El Abate Constantín by Ludovic Halévy - HTML preview

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BIBLIOTECA DE «LA NACION»

LUDOVIC HALÉVY

EL ABATE CONSTANTIN

BUENOS AIRES

1909

 Capítulos:I, II,

III, IV, V, VI,

VII, VIII

Ludovic Halévy, hijo de León Halévy—literato y autor dramático—

sobrinodel célebre compositor Fromental Halévy, ambos del Instituto de Francia.Nació en París; estudió en el liceo Luis el Grande; entró a laadministración pública como redactor en la Secretaría del Ministerio deEstado (1852); fue nombrado jefe de sección del Ministerio de Argelia yde las Colonias (1858), puesto que desempeñó hasta 1861, pasandoentonces a ocupar el de secretario redactor del Cuerpo Legislativo. En1864 fue condecorado con la Legión de Honor. Y en 1868 se casó con laseñorita Luisa Bréguet. Hacia esta época abandonó la administración paradedicarse por completo a la literatura dramática, en la que ya habíaobtenido buenos triunfos.

Halévy principió por escribir libretos de operetas; fue el libretista deOffenbach. Después de haber dado a los Bufos Parisienses, con elseudónimo de Julio Servières, las operetas en un acto: Adelante,señores y señoras, prólogo de apertura, en colaboración con Méry; Lleno de agua; Madama Papillón; hizo representar otras obras con sunombre. Colaboró con León Battu, Héctor Cremieux y sobre todo conEnrique Meilhac.

«Dotado de un sentimiento exquisito de la calidad—dice Sarcey,—

hamantenido lo que hay de fanático y raro en el carácter de la imaginaciónde Meilhac. El trabajo en común ha producido obras que no han sidosuficientemente apreciadas.

»Se las ha tratado como a esas mujeres ligeras en cuya sociedad uno sedivierte mucho, pero que no se les estima; se les ha visto cientos deveces y se habla de ellas con desdén. Tales son: La bella Elena, Barba Azul, Los brigantes, La gran Duquesa, La vida parisiense, El castillo de Toto. Hay en estas parodias entretenidísimas de lavida ordinaria, mucha imaginación, alegría y buen sentido. Son sátirasen acción que resaltan sobre las simples bufonerías que ha producidoeste género en los últimos tiempos.»

He aquí las obras que ha escrito para el teatro: Bataclán (1855),opereta; El empresario (1856), opereta; Rosa y Rosita (1858),comedia; El marido sin saberlo (1860), opereta en colaboración con supadre y cuya música es del Duque de Morny; La canción de Fortunio; Elpuente de los suspiros; Orfeo en los infiernos (1861), operetas dadasen los Bufos, siendo la última de éstas su primer gran triunfo; Lasovejas de Panurgo (1862), en la que colaboró Meilhac, con quien no dejóde trabajar desde entonces; La llave de Metella (1862); Los molinosde viento (1862); El brasileño (1863); El tren de media noche(1864); Nemea, baile con representación (1864); La bella Helena(1865), parodia en tres actos de la Grecía antigua, representada en elteatro Variedades con éxito enorme; Barba Azul (1866), tres actos; Lavida parisiense (1866), cinco actos; La gran Duquesa de Gerolstein(1867), quizá es la pieza que haya alcanzado mayor fortuna; Lapericholle (1868), dos actos; Fanny Lear (1868), drama tremendodesarrollado en una ligera comedia de cinco actos; Frou-frou (1869),elegía parisiense en cinco actos; La diva (1869), tres actos; Losbrigantes (1869), tres actos; Tricoche y Cacolet (1871), comedia bufaen cinco actos; La señora espera al señor (1872); Velada (1872),comedia en tres actos; Dos mujeres o el cuarto condenado (1875),comedia en verso. Y en colaboración con V. Busnach: Manzanita, operetade Offenbach.

Con Meilhac ha producido: ¡Todo para las damas! (1868); El hombre conllave; Las campanillas (1872), piececita moderna que los grandesmaestros antiguos no hubieran desdeñado firmar; Toto en casa de tata(1873); El rey Candaule (1873); El verano de la San Martín (1873); La ingenua (1874); Media cuaresma (1874), todas piezas muy graciosasen un acto; La panadera a dos escudos (1875), ópera bufa en tresactos, música de Offenbach; La bola (1875), comedia en cuatro actos; Pasaje de Venus (1875); La viuda (1875), tres actos; Loulou(1876); El ramo (1876); El mono de Nicolás (1876), piezas en unacto; El príncipe (1876), en cuatro actos; La cigarra (1877), entres actos; Fandango (noviembre 26 de 1887), gran ópera, baile conrepresentación; El duquecito (1878), ópera cómica en tres actos; Elmarido de la debutante (1879), en cuatro actos; La casita (1879),Lolotte (1879); La pequeña señorita (1879),

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ópera cómica en tresactos; La madrecita (1880), tres actos; Janot (1881), ópera cómicaen tres actos; La Roussotte (1881), comedia en tres actos.

Además de sus producciones para el teatro, Halévy ha publicado Laseñora y el señor Cardinal (1872); La invasión, recuerdos ynarraciones, colección de artículos sobre la invasión prusiana, quevieron la luz pública en «Le Temps»; El sueño; El caballo deltrompa; El último capítulo (1873); Notas y recuerdos (1870-1872); Marcelo (1876); Las pequeñas Cardinal (1880); Un matrimonio poramor (1881); El abate Constantín (1882); Criquette (1883); Lafamilia Cardinal (1883); Princesa (1886); Tres centellas (1886); Karikari, Un vals, etc.

(1891), forman un volumen de preciosasnarraciones.

Aunque no haya escrito para el teatro sino en colaboración, y supersonalidad desaparezca en casi todas sus obras colectivas, Halévy hasabido desprenderla en sus novelas, obras individuales, como lo dicePailleron, concebidas en un sentimiento particular, expresadas en unaforma completamente moderna, selladas de parisianísmo; «en libros cortospara que los lea el parisiense; en su lengua de iniciados para que loscomprenda, con espíritu despreocupado aparentemente, burlón, alegre, ycon pretextos bastante hábiles para emocionar sin ser descubiertos.»

Ludovic Halévy fue elegido académico, y en la sesión pública del 4

defebrero de 1886, ocupó el sillón vacío por muerte del CondeD'Haussonville.

Del discurso pronunciado por Pailleron, director de laAcademia, sacamos el juicio sobre El Abate Constantín:

«...De este género fino hasta refinado, de esta literatura elegante ydiscreta, vuestro volumen Dos matrimonios es quizá el tipo másacabado, ejemplar más simpático, pero el tiempo me ha sido contado paraque pueda detenerme.

Prefiero ir directa, francamente, a aquellas obrasque señalan las fechas de vuestros más grandes triunfos: El AbateConstantín, La invasión, y desde luego, y sobre todo... miro si labóveda de esta cúpula austera va a desplomarse en mi cabeza... sobretodo El señor y la señora Cardinal.

»Pero habéis hecho obra de varón, señor, en otro de vuestros libros;habéis rehabilitado la virtud. Habéis emprendido la tarea de hacerlaamar por ella y para ella. Ahí hay audacia, algunos la llaman habilidadporque habéis triunfado; pero ¿quién hubiese sido bastante hábil paraprever, en los tiempos que corren, el éxito de semejante tentativa?Nadie... ni aun vos mismo.

»Porque al fin, por triste que sea es necesario confesarlo, por pocoacadémico que sea, es preciso decirlo: la virtud no figura ya en elmovimiento moderno.

»¡Pobre virtud! los vulgares la ridiculizan, los fisiólogos la niegan,la gente alegre la encuentra fastidiosa, y las personas prácticas laconsideran inútil.

Nuestros autores dramáticos, que desde tiempoinmemorial la recompensaban en el último acto, decididamente le hansuprimido las migajas del desenlace clásico y remunerador. Nuestrospoetas lanzan contra ella imprecaciones que no tienen de original sinola grosería. En cuanto a nuestras novelas, sabéis hasta dónde brilla porsu ausencia la virtud, cuando en ellas no es maltratada. Para verlarespetada hay que abrir la Biblioteca Rosa; para verla respetada, esnecesario venir a la Academia... ¡una vez por año! ¡Pobre virtud!

»¡Escuchad!

¿queréis

saber

dónde

está

literariamente?

Algunas

vecesespigamos fuera de los jardines académicos, bien puedo contaros estahistoria:

»Conozco a una señora joven que está al día, ya lo creo, muy al día, yque es muy golosa de las producciones intelectuales, por más que esmundana, y aunque virtuosa, adora la literatura que no lo es. Y no sólola adora sino que la defiende, la propaga, la proclama eminentementebuena y útil, y esto con un entusiasmo, con una pasión, peor aún, con ungusto que ha concluido por inspirarme ciertos temores por ella y aunhasta dudas sobre ella... ¡si tengo razón, juzgadlo!

»Un día—el de su santo—voy a saludarla y la encuentro sola, leyendo.Apenas me ve, oculta el libro con presteza y emprende una conversaciónrápida, con la evidente intención de desviarme. Visiblemente emocionaday hasta confusa, la mirada baja, distraída, preocupada; acababa de sersorprendida en una lectura que la turbaba notablemente; era claro.

¿Quépodía leer que la inmutara a tal extremo después de todo lo que habíaleído, y que no quería confesar después de todo lo que había confesado?Mis dudas se convirtieron en sospechas. En ese momento, el sirvienteanunció la visita de una señora, y como nuestra amiga se levantara arecibirla, pude ver el libro sospechado; leí el título... ¡Ah! señor,¿sabéis lo que leía esta honesta mujer, lo que leía así, a escondidas ycon el rubor en la frente?... era El Abate Constantín.

»¡Ahí está la virtud! Porque en cuanto a virtuoso, lo es vuestroromance, lo es absolutamente, con cinismo. Es la única crítica que se leha hecho. Allí, no podrían satirizar el encanto, el talento, el éxito.¡Pero demasiadas ovejitas, no bastantes lobos! ¡demasiada honestidad!¡demasiadas virtudes! ¡muchas flores, señor! Esa buena americana quetiene un buen marido y una buena hermana enamorada de un buen oficial,sobrino de un buen cura, toda esta buena novela que de buenas en buenasacciones, concluye por un buen matrimonio... ¡no está en la verdad ni enla naturaleza! He ahí lo que se le reprocha y es precisamente lo que nosencanta, a mí y a vuestros millares de lectores; he ahí lo que nosacomoda, nos alivia, nos templa y, sobre todo, nos cambia. Cuando sevive en una atmósfera irrespirable y malsana y se nos alcanza un frascode esencias, no nos quejamos si sentimos demasiado bien, se le respira yse renace. El público que se asfixiaba os debe esta fresca ráfaga deaire puro y vos veis cómo os lo ha agradecido.»

El Abate Constantín gozó desde su aparición de una boga inmensa, hoyva por la 174ª edición. En el mismo año que apareció, se publicó enla Biblioteca Popular de Buenos Aires, dirigida por el Dr. MiguelNavarro Viola, la traducción que ahora reproducimos.

En 1887 esta novela fue arreglada para el teatro por el mismo autor.

EL ABATE CONSTANTIN

I

Con paso firme y ligero aún, caminaba un anciano sacerdote por la víacubierta de polvo, bajo los rayos del sol de mediodía. Más de treintaaños habían transcurrido desde que el abate Constantín era cura de lapequeña aldea que dormía, allá en la llanura, a orillas de un débilcurso de agua llamado el Lizotte.

Un cuarto de hora hacía que el abate costeaba el muro del castillo deLongueval, cuando llegó a la puerta de entrada, que se apoyaba alta ymaciza sobre dos enormes pilares de viejas piedras ennegrecidas y roídaspor el tiempo.

El cura se detuvo y miró con tristeza los grandes avisosazules pegados a los pilares.

Los avisos anunciaban que el miércoles 18 de mayo de 1881, a la 1 p.

m.tendría lugar, en la sala de audiencia del Tribunal civil de Souvigny,la venta del dominio de Longueval, dividido en cuatro lotes: 1.º El castillo de Longueval y sus dependencias, lindos estanques,vastos canales, parque de ciento cincuenta hectáreas, todo cercado depared y atravesado por el río Lizotte. Base para la venta: seiscientosmil francos.

2.º La granja de Blanche-Couronne, trescientas hectáreas. Base:quinientos mil francos.

3.º La granja de la Rozeraie, doscientas cincuenta hectáreas.

Base:cuatrocientos mil francos.

4.º Los plantíos y los bosques de la Mionne, cuatrocientas cincuentahectáreas. Base para la venta: quinientos cincuenta mil francos.

Y estas cuatro cifras adicionadas al pie del aviso, daban la respetablesuma de dos millones cincuenta mil francos.

Así, pues, iba a dividirse la magnífica propiedad que desde dos siglosatrás siempre había escapado a la división, pasando intacta de padres ahijos, en la familia de Longueval. El aviso anunciaba también quedespués de la venta provisional de los cuatro lotes, habría derecho areunirlos para rematar toda la propiedad entera; pero era demasiadogrande, y según todas las apariencias, no se presentaría ningúncomprador.

La Marquesa de Longueval había muerto seis meses antes. En 1873, perdióa su hijo único, Roberto de Longueval; los herederos eran los tresnietos de la Marquesa: Pedro, Elena y Camila. Tuvieron que sacar aremate la propiedad, porque Elena y Camila eran menores. Pedro, jovende veintitrés años de edad, había hecho mil locuras, estabasemiarruinado y no podía pensar en rescatar a Longueval.

Eran las doce del día. Dentro de una hora el castillo de Longuevaltendría un nuevo dueño. Y ese dueño, ¿quién sería?

¿Qué mujer ocuparía, en el gran salón cubierto de tapices antiguos,junto a la chimenea, el lugar de la Marquesa, la vieja amiga del pobrecura de la aldea?

Ella fue quien reconstruyó la iglesia, ella quienmantenía la botica del presbiterio a cargo de Paulina, la sirvienta delcura, ella quien, dos veces por semana venía en su gran landó, cubiertode vestiditos de niños y gruesas enaguas de lana, a buscar el abateConstantín para salir a caza de pobres, como ella decía.

El anciano sacerdote continuó su camino pensando en todo esto. Además,los más grandes santos tienen sus pequeñas debilidades, pensaba tambiénen sus buenos hábitos de treinta años bruscamente interrumpidos. Todoslos jueves y domingos comía en el castillo. Cómo lo mimaban, loobsequiaban, lo traían en palmas... La pequeña Camila, tenía ocho años,venía a sentarse sobre sus rodillas y le decía:

—Mirad, señor cura, en vuestra iglesia es donde quiero casarme, y mimamá llenará toda, toda la iglesia de flores... más que para el mes deMaría. Será como un gran jardín, todo blanco, blanco, blanco.

¡El mes de María!... En ese momento era el mes de María. Antes el altardesaparecía bajo las flores traídas de los invernáculos del castillo, yeste año sólo se veían algunos ramos de lirios y lilas blancas, enfloreros de porcelana dorada. Antes, todos los domingos, en la misamayor, y todas las tardes, durante el mes de María, la señorita Hebert,la lectora de madama de Longueval, tocaba el pequeño armonium regaladopor la Marquesa. Hoy el pobre armonium no acompañaba ya la voz de loschantres, ni los cánticos de los niños. La señorita Marbeau, ladirectora de correos, era algo música, y con mucho gusto habría ocupadoel lugar de la señorita Hebert, pero no se atrevía, temía que laanotaran como clerical y verse denunciada por el alcalde, que eralibrepensador. Eso habría obstado quizá a su ascenso.

La pared del parque había terminado; de ese parque, cuyos rincones todoseran familiares al anciano cura. El camino seguía ahora las orillas delLizotte, y del otro lado del pequeño río, se extendían las praderas delas dos granjas; después, más allá, elevábanse los altos bosques de laMionne.

¡Dividida!... ¡la propiedad iba a ser dividida! Tal pensamientodesgarraba el corazón del pobre sacerdote. Para él, todo ésto, hacíatreinta años que era un conjunto, formaba un solo cuerpo. También erancasi su propiedad, sus bienes aquellos dominios. Se sentía en su casaen las tierras de Longueval. Más de una vez le había sucedido detenersecon placer ante aquel inmenso trigal, arrancar una espiga, desgranarla,y decirse:

—¡Vamos! los granos son buenos, firmes y bien formados; este añotendremos una excelente cosecha.

Y alegremente continuaba su camino a través de sus campos, susplantaciones y sus praderas. En una palabra, por todas las cosas de suvida, por todos sus hábitos y sus recuerdos, quería esa propiedad, cuyaúltima hora había llegado.

El abate divisaba a lo lejos la granja de Blanche-Couronne; sus techosde teja francesa se destacaban sobre el verde del bosque. Allí tambiénel cura se encontraba como en su casa. Bernardo, el quintero de laMarquesa, era su amigo, y cuando el anciano sacerdote se había demoradoen sus visitas a los pobres y enfermos, cuando el sol tocaba a su ocasoy el abate sentíase fatigado y con apetito, deteníase, comía en casa deBernardo un buen plato de tocino con papas, vaciaba su jarro de sidra, yluego, concluida la cena, Bernardo enganchaba su viejo cabriolet paraconducir al cura hasta Longueval. Durante todo el camino los doscharlaban y se contradecían. El cura reprochaba a Bernardo que no fueraa misa, y éste respondía:

—Mi mujer y mis hijas van por mí... Bien sabéis, señor cura, que asísomos nosotros. Las mujeres tienen religión por los hombres. Ellas nosharán abrir la puerta del Paraíso.—Y maliciosamente añadía, dando unsuave latigazo a la vieja yegua:—¡Si lo hay!

—¡Cómo! ¿si lo hay? Pero ¡verdaderamente lo hay!

—Entonces vos entraréis allí, señor cura. Decís que esto no esseguro... y yo os digo que sí. ¡Vos estaréis allí! en la puerta espiandoa vuestros parroquianos y seguiréis ocupándoos de nuestros asuntos. Yle diréis a San Pedro... ¿es San Pedro quien tiene las llaves delParaíso, no es así?

—Sí, es San Pedro.

—Pues bien, le diréis a San Pedro, si quiere, si quiere cerrarme laspuertas en las narices, so pretexto de que yo no iba a misa, le diréis:«¡Bah! no importa, dejadlo pasar... es Bernardo, uno de losarrendatarios de la señora Marquesa, muy buena persona. Pertenecía alconcejo municipal, y votó por que conservaran a las hermanas que queríanechar de la escuela.» Esto conmoverá a San Pedro, que responderá:«Bueno, entonces, pasad, Bernardo, pero tened entendido que es por darlegusto al señor cura.» Porque allá arriba todavía seréis cura, y cura deLongueval. Sería demasiado triste el Paraíso para vos si no fuerais curade Longueval.

Cura de Longueval, sí, toda su vida no había sido otra cosa, nunca habíasoñado ni querido más que eso. Tres o cuatro veces le propusierongrandes curatos de cantón, con buena renta y uno o dos tenientes.Siempre había rehusado. El adoraba su pequeña iglesia, su pequeña aldea,su microscópico presbiterio. Allí estaba solo, tranquilo, hacía todo élmismo; siempre por las calles y caminos, bajo el sol y la lluvia, elviento y la nieve. Su cuerpo se había endurecido al cansancio, pero sualma permanecía tierna y cariñosa.

Vivía en su presbiterio, una gran casa de campo, separada de la iglesiasólo por el cementerio. Cuando el cura subía la escalera para podar susperales y sus parras, por encima de la pared divisaba las tumbas sobrelas que había dicho las últimas oraciones y echado las primeras paladasde tierra.

Entonces, continuando su trabajo de jardinero, decía mentalmente unacorta plegaria por la salvación de aquellos de sus muertos que más loinquietaban, y que podían estar detenidos en el purgatorio. Poseía unafe cándida y tranquila.

Pero entre aquellas tumbas existía una que con más frecuencia que lasotras recibía sus visitas y sus oraciones. Era la tumba de su viejoamigo, el doctor Reynaud, muerto en sus brazos en 1871, y ¡en quécircunstancias! El doctor era como Bernardo, nunca iba a misa, y jamásse confesaba; ¡pero era tan bueno, tan caritativo, tan compasivo con losque sufrían!...

Esta era la gran preocupación, la grande inquietud del cura. Su amigoReynaud, ¿dónde estaría? Luego recordaba la noble vida del médico dealdea, toda de valor y abnegación; recordaba su muerte, sobre todo sumuerte, y se decía:

—¡En el Paraíso; no puede estar sino en el Paraíso! El buen Dios quizálo haya hecho pasar un momento por el purgatorio... por forma... pero hadebido sacarlo de allí al cabo de cinco minutos.

Todo esto pasaba por la imaginación del anciano sacerdote, mientrascontinuaba su camino hacia Souvigny. Se iba a la ciudad, a casa delabogado de la Marquesa, para conocer el resultado de la venta, parasaber quiénes eran los nuevos propietarios de Longueval; quedábaletodavía un kilómetro que correr antes de llegar a las primeras casas deSouvigny; pasaba por el parque de Lavardens, cuando oyó sobre su cabezavoces que lo llamaban.

—¡Señor cura, señor cura!

En este sitio la larga calle de tilos que costeaba el muro, formaba unterrado.

Levantando la cabeza, el abate vio a la señora de Lavardens consu hijo Pablo.

—¿Dónde vais, señor cura?—preguntó la Condesa.

—A Souvigny, al Tribunal, para saber...

—Quedaos con nosotros. M. de Larnac vendrá después de la venta a darnoscuenta del resultado.

El abate Constantín subió al terrado.

Gertrudis de Lannilis, condesa de Lavardens, había sido una mujer muydesgraciada. A los dieciocho años hizo una locura, la única de su vida,pero irreparable: casose, por amor, en un arranque de entusiasmo yexaltación, con M. de Lavardens, uno de los hombres más seductores yespirituales de aquel tiempo. El no la amaba y se casaba sólo pornecesidad: había devorado hasta el último céntimo de su patrimonio, yhacía dos o tres años que se sostenía en el mundo a fuerza de intrigas,acribillado de deudas. Gertrudis Lannilis sabía todo esto y no se hacíaal respecto ninguna ilusión; pero pensaba: «Lo amaré tanto, queconcluirá por amarme.»

De ahí nacieron todas sus desdichas. Su existencia habría sidotolerable, si no hubiera amado tanto a su marido; pero lo amabademasiado, y sólo consiguió fatigarlo con sus halagos y cariños. Elcontinuó su vida antigua, que por cierto era bastante desordenada. Asípasaron quince años de eterno martirio, soportado por madama deLavardens con toda la apariencia de una apacible resignación;resignación que no existía en su corazón. Nada pudo distraerla, nicurarla de este amor que la consumía.

El señor de Lavardens murió en 1869, dejando un hijo de catorce años, enel cual despuntaban ya todos los defectos y calidades de su padre. Sinestar seriamente

comprometida,

la

fortuna

de

madama

de

Lavardens

habíadisminuido considerablemente. Con tal motivo, la Condesa vendió su casade París, y se retiró al campo, donde vivió con mucho orden y economía,consagrándose por completo a la educación de su hijo.

Aquí también le esperaban nuevas penas y tristezas. Pablo de Lavardensera inteligente, amable y bueno, pero absolutamente rebelde a todaobligación y a todo trabajo. Desesperó en poco tiempo a los tres ocuatro profesores que en vano se esforzaron por hacerle entrar algoserio en la cabeza; presentose en Saint-Cyr, donde no fue admitido, ycomenzó por malgastar en París, lo más rápida y locamente del mundo, doso trescientos mil francos.

Hecho esto, enrolose en el primer regimiento de cazadores de Africa;tuvo la suerte

desde

el

principio

de

formar

parte

de

una

pequeña

columnaexpedicionaria en el desierto de Sahara, condújose valerosamente, obtuvocon mucha rapidez algunos grados, y al cabo de tres años iba a sernombrado subteniente, cuando se enamoró de una joven que representaba La fille de madame Angot, en el teatro de Argel.

Pablo, que había concluido su compromiso en el regimiento, dejó elservicio y volvió a París con su joven cantora de opereta... luego fueuna bailarina...

después una cómica... más tarde una amazona del circo.Ensayaba todos los tipos. Así vivía con la brillante y miserable vidade los desocupados. Pero sólo permanecía en París tres o cuatro mesesdel año, pues su madre le pasaba una pensión de treinta mil francos, yle había asegurado que nunca, mientras ella viviera, obtendría un realmás antes de su casamiento.

La conocía y sabía que debía tomar sus palabras a lo serio.

De manera que, como quería hacer buena figura, y llevar vida alegre enParís, gastaba sus treinta mil francos entre los meses de marzo a mayo,y luego volvía dócilmente a someterse a la vida tranquila de Lavardens:cazaba, pescaba y montaba a caballo con los oficiales del regimiento deartillería que estaba de guarnición en Souvigny. Las modistas y lasgrisetas de provincia reemplazaban, sin hacérselas olvidar, a lascantoras y cómicas de París. Buscando un poco se encuentran aún grisetasen las provincias, y Pablo buscaba mucho.

Apenas estuvo el cura en presencia de la señora de Lavardens, díjoleésta:

—Yo puedo, sin esperar la llegada de M. de Larnac, deciros los nombresde los compradores de Longueval. Estoy enteramente tranquila y no pongoen duda el éxito de nuestra combinación.

Para no hacernos tontamente la guerra, nos hemos puesto de acuerdo, mivecino M. de Larnac, M. Gallard, un fuerte banquero de París, y yo. M.de Larnac se quedará con la Mionne; M. Gallard con el castillo yBlanche-Couronne; y yo con la Rozeraie. Os conozco, señor cura, debéisestar inquieto por vuestros pobres, pero tranquilizaos; estos Gallardson muy ricos y os darán mucho dinero.

En aquel momento apareció a lo lejos un carruaje envuelto en una nube depolvo.

—Ahí viene M. de Larnac; conozco sus poneys.

Los tres, muy apurados, descendieron del terrado, corrieron al castilloy llegaron en el momento en que el carruaje se detenía ante el portón.

—Y bien, ¿qué hay?—preguntó madama de Lavardens.

—¡Qué hay!—respondió M. de Larnac,—que no tenemos nada.

—¿Cómo

nada?—interrogó

la

Marquesa

bastante

pálida

y

visiblementeconmovida.

—Nada, nada, absolutamente nada, ni unos ni otros.

M. de Larnac saltó del coche para referir lo que había pasado en laaudiencia del Tribunal de Souvigny.

—Al principio—dijo,—todo salió a pedir de boca. El castillo se leadjudicó a M. Gallard, en seiscientos mil cincuenta francos. No aparecióun solo competidor, de manera que le bastó un aumento de cincuentafrancos. En cambio una pequeña batalla por Blanche-Couronne. Las ofertasllegan de quinientos hasta quinientos veinte mil francos, y vencetambién M. Gallard.

Nueva batalla y más encarnizada por la Rozeraie;por fin salís victoriosa vos, señora, por cuatrocientos cincuenta ycinco mil francos... y yo me quedo con el bosque de la Mionne con sóloun aumento de cien francos sobre la tasación.

Todo parecía terminado,los asistentes estaban ya de pie, rodeando a nuestros abogados parasaber el nombre de los compradores. Pero M. Brazier, el juez encargadode la venta, reclama de nuevo silencio, y el ujier pone en venta loscuatro lotes reunidos por dos millones ciento cincuenta o sesenta milfrancos, no recuerdo bien. Un murmullo irónico circuló por el auditorio.Por todos lados se oía decir: Nadie, ¡bah, no habrá nadie! Pero el señorGibert, el abogado que se había sentado en primera fila, y que hastaentonces no había dado señales de vida, levantose tranquilamente y dijo:«Tengo comprador para los cuatro lotes juntos en dos millones doscientosmil francos.» ¡Esto fue como un rayo! Un inmenso clamor seguido de ungran silencio. La sala estaba llena de agricultores de las cercanías, aquienes tanto dinero por pedazos de tierra los sumergía en una especiede respetuoso estupor. Sin embargo, M. Gallard se inclina haciaSandrier, el abogado que hacía la oferta para él. Trábase una luchaentre Gibert y Sandrier. Llegan hasta dos millones quinientos milfrancos. Breve momento de vacilación en Gallard. Decídese y continúahasta tres millones. Ahí se detiene, y se le adjudica la propiedad a M.Gibert. Arrójanse todos sobre él, lo rodean, lo abruman... «¡El nombre,el nombre del comprador!»—Es una americana—responde Gibert,—madamaScott.

—¡Madama Scott!—exclama Pablo.

—¿La conoces tú?—pregunta madame de Lavardens.

—¡Si la conozco, si la... no, absolutamente! Pero he estado en un baileen su casa, hará como seis semanas.

—¡En un baile en su casa... y no la conoces! ¿Qué clase de mujer esentonces?

—¡Encantadora, deliciosa, ideal, una maravilla!

—¿Y existe un señor Scott?

—Seguramente; un hombre alto y rubio que estaba en el baile. Allí me lomostraron. Un hombre que saludaba al acaso, a derecha e izquierda, y nose divertía nada, os lo aseguro. Nos miraba a todos, y parecía decirse:«¿Qué significa tanta gente? ¿Qué viene a hacer en mi casa?» Nosotrosíbamos a ver a la señora Scott y a la señorita Percival, su hermana. ¡Yos garantizo que valía la pena!

—¿Y vos conocéis a estos Scott?—preguntó la Condesa, dirigiéndose a M.Larnac.

—Sí, señora, los conozco. M. Scott es un americano colosalmente rico,que vino a instalarse en París el año pasado. Desde que se pronunció sunombre, comprendí que la victoria debía ser decisiva. Gallard estabavencido de antemano. Los Scott comenzaron por comprar en París una casade dos millones de francos, cerca del parque Monceau.

—Sí, calle de Murillo, donde dieron el baile; era...

—Deja hablar a M. de Larnac. Después nos contarás la historia de tubaile en casa de madama Scott.

—Apenas se instalaron mis americanos en París, comenzó una lluvia deoro.

Verdaderos par-venus que se divertían en arrojar locamente eldinero por la ventana. Esta inmensa fortuna la poseen recientemente;cuentan que hace diez años, madama Scott mendigaba por las calles deNew-York.

—¡Mendigaba!

—Así dicen, señora. Luego se casó con este Scott, hijo de un banquerode New-York. Y de repente, un pleito ganado, les puso entre las manos,no millones, sino decenas de millones. Poseen en alguna parte, enAmérica creo, una mina de plata; pero una mina seria, verdadera, unamina de plata... en la cual hay plata. ¡Ah, ya veréis qué lujoestallará en Longueval!... Todos parecemos pobres en la ciudad. Segúndicen, ellos pueden gastar cien mil francos por día.

—¡Y esos son nuestros vecinos!—exclamó madama de Lavardens.—

¡Unaaventurera! Y no es nada eso todavía... ¡una hereje, señor abate, unaprotestante!

¡Una

hereje,

una

protestante!

¡pobre

cura!

en

eso

estaba

pensandoprecisamente desde que oyó decir: «Una americana, madama Scott.»

¡Lanueva castellana no iría a misa! ¡Qué le importaba que hubiera sidomendiga! ¡Qué le importaban sus millones de millones, ella no eracatólica!

Ya no bautizaría él a los niños nacidos en Longueval, y lacapilla del castillo, donde tantas veces había dicho misa, se veríatransformada en oratorio protestante, y oiría la palabra glacial dealgún pastor calvinista o luterano.

En medio de toda esta gente consternada, desolada, sólo Pablo parecíaestar radiante.

—En todo caso, una preciosa hereje—dijo,—y hasta podría deciros,

¡dosdivinas herejes! Son dignas de verse las dos hermanas a caballo, en elBosque, con dos pequeños grooms, de este alto, por detrás.

—Vamos, Pablo, cuéntanos ahora, lo que sepas... ese baile de quehablabas...

¿Cómo fuiste a casa de las americanas?

—¡Por una gran casualidad! Mi tía Valentina se quedaba en su casaaquella noche. Yo llegué como a las diez... y os aseguro que losmiércoles de mi tía Valentina no sobresalían por su loca alegría. Hacíaveinte minutos que me aburría, cuando vi a Rogerio de Puymartin que seesquivaba con mucho disimulo. Lo alcanzo en el vestíbulo y le digo:«Espera, te acompañaré a tu casa.—¡Oh! no voy a casa.—¿Y dónde vas?—Aun baile.—¿En casa de quién?—En casa de Scott, ¿quieres venirconmigo?—Pero si no estoy invitado.—¡Ni yo tampoco!—¿Cómo, tútampoco?—Voy en busca de uno de mis amigos.—¿Y conoce a los Scott, tuamigo?—Apenas; pero lo bastante para presentarnos a los dos. Ven, pues,y verás a madama Scott.—¡Bah! ya la he visto a caballo en el Bosque.—Acaballo no va escotada; tú no has visto sus hombros, y eso es lo quetiene que ver... No hay nada mejor en París, por el momento.»—Y así medecidí a ir al baile... y vi los cabellos rubios de madama Scott, yadmiré los blancos hombros de madama Scott... y espero que los volveré aver cuando den bailes en Longueval.

—¡Pablo!—dijo la Condesa, señalando al cura.

—¡Oh! dispensad, señor cura, os pido mil perdones... He dicho acasoalgo...

No, me parece que no...

El pobre sacerdote no lo había oído. Su pensamiento estaba fuera deallí. Ya por las calles de la aldea veía al pastor del castillodetenerse ante cada casa, y deslizar por debajo de las puertas suspequeños panfletos evangélicos.

Continuando su historia, Pablo hizo una entusiasta descripción delpalacio, que era una maravilla...

—De mal gusto y de lujo chillón—interrumpió madama de Lavardens.

—¡Nada de eso, mamá, absolutamente!... Nada chillón, ni chocante.Muebles admirables, dispuestos con suma gracia y originalidad. Uninvernáculo incomparable, inundado de luz eléctrica; la mesa instaladaen el invernáculo, bajo un parral cargado de racimos... en el mes deabril, y se podían sacar cuantos quisierais! Sólo los accesorios delcotillón parece que habían costado cuarenta mil francos. Alhajas,bomboneras, y mil adornos deliciosos... que rogaban a la concurrencia selos llevara. Yo no tomé nada; pero muchos otros no tenían tantoescrúpulo... Esa noche Puymartin me contó la historia de madama Scott;pero no como la refirió M. de Larnac. Rogerio me dijo que madama Scotthabía sido robada por unos saltimbanquis cuando era niña, y que su padrela había encontrado haciendo piruetas en un circo ambulante, saltandopor sobre gallardetes y atravesando aros de papel.

—¡Una saltimbanqui!—exclamó la madre de Pablo,—¡yo prefería lamendiga!

—Y mientras Rogerio me contaba esta historia del Petit Journal, yoveía venir desde el fondo de una galería a la amazona del circo,envuelta en un maravilloso conjunto de raso y encajes, y admiraba sushombros, su deslumbradora garganta sobre la cual se mecía un collar debrillantes, grandes como tapones de botella. Se decía que el ministro deHacienda había vendido secretamente a madama Scott la mitad de losbrillantes de la corona, y esta era la razón por la cual el mes anteriorhabía tenido un sobrante de quince millones en su presupuesto. Agrega atodo esto que tiene un aire muy de señora, la antigua saltimbanqui, yque se encuentra lo más bien en medio de tantos esplendores.

Pablo estaba tan entusiasmado, que su madre lo detuvo. Delante de M.

deLarnac,

que

estaba

bastante

disgustado,

dejaba

estallar

con

demasiadacandidez la satisfacción de tener por vecina a la maravillosa americana.

El abate Constantín se preparaba a tomar el camino de Longueval; peroPablo al verlo pronto a partir, exclamó:

—¡Oh! no, señor cura, no haréis a pie por segunda vez, con semejantecalor, la travesía hasta Longueval; permitidme que os lleve en carruaje.Siento mucho veros tan triste, y procuraré distraeros. ¡Oh, por mássanto que seáis, algunas veces os hago reír con mis locuras!

Media hora después, los dos iban en dirección a la aldea. Pablo hablaba,hablaba, hablaba!

Su madre no estaba allí para calmarlo y moderarlo, de manera que sualegría se desbordaba.

—Mirad, señor cura, hacéis muy mal en tomar las cosas por su ladotrágico...

¡Ved cómo trota mi yegua! ¡cómo levanta las patas! Vos no laconocíais.

¿Sabéis cuánto he pagado por ella? Cuatrocientos francos. Ladescubrí como hace quince días en las varas de un carro. Una vez quetoma bien el trote, es capaz de andar cuatro leguas por hora, y siempreos lleva las riendas tirantes, no afloja. ¡Mirad, mirad cómo tira, cómotira!... ¡Vamos despacio, despacio!... No estamos de prisa, ¿no esverdad, señor cura? ¿Queréis entrar en el bosque?

Siempre os sentarábien el aire del bosque... Si supierais, señor cura, cuánto os quiero...y os respeto... ¿No habré dicho demasiados disparates hoy, delante devos? Porque sentiría tanto...

—No, hijo mío, no he oído nada.

—Entonces tomaremos el camino de los estudiantes.

Después de haber doblado a la izquierda por el bosque, Pablo volvió a suprimera frase:

—Os decía, pues, señor cura, que hacíais mal en tomar así las cosas porsu lado trágico. ¿Queréis que os comunique lo que pienso? Es una granfelicidad lo que acaba de suceder.

—¿Una gran felicidad?

—Sí, y muy grande... Prefiero los Scott a los Gallard en Longueval.

Nohabéis oído hace un momento a M. de Larnac que se atrevía a reprocharlesque gastaban locamente su dinero? Nunca es una locura gastar el dinero.La locura es guardarlo. Vuestros pobres, pues estoy seguro que es lo quemás os da que pensar, han tenido hoy buena suerte. Esa es mi opinión.¿La religión? sí, la religión... ¡Ellos no irán a misa! eso os causapena; es natural; pero en cambio os enviarán dinero, mucho dinero... yvos lo tomaréis y haréis bien. Ya veis como no protestáis. Va a caeruna lluvia de oro sobre toda la comarca... ¡Un movimiento! ¡un barullo!carruajes de cuatro caballos, postillones empolvados, rally-papers,paseos, bailes, fuegos artificiales... Y

aquí en el bosque, en estemismo camino que llevamos, encontraré quizá a París dentro de poco. Yveré a las dos amazonas con los dos pequeños grooms de que hablaba nohace mucho. ¡Si vierais qué elegantes son las dos hermanas a caballo!Una mañana, detrás de ellas, di toda la vuelta al Bosque de Boulogne, enParís. Todavía me parece que las veo: llevaban sombreros altos, grises,con velitos cortos muy ajustados al rostro, y dos largos vestidos deamazonas, sin costura, con una sola abertura que seguía la línea de laespalda... ¡y es preciso que una mujer sea verdaderamente bien formadapara llevar vestidos así!

Porque, mirad, señor cura, con los trajes deamazonas sin costura no hay engaño posible...

Hacía rato que el cura no prestaba la menor atención al discurso dePablo. El carruaje había entrado en una calle bastante larga yperfectamente recta. Al fin de esta calle el cura veía venir a uncaballero a galope.

—Mirad—dijo el cura a Pablo,—mirad vos que tenéis mejores ojos queyo;

¿no es Juan el que viene allá?

—Sí, pues, es Juan, reconozco su yegua mora.

Pablo tenía mucha afición a los caballos; siempre, antes de mirar alcaballero, miraba al caballo. En efecto, era Juan, que, al divisar delejos al cura y a Pablo, agitó en el aire su quepis, que llevaba dosgalones de oro. Juan era teniente del regimiento de artillería deguarnición en Souvigny.

Algunos momentos después se detenía junto al carruaje, y dirigiéndose alcura, le dijo:

—Vengo de vuestra casa, mi padrino. Paulina me dijo que habíais ido aSouvigny por la venta... Y... ¿quién compró el castillo?

—Una americana, madama Scott.

—¿Y Blanche-Couronne?

—La misma madama Scott.

—¿Y la Rozeraie?

—También madama Scott.

—Y el bosque... ¿todavía madama Scott?

—Tú lo has dicho—replicó Pablo...—Y yo la conozco a madama Scott...

yvamos a divertirnos en Longueval y te presentaré... Pero todo esto causapena al señor cura... porque es una americana, una protestante.

—¡Ah! es verdad, mi pobre padrino... En fin, de eso hablaremos mañana,que iré a comer con vos: ya se lo previne a Paulina. Ahora no puedodetenerme, estoy de semana, y a las tres debo hallarme en el cuartel.

—¿Para la revista?—preguntó Pablo.

—Sí, para la revista. ¡Hasta la vista, Pablo!... ¡Hasta mañana,padrino!

El teniente de artillería continuó su galope, Pablo soltó las riendas asu yegua.

—¡Qué buen muchacho es este Juan!—dijo Pablo.

—¡Oh! sí.

—¡No hay en el mundo nada mejor que Juan!

—No, nada mejor.

El cura se volvió para mirar a Juan que se perdía ya en la espesura delbosque.

—Sí, señor, hay algo, y sois vos, señor cura.

—No, yo no.

—¡Pues bien! ¿queréis que os lo diga, señor? no hay en el mundo nadamejor que vosotros dos, Juan y vos. ¡Esa es la pura verdad!... ¡Ah! vedqué lindo terreno para trotar! Voy a dejar correr a Niniche... ¿Sabéisque la llamo Niniche?

Con la punta del látigo, Pablo acarició en flanco de Niniche, quecomenzó a trotar con un trote infernal.

—¡Mirad cómo levanta las patas, señor cura, mirad cómo levanta laspatas!

¡con tanta regularidad!... Parece una verdadera máquina...Inclinaos para ver.

El cura, por dar gusto a Pablo, se asomó a ver cómo levantaba las patasNiniche... mientras seguía pensando en otra cosa.

II

Llamábase este teniente de artillería Juan Reynaud, y era hijo único delmédico de aldea que descansaba en el cementerio de Longueval. Cuando en1846, el abate Constantín vino a tomar posesión de su pequeño curato, undoctor Reynaud, el abuelo de Juan, hallábase instalado en una risueñacasita, sobre el camino de Souvigny, entre los dos castillos deLongueval y de Lavardens.

Marcelo, el hijo de este doctor, terminaba en París sus cursos demedicina.

Era muy estudioso y poseía un espíritu muy distinguido. Fue elprimero en el concurso de agregación, y estaba resuelto a permanecer enParís, para tentar fortuna; todo le prometía la más feliz y brillantecarrera, cuando recibió en 1852

la noticia de la muerte de su padre,ocasionada por un ataque de apoplejía.

Marcelo corrió a Longueval con elcorazón desgarrado: adoraba a su padre.

Pasó un mes al lado de su madre,y al cabo de ese tiempo, le manifestó la necesidad de volver a París.

—Es verdad—le dijo ella,—es preciso que te vayas.

—¡Cómo! ¿que me vaya?... Que nos vayamos los dos. ¿Crees, acaso, que tedejaré aquí sola? Te llevo conmigo.

—¡Ir a vivir a París yo!... ¡Abandonar la tierra en que nací, dondevivió y murió tu padre! ¡No, nunca lo haré, hijo mío, jamás! Vete solo,porque tu vida y tu porvenir te llaman allá. Te conozco y sé que no meolvidarás, que vendrás a verme siempre, siempre.

—No, madre mía—respondió él,—me quedaré.

Quedose... Sus esperanzas, sus ambiciones, todo desapareció en unminuto.

Sólo vio una cosa: el deber, que consistía en no abandonar a sumadre anciana y enferma. En este deber aceptado y cumplido con toda sunaturalidad, halló su felicidad. Por lo demás, siempre en elcumplimiento del deber, es donde se encuentra la felicidad.

Marcelo se plegó de buena voluntad y con gusto a su nueva existencia;continuando la vida de su padre, siguiendo su camino desde el mismolugar en que él lo dejara. Entregose completamente, sin pesar, conplacer más bien, a la obscura profesión de médico de aldea. Su padre lehabía dejado un poco de dinero, algunas tierras, y él vivíamodestamente, consagrando la mitad de su existencia a los pobres, dequienes jamás recibió un sueldo. Este era su único lujo.

Una joven sin fortuna se encontró en su camino, preciosa y sola en elmundo.

Se casó con ella en 1855, y el año siguiente reservaba un grandolor y una grande alegría: la muerte de su anciana madre y elnacimiento de su hijo Juan.

Con seis semanas de intervalo, el abate Constantín recitó la plegaria delos muertos en la tumba de la abuela y asistió, en calidad de padrino,al bautismo del nieto.

A fuerza de encontrarse a la cabecera de los que sufrían y de los quemorían, el sacerdote y el médico con el mismo corazón y el mismomovimiento, se sintieron atraídos uno hacia el otro. Sintieron quepertenecían a la misma familia, a la misma raza, a la raza de losbuenos, los justos y los bienhechores.

Los años sucedieron a los años, tranquilos, suaves, en el goce de laplena satisfacción del trabajo y del deber cumplido. Juan crecía...

Su padre le dio las primeras lecciones de ortografía, y el cura lasprimeras de latín. Juan era inteligente y laborioso, e hizo talesprogresos, que sus dos profesores, el cura sobre todo, al cabo dealgunos años se inquietaron, pues su discípulo sabía ya casi más queellos. Por ese tiempo fue la Condesa, después de la muerte de su marido,a establecerse en Lavardens, trayendo un preceptor para su hijo Pablo,el cual era un hombrecillo precioso, pero de los más perezosos.

Los dosniños contaban la misma edad, y se conocían desde sus primeros años.

Madama de Lavardens quería mucho al doctor Reynaud, y un día le hizo lasiguiente proposición:

—Enviadme a Juan todas las mañanas, y os lo devolveré todas las noches;el preceptor de Pablo es un joven muy distinguido, que hará adelantar alos dos niños, y me prestaréis un señalado servicio, doctor, pues Juandará el ejemplo a Pablo.

Así se arreglaron las cosas, y el pequeño burgués dio, en efecto, alpequeño gentil-hombre excelentes ejemplos de trabajo y aplicación; masestos excelentes ejemplos no fueron seguidos.

Estalló la guerra. El 14 de septiembre, a las siete de la mañana, losmovilizados de Souvigny se reunieron en la plaza principal de la aldea;llevando por capellán al abate Constantín y por cirujano mayor al doctorReynaud. Los dos habían concebido la misma idea, al mismo tiempo: elsacerdote contaba sesenta y dos años y el médico cincuenta.

El batallón, al partir, siguió el camino que atravesaba Longueval ypasaba ante la casa del doctor. Madama Reynaud y Juan esperaban a laorilla del camino. El niño se arrojó en los brazos de su padre:«Llévame, papá, llévame.»

La madre lloraba. El doctor los abrazófuertemente a los dos, y continuó su marcha.

A cien pasos de allí el camino hacía un recodo. El doctor se volvió,lanzando hacia su mujer y su hijo una larga y profunda mirada... ¡Laúltima! Ya no debía volver a verlos.

El 8 de enero de 1871, los movilizados de Souvigny atacaban la aldea deVillersexel, ocupada por los prusianos, que habían almenado las paredesy habían formado barricadas en las casas. La fusilería estalló. Unmovilizado que marchaba a la cabeza, recibió una bala en el pecho ycayó. Hubo un momento de confusión y duda. «¡Adelante, adelante!»gritaron los oficiales. Los hombres pasaron por sobre el cuerpo de sucamarada, y bajo una lluvia de balas entraron en la aldea.

El doctor Reynaud y el abate Constantín, que marchaban con las tropas,se detuvieron junto al herido, que arrojaba gran cantidad de sangre porla boca.

—No hay nada que hacer—dijo el doctor;—se muere, es vuestro.

El sacerdote se arrodilló junto al moribundo, el doctor, levantándose,se dirigió hacia la aldea. No habría andado diez pasos, cuando sedetuvo, abrió los brazos y cayó de golpe al suelo. El sacerdote corrióhacia él; pero ya estaba muerto, herido por una bala en la sien.

Esa noche la aldea era nuestra, y al siguiente día se depositó en elcementerio de Villersexel el cuerpo del doctor Reynaud. Dos mesesdespués, el abate Constantín traía a Longueval los restos de su amigo, ydetrás del ataúd, a la salida de la iglesia, caminaba un huérfano. Juanhabía perdido también a su madre. Al recibir la noticia de la muerte desu marido, quedose anonadada, embrutecida, sin poder pronunciar unapalabra ni derramar una lágrima.

Después fue presa de la fiebre, eldelirio, y al cabo de quince días murió.

Juan se encontraba solo en el mundo a los catorce años. De esta familiaen que todos, desde un siglo hasta entonces, habían sido honorables,sólo quedaba un niño arrodillado sobre una tumba, y que prometía tambiénser lo que había sido su abuelo, lo que había sido su padre: trabajadory bueno. Hay en Francia familias como ésta, muchas, muchas más de lo quese cree; nuestro país se ve calumniado cruelmente por ciertos novelistasque hacen de él pinturas violentas y exageradas. Verdad es que lahistoria de la gente buena es con frecuencia monótona o dolorosa, comolo prueba esta narración.

El dolor de Juan fue un dolor de hombre. Durante largo tiempo permaneciótriste y silencioso. La noche del entierro de su padre, el abateConstantín lo llevó consigo al presbiterio.

El día había sido lluvioso y frío. Juan se hallaba sentado junto alfuego; el sacerdote leía su breviario; la vieja Paulina iba y veníaarreglando todo. Una hora pasaron sin pronunciar una palabra, cuandoJuan, de repente, levantando la cabeza dijo:

—Padrino, ¿mi padre me ha dejado algún dinero?

La pregunta era tan extraña, que el abate estupefacto creyó haber oídomal.

—¿Me preguntas si tu padre?...

—Pregunto, padrino, si mi padre me ha dejado algún dinero.

—Sí, ha debido dejarte dinero...

—¿Mucho, no es verdad? He oído decir siempre en la comarca que mi padreera rico. Decidme, más o menos, ¿cuánto me habrá dejado?

—Pero, yo no sé... Me preguntas unas cosas...

El pobre sacerdote sentía desgarrársele el corazón. ¡Esta pregunta, ensemejante momento! No obstante, creía conocer el corazón de Juan, y enese corazón no debían caber tales pensamientos.

—Por favor, padrino, decidme...—continuó Juan con dulzura,—después osexplicaré por qué os lo pregunto.

—Pues bien, tu padre poseía, según dicen, dos o trescientos milfrancos.

—¿Y eso es mucho dinero?

—Sí, es mucho dinero.

—¿Y todo ese dinero es mío?

—Sí, todo ese dinero es tuyo.

—¡Ah! me alegro, porque el día en que murió mi padre, allá, durante laguerra, los prusianos mataron al mismo tiempo que a él, al hijo de unapobre mujer de Longueval... la anciana Clement, ¿sabéis? Y también alhermano de Rosalía, con quien yo jugaba cuando era niño. Bueno, pues yaque yo soy rico y ellas pobres, quiero dividir con la señora Clement ycon Rosalía el dinero que me deja mi padre.

Al oír estas palabras, el cura se levantó, tomó las dos manos de Juan, yatrayéndolo hacia sí, lo rodeó con sus brazos, apoyando su cabeza blancasobre la cabeza rubia del joven.

Dos gruesas lágrimas se desprendieron de los ojos del anciano sacerdote,rodaron lentamente sobre sus mejillas, y vinieron a perderse en lasarrugas de su rostro.

Sin embargo, el cura explicó a Juan que, aunque poseedor de la herenciade su padre, no tenía aún el derecho de disponer de ella a su antojo.Habría un consejo de familia, y le darían un tutor.

—Vos, sin duda, mi padrino.

—No, yo no, hijo mío, un sacerdote no tiene derecho para ejercer latutela.

Creo que nombrarán a M. Lenient, el notario de Souvigny, que erauno de los mejores amigos de tu padre, tú le hablarás y le explicarás loque deseas.

En efecto, el consejo de familia designó a M. Lenient para desempeñarlas funciones de tutor. Y las instancias de Juan fueron tan vivas, tanconmovedoras, que el notario consintió en tomar de las rentas la suma dedos mil cuatrocientos francos que todos los años, hasta la mayor edad deJuan, se dividió entre la anciana Clement y la joven Rosalía.

Madama de Lavardens se condujo perfectamente en esta circunstancia.

—Dadme a Juan—dijo al abate Constantín,—dádmelo hasta el fin de susestudios; yo os lo traeré todos los años durante las vacaciones. No esun servicio que os ofrezco, sino un servicio que os pido. No puedodesear nada mejor para mi hijo. Me resigno a abandonar momentáneamenteLavardens, porque Pablo quiere ser soldado, entrar en Saint-Cyr, y sóloen París encontraré los maestros y recursos necesarios para ello.Llevaré allá a los dos niños, que se educarán juntos, bajo mivigilancia, fraternalmente. Podréis estar seguro de que no haré la másmínima diferencia entre ellos.

Era difícil no aceptar una oferta como ésta. El anciano sacerdote habríadeseado tener a Juan a su lado, y su alma se desgarraba al pensar en laseparación; ¿pero dónde estaba el interés de Juan? era lo único quedebía preguntarse. Lo demás no era nada... Llamaron a Juan.

—Hijo mío—le dijo madama de Lavardens,—¿quieres venir a vivir conmigoy con Pablo durante algunos años, en París?

—Sois demasiado buena señora; ¡pero habría deseado tanto poder quedarmeaquí!—dijo, mirando al cura que volvió la cara a otro lado.—¿Por quépartís?—continuó.—¿Por qué queréis llevarnos a Pablo y a mí?

—Porque sólo en París podréis terminar seria y útilmente vuestrosestudios.

Pablo se preparará para los exámenes de Saint-Cyr, pues quiereser soldado.

—Y yo también, señora, quiero serlo.

—¡Tú soldado!—exclamó el cura;—pero no eran esas las miras de tupadre...

Muchas veces, en presencia mía, tu padre hablaba de tuporvenir, de tu carrera: debías ser médico, como él, médico de aldea,médico de Longueval... y como él asistir a los pobres, y como él cuidara los enfermos. Juan, hijo mío, acuérdate.

—Me acuerdo, me acuerdo.

—Bueno, entonces, debes hacer lo que tu padre deseaba... Es tu deber, ypara eso tienes que ir a París. Tú desearías quedarte aquí, ¡oh! yo locomprendo y yo también quisiera... pero no puede ser... Es preciso ir aParís a trabajar, a trabajar bien. Por esto no me inquieto, porque eresverdadero hijo de tu padre, y serás un hombre honrado y trabajador; nose puede ser lo uno sin lo otro. Y un día en la casa de tu padre, en elmismo lugar donde él ha hecho tanto bien, los pobres de la aldeahallarán otro doctor Reynaud que los socorrerá como él. Y si porcasualidad ese día soy todavía de este mundo, me consideraré tan feliz,¡tan feliz!... Pero hago mal en hablar de mí... No debería... yo no soynada... En tu padre sólo debes pensar. Te lo repito, Juan, eran sus másardientes votos; no puedes haberlo olvidado.

—No, no lo he olvidado; pero si mi padre me ve, y si me oye, estoyseguro que me comprende, y me perdona, pues es por él...

—¿Por él?...

—Sí, cuando supe que había muerto, cuando supe cómo había muerto en elacto, sin tener necesidad de reflexionar me dije que yo sería soldado...¡y seré soldado!... Mi padrino, y vos, señora, os ruego que no osopongáis...

El niño se echó a llorar en una verdadera crisis de desesperación. LaCondesa y el abate lo calmaron con dulces palabras.

—Sí... sí... convenido... todo lo que quieras, serás todo lo quequieras...

Los dos tenían el mismo pensamiento: dejemos obrar al tiempo. Juan es unniño y cambiará de idea. En lo cual los dos se engañaban: Juan no cambióde idea.

En el mes de septiembre de 1876, Pablo fue rechazado en Saint-Cyr y Juanrecibió el undécimo lugar en la Escuela Politécnica. El día en que sepublicó la lista de los candidatos admitidos, escribió al abateConstantín.

«He sido recibido y muy bien recibido, pues quiero salir en el ejércitoy no en el servicio civil... En fin, si conservo mi lugar en laescuela, haré un bien a uno de mis camaradas, que obtendrá mi puesto.»

Así sucedió... Juan hizo más que conservar su lugar, pues en lasclasificaciones de salida obtuvo el número siete. Pero en vez de entrara la Escuela de Puentes y Calzadas, ingresó a la Escuela de Aplicaciónde Fontainebleau, en 1878. Acababa de cumplir veintiún años. Era mayorde edad, dueño y señor de su fortuna, y el primer acto de suadministración fue un grande, grandísimo gasto. Compró para la ancianaClement y para la pequeña Rosalía, que ya era grande, dos títulos derenta de mil quinientos francos cada uno, los cuales le costaron setentamil francos, casi lo que gastó Pablo en su primer año de libertad enParís, por la señorita Lise Bruyère, del teatro del Palais-Royal.

Dos años después, Juan salió el primero en la Escuela de Fontainebleau,lo que le daba el derecho de elegir uno de los puestos vacantes. Habíauno en el regimiento acuartelado en Souvigny, y Souvigny distaba treskilómetros de Longueval; Juan pidió este puesto y lo obtuvo.

Por estas razones, Juan Reynaud, subteniente del 9.º regimiento deartillería, volvió en el mes de octubre de 1880 a tomar posesión de lacasa del doctor Marcelo Reynaud, y por esto se encontraba en la aldeadonde transcurrió su infancia y donde todo el mundo conservaba elrecuerdo de la vida y la muerte de su padre. Y el abate Constantín pudogozar la alegría de tener tan cerca al hijo de su amigo... Y sidebiéramos decirlo todo, no sentía mucho que Juan hubiera dejado de sermédico. Cuando salía de su iglesia, después de haber dicho su misa, yveía flotar por el camino una nube de polvo, cuando sentía temblar latierra bajo el peso de los cañones... se detenía, y como un niño, secomplacía en ver pasar el regimiento... ¡Pero el regimiento para él eraJuan!

Era ese robusto y sólido caballero en cuya fisonomía se leíaclaramente la rectitud, el valor y la bondad.

Apenas divisaba Juan a lo lejos al cura, galopaba y venía a charlar unmomento con su padrino. El caballo volvía la cabeza hacia el abate, puessabía que siempre había un terrón de azúcar para él en el bolsillo deaquella vieja sotana negra, gastada, remendada, la sotana de por lamañana. El abate poseía otra muy linda y muy nueva, que se guardaba paralas grandes ocasiones.

Las trompetas del regimiento sonaban mientras atravesaban la aldea... ytodas las miradas buscaban a Juan, al pequeño Juan; pues para los viejosde Longueval siempre era el pequeño Juan. Cierto paisano todo arrugadoy agobiado, no pudo nunca quitarse la costumbre de decirle al pasar:«¡Eh! buen día, chicuelo, ¿cómo te va?» Y tenía seis pies de altura eltal chicuelo.

Juan no atravesaba nunca la aldea sin divisar en sus respectivasventanas el apergaminado rostro de la vieja Clement y la risueña cara deRosalía. Esta última se había casado el año anterior, siendo Juan uno delos testigos, y de los que más alegremente bailaron la noche de la bodacon las jóvenes de Longueval.

Tal era el subteniente de artillería que el sábado 28 de mayo de 1881, aeso de las cinco de la tarde, echó pie a tierra ante la puerta delpresbiterio del Longueval. Entró seguido dócilmente por su caballo, quepor sí mismo fue a colocarse bajo una especie de establo que había en elpatio. Paulina se hallaba en la ventana de la cocina. Juan se acercó yla besó con cariño en las dos mejillas.