La Hermana San Sulpicio by Armando Palacio Valdés - HTML preview

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LA HERMANA SAN SULPICIO

OBRAS COMPLETAS

DE

D. ARMANDO PALACIO VALDÉS

TOMO IV

LA HERMANA SAN

SULPICIO

MADRID

Librería general de Victoriano Suárez

PRECIADOS, NÚMERO 48

1906

ES PROPIEDAD DEL AUTOR

MADRID—hijos de M. G. Hernández, Libertad, 16 dup.º, bajo.

ÍNDICE

Capítulo I

A las aguas de Marmolejo

Capítulo II

Conozco a la hermana San Sulpicio

Capítulo III

Me enamoro de la hermana San Sulpicio

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Capítulo IV

Peteneras y seguidillas

Capítulo V

A Sevilla

Capítulo VI

El patio de las de Anguila

Capítulo VII

Preparativos para el bloqueo

Capítulo VIII Con perdón de ustedes, pelo la pava

Capítulo IX

Hago amistad con un bendito señor

Capítulo X

Tropiezo con un grave escollo

Capítulo XI

Me dedico a buscar a Paca

Capítulo XII

Paseo por el Guadalquivir

Capítulo XIII

Doy una bofetada que puede costarme cara

Capítulo XIV

Principio a ser un héroe de novela

Capítulo XV

Tropiezo de nuevo con el malagueño

Capítulo XVI

En qué paró la hermana San Sulpicio

I

A las aguas de Marmolejo.

UIERO contar la historia puntual de un episodio de mi vida que no dejade ofrecer algún interés; aunque mi impericia en el arte de escribirquizá llegue a quitárselo. Los sucesos que voy a confiar al papel sontan recientes, que el eco de sus vibraciones aún no se ha apagado en mialma. Esto hará seguramente más confusa la narración. No han tenidotiempo a depositarse los sedimentos y no es fácil sumergir en esta épocaimportante de mi vida la mirada y distinguir lo que debe tomarse ydejarse para hacer comprensivas y gratas estas confidencias. Pero, encambio, palpitará en ellas la verdad, y a su mágico influjo tal vez sedisipen y se borren las infinitas manchas que mi pluma habrá dejadocaer.

Ante todo, es bien que os informe de quién soy, cuál es mi patria y micondición.

Estadme atentos.

Confieso que soy gallego, del riñón mismo de Galicia, pues que nací enun pueblecillo de la provincia de Orense, llamado Bollo. Mi padre,boticario de este pueblo, no tiene más hijo que yo, y ha labrado para míuna fortuna que, si en Madrid significa poco, en Bollo nos constituyecasi en potentados. Cursé la segunda enseñanza en Orense, y la facultadde medicina en Santiago. Mi padre hubiera deseado que fuesefarmacéutico, pero nunca tuve afición a machacar y envolver drogas.Además, en el instituto de Orense observé que mis compañeros tenían pormás noble ejercicio el de la medicina, y esto me decidió enteramente adesviarme de la profesión de mi padre.

Así que hube terminado lacarrera, solicité y obtuve de él, no sin algún trabajo, la venia paracursar el año del doctorado en Madrid, y a la Corte me vine, donde envez de dar consistencia a mis conocimientos, no muy seguros por cierto,en las ciencias médicas, perdí bastante tiempo en los cafés, y lo que esaún peor, contraje la funesta manía de la literatura. Quiso mi suerteque fuese a dar con mis huesos a una casa de huéspedes donde alojabatambién un autor dramático al por menor, esto es, de los que fabricanpiezas para los teatros por horas, el cual me comunicó al punto suinmensa veneración por el arte de recrear al público durante trescuartos de hora, y un desprecio profundo por todo lo que respetaba yponía sobre la cabeza anteriormente, por las ciencias exactas ynaturales y por los hombres que las profesaban. Collantes, que así sellamaba el poeta, sonreía, no ya con desprecio, sino con verdaderalástima, cuando le hablaba de mis sabios maestros de Santiago, y hastauna vez tuvo la crueldad de tirarme de la lengua en el café delante deotros compañeros, literatos también, para que desahogase mi entusiasmopor Tejeiro y otros que a mí me parecían eminentes profesores. Dejáronmehablar cuanto quise, y cuando más acalorado estaba en el panegírico,soltaron a reír como locos, con lo cual quedé fuertemente avergonzado yconfuso. Después que se hartaron de reír, pasaron a tratar de susasuntos de teatro, pero todavía al despedirse me dijo uno de ellos:«Adiós, Sanjurjo, hasta la vista; otro día hablaremos con más espaciodel Sr. Tejeiro», lo que hizo estallar de nuevo en carcajadas a susamigos. La broma llegó al punto de que cuantas veces me encontraban enla calle, nunca dejaban de preguntarme por la salud de Tejeiro; y estoduró algunos meses.

No había que hablar a aquellos jóvenes, que se reunían todas las tardesy todas las noches del año en torno de una mesa del café Oriental, deotra cosa que de teatros y comediantes. Conocían cuantas obrasdramáticas se habían puesto en escena desde 1830 hasta la fecha, y unsabueso no rastreaba mejor la liebre que ellos las semejanzas ofiliación de las que se estrenaban en los teatros de la Corte. Eranperitísimos en el arte de hacer reír al público con pisotones en loscallos, derrumbamiento de sombreros, tropezones, baños de agua fría conun vaso que se derrama, y otros recursos análogos que jamás dejan deproducir dichoso resultado en el teatro. Sobre todo, algunos de elloseran habilísimos para formar un enredo, haciendo previamente tontos atodos los personajes por medio de una serie de equivocacioneschistosísimas, hasta que al final uno de ellos, iluminado súbitamente,exclamaba: «¡Ah! ¿Conque usted no es el guarda de consumos, sino elarcipreste de...? ¿Y usted no es el padre, sino el nieto de mi amigoPérez?... ¡Ahora lo comprendo todo!»

Poco a poco, y sin saber cómo, fue penetrando también en mi mente laidea de que todo en el mundo era despreciable, excepto los teatros porhoras. La astronomía, la química, la filosofía, la fisiología, cursilerías propias para ser cultivadas por los hombres inferiores, delos cuales mi amigo Collantes y sus compañeros se mofaban con muchodonaire, o como ellos decían, con muy buena sombra. Esto de tenerbuena sombra fue mi única ambición desde entonces, y me esforcé conahínco en alcanzar la ventura de poseerla. Pero mis chistes y equívocos,preparados con anticipación en la soledad de mi cuarto, no tenían éxitofeliz en el Oriental. Ni una comedia que también forjé y les leí,reuniéndolos al efecto en casa y regalándolos con cigarros y copas demanzanilla, logró su aprobación. Después de fumar y beber cuantoquisieron, comenzaron a saetear mi pobre obra lindamente, y como soyamigo de la verdad, reconozco que lo hicieron con gracia. Pero losgallegos somos casi tan tercos como los aragoneses. No me di porvencido. Escribí otra, y después otra, y logré que se pusieran enescena, y fui estrepitosamente pateado. Tampoco renuncié en absoluto ala literatura, como debía. Escribí algunos artículos de costumbres enlos periódicos, y aunque no me dieron un cuarto por ellos, tuve lasatisfacción de que Collantes declarase solemnemente, a la hora dealmorzar, que «dramático, lo que se llama dramático, no lo sería nunca,pero en el género descriptivo podría aún dar mucho juego». Con estefallo tan lisonjero, confirmado por los tertulios del Oriental, quisevolverme loco de alegría y me puse desde entonces con tanto afán adescribir cuanto se me ofrecía delante, como si Dios me hubiera mandadoal mundo exclusivamente con ese objeto. Las prensas de Madrid y deprovincias comenzaron a gemir bajo el peso de mis descripciones. Prontome convertí en especialista. Poco faltó para que pusiera en las tarjetas Ceferino Sanjurjo, poeta descriptivo. Fui al Ateneo y leí un poemadescribiendo la siega del trigo, que me valió el ser saludado con lospañuelos por las damas y calurosamente palmoteado por los caballeros.

En esto ¡quién se acordaba, por supuesto, de la medicina legal y de lasotras asignaturas del doctorado! Fui a pasar el verano a Bollo, yconvencí a mi buen padre de que yo no había nacido para tomar pulsos,sino para describir en verso todo lo creado, y me facilitó dinero paravolver al año siguiente a Madrid. Seguí haciendo la misma vida de antesy cultivando la misma especialidad con que casual y dichosamente habíaacertado. Mas, por efecto de la vida sedentaria y desarreglada quellevaba, o por ventura porque las descripciones cuando se abusa de ellasvan directamente al estómago y se sientan en él, es lo cierto que vine aenfermar de este órgano. Tan mal me puse que me resolví en la primaveraa ir a tomar las aguas de Marmolejo.

Aquí comienza el período de mi vida que he anunciado como interesante. Yen verdad que ya me pesa, pues nada es peor para obtener buen éxito enlas narraciones como despertar la curiosidad con promesas halagadoras.En fin, he cometido una torpeza, y es justo que la pague. Si os reís demí y de mi loca presunción, yo no estaré a vuestro lado, como la nochefunesta en que me silbaron en el teatro de Eslava, para oír vuestrascarcajadas. ¡Es horrible! Además, fío mucho en las descripciones.

Arreglados mis bártulos, y después de comer precipitadamente, tomé eltren correo de Sevilla el día 4 de Abril de 188... Cuando hubieroncesado las despedidas, y el pito del jefe dio la señal de marcha y elprolongado tren salió de la estación, dirigí una mirada de examen a losque me acompañaban. El viajero que tenía enfrente era un hombre pálido,de cuarenta a cincuenta años, bigote negro y manos flacas y velludas; elque se sentaba más allá era un caballero rechoncho, de ojos grandes ysaltones, con unas cortas patillas entrecanas que le bajaban poco de laoreja, fisonomía abierta y risueña, mientras el otro parecía, por laexpresión recelosa y sombría de sus ojos, hombre de carácter oscuro ymalhumorado. Así que salimos de la estación, quitose éste, lanzandoapagados gemidos, las botas y se puso las zapatillas, colocó el sombrerode castor sobre la rejilla y se encasquetó una gorra de paño.

—Padece usted de los callos, ¿verdad?—le preguntó el caballero gordocon palabra insinuante sonriendo con amabilidad.

—No señor—contestó el otro secamente.

—¡Ah!... Como usted se quejaba al sacarse las botas...

—Es que tengo sabañones—replicó con peor humor y acento catalán bienseñalado.

—¡Oh! Pues si usted padece de sabañones es porque quiere.

El catalán le echó una mirada mitad de indignación mitad de curiosidad.

—Sí, señor; porque usted quiere—insistió el otro con aire petulante ysatisfecho, mirándole a la cara risueño.

El catalán bajó los ojos, sacudió levemente la cabeza y se dispuso aencender un cigarro.

—Sí, señor; yo, aquí donde usted me ve, he padecido terriblemente desabañones.

Dijo esto con la misma entonación satisfecha y semblante risueño que sicontase que había llegado al polo Norte.

—Pero no tuve más que ponerme unos polvitos que yo tengo, de miexclusiva invención... y como con la mano.

—Pues hombre, si usted se ha inventado la medicina, ¿cómo quiere ustedque yo me haya curado con ella?—dijo el catalán.

—Es que yo puedo facilitárselos cuando usted quiera.

—Muchas gracias; no soy amigo de drogas.

—¿Drogas? Mis polvos no son drogas, señor mío; están hechosexclusivamente con vegetales.

El catalán le miró fijamente, y después volvió la vista a mí, haciendouna mueca expresiva.

—No entra una sola droga en su confección, y lo mismo curan lossabañones, que la calentura, que la tisis, cuando no está en el cuartogrado, se entiende. Las calenturas perniciosas que había en Simancas sehan desterrado, y la tisis no se conoce. Las chicas del pueblo losllaman «los polvos de D. Nemesio».

Aquí el catalán soltó una carcajada sonora y brutal que dejó avergonzadoal buen D.

Nemesio.

—Bueno, señor; si usted no cree en su eficacia, nada hay perdido.

Quedó un poco amoscado y tardó algún tiempo en hablar; pero al cabo dealgunos minutos no pudo contenerse y volvió a pegar la hebra asándonos apreguntas. A dónde íbamos, de dónde éramos, qué profesión teníamos, etc.El catalán le respondía con malos modos, cuando le respondía, que no erasiempre. Yo satisfice de buen grado su curiosidad. Quedó encantado alsaber que iba a Marmolejo. También él se dirigía a este punto, a curarseuna afección de la orina.

—Pero, hombre—exclamó el catalán groseramente,—¿no dice usted quetiene usted unos polvos que lo curan todo?

—Sí, señor; que curan casi todas las enfermedades—repuso D. Nemesioalgo incomodado;—pero obran mucho mejor ayudados por otras medicinas.

Gracias a sus preguntas supe pronto que el catalán era juez electo deprimera instancia en un pueblo de la provincia de Córdoba y que iba aSevilla a presentarse al presidente de la Audiencia. Se llamaba JerónimoPuig. Fue todo lo que pudo sacar de él D. Nemesio, quien por su partenos enteró prolijamente de su patria, condición, familia, carácter ycuantas circunstancias podían ser directa o indirectamente útiles parasu biografía. Era un propietario rico de Simancas, donde había nacido ycriádose, y tenía mujer y siete hijos, cuatro de ellos casados. Laexposición seria y concienzuda que nos hizo del carácter de cada uno desus yernos y nueras duró cerca de una hora.

El catalán, cuando lo juzgóconveniente, hizo de la capa almohada y se tendió a lo largo, y no tardóen roncar. Yo me vi obligado a escucharle largo rato aún, si bien a lapostre concluí por pensar en mis asuntos, dejándole despacharse a sugusto.

El tren corría ya por los campos de la Mancha, que se extendían porentrambos lados como una llanura negra interminable que cortaba laesfera brillante del firmamento poblado de estrellas. D. Nemesio,fatigado al cabo de tanto hablar, comenzó a dar cabezadas, pero sindecidirse a tumbarse, como si quisiera mantenerse siempre alerta paracoger el hilo del discurso en cuanto el sueño le dejase un momento derespiro.

Paró el tren.—«Argamasilla, cinco minutos de parada»—gritó unavoz.—Di un salto en el asiento y me apresuré a abrir la ventanilla,clavando mis ojos ansiosos en la oscuridad de la llanura. Aquel nombrehabía hecho dar un vuelco a mi corazón; era la patria del famoso DonQuijote de la Mancha; y aunque yo en mi calidad de poeta lírico hedespreciado siempre a los novelistas por falta de ideal, todavía elnombre de Cervantes fascinaba mi espíritu por la gran fama de que gozaen todo el universo. La negra silueta del pueblo dibujábase a la lejos,y una torrecilla alzábase sobre él destacando su espadaña con precisióndel fondo oscuro de la noche. ¡Pobre Cervantes!

¡Aquí fue preso ymaltratado como el último comisionado de apremio; en todas partesdespreciado y humillado, cual si no hubiese tropezado en el curso de suvida más que con poetas líricos!

—¿Sabe usted que entra un fresquecito regular?—dijo D. Nemesiodespertándose.

—¿Quiere usted que levante el cristal?

—Si usted no tiene inconveniente...

—Ninguno—repuse, apresurándome a hacerlo.—Estaba mirando al pueblo deArgamasilla, donde se dice que Cervantes fue preso y colocó la patria desu héroe.

—¡Ah, Cervantes!... ¡Ya!—exclamó D. Nemesio abriendo mucho los ojospara expresar que no era insensible a este nombre. Y luego, encarándoseconmigo, me preguntó con interés:

—Cervantes era un hombre muy despejado, ¿verdad?

—No, señor—respondí bruscamente, echándome a dormir y tapándome con lamanta.

Comenzó a clarear el día en Despeñaperros. Una banda rojiza y cárdenaque se extendía por el Oriente daba al cielo un aspecto fantástico depanorama de feria. La crestería de la sierra lejana teñíase de verde.Con los ojos hinchados por el sueño y sintiendo leves escalofríos en elcuerpo, miré por la ventanilla y vi el pueblecillo de Vilchespintorescamente colgado entre dos montañas no muy lejos de la vía:parece sentado en un columpio cuyos cabos invisibles están amarrados ala cima de aquéllas.

D. Nemesio se alzó del asiento restregándose los ojos, y apenas lo hizosoltó el chorro de nuevo, haciéndome sabedor de los lances curiosos quele habían pasado en los diferentes viajes que había corrido por aquellalínea. En Manzanares le habían dado en cierta ocasión un cafédetestable; la manteca rancia: otra vez el jefe de la estación deAlcázar no le había querido facturar el equipaje por llegar dos minutostarde: en otra ocasión, en la fonda de Menjíbar, no les dieron tiempo aalmorzar; pero él, que es un gran tunante, se burló del fondistaapoderándose de lo que había en la mesa y llevándoselo al coche.Mientras tanto yo envidiaba al catalán que, enteramente cubierto por lamanta, no rebullía. Pero como no es posible la felicidad en este mundo,cuando yo estaba pensando en ella, apareció el revisor y le despertóexigiéndole el billete. Se levantó de muy mal humor, por no variar.Llegamos a la estación de Baeza, donde el catalán se bajó del coche. DonNemesio y yo permanecimos en él. Sonó la campanilla, dio el mozo la voza los viajeros, se oyó el estrépito de las portezuelas al cerrarse, ynuestro catalán no parecía. D. Nemesio experimentó viva inquietud.

—¡Caramba, cómo se descuida el señor de Puig!

Pasó un momento: todos los viajeros estaban ya en sus coches.

—¡Caramba, caramba, ese hombre va a perder el tren!

Cuando sonó el pito del jefe y la máquina contestó con un formidableresoplido, D.

Nemesio, presa de indescriptible ansiedad, asomó su calvavenerable por la ventanilla gritando:

—¡Puig! ¡Puig!... Mozo, mire usted si en el retrete hay un caballerocatalán...

El mozo se encogió de hombros con indiferencia.

Arrancó el tren y comenzó majestuosamente a separarse de la estación, ymi compañero de viaje seguía gritando a la ventanilla:

—¡Puig! ¡Puig!

Al fin se dejó caer rendido en el asiento, con la consternación pintadaen el semblante.

—¡Válgame Dios! ¡Válgame Dios! ¡Pobre señor!...

Y principió a hacer comentarios tristísimos acerca de aquel lancedesgraciado. No me parecía a mí tan lamentable como a él, pero le seguíel humor, deplorándolo amargamente.

—¡Pobre señor!... ¡Y mañana tenía que presentarse sin falta alpresidente de la Audiencia! Yo no comprendo cómo estos hombres sedescuidan... Bien es verdad que si una necesidad apremiante... ¡Vayapor Dios! Y vea usted, vea usted, Sanjurjo, las botas y el sombrero allísobre la red...

D. Nemesio miraba con ojos enternecidos aquellas prendas.

—Se ha quedado el pobre señor con gorra y zapatillas, sin abrigoalguno, sin maleta... Se me ocurre una cosa. En la primera estacióndejamos estos efectos al jefe y le telegrafiamos, ¿no le parece a usted?

Encontré razonable la proposición, y como lo pensamos lo hicimos tanpronto como el tren se detuvo un instante. Cumplido este deber dehumanidad, volvimos de nuevo al coche con la satisfacción que seexperimenta siempre que se lleva a cabo una acción buena, y principiamosa departir alegremente, escuchando yo con más atención que antes lospormenores biográficos en que se anegaba el propietario de Simancas. Laluz matinal, esplendorosa ya, y la perspectiva de llegar pronto nosanimaban. Sacó D.

Nemesio una maquinita con espíritu de vino y se puso ahacer chocolate, que tomamos con increíble apetito y alegría.

Pasaron volando cuatro o cinco estaciones más. Llegamos a Andújar.

—¡Hola, señores! ¿Cómo se va?—dijo una voz, y al mismo tiempo asomópor la ventanilla el rostro cetrino del catalán, esta vez risueño ydesencogido, mirándonos con ojos benévolos.

D. Nemesio y yo quedamos petrificados y nos dirigimos una mirada deangustia sin contestar al saludo.

—Buen día, ¿eh?... ¿Se ha tomado chocolate, por lo que veo?... Nosotrosnos hemos desayunado a la catalana... Vienen ahí unos paisanos, delmismo Reus, ¿sabe? y vinimos de jarana y de broma... Tomamos unascopitas de ojén, y luego una butifarrita.

Puig se había puesto de un humor excelente con aquel encuentro.Nosotros, cada vez más confusos, le mirábamos con tan extraña fijeza yansiedad, que por milagro no se fijaba en nuestra rarísima actitud.Abrió la portezuela al fin, y se acomodó alegremente a nuestro lado,mientras a mí me corrían escalofríos por el cuerpo, y D. Nemesio sudabade angustia. No hacíamos otra cosa que dirigir vivas ojeadas a larejilla, esperando cuándo el catalán levantara la vista y echaba demenos los bártulos. Al cabo de algunos minutos, no pudiendo sufrir mástiempo tal congoja, decidí acabar de una vez.

—Señor Puig (mi voz salió un poco ronca. D. Nemesio me miró conterror). Señor Puig... nosotros, con la mejor intención del mundo, lehemos hecho un flaco servicio...

El catalán me miró con inquietud y me turbé un poco.

—Nosotros pensamos—dijo D. Nemesio—que usted había perdido el tren enBaeza.

—Que se había usted quedado en el retrete—añadí yo.

—Y comprendiendo que su situación debía ser muy fastidiosa—siguió D.Nemesio.

—Y que le vendría muy bien que su maleta no fuese a dar a Sevilla—dijeyo.

—Se la hemos dejado, con los demás bártulos, al jefe de la estación deJabalquinto—se apresuró a concluir D. Nemesio, clavando sus ojossaltones y suplicantes en el catalán.

—¡Pues es verdad, voto a Dios!—exclamó éste levantando los suyos a larejilla.

—Dispénsenos usted por favor...

—Ya comprenderá usted que nuestra intención...

—¡Qué intención ni que Cristo, ni qué mal rayo que los parta!—profirióPuig llevándose las manos a la cabeza.—¡La han hecho ustedes buena! ¿Ycómo me presento yo en gorra y zapatillas al presidente?

—¿Quiere usted mi sombrero y mis botas?—le preguntó D.Nemesio.—También le puedo facilitar alguna camisa.

—Déjeme usted en paz con sus botas y sus camisas... Lo que yo quiero esmi equipaje, ¿sabe?... ¿Qué rayos tenía usted que ver con él, ni por quése ha metido donde no le llamaban?

—Oiga usted, señor mío, me parece que no hay razón parafaltarme—exclamó D.

Nemesio encrespándose.

—La culpa ha sido de los dos, señor Puig, me apresuré yo a decir.

Cada vez más furioso, y tirándose de los pelos y revolviéndose en elasiento, Puig comenzó a desahogarse en catalán, lo que fue una granfortuna, pues no lo entendíamos. Sólo por la entonación y por lasfuriosas miradas que alguna vez nos dirigía, sabíamos que nos estabaponiendo como trapos.

En esto íbamos llegando ya a la estación de Arjonilla. Cuando paró eltren, nuestra víctima se apresuró a salir sin despedirse, dio un grangolpe a la portezuela y no volvimos a verle más.

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II

Conozco a la hermana San Sulpicio.

Lómnibus saltaba por encima de las piedras sacudiéndonos en todossentidos, haciéndonos a veces tocar con la cabeza en el techo; yo lleguéa besar, en más de una ocasión, con las narices el rostro mofletudo deD. Nemesio. El empedrado no es el género en que más se distingueMarmolejo. Por las ventanillas podíamos tocar con la mano las paredesenjalbegadas de las casas. El dueño de la Fonda Continental, hombre demediana edad y estatura, bigote grande y espeso, ojos negros y dulces,no apartaba la vista de nosotros, fijándola cuándo en uno, cuándo enotro, con expresión atenta y humilde, parecida a la de los perros deTerranova.

Cuando quiso Dios al fin que el coche parase, saltó a tierramuy ligero y nos dio la mano galantemente para bajar. Yo no acepté pormodestia.

La Fonda Continental era una casita de un solo piso, donde se veríanmuy apurados para alojarse europeos, africanos, americanos y oceánicos,aunque viniese un solo hombre por cada continente. En el patio, conpavimento de baldosín rojo y amarillo, había cuatro o cinco tiestos connaranjos enanos. La habitación en que me hospedaron era ancha por laboca, baja y cerrada por el fondo, en forma de ataúd, lo cual revelabaen el arquitecto que construyó la casa ciertos sentimientos ascéticosque no he podido comprobar. La cama igualmente parecía descender enlínea recta del lecho que usó San Bruno.

Cuando hube permanecido en aquel agujero el tiempo suficiente paralavarme y limpiar la ropa, salí como los grillos a tomar el solacompañado del patrón, que tuvo la amabilidad de llevarme al parajedonde las aguas salutíferas manaban. Propúsome ir en coche, masconsiderando la traza no muy apetitosa del vehículo que me ofrecía, ycon el deseo, propio de todo viajero, de ver y enterarme bien delaspecto y situación del pueblo en que me hallaba, decidí emprenderla apie. Mientras tanto D. Nemesio permanecía en su celda, entregado, quizá,a severas penitencias, por el pecado de haber ocasionado tan crueldisgusto a nuestro compañero de viaje. Porque fue él quien tuvo la culpade dejar al jefe de Jabalquinto el sombrero y las botas del juezcatalán.

Les juro a ustedes que yo solo nunca me hubiera atrevido.

Marmolejo está situado cerca de la Sierra Morena, de donde salen lasaguas que le han dado a conocer al mundo civilizado. Tiene el aspectomorisco como algunos pueblos de la provincia de Málaga y los de laAlpujarra. La blancura deslumbradora de sus casitas, que cada pocosdías enjalbegan las mujeres, la estrechez de sus calles, la limpiezaextraordinaria de sus patios y zaguanes, acusan la presencia, por muchosaños, de una raza fina, culta, civilizada, que ha dejado por los lugaresdonde hizo su asiento hábitos graciosos y espirituales.

El pueblo es pequeñísimo: al instante se sale de él. Caminamos hacia lasierra, que dista dos o tres kilómetros. La Sierra Morena no ofrece nila elevación, ni la esbeltez, ni el brillo pintoresco y gracioso de lasmontañas de mi país. Es una región agreste y adusta que extiende pormuchas leguas sus lomos de un verde sombrío, donde rara vez llega laplanta del hombre en persecución de algún venado o jabalí. Sin embargo,el contraste de aquella cortina oscura con la blancura de paloma delpueblo la hacía grata a los ojos y poética. En suave declive, por unacarretera trazada al intento, bajamos al manantial que sale en el centromismo del río Guadalquivir, el cual viene ciñendo la falda de la sierra.Hay una galería o puente que conduce de la orilla al manantial. Por ellase paseaban gravemente dos o tres docenas de personas, revelando en lamirada vaga y perdida más atención a lo que en el interior de suestómago acaecía que al discurso o al paso de sus compañeros de paseo.De vez en cuando se dirigían al manantial con pie rápido, bajaban lasescalerillas, pedían un vaso de agua y se lo bebían ansiosamente,cerrando los ojos con cierto deleite sensual que despertaba en su cuerpola esperanza de la salud.

—¿Se ha bebido mucho ya, madre?—dijo mi patrón asomándose a la barandadel hoyo.

Una monja pequeña, gorda, de vientre hidrópico y nariz exigua ycolorada, que en aquel momento llevaba un vaso a los labios, levantó lacabeza.

—Buenos días, señor Paco... Hasta ahora no han caído más que cuatro.¿Quiere usted un poquito para abrir el apetito?

A mi patrón le hizo mucha gracia aquello.

—Para abrir el apetito, ¿eh? Deme usted algo para cerrarlo, que mevendría mejor.

¿Y las hermanas?

Dos monjas jóvenes y no mal parecidas, que al lado de la otra estabancon la cabeza alzada hacia nosotros, sonrieron cortésmente.

—Lo de siempre, dos deditos—contestó una de ojos negros y vivos, conacento andaluz cerrado y mostrando una fila primorosa de dientes.

—¡Qué poco!

—¡Anda! ¿Quiere usted que criemos boquerones en el estómago, como lamadre?

—¡Boquerones!

—Boquerones gaditanos. No hay más que echar la red.

El vientre hidrópico de la madre fue sacudido violentamente por unataque de risa.

Los boquerones que allí nadaban, al decir de la monja,debieron pensar que estaban bajo la influencia de un temporal deshecho.También reímos nosotros, y bajamos al manantial. Al acercarnos, la madreme saludó con sonrisa afectuosa: yo me incliné, tomé el crucifijo quependía de su cintura y lo besé. La monja sonrió aún con más afecto yexpresión de bondadosa simpatía.

Seamos claros. Si este libro ha de ser un relato ingenuo o confesión demi vida, debo declarar que al inclinarme para besar el crucifijo demetal no creo haber obrado solamente por un impulso místico; antesbien, sospecho que los ojos negros de la hermana joven, atentamenteposados sobre mí, tuvieron parte activa en ello. Sin darme tal vezcuenta, quería congraciarme con aquellos ojos. Y la verdad es que nologré el intento. Porque en vez de mostrarse lisonjeados por tal acto dedevoción, pareciome que se animaban con leve expresión de burla. Quedéun poco acortado.

—¿El señor viene a tomar las aguas?—me preguntó la madre entre directae indirectamente.

—Sí, señora; acabo de llegar de Madrid.

—Son maravillosas. Dios Nuestro Señor les ha dado una virtud que pareceincreíble.

Verá usted cómo se le abre apetito en seguida. Comerá ustedtodo cuanto quiera, y no le hará daño... Mire usted, yo puedo decirleque soy otra, y no hace más que ocho días que hemos venido... ¡Figúreseque ayer he comido hígado de cerdo y no me ha hecho daño!... Pues estafilleta—añadió apuntando a la hermana de los ojos negros.—¡No quierodecirle el color que traía! Parecía talmente ceniza. Ahora tampoco estámuy colorada, pero ¡vamos!... ya es otra cosa.

Fijé la vista con atención en ella, y observé que se ruborizó,volviéndose en seguida de espaldas para coger un vaso de agua.

Era una joven de diez y ocho a veinte años, de regular estatura, rostroovalado de un moreno pálido, nariz levemente hundida pero delicada,dientes blancos y apretados, y ojos, como ya he dicho, negros, de unnegro intenso, aterciopelado, bordados de largas pestañas y un levecírculo azulado. Los cabellos no se veían, porque la toca le ceñíaenteramente la frente. Vestía hábito de estameña negra ceñido a lacintura por un cordón del cual pendía un gran crucifijo de bronce. En lacabeza, a más de la toca, traía una gran papalina blanca almidonada. Loszapatos eran gordos y toscos; pero no podían disfrazar por completo lagracia de un pie meridional. La otra hermana era también joven, acasomás que ella, más baja también, rostro blanco, de cutis transparente quedelataba un temperamento linfático, los ojos zarcos, la dentadura algodeteriorada. Por la pureza y corrección de sus facciones y también porla quietud parecía una imagen de la Virgen. Tenía los ojos siempreposados en tierra y no despegó los labios en los breves momentos queallí estuvimos.

—Vamos, beba usted, señor; pruebe la gracia divina—me dijo la madre.

Tomé el vaso que acababa de dejar la hermana de los dientes blancos, yme dispuse a recoger agua, pues el que la escanciaba había desaparecidopor escotillón; mas al hacerlo tuve necesidad de apoyarme en la peña, ycuando me inclinaba para meter el vaso en el charco, resbalé y metí elpie hasta más arriba del tobillo.

—¡Cuidado!—gritaron a un tiempo el patrón y la madre, como se dicesiempre después que le ha pasado a uno cualquier contratiempo.

Saqué el pie chorreando agua y no pude menos de soltar una interjecciónenérgica.

La madre se turbó y se apresuró a preguntarme con semblante serio:

—¿Se ha hecho usted daño?

La hermanita del cutis transparente se puso colorada hasta las orejas.La otra comenzó a reír de tan buena gana, que le dirigí una rápida y nomuy afectuosa mirada.

Pero no se dio por entendida; siguió riendo,aunque para no encontrarse con mis ojos volvía la cara hacia otro lado.

—Hermana San Sulpicio, mire que es pecado reírse de los disgustos delprójimo—le dijo la madre.—¿Por qué no imita a la hermana María de laLuz?

Esta se puso colorada como una amapola.

—¡No puedo, madre, no puedo; perdóneme!—replico aquélla haciendoesfuerzos por contenerse, sin resultado alguno.

—Déjela usted reír. La verdad es que la cosa tiene más de cómica que deseria—dije yo afectando buen humor, pero irritado en el fondo.

Estas palabras, en vez de alentar a la hermana, sosegaron un poco susímpetus y no tardó en calmarse. Yo la miraba de vez en cuando concuriosidad no exenta de rencor.

Ella me pagaba con una mirada franca yrisueña donde aún ardía un poco de burla.

—Es necesario que usted se mude pronto; la humedad en los pies es muymala—me dijo la madre con interés.

—¡Phs! Hasta la noche no me mudaré. Estoy acostumbrado a andar todo eldía chapoteando agua—dije en tono desdeñoso afectando una robustez que,por desgracia, estoy muy lejos de poseer. Pero me agradaba braveardelante de la monja risueña.

—De todos modos... váyase, váyase a casa y quítese pronto el calcetín.Nosotras nos vamos a dar un paseíto por la galería, a ver si el aguabaja. Quédense con Dios Nuestro Señor.

Me incliné de nuevo y besé el crucifijo de la madre. Lo mismo hice conel de la hermana María de la Luz, que por cierto volvió a ponersecolorada. En cuanto al de la hermana San Sulpicio, me abstuve detocarlo. Sólo me incliné profundamente con semblante grave. Asíaprendería a no reírse de los chapuzones de la gente.

Poco después que ellas, subimos nosotros a la galería y dimos algunospaseos contra la voluntad de mi patrón, que a todo trance queríallevarme a casa para que me mudase. Mas yo tenía deseos de permanecerallí para confirmar a las monjas, sobre todo a la jocosa morena, en lasalud y vigor de que me había jactado. Cuando pasábamos cerca la mirabaatentamente; pero ni ella ni sus compañeras alzaban los ojos del suelo.No obstante, observé que con el rabillo me lanzaba alguna rápida ycuriosa ojeada.

—Es linda la monjita, ¿verdad?—me dijo el señor Paco.

—¡Phs! No es fea... Los ojos son muy buenos.

—Y qué colores tan hermosos, ¿eh?

—El color no me parece muy allá... Pero ¿de quién habla usted?

—De la hermana María de la Luz, de la pequeñita.

—¡Ah! Sí, sí... es muy bonita.

Debí suponer que a un patrón de huéspedes le placería más la correcciónfría y repulsiva de ésta que la gracia singular de la otra hermana.Porque mi rencor hacia ella no llegaba hasta negarle lo que enconciencia no podía, la gracia. Era una gracia provocativa y seductoraque no residía precisamente en sus ojos vivos y brillantes, ni en suboca, un poco grande, fresca, de labios rojos que a cada momentohumedecía, ni en sus mejillas tostadas, ni en su nariz, levementeremangada: estaba en todo ello, en el conjunto armónico, imposible dedefinir y analizar, pero que el alma ve y siente admirablemente. Estaarmonía, que acaso sea resultado del esfuerzo constante del espíritusobre el cuerpo para modelarlo a su imagen, observábase igualmente entodos sus movimientos, en el modo de andar, de emitir la voz, deaccionar; pero su última y suprema expresión se hallaba indudablementeen la sonrisa. ¡Qué sonrisa! Un rayo esplendente del sol que iluminaba ytransfiguraba su rostro como una apoteosis.

Después de dar unas cuantas vueltas por la galería se fueron haciaarriba, y yo al poco rato manifesté al señor Paco deseo de subir tambiéna ver el parque que en la orilla del río han formado recientemente paraesparcimiento y recreo de los bañistas.

Es una gran terraza naturalsobre el Guadalquivir, con que termina la falda de la colina en queMarmolejo está asentado. En ella hay jardines y paseos, cuyos árboles,nuevos aún, no consiguen dar sombra y frescura; pero ya crecerán, y alláiré, si Dios me da vida, a recordar debajo de sus copas los deliciososdías que pasé a su lado.

La disposición de los paseos, la variedad de plantas que el señor Pacome mostraba con orgullosa satisfacción, no me la producía a mí extremadaen verdad. Seguía los caminitos de arena y me perdía en su laberinto conpaso distraído, la mirada enfilada a lo lejos.

Al doblar un sendero, en el paraje más solitario del jardín, me lasencontré de frente.

Venían acompañadas de un clérigo. Al cruzar anuestro lado saludaron muy cortésmente: el clérigo se llevó con gravedadla mano al sombrero de teja.

—¿Dónde están alojadas estas monjas?—pregunté a mi patrón.

—¿Dónde están alojadas?... ¡Pues en casa! ¿No las ha visto usted?...¡Ah! No me acordaba que ha llegado hoy... Ocupan dos habitaciones no muylejos de la que usted tiene.

—¿Son hermanas de la Caridad?

—Me parece que no, señor... Tienen un colegio allá en Sevilla... La másvieja es la superiora... es valenciana. Las dos jóvenes son sevillanas ycreo que primas carnales...

¿No conoce usted al sacerdote? Es unjesuita... un señor de mucha fama. Se llama el padre Talavera, ¡Quélinda es la hermana María de la Luz! ¿eh?

—Mucho.

Vagamos todavía un rato por los jardines, pero no volvimos a tropezarcon ellas. En cambio, fuimos a dar a un cenador donde tres o cuatrobañistas leían periódicos. Mi patrón entabló conversación con ellos. Sehabló de política: la proximidad de una guerra entre Francia y Alemaniaera lo que preocupaba la atención en aquel momento.

Pesáronse lasprobabilidades de triunfo por una y otra parte. Uno de aquellos señores,hombre gordo, de piernas muy cortas y traje claro, apostaba porAlemania; los otros dos ponían por Francia. Cuando hubieron discutido unrato, mi patrón intervino, sonriendo con superioridad.

—No lo duden ustedes, la victoria esta vez será de Francia.

—Yo lo creo así también. Francia se ha repuesto mucho y se ha de batirmejor y con más gana que la primera vez—dijo uno.

—Pues yo creo que están ustedes en un error—saltó el hombregordo.—Alemania es un país exclusivamente militar; todas sus fuerzasvan a parar a la guerra; no se vive más que para la guerra... Además,¿qué me dicen ustedes de Bismarck?... ¿Y de Moltke? Mientras ese par demozos no revienten, no hay peligro que Alemania sea vencida.

—Yo le digo a usted, caballero—contestó mi patrón con sonrisa másacentuada, en tono excesivamente protector,—que todo eso está muy bien,pero que vencerá Francia.

—Mientras no me diga usted más que eso, como si no me dijera nada... Loque yo quiero son razones—respondió el hombre gordo, un poquilloirritado ya.

—No es posible dar razones. Lo que le digo es que Alemania serávencida—

manifestó mi patrón con grave continente y una expresión severaen la mirada que yo no le había visto.

—¿Qué me dice usted? ¿De veras?—replicó el otro riendo con ironía.

Entonces mi patrón, encendido por la burla, profirió furiosamente:

—Sí, señor; se lo digo a usted... Sí, señor, le digo a usted quevencerá Francia.

—Pero, hombre de Dios, ¿por qué?—preguntó el otro con la mismasonrisa.

—¡Porque quiero yo!... ¡Porque quiero yo que venza Francia!—gritó elseñor Paco con la faz pálida ya y descompuesta, los ojos llameantes.

Nos quedamos inmóviles y confusos, mirándonos con estupor. Un mismopensamiento cruzó por la mente de todos. Y reinó un silencio embarazosopor algunos segundos, hasta que uno de los bañistas, volviéndose paraque no se le viera reír, entabló otra conversación.

—Allá va el padre Talavera con unas monjas.

Me apresuré a mirar por entre las hojas de la enredadera, y en efecto viel grupo a lo lejos. El bañista que nos lo había anunciado metía elrostro por el follaje para que no se oyesen las carcajadas que no erapoderoso a reprimir.

Mi patrón, avergonzado, y otra vez con aquella expresión humilde einocente en los ojos de perro de Terranova, me dijo tirándome de laropa:

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—D. Ceferino, ya es la hora de almorzar; ¿nos vamos?

Despedímonos de aquellos señores, que apenas nos miraron, y subimos auna de las calesas que partían para el pueblo. Mientras caminábamoshacia él, el señor Paco me dijo con acento triste y resignado:

—Aquellos señores se han quedado riendo de mi... Bueno; algún día searrepentirán de esa risa y se llamarán borricos a sí mismos... ¡Si yopudiese hablar!... Pero no está lejano el día en que vendrán los másaltos personajes a pedirme de rodillas que les revele mi secreto...

—¡Diablo, diablo!—exclamé para mí.—¡He venido a parar a casa de unloco!

III

Me enamoro de la hermana San Sulpicio.

OSdías después, el señor Paco, yendo conmigo de paseo otra vez, mereveló la mitad de su secreto. Los alemanes no podían vencer porquetenía pensado ofrecer a la Francia un sistema de cañones que daba altraste con todos los inventos que hasta ahora se habían realizado enmateria de artillería. Era un cañón el suyo extraordinario, mejor dicho,maravilloso; un hombre lo podía subir a la montaña más alta.

—No será de hierro.

—No, señor.

—¿De madera?

—Tampoco.

—¿De papel?

—No, señor.

Quedeme reflexionando un instante.

—¿Y tiene el mismo calibre que los demás?

—Cuanto se quiera.

—¡No comprendo!...

El señor Paco me miraba con sus grandes ojos inocentes, donde brillabauna sonrisa de triunfo.

—No puedo decirle ahora, D. Ceferino, de qué está hecho; pero notardará usted en saberlo... Dentro de pocos días empezará a construirseel modelo en París... Ya verá usted, ya verá adónde llega mi nombre...Por supuesto que si Bismarck supiese lo que tiene encima, ya estaríaofreciéndome el dinero que quisiera... Pero yo no le vendo el secretoasí me entierre en oro, ¿está usted?... Aunque sea de balde se lo doy yoal francés primero que al pruso... Cada hombre tiene su simpatía,¡vamos!... Usted tiene más aquel por una persona, y le da la sangre delbrazo, y a otro ni el agua...

—Tiene usted mucha razón—repuse.—El asunto es tan serio ytrascendental que los intereses particulares de una persona, siquierasean los del mismo inventor, deben posponerse a los de tantos millonesde seres...

El inventor quiso conmoverse.

—Sí, señor; primero me quedo con él en el cuerpo que se lo dé alpríncipe de Bismarck... y eso que mire usted, D. Ceferino, yo no tengomotivo para estar agradecido de los franceses. Aquí ha venido uno hacedos años, un monsieur Lefebre, que me ha quedado a deber quince días depupilaje.

—Doblemente le honra a usted esa generosidad.

Se enterneció el señor Paco, y si hubiera insistido un poco, tengo laseguridad de que llegaría a revelarme la primera materia de su famosocañón; pero tenía yo prisa en aquel momento y no abusé de su blandura.

Las monjas, como me había dicho el patrón, ocupaban dos habitaciones nolejos de la mía. En una de ellas dormía la madre y en la otra lashermanas San Sulpicio y María de la Luz. No bajaban a comer en la mesaredonda, sino que lo hacían en su cuarto. Lo mismo los suyos que el mío,tenían la salida a un corredor abierto que daba sobre el patio.

La tarde del mismo día en que llegué, volví a verlas en la galería delas aguas, y las saludé con mucha cortesía. Me contestaron igualmente, yobservé que la hermana San Sulpicio me dirigió una franca sonrisa muyamable. Tuve tentaciones de acercarme a ellas y entablar conversación,pero vacilé durante tres o cuatro vueltas, y cuando iba a decidirme aello, se fueron a buscar la calesa para trasladarse a casa. Al díasiguiente por la mañana no las vi. El que escanciaba el agua me dijo quehabían estado. Por el patrón supe que se levantaban con estrellas e ibana la iglesia a oír la misa de alba y hacer sus oraciones: después bebíanel agua y se retiraban a sus aposentos. Sólo una que otra vez tornabanal manantial antes de almorzar. No sé por qué me molestó un poco nohaberlas tropezado; tal vez por ser las únicas personas que allíconocía. Porque D. Nemesio, que me acompañaba bastante, a fuerza deatenciones se me había hecho antipático, abrumador. No podía asomar lacabeza fuera de mi cuarto sin que me invitase a una partidita de billaro de tresillo, o a ir de paseo o a beber una botella de cerveza. Y suconversación interminable, prosaica, me aburría tan extremadamente, queya le huía como al sol del mediodía. Luego aquella curiosidad maldita,aquel afán inmoderado de saber la vida de uno con todos sus pormenores,lo que había hecho y lo que pensaba hacer, era para desesperarse.

Cuando hube leído algún tiempo tumbado sobre la cama (después de haberrechazado la invitación de D. Nemesio para jugar unas carambolas), salícon objeto de dar un paseo hacia el manantial. La hermana San Sulpiciocruzaba al mismo tiempo por el corredor, y cruzaba tan velozmente que elvestido se le enganchó en un clavo de la pared y se rasgó con un siete formidable.

—¡Jesús, qué dichosos clavos!—exclamó con rabia, dando una patadita enel suelo y mirando con tristeza el desperfecto.

—Ahora me toca a mí reír, hermana.

—Ríase usted, ríase usted sin cumplimientos—me respondió con viveza,riendo ella la primera.

—No soy rencoroso—repuse en tono dulzón y galante; y acercándome almismo tiempo, me incliné y besé su crucifijo.

—¿Y por qué había de guardarme rencor? ¿Por la risa del otro día?...¡Pues, hijo, si yo nací riendo, y hasta es fácil que me ría cuando estédando las últimas boqueadas!

—Hace usted bien en reírse, y aunque sea de mí se lo agradezco por elgusto que me da el ver una boca tan fresca y tan linda.

—¡Oiga! ¿No sabe que es pecado echar flores a una monja, y mucho másque ésta las escuche?

—Me confesaré, y en paz.

—No basta; es necesario arrepentirse y hacer propósito de no volver apecar.

—¡Es difícil, hermana!

—Pues yo no quiero darle ocasión. Adiós.

Y se alejó corriendo; mas a los pocos pasos volvió la cabeza, y haciendouna mueca expresiva, sin dejar de correr, me dijo:

—Tenemos a la madre enferma, ¿sabe?

—¿Qué tiene?—pregunté avanzando muy serio, con el objeto de noespantarla y obligarla a detenerse.

—No sé... Cosas de mujeres cuando nos hacemos viejas, ¿sabeusted?—respondió con desenfado.

—Pues dígale que si necesita mis servicios, tendré mucho gusto enprestárselos. Soy médico.

—¡Ah! ¿Es usted médico? Pues ya tiene obra en que poner las manos. Encuantito lo sepa la madre, ya le está a usted llamando... váyase,váyase, criatura, si no quiere que le secuestren.

—Le repito que tendré mucho gusto en ello. Aquí aguardo a que me llame.

La hermana entró en el cuarto, y salió a los pocos momentos.

—¡No se lo decía!—exclamó.—Entre, entre, pobrecito, y no eche laculpa a nadie, que usted se la ha tenido.

Y al mismo tiempo me empujaba suavemente.

Estaba en lo cierto. La buena madre era una fuente de chorro continuopara describir las mil y una enfermedades que padecía.

En aquellos momentos decía sentir una gran bola en el vientre, tan fríaque la helaba; al mismo tiempo se quejaba de dolor de cabeza. Paraponerme en antecedentes de la dolencia empleó cerca de media hora, conuna prolijidad tan fatigosa que a cualquiera desesperaría. Pero yo mehallaba en tan buena disposición de espíritu, que la escuchaba sindisgusto. La hermana San Sulpicio me miraba en tanto con ojos decompasión: parecían decirme: «¡Pobre señor! Conste que yo no tengo laculpa». De vez en cuando fijaba los míos en ella, y también procurabadecirle tácitamente: «No me compadezca usted; me encuentro muy bien. Lamolestia de los oídos se compensa muy bien con el placer de los ojos».

Cuando la madre hubo concluido su relación, o al menos cuando creí quela había concluido, tomé la palabra y, recordando medianamente laslecciones de mi profesor Tejeiro, comencé a soltar por la boca unagranizada de términos técnicos, que yo mismo quedé asombrado. A lapaciente debió de hacerle un gran bien, a juzgar por la expresión felizcon que me escuchaba, tanto que estuve ya por no recetar y darla porcurada; pero en cuanto terminé comenzaron las preguntas:

—Diga usted, señor, ¿y esta bola fría cree usted que algún día laarrojaré?

—Esa bola no es más que una sensación: no tiene realidad; es unfenómeno nervioso. Porque los nervios, que son los que transmitennuestras sensaciones al cerebro, a veces nos engañan, son falsoscorresponsales... Verá usted; nosotros tenemos un centro nervioso en elcerebro, de donde parten...

Y me enfrasqué en una descripción anatómica, procurando ponerla alalcance de las inteligencias femeniles a quienes iba dirigida. Despuésme preguntó si tenía algo que ver con el corazón, y le expliquélargamente lo que era esta víscera y sus relaciones con las otras denuestro cuerpo. Luego tocó el punto del estómago, y no con menorerudición expuse mis conocimientos acerca de este importante órgano,que denominé, muy ingeniosamente, «el laboratorio químico de la vida».

La madre estaba encantada, escuchándome con verdadero arrobamiento. Elmédico del convento era un buen señor, pero no debía de saber gran cosa,porque apenas les decía nada de sus enfermedades ni se producía tanbien. Según me dijo el patrón más tarde, opinaba que yo era un verdaderosabio y se alegraba en el alma de haber tropezado conmigo, porque teníamuchas esperanzas de curarse con mis recetas.

¡Pobre señora!

Héteme aquí, pues, en relación amigable, y bastante íntima, con aquellasmonjas, gozando bien gratuitamente de opinión de médico sapientísimo. Nome pesaba de ello, por más que desde entonces saliese a cuatro o cincoconsultas por día. Pero era mucho lo que me placía la vista de lahermana San Sulpicio, y mucho lo que me hacía gozar su carácterresuelto, desenfadado, tan poco monjil que verdaderamente en ocasionesasombraba. Por la tarde de aquel mismo día las acompañé mientraspaseaban el agua por la galería, y charlamos animadamente con la mayorconfianza, lo mismo que si nos conociésemos desde larga fecha. Talmilagro en cualquier otro punto del globo, es cosa corriente enAndalucía, donde el trato y la confianza son cosas simultáneas. Nodejaba de sorprenderme que la hermana San Sulpicio me hablase ya en tonofestivo y me dijese algunas bromitas delicadas, porque en mi Galicia lasmujeres son más reservadas: sobre todo si visten el hábito religioso,por milagro se autorizan el departir con un joven. Pero como meagradaba, dejábame llevar por la corriente, aceptaba las bromas, y lasde volvía, procurando, por supuesto, que no traspasasen los límites enque debían mantenerse tratándose de una religiosa, y hacía todo loposible por mostrarme ingenioso y bien educado, a fin de inspirar cadavez mayor confianza.

Al día siguiente hice que me despertasen muy temprano, y fui a misa dealba. La madre tenía tan buena idea de mí, que no le sorprendió nadaencontrarme en la iglesia; pero la hermana San Sulpicio me dirigió unamirada de curiosidad que me puso colorado. La verdad es que nunca hesido muy devoto, y debo confesar ingenuamente que en aquella ocasión mellevó a la iglesia, más que el deseo de asistir al santo sacrificio, laesperanza de ver a la graciosa hermana. Sin embargo, es bien que se sepaal propio tiempo que no soy ateo ni participo de las ideas materialistasdel siglo en que vivimos, las cuales he combatido en verso varias veces.Soy idealista, y protesto con todas mis fuerzas contra el groseronaturalismo. Además, a un poeta lírico no le sienta mal nunca un poco dereligión.

Al salir de la iglesia vino hacia mí la madre, me hizo la consultamatinal, y no tuve más remedio que acompañarlas a beber el agua,subiendo con ellas a la misma calesa.

En los días que siguieron nuestraconfianza y amistad crecieron extremadamente. Era su acompañanteobligado en los paseos, y también en casa departíamos a menudo, ora enel cuarto de la superiora, ya sentados algún ratito en el patio.Observaba que la gente, al pasearnos en la galería o en el parque, nosmiraba con curiosidad. Sobre todo a las jóvenes les llamaba mucho laatención que acompañase a unas monjas, y me dirigían miradas maliciosasy sonrisas, por donde vine a comprender que sospechaban la admiraciónque las virtudes y los ojos de la hermana San Sulpicio me inspiraban.

Pertenecía ésta, lo mismo que las otras, a una congregación denominadael Corazón de María, que estaba destinada a la enseñanza de niñas yhabitaba un convento de Sevilla. Esta congregación era francesa y teníavarios colegios, lo mismo en España que en Francia. El superior de todosellos era un clérigo viejecito que constantemente los estaba recorriendopara inspeccionarlos. Los votos que hacían duraban cuatro años, al cabode los cuales se renovaban. A la tercera vez era necesario hacerlosperpetuos o salir de la congregación. Lo mismo la hermana San Sulpicioque su prima, la hermana María de la Luz, se habían educado desde muyniñas en aquel convento, del cual no habían salido más que para ejercersu ministerio en dos o tres puntos de España.

Cada momento me seducía más la gracia y el carácter campechano de laprimera; y eso que más de una vez se reía, según sospecho, a mi costa. Alos dos o tres días de tratarla me preguntó:

—¿De dónde es usted?

—De Bollo.

Me miró con sorpresa.

—Un pueblecito del partido judicial de Viana del Bollo, en la provinciade Orense—

añadí con timidez.

Por sus ojos pasó entonces un relámpago de alegría y observé que semordió los labios fuertemente, volviendo al mismo tiempo la cabeza.

—¿Qué? ¿Le hace a usted gracia el nombre de mi pueblo, verdad?—lepregunté, comprendiendo lo que pasaba en su interior.

—Pues sí, señor... dispénseme usted... me hace muchísimagracia—repuso, tratando de reprimir en vano las carcajadas que fluían asu boca.—Dispénseme, pero tanto bollo... vamos... es cosa que acualquiera se le atraganta.

Después que rió cuanto quiso, me dijo:

—No creí que era usted gallego.

—¿Pues?

—No se le conoce a usted nada.

—¿Y en qué distingue usted a los gallegos, hermana?

—Pues en lo que les distingue todo el mundo... Está bien a lavista—replicó con algún embarazo.

Yo me eché a reír, adivinando que se figuraba que todos los gallegoseran criados o mozos de cuerda. Se puso un poco colorada y dijo:

—No es por nada malo... no crea usted que yo quiero rebajarlos.

En los días sucesivos observé que el sentimiento de conmiseración por ladesgracia de haber nacido en Galicia no se desvanecía, mostrándomecierta simpatía y benevolencia no exentas de protección. Cuando le hicealgunas preguntas acerca de Sevilla, me habló con entusiasmo y orgullo.Se sorprendía de que no hubiese estado allí. Para ella era el paraíso;un lugar de delicias, de donde nadie podía irse sin sentimiento. Apenassalía del convento, y sin embargo, el apartarse de Sevilla considerábalocomo un destierro penoso. Dos años había pasado en Vergara, donde lacongregación tenía colegio, y en los dos años no había hecho más quesuspirar por su patria. Y eso que para la salud le probaba muy bien elpaís. Pero ¡qué tristeza asomar la frente por las rejas de la ventana yver aquel cielo siempre encapotado, dejando caer, sin cansarse nunca,agua y más agua! ¡Y luego aquel modo de graznar que tiene la gente paradecir lo que se le ocurre! Parecen todos algarabanes. Lo único que habíasentido al dejar a Vergara fue una niña con quien se había encariñadomucho, llamada Maximina. Se habían escrito durante una temporada.Después supo que se había casado; después no supo más de ella.

—Ha muerto—le dije.

—¿Ha muerto?—repitió toda turbada.—¿La conocía usted?... ¿Dónde hamuerto?

—La conoce hoy todo el mundo. Ha muerto en Madrid. Su historiasencilla, escrita y publicada recientemente, ha hecho derramar muchaslágrimas. Aún tengo media idea de que se menciona en ella el nombre deusted.

La hermana quedó silenciosa, inmóvil. Estábamos sentados en un banco delparque, a la orilla del río, que corría triste y fangoso a nuestrospies. Delante, a corta distancia, se extendía la cortina sombría de lasierra cerrándonos el horizonte. Al cabo de algunos momentos advertí quela monja estaba llorando.

—Dispénseme usted que le haya dado la noticia así tan de repente... Yono pensaba...

—¡Pobrecilla! ¡Si usted supiera lo buena que era aquellacriatura!—dijo llevándose el pañuelo a los ojos.—Luego ha sido uno delos pocos seres que en el mundo me han querido de veras...

—¡Pocos seres!... Yo creo que se equivoca, hermana. A usted debenquererla todos los que la traten... Al menos por lo que a mí se refiere,hace poco tiempo que la conozco y ya se me figura que la quiero...

Después de decir esto comprendí que era algo descomedido y quedéconfuso. Traté de atenuarlo siguiendo:

—Tiene usted un carácter abierto, campechano, que la hace muysimpática. Yo creo que la virtud y la piedad no exigen por precisión eseretraimiento, ese silencio y rostro severo y adusto que suele verse enmuchas religiosas, en casi todas. Imagino que la alegría debe ser lacompañera de la virtud; lo mismo opinaba Santa Teresa, como usted debede saber. Además, un rostro sereno, risueño, una palabra cortés, indicanen cualquier estado, cuando no es hipocresía, un corazón bondadoso.

Levantó la mirada húmeda hacia mí, diciendo con graciosa severidad:

—Mire que las religiosas no podemos escuchar requiebros: ya se lo hedicho.

—Éstos no son requiebros: no he dicho nada de su figura.

—Pero lisonjea usted mi carácter, que es lo mismo.

Aquella tarde estuvo triste y taciturna, lo cual me dio buena idea deella, porque, a no dudarlo, la tristeza provenía de la noticia que leacababa de dar. Me vi precisado a conversar exclusivamente con la madreFlorentina; porque pensar que se le podía sacar alguna palabra delcuerpo a la hermana María de la Luz, era pensar lo imposible.

Cuandollegamos a casa, al tiempo de separarnos, la hermana San Sulpicio medijo:

—Oiga: ¿podría proporcionarme esa novela de que me hablaba?

—¿La de Maximina?

—Sí: pediré permiso a la superiora y al confesor para leerla. Creo queme lo concederán... Y si no me lo conceden, la leeré de todos modos,aunque me cueste una severa penitencia.

Me hizo reír aquella desenvoltura, y le respondí:

—Sí, se la puedo dar a usted. Hoy mismo escribiré a Madrid pidiéndola.

La casa del famoso inventor, la Fonda Continental, se había llenado porcompleto.

En la mesa redonda comíamos ya doce, y además había que contarlas monjas, que comían en su cuarto. Por la noche, aquél me vino a pedirque consintiese poner en mi cuarto otra cama para un joven que acababade llegar de Málaga.

—¡Pero, hombre de Dios, si apenas puedo revolverme yo!

Pues no había más remedio. El inventor tenía o decía tener con aqueljoven un compromiso ineludible, y se empeñaba, con humildad, sí, perotambién con firmeza, en que se pusiera la cama. Yo me indigné muchísimoy le dije algunas palabras pesadas. Por lo visto, aquel loco sabíabarrer para dentro. Su mirada de perro fiel había llegado a causarmerepugnancia. La verdad es que si no hubiera sido por la simpatíainvencible, que ya no podía ocultarme a mí mismo, que me inspiraba lahermana San Sulpicio, aquella misma noche me habría mudado de casa.Sufrí a regañadientes la introducción de la cama, y no pude menos dedirigir al intruso, que se paseaba solo por el patio, algunas miradascoléricas. Me dispuse a estar con él lo más grosero posible.

Cuando llegó la hora de acostarse, fuime hacia el cuarto, me desnudé yme metí en la cama. Poco después de estar allí, cuando aún no me habíadormido, llegó el intruso.

Fingí que dormía para no saludarle. A lamañana siguiente levanteme temprano y fui a misa, según costumbre. Él nose despertó.

Era un joven de veintiséis a veintiocho años: tuve ocasión de verle bienpaseando por la galería. Bajo de estatura y de color, cara redonda conojos pequeños y vivos de una expresión firme y aviesa que le hacía desdeluego antipático; pelo negro y lacio que ofrecía al descubrirse una levey prematura calva en la coronilla. Vestía de un modo semejante a loschulos, como sucede ordinariamente con los señoritos en Andalucía;pantalón muy apretado, chaqueta corta y apretada también y hongoflexible.

Aprovechando un momento en que nos encontramos al pie delmanantial bebiendo el agua, me creí ya en el caso de dirigirle lapalabra.

—Tengo entendido que es usted mi compañero de cuarto, caballero.

—Eso parece—me respondió en tono resuelto no exento de impertinencia.

Un poco picado por él, le dije sonriendo:

—Por cierto que ha sido bien a mi pesar. No tenía ninguna gana decompañía.

—¡Pues qué había usted de hacer! ¿Quién tiene gana de que leintroduzcan una cuña?

Puesta la conversación en este terreno de franqueza un poco ruda,seguimos platicando amigablemente mientras dábamos vueltas por lagalería. Mi compañero era un malagueño tan cerrado, como lo erasevillana la hermana San Sulpicio. Hablaba de la zeda, mientras éstahablaba de la ese. Fumaba sin cesar pitillo sobre pitillo y sin cesartambién escupía lanzando el chorrito de saliva por el colmillo, comosólo lo había visto hacer hasta entonces a la plebe. No obstante, erade una familia muy distinguida, hijo de un cosechero y exportador depasas, y se llamaba Daniel Suárez. Hablamos del artículo en que su padrey él comerciaban, y observé que poseía ideas bastante prácticas, pero nomuy escrupulosas, en asuntos mercantiles. Tenía un modo de producirseresuelto, serio, un poco malhumorado y desdeñoso. Jamás reía, ni sonreíasiquiera. A pesar de esto no acababa de hacerse antipático. Su franquezaera un poco cínica; pero sus ideas siempre prácticas y razonables. Aqueltono malhumorado que usaba se veía bien que procedía de su temperamento,no de un espíritu vanidoso.

Le pregunté por el patrón y le hablé de suinvención famosa.

—Sí; es un loco mientras no se llegue a los céntimos—me respondió.—Encuanto llega a los céntimos su razón se aclara de repente, y no hayhombre más lúcido en media legua a la redonda. No tenga usted cuidado deque se equivoque cuando le ponga la cuenta.

—Más vale así, porque de otro modo, sus hijos...

—No tiene hijos. No tiene más que a su mujer y una sobrina a quieneshace trabajar como mulas de alquiler. A mi padre y a mi nos ha escritoya más de cincuenta cartas pidiéndonos dinero para construir su cañón.No se nos ha pasado por la tela del juicio dárselo, por supuesto; perosi se lo diéramos, se quedaría con ello, y pediría en seguida a otrapersona.

—Ayer, cuando me vino con la embajada de meter la cama de usted en micuarto, estuve a punto de incomodarme de veras y dejar la casa.

—Hubiera usted hecho bien. Si usted se incomoda de veras, le deja enpaz a escape.

Iría recorriendo todos los huéspedes, hasta tropezar conel tonto que necesitaba.

No me hizo maldita gracia lo del tonto; pero me callé, esperando ocasiónde demostrarle que no lo era.

Cruzamos cerca de una joven elegante que venía paseando con un viejo.

Micompañero la saludó con mezcla de cortesía y displicencia, que era loque le caracterizaba. La joven, que era lindísima, aunque un pocomarchita ya, le clavó una mirada dulce y risueña, como si le quisierafascinar.

—¿Quién es esta joven?—le pregunté.

—Pues esta joven—me contestó lanzando el chorrito de saliva por elcolmillo—es hija de ese señor viejo, que se llama D. Serafín Blanco, yviven en Málaga, aunque son de Granada.

—Parece, a juzgar por la mirada que le ha echado, que no le es ustedenteramente antipático.

—Ni usted tampoco, si es soltero...

—¿Tanta gana tiene de marido?

—Una mijita. Cuando su padre fue a establecerse a Málaga, hace siete uocho años, era un hombre rico: esta niña podía tener entonces diez yseis años, lo más. Entonces era otra cosa. Con aquello de que su papátenía cinco vapores en el muelle y arreaba cuatro jacos de primeracuando salía a paseo, y en todas partes se presentaba soplando por latrompeta, estaba la chica que cualquiera se acercaba a ella. El papá,que la quería tanto como Dios quiere a su madre, la cumplía todos losgustos, y, claro, la niña decía

¡pa riba! Llegó a tener más humo queecha una locomotora. Se acercaron tres o cuatro muchachos, hijos delabradores bastante acomodados, y... ¡de codo!... Pero ese tío ha dadode c... hace dos años. Todo aquello de los vapores y los jacos y losbailes lo llevó el aire: se quedaron con el día y la noche: lospretendientes desaparecieron, los años aumentaron, y naturalmente, laniña, en vez de decir ¡pa riba!, dice ahora ¡pa bajo!...

Conque si ustedquiere picar, ya sabe...

—Gracias.

—¡Phs! la niña, aunque madurita, no tiene mal aquel... vamos... Meparece, sin embargo, que la pobrecilla irá a sentarse en el polletón?

—¿Qué es eso?

—¿No sabe usted lo que es el polletón?—preguntó, haciendo una muecarara y dejando escapar de la garganta un sonido más raro aún, que debíade equivaler a una carcajada.—Pues es un lugar muy alto que hay allá enel cielo, donde van a sentarse las que mueren solteras.

Dimos algunas vueltas por el parque y observé que conocía mucha gente,porque al parecer era mucha la que había a la sazón, de Málaga. Lo quemás me sorprendía era la seguridad y precisión con que determinaba lahacienda de cada uno de sus conocidos. Veíamos, por ejemplo, una señoracon su hijo.

—El marido es comerciante en sederías. Tiene unos cuarenta mil pesos.

Encontrábamos a dos niñas con sus novios respectivos.

—Ni una peseta; el palmito y nada más.

Pasábamos cerca de un caballero anciano.

—Adiós, D. Juan... Propietario rico; su labranza vale más de cien milpesos.

Parecía que estaba dedicado exclusivamente a tasar los bienes ajenos.

Me repugnó algo aquella sórdida cualidad. A las pocas más vueltas quedimos acerté a ver a las monjas, a quienes acababa de dejar el padreTalavera, y me despedí para acercarme a ellas.

—Vaya usted con Dios—me dijo con un acento donde creí advertir ciertaburla. Al mismo tiempo observé que se fijaba descaradamente, deteniendoel paso para ello, en la hermana San Sulpicio.

La primera vez que volví a encontrarle, cuando íbamos a sentarnos a lamesa, me preguntó en tono frívolo y burlón:

—¿Qué tal la monjita?

—¿Qué monjita?—pregunté a mi vez secamente, presto a irritarme.

—¿Pues cuál ha de ser? Esa chatilla de los ojos negros que le trae austed dislocado.

—¿Que me trae a mí dislocado?—repetí, poniéndome como unacereza.—Vamos, usted está loco o quiere quedarse conmigo... y conmigono se queda nadie, se lo advierto. Yo conozco esas monjas desde hacecinco o seis días. He sido llamado como médico por la madre superiora,después las he acompañado alguna vez por cortesía.

Nada más que esto. Niyo estoy dislocado por nadie, y mucho menos por una monja, lo cual seríaun absurdo, ni tengo con ellas más que un conocimiento superficial, comolos que aquí se engendran, ni he reparado si tiene los ojos negros oazules, ni tiene sentido común semejante cosa.

Dije estas palabras con energía y mostrando demasiado claramente miirritación.

Suárez me miró con sorpresa y respondió con acento mitad afectuoso,mitad despreciativo:

—¡No se apure usted, buen hombre! Déjelo usted correr, que ya parará.Me han dicho por ahí que le gusta a usted esa morena. ¿No le gusta austed? Pues corriente. A mí sí; porque es una mujer castiza, ¿sabeusted? de esas que al llamarlas dicen con la mano ¡vuelvo!

—A mí no me apura una broma de ese género—dije sosegándome y un pocoacortado.—Pero se trata de una monja, y ya comprenderá usted que losque tenemos creencias no podemos tolerarlo. Sería feo y repugnantehablar de una religiosa como de una mujer cualquiera.

—Pues mire usted, amigo—me respondió con mucha calma, soltando elconsabido chorrito por el colmillo,—al verle a usted tan bravo,cualquiera diría que le han tocado en lo vivo. Si es así, ¡a ello! Yo ledoy la absolución... Oiga usted: le prevengo que no ha sido ocurrenciamía. Todo el mundo dice por ahí que le hace usted la rosca a la monjita:¡conque ojo!

Respondí con un gesto desdeñoso; pero en realidad me puso inquieto lanoticia.

—¿Esas monjas hacen voto de castidad para siempre?

—No, señor; los renuevan cada cuatro años.

—¡Toma! Pues ya sé yo de una que al tocar a renovar va a decir ¡hastaluego!

No quise recoger la alusión, y encaucé la conversación por otros sitios.Cuando quedé solo después de esta plática, me sentí fuertementedesasosegado. Por un lado la noticia de que mi amistad con las monjasllamaba la atención de los bañistas hasta el punto de juzgarme enamoradode una de ellas, me molestaba de un modo indecible.

Renegaba en miinterior de la suspicacia malévola que parece inherente al corazónhumano en todos los países, y protestaba con irritación de esa tendenciaa ver el lado malo en las acciones de los demás, y atribuirlas siempreun móvil interesado o mezquino. Después de todo, ¿qué tenía departicular, vamos a ver, que yo, siendo amigo y médico a la sazón de lamadre superiora, viviendo en la misma casa que ellas, las acompañasealguna vez en el paseo? Si fuesen viejas las tres, ¿dirían algo aquellasmalas lenguas?... Pero en tal momento cruzó por mi mente un pensamientocontestando a esta reflexión: «Si fuesen viejas las tres, ¿lasacompañarías tú tan asiduamente?» Tuve que confesarme que no. Si lastres fuesen viejas las acompañaría menos, y si fuesen todas como lamadre Florentina casi nada.

Luego no había duda; a mí me gustaba la hermana San Sulpicio. «Pero,hombre,

¿ahora estamos en esas? me dijo el pensamiento respondón alllegar a este punto.

¡Cuánto tiempo hace que estás enamorado deella!—¿Cómo enamorado?... ¡Alto, alto!... no transijo...—¡Sí, sí,enamorado! Pues si no estuvieses enamorado, ¿por qué te habías delevantar a las cuatro de la mañana? ¿Por qué habías de ponerte de unhumor tan endiablado cuando no la encuentras en el paseo? ¿Por qué, enfin, sientes ahora tal regocijo al escuchar de otros labios lo que túhas pensado más de quinientas veces en seis u ocho días, que la hermanano está atada para siempre por un voto?»

¡Tendría gracia! exclamé después de haber meditado un rato, sonriendo auna idea que me asaltó de pronto. Me propuse, sin embargo, ser máscauto, procurando aparecer las menos veces posible en público con lasmonjas. En cambio me esforzaba por que los ratos de conversación dentrode casa se prolongasen. Aun escuchando las fastidiosas disertaciones dela madre sobre sus múltiples enfermedades, me placía permanecer en sucuarto. ¡Los ojos de la hermana San Sulpicio disertaban en tanto sobrecosas tan lindas!

Un día, poco después de llegar del manantial, estando sentados unmomento en el patio, le pregunté:

—¿Cuál es la verdadera gracia de usted?

—¡Jesús, la verdadera! ¿Pues tengo alguna falsa?

—Nada de eso—respondí riendo.—Toda la que usted tiene (y tiene ustedmuchísima) es legítima, de pura raza andaluza.

—Vaya, vaya, ya se ha callado usted; si no, me levanto y le dejo enpoder de la madre, que se encargará de ponerle menos alegrito.

—¡No, por Dios!

—Pues callando.

—Dígame usted cómo se llamaba antes de ser religiosa.

—¿Para qué quiere usted saberlo? De todos modos, no puede llamarme deese modo, ni yo puedo responderle.

—No importa, lo guardaré en el fondo del pecho y allí lo tendré sincomunicárselo a nadie, como un recuerdo precioso de usted.

—¡Anda! ¡Cualquiera diría que es usted gallego! Con esas palabritasgitanas, más parece usted un gaditano.

—¿El nombre?

—Nada, no quiero que se lo guarde usted en el pecho. Le va a producircatarros.

—Guasitas, ¿eh?

—Además, ¡quién sabe los que tendrá usted ya ahí almacenados! Unareligiosa tiene que mirar mucho la compañía...

Después, quedándose un momento pensativa, sugerida la idea sin duda porla asociación, me preguntó: