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Un Faccioso Más y Algunos Frailes Menos by Benito Pérez Galdós - HTML preview

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Un faccioso más y algunos frailes menos

Episodios nacionales. Segunda serie; 20

Por

Benito Pérez Galdós

Ilustrada por los Sres.

Mélida, Ferrant, Beruete, Ferriz, Gómez Soler, Alcázar,Hernández Nájera y Mestres

Madrid

1884

Capítulos:

I,II,III, IV,V, VI,VII, VIII,IX, X,XI, XII,XIII, XIV,XV, XVI,XVII,XVIII,XIX,XX,XXI,XXII,X

XIII,XXIV,XXV, XXVI,XXVII,XXVIII,XXIX,XXX,XXXI,

FIN LOS EPISODIOS NACIONALES

-I-

El 16 de Octubre de aquel año (y los lectores del libro precedente sabenmuy bien qué año era) fue un día que la historia no puede clasificarentre los desgraciados ni tampoco entre los felices, por haber ocurridoen él, juntamente con sucesos prósperos de esos que traen regocijo ybienestar a las naciones, otros muy lamentables que de seguro habríanafligido a todo el género humano si este hubiera tenido noticia deellos.

No sabemos, pues, si batir palmas y cantar victoria o llorar a lágrimaviva, porque si bien es cierto que en aquel día terminó para siempre elaborrecido poder de Calomarde, también lo es que nuestro buen amigo D.Benigno padeció un accidente que puso en gran peligro su preciosaexistencia. Cómo sucedió esto es cosa que no se sabe a punto fijo. Unosdicen que fue al subir al coche para marchar a Riofrío en expedición derecreo; otros que la causa del percance fue un resbalón dado con muymala fortuna en día lluvioso, y Pipaón, que es buen testimonio para todolo que se refiere a la residencia del héroe de Boteros en la Granja,asegura que cuando este supo la caída de Calomarde y la elevación de D.José Cafranga a la poltrona de Gracia y Justicia, dio tan fuerte brincoy manifestó su alegría en formas tan parecidas a las del arte de losvolatineros, que perdiendo el equilibrio y cayendo con pesadez yestrépito se rompió una pierna. Pero no, no admitamos esta versión queempequeñece a nuestro héroe haciéndole casquivano y pueril. El vuelco deun detestable coche que iba a Segovia cuando había personas queconsentían en descalabrarse por ver un acueducto romano, una catedralgótica y un alcázar arabesco, fue lo que puso a nuestro amigo en estadode perecer. Y gracias que no hubo más percance que la pierna rota, elcual fue en tan buenas condiciones y por tan buena parte, al decir delos médicos, que el paciente debía estar muy satisfecho y alabar lamisericordia de Dios.

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—Como todo es relativo en el mundo—decía Cordero en su lecho, cuando seconvenció de que su curación sería pronta y segura—, romperse una piernasola es mejor que romperse las dos, y así, Sr. de Monsalud, yo estoycontentísimo, mayormente viendo que el pesado negocio que me trajo a laGranja está ya resuelto, y que gracias a mi amigo el gran D. José deCafranga (que mil años viva) no tendré más cuestiones con el hipogrifo,de D. Pedro Abarca (a quien vea yo sin hueso sano). Dígame usted, amigo,¿ha observado usted que en este mundo pícaro, cien veces pícaro, no hayalegría que no venga contrapesada con un dolor, ni dulzura que no traigasu acíbar?

Pues bien: todo no ha de ser malo. El contento que yo hetenido ¿no vale una pierna? ¿Qué significa un hueso roto de fácilsoldadura, en comparación de las más puras satisfacciones del alma?Vengan averías de este jaez y cáigame yo, aunque sea de lo alto delacueducto, con tal que en proporción de los chichones y de las fracturassean los gustos del espíritu y los regocijos del corazón.

De esta manera un poco artificiosa y sutil se consolaba, y así, mientrasduró su enfermedad, apenas perdió el buen humor ni la paz y dulzura desu condición sin igual. Deparole el cielo excelente compañía en SalvadorMonsalud, que, a pesar de haber despachado también satisfactoriamentesus asuntos, no quiso salir de la Granja dejando solo y postrado en lacama a su honrado amigo. La corte se marchó, los cortesanos siguieron ala corte, el Real Sitio se quedó desierto, calladas las fuentes,desiertas las alamedas. Empezaron a despojarse de su follaje losárboles; enfriose el aire al compás del solemne y tristísimo crecimientode las noches; soplaron céfiros asesinos, precursores de aguaceros ytormentas; los remolinos de hojas secas corrían por el suelo húmedomurmurando tristezas, y sobre todo derramaron llanto sin fin las nubespardas, en tal manera que no parecía sino que en la superficie de latierra había algo que debía ser para siempre borrado.

Solos en su alojamiento, mal acompañados de una mediana lumbre, D.Benigno y su amigo pasaban los días. El enfermo, aunque postrado y sinmovimiento, estaba casi siempre menos triste que el sano. Este,centinela en un sillón frente al hogar, reanimaba el fuego cuando se ibaextinguiendo, y D. Benigno hacía revivir la conversación moribundacuando Salvador la dejaba apagar con sus monosílabos o con su silencio.

El tema más amado y más favorecido de Cordero era su familia, y nopasaba una hora sin que dijese: «¡qué hará en este momento el tunante deJuanillo Jacobo!» o bien: «¿habrá comprendido Sola, a pesar de misprecauciones, que me ha pasado desgracia?». Debe advertirse que nuestrobuen señor había puesto singular empeño en que sus queridos hijos, suhermana y su amiga no se enterasen del triste motivo que en SanIldefonso le detenía, y por esto sus cartas todas parecían novelas,según las invenciones y mentiras de que iban llenas. Unas decían:«Esperadme ocho días más, porque si bien nuestro asunto está terminado,no quiero marcharme sin hacer una pequeña contrata de pinos, pues desdeaquí oigo los gritos de la casa de los Cigarrales pidiéndome que laensanche». Más adelante escribía: «Con estos malditos temporales no haycarricoche que se atreva con las Siete Revueltas», y una semana despuésse disculpaba así: «Un excelente amigo, que vive en la misma posada, hacaído en cama con tan fuerte pulmonía que no me es posible abandonarleen este solitario pueblo. Esperadme unos pocos días y rogad a Dios porel enfermo».

Así les engañaba, dando tiempo al tiempo, hasta que llegara el de lasoldadura del hueso, la cual venía con la tardanza que es natural,impacientando tanto al buen hombre que a ratos no podía contener suimpaciencia y daba puñadas sobre la cama diciendo: «Esto no se puedeaguantar. Soldada o sin soldar, señora pierna, usted tendrá que ponerseen polvorosa para Madrid la semana que viene».

Salvador no se apartaba de su amigo ni de noche ni de día. Unas veceshablaban de política, empezando D. Benigno de este modo: «¿Cree ustedque ese pobre Sr. Zea tendrá buena mano para el timón de la nave delEstado?».

La enojosa permanencia y quietud en el lecho le ocasionaba insomniosfrecuentes, cuando no letargos breves y febriles, acompañados depesadillas o alucinaciones. A veces despertaba de súbito bañado ensudor, y exclamaba pasándose la mano por los ojos:—Jesús me valga y laSanta Virgen del Sagrario, ¡qué sueño he tenido! Me parecía estar viendoa Juanillo Jacobo rodando por un precipicio negro, mientras la pobreSola, atada por los cabellos a la cola de un brioso caballo.... No loquiero contar porque me parece que lo veo otra vez.... ¡Cuándo volveré avuestro lado, queridos de mi corazón, para que con el placer de veros seacabe el suplicio de soñaros!

Una noche observó Salvador que daba el enfermo un gran suspiro, ydespertando acongojadísimo parecía reconocer la realidad de las cosas,medio seguro de espantar las embusteras percepciones del sueño.

—Es todo mentira, Sr. D. Benigno—le dijo Monsalud riendo—. Ánimo.

—¡Ay, Dios mío! ¡qué sueño!—exclamó el de Boteros—. Todavía me duran laangustia y el mortal frío que sentí. Figúrese usted, señor mío, que meacercaba a mi casa de los Cigarrales, y la visión era tan perfecta quetodo estaba delante de mí claro, vivo, verdadero. Una soledad tristísimaenvolvía mi finca. Ni mis hijos, ni mis criados aparecían por ningunaparte.... Me acerco más, miro a las ventanas y las ventanas me miran conceño. De pronto veo que aparece Sola por la puerta de la huerta; doy unpaso hacia ella, me mira con semblante frío, serio como el de unaestatua, mueve su cabeza como diciendo no, no. Luego, señor D. Salvador,me dice adiós con la mano derecha, y se aleja, huye, desaparece, sedisipa como una sombra entre los almendros....

Me quedo yerto, miro a micasa y mi casa... créalo usted... se echa a reír... yo no sé cómo eraesto; pero lo cierto es que ella se reía, se reía....

—Y ahora nos reímos nosotros.

—¡Bendito sea Dios! ¿qué será esto del soñar? ¿Anunciarán los sueñosrealidades? ¿Estas horribles mentiras traerán consigo algo que con lamisma verdad se relacione? Ello es que la pobre Sola no se aparta deesta cabeza a ninguna hora de la noche ni del día.... Que será felizrasándome con ella es indudable; que ella lo será también no hay paraqué decirlo.... Pienso muchas veces si el Señor habrá decidido que yo memuera antes de que pueda realizar mi deseo, al cual va unido el mayorbeneficio que se puede hacer a una huérfana pobre y sin amparo.

¿Quésería entonces de esa infeliz?...

—La pobrecita tendría una gran pena—dijo Salvador.

—¿Se moriría de pena?—preguntó Cordero con ingenuidad pueril.

—Tanto como morirse....

—No se moriría, no.... ¡pero qué desamparada, qué sola se quedaría en elmundo! ¿Quién comprendería su mérito? ¿quién le tendería una mano?

—No podría reemplazar sin duda dignamente el bien que perdía—dijoMonsalud, sentándose junto al perniquebrado Cordero—; pero parte delbien que merece lo hallaría tal vez... casándose conmigo.

Los dos se miraron asombrados y con ligero ceño.

—¡Con usted!—exclamó el de Boteros volviendo de su sorpresa...—¿Hapensado usted en eso alguna vez?

—Muchas.

—¡Si yo no existiese!... ¿Y ella consentiría?...

—No lo aseguro. Pero pasado algún tiempo es fácil que consintiese. SóloDios es eterno.

—Y usted desea....

Lanzado de improviso a un mar de confusiones, D. Benigno no pudo decirmás. Su amigo, quizás arrepentido de haber hecho una declaraciónimprudente, trató de tranquilizarle hablándole de lo bien que dirigíaCristina la dichosa nave del Estado. Entonces la alegoría delbarquichuelo estaba en todo su auge, y no se mentaban las dificultadesdel Gobierno sin sacar a relucir la consabida embarcación, el marborrascoso de la política, y principalmente el timón ministerial, quealgunos llamaban gubernalle. Después dijo que el decreto abriendo lasuniversidades era un golpe maestro; la amnistía, aunque muy restringida,un levantado pensamiento digno de los más grandes políticos, y ladestitución de Eguía y González Moreno una obra maestra de previsión;pero añadió que muchas y muy peregrinas dotes de ingenio y energía habíade desplegar la Reina para someter a la plaga de humanos monstruos quecon el nombre de voluntarios realistas asolaba el Reino. A todo estoatendía poco el enfermo, porque tenía su pensamiento harto distante delos disturbios de España. No será ocioso decir que en aquel momentosintió D. Benigno renacer en su pecho la antipatía que en otrasocasiones le inspirara su amigote; pero como en tan noble alma no cabíala ingratitud, pensó en las atenciones y cuidados que al mismo debíadurante la enfermedad, y con esto se le fue pasando el rencorcillo. Enlas conversaciones de los días siguientes tuvo el buen acuerdo de nonombrar a la familia ni los Cigarrales, ni mentar cosa alguna quepudiese relacionarse con el importuno asunto de sus futuras bodas.

Un día, no obstante, en ocasión que comía en su lecho despaciosamente ygustando bien los manjares, como era en él costumbre, quedose un buenrato a medio mascar, sin quitar los ojos de Salvador; y volviendo luegoa atender al plato, habló así:

—Mis distracciones son tan chuscas como mis sueños. Hace un momentohallábame tan abstraído, tan engolfado con el pensamiento en ideas ycosas de mi familia que sin saberlo, aparté en el plato y corté con micuchillo los pedacitos con que suelo engolosinar a Juanillo Jacobocuando come junto a mí. Me parecía que el pequeñuelo estaba a mi lado yque los demás distaban poco. Esto es tan frecuente en mí, Sr. D.Salvador, en el insoportable tedio de esta soldadura, que a veces,cuando siento pasos, me parece que son ellos que van a entrar, y cuandosuena voz de mujer, si es bronca y regañona, me parece la de mi hermana,si es dulce y apacible como la de la misma discreción, me parece la deSola. Cuando despierto por las mañanitas, mi alucinación es tal que conla propia evidencia se confunde, y siento que entran y salen, oigo aCruz regañando con los chicos y haciendo mimos a los pájaros; oigo aSola arreglando a los pequeñuelos para que vayan a la escuela, y me digopara mi sayo: «Tempranito se ha levantado mi gente. Ya, Sola ha puestomi cuarto como el oro, y me ha preparado ese chocolate que, por loexquisito, debe de caer en espesos chorros del mismo cielo».

Dando luego un gran suspiro se sonrió y dijo:

—Usted, solterón empedernido, no comprende estas deliciosas chochecesdel alma. Diviértase usted con la política, con el conspirar, con lasuerte de las monarquías, y derrítase los sesos pensando en si debehaber más o menos cantidad de Rey y tal o cual dosis de Constitución.Buen provecho, amiguito; yo me atengo a lo del poeta: denme mantequillas y pan tierno; sí señor, mantequillas, es decir amorespuros y tranquilos: pan tierno, es decir, la sosegada compañía de unaesposa honesta y casera, el besuqueo de los nenes, el trabajo y cien milalegrías que cruzándose con algunas penillas van tejiendo nuestra vida.

—Bueno es el cuadro, bueno—dijo el otro, ocultando medianamente sudisgusto—. Cuando sea realidad avise usted.... Me consolaré de mitristeza viendo la alegría de los que con sus buenas acciones hanmerecido vivir en paz. Solamente los perversos padecen contemplando elbien ageno. Yo, que no soy malo, pido un puesto, siquiera sea el último,en ese festín de regocijos y felicidades.... Pero me ocurre preguntar:«¿Cerrará usted la puerta a los amigos después de su casamiento?».

D. Benigno no contestó nada, porque la afirmativa le pareció ridícula yla negación aventurada, bastante contraria, si se ha de decir verdad, asus propósitos. El otro dio las buenas noches y se fue a su cuarto paraacostarse. Aquella noche, que Cordero contó entre las más infaustas desu vida, no pudo este dignísimo sujeto conciliar el sueño, porque leasaltó, a causa de las últimas palabras de su amigo, un pensamiento tanmortificante que le cambiaría de buen grado por la quebradura de todoslos huesos de su cuerpo; de tal modo padecía su espíritu. Incorporado enla cama, pasó largas horas en horrorosa cavilación. Allí fue elamenazador levantamiento de su conciencia, allí la reyerta encarnizadaentre ciertas ilusiones suyas y ciertos temores que aparecieron deimproviso como enemigos emboscados acechando la ocasión. El dignoencajero no podía apartar de si el licor amarguísimo que un demonioinvisible le ponía en los labios; ya suspiraba, ya se golpeaba la cabezavenerable, ya por fin elevaba los brazos y los ojos al cielo pidiendo aDios que le librara de aquel fiero tormento. «Ni un momento más puedovivir en esta incertidumbre, gritó.—Sr. D. Salvador, venga usted almomento; necesito hablarle».

Golpeó fuertemente el tabique inmediato a su cama. En la habitaciónpróxima dormía Salvador; y durante los días críticos de la enfermedad deD. Benigno, siempre que este necesitaba de la asistencia de su nuevoamigo le llamaba con un par de golpes suavemente dados en la pared.

Era la media noche. Salvador, al oír aquel extraordinario ruido en eltabique, creyó, por la violencia del llamamiento, que a D. Benigno se lehabía roto la otra pierna cuando menos, o que había sido atacado dealgún descomunal accidente. Levantose aprisa, y corriendo al lado delenfermo, hallole sentado en el lecho, pálido, con las gafas caladas, losojos chispeantes y las manos en movimiento como quien acompaña deexpresivos gestos las palabras que a sí mismo se dice:

—¿Qué hay?—preguntó—¿se ha deshecho el entablillado? ¿Qué es eso?...¿calentura, dolores?

—No, hombre de Dios o de cien Satanases; no es nada de eso—replicó el deBoteros señalándole la silla—. Esto es muy serio, repito a usted que esmuy serio. Ya en ello la tranquilidad, la vida toda, el honor de unhombre de bien que jamás ha hecho mal a nadie, porque sepa usted, Sr. D.Salvador o D. Condenador, que yo no he hecho daño a ningún ser nacido, ycuando Dios me tome cuentas, no se presentará ni un mosquito, ni unmiserable mosquito, a decir: «ese hombre fue mi enemigo».

—Está bien.

—Esto es muy serio, y así yo quiero una explicación categórica, leal,terminante, para tranquilidad de mi espíritu.

—¿Y esa explicación debo darla yo?

—Usted, sí, que desde hace algún tiempo se me ha puesto delante echandosobre mí como una ligera sombra, sí, y ahora me ha dicho cosas queaumentan esa sombra y la hacen más negra.

Hablemos con claridad. Yotengo ciertos proyectos que usted conoce. Yo pienso casarme, yo debocasarme, yo he creído que Dios ha dispuesto que yo me case. La queescogí para ser mi compañera es de tal condición... en fin, excuso dehacer su elogio, porque usted la conoce... a eso voy, Sr. D. Salvador.Ella estuvo en un tiempo bajo el amparo y protección de usted; usted leescribía desde Francia. ¡Ay! Cuando estuvo mala, le nombró a usted ensus delirios. Después usted la vio en los Cigarrales, según me escribióella misma; más tarde, ahora, se me muestra tan admirador de ella y tanafligido de mi felicidad, que no puedo menos de volverme caviloso ypreguntarme si usted ha tenido o tiene proyectos iguales a los míos, ysi esos proyectos se refieren a la misma persona, que es, digámosloclaro, la mitad o la principal parte de mi vida.

—Esos proyectos los tuve—replicó Salvador con firmeza—. No fui a losCigarrales con otro objeto.

Detuvo D. Benigno su voz y sus manos, como alelado, y preguntó:

—¿Y ella?

—No quiso oírme. Mi situación al salir de los Cigarrales era bastantedesairada.

—¿Y después?

—He pensado que por negligente y confiado perdí la partida.

—¿Y qué hay en usted ahora?

—Resignación.

—De modo que si yo no existiera....

—No deben fundarse cálculos sobre la muerte. En el mundo no es fácilasegurar quien ayuda o quien estorba. Es posible que sea yo el que estádemás.

—¡Oh! Dios mío.... Pero usted no puede apreciar, como yo, sus infinitascualidades, que la igualan a los ángeles—dijo D. Benigno con ciertodesdén.

—Quizás las aprecie mejor; quizás yo esté en situación de ver en ellaméritos de abnegación que usted no puede ver.

D. Benigno meditó breve rato. Había caído en un mar de cavilaciones quesin duda no tenía fondo.

—¡Ah!—exclamó dando un gran suspiro con el cual pudo salir de aquellashonduras tenebrosas—, usted me confunde más, pero mucho más.

Diciendo esto clavó los ojos en Salvador examinándole prolija yatentamente de pies a cabeza.

Después dio otro gran suspiro y bajandolos ojos murmuró para sí:

—También él se va poniendo viejo.

—¿No se necesitan más explicaciones?—preguntó Monsalud.

—No—replicó Cordero brusca y desabridamente.

—Pues yo voy a dar una que creo necesaria. No soy perverso; reconozco enusted a uno de los hombres mejores que existen en el mundo. Seré unmiserable si sale de mí, por irresistible efecto de las pasiones, lamás ligera oposición a la felicidad de usted.... Es evidente,evidentísimo que yo soy el que está demás. Declaro que mi deber es novolver a pisar la casa del que posee lo que yo quise para mí.

—¡Barástolis!... Usted la ofende, señor mío.

—No la ofendo. Mi resolución no indica desconfianza de ninguno de losdos, sino respeto a entrambos, y además el deseo de ponerme a salvo dela envidia, porque yo tengo más de hombre que de santo, y lacontemplación del bien perdido no me hará bailar de gozo.

Dijo esto en tono entro serio y festivo, y se retiró. Después de estabreve conferencia no se disiparon las confesiones ni se calmaron lasansias del insigne Cordero, antes bien, se dio a cavilar más en elsilencio de la noche, buscando entre sus recuerdos alguna sentencia delginebrino que iluminase un poco sus tenebrosos pensamientos; pero JuanJacobo no decía nada, y hasta de su querido filósofo y consejero se viodesamparado en tan tristes horas el hombre más bondadoso que poraquellos tiempos existía en el mundo.

-II-

Muy avanzado estaba el invierno cuando Cordero y su amigo, despidiéndosecon no poca alegría del Real Sitio, emprendieron su penoso viaje a laCorte por entre nieves y hielos.

Separáronse del modo más cordial en laposada del Dragón, y D. Benigno, desmejorado y cojo, se fue a su casacon toda la rapidez que lo permitía su detestable andadura, mientrasSalvador buscaba donde alojarse. Pocos días después hallábase instaladoen habitación propia que alquiló en la calle del Duque de Alba, no lejosde D. Felicísimo Carnicero, de felicísima recordación. En Madrid noencontró novedad alguna, pues no merece tal nombre el furor con que todoel mundo fraguaba levantamiento s y sediciones. Conspiraban las infantasbrasileñas con sin igual descaro; conspiraban los voluntarios realistas,ayudados por la turbamulta de frailes y clérigos mal avenidos con laidea de perder su omnipotencia; conspiraban las monjas y lossacristanes, muchos militares que se habían hecho familiares de losobispos, y para que no faltase su lado cómico a esta comparsa nacional,también se agitaban en pro de D. Carlos muchos señores que habían sidorabiosos democratistas y jacobinos en los tres llamados años de la titulada segunda época constitucional. Antes habían gritado por el sistema y ahora suspiraban por los derechos de la soberanía en suinmemorial plenitud.

Oyó también Salvador los despropósitos del vulgo, a quien se había hechocreer que el Rey no vivía y que aquel buen señor que salía en coche apaseo era el cadáver embalsamado de Fernando VII. Por un sencillomecanismo, la napolitana, que a su lado iba, le hacía mover las manosy la cabeza para saludar. ¡Y con un Rey relleno de paja se estabaengañando a esta heroica Nación!

Vio un cambio de ministros fundado en que los del 16 de Octubreparecieron un poco dañados de liberalismo, pues la Corte deseaba ungobierno absolutamente agridulce que contentase a todos y conciliara eldía con la noche, cosa en verdad más difícil que asar la manteca.También pudo ver la anulación del célebre codicilo, acto solemne de quese burlaron los carlistas, y oyó contar la fuga de Calomarde vestido defraile, y los desmanes del obispo de León, el cual, ensoberbecido comoun cacique indio y no pudiendo sublevar el reino, puso en armas sudiócesis, dando la comandancia de voluntarios realistas a la PurísimaConcepción.

Otras muchas cosas supo y vio que no son para referidas a la ligera. Susrelaciones con gente de varias clases le informaban de todo. Pipaón, D.Felicísimo Carnicero y el marqués de Falfán no hacían misterio de losplanes apostólicos, y Genara, furibunda sectaria del sistema del justomedio o de la conciliación, era el órgano más feliz que imaginarse puedede los pensamientos de aquel astuto Sr. Zea que gobernaba o aparentabagobernar la nave (¡siempre la nave!), más cercana a los escollos que aldeseado puerto.

Genara se había establecido en su antigua casa, notoria tres años antespor la tertulia a que concurrían literatos tiernos y políