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Adriana Zumarán

propia faltade audacia y excitada por la violenta curiosidad, se
decidió al fin:
—Ustedes trataron mucho a papá...
Y miró a Zoraida, la mayor, con expresión de tímida simpatía.
Noparecieron en manera alguna sorprenderse. Zoraida,
suspirando, cerró poralgunos segundos sus hermosos ojos de
anchas pupilas bajo la masa decabellos rubios retorcidos sobre
la cabeza espléndida. Le respondieronsin embargo de un modo
evasivo.
—Tú debes acordarte de cuando él te traía aquí... el señor
Zumarán eramuy bueno... Tal vez demasiado bueno.
En seguida, después de mirarse unas a otras, se fijaron en ella
concierto embarazo y cambiaron la conversación.
Sin duda aquélla, la mayor de las hermanas, había sido para su
padre unser de adoración, el motivo amoroso de su muerte; y
acaso en una viudezvirginal, se había ella consagrado a la
fidelidad de un cariño que através de la muerte perduraba por la
comunicación doliente de sus almas.Por eso sin duda era más
pálida su cara, sus ojeras más hondas y el oromate de su pelo
tenía una tonalidad más antigua. Y aquellas sus anchaspupilas,
con cierto brillo febril en su dulzura profunda, ¿no
revelabantambién la imaginación apaciguada por una larga
contemplación visionariay ajena, desde hacía muchos años, a
toda suerte de seduccionesmundanales?
Adriana propuso en su ánimo volver a aquella casa y lograr,
siquieracon súplicas, la relación sentimental de la tragedia. Se la
diríanllorando, y ella, la hija del hombre adorado, abrazaría a
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