La Niña Robada by Hendrik Conscience - HTML preview

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Un grito penetrante se le escapó a la pobre viuda; pero se dominó enseguida y estalló en una carcajada.

—¿Y ese grito?—murmuró la condesa estupefacta.

—Es de alegría, señora, de alegría—dijo Marta—. Ahora me podré casar,vos seréis libre y feliz, estaréis libre de todo pesar.

¡Ah, quésatisfecha estoy! Menos por mí que por vos, que sois mi buena y generosaseñora.

Engañada por estas halagadoras palabras, la condesa exclamó alegremente:

—Os creo, la victoria me ha causado a mí también una viva impresión.Desde que estoy cierta del triunfo, mi corazón se ha aliviado de un pesoenorme. Es un verdadero martirio verse abrumada durante muchos años poruna loca, que ha recibido de la naturaleza un carácter detestable, queno tiene más propósito que deshonrar mi nombre y arrancarme la vida.

—Sí, señora, es un martirio cruel para una madre verse obligada,después de tantos sufrimientos, a encerrar a su hija única en una casade sanidad.

—¡Qué queréis, Marta; cuando no hay más remedio!...

—¿Va ir lejos de aquí?

—Sí, bastante lejos.

—Cuanto más lejos, mejor será para vos y para mí... De esta modo habrámenos peligro de que el señor de Bergams descubra su paradero. ¿Laseñorita irá, sin duda, al extranjero?

—No me preguntéis eso—respondió la condesa visiblemente molestada porla curiosidad del aya—. Mathys ha ido esta mañana a hablar con ladirectora del convento y a anunciarle la llegada de Elena. Si regresaantes de la noche, podréis preguntarle lo que os interesa. Si cree quedebe decíroslo, está bien; pero yo le hecho prometer formalmente quecallaría el sitio adonde va a ser conducida Elena mañana.

—¡Ah! ¡mañana! ¡tan pronto!

—Mañana, a las diez en punto, vendrá a buscarla un coche de la ciudad.Estaremos ausentes.

—¿Estaremos ausentes durante mucho tiempo, señora? Porque tendré, porsupuesto, que preparar algunos equipajes, y llevar ropa para mí.

—Vos permaneceréis a mi lado, Marta.

—¿Y qué mujer acompañará entonces a vuestra hija?

—Ninguna, irá Mathys solamente. Ya está todo concluído y arreglado. Porotra parte, no es lejos, porque Mathys estará de regreso al díasiguiente. El sol se ha ocultado ya tras del bosque; id, Marta, avuestro cuarto y preparad las ropas de Elena. Haré que os lleven dentrode un momento un par de valijas y unas cajas de cartón. Ocupaos encolocar en ellas las cosas de mi hija, para no tener que apresurarosdemasiado mañana. Sed discreta, no digáis nada de lo que os he dicho...,y que la loca llore o grite, no os importe, dejadla que grite como si nola oyerais. Es la última vez que os molestará.

Marta salió de la sala con la sonrisa en los labios y murmurandopalabras de agradecimiento, pero así que estuvo sola las lágrimasbrotaron de sus ojos y se vió obligada a apoyarse en la barandilla de laescalera, porque sus piernas vacilantes se negaban a sostenerla.

En el primer piso se detuvo en medio del pasillo con el pecho jadeantepara que su espíritu tuviera tiempo de recogerse y su valor de templarsea fin de preparar a su hija contra el dolor de la separación, o deconsolarla con una falsa esperanza. Era una fatalidad implacable quepesaba sobre ella desde que había pisado a Orsdael; tenía que disimular,fingir, mentir siempre, lo mismo a su hija que a sus indignos verdugos.

Permaneció un momento inmóvil, absorta en sus sombríos pensamientos.Luego, de golpe, irguió la cabeza. En sus ojos negros brillaba unaespecie de altivez dolorosa y una especie de audacia amenazadora, comosi lanzara un reto a sus enemigos invisibles; sus facciones contraídasse distendieron de pronto, sin embargo, y su expresión se tornótranquila y paciente, al dirigirse a pasos lentos al cuarto de Elena;una suave serenidad iluminaba su rostro, y le dijo a la joven que searrojó desesperada a su cuello con los ojos llenos de lágrimas:

—Vamos, Elena, mi querida hija; no llores así. Tu desesperación no esrazonable. Lo que temes, no sucederá.

—¡Oh, Dios sea loado!—exclamó la joven con una risa nerviosa—. Teníarazón en confiar en vuestro maravilloso poder.

¿Habéis convencido a mimadre? ¿Ya no iré al convento?

¿Puedo quedarme con vos? ¡Oh! ¡Gracias,gracias, mi ángel bueno!

—Siéntate, Elena—dijo la viuda conduciéndola hasta una silla—, ytrata de escucharme con calma. El día toca a su fin: tengo que trabajartodavía y no me alcanza el tiempo para conversar largo rato contigo. Escosa resuelta que vayas al convento.

—¡Oh, Marta, mirad cómo tiemblo!

—Haces mal. Escucha lo que voy a decirte. Mañana a las diez, vendrá uncoche a buscarte... ¿Por qué te asustas tanto? No hay la menor razónpara ello. ¿Es acaso tan dulce y agradable la vida en este estrechocalabozo?

—Con vos, Marta, este obscuro cuarto es para mí un paraíso en latierra.

—Estarás seguramente mejor en el convento.

—¡Oh! Entonces, Marta, ¿vienes conmigo? Sí, sí, estoy contenta. ¡Sipudiera irme en seguida de este sitio en que he sufrido tanto!

—Es cierto, hija mía, pero seguramente no partiré en el mismo coche quetú y no me verás en todo el viaje... ¿Te pones pálida otra vez? Tratade dominar tu espanto.

—¡Por amor de Dios, no me engañéis, Marta!

—¿Cuándo os he engañado?

—¡Jamás!... ¡Jamás!... perdonadme esta duda. No sé lo que me pasa,tengo el corazón oprimido, apenas puedo respirar, tiemblo de pies acabeza; una voz secreta me dice que voy a perderos para siempre. ¡Antespreferiría morir, Marta, a no volveros a ver más!

La viuda, aunque su corazón sangraba cruelmente, dulcificó aún más lavoz y trató de calmar a la joven, asegurándole que no se separaría nuncade ella y que estaría siempre a su lado para quererla y protegerla. Porfin, cuando creyó haberlo conseguido agregó:

—Pues bien, Elena, ya que este viaje te asusta tanto, todavía creo quelo podré impedir. El intendente salió esta mañana y volverá tarde estanoche. Espiaré su vuelta e iré a verlo en su cuarto. Por medio de élquizá consiga que tu madre vuelva sobre su decisión. Si esta últimatentativa no da resultado, es preciso que demuestres que tienes valor yjuicio, y que no dificultes mi protección con tu debilidad. Sube alcoche, déjate conducir sin quejas ni resistencias; aunque tengas quepasar algunos días sin mí en el convento, soporta con paciencia estacorta ausencia, segura de que me tendrás pronta a tu lado, más abnegaday poderosa que antes. Es posible, Elena, que tus enemigos hayan queridoprepararte una existencia dolorosa en el convento, pero debes saber quetengo bastante amor y fuerzas para triunfar de su maldad.

Marta consiguió, por fin, fingiendo una confianza absoluta, dar a suhija el valor necesario. Elena prometió que haría el viaje sin quejarse,retemplada por la idea de que su protectora estaría presente en elmomento de la partida para alentarla y sostenerla.

Era tiempo de que la joven fuera a acostarse y tratara de descansardespués del golpe terrible que su corazón había recibido. Los consuelosy las predicciones del aya le habían hecho esperar que su existenciasería menos amarga en el convento que en el castillo de Orsdael.

La viuda salió después de abrazar tiernamente a Elena.

Apenas hubo Marta cerrado la puerta, la expresión de su rostro cambiópor completo. Las señales de espanto reaparecieron alrededor de suslabios, y sus ojos abiertos sondeaban los espacios con una especie deextravío, su propio pensamiento la arrastraba, y, sin embargo, era esemismo pensamiento el que, hacía un instante, le había inspirado el valorde arrojar a sus enemigos un victorioso reto. Ahora parecía vacilar yretroceder ante la ejecución, aunque la felicidad de su hija fuera elpremio de su audacia.

Su cuarto estaba casi a obscuras; el crepúsculo de la noche no permitíadistinguir los objetos, sino como formas grises...

De pronto lanzó un grito extraño; su resolución era ya inquebrantable.

—Soy madre—se dijo—; Dios me perdonará.

Corrió con precipitación febricitante hacia el cuarto del intendente, sedejó caer sobre la puerta, apoyó contra ella el hombro, se arqueó sobrelas piernas, contrajo los músculos para vencer el obstáculo de lacerradura. La puerta había sido sin duda mal cerrada, porque se abrió alprimer empuje. Un grito ronco salió de la garganta de la viudasemienloquecida. Saltó hacia el cofre de hierro, tanteó por todas partesla cerradura, la sacudió temblando y jadeando, bramó de desesperacióncuando comprendió que era imposible violentarla. Sin embargo, en aquelcofre había un objeto, un escrito cuya posesión hubiera comprado alprecio de su sangre. La libertad de su hija, su derecho de madre, sufelicidad, sólo estaban separados de sus manos trémulas, por lasdelgadas paredes de aquel cofre; ¡y tendría que dejarlo allí, querenunciar a toda esperanza y sucumbir bajo el peso de su impotencia!Pero no se dió por vencida aún. Acudió a la chimenea y tomó las pinzasde hierro.

Se arrojó al suelo delante del cofre, introdujo elinstrumento con una violencia insensata, entre la tapa y la cerradura,se apoyó con tal fuerza contra las tenazas, que las dobló, como sifueran de plomo. Sudaba copiosamente; jadeaba como si un gran peso leoprimiera el pecho; su corazón latía con furia. Nada, todo era inútil.

Por fin, hizo un último esfuerzo, rompió las tenazas, y Marta sintió conterror inexplicable que tenía sangre en las manos.

Recogió los pedazos del instrumento roto y corrió a su cuarto, cayendosin conocimiento en una silla.

Volvió en sí largo rato después. Primero se sintió desalentada y comoaniquilada por la fatiga; una nueva claridad iluminó su espíritu,comenzó a reflexionar, y a buscar en aquella necesidad extrema, si noexistía algún último medio de continuar su lucha contra el destino.

¿Despertaría su hija? ¿La vestiría apresuradamente y emprendería la fugacon ella a favor de la obscuridad? Pero, ¿a dónde iría? ¿No laperseguirían y muy luego darían con ella? La pondrían en la cárcel... Y,¿cuál sería la suerte de su pobre Elena? ¿Iría a hablar a la condesa, ledeclararía su nombre y reclamaría su derecho de madre sobre la joven? Nopodía probar ese derecho, la única prueba estaba en poder de susenemigos y a la menor sospecha destruirían infaliblemente esetestimonio.

¿Huiría sola del castillo? ¿Correría horas enteras a travésde los bosques, para invocar el socorro de Federico? ¿Quién le indicaríael camino? ¿Y qué podría hacer aquel joven más que ella?

La inutilidad de sus meditaciones le arrancaba penosos suspiros. Laatroz convicción de que la puerta de la casa de sanidad iba a cerrarsesobre su hija querida, le oprimía el corazón y hacía correr por todo sucuerpo un frío glacial.

Después de haber permanecido un rato inmóvil y como inerte, unainspiración brusca y misteriosa la hizo erguirse vivamente con un rayode alegría en los ojos.

—Sí—exclamó—, lo que voy a intentar sería culpable en otracircunstancia de mi vida, pero no me es dado escoger, debo salvar a todoprecio la vida de mi hija.

V

Eran las once de la noche cuando el coche en que viajaba el intendentellegó a todo galope por el camino que conducía al castillo y se detuvodelante de la puerta. Los caballos, fatigados por aquella rápidacarrera, estaban jadeantes y cubiertos de sudor. Mathys saltó al suelo yllamó; la puerta se abrió en seguida.

—Veo luz en la ventana. ¿La señora está despierta todavía?

—Sí, señor, os está esperando—le respondieron.

A la vez que refunfuñaba con singular vivacidad, abrió la puerta de lasala y, en vez de responder al saludo, al alegre saludo y las preguntaspremiosas de la condesa, se dejó caer en una silla exhalando un suspiro.

—¡Dios mío! ¿qué os pasa, mi buen Mathys?—exclamó la condesa—, ¡quésudoroso y pálido estáis!

—Dejadme respirar, dejadme reponer del susto mortal que he sentido.

—Hablad, os lo ruego. ¿Qué es lo que ha pasado? ¡Me hacéis temblar,Mathys!

—Es cosa de temblar, señora; he estado a punto de ser asesinado a unalegua de aquí.

—¡Asesinado! ¿Qué queréis decir?

—Os contaré eso mañana; pero no, ya veo que no tenéis compasión de miestado, y no me concederéis un minuto de reposo hasta que lo sepáistodo. Pues bien, he aquí en pocas palabras lo que me ha pasado. Cuandollegamos a la aldea en que vive

Federico

Bergams,

el

cochero

me

propusoque

atravesáramos el bosque de Muraster para acortar el camino. Yo noacepté porque la obscuridad es intensa, y confieso que no me gusta andarpor los caminos apartados, sobre todo de noche. Pero como ya era tarde ytenía ganas de encontrarme en mi cama, me dejé convencer por el cochero,y tomamos por el camino travieso. Todo marchó bien durante una hora.Pero tuvimos que pasar por un valle rodeado por todas partes por bosquesespesos.

Yo no me sentía a gusto porque la sombra era tal que no podíadistinguir ni al cochero ni a los caballos, y ya empezaba a pensar enaquel crimen cometido en ese sitio hace años, cuando de pronto oigo unsilbido agudo detrás de mí. Le grito al cochero que castigue a loscaballos; pero un silbido análogo se hace sentir por todas partes,delante y detrás de nosotros. Yo estaba más muerto que vivo y ya me veíarodeado de una banda de asesinos.

El cochero estaba quizá más asustadoque yo, quizá los caballos tuvieron conciencia del peligro, porque sepusieron a volar como el viento. Yo ya me felicitaba de que hubiéramosescapado, cuando tres o cuatro hombres salieron del bosque y nosgritaron que nos detuviéramos; pero algunos buenos fustazos despertaronel valor de los caballos. Uno de los bandidos invisibles hizo un disparode pistola y la bala pasó tan cerca de mis oídos, que todavía me siguenzumbando. Desde ese momento los caballos galoparon sin cesar hasta elcastillo. Son unos animales soberbios y el cochero debe ser muy hábil.No sé como no nos rompimos el pescuezo en esta carrera salvaje.

¡Ah!comienzo a tranquilizarme, pero necesito descansar, y os ruego que mepermitáis retirarme.

La condesa abrió la puerta de un armario y sacó una botella y una copa.

—Mi pobre Mathys—le dijo tomándole la mano—, vuestro susto debe habersido grande. Tomad, bebed una copa de vino de España, esto os repondrá.Ahora estáis en seguridad en el castillo, todo temor ha desaparecido. Osdejaría marchar a pesar de mi ardiente deseo de saber si habéisconseguido el objeto de vuestro viaje; pero no podéis iros a la cama tanagitado, y debéis darle a vuestro espíritu el tiempo necesario para quese calme.

Bebed un sorbo, os digo, esto os repondrá, mi buen amigo.

El intendente miró a la condesa con sorpresa; había en el timbre de suvoz y en su fisonomía algo tan suave y cariñoso, que no supo qué pensary se preguntó si no ocultaría alguna celada bajo aquella amabilidadextraordinaria. Supuso que la condesa había sido dominada por completopor sus amenazas de la víspera y que no le halagaba más que para impedirlas realizara en un momento de cólera.

—Vamos, Mathys—dijo la señora de Bruinsteen—, olvidad vuestraaventura de esta noche, y hacedme el favor de darme algunasexplicaciones sobre el resultado de vuestro viaje. ¿Le hablasteis a ladirectora de la casa de sanidad?

—Estuve cerca de una hora junto con ella.

—¿Aceptarán a Elena sin dificultad?

—Sin ninguna dificultad. La declaración del médico y vuestro pedido,eso es todo lo que pide.

—¡Por fin vamos a vernos libres de esa loca desnaturalizada!

¿Es cosasegura, Mathys, que se la vigilará con cuidado y que no se dejará quenadie se acerque a ella?

—Le he explicado a la directora que un joven interesado y codicioso lapersigue por su fortuna, y que ese cobarde seductor tratará de verla ole aconsejará por medio de cartas o de intermediarios que se escape dela casa. Se me ha tranquilizado a ese respecto. Puesto que norepararemos en los gastos, se le dará una guardiana severa que estarájunto con ella siempre, y dormirá en el mismo cuarto.

—¿Y no volverá a salir jamás de la casa de sanidad?

—Jamás, a menos que lo pidáis.

—¡Entonces, no tendrá que esperar poco!—dijo la condesa restregándoselas manos—. Puede estar segura de que no volverá a saber lo que es elcampo libre y el espacio azul. Se acabó, ahora que ha sido declaradaloca, y que va a ser encerrada para siempre, nadie se preocupará deella. El secreto de su nacimiento quedará encerrado en la casa desanidad. Yo me vuelvo curadora de su fortuna, y si muere, de fastidio ode enfermedad, heredaré, naturalmente, sus bienes, en calidad de madre.

Sí, sí, seréis inmensamente rica, y yo, que he sacrificado toda mi vidaen favor de vuestro bienestar y de vuestros intereses,

¿qué recompensatendré? Un puñado de oro, economizado sueldo a sueldo.

—¿Un puñado de dinero?—dijo la señora de Bruinsteen, riendo deincredulidad—. ¿Pensáis que no sé cuántas acciones de la deuda delEstado y cuántos títulos de empréstitos encerráis allá arriba, envuestra caja de hierro? Vamos, vamos, no os enojéis, mi buen Mathys, noos envidio de ningún modo vuestro tesoro. Ahora que hemos conseguido elfin de nuestra vida, quiero

demostraros

mi

agradecimiento

con

un

legadoconsiderable. El molino de agua de Lisck es una linda propiedad, ¿no escierto?

—El molino de agua—repitió el intendente—. ¿Y qué hay con eso?

—Es una linda granja, con quince cuadras de tierra gorda.

—En efecto, señora; ¿qué es lo que queréis decir?

—Que estoy decidida a regalaros ese molino, Mathys.

El intendente lanzó un grito de alegre sorpresa, y tomó entre las suyasla mano de la condesa.

—¡Ay, señora, qué generosa sois!—dijo—. Ahora ya no deploro todo loque he hecho por vos. ¿Me dais entonces el molino de agua con la granja?¿Irrevocablemente, en plena propiedad?

—Es decir—respondió la condesa—que tendréis el usufructo y gozaréisde los arriendos.

—Ya me parecía—dijo el intendente con amarga decepción.

—Sois injusto, Mathys—observó la señora de Bruinsteen—.

Hago todo loque puedo por disponer de ellos a mi antojo. Si muere, el molino de aguaserá vuestro; pero, mientras tanto, tenéis que contentaros con la rentay los réditos. Es una bonita renta anual.

—Sí, pero es revocable, señora, y no sé que estéis dispuesta a mi favorel año que viene; ¿y si se os ocurre casaros, ahora que la loca no osestorba el camino?

—No, no temáis nada, Mathys.

—¿Queréis, señora, que aprecie vuestro regalo y lo considere comorecompensa de los sacrificios que he hecho por vos?

—Ciertamente que sí.

—Pues entonces, dadme un escrito de vuestra mano.

—¿Qué escrito?—murmuró inquieta la condesa—. ¿Un escrito de mi mano?

—Es fácil de comprender, señora; un vale por una suma de dinerobastante considerable para compensar el valor del molino de agua y de lagranja. Sólo entonces le daré realmente las gracias.

—Pero—dijo la condesa con cólera mal contenida—, si la casualidadhiciera que yo no heredase los bienes de Elena, seguiría siendo, sinembargo, vuestra deudora. Ya me habéis hecho vuestra esclava exigiéndomeun primer escrito. No me he de poner por segunda vez bajo vuestradependencia.

Mathys se levantó para retirarse y repitió con amarga sonrisa:

—Está bien, señora. Vuestra extraña amabilidad, vuestro lenguajehalagüeño me hacían prever que queríais engañarme.

Cuál puede servuestra intención secreta lo ignoro, pero creedme, jugáis una partidapeligrosa. La loca partirá mañana, pero todo no ha concluído por eso.Ya sabéis que aunque Elena estuviera encerrada varios años, me bastaríadecir una palabra para libertarla a ella y sumiros a vos en la pobreza.

—Pero, mi querido Mathys, os equivocáis; yo no tengo ningún propósitosecreto—dijo la condesa con tono suave y humilde—.

Mi único proyectoera recompensar vuestra abnegación, y creía que os causaría placer estanoticia. No desconfiéis de mí, os lo ruego; el molino de agua serávuestro, si no es ahora, será más adelante. Hablaremos más detenidamentede este asunto cuando volváis del convento, y estad seguro que os dejarésatisfecho, aunque tenga que daros otra vez mi firma. Id a descansarahora, mi buen amigo; mañana tendréis que partir bastante temprano.Tomad esta lámpara. Que paséis buena noche. Dormid tranquilo, Mathys;vais a quedar sorprendido de mi generosidad.

El intendente salió de la sala refunfuñando. Subió lentamente laescalera, reflexionando sobre la amable sorpresa que le había hecho lacondesa, y su modo astuto de ofrecerle con mucho énfasis una donaciónque podía retirarle al día siguiente. ¿Qué hábil maniobra ocultabaaquello? ¿Quería la señora de Bruinsteen tenderle una celada? ¿Buscabaalgún medio de impedir su casamiento con Marta? ¿Cómo sabía la condesaque poseía títulos de renta? ¿Quién le había dicho que sus papelesestaban encerrados en el cofre de hierro?

Se aproximó a su cuarto pensativo y desconfiado. Cuando fué a poner lallave en la cerradura, la puerta se abrió sola. Esto le sorprendió y sedetuvo inquieto. ¿Se habría olvidado de echar la llave al salir? ¿Habíaentrado alguno en su cuarto durante su ausencia? Iba a darse cuenta deello.

De pronto se estremeció y volvió la cabeza; era un ruido de pasos que sedeslizaba en el piso.

—¿Sois vos, Marta?—dijo—. ¡Cómo! ¿Todavía estáis en pie?

Son cercade las doce. ¿Queríais hablarme antes de acostaros? Os agradezco esabenévola atención, querida amiga.

Pero la viuda se colocó misteriosamente el índice sobre los labios, ymientras él la miraba estupefacto, ella le tomó el brazo derecho y lecondujo silenciosamente al fondo de la pieza, le indicó una silla y sesentó a su lado, junto a la mesa.

—¿Qué significa este silencio y este aire de misterio? Me hacéistemblar.

—Hablad despacio, que nadie nos oiga—dijo Marta con voz sofocada—. Ungran peligro pende de vuestra cabeza. Vuestros enemigos han tendido unacelada a vuestros pies y de antemano celebran vuestra pérdida...Respondedme, Mathys, y no os sorprendáis de mis preguntas. ¿Es ciertoque una vez cometisteis una acción que podría entregaros, a la menorindiscreción, a la justicia?

El intendente murmuró algunas palabras confusas, como si nocomprendiera bien lo que se le preguntaba.

—¡Quiera Dios que me hayan engañado!—prosiguió Marta—.

¡Oh Mathys,hoy he sabido cosas atroces! Durante toda la tarde he reflexionado en lapenosa situación con que me amenaza esa inesperada revelación. Mepregunto con inquietud si puedo ser la esposa de un hombre a quienacusan de haber cometido un crimen.

—¡Cómo! ¿qué decís?—exclamó el intendente palideciendo—

. ¿Un crimen?¿Y os referís a mí?

—¡Chito! ¡chito! dejadme proseguir. Manteneos tranquilo y escuchadmehasta el fin; la felicidad de toda vuestra vida, quizá dependa devuestra sangre fría... Después de pensarlo bien, me acordé del afectoque me tenéis; la gratitud y la compasión vencieron, y he pensado quesois sin duda víctima de personas perversas que quieren librarse de untestigo inocente, mediante alguna cobarde traición.

—No os comprendo—balbuceó el intendente.

—Puede ser que, en efecto, no me comprendáis. Hablaré más claro, perodadme antes vuestra palabra de que vais a dominar vuestra indignación, ya no salir de esta pieza hasta que yo os lo permita. Si no os conservaisdueño de vos, os perderéis irremisiblemente.

—Os prometo, Marta, conservar mi sangre fría.

—¿Y hablar en voz baja?

—Muy baja.

—Si tomo estas precauciones, Mathys, es solamente para preservaros deun gran peligro. No podré, sin duda, ser vuestra mujer; pero me habéisdemostrado afecto, y quiero demostraros, al menos, que soy agradecida.

—¿Que no podréis ser mi mujer? ¡Oh! os juro, Marta, que me hancalumniado.

—Yo así lo creo, señor, y me lo va a demostrar la sinceridad devuestras palabras. Os ruego, Mathys, que, para bien vuestro, no meocultéis la verdad.

—Pero hablad claramente; ¿qué es lo que queréis saber?

Aproximándose a él, la viuda le preguntó con voz contenida:

—Decidme, Mathys, ¿Elena es realmente hija de la señora de Bruinsteen?

Al oír esta pregunta, Mathys pareció haberse vuelto mudo; sin embargo,después de un rato de silencio, respondió tratando de sonreír:

—Yo lo creo por lo menos; ¿de quién sería, si no, la hija?

—Eso no está bien, señor—dijo Marta con un tono de triste reproche—.Yo trato de obtener la consoladora convicción de que he sido engañada, alo menos respecto a la parte que habéis tomado en ella; pero si osparece que debéis fingir conmigo, me es imposible protegeros y tengoque abandonaros a la muerte atroz que os amenaza. No penséis en nuestrocasamiento: ¿cómo podría resolverme a llevar un nombre que hoy o mañanapuede ser deshonrado por una sentencia infamante?

—¡Dios mío! ¿qué decís?—balbuceó el intendente espantado por laspalabras de Marta, pero retrocediendo ante la revelación que ella lequería arrancar—. Os he prometido confiar ciertos secretos así queestemos casados. ¿Por qué no esperáis ese momento para interrogarme?

—Porque ese momento no llegará, si no obtengo de vuestra boca toda laverdad.

—Decidme de qué se me acusa y veré si puedo responder ahora con enterafranqueza.

Marta pareció ofendida por aquella resistencia y permaneció algunosminutos muda. Después dijo, como adoptando una brusca resolución:

—Elena no es la hija de la señora Bruinsteen; es hija de un oficial dehúsares, y tuvo como nodriza una campesina, en Elterbeck, cerca deBruselas...

—¡Dios mío! ¿quién os ha dicho eso?

—Lo sabréis si por vuestra parte me demostráis alguna confianza. Vamos,respondedme: ¿Elena es hija de la condesa de Bruinsteen, sí o no?

—Pues bien, no—suspiró Mathys como si aquella confesión le hubieraatemorizado.

Marta dejó escapar un grito de alivio; porque bien que no hubiese dudadode que la joven era su hija, la confirmación de esa creencia la llenó deuna alegría infinita. Pero, como viera que el intendente la mirara condesconfianza, prosiguió con acento más tranquilo:

—¡Ah, Mathys, qué feliz me hace esta prueba de vuestra sinceridad! Ellame permite esperar que os hayan acusado injustamente. Se pretende quevos robasteis a esa niña y la trajisteis a casa del conde de Bruinsteensin que él ni la condesa supieran nada de antemano.

—¡Mentira, calumnia!—exclamó el intendente.

—¡Chist!—murmuró el aya—, acordaos de vuestra promesa.

Yo tambiéncreo que se trata de traicionaros a fin de que vos solo carguéis con lapena de un delito que la ley castiga con cinco años de presidio. Quierosalvaros por gratitud, por abnegación.

—¿Quién puede haberos revelado cosas semejantes?

—¿No lo adivináis? La nodriza ha muerto, pero hay otras personas queconocen el secreto del robo de la niña.

—¿Otras personas? No existen, Marta.

—¿No hay otros testigos? ¿Estáis seguro?

—Ni uno solo, el marido de la nodriza murió hace catorce años.

Esta certidumbre le causó a la viuda una sensación dolorosa; pero ocultósu emoción y prosiguió:

—El secreto se habrá entonces revelado por sí solo, a menos que laseñora...

—¿La condesa? ¡Es imposible!

—Sin embargo, ha sido la condesa quien me lo ha confiado.

—Es preciso entonces que esté loca, o que el mismo diablo la hayaempujado a hacer tal extravagancia—exclamó Mathys—.

¡Oh! yo lo sabré,tendrá que darme cuenta de su traición.

Y se puso de pie para salir.

Pero el aya, que ya había previsto ese movimiento, lo retuvo del brazodiciéndole:

—Dominad vuestra indignación, señor; si salís de esta pieza antes deoírme hasta el fin, nada podrá salvaros del deshonor y de la cárcel.

—Pero

es

algo

incomprensible—murmuró

Mathys

desalentado—. ¿Entoncesella misma me quiere poner en peligro para perderme? ¿Qué la puedeimpulsar a cometer semejante locura? ¿Qué fin puede tener en vista?

—Lo que la impulsa es el odio ardiente que os tiene; y al acusaros deun crimen ante mi, quiere impedir nuestro casamiento. Pero vos no soisculpable del robo de la criatura:

¿VERDAD? Vamos, Mathys, os lo suplico,no me dejéis en esta penosa duda: ¿vaciláis aún?

—No sé qué responder. Me parece que estoy soñando.

—Quizá hayáis prestado vuestra ayuda—dijo la viuda con dulzurapacífica—, pero, si no habéis hecho más que cumplir las órdenes devuestros señores, sólo habéis sido el instrumento pasivo de las personasque tenían derecho a vuestra obediencia.

—Sí, sí, es así—afirmó Mathys.

—En este caso, quizá os fuera fácil justificar vuestra intervención, yprobar vuestra inocencia... Vamos, decidme cómo pasaron las cosas. Lo sétodo, pero deseo encontrar en vuestro relato, medio de defensa devuestros enemigos. No me ocultéis nada. Después os diré el infameproyecto formado para perderos.

El intendente vacilaba aún e inclinaba la cabeza para reflexionar.

Marta tenía sus ojos encendidos fijos en él; la esperanza y laimpaciencia le hacían saltar el corazón en el pecho.

—¡La condesa debe estar loca! ¡revelar semejantes cosas a mi futuraesposa! ¡Ah! Con razón presumía yo algún ardid de serpiente bajo sufalsa amabilidad. Pero jamás hubiese creído que el odio y la maldad lacegaran hasta este punto. Marta—

agregó—, no puedo pretender que soyinocente del todo, pero hay alguien más culpable que yo, y no creo queos sea difícil encontrarme excusas.

—Tened valor, Mathys—dijo la viuda—, yo le he de perdonar mucho alhombre que me ha protegido y defendido.

—Pues bien, escuchad, vais a saberlo todo. La señora... o más bienMargarita de Schminspaen, era sirvienta, y yo lacayo, en Bruselas, encasa del conde de Bruinsteen, un hombre gastado y loco que se pasabaocho meses del año en su sillón, paralizado por la gota. Margarita, pormedio de halagos y adulaciones, lo tenía dominado por completo. El condeno tenía más que parientes lejanos por el lado materno, y ella los teníaalejados, para hacerse dueña de él por completo. Yo creía que procedíaasí por amor, por gratitud a nuestro señor, y como se mostraba atenta yamistosa conmigo, yo la ayudaba por todos los medios.

¿Es estocensurable?

—La gratitud es un noble sentimiento—murmuró el aya, la cual,previendo que Mathys trataría de justificarse, ponía toda su atención endiscernir de sus palabras la verdad y la mentira.

—Margarita me engañaba, sin embargo—prosiguió el intendente—. Teníaun fin secreto, y quería poseer su fortuna después de su muerte. Elmejor medio de conseguirlo, era el casamiento, según ella. El señorBruinsteen, vencido por sus largas instancias y por sus maniobras deuna habilidad infinita, se dejó por fin llevar hasta eso. Pero Margaritase vió en parte defraudada en sus esperanzas, porque el contratoestipulaba que la considerable fortuna del conde pertenecía a suslegítimos herederos, si no tenía hijos de su casamiento.

—¿Y ella no tuvo familia?—interrumpió la viuda.

—Vais a saberlo; Margarita vivió dos largos años de inquietud. Elconde, que mejoró un poco en su salud, recuperó un tanto la claridad deespíritu; pareció deplorar su casamiento, y su mujer le inspiróaversión. Ella tenía poca esperanza de que favoreciera en su testamentoa aquella que le había inducido a contraer un matrimonio deshonroso. Eldeseo más ardiente de Margarita, se vió, sin embargo, cumplido. En eltercer año de su unión el Cielo le acordó una hija, que recibió elnombre de Elena. Pero su alegría fué de corta duración; la niña nacióenferma, y al cabo de dos o tres semanas se puso tan flaca que no cupoduda de que viviría poco tiempo más. Podéis imaginaros la desesperaciónde la señora. No sólo sufría su cariño de madre, sino que, si su hijamoría, la fortuna del conde se le escapaba. El doctor pretendió que noquedaba otra esperanza que darle a la criatura una nodriza robusta yhacerle respirar el aire del campo. Yo me había informado de unanodriza, y conocía una robusta campesina no lejos de Bruselas, que sehabía presentado a ofrecerse. Como la pequeña Elena estaba casi muerta,partió al día siguiente con una sirvienta y la niña. Pero en casa de lacampesina, ya encontré el sitio ocupado por otra criatura.

—¡La hija del oficial de húsares!—suspiró Marta con voz casiininteligible.

—Sí, de su viuda, porque al día siguiente, supe que su padre habíamuerto. Yo no sabía qué hacer y me encontraba en una gran dificultad,porque temía que la pequeña Elena muriera en mis brazos por falta depróximos auxilios. Merced a la promesa de una generosa recompensa, hiceconsentir a la campesina en que cuidara y amamantara a la niña durantealgunos días, hasta que encontrara otra nodriza. Al volver, a la condesale di cuenta de mi aventura, tratando de prepararla para la fatalnoticia que iba a recibir sin duda al día siguiente. La certidumbre deque su hija

estaba

por

morir

llenó

a

la

condesa

de

indecibledesesperación, y al mismo tiempo la llenó de rabia; sin embargo, yadebía haber pensado en recurrir a algún expediente supremo porque merogó que no dijera nada a nadie de aquello, y durante la tarde fingiódormir para combinar y madurar un proyecto tan hábil como criminal. Erade noche, cuando me hizo llamar... ¡Ay! pluguiera al Cielo que nuncahubiera hallado a tan pérfida mujer. Mi vida no estaría amenazada por unterror incesante y por arrepentimiento continuo. Mi corazón es honrado ysoy incapaz de cometer espontáneamente una injusticia; pero lacompasión que me inspiraba...

—¿Qué os dice?—interrumpió la viuda, que escuchaba palpitante laspalabras que recogía de los labios del culpable.

—Le resistí, me negué; pero ella me rogó, me suplicó, regó mis manoscon sus lágrimas, y tanto hizo que hubiera ablandado el corazón másinsensible. Después me amenazaba con su venganza e iba a echarme a lacalle. Si, por el contrario, consentía en ayudarla, prometíaenriquecerme.

—Pero, ¿qué era lo que os exigía?

—Vencido por la compasión, cedí a sus deseos, y me encargué de laejecución de su proyecto... Estáis impaciente, Marta. Yo mismo tengomiedo de esta revelación. Mi espíritu se revela y mi conciencia sufre.La señora estaba dispuesta a arriesgar una tentativa desesperada, paracolocar a la niña ajena, en el lugar de Elena si ésta llegaba a morir, afin de conservar así la posibilidad de poseer la fortuna del conde. Conel bolsillo lleno de oro y autorizado para las más brillantes promesas,partí aquella misma noche y golpeé a las puertas de la nodriza, con elpretexto de informarme del estado de la criatura. La niña vivía aún,pero la nodriza no dudaba de que no pasaría del día siguiente. ¿Qué osdiré? Me costó gran esfuerzo hacerle comprender a aquella simple lo quedeseaba de ella, y en un principio rechazó con horror mi proposición;pero la vista del oro y la promesa de una renta anual, acabaron detriunfar de sus escrúpulos. Las circunstancias favorecieron de unamanera muy particular la ejecución del proyecto de la condesa. El cambioproyectado podía hacerse sin despertar la sospecha de nadie... Las cosaspasaron de este modo: La pequeña Elena murió al día siguiente por latarde. Se le anunció a la viuda del oficial que su hija había muerto.Una persona extraña vino a asistir al entierro.

Nadie sospechó la menorsuperchería, y, tres meses después, el conde de Bruinsteen estrechabaentre sus brazos a la niña robada, dando gracias a Dios por haberleconservado a su única heredera... Veo, Marta, que tenéis los ojosllorosos. Es una triste historia y soy muy digno de que se me tengalástima, ¿verdad?

¡Ser dominado por una mujer falsa y perversa, y sufrirtoda mi vida por cumplir una orden de mis señores, cuando todavíaignoraba por completo lo que es el mundo!

Marta se había afectado profundamente al oír el final del relato delintendente. Había despertado en ella dolorosos recuerdos y hecho sangrarviejas heridas. Sin embargo, no le faltaron fuerzas para ocultar suemoción y simular otra aparente. Todo lo que hacía, por otra parte, lohabía premeditado; en la soledad de sus reflexiones había previsto contanto acierto todas las fases posibles de esta conversación, que sedirigía a su fin preciso, con paso firme a través de todas lasdificultades. Después de un breve silencio, prosiguió suspirando:

—¡Pobre Mathys! Sois la víctima de una ciega abnegación. Os compadezco;el terrible peligro que os amenaza me arranca lágrimas de compasión y deangustia. La maldad es muy grande en los corazones perversos. Aquellapor quien os habéis sacrificado, quiere preparar ella misma vuestrapérdida y entregaros a la justicia.

—¿La condesa?—exclamó el intendente.

—Sí, la condesa.

—¡Eso es imposible! Tengo pruebas que le impiden tramar algo contra mí.

—Poseéis un documento firmado por ella, ya lo sé.

—¿Lo sabéis?—murmuró el intendente estupefacto.

La viuda aproximó su silla como para revelarle secretos importantes.

—Escuchad, Mathys; sofocad por el momento vuestra indignación y habladquedo—le dijo con tono misterioso—. Lo que vais a saber os llenará detemor y de cólera; pero cobrad coraje y no temáis nada; yo lucharé juntocon vos contra vuestros enemigos, y estad seguro de que, uniendonuestros esfuerzos, haremos fracasar sus pérfidas maquinaciones.

—Os doy las gracias por vuestra abnegación—respondió Mathys—, y mefelicito de que la condesa no haya conseguido con su calumnia quitarmevuestra estimación... Pero no me doy cuenta de lo que teméis, Marta. Laseñora no puede hacer nada contra mí, os lo repito.

—¿Creéis eso? ¿Estais tranquilo porque tenéis en vuestro poder undocumento firmado por ella? Y si os robara ese papel,

¿no estaríais porcompleto en su poder? ¿No podría pretender entonces que ignora porcompleto el robo de la niña? ¿Quién podría demostrar entonces que Elenano es su hija, puesto que todos los testigos han muerto, y que vuestraacusación sería considerada como una acción perversa?

—Pero ella no puede quitarme ese papel, no sabe dónde está.

—En la caja de hierro—dijo el aya.

—¡No, no es cierto!—exclamó el intendente, estremeciéndose de temor yde sorpresa.

—Mathys, Mathys, ¿por qué queréis engañarme? ¿No me queréis entoncespermitir que os salve?

—¡Ya no sé ni lo que digo!—murmuró el intendente—. Sí, sí, Marta;está en el cofre.

—El hierro es duro, Mathys; pero el acero es más duro aún.

¿Y sifracturaran ese cofre durante vuestra ausencia y os quitaran esedocumento?

El intendente, asaltado por una inquietud secreta, se puso vivamente depie, sacó una llave del bolsillo y abrió el cofre.

Luego lo volvió acerrar con la misma rapidez, y volvió junto a la viuda, con una sonrisaen los labios.

—Ahí está todavía, nadie lo ha sacado—exclamó respirandoruidosamente—. Pero la verdad es que parece que hubieran tratado deforzar el cofre—agregó examinando la cerradura—. Pero es absurdo queme asuste. ¿Cómo haría una mujer para forzar un mueble como éste?

—Hay cerrajeros en la aldea.

—Pero, ¿qué queréis decir? ¿Sería capaz la condesa de consumar un actotan criminal?

—Juzgad por vos mismo, Mathys. Mientras estabais en viaje, la señora mehizo llamar. Me interrogó durante más de una hora para convencerse deque yo estaba dispuesta a asociarme a ella contra vos. Intentó volverostan perverso y miserable ante mis ojos, que os hubiera tomado por undemonio si no os hubiera conocido. Me ha prometido una fortuna y unaexistencia feliz hasta el fin de mis días. Inspirada por mi gratitudhacia vos y por mi odio hacia ella, fingí entrar por entero en susproyectos; y prometí ayudarla sinceramente, libertarla, como decía ella,de vuestra cruel tiranía, que está envenenando su vida desde hace más dequince años. Tened calma, os lo suplico, Mathys... De esa manera learranqué el secreto de sus intenciones y obtuve de ella los medios dedefenderos contra ella:

—Pero, ¿qué le pasa por la cabeza?—murmuró Mathys, aplastado poraquella revelación—. ¿Se ha vuelto loca entonces?

—No, sabe muy bien lo que quiere. Su objeto es aniquilar la prueba desu complicidad, y teneros sometido a sus pies, como un instrumentoimpotente; a fin de pretender que ella no ha sabido nunca nada, si elsecreto de la substitución llega a descubrirse algún día.

—¿Y se imagina que substraerá el documento que contiene esa caja?

—Mañana tenéis que hacer un viaje y permaneceréis ausente hasta el díasiguiente. Tiene tiempo para fracturar veinte cofres como éste.

—Su esperanza quedará defraudada, porque me quedaré en casa y no haréel viaje. De ese modo...

La viuda había probablemente previsto esta respuesta, que no parecióhacer gran impresión en ella.

—Imposible. Es preciso, Mathys, que partáis—le replicó—. Si noqueréis salir de la casa tenéis que declararle a la condesa la causa devuestra negativa. Me acusaría a mí, con razón, de falsedad; y yoquedaría ¡ay! perdida, y a vos no os quedaría la menor esperanza de verrealizados vuestros deseos.

—Entonces hay otro medio, pondré el documento en mi cartera y lollevaré conmigo.

—No hagáis eso, Mathys; la condesa lo ha previsto todo. Que dejéis laprueba en la casa o que os la llevéis consigo, ha jurado apoderarse deella; y tened la seguridad de que lo conseguirá si no encontramos otromedio de engañarla.

—En verdad, Marta, que no os comprendo. ¿Cómo se podría apoderar lacondesa de un papel que yo llevo conmigo? Mientras estoy en viaje, ellano...

Pero la viuda no quería dejarle tiempo para que reflexionara; habíasabido por un sirviente lo pasado en el bosque y lo interrumpió con voztrémula:

—Esperad lo peor que pueda imaginarse, Mathys. La condesa no se haatrevido a decirme abiertamente su pensamiento, pero he comprendido muybien por sus palabras que no retrocedería ni ante un atentado. Se hapuesto en el caso de que os llevéis con vos el documento, y me hahablado en términos encubiertos de hombres pagados para espiaros yatacaros...

—¿Hombres pagados para atacarme?—preguntó el intendente, cuyo espírituconturbado asoció las palabras de Marta con la emboscada de esa noche—.¿Estáis cierta de que la condesa haya dicho algo parecido?

—Completamente segura.

—Pues entonces no viajaré más que de día; no saldré de la carretera, yme haré acompañar por gente segura.

—Vanas precauciones. Aunque tuviera que hacer ocultar a la gente en supropia alcoba para haceros registrar al regreso, se apoderaría deldocumento, no lo dudéis...

—En ese caso no saldré.

—¿Y la señorita? Es preciso que parta, Mathys. Todo retardo podríainspirar sospechas e impedir su reclusión.

—Es que mañana mismo le diré a la condesa que conozco su cobardeproyecto contra mí. La obligaré a renunciar a él, amenazándola con mivenganza. Quiero que se eche a mis pies, y que me pida perdón.

—¡Dios mío! ¡entonces queréis sacrificarme!—exclamó Marta con ansiedadsimulada—. ¡Cómo! ¿Os atreveríais, después de eso, a dejarme un soloinstante en Orsdael, junto con la condesa?

No, no; si reveláis mitraición, huiré de aquí al despuntar el día.

Es preciso que no lo sepanunca, jamás.

—¿Y qué medio puedo emplear para que el documento no pueda caer enmanos de la condesa?

Marta se pasó la mano por la cabeza, fingiendo torturar su espíritu,buscando una idea que pudiera salvarlos. De pronto se puso de pielanzando un grito de alegría.

—¡Dios sea loado!—exclamó—. Conozco un medio infalible para engañarlay burlar sus tentativas. Dadme el documento, Mathys; lo coseré al fondode mi falda. Nadie lo buscará allí, y por más que busque y haga vuestraenemiga, jamás encontrará el testimonio de su crimen.

—¿Daros ese documento, mi sola arma contra su maldad, mi seguridad, mifuerza?—dijo entre dientes el intendente, con sonrisa irónica—. No,no, ese tesoro no se separará de mí.

—Os lo suplico, Mathys—dijo la viuda pálida y temblorosa—.

Dejadmesalvaros. ¡Ah! No me neguéis el único medio de salvaros de las celadasde vuestros enemigos.

El intendente, engañándose respecto a la agitación del aya, le dijo conel tono de una resolución irrevocable:

—Vamos, Marta, estáis exagerando el peligro que me amenaza. En todocaso, la firma de la condesa es un medio infalible de defendernosvictoriosamente contra sus proyectos perversos. Os agradezco vuestrassimpatías, pero el documento no estará nunca en otras manos que lasmías. No me habléis más de eso, que ya sabré encontrar un sitio ocultoen el que nadie lo descubrirá.

Marta, herida por una cruel decepción, se puso las manos delante de losojos, lanzando un grito penetrante. La última esperanza que le quedabaen la última extremidad, se había desvanecido.

En el momento mismo en que creía aferrar la prueba tan ardientementedeseada, acababa de anonadarla una vez más el convencimiento de suimpotencia. ¡Su hija, su pobre hija, iba a ser encerrada en una casa delocos, perdería en ella la razón, y sin duda alguna moriría!

Esta certidumbre le desgarró el corazón, apagó el último fervor de suesperanza y abatió la fuerza de espíritu que aún le quedaba. Se entregópor entero a su dolor, sollozando en alta voz, y llorando en talabundancia, que las lágrimas le empapaban las mejillas.

Mathys, que la creyó ofendida por su negativa, trató de hacerlacomprender que se equivocaba. Le dijo que no dudaba de su afecto por ély que tenía una confianza ilimitada en su abnegación; pero que, respectoa ese asunto, había tomado hacía largos años, una resolución firme de laque no podía apartarse; podía estar tranquila a ese respecto; él sabríamuy bien poner el documento al abrigo de las asechanzas de la condesa, ycomo el fin que impulsaba a Marta era conseguirlo de otra manera, nohabía razón alguna para que se inquietara de esa manera.

Pero, dijera Mathys lo que dijera, la viuda, aniquilada, agotadas lasfuerzas y las ideas, quedó abismada por su dolor, y sólo respondió pormedio de suspiros y sollozos.

El intendente la miró durante un rato, siguiendo con la mirada laslágrimas que caían de sus mejillas. Sacudió la cabeza contrariado, ypareció luchar con un pensamiento penoso. Poco a poco, sin embargo, surostro tomó una expresión compasiva. La desesperación de Marta hacía másfuerza en él que sus recursos más hábiles.

—Está bien—dijo al fin—, os daré la prueba de confianza que meexigís. ¡Ah! ¡si supierais lo que me pedís!

Dichas estas palabras, se adelantó lentamente hacia el cofre.

La viuda le dirigió una mirada de soslayo; la silla temblaba, movida porel estremecimiento de su cuerpo y tenía que apretarse el pecho paracontener los latidos de su corazón. El intendente se aproximó a ella yle entregó el documento en un sobre sellado.

—Tomad, Marta—le dijo—; conservad esto con cuidado hasta que yovuelva de viaje. No lo abráis; ocultadlo entre las ropas; que no se ossepare ni un instante. Ya veis que tengo tanta confianza en vos como sifuerais mi mujer... ¡Qué emocionada estáis! Calmaos, querida amiga, oshabéis equivocado respecto a mis intenciones.

Trémula y casi desfallecida de alegría, Marta escondió el sobre en suseno. En el primer momento no podía hablar y balbuceaba palabrasconfusas; pero la posesión del precioso documento pronto le devolvió laenergía. Dominó su conmoción y exclamó apretando con ansia febril lamano del intendente:

—¡Oh Mathys! ¡Si supierais cuán feliz me siento! El más bello sueño demi vida parecía desvanecerse para siempre y hete aquí que se realiza degolpe. ¡Gracias, gracias! Guardaré el documento, como si de éldependiera mi salvación eterna.

Aunque me pusieran la punta de un puñalen el pecho, no lo entregaría. ¡Os lo juro!... Pasado mañana—prosiguió,cambiando de tono—os lo devolveré tal cual está, y entoncesdeliberaremos sobre lo que tenemos que hacer. Ahora, Mathys, id adescansar; estáis probablemente muy cansado del viaje de hoy, y tenéisque volverlo a hacer mañana. No temáis nada; ni aun la muerte podríaarrancarme este precioso depósito.

—Sí, me siento deshecho, no sólo por el viaje sino por todo lo demás, ysobre todo, por las emociones que he sufrido hoy.

El aya, devorada por una fiebre interior, se puso de pie, y dirigiéndosea la puerta:

—Podéis estar tranquilo, Mathys. Mañana temprano estaré levantada parair a hablar a la señora, y si durante la noche hubiera inventado nuevasceladas contra vos, vendré en seguida a revelároslas. En todo caso, nole digáis nada antes de que nos volvamos a ver. ¡Buenas noches!

—¡Buenas noches!—dijo el intendente mirando con fijeza al aya.

Esta mirada singular no le pasó inadvertida a Marta y le heló la sangre,porque creyó leer en sus ojos que le había acometido un ímpetu furiosode correr tras ella y recuperar el documento.

Se dirigió lentamente hacia la puerta, y hasta volvió la cabeza paradecir sonriendo: «¡Buenas noches, buenas noches!» pero así que salió alcomedor obscuro, se puso a correr hacia su cuarto en puntas de pie conuna rapidez como si tuviera alas.

Echó la llave a la puerta, corrió a la ventana que daba al campo, laabrió, midió su altura, se alejó de ella murmurando algunas palabrassofocadas; se acercó en seguida a la mesa, encendió una pequeña lámpara,sacó el sobre de su seno y rompió el sello con mano trémula.

—¡Oh! ¡Dios mío!—balbuceó—. ¡El reconocimiento de mi derecho demadre! ¡La condesa declara que ella ordenó el robo!

El nombre, el dulcenombre de mi Laura.

Fué interrumpida por un murmullo que llegó hasta su oído; creyó oír quela llamaban.

Una sonrisa de felicidad iluminó su rostro. Se levantó, guardó el papelen el seno y corrió al cuarto de Elena. Cuando abrió la puerta oyó unquejido doloroso.

—¡Oh Marta! ¿sois vos, de veras? ¡Soñaba que no os volvería a ver más!

Pero un beso ahogó las palabras en sus labios.

—¡Mi hija, mi hija, mi hija querida!—dijo la viuda con voz trémula—;calla, calla, no llores. No irás al convento. Ya no más penas, no másdolores, alégrate. Mañana serás feliz. No irás al convento. Ríete, pontecontenta. Mañana verás a tus enemigos arrastrarse a tus pies e implorartu piedad.

La joven, asustada por aquellas efusiones, y por el tono ardiente de lavoz, apartó la cabeza y murmuró:

—Pero, ¿quién sois, entonces?