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—¿Y por qué no me mandó usted llamar?—gritó el doctor con
el tonogruñón de un anciano bonachón pero bilioso.
—¿Acaso no nos lo prohibió él?—replicó la ama de llaves,
exactamenteen el mismo tono, sin que esto pareciera indicar
ninguna arrogancia desu parte: era más bien el eco del carácter
del anciano.—Estuvo sentadoen el gabinete de trabajo hasta las
diez (o mejor dicho no se sentó) ibade un lado a otro como una
fiera, se reía, hablaba solo; yo desconocía anuestro tranquilo y
apacible joven; entonces le llevé cerveza, seisbotellas; se las
bebió todas, y tuve que beber con él... En fin, teníaalgo de
trastornado.
—¡Eh! ¡eh!—murmuró el anciano riéndose por lo bajo.—Me
parece queallí hay algo de Olga. Al fin, ella se habrá... ¿Y son
para hoy esascartas?—exclamó de repente, como si estuviera
lleno de furor, auncuando su rostro permanecía sonriente.
Y cuando la ama de llaves, refunfuñando, hubo satisfecho su
deseo, sinvacilar tomó de entre las cartas la que no llevaba
estampilla, y noconcedió siquiera una mirada a las demás.
Una alegre emoción hacía temblar sus manos, mientras
desdoblaba elpapel, y con su viejo rostro encanecido, radiante
de gozo, leyó:
«Querido viejo tío:
»Debes ser el primero en saberlo... Si siquiera te tuviera a mi
lado, sipudiera estrechar tus viejas y leales manos y decirte, mis
ojos en lostuyos, todo lo que siento en el corazón... Todavía no
lo creo, la cabezame da vueltas cuando pienso en ello. Tío
querido, en los peores días deprueba me ayudaste y protegiste.
Tú solo tendiste los brazos a Martacuando todos—y hasta mis

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