Entre Naranjos by Vicente Blasco Ibáñez - HTML preview

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Y acudía a la memoria de la gente sencilla el recuerdo de los prodigios,aprendidos en la niñez sobre las faldas de la madre; las veces que enotros siglos había bastado asomar a San Bernardo a un callejón de laorilla, para que inmediatamente el río se fuera hacia abajo,desapareciendo como el agua de un cántaro que se rompe.

El alcalde, fiel a la dinastía de los Brull, estaba perplejo. Leatemorizaba el populacho y quería acceder, como de costumbre, pero eragrave falta no consultar al quefe. Por fortuna, cuando la gran masanegra comenzaba a revolverse indignada por su silencio y salían de ellasilbidos y gritos hostiles, llegó Rafael.

Doña Bernarda le había hecho salir al primer asomo de la popularmanifestación. En aquellas circunstancias era cuando se lucía su marido,dando disposiciones que de nada servían. Pero al volver el río a sunormalidad y desaparecer el peligro, el popular rebaño admiraba sussacrificios, llamándole el padre de los pobres. Si el milagroso santohabía de salir, que fuese Rafael quien concediera el permiso. Laselecciones de diputados estaban próximas; la inundación no podía llegarcon más oportunidad. Nada de imprudencias, ni de darla un susto; perodebía hacer algo, para que la gente hablase de él como hablaba de supadre en tales casos.

Por esto Rafael, después de hacerse explicar por los más exaltados eldeseo de la manifestación ordenó con majestuoso ademán:

—Concedido: que saquen a San Bernat.

Entre un estrépito de aplausos y vivas a Brull, la negra avalancha sedirigió a la iglesia.

Había que hablar con el cura para sacar el santo, y el buen párroco,bondadoso, obeso y un tanto socarrón, se resistía siempre a acceder a loque él llamaba una tradicional mojiganga. Le complacía poco salir enprocesión, bajo un paraguas, con la sotana remangada, perdiendo a cadapaso los zapatos en el barro. Además, cualquier día, después de sacar enrogativa a San Bernardo, el río se llevaba media ciudad, ¿y en quépostura,—como decía él—quedaba la religión por culpa de aquella turbade vociferadores?

Rafael y sus acólitos del ayuntamiento se esforzaban por convencer alcura, pero éste sólo contestaba a su petición preguntando si venía aguade Cuenca.

—Creo que sí—dijo el alcalde.—Ya ve usted que con esto aumenta elpeligro y se hace más precisa la salida del santo.

—Pues si viene agua de allá—contestó el párroco,—lo mejor es dejarlapasar, y que San Bernardo se quede en su casa. Estas cosas de santos sehan de tocar con mucha discreción, créanme ustedes... Y si no acuérdensede aquella riada en la que el agua iba por encima de los puentes.Sacamos el santo, y poco faltó para que el río se lo llevara agua abajo.

La muchedumbre inquieta por la tardanza, gritaba contra el cura. Era unaescena extraña ver al hombre de iglesia protestando en nombre del buensentido; pretendiendo luchar contra las preocupaciones amontonadas porvarios siglos de fanatismo.

—Puesto que ustedes lo quieren, sea—dijo por fin.—Saquen el santo yque Dios se apiade de nosotros.

Una aclamación inmensa de la muchedumbre, que llenaba la plaza de laiglesia, saludó la noticia. Seguía cayendo la lluvia y sobre lasapretadas filas de cabezas cubiertas con faldas, mantas y alguno queotro paraguas, pasaban las rojizas llamas de los hachones tiñendo deescarlata las mojadas caras.

Sonreía la gente bajo aquel temporal con la confianza del éxito;gozándose por adelantado con el terror del río apenas entrase en él labendita imagen. ¿Qué no podría San Bernardo? Su historia portentosa,como un romance de moros y cristianos, inflamaba todas lasimaginaciones. Era un santo de la tierra: el hijo segundo del rey morode Carlet. Por su talento, su cortesía y su hermosura, obtuvo tantoéxito en la corte del rey de Valencia, que llegó a ser su primerministro, y cuando su señor tuvo que andar en tratos con el rey deAragón, envió a Barcelona a San Bernardo, que entonces se llamaba elpríncipe Hamete.

En su viaje, llega una noche a las puertas del monasterio de Poblet.Los cánticos de los cistercienses, difundiéndose místicos y vagorosos enla calma de la noche al través de las ojivas, conmueven el alma deljoven sarraceno, que se siente atraído a la religión de los enemigos porel encanto de la poesía. Se bautiza, toma el blanco hábito de SanBernardo de Clairveux y vuelve algún tiempo después al reino de Valenciapara predicar el cristianismo. Le respeta la tolerancia con que losmonarcas sarracenos acogían todas las doctrinas religiosas, y conviertea sus dos hermanas, dos hermosas moras que toman los nombres de Gracia yMaría, e inflamadas de santo entusiasmo quieren acompañar al hermano ensus predicaciones.

Pero el viejo rey de Carlet había muerto. En el mando del pequeño estadofeudatario, especie de jefatura de kabila militar, le había sucedido suprimogénito, el arrogante Almanzor, un moro brutal y orgulloso, que seafrenta de que individuos de su familia vayan por los caminos rotos ymiserables, predicando una religión de mendigos, y con unos cuantosjinetes sale en persecución de sus hermanos.

Los encuentra junto aAlcira ocultos en la orilla del río; con un revés de su espada, corta elcuello a las dos hermanas y San Bernardo es crucificado y le taladran lafrente con un clavo enorme. Así pereció el santo patrón, adorado confervor por los pequeños; el príncipe hermoso, convertido en vagabundo ypordiosero, sacrificio que halagaba a los más pobres de sus devotos.

La muchedumbre recordaba esta historia, repetida de generación engeneración, sin más crédito que las tradiciones ni otros documentosjustificantes que la fe popular, y daba vivas al padre San Bernardo,convencida de que era el primer ministro de Dios como lo había sido delrey moro de Valencia.

Se organizaba rápidamente la procesión. Por las estrechas calles de laisla corría la lluvia formando arroyos, y descalzos o hundiendo suszapatos en el agua, llegaban hombres con hachones y trabucos; mujeresguardando sus pequeñuelos bajo la hinchada tienda que formaban las sayassubidas a la cabeza. Presentábanse los músicos con las piernas desnudas,levita de uniforme y emplumado chacó, semejantes a esos jefes indígenasque adornan su desnudez con casacas y tricornios de deshecho.

Frente a la iglesia brillaban como un incendio los grupos de hachones, yal través del gran hueco de la puerta veíanse, cual lejanasconstelaciones, los cirios de los altares.

Casi todo el vecindario estaba en la plaza, a pesar de la lluvia cadavez más fuerte.

Muchos miraban al negro espacio con expresión burlona.¡Qué chasco iba a llevarse!

Hacía bien en aprovechar la ocasión soltandotanto agua; ya cesaría de chorrear tan pronto como saliese San Bernardo.

La procesión comenzaba a extender su doble cadena de llamas entre elapretado gentío.

¡Vítol el pare San Bernat! —gritaban a la vez un sinnúmero de vocesroncas.

¡Vítol les chermanetes! —añadían otros corrigiendo la falta degalantería de los más entusiastas.

Porque las hermanitas, las santas mártires Gracia y María, tambiénfiguraban en la procesión. San Bernardo no iba solo a ninguna parte. Eracosa sabida hasta por los niños, que no había fuerza en el mundo capazde arrancar al santo de su altar si antes no salían las hermanas. Juntastodas las caballerías de los huertos, y tirando un año, no conseguiríanmoverle de su pedestal. Era éste uno de sus milagros acreditados por latradición. Le inspiraban las mujeres poca confianza—según decían loscomentadores alegres—y no queriendo perder de vista a sus hermanas,para salir él de su altar, habían de ir éstas por delante.

Asomaron a la puerta de la iglesia las santas hermanas, balanceándose ensu peana sobre las cabezas de los devotos.

¡Vítol les chermanetes!

Y las pobres chermanetes, goteando por todos los pliegues de susvestiduras, avanzaban en aquella atmósfera casi líquida, obscura,tempestuosa, cortada a trechos por el crudo resplandor de los hachones.

Los músicos probaban los instrumentos preparándose a soplar la MarchaReal. En el hueco iluminado de la puerta se marcó algo que brillabasobre las cabezas como un ídolo de oro. Avanzaba pesadamente, confatigoso cabeceo, como movido por las olas de un mar irritado.

La multitud lanzó un rugido. La música rompió a tocar.

¡Vítol el pare San Bernat!

Pero la música y las aclamaciones quedaron ahogadas por un estrépitohorripilante, como si la isla se abriera en mil pedazos, arrastrando laciudad al centro de la tierra. La plaza se llenó de relámpagos. Era unaverdadera batalla, descargas cerradas, arcabuzazos sueltos, tiros queparecían cañonazos. Todas las armas del vecindario saludaban la salidadel santo. Los viejos trabucos cargados hasta la boca, tronaban confogonazos que quitaban la vista, chamuscando a los más cercanos;disparábanse los pistolones de arzón entre las piernas de los fieles;repetían sus secas detonaciones las escopetas de fabricación moderna, yla muchedumbre aficionada a correr la pólvora, arremolinábasegesticulante y ronca, enardecida por el excitante humo mezclado con lahumedad de la lluvia y por la presencia de aquella imagen de bronce,cuya cara redonda y bondadosa de frailecillo sano, parecía adquirirpalpitaciones de vida a la luz de las antorchas.

Ocho hombres forzudos y casi en cueros encorvábanse bajo el peso delsanto. Las oleadas de gente estrellábanse contra ellos, haciendo vacilarlas andas. Dos atletas despechugados, admiradores del santo, marchaban aambos lados, conteniendo el gentío.

Las mujeres, sofocadas por la aglomeración, empujadas y golpeadas por elvaivén, rompían a llorar con la vista fija en el santo, agitadas por unsollozo histérico.

¡Ay, pare San Bernat! ¡Pare San Bernat, salveumos!

Otras sacaban chiquillos de entre los pliegues de sus faldas, ylevantándoles sobre sus cabezas, buscaban los brazos de los dospoderosos atletas.

¡Agárralo! ¡Qu' el bese!

Y el atleta, por encima de la gente, agarraba al chiquillo con una manoque parecía una garra. Le asía del primer sitio que encontraba;elevábale hasta el nivel del santo para que besase el bronce y lodevolvía como una pelota a los brazos de su madre.

Todo con rapidez,automáticamente, dejando un chiquillo para coger otro, con laregularidad de una máquina en función. Muchas veces el impulso erademasiado rudo; chocaban las cabezas de los niños con sordo ruido,aplastábanse las tiernas narices contra los pliegues del metálicohábito, pero el fervor de la muchedumbre parecía contagiar a lospequeños; eran los futuros adoradores del fraile moro, y rascándose loschichones con las tiernas manecitas, se tragaban las lágrimas y volvíana adherirse a las faldas de sus madres.

Detrás del glorioso santo marchaban Rafael y los señores delayuntamiento con gruesos blandones; el cura, bufando al sentir lasprimeras caricias de la lluvia, bajo el gran paraguas de seda roja conque le cubría el sacristán; y la muchedumbre de hortelanos confundidoscon los músicos, que más atentos a mirar donde ponían los pies que a losinstrumentos, entonaban una marcha desacorde y rara. Seguían los tiros,las aclamaciones delirantes a San Bernardo y sus hermanas, y rodeado deun nimbo rojo por el resplandor de las antorchas, saludada en cadaesquina por una descarga cerrada, iba navegando la imagen sobre aqueloleaje de cabezas azotado por la lluvia que, a la luz de los cirios,tomaba la transparencia de hilos de cristal. Y en torno del santo, losbrazos de los atletas siempre en movimiento, subiendo y bajandochiquillos que babeaban el mojado bronce del padre San Bernardo.

Enbalcones y ventanas aglomerábanse las mujeres con la cabeza resguardadapor las faldas. El paso del santo provocaba profundos suspiros,dolorosas exclamaciones de súplica. Era un coro de desesperación y deesperanza.

¡Salveumos, pare San Bernat! ... ¡Salveumos! ...

La procesión llegó al río, pasando y repasando el puente del arrabal.Reflejáronse las inquietas llamas en las olas lóbregas del río, cada vezmás mugientes y aterradoras. El agua todavía no llegaba al pretil comootras veces. ¡Milagro! Allí estaba San Bernardo que la pondría freno.Después la procesión se metió en las lenguas del río que inundaban loscallejones.

Era un espectáculo extraño ver toda aquella gente empujada por la fe,descendiendo por las callejuelas convertidas en barrancos. Los devotos,levantando el hachón sobre sus cabezas, entraban sin vacilar aguaadelante hasta que el espeso líquido les llegaba cerca de los hombros.Había que acompañar al santo.

Un viejo temblaba de fiebre. Había cogido unas tercianas en losarrozales, y sosteniendo el hachón con sus manos trémulas, vacilabaantes de meterse en el río.

Entre, agüelo—gritaban con fe las mujeres.— El pare San Bernat elcurará.

Había que aprovechar las ocasiones. Puesto el santo a hacer milagros seacordaría también de él.

Y el viejo, temblando bajo sus ropas mojadas, se metió resueltamente enel agua dando diente con diente.

La imagen iba entrando con lentitud en los callejones inundados. Losrobustos gañanes, encorvados bajo el peso de las andas, se hundían en elagua; sólo podían avanzar ayudados por un grupo de fieles que se cogíana la peana por todos lados. Era una confusa maraña de brazos nervudos ydesnudos saliendo del agua para sostener al santo; un pólipo humano queparecía flotar en la roja corriente sosteniendo la imagen sobre suslomos.

Detrás iban el cura y los mandones a horcajadas sobre algunosentusiastas que para mayor lustre de la fiesta, se prestaban a hacer decaballerías, llevando ante las narices el cirio, de los jinetes.

El cura, asustado al sentir el frío del agua cerca de la espalda dabaórdenes para que el santo volviera atrás. Ya estaba al final de lacallejuela, en el mismo río; se notaban los esfuerzos desesperados, elrecular forzado de aquellos entusiastas que comenzaban a sufrir elimpulso de la corriente. Creían que cuando más entrase el santo en elrío más pronto bajarían las aguas. Por fin el instinto de conservaciónles hizo retroceder y salieron de una callejuela para entrar en otra,repitiendo la misma ceremonia. De pronto cesó de llover.

Una aclamación inmensa, un grito de alegría y triunfo sacudió a lamuchedumbre.

¡Vítol el pare San Bernat! ... ¿Y aún dudaban de su inmenso poder losvecinos de los pueblos inmediatos?... Allí estaba la prueba. Dos días delluvia incesante, y de repente, no más agua; había bastado que el santosaliera a la calle.

E inflamadas por el agradecimiento las mujeres lloraban, abalanzándose alas andas del santo, besando en ellas lo primero que encontraban, losbarrotes de los portadores o los adornos de la peana; y toda la fábricade madera y bronce sacudíase como una barquilla entre el oleaje decabezas vociferantes, de brazos extendidos y trémulos por el entusiasmo.

Aún anduvo la procesión más de una hora por las inmediaciones del río,hasta que el cura que chorreaba por todas las puntas de su sotana yllevaba cansados más de doce feligreses convertidos voluntariamente encabalgaduras, se negó a pasar adelante. Por voluntad de aquella gente,el paseo de San Bernardo hubiese durado hasta el amanecer. Pero lo querespondía el cura:—«¡Lo que al santo le tocaba hacer ya lo ha hecho! ¡Acasa!»

Rafael, dejando el cirial a uno de los suyos, se quedó en el puenteentre un grupo de conocedores del país, que lamentaba los daños de lainundación. Llegaban a cada instante, no se sabía cómo noticiasalarmantes de los daños causados por el río. Tal molino estaba aisladopor las aguas, y sus habitantes refugiados en el tejado, disparaban lasescopetas pidiendo auxilio. Muchos huertos habían desaparecido bajo lasaguas. Las pocas barcas que había en la ciudad iban como podían poraquel inmenso lago salvando familias, expuestas a estrellarse contra losobstáculos sumergidos, teniendo que librarse con desesperados golpes deremo de la veloz corriente.

Y a pesar del peligro, la gente hablaba con una relativa tranquilidad.Estaban habituados a aquella catástrofe casi anual, la inundación era unmal inevitable de su vida y lo acogían con resignación. Además, hablabande los telegramas recibidos por el alcalde con expresión de esperanza.Al amanecer tendrían auxilio. Llegaría el gobernador de Valencia con losmarineros de guerra y se llenaría de barcas la laguna.

No quedaban másque unas cuantas horas de espera. Lo importante era que no subiese elnivel del agua.

Y se consultaban las señales puestas en el río, promoviéndose terriblesdiscusiones.

Rafael vio que aún seguía subiendo, aunque con lentitud.

Los hortelanos no querían convencerse. ¿Cómo había de crecer el ríodespués de entrar en él el pare San Bernat? No, señor; no subía: eranmentiras para desacreditar al santo. Y un mocetón de ojos feroceshablaba de vaciarle el vientre de una cuchillada a cierto burlón queaseguraba que el río subiría sólo por el gusto de dejar mal parado almilagroso fraile.

Rafael se acercó al grupo, y a la luz de una linterna reconoció albarbero Cupido, un maldito guasón de rizadas patillas y nariz aguileña,que tenía gusto en burlarse de la dura y salvaje fe de la gentesencilla.

Brull conocía mucho al barbero. Era una de sus admiraciones deadolescente. El miedo a su madre fue lo único que le impidió de muchachoel frecuentar aquella barbería, refugio de la gente más alegre de laciudad, nido de murmuraciones y francachelas, escuela de guitarreos yromanzas amorosas que ponían en conmoción a toda la calle. Además, aquel Cupido era el excéntrico de la ciudad, el bohemio despreocupado ymordaz a quien todo se toleraba; el hombre que se permitía tener cosas y hablar mal de todo el mundo sin que la gente se indignase. Era elúnico que podía burlarse de la tiranía de los Brull, sin que esto leimpidiese la entrada en el Casino del partido, donde los jóvenesadmiraban sus chistes y sus trajes estrambóticos.

Rafael le quería, aunque su trato con él no fuese muy íntimo. Entre lagente solemne y conservadora que le rodeaba, aparecíasele el barberocomo el único hombre con quien podía hablar. Casi era un artista. Iba aValencia en invierno para oír las óperas que elogiaban los diarios, y enun rincón de su tienda tenía montones de novelas y periódicosilustrados, reblandecidos por la humedad y con las hojas gastadas por elcontinuo roce de los parroquianos.

Trataba poco a Rafael, adivinando que su madre no había de ver conbuenos ojos esta amistad, pero mostraba cierto aprecio por el joven; letuteaba por haberle conocido niño, y decía de él en todas partes.

—Es el mejor de la familia; el único Brull que tiene más talento quemalicia.

No ocurría suceso en Alcira que él ignorase; todas las debilidades yridiculeces de los personajes de la ciudad, las hacía públicas en subarbería para regocijo de los de la cáscara amarga que se reunían allí aleer los órganos del partido. Los señores del ayuntamiento temían albarbero más que a diez periódicos, y cuando en alguno de los discursosque los grandes hombres del partido conservador pronunciaban en Madridleían algo sobre la «hidra revolucionaria», o «el foco de la anarquía»,se imaginaban una barbería como la de Cupido, pero mucho más grande,esparciendo por toda la nación una atmósfera venenosa de burlas cruelesy perversas insolencias.

No ocurría en la ciudad suceso que no tuviese por indispensable testigoal barbero.

Bien podía desarrollarse en lo último del arrabal o en algúnhuerto; era indispensable que a los pocos minutos apareciese allí Cupidopara enterarse de todo, prestar socorro al que lo necesitara, intervenirentre los contendientes y relatar después con mil detalles todo loocurrido.

Gozaba de libertad para seguir llevando esta vida. A los parroquianosles servían dos mancebos, tan locos como su maestro: dos chicuelos a losque Cupido pagaba con lecciones de guitarra y una comida mejor o peor,según los ingresos repartidos entre los tres fraternalmente. Y si elmaestro asombraba a la ciudad saliendo a paseo en pleno invierno contraje de hilo blanco, ellos, por no quedar a la zaga, afeitábanse lacabeza y las cejas y asomaban tras la vidriera sus testas como bolas debillar, con gran alborozo de la ciudad, que acudía a ver los «chinos deCupido».

Una inundación era para el barbero un gran día. Cerraba la tienda y seestablecía en el puente, sin cuidarse del mal tiempo, perorando ante ungran grupo, asustando a los pobres hortelanos con sus exageraciones ymentiras, dando noticias que, según él, acababa de remitirle elgobernador por telégrafo y con arreglo a las cuales, antes de dos horasno quedaría en la ciudad piedra sobre piedra y hasta el milagroso SanBernardo iría a parar al mar.

Cuando Rafael le encontró en el puente después de la procesión, estabapróximo a venir a las manos con unos cuantos rústicos, indignados porsus impiedades.

Separándose de los grupos hablaron los dos de los peligros de lainundación. Cupido se mostraba, como siempre, bien enterado. Le habíandicho que el río se llevaba agua abajo a un pobre viejo sorprendido enun huerto. No sería esta la única desgracia.

Caballos y cerdos habíanpasado muchos bajo el puente en plena tarde, flotando entre los rojosremolinos con el vientre hinchado como un odre y las patas tiesas.

EL barbero hablaba con gravedad, con cierto aire de tristeza. Rafael leoía, mirándole ansiosamente, como si deseara que hablase de algo que nose atrevía a indicar. Por fin se decidió:

—Y en la casa azul, en ese huerto de doña Pepita, donde tú vas algunasveces, ¿no ocurrirá algo?

—La casa es fuerte—contestó el barbero—y no es esta la primerainundación que aguanta... Pero está cerca del río y el huerto será unlago a estas horas; de seguro que el agua llega al primer piso. La pobresobrina de doña Pepa tendrá un buen susto...

¡Mira que venir de tanlejos, de sitios tan hermosos, para ver estas cosas!...

Rafael pareció reflexionar un rato, como si acabara de ocurrírsele laproposición que danzaba en su cabeza desde mucho antes.

—Si fuéramos allá... ¿Qué te parece Cupido?

—¡Ir allá!... ¿Y cómo?

Pero la proposición, por su audacia, forzosamente había de agradar a unhombre como el barbero, el cual acabó riendo, como si la aventura fuesegraciosísima.

—Es verdad; podríamos ir. Tendrá chiste que la célebre diva nos veallegar como unos venecianos para darla una serenata en medio de sususto... Casi estoy por ir a casa y traerme la guitarra.

—No, Cupido del demonio: fuera guitarras. ¡Qué cosas se te ocurren! Loque importa es prestar auxilio a esas señoras. Ya ves, ¡si ocurriera unadesgracia!...

El barbero, atajado en su proyecto novelesco fijó sus ojos en Rafael.

—Tú te interesas también por la ilustre artista... ¡Ah pillo! Tambiénte ha dado golpe por guapa... Pero ya recuerdo; tú la has visto: me lodijo ella.

—¡Ella!... ¿ella te ha hablado de mí?

—Algo sin importancia. Me dijo que te había visto en la ermita unatarde.

Y Cupido se calló lo demás. No dijo que Leonora, al nombrarle, habíaañadido que le parecía «un muchacho tonto».

Rafael mostrábase entusiasmado por la noticia. ¡Había hablado de él! ¡Noolvidaba aquel encuentro de penoso recuerdo!... ¿Qué hacía aún allí,inmóvil, en el puente, cuando allá abajo estarían necesitando lapresencia de un hombre?

—Oye, Cupido; ahí tengo mi barca; ya sabes; la que mi padre encargó aValencia para regalármela. Costillaje de acero; madera magnífica; mássegura que un navío. Tú entiendes el río... más de una vez te he vistoremar; yo no soy manco... ¿Vamos?

—Andando—dijo el barbero con resolución.

Buscaron una antorcha, y ayudados por varios mocetones, trajeron labarca de Rafael hasta una escalerilla de la ribera.

El río mugía con sordo hervor en torno del bote, pugnando porarrebatarlo. Los robustos brazos tiraban con fuerza de la cuerda,manteniéndolo junto a la orilla.

Arriba en el puente, entre los grupos corría la noticia de laexpedición, pero agrandada y desfigurada por los curiosos. Se trataba desalvar a una pobre familia refugiada en la techumbre de su casa, míseragente que iba a perecer de un momento a otro. Lo había sabido Rafael yallá iba a salvarles exponiendo su vida; él tan rico, tan poderoso. ¡Quéhombres todos los de la familia de Brull!... ¿Y aún había quien hablabacontra ellos? ¡Qué corazón! Y los pobres huertanos seguían el movimientode la antorcha encendida en la proa del bote, que arrojaba sobre lasaguas una gran mancha sangrienta; contemplaban con adoración a Rafael,encorvado en la popa para sujetar bien el timón. De la obscuridadpartían ruegos y proposiciones en voz suplicante. Eran fielesentusiastas que querían acompañar al quefe; ahogarse con él si erapreciso.

Cupido protestaba. No; para aquella empresa cuanto menos gente mejor; labarca había de estar ligera: él se bastaba para los remos y don Rafaelpara el timón.

—¡ Solteu! ¡ solteu!—ordenó el hijo de doña Bernarda.

Y soltando la cuerda los mocetones, la barca, después de algunoscabeceos, partió como una flecha, arrastrada por la corriente.

Encajonado el brazo del río entre la ciudad vieja y la nueva, las aguasaltas y veloces arrastraban el bote como una rama. El barbero sólo habíade mover los remos para desviar la barca de la orilla. Los obstáculossumergidos producían grandes remolinos que sacudían la embarcación, y ala luz de la antorcha que ensangrentaba las ondas gelatinosas, veíansepasar troncos de árboles, cadáveres de animales, objetos informes queapenas si asomaban una punta negra en la superficie, y hacían pensar enahogados, cubiertos de barro, flotando entre dos aguas. Arrastrados porla vertiginosa corriente, respirando el vaho fangoso del río como simascasen tierra, sacudidos a cada momento por los remolinos, Rafael secreía en plena pesadilla; comenzaba a sentirse arrepentido de suaudacia. De las casas inmediatas al río partían gritos. Se iluminabanlas ventanas.

En sus huecos algunas sombras saludaban con brazos queparecían aspas, aquella llama roja que resbalaba sobre el río, marcandola línea negra de la barca y las siluetas de los dos hombres encogidosen sus asientos. Había corrido la noticia de la expedición por toda laciudad y la gente gritaba saludando el rápido paso de la barca:

¡Vivadon Rafael! ¡viva Brull!

Y el héroe que causaba admiración exponiendo su vida por salvar unafamilia pobre, hundido en la obscuridad, en aquella atmósfera pegajosa ypesada de tumba, pensaba únicamente en la casa azul, donde iba apenetrar por fin, pero de un modo extraño y novelesco.

De vez en cuando un crujido, un salto de la barca, le volvían a larealidad.

—¡Ese timón!—gritaba Cupido, que no separaba sus ojos de lasaguas.—¡Atención Rafaelito! Evita los choques.

Y en verdad que el bote era bueno, pues otro, sin sus sólidas maderas ysu costillaje de acero, se hubiera abierto en uno de los encontronazoscon los sumergidos obstáculos.

Daban rápidamente la vuelta a la ciudad. Ya no se veían casas conventanas iluminadas. Altos ribazos coronados por tapias; inabordablesriberas de barro y cañaverales sumergidos; un poco más allá el ríolibre, la confluencia de los dos brazos que abarcaban la antigua ciudady unían sus corrientes extendiéndose como inmenso lago.

Los dos hombres iban a la ventura. Carecían, para guiarse, de lasseñales normales.

Habían desaparecido las riberas, y en la obscuridad,más allá del círculo rojo de la antorcha, sólo se veía agua y más agua,una inmensa sábana que se desarrollaba en incesante movimiento,arrastrándoles en sus ondulaciones. De vez en cuando, a ras de lalíquida superficie, surgía una mancha negra; las crestas de loscañaverales inundados; las copas de los árboles; vegetaciones extrañas ymonstruosas que parecían enroscarse en la sombra.

El silencio era absoluto. El río, libre de la opresión de la ciudad, nomugía ya; se agitaba y arremolinaba en silencio, borrando todos losvestigios de la tierra. Los dos hombres se creían náufragos abandonadosen un mar sin límites, en una noche eterna, sin otra compañía que lallama rojiza que serpenteaba en la proa y aquellas vegetacionessumergidas que aparecían y desaparecían como los objetos vistos desde untren a gran velocidad.

—Boga, Cupido—dijo Rafael.—La corriente es muy fuerte; aún estamos enel río.

Vamos hacia la derecha; a ver si nos metemos en los huertos.

El barbero se encorvó sobre los remos, y la barca, siempre impelida porla corriente, comenzó a torcer su proa con lentitud, buscando aquellavegetación que asomaba a flor de agua como los sargazos del Océano.

La barca comenzó a tropezar con obstáculos invisibles. Eran capascrujientes que parecían aprisionarla por debajo; invisibles telarañasque se agarraban a la quilla y se abrían trabajosamente después demuchos golpes de remo. Continuaba el lago obscuro y sin límites; pero lacorriente era menos ruda, más dulces las ondulaciones, y los dostripulantes sentían la sensación del que navega en aguas muertas.

La luz de la antorcha marcaba sobre la superficie, aquí y allá,gigantescos hongos obscuros, grandes paraguas, cúpulas barnizadas quebrillaban reflejando la roja llama.

Eran naranjos sumergidos. Estaban enlos huertos. ¿Pero en cuáles? ¿Cómo guiarse en la obscuridad? De vez encuando chocaba la barca con algún árbol invisible; conmovíase el bote,como si fuese a estallar, y había que retroceder, dar un rodeo, buscandootro paso.

Deslizábanse lentamente por temor a los choques; iban de un lado a otro,evitando los obstáculos, y acabaron por desorientarse, no sabiendo ya aqué lado estaba el río.

Por todas partes obscuridad y agua. Los naranjossumergidos, todos iguales, formando sobre la corriente complicadoscallejones, un dédalo en el que se enredaban cada vez más, vagando sindirección.

Cupido sudaba moviendo sin cesar los remos. La barca arrastrábasepesadamente en aquella agua fangosa, llena de marañas vegetales que seagarraban a la quilla.

—Esto es peor que el río—murmuraba.—Rafael, tú que vas de frente. ¿Noves ninguna luz?

—Nada.

El rojo reflejo de la antorcha chocaba en las enormes bolas de hojas queasomaban sobre el agua o se hundía en el espacio, ahogado por lashúmedas y pesadas tinieblas.

Así vagaron algunas horas por la campiña inundada. El barbero no podíamás; había entregado los remos a Rafael, que también desfallecía defatiga.

¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Iban a quedarse allí para siempre? yembotado su pensamiento por la fatiga y el vértigo de la desorientación,creían que la noche no iba a terminar nunca, que se apagaría la antorchay la barca se convertiría en negro ataúd, sobre el cual flotaríaneternamente sus cadáveres.

Rafael, que iba de espaldas a la proa, vio una luz a su izquierda. Ladejaban atrás, se alejaban de ella: tal vez estaba allí la casa tanpenosamente buscada.

—Puede que sea—afirmó Cupido.—Tal vez hemos pasado cerca sin verla yvamos abajo, hacia el mar... Y aunque no sea la casa azul, ¿qué? Loimportante es que allí hay alguien y vale más eso que errar en laobscuridad. Dame los remos, Rafael. Si no es la casa de doña Pepita, almenos sabremos dónde estamos.

Viró la barca, y por entre el dédalo de árboles sumergidos, fue poco apoco deslizándose hacia la luz. Chocaron con varios obstáculos, cercastal vez de huerto, tapias arruinadas y sumergidas, y la luz ibaagrandándose; era ya un gran cuadro rojizo en el que se agitaban negrassiluetas. Marcaba sobre las aguas una mancha dorada e inquieta.

La luz de la barca comenzó a trazar en la obscuridad el contorno de unacasa ancha y de techo bajo que parecía flotar sobre las aguas. Era elpiso superior de un edificio invadido por la inundación. El piso bajoestaba sumergido; faltaba poco para que el agua llegase a lashabitaciones superiores. Los balcones y ventanas podían servir deembarcaderos en aquel lago inmenso.

—Me parece que hemos acertado—dijo el barbero.

Una voz sonora y ardiente, voz de mujer en la que vibraba una intensadulzura, rasgó el silencio.

—¡Ah de la barca!... ¡Aquí, aquí!

Aquella voz no revelaba temor, no temblaba de emoción.

—¡No lo dije!...—Exclamó el barbero.—Ya tenemos lo que buscábamos.¡Doña Leonor!... ¡Soy yo!

Una carcajada sonora animó con sus interminables ondas la tétricaobscuridad.

—¡Si es Cupido! ¡el amigo Cupido!...le conozco en la voz. Tía, tía; nollores más, ni te asustes ni reces; aquí viene el dios del Amor en unabarquilla de nácar a prestarnos auxilio.

Rafael se sentía intimidado por aquella voz ligeramente burlona queparecía poblar la obscuridad de mariposas de brillantes colores.

Distinguía perfectamente su arrogante silueta en el cuadro luminoso delbalcón, entre las otras figuras negras que iban y venían curiosas yalborozadas por el inesperado arribo.

Se aproximaron al balcón. Puestos de pie tocaban los hierros delantepecho, y el barbero, erguido en la proa, buscaba el punto más fuertepara amarrar la barca.

Leonora, apoyando en la balaustrada su pecho soberbio, inclinaba lacabeza, brillando a la luz de la antorcha el casco de oro de su opulentacabellera. Buscaba conocer en la penumbra a aquel otro tripulante quepermanecía sentado y encogido junto al timón.

—¡Pero qué buen amigo es este Cupido!... Gracias, muchas gracias. Estaes una atención de las que no se olvidan... ¿Pero quién viene conusted?...

El barbero ataba ya la barca a los hierros cuando Leonora le hizo estapregunta.

—Es don Rafael Brull—contestó con lentitud.—Un señor al que creo havisto usted otra vez. A él debe agradecerle la visita. La barca es suya,y él es quien me metió en la aventura.

—Gracias, caballero—dijo Leonora saludando con una mano que al moverselanzó relámpagos azules y rojos de todos los dedos cubiertos desortijas.—Repito lo mismo que dije a nuestro amigo. Pase usted adelantey perdone el modo extraño con que le hago entrar en la casa.

Rafael estaba en pie y saludaba con torpes movimientos de cabeza,agarrado a los hierros del balcón. Saltó Cupido dentro de la casa y lesiguió el joven, esforzándose por mostrar una gallarda soltura.

Realmente no se dio cuenta de cómo entró. Eran demasiadas emociones enuna noche; primero la vertiginosa marcha por el río a través de laciudad, entre rápidas corrientes y remolinos, creyendo a cada momentoverse tragado por aquel barro líquido sembrado de inmundicias; despuésla confusión, el esfuerzo desesperado, el bogar sin rumbo por lastortuosidades de la campiña inundada, y ahora, de repente, el piso firmebajo sus pies, un techo, luz, calor y la proximidad de aquella mujer queparecía embriagarle con su perfume y cuyos ojos no podía mirar defrente, dominado por una invencible timidez.

—Pase usted, caballero—le decía.—Necesitan reponerse después de estalocura.

Están ustedes mojados... ¡pobres! ¡cómo van!... ¡Beppa!... ¡tía!Pero pase usted.

Y casi le empujaba, con cierta superioridad maternal; como una mujerbondadosa que cuida a su hijo después de una travesura que le llena deorgullo.

Las habitaciones estaban en desorden. Ropas por todas partes; montonesde muebles rústicos que contrastaban con otros alineados junto a lasparedes. Eran los objetos del piso bajo, el menaje de los hortelanos,subido al comenzar la inundación. Un labrador viejo, su mujer trémula deespanto y unos cuantos chicuelos que se ocultaban por los rincones, sehabían refugiado arriba, con las señoras, al ver que el agua penetrabaen su modesta casa.

Rafael entró en el comedor y allí vio a doña Pepita, la pobre vieja,apelotonada en una silla, con las arrugas de su cara mojadas de lágrimasy las dos manos en un rosario. En vano Cupido pretendía distraerlahaciendo chistes sobre la inundación.

—Mira, tía, este caballero es el hijo de tu amiga doña Bernarda. Havenido embarcado para prestarnos auxilio. Es muy bueno, ¿verdad?

La vieja parecía imbécil por el terror. Miraba con ojos sin expresión alos recién llegados, como si hubieran estado allí toda su vida. Por finpareció enterarse de lo que le decían.

—¡Es Rafael!—exclamó admirada,—Rafaelito... ¿y has venido con estetiempo? ¿Y

si te ahogas? ¿qué diría tu madre?... ¡Qué locura, Señor!

Pero no era locura, y si lo era resultaba muy dulce. Se lo decían aRafael aquellos ojos claros, luminosos, con reflejos de oro, que leacariciaron con su contacto aterciopelado tantas veces como osó levantarla vista. Leonora se fijaba en él: le examinaba a la luz de la lámparade la habitación, como si buscase la diferencia con aquel otro muchachoque había conocido en el paseo a la ermita.

La vieja, reanimada por la presencia de los dos hombres, se enteraba delpeligro. Ya no subía el agua; hasta podía afirmarse que comenzaba adescender lentamente. Y la vieja, con su supremo esfuerzo de voluntad,se decidió a abandonar su silla para ver la inundación.

—¡Cuánta agua, Dios y señor nuestro!... ¡Qué de desgracias se contaránmañana!

Esto debe ser castigo de Dios... un aviso por nuestros muchospecados.

Mientras los dos hombres oían a la vieja, Leonora iba de una parte aotra dando prisas a su doncella y a la hortelana. Aquellos señores nopodían estar así con las ropas impregnadas de humedad, cansados ydesfallecidos por una noche de lucha.

¡Pobrecitos, bastaba verles! Ycolocaba sobre la mesa galletas, pasteles, una botella de ron; todo loque podía encontrar en la despensa, y hasta un paquete de cigarrillosrusos con boquilla dorada que la hortelana miraba con escándalo.

—Déjalos, tía—decía a la pobre vieja.—No les entretengas ahora. Quecoman y beban un poco. Necesitan entrar en calor... Dispensen ustedes siles ofrezco tan poca cosa. ¿Qué les daré, Dios mío, qué les daré?

Y mientras los dos hombres se veían impulsados por un cariño un tantodespótico a sentarse a la mesa, Leonora, seguida de su doncella, entrabaen la habitación inmediata, poniéndola en revolución con un retintín dellaves y ruidoso abrir de cofres.

Rafael, emocionado, apenas si pudo sorber unas cuantas gotas de ron,mientras el barbero mascaba a dos carrillos, bebía copa tras copa y conla cara cada vez más roja, hablaba y hablaba, la boca llena de pasta.

Apareció Leonora, seguida de la doncella, que llevaba en los brazos unlío de ropas.

—Ya comprenderán ustedes que aquí no hay trajes de hombre. Pero en laguerra se vive como se puede y aquí estamos sitiados.

Rafael admiraba los hoyuelos que una risa graciosa trazaba en aquellasmejillas; la luminosa dentadura, que parecía temblar en su estuche derosa.

—A ver, Cupido; fuera pronto ese traje; no quiero que por mí pilleusted una pulmonía que prive a la ciudad de su principal regocijo. Aquítiene usted para cubrirse mientras secamos sus ropas.

Y ofrecía al barbero una bata magnífica de peluche azul, con grandescascadas de encajes en el pecho y las mangas.

Cupido se retorcía de risa en su asiento. ¡Pero qué gracioso eraaquello!... ¿Iba él a vestirse con tal preciosidad? ¿Y sus patillas?...¡Cómo reirían los de Alcira si le viesen! Y halagado por laextravagancia del disfraz, se apresuró a meterse en la inmediatahabitación para ponerse la bata.

—Para usted—dijo Leonora a Rafael con maternal sonrisa—sólo heencontrado esta capa de pieles. Vamos, quítese usted esa chaqueta queestá chorreando.

El joven se resistió ruboroso y avergonzado como una doncella. Estababien así; no le ocurriría nada; otras veces se había mojado más.

Leonora, siempre sonriente, parecía impacientarse. Bien sabían en lacasa que ella no admitía réplicas.

—Vamos, Rafael, no sea usted tonto. Habrá que tratarle como a un niño.

Y cogiéndole por una manga, como si se tratara de un chiquitín, comenzóa tirarle de la chaqueta.

El joven, en su turbación, no sabía lo que le pasaba. Le parecía marcharpor un horizonte sin fin, con más velocidad que horas antes se deslizabapor el río. Oía su nombre en la boca de aquella mujer, se veía agasajadoen una casa cuya entrada no sabía antes cómo franquear, y ella, Leonora,le llamaba niño y le trataba como a tal, cual si la intimidad datasedesde el principio de su vida. ¿Qué mujer era aquella?

Estaba en unmundo nuevo y las mujeres de la ciudad, aquellas que él trataba en lastertulias caseras, le parecían seres de otra raza, viviendo lejos, muylejos, en otro extremo de la tierra, de la que le separaba la inmensasábana de agua.

—Vamos, señor testarudo; habrá que tratarle a usted como a un bebé.

Le hablaba a poca distancia de su rostro; sentía en sus mejillas elaleteo de aquella boca, su respiración tibia, que le cosquilleaba conintensos estremecimientos. Y al mismo tiempo sus manos, finas y ágiles,le empujaban cariñosamente, quitándole con rapidez la chaqueta y elchaleco.

Sintió sobre sus hombros la caliente caricia de la capa de pieles. Unapreciosidad; un manto suave como la seda, grueso, tupido y ligero, comofabricado con plumas de fantásticas aves. Era de pieles de zorro azul, ya pesar de la estatura de Rafael, sus bordes rozaban el suelo. El jovencomprendió que le habían echado sobre los hombros unos cuantos miles defrancos, y tímido, con temblorosa mano, recogía el borde, temeroso depisarlo.

Leonora reía de su timidez.

—No se encoja usted; no importa que lo estropee. ¡Parece que llevausted un velo sagrado por el respeto con que lo trata! No vale la pena.Yo sólo uso esta capa en los viajes. Me la regaló un gran duque en SanPetersburgo.

Y para asegurar más su desprecio por el rico manto, embozó al joven enél, golpeando sus hombros para que amoldara más a su cuerpo.

Lentamente volvían a la sala donde estaba el balcón, mientras en elcomedor sonaban carcajadas saludando la aparición del barbero, envueltoen su lujosa bata.

Cupido sacaba partido de la situación para provocarla risa, y recogiéndose la cola y atusándose las patillas, braceaba cualuna tiple en una romanza dramática cantando de falsete. Los hortelanosreían como locos, olvidando el agua que llenaba su casa; Beppa abríadesmesuradamente sus ojos, admirada por la figura, las contorsiones deaquel señor y la gracia con que estropeaba los versos italianos, y hastala pobre doña Pepa se retorcía en su silla, admirando al barbero, quesegún ella, era el más gracioso de todos los demonios.

Rafael estaba en el balcón, junto a Leonora, con la mirada perdida en laobscuridad, arrullado por la música de aquella voz, que con marcadointerés le hacía preguntas sobre el desesperado viaje por el río.

La finura de aquella capa que le envolvía, dábale la sensación de unaepidermis satinada y tibia. Parecíale que aún quedaba en aquellasuavidad algo del calor de los hombros desnudos; creía estar envuelto enla piel de Leonora, y el perfume de su cuerpo, que sentía junto a él,aumentaba esta ilusión.

Rafael, con voz entrecortada, contestaba a sus preguntas.

—Lo que usted ha hecho—decía la artista—merece honda gratitud. Es unarranque caballeresco digno de otros tiempos. Lohengrín, llegando en subarquilla para salvar a Elsa. Sólo falta el cisne... a no ser que elbarbero se contente con este papel...

Hablando en serio, no creía queaquí hubiese un hombre capaz de portarse así.

—¡Y si usted hubiese muerto!...—exclamó el joven para justificar suaventura.

—¡Morir!... Le confieso a usted que al principio tuve algún miedo; node morir, que yo le temo poco a la muerte. Estoy algo cansada de lavida; ya se convencerá usted de ello cuando me conozca más. Pero morirahogada en el barro, sofocada por esa agua que huele tan mal, no mehacía gracia. ¡Si al menos fuese el agua verde y transparente de loslagos suizos!... Yo busco la belleza hasta en la muerte; me preocupo dela última postura como los romanos y temía perecer aquí como una ratasitiada en la alcantarilla... Y, sin embargo, ¡si supiera usted lo quehe reído viendo el terror de mi tía y de esas pobres gentes que nossirven!... Ahora el agua no sube ya, la casa es fuerte, no hay másmolestia que la de verse sitiados y espero el día para ver. Debe ser muyhermoso el espectáculo de toda esa hermosa campiña convertida en unlago.

¿Verdad, Rafael?

—Usted habrá visto cosas más interesantes—dijo el joven.

—No digo que no; pero a mí, lo que más me impresiona es la sensacióndel momento.

Y calló, mostrando en su repentina seriedad la molestia que le causabala ligera alusión al pasado.

Quedaron los dos en silencio un buen rato, hasta que Leonora reanudó laconversación.

—La verdad es que si el agua sigue subiendo, a usted le hubiéramosagradecido la vida... Vamos a ver, con franqueza; ¿por qué ha venidousted? ¿Qué buen espíritu le ha hecho acordarse de mí a quien apenasconoce?

Rafael enrojeció de rubor, tembló de cabeza a pies, como si le exigierauna confesión mortal. Iba a soltar la verdad, a volcar de un golpe supensamiento, con todos los ensueños y las angustias de aquellos días,pero se contuvo y se asió a un pretexto.

—Mi entusiasmo por la artista—dijo con timidez.—Yo admiro mucho eltalento de usted.

Leonora prorrumpió en una ruidosa carcajada.

—¡Pero si usted no me conoce! ¡Si usted no me ha oído nunca!... ¿Quésabe usted de eso que llaman mi talento? A no ser por ese parlanchín deCupido, hasta ignorarían en Alcira que yo canto y soy conocida fuera deaquí.

Rafael quedó aplastado por la réplica; no se atrevía a protestar.

—Vamos, Rafael—continuó cariñosamente la artista—no sea usted niño nipretenda turbarme con esas mentirillas semejantes a las que se usan paraengañar a la mamá. Yo sé por qué ha venido aquí. ¿Cree usted que no lehan visto desde este mismo balcón rondando la casa todas las tardes,apostándose en el camino como un espía? Está usted descubierto, señormío.

El tímido Rafael creía que el balcón iba a hundirse bajo sus pies.Temblaba de miedo, arrebujábase en el manto de pieles, sin saber lo quehacía y protestaba con enérgicas cabezadas, negando las afirmaciones deLeonora.

—¿Conque no es verdad, embusterillo?—dijo ésta con cómicaindignación.—

¿Conque niega usted que desde que nos vimos en la ermita,su paseo de todas las tardes son estos alrededores? ¡Dios mío! ¡quémonstruo de falsedad es este chico! ¡con qué aplomo miente!

Y Rafael, vencido por aquella alegría franca, acabó riéndose, confesandocon una carcajada su delito.

—Usted se extrañará de mis actos y palabras—continuó Leonoraaproximándose más a él, apoyando un hombro en el suyo, con un abandonofraternal, como si estuviera junto a una amiga.—Yo no soy como lamayoría de las mujeres. ¡Bueno fuera que con la vida que llevo memostrara hipócrita!... Mi pobre tía me cree una loca, porque digo lascosas como las siento: en mi vida me han querido mucho o me hanaborrecido, por esta manía de no ocultar la verdad... ¿Quiere usted quese la diga?... Pues bien, usted ha venido aquí porque me ama, o al menoscree amarme; el defecto de todos los muchachos de su edad apenasencuentran una mujer que no es igual a las otras que conocen.

Rafael estaba silencioso y cabizbajo; no osaba levantar la vista; sentíaen su nuca la mirada de aquellos ojos verdes que parecían registrarle elalma.

—A ver; levante usted esa cabeza; proteste un poquito como antes. ¿Esverdad o no lo que digo?

—¿Y si fuera?...—se atrevió a suspirar Rafael, viéndose descubiertobruscamente.

—Como sé que es cierto he querido provocar esta explicación para queusted no viva en el engaño. Después de lo de esta noche deseo que seamosamigos; amigos nada más; dos camaradas unidos por el agradecimiento.Pero para evitar la confusión, había que marcar nuestras respectivassituaciones. Seremos amigos, ¿eh?... Esta es su casa, yo le considerarécomo un camarada simpático; con lo de esta noche ha ganado usted en miánimo más que con un continuo trato; pero va usted a prometerme que noreincidirá en esas tonterías de admiración amorosa que han sido siempreel tormento de mi vida.

—¿Y si no puedo?...—murmuró Rafael.

—La cantinela de siempre—dijo riendo Leonora, remedando la voz y laexpresión del joven.—¿ Y si no puedo? ¿Por qué no ha de poder usted?¿Por qué ha de ser verdad ese amor tan inmenso por una mujer que veusted ahora por segunda vez? Esas pasiones repentinas se las inventanustedes; no son verdad; las han aprendido en las novelas o las han oídocantadas por nosotras en las óperas. Invenciones de poeta que losmuchachos se tragan como unos bobos y quieren trasplantar a la vida, nocomprendiendo que los que estamos en el secreto nos reímos de sunecedad. Con que ya lo sabe usted; a ser formal, a no ponerse pesado conmiradas tiernas y frases entrecortadas. Así seremos amigos y esta serásu casa.

Se detuvo Leonora, y amenazándole graciosamente con el índice, añadió:

—De lo contrario, seré todo lo ingrata y cruel que usted quiera; peroa pesar de la hermosa acción de esta noche, usted no entrará más aquí.No quiero adoradores: he venido buscando reposo, amigos, tranquilidad...¡El amor! ¡hermosa y cruel patraña!...

Dijo estas últimas palabras con acento grave, y quedó inmóvil muchorato, con la vista perdida en la inmensa sábana de agua.

Ahora la miraba Rafael. Había levantado la cabeza y contemplaba aLeonora pensativa. Su hermoso rostro se teñía de una luz azulada queparecía envolverla en un nimbo de idealidad. Comenzaba a amanecer y losplomizos velos del cielo se rasgaban por la parte del mar,transparentando una claridad lívida.

Leonora se estremeció, como si sintiera frío, apretándoseinstintivamente contra Rafael. Pareció sacudir con un movimiento decabeza un tropel de penosos pensamientos, y dijo tendiéndole la mano:

—¿Qué resolvemos? ¿Amigos o indiferentes? ¿Promete usted no incurrir enniñerías y ser un camarada formal?