Cecilia Valdes o la Loma del Angel by Cirilo Villaverde - HTML preview

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José Dolores estaba desarmado y se contentó con añadir:

—¿Quién es Vd.?

—Soy quien soy, contestó el otro con impavidez.

—¿Qué busca Vd. aquí?

—Lo que me da la gana.

—Pues ahora mismo sale Vd. de la casa o lo echo a patadas.

—Quisiera verlo.

—¡A, perro! Habías de ser esclavo. ¡Afuera!

En ese punto intervinieron Tondá, Uribe y el oficial de sastre, sin cuyapresencia de seguro que se arma una riña sangrienta entre el galantemúsico y el desconocido de las grandes entradas.

El oficial dicho le dioel nombre de Dionisio Gamboa, y habiéndole rodeado todos poco a poco,fueron empujándole hasta ponerle materialmente de patitas en la calle.Mientras se le llevaban así, volvía con frecuencia la cara y decía,dirigiéndose a Cecilia:—Se figura que es blanca y es parda. Su madrevive y está loca. Hablando después con Pimienta, decía:—Señor defensorde las niñas, sangre de chincha, el que la debe la paga.

No se ha dequedar riendo. Ya nos veremos las caras. Al oficial de sastre, que lerepetía:—Cállate la boca, Dionisio Gamboa, vete a cocinar a casa de tuamo, no te metas a farolero, porque pueden darte un bocabajo que techupes los dedos; casaca, suelta a ese hombre, le decía:—Yo no me llamoGamboa me llamo Jaruco. Y acuérdate que también me la debes.

Afectaron un tanto a Cecilia la conducta y sobre todo las palabras delnegro de las entradas. Daba la casualidad que cuanto dijo respecto desus padres, coincidía extrañamente con lo que ella misma había antesoído y sospechado. El lenguaje misterioso que empleaba la abuela siempreque del caballero que las favorecía se trataba, era bastante parahacerla pensar a veces que debía de tener con ella alguna otra relaciónque la de un mero galanteo, aun cuando no le pasara por la mente quefuese su padre el padre de su amante. Este no la amaría ni la prometeríaunión eterna si supiera, como debía saberlo, que ligaba a los dos tancercano parentesco. Por lo tocante a su madre, la abuela, mejorautoridad que el cocinero de Gamboa, si bien no la aseguró jamás quehubiese muerto, no la afirmó tampoco que viviese, menos aun queestuviese loca. La mujer a quien seña Josefa solía visitar en elhospital de Paula, según lo poco que se le había escapado de los labiosen momentos de vivo pesar y honda tristeza, no era hija suya, siquierasobrina; tal vez pariente de pariente de una amiga íntima de la mocedad.El cocinero Dionisio Gamboa o Jaruco estaba por fuerza equivocado,repetía meros rumores, hablaba de memoria.

En tal virtud, y teniendo en cuenta la edad y carácter alegre deCecilia, no es de extrañarse que, tras pasajera preocupación, seentregase de nuevo en brazos de los placeres que le brindaba el baile.Sin embargo, en medio del torbellino de la danza y del incienso deadulación con que los hombres pretendían embebecerla, la inquietaba aveces el pensamiento del riesgo que corría el hermano de su amigaNemesia, por haberla defendido de los insultos de un loco o de unasesino.

Por eso, como mujer agradecida, desde aquel punto empezó a sentir porJosé Dolores una especie de simpatía que no había sentido nunca, y endescuento de la deuda contraída no tuvo empacho en manifestarle sustemores. Riose él de ganas al oírla, replicándole, quizás paratranquilizarla que el Dionisio Gamboa, Jaruco o lo que fuese, era unmiserable esclavo, muy bocón para parársele delante fuera del baile,porque dice el refrán que perro que mucho ladra no muerde. ObservoleCecilia que siendo esclavo y cobarde era más de temer, pues atacaría atraición, no cara a cara. Replicó a esto José Dolores, que,efectivamente, tenía que ir prevenido y con los ojos muy abiertos, nofuera que le dieran por la espalda; pero que por lo demás ya él se habíaarmado con un cuchillo que le acababa de prestar un amigo, y que teníaque ser lince el hombre que le matase del primer viaje.

Después del ambigú y de otra danza entre las doce y la una de lamadrugada, terminó el baile y cada cual marchó para su casa.

Seña Clara, de brazo con Uribe, su marido; Cecilia y Nemesia con el hermanode ésta, en unión agradable se dirigieron a lo largo de las casuchas quehabía por aquel lado de la calzada, en dirección de la puerta de lamuralla, llamada de Tierra por ser la más inmediata. Al acercarse ala primera esquina de la calle de Cienfuegos o Ancha, notó Cecilia lasombra de un hombre que, ganándoles la delantera, torció por allí a laderecha. Sospechó desde luego quién podría ser y trató de llamarle laatención a su compañero, al lado opuesto, indicándole el café nombradode Atenas, solitario y oscuro, cerca de la estatua de Carlos III, a laentrada del paseo. Pero el hombre no pasó de largo cual ella esperaba;se plantó en la esquina y dijo alto:—Sinvergüenza, sangre de chincha,ven para acá, si eres guapo.

Preciso era que José Dolores tuviese sangre de ese insecto para que sedesentendiese de un desafío semejante, hecho delante de la dama de suspensamientos. Hizo, pues, por desprenderse de sus compañeras, lascuales, sujetándole cada una por un brazo, habrían conseguido el intentosi no acude en su ayuda Uribe diciendo a las muchachas:

—Dejen que le dé una mojada.

Así fue. José Dolores sacó el cuchillo, tomó el sombrero en la manoizquierda para usarle como la capa el matador delante del toro, y siguiólos pasos del contrario sin acercarse demasiado.

Cecilia, con Nemesia y seña Clara, agarradas de las manos y de Uribe,todas temblorosas y con la ansiedad que es de imaginar, se estuvieron aesperar cerca de la esquina el resultado de una lucha que no podía menosde ser sangrienta. A poco más oyeron la voz argentina de José Doloresque dijo:—Aquí; y la ronca del negro que respondió:—Aquí. Y comenzósin más la horrible brega.

La carencia absoluta del alumbrado público, junto con la oscuridad deuna noche sin luna, impedían ver claro los movimientos de loscombatientes, no obstante la proximidad a que estaban del grupoespectador. Suponiendo que Dionisio tuviese el valor sereno de JoséDolores, no tenía su agilidad y mucho menos su destreza en el manejo delcuchillo. Esto se echó de ver pronto, porque tras unos pocos esguinces yquites con el sombrero, se oyó primero un ruido extraño, como de telanueva que se rasga con fuerza, y de seguidas el bronco de un cuerpopesado que da en tierra. Cecilia y Nemesia dieron un grito penetrante ycerraron los ojos. ¿Quién de los dos había caído? ¡Momento de terribleansiedad!

Mientras el caído continuaba gimiendo sordamente, el otro parecióacercarse a paso menudo hacia la calzada. En segundos, que no enminutos, salió de la densa oscuridad que le rodeaba, mucho más densapara los ojos de los que le aguardaban y que del sobresalto no podíanver claro. Venía riente, ligero como un gamo, envainaba el cuchillo y seponía el sombrero hecho trizas.

Era José Dolores Pimienta. Cecilia fuela primera a recibirle, y sin saber lo que hacía, por un impulso de sualma generosa y sensible, le echó los brazos al cuello, preguntándolecon cariño:—¿Te han herido?

—¡Ni un arañazo! contestó él, tanto más orgulloso cuanto que sentíasobre su corazón la cabeza de la mujer a quien adoraba sin esperanza decorrespondencia. En oyéndole ella, lloró de pura alegría cual la niñaque recupera su muñeca cuando la juzgaba irrevocablemente perdida.

TERCERA PARTE

CAPÍTULO I

vistes

de

jazmines

Al

arbusto

sabeo,

Y

el

perfume

le

das

que

en

los

jardines

La fiebre insana templará a Lieo.

A. BELLO

Separose Leonardo Gamboa de su familia después de almuerzo en la dehesao potrero de Hoyo Colorado, y en la amable compañía de Diego Menesestomó por entre Vereda Nueva y San Antonio de los Baños, la vuelta deAlquízar, rumbo al sudoeste de su punto de partida.

A pocas leguas se hallaron en lo que llaman por ahí Tierra Llana,planicie extensa e igual, cuyo centro por esa parte lo ocupa lapoblación últimamente nombrada. Su fondo es un calcáreo muy poroso ypuro, cubierto de una capa de tierra rojiza, o color de ladrillo, atrechos bastante espesa y suelta, acusando el óxido de hierro de queestá cargada y de una fertilidad prodigiosa. Con algunas interrupcionesde nivel se dilata hacia el oeste hasta Callajabos, al pie de lasserranías de la Vuelta Abajo y hacia el este hasta los últimos límitesde Colón, siendo su latitud general estrecha.

Por supuesto, en las porciones más elevadas de dicha mesa, no se venfuentes naturales, ni llueve tampoco a menudo; pero es tan copioso elrocío nocturno, que moja el suelo y refresca la vegetación. Noconociéndose en el país ningún sistema de regadío, a ese fenómenometeorológico hay que atribuir la lozanía con que crecen y el verdeesmeralda con que se visten las plantas en todas las estaciones del año.En cambio, el descuaje del arbolado, el cultivo general de la mesa,particularmente de aquella parte que iban recorriendo nuestros dosviajeros, habían ahuyentado los pájaros de cuenta, y apenas si se veíanuno que otro grupo de judío de vuelo pesado y penetrante graznido, unpar de tímidas tojosas, una fugaz bijirita y pequeños tomeguinesescondidos en los arbustos inmediatos.

Mientras más se alejaban de Hoyo Colorado, más cafetales encontraban auno y otro lado del camino; como que esas eran las únicas fincas ruralesde cierta importancia en la porción occidental de la mesa, al menoshasta el año de 1840. Hablamos ahora del famoso jardín de Cuba,circunscrito entre las jurisdicciones de Guanajay, Güira de Melena, SanMarcos, Alquízar, Ceiba del Agua y San Antonio de los Baños. No sefundaban entonces ahí granjas para la explotación agronómica, en elsentido estricto de la palabra, sino verdaderos jardines para larecreación de sus sibaritas propietarios, mientras se mantuvo alto elprecio del café.

Contra el sistema legal de mensuras observado en Cuba desde ab initio,estaban divididas esas bellísimas fincas en figuras regulares,prevaleciendo el cuadrado, y acotadas todas con setos de limonerosenanos, con zarzas y más comúnmente con tapias de piedra seca, o cercasprimorosas y artísticamente construidas.

Cubríanse éstas de enredaderaso aguinaldos, especialmente de campanilla blanca, los cuales abrían porPascuas de Navidad, daban aspecto risueño a la campiña con sus níveasflores, en contraste con el verdor fuerte del arbolado cercano, mientrasque con su exquisito y trascendental perfume embalsamaban el ambientepor millas y millas a la redonda.

Sus ostentosas y cómodas viviendas no caían en las anchas calles ocalzadas que separaban entre sí los diferentes predios.

Más bienbuscaban la reclusión y el sombrío que brindaba el interior, como quecrecía ahí más frondoso el naranjo de globos de oro, el limoneroindígena y exótico, el mango y la manga de la India, el árbol del pan,de ancha hoja; el ciruelo de varias especies, el copudo tamarindo deácidas vainas, el guanábano de fruta acorazonada y dulcísima, lagallarda palma, en fin, notable entre la gran familia vegetal por sutronco recto, cilíndrico, liso y grueso como el fuste de una columnadórica, y por el hermoso cerco de pencas con que se coronaperennemente.

A flor del camino sí erigían la entrada, portal, mejor, arco triunfal,bajo cuya sombra, como por las horcas caudinas, había que pasar paracoger la ancha avenida, flanqueada de palmas y naranjos, que conducía ala apartada vivienda señorial, oculta allá en el espeso arbolado. Aúndespués de haber avanzado bien adentro, no siempre descubría de lleno elcaserío, ni se llegaba a él derecho; porque a menudo ocurría dividirsela avenida en dos ramales, describiendo dos medios círculos, uno deentrada, otro de salida, que limitaban de un lado los cafetos o setos dezarzas, y del opuesto los jardines de flores, desplegados a un tiempo ala vista del sorprendido viajero. Siguiendo por cualquiera de esosmedios círculos, de seguro que se daba con la morada de los dueños y susdependencias inmediatas en primer término; después con la casa, por logeneral exenta, del molino, en el centro de una como plaza o batey, entorno del cual se hallaban los tendales o secaderos de café, losalmacenes o graneros, las caballerizas, palomar, corral de gallinas y laaldea formada por las cabañas de paja de los esclavos.

Leonardo Gamboa y su amigo, con los caballos algo sofocados, cubiertosya unos y otros del polvo bermejo y sutil de la tierra llana, avistaronlos linderos del cafetal La Luz, perteneciente a don Tomás Ilincheta,cosa de media legua distante del pueblo de Alquízar, pasadas las cuatrode la tarde del 22 de Diciembre de 1830. Por la derecha de los viajeros,bajo un cielo azul y sin nubes, se ponía entonces el glorioso sol de lostrópicos, cuyos abrasadores rayos lanzaban manojos de luz a través delas ramas de los árboles, tendiendo cada vez más larga la sombra de laspalmas sobre el campo verde, tachonado de gayadas flores, a tiempo queencendían el átomo térreo impalpable que se cernía en el tranquiloambiente.

Resonaba a lo lejos con las pisadas de las caballerías el fondo poroso yhueco de la tierra llana; de manera que, mucho antes de que los jinetestocaran el portal de la finca, ya se hallaba en la reja de hierro,dispuesto para abrirla, el portero negro, que acababa de salir de unaespecie de garita grande de mampostería y teja plana, hacia laizquierda. Reconoció desde luego a aquéllos y los recibió con losescorrozos tan propios de las gentes de su raza y condición diciendo:

¡Ojó! ¡ojó! Niño Leonardito ¿ ya sumerce vinió? ¡Ah! ¡Ah!, y elniño Dieguito asina mismo.

—¿Cómo está la familia, congo? le preguntó Leonardo.

Toos güenos, grasi Dió. Ahorita dentraron las niñas con doñaJuanita. Vinían del protero. Milagro que no se toparon con ellas losniños. Si susmercés jarrean un poco entoavía las alcanzan más pacá de la casa.

Y agregó luego hablando con Leonardo:—¡Ah! ¡ Qué si va a legrá la niñaIsabelita! ¡Y la niña Rosita! (hablando con Meneses). ¡No mi diga!

Los dos jóvenes se sonrieron y continuaron al paso de sus caballeríaspor el centro de la magnífica alameda, deseando en secreto, por extrañacoincidencia de sentimientos, que se alargase algo más el término de sucamino. Es que en los momentos de comparecer ante las damas de susamores, temía Leonardo que le recibiese la suya, no cual solía, comoamiga y amante tierna, sino como juez severo y duro, por sus pasadasflaquezas y veleidades. Para decir verdad, sentía algo que se parecíamás a la vergüenza que al contento. Diego, por su parte, próximo arealizar el deseo más vivo e íntimo de su pecho, el de volver a ver aRosa en su paraíso de Alquízar, después de un año de ausencia, queríaprobar si retardando el momento apetecido, se calmaba un tanto eltumulto de su sangre y podía saludarla con la compostura del respetuosocaballero.

Pero por ahora, ni la satisfacción de este capricho les fue dadorealizarlo a nuestros amigos. Porque en desviándose de la avenida quetraían, alcanzaron a ver a las hermanas penetrando en lo más intrincadodel jardín, allí donde los rosales de Alejandría, los jazmines del Caboy las clavellinas, competidores de los más bellos de que se precianTurquía y Persia, si no acertaban a envolverlas con sus ramas, sin dudaque las envolvían con sus emanaciones aromáticas.

También las jóvenes, por las pisadas de los caballos, se apercibieron dela presencia de los viajeros, reconociéndolos, especialmente al primeroque puso pie a tierra, abandonando la montura a su albedrío, y fueLeonardo Gamboa. Rosa, más joven y cándida que la hermana, hizo unaexclamación involuntaria de alegría; Isabel experimentó sentimientoopuesto. Recordaba que su despedida de La Habana no fue agradable nicordial, y creía que antes de dar entrada en su pecho al placer con quesolía recibir a Leonardo, necesitaba cuando menos una explicación suyasatisfactoria de lo pasado.

Ni Leonardo ni Diego se hallaban en aptitud de leer claro en elsemblante de sus amigas lo que pasaba en sus espíritus cuando llegó elmomento de saludarse, según el modo frío y rígido que piden lascostumbres cubanas, esto es, sin el significativo apretón de manos. Fuebien marcado, no obstante, el cambio que se operó en el rostro de lasdos hermanas. El de Isabel asumió aspecto serio y pálido; el de Rosatomó el color de la flor de su nombre; y por breve rato, ellos ni ellassupieron qué hacerse ni qué decir. Tocó al cabo a la más avisada de lasmujeres el advertir la embarazosa posición de todos, y, para salirpronto del paso, acudió a una de las coqueterías características de suedad y sexo. Tenía Isabel en la mano una rosa de Alejandría, abiertaaquella misma tarde, y se la prometió a Meneses diciendo:

—¿No es ésta su flor preferida?

Asomáronsele los colores a la cara del agraciado, y se puso más coloradaque antes la de Rosa, quien, ya quisiese ocultar su propio rubor, yaenmendar el aparente desaire hecho a Gamboa, se quitó un clavel que sehabía prendido en el cabello y se lo dio balbuceando:—¿No es ésta laflor que prefiere el amigo Leonardo?

Bastó esto poco a romper el encanto; sólo que por aquella tarde y nocheIsabel se dedicó a obsequiar y atender a Meneses, aunque no veía elmomento de conciliación con Leonardo. Entre tanto, juntos los cuatrofueron al encuentro de doña Juana y del señor Ilincheta que venían asaludar a los recién llegados.

Desaparecía por entonces la claridad del día, y el airecillo de lanoche, por más que viniese cargado de los perfumes de las flores y delas emanaciones gratas que emite el campo a esa hora, empezó a dejarsesentir. Las señoras, sobre todo, tuvieron que apelar al abrigoacostumbrado, el pañolón de seda, echado al desgaire sobre los hombros.Pero en los momentos de trasladarse a la sala, resonó el melancólicotañido de la campana de la queda en los cafetales circunvecinos y en elde La Luz, llamando a amos y esclavos a la oración y al recogimiento.En oyéndolo doña Juana, sus sobrinas, los dos jóvenes y don TomásIlincheta, éstos con los sombreros en la mano, y los criados delservicio inmediato de la familia con los brazos cruzados, todos de pie,aquella señora comenzó diciendo:—¡Ave María Purísima!; a quecontestaron los circunstantes en coro: Sin pecado concebida.—El Ángeldel Señor (prosiguió la señora) anunció a María que el Hijo de DiosPadre encarnaría en sus entrañas, para redención del mundo. ¡Ave María!María Santísima lo admitió diciendo: ves aquí la esclava del Señor,hágase en mí según tu palabra ¡Ave María! El Hijo de Dios se hizohombre, y vivió entre nosotros. ¡Ave María!

Dadas las buenas noches, las hijas primero y tras ellas los criados,besaron la mano de doña Juana y de don Tomás, y recibieron encontestación el usual Dios te haga una santa, o un santo.

De seguidas una criada avisó a Isabel que el Contramayoral la esperabaen el otro lado del pórtico. Pidió ella permiso a los huéspedes. Supadre, hablando con éstos, explicó el motivo de su ausenciadiciendo:—Es mi Mayordoma, cajera y tenedora de libros, y cree queprimero es la obligación que la devoción. Lleva cuenta del café que serecolecta, del que se descascara, escoge y ensaca, del que se remite aLa Habana. Cuando se vende, glosa ella las cuentas del refaccionista,cobra y paga. Todo como un hombre. En una palabra, desde que murió miesposa, que santa gloria haya, mi Isabel está hecho cargo de la casa,del cafetal y de todos mis negocios. ¡Ay! No sé qué sería de mí sitambién ella me faltase.

¿Quién era el Contramayoral? Un negro como un trinquete, del color de lapez, cari-ancho, de aspecto franco y mirada inteligente. No bien seapareció su ama, la hizo una genuflexión para pedirla su bendición,porque él mismo acababa de dirigir el rezo de sus treinta o máscompañeros en medio del batey, a la luz de las estrellas.

—Niña, la dijo, aquí está la cuenta de lo barrí llenao hoy. ¿Y

lealargó un papel? ¿La hoja de una planta con signos caligráficos oaritméticos? Nada de eso. Aunque aquel esclavo había aprendido de corociertas oraciones del catecismo que le enseñaron para bautizarle, nosabía escribir ni pintar guarismos.

