El Préstamo de la Difunta by Vicente Blasco Ibáñez - HTML preview

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EL PRÉSTAMO DE LA DIFUNTA

(NOVELAS)

VICENTE BLASCO IBAÑEZ

36.000 EJEMPLARES

PROMETEO Germanías, 33. VALENCIA (Published in Spain)

ES PROPIEDAD.—Reservados todos los derechos de reproducción,traducción y adaptación.

1921, by V. Blasco Ibáñez.

El PRESTAMO DE LA DIFUNTA

EL MONSTRUO

EL REY DE LAS PRADERAS

NOCHE SERVIA

LAS PLUMAS DEL CABURÉ

LAS VÍRGENES LOCAS

LA VIEJA DEL CINEMA

EL AUTOMÓVIL DEL GENERAL

UN BESO

LA LOCA DE LA CASA

LA SUBLEVACIÓN DE MARTÍNEZ

EL EMPLEADO DEL COCHE-CAMA

LOS CUATRO HIJOS DE EVA

LA CIGARRA Y LA HORMIGA

EL PRÉSTAMO DE LA DIFUNTA

I

Cuando los vecinos del pequeño valle enclavado entre dos estribacionesde los Andes se enteraron de que Rosalindo Ovejero pensaba bajar á laciudad de Salta para asistir á la procesión del célebre Cristo llamado«el Señor del Milagro», fueron muchos los que le buscaron para hacerleencomiendas piadosas.

Años antes, cuando los negocios marchaban bien y era activo el comercioentre Salta, las salitreras de Chile y el Sur de Bolivia, siempre habíaarrieros ricos que por entusiasmo patriótico costeaban el viaje á todossus convecinos, bajando en masa del empinado valle para intervenir endicha fiesta religiosa. No iban solos. El escuadrón de hombres y mujeresá caballo escoltaba á una mula brillantemente enjaezada llevando sobresus lomos una urna con la imagen del Niño Jesús, patrón del pueblecillo.

Abandonando por unos días la ermita que le servía de templo, figurabaentre las imágenes que precedían al Señor del Milagro, esforzándose losorganizadores de la expedición para que venciese por sus ricos adornos álos patrones de otros pueblos.

El viaje de ida á la ciudad sólo duraba dos días. Los devotos del valleansiaban llegar cuanto antes para hacer triunfar á su pequeño Jesús. Encambio, el viaje de vuelta duraba hasta tres semanas, pues los devotosexpedicionarios, orgullosos de su éxito, se detenían en todos lospoblados del camino.

Organizaban bailes durante las horas de gran calor, que á veces seprolongaban hasta media noche, consumiendo en ellos grandes cantidadesde mate y toda clase de mezcolanzas alcohólicas. Los que poseían eldon de la improvisación poética cantaban, con acompañamiento deguitarra, décimas, endechas y tristes, mientras sus camaradasbailaban la zamacueca chilena, el triunfo, la refalosa, la mediacaña y el gato, con relaciones intercaladas.

Algunas veces, este viaje, en el que resultaban más largos los descansosque las marchas, se veía perturbado por alguna pelea que hacía correr lasangre; pero nadie se escandalizaba, pues no es verosímil que una genteque va con armas y ha hecho viajes á través de los Andes pueda vivir encomún durante varias semanas, bailando y bebiendo con mujeres, sin quelos cuchillos se salgan solos de sus fundas.

Ahora ya no habían arrieros gananciosos que dedicasen unas cuantasdocenas de onzas de oro al viaje del Niño Jesús y de sus devotos. Losmás ricos se habían ido del pueblecillo; sólo quedaban arrieros pobres,de los que aceptan un viaje á El Paposo en Chile ó á Tarija en Boliviapor lo que quieren darles los comerciantes de Salta.

Rosalindo Ovejero era el único que deseaba seguir la tradición, bajandoá la ciudad para acompañar al Señor del Milagro en su solemne paseo porlas calles.

Desde que anunció su viaje, el rancho de adobes con techumbre sostenidapor grandes piedras, que había heredado de sus padres, empezó á recibirvisitas. Todos acompañaban su encargo con un billete de á peso.

Las mujeres le narraban, sin perdonar detalle, las grandes enfermedadesde que las había salvado la imagen milagrosa. Sus entrañas dolorosamentequebrantadas por la maternidad se habían tranquilizado después de variosemplastos de hierbas de la Cordillera y de la promesa de asistir á laprocesión del Cristo de Salta. Ellas no podían hacer el viaje, como enotros años; pero Rosalindo iba á representarlas, pues el Señor delMilagro es bondadoso y admite toda clase de sustituciones. Lo importanteera pagar un cirio para que ardiese en su procesión.

—Tomá, hijo, y cómpralo de los más grandes—le decían las mujeres alentregarle el dinero—.

Te pido este favor porque fuí muy amiga de tupobre mama.

Después iban llegando los varones: pobres arrieros, curtidos por losvientos glaciales de la Cordillera que derriban á las mulas. Algunos,durante las grandes nevadas, habían quedado aislados meses enteros enuna caverna—lo mismo que los náufragos que se refugian en una isladesierta—, teniendo que esperar la vuelta del buen tiempo, mientras ásu lado morían los compañeros de hambre y de frío.

—Tomá, Rosalindo, para que me lleves un cirio detrás del Señor. El y yosabemos lo mucho que le debo.

Todos mostraban una fe inmensa en este Cristo que había llegado al paíspoco después de los primeros conquistadores españoles, á través de lassoledades del Pacífico, en un cajón flotante, sin vela ni remo, el cualfué á detenerse en un puerto del Perú. La imagen había escogido á Saltacomo punto de residencia, y desde entonces llevaba realizados miles ymiles de milagros.

Pero las gentes sencillas de la Cordillera noaceptaban que esta divinidad omnipotente traída por los blancos pudiesevivir sola, y su imaginación había creado otras divinidades secundarias.Respetaban mucho al Cristo de Salta, pero les inspiraba más miedo la«Viuda del farolito», una bruja que se aparecía de noche con un farol enuna mano á los arrieros perdidos en los caminos. El que la encontrabadebía hacer inmediatamente sus preparativos para irse al otro mundo,pues seguramente ocurriría su muerte antes de que se cumpliese un año.

Rosalindo Ovejero contó los encargos antes de salir de su casa. Erancatorce cirios los que debía llevar en la procesión, y él sólo se creíacapaz de sostener ocho, cuatro en cada mano, metidos entre los dedos.Luego pensó que siempre encontraría en los despachos de bebidas de Saltaalgún «amigazo» de buena voluntad que quisiera encargarse de losrestantes, y emprendió el camino montado en un jaco que por el momentoera toda su fortuna.

Para representar dignamente á los convecinos pidió prestadas unasgrandes espuelas que, según tradición, habían pertenecido á ciertogaucho salteño de los que á las órdenes de Güemes combatieron contra losespañoles por la independencia del país. Se puso el menos viejo de susponchos, de color de mostaza, y un sombrero enorme, por debajo de cuyosbordes se escapaba una melena lacia é intensamente negra, uniéndose ásus barbas de Nazareno. La silla de montar tenía á ambos lados unas alasfuertes de correa, llamadas «guardamontes», para librar las piernas deljinete de los arañazos y golpes de los matorrales. De lejos, estas alashacían del pobre jaco una caricatura del caballo de las Musas.

Los dos orgullos del joven salteño eran su cabalgadura y su nombre. Elnombre lo debía á una mestiza sentimental que había estudiado paramaestra en la ciudad, llevando al pueblecito de los Andes el producto desus desordenadas lecturas. Quiso crear una generación con arreglo á susideales poéticos, y á él le puso Rosalindo, á un hermano suyo que habíamuerto lo bautizó Idílio, y á una hermana que estaba ahora en Boliviaaconsejó que la llamasen Zobeida, como la esposa del sultán de Las mily una noches.

Rosalindo llegó á Salta el mismo día de la procesión. Era en Septiembre,cuando empieza la primavera en el hemisferio austral, y las callesestaban impregnadas del perfume de flores que exhalaban sus viejosjardines. Volteaban las campanas en las torres de iglesias y conventos,esbeltas construcciones de gran audacia en un país donde son frecuenteslos temblores del suelo. Un regimiento de artillería de montañaacantonado en Salta por el gobierno de Buenos Aires iba á dar escolta alSeñor del Milagro. Los frailes de los diversos monasterios circulabanpor las calles, de aspecto colonial, y por la antigua Plaza de Armas,rodeada de soportales lo mismo que una vieja plaza de España. Sobrealgunas puertas quedaba aún el escudo de piedra, revelador del orgullonobiliario de los que construyeron el caserón en la época que aún nohabía nacido la República Argentina y el país era gobernado por losrepresentantes de la monarquía española.

Se presentó Ovejero puntualmente en la iglesia á la hora de laprocesión. Desfilaron primeramente las diversas imágenes de los puebloscon su acompañamiento de devotos. Habían venido éstos de muchas leguasde distancia, bajando las montañas como rosarios de hormigasmulticolores. Los hombres, al abandonar su caballo con alas de cuero ylazo formando rollo á un lado de la silla, marchaban con una torpeza decentauro, haciendo resonar á cada paso sus enormes espuelas. Con elsombrero sostenido por ambas manos y la cabeza inclinada, precedíanhumildemente á sus imágenes. Confundidos entre ellos pasaban suschicuelos envueltos en ponchos rayados de rojo y negro, y sus mujeres,gordas y lustrosas mestizas, que parecían vestidas de máscaras á causade sus faldas de colores chillones, verde, rosa ó escarlata.

Las cofradías de la ciudad eran las que escoltaban al Cristo milagroso.Las señoritas de Salta iban de dos en dos, siguiendo las banderas yestandartes llevados por unos frailes ascéticos que parecían escapadosde un cuadro de Zurbarán. Todas estas jóvenes aprovechaban la fiestapara estrenar sus trajes primaverales, blancos, rosa, de suave azul, óde color de fresa. Cubrían sus peinados con enormes sombreros de altivasplumas; en una mano llevaban una vela rizada y sin encender, envuelta enun pañuelo de encajes, y con la otra se recogían y ceñían al cuerpo lafalda, marcando al andar sus secretas amenidades.

Esta devoción primaveral no tenía un rostro compungido. Las señoritasalzaban la cabeza para recibir los saludos de la gente de los balcones,ó acogían con ligera sonrisa las ojeadas de los jóvenes agrupados en lasesquinas. La emoción religiosa sólo era visible en la muchedumbrerústica que ocupaba las aceras, gentes de tez cobriza, ademanes humildesy voces cantoras y dulzonas. Las mujeres iban cubiertas con un largomanto negro, igual al de las chilenas; los hombres con un ponchoamarillento y ancho sombrero, duro y rígido como si fuese un casco.Todos se conmovían, hasta llorar, viendo entre las nubes de incienso delos sacerdotes y las bayonetas de los soldados al Cristo prodigiosoclavado en la cruz, sin más vestido que un hueco faldellín deterciopelo.

Detrás de la imagen arcaica desfilaba lo más interesante de laprocesión: el ejército doliente de los que deseaban hacer pública sugratitud al Señor del Milagro por los favores recibidos. Eran

«chinitas»de juvenil esbeltez y frescura jugosa, con una vela en la diestra y unmanto negro sobre la falda hueca de color vistoso y amplios volantes.Por debajo de las rizadas enaguas aparecían sus pies desnudos, pueshabían hecho promesa al Cristo de seguirle descalzas durante laprocesión. Pasaban también ancianas apergaminadas y rugosas—como debíaser la «Viuda del farolito»—, que lanzaban suspiros y lágrimascontemplando el dorso del milagroso Señor. Y

revueltos con las mujeresdesfilaban los gauchos de cabeza trágica, barbudos, melenudos, curtidospor el sol y las nieves, con el poncho deshilachado y las botas rotas.Muchas de estas botas parecían bostezar, mostrando por la boca abiertade sus puntas los dedos de los pies, completamente libres.

Ni uno solo de estos jinetes de perfil aguileño, andrajosos, fieros ycorteses, dejaba de llevar con orgullo grandes espuelas. Antes moriríande hambre que abandonar su dignidad de hombres á caballo.

Todos atendían á las pequeñas llamas que palpitaban sobre sus puñoscerrados, cuidando de que no se apagasen. Algunos llevaban hasta cuatrovelas encendidas entre los dedos de cada mano, cumpliendo así losencargos de los devotos ausentes. Rosalindo figuraba entre ellos, y unamigo que iba á su lado era portador de los seis cirios restantes. Losdos, por ser jóvenes, procuraban marchar entre las devotas de mejoraspecto.

Ovejero no había dudado un momento en cumplir fielmente los encargosrecibidos. Con la imagen milagrosa no valían trampas. Únicamente sepermitió comprar los cirios más pequeños que los deseaban susconvecinos, reservándose la diferencia del precio para lo que vendríadespués de la procesión.

Los entusiastas del Cristo que no habían podido comprar una velanecesitaban hacer algo en honor de la imagen, y metían un hombro debajode sus andas para ayudar á los portadores. Pero eran tantos los que seaglomeraban para este esfuerzo superfluo y tan desordenados susmovimientos, que el Señor del Milagro se balanceaba, con peligro devenirse al suelo, y la policía creía necesario intervenir, ahuyentando ápalos á los devotos excesivos.

Cuando terminó la procesión, Rosalindo apagó los catorce cirios,calculando lo que podrían darle por los cabos. Luego, en compañía de suamigo, se dedicó á correr las diferentes casas «de alegría» existentesen la ciudad.

En todas ellas se bailaba la zamacueca, llamada en el país la chilenita. Cerca de media noche, sudorosos de tanto bailar y de lasnumerosas copas de aguardiente de caña—fabricado en los ingenios deTucumán—que llevaban bebidas, entraron en una casa de la misma especie,donde al son de un arpa bailaban varias mujeres con unos jinetes deestatura casi gigantesca. Eran gauchos venidos del Chaco conduciendorebaños; hombretones de perfil aguileño y maneras nobles, que recordabanpor su aspecto á los jinetes árabes de las leyendas.

El arpa iba desgranando sus sonidos cristalinos, semejantes á los de unacaja de música, y los gauchos saltaban acompañados por el retintín desus espuelas, persiguiendo á las mestizas de bata flotante quebalanceaban cadenciosamente el talle agitando en su diestra el pañuelo,sin el cual es imposible bailar la chilenita.

Los punteados románticos del arpa tuvieron la virtud de crispar losnervios de Rosalindo, agriándole la bebida que llevaba en el cuerpo. Suamigo experimentó una sensación igual de desagrado, y los dos dieronforma á su malestar, hasta convertirlo en un odio implacable contra losgauchos del Chaco. ¿Qué venían á hacer en Salta, donde no habíannacido?... ¿Por qué se atrevían á bailar con las mujeres del país?...

Los dos sabían bien que estas mujeres bailaban con todo el mundo, y quelas más de ellas no eran de la tierra. Pero su acometividad necesitabaun pretexto, fuese el que fuese, y al poco rato, sin darse cuenta decómo empezó la cuestión, se vieron con el cuchillo en la mano frente álos gauchos del Chaco, que también habían desnudado su facones.

Hubo un herido; chillaron las mujeres; el hombre del arpa saliócorriendo llevando á cuestas su instrumento, que gimió de dolor alchocar con las rejas salientes de la calle; acudieron los vecinos, yllegaron al fin los policías, que rondaban esta noche más que en elresto del año, conociendo por experiencia los efectos de la aglomeraciónen la fiesta del Señor del Milagro.

Rosalindo se vió con su amigo en las afueras de la ciudad, al perder laexcitación en que le habían puesto su cólera y la bebida.

—Creo que lo has matado, hermano—dijo el compañero.

Y como era hombre de experiencia en estos asuntos, le aconsejó que semarchase á Chile si no quería pasar varios años alojado gratuitamente enla penitenciaría de Salta.

Todas las mujeres de la «casa alegre», así como los gauchos, habíanvisto perfectamente cómo daba Rosalindo la cuchillada al herido.Además, su arma había quedado abandonada en el lugar de la pelea.

El camino para huir no era fácil. Tendría que atravesar la Quebrada delDiablo, siguiendo después un sendero abrupto á través de los Andes,hasta llegar al puerto del Pacífico llamado El Paposo. Muchos chilenos,huyendo de la justicia de su país, hacían este viaje, y bien podía élimitarlos por idéntico motivo, siguiendo la misma travesía, pero ensentido inverso.

Rosalindo intentó ir á la mísera posada donde había dejado su caballo,pero cuando estaba cerca de ella tuvo que retroceder, avisado por elfiel camarada. La policía, más lista que ellos, estaba ya registrandolos objetos de la pertenencia de Ovejero, entreteniendo así su esperahasta que se presentase el culpable.

—Hay que huir, hermano—volvió á aconsejar el amigo.

Juzgaba peligrosa, después de esto, la ruta más corta que conduce á laprovincia de Copiapó en la vecina República de Chile. Era camino muyfrecuentado por los arrieros, y la policía podía darle alcance. Ya queno tenía montura, lo acertado era tomar el camino más duro y abundanteen peligros, pero que sólo frecuentan los de á pie. Como su ausencia ibaá ser larga y le era preciso ganarse el pan, resultaba preferible estaruta, pues al término de ella encontraría las famosas salitreraschilenas, donde siempre hay falta de hombres para el trabajo, y á vecesse pagan jornales inauditos.

Rosalindo conocía de fama este camino, llamado del Despoblado. Detrásdel tal Despoblado se encontraba algo peor: la terrible Puna de Atacama,un desierto de inmensa desolación, donde morían los hombres y lasbestias, unas veces de sed, otras de frío, y en algunas ocasiones caíanabrumadas por el viento.

Ovejero se guardó las espuelas en el cinto, renunciando á su dignidadde jinete para convertirse en peatón.

—Si tienes suerte—continuó el camarada—, tal vez en veinte días ó enun mes llegues al puerto de Cobija ó á las salitreras de Antofagasta.Hay arrieros que han hecho el camino en ese tiempo.

Y con la ternura que inspira el amigo en pleno infortunio, le dió sucuchillo y toda la pequeña moneda que pudo encontrar en los diferentesescondrijos de su traje.

—Tomá, hermano; lo mismo harías tú por mi si yo me hubiese«desgraciado». ¡Que el Señor del Milagro te acompañe!

Y Rosalindo Ovejero volvió la espalda á la ciudad de Salta, tomando elcamino del Despoblado.

II

Lo conocía sin haber pasado nunca por él, como conocía todos los caminosy senderos de los Andes, donde hombres y cuadrúpedos son menos quehormigas, trepando lentamente por las arrugas y las aristas de unasmontañas tan altas que impiden ver el cielo.

Su padre se había dedicado al arrieraje, y todos sus antecesoresvivieron del ejercicio de la misma profesión. Llevaban productos delpaís á los puertos del Pacífico, para traer en sus viajes de vueltaobjetos de procedencia europea, pues Buenos Aires y los demás puertosargentinos están muy lejos. En su casa, Rosalindo sólo había oídohablar de peligrosos viajes á través de los Andes y de la altiplaniciedesolada de Atacama.

Después, en su adolescencia, fué de ayudante con algunos arrieros,cuidando las mulas en los malos pasos para que no se despeñasen. Enestos viajes por las interminables soledades no temía á los hombres ni álas bestias. Para el vagabundo predispuesto á convertirse en salteador,tenía su cuchillo, y también para el puma, león de las altiplaniciesdesiertas, no más grande que un mastín, pero que el hambre mantiene enperpetua ferocidad, impulsándole á atacar al viajero. Lo único que leinfundía cierto pavor en esta naturaleza grandiosa y muda, á través dela cual habían pasado y repasado sus ascendientes, eran los poderesmisteriosos y confusos que parecían moverse en la soledad.

Ovejero tenía un alma religiosa á su modo y propensa á lassupersticiones.

Creía en el Cristo de Salta, pero al lado de él seguía venerando á lasantiguas divinidades indígenas, como todos los montañeses del país. ElSeñor del Milagro disponía indudablemente del poder que tienen loshombres blancos, dominadores del mundo, pero no por esto la Pacha-Mamadejaba de ser la reina de la Cordillera y de los valles inmediatos, comomuchos siglos antes de la llegada de los españoles.

La Pacha-Mama es una diosa benéfica que está en todas partes y lo sabetodo, resultando inútil querer ocultarle palabras ni pensamientos.Representa la madre tierra, y todo arriero que no es un desalmado, cadavez que bebe, deja caer algunas gotas, para que la buena señora no sufrased.

También cuando los hombres bien nacidos se entregan al placer demascar coca, empiezan siempre por abrir con el pie un agujero en elsuelo y entierran algunas hojas. La Pacha-Mama debe comer, para que elhambre no la irrite, mostrándose vengativa con sus hijos.

Rosalindo sabía que la diosa no vive sola. Tiene un marido que espoderoso, pero con menos autoridad que ella: un dios semejante á losreyes consortes en los países donde la mujer puede heredar la corona.Este espíritu omnipotente se llama el Tata-Coquena, y es poseedor detodas las riquezas ocultas en las entrañas del globo.

Muchos naturales del país se habían encontrado con los dos dioses cuandollevaban sus arrias por los desfiladeros de los Andes; pero siempreocurría tal encuentro en días de tempestad, como si los dioses sólopudieran dejarse ver á la luz de los relámpagos y acompañados por lostruenos que ruedan con un estallido interminable de montaña en montaña yde valle en valle.

La Pacha-Mama y el Tata-Coquena eran arrieros. ¿Qué otra cosa podíanser, poseyendo tantas riquezas?... Los que les veían no alcanzaban ácontar todas las recuas de llamas, enormes como elefantes, que marchabandetrás de ellos. Las «petacas» ó maletas de que iban cargadas estasbestias gigantescas estaban repletas de coca, precioso cargamento queemocionaba más á los arrieros de la Cordillera que si fuese oro.

Los del país no conocían riqueza que pudiera compararse con estas hojassecas y refrescantes, de las que se extrae la cocaína y que suprimen elhambre y la sed.

El padre de Rosalindo se había encontrado algunas veces con laPacha-Mama en tardes de tempestad, describiendo á su hijo cómo eran ladiosa y su consorte, así como el lucido y majestuoso aspecto de susrecuas. Pero siempre le ocurría este encuentro después de un largo altoen el camino, en unión de otros arrieros, que había sido celebrado confraternales libaciones.

Al emprender su marcha por el Despoblado, pensó Rosalindo al mismotiempo en el Cristo de Salta y en la Pacha-Mama. Las dos sangres queexistían en él le daban cierto derecho á solicitar el amparo de ambasdivinidades. Entre sus antecesores había un tendero español de Salta, yel resto de la familia guardaba los rasgos étnicos de los primitivosindios calchaquies. Si le abandonaba uno de los dioses, el otro, porrivalidad, le protegería.

Después de esto se lanzó valerosamente á través del Despoblado.

Los más horrendos paisajes de la Cordillera conocidos por él resultabanlugares deliciosos comparados con esta altiplanicie. La tierra sóloofrecía una vegetación raquítica y espinosa al abrigo de las piedras. Aveces encontraba montones de escorias metálicas y ruinas de pueblecitosy capillas, sin que ningún ser humano habitase en su proximidad. Eranlos restos de establecimientos mineros creados por los conquistadoresespañoles cuando se extendieron por estos yermos en busca de metalespreciosos. Los indios calchaquies se habían sublevado en otro tiempo,matando á los mineros, destruyendo sus pueblos y cegando los filonesauríferos, de tal modo, que era imposible volver á encontrarlos.

El paisaje se hacía cada vez más desolado y aterrador. Sobre estaaltiplanicie, donde caía la nieve en ciertos meses, sepultando á losviajeros, no había ahora el menor rastro de humedad.

Todo era seco,árido y hostil. Las riquezas minerales daban á las montañas coloresinauditos.

Había cumbres verdes, pero de un verde metálico; otras eranrojas ó anaranjadas.

En ciertas oquedades existía una capa blanca y profunda, semejante alsedimento de un lago cuyas aguas acabasen de solidificarse. Estos lagossecos eran de borato. Caminó después días enteros sin encontrar ningunavegetación. Únicamente en las quebradas secas crecían ciertos cactos deltamaño de un hombre, rectos como columnas espinosas. Estos cactos,vistos de lejos, daban la impresión de filas de soldados que descendíanpor las laderas en orden abierto.

Rosalindo, en las primeras jornadas, encontró las chozas de algunossolitarios del Despoblado.

Eran pastores de cabras—el rebaño delpobre—que realizaban el milagro de poder subsistir, ellos y susanimales, sobre una tierra estéril. Más adelante ya no encontró ningunavivienda humana. La soledad absoluta, el silencio de las tierrasmuertas, la profundidad misteriosa de la carencia de toda vida, seabrieron ante sus pasos para cerrarse inmediatamente, absorbiéndolo.

Para darse nuevos ánimos recordaba lo que había oído algunas veces sobrelos primeros hombres blancos que atravesaron este desierto. Eranespañoles con arcabuces y caballos, guerreros de pesadas armaduras queno sabían adonde les llevaban sus pasos é ignoraban igualmente si lahorrible Puna de Atacama tendría fin. Su jefe se llamaba Almagro y habíaabandonado á Pizarro en el Perú para atravesar esta soledad aterradora,descubriendo al otro lado del desierto la tierra que luego se llamóChile.

«¡Qué hombres, pucha!», pensaba Rosalindo.

Y se consideraba con mayores fuerzas para continuar el viaje. Él á lomenos sabía con certeza adonde se dirigía, y encontraba todos losdetalles topográficos del terreno de acuerdo con los informes que lehabía proporcionado su camarada y los solitarios establecidos en loslinderos del desierto.

Ninguno de éstos, al darle hospitalidad en su vivienda, le hizopreguntas indiscretas.

Adivinaban que huía por haberse «desgraciado», ycomo este infortunio le puede ocurrir á todo hombre que usa cuchillo, selimitaron á darle explicaciones sobre el rumbo que debía seguir,añadiendo algunos pedazos de carne de cabra seca, para que no muriese dehambre en su audaz travesía.

Cuando hubo consumido todas sus vituallas, no por esto perdió el ánimo.Mientras conservase una bolsa que llevaba pendiente de su cinturón, notemía al hambre ni á la sed. En ella llevaba su provisión de coca,alimento maravilloso para los indígenas, porque da la insensibilidad dela parálisis y suspende el tormento de las necesidades, esparciendo á lavez por todo el organismo un alegre vigor. Gracias á esteanestésico—considerado en el país como un manjar de origendivino—podría vivir días y días, sin que el hambre ni la seddificultasen su viaje.

Buscaba al cerrar la noche el abrigo natural de las piedras ó de losmuros en ruinas que revelaban el emplazamiento de algún establecimientominero arrasado dos siglos antes. Sólo reanudaba su marcha con la luzdel sol, para ir guiándose por las señales que le habían indicado,evitando el perderse en esta tierra monótona, sin árboles, sin casas,sin ríos, que le pudiesen servir de punto de orientación.

Lo que más le preocupaba era la posibilidad de que se levantase depronto uno de los terribles vientos glaciales que barren la Puna.Mientras la atmósfera se mantuviese tranquila no se consideraba enpeligro de muerte. El frío huracán, en esta altiplanicie donde esimposible encontrar refugio, resultaba tan temible como la nieve quesepulta.

La rarefacción de la atmósfera representaba igualmente una fatiga mortalpara los que cruzaban por primera vez las altiplanicies andinas. PeroOvejero, habituado á respirar en las grandes alturas, estaba libre delllamado «mal de la Puna». Tenía el corazón sólido de los montañeses y supecho dilatado le permitía respirar sin angustia en unas tierrassituadas á más de tres mil metros sobre el Océano.

Una mañana adivinó que había llegado al punto más culminante y difícilde su camino. Dos ó tres jornadas más allá empezaría su descenso haciael Pacífico.

«Debo estar cerca de la difunta Correa», pensó.

Conocía de fama á la «difunta Correa», como todos los hijos de la tierrade Salta.

Era una pobre mujer que se había lanzado á través del desierto á pie ycon una criatura en los brazos. Su deseo era llegar á Chile en busca deun hombre: tal vez su marido, tal vez un amante que la había abandonado.Los vientos glaciales de la Puna la envolvieron en lo más alto de laplanicie, y ella y su criatura, refugiadas en una oquedad del suelo,murieron de frío y de hambre. Meses después la descubrieron otrosviandantes en el mismo estado que si acabase de morir, pues loscadáveres se mantienen en las secas alturas de la Puna en unaconservación absoluta que parece desafiar á la muerte.

La piedad de los vagabundos andinos abrió una fosa en el suelo estérilpara enterrar á esta mujer, apellidada Correa, y á su niño, colocandosobre los cadáveres un montón de piedras como rústico monumento.

Se extendió por todo el país la fama de la «difunta Correa». Eran muchoslos que habían muerto en los senderos de la altiplanicie llamados«travesías», pero ninguno de los vagabundos fallecidos podía inspirar elmismo interés novelesco que esta mujer.

La tumba de la difunta Correa fué en adelante el lugar de orientaciónpara los que pasaban de Salta á Chile. Todo viandante se consideróobligado á rezar una oración por la difunta y á dejar una limosna encimade su sepulcro. Uno de los solitarios del Despoblado se instituyó á símismo administrador póstumo de la difunta, y cada seis meses ó cada añohacía el viaje hasta la tumba para incautarse de las limosnas,dedicándolas al pago de misas.

Este asunto era llevado con una probidad supersticiosa. El dinero de laslimosnas permanecía meses y meses sobre la tumba, sin que losviajeros—en su mayor parte hombres de tremenda historia—osasen tocarla más pequeña parte del depósito sagrado. Muy al contrario, todosprocuraban dar aunque sólo fuesen unos centavos, por creer que unalimosna á la difunta Correa era el medio más seguro de terminar el viajefelizmente.

Rosalindo encontró al fin la tumba. Era un montón de piedras adosado áotras piedras que parecían la base de un muro desaparecido. Dos maderosnegros y resquebrajados por el viento formaban una cruz, y al pie deella había una vasija de hojalata, un antiguo bote de carne en conservavenido de Chicago á la América austral para acabar sirviendo de cepillode limosnas sobre la sepultura de una mujer.

Ovejero examinó su interior. Una piedra gruesa depositada en el fondodel bote servía para mantenerlo fijo sobre la tumba y que no loarrebatase el viento. Al levantar la piedra, su mirada encontró eldinero de las limosnas: unos cuantos billetes de á peso y varias piezasde níquel. Tal vez había transcurrido un año sin que el administrador dela muerta viniese á recoger las limosnas.

El gaucho conocía su deber, y se apresuró á cumplirlo. Con el sombreroen la mano, rezó todas las oraciones que guardaba en su memoria desde laniñez. «¡Pobre difunta Correa!...» Luego buscó en su cinto, á través dediversos objetos, el pañuelo anudado en cuyo interior guardaba toda sumoneda.

Sacó á luz lo que poseía. Únicamente le quedaban tres pesos con algunoscentavos. Durante los primeros días del viaje había tenido que pagar enalgunos altos del camino, pues los habitantes de las chozas no eransimples pastores, como los del desierto, y se ayudaban para vivir dandoposada á los arrieros. Le quedaba muy poco para hacer una limosnaespléndida.

Pensó también con inquietud en lo que le esperaba al otro lado deldesierto, cuando ya no estuviera solo y al encontrarse entre losprimeros hombres renacieran otra vez las exigencias y los gastos de lavida social. Necesitaba dinero para continuar su viaje por tierracivilizada, para subsistir antes de que encontrase trabajo, y lacantidad que poseía no era suficiente.

Empezaba á olvidarse, abismado en estos cálculos, de la difunta y detodo lo que le rodeaba, cuando un personaje inesperado le hizo volver ála realidad con su inquietante aparición.

No estaba solo en el desierto. Vió al otro lado de la fila de piedras enforma de muro un perro enorme que gruñía, con la piel dorada cubierta demanchas de rojo obscuro. Vió también, al hacer un movimiento esteanimal, que tenía cabeza de gato, con bigotes hirsutos y unos ojosverdes que esparcían reflejos dorados.

Rosalindo conocía á esta bestia y no le inspiraba miedo. Era un puma queparecía dudar entre la audacia y el temor, entre la acometividad y lafuga. El hombre lo espantó con un alarido feroz, enviándole al mismotiempo un peñascazo que le alcanzó en una pata. La fiera huyó en elprimer momento, pero se detuvo á corta distancia. Aquel terreno loconsideraba como suyo. Sin duda permanecía junto á la tumba todo el año,por ser este el lugar más frecuentado en la soledad del desierto,resultándole fácil el nutrirse con los despojos de las caravanas ó elsorprender á un hombre ó á una bestia de carga en momentos de descuido.

Al quedar lejos no quiso Rosalindo hostilizarle por segunda vez. Veía enél á un guardián de la tumba. Hasta pensó supersticiosamente si estefelino de la altiplanicie, mezcla de león y de tigre, tendría algo delalma de la difunta, pues en los cuentos del país había oído hablarmuchas veces de espíritus de personas que continúan su existencia dentrode cuerpos de animales.

Dejó de ocuparse del puma para seguir mirando el bote de las limosnas.Una idea digna de ser tenida en cuenta acababa de surgir en supensamiento en el mismo instante que le distrajo la presencia de lafiera.

Él estaba vivo y tenía poco dinero; en cambio la difunta Correa estabamuerta hacía años y no necesitaba comer ni le era forzoso ir á Chilecomo él. Aquellas limosnas iban á quedar meses y meses debajo delpedrusco, hasta que se le ocurriese venir al encargado de recogerlas.¿No podían hacer un negocio honrado la difunta y él?...

Rosalindo no quiso aceptar ni por un instante la idea de apoderarse deeste dinero. Por ser de una muerta tenía un carácter sagrado, y ademásrepresentaba cierta cantidad de misas para la salvación eterna de lamadre y su criatura. Pero era posible una operación de crédito entre losdos, que no resultaba completamente nueva.

Sabía por los arrieros y peatones de los Andes para lo que servíanmuchas veces estas tumbas con su depósito de limosnas. Como abundan lassepulturas en las diversas travesías de la Cordillera, los viandantesfaltos de recursos se llevan con toda reverencia el dinero dedicado álos difuntos, pero dejando á éstos un recibo con la promesa solemne dedevolverles una cantidad mayor.

Ovejero pensó que él podía hacer lo mismo. La difunta Correa era unabuena mujer y aceptaría seguramente desde el fondo de su tumba depiedras este préstamo. Él, por su parte, siempre había sido fiel á supalabra y además empeñaba su firma. Lo que se llevase lo devolveríaquintuplicado, y la difunta iba á ganar como réditos de la operación ungran número de misas.

Con la tranquilidad que comunica la pureza de la intención, fuérecogiendo toda la moneda depositada en el fondo del bote. La contó:ocho pesos y cuarenta centavos. Luego buscó en su cinto un lápiz corto yromo, arrancando también un pedazo de papel de un diario viejo de Salta.

La redacción del documento fué empresa larga y difícil. En su niñezhabía figurado entre los mejores alumnos de la escuela de supueblecillo, pero siempre consideró la ortografía como el máshorripilante de los tormentos de la juventud, á causa de la diferenciaentre letras mayúsculas y minúsculas.

En el borde blanco del periódico declaró que tomaba á préstamo de ladifunta Correa la expresada cantidad, comprometiéndose á devolvérselasobre la misma tumba en el plazo de un año; y para hacer más solemne sucompromiso, metió en cada palabra dos ó tres mayúsculas.

Después puso sufirma: Rosalindo Ovejero, con las letras todo lo más grandes que lepermitió la escasez del papel.

Cuando se hubo guardado el dinero en el cinto, depositó su recibo en elfondo del bote, colocando la piedra exactamente sobre él, para que enningún caso pudiera llevárselo el viento.

Nada le quedaba que hacer allí. Ahora que se veía con más dinero paraafrontar la existencia entre los hombres civilizados, deseaba salircuanto antes del desierto.

El puma se había ido aproximando con un gruñido hipócrita, como siesperase verle de espaldas para caer sobre él. Rosalindo se inclinó,enviándole otro peñascazo que le hizo huir por segunda vez de aquellatumba que consideraba como su guarida.

Continuó el gaucho su marcha. Al día siguiente vió unos guanacossalvajes que corrían por el límite del horizonte. La vida vegetal yanimal empezaba á reaparecer en el desierto. En los días siguientes losguanacos salieron á su encuentro formando manadas y los matorralesfueron más espesos y altos. La atmósfera resultaba más respirable; elterreno iba en descenso.

A la semana siguiente el fugitivo de Salta encontró hombres y durmió enviviendas que formaban míseros pueblos.

Siguió bajando, y al fin encontró el camino que se remonta á Bolivia yque en dirección opuesta iba á conducirle á la costa del Pacífico.

III

Pasó cerca de un año trabajando en las explotaciones salitrerasestablecidas por los chilenos en la costa del Pacífico. Vivió unas vecescerca de Antofagasta, otras en Iquique y hasta en Arica, junto á lafrontera del Perú.

El trabajo no era extremadamente duro y se ganaban buenos jornales.Europa necesitaba abono para sus campos, y especialmente en Alemania losarenales del Brandeburgo se negaban á dar patatas y remolachas si norecibían antes la nutrición del ázoe solidificado en las llanuraschilenas.

Todos los pueblos vivían entonces en paz, y era preciso aumentar laproducción del suelo para que una humanidad exuberante en demasía no sequedase sin comer. Llegaban vapores y veleros á los puertos del Pacíficocargados de carbón, y partían semanas después llevando sus bodegasrepletas de salitre. Miles y miles de hombres trabajaban en el arranquede esta tierra blanca contenedora de un excitante fertilizador. Losbrazos eran pagados con generosidad y el dinero corría abundantemente.

Rosalindo celebró como una protección de la suerte el haber huído de supaís natal, librándose para siempre de su pobre y ruda profesión dearriero. En pocas semanas ganó lo que al otro lado de los Andes lehubiese costado un año de trabajo. Además, su existencia era mucho másfácil y dulce en esta tierra de emigración.

Hombres de diversos países trabajaban en las salitreras, y casi todosellos vivían sin familia, pudiendo gastar alegremente sus considerablesjornales. De aquí que, en días de fiesta, los obreros de gustosalcohólicos se entregasen á las más desordenadas fantasías en los cafésy los despachos de licores. No sabían cómo acabar su dinero en estatierra de vida improvisada y escasas diversiones. Algunos disparaban susrevólveres escogiendo como blanco las botellas alineadas en laanaquelería detrás del mostrador. Era un lujo destrozar á tiros lasbotellas de champaña traídas de Europa, pagándolas luego á unos preciosque hubiesen escandalizado á muchos ricos. Otros, para beber un simplevaso de vino, hacían abrir la espita de un tonel, dejando que chorreaseen su vaso durante mucho tiempo lo mismo que una fuente, perdiéndoseenormes cantidades de líquido. Luego pagaban con orgullo, delante detodos, para que se enterasen de su vanidad.

Con estas fantasías y otras menos confesables engañaban su tedio en estepaís abundante en dinero pero de aspecto entristecedor. La riquezaestaba en la profunda capa de salitre que cubría el suelo; pero estatierra blanca que servía para fertilizar los campos de Europa notoleraba aquí ninguna vegetación. Una esterilidad valiosa pero tristerodeaba las nuevas poblaciones. El mayor lujo de los ricos era tener ensus casas unas cuantas macetas de flores. El agua para su riego habíacostado tan cara como los vinos más célebres.

Las interminables recuas de mulas, al acarrear del interior á lospuertos las cargas de salitre, parecían acordarse melancólicamente delos campos donde habían nacido, con árboles, hierbas y arroyos. En lascasas inmediatas á los caminos de esta tierra estéril, los dueñosevitaban pintar sus cercas de verde, pues los pobres animales, engañadospor el color, empezaban á roer los barrotes de madera, tomándolos porvegetales surgidos del suelo.

Rosalindo acabó por adquirir el mismo aspecto de los obreros del país.Ya no quedaba nada en él del gaucho salteño. Se había cortado lasmelenas y transformado su traje. Además, siguió con atención, en losdiversos lugares de su trabajo, las predicaciones de algunos obrerosprocedentes de Europa que hablaban contra las compañías salitreras,incitando á los compañeros á la revuelta.

Pero una huelga seguida deincendios y saqueos fué sofocada inmediatamente por los soldadoschilenos con abundante empleo de ametralladoras, lo que devolvió laprudencia á Rosalindo y á la mayoría de sus camaradas.

Cuando llevaba ocho meses trabajando, experimentó una gran alegría alencontrarse con un hombre de su país que deseaba regresar á Salta.

La vida de este hombre en las salitreras había sido menos agradable yfructuosa que la de Ovejero. Trabajó y ganó buenos jornales en losprimeros meses; pero era jugador, y todas sus ganancias se quedaron enlas llamadas casas «de remolienda». Al final, sus deudas y sus continuaspeleas le obligaban á abandonar el país.

Rosalindo, por ser un compatriota, atendió todas sus peticiones dedinero. Él no era jugador.

Su vicio dominante había sido siempre labebida, y aquí que ganaba mucho podía satisfacerlo con largueza, lomismo que un caballero.

Al saber que su compatriota iba á volver á Salta por la Puna de Atacama,el gaucho, que era hombre de honor, incapaz de olvidar sus compromisos,pensó en la antigua deuda, que le preocupaba con frecuencia y hastaalgunas noches le había quitado el sueño.

Mientras obsequiaba á su compatriota en un café de Antofagasta, le fuéexplicando su asunto.

—Tú pasarás por donde la difunta Correa, ¿no es eso, hermano?... Puesbien; cuando llegues á su sepultura, le dejas bajo la piedra estostreinta pesos. Ella me dió ocho y unos centavos, pero hay que serrumboso con los que nos favorecen, y además la pobre tal vez estánecesitada de misas.

Pidió también á su camarada que retirase el recibo escrito en un pedazode periódico que había dejado en la tumba ó que fuese en busca delencargado de recoger las limosnas para pedirle el tal documento. Losasuntos de dinero deben llevarse con limpieza, sobre todo si haymuertos de por medio. Cuando el camarada tuviese el recibo en su poder,debía enviárselo por correo para su tranquilidad.... Y le entregó unoscuantos pesos más por la molestia que le pudiese ocasionar el encargo.

Transcurrieron varios meses. Rosalindo trabajaba todos los días como unobrero de buenas costumbres. A pesar de que había sido hombre de pelea,evitaba las cuestiones en este mundo compuesto de gentes bravas y detodas procedencias, que para ir á ganarse el jornal llevaban siempre elcuchillo y el revólver. Él deseaba únicamente que le dejasen embriagarseen paz. De día trabajaba en la salitrera y de noche se emborrachaba enalgún cafetín predilecto, hasta que ganaba su alojamiento tambaleándose,ó lo llevaba hasta él un compañero casi á rastras.

De pronto se sintió enfermo. El médico, un joven recién llegado deSantiago, atribuyó su dolencia á los excesos alcohólicos; pero él creíasaber mejor que este chileno presuntuoso cuál era la verdadera causa desu enfermedad.

Dormía mal y su sueño estaba cortado por terribles visiones. Esta vidade alucinación dolorosa había empezado para él cierta noche en que sedirigía á su casa completamente ebrio.

Una mujer le salió al paso: una mujer enjuta de carnes, con la tez algocobriza y unos ojos grandes, negros, ardientes. Iba envuelta en un mantoobscuro que había perdido su primer tinte y era del color llamado "alade mosca". Agarrado á una de sus manos marchaba un niño cuya cabezaapenas le llegaba á las rodillas.

Rosalindo no conocía á la difunta Correa ni jamás encontró á alguien quepudiera describírsela.

Pero al ver a esta mujer por primera vez, quedóconvencido de su identidad. Era la difunta Correa; no podía ser otra,¡Aquellos ojos!... ¡Aquel niño que la acompañaba!...

Se quitó el sombrero con la misma expresión reverente que cuando habíarezado ante su tumba.

—¿En qué puedo servirla, señora?—dijo—. ¿Qué desea de mí?...

La mujer permaneció muda, y sus ojos redondos, de un ardor obscuro, lemiraron fijamente. Al entrar en su casucha cerró la puerta, y ladifunta, siempre con su niño de la mano, se filtró á través de lasmaderas.

Dormía Rosalindo en una pieza grande con siete compañeros más, peroaquella hembra dolorosa, como venía del otro mundo y todos los seres deallá dan poca importancia á las preocupaciones morales de la tierra, semetió entre tantos hombres, sin vacilación, permaneciendo erguida juntoá la cama de Ovejero.

Cada vez que éste abría los ojos la encontraba frente á él, inmóvil,rígida, mirándole con sus pupilas ardientes y fijas, no alteradas por elmás leve parpadeo.

A la mañana siguiente, el gaucho creyó haber atinado con la explicaciónde este encuentro. La pobre difunta había venido indudablemente á darlelas gracias por los enormes réditos con que había acompañado ladevolución del préstamo. Si permanecía muda y con aquellos ojos queinfundían espanto, era porque las almas en pena no pueden mirar dedistinto modo.

Afirmado en esta creencia, no experimentó sorpresa alguna cuando, en lanoche siguiente, al regresar ebrio de su cafetín, tropezó con laenlutada y su niño cerca de la casa.

Por segunda vez se quitó el sombrero, gangueando sus palabras con unaamabilidad de borracho.

—No tiene usted nada que agradecerme, señora. La palabra es palabra, ylo que siento es no haber podido enviarle más para que la digan misas.El año que viene, cuando algún amigo mío vaya para allá, tal vez le hagaotra remesa.

Pero la mujer parecía no oírle y continuó fijando en él sus ojosinmóviles, mientras la cara del niño—una cara de muerto—se agitaba conel temblor de un llanto sin lágrimas y sin ruido.... Y la difunta leacompañó otra vez hasta su cama, manteniéndose inmóvil junto á ella, ydesapareciendo únicamente con las primeras luces del amanecer.

Este encuentro se fué repitiendo varias noches. Rosalindo bebía cada vezmás, viendo en el alcohol un medio seguro de sumirse en el sueño yevitar tales visiones; pero contra su opinión, las visitas de la difuntase hacían más largas así como él aumentaba su embriaguez. Algunas veces,hasta en pleno sol, cuando trabajaba en el arranque de las rocas desalitre, la difunta surgía frente á él durante sus minutos de descanso.En vano le dirigía preguntas. La enlutada era muda y únicamente sabíamirarle con sus pupilas redondas y severas, mientras el niño continuabasu eterno llanto sin humedad y sin eco.

«Hay en este asunto algo que no comprendo—pensaba Rosalindo—. ¿No lehabrá entregado aquel amigazo el dinero que le di?»

Se dedicó á averiguar el paradero de su compatriota. Pensó por unmomento si se habría quedado con los pesos que le entregó para lamuerta; pero inmediatamente repelió tal sospecha.

Su camarada, aunquealgo bandido y de perversas costumbres, era muy temeroso de Dios éincapaz de ponerse en mala situación con las ánimas del Purgatorio, álas que tenía gran respeto y no menos miedo.

Al fin, un vagabundo que iba de boliche en boliche por las diversassalitreras para robar con sus malas artes de jugador el dinero de lostrabajadores, le dió noticias sobre el desaparecido, después de repasarlos recuerdos de su propia vida complicada y aventurera. A su amigo lohabían matado meses antes en un despacho de bebidas cerca de laCordillera, cuando se dirigía desde Cobija á tomar el camino de la Puna.La cuchillada mortal había sido por cuestiones de juego.

El gaucho, que no quería dudar de que la difunta hubiese recibido supréstamo con todos los intereses, quedó aterrado al recibir estanoticia. Empezó á calcular los meses transcurridos desde que dejó surecibo en la tumba del desierto. Hizo un gesto de satisfacción, como siacabase de resolver un problema difícil, al convencerse de que ibatranscurrido más de un año, plazo que él mismo fijó en su papel. Ladifunta tenía derecho á reclamar. Ahora comprendía sus ojos severosfijos en él y la expresión dolorosa de aquella carita de muerto, quelloraba y lloraba con el tormento de un hambre del otro mundo, porfaltarle el sustento de las misas.... ¡Y él, que despilfarraba susjornales en bebidas y otros vicios menos confesables, estaba retardandola salvación de estos dos seres infelices al no devolverles un dineroque necesitaban para la salud de su alma!...

Deseó que llegase pronto la noche y se le apareciese la difunta paradarle sus explicaciones de deudor honrado. Pero por lo mismo que sudeseo era vehemente, no pudo encontrarla en las cercanías de su casuchapor más vueltas que dió en torno de ella, y eso que en la presentenoche, para evitar palabras confusas y tergiversaciones en el negocio,había bebido muy poco. Fué cerca de la madrugada cuando Ovejero, quehabía conseguido dormirse, la vió al abrir sus ojos.

—Señora, la falta no es mía; es de un amigo que se ha dejado matar,perdiendo mi dinero. Pero yo pagaré. Voy á buscar alguien que seencargue de devolver el préstamo, aunque tenga que costearle los gastosde viaje. Además aumentaré los intereses....

No pudo seguir hablando. La difunta desapareció con su niño, como si lahubiesen tranquilizado estas promesas. Huía tal vez igualmente de losgritos y blasfemias de los otros obreros, que habían sido despertadospor Rosalindo al hablar en voz alta. Estaban irritados contra el salteñoporque todas las noches mostraba predilección en su borrachera porconversar con una mujer invisible. Y esta noche, en vez de hablarbuenamente, había dado gritos. Todos ellos empezaron á tener por loco ásu camarada.

En mucho tiempo no volvió Ovejero á encontrarse con su acreedora. Estaausencia le parecía natural. Las almas del otro mundo no necesitanesforzarse para conocer lo que hacen los vivos, y ella sabía que sudeudor se ocupaba en devolverle el préstamo.

Trabajó horas extraordinarias, bebió menos, fué reuniendo economías,pues deseaba hacerse perdonar con su generosidad el retraso en el pagode la deuda. Al mismo tiempo buscaba un hombre que se encargase de ir ádepositar la cantidad sobre la tumba del desierto.

Por más averiguaciones que hizo en los diversos campamentos salitreros ypor más que escribió á los camaradas que tenía en otros puertos delPacífico, no pudo encontrar un viajero que se propusiera volver al Nortede la Argentina siguiendo el desierto de Atacama.

«Tendré que enviar un hombre á mis expensas—pensó—. Esto será caro,pero no importa; lo principal es dormir con tranquilidad y que no se meaparezca la pobre difunta llevando el niño de la mano....»

¡Ay, el niño, con su llanto silencioso y su carita de muerto!... Esteera el que le aterraba más en la lúgubre visión. La mujer le infundíarespeto, pero no miedo; mientras que solamente al recordar el llantoextraño del hijo, sentía correr un espeluznamiento da pavor por todo sucuerpo.

Era necesario redoblar su trabajo para reunir el dinero yencontrar á un hombre que lo llevase hasta la tumba....

Y este hombre lo encontró al fin.

IV

Era un chileno viejo llamado señor Juanito; pero las gentes del país,siempre predispuestas á cortar las palabras, sólo dejaban dos letras deltratamiento respetuoso á que su edad le daba derecho, llamándole ño Juanito.

Siempre que abría su boca dejaba sumido á Ovejero en una resignadahumildad. Su admiración por el viejo era tan grande, que consideródetalle de poca importancia el hecho de que no hubiese atravesado nuncala Puna de Atacama, ni conociera el lugar donde estaba el sepulcro de ladifunta Correa. Un hombre de sus méritos sólo necesitaba unas cuantasexplicaciones para hacer lo que le encargasen, aunque fuera en el otroextremo del planeta.

Había vivido en la perpetua manía ambulatoria de algunos «rotos»chilenos, que llevan de la infancia á la muerte una existenciavagabunda. Deleitaba á Rosalindo contándole sus andanzas en el Japón, suvida de marinero á bordo de la flota turca y sus expediciones siendoniño á la California, en compañía de su padre, cuando la fiebre del oroarrastraba allá á gentes de todos los países. ¡Lo que podía importarle áun hombre de su temple lanzarse por la Puna de Atacama, hasta dar con latumba de la difunta Correa!... Cosas más difíciles tenía en su historia,y no iba á ser la primera ni la décima vez que atravesase los Andes,pues lo había hecho hasta en pleno invierno, cuando los senderos quedanborrados por la nieve y ni los animales se atreven á salvar la inmensabarrera cubierta de blanco.

Escuchaba con impaciencia los detalles facilitados por Rosalindo, al quellamaba siempre «el cuyano», apodo que los chilenos dan á losargentinos.

—No añadas más—decía—. Desde aquí veo con los ojitos cerrados elrumbo que hay que seguir y la sepultura de la difunta, como si nohubiese visto otra cosa en mi vida.... Pero hablemos de cosas másinteresantes, «cuyano».... ¿Cuánto piensas enviar á esa pobre señora?

El gaucho, teniendo en cuenta lo que iba á costarle el mensajero,insistía en repetir un envío de treinta pesos. Pero ño Juanitoprotestaba de la cifra, juzgándola mezquina.

—Piensa que la difunta te está aguardando hace muchos meses. ¡A saberlo que llevará penado en el Purgatorio por no haber recibido tu dinero átiempo! Tal vez le faltaban unas misas nada más para irse á la gloria, ytú se las has retardado.... Creo, «cuyano», que deberías rajarte hastacincuenta pesos.

Rosalindo acabó por aceptar la cifra, ya que este desembolso iba álibrarle de nuevos encuentros con la difunta.

Más difícil fué llegar á un acuerdo con ño Juanito sobre sus gastos deviaje.

Por menos de cien pesos no se movía de su tierra natal. El era muypatriota, y como estaba viejo, sólo por una suma decente podía correrel riesgo de que lo enterrasen fuera de Chile.

Además, era justo que «elcuyano» lo indemnizara por los grandes perjuicios profesionales que ibaá sufrir. Y enumeró todas las tabernas, llamadas «pulperías», y todaslas casas «de remolienda» donde por la noche tocaba la guitarra cantando cuecas y relatando cuentos verdes.

—Tú mismo puedes ver cómo buscan en todas partes á ño Juanito, y esote permitirá apreciar el dinero que pierdo por servirte.... Pero lo hagocon gusto porque me eres simpático, «cuyano».

Y el gaucho, convencido de que no debía insistir, se dedicó á juntar lacantidad acordada, para que el viaje se realizase cuanto antes.

Al fin entregó un día los ciento cincuenta pesos á ño Juanito.

—Mañana mismo—dijo el viejo—salgo para la Puna, y recto, recto, meplanto no más en la tumba de esa señora. No añadas explicaciones;conozco la travesía. Antes de un mes me tienes aquí con el recibo.

Y se marchó.

Ovejero pasó unos días en plácida tranquilidad. Seguía bebiendo, peroesto no le impedía trabajar briosamente, pues le era necesario reunirnuevas economías después de permitirse el lujo de enviar un emisarioespecial al desierto de Atacama. Aunque volvió muchas noches á sucasucha tambaleándose ó apoyado en el brazo de un compañero, jamás lesalía al encuentro la mujer del manto negro llevando el niño de unamano. Tampoco despertaba á sus camaradas durante la noche con losmonólogos de un ensueño violento.

Transcurrió un mes sin que regresase el viejo. Rosalindo no se alarmópor esta tardanza. El tal ño Juanito era un aventurero aficionado ácambiar de tierras, y tal vez había encontrado la de Salta muy á sugusto y andaba por las casas «de alegría» de la ciudad tañendo suguitarra y haciendo bailar la chilenita á las mestizas hermosotas.Pero al transcurrir el segundo mes sin que llegase carta, Ovejero semostró inquieto.

Precisamente así que perdió su tranquilidad, la mujer del manto con elniño al lado volvió á aparecérsele. Tenía los ojos más redondos y másardientes que antes. Su cara era más enjuta y cobriza, como si estuviesetostada por las llamas del Purgatorio. Y el niño.... ¡ay, el niño!

Elgaucho no podía mirarle sin un estremecimiento de terror.

En vano habló á gritos para que le entendiese esta mujer que parecíasorda y muda, concentrando toda su vida en la mirada.

—¿Qué ocurre, señora?... Yo he enviado el dinero. ¿No ha visto usted á ño Juanito?

Pero un estallido de maldiciones le cortó la palabra, haciendo huir á lavisión.

—¡Cállate, «cuyano» del demonio!—le gritaban los compañeros dealojamiento—. Ya estás hablando otra vez de la difunta y de laplata.... ¿Es que mataste alguna mujer allá en tu tierra, antes devenirte aquí?

Al día siguiente, Rosalindo estaba tan preocupado que no acudió altrabajo.

—Algo pasa que yo no sé—se decía—. ¿Habrán matado a ño Juanito, lomismo que mataron al otro?...

Como necesitaba adquirir noticias del ausente, se fué al puerto deAntofagasta, donde el viejo chileno tenía numerosos amigos.

Le bastó hablar con uno de ellos para convencerse de que ño Juanito nohabía muerto y estaba á estas horas en pleno goce de su salud y sualegría vagabundas. La misma persona empezó á reir cuando «el cuyano» lehabló de la marcha audaz del viejo á través de la Puna de Atacama. Yano tenía piernas ño Juanito para tales aventuras terrestres, y por esosin duda había preferido embarcarse con dirección al Sur en uno de losvapores chilenos que hacen las escalas del Pacífico. Según las últimasnoticias, él y su guitarra vagaban por Valparaíso, para mayor delicia delos marineros que frecuentan las casas alegres.

Rosalindo lamentó que Valparaíso no estuviese más cerca, parainterrumpir las cuecas cantadas por el viejo con una puñalada igual ála que le había hecho huir de Salta.... El sacrificio de los cientocincuenta pesos resultaba inútil, y la difunta vendría á turbar de nuevosus noches con aquella presencia muda que parecía absorber su fuerzavital, dejándole al día siguiente anonadado por una dolenciainexplicable.

Acudió fielmente la muerta á esta cita que él mismo la había dado en suimaginación.

Todas las noches le esperó en el camino, entre el café y su alojamiento,deslizándose luego en éste, á pesar de que el gaucho se apresuraba ácerrar la puerta, dándose con ella en los talones.

¡Imposible librarsede su presencia y de la de aquel niño, cuya cara de muerto seguíaespantándole á través de sus párpados cerrados!...

—Tendré que ir yo mismo—se dijo con desesperación—. Debo hacer eseviaje, aunque me siento enfermo y sin fuerzas. Es preciso.... espreciso.

Pero retardaba el momento de la partida, por flojedad física y por laatracción de un país en el que ganaba desahogadamente el dinero y no sesentía perseguido por los hombres.

Acabó por familiarizarse con la terrible visión que le esperaba todaslas noches. Cuando por casualidad estaba menos ebrio y la mujer delmanto y su niño tardaban en presentarse, el gaucho experimentaba ciertadecepción.

Una noche, con gran sorpresa suya, no vió á la difunta y á su pequeño.Permaneció despierto en su cama hasta el amanecer, aguardando en vano laterrible visita.

«Va á venir», pensaba, encontrando incomprensible esta ausencia,mientras en torno de él roncaban los compañeros exhalando un vahoalcohólico.

La tranquilidad de la noche acabó por infundirle un nuevo miedo, másintenso que todos los que llevaba sufridos.

Adivinó que iba á pasar algo extraordinario, algo inconcebible, cuyomisterio aumentaba su pavor.

Y así fué.

A la noche siguiente, una mujer le esperaba en el mismo lugar dondeotras veces había salido á su encuentro la difunta Correa. Pero estamujer no estaba envuelta en un manto negro ni la acompañaba un niño.Avanzó sola hacia él, y al estar cerca, sacó un brazo que llevaba ocultoen la espalda, mostrando pendiente de la mano una luz.

Rosalindo la reconoció, aunque no la había visto nunca. Era la «Viudadel farolito» y al mismo tiempo era también la difunta Correa.

El brazo seco y verdoso, que parecía interminable, se extendió ante él,sirviendo de sostén á un farol rojizo que empezó á balancearse.... Ysintiendo el empujón de una fuerza irresistible, el gancho marchó haciasu alojamiento, iluminado por la linterna danzante, que esparcía entorno un remolino de manchas sangrientas y fúnebres harapos.

Entró en la casa, y la luz tras de él. Se tendió en la cama, y el farolquedó inmóvil ante sus ojos. Más allá de su resplandor columbró en lapenumbra el rostro de la «viuda», que era el mismo de la difunta, perono inmóvil y severo, sino maligno, con una risa devoradora.

Al fin, el hombre empezó á gritar, tembloroso de miedo:

—¡Yo pagaré! ¡Es la falta de los otros!... Pero ¡por Dios, apague elfarol; que yo no vea esa luz!

Y como en las noches anteriores, los durmientes se despertaron lanzandojuramentos; mas á pesar de sus protestas, Rosalindo siguió viendo á la«Viuda del farolito» y su terrible luz.

—¡Ahí! ¡ahí!—gritaba despavorido, señalando al invisible fantasma.

Las camaradas convinieron en la necesidad de obligar á este loco á quebuscase otro alojamiento; pero la expulsión no impresionó gran cosa áRosalindo. ¡Para lo que le quedaba de vivir allí!... Ya que eraimposible hacer llegar hasta la tumba de su acreedora el dineroprestado, iría él mismo á pagar su deuda.

Inmediatamente abandonó el trabajo é hizo sus preparativos de viaje. Eltiempo no era propicio para emprender la travesía de la Cordillera porel desierto de Atacama. Iba á empezar el invierno.

Pero Rosalindo movíala cabeza de un modo ambiguo cuando le aconsejaban que desistiese delviaje. Los otros no podían adivinar que su resolución no aceptabademoras.

La «Viuda del farolito» era una bruja implacable, y su apariciónsignificaba un plazo mortal.

El que la encontraba debía perecer antes deun año. Pero él tenía la esperanza de que si iba á pagar su deudainmediatamente la amenaza quedaría sin efecto. ¿Cómo podría castigarlela bruja después de haber cumplido su compromiso?

La falta de voluntad, consecuencia de su embriaguez, le hizo demorar elviaje algunas semanas. Sus compañeros de alojamiento toleraban quecontinuase entre ellos, con la esperanza de que partiría de un momento áotro. Transcurrió el tiempo sin que volvieran á presentarse la enlutadacon el niño, ni la viuda con el farol. Ovejero bebía y su embriaguez nose poblaba de visiones. Pero una noche dió un alarido de hombreasesinado que despertó á sus camaradas.

No veía á nadie, pero unas manos ocultas en la sombra tiraban de una desus piernas con fuerza sobrenatural. Hasta creyó oír el crujido de susmúsculos y sus huesos. A pesar de que los amigos rodeaban su cama lasmanos invisibles siguieron tirando de la pierna, mientras él lanzabarugidos de suplicio.

En la noche siguiente se repitió la misma tortura, acabando con laquebrantada energía del gaucho. Sintió un terror pueril al pensar queeste suplicio podía repetirse todas las noches. Se acordaba de lo quehabía oído contar sobre los tormentos que la justicia aplicaba en otrossiglos á los hombres. Iba á perecer descuartizado por aquellas manosinvisibles que le oprimían como tenazas, tirando de sus miembros hastahacerlos crujir.

No dudó ya en emprender el viaje. Necesitaba ir á la tumba del desierto,no sólo para recobrar su tranquilidad; le era más urgente aún librarsedel dolor y de la muerte.

Malvendió todos los objetos que había adquirido en su época deabundancia, cuando no sabía en qué emplear los valiosos jornales; cobróvarios préstamos hechos á ciertos amigos y de los que no se acordabasemanas antes. Así pudo comprar víveres y una mula vieja consideradainútil para el acarreo del salitre.

Los dueños de las «pulperías» enclavadas en la vertiente de los Andessobre el Pacífico le vieron pasar hacia la Puna de Atacama con su muladecrépita pero todavía animosa. Tenía la energía de los animaleshumildes, que hasta el último momento de su existencia aceptan laesclavitud del trabajo. En vano aquellos hombres dieron consejos algaucho para que volviese atrás. Un viento glacial soplaba en la desiertaextensión de la altiplanicie. Los últimos arrieros que acababan de bajarde la Puna declaraban el paso inaccesible para los que vinieran detrásde ellos. Rosalindo seguía adelante.

Todavía encontró en los senderos de la vertiente del Pacífico á unarriero boliviano, con poncho rojo y sombrero de piel, que guiaba unafila de llamas, cada una con dos paquetes en los lomos. Venía huyendo delos huracanes de la altiplanicie.

—No pase—dijo el indio—. Créame y siga camino conmigo. Allá arriba esimposible que pueda vivir un cristiano. El diablo se ha quedado de señorpara todo el invierno.