Dulce y Sabrosa by Jacinto Octavio Picón - HTML preview

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—La misma que viste y calza. Es usted joven, guapa, tiene talento, voz,afición.

—Lo que es afición sí que tengo.

—Bueno, pues con estudiar un poco... En fin, suban ustedes mañana.

Y se fue.

Cuando Cristeta quedó sola, tuvo que apoyarse en la anaquelería para nocaerse. Acostose sin cenar casi, ni hablar con nadie; permaneció largorato sentada en la cama, tardó mucho en desnudarse, lloró sin saber porqué, se le olvidó rezar y, por fin, al deslizarse entre las sábanassintiendo las frías caricias del lienzo, tornó a sus pasadas ilusiones,antojándosele que el ruido de los coches que pasaban por la calle eraestrepitoso rumor de aplausos y que las voces de los vendedores deperiódicos eran bravos frenéticos.

Capítulo IV

En el cual queda demostrado que la virtud, como el agua, brota dondemenos se espera

A las pocas semanas de lo narrado estaba Cristeta contratada como otratiple cómica en un teatrillo de tercer orden, cuyo empresario era elamigo del editor que la oyó cantar mientras se peinaba. Los tíos deCristeta, engolosinados con la oferta de dos duros diarios, consintieronen el ajuste. Convínose en que al principio no representaría la niñasino papelitos cuya parte musical pudiese aprender al oído, y también enque, sin pérdida de tiempo, comenzase a tomar lecciones de canto. Ellase puso loca de contento y los estanqueros, imaginando que su sobrinatenía una mina en la garganta, transigieron en pagar maestro.

El teatro donde quedó Cristeta escriturada era de los que dividen porhoras las funciones, y en él se representaban cuatro cada noche. A laprimera apenas iba gente; a la segunda asistían familias de los barrioscercanos cansadas de jugar a la perejila, jovenzuelos sin permiso pararetirarse tarde, matrimonios de larga fecha que iban a pasar el ratopara no verse solos, y forasteros deseosos de olvidar los sofionesrecibidos en los ministerios con la agradable perspectiva del coro deseñoras.

Provinciano de éstos había capaz de renunciar a la esperadacredencial con tal de poder contar en su pueblo que había sido dueño decualquiera de aquellas infelices, condenadas a estar siempre haciendomuecas voluptuosas con la cara pintada y trenzados con las piernaspresas en las desvergonzadas mallas.

El público que frecuentaba latercera y cuarta función se componía casi exclusivamente de hombresaficionados a comprar hecho el amor, y de pecadoras elegantes. A últimahora se ponían las piezas y zarzuelitas más verdes, y cual si esto lessirviese de aperitivo, era de ver cómo a la salida muchos caballeros, ovestidos de tales, esperaban en la calle la salida de bailarinas,coristas y figurantas: por fin, cuando terminado el espectáculocomenzaba la puerta del escenario a vomitar mujeres envueltas enmantones y con toquillas de estambre a la cabeza, cada hombre se llevabasu prójima, que solía ser ajena; alguna, envidiada de las demás, subíaen coche, y ya formadas las parejas, que a veces en realidad erantercetos, todos se iban contentos; ellas haciéndose las conquistadas, yellos imaginando triunfo lo que, a lo más, era compra.

A llevar y recoger a Cristeta iba el tío estanquero, no sin repugnanciay protestas de su cónyuge, la respetable y añosa doña Frasquita.

Las primeras noches intentaron algunos chuscos divertirse a costa suya;pero advertidos de que tenía mal genio, le dejaron en paz; en cambio,los señoritos que pretendían acercarse a Cristeta solicitaban suconversación, llamándole don o señor de; y él, no acostumbrado a quegente tan bien vestida le tratase de igual a igual, acabó por creer quepara codearse con personas finas era necesario andar entre bastidores.

El día en que trabajó Cristeta por primera vez, estuvo mal servido elestanco. Nadie pensó sino en hacer viajes o enviar recados a casa de lamodista, autora del traje que había de sacar a escena, en peinar yrepeinar a la nueva artista, y en prepararle una banasta para las ropasy una caja para los untos, cosméticos, polvos, mano de gato y otrosafeites.

Por la mañana, un asturiano que tenía en la esquina inmediata puesto decafé económico, vulgo de a cuarto, entró en el estanco a comprarpitillos y dijo a la criada, especie de Maritornes a medio desbastar,que el nombre de Cristeta estaba en el cartel del teatro con todas susletras; y la palurda, aunque no sabía leer, salió corriendo a que se lomostrasen; luego cruzó la calle con el mismo objeto la estanquera, sinlograr nada, porque se le habían olvidado los espejuelos, y, por último,fue también el tío, permaneciendo largo rato en contemplación de aquellalínea del reparto donde decía:

«CHULA PRIMERA-SEÑORITA MORERUELA»

Tal fue la emoción del pobre hombre, que señalando con el bastón lasletras, dijo enfáticamente a un cochero de punto que allí estaba: «¡Esmi sobrina!», y la frase salió de sus labios con aquella entonación denoble orgullo que debía de emplear la romana Cornelia cuando dijera:«¡Yo soy la madre de los Gracos!»

Cristeta se estrenó ( debutó, dijeron los periódicos) en un papel dechula, y lo hizo con mucha gracia y desparpajo, luciendo un mantón grisde ocho puntas, que por la mañana costó setenta reales en la calle deToledo, vestido de lanilla oscura con dibujitos claros, y a la cabeza unvistoso pañuelo de seda, a listas azules y amarillas, entre cuyospliegues aparecía su bonitísima cara de madrileña picaresca. Iba calzadacon medias rayadas y zapatos bajos, mostrando en cada movimiento lasenaguas muy blancas. Sin que incurriese en desvergüenza ni descaro, sufigura resultaba tan gallarda y airosa como encantador era su rostro.

Sepresentó en escena con los ojos turbados del miedo; pero en la segundasalida, al terminar una tirada de redondillas, sonaron unos cuantosaplausos y perdió el temor. En el resto de la zarzuelita estuvosaladísima, y en la única pieza que cantó, también la aplaudieron.Moviéndose y accionando parecía cómica veterana.

Cuando al retirarse a casa salió acompañada de su tío, había en lapuerta una manada de caballeretes esperando para verla de cerca; donQuintín, que así se llamaba su Argos, puso cara feroz y ella,esforzándose por reprimir la alegría, procuró estar seria.

Nadie durmió sosegadamente aquella noche en el estanco. La tía, porque apesar de la edad de su marido, estaba solevantada con lo peligroso queera, según dijeron las vecinas, que el bueno del hombre fuese a pasarlas noches entre bailarinas y coristas; el tío porque, asombrado de lafacilidad con que Cristeta se ganaba sus cuarenta reales, pensaba ya enel cobro de la quincena, y la muchacha porque aún le zumbaban en losoídos las palmadas.

Mas su verdadera satisfacción fue a la mañanasiguiente, cuando en la sección de espectáculos de un periódico leyó quela señorita Moreruela

era

de

agraciada

figura

y

tenía

brillantesdisposiciones, y estaba llamada a conquistar grandes triunfos en eldifícil arte a que se dedicaba.

Hasta final de temporada trabajó en otras dos obras, y por una de ellasexperimentó la primera contrariedad de las muchas a que había de estarsujeta.

Citáronla para asistir a la lectura, y acabada ésta le entregaron supapel, de poco más de un pliego, en cuya primera hoja estabanmanuscritas las siguientes palabras:

NINFA ELÉCTRICA

La obra era una revista, manojo de desvergüenzas mal escritas,adornado con música populachera de aires franceses disfrazados a lachulesca.

La esperanza del éxito estaba fundada en media docena de decoraciones yen los trajes de las actrices, o, más claro, en la poquísima ropa quehabían de ponerse. Cristeta tenía que salir con el pelo suelto, corpiñoliso, muy escotado, de raso azul eléctrico, zapatos de lo mismo, nadaen los brazos y en las piernas mallas hasta la cintura; es decir,desnuda: porque aunque de sus carnes sólo habrían de verse el escote ybrazos, todas las líneas y prominencias del cuerpo quedaban demanifiesto.

Cuando una de sus compañeras se lo explicó detalle por detalle, la pobremuchacha se puso como la grana y su primer impulso fue decir querenunciaba a ser cómica, pero le dio vergüenza avergonzarse. Volvió a sucasa malhumorada, se encerró en su cuarto y estuvo llorando hasta lahora de tornar al teatro.