La cuenta de que hablaba se reducíaa dos o tres varas cortas de un arbusto del campo, con muchos cortes omuescas de través, tarjas o quipos modernos para indicar el número debarriles de café recolectados durante ocho horas de trabajo.

Con pasar Isabel las yemas de los dedos por las muescas de las tarjas,conoció que no había sido abundante la recolección, y así se lo dijo alesclavo.

—Niña, se apresuró él a explicar en su guirigay especial la causa de ladeficiencia. Niña, la safra va de vencía, no queda café maúro en lamata, ni pa remedia. Brujuliando po aquí y po allí se ha llenao 25barrí.

—Está bien, Pedro, repuso Isabel. No hay para qué estropear las matas,ni que tumbar el grano verde. Sería mucho menor la zafra el año entrantesi eso se hiciera. Escúchame Pedro, con atención. Mañana bien tempranopon toda la gente a limpiar el batey y las guardarrayas principaleshasta las nueve. Tenemos visitas y quiero que todo esté aseado y bonito.Por la tarde es preciso que unos pilen y avienten el café seco, y queotros, las mujeres y los más débiles, a escoger. El caso es aviar todoel pilado y aventado, mañana mismo si es posible.

Asina si jará, niña.

—¡Ah! Lo principal se me olvidaba, agregó Isabel en tono triste. ALeocadio que dé bastante maíz y yerba al trío moro y al trío dorado,porque tienen que emprender largo viaje pasado mañana.

¿Va a salí lamo?

—No, tía Juana, Rosita y yo, que vamos a pasar las Pascuas en la VueltaAbajo.

¡Anjá! La niña si va otra vuelta, la casa parece robá.

—Papa se queda. Estamos convidados a pasar las Pascuas como digo, conla familia del señor Gamboa en su ingenio La Tinaja, allá lejos, muylejos, por el Mariel. Han puesto una gran máquina de vapor para molercaña; romperá la molienda la víspera de Pascuas y aguardan por nosotros.Aquí han llegado a buscarme el niño Leonardito y el niño Diego Meneses,que tú conoces.

¿Con que si va otra vuelta? , repitió el Contramayoral pensativo.

—Estaremos ausentes muy poco tiempo, cuando más hasta después deldomingo de Niño perdido. Me da mucha pena dejar a papá solo. Pero esperoen Dios que no le sucederá nada, antes me prometo que Vds. le cuidaránbien.

Asina si jará niña.

—Pero si por desgracia se enfermare en nuestra ausencia, te encargo,Pedro, que sin pérdida de tiempo me despaches un propio al ingenio LaTinaja, cerca del pueblo de Quiebrahacha.

Acuérdate de estos dosnombres: Tinaja y Quiebrahacha.

Asina si jará, niña.

—Rafael o Celedonio, cualquiera de los dos, sirve para el mandado.Ellos conocen el camino de aquí a Guanajay; de allí al Quiebra Hacha sesabe que quien tiene lengua a Roma va.

Asina si jará, niña.

—Bueno, confío en ti, Pedro. Es un gran descanso para nosotros, cuandosalimos, dejar el cuidado de la casa y de la finca a un hombre tanracional y honrado como tú.

Ni porque le hicieron este elogio franco cuanto sincero, hizo uso elnegro de su conocida muletilla. Sólo sacudió la cabeza cual si quisieradesterrar una idea enojosa, y volvió a un lado el rostro, sin darle laespalda a su señorita, lo cual habría sido una falta de respeto.

—Atiende, Pedro, continuó Isabel. Hay que traer del potrero el caballocareto para llevar a Guanajay uno de los dos tríos. El que le lleve, seaRafael o Celedonio, debe salir al Ave María o con los primeros clarosdel día de pasado mañana, apearse en la posada de Ochandarena, frente ala plaza, hacer que bañen y den un buen pienso a los caballos y aguardarpor nosotros, pues tendrá que regresar con el trío que saquemos de acá.¿Recordarás todas estas cosas, Pedro?

Mi ricorde, niña, dijo el Contramayoral afectado; añadiendo a lacarrera: Le pobre negre va a tené una Pacua mu maguá.

—¿Por qué? preguntó Isabel con exagerada sorpresa. Le diré a papá queles deje tocar tambor en los dos días de Pascuas y el día de Reyes.

Ma como la niña no etá allante, le negre no se diviete.

—¡Qué bobería! Nada, a bailar, a divertirse para que esté contenta laniña cuando vuelva del paseo. ¡Eh! Nada más, Pedro.

Se retiraba éste despacio y de mala gana, e Isabel, que quedabapensativa apoyada en el barandal del pórtico, llamole luego,diciendo:—Pedro, ¿ya lo ves? Por tus interrupciones y majaderías se meiba o olvidar una de las cosas que tenía más presente. Debo hacerte otroencargo, mi último encargo. Mira, Pedro, estoy pensando que por sí o porno, lo mejor será que guardes el látigo en tu bohío hasta después dePascuas. Sí, sí, mejor será pues mientras le tengas en la mano has dequerer usarlo, y yo no quiero que se levante el látigo para nadie,

¿looyes, Pedro? Que no suene el látigo en mi ausencia.

Le negre etá perdío, dijo Pedro sonriéndose, por mor de la niña.

—Me importa poco, replicó Isabel con firmeza. Tú sabes que papá botó almayoral en abril porque daba mucho cuero.

Recuerda que la cogió contigo.No ha de oírse un latigazo en el cafetal en mi ausencia. Lo repito, loquiero así, lo mando, Pedro.

Volviendo de su breve diálogo con el Contramayoral, encontró Isabelpuesta la mesa para la cena en medio de la sala. Serían las ocho de lanoche. El lujo de la vajilla de plata, de cuyo metal eran hasta losgrandes macizos candeleros, parecía competir con la abundancia de losmanjares. Mas nada de esto se hacía por vano alarde. En primer lugar,porque habiendo comido la familia a las tres de la tarde, según lacostumbre del campo entonces, suponían que los dos huéspedes tuviesenhambre y querrían satisfacerla. En efecto, las señoritas, la tía y elseñor Ilincheta, que por cumplimiento habían ocupado juntos un costadode la mesa, participaron únicamente del chocolate o del café con leche;haciendo, eso sí, Isabel, los honores con gracia y naturalidadcaracterísticas.

Tras la cena y una conversación agradable, se levantó don Tomás y seretiró a su cuarto, recomendando a sus hijas no detuvieran mucho a loshuéspedes, quienes por fuerza estarían cansados y desearían reposar delas fatigas del viaje.

La casa vivienda del cafetal La Luz estaba hecha a la francesa, esdecir, conforme al sistema que para habitaciones tales se seguía en lasfincas de igual naturaleza por los criollos de la Guadalupe y Martinica;pues de hecho la había trazado y dirigido un arquitecto natural de unade esas islas. El plano figuraba una cruz con dobles brazos, cuyo centrolo ocupaba la sala, y las ocho alcobas, ambos brazos de la misma,formadas por dos pasillos que terminaban en dos saletas, debajo de loscobertizos de las culatas de la casa. En los ángulos de los pórticoshabía cuatro cuartos que interiormente se comunicaban con las saletasdichas, y exteriormente con los jardines y aquéllos. Los pórticos, pues,se extendían cuanto la sala, corrían paralelos a ella y estaban cerradospor barandillas de madera y por cortinas de cañamazo en vez depersianas. El techo del cuerpo principal estaba formado con las hojas dela palma llamada cana, por su espesor, duración y frescura; y el delos pórticos o cobertizos con teja plana. Las puertas y ventanas, ennúmero por cierto excesivo, abrían todas hacia afuera, dejando entrar araudales, al menos de día, la luz y el aire siempre cargado con elperfume de las flores o de las frutas en que tanto abundaba aquellamorada encantadora.

Por razones que es fácil colegir, las señoras no siguieron desde luegoel ejemplo del amo de la casa. Los jóvenes no sentían inclinaciónninguna a separarse por el resto de la noche, sin comunicarse con unapalabra, con una mirada aunque fuese algo de lo mucho que bullía en suscabezas. Así es que, por instinto casi, después de la cena volvieron alpórtico fronterizo y emprendieron paseos de arriba a abajo, en dosgrupos: el de Isabel con su tía y Meneses y el de Rosa y Leonardo aretaguardia. A la primera vuelta preguntó éste a aquélla, en tono bajo,indicando a la hermana mayor:

—¿Qué tiene la niña?

Este era casualmente el primer verso de una canción muy popularentonces; y Rosa, que era viva y traviesa, contestó al punto con elsegundo verso que la daba nombre:

—Sarampión.

—¿Con qué se le cura?, volvió a preguntar Leonardo con el tercer verso.

—Con coscorrón; concluyó Rosa sin poder tener la risa.

—¿De qué se ríen Vds.?, preguntó Isabel muy atenta a lo que pasaba asus espaldas.

—No le diga, Gamboa, dijo Rosa. Déjela con su curiosidad.

Ella no es denuestro bando.

Parecía que Isabel se proponía monopolizar por el resto de la velada laconversación y la sociedad de Diego Meneses. De aquí el motivo aparentedel pique de Rosa con ella, según lo revelaban sus últimas palabras. Lamisma sospecha y con igual copia de razones podía abrigar Isabelrespecto de su hermana menor, dado que desde el principio se apropió lasatenciones y compañía de Leonardo. Mas ninguno de los jóvenes estabasatisfecho de sí mismo ni del otro. Esta era la verdad; de suerte que secansaron de los paseos más pronto de lo que podía razonablementeesperarse, sólo que en vez de sentarse se apoyaron como por acaso en labarandilla, quedando, también casualmente, cual deseaban en secreto:Isabel al lado de Leonardo. Rosa al de Meneses, y doña Juana fuera delgrupo.

Amaba ésta a sus sobrinas con amor de madre, como quien las habíacriado desde pequeñuelas; deseaba su establecimiento, y, siendo ellacasamentera de índole, claro está que no tomó a mal una eliminaciónmediante la cual aquéllas podían tener un rato de íntima comunicacióncon sus galanes.

Reinaba en torno de la casa la calma más profunda, habiendo abatido elairecillo que se levantara a las puestas del sol. No se movían las ramasde los árboles, ni era bastante la luz de las estrellas, ni latransparencia del cielo para reflejarse en las anchas hojas del plátano,cuyo tallo fibroso sobresalía entre los enanos y espesos cafetos. Elúnico rumor que se apercibía era el distante y sordo procedente deesclavos, los cuales, antes de entregarse al descanso, preparaban lafrugal cena a la lumbre de sus bohíos mientras discutían la novedad dela noche, a saber: la próxima ausencia de su señorita. Pero más cerca denuestros jóvenes no puede decirse con exactitud que formaban ruidoapreciable el chirriar de los grillos ocultos en la yerba, ni el aleteode las mariposillas nocturnas que con fugaz zumbido pasaban del jardín ala casa, atraídas por la luz de la vela dentro de la guardabrisa o fanalen la mesa del centro de la sala.

El sitio, pues, la hora, el silencio de la tierra y del cielo, elaspecto sombrío del pórtico ancho, gacho y de limitado horizonte por elespeso arbolado inmediato, la misma lucha de la débil claridadartificial interior con la oscuridad exterior, todo predisponía a laexaltación de las pasiones de los jóvenes, arrobadas sus almas en lacontemplación del bellísimo cuadro que los rodeaba por todas partes. Entales momentos, las mujeres menos agraciadas parecen aéreas y adorables;los hombres más tímidos se atreven a todo, y sintiendo más se expresancon mayor elocuencia.

—Isabel, dijo Leonardo, me extraña tu conducta conmigo.

—Califíquela, repuso Isabel sonriendo.

—No me corresponde calificarla, por la sencilla razón de que soy elagraviado.

—¿Eso más? Pues era lo que faltaba.

—¿Te sorprende? ¿Cómo se compagina, si no, nuestra amigable despedidade La Habana (por mi parte, se entiende), con tu silencio e indiferenciaenseguidas...?

—¿Sin motivo que justificara el cambio?

—Sin motivo que lo justificara. Yo al menos no he podido penetrarlotodavía.

—Refresque Vd. la memoria de los hechos.

—Nada, Isabel, no alcanzo, desconozco el motivo.

—¿De verás?

—De veras.

—Entonces he sido una loca, una tonta, he visto visiones.

—Tanto como eso no, Isabel. ¿No te ocurre que hayas podido interpretarmal un acto inocente mío o de otra persona hacia mí?

—Si no se trata de interpretaciones, señor don Leonardo, se trata de loque yo vi con mis ojos.

—Sepamos lo que vio mi señora doña Isabel con sus ojos.

—Vi lo que Vd. vio, mejor dicho, lo que le pasó Vd. al estribo delquitrín.

—¿Y ése era motivo suficiente para que tú me perdieras el cariño yestuvieras a punto de olvidarme?

—Lo era y grande, para enojarse cualquier mujer de vergüenza, por muchoque la cegara la pasión.

—Veo claro, Isabel, que en todo ello ha habido una equivocación de tuparte, y que, sin quererlo has sido injusta conmigo.

—Explíquese Vd., dijo Isabel con aparente ansiedad.

—Te diré en pocas palabras lo que pasó, continuó Leonardo, poniéndosecolorado, porque de hecho pensado iba a mentir.

Mientras te decía elúltimo adiós, naturalmente extendí un pie sobre la acera. Una de las dosmulatas que pasaban tropezó conmigo, y, creyendo que le había armado unazancadilla, llena de ira me dio un empellón. Tú sabes lo insolente queson esas mujerzuelas cuando se creen ofendidas.

—Sí, dijo Isabel pensativa. Después de un breve rato añadió: Mas ¿quémotivo le di yo para que me dijese la palabra indecente que aún me zumbaen los oídos?

—Tu exclamación, Isabel, y luego el llamarla Adela, cuando tal vez sellamaba Nicolasa o Rosario fue sin duda lo que aumentó su cólera.

—Si la llamé por el nombre de Adela, mejor dicho, si en mi exclamaciónsolté ese nombre, fue porque me figuré que era ella su hermana de Vd.Además de tomarla por el vivo retrato de Adela, no pude, ni debíimaginar que otra mujer tuviese con Vd.

semejantes bromas.

—¡Toma! El cuento es que no hubo broma de su parte.

—Luego ella le conoce a Vd. y le maltrató por... celos.

—La conozco de vista, lo confieso, ya me había llamado la atención susemejanza con mi hermana Adela; mas no la he dado jamás ocasión aencelarse de mí.

—Quizá le ama a Vd. en secreto.

—No tendría nada de particular, sólo que en mi vida le he dicho «ojosnegros tienes».

—Sentiría hacer a Vd. una injusticia, Leonardo. Las apariencias, sinembargo, le condenan.

—No, Isabel, no. Soy inocente. Si te engañase en este momento, si no tedijese toda verdad, si te pintara una pasión que no sentía, si enconsecuencia te hubiese dado justo motivo de agravio, sería el más malode los hombres...

—Está bien; doblemos la hoja, le interrumpió Isabel convencida.

—¿Pelillos a la mar?, le preguntó Leonardo con amoroso acento.

—Pelillos a la mar, contestó ella con celestial sonrisa. No habríadicha para mí si me viese condenada a dudar de la palabra del hombre aquien tenía por amigo y caballero.

—Bien, agregó Leonardo más animado. ¿No crees tú que debíamos sellaresta dulce reconciliación...?

Diciendo esto dejaba correr disimuladamente la mano por el barandal paracoger la de Isabel, que se apoyaba en el mismo.

Pero ella, evitando laocasión, evitó el peligro. Se puso seria y pasó al lado de su tía, aquien dijo alto que era hora de recogerse.

El reloj de Leonardo marcabalas once de la noche.

Había volado el tiempo. Diego Meneses, no obstante sabedor de que laocasión la pintan calva, supo aprovecharla lo que bastaba para hacer aRosa una formal declaración de amor; habiendo encontrado el tema opretexto de la conversación en el regalo del clavel que esa joven hizo aLeonardo en el jardín.

¡Cándida paloma del vergel de Alquízar! Ella, queno había escuchado antes un «te amo, Rosa» dicho con intención y confuego. Ella, que se sentía atraída hacia aquel joven como la aguja alimán, como la avecica a la serpiente, no pudo desviar la atracción,deshacer el encanto; no encontró a mano gesto, palabra ni ardid paranegar que había sucumbido y que también amaba a su tentador desde laprimer temporada que pasaron juntos en el cafetal La Luz.

CAPÍTULO II

Y

en

los

bellos

cafetales

todo

es

frescura

y

olores,

besadas

sus

blancas

flores

por las brisas tropicales.

J. PADRÍÑEZ

Como novia de Cupido desde la víspera, Rosa Ilincheta, por el temorpudoroso de encararse con su cómplice a la clara luz del día, retardócuanto pudo su salida del tocador. Pero Isabel tenía obligaciones quellenar y bien temprano apareció en el pórtico del sur de la casa con lasombrilla en la mano derecha, una cestita calada al brazo izquierdo porel aro, y por todo abrigo el pañolón de seda bordado de realce.

Asomaba entonces el sol por un ángulo de la casa, alumbrando una partedel jardín y proyectando la sombra de aquélla y de los árboles, porlargo trecho, sobre el espacioso batey de la finca.

Había sido abundanteel rocío de la madrugada. Empapado estaba el césped, apagado el polvobermejo de los caminos y las hojas de las plantas y las corolas de lasflores cuajadas de menudos aljófares; otros tantos prismas quedescomponían la luz del almo sol, al recibirla de soslayo.

Echó Isabel una mirada inquisitiva por todo el país desplegado anteella, y se aventuró fuera del pórtico; porque desde allí echó a ver unarosa de Alejandría que acababa de abrirse al dulce calor solar, en elcuadro del sudeste del jardín. Cortola sin punzarse ni mojarse, y cuandose adornaba con ella la espléndida trenza de sus cabellos, volviómaquinalmente los ojos hacia la casa y le pareció que uno de sushuéspedes la observaba desde el postigo de la ventana del cuarto, en elextremo del pórtico, donde en efecto se habían los dos alojado. EraDiego Meneses, que por no haber disfrutado de sueño tranquilo, dejó lacama desde el amanecer y aspiraba el puro ambiente del campo, a la sazónque Isabel apareció en medio de sus gayadas flores.

De tal modo la turbó este incidente, que por breve rato estuvo indecisaentre si volvía atrás o seguiría adelante, porque los actos de adornarseel cabello y de mirar para la casa, magüer que inocentes y casuales,podían interpretarse de diversas maneras, y ella huía tanto de lafrivolidad como de la necia coquetería. Pero tenía que salir y salió confirme paso.

Por el lado del sur, una cerca de piedra separaba el campo del cuadradoen que se comprendía el variado caserío de la finca. En el centro sealzaba el molino del café, entre los dos pares de tendales, capaces decontener a un tiempo, secándose, la mitad de la cosecha. Más lejos,cerrando el gran espacio por la izquierda, se veía el grueso y oscurobrocal del pozo con su horca y garrucha para la extracción del agua; elpalomar después, el corral de las aves y algunos chiqueros; al fondo y ala derecha, el campanario, o más bien el pilar de madera de cuyo brazocubierto con un tejadillo, pendía la campana; los graneros o almacenes,las caballerizas, el establo de las vacas y las otras dependencias. Losbohíos de los esclavos figuraban una aldea de regular tamaño.

Ni estaba desprovisto de vegetación el magnífico batey que hemos venidodescribiendo, pues muchos árboles, y sin duda los más copudos ycorpulentos de toda aquella hacienda, le adornaban y daban sombra. Entreellos varios aguacates, mameyes colorados, mangos y caimitos; sobre todolos primeros, cual las coníferas del continente, parecían escalar elcielo con la cúspide de sus ramas. Aquéllos más empinados y coposos eranlos escogidos por las gallinas de Guinea ( Numidas Meneagris deCuvier), conocida la hurañía de esas aves exóticas, para sus querenciasde noche. La banda, que bien podía componerse de cien, desde antes deaparecer el sol empezaron a removerse y a repetir el clamor o cacareopeculiar suyo, en que parece que una dice pascual y la otra contesta, pascual, hasta que todas despiertan y se preparan para descender desus elevadísimas y naturales alcándaras. Ni los pichones ni las gallinasdaban aún señales de vida: aquéllos por no ser madrugadores, éstas porel encierro y la oscuridad de su casa.

Por lo demás, se notaba bastante movimiento en todo el batey.

De losesclavos de ambos sexos, quiénes recogían con sus guatacas o azadoneslas hojas secas y briznas del suelo; quiénes con los mismos instrumentosrozaban la yerba de los caminos; quiénes con ambas manos abiertaslevantaban la basura amontonada y la metían en canastas que otrosconducían fuera a la cabeza; quiénes a brazo sacaban agua del profundopozo y la vertían en una amplia cubeta de piedra al pie del brocal paraque otros, en unos baldes rústicos hechos del pecíolo de la palma, ladistribuyesen en los depósitos de los varios departamentos de lahacienda. A la vera del pozo daba agua y bañaba los caballos de dos endos o de tres en tres, el calesero Leocadio. Dentro del molino resonabala voz penetrante del negrito, que, sentado al extremo del eje de larueda vertical, con que girando en la solera se descascaraba el café,aguijaba sin cesar a la caballería que servía de motor. Cuatro esclavas,entre tanto, tendían el grano, aún no bien seco; mientras otrosconducían el pilado o descortezado al aventador, cuyas paletas hacíanun ruido tremendo y despertaban los ecos doquiera que la ola sonoraencontraba obstáculo elástico en su trayecto. Y una vez limpio de todapaja o polvo, era llevado a los almacenes para que allí se escogiese yclasificase por otros esclavos.

Ninguno de los que pasaban al alcance de Isabel dejaba de darla losbuenos días y de pedirla su bendición, doblando la rodilla en señal desumisión y respeto. Pedro, el Contramayoral, sin la insignia ominosa desu oficio, yendo de un lado a otro, animaba a sus compañeros al trabajoy daba la mano en muchos casos, como para imprimir mayor peso a lapalabra con la obra.

La subida o aparición de Isabel en los tendales fuela señal para que el negrito del molino alzase la voz argentinada yaguda con la canción, tan ruda como sencilla, improvisada quizás lanoche anterior, la cual principiaba con esta especie de verso: La niñasen va, y terminaba con este otro, repetido en coro por todos los demásnegros: Probe cravo llorá. Entre la primera letra y el estribillo opie insertaba el guía, no obstante que criollo, nacido en el cafetal,frases en congo puro, a que también contestaba el coro con el obligado: Probe cravo llorá.

Inútil fuera pedir armonía, siquiera música a una canción, ni civilizadani salvaje del todo; pero si parecía asaz monótona a oídos delicados,también es verdad que el tono y la letra rebosaban en melancólicosentimiento. Así lo estimó Isabel, aunque hizo como que no oía nientendía palabra, y siguió adelante hasta el pie de los árboles, dondeya bullían y corrían en todas direcciones las aborotosas gallinas deGuinea. Algunas, las más ariscas, al verla quisieron emprender vuelo,estallando en el grito nasal, chillón y alto con que suelen dar la vozde alarma a sus compañeras. Mas conocida la voracidad de esas aves,bastaron a tranquilizarlas y contenerlas unos granos de maíz que Isabelsacó de la cestita que llevaba al brazo y que tuvo cuidado de arrojarlosen un punto dado, cerca de sí. La banda en masa se echó sobre el escasoalimento, depuesta la vigilancia, olvidado el peligro, y sólo ocupadade egullir granos o pedrezuelas. De esta circunstancia se aprovechó unade las esclavas, a una señal de su señorita, para arrastrarse por elsuelo y pillar dos, sin que lo echaran de ver las otras. Muy gustosa esla carne de estas aves, tan gustosa como la de la perdiz, razón por quéIsabel se propuso obsequiar a sus huéspedes con un par de ellas, asadas,en el almuerzo.

A la vista del alimento, arrojado ahora a puñados, acudieron presurososlos pichones. Estos, menos huraños que las guineas, a las cuales temían,y más capaces de simpatía que ellas, revolotearon al principio en tornode la joven, luego se posaron en su cabeza, en sus hombros y en el brazode la cesta, acabando por arrebatarle el maíz de las manos y aun picarleen la boca.

Tales y tan tiernas demostraciones de inocentes avecicas,por más que repetidas un día con otro, siempre la enternecían, y jamás,sino en casos extraordinarios, consintió que las matasen fuera de suvista. Por éste y otros actos parecidos en que se ponía de manifiesto lainfluencia ejercida por Isabel sobre cuantos seres se le acercaban, nocreían menos sus esclavos sino que Dios la había dotado de una especiede encanto o poder secreto, el cual no cabía aludir ni repeler.

Seguía Diego Meneses con la vista los pasos de su amiga, y, bien que, afuer de hombre civilizado, no estaba dispuesto a conceder nadasobrenatural en ella, sí creía, como los demás, que era una mujerextraordinaria. Desde su puesto de observación daba cuenta fiel de loque veía u oía, a Leonardo, quien continuaba en la cama descansando ygozando de las finísimas sábanas cargadas de encajes y perfumadas conlos pétalos de las rosas de Alejandría, obra toda de las industriosasmanos de Isabel. Decía Meneses a Gamboa, entre otras cosas:

—Es mucha mujer ésa, amigo.

—¿No te lo decía yo?, contestaba éste satisfecho.

—Vale un Perú. No se ven muchas como ella por ahí.

—¿Quieres cambiar? La cambio pelo a pelo por Rosa. Vamos.

—No te burles, compadre, contestaba Diego serio. Que reconozca enIsabel prendas raras, dignas de encomio, no quiere decir que me gustemás que otras mujeres, ni que esté prendado de ella. Pero la verdad esque cada vez me convenzo más de que tú no te la mereces.

—¡Pues qué! ¿Te figuras que ella es mejor que yo? replicaba Leonardo,herido de la observación de su amigo. Te equivocas, chico, de medio amedio. Ten presente que Isabel es hija de un antiguo empleado delgobierno, empleado cesante, un cafetalista arruinado, un pobretón, ensuma; mientras que mis padres tienen potreros, cafetal, ingenio, sonhacendados ricos y hacen diferente papel en La Habana. ¿Está Vd.?

—Estoy, sólo que no me referí a nada de eso cuando te dije que no temerecías esa muchacha. Hablando en plata, Leonardo, tú no la quieres.

—¿Por qué supones que no la quiero?

—¡Qué! ¿Acaso no tengo ojos? Desde que llegamos vengo observando tusacciones y palabras, y nada en ti me persuade que amas a Isabel.

—¡Hombre, Diego! Te diré francamente lo que me pasó, dijo Gamboa trasbreve rato de silencio. No siento por Isabel aquella pasión ciega yardiente que sientes tú, por ejemplo... por Rosa.

—Di mejor, le atajó prontamente Meneses, que la que tú sientes porCecí...

—¡Calla! exclamó Leonardo alarmado, y medio incorporado en la cama. Nose mienta la soga en casa del ahorcado. Te pueden oír: las paredes oyen.Ese nombre es vedado aquí.

—Poco importa un nombre. Es muy común y no creo que Isabel lo haya oídoen su vida.

—Probable es que no, pero por el hilo se saca el ovillo, cuanto más queIsabel no tiene pelo de tonta.

—Y ahora que viene al caso, ¿cómo te has compuesto respecto a la escenadelante de la casa de las Gámez en el momento de la partida de Isabel?

—Creo que sospecha algo y tengo para mí que sus primas le han contado oescrito sobre eso algún cuento. Ello es que Isabel se muestra recelosa yal parecer muy sentida conmigo.

—No dudo que las primas hayan despertado sus celos. La cosa fue, noobstante, muy clara para que se dejase de alarmar Isabel y sospechar lomismo que tú y yo sabemos. ¡Qué osadía la de aquella muchacha!

—¿Qué quieres? La cegó el demonio de los celos, comprometiéndome a losojos de Isabel y de sus primas. No puedes imaginarte cuánta fue mivergüenza.

—Lo considero. Yo, en tu lugar, escondo la cara bajo siete estados detierra. Mas ¿de dónde sacó Isabel que podía haber sido tu hermana Adela?

—Ahí verás, Diego. Con todo, si bien recuerdas, se parecen mucho aprimera vista.

—Ya había hecho yo la misma observación. ¡Qué malo que tu padre tuvieseque ver con semejante parecido!

—¿Quién sabe? A él le gusta la canela tanto como a mí. No tendríanada de extraño que, andando a salto de mata, como solía cuando mozo,hubiese dado un tropezón... Lo que es de C... está que se le cae lababa. Me consta.

—Luego no puede ser su padre.

—¡Qué había de serlo! Ni pensarlo. ¡Disparate!

—Pues por ahí se corre que lo es.

—Habladurías de las gentes, Diego. ¿Conciben que estaría enamorado deC... si le ligasen esas relaciones de parentesco con ella?

—Quizás lo ignore, porque tú dices, fue todo a consecuencia de untropezón. Quizás también la cela de ti, sabedor del parentesco que mediaentre Vds. dos. ¡Cuando el río suena!...

—En este caso el río no lleva agua, ni piedra. Sólo porque da lacasualidad que se parecen mucho C... y Adela se encapricha la gente yhabla... Lo que te sé decir es que él me ha hecho pasar más sustos quepelos tengo en la cabeza. Cuando menos lo espero me doy con él de manosa boca. Casi, y sin casi, me causa doble inquietud que el músicoPimienta. Lo único que me tranquiliza por esta parte, es que elladesdeña tanto a los viejos como desprecia a los mulatos.

—No te fíes, sin embargo. Cosa sabida es que hijo de gato ratón caza, yque por donde salta la madre salta la hija. Mas volviendo a nuestrocuento, el resultado de estas misas es que tú no estás en el mejor piecon Isabel.

—No. Como te decía, ella sospecha algo, o alguien la ha predispuestocontra mí. Isabel es, además, muy perra para explicarse con franqueza;yo soy punto menos, de modo que así iremos pasando hasta que Diosquiera, o ella deponga el orgullo y se reconcilie conmigo.

—Esa misma conformidad tuya, observó Meneses, me confirma en lacreencia de que tú no amas a Isabel.

—O yo no me he sabido explicar, o tú no me entiendes, Diego.

Nohabiendo puntos de comparación bajo ningún concepto entre las dosmujeres, no puedo querer a la una como quiero a la otra.

La de allá metrae siempre loco, me ha hecho cometer más de una locura y todavía mehará cometer muchas más. Con todo, no la amo, ni la amaré nunca como amoa la de acá... Aquélla es toda pasión y fuego, es mi tentadora, undiablito en figura de mujer, la Venus de las mula... ¿Quién es bastantefuerte para resistírsele? ¿Quién puede acercársele sin quemarse? ¿Quiénal verla no más no siente hervirle la sangre en las venas? ¿Quién la oyedecir: te quiero, y no se le trastorna el cerebro cual si bebieravino? Ninguna de esas sensaciones es fácil experimentar al lado deIsabel. Bella, elegante, amable, instruida, severa, posee la virtud delerizo, que punza con sus espinas al que osa tocarla.

Estatua, en fin,de mármol por lo rígida y por lo fría, inspira respeto, admiración,cariño tal vez, no amor loco, no una pasión volcánica.

—Y pensando como piensas, Leonardo, ¿te casarás con Isabel?

—¿Por qué no? Precisamente así es como debe buscarse la mujer paraesposa. El que se casa con Isabel está seguro de que no padecerá de...quebraderos de cabeza, aunque sea más celoso que un turco. Con lasmujeres como C... el peligro es constante, es fuerza andar siempre cualvendedor de yesca. No me ha pasado jamás por la mente casarme con la deallá, ni con ninguna que se le parezca, y sin embargo, aquí me tienesque me entran sudores cada vez que pienso que ella puede estarcoqueteando ahora mismo con un pisaverde o con el mulato músico.

—Lo que prueba, amigo mío, que no hay forma de servir a dos amos.

—En negocios de amores, o galanteos, se puede servir hasta a veinte,cuanto y más a dos. La de La Habana será mi Venus citerea,[44] la deAlquízar mi ángel custodio, mi monjita Ursulina, mi hermana de lacaridad.

—Es que no se trata aquí de amores ni de meros galanteos, se trata deamar mucho a una y de casarse con otra que no se ama tanto.

Ya veo que tú no entiendes de la misa la media. Para gozar mucho en lavida el hombre no debe casarse con la mujer que adora, sino con la mujerque quiere. ¿Entiendes ahora?

—Entiendo que tú no has nacido para casado.

Prosiguiendo Isabel en su excursión matutina, muy ajena de laconversación que se tenían los jóvenes habaneros sobre ella, se llegó alpozo. Allí, como en todas partes, impuso respeto su presencia. Por loque toca al aguador, suspendió el trabajo, no fuera que al verter elagua en la cubeta salpicase el traje de su señorita, que se habíaacercado demasiado. Al contrario, el calesero criollo, poco más o menosde la edad de aquélla, y que por haberse criado a su vista la tratabacon más confianza, no detuvo el bañado de los caballos, dado que sequitó el sombrero.

Tampoco dobló la rodilla, cual su compañero, aldesearla los buenos

días,

circunstancia

que

estamos

seguros

no

advirtióIsabel, ya por estar acostumbrada, ya por no concordar con sussentimientos filantrópicos la humillación, ni en el esclavo.

—Blas, dijo dirigiéndose al aguador, ¿tiene mucha agua el pozo?

A bombón (por mucha), niña.

—¿Cómo lo sabes tú?, le preguntó ella.

¡Ah, niña! Yo oye siempre bu, bu, bu.

—Luego se podrá ver el movimiento del agua.

Se pue, niña, se pue. Yo mira jervir.

—Veamos, dijo Isabel acercándose todavía más al brocal.

¿Sumelsé mira? , preguntó el negro muy asustado. No, no mira. Mujondo. Diablo rempuja la niña.

De los aspavientos del compañero riose Leocadio y sugirió que laseñorita podía satisfacer su curiosidad sin riesgo si se afirmaba de unramal de la soga mientras ellos dos sujetaban el otro cabo. De estamanera se hizo; pero Isabel no alcanzó a ver el fondo por la demasiadaprofundidad, por el espesor del brocal de mampostería y por losinnumerables helechos adheridos a las paredes interiores, que con susgraciosas palmas casi cerraban la boca del pozo.

Enseguida Isabel preguntó al calesero si los caballos estaban endisposición de emprender el viaje del día siguiente: