Los Argonautas by Vicente Blasco Ibáñez - HTML preview

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El recuerdo de la noche pasada en el tren, noche de insomnio en compañíade la imagen de Teri envuelta en su capa blanca, con las plumasondulantes sobre el peinado y dos astros en las orejas, le hizo recordarque tenía ante él una carta sin concluir; y otra vez concentrando sumirada, se vio en el jardín de invierno del trasatlántico.

Estaba solo. No quedaba en el salón ninguna de las extranjerasrubicundas que hacían labores y hojeaban revistas.

Los músicos habíandesaparecido. El silencio nocturno sólo era cortado por leves crujidosde la madera y el balanceo de los objetos.

Ojeda se decidió a escribir.

Ten fe en nuestro destino. No desesperes: tal vez nuestro amornecesitaba de esta prueba para fortalecerse. Lo importante es queme ames, pues si tú me amas, no hay potencia adversa en el mundoque pueda separarnos... ¿Te acuerdas de aquella tarde en el Real,cuando escuchamos juntos el primer acto de El ocaso de losdioses? Nuestras cabezas, casi unidas, parecían beber la músicadel mago, y con la música las palabras: palabras de poeta, de unode los más grandes poetas de amor que han existido, grandiosas yfuertes, dignas de héroes. La walkyria, convertida en mujer,estremecida aún por la sorpresa de la iniciación carnal, se despidede Sigfrido, el héroe virgen que acaba igualmente de conocer elamor. El afán de aventuras, de nuevas empresas, le impulsa a correrel mundo. El hombre no debe permanecer en estéril contemplación alos pies de su amada eternamente. Debe hacer grandes cosas porella; debe aprovechar la fe y la energía que vierte el amor en elvaso de su alma. Al separarse conocen, lo mismo que nosotros, lasprimeras amarguras

del

alejamiento,

pero

son

inconmovibles

comosemidioses.

»—¡Oh si Brunilda fuese tu alma para acompañarte en tuscorrerías!—dice ella, ansiosa de seguirle.

»—Es siempre por ella que se inflama mi coraje—contesta el héroe.

»—Entonces, ¿serás tú Sigfrido y Brunilda juntos?

»—Allá dónde yo me halle, los dos estarán presentes.

»—¿La roca donde yo te aguardo quedará entonces desierta?

»—¡No! Porque no haciendo más que uno, allí dónde estés túestaremos los dos.

»—¡Oh dioses augustos, seres sublimes, venid a saciar vuestrasmiradas en nosotros!... Alejados el uno del otro, ¿quién nosseparará?... Separados el uno del otro, ¿quién podrá alejarnos?...

»—¡Salud

a

ti,

Brunilda,

resplandeciente

estrella!

¡Salud,valiente amor!

»—¡Salud a ti, Sigfrido, lumbrera victoriosa! ¡Salud, vidatriunfante!

»Ellos no lloran, Teri, y se muestran grandes y serenos en sudespedida, no porque son hijos de dioses, sino porque tienen unaconfianza de niños, una fe ingenua y sana en la eternidad de suamor. Seamos como ellos; enjuguemos nuestra lágrimas y miremos defrente las sombras del porvenir sin miedo alguno, con la certezade que hemos de ser más poderosos que el destino.

Digamosigualmente: «Alejados el uno del otro, ¿quién nos separará?...Separados el uno del otro, ¿quién podrá alejarnos?».

Allí dónde yome halle, estaremos los dos; porque los dos no somos más que uno, ydónde tú te encuentres, mi alma irá contigo. ¡Salud, oh Teri,resplandeciente estrella! ¡Salud, radiante amor!...

Cuando hubo cerrado la carta, salió del jardín de invierno con paso algoinseguro por lo movedizo del suelo. Abrió una puerta de gran espesor,semejante a un portón de muralla, y tuvo que llevarse una mano a lagorra al mismo tiempo que le envolvía una tromba glacial. Se vio en unode los paseos del buque. A un lado, paredes blancas y charoladasreflejando la luz de los faros eléctricos del techo, y sillonesabandonados en larga fila; al lado opuesto, una barandilla forrada delona, ostentando entre columna y columna, como adorno decorativo, unosrollos salvavidas de color rojo con el nombre del buque pintado enblanco: Goethe. Más allá de la baranda, el misterio: una intensanegrura que devoraba el resplandor eléctrico, no dejándole avanzar másque algunas pulgadas en sus entrañas sombrías; espumarajosfosforescentes, rumor sordo de fuerzas invisibles

que

avisaban

supresencia

con

choques

y

rebullimientos.

Ojeda vio venir hacia él con paso vacilante a un hombre vestido de smoking que le saludó desde lejos.

—¡Cómo se mueve el amigo Goethe! Ni que acabase de beber en lataberna de Auerbach con los alegres compadres de su poema.

Era Maltrana, que se había preparado para la comida, satisfecho de estaordenanza suntuaria del buque, de gran novedad para él. Confesaba aFernando que tenía hambre y se había vestido con anticipación, creyendoadelantar de este modo la llamada al comedor. El aire del mar—segúnél—convertía su estómago en una jaula de fieras.

—Esta noche va a bailar un poco el vapor, pero al amanecer fondearemosen Tenerife. Fíjese en mí, noble amigo: creo que para un hombre que seembarca por vez primera, no lo hago del todo mal.

De espaldas al mar, abarcaba en una mirada de satisfacción la nítidabrillantez del buque, la limpieza del suelo, la prodigalidad delalumbrado, los fragmentos de salón que se veían a través de lasventanas.

—Qué vida, ¿eh, amigo Ojeda?... La comida a sus horas, a toque detrompeta; la mesa puesta cuatro veces al día; un ejército de camarerosy doncellas, la mayor parte de los cuales me entienden con dificultad,lo que es una ventaja para prolongar la conversación y conocerse mejor.Cada uno revestido con sus mejores ropas, como si el smoking fuese lacasulla del culto del estómago; cerveza fresca como el hielo, músicagratis a cada instante, y una adorable sociedad: una sociedad condenadaa vivir junta, así se enfade o esté alegre, a mostrarse cada uno con suverdadera fisonomía, pues no hay comediante que sostenga susfingimientos en una representación tan larga y continua... Y

nadie puedehuir; y nadie está obligado a pensar ni a hacer nada; y todos nosofrecemos en espectáculo tales como somos. Comer bien y... lo otro, sies que se presenta una buena ocasión; he aquí el programa... ¡Lástimaque nuestra vida no haya sido así siempre!... ¡lástima que no lo seacuando lleguemos a la otra acera de esta calle azul!

II

Una marcha militar despertó a Ojeda sonando sobre su cabeza con granestrépito de marciales cobres. Por la ventana del camarote entraba unrayo de sol, trazando sobre la pared temblonas y cristalinasondulaciones, reflejo de las aguas invisibles. El buque avanzabalentamente, y al fin quedó inmóvil, mientras arriba continuaba rugiendola música su marcha triunfal, que parecía evocar un desfile de águilasbicéfalas con las alas extendidas sobre masas de cascos puntiagudos.

Tenerife. Miró Fernando por entre las cortinillas, y sólo vio un marazul y tranquilo: las aguas unidas y luminosas de una bahía en calma. Latierra estaba al otro costado del buque. Y como conocía la isla, porhaber bajado a ella en anteriores navegaciones, volvió a acostarse paragozar despierto del regodeo de la pereza, mientras en los camarotesinmediatos chocaban

puertas,

se

cruzaban

llamamientos

en

distintosidiomas, y sonaba en los corredores un trote de gentes apresuradas,atraídas por el encanto de la tierra nueva.

Una hora después subió Ojeda a las cubiertas superiores. El buque, alinmovilizarse, parecía otro. Había perdido el aspecto de mansión cerraday bien calafateada que tenía en los días anteriores. Puertas y ventanasestaban abiertas, dejando entrar a chorros, junto con el sol, un airecargado de efluvios de vegetación caliente. Los pájaros cantaban en susjaulas con repentina confianza al sentirlas inmóviles. Las plantas delinvernáculo

parecían

expandirse

moviendo

acompasadamente sus manosverdes, como si saludasen a las hermanas de la orilla próxima. Floresfrescas, que aún mantenían en sus pétalos el rocío de los campos,agrupábanse sobre las mesas del comedor. Los pasajeros asentaban suspies con extrañeza y satisfacción en el suelo inmóvil y firme como el deuna isla, después de la inestabilidad ruidosa de la noche anterior.

Al salir Fernando a la cubierta de paseo, sintió enredarse sus piernasen un montón de telas vistosas extendidas junto a la puerta, al mismotiempo que zumbaba en sus oídos el griterío de una muchedumbre. Lepareció estar en una feria de las que se celebran semanalmente al airelibre en los pueblos de España.

Había que abrirse paso con los codosentre los grupos compactos. Bancos y sillas estaban convertidos enmostradores.

Invadía el suelo un oleaje multicolor de cálidas tintas, remontándosehasta lo alto de las barandillas y los huecos de las ventanas. Eranmantelerías con calados sutiles semejantes a telas de araña; pañuelos deseda de tonos feroces que daban a los ojos una sensación de calor;kimonos con aves y ramajes de oro; leves pijamas que parecíanconfeccionados con papel de fumar; almohadones multicolores comomosaicos; velos blancos o negros recamados de plata que traían a lamemoria las viudas trágicas de la India subiendo al son de una marchafúnebre a la hoguera conyugal. Los productos de aguja de las isleñascanarias mezclábanse

con

la

pacotilla

chillona

venida

de

Asia.Vendedores andaluces o indostánicos gesticulaban entre los grupos depasajeros, alabando sus mercaderías con sonora hipérbole española o conun balbuceo mezcla de todas las lenguas.

Ojeda se vio asaltado por unos hombres cobrizos y pequeños, de caraancha y corta, mostachos de brocha, ojos ardientes con manchas de tabacoen las córneas. Tenían el aspecto de perros de presa chatos y bigotudos;pero buenos perros, humildes, que agarrados a él ladraban con suavidad:«Señor, compra la mía colcha bonita para la tuya madama». «Señor, unaecharpa: todo barato.»

Los vendedores de la tierra pasaban ofreciendo cajas de cigarrosempapelados de plata, con las marcas más famosas de Cuba, a pesar de queprocedían de las fábricas de Tenerife. A cada momento abordaban nuevasbarcas al trasatlántico cargadas de fardos. Sus conductores subían laescala con agilidad simiesca, y tendiendo una cuerda izaban lasmercancías, estableciendo a continuación un nuevo puesto. Las frutas dela isla esparcían en el paseo su perfume tropical: la banana impregnabael ambiente con la esencia de su pulpa de miel.

Algunos vendedores ibande un lado a otro ofreciendo hamacas de hilo o grandes sillones de juncotrenzado, enormes y majestuosos como tronos. No se podía caminar por elbuque sin recibir empellones de la gente, golpes de sillas cambiadas delugar, o enredarse los pies en los montones de telas. Fernando serefugió en el final del paseo que daba sobre la proa, acodándose en labarandilla, junto al bombo y los instrumentos de cobre abandonados porlos músicos.

Alzaba la isla en el fondo su escalonamiento de montañas volcánicas, concuadriláteros de tierra cultivada moteados de blancas casitas. En laparte inferior, junto a la masa azul del mar, extendían lasfortificaciones españolas sus viejos baluartes, rematados los ángulospor garitas salientes de piedra. La ciudad era de color rosa, v sobreella se erguían los campanarios de varias iglesias con cúpulas deazulejos. Cuatro torres radiográficas marcaban en el espacio las líneasde su cuerpo casi inmaterial, dejando ver el cielo a través del férreotramaje.

Más arriba de la ciudad, en una arruga de la montaña, ondeaba la banderade un castillo moderno: un hotel elegante al que venían a respirar lostísicos septentrionales. Entre el muelle y el trasatlántico, unanchuroso espacio de bahía con gabarras chatas para el transporte delcarbón abandonadas sobre su amarre y cabeceando en la soledad; vaporesde diversas banderas, en torno de cuyos flancos agitábase el movimientode la carga con chirridos

de

grúas

y

hormigueo

de

embarcaciones

menores;veleros de carena verde, que parecían muertos, sin un hombre en lacubierta, tendiendo en el espacio los brazos esqueléticos de susarboladuras; rugidos de sirenas anunciaban una partida próxima y otrosrugidos avisaban desde el fondo del horizonte la inmediata llegada;banderas belgas que en lo alto de un mástil iban a las desembocadurasdel Congo; proas inglesas que venían del Cabo o torcían el rumbo hacialas Antillas y el golfo de Méjico; buques de todas las nacionalidadesque marchaban en línea recta hacia el Sur, en busca de las costas delBrasil y las repúblicas del Plata; cascos de cinco palos descansando enespera de órdenes, de vuelta de la China, el Indostán o Australia;vapores de pabellón tricolor en ruta hacia los puertos africanos de laFrancia colonial; goletas españolas dedicadas al cabotaje delarchipiélago canario y las escalas de Marruecos.

La isla, risueña e indolente en mitad de la encrucijada de los grandescaminos que llevan a África y América, parecían contemplar impasibleeste movimiento de la navegación mundial, mientras proporcionaba porunas horas el alimento negro del carbón a los organismos humeantes, quellegaban y partían sin conocerla; festoneada en su costa por una ásperaflota de chumberas y pitas; guardando tras las volcánicas montañas de sulitoral el secreto de sus ocultos valles tropicales; escalando el cielocon una sucesión de cumbres sobre las cuales flotaban las blancasvedijas de las nubes, y ostentando sobre esta masa de vellones el picodel Teide, un casquete cónico estriado de nieves, que era como la borlao botón de este inmenso solideo de tierra emergido del Océano.

Alrededor del Goethe habíase establecido un pueblo flotante y movibleque se deslizaba por sus flancos con acompañamiento de choques de proas,enredos de palas y continuos llamamientos a las filas de cabezascuriosas que orlaban los diversos pisos del trasatlántico. Eran lanchasde remo, barcas de vela, pequeños vaporcitos, robustas gabarras conmontones de carbón.

Filas de hombres blancos que parecían disfrazados de negros penetrabanen el buque por las portas abiertas en sus dos costados llevando alhombro grandes cestos que esparcían polvo de hulla. En las embarcacionesmenores había mercaderes que, puestos de pie y agitados comopolichinelas por las ondulaciones de la bahía, regateaban sus telasexóticas con la muchedumbre de tercera clase amontonada en las bordas aproa y a popa. De otras barcas cargadas con pirámides de frutas partíanal vuelo en ruda trayectoria naranjas y racimos de bananas hacia lasmanos ávidas de los emigrantes, que retornaban monedas envueltas enpapeles.

La

nacionalidad

del

buque

influía

en

las

transaccionescomerciales, y los mercaderes de acento andaluz lo vendían todo por marcos y por pfenings.

Canoas poco más grandes que artesas iban tripuladas por muchachosdesnudos, de color de chocolate, relucientes con el agua que se escurríade sus miembros. Mientras uno bogaba moviendo unos remos cortos comopalas, otro, acurrucado en la popa por el frío de las continuasinmersiones, rugía a todo pulmón: «¡Caballero, eche dos marcos, y losalcanzo!».

«¡Caballero,

cinco

marcos,

y

paso

por

debajo

del

buque!»«¡Caballero... caballero!» Era un griterío que emergía incesantemente aras del agua; una continua apelación al

«caballero» para que pusiese aprueba la agilidad natatoria de la pillería del puerto. Y cuando lapieza blanca caía en el abismo, el nadador iba a su alcance con lacabeza baja y las manos juntas en forma de proa, dejando la piraguabalanceante detrás de sus pies con el impulso del salto. El cuerpobronceado tomaba una claridad de marfil en el cristal verde de las aguasremovidas. Se le veía agitar los miembros junto al casco de la nave,como unas tijeras blancas que se abrían y cerraban acompasadamente;hasta que, volviendo a la superficie con la moneda en la boca yechándose atrás el mechón húmedo que caía sobre su frente, ganaba lacanoa con una agilidad de mono y volvía a temblar de frío, implorando atodo pulmón la generosidad del «caballero».

Ojeda, ocupado en seguir las evoluciones de los pequeños buzos, sintióde pronto que le tocaban en un hombro y alguien venía a acodarse en labaranda junto a él.

—Pero ¿usted no ha querido bajar a tierra?...

Maltrana levantó los hombros. ¿Para qué?... Habían salido a primera horaalgunos vaporcitos llenos de pasajeros: familias mareadas aún por elbalanceo de la noche y ávidas de asentar el pie en suelo firme; damasrubias que soñaban con excursiones al interior, olvidando que el buquesólo iba a detenerse el tiempo necesario hacer carbón: unas cuatrohoras. Hasta un señor alemán que todos llamaban «doktor», sin saberciertamente el porqué del título le había preguntado, al enterarse deque Tenerife era isla española, si tendría tiempo para presenciar unacorrida de toros. Y Maltrana reía pensando en la posibilidad de unacorrida imaginaria a las siete de la mañana, organizada a toda prisapara dar gusto al «doktor». Nadie le había invitado a bajar a tierra, yél deseaba evitarse gastos. El amigo Fernando estaba enterado del pocodinero con que emprendía su viaje. En fuerza de importunar a los amigosque tenía en los periódicos de Madrid, había podido conseguir un billetede favor, un pasaje de primera clase pagando lo que pagaban los detercera.

—En justicia yo debía ir abajo comiendo rancho con ese rebaño de judíosy cristianos, rusos, alemanes, turcos, españoles y... ¡demonioscoronados!, pues aquí vienen gentes de todos los países. Pero soy lo quellaman un pobre de levita, y alguna vez había de servir para algo buenola santa desigualdad social, base, según dicen, del orden y las buenascostumbres.

De contar con más tiempo para la visita del interior de la isla, no sehabría quedado en el buque. ¿Pero para ver la ciudad y sus vecinos?...Bastantes españoles llevaba conocidos en España y sobradas veces habíatenido que escribir de asuntos de las Canarias sin haberlas visto nunca.Ahora sólo le interesaban los países nuevos.

Y Maltrana añadió, mirando la isla:

—Esto es la portería de Europa. Le hallo cierta semejanza con losperros caseros que surgen al paso de los que salen y los que entran.Cuando creemos estar en el Océano sin límites, aparece la isla ante elbuque y lo detiene para husmearlo. Al que se va, le dice: «Anda conDios, hijo, y no vuelvas por aquí si no traes dinero. Antes que te partaun rayo». Y al americano que viene, lo saluda con amabilidad de portera:«Bien venido sea usted a la casa de su abuelita si trae plata quegastar...». No me interesa esta tierra, que es como el rabo de un mundoque dejamos atrás.

Deseo verme cuanto antes en el otro hemisferio, a vercómo pinta por allá la suerte. Soy lo mismo que esos enfermos que van debalneario en balneario, siempre con la esperanza de que en el próximoles espera la salud.

Todos en el buque deseaban llegar al término del viaje, Maltrana veía unsigno de impaciencia en la rapidez con que los pasajeros cambiaban devestido, creyendo haber avanzado considerablemente, cuando aún estabancerca de Europa.

Todavía era invierno; pero muchos, ilusionados por lamarcha hacia el Sur, habían creído oportuno, al tocar en Tenerife, subira cubierta con trajes de verano, gorras blancas o sombreros de paja. Lasseñoras, que en los días anteriores iban por el buque con gruesospaletós hombrunos y envueltas en velos como odaliscas, mostraban ahorala rosada pulpa de su carne a través de los encajes de las blusas.

—Empieza para nosotros el verano—dijo Maltrana—, y con el verano lasilusiones. Los que venimos por vez primera camino de América, sentimosel mismo prejuicio de los sabios del tiempo de Colón, que afirmaban quesólo podía encontrarse oro allí donde hubiese negros e hiciera muchocalor... Al sentir que el sol nos quema con más fuerza que en Europa,creemos estar menos alejados de la fortuna.

Permanecieron los dos amigos largo rato en silencio. Llegaban hastaellos las ondulaciones del gentío al abrir círculo en torno de losvendedores que exhibían nuevas mercaderías. Ojeda se sintió molestadopor esta confusión de gritos y empellones. «¿Si nos fuésemos arriba?...»Y por una de las escaleras que arrancaban de la cubierta de paseo,subieron al último piso del buque, llamado en el lenguaje de a bordo«cubierta de botes».

Nadie. Los ojos, habituados a la suavidad de los tabiques blancos delpiso inferior, a su penumbra ligeramente azul, que le daba el aspecto deun paseo conventual, parpadeaban por exceso de luz en esta cubierta dearriba, donde vastos espacios quedaban a cielo libre, caldeándose lastablas bajo el fulgor solar. Algunos toldos extendían sombrasrectangulares y negruzcas sobre el suelo amarillento.

Por primera vez subía Ojeda a esta cubierta. El frío los había retenidoa todos abajo en los días anteriores. Sólo Maltrana, inquieto y curiosopor las novedades de la navegación, había ido de un lado a otro, desdeel puente del capitán a los profundos sollados, iniciandoconversaciones, lo mismo en las salas de los pasajeros de primera claseque en los departamentos de proa y popa donde se hacinaban losemigrantes.

—Me gusta esta cubierta—dijo con entusiasmo—porque es el único lugardonde uno se entera de que va en un buque. Abajo, salones, comedores,majestuosas escaleras, camareros de corbata blanca, pasillos conhabitaciones numeradas: un verdadero hotel.

A no ser porque el piso semueve de vez en cuando, creería uno vivir en un balneario de moda. Hayque levantarse del asiento dar un paseo y asomarse a la barandilla paraconvencerse de que se está en el mar. Aquí, no: aquí se siente unomarino; puede abarcarse por entero el redondel del Océano, que notermina nunca, y en el que siempre ocupamos el centro, por más queavancemos. Mire usted, Ojeda, qué cosas tan majestuosas lleva en sucabeza el amigo Goethe.

Y con el orgullo de un descubridor, fue mostrando las maravillas de estacubierta, por la que había paseado en los días anteriores, cuando el marera de un tono lívido, el cielo plomizo y un viento cortante soplaba deproa a popa.

—Fíjese usted en la chimenea: esa torre amarilla y enorme, que vista decerca casi da miedo. ¡El dinero que expele convertido en humo! Tienealgo de campanario y abajo, en lo más profundo del buque, está eltemplo, el santuario del fuego, con sus altares inflamados que producenel vapor. ¿Eh?, ¿qué le parece la imagen? Se la brindo para unosversos... Y con ser tan robusta la chimenea, mire cómo está aprisionaday sostenida por varios tirantes, para que no la tumbe el viento. Veausted esos cuatro ventiladores que la rodean como si fuesen su pollada:cuatro trombones amarillos, con la boca pintada de rojo, por los quepodríamos colarnos los dos a la vez. Llevan el aire a las profundidadesde las máquinas y los hornos. Digamos que son las ojivas que ventilanesta catedral de acero y hulla.

Luego, echando la cabeza atrás, remontaba su mirada hasta lo alto de losdos mástiles del buque.

—¿Distingue usted cuatro hilos que, sujetos a dos trastes, van de unpalo a otro? Parecen un cordaje de guitarra y son la red de latelegrafía radiográfica. Los hilos bajan a la casilla del telegrafista,y si se acerca usted oirá un chirrido semejante al de los huevos enaceite: algo así como si el empleado friese los despachos antes deservirlos al público... Y todas esas cajas enormes de cristalesdeslustrados, esas cúpulas alambradas, son claraboyas que dan luz asalones y escaleras. Vistas de abajo, brillan con dibujos de mosaicoscomplicados, escudos de naciones, y aquí arriba Parecen estufas opacascomo las de los invernáculos... Esta cubierta tiene sus habitantes; esun pueblo aparte, el barrio alto, la Acrópolis donde viven los Arcontesque dirigen nuestra república movible. Mire usted a proa esa manzana decamarotes, con paredes blancas y zócalos grises. Allí están lasviviendas del soberano comandante y sus ministros los oficiales. Entorno de ellos, los camarotes de la gente rica, la aristocracia, quebusca siempre la sombra de la autoridad. Sobre el techo, un pequeñopaseo, la última toldilla del buque; en la parte delantera, el puente,algo así como el Ministerio del Interior, donde se vigila día y nochepor el mantenimiento del orden; cerca de él, la oficina telegráfica, osea el Ministerio de Relaciones Exteriores. Insubordínese usted, ysonará un pito en el puente que hará surgir por una escotilla, comodiablos de teatro, cuatro rubios forzudos, con anclas azules tatuadas enlos bíceps, que le llevarán a dormir en la barra... Que un peligroamenace la estabilidad de nuestro pequeño Estado, y el Poder Ejecutivolanzará una circular eléctrica a las otras potencias que naveganinvisibles, reclamando su pronta intervención.

Maltrana volvió los ojos hacia la popa, más allá de la chimenea y losventiladores de las máquinas.

—Allí tiene la Acrópolis otra manzana de viviendas, pero sólo lahabitan gentes ordinarias: algo así como las chozas villanescas que sealzaban lo mismo que verrugas ante las puertas de los castillos. Esnuestra Dirección General de Higiene: los lavaderos, el taller deplanchado y el gimnasio, con un sinnúmero de aparatos movidos por laelectricidad, invenciones diabólicas que le estiran a usted, le encogen,le rascan la espalda y le cosquillean como un rosario de hormigas.

—¡Cosa de ver el lavadero, amigo Ojeda!—continuó tras una pausa—.¡Lástima que esté ahora cerrado! Hay unas máquinas con cilindros, lomismo que rotativas de periódicos; sólo que en vez de largar pliegosimpresos, sueltan camisas, sueltan pantalones, sueltan sábanas, montañasde ropa blanca, como sólo se verían si desalojasen de golpe toda unacalle de tiendas... El planchado aún es más interesante. Imagínese tresmozas rubias y metidas en carnes, la falda corta, y sobre ella una blusalarga rayada que deja al descubierto unos brazos de blancura germánica yuna pechuga a lo Rubens. Ayer pasé con ellas la tarde, viendo cómosudaban las pobrecitas dándole a las planchas eléctricas y cómo reían aloírme hablar horas enteras sin entender una palabra. Les largabadicharachos de los nuestros, con algún que otro pellizco para apreciarla dureza de sus blusas. ¡Cuestión de pasar el rato! Y ellas abrían losojos y se sonrojaban diciendo:

« Ia... Ia... ». Le he de llevar a ustedmañana, cuando no nos vean.

Yo le presentaré: no tenga usted miedo. ¡Sisoy lo más amigo!...

Luego, Isidro se fijó en los costados de la cubierta, donde estabanpendientes de sus pescantes de acero dos filas de botes.

—Hermosas balleneras de madera pulida y lustrosa como el piso de unsalón. En cada una de ellas podemos meternos cincuenta personas; y elmástil, la vela, los remos, todo lo necesario, esta guardado en suvientre, bajo la caperuza de lona que lo cubre. Cuando nos acerquemos altérmino del viaje descansarán dentro del buque, amarradas entre esascuñas que hay en el suelo; pero durante la navegación van suspendidasafuera, prontas a ser echadas al agua en caso de peligro... ¿Y esebosque de trombones amarillos con boca roja que surge por todos lados,como gargantas de dragón? Son tentáculos que el vientre del buque echaen el espacio para cazar oxígeno, trompas de acero que con el impulso dela marcha van chupando vida... No extrañe, Ojeda, que me ponga lírico.Yo no he viajado como usted. Todo es nuevo para este pobrete que pasó suvida rodando por casas de huéspedes de las más baratas, y en cuanto abuques, no ha visto otros que las barquillas del estanque del Retiro...Y esto es grande, ¡muy grande!

Calló un instante, como si concentrase su pensamiento para apreciarmejor tanta grandeza, y luego continuó:

—Lo que nos rodea aún es más enorme. Se sabe por los libros que el mares inmenso; pero la inmensidad en la lectura no es más que una palabra.Hay que colocarse en ella, sentir el extravío de la imaginación ante elespacio sin límites, hacer comparaciones... Ayer me paseaba yo por elbuque. Para recorrer la cubierta de abajo, que sólo ocupa el centro,necesitaba doscientos pasos: unas cuantas vueltas, y se siente unofatigado como después de una marcha. Grandes salones, un café igual alos de las ciudades, comedores en los que caben cientos de personas,largos y complicados pasillos, lo mismo que en los hoteles, dormitoriosde alta numeración, almacenes, músicas, y la gente formando clasesseparadas, estableciendo divisiones sociales, lo mismo que siestuviéramos en tierra. ¡Qué enorme!,

¡todo qué enorme!... Y estomirando solamente los barrios privilegiados, el castillo central delbuque, con sus recovecos, escaleras, baños, gabinetes de aseo y tubos decalor y de frío. La blancura de la luz eléctrica surge en todo rincóndonde puede aglomerarse un poco de sombra; el agua manando de los grifoscada tres metros para una minuciosa limpieza; las alfombras mullidasamortiguando los pasos; un olor higiénico de droguería esparciendoperfumes desinfectantes allí donde las tristes necesidades humanas sedesembarazan de su suciedad.

Esto es un palacio encantado.

Siguió Isidro la descripción del buque. Había que contar además losbarrios populares de proa y de popa: las aglomeraciones de emigrantes,que comen y beben con más abundancia tal vez que en su tierra, y cantany sueñan porque van hacia la esperanza. Y bajo de ellos, máquinas queencadenan y obligan

a

trabajar

a

las

fuerzas

misteriosas

y

malignas;almacenes de víveres como los de una ciudad que se prepara a sersitiada; depósitos de mercaderías, fardos de telas, maquinariasagrícolas, artículos de construcción, riquezas de la moda; todo lo quenecesitan los pueblos jóvenes para el desarrollo de su adelantovertiginoso. Y esta grandeza de hotel monstruo, de caravanserrallo, depueblo flotante, infundía a todos los pasajeros un sentimiento deseguridad, como si estuviesen en tierra firme. ¿Quién podría destruirlos gruesos muros de acero, las ventanas sólidas, los muebles pesados,las maquinarias de arrolladores latidos? Nada importaba que el suelo semoviese; esto no podía disminuir su confianza: era un incidente nadamás. Vivían de espaldas al Océano y sólo tenían ojos para los grandesinventos de los hombres. Todos acababan por olvidar el abismo que estabadebajo de sus pies y hacían la misma vida que en tierra. Únicamentecuando en sus paseos llegaban a la proa o la popa y se encontraban conel mar inmenso, sentían la impresión del que despierta tendido junto aun precipicio. ¡Nada! Nada más que un azul intenso hasta la raya delhorizonte y un azul más claro en el cielo. Algunas veces, allá en elfondo, un punto negro casi imperceptible, un jironcito tenue de vapor,un buque igual al otro, tal vez más grande...

—Y sin embargo—continuó Maltrana—, con menos valor que una hormiga enmedio de las llanuras de la Mancha... Las máquinas,

los

salones,

lasmurallas

de

acero,

nada,

absolutamente nada ante la inmensidad delmajestuoso azul. Un simple bufido suyo, y se nos sorbe... Y paraevitarnos esta mala impresión, cesamos de mirar el Océano y nos metemosbuque adentro a oír música en los salones, a tomar cerveza en el café, aescuchar chismorreos de los que parece que depende la suerte del mundo.¡Qué animal tan interesante el hombre, amigo Ojeda!... Como bestia derazón, conoce la enormidad del peligro mejor que las otras bestias; perovive alegre, porque dispone del olvido, y tiene además la certeza de queexiste una Providencia sin otra ocupación que velar por él.

Contemplando otra vez las enormes proporciones del buque, parecióarrepentirse de sus palabras.

—A pesar de la grandeza del mar, esto también es grande.

Nuestrasapreciaciones son siempre relativas; nunca nos falta un motivo decomparación con algo mayor para humillar nuestra soberbia. La tierra esgrande, y los hombres, para perpetuar su recuerdo en ella, llevan milesde años degollándose, inventando nuevas maneras de entenderse con losdioses o escribiendo en tablas, pergaminos y papeles para que su nombrequede con unas cuantas líneas en el libraco que llaman Historia... Y latal tierra es en el mar del espacio menos, mucho menos que el Goethe en medio del Océano; menos que un grano de carbón perdido en las tresmil toneladas de hulla que pasan por sus carboneras. Más allá del forrode la atmósfera nos ignoran, no existimos. Y

planetas cien veces, milveces más grandes que la tierra, son ante la inmensidad una porqueríacomo nosotros; y el padre sol que nos mantiene tirantes de su rienda, yal que bastaría un leve avance de su coram-vobis de fuego parahacernos cenizas, no es más que un pobre diablo, uno de tantos bohemiosde la inmensidad, que a su vez contempla otro planeta reconociéndolo porsu señor... Y así hasta no acabar nunca.

Calló Isidro unos instantes, como si reflexionase, y luego añadió:

—Pero todo es igualmente relativo si miramos hacia abajo. A este Goethe se lo puede tragar una tempestad, conforme; pero con su panzade acero y su triple quilla, es como una isla en medio de estos maresque hace menos de un siglo se llevaban lo mismo que plumas a lasfragatas y bergantines en que fueron a América los ascendientes de losmillonarios actuales. El buen Pinzón, arreglador de las famosascarabelas, se santiguaría con un asombro de marino devoto si resucitaseen este buque y viese sus brujerías. Y él y los grandes navegantes de sutiempo, que avanzaron con los ojos en la brújula, podían reírse a su vezde los nautas fenicios, griegos y cartagineses, que no osaban perder devista las montañas. Y éstos, a su vez, debieron mirar con lástima a loshombres desnudos y negros que en las costas africanas salían alencuentro de sus trirremes sobre canoas de cueros o de cortezas. Y elprimero que a fuerza de hacha y de fuego vació el tronco de un árbol yse echó al agua en él, fue un semidiós para los infelices que habían depasar ríos y estuarios nadando como anguilas... Miremos siempre abajo,amigo Ojeda, para tranquilidad nuestra, y digamos que el Goethe es ungran buque y que en él se vive perfectamente. Entendamos la existenciacomo una respetable señora que anoche, cuando más se movía el buque y enesta última cubierta había una obscuridad que metía miedo, chillando elviento como mil legiones de demonios, se escandalizaba de que muchoshombres fuesen al comedor sin smoking y las artistas alemanas fumasencigarrillos en el invernáculo.

Ojeda se complacía en escuchar la facundia exuberante de su amigo. Lasnovedades de aquella vida marítima le infundían una movilidadinfatigable.

—Es usted el duende del buque—dijo—. En pocos días lo ha corrido porcompleto, y no hay rincón que no conozca ni secreto que se le escape.

Maltrana se excusó modestamente. Aún le faltaba ver mucho, pero acabaríapor enterarse de todo: luengos días de navegación quedaban por delante.En cuanto a los pasajeros, pocos había que él no conociese. Luchaba enalgunos con la falta de medios de expresión; ciertas mujeres sólohablaban alemán, pero en fuerza de sonrisas y manoteos, él acabaría porhacerse comprender. De los que podían entenderle en español ofrancés—que eran la mayor parte—se tenía por amigo, pero amigo íntimo.Y Ojeda sonrió al oírle hablar con entusiasmo de esta intimidad quedataba de tres días.

—Conozco el buque mejor que la casa de doña Margarita, mi patrona,donde he vivido ocho años. Puedo describirlo sin miedo a equivocarme.Este hotel movible tiene diez pisos. Los tres últimos, los másprofundos, están cerrados. Son las bodegas de transporte, donde seamontonan fardos voluminosos, pedazos de maquinaria metidos en cajonesque bajan las grúas por las escotillas y se alinean como los libros deuna biblioteca. Todas estas mercaderías ocupan dos secciones del buque aproa y a popa, y en medio se halla el departamento de máquinas. La luzeléctrica se encarga de iluminar este mundo, que puede llamarsesubmarino, pues se halla más abajo de la línea de flotación: losventiladores que remontan sus bocas hasta aquí son sus pulmones... Luegoviene lo que llaman cubierta principal, con los dormitorios de la gentede tercera: a proa unos cuatrocientos, a popa muchos más; y entre elloslos almacenes de ropa del servicio del buque y los depósitos deequipajes, la cámara fuerte para guardar paquetes y muestras, loscamarotes del bajo personal, las cámaras frigoríficas, que son enormes yguardan gran parte de nuestra alimentación, y el depósito de lacorrespondencia, un almacén repleto de sacos que contienen...

¡quiénpuede saberlo! noticias de vida y de muerte (como diría usted en susversos), riquezas, juramentos de amor, el alma de todo un continente queva al encuentro de otro continente...

Se detuvo un momento para añadir con expresión de misterio:

—Y además hay el cuarto del tesoro. Ahí no he entrado yo, amigo Ojeda.Es un cuarto blindado, en el que no penetra ni el comandante. Un oficialresponsable guarda la llave. Pero he estado en la puerta, y le confiesoque sentí cierta emoción. ¿Sabe usted cuánto dinero llevamos bajo denuestros pies? Quince millones; pero no en papelotes, sino en oroacuñado y reluciente, en libras esterlinas y monedas de veinte marcos.Los embarcaron en dos remesas en Hamburgo y Southampton: es dinero quelos Bancos de Europa envían a los de la Argentina para hacer préstamos alos agricultores, ahora que se preparan a recoger las cosechas. Y entodos los viajes de ida o vuelta nunca va de vacío el tal tesoro. Me hancontado que los millones están en cajas de acero forradas de madera ycon precintos, de lo más monas: quince kilos cada una; ochenta millibras apiladitas en el interior... Diga, Fernando, ¿no le tienta austed esta vecindad?

¿No le conmueve?...

Ojeda hizo un movimiento de hombros, como para indicar la inutilidad deuna respuesta.

—Con mucho menos que tuviéramos—continuó Maltrana—, usted no se veríaobligado a meterse en aventuras de colonización y yo viviría hecho unpersonaje. ¡Lástima que no estemos en los tiempos heroicos y románticos,cuando Lord Byron y Espronceda cantaban el pirata! Sublevábamos usted yyo a la gente de tercera, echábamos al mar al capital y a todos lostripulantes, desembarcábamos en una isla a los pasajeros serios,destapábamos los miles de botellas y toneles que hay en los almacenes, ynos íbamos... ya se vería adonde, con todas las mozas rubias, polacas yvienesas de la compañía de opereta que viene abajo. Por supuesto queusted y yo dormiríamos en el cuarto del tesoro, sobre esas cajasinteresantes. ¿Qué le parece la idea?

—Hombre, me gusta—dijo Fernando riendo—. Es todo un programa;reflexionaré sobre ello.

—Pero los tiempos presentes no son de acciones grandes—

añadióMaltrana—, y los héroes tienen que expatriarse, para remover terrones olustrar zapatos, al otro lado del Océano... No pensemos en sersuperhombres gloriosos; seamos mediocres y continuemos nuestradescripción... Sobre la cubierta principal está la que llaman cubiertasuperior. En la proa y la popa alojamientos de marineros, hospitales,almacenes de útiles de navegación, cocinas para los emigrantes, y entreambos extremos, camarotes y más camarotes para la gente de primeraclase, peluquerías, baños y gabinetes de aseo por todos lados. Y aquítermina el verdadero caso del buque, lo que puede llamarse el vasonavegante, la construcción igual y uniforme de una punta a otra, sindesigualdades en la cubierta.

Quedó perplejo Isidro, como si le ocurriese un pensamiento nuevo.

—No sé si habrá notado lo que yo, amigo Ojeda; pero apenas subí a estetrasatlántico me fijé en una particularidad, tal vez por midesconocimiento de la navegación actual y por la costumbre de ver barcosantiguos en los libros. En otros tiempos, cuando se navegaba batallando,el hombre colocó torres en los dos extremos de la nave y quedaronestablecidos los castillos de proa y de popa. En el de delante iban loscombatientes; en el centro, bajo e indefenso, la chusma; en la popa, eljefe y su séquito. Al venir tiempos de paz y seguridad, los progresos dela arquitectura naval fueron rebajando los castillos esculpidos comoaltares, con mascarones, tritones y ondinas; pero la popa continuósiendo el lugar de honor, el aposento de los privilegiados. Y tal es lafuerza de la rutina, que, hasta hace pocos años, en los buques de vaporel sitio de preferencia era la popa, sobre la hélice que lo hace temblartodo y donde es más violento el balanceo. Sólo ayer, como quien dice, sehan enterado de que en una nave en movimiento el punto medio es el quemenos oscila, y los antiguos castillos de proa y de popa se han corridouno hacia otro, juntándose en el centro, que es para el pasajero ellugar de mayor estabilidad. Ahora los buques parecen montañas vistosdesde lejos; antes eran monstruos de dos cabezas unidas por un cuerpocasi a flor de agua... Desde lo alto de esta cubierta central noadivinamos siquiera la existencia de la popa y de la proa, que estántres pisos por debajo de nosotros. El castillo central es un mundoaparte. Las gentes viven en sus compartimientos sin enterarse de lo quepasa en el resto de la embarcación. Tal vez sea yo el único que salga deél en todo el viaje. Los privilegiados encuentran satisfechas susnecesidades sin abandonar este barrio lujoso, y ni por curiosidad bajanlas escaleras que conducen a los barrios pobres... Pero hay quereconocer que en éstos el vecindario es sucio y hay en ellos un hedor derancho agrio.

Maltrana hizo un movimiento de hombros, como indicando que iba aterminar su descripción.

—Lo demás ya lo conoce usted, pues pertenece al radio en que nosmovemos. La cubierta llamada de salón, porque en el lado de proa tieneel salón-comedor, y después de el los camarotes de lujo, y las cocinasde las gentes de primera, con la repostería, la panadería, las bodegas yfrigoríficos para el servicio diario. Yo voy siempre después de medianoche a echar una ojeada a la cocina. Espectáculo interesante ver cómosacan el pan de los hornos: ¡un perfume suculento! Una noche vendráusted conmigo... Sobre esta cubierta está la que llaman de paseo, con elsalón de música y el jardín de invierno; más allá, el comedor de losniños y los domésticos particulares de los pasajeros; y en la parte quemira a popa, el fumoir, o mejor para nosotros, el

«café», que pareceuno de los establecimientos de su clase en tierra firme. Sobre lacubierta de paseo, la de los botes, en la que estamos ahora; y más porencima, esta toldilla que sirve de techumbre a los camarotes del altopersonal del buque y tiene en la parte delantera el puente, con sucuarto de derrota para el oficial de guardia y su depósito de cartas denavegación.

Calló Isidro, como si ya no encontrase nada qué contar; pero luegoañadió sonriente:

—Y todavía hay alguien que vive más arriba de esta montaña de pisos: elmuecín del buque, el vigía o serviola que va de noche en lo que llamanel «nido». El tal nido es esa especie de púlpito de acero en el que sólocabe una persona y que está adosado al palo trinquete. De noche, cuandola campana del puente marca el paso de cada media hora, el vigíacontesta allá arriba con otra campana y grita a través de la bocina unaspalabras que, en la obscuridad, parece que vienen de las nubes. Es unbramido en alemán como los que suelta el dragón que mata Sigfrido en laselva. Anoche me explicaron lo que dice el serviola al oficial delpuente. «Sin novedad; todas las luces van encendidas.» Las luces son lasde posición del buque. Y si calla, porque se duerme, va a terminar elsueño amarrado a la barra.

—Todo eso lo sé; yo he navegado algo...—dijo Ojeda—. Pero más que elbuque me interesa los que van en él. Usted, en su calidad de duende,debe conocerlos a todos.

Isidro levantó la cabeza con orgullo. ¡A todos, sí señor! No había en elbarco pasajero mejor relacionado que él. Por las mañanas abordaba a losprimeros que subían a la cubierta.

«Buenos días, señor. ¿Qué tal lanoche?» Había gentes afectuosas que le contestaban con agradecimiento,entablando amistosa conversación, como si se conociesen de larga fecha;otros, recelosos y huraños, respondían con gruñidos o continuaban supaseo. Las familias argentinas habían acogido al principio sudesbordante familiaridad con una extrañeza altiva.

¡Viajan tantosaventureros hacia su país!... Pero al notar que no era gringo, sino gallego puro, se ablandaban, mostrándose más comunicativas, como siencontrasen algo en él que les hacía recordar a sus ascendientes.Algunas niñas hasta le habían preguntado si era amigo del rey y en quéépoca del año se daban los bailes de corte... Con los que no podíanentenderles se expresaba en fuerza de cortesías y guiños, que provocabanrisas comunicativas. Las artistas de opereta prorrumpían, al verlo, encarcajadas y frases incomprensibles.

—Aunque parezca inmodestia, debo declarar que aquí he caído de pie.Soy de lo más simpático a estas gentes; si presentase mi candidaturapara algo, ni uno sólo me negaría el voto. Todos amigos... ¡Y quémezcla! Vienen ricos de fortuna indiscutible, como ese doctor y suinmensa tribu que hicieron el viaje con nosotros desde Madrid; la viudade Moruzaga, otra argentina, con sus cinco hijas, unas niñas modositas ysimpáticas que recitan monólogos en francés, se entienden entre ellas eninglés, y a veces, por condescendencia, hablan conmigo en castellano; ycon ellos otros propietarios de menos brillo, pero igualmente sólidos,que vuelven a sus estancias del interior.

¡Gentes interesantes y buenas!Yo las venero. Si pusieran de dos en dos sus vacas y ovejas, de seguroque llegarían de aquí a Buenos Aires; si colocasen en fila las gavillasde trigo que cosechan al año, podría formarse con ellas un cinturón queabarcase el globo terráqueo.

Ojeda acogía con sonrisas estas hipérboles, y su amigo parecióamoscarse.

—Sí señor; así es, y no rebajo nada. Da orgullo tener amigos comoéstos... Viene también un archimillonario, un gringo, que es rey de nosé qué; creo que del carbón en el puerto de Buenos Aires, o del lino, odel maíz; no lo recuerdo. Los demás ricos se alejan de él porque no esde su clase, porque aún queda memoria de cuando iba con zapatones declavos y comía, polenta en las tabernas del muelle. Es un fundador dedinastía; un Bonaparte que lucha por hacerse reconocer de las otrasfamilias reales, ennoblecidas

por

la

tradición.

Sus

nietos

serán

gentesdistinguidas, pero él paga su triunfo aguantando murmuraciones ydesprecios. Me alegro de que lo traten mal.

¡Hombre más orgulloso!Apenas me contesta cuando lo saludo; parece que tenga miedo de que lepida algo. Su mujer, más joven que él, es una especie de cocinerafrescachona, en la que usted seguramente se habrá fijado. Yo creo que nose despoja ni para dormir del uniforme de su riqueza: a las siete de lamañana ya está en la cubierta con un collar de perlas, tamañas comohuevos de gorrión, y tan escandalosamente llamativas que cualquiera, ano conocer su fortuna, las creería falsas... Y para completar lacuadrilla de los ricos, vienen tres compatriotas nuestros, dos de BuenosAires y uno de Montevideo, antiguos tenderos que llevan cuarenta años enAmérica... Excelentes personas; honradotes, campechanos y un pocoburdos. Me regalan buenos consejos, no me prestarían cinco duros si selos pidiese, y dejan que pague yo cuando tomamos algo. Se los presentaréun día de éstos. Empiezan invariablemente sus sermones morales de unmodo que inspira entusiasmo. «Ustedes los periodistas, que son mediolocos...» «Usted, que no hará nada en América porque es hombre depluma...» Y todos ellos convienen en que para hacer camino hay quehaberse educado detrás de un mostrador, iniciándose en el sublime artede vender por cincuenta lo que vale diez, gastando sólo dos de loscuarenta de ganancia.

Reflexionó Maltrana un buen rato para reunir sus recuerdos.

—Y de los ricos de América creo haber terminado la lista.

Pero aúnviene gente más interesante. Un obispo italiano que viaja a expensas deuna familia acomodada. Son gentes establecidas de antiguo en un barriode allá que llaman la Boca.

Lo traen a todo gasto, para enseñarlo a susamigos y conocidos y decirles: «No crean que somos cualquiera cosa ennuestro país.

Miren este Monseñor, que es pariente nuestro». Y lo rodeancon veneración, como si fuese la bandera de la familia; lo llevan delbrazo, «Monseñor, por aquí», «Monseñor, por allá»; y el pobre jornaleroeclesiástico llegado a obispo parece un sonámbulo, aturdido por tantoscuidados y honores. Yo creo que le obligan todas las noches a que seponga la cruz de oro sobre el pecho para entrar en el comedor, y si seolvida le riñen... Viene otro cura, un abate francés de barbas luengas,con aire de marino, que ha sido contratado para dar conferenciascatólicas en un teatro de Buenos Aires. Iniciativa de las señorasargentinas residentes en París, que desean borrar el sabor de impiedadque han dejado otros oradores viajeros. Y también tenemos unconferencista de temas sociológicos, que creo es italiano. Hay paratodos los gustos... Y cinco o seis cocotas francesas, que van allá porsexta vez porque han recibido buenas noticias de la cosecha, laspersonas más tranquilas, calladas y modositas de a bordo; y todo elrebaño de cabras rubias y locas de la compañía de opereta; y unsinnúmero de comisionistas de modas y joyería, machos y hembras; y unasdos docenas de comerciantes alemanes establecidos en América, cuadrados,bonachones, calmosos, pero que sacan unas uñas de tigre cuando hablan denegocios... y judíos, muchos judíos. Según he leído, en el primer viajede Colón ya se embarcaron dos en las carabelas, y desde entonces no hancesado de ir. En el Nuevo Mundo sólo hay preocupaciones de raza para elnegro, y como nadie se fija en los judíos, éstos pierde el rencor queinspira la persecución y acaban por confundirse con los demás... Apropósito; también viene un barquero de París, un señor condecorado, debarbas rojas y largas, que usted habrá visto por las mañanas en el paseocon las piernas envueltas en una piel y estudiando mamotretos llenos decifras. Va al Brasil por sus negocios. Su mujer ostenta a todas horas uncollar enorme de perlas; pero son menores que las de la esposa del gringo, y esto hace que las dos se miren con el rabillo del ojoapretando los labios...

Vaciló un momento para reconstituir en su memoria la lista de losausentes.

—Hay también unos americanos del Norte, en los que habrá usted reparadopor el ruido que mueven. Van afeitados, con pantalones anchos y un botónen la solapa, insignia de no sé que Sociedad de su país. A todas horasdestapan champaña en el fumadero; piden la caja de cigarros, y meten lamano para abarcar muchos de una vez, cantan a gritos y son el tormentode los músicos, pues siempre están exigiendo que toquen:

¡Miusic!¡Miusic! ... Viene también sola una dama yanqui, alta, buena moza. Sumarido la espera en Río Janeiro; tiene no sé qué negocios en el interiordel Brasil... Y varias muchachas alemanas que van a casarse a Américasin conocer a sus novios. El matrimonio, según parece, se arregla porcartas y retratos. El colono o el mecánico que llega a establecerse enlos pueblos de la Argentina o las selvas brasileñas, envía una carta asu pueblo:

«Remítanme una muchacha de éstas y las otras condiciones.

Ahívan tres mil marcos para ropa y el pasaje. Y la muchacha se embarca sinconocer al futuro esposo más que en un busto fotográfico, y su únicapreocupación es que al verle resulte de buena estatura... Hay también...Pero aquí, amigo Ojeda, no sé qué decir...

Pareció dudar Maltrana, y al fin añadió:

—Hay una señorita que va con sus padres, la gentil Nélida, mezcla decaracteres y sangres que desorienta al más listo, y le confieso que meda mucho que pensar. Su padre es alemán, su madre de una de lasrepúblicas del Pacífico; ella nació en la Argentina, pero desde losnueve años ha vivido en Berlín. Es esa muchacha que usted habrá visto enel paseo, acompañada siempre de hombres; muy alta, esbelta, con la faldacorta, tan ceñida, que no puede dar un paso sin que la tela moldee todosu cuerpo. Lleva el pelo cortado como una melena de paje, lo mismo quelas cupletistas... Yo no he conocido hasta ahora pájaros de estaespecie. Allá en Madrid la gente es de menos complicaciones... Tenemostambién unos cuantos muchachos bien trajeados, de vaga nacionalidad, quehablan con soltura diversos

idiomas.

No

los

he

calado

bien.

Pueden

sercomisionistas de comercio que fingen aires de personaje, baronesarruinados en busca de una americana rica, o ladrones elegantes como losde las novelas. ¡Vaya usted a saber!... Pero aquí termina mi relato porahora. Ya vuelve la gente de tierra.

Vamos abajo a oír sus impresionesde Tenerife.

En la cubierta de paseo continuaba la bulliciosa feria. Los pasajeroshabían terminado sus compras, y eran ahora las camareras del buque y los stewards los que aprovechaban los últimos momentos para hacer susadquisiciones con mayor baratura. En el viaje de regreso el Goethe notocaba en Tenerife para hacer carbón, y ellos, con el pensamiento puestoen Hamburgo, compraban vistosas telas, pañuelos y manteles, para hacerregalos a los que les esperaban allá.

Maltrana se detuvo junto a un indostánico que regateaba con una joven.Estaba ella en el quicio de una puerta, temerosa de dejarse ver a la luzdel sol y mostrando al mismo tiempo su casi desnudez,

cubierta

con

unsimple

kimono

rosa

que

transparentaba el contorno de su cuerpo. Losbrazos y parte del pecho delataban la frescura de un baño reciente. Sehabía levantado tarde y acababa de subir a toda prisa a la cubierta parahacer sus compras antes de que se marchasen los vendedores. El hombrecobrizo ensalzaba la riqueza de una túnica azul con ramajes y pájarosblancos que ella tenía entre sus manos.

—Me pide dos libras, ¿qué le parece?—dijo la joven sonriendo aMaltrana, mientras éste daba con el codo a su compañero.

Ojeda adivinó por esta señal que era Nélida. Ella le miró sonriente, conla misma sonrisa que dedicaba a todos los hombres. Por primera vez sefijaba en él. Fernando la vio más alta, más joven que Teri, pero con unaspecto vulgar y atrevido que le fue antipático. Sólo sus ojos depupilas de ámbar, que tomaban con la luz un reflejo de oro, lerecordaron ¡ay! los otros.

Tal vez no eran iguales; pero él los llevabaabiertos y brillantes en su imaginación, y la más leve semejanza lehacía creer en una identidad completa.

—Me quedo con esto—dijo Nélida mirando amorosamente la asiáticavestidura—. Pero no tengo dinero: habrá que pedir las dos libras amamá... ¿No han visto ustedes a mamá?

Y sin aguardar respuesta, desapareció escalera abajo entre el revoloteode la tela rosa, semejante a tenue nube, que transparentaba la firmesilueta de su cuerpo desnudo.

Aparecieron en el paseo los excursionistas llegados de tierra.

Pegábansea los flancos del trasatlántico las lanchas de vapor para devolverle sucargamento humano. Las mujeres, llevando grandes ramos de flores,corrían hacia sus camarotes o charlaban con las amigas que se habíanquedado en el buque, lo mismo que si regresasen de una larga expedición.¡Venían de España!, ¡ya conocían España! Un país más que añadir a susrelatos de viajes.

Los hombres, con sus anchos sombreros empolvados, los gemelospendientes de un hombro y empuñando todavía el bastón de paseo, hablabansolemnemente de su viaje. Para muchos, era el primer suelo que habíanpisado después de su salida de Hamburgo o de París. El buque se habíadetenido muy poco en Vigo y en Lisboa. Comentaban a coro el atraso y lapereza de aquella tierra. Todas las lecturas antiguas sobre España,todos los prejuicios y errores tradicionales reaparecían de golpe consólo un paseo de dos horas por una isla de África.

El «doktor» alemánque pedía una corrida de toros a las siete de la mañana, alardeaba desus conocimientos hispánicos llamando

«cuadrilleros» a todos los quehabía encontrado en tierra vistiendo uniforme militar. También hablabade familiares de la Inquisición, recordando a los curas gordos y morenosque salían de la iglesia, en busca del casero chocolate, luego de decirsu misa.

Se lamentaba un joven belga, al que muchos llamaban

«barón», de lascalles en cuesta y de los coches. ¡Ni un solo automóvil!... Las mujeres,asomadas a las ventanas como odaliscas.

—Y pensar—dijo Ojeda a su amigo—que tal vez alguno de éstos escribiráun artículo titulado «Mi viaje a España».

Un hombre subido de color, con vistosa corbata y pantalones recogidos ala inglesa, esforzaba su acento lento y meloso para expresarindignación.

—¡No me diga!... ¡Valiente zoquete fui en bajar! Cuatro veces he ido aEuropa, y nunca he querido conoser la España. Ahí no hay adelantos: ahíno hay nada. A mí déme usted la Inglaterra...

Ojalá nos hubiesendescubierto los ingleses. Yo estoy por la sivilisasión, ¿sabe, amigo?...Mucha sivilisasión.

Maltrana sonrió, al mismo tiempo que lo mostraba a su amigo.

Ese que habla es Pérez... Pérez de no sé qué republiquita de las que dancara al Pacífico. Me han dicho que en su país para ser algo hay queprobar que se desciende de ocho abuelos indios y media docena de negros.El blanco queda abajo. Desde la bendita independencia no han podidorascarse con tranquilidad. Todos los años corren a un presidente, y devez en cuando fusilan al que alcanzan y queman el cadáver para que nodeje semilla. «Y yo estoy por la sivilisasión, ¿sabe, amigo?...» Vámonosallá para no oírle.

Se sentaron en el extremo del paseo que daba sobre la proa, entre lasventanas del salón y una gran vidriera desde la cual se abarcaba toda laparte anterior del navío. En el castillo de proa algunos marinerosempezaban los preparativos para levar el ancla.

Oficiales

ycontramaestres

recorrían

la

cubierta

empujando a los vendedoreshaciéndoles cerrar a toda prisa sus fardos, cortando bruscamente latenacidad de los últimos regateos. Deslizábanse los paquetes colgando decuerdas desde las bordas a los botes que cabeceaban en torno de laescala. Los nadadores lanzaron sus últimos gritos: «Caballero, un marco.Eche un marco, caballero, que va el vapor».

—Confieso, amigo Ojeda—dijo Maltrana—, que siento la emoción del queve ante la boca negra de una caverna y se pregunta: «¿Qué habrádentro?...». Aquí, la caverna es azul y luminosa, pero la inquietud nopor esto resulta menor... ¿Qué voy a encontrar más allá de esta isla?¿Cuándo volveremos por aquí? Afortunadamente, contamos con el apoyo dela esperanza... la esperanza buena y equitativa para todos, pues a todoslos que vamos en este cascarón nos asiste por igual... Yo hago esteviaje por ganar dinero, por el ansia de saber qué es eso de la riqueza;y no lo hago sólo por mí. Tengo un hijo, y aunque uno se ría de ciertosburgueses que justifican sus malas acciones y sus latrocinios con lacualidad de padres de familia, crea usted que esto de la paternidad nosimpulsa a grandes cosas y nos hace valerosos como héroes... Ustedtambién va allá por el ansia de dinero. Un hombre de su clase, que tienelo que usted tenía en Madrid (¡yo lo sé todo!), no cambia de vida sin unmotivo poderoso.

—Yo...—dijo Fernando con perplejidad—sí... por el dinero, comousted... Y ¡quién sabe! Tal vez por algo que no es la riqueza; por otrosdeseos menos explicables.

Había reflexionado mucho durante la noche anterior, y ahondando en susdecisiones, encontraba en ellas motivos inconscientes, no sospechadoshasta entonces, que le hacían avanzar con un empujón tan rudo como eldeseo de riqueza.

Parecía cantar en sus oídos la poética romanza deHeine, en la que describe cómo el caballero Tannhauser se arrancó de losbrazos de Venus por sólo el gusto de conocer de nuevo del dolor humano.«¡Oh Venus, mi bella dama! Los vinos exquisitos y los tiernos besostienen ahíto mi corazón. Siento sed de sufrimientos. Hemos bromeadomucho, hemos reído demasiado: las lágrimas me dan ahora envidia, y es deespinas y no de rosas que quiero ver coronada mi cabeza...» El hombrevive en eterno descontento. Tal vez huya él también, como el poetaamante de la diosa, por hartura de felicidad y sed de dolores.

De pronto, junto a ellos, rompió a tocar la banda de música una marchatriunfal. El techo del paseo y los gruesos cristales del miradortemblaron con el rugido armonioso de los cobres.

—Ya zarpa el buque—dijo Maltrana levantándose de un salto—. Mireusted cómo se va moviendo la isla. ¡Nos vamos!,

¡nos vamos!... Eso quetoca la música es magnífico; jamás he oído nada tan solemne; es elsaludo a la esperanza, la gran marcha triunfal de la ilusión.

Y como poseído de un irresistible deseo de movilidad, huyó de su amigo.

¡La esperanza!... Ojeda, sin abandonar su asiento tornó a verse lejos,muy lejos, como en la tarde anterior. Estaba en París, y María Teresavolvía de una excursión a las tiendas de modas.

Esta vez era un libro suúnica compra. Lo había adquirido en los almacenes del Louvre,entusiasmada por su baratura y hermosa encuadernación. ¡Adorable Teri!¡Siempre mujer! Ella, a la que concedía Fernando más talento que amuchas hembras literarias, compraba sus libros en las tiendas de modasentre una pieza de encajes y una docena de guantes.

Era una traducción francesa de las tragedias de Esquilo. En díassucesivos leyeron con las cabezas juntas, como los amantes adúlteros delpoema dantesco. «¡Qué hermoso!—exclamaba ella—. ¿Y dices que estotiene miles de años? ¡Si es de lo más moderno! ¡Si parece de ahora!...»Llevada de su caprichosa imaginación, lamentaba que las palabras noblesy melancólicas de Prometeo no fuesen acompañadas de música. «Una músicade Wagner, ¿me entiendes?, de nuestro amado don Ricardo... O

mejor deBeethoven: algo así como la Novena sinfonía».

Fernando recordaba laescena que los había hecho comulgar a los dos en el estremecimiento dela admiración. Prometeo está encadenado a la roca, y en torno de él,chapoteando las olas, las clementes oceánidas, las ninfas del mar, seapiadan del suplicio del héroe. «¿Qué has hecho, desgraciado, para queasí te castiguen los dioses?» «He enseñado a los mortales a que nopiensen en la muerte» contesta Prometeo. «¿Y cómo lo conseguiste?» «Leshe hecho conocer la ciega esperanza».

Y durante miles y miles de años reinaba sobre el mundo la divinidadbenéfica y consoladora que el héroe sombrío había dado a los humanos,pagando esta generosidad con el tormento de sus entrañas rasgadas por eláguila, «perro alado de Zeus».

Ella conducía los rebaños de hombres enarmas; ella había aleteado ante las proas de los descubridores; ellaconmovía con su paso quedo el silencio cerrado donde meditan sabios yartistas; ella guiaba las muchedumbres ansiosas de bienestar y amplioemplazamiento que se descuajan de un hemisferio para ir a replantarse enel otro.

Fernando la vio; la vio venir, con sus ojos entornados, por encima delazul del mar, como una burbuja de oro desprendida del sol, como unharapo de luz que acabó por detenerse sobre el filo de la proa, lo mismoque las imágenes divinas que adornaban las naves de los primerosargonautas.

Sus alas se tendían majestuosas en el éter como velas cóncavas;

sutúnica

arremolinábase

atrás,

en

pliegues

armoniosos, impelida por elviento. Era igual a la Victoria de Samotracia, y lo mismo que a ella, lefaltaba la cabeza.

Por esto acabó de conocerla Ojeda. Ella no piensa, ella no tiene ojos...

Era la esperanza, la ciega esperanza que con el avance de su torsoseñalaba al Sur.

III

Después del almuerzo, los pasajeros del Goethe oyeron sonar a proa labanda de música, con la lejanía soñolienta que infunde la inmensidad delOcéano a todas las vibraciones.

—Van a vacunar a los de tercera—dijo Maltrana, siempre enterado de loque ocurría en el buque.

Estaban aún frente a la isla, costeando sus rugosas montañas, pétreooleaje de antiguas erupciones llegadas hasta el mar.

Bajaban por lasladeras, como ovejas en tropel, blancas viviendas, medio ocultas algunasde ellas en los repliegues sombreados de verde. Por encima de lascumbres iba pasando la caperuza nevada del Teide como una cabezacuriosa, ocultándose o apareciendo, según el buque marchaba cerca olejos de la costa.

Maltrana no podía mantenerse tranquilo en el jardín de invierno mientrastomaba el café con Fernando. Ocurría a bordo algo extraordinario sin queél lo presenciase.

—¿Le parece que vayamos a ver la gente de tercera?... Debe serinteresante.

Descendieron las escaleras de dos pisos, y saliendo del castillo centralviéronse en la explanada de proa, al pie del palo trinquete. Bajo elgran toldo que sombreaba este espacio aglomerábase el hedor sudoroso deuna muchedumbre. El médico del buque y varios ayudantes, todos conblusas blancas, ocupaban el centro junto a una mesa cargada debotiquines. Y al son de la música pasaban los emigrantes en interminablefila, todos con un brazo descubierto que presentaba a la lancera delvacunador. El primer oficial, secundado por los ayudantes de lacomisaría, organizaba el desfile, cuidando de que todos, después dearremangarse el brazo, presentasen con la otra mano el papel de supasaje.

El acto de la vacunación era a la vez un recuento. Al partir deTenerife, última escala del viejo mundo, empezaba el gran viaje; nadiehabía de entrar en el buque hasta América, y la comisaría necesitabaconocer el número de las gentes que iban a bordo. Los marinerosrecorrían los sollados, los obscuros pasadizos, las bodegas, hasta losmás apartados rincones, en busca de viajeros ocultos empujando a losfugitivos que pretendían evitarse esta operación.

Los oficiales alemanes llamaban a cada momento para dar sus órdenes a unempleado de la comisaría, hombre grueso y de bigotes canos que seexpresaba en distintos idiomas, pasando de uno a otro con asombrosafacilidad. Maltrana y él se saludaron afectuosamente.

—Ése es don Carmelo—dijo Ojeda—, un compatriota nuestro.

Habla todaslas lenguas de Europa; además el árabe, y creo que un poco de japonés. Ycon toda su sabiduría aquí le tiene usted ganando unos cuantos marcos,sin otra satisfacción que ostentar una gorra de uniforme y que losemigrantes le llamen oficial. Le busco todos los días en su despacho,que está abajo, siempre con la luz encendida, y charlamos de lo queocurre en el buque. ¡Qué hombre! Ahí donde le ve, hizo sus estudios enMálaga, él solito, yendo por el puerto de barco en barco y diciendo atodo marino que encontraba aburrido: «Vamos a echar un párrafo en suidioma, compañero».

Mientras hablaba Isidro de la mujer y los hijos de su amigo, andalucestrasplantados a Hamburgo, y de las escaseces pecuniarias de éste, que leobligaban a buscar entre los pasajeros ricos uno que quisiera entretenerlos ocios de la travesía estudiando idiomas, don Carmelo gritó con elacento de su tierra:

—¡Too Dios con er papé en la mano!, ¡que se vea bien!

Y repetía la orden en italiano, en francés, en portugués y en árabe.

Habían desfilado los hombres, y eran ahora las mujeres, con una escoltade chiquillos, las que se iban presentando a recibir la vacunación.Pasaban ante el médico brazos membrudos con la blancura y la firmeza dela carne septentrional; brazos grasosos en los que se hundían los dedosde los operadores; brazos de redondez ambarina, semejantes a los de lasmujeres de Tiziano, pero que ostentaban en su parte alta un obscurotriángulo de roñosa suciedad.

Luchaban al destaparse las mujeres con las mangas de la camisola o de lagruesa elástica, y en este forcejeo se les abría el pecho, mostrandoescapularios y medallas sobre las flacideces de la maternidad. Lashembras árabes, morenas y huesosas, iban casi desnudas bajo sus baronesrayados; las gruesas napolitanas, de cabello revuelto y ojos de brasa,devolvían al corpiño con tranquilo impudor las saltonas exuberanciassurgidas al desabrocharse; las castellanas angulosas de pelo aceitoso yretinto, peinadas como vírgenes prerrafaelistas, cubrían prontamente subrazo con triples forros y se alejaban ruborizadas, moviendo la corta ybailarinesca balumba de sus zagalejos trasudados. Unos chiquillosberreaban agarrándose a sus madres, trémulos de pavor al ver las blusasblancas de los operadores; otros, con el sombrero en el cogote ymostrando la sonrisa marfileña de sus dientes de lobo, se disputaban porquién avanzaría primero el brazo, como si aquello fuese una fiesta.

Maltrana explicaba a su amigo el orden en que iban divididos losemigrantes. La proa era para «los latinos»: españoles, italianos,portugueses, franceses, árabes, judíos del Mediodía y hasta egipcios.Nadie podía adivinar el latinismo de estas últimas gentes; pero así loshabía encasillado la comisaría. En la parte de popa se aglomeraban otrasnaciones: alemanes, rusos y judíos, muchos judíos de diversasprocedencias, polacos, galitzianos, rutenos, moscovitas y balcánicos,cocinando aparte, según las preocupaciones y ritos de su religión. Losisraelitas llevaban carne sacrificada por los rabinos de Hamburgo. Labulliciosa latinidad gozaba el privilegio sobre las otras castas debeber vino en las comidas dos veces por semana y tomar chocolate alamanecer otras dos veces, en vez del café habitual.

Las lamentaciones de don Carmelo, que juraba para él solo con grandesaspavientos, interrumpieron a Maltrana.

—¡Mardita sea mi arma! Ya me extrañaba yo que hisiésemos er viaje sinsorpresas. ¡Pero camará, que no haya medio de librarse de esa gente!...

Cambió algunas palabras en alemán con el primer oficial y luego gritó aunos camareros españoles que estaban al servicio de «los latinos»:

—A ve esos güenos mozos; ¡tráiganlos pa acá!

Avanzaron seis jóvenes, con la cabeza descubierta, las ropas haraposas ylos pies metidos en zapatos rotos o alpargatas deshilachadas.

—¿De moo que no tenéis pasaje y os habéis metió aquí de polisones sinmá ni má, como si esto juese la casa e toos? ¿Y

creéis que esto va aquear ansí?... Tú, ¿de ónde eres?

Y los seis polisones fueron contestando al interrogatorio de donCarmelo. Uno era de Tenerife y los restantes procedían de Andalucía yGalicia. Se habían introducido ocultamente en varios buques, que losecharon en tierra al llegar a Canarias. ¡Y a buscar de nuevo unescondrijo en la bodega de otro barco!... Así pensaban llegar, fuesecomo fuese, adonde se habían propuesto.

Los seis querían ir a BuenosAires; y como bestias humildes, resignadas de antemano a los golpes quecreían merecer, bajaban la cabeza contentos con su desgracia si lograbanalcanzar el término del viaje.

Don Carmelo habló en voz baja con el primer oficial.

—Está bien—dijo solemnemente—. Pero como aquí nadie viene sin pasajey el buque no pué retroceer por vosotros, vais a golveros nadando aTenerife. La isla está allí cerquita.

Y señalaba la costa que se veía en lontananza, entre la borda del buquey el filo del toldo. El oficial se acariciaba impasible la barba rubiamientras el intérprete traducía sus órdenes. Las mujeres abrían los ojoscon asombro y terror.

—Que pongan una escaleriya pa que sartén con más fasiliá—

ordenó donCarmelo.

Los camareros le obedecieron, colocando una pequeña escalera contra laborda, mientras el intérprete repetía la orden.

«¡Al agua, muchachos! Eun remojonsito na más.»

Los polisones de más edad seguían con la cabeza baja, entre incrédulosy aterrados, dudando de que esta orden pudiese ser cierta pero dudandoigualmente de que todo fuese una burla, habituados a durezas y castigosen los buques que les habían servido de refugio. Uno que era casi unniño se atrevió a mirar por encima de la borda, apreciando con ojos deespanto la distancia enorme que se extendía entre el buque y la costa.

—¡Yo no quiero!... ¡No quiero morir!... ¡Yo quiero ir a Buenos Aires!¡Madre!... ¡Mamita!...

Y se echó al suelo gimiendo, agitando las piernas para repeler a los quese acercasen. Comenzaron a partir suspiros y exclamaciones de los gruposde mujeres. Don Carmelo miró al primer oficial que seguía acariciándosela barba.

—Güeno, niños; será pá más tarde. A la noche os iréis nadando. Mientrastanto, que os vacunen, y luego comeréis... A ver unos pantalones viejospa estos güenos mozos; no es caso de que vayan enseñando las vergüensasal pasaje... Pero queda convenido ¿eh, niños? a la noche os marcharéisnadando.

Súbitamente tranquilizados, los polisones se dejaron llevar por losmarineros, que los empujaban rudamente, acogiendo este trato conhumildad y agradecimiento.

—Hay que ser enérgico—dijo don Carmelo a los dos amigos poniendo ungesto feroz—. Si no fuese así, too er buque se llenaria de gente sinpasaje. Cuatro van a ir a las máquinas; siempre hasen farta fogoneros; ylos dos más pequeños ayudarán a la limpiesa de las cubiertas. Podíamosdesembarcarlos en Río Janeiro. Pero er comandante es güeno, y de seguroque los yevaremos hasta Buenos Aires. Los tunantes van a salirse con lasuya.

La música continuaba sonando y se reanudó el desfile de los brazosarremangados ante el grupo de blusas blancas.

Ojeda estaba impresionado por la escena anterior. Creía oír aún losgemidos del mozuelo pataleando en la cubierta: «¡Yo no quiero morir! ¡Yoquiero ir a Buenos Aires!...». El vagabundo de los puertos tenía lamisma ilusión que él y casi todos los que habitaban las cubiertassuperiores. Dormitando entre los fardos y barricas de un muelle, habíavisto también a la diosa alada y sin cabeza; había sentido la caricia dela esperanza. Y allá marchaban todos, afrontando la nostalgia delrecuerdo o las necesidades del presente; revueltos, confundidos,igualados por la ilusión común... ¡Buenos Aires! ¡Qué magia poderosa lade este nombre, que hacía correr a los miserables, como ratoneshambrientos, para ocultarse en las entrañas de los buques!...