Seguramente hubo por fuerza de ocurrírsele mucho tiempo antes queaquello había de llegar, mas no lo imaginó para tan pronto; así que susorpresa fue terrible. Si al menos hubiese salido a escena un día muy decorto y otro muy escotada... pero así, de repente, sin preparación... ¡ycasi desnuda! Buscando luego paliativos a su disgusto, se dijo que elexceso de pudor ahogaría su porvenir artístico. ¡Pues qué! ¿No habíavisto, por ejemplo, y nada menos que a célebres cantantes, lucir laspiernas haciendo el paje de los Hugonotes, y algo más que las piernasen la Venus del Tannhauser? En realidad, lo que le enfadabaextraordinariamente no era ostentar sus encantos, porque estaba ciertade no hacer gesto, ademán ni movimiento indecoroso: la causa principalde su enojo era el tener que salir entre otras mujeres desapudoradas yvenales que alardeaban de su desnudez, y con quienes había de alternar yconfundirse. Esto la sacaba de sus casillas. En vano tenía yaacostumbrados los oídos al grosero lenguaje usado en lo interior delteatro y a las frases soeces con que algunos gomosos la perseguían; sumirada severa y su ceno adusto ponían a todo el mundo a raya; peroahora, obligada a circular por entre bastidores de aquel modo, ¿cómoevitar las bromas insolentes, los dicharachos lascivos? Y luego, alsalir a escena, ¡cómo caerían sobre su cuerpo las miradas! ¡Quévergüenza!... En cambio, no se reirían de ella, cual les acontecía aalgunas de sus compañeras que tenían los brazos flacos, las piernastorcidas, las caderas desconcertadas y el escote huesoso. Segura estabade obtener un triunfo la noche en que se estrenase la revista, porqueel espejo y la comparación de sí misma con aquellas desdichadas lehabían dicho que su cuerpo era un prodigio de hermosura.

En tales dudas y vacilaciones dejó pasar días y días, hasta que se echóencima la víspera del estreno. Entonces tuvo miedo del ridículo, pensóque aquello no era más que una contrariedad inherente a su profesión, ycuando al concluir el ensayo general le preguntó la sastra que a quéhora podría ir a probarla el traje, la citó sin oponer resistenciapara la misma tarde, sumisa e indiferente como si se tratase de unasunto zanjado.

Llegó la hora convenida, fue la sastra a su casa, entró en el cuartitode Cristeta y comenzó ésta a desnudarse, dejando por fin caer sobre laestera de cordelillo las ropas y prendas dichosas que llevaba másinmediatas al cuerpo. Entonces la encargada de vestir y desnudarcómicas, según los casos, no pudo reprimir una exclamación de sorpresay, haciendo ademán de santiguarse, dijo:

—¡Bendito sea Dios! ¡Ay, señorita; mujeres hermosas tengo vistas, perocomo usted, ninguna!

Cristeta se sintió halagada y su pudor murió a manos de su vanidad.

Letra y música de la revista fueron estrepitosamente silbadas,contribuyendo esto a realzar el triunfo de Cristeta porque cuandomayores eran las muestras de desagrado, salió ella a las tablas y, lomismo fue verla el público, que acallarse el bastoneo y los chicheos. Enseguida cantó bien dos o tres coplas, de esas que luego alcanzan loshonores del organillo, y aquella música, que por sí sola no hubiesearrancado una palmada, fue aplaudida. Al terminar hizo la artista unapirueta, dio un saltito muy mono, y se metió entre bastidores.

Lo que entonces estalló no fue entusiasmo, sino delirio: el públicoquiso que se repitiera la canción, no por oírla, sino por ver nuevamentea Cristeta; y ésta, animada con aquel éxito personalísimo, cantó mejor yaún se movió con más libertad. Las mujeres pensaban mirándola: «¿Quéharán estas bribonas para ponerse tan guapas?» Los hombres se la comíancon los ojos.

A partir de aquella noche, no hubo trapero literario de los que surtende majaderías propias y ajenas a los teatros de último orden, en cuyascavilaciones no entrasen como elemento dramático los encantos corporalesde Cristeta.

El empresario recibió muchas obras, donde se adjudicaban a la nuevaartista papeles que requerían poquísima ropa, con lo cual la pobremuchacha se persuadió de que no eran su voz y su talento los que la ibansacando a flote, sino su belleza.

Esta fue su primera desilusión.

Los pretendientes cayeron sobre Cristeta como moscas sobre pastelfresco; mas por ninguna de aquellas conquistas se sintió halagada.Cuantos hombres se le acercaban traían imaginado que era cosa de llegary besar el santo, con tal de echar antes alguna limosna en el cepillo.Un banquero riquísimo, y muy conocido en Madrid por la protección quedispensaba a las chicas de vida alegre, le propuso descaradamenteamueblarle un entresuelito y ponerle coche; un caballerete trapisondistay jugador intentó llevársela una noche a cenar, imaginando que cuatrocopas de Champaña y un gabinete de fonda le asegurarían la conquista; unautor le ofreció un papel de gran lucimiento a cambio de una cita, yhasta el director de escena se brindó a solicitar para ella unbeneficio, a condición de que ensayasen a solas lo que hubiera decantar. A ser ella interesada o de temperamento fácilmente inflamable,pronto hubiera sucumbido: su salvación estuvo, por entonces, en que nila deslumbraba el brillo del oro, ni la imaginación se le exaltaba hastaponer en peligro su castidad; antes al contrario, aquella larga serie deacometidas bruscas, en que sin poesía ni delicadeza trataron de comprarbarata su belleza, concluyó por darle asco. No se le exacerbó la virtud,pero vio claro el peligro.

Alguna vez, al refugiarse en el cuarto del teatro, contemplando a solassu gallarda figura ante el espejo, sintió deseo de riqueza; quizá, ebriade adulaciones, resplandores y músicas, soñó despierta con la realidaddel amor, mas ni el fantasma del lujo ni la tentadora voz de laNaturaleza lograron rendirla, porque se sentía humillada de no despertaren los hombres más que la misma impureza que les inspiraban aquellas desus compañeras, viciosas o hambrientas, que se vendían por un traje o seprostituían por una joya. ¿Era esto castidad ingénita, frío cálculo,tibieza de sangre o señal de orgullo?

Cristeta no era hipócrita ni desdeñosa del amor, ni de las que, por loariscas, hacen antipática la virtud; pero instintivamente consideraba suhermosura como complemento de su corazón: quien no poseyese éste, nodisfrutaría de aquélla. Se reconocía hermosa, y no concebía que pudieratasarse su belleza. Era capaz de disimular el enojo y hasta de noenojarse contra un buen mozo que, atrayéndola con exquisito arte o porsorpresa, la besase, imprimiendo al beso aquella deliciosa ingenuidaddel niño que se apodera de una golosina; pero a cuantos se atrevieron apropasarse con ella ofreciéndole dinero, les recibió como se recibe a unperro en un juego de bolos. En su corazón tenían entrada libre laimpremeditada flaqueza que vence el ánimo más fuerte, la voluptuosidadque a veces flota en el ambiente y se desliza suavemente por lossentidos hasta lo más recóndito del alma, la ocasión traidora que llegacuando menos se piensa; en una palabra, todos los estimulantes del amor;en cambio, su pensamiento estaba cerrado al interés. Un día de campo, unrayo de sol o cuatro frases dichas a tiempo, podían hacer que Cristetacayese trémula en los brazos de un hombre; pero quien se arriesgase aproponerle crudamente la compra de sus labios, los vería trocados enmanantial de indignación; el enojo de Lucrecia fuera pálido comparadocon el suyo.

Sí: Cristeta era romántica, como casi todas las mujeres españolas; y deigual suerte que en un aduar de negruzcos gitanos se puede descubrir unniño sonrosado de pelito rubio y rizoso; a semejanza del grano de oroque corre arrastrado entre el légamo y las toscas piedras del río, asíen aquel teatrucho donde toda obscenidad tenían su asiento, vivía ellacercada de ex—

vírgenes andariegas y mamás alquiladizas, esperando, no elchocar de los centenes ni el crujir de las sedas, sino la voz de unhombre que murmurase en su oído: «¡Quiéreme!»

Mujer que así pensaba no podía transigir con la perspectiva de quedarsesin flor, exponiéndose a dar fruto que acaso no tuviese dueño conocido.

Su entereza estaba además cimentada en otra base de resistencia, acasomás salvadora que la misma castidad romántica.

A poco de ingresar en el teatro observó Cristeta que a cuantascompañeras suyas pecaban y se envilecían por codicia, les salía erradoel cálculo. Hoy se entregaban a un calavera rico, mañana a un señoritoachulado, tal noche a un marido ajeno, tal otra a un pollancón estúpido;y total, alguna cena, algún traje, desempeñar a costa de uno lo quehabía de lucir con otro, y a la postre el rostro ajado y la juventudmalbaratada: vida de moza mesonera, trajín constante, pocas propinas yvejez: mendiga.

Tales fueron, durante algún tiempo, sus pensamientos.

La maledicencia y la calumnia se cebaron en ella. Quién dijo que no erabuena, sino pecadora a escondidas; quién que por avariciosa se hacíadeseable, para venderse cara; quién, llegando hasta el colmo de lainfamia, afirmó que Safo había retoñado en ella: lo cierto fue que nadiepudo probar acusación alguna.

Por fin, cierta mañana circuló en el ensayo una noticia estupenda.Díjose que la noche anterior Cristeta no había salido del teatroacompañada sólo de su tío; que con ellos iba un caballero de treinta ytantos años, buen mozo y elegante; añadiose que Cristeta se apoyó en subrazo para llegar desde su cuarto a la calle, que luego siguieronjuntos, ella bien arrebujada en su abrigo, él subido el cuello del gabánde pieles, y detrás, a dos pasos, como guardia de respeto, el tíoestanquero. La fiera debía de estar domada y el domador se llamaba donJuan de Todellas.

Capítulo V

Que puede dejar dudas sobre la compatibilidad del amor y la virtud

Pocos días antes de nacer aquellas murmuraciones, paseaba don Juan porlos pasillos del teatro con un amigo, que le decía así:

—No recuerdo dónde afirma Cervantes que los alcahuetes son gentes útilesa la república, y que debieran ser muy considerados.

Bueno: puesescudado en tan autorizada opinión, no tengo inconveniente enpresentarte a la incorruptible.

—¡No sabes la impresión que me ha causado esa mujer! ¿Y tú crees quenadie ha...?

—Eso dicen, aunque también le quitan mucho el pellejo. Yo creo que eshonrada. Veremos hasta dónde llega tu buena suerte..., y te advierto doscosas: primera, que no te propases a ciertos atrevimientos, como cerrarla puerta del cuarto estando solo con ella, y segunda, que te congraciescon el tío. Háblale de Espartero, elogia a la milicia nacional, quemaincienso en honor del difunto partido progresista. Por último, aunque teparezca ridículo, enamórala por lo fino.

Cuando el que hizo la cita cervantesca y dio estos consejos a don Juanentró con él en el cuarto de Cristeta, estaba ella vestida a lo gitana,con falda de percal de mucho vuelo, pañuelo de espuma al talle, rizos enlas sienes y moño bajo, hecho un jardín a puras flores. El tío sentadoen un sillón gótico de guardarropía, leía un periódico.

Luego de las frases usuales en toda presentación, el amigo dio tres ocuatro noticias de teatros y, pretextando saludar a una cómica, se salióal pasillo. Don Juan, fingiendo turbación, adoptó la postura más decenteque pudo, como si estuviera en el salón de una gran señora. Frente a élCristeta, recostada en un pequeño diván, se entretenía en hacer nuditoscon el fleco de la pañoleta.

El tío, como de encargo, no chistaba. Yaiba don Juan a entablar conversación, temeroso de que el traspuntellamase a Cristeta, cuando ésta, por decir algo, dijo poniéndose en pie:

—¿Qué tal? ¿Resulta gitano el traje?

—Muy característico, muy típico...

Y calló, sin terminar la frase.

—Hable usted con franqueza.

—Que no hay analogía entre usted y ese atavío.

Y como ella hiciese un mohín de sorpresa, continuó:

—Quiero decir que esa falda tan hueca, ese moño tan bajo, esos rizostan... subversivos, todo tan... flamenco no está en relación con labelleza elegante y distinguida de usted. Cuanto lleva usted encima pideuna cara más, enérgica, facciones duras...

—Gracias por la galantería—repuso ella secamente.

Pero no le fue desagradable la lisonja. Estaba acostumbrada a que lallamasen rica en el mundo o barbiana, y aquella era la primera vez queun hombre la galanteaba con finura.

—Vamos—siguió él—; convenga usted conmigo en que su fisonomía y su porteson demasiado aristocráticos para estas flamenquerías: mejor estaríausted con un traje de baile, de raso muy claro, por ejemplo, y con ungran abrigo forrado de pieles que le llegase hasta los pies...; pero queno los ocultase... Nada de alhajas: el lugar que cubrieran valdría másque el mejor brillante. En fin, me resulta usted una gitana demasiadoseñorita.

Cristeta sonrió con mayor afabilidad y repuso:

—Pues ya lo ve usted; al público le da por esto.

—Lo triste es que artistas como usted tengan que hacer estas obras.

Cristeta estaba muy acostumbrada a oír elogiar sus encantos corporales;pero no le sucedía lo mismo respecto de sus facultades artísticas y,sorprendida por la última frase de don Juan, repuso con más sinceridadque amor propio:

—Pues qué, ¿cree usted que yo sirvo para otra cosa?

Con distinta mujer, don Juan hubiera aprovechado la pregunta para hacerun juego de palabras y un chiste picante: con Cristeta no se atrevió.

—¡No lo he de creer! En cuanto se forme una buena compañía de zarzuela,de ópera cómica española quiero decir, verá usted cómo la buscan. El díaen que haga usted un papel de sentimiento, una obra fina... se la comena usted.

De repente se asomó el traspunte a la puerta del cuarto y, sindetenerse, dijo:

—Voy a empezar.

Don Juan se despidió de Cristeta prendado hasta donde él se podíaprendar de una mujer.

Aquella noche no pasó más. Sin embargo, para completa exactitud, esnecesario añadir que Cristeta trabajó más a gusto que de ordinario, yque luego, a solas en la alcoba de su casa, recordó las palabras de donJuan, pensando con agrado y amor propio satisfecho, en la posibilidad deser artista de las que rara vez tienen que ensenar en escena lo que lamujer debe cubrir casi en todas partes. Después se esforzó porreconstruir mentalmente su diálogo con don Juan, y le pareció que habíadado prueba de buen gusto censurando el exagerado atavío gitanesco.

Porúltimo, pensó que otros trajes y otros papeles le sentarían mejor: porejemplo, el de la Princesa de Pan y Toros, el de la Magdalena de LaMarsellesa, el de Aurora en Luz y sombra. Sí, sí; zarzuela seria. Yse durmió.

Don Juan no incurrió en la torpeza de volver al cuarto de la señoritaMoreruela a la noche inmediata, ni a la siguiente, ni a la otra: dejópasar algunos días, hasta que hubo estreno en que ella trabajase; demodo que al verle entrar en su cuarto no sospechó que fuese porvisitarla, sino con ocasión de la obra nueva.

El tío, que había tomado muy en serio el papel de Argos, estaba, como decostumbre, leyendo un periódico, sentado en su sillón gótico, del cualno se levantaba más que cuando Cristeta decía: «que me voy a mudar».Entonces se trasladaba a un rincón del pasillo, y situándose bajo unmechero de gas, seguía leyendo, charlaba con el bombero de servicio odaba palique a alguna de las coristas que andaban de un lado para otropidiéndose prestados los peines, la borla de los polvos o la mano degato.

Cristeta interpretaba en la pieza nueva un papel de mocita traviesa quese fingía juiciosa. Se había vestido con sencillez, y lo que máscontribuía a su aspecto de modestia y candor era el peinado, con la rayapartida por medio y alisado luego el pelo hacia las sienes. Parecía unacolegiala. Apenas la vio don Juan, dijo como si tratase de reanudar laconversación que anteriormente tuvieron:

—Hoy sí que está usted monísima. ¡Cualquiera diría que se ha escapadousted de uno de esos conventos donde se educan las señoritas de lagrandeza!

—Pues mire usted, estoy que rabio. Hoy me han repartido otro papel...también de esos que... en fin, véalo usted.

Y tomando unos pliegos de sobre la mesa del tocador, se los mostró a donJuan, quien los hojeó rápidamente. Se trataba de otra revista, y en laescena en que se hacía referencia a la última Exposición de BellasArtes, salían personificadas en tres guapas chicas la Arquitectura, laPintura y la Escultura. Había de sacar la primera corona mural, túnicablanca, y en la mano la escuadra; la segunda era un mancebo de la épocadel Renacimiento, y llevaba como atributo una paleta; y la Esculturadebía aparecer sobre un pedestal a modo de estatua, en la mayor desnudezposible, y sin más ropaje que un trozo de paño liado a las caderas. Todoesto lo explicó rápidamente Cristeta, añadiendo malhumorada:

—¡Y la estatua... soy yo!

Frunció don Juan el entrecejo, y exclamó, tirando los papeles sobre eldiván:

—Da grima. ¡No haga usted eso!

Tan claramente manifestó su desagrado, que Cristeta no pudo menos desentir sorpresa.

¿Qué le importaría a aquel buen señor, que apenas la conocía, que ellasaliese a escena más o menos ligera de ropa?

—No tengo más remedio—dijo—que conformarme. No estoy, ni acaso llegue averme nunca, en situación de imponerme a una empresa.

—Hasta que sea yo empresario; bien es verdad que entonces trabajaráusted lo menos posible.

Don Juan no acertó a expresar bien su pensamiento, o no se atrevió acompletarlo. Ella lo adivinó, sin embargo, y no queriendo dárselo aentender, repuso:

—¡Pues buen modo de protegerme!

En noches sucesivas don Juan asistió con frecuencia al cuarto deCristeta, y por el lenguaje que usó con ella comprendió la muchacha quehabía producido honda impresión en aquel hombre: mas no llegó a tenerque aceptarle ni rechazarle categóricamente.

Estaba convencida de que la cortejaba, pero con tal comedimiento, que nole era fácil decidir la disposición de ánimo que debía adoptar respectode él: el mucho agrado pudiera parecer liviandad, la esquivez fueragrosería, y despedirle con cajas destempladas era exponerse a que él lapusiese en ridículo encogiéndose de hombros, o acaso diciéndoleclaramente que se había hecho ilusiones. Por todo lo cual determinóesperar, discurriendo de este modo: «Si piensa en mí, por muy astuto quesea, algún día se clareará, y según sus intenciones...

veremos. Unacómica como yo no puede pensar en casarse con un hombre como él: lootro no debe ser, no me conviene, no quisiera... Malo es que esté yatan preocupada. En fin...¡Dios dirá!»

Cristeta no tenía estipulado beneficio en la escritura: ¿quién podíahaber adivinado que en tan poco tiempo creciera tanto, respecto de ella,el favor del público? Pero a falta de beneficio, el día de su santo laempresa le hizo regalo de una corona, y sus admiradores le llenaron elcuarto de flores y multitud de esas baratijas más o menos inútiles, comojarroncillos bomboneras, muñecos de loza y sortijeros. Cada uno de losque la regalaron, deseoso de mostrar su largueza o buen gusto, envió elobsequio al teatro. Una sola persona se lo mandó a casa; y consistió elregalo en un magnífico neceser de costura, formado por una gran caja depiel de Rusia, colocada sobre un precioso mueblecito, y provista detijeras, pasacintas, devanaderas, carretes y dedal, todo de plata: nadafaltaba de cuanto puede desear una mujer aficionada a hacer labores.Cristeta recibió el presente por la tarde, antes de ir al teatro, yabrió la caja con alegría infantil mezclada de sorpresa, como Margaritadebió de abrir el estuche de las joyas. En uno de los casillerosdestinados al hilo había una tarjeta de don Juan, y bajo su nombre estaspalabras escritas con lápiz:

«B. L. P. a su amiga la señorita de Moreruela y le envía ese humilderecuerdo».

Cristeta lo apreció todo de una ojeada: amiga... señorita...

humilderecuerdo... ¡Cuánta finura y qué poca ostentación!

La estanquera se quedó pasmada: el tío tomó las piezas del costurero unapor una, pensando con respeto en el hombre que hacía regalo de tres ocuatro o seis libras, de plata. Cristeta se dio a reflexionar en aquellocon más calma. Primero. ¿Por qué, contra lo acostumbrado, le envió elpresente a su casa? Sí: esto indudablemente era horror a la ostentación.Segundo. ¿Por qué, pues el obsequio era costoso, haber gastado tantopara ella? Aquí estaban claras la esplendidez y el deseo de agradar.Finalmente,

¿a qué regalar un costurero a una mujer que no tenía tiempode dar puntada? Esto no podía explicarse.

El resultado de las anteriores y análogas cavilaciones fue que, llegadala noche, cuando don Juan entró a saludarla en su cuarto del teatro,apenas pudieron hablar a solas, le dijo ella sin disimular supensamiento ni prever la respuesta:

—Muchas, muchísimas gracias; pero señor Todellas, ¿cómo diablo haregalado usted eso a una infeliz que no tiene tiempo para coserse unacinta? ¡Y cuidado que es lujoso y bonito!...

Sobre todo de buen gusto.

Entonces don Juan se puso muy serio, se aproximó a la cómica, como quiensacando fuerzas de flaqueza ha hecho propósito de osadía, y dijo con vozsabiamente turbada:

—Cristeta, perdóneme usted la torpeza; arrincónelo usted si no le sirve;pero mí regalo obedece a una idea que no puedo desechar.

—¿Qué idea es esa?—preguntó ella, volviendo la cabeza para mirarse alespejo y ocultar de algún modo la emoción que le causó la fingidaturbación de don Juan.

—Pues bien, Cristeta, lo diré, aunque se ría usted de mí: cuando piensoen usted, cosa que me ocurre con muchísima frecuencia, no veo con losojos de la imaginación esta mujer que ahora tengo delante, no me acuerdode la actriz ni del teatro, ni me gusta figurármela a usted haciendo deninfa, ni de chula, ni de paje...; me exaspera la idea de que todo elmundo pueda contemplar...; en fin, cuando yo la veo a usted con los ojosdel alma, se me antoja que es usted una señorita que vive recogida en sucasa, sin que nadie pueda saber todo lo hermosa que es, sin que nadie laprofane con deseos ni miradas. Lo confieso; me hace daño... hasta sufroviniendo aquí a verla a usted, y, sin embargo, vengo... y seguiréviniendo mientras no comprenda que mi presencia la enoja.

Más claro, agua: pero estaba dicha la cosa de tal modo, que, aunsuponiendo que Cristeta recibiera disgusto, no podía manifestarlo. Laverdad es que en el fondo del alma sintió aquella satisfacción dulce yapacible que en las novelas románticas experimentan las zagalasgalanteadas por grandes y poderosos señores. El diálogo terminó así:

—¡Válgame Dios, y qué formal se pone usted para decirme esas cosas! ¿Noconoce usted que todo eso tan fino se despega de estos sitios?

—Pues para probar que hablo seriamente, me voy a permitir darle a ustedun consejo.

—Diga usted.

—Haga usted una prueba... doble. La empresa está ya convencida de queusted sirve, y de que el público ha de quererla más cada día. En cuantousted lo intente, verá cómo le guardan ciertas consideraciones. Niégueseusted a hacer el papel de la pieza nueva... ese de la estatua. ¿A que nole tuercen a usted la voluntad? Si es usted franca al decir que ledisgustan las mallas, saldrá usted ganando no tener que ponérselas. Y depaso se convencerá usted de la alegría que yo experimentaré al saber queno han de verla otra vez medio desnuda... y reflexione usted un pocosobre qué clase de sentimiento será el que me inspira para que yo piensetodo esto.

—Pero... ¿qué diablos le importará a usted que salga así o de otromodo?—le interrumpió Cristeta con dureza; y en seguida, deseando apurarla situación, añadió—: ¿Imagina usted que voy a creer en esasdelicadezas? ¿Se le dicen de veras semejantes cosas a una actriz de esteteatro?

No deseaba ella sino que don Juan cayese en el lazo y hablara más claro.Y como está escrito que todo Hércules tropiece con su Onfalia, don Juancogió una mano a Cristeta y siguió hablando de este modo:

—La temporada va a concluir; evite usted hacer ahora ese papel; nostrataremos durante el verano, procuraré que me conozca usted a fondo,que seamos verdaderos amigos... y ¡quién sabe! tal vez para el otoñoempiece usted a pensar en si le conviene renunciar al teatro.

Entonces no experimentó Cristeta lo que las pastorcillas solicitadas porpríncipes, sino que sintió agitársele su viva sangre madrileña, yencarándose con don Juan, repuso ásperamente:

—Sí, que renuncie al teatro, donde al fin y al cabo puedo ser buena,aunque no lo parezca, para dejar de serlo a beneficio de usted. Luego secansa usted de mí, y me deja. Lo de siempre, usted a otra... y yo...

—Es usted injusta, cruel y mal pensada—dijo don Juan, poniéndose en piey haciendo ademán de coger el sombrero para irse.

Cristeta le detuvo con una sonrisa, y mirándole con la más hechiceramezcla que imaginarse puede de tristeza y ternura, repuso:

—¡Si hablara usted de veras! ¡Bah!... ¡Imposible!... Además, tengo unacontrata para salir fuera este verano.

—Pero no irá usted sola.

—Probablemente con mi tío.

—Y yo detrás.

—Veremos...; pero crea usted que desde ahora hasta el verano ya se lehabrá quitado a usted eso de la cabeza.

—No vaya usted a creer que es un capricho.

Cristeta le miró algo severa, frunció el ceño y respondió:

—Nunca he creído yo que pudiera servir para satisfacer caprichos.

*

* *

Aquella misma semana tuvieron varias conversaciones parecidas. Por fin,una noche, dando pasto a la murmuración, Cristeta y su tío salieron delteatro acompañados de don Juan: delante iba la pareja enamorada y detrásel estanquero.

Nadie hubo en el teatro que no diera por cierta la caída y perdición dela Morteruelo; y, sin embargo, el diablo no tenía todavía motivo pararegocijarse. Lo único grave que pasó entre ella y su adorador fue queuna noche, mientras el tío había salido a comprar un periódico, llegódon Juan, entró en el cuarto, se acercó de puntillas y la besó en elcuello. Cristeta le vio por el espejo aproximarse, pero ni esquivó elcuerpo ni mostró enfado, y mirándole con mayor dulzura que severidad, ledijo:

—Pase... como extraordinario.

Quien presenciase el atrevimiento de él y la indulgencia de ella, acasoimaginara que ya habían trocado el amor platónico por el experimental: ysin embargo, Cristeta estaba tan limpia de pecado, como la madre Evaantes de verse obligada a estrenar el primer vestido de hojas de parraentretejidas.

Capítulo VI

En el cual don Juan despliega su astucia, y don Quintín se hace lailusión de que pueden volver «aquellos tiempos»

La noticia del viaje a provincias llenó al pronto de júbilo a don Juan,quedando luego su alegría algo mermada con la perspectiva de queCristeta fuese bajo la guarda de don Quintín; así que resolvió evitar atodo trance dicha compañía, pero sin contar con la complicidad deaquélla.

Don Juan decidió poner en práctica uno de sus más profundos axiomas, quedice: «Conviene a veces, para lograr una mujer buena, utilizar losservicios de otra maleada». No se crea por esto que pensó en recurrir aninguna corredora de alhajas, prendera a domicilio, o cualquiera otracongénere de la famosa vieja que perdió a Melibea: no buscó quienhiciese de demonio tentador, sino simplemente quien le despejase elcamino.

Se propuso que don Quintín no saliese a provincias con Cristeta, y heaquí cómo lo consiguió.

Una tarde en que su amada no tenía ensayo, fue a la puerta del teatro,esperó a que saliesen las coristas, y siguió de lejos a una con quien enotro tiempo tuvo una aventurilla, y de la cual, por haberse mostradogeneroso y conocerla bien, podía fiarse.

Iba la muchacha a entrar en el portal de su casa, cuando la detuvollamándola por su nombre: volvió el rostro la chica, acercose elcaballero y cambiaron unas cuantas frases, que denotaban gran confianza.Hablaron en broma de lo pasado, como quien revuelve cenizas sin temor aencontrar rescoldo, y, por fin, don Juan, con aquel tono autoritario,propio del hombre que tiene seguridad de haberse portado bien con lamujer a quien habla, le dijo:

—La verdad: ¿tienes algún lío? Porque no quiero comprometerte.

—¡No pasa un alma! Suba usted y hablaremos.

—¿Aún me llamas de usted?

—Ya sabe usted que nunca pude acostumbrarme a otra cosa.

Vamos arriba.

Y comenzaron a subir la escalera, no con la impaciencia de antaño, sinocomo dos buenos amigos que traen entre manos un negocio. Media hora duróla conversación, y debieron de entenderse, porque al despedirse, donJuan decía:

—Marearle un poco, mucha conversación, nada de hacerle concesiones, decuando en cuando una dedadita de miel... y, sobre todo, que lo sepa sumujer.

—Vaya usted descuidado: le voy a volver tarumba.

*

* *

Aquella misma noche, en un momento en que don Quintín salió del cuartode Cristeta para que ésta se mudase de traje, y mientras estaba sentadoleyendo el periódico bajo el mechero de gas que había en el corredor, sele acercó la corista a quien por la tarde habló don Juan.

Venía hecha la caricatura de una gran señora, con traje de baile muyescotado y guantes hasta el codo, uno de ellos sin abotonar.

—Vamos, don Quintín, hágame usted el favor de echarme estosbotoncitos—dijo al estanquero, presentándole la mano y acercándoselemucho.

No tuvo más remedio que acceder: púsose en pie, y cruzando las piernas ysujetando entre ellas el periódico, comenzó a meter botones en losojales.

Sus dedos eran demasiado gruesos y torpes para aquella operación:además, ojales y botones, aquéllos por chicos y éstos por grandes,parecían preparados con diabólica astucia; y entretanto sus miradasvenían a caer precisamente en medio del escote de la corista, cuyosrizos le rozaban al menor movimiento, cosquilleándole en la frente.

Nunca había visto tan de cerca mujer engalanada de aquel modo. A lo quemás se asemejaba era a las figuras de grandes damas que adornabanalgunas novelas de las que él solía leer en sus ratos de ocio. DoñaFrasquita fue en sus buenos tiempos una real moza; varias criadas quelogró conquistar le dejaron recuerdos de índole picaresca; pero jamássoñó, en sus largos monólogos de estanquero aburrido, tener tan cerca desí una señora como aquélla. Si Mariquita, que así se llamaba, no erapura ni a juzgar por su aspecto podía ceñirse justificadamente la coronade azahar, en cambio estaba guapísima. Sus ojos eran tan expresivos, queparecían habladores; su boca tenía sonrisas entre mimosas y burlonas; yen conjunto, por su talle y rostro recordaba los tipos de aquellasmuchachas diabólicamente hermosas que algunos pintores han trazado entorno de los santos combatidos de voluptuosas tentaciones.

Lo que a don Quintín le producía más turbadora impresión era el olor quede ella se desprendía: tal vez fuese perfume barato, pero a él se leantojaba efluvio de diosa.

Entre aspirar aquellas que le parecían suavísimas emanaciones y haceresfuerzos por ajustarle el guante, lo menos tardó diez minutos en meterlos catorce botones por sus correspondientes ojales; hecho lo cual sedejó caer sudoroso sobre la silla, diciendo:

—¡Qué trabajos!

A lo que ella repuso:

—Para otras fatigas tendrá usted más habilidad.

Y sentándosele de golpe en las rodillas, como niña juguetona, permanecióencima de él un instante: en seguida se levantó, y, alzándose la falda,echó a correr, mientras el pobre hombre se quedaba pasmado, semejante adevoto fanático que imaginase haberse visto favorecido por una apariciónsagrada. En las manos sentía el calor de los brazos desnudos que acababade tocar, ante los ojos creía tener aún el escote tentador, y elolorcillo a hembra le andaba escarabajeando en el olfato, como el dejode una sensación gratísima. Hubo un momento en que enderezando el cuerposobre el asiento, soltó el periódico y se irguió, a modo de caballoviejo que ha guerreado mucho y se engalla y estira el pescuezo alpercibir ruido de trompetas lejanas. ¡Oh, memoria, qué dulces recuerdostrajiste! ¡Oh, fantasía, cómo los poetizaste!

Mozuela que allá en elpobre lugarejo le esperabas en el pajar; sabrosa luna de miel pasada conFrasquita; cocinerilla vencida en la trastienda, en una sofocante siestade verano; dichosas y felices aventuras, ¡cómo y con qué fuerzasurgisteis en la imaginación

del

estanquero,

poblándola

de

halagadorasreminiscencias que le inspiraron deseos de nuevos triunfos!

El episodio del guante fue prólogo de otros conmovedores sucesos.

Al día siguiente la corista tuvo que ponerse, por razón de una de lasobras en que cantaba, el más caprichoso traje que imaginarse puede. Amodo de antenas, llevaba entre el revuelto peinado dos cuernecillos; elarca del cuerpo, encerrada en un corsé de terciopelo casi negrotornasolado, a listas pardas y de oro; y en lo restante de su persona,o, mejor dicho, personilla, porque era pequeña y traviesa, malla delcolor de la carne; las eternas mallas, que eran como el alma y principalaliciente de aquel templo de Talía. Así ataviada, y en todo semejante auna avispa, la gentil muchacha anduvo largo rato por un pasillo, hastaque, viendo a don Quintín sentado bajo el mechero de gas y enfrascado enla lectura, se le acercó y le dijo, aludiendo al periódico que tenía enlas manos:

—Si ve usted en los anuncios que alguien busque casa para vivir encompañía, dígamelo usted, que tengo un gabinete muy mono.

Don Quintín no pudo reprimir el atrevido pensamiento, y repuso:

—Monina, ¿me quieres a mí de huésped?

—No, porque vivo solita; un señor mayor, sí; pero hombres de buena edad,así como usted... ¡nones!

¡De buena edad! ¿Qué cosa podía lisonjearle más? Una mujer joven ybonita le consideraba peligroso. Se atusó el áspero bigote, tosió confuerza, se acordó de las asonadas del cuarenta y del cincuenta, de lasformaciones en que lucía el gallardo cuerpo, hasta de las barricadas, yrecobrando el pasado ardimiento, cogió a la hechicera avispa las manos,que ella tuvo buen cuidado en no retirar.

—Oye—le dijo—, gachoncita, pimpollo, ¿me tendrías miedo?

—Miedo no, porque no asustan más que los feos; pero no quisiera quenadie murmurase de mí...

Don Quintín creyó ver que el rostro de la chicuela se cubría de pudorosocarmín.

—¿Te gustaría más un joven, un mocito?

—No quiero nada con chiquilicuatros, que no tienen pizca de formalidad.

—¿Prefieres hombres serios..., por ejemplo, yo?

—Sí; pero usted no es para mí. La mujer debe buscar uno de su igual.

En seguida bajó los ojos, fingió turbarse, y terminó diciendo:

—Por Dios, don Quintín, déjeme usted vivir tranquila.

Claramente comprendió el vejete que aquella mujer le consideraba comocaballero, y además como peligroso. No le faltó más que oírse llamarguapo.

En seguida sacó la chica un caramelo que llevaba oculto entre lospliegues del corpiño, le quitó el papel, se lo llevó a la boca, hizocomo si quisiese y no pudiese partirlo con los dientes, y, por último,se lo presentó, húmedo todavía, a don Quintín, diciéndole:

—Pártalo usted y deme la mitad.

El estanquero no pudo más. Miró a uno y otro lado del pasillo, vio quenadie venía, y cogiendo a la avispa por el talle, a riesgo de quebrarleun ala, la atrajo hacia sí y le plantó en el cuello un beso como no selo había dado a mujer alguna desde la regencia de Espartero, exclamando:

—¡Tú vas a ser mi perdición!

—¡Y usted la mía!—repuso ella con la voz trémula, como desposada queviera descorrerse las cortinas del tálamo.

El momento fue solemne. Los dedos del ex—miliciano oprimían la cinturade la corista, cuyo cuerpo temblaba como pájaro en poder de niño.

Mariquita murmuró con extraordinaria dulzura:

—¡Por Dios, don Quintín!

—Él, estrechándola con más fuerza, dijo:

—¡Llámame Quintín nada más!

—¡No, no quiero!—repuso balbuciente y medrosa—. ¡No sea usted malo... noquiero perderme... no me pierda usted!

*

* *

En los sucios pasillos del teatro comenzó a desarrollarse el idilio másconmovedor del mundo. ¿Dónde hay poesía tan intensa como la del troncoviejo que de improviso empieza a reverdecer y retoñar?

Don Quintín se relajó en el cuidado y vigilancia de Cristeta, quien, adecir verdad, no lo sentía, porque mientras estaba con don Juan, paranada se acordaba de su tío y éste, prescindiendo de su sobrina, como enjusta reciprocidad, siempre andaba en busca o en espera de Mariquita.

La endiablada mozuela, ciñéndose a las instrucciones de don Juan, sehacía desear mucho, tardaba en acudir a las citas, luego venía

armada

demalicia,

fingiendo

estremecimientos,

vacilaciones y sonrojos que lahacían más apetitosa; y si se dejaba tocar por el ex—miliciano remozado,en seguida se le escapaba de entre las manos, como si le tuviesecondenado a eterna dedada de miel, sin esperanza de mayores goces.

Lasburlas de su amor eran muchas y frecuentes: las veras, escasas ytardías; de suerte que don Quintín pasaba, no las de Caín, sino las deTántalo; pero era tal su pasión, que con un apretoncillo cada cuatro oseis días, con un abrazo de cuando en cuando, tenía bastante para seguirentusiasmado. No había cosa que no estuviera pronto a sacrificar porMariquita: el estanco con anaquelería, puros, carteras de sellos,papeles de matrículas, todo se le antojaba poco para arrojarlo a lospies de aquella sirena.

¡Cuán horrible le parecía, al volver a casa, lasevera figura de su esposa doña Frasquita! ¡Qué fea estaba con aquellosparches de alquitira en las sienes y aquella eterna labor de calcetaazul entre las manos! Y no era lo malo que doña Frasquita hiciesemedias, sino que luego se las ponía. ¡Qué diferencia entre aquellasgroseras fundas de algodón, con que cubría sus escuálidas piernas, y lasmallas que apretaban y contenían los bien formados encantos deMariquita! ¡Oh amor, cómo pusiste al pobre don Quintín! ¡Desde la guerrade Troya no había hecho la pasión tan cruel estrago en un hogar como lohizo en aquel estanco!

Porque sucedió que mientras don Quintín y Mariquita pudieron verse en elteatro, de nada se enteró la esposa engañada; pero luego, al terminar elaño cómico, ni él tuvo pretexto para salir a callejear todas las noches,ni su enamoramiento quiso transigir con la ausencia del bien amado.

Lacorista entonces, cumpliendo órdenes de don Juan, tan bien dispuestascomo generosamente pagadas, empezó a enviar misivas a don Quintín.

En vano rogó éste a la que consideraba su amante que no le mandasechicos con recaditos, ni mozos de cordel con cartas.

Mariquita llegó a decirle:

—¡Eres un mandria; anda, bayeta, si me quisieras de veras, no tendríasmiedo a la estantigua de tu mujer!

Por fin, la catástrofe se vino encima.

Uno de aquellos billetes amorosos cayó en manos de doña Frasquita. ¡Y enqué momentos! Precisamente cuando era cosa resuelta que don Quintínacompañase a Cristeta en su campaña de verano. La carta interceptadaestaba escrita con la peor intención del mundo; la fraguó don Juan, dijoluego a Mariquilla cuál había de ser su contenido, y después ella mismala redactó con espantables faltas de ortografía. Sus párrafos no dejabanlugar a duda. Doña Frasquita supo de un golpe que la querida de sumarido era corista, que habían tenido sus diálogos pecadores en elteatro, y que, según ella le ofrecía, en el punto donde durante elverano había de trabajar Cristeta continuarían aquellos vergonzososdesórdenes. Para que nada faltase, la individua debía de ser unadesuellabolsas y sacadineros, porque la epístola concluía de este modo:

Quintín mío, esta es para decirte que no se te olbide benir abuscarme pronto una noche, para yevarme a desempeñar el mantón, que melo as ofrecido, y a ber si me traes o me compras, para trabajar afueraeste berano, media dozena de pares de medias muy vistosos, mono mío.Adiós, pichón, y es tullo el corazón de esta que te quiere y verte deseay no te olbida.

Mariquita.

La cólera de Jehová cuando supo los retozos de Adán y Eva, fue cosa derisa comparada con el furor de la estanquera. No bastaron a torcer laresolución que adoptó ni el temor a que se malease la sobrina nisiquiera los cuatro duros diarios que llevaba de sueldo. Doña Frasquitaera algo avara; pero antes de tolerar que su marido acabase decorromperse y perderse comprando medias a una sinvergüenza, consintió enque Cristeta saliese de Madrid acompañada de una doncella, costara loque costara. Menos ruinosa resultaría la doncella que la pérdida de sumarido. La escena que pasó entre los cónyuges fue trágica.

PrimeroFrasquita rogó, suplicó y lloró, mientras don Quintín aguantó, cruzadode brazos, jurando y perjurando que el origen de aquello debía de seruna broma pesada de algún mal intencionado; por último, exasperada laesposa, empuñó un formón viejo que servía para desclavar cajones, yamenazó enérgicamente a su marido, diciéndole:

—¡Te mato cuando estés durmiendo, y luego me mato yo!

¡Vamos a salir enlos papeles!

El pobre don Quintín cedió amedrentado.

La maquinación del conquistador estaba bien urdida. El mismo día y en elmismo tren en que partió Cristeta para Santurroriaga salió el utilísimoBenigno, el ayuda de cámara de don Juan, destinado por éste a serviciosanálogos a los que el padre de los dioses exigía de Mercurio. Benignoiba vestido a lo burgués, llevaba instrucciones reservadas, y Cristetano le conocía.

Capítulo VII

En el cual hay viaje, separación, monólogo y principio de algo más grave

No queriendo don Juan que su amada viajase en compañía de los demáscómicos ni en coche de segunda, como correspondía a su categoríaartística, le proporcionó para sí y la doncella un reservado y fue adespedirla a la estación, donde cubrió el asiento que debía ocupar conun precioso ramillete de flores y una cestilla llena de exquisitasprovisiones de boca.

Cristeta se presentó en el andén vestida con elegante sencillez.

Ya noera la chiquilla que años antes salía muy de mañana con un pañuelo a lacabeza y un vestidillo de percal a comprar buñuelos para que sus tíostomaran chocolate, ni recordaba en nada la humilde comiquilla de losprimeros meses de contrata, en que iba a los ensayos con velo negro,como van al taller las oficialas de modista. Ahora parecía un figurínfrancés: llevaba un magnífico abrigo gris, largo y muy ajustado altalle; sombrero de anchas alas, adornado con lazos negros; en la mano unsaquillo de piel de Rusia, y al subir al vagón mostró que, según sucostumbre, iba primorosamente calzada. La doncella vestía con decencia,pero de modo que nadie pudiera dudar que fuese criada.

Ella sentada dentro del vagón, y él de pie en el estribo, Cristeta y donJuan estuvieron hablando un buen rato y sin testigos enojosos, porquedoña Frasquita no permitió que su marido fuese a la estación paradespedir a su sobrina.

—¿Qué día vendrás?—preguntó ella a su amante.

—Lo antes posible.

—Piénsalo bien—dijo luego Cristeta mirándole con severidad no exenta decariño—. Te agradezco mucho todas tus finezas; pero..., no puedoadivinar qué fin va a tener esto. Conozco que te quiero, y éste es unmal... ¡sabe Dios! Ahora estamos a tiempo...

Si te has de portar malconmigo... déjame. Por lo menos, el recuerdo que conserve de ti notendrá nada de rencor.

—¡Tonta mía! ¡Qué cavilosa eres!

—Es que... entiéndelo bien... nunca me resignaré a que mi amor sea cosade juego. Yo podré no tener exigencias ridículas; pero tampoco me dejarétratar como... ya me comprendes.

Don Juan, no sabiendo qué responder a tan sinceros avisos, se contentabacon mirarla rendidamente.

De pronto silbó la locomotora, lanzó tremendos resoplidos, crujieron losherrajes, arrancó el tren, dejando al galán en el andén con un «adiós,vida mía», en la boca y Cristeta permaneció asomada a la ventanillahasta que le perdió de vista, agitando el pañuelo en la mano.

Durante el viaje adquirió el convencimiento de que aquel hombre se lehabía entrado al corazón más de lo que acaso conviniera. Todo el caminofue pensando en lo distinto que era Juan de cuantos pretendientes tuvo.

Echada en el fondo del vagón, sin dormir ni cambiar palabra con ladoncella, se quedó como ensimismada. Unos ratos sus reflexionessemejaban examen de conciencia: mentalmente se hacía reproches por haberdado oídos al amor; otros momentos parecía complacerse en los recuerdosque su memoria iba evocando... En verdad que las galanterías de Juanhabían sido de extraordinaria delicadeza: fue el único que, al dirigirsea ella, no tuvo en cuenta exclusivamente su belleza: no cabía duda deque le parecía, no hermosa, sino hermosísima; pero jamás se lo expresócon osadía ni se permitió atrevimientos de mal gusto...

algún beso, esosí; pero un beso casi respetuoso. Nunca mostró desconocer ni olvidarsedel decoro debido a la mujer amada.

Otros procuraron seducirlafingiéndose enloquecidos por su belleza, no elogiando más que susencantos materiales: Juan le había dado a entender muchas veces quetambién apreciaba en ella el ingenio y la bondad: además, había hecho loposible por despertar en su ánimo aversión a la vida teatral, en lo quetenía de peligrosa. Y sobre esto último pensó mucho Cristeta, porque elteatro y el arte que ella se había fingido leyendo dramas y comedias enla trastienda del estanco o apoyada de codos en el mostrador, no eran elarte y el teatro que la realidad le presentaba. Soñó con una vida todapoesía y encanto, y tropezó con una existencia llena de vulgaridad ydesilusión. Por otra parte, ya no podía confundir su afición con sudisposición: ya sabía que sus facultades no eran bastantes a eternizarsu fama, ni muchísimo menos. Acaso estuviera predestinada a tener quecontentarse con ser actriz mediana, de aquellas a quienes nadie echa demenos cuando mueren o se retiran. Era aplaudida por elegante, picaresca,graciosa y bonita, o por salir medio desnuda: todos decían al verla:«¡qué guapa!», rara vez la celebraban como artista. Harto lo comprendíaella, sin forjarse esas dañosas ilusiones con que el amor propio ciega ypierde a los vanidosos... y, además, recordaba que la única persona quehabía contribuido a promover estas ideas era Juan. Por supuesto, que susindicaciones fueron hechas con exquisita discreción. Sí; aquel hombre lotenía todo: galante, fino, cariñoso, espléndido, inteligente, bieneducado... hasta guapo mozo, que es la última de las condiciones quedebe exigir la mujer. ¡Vaya si era guapo! ¡Qué modo tenía de mirarla!Sus expresivos ojos sabían decir cuanto callaba su comedida lengua.

Perolo que causaba a Cristeta verdadera delicia era la convicción de que donJuan se apenaba cada vez que la veía salir a escena ligera de ropa.Indudablemente tenía celos del público, y por lo mismo que el seductorpuso empeño en alejar del pensamiento de la mujer toda idea de pasiónexclusivamente sensual, la mujer se obstinaba en persuadirse de que, nosólo con sus perfecciones morales, sino también con sus encantosfísicos, le había enamorado.

Toda la noche soñó despierta con don Juan, experimentando dulzurainefable ante la idea de que él compartiese el sentimiento que habíainspirado. El monólogo fue muy largo, e innumerables las ideas quemientras duró se encadenaron y sucedieron, quedando al término de todasevidenciada la existencia de un grave peligro para Cristeta. Don Juanera hombre de posición social muy superior a la suya; ella no loignoraba, y a pesar de esto le había rendido el albedrío. Don Juan no seaventuró a una sola demostración que indicase atrevimiento, ni dio unpaso en el camino de la conquista material; nunca tuvo ella que decirle:«las manos quietas», pero ¿qué pasaría si llegasen las cosas a esteterreno? ¿Cómo ponerle a raya, si tal aconteciera? Pensar en boda, seríabobada: don Juan no había de casarse con una comiquilla. ¿Qué quedaba,pues, en el fondo de aquella mutua inclinación sino la perspectiva deunas relaciones predestinadas a morir sin madurar o a convertirse encontrato pasajero?

Cristeta no quería acostumbrarse a la idea de que su pasión creciesefuera de la Iglesia y a espaldas del Registro civil; pero aún lerepugnaba más la posibilidad de perder a don Juan.

Mirando tristemente el ramo que le había dado al salir de Madrid,imaginaba que a veces el amor tiene igual destino que las flores: secortan con mimo, se les quitan las espinas con cuidado, se agrupan conarte, se aspira su aroma con delicia, se conservan artificialmente unascuantas horas, y luego quien las deseó con vehemencia, las tira condesprecio.

En suma, Cristeta desconfiaba sinceramente de saber ni poder ni quererresistir a don Juan, y al mismo tiempo su dignidad femenina sesublevaba, temiendo que el abandono pudiera ser para ella el mismodespeñadero que para tantas otras. Acaso llegase a conformarse con laidea de perderse por amor; mas no podía transigir con la perspectiva deser una pérdida. Amar y entregar el alma, y, considerándolo comomiserable esclavo del alma, hacer también regalo de su cuerpo... talvez; pero a un solo hombre, y ese había de ser él.

*

* *

Llegada que fue a Santurroriaga se hospedó en el piso segundo de la Fonda de España. El criado de don Juan, que no la perdió de vistadesde que se apeó del tren, se albergó en el mismo establecimiento, ydespués de saber dónde se había alojado, a fuerza de propinas, consiguióque le trasladasen a una pieza contigua a la que ella ocupaba: enseguida de lo cual dirigió a su amo un telegrama. Después aquel hombreutilísimo, más digno de mandar que de servir, esperó a don Juan, el cualllegó a las cuarenta y ocho horas.

Así urdida la trama, amo y criado se encontraron casualmente en lapuerta del hospedaje, y ante el encargado de la fonda, como amigos aquienes el azar reúne, hablaron de este modo: El criado.—Si va usted a estar aquí muchos días, pida usted que leden el cuarto que yo tengo, porque la vista del mar es una delicia... Yome voy pasado mañana.

El señor.—Hombre, se lo agradezco a usted mucho. Y

luego,dirigiéndose al encargado:

—¿Hay inconveniente en que ocupe la habitación de este caballero?

El de la fonda.—Ninguno. ¿Qué más nos da?

Don Juan tomó posesión del cuarto inmediato al de Cristeta.

Un conquistador principiante o adocenado, hubiera incurrido en lainexperiencia de ir aquella misma noche al teatro de la villa en buscade la mujer asediada, para demostrarle su amor haciendo valer lapresteza del viaje. Don Juan, con maquiavélica sagacidad, no se dejóver. Salía de la fonda muy de mañana, comía fuera, paseaba lejos yregresaba tarde. No hubo compañero de Cristeta que tropezase con él.

Luego transcurrieron unos cuantos días sin que ella recibiese cartas desu amartelado caballero, lo cual estimuló su impaciencia, y ya comenzabaa darse casi por olvidada, cuando una noche el desasosiego se le trocóen alegría.

Regresaba del teatro y subía de prisa la escalera, seguida de ladoncella, que por llevar un lío de ropa andaba más despacio, cuando alllegar al descansillo que separaba dos tramos, vio a un hombre que,palmatoria en mano, entraba rápidamente en una habitación. No pudodistinguir bien la figura del desconocido, que abrió y cerró la puertacon extraordinaria precipitación; pero le pareció que aquel hombre eradon Juan.

«¡Dios mío!», murmuró la enamorada muchacha; y dándole un vuelco elcorazón, quedó parada, sintiendo que comenzaban a temblarle las piernas.Haciendo un esfuerzo llegó a su cuarto, aguardó a que subiese ladoncella, despidiola en seguida sin consentir en que la desnudase, yapenas se vio sola, cerró la puerta con llave y la aseguró con elpestillo.

No se había repuesto de la emoción sufrida, cuando una tosecilla seca yentrecortada confirmó sus sospechas. Aquella era la seña que teníanconcertada en el teatro de Madrid, para conocer que él había llegado yque esperaba en el pasillo.

Cristeta, entre acobardada y gozosa, se dejó caer en una butaca. Estabasola, y don Juan a dos pasos. Sólo les separaba un miserable pestillo,que con el dedo meñique podía descorrerse.

Su turbación fue grande:estaba segura de que había de venir a pasar algún tiempo en la mismaciudad, y le aguardaba impaciente, no por días, sino por horas; pero noimaginaba que viniese a la misma fonda, ni que se alojase en el cuartode al lado.

La sacudida nerviosa que experimentó fue indefinible mezcla de pudoralarmado y esperanza satisfecha. Miró con recelo hacia la puerta, yviéndola cerrada y asegurada, se le serenaron algo los ojos, como sijuzgase alejado el peligro. En seguida oyó otra vez sonar la tosecilla ysonrió orgullosa diciéndose: «¡Hasta el fin del mundo es capaz de ir pormí!»

De repente se puso pálida como la cera; quiso suspirar, no pudo, y se levino al rostro una oleada de sangre. La cosa no era para menos. Acababade fijarse en una puerta de que hasta entonces no hizo caso, o en que noreparó, por hallarse clavada en ella, según es frecuente en las fondas,una percha, de la cual su doncella había colgado varías faldas y otrasropas largas ocultando la entrada; y era lo terrible que esta puertaponía en comunicación el cuarto de Cristeta con el inmediato.

Se levantó temblando, se acercó de puntillas y quitó las ropas: lapuerta estaba cerrada y tenía el pasador echado; pero...

¿podríanabrirla desde la parte opuesta? Mejor dicho: ¿podría Juan entrar porallí?

«No me acuesto», pensó; y volviendo a sentarse en la butaca, dejó pasarunos minutos, que le parecieron siglos.

¿Se habría equivocado? ¿Sería Juan, u otro cualquiera que se lepareciese en el modo de toser? Si fuese él, ¡qué dulcísimo miedo! Si no,¡qué tranquilidad... y qué desilusión!

Era en verano, y el cuarto había permanecido todo el día cerrado; asíque entre su propio sofoco y el calor de la habitación, Cristeta norespiraba a gusto.

Sin mover ruido fue al balcón y lo abrió.

¡Qué hermosa noche! La ciudad estaba dormida, el mar en calma, el airediáfano, la atmósfera serena, y en el cielo brillaban millares demillones de estrellas. Cristeta se apoyó de codos en la barandilla yaspiró con delicia el aire que venía saturado de emanaciones salinas. Envano quería serenarse. El corazón le latía como avisando un peligro, ylos oídos le zumbaban remedando una canción de amor.

De pronto oyó una voz suave y grata, que pronunciaba su nombre con sinigual ternura, y le pareció que ni antes, ni después, ni nunca en loinfinito del tiempo, se dijo ni dirá nombre de mujer con semejanteacento.

En el balcón inmediato al que ocupaba Cristeta estaba don Juan.Alargando un brazo cada amante, pudieron estrecharse las manos.

—¡Imprudente!—dijo ella—. ¡Quieres comprometerme!

—Nadie sabe que he venido. Peor sería ir al teatro no habiendo aquínadie de tu familia. Ni siquiera el bobalicón de tu tío.

—¡Pobrecillo! Bueno le dejé... El teatro le ha vuelto el juicio, o,mejor dicho, aquella corista... Mariquilla. Está loco. Pero el loco deatar eres tú. ¿Cómo te las has compuesto para que te den ese cuarto?

—El cómo, no lo sé; el para qué, figúratelo. Estoy harto de verte antetestigos. Tengo hambre de estar solo contigo, de cogerte una mano, nadamás que una mano, ¿entiendes? y comérmela a besos.

—¿Me quieres?

—Más que tú a mí.

—¿Tú que sabes?

—¡Rica mía!

—¡Vida!

—¡Cariño!

Y así siguieron largo rato, dulcísimamente entretenidos en aquelestupendo y delicioso dúo que por primera vez tuvieron Adán y Eva, y queprobablemente sostendrán, pareciéndoles original, el postrer hombre y laúltima mujer que queden sobre el haz de la tierra.

El poético canto de la alondra avisaba a Julieta y Romeo que era llegadala hora de la separación; mas como allí no había pájaros, el aire frescode la madrugada fue quien impuso la separación a los amantes,recogiéndose ambos a sus cuartos al despuntar el día; y conste que, enobsequio al lector, el autor prescinde de describir la llegada de laaurora. Cristeta se sintió más enamorada que nunca, y don Juan másesperanzado con la victoria, a semejanza de los grandes capitanes que noarriesgan ni proponen batalla hasta después de haber irritado al enemigoen largos días de desear la lucha, porque de esta suerte queden lasangre fría y la calma triunfantes del entusiasmo y del coraje.

*

* *

Sabed ¡oh tímidas y pudorosas doncellas merecedoras del blanco azahar!que la puerta de comunicación no se abrió aquella noche.

Acostose Cristeta, y al apagar la bujía vio que por el ojo de lacerradura entraba un hilo de luz, al cual parecían dejar paso malintencionadamente las prendas colgadas de la percha.

Entonces, pensandoque aquel agujerito podría convertirse en observatorio peligroso para suhonestidad, se levantó a oscuras y lo tapó a tientas con la punta de unatoalla, murmurando al meterse segunda vez entre las sábanas: «¡VálgameDios lo que es la vida! ¡Todo Madrid me ha visto medio desnuda en elteatro, y ahora tomo precauciones para que no me vea el único hombre aquien quiero...!»

Capítulo VIII

Lo que en éste sucede, mejor es para sentido que para escrito Durante cuatro noches se hablaron de balcón a balcón. A la quintadescargó sobre la ciudad una tempestad horrible, y hubieron de suspenderel diálogo. Tan fragorosos eran los truenos, tan frecuentes losrelámpagos, que ambos amantes juzgaron prudente retirarse cada cual a sucuarto, don Juan maldiciendo de Júpiter y de Eolo, y Cristeta, queignoraba la Mitología, renegando de su mala estrella.

Era la una de la madrugada, y acababan de recogerse cerrando persianas yvidrieras, cuando Cristeta oyó golpecitos dados en la puerta por dondecomunicaban las dos habitaciones.

Aproximose al tabique, dio otros golpecitos, y acercando la boca al ojode la cerradura preguntó:

—¿Eres tú?

Pasaron unos cuantos segundos, y de pronto vio caer al suelo la toalla,que pocos días antes colocara con pudorosa cautela, a modo de tapón,notando al mismo tiempo que por el agujerito destinado a la llaveasomaba un mango de pluma, con el cual don Juan había empujado el lienzohasta tirarlo. Venirse abajo el paño de manos, retirarse el mango depluma y mirar ella por el agujerito, todo fue uno. Al pronto nodistinguió nada; pero apartándose un poco hacia atrás, volvió a mirar, yentonces vio una ceja; luego se quitó la ceja, y en su lugar aparecieronlos labios de don Juan, cuya voz entraba por aquel estrecho conductocasi silbando, y decía:

—¿Estás ahí, vida mía?

—Sí.

—¿Quieres que hablemos por aquí?

—Bueno; ¡pero me da una risa!...

—¡Qué angostos son a veces—dijo don Juan—los senderos que Dios nos dejapara que caminemos hacia la dicha!

—Chico, parece que nos amamos por cerbatana.

—¿Oyes bien?

—Sí, pero tengo que pegar la oreja a la cerradura.

—¡Alma mía!

—¡Juan de mis ojos! ¡Monín!

A la media docena de exclamaciones melosas sonaron simultáneamente doscarcajadas, y en seguida dijo don Juan:

—Cristeta, vida mía, esto me parece el colmo de la ridiculez.

—A mí también: tu voz suena como silbido de mirlo.

—Pues abre la puerta.

—¡Calla, loco!

—Nada más que entornada.

—¿Para qué?

—Tú lo has dicho: para no ponernos en ridículo ante nosotros mismos.

—Sí, pero, ¿y luego? Tengamos juicio.

—No seas tonta.

—¿Quieres que sea loca?

—¿No estoy yo loco por ti?

—Sí, pero tu locura buscará alivio en mi perdición, y para la mía nohabría remedio.

—¡Vaya un discreteo, y cómo se conoce que eres mujer de teatro!

—Y tú hombre de mucho mundo, que es uno de los tres enemigos del alma.

—Vamos, abre, paloma.

—¿Y qué prometes?

—Cerrar cuando tú lo mandes.

—¿Palabra de honor?

—Lo juro.

Oyose el estridente correrse del pestillo, entreabriose la puerta, y,merced a la luz que cada interlocutor tenía en su cuarto, pudieron ambosverse perfectamente.

La puerta quedó separada de su marco cosa de un palmo, y por aquelespacio alargó don Juan ambas manos, estrechando entre ellas una deCristeta, que ésta tuvo la caridad de no retirar.

—¡Parece mentira!—decía él—. La prueba de que te quiero está en lacobardía, en el temor de ofenderte con que te miro y te deseo.

—Sí, pero te agarras.