La Hora de Leviatán by Alemany - HTML preview

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Abre la segunda carpeta, en ella encontrarás los datos de la cuenta en que deberás ingresar

 

la cantidad inicial, así como la mensualidad que también se menciona. Miró todas esas cifras

 

con desprecio, como si se tratara del recibo de un restaurante, ciertamente caro pero no

 

inabordable para su abultado bolsillo, tras una de sus opíparas cenas en la que le tocaba invitar

 

a sus numerosos compañeros de parranda. Pidió que le acercaran el ordenador y, levantando

 

las manos como si se dispusiera a interpretar una sonata al piano, se puso a teclear y a entrar

 

una suculenta cantidad en una cuenta bancaria que había mandado abrir en el principado de

 

Lichtenstein.

 

¿Ves como fuiste tú quien lo denunció a la policía? En ese ordenador habíais instalado el

 

caballo de Troya del que hablabas al principio. La clave secreta que escribió Ruano en él fue

 

transmitida inmediatamente a un banco de datos que presta ese tipo de servicios y de ahí a una

 

dirección electrónica cuyo código de acceso se os había dado previamente, mediante el pago

 

de una módica suma. Eso que dices es cierto. Sin embargo, con lo que no contábamos era con

 

que la clave secreta que permitía ese tipo de transferencias se autodestruía tras cada

 

utilización y era preciso redefinirla, de modo que, unos segundos más tarde, Vuk estaba

 

tratando de acceder sin éxito.

 

VIII

 

He aquí que la potencia se convierte en acto, la voluntad acaba de cristalizarse en hechos.

 

Pues, ¿acaso no era tu opinión que todo este proceso no había sido sino una contingencia, una

 

sucesión de golpes de suerte? Cuando un hombre quiere algo con todas sus fuerzas, el

 

universo entero conspira para que alcance sus fines. De modo que tú colocas la voluntad por

 

encima de cualquier otra cualidad humana. La voluntad no es una cualidad humana, es un

 

mandato inscrito dentro de cada hombre con caracteres indelebles. Entonces eres de los que

 

piensan que estamos todos programados. Por supuesto, ¿cómo crees si no que la humanidad

 

iba a encontrar el camino del Apocalipsis? Este camino es largo, pero no infinito. Las

 

cualidades humanas, si ayudan a este proceso, son puestas a contribución; en caso contrario,

 

se las relega o se las suprime. Una cualidad humana como, por ejemplo, la bondad, sacrificada

 

en aras de una voluntad que, según entreveo en el cañamazo de tu teoría, sólo puede ser

 

divina…. Naturalmente. ¿En qué crees que consiste el punto sobre el cual los tres sabios

 

olvidaron, quizá por pudor, instruir a Job? No así Leviatán, como habrás podido comprobar.

 

La mera presencia de Leviatán constituye una prueba evidente de lo que te refiero. ¿A qué te

 

refieres en concreto? Cierra tus ojos y observa su triple hilera de dientes como piedras

 

blanquísimas, cada una de ellas del tamaño de un hombre, entre las cuales refluye la espuma

 

del mar cuando abre las fauces. Si consigues ver eso, habrás visto la ley suprema por la que se

 

rige la naturaleza. En efecto, yo también sentí que comenzamos a existir a partir de ese momento en que la

 

potencia se convierte en acto, aunque nadie tuviera aún noticia de nuestra presencia. La

 

obtención de ese dinero constituyó un hecho concreto, que tuvo la virtud de probar de manera

 

objetiva la utilidad de mi presencia en lo alto de esa pirámide de poder, la jerarquía que se

 

hallaba a mis pies y la solidez de la base, así como nuestra solvencia para operar.

 

En fin, que ya tenías a tu cofradía de pescadores, Pedro, Felipe, Andrés, Judas…. Era el

 

momento de aprovechar ese recalmón que se avecinaba para hacer de ellos verdaderos

 

apóstoles. Tal era mi plan, de un modo o de otro. Empezando, claro está, la transformación

 

por mí mismo. Era evidente que el hombre cuyo continente iba a situarse al frente de esa

 

masonería armada, de la cual, por cierto, urgía crear el aparato simbólico completo mediante

 

una, eso sí, acendrada reflexión, no podía ser el oficinista de antaño. Paralelamente al gran

 

avatar exterior, convenía otro interno. A ese propósito, me hallaba considerando la posibilidad

 

de una cuarentena en el desierto, o algo por el estilo, depuración por el hambre y la soledad.

 

Antes, empero, era preciso tomar algunas disposiciones. En primer lugar, era prudente que los

 

hombres volvieran a la calle, al menos durante un tiempo. El vacío que habían dejado debía

 

ser colmatado, ocupado, pues un dragón alado, provisto de una mirada agudísima, iba a

 

sobrevolar muy pronto la zona y no debía percibir la menor señal sospechosa en su superficie,

 

la menor carencia, la menor zanja o terraplén que pudiera delatar la presencia de una mano

 

desconocida operando. No obstante, podrían alojarse en el palacio. A condición de tomar las

 

necesarias precauciones para introducirse y salir de él con la mayor discreción posible. Luego,

 

los vastos sillares de los muros disimularían convenientemente su presencia. De hecho, el

 

edificio comenzaba a adquirir el aspecto de un monasterio templario, con cierto tráfago ya en

 

los jardines, pasillos, salas habilitadas en taller, cocina provista de amplio hogar abierto y

 

pantagruélica mesa de madera maciza, rústica pero de empaque conventual por sus

 

dimensiones, dotada de dos largos bancos a ambos flancos. Habíamos convenido asimismo en que Milos regresaría momentáneamente a su país con objeto de reclutar y entrenar, sin

 

escatimar medios, a un grupo de hombres escogidos.

 

Ésas teníamos ¿no es así? cuando vino el mensajero portador de la conversación grabada a

 

expensas del melenudo chupador de pirulís, quien debía tener los dientes podridos de tanto

 

comer golosinas. No parecían cariados, en todo caso, sino tan sólo con un esmalte amarillento

 

tirando a verdoso, se les veía glaucos, como de fumador y bebedor de café, empedernido de

 

ambas cosas, pero además lubrificados con una especie de savia verdeante. Sea como fuere,

 

dicha grabación cambió vuestros planes. En efecto. ¿Y qué hicisteis con Ruano? Lo

 

conservamos un día más, por precaución. Lástima que esa precaución no la observarais

 

también en otras circunstancias, verbigracia las que se ensartaron a continuación. La suerte

 

siempre sonríe al osado. Cierto, pero ¿por cuánto tiempo? Poco importa, hay sonrisas cuyo

 

bálsamo no dejará nunca de operar. Otra vez Elena de Troya haciendo de las suyas, todas las

 

historias no son sino la misma historia; acabaré acordándole la palma a Freud. Tras éste vino

 

Jung. Cierto, pero casi todo lo que escribió Jung es aplicable tan sólo a los que han cumplido

 

los cuarenta. Eso es una simplificación abusiva. ¿Volviste a hablar con Ruano? Hacia el

 

anochecer del día siguiente regresé al palacio de Mefiboshet. Pensé que le vendría bien salir

 

del sótano un rato y conversar a propósito de cualquier cosa, aunque sólo fuera por no callar.

 

Al fin y al cabo, esa segunda entrevista no requería tanto preparativo como la primera; el

 

hábito y la máscara resultaban superfluos pues Ruano no necesitaba en esa ocasión servirse de

 

sus ojos. Un riesgo inútil, dicho sea de paso. Convengo. No obstante, considera que tú estás

 

obrando de manera similar conmigo, cuando lo más, digamos, profesional, habría sido

 

disponer que uno de tus hombres me hubiera saltado la tapa de los sesos a la primera de

 

cambio, mediante la pistola con silenciador de la que están todos pertrechados. Tengo que

 

admitir que ni siquiera la carne de Leviatán se halla limpia del gusanillo de la curiosidad. Tú

 

quieres saber lo que pasó y yo reconozco un impulso que me surge de lo más hondo reclamando palabra, verbo, como si quisiera encarnarse y al mismo tiempo quemarse

 

confundido con el lenguaje. Eso parecen hacer Job y sus tres “consoladores”, o al menos así

 

los imagino, sentados ante una pira de palabras; fórmulas recopiladas en prontuarios de

 

teólogo y de notario colocadas por los últimos, expresiones amargas, extraídas con dolor de

 

las llagadas y sanguinolentas entrañas, aplicadas por el primero. Todo ardiendo y

 

consumiéndose al aire libre ante los ojos patriarcales de los cuatro. Leña seca, ya en aquel

 

entonces, a fuerza de ser antigua, sus crepitaciones debían ser largas y profundas. Luego,

 

cuando se abrió el corazón de la noche, descendió Jehová en medio de la asamblea soplando

 

su Verbo sobre la hoguera, levantando llamas gigantescas, provocando una lengua de fuego

 

en la que se sumían las constelaciones y las nebulosas.

 

¿Y cómo se comportó Ruano? Ruano ignoraba que iba a ser liberado dentro de pocas horas.

 

No me precipité en anunciárselo. Le dejé más bien suponer que hablaba para ganar su

 

libertad, tal vez su vida, pero sin que ello fuera otra cosa más que eso, una simple conjetura

 

suya.

 

Esa vez pedí que nos dejaran solos, Ruano bien atado a la silla para evitar la posibilidad de

 

que aflorara siquiera a la mente de ambos la idea de un incidente por lo demás inútil,

 

condenado de todos modos al fracaso, y con los ojos vendados, como ya dije. De semejante

 

guisa, aguardaba estoicamente a que hablara yo primero, a que prolongara indefinidamente el

 

silencio o a que hiciera lo que me diera la real gana. Levantaba la barbilla como si observara

 

el artesonado del techo, o como si el escándalo de los gorriones constituyera una complicada

 

sinfonía, merecedora de la reconcentrada atención del entendido.

 

Tampoco yo tenía ninguna prisa, como tú ahora, parece. Ruano no podía ser liberado hasta

 

las dos o las tres de la madrugada. Se estaba bien en esa sala, con su frescor de iglesia, con sus

 

vastas dimensiones y su sosiego añejo también de iglesia, mientras toda la ciudad se ahogaba

 

de calor. Mis pasos resonaban sobre el parqué. Caminé hasta el extremo, observando a través de las ventanas el patio con su jardín. El cielo perdía sus últimos ocres y la presencia de los

 

planetas anunciaba la llegada masiva de las estrellas. Volví al entarimado para alumbrar las

 

velas de los candelabros, pero deseché la idea. Ruano estaba sumido en la oscuridad más

 

profunda y consideré que debía reinar una cierta equidad entre los dos, al menos hasta donde

 

ello fuera posible.

 

Al final se decidió él a hablar en primer lugar. Supongo que le empujó ese buen sentido

 

característico de la gente cuyo origen es humilde, surgido a fuerza de hallarse avezada e

 

incluso forzada a contemporizar con la realidad, que presenta a menudo, sobre todo en ciertos

 

ambientes, un rostro torvo y hostil. También yo los tenía, los tengo, esos mismos comienzos,

 

pero pasaba por un momento de crisis durante el cual era muy capaz de sumirme en profundas

 

cavilaciones y perder de vista con ellas, como envuelto en un banco de niebla, hasta el propio

 

suelo que me sustentaba y todo lo duro que se hallaba a mi alrededor. Pero la realidad conoce

 

muy bien las mil maneras de reclamar la atención de sus ahijados y cuanto más parca y roñosa

 

se muestra con ellos, más predicamento goza, más atención ponen al tratar de componer con

 

su talante cotidiano. De este modo van adquiriendo la costumbre de dialogar largamente con

 

ella sin prejuicios y sin perder la paciencia. Los pobres, y Ruano lo fue durante casi toda su

 

vida, saben muy bien que no pueden permitirse perder la calma con las circunstancias, no por

 

mucho tiempo en todo caso. Esa lección sencilla, primaria, parecía inscrita en el carácter de

 

mi prisionero. Lo noté en el mismo momento en que sus palabras me sacaron de mi

 

ensoñación y me obligaron a preguntarme cuánto tiempo había estado hundido en ella. Cierto,

 

allí estaba Ruano, atado de pies y manos, vendados los ojos, pero con un talante conciliador,

 

visiblemente inclinado a esa plática casi inmoral, puesto que solicitada mediante un

 

procedimiento carente a todas luces de probidad. Mas no por ello había que hacerlo entrar en

 

crisis, porque entonces uno lo manda todo al carajo y no quiere saber más de nada ni de nadie.

 

¿Qué quieres conocer todavía? Ya estás al corriente de todo. Me gustaría preguntarte cómo diablos has conseguido averiguarlo, pero sé que no me lo dirás. ¿Por qué ibas a decírmelo?

 

Tenía una justa visión de la relación de fuerzas que se daba en ese momento. Dejé cundir una

 

pausa con objeto de marcar la exactitud de su razonamiento. No lo sé todo. Siempre es una

 

vana pretensión afirmar saberlo todo. Pero ahora únicamente deseo conversar, no insistir en

 

mis indagaciones. He pasado todo el día bañándome en la playa y tumbado al sol sobre una

 

toalla, dándole vueltas a nuestro asunto, y ahora me apetece conversar de cualquier cosa.

 

Supuse que a ti también te agradaría, después de tantas horas sepultado en el sótano. Sonrió.

 

Es verdad, convino, resulta más descansado. ¿En qué sentido? Pues cuando uno se ve

 

obligado a reflexionar en soledad, debe desempeñar los dos papeles, el de uno mismo y el del

 

adversario. A veces también el de las numerosas terceras partes. Teniendo al adversario

 

enfrente, las cosas se simplifican mucho ¿o no es así? Ruano jugaba limpio, me recordaba que

 

aquello era una partida de ajedrez en la cual, a pesar de su manifiesta posición de debilidad, el

 

juego era todavía posible, sólo que, por esa misma razón, me tocaba a mí encauzarlo a la

 

manera de un anfitrión sobre el cual recae, obviamente, la engorrosa tarea de organizar y

 

dirigir la ceremonia, y a él, en cambio, le correspondía adoptar una estrategia defensiva;

 

consciente, eso sí, de la necesidad de efectuar algunas concesiones a mi curiosidad, las cuales

 

habría que elegir, pesar y dar con pinzas, como un buen farmacéutico. No obstante, ese cráneo

 

cuadrado, sólidamente asentado en su base y la seguridad de su sonrisa, que no podía sino

 

ocultar una malicia consciente de su capacidad para causar estragos ante el menor hueco en la

 

defensa del contrario, probaban que se estaba diciendo para sus adentros en otras más gordas

 

te has visto, saldrás adelante, Ruano. Había, sin embargo, una posibilidad, la cual, debo

 

confesarlo, vislumbré demasiado tarde, de que topáramos con un escollo. Pero los escasos y

 

dispersos conocimientos de su historial que obraban en mi poder me tranquilizaron, pues no

 

hacían sino confirmar que era demasiado listo como para no ignorar que sorprenderme en

 

algo grave, decisivo, podía ser fatal para él. Así, nuestro parlamento iba a tener por escenario ese terreno pantanoso, inseguro, fosco, de la intuición. Lo cual no carecía de peligro también

 

para mí, puesto que para el buen entendedor una intuición puede revelarse tan esclarecedora

 

como un postulado y más rápida. Con el agravante de que si bien las verdades no se

 

transmiten sin una especie de acuse de recibo, la iluminación, por el contrario, estalla

 

solamente en el interior del celemín de una caja craneana, sin que nada trascienda al exterior

 

por ningún resquicio y más aún tratándose del cofre de Ruano, que parecía sellado con plomo.

 

Lo que yo te dije, un riesgo inútil. Sólo los principiantes y los incapaces toman riesgos

 

inútiles. Y, según veo, también los grandes maestros que se sienten absolutamente seguros de

 

sí mismos. A los grandes maestros, la experiencia les concede bula en algunos asuntos.

 

Uno siempre está obligado a desempeñar el papel del adversario, al tiempo que el propio,

 

aunque lo tenga delante; sobre todo cuando lo tiene delante, argumenté, porque yo también

 

pretendía jugar limpio. Al fin y al cabo, si alguien en tal situación podía permitírselo, era yo.

 

Si ha de resultar forzoso que nos topemos con enemigos, Dios nos los conceda engreídos,

 

deberíamos rezar.

 

Dado que no estoy en condiciones de hacer preguntas, intervino Ruano, hazlas tú por mí,

 

¿de qué quieres que hablemos? Hablemos, por ejemplo, del Pajuel, si te parece bien. Imagino

 

que tu encuentro con él fue providencial. Lo fue, de nada serviría negarlo, aparecieron

 

fotografías en la prensa incluso de nuestras primeras entrevistas. Las he visto. Me expreso

 

mal, él era, evidentemente, el blanco de los objetivos, pero yo figuraba en algunas de esas

 

fotografías. Mi buen dinero me costó hacerlas desaparecer. Aunque lo que estaba publicado

 

carecía de remedio, pero también es cierto que estaba olvidado. Importaba que no fueran

 

puestas de nuevo en circulación. A pesar de todo, siempre se escapa alguna, por pequeñas que

 

sean las mallas de la red. Un cuñado mío arregló el primer encuentro. Él buscaba un tipo

 

oscuro, desconocido en la ciudad, listo y ambicioso pero sin excederse. ¿Qué mejor, le dijo mi

 

cuñado, que un forastero provisto de un título de bachiller, ni más ni menos? El Pajuel entendió el argumento. Me puso al frente de Planeamiento urbano, la entidad municipal que

 

gestionaba la explotación del suelo. Antes de entrar en contacto con él, mis aspiraciones eran

 

modestas y en parte las conservé durante un cierto tiempo, muy poco, a decir verdad, se

 

limitaban al proyecto de montar una empresa de construcción. Había aprendido los

 

rudimentos del oficio, tenía ideas, pero me faltaba el capital. Obtenerlo desempeñando el

 

oficio de albañil me pareció una tarea fastidiosa, larga y poco segura. Sin embargo, la mayor

 

parte de los empresarios del sector que ha logrado establecerse, lo ha hecho por esa vía, con

 

paciencia y privaciones, hasta que se realizan los primeros trabajos por cuenta propia y

 

entonces se gana algún duro. Me refiero incluso a la situación anterior a la explosión del

 

mercado inmobiliario. Colocar un ladrillo encima de otro, ir dando forma a un edificio,

 

entretejer en sus entrañas esa red de venas y de nervios que le darán más tarde vida, constituía

 

un trabajo que no me disgustaba en sí. En cambio, no soportaba los ambientes en los que me

 

vi involucrado, las rencillas estúpidas, las bromas pesadas y groseras, los instintos que

 

perforaban enseguida el tegumento de humanidad que los recubría y cuyas yemas

 

eclosionaban con rapidez, desplegando unas flores ponzoñosas. Es verdad que sólo tenía el

 

bachiller, pero con todo y con eso, aspiraba a más, o por lo menos a ver todas esas cosas

 

desde lo alto, a través de un filtro de respeto.

 

Los emolumentos que comportaba el cargo ofrecido por el Pajuel apenas alcanzaban el

 

sueldo de un oficial de albañilería en aquellos tiempos, pero se trataba de un trabajo que me

 

permitía pensar y me colocaba, sobre todo, en el ojo mismo de un vórtice gigantesco que

 

giraba sobre la ciudad, aunque invisible para la mayoría. No así para el Pajuel. Éste se había

 

empeñado en pasar públicamente por un gilipollas obcecado; más aún, pretendía, junto con

 

los artistas que le reían las bromas, de pésimo gusto a mi parecer, elevar esa mezcla de

 

gilipollez y cinismo a la categoría de arte. En mi opinión, por mucho que el arte comporte

 

siempre una deformación con arreglo a determinados criterios, también es verdad que no les faltaban a todos ellos cualidades naturales para alcanzar el pretendido objetivo. Aparte de eso,