblo de trescientas casas,situado en la confluencia de dos riachuelos, cuya unión da nacimiento alAube. Al caer en ese país tan extremadamente rústico, sin transiciónninguna y al salir de la Escuela de Nancy, se encontró en él alprincipio desorientado y triste. El invierno era allí muy duro y todadistracción imposible. La sociedad se componía de dos o tres empleados,de algunos propietarios

campesinos,

todos

ellos

casados

y

pocodispuestos a recibir en su casa al forastero. Muy tristemente vivió allídurante los sombríos días de diciembre y de enero. Durante esos dosmortales meses cubría siempre la tierra una espesa capa de nieve y eraimposible salir. El trabajo no era mucho y su ociosidad casi completa lehacía aún más insoportables los días. No se atrevía a leer de nuevo lospocos libros que se había traído consigo y que se sabía ya de memoria.Sucedíanse las horas tan largas y tan vacías, le era la soledad tanodiosa, que llegó a apoderarse de su ánimo un profundo mal humor, unaextraordinaria melancolía.

Se albergaba en la hospedería del Sol de Oro. Era frecuentada esa casapor trajinantes y mercaderes de leña, resonando en ella, desde la mañanaa la noche, los más discordantes rumores. Comía solo o en compañía de suhospedero, el señor Princetot, un hombre de rostro sonrosado, de miradallena de malicia y cuya conversación giraba invariablemente sobre losvinos que almacenaba en su bodega, para revenderlos luego lo más caroposible a los pequeños comerciantes de la montaña. En esa gris ytristísima sinfonía del fastidio, daba la hospedera una nota única decolor y de alegría.

Miguelina Princetot iba entonces hacia sus veintiocho años. De buenaestatura, bien tallada, de sedosa piel y con unos melancólicos ojosgrises, tenía muy amables maneras y la sonrisa, de sus labios carnososformaba en sus mejillas aquellos atrayentes hoyuelos que el pueblo llama«nidos de amor». Inteligente y de percepción pronta, hacía lo que queríadel gordo Princetot, quien por completo entregado a su comercio devinos, le dejaba gobernar la hospedería a su gusto, cosa que hacía ellaa las mil maravillas. Siempre limpia, atractiva y además excelentecocinera sabía contentar a los clientes. Gracias a ella, los notables deaquellos contornos iban con frecuencia al Sol de Oro.

Alguien decíaque llevaba su coquetería, su amabilidad demasiado lejos y que, no eratan fiel esposa como diligente mujer de su casa; como quiera que fuese,es lo cierto que tan maliciosos dichos no llegaron nunca a quebrantar laconfianza del señor Princetot.

En los comienzos, teniendo aún como quien dice en los ojos laselegancias de las modistillas y de las señoras de Nancy, no concedióFrancisco mucha atención a las gracias campesinas de su hostelera. Pero,en una soledad como la de Val-Clavin, una mujer joven, junto a la cualse vive mañana y tarde, acaba por ejercer una atracción lenta y segura.Después de haber visto a la mujer aquélla con indiferencia, gradualmentefue descubriendo Delaberge en ella encantos que antes no habíasospechado y, gracias al aislamiento en que vivía, fue pareciéndole cadavez más deseable. Con frecuencia, cuando el forestal comía solo, despuésde quitados los manteles, la señora Miguelina se quedaba un ratoconversando con su huésped. Poco ganoso de volver a su cuarto triste yfrío, el joven prestaba gustosamente oídos a la charla de su hostelera ysus ojos se detenían con verdadera complacencia en la blanquísima nucaque adornaban unos ricillos de su cabello, o bien en la flexibilidad desu cintura... A veces se quedaban ambos silenciosos; la mirada lánguidade Miguelina se encontraba con los azules ojos del guarda general; éste,de ordinario frío y reservado, se expansionaba, se atrevía a algunainsinuación galante, y entonces, con su intuición femenina, la hosteleradel Sol de Oro adivinaba, por ciertas inflexiones de su voz llenas deemoción, que su huésped se iba haciendo cada día menos insensible a susencantos.

Mientras, tanto iba pasando el invierno, reverdecía la primavera en losbosques y bajo su influencia una familiaridad cada vez mayor fueestableciéndose entre Delaberge y la señora Princetot.

Un domingo por la tarde había subido Miguelina al cuarto del forestal yallí, asomada a la ventana, se esforzaba por alcanzar las ramas de unflorido tilo que subía por la fachada de la casa. Llevaba aquel día suvestido más elegante y los movimientos forzados que hacía descubríantoda la esbeltez de la figura, la graciosa flexibilidad del talle, laexquisita morbidez de sus pechos y de sus caderas. De pie a su lado,Delaberge le ayudaba lo mejor que podía. En un momento dado, como ellase inclinase demasiado hacia afuera, el guarda general se atrevió aasirla por la cintura como temiendo que se pudiese caer. La señoraPrincetot se volvió riendo con aquella risa llena de sensualidad queformaba tan graciosos hoyuelos en sus mejillas y su boca vino aencontrarse tan cerca de los labios de Delaberge, que éste no suporesistir la tentación...

La besó ardorosamente; rodaron al suelo lasflores que ella había tomado y Miguelina cayó, sin darse cuenta, en losbrazos de su huésped.

A partir de aquel día la señora Princetot fue la amante del guardageneral, y éste ya no se fastidió como antes en Val-Clavin. El señorPrincetot se ausentaba con frecuencia para ir a hacer sus compras devinos o para venderlos a sus clientes de la montaña, de lo que losamantes se aprovechaban.

Figurábanse que su estrecha y amorosa intimidad escapaba a la atención ya la maledicencia de las gentes del pueblo; pero no sabían que losamores mejor escondidos exhalan un sutilísimo perfume, que los descubresiempre. El secreto de su amor se evaporó insensiblemente por las callesde Val-Clavin y las lenguas de las comadres hicieron lo demás.Unicamente Princetot continuó ignorándolo todo.

Duró esta aventura diez y ocho meses, y comenzaba ya a sentir lasproximidades de la saciedad cuando recibió un día la notificación de uncambio de residencia. Al conocer la triste nueva, la señora Miguelina sedeshizo en lágrimas.

Mas

era

preciso

que

obedeciese

Delaberge

al

mandatoadministrativo; la hostelera no se había engañado nunca a sí misma ypensaba que algún día la había de abandonar y, aunque suspirandohondamente, al fin se resignó.

Una semana después el guarda general se marchó a París, no sin sentir enel fondo de su espíritu como una vaga liberación.

Prometieron escribirse: ni uno ni otro cumplieron su promesa y unsilencio absoluto cayó entre ellos. Delaberge, que no había puesto enaquella mujer sino los sentidos, fue olvidándola poco a poco, suponiendoque la señora Miguelina se consolaría rápidamente y pondría a otro en supuesto. Y muy pronto sus amoríos campesinos se le aparecieron como unade esas estrellas fugaces que nacen en un cielo de agosto, lo atraviesany se apagan...

Las preocupaciones del oficio y del ascenso apagaron pronto en él hastael menor recuerdo de aquella aventura juvenil. Años y más años pasaron,llevándose como un torrente sus deseos y sus energías hacia riberas queno eran precisamente las de la ternura.

Si alguna vez recordaba los episodios de sus principios en Val-Clavin noera sino para reírse desdeñosamente de ellos como hace el hombre madurocon las locuras de la juventud. Y he aquí que los azares administrativosle volvían a este pueblo perdido en el fondo de los bosques; he aquíque los detalles, el aire ambiente, la fisonomía del camino tantas veceshecho en otros tiempos, evocaban en su espíritu la imagen de la señoraMiguelina, que él creía enterrada bajo el más absoluto olvido...

Pero la muerte tan sólo puede producir el verdadero y total olvido.Mientras andamos por los caminos de la vida, podemos hallarnos otra vezfrente a frente con las personas y las cosas que habíamos para siempreborrado de nuestra memoria.

En París, apenas si alguna que otra vez pensó en la posibilidad deencontrarse de nuevo con su antigua amante; mas ahora, al aproximarse alpueblo en que la había conocido, Delaberge sintió nacer en su espírituuna vaga inquietud.

Sintió alarmarse la prudencia del funcionario, temiendo, en el caso deque la señora Princetot viviese todavía en Val-Clavin, verse expuesto afamiliaridades comprometedoras para su carácter oficial. En verdad,decíase que veintiséis años pueden producir, aun tratándose de unpueblecillo, grandes y radicalísimos cambios. Entre las gentes que leconocieron en otro tiempo, muchos sin duda habrían desaparecido. Loshombres maduros de entonces serían ahora ancianos y habrían tomado supuesto los jovenzuelos de otros días, preocupándose muy poco por lopasado. La misma señora Princetot tendría ya cincuenta y cuatro años, yes natural que la edad la hubiese hecho más discreta. Y

aun podríasuceder que ya no estuviese en el pueblo.

Ya bastante rico Princetot, vendió tal vez su hospedería y probablementeni el recuerdo existía ya del famoso Sol de Oro...

Por lo demás, fácil sería adquirir noticias sobre este punto preguntandoal cochero. Este, que llevaba con frecuencia viajeros de una parte aotra, conocería con seguridad los sucesos del país...

Precisamente habían llegado a lo más alto de la loma y comenzaban adescender hacia el verdeante valle. Subiendo de nuevo al carruaje,Delaberge preguntó al cochero:

—¿Conoce usted Val-Clavin?

—Ciertamente, señor; en verano llevo a ese pueblo gran número deviajeros y también en tiempos de caza.

—¿Cuál es la mejor hospedería?

—¿La mejor?... No hay más que una que sea buena de verdad: el Sol deOro... Las demás no son sino malas tabernas.

—¿Se está bien en la casa?

—Ya lo creo, y se come en ella divinamente... Las gentes de Langres vanallí con frecuencia a pasar un día de campo... El Sol de Oro no esprecisamente de ayer; hace ya más de treinta años que da muy buenoscuartos al Príncipe y a su esposa.

—¿Qué

Príncipe?—exclamó

Delaberge

algo

desorientado.

El cochero echóse a reír.

—Quiero decir el señor Princetot, pardiez... Es un apodo que le dan,tan rico es y tan poderoso... Le llaman el Príncipe y a su mujer la Princesa... Yo le aseguro a usted que son gente rica... La mitad deltérmino es suyo. Princetot ha agregado a su casa una destilería, en laque gana el dinero que quiere, y no es poco decir... Sin embargo,continúan en su hospedería como si tuviesen necesidad de ella, ¿Quéquiere usted? La costumbre...

VI

Delaberge se puso profundamente taciturno. Mientras rodaba el carruajepor entre dos hileras de árboles, alguna vez interrumpidas por lastierras cultivadas de una granja, iba pensando, no sin inquietud, en suencuentro inevitable con la señora Princetot. ¿Cómo le recibiría y quése dirían?

¡Bah! Uno y otro habían cambiado mucho en veintiséis años ytal vez ni siquiera le reconocería. Sí, pero luego sería preciso decirlos nombres y la calidad, con lo cual quedaba destruido el incógnito.Además, su reserva podría parecer extraña al bueno de Princetot.

A despecho de su experiencia y de su despierto espíritu, el inspectorgeneral estaba hecho del mismo barro que el resto de los hombres. No seextrañaba de que él hubiese podido olvidar a ciertas personas, pero nocomprendía que los demás le hubiesen podido olvidar a él.

Mientras iba pensando en todo eso, el caballo, sintiendo ya próximo elpesebre, trotaba más ligero que nunca; se iba acortando la distancia ydesde una pequeña altura comenzaron ya a verse las casas de Val-Clavin,reunidas como un puñado de huevos en el fondo de un nido. Por entre losprados brillaban a trechos las aguas del río y el gallo del puntiagudocampanario relucía, herido por los rayos del sol poniente... Y prontopenetró el carruaje en el pueblo, que se había modificado muy poco. Auno y otro lado del viejo puente, los juncos del estanque temblaban comoen otro tiempo al impulso de la brisa vespertina. Con el mismofresquísimo rumor caían las aguas del riachuelo en la presa del molino,y los tilos centenarios del paseo se destacaban por encima de lastechumbres de las casas que aparecían inundadas por tenues y azuladashumaredas. A la rojiza claridad del crepúsculo, se levantaba ante losojos de Delaberge la sombra de los antiguos días, y las figuras de aquellejanísimo pasado aparecían mas límpidas y con mayor relieve aldestacarse sobre un cielo que iluminaba el sol poniente del recuerdo.

Con un pequeño latir en el corazón, pensaba Delaberge en la viejahospedería con su umbral, al que se subía por cinco escalones y con sumuestra de hierro enmohecido, en los ojos lánguidamente soñadores de laseñora Miguelina y en la figura rabelesiana y llena de malicia de suesposo...

De pronto se paró el carruaje ante una casa toda recién enjalbegada y enla que apenas pudo Francisco reconocer la antigua hospedería, pues habíasido renovada por completo.

La antigua muestra había desaparecidotambién y en cambio leíase en la fachada en hermosas letras mayúsculas: HOTEL DEL SOL DE ORO

Más lejos, hacia la esquina de la calle, se veían las paredes de piedrade talla y la techumbre de tejas de la nueva destilería que habíaconstruido Princetot... Allí estaba éste precisamente apoyando susanchísimas espaldas en la misma puerta... Encendido el rostro, enorme elvientre, vestido de paño ordinario, medio cerrados los ojos que lagrasa invadía, y sin moverse, examinaba con su flema de siempre al nuevohuésped que llegaba de Langres.

Mientras el viajero saltaba del coche, el señor Princetot se decidió allamar a su criado, ordenándole que se hiciese cargo del equipaje.Delaberge había resuelto por último marchar valientemente hacia lassoluciones más breves.

Subió ligero los cinco escalones, entró con eldueño de la casa en la cocina en que relucían innúmeras cacerolas decobre y fue el primero en hablar.

—Buenas tardes, señor Princetot... Ya veo que no me reconoce usted.