El Pintor de Salzburgo by Carlos Nodier - HTML preview

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Hoy he querido ver todo eso, pero la magia de los hermosos días hadesaparecido. La casa ha sido abandonada a nuevos propietarios, y éstos,sin consideración alguna, han devastado sus parterres y arrancado susmadreselvas. No han respetado nada de lo que ella amaba; ¡lo que ellaamaba! ¿acaso lo saben esas gentes?

No obstante, he cedido al prestigio de mis recuerdos con tanta confianzay abandono, que antes de abandonar la explanada me he vueltomaquinalmente para saber si Eulalia no seguía mis pasos. Después,reflexionando sobre este error, me he echado a llorar; pero aun hellorado más amargamente cuando he advertido mis toldos destruidos por elviento, mis arbolitos abatidos por el hacha y la tierra sembrada con susramas. Ante esta última pena, por ligera que pueda parecer, me heacordado de todo lo que he perdido; me he contemplado con espanto en misoledad y en mi miseria; sin amigos, sin familia y sin patria, sin apoyoy sin esperanza, traicionado por el pasado, arruinado para el presente ydesheredado para el porvenir; ¡abandonado de Eulalia y del Cielo!

En aquel mismo lugar había también resuelto consagrar a mi queridoWerther una tumba cubierta de hierba ondulante, como él la deseaba; yhoy he sentido un secreto deseo de cavar la mía.

¡Es un destino tancruel el de morir lejos de lo que nos fue querido y el de dejar loscuidados de nuestra sepultura en manos de un extraño!

24 de septiembre.

¡Sí, al sentir el fuego que recorre mis venas, he comprendido que paramí no había otro bien en la tierra que en esta otra mitad de mí mismo,de la que la injusta suerte me ha separado! ¿Y

quién me devolverá esosdías de delicia y de gloria? ¿Quién será capaz de hacerme revivir esepasado que ha devorado mi porvenir? ¡Aquel tiempo ¡ay! en que mi corazónestaba inundado de afectos tan dichosos! ¡en que todas mis facultadesgozaban de una actividad tan poderosa, en que su sola proximidad, elrumor de su voz o el más ligero contacto me producían talestremecimiento que me parecía que la vida iba a abandonarme o que mialma se precipitaba en mis nervios!

¡Entonces lamentaba no poseerbastantes fuerzas para soportar mi felicidad, o bastante amor parasucumbir a él! ¿Por qué no debía de haber sucumbido de aquel modo,exhalar mi último suspiro en aquel estado de beatitud? ¿Por qué no meatreví a ceñirla entre mis brazos, a arrebatarla como una presa, aarrastrarla fuera de la vida de los hombres y a proclamarla mi esposaante el cielo? O si ese deseo es un crimen, ¿por qué se ha unido alpropio sentimiento de mi existencia de tal modo que no podríadesterrarlo sin morir? ¿He dicho un crimen? En los días de barbarie,cuyo recuerdo está ligado a todas las ideas de ignorancia y deesclavitud, el vulgo ha querido dar forma escrita a sus prejuicios y hadicho: ¡Estas son las leyes! ¡Extraña ceguera de la humanidad,espectáculo digno de desprecio el de tantas generaciones gobernadas poruna generación extinguida, y el de tantos siglos regidos por un siglooscuro!

Después de haber gemido largo tiempo bajo el peso de tan odiosasviolencias, ¿quién no querría abreviar la penosa carga de la vida, siesta alegría dependiese al menos de nosotros? Pero el Cielo y loshombres están conformes en prohibírnosla y no nos libertamos de nuestrosdías más que para volver a comenzar nuestro dolor. Vigila a la puerta delas tumbas, como esos monstruos que se nutren de cadáveres, nosdesencanta del sueño de la muerte y se apodera de nuestra eternidadcomo de una herencia. Cualquiera que sea el terrible porvenir, elporvenir de sangre y de lágrimas que reserváis a los réprobos, permitid,permitid ¡oh Dios! que Eulalia me sea devuelta un momento, ¡que un solomomento este pobre corazón palpite contra el suyo! ¡que mi débilexistencia pueda desvanecerse en la embriaguez de sus miradas y de susbesos! ¡que pueda morir en su amor! ¡Y a este precio, un infierno!

9 de octubre.

Es una cosa admirable y llena de encanto seguir a un gran genio en sucarrera, estar, en algún modo, asociado a sus descubrimientos y recorrercon él distancias que nunca se hubieran alcanzado sin guía, como elnavío acostumbrado a cortas travesías, al que un piloto hábil hacesurcar por entre mares inmensos y hacia puertos desconocidos. Así,nuestra imaginación arrastrada en el sublime vuelo de tu musa,

¡ohdivino Klopstock!, y recorriendo sobre sus huellas los espacios que túhas poblado, se extraña de los milagros que le rodean y se detienesobrecogido de espanto ¡Con qué magnificencia reúnes bajo nuestros ojostodo lo que la poesía tiene de maravilloso, lo mismo cuando nosintroduces en los consejos del Altísimo en que los ángeles celebran losmisterios del cielo y los querubines, penetrados de un religioso temor,agitan en su huida sus alas de oro, que cuando nos descubres las grutastenebrosas de los infiernos, evocas, con una autoridad increíble, esosángeles vencidos que una eterna venganza persigue con eternos tormentos,trémulos bajo sus cadenas ardientes y sus rocas calcinadas, o nostransportas al gran sacrificio del Gólgota en que el Creador del mundose abandona a las angustias de la agonía para redimir a sus verdugos!

Pero la lectura de la Biblia me ofrece aún más deliciosos goces. No haycircunstancia en la vida en que el hombre no pueda hallar consuelo enalguno de sus pasajes; ninguna desgracia que ella no solemnice, ningunaalegría que no embellezca: por eso es un libro emanado directamente delcielo.

Con frecuencia, cuando la naturaleza, en todo el esplendor de sus galasotoñales, y con todos sus bosques diademados de oro y de púrpura, sonríeal sol poniente, yo me siento en la pendiente de un ribazo, bajo algunaañosa encina, y releo los ingenuos bucólicos de los primeros tiempos, lacandorosa historia de Ruth y los cantos de amor de Salomón. Otras veces,bajo los arcos góticos de una iglesia arruinada que eleva sus torressolitarias en el valle, escucho; y, en el rumor del viento, que gime através de sus muros, como voces de bronce, creo percibir la palabraprofética de un Daniel o de un Jeremías. Otras veces sobre la fosa de mipadre y a la sombra melancólica de los árboles que yo he plantado, meacuerdo, con abundantes lágrimas, de la historia de José y de sushermanos, porque yo que veía hermanos en todos los hombres, también hesido vendido por ellos y ellos son los que me han desterrado. Pero conmás frecuencia, cuando la noche, velada de negros cendales, avanza porsu silencioso camino, yo repito con Job, en la efusión de mi dolor, estaprofunda exclamación del alma desengañada: ¿Por qué la luz ha sido dadaa un miserable y la vida a los que tienen la amargura en el corazón?

10 de octubre.

De buena gana rompería mis pinceles cuando comparo la naturaleza de estetriste Occidente, mezquina y desgraciada, con esos climas favorecidos,esos cielos puros y ese sol sin mancha del magnífico Oriente, cuandovago con el pensamiento, bajo las chozas nómadas y patriarcales de lospastorales oasis o entre los augustos monumentos del viejo Egipto ycuando el magnífico habitante de esas felices regiones se eleva ante misojos en toda la energía de su primitiva grandeza y de sus formasoriginarias, mientras aquí observo cómo se han comprimido todas lasfuerzas y restringido todas las facultades. Cuando me parece ver alárabe, solo con su corcel, que como él respira toda la libertad de sussoledades, cuando con la imaginación le veo franquear las arenastórridas o bien reposar bajo la sombra reparadora de las palmeras,entonces me quejo a la Providencia de que me haya desterrado a una zonafría, en medio de una naturaleza tímida y tan lejos de las soberbiasmiradas del sol inspirador, y me pregunto: ¿Por qué los hombres me hanhecho cautivo y por qué me han conducido prisionero a sus ciudades?¡Hubieseis visto como yo al león del desierto arrojarse sobre la tierraalterada, olvidando que ella arde, y saborearla largo tiempo entre susdientes!

He dicho en el desierto, porque entre los lazos de hierro de la sociedady bajo el peso de sus ignominiosas instituciones, vuestros órganosrelajados no podrían soportar largo tiempo el esplendor de tanexuberante naturaleza. Sus ricas prodigalidades no podrían pertenecer alhombre que se ha dejado degradar de la dignidad de su especie y que hatraficado cobardemente con su independencia. ¡Y cuán profundamente sesiente humillada el alma generosa que ha comprometido todas sus fuerzasen este contrato, cuando conoce el precio de su sacrificio, cuando seencuentra subyugada por el audaz ascendiente de esos insolentesdominadores, y cuando compara la presente con esas edades afortunadas dela juventud del mundo en que las sociedades circunscritas en losestrechos límites de las familias no reconocían otros poderes que losque le habían sido conferidos por la Divinidad, ni otro jefe que el querecibían de la naturaleza!

Es entonces cuando se siente la necesidad de elegir entre las armoníasde la tierra las que tienen una afinidad más particular con nuestramiserable condición; es entonces, y yo lo he experimentado confrecuencia, cuando se prefiere a la pompa radiante del sol las dudosasclaridades de la luna y los misterios de la noche, a los esplendores delestío, a las gracias de la primavera, a los opulentos dones del otoño,la triste desnudez del invierno, las brisas frías y las negrasescarchas.

Así, cuando mi alma se desprendió de sus juveniles ilusiones y cuandono encontró ya nada que la pudiera retener entre los hombres, espió lossecretos de las tinieblas y las alegrías silenciosas de la soledad,comenzó a vagar por las moradas de la muerte y bajo los gemidos delaquilón; por eso ella ama las ruinas, la oscuridad, los abismos, todo loque la naturaleza tiene de terrorífico, y por eso ha estudiado, sinnecesidad de buscar otro modelo, algunos de los caracteres delinfortunio.

Sí; lo repito, el invierno en toda su indigencia, el invierno con suspálidos astros y sus desolados fenómenos, me promete más goces que laorgullosa profusión de los hermosos días. Me place ver la tierradespojada de su fecunda vestidura y flotando en esos horizontes brumososcomo en un mar de nubes. En medio de esas grandezas desvanecidas y deesa vegetación ahogada, todo parece adquirir aspectos fúnebres, todo sevuelve terrible y severo. A través de los velos grisáceos y de las nubesformidables en que está envuelto, se tomaría al sol por un meteoro

quese

extingue.

Los

ríos

no

tienen

aquel

estremecimiento divino, lasselvas no murmuran ni dan sombra.

No se oye más que el crujido de larama muerta que se rompe y el zumbido del viento que se desliza silbandosobre la llanura desolada. La única verdura que se ve es la hiedra queextiende sus amplias alfombras por las paredes de las rocas, que se lasadosa a los muros rústicos o envuelve con ellas el tronco de las viejasencinas. Unicamente algunos abetos destacan aquí y allá, entre la nievede las montañas, sus obeliscos oscuros, como otros tantos monumentosdedicados a la memoria de los muertos... Y de cuando en cuando podéisver, en la lejanía, algunos viajeros que cruzan precipitadamente lallanura, o peregrinos que oran sobre una tumba.

17 de octubre.

Después de abundantes lluvias, un torrente amplio y rápido, alimentadocon todos los arroyos y barrancos, desciende desde lo alto de lasmontañas, cae con el ruido del trueno, se lanza furioso en la llanura,la llena de espanto y de desastre, destroza, invade, devora todo lo quese opone a su paso, y, arrastrando en su loca carrera árboles arrancadosde raíz, rocas y ruinas, rueda y se precipita rugiendo en el Salza.

Si sobre esos bordes veis un grupo de álamos que opone dulcemente sutranquila majestad a la agitación vehemente de la corriente, nuestroespíritu no puede por menos que entregarse a pensamientos graves yreligiosos, y meditáis tristemente sobre esas vanas grandezas del mundoque aparecen de pronto, como esos torrentes, sin que se conozca elorigen, que, como él, pasan entre estrépitos y devastaciones y como élse pierden en el abismo.

En cuanto a mí, sonrío con piedad ante los cuidados pueriles que elhombre siente, mientras que el tiempo arrastra en su porvenir siemprenaciente el corto presente de que gozan; y al considerar que la vida noes más que un momento que huye en medio de la inmensa eternidad, sientoque mis penas disminuyen.

19 de octubre.

Esta noche me encontraba en esa situación indefinible que no tiene casinada de la actividad de la vida, pero que tampoco es el sueño. Creí oíruna música muy melodiosa, de una expresión suave y conmovedora, y cuyossonidos eran modulados con tanta dulzura, que ni siquiera el arpa loshubiera podido producir más tiernos y más seductores. Se hubiera dichoque era un concierto angélico, pero su armonía inconstante y caprichosano multiplicaba mis alegrías más que para multiplicar mis pesares;apenas había conseguido retenerla, cuando me escapaba de nuevo. En fin,después de una cadencia sollozante que resonó largo tiempo en mi alma,cesó y no oí más que un ruido sordo parecido al de un río lejano. Luegouna mano fría se posó pesadamente sobre mi corazón; un fantasma seinclinó hacia mí y pronunció mi nombre con voz penetrante, y yo sentíque el aliento de su boca me había helado. Me volví y creí ver a mipadre, no como era antes, sino como una forma vaga y sombría, pálido,desfigurado, los ojos hundidos, las pupilas sangrientas y los cabellosen desorden; después se alejó, haciéndose cada vez menos distinto ydisminuyendo en la oscuridad, como una luz presta a extinguirse. Quiselanzarme en su seguimiento, pero, en el mismo instante, la luz, la voz,el fantasma, todo se desvaneció con mi desvarío y no abracé más que elvacío.

23 de octubre.

Puesto que es verdad que, desde el comienzo de este corto tránsito de lavida, todo lo que vemos a nuestro alrededor no nos deja más que pesares,dichoso el sabio que se envuelve en su manto, se abandona en su esquifey se aleja sin volver los ojos a la orilla. Pero carezco de este difícilvalor.

Yo mismo me extraño de las vacilaciones de mi corazón y de la ciegafacilidad con que acoge diariamente nuevas quimeras.

Todo lo que tieneuna apariencia de novedad le seduce, porque sabe que su estado actual esel peor y siempre saldrá ganando con el cambio. Quiere emocionesdesiguales y diferentes, una manera de ser diversa y fortuita, porque haobservado que el azar le daba mejor resultado que la previsión. Noobstante, es tal su inquietud, que en medio de las agitaciones quebusca, desea aún el reposo, únicamente, quizá, porque el reposo es unacosa distinta de lo que él experimenta diariamente, pero no tarda enfatigarse del mismo reposo. No ve la dicha más que lejos de él, y, desdeque cree haberla visto en alguna parte, rompe, para alcanzarla, losnudos que le atan al lugar donde se encuentra;

¡dichoso si pudieraromperlos todos! ¿Qué ocurre mientras tanto? Antes de haber recorrido lamitad del camino que nos conduce al sitio deseado, el prestigio cesa yel fantasma se desvanece, burlándose de nuestras esperanzas. ¡Dios mepreserve de vivir mucho tiempo así!

«¡Acercarme a Eulalia!—decía yo esta mañana—, ¡sí, vivir a su lado!¡habitar donde ella habita! ¡respirar el aire que respira!»

Y, desdeentonces, todo lo que veo aquí me importuna.

30 de octubre.

El otro día, casi sin darme cuenta, me encaminé hacia Salzburgo; pero,desde que vi la fortaleza de la montaña, las flechas de las iglesias,las cúpulas de los palacios, y desde que pude enlazar la sensación queexperimentaba con todos mis recuerdos, me encontré tan poderosamentearrastrado, que por nada del mundo hubiese cambiado de dirección.Mientras tanto la noche se aproximaba y las brumas espesas y lluviosashacían aún mayor la oscuridad. No tenía necesidad, además, derecogimiento y de libertad de espíritu y no quería entrar en la ciudadhasta después de haber acostumbrado mi alma a las agitaciones que laamenazaban. Me abandoné con voluptuosidad a aquella noche larga yrigurosa en la que nada limitaba la independencia de mi pensamiento.Todos esos cuadros que el día anima y colorea, todo lo que me recuerdala vida me enoja y me contraría. Si hay en mí alguna actividad poderosa,si siento algunas veces en mí una fuerza superior a la del hombre, es enel aislamiento de la noche y en la contemplación de las tumbas.

Todaslas ideas sublimes nacen del corazón, y el corazón del hombre está hechode dolor y de sombras.

Al pasar por la aldea donde vi enterrar a Cornelia, y donde conocí almarido de Eulalia, penetré en el cementerio por las brechas del muro. Laoscuridad era profunda. Los búhos de la vieja iglesia gemían o silbabanen las cornisas. La campana, lentamente movida por el aire, producíasonidos quejumbrosos y, de pronto, no sé qué acentos lúgubres seelevaron a mi lado.

Entonces un hombre se atravesó en mi camino, ydespués, inclinando la cabeza sobre el pecho, pronunció el nombre deCornelia. Era Guillermo, y el Cielo me permitió darle algunos consuelos;porque la voz de los desgraciados llega fácilmente al corazón de losdesgraciados y se dice que los que han sufrido mucho conocen palabraspara calmar el dolor. Conversamos largo rato.

«—Si yo hubiese querido—me dijo—, es fácil dejar la vida, y los díasdel hombre pueden abandonarse como un vestido. Pero,

¿me atreveré adecírselo? era media noche; yo estaba sentado sobre esas piedras ydispuesto a romper el frágil talismán de la existencia, ocupaba miimaginación en la contemplación de los tiempos pasados, uniéndolos todosen mi pensamiento. Ya todos los acontecimientos transcurridos sesucedían en mi memoria como las reminiscencias de un sueño, pero yoaspiraba aún al porvenir, y este porvenir incierto lo llenaba con misquimeras, cuando, de pronto, una idea horrible me sobrecogió.

¡Elporvenir!—exclamé—, ¿y con qué derecho, miserable suicida, te atrevesa hacer planes sobre el porvenir? Has querido dejar de ser antes de quellegase tu hora, ¿y quién sabe si tu castigo será el no ser jamás?Encuentras una salida para librarte de los dolores de la vida, pero,¿quien sabe si te cierras las puertas de la eternidad? Cornelia, la máspura de las hijas de la tierra, te espera mientras tanto entre losjustos, y, con una alegría inefable se prepara a iniciarte en lasdelicias del cielo... Pero el que ha destruido la imagen de Dios novivirá ya más; ha sembrado la muerte y recogerá la nada.

»Después he reflexionado mucho—añadió Guillermo tras un buensilencio—, y creo que el que se da la muerte frustra las intencionesde la Divinidad; y reflexionando sobre este gran número de relacionesque enlazan al hombre con todos los objetos terrestres, yo le heconsiderado como el centro de una multitud de armonías que nacen yperecen con él, de modo que no puede caer sin arrastrar toda unacreación en su caída, y el último suspiro que exhala lleva el luto atoda la naturaleza.

Meditando sobre esas cosas, he reconocido que lasuprema virtud consiste en amar a sus semejantes, y la suprema sabiduríaen soportar su destino.

»Ya sé, no obstante, que la razón del hombre es una caña que cede amuchos huracanes; yo mismo ¡ay! tengo la penosa experiencia de que esdifícil luchar con el dolor cuando no se le opone la ausencia y sobretodo la religión. Por eso he resuelto desterrarme de aquí y buscarme unatumba en otro sitio. Cerca de Donnawert hay un antiguo monasterio, cuyosmuros baña el Danubio, y al cual se llega después de atravesar un bosquede abetos de un aspecto triste y formidable. Aquel lugar está lleno demisterios y de solemnidad; y el alma se abandona a sentimientos de unorden tan sublime que, según se dice, hace olvidar, por un privilegiomilagroso, todas las antiguas emociones de la vida. Ese monasterio serámi asilo.»

El día nos sorprendió en esta conversación. El sol se levantaba pordetrás de la torre de la iglesia y la coronaba con sus rayos como unapálida aureola; el aire estaba cargado de vapores húmedos y, a través dela niebla que nos envolvía, se nos hubiera podido tomar por sombras queerraban entre las sepulturas.

Comprendí que era la hora de separarnos,besé tiernamente a Guillermo y abandoné el cementerio. Pero, al entraren Salzburgo—yo no sé qué presentimiento espantoso...—mi corazón se haoprimido, mi mirada se ha oscurecido y el sentimiento de la vida me haabandonado.

CONCLUSIÓN

Aquí acaba el diario de Carlos Munster. Parece que hubo de experimentaragitaciones tan violentas, que ni siquiera pudo darse cuenta de ellas;después no encontramos más que notas de poca importancia sobre susrelaciones con Guillermo, hasta la partida de aquél para el convento deDonnawert. Lo que vamos a transcribir aparece escrito por otra mano enel original.

Desde hacía algún tiempo la melancolía del señor Spronck aumentabacontinuamente; había oído hablar de Carlos Munster antes de la boda; lecreía muerto cuando se casó con Eulalia, y al saber su regreso,presintió todo lo que los infortunados amantes tendrían que sufrir. Elacontecimiento que le representó de una manera tan viva la pérdida quealgunos años antes experimentara, fue el golpe de gracia para sudolorido corazón, y, perseguido por sus propios dolores y por los quecausaba a los demás, su carácter contrajo algo de siniestro y deespantoso. Los cuidados de Eulalia contribuían a aumentar sus dolores, ycuando la joven se aproximaba a su marido con una mirada llena deternura y de dulzura, él volvía tristemente la cabeza y la rechazabagimiendo. Por aquel entonces la casualidad le hizo saber que Carlos, alque se había creído muy lejos, había vuelto a Salzburgo después de pasaralgunas semanas en su aldea natal.

Esta noticia pareció al principioconsolarle mucho, pero la misma noche su estado empeoró, de tal modo,que se temía verle expirar a cada instante. Carlos, a quien una cartadel desgraciado marido de Eulalia había enviado a llamar, acudiópresuroso. El señor Spronck estaba tendido, sin conocimiento y casi sinvida.

Eulalia, arrodillada ante su lecho, bañaba las manos del moribundocon sus lágrimas, y una lámpara, a punto de apagarse, arrojaba una tenueclaridad sobre aquella escena de dolor. Al ruido que hizo la puerta alabrirse, el moribundo hizo un movimiento; con la vista fija y lafisonomía inmóvil, estaba en la situación de un hombre que despierta deuna pesadilla y trata de reconciliar sus sentidos con los objetos que lerodean.

Finalmente, pareció que la luz se hacía en su cerebro ypronunció con voz fuerte y clara el nombre de Carlos Munster. Esteestaba a algunos pasos de distancia, y al verle Spronck, le saludó conuna sonrisa tan tierna y tan paternal, que Carlos se dejó caer derodillas ante él. Entonces el señor Spronck impuso sus manos sobre suesposa y sobre su amigo; y después de haber reunido todas las fuerzas desu alma, les describió con acento conmovedor las adversidades que habíanenvenenado su juventud, el dolor de las pruebas a que había sidosometido y, sobre todo, el encarnizamiento de la funesta fatalidad queles había envuelto a ellos en su propio destino. Les pidió perdón por elmal involuntario que les había causado, les habló de su próximo fin, y,enlazándoles con sus brazos, acabó así: «Sed felices ahora que mimiserable vida no puede ser un obstáculo; sed felices ahora que voy adevolver a la tierra este corazón destrozado por la desesperación; sedfelices y no tengáis remordimiento por los días que quizás aún la suerteme habría reservado, porque yo no podía esperar nada más agradable queesto que me es permitido legaros: un porvenir sin alarmas que podráresarciros de las penas que os haya causado.

Permitiendo que mi muertehaya sido un beneficio para los que yo amo, el Cielo había colocado enmi muerte la única alegría que yo podía gozar aquí abajo. El meperdonará, sin duda, el haber apresurado la hora y no me condenará, comolos hombres.

Amaos, al menos, y perdonadme.

Después de estas palabras, su pecho se levantó con gran esfuerzo, sucuerpo se estremeció y la voz expiró en sus labios.

Eulalia huyó de lahabitación lanzando gritos espantosos, y Carlos perdió el conocimiento.Cuando algún tiempo después volvió en sí, la lámpara ya no brillaba y nole quedaban, de lo que había pasado, más que ideas vagas e inciertas,como las ilusiones de la noche. Extendió los brazos a tientas y tropezócon un cuerpo inmóvil y frío. Los hombres que habían acudido paraconducir aquellos despojos a la tumba, le trasladaron a Salzburgo.

Las profundas impresiones que había recibido no eran de naturaleza quepudiesen borrarse prontamente. Pasó un mes antes de que su espíritu sehubiese repuesto de aquellas emociones violentas. Entonces recibió unacarta de Eulalia; a la sola presencia de aquella escritura tan querida,cambió de aspecto y de color; sus mejillas se inflamaron, toda su vidapareció asomar a sus ojos, y en la inquietud que le agitaba se hubierapodido ver que su espíritu estaba fluctuando entre el temor de saber susuerte y el tormento de ignorarla. Poco a poco recobró la calma y latranquilidad. Se había resignado a todo. Eulalia le declaraba, como élesperaba, que no podía concebir sin horror la idea de un nuevo enlacedespués de la muerte voluntaria de su primer marido; que estaba segurade que él tampoco querría una dicha que había costado tan cara, si esque podía llamarse dichosa una unión que dependiese de tal causa; queaprovecharse del generoso atentado del señor Spronck era hacerse casiautor de él y atraerse el castigo; que era conveniente, al contrario,dedicar la vida a expiarlo y colocarse como justos holocaustos entre lacólera de Dios y esa sombra abnegada que se había entregado a sucastigo. Acababa diciendo que cuando recibiese aquella carta, ella yaestaría separada del mundo por una barrera que no es posible franquearcuando se ha cerrado tras de sí y que iba a entrar en la vida religiosa.Carlos leyó muchas veces la carta con la misma resignación. Después ladobló, imprimió un ardiente beso sobre ella y la colocó sobre sucorazón, al lado de una cinta que había pertenecido a Eulalia.

Enseguida escribió a Guillermo comunicándole su proyecto de retirarse almonasterio de Donnawert; después distribuyó su patrimonio entre algunasfamilias pobres de Salzburgo, porque él ya no tenía a nadie.

Emprendió el viaje en uno de los primeros días de enero.

Cuando hubollegado cerca del convento de Eulalia, a una legua de la ciudad, sesentó ante los muros del claustro y allí permaneció muchas horas, perono vio ni oyó nada. Algunos conocidos suyos pasaron por delante de él,sin que él los viera.

Llevaba la cabeza despeinada, la barba larga, sucolor era lívido y su mirada extraviada; a pesar del rigor de laestación, sólo le cubría una especie de túnica grosera, pujada por elviento, caía en torbellinos sobre su cabeza y un aquilón helado silbabaentre los pliegues de su ropa. Finalmente, cuando el sol declinaba, selevantó de su asiento, y se alejó con paso precipitado. El cielo sehabía aclarado mucho, la luna se levantó sin nubes, la noche eratranquila.

Pocos días después, la temperatura volvió a cambiar y la lluvia cayó denuevo; las nieves y los hielos fundidos descendieron de las montañas yaumentaron el curso de los ríos. Todos los trabajos quedaronsuspendidos, todos los caminos desiertos. No obstante, por aquella épocase vio a Carlos en una aldea bastante próxima a Donnawert. Su rostroestaba cubierto en parte por su cabellera, sus pies, desnudos, y suropa caía en pedazos sobre su cuerpo. Tuvo ocasión de hablar conalguien; su voz, sus gestos, su mirada denotaban una profunda alienaciónmental. Es probable que la soledad hubiese dejado mayor actividad aldolor, y que su razón, mal curada de las fuertes pruebas a que habíasido sometida, hubiese acabado por ceder. Se añade que algunas almascompasivas se habían esforzado en retenerle haciéndole observar que loscaminos estaban impracticables y que era peligroso continuar el viaje;pero él se obstinó en su resolución.

Al día siguiente se desbordó el Danubio.

Mientras tanto, Guillermo se extrañaba de que Carlos no hubiese llegado;y contaba impaciente los días transcurridos desde aquel en que su amigodebía de llegar. Pero sus temores aumentaron aún cuando vio que lainundación, que había llegado hasta el monasterio, había cubierto todala campiña e interrumpido todas las comunicaciones. Tan pronto seguíacon la vista inquieta aquel mar casi inmóvil, tan pronto la seguía ensus decrecimientos haciéndole creer que ya faltaba muy poco para llegara sus límites naturales; y a medida que las tierras comenzaban aelevarse aquí y allá como pequeñas islas, su corazón renacía a laesperanza. Una vez, entre los restos que el río arrastraba, creyó veralgo informe y lívido que las ondas empujaban contra los arrecifes y quedesaparecía para volver a aparecer hasta que fue abandonado sobre unbanco de arena.

Impulsado por una vaga pero invencible curiosidad, descendió delclaustro, atravesó la iglesia, y cuando hubo llegado al pie de susmuros, reconoció el objeto que le había atraído. Se aproximó y seestremeció de horror. Un cadáver casi desnudo, pálido, destrozado,cubierto de musgo y de fango, los miembros crispados, los cabellos ralosy sangrientos, y a través del desorden de aquellas facciones deshechas ymancilladas, un aspecto lleno aún de nobleza y de dulzura; así fue comoCarlos Munster se ofreció a su vista. Guillermo entonces, sin lanzar unaqueja ni derramar una lágrima, envolvió aquel cuerpo sin vida con suhábito negro, lo cargó sobre su espalda y lo llevó al monasterio.Detúvose en el atrio de la escalera, y después de haber depositado sutriste carga en el suelo, convocó por medio de la campana a losreligiosos del convento. Cuando se hubieron reunido a su alrededor y losvio dispuestos a oírle, levantó bruscamente el velo bajo el cual seocultaba su amigo, y les dijo con voz trémula y dolorosa: «Este esCarlos Munster.» Pero la palabra expiró en sus labios, sintió que lasfuerzas le faltaban y cayó sobre el cadáver. Al abrir los ojos no viomás que a un hermano que le dijo que la comunidad no había creídoprudente conceder a su amigo sepultura católica, porque en el misterioen que había sobre la naturaleza de su muerte, había temido excederse ensus deberes rodeando el ataúd del infortunado de las pompas de lareligión.

Guillermo se levantó, cogió a su amigo en sus brazos y se dirigiósilenciosamente a la orilla del río, donde cavó una fosa, colocandoencima una piedra con una sencilla inscripción, pero el primer vendavalllenó la inscripción de arena y polvo, y la primera crecida del Danubioarrastró piedra, sepultura y cadáver.

Guillermo murió al año siguiente.

Eulalia aún vive; ahora tiene veintiocho años.

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LAS MEDITACIONES DEL CLAUSTRO

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1803

La existencia del hombre desengañado es un largo suplicio; sus díasestán sembrados de desengaños y sus recuerdos llenos de remordimientos.

Se nutre de absenta y de hiel; el comercio de los hombres se le ha hechoodioso; la sucesión de las horas le fatiga; los cuidados minuciosos queconstituyen su obsesión le importunan y le sublevan; sus propiasfacultades son una carga para él, y maldice, como Job, el instante enque fue concebido.

Vacilante bajo el peso de la tristeza que le anonada, se sienta al bordede su fosa y, en la efusión del dolor más amargo, eleva los ojos alcielo y pregunta a Dios si es que su providencia le ha abandonado.

Tan joven aún y tan desgraciado, desilusionado de la vida y de lasociedad por una experiencia precoz, extraño a los hombres que hanlacerado mi corazón, y privado de toda esperanza, he buscado un asilo enmi miseria y no lo he encontrado. Me he preguntado si el estado actualde la civilización era tan desesperado que no tenía ya remedios para lascalamidades de la especie, y si las instituciones más solemnesconsagradas por el sufragio de los pueblos adolecían también del defectode la corrupción universal.

Caminaba al azar, lejos de los caminos frecuentados, porque yo evito elencuentro con los que la naturaleza me ha dado por hermanos, y temía quela sangre que caía de mis pies desgarrados no les sirviera de rastro.

A la vuelta de un sendero hundido en el fondo de un valle sombrío yagreste, vi un día un viejo edificio de una arquitectura sencilla peroimponente, y la sola contemplación de aquel lugar hizo descender a missentidos el recogimiento y la paz.

Llegué hasta el pie de los muros y presté atento oído a los rumores desu soledad, pero no oí más que el viento del norte que gemía débilmenteen los patios interiores y el grito de las aves de presa querevoloteaban sobre las torres. En la parte exterior no encontré más quepuertas rotas sobre sus goznes, grandes vestíbulos, sobre los que no seveían huellas humanas, y celdas desiertas. Después, descendiendo por losestrechos escalones, a la claridad de un tragaluz, en los subterráneosdel monasterio, avancé lentamente por entre los restos de la muerte deque estaban sembrados; y, deseoso de entregarme sin distracción, alsentimiento vago y casi dulce que me inspiraba la solemnidad de aquelretiro, me senté sobre un ataúd destruido.

Cuando me acordé de lasasociaciones venerables que había de ver tan poco tiempo y echar demenos tantas veces, cuando reflexioné sobre esa revolución sin ejemploque las había devorado en su carrera de fuego, como para arrebatar a laspersonas honradas hasta la esperanza de un consuelo posible, cuando yome dije, en la intimidad de mi corazón: «Este lugar hubiera sido turefugio, pero no te han dejado nada; sufrir y morir, tal es tu destino»,¡oh! cuán grandes y conmovedores me aparecieron los pensamientos quepresidieron la inauguración de esos claustros, cuando la sociedad,pasando de los horrores de una civilización excesiva a los horroresinfinitamente más tolerables de la barbarie, y en esta hipótesis en queel retorno al estado de la naturaleza y hasta del gobierno patriarcal noera más que la quimera de algunos espíritus exaltados, esos hombres deuna austera virtud y de un carácter augusto erigieron, como el depósitode toda la moral humana, las primeras constituciones monásticas.

Esos

monasterios

conservadores

fueron

otros

tantos

monumentos a lareligión, a la justicia y a la verdad.

La manía de la perfección, de donde derivan todas nuestras desviacionesy todos nuestros errores, estaba a punto de renacer; el mundo iba acivilizarse quizás una vez más. Todos los pensamientos generosos, todoslos afectos primitivos volverían a borrarse, y los oscuros solitarios lohabían previsto. Modestos y sublimes en su vocación, no aspiran más quea conservarnos la belleza moral, perdida en el resto del universo.

El que era rico hace de sus bienes el patrimonio de los pobres.

El que era poderoso e imponía a su alrededor órdenes inviolables, sepone rudo cilicio y entra con sumisión en las vías que le sonprescritas.

El que ardía en amores y en deseos, renuncia a los placeres prometidos yabre un abismo entre su corazón y el mundo.

El menor sacrificio del más débil de esos anacoretas, haría la gloria deun héroe.

Examinemos, no obstante, con una escrupulosa atención lo que esa sagradamilicia pueda tener de chocante para los sabios de nuestro siglo, y porqué crímenes los humildes cenobitas se han atraído esa animadversiónfuriosa, única en los anales del fanatismo.

Ellos eran ángeles de paz que se entregaban en el silencio de la soledada la práctica de una moral excelente y pura y que no aparecían entre loshombres más que para ofrecerles algún beneficio.

Sus mismos ocios estaban consagrados a la oración y a la caridad.

Dirigían la conciencia de los padres, presidían la educación de losniños, protegían, como las hadas, los primeros días de los reciénnacidos sobre los que atraían los dones del Cielo y las luces de la fe.Más tarde, guiaban sus pasos en los senderos difíciles de la vida, ycuando ésta llegaba a un período supremo, ellos sostenían al débilviajero en las avenidas de la tumba y le abrían la eternidad.

Que no se diga que el desgraciado es un anillo roto en la cadena de losseres.

El pobre expirante sobre la paja, estaba al menos acompañado de susexhortaciones y de sus consuelos.

Comprendían a todos los afligidos en una misma compasión.

Su vivacaridad se informaba menos de la culpa que de la desgracia, y por esoencantaban con sus consuelos la agonía de los moribundos y la tristezade los prisioneros; y si el inocente les era querido, no odiaban alculpable. ¿Acaso el crimen no necesita también la piedad?

Cuando la justicia había encontrado una víctima, y el paciente,abandonado de todo el mundo, avanzaba lentamente hacia el cadalso, podíaver a su lado a esos emisarios divinos de la religión, y sus ojos, antesde cerrarse, leían en sus ojos resignados la promesa de la salvación.

Sus modestas miradas se enriquecían, no obstante, con los más ilustresrecuerdos. Habían visto poderosos monarcas abdicar la púrpura ante susaltares y guardaban en sus relicarios el cetro de Amadeo y la doblecorona de Carlos V.

Habían dado jefes al mundo cristiano; Padres y oradores a la Iglesia;intérpretes y mártires a la verdad.

Los fundadores eran elegidos que Dios había inspirado; sus reformadores,hombres valerosos y entusiastas que el infortunio había instruido. Esen medio de ellos que floreció el genio de Abelardo, cuya memoria estáligada a todos los sentimientos de piedad y de amor. También fue en laoscuridad de sus celdas donde Rancé ocultó sus penas y donde aquelespíritu ingenioso que a los doce años había adivinado las delicadasbellezas de Anacreonte, abrazó libremente, a la edad del placer, lasausteridades de que nuestra debilidad se asusta.

En fin, sus maneras, sus costumbres y hasta sus vestidos participan delcarácter noble y severo de su misión.

Casi contemporáneos del verdadero culto, su origen se remonta además alos esenios de la Siria, a los terapeutas del lago Moeris. Los desiertosdel África y del Asia hablaban de sus grutas.

Vivían en común como el pueblo de Licurgo y se trataban fraternalmentecomo los jóvenes guerreros tebaicos.

Tenían remedios secretos como los sacerdotes de Isis.

Algunos se abstenían de la carne de los animales y del uso de lapalabra como los discípulos de Pitágoras. Otros usaban la túnica y elgorro de los frigios, y otros, en fin, ceñían sus riñones como el hombreprimitivo.

Las órdenes de las mujeres no presentaban armonías menos maravillosas.

Su vida era casta como la de las musas. Cantaban con una voz melodiosa yhabitaban en lugares retirados.

Algunas usaban velos y bandas como las vestales, otras túnicas flotantescomo las romanas, o cascos y armaduras como las jóvenes sármatas.

Unas se dedicaban al cuidado de los niños abandonados, como otras tantasmadres dadas por la Providencia, otras vendaban las heridas de losguerreros, como las princesas de los siglos heroicos y las castellanasmedioevales.

Guardaban las memorias de las Eloisa y de las Chantal, de las Luisa y delas La Vallière; contaban entre los suyos los nombres de muchas hijas yde muchos amantes de reyes que habían cambiado los esplendores del lujoy las ilusiones de la voluptuosidad por el sayal y los trabajos de lapenitencia.

En fin, cuanto más profundizo la historia de esos monjes tandesacreditados, más admiro y venero la extensión de sus trabajos.

Caballeros de la fe en Rodas y en Jerusalén; holocausto de la fe entrelos idólatras; conservadores de la cultura en toda Europa y propagadoresde la moral en ambos hemisferios; artistas y literatos en la China;legisladores en el Paraguay; instructores de la juventud en las grandesciudades y patrones de los peregrinos en los bosques; hospitalarios enel monte de San Bernardo, y redentores de cautivos en Argelia, yo no sési las malas acciones que se les atribuyen podrían contrapesar tantosservicios; pero se me

ha

demostrado

que

una

institución

perfecta

seríacontradictoria a nuestra esencia, y que si es verdad que lasasociaciones monásticas no carecen de inconvenientes, es porque el geniodel mal ha impreso su sello en todas las creaciones humanas.

¿Qué esperabas, pues, de tus orgullosas tentativas, innovadorsedicioso? ¿Anonadamiento o perfección? El primero de esos deseos esquizás un crimen; el segundo es seguramente el más vano y el máspeligroso de los errores. Lleva, si quieres, la antorcha de Eróstrato aledificio social; mi corazón está bastante amargado para aprobarte; peropuesto que el Cielo ha querido que habitásemos una tierra en la que todoes imperfecto, a excepción del dolor, no ensayes más esas reformasparciales que sólo servirán de monumentos a tu nulidad.

¡Y qué! ¡ellos han analizado el corazón del hombre, han sondado todassus profundidades, han estudiado todos los movimientos y no hanpresentido siquiera una sola de esas ocasiones para las cuales lareligión había inventado los claustros! Terrores de un alma tímida quecarece de confianza en sus propias fuerzas; expansión de un almaardiente que tiene necesidad de aislarse con su Creador; indignación deun alma afligida que ya no cree en la dicha; actividad de un almaviolenta amargada por la persecución; debilidad de un alma consumidaque la debilidad ha vencido; ¿qué específicos oponen ellos a tantascalamidades? Preguntádselo a los suicidas.

He ahí una generación entera a la cual los acontecimientos han dado laeducación de Aquiles. Han tenido por alimentos la medula y la sangre delos leones; y ahora que un gobierno, que no deja nada al azar y que fijael porvenir[A], ha restringido el desarrollo peligroso de susfacultades; ahora que se ha trazado a su alrededor el círculo de Popilioy que se le ha dicho como el Todopoderoso a las olas: «De aquí nopasaréis», ¿sabéis lo que tantas pasiones ociosas y tantas energíasreprimidas pueden producir de funesto? ¿sabéis cuán próximo está aabrirse al crimen un corazón impetuoso entregado al aburrimiento?

Yodeclaro con amargura, con espanto: ¡la pistola de Werther y el hacha delverdugo han diezmado nuestras filas!

ESTA GENERACIÓN SE LEVANTA A DIOS Y PIDE CLAUSTROS.

Paz completa a los dichosos de la tierra, pero maldición a los queniegan un asilo al infortunio. El primer pueblo que consagró entre elnúmero de sus instituciones un lugar de reposo para los desgraciados,fue sublime. Una buena sociedad provee a todo, incluso a las necesidadesde los que se separan de ella por su gusto o porque no tienen másremedio.

Mientras tanto, había vuelto al piso superior y, apoyándome contra unacolumna gótica, adornada con tristes emblemas, advertí unos caracterespenosamente trazados sobre una de las caras del zócalo, y leí losiguiente:

«Viendo la ceguera y las miserias del hombre, y esas contrariedadessorprendentes que se descubren en su naturaleza, y mirando al universoentero mudo y al hombre sin luz, abandonado a sí mismo y como extraviadoen este rincón del universo, sin saber quién le ha puesto en él, qué havenido a hacer, cuál haya de ser su destino futuro, yo me espanto comoel hombre a quien hubiesen llevado dormido a una isla desierta llena depeligros, y se despertase sin conocer dónde está ni los medios desalir; reflexionando sobre esto me admira cómo el hombre no se desesperapor tan miserable estado.»

En estas líneas Pascal ha bosquejado toda la historia del génerohumano.

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A D E L A

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1820

PREFACIO[B]

Estamos lejos de la época en que el lector deseaba en las novelas esosdesarrollos hábilmente conducidos que aumentan el interés de una accióna la que concurren todas las circunstancias; esos detalles de costumbresy de caracteres que hacen vivir en el espíritu las cosas y las personas,el atractivo extraordinario y punzante de las combinaciones libres de laimaginación, conciliado a fuerza de arte con la verosimilitud de lahistoria. A la generación actual, impaciente de sensaciones fuertes yvariadas, le importa poco encontrar en las producciones del espírituesa acertada medida, esa exquisita conveniencia, en estilo tan puro ytan delicado que distinguen a los inimitables novelistas de Francia y deInglaterra, a los Lesage y a los Fielding, a los Rousseau y a losRichardson. El alma no sale casi de su situación actual más que paracambiar el orden de sus emociones, para renovar la especie, paradistraerse por sensaciones más poderosas; y es muy cierto que lasemociones puramente sociales de nuestro siglo han debido hacernos másdifíciles a las emociones novelescas. Ahora, cuando nuestra curiosidad,aguijoneada por una increíble variedad de cuadros que no ha buscado, sedecide a buscar algo fuera de la esfera de las ideas positivas, esnatural que se interese menos por los hechos que por las pasiones, porlas circunstancias materiales de un relato que por el sentimientoindefinido que hará nacer, ver las aventuras verdaderas o falsas de unpersonaje indiferente que por no sé qué idealidades, las cuales, sinconstituir un carácter particular, corresponden más o menos con lasnecesidades, los afectos, las ilusiones de la mayoría, en las épocasdesgraciadas de la sociedad. Este orden de ideas es lo que se llamadesde hace algún tiempo la ola en literatura, y ya se sabe que laliteratura es la expresión escrita de la moral. Esto es lo que queríadecir para justificar el género de esta obra, en la que no seencontrarán más que

caracteres

esbozados,

hechos

entrevistos,

el

cuadrodefectuoso, en fin, de una obra más que mediocre, que no he tenido eltiempo, ni el talento, ni la fuerza de hacer mejor.

Como es mi héroe, con todos sus errores y pasiones, el que habla, pidopermiso al lector para hablar de él. Para Gastón ha pasado ya la edad delas ilusiones, y no es que su corazón esté fatigado, pero sí marchitopor la experiencia. La costumbre de los disgustos le ha hecho sombrío ytímido. La costumbre de los desprecios le ha hecho desconfiado. Es comotodos los hombres que han sufrido mucho. Teme las emociones nuevasporque siempre

ha

perdido

en

el

cambio,

pero

las

experimentaránecesariamente porque hay almas que sienten la necesidad de ellas y lasbuscan a su pesar. Su sensibilidad se ha debilitado, pero él la creeextinguida. Su mismo estilo será más sencillo, más descuidado que deordinario. La poesía de las expresiones se decolora con la poesía de lossentimientos. No obstante, la primera chispa que reanimará este volcánhará salir de su seno relámpagos más amenazadores que nunca. Esto noserá una serie no interrumpida de ideas y de acciones vehementes, unamanera continuamente violenta de ser y de sentir; serán movimientosraros, pero impetuosos y terribles, que, no obstante, no produciránnunca el mal absoluto, excepción distintiva y cierta en favor de laspasiones que tienen su fuente en una organización elevada. No intentarédisculparme por haberme encariñado por su carácter, ni tampoco diré lasrazones particulares

que

me

han

decidido

a

pintarle

bajo

diversosaspectos. El interés que me haya tomado a mi pesar, no excusará lamultiplicidad de mis ensayos. Por haber vivido en un orden desensaciones afortunadamente poco común, no se adquiere el privilegio deescribir malas novelas.

Esto exige una justificación más especial. Con su corazón recto, peromuy exaltado, Gastón no ha podido defenderse de la influencia delespíritu de paradoja que ha presidido por completo la educación de lasúltimas generaciones. Este espíritu se desarrolla en razón de lasituación de Gastón, cuando la dicha de su vida viene a depender de unaregla de conveniencia social y siente la posibilidad de justificar a suspropios ojos una falta por un sofisma. Una novela no es una conclusión ymenos aún las opiniones de un personaje de novela, que no pretende sereminentemente razonable, contra las conveniencias públicas a las que larazón de los siglos ha reconocido la importancia. Por otra parte, noseré yo el que acuse a los hombres que declaman contra ciertasconsecuencias por aversión a todos los principios, y que no combaten, enel fantasma de la nobleza actual, más que la existencia aún positiva dela monarquía... Hay que confesar que nunca hubiera estado más fuera delugar semejante género de agresión.

No me queda más que una palabra por decir. Importa poco al público queyo haya escrito tal o cual novela, pero a mí me importa muchísimo nohaber escrito más que las mías. Puesto que mi nombre, que yo no creíatuviese tanto crédito, ha podido convertirse para algunos libreros en unobjeto de especulación, aprovecho la ocasión para declarar que estaúltima obra es con Juan Sbogar, Teresa Aubert y los volúmenespublicados con el título de Cuentos, Novelas y Misceláneas, todo loque yo he hecho

en

este

género.

Estos

escritos

no

merecen,

ciertamente,mayor consideración que los que me han atribuido y me atribuirán aún,pero son míos.

GASTÓN DE GERMANCÉ A EDUARDO DE MILLANGES

Germancé, 12 abril 1801.

Sé que te place, mi querido Eduardo, el haberme sugerido esta idea.Acostumbrado a partir contigo todas mis penas y todos mis placeres, aextraer de tu corazón todos mis consuelos y todas mis esperanzas, a nocreerme seguro de la posesión de un pensamiento o de un sentimiento alque tú no te encuentres asociado en algún modo, ahora, separado de tipor la fuerza de los acontecimientos, lanzado en medio de una nuevaexistencia, me costaría demasiado trabajo el no saber dónde depositarcada una de las emociones que este orden de cosas me destina.

Nosotros,afortunadamente, hemos atenuado la tristeza de esta vida solitaria,obligándonos a darnos fiel cuenta de nuestras jornadas, de nuestrasaventuras, de nuestros proyectos, de nuestros secretos y dulcesensueños, de modo que cada uno de nosotros, al recibir al final de cadames el diario sincero de su amigo, pueda aún identificarse con él comoantes, volver a vivir todas las horas pasadas. El cambio continuo de lossecretos y la confianza de todos los momentos, hará nulos los efectosdel tiempo y del espacio y disminuirá el rigor de la ausencia.

Ya hemos previsto que la calma de tu carácter, la dulzura de tuscostumbres y la gravedad de tu espíritu, te asegurarán días tranquilos yapacibles, que las tempestades del mundo casi no alterarán. Laexaltación de mi cabeza, el ardor de mis pasiones, mi propensión alentusiasmo, y quizás a la locura, como tú dices algunas veces, te handado lugar a suponer que mis relatos serán más variados y más animadosque los tuyos. De acuerdo con este cálculo, tú te encargarás de la partefilosófica, de la parte razonable de nuestra correspondencia, y yo teproporcionaré un diario novelesco bastante extravagante. No esperes otracosa. La hipótesis fundada por lo que se refiere al pasado, es falsa,absolutamente falsa para el porvenir.

Tengo veintiocho años, Eduardo mío, y, lo que es más raro a esta edad,la experiencia de una docena de años de desgracias.

He vivido de prisa,porque mi sensibilidad, que era mi vida, se ha consumido en ensayosinfructuosos y en efectos estériles. Las calamidades de la revolución,los peligros de la proscripción y de la guerra, las agitaciones siemprerenacientes de una vida incierta y móvil, las pérdidas múltiples, vivasy dolorosas, todo esto, sin duda, ha podido imprimir a mi organización,a mi carácter, al movimiento de mis pensamientos, a la dirección de misexpresiones, yo no sé qué algo de singular, de inusitado, de raro, esaespecie de exageración, en fin, de la cual tú censuras con tanta razónlas desviaciones; pero, en realidad, yo no necesitaba más que entregarmea la naturaleza y a mí mismo, encontrarme libre de todas las impresionesextrañas que fatigaban mi corazón, volver al reposo delicioso de lasoledad y al círculo de los deberes fáciles, para renovarme. Nollegarás a imaginar la tranquila esperanza de que estoy poseído desdeque he atravesado el umbral del viejo castillo paterno, y hecontemplado, a través de los vidrios de mi habitación nativa estosbosques, estos campos magníficos, estos bellos espacios de verdura, tanfamiliares y tan caros a mi infancia.

Mi madre me ha recibido con ternura, pero con una ternura mezclada conese aire ceremonioso que tú ya conoces, y que rechaza, por decirlo asíhasta el fondo del alma, un sentimiento pronto a estallar. ¡Qué crueles, Eduardo, no poder expresar lo que se siente a una persona a la quese ama y a la que se tiene el derecho de amar, sin violar lasconveniencias! Pero me he contenido.

Para visitar el departamento de mi padre he tenido que reunir todas misfuerzas de hombre; fue en aquel lugar donde yo le vi por última vez ydonde recibí sus últimas instrucciones y sus últimos besos, cuando yoesperaba volver a verle y recibir sus besos después de haber cumplidomis deberes para con el príncipe y la patria. ¡Qué pérdida tan grande!tú, que pudiste apreciar sus cualidades, lo sabes mejor que nadie; laelevación de su espíritu, la pureza y la sencillez de sus costumbres yesa filosofía tranquila y religiosa, le hacían tan superior a laadversidad, que todas las vicisitudes parecían para él motivos dealegría. Dios no ha permitido que me asistiese por más tiempo con susconsejos y que me guían entre los escollos de la vida. Me ha dejado solosobre esta tierra, y ante la idea, ante la convicción de mi abandonoabsoluto, se me parte el corazón. Te dejo un instante para llorar.

17 de abril.

Me he trazado un plan de vida que seguramente te sorprenderá. Por depronto, tengo la intención de ver a muy poca gente, la menos posible.Tengo la intención de fortalecerme, de rehacerme por completo, y paraesto necesito recogimiento y soledad.

Todo mi servicio se limita a Latour, a quien tú conoces, a ese valienteLatour que ha hecho conmigo las campañas de la Vendée y que más que uncriado es un compañero seguro, un amigo fiel, sin el cual no podríapasar mi corazón. Su presencia de espíritu me ha salvado la vida en dosocasiones, en las que, además, se distinguió por prodigios de valor quele atrajeron la amistad de los oficiales, la estimación del ejército yque le asimilaron a mis ojos a lo que yo conozco entre los hombres demás noble, de más generoso y de más eminente. Si él hubiera deseado otroestado, otra condición de vida, yo soy, afortunadamente,

bastante

ricopara

habérselo

podido

proporcionar. Está, pues, conmigo, por suvoluntad.

Como es difícil vivir mucho tiempo sin ocupación, o, mejor dicho, comoyo no puedo pasar, de cuando en cuando, sin aficionarme a algo paradistraerme de la vida, he vuelto a la botánica, mi dulce estudio de añospasados. Voy a volver a comenzar mis herbarios destruidos y a renovarmis relaciones con esas ricas familias de vegetales entre las que, unlargo alejamiento, me han hecho casi extraño. ¿Necesito decirte quégoces inexpresables me procuran esos dichosos recuerdos a los que seasocian tantos dichosos recuerdos y tantas armonías encantadoras? Dulceprivilegio de los placeres sencillos y puros de la adolescencia; ¡que nose pueda renovar ni uno solo sin que todos los demás vengan a enlazarsea él para embellecerlo aún más!

¿Puedo volver a ver, por ejemplo, esa encantadora hierba doncella, tanquerida de Rousseau, sin acordarme de que cuando tu primera visita aestos campos nos gustaba tomarla sobre la alfombra fresca y sombreada deeste bosquecillo, en memoria de un escritor cuyas obras adorábamos? Laaguileña no es rara en las tierras ligeras y arenosas que bordean elbosque, pero, Lucía, a la que siempre lloraré, la prefería a todas lasflores. Un agavanzo herido por los rayos ardientes del Mediodía opendiente de una rama rota por la tempestad, me recordará el que Fannyme dio y que yo dejé secar y marchitar sobre mi corazón. Un bosquecillode serbales me traerá el recuerdo de Victoria, y jamás veré ¡o tú, elmás lindo de los árboles! tus pequeñas hojas aladas, tan finas y tanligeras, y tus amplios corimbos de flores blancas o de frutosperfumados, sin sentir arder mis labios y mi sangre al primer beso deamor que yo recibí bajo tu sombra.

18 de abril.

Ocupo ahora la última habitación del ala derecha del castillo, la que dasobre el lago circular por el cual tantos paseos habíamos dado ennuestra infancia.

Aparte de los objetos necesarios, en ella sólo encontrarías dosretratos, el de mi padre y el tuyo, un piano y algunos libros.

En esteúltimo capítulo, sobre todo, he hecho grandes economías, pues estoyconvencido de que, a excepción de un pequeño número, los libros sólo sonbuenos para los ociosos y ciertos espíritus perezosos incapaces depensar por cuenta propia. Aun iré más lejos: la Biblia es la únicaobra indispensable que yo conozco, y me parece que al dársela al hombre,Dios le ha dado todo lo necesario para su inteligencia. Por eso yo heconservado la costumbre de leer todas las noches un capítulo según elestado de mi espíritu. Así, por ejemplo, cuando tengo la imaginaciónencantada por mil ensueños pastorales que me han mecido en el curso demi paseo, yo encamino mi pensamiento bajo las tiendas de los patriarcas,o entre los segadores de Belem, y asisto con la imaginación a las bodasde Ruth.

En cambio ha disminuido mi entusiasmo por Osián y aun por Shakespeare.En general me voy deshaciendo, tanto como de mí depende, de lainfluencia de los sentimientos novelescos, sin buscar, no obstante, ungénero de ilusiones mil veces más miserable en esas soberbias vanidadesde la filosofía que llaman conocimientos positivos, como si hubiera algopositivo en la tierra y como si lo poco que Dios nos permite ver en susobras fuese otra cosa que un pasto entregado a la orgullosa ignoranciadel hombre.

No puedo prescindir, claro está, de algunos métodos de botánica; perocomo la colección de mis especies no será nunca muy considerable, meatengo a los métodos más antiguos y más sencillos. Soy de opinión quelos hombres de los tiempos pasados tenían de la naturaleza ideas másbellas y más conmovedoras que nosotros, y que esa manera religiosa eintelectual de penetrar en sus misterios, que distingue a nuestrosantiguos escritores, valía más que las estériles ventajas que nosproporciona el perfeccionamiento del análisis. Los hombres de nuestrotiempo se parecen a esos niños que rompen sus juguetes para conocer elsecreto de su construcción; roto el juguete, ¿qué queda de él?; unresorte de acero, un pedazo de vidrio, un cascabel; y, en cuanto alencanto, ha desaparecido.

21 de abril.

¡Renovarme! te decía el otro día; ¡ay! ¡si pudiese solamentedistraerme... olvidar! No deseo, no espero la dicha, pero sí un reposoduradero y profundo, una libertad sin reserva.

Te he repetido confrecuencia que no odio la vida por las cosas que en ella se encuentran yque, en general, me atraen y me retienen. Comprendo esas ilusiones ylas buscaría de buena gana.

Odio la vida tal como los hombres la hanhecho, como una obligación mutua, como un deber social que somete miindependencia a intereses reconocidos, a conveniencias establecidas sincontar conmigo. La odio, como todo lo que no es espontáneo en lavoluntad de la criatura sensible, fuerte e inteligente que Dios se hadignado formar a su imagen. Convén conmigo en que es vergonzoso elpensar que vivir no es un acto libre y que el alma está condenada poranticipado a la existencia...

¿qué

digo?

a

la

inmortalidad,

sin

haberloconsentido...

Esta disposición de espíritu en que he caído desde hace algunos días, meha procurado, no obstante, una dulce emoción, una emoción tanto másagradable, porque no estoy acostumbrado a ella. Mi madre; alarmada pormi melancolía, ha querido averiguar el motivo y oponer a las penas de micorazón el encanto de los consuelos y de las esperanzas. Yo me heestremecido con una involuntaria alegría al pensar que me amaba lobastante para compadecerme, y después he lamentado amargamente elhaberla disgustado por un motivo tan poco fundado, porque yo mismo mevería bien embarazado si quisiera explicarme lo que ella llama mi dolor.¡Creerás tú que ella ha supuesto que el amor... el amor! ¡miserablesilusiones de niño de las que yo tantas veces he reconocido lafrivolidad!... ¡el amor!

¡Ah! sin duda, yo amo a las mujeres en susbrillantes armonías con la naturaleza, como una de las obras másencantadoras, como uno de los más seductores ornatos de la creación; lasamo como a las flores, como amaría a criaturas animadas y pensantes quetuvieran, en el desarrollo de sus ideas y de sus sentimientos, la graciay la delicadeza de las flores. Hay algunas que las distingo de lasdemás, y entonces experimento la necesidad de ocupar su espíritu o deinteresar su corazón. Si una de sus miradas cae sobre mí o se encuentracon las mías, siento, como antes, que mi corazón palpita más de prisa,que mis ojos se turban, que la sangre llena mi pecho y afluye a mismejillas, que mis nervios se exaltan por no sé qué confusión vaga ydulce de vergüenza y de placer, de inquietud y de ternura. Me acuerdo,en efecto, del tiempo... ¿Qué hombre no ha sido presa alguna vez de loserrores de la adolescencia frívola, crédula y desocupada?...

El roce deun vestido o de un chal, el movimiento de una pluma flotando entre loscabellos de una mujer, el juego de luz que centellea sobre la pedreríade su peinado o de su pecho, la melodía de una voz de ángel que elviento hace llegar de lejos, a través de todos los ruidos y cuyo sonidovibra largo tiempo, la menor cosa basta entonces para absorber todos lospensamientos y para suspender toda la existencia. Hay instantes, horas,días enteros, en que uno está abstraído, a su pesar, por una imagenencantadora que le llama, que le persigue, que vanamente tratará deevitar, que encontrará en todas partes y cuya perfección ideal estácompuesta por los rasgos de mil mujeres diferentes, o, todo lo más, porlos de una mujer a la que no se ha visto jamás. ¿Cuántos años hace faltavivir, mi querido Eduardo, para no sentir semejantes quimeras?...

¡Oh amigo mío! puedes estar seguro de que en el mundo que habitamos hayalmas a las que se castiga por una culpa antigua, o a las que se castigatal vez anticipadamente por una falta que inevitablemente han decometer, almas de expiación que llevan durante una generación todo elpeso de la venganza divina, y que están condenadas al amor de loimposible, como si el supremo poder que no puede, sin contravenir suspropios decretos, separar el infinito de la eternidad, hubiese queridodar la sensación de la nada en el presente; aquellos que tienen lafacultad deplorable de concebir, de ver con la imaginaciónvoluptuosidades ante las cuales las de la tierra resultan pálidas, seaniquilan estérilmente.

Así, todo lo que yo comprendo ahora del amor, nopertenece al tiempo ni al espacio en que estoy encerrado. Es algo comola sensación prematura de una dicha futura que no tiene nada deterrestre, que es ilimitada, que llenará un día el vacío inmenso de micorazón, que colmará toda la ambición de mis deseos.

¿Qué queréis¡grandes dioses! que pida a la mujer que consienta en amarme? ¿qué podréesperar de ella? ¿El compromiso de los seres tan débiles, tan pasajeros,que no conocen, que no aprecian siquiera el instante en que gozan, queno pueden responder de la más próxima de sus emociones, que seextrañarían todos los días de sí mismos si todos los días adivinasen loque les había de ocurrir al siguiente? ¿Una transacción, un contrato dealgunos años o de algunos meses, que una circunstancia imprevista, loscelos, el despecho, el pensamiento, puede modificar; que se altera porla duración, que se disuelve por la suerte, y que un desprecio, uncapricho, una enfermedad, pueden cambiar en aversión?... ¡No! ¡no!

Nada finito, nada perecedero puede bastar a la necesidad de amar que meatormenta. Es preciso que yo relaje, ya lo ves tú, que yo rompa todoslos lazos que me atan a los afectos de un día, para situarme en estecamino seguro del cual mi vida es la fatigosa preparación. Es preciso,para gozar plenamente de lo que yo ame, que encuentre en la dicha deamar y de ser amado, la seguridad de una eternidad completa y, ¿aun laeternidad misma será bastante larga para amar?

¡El amor de una mujer!... ¡de una mujer mortal!... ¿qué entiendes porello?... ¿Una sonrisa llena de encanto, un timbre de voz que turba ytrastorna los sentidos, un apretón de una mano que quema?... Ya sé quées eso. Pero, esa mano y ese corazón se convertirán en polvo, y el polvode mi corazón no se confundirá con ella, y lo que quede de mí será parasiempre extraño a esa alma que un momento ha reemplazado a la mía. Esono es posible, y el amor de que hablamos, Eduardo, no es más que unainvención de nuestra vanidad. ¡No hay cosa más terrestre que el amor! Esla primera conquista del hombre que resucita.

25 de abril.

Ya hace algunos días que sabía que anoche teníamos que visitar a laseñorita de Valency, el único retoño de esa ilustre familia ypropietaria del castillo vecino. Ya había perdido de vista a esa joven,que no tiene más de veinte años, y que era aún una niña cuando yo salíde aquí, pero conservaba el respetuoso recuerdo de su tía Adelaida, lapriora, mujer de un espíritu sensato y de la mayor virtud, que me diolecciones en mi tierna juventud, y a la cual, quizá, debo este fondo depiedad, que si no me ha preservado de muchos errores, al menos me haconsolado en no pocos reveses. Excuso decirte que me produjo la más vivaalegría el saber que el Cielo ha protegido su existencia en medio de losfunestos acontecimientos que le han arrebatado a todos los suyos.

Eudoxia de Valency es de una estatura elevada y bien proporcionada; suporte es majestuoso, pero no exento de afectación. Sus facciones tienenuna expresión notable, pero me parecen algo estudiadas. La sonrisa, eseamable índice de la satisfacción de sí mismo, se detiene alguna vezsobre sus labios, pero es más frecuente ver en ellos una mueca dedesdén.

Inútilmente he buscado, inútilmente he esperado en suconversación un movimiento, un gesto, una inflexión que revele unpensamiento cordial. Su abandono mismo está tan cuidadosamenteestudiado, hay tanta mesura en su aparente libertad, tantacircunspección en su franqueza, que, al verla, experimentarías elsentimiento penoso que producen las imitaciones demasiado exactas de lanaturaleza que no son la naturaleza y que chocan en fuerza de suparecido. No he de decirte si sus términos son escogidos, si suelocución es adornada y si en sus discursos brilla la ilustración.Conoce tres lenguas y hace versos. Cuando nosotros entramos, parecíameditar profundamente no sé qué pasaje de un libro abierto sobre supupitre; al aproximarme reconocí en aquel libro una de las obrasmaestras de nuestra metafísica, obra maestra, en efecto, de toda laaridez de corazón aliada a toda la presunción de espíritu.

Yo daríainmediatamente una buena parte de mi vida por estar persuadido de que nohay ninguna mujer que lea a Condillac, como estoy convencido de que nohay ninguna que lo entienda; y creo que no faltaba más que esto paraindisponerme irrevocablemente con todo el sexo.

Mi madre ha notado que la señorita de Valency ha cambiado dedepartamento; y nunca adivinarás la razón. Imagínate que en laextremidad del jardín inglés sobre el cual da su salón y su tocador, hayuna cascada, a decir verdad, poco ruidosa, pero cuyo sordo murmulloresulta un poco molesto. En los bordes del pequeño estanque que forma lacascada al caer, han sido plantados unos cuantos sauces llorones, árbolque odia la señorita de Valency. Después, la exposición de todo eldepartamento es al sol naciente, cuyos primeros rayos van, a pesar detodos los obstáculos, a posarse todas las mañanas sobre sus párpados aúnsomnolientos. ¡Figúrate tú la impresión que me ha producido una mujerque no ama el sol naciente, ni el follaje de los sauces llorones, ni elrumor del agua lejana, y que, además, lee a Condillac o quiere hacerlover!

La señora Adelaida está enclavada en la cama por una extraña enfermedadque mina y consume su vida y que, quizás, arrebatará bien pronto almundo los ejemplos de su santa existencia. He conseguido que meintrodujesen en su habitación o, mejor dicho, en la modesta celda queella misma se ha asignado en el castillo. Estaba acostada, pero vestida,con las manos cruzadas sobre el pecho. Un crucifijo de madera negrapendía de su cabecera. Cerca de la cama una mesita cubierta de librospiadosos y con algunos ramos benditos ya casi secos, adosados contra lapared. Al ruido que yo hice al entrar se volvió hacia mí y me dirigióuna sonrisa. «¿Es usted—me dijo—

, mi querido Gastón? A mi edad, ydespués de una tan larga ausencia, casi no podía esperar volver a verle.¡Loado sea Dios por la nueva gracia que me ha concedido!... Pero no creausted que la Providencia no haya tenido sus motivos para salvarle detantos peligros. Usted prometía ser bueno y generoso en susinclinaciones, moderado en sus pasiones, y el ejemplo de las gentes debien es un tesoro para el siglo.» Yo estaba conmovido hasta saltársemelas lágrimas. Su palidez, su debilidad, su voz casi imperceptible, meatormentaban con la idea de una separación próxima y eterna. Yo veía queella se esforzaba en demostrarme que estaba mejor para causarme menospena. Me retiré muy emocionado.

He de confesarte que la señorita de Valency no gana nada al compararlacon una mujer semejante. No obstante, el juicio que he formado de lajoven Eudoxia después de un cuarto de hora de conversación vaga, derelaciones insignificantes, en medio de las conveniencias embarazosas ydel temor de una primera visita, podría ser también el efecto de unaprevención mal fundada.

¡Soy tan propenso a dejarme sorprender por no séqué apariencias de simpatía ridícula o de antipatía injusta! pero yoahora te hablo con arreglo a mi pensamiento. Y dígase lo que se quiera,Eudoxia no tiene nada que reprocharse; yo admito que es perfectamentebella; dudo de que se pueda tener más talento; quiero creer, con todo elmundo, que es difícil practicar la virtud de una manera más exacta ymás severa; pero tiene una clase de virtud, una clase de talento y unaclase de belleza, que nunca serán de mi agrado.

29 de abril.

Hay gentes a quienes la manía de ser grandes les hace descender apequeñeces que uno creería con trabajo si ellas mismas no diesen todoslos días ocasión de presenciarlas. En cuanto a mí, esto me causa unaindignación tan violenta, que no soy dueño de contenerla y que me obligaabsolutamente a demostrarla cuando me tropiezo con una de esas personas.

Mi padre se sentía orgulloso de uno de sus antepasados, un simplejurisconsulto del siglo XVI, pero escritor de una ciencia y de unaerudición poco comunes, que se distinguió por sus obras muy preciosassobre la jurisprudencia y las leyes de los tiempos antiguos, y queinterpretó con una sagacidad exquisita textos importantes, peroconfusos, que los más hábiles no se habían atrevido a poner mano sobreellos. Hay que hacer notar, de pasada, que es a este grande hombre aquien mi familia debe su ilustración y que mi nobleza data de él, lo queno prueba que venga de muy lejos, pero tampoco prueba que tenga unorigen indigno, y esto sí que sería una gran desgracia.

El azar me ha conducido hoy a un salón del castillo, que yo había vistoya en otra ocasión, tapizado de retratos de familia, y he reconocidotodas las augustas imágenes de los antepasados de mi madre, con susescudos, sus condecoraciones y sus armiños; pero he buscado inútilmentelo que me interesaba más en aquella galería genealógica, la imagen delsabio respetable cuyos vastos y útiles trabajos han fundado mi fortuna yhan dotado mi nacimiento con la herencia de un nombre querido a lasociedad.

La memoria de este retrato era tanto más viva en mí, porcuanto, como ya te he dicho, mi padre sentía una singular veneración porél y lo mostraba con preferencia a las visitas que recibíamos en elcastillo. Yo hubiera podido señalar con el dedo el sitio en que lo habíavisto, pero decididamente estaba vacío, y te dejo adivinar la causa desu supresión. Me avergonzaría de decírtela, tanta ingratitud y tantaridiculez encuentro en ella.

Al volver al departamento de mi madre me he informado de los motivos deun cambio tan extraño; ella me ha contestado,

¡ay! como yo esperaba;pero he insistido con una firmeza respetuosa y el retrato ha sido denuevo colocado en su sitio.

2 de mayo.

Eudoxia nos ha devuelto esta mañana la visita que últimamente lehicimos. Venía acompañada de un caballero de los alrededores, llamadoFerreol de Montbreuse. Yo no te había hablado aún de Ferreol deMontbreuse, a pesar de que todo el mundo habla de él aquí. Es un hombrede treinta y seis años a lo más, pero cuya cortesía serena, la gravedadinalterable y la severidad reconocida de costumbres y de principios,harían honor a un hombre de más edad. Me habían hablado de su trato comode la ventaja más real de mi estancia en Turena, y, no obstante, yo nohabía tratado de frecuentarle. Tengo en singular estima la perfección,pero ésta carece para mí de ese atractivo que se apodera del corazón yque mi corazón necesita experimentar. Tú eres el único amigo que yo hayarecibido de la sociedad (la naturaleza me había dado otro), tú eres elúnico, repito, que me haya reducido a sufrir, a perdonar, ese defectodesolador e inimitable de la perfección; pero la tuya tiene algo tannatural, tan involuntario, tan desconocido para ti mismo; forma en ti unconjunto tan inseparable, que uno se acostumbra sin darse cuenta.Cualquiera que sea el mérito del señor Montbreuse, se pretende que habíatenido la dicha, por un momento, de ocupar los nobles pensamientos deEudoxia; dos almas tan solemnes eran dignas de aproximarse. Eldescalabro de su fortuna le ha impedido ir más adelante. Es bienlamentable que después de una revolución, las familias que han corridolos mismos peligros, los parientes, los vecinos, los amigos, heridos poruna misma desgracia, no imiten a los náufragos que la tempestad arrojaa una isla desierta y no reunan todo lo que poseen. ¡Qué necesidadtenía yo de quedar tan rico! La noticia del restablecimiento casi totalde la señora priora, me ha causado una alegría tan viva, que no hepodido esperar al día siguiente para írsela a demostrar, y he acompañadoa su casa a la señorita de Valency con una diligencia, que ellaprobablemente habrá atribuido a otros motivos. Su tía estaba sentada enun gran sillón de brazos, en un rincón de la terraza donde los rayos delsol, débilmente atenuados por algunos macizos de lilas, producían unagradable calor. Al verme ha querido levantarse, pero yo he corridohacia ella para impedirlo. Hemos hablado alegre y largamente de milcosas distintas y me ha hecho prometer que le contaría mis viajes y lehablaría de mis amigos, y le he dicho que tú eras el mejor de ellos. Porsu parte me ha recomendado, con cierta autoridad, que cultivase lasrelaciones con el señor de Montbreuse, al que sólo encontraba demasiadoaustero para su edad. En fin, ya era bastante tarde y aun estábamoshablando, cuando advertí que la humedad de la tarde no podía serlebeneficiosa. Entonces entramos en las habitaciones, apoyada por unaparte en mi y por otra en una joven a la que ama mucho y a la quesiempre está elogiando. La llama su amiga, su bienhechora, su ángelsalvador, en reconocimiento de algunos cuidados que ha recibido de elladurante su enfermedad, y, en efecto, es un ángel esta niña. Yo no meacuerdo haber visto nada más gracioso ni más dulce que sus facciones,nada más atrayente ni más cordial. Es uno de esos conjuntos llenos dearmonía y de serenidad en los que la vista se reposa. ¿Has encontradoalguna vez alguno de esos rostros celestes en los que se lee tanta paz,tanta dicha, y cuya expresión sobrenatural fascina? Pues algo así es.Daría cualquier cosa porque la vieses.

¡Una circunstancia encantadora! mis miradas se han encontrado porcasualidad con las suyas. Entonces, ¡si hubieses visto sus hermosos ojosinclinarse hacia el suelo, sus largas cejas fruncirse ligeramente, susmejillas colorearse con un tinte vivo y fugaz! El ángel se haruborizado; entonces no era más que una mortal, pero una mortaladorable ¡y adorada! iba a decir, ¡qué locura! He aquí lo que me hancontado. Es una pobre muchacha a la que sus padres han abandonado sinque se sepa la causa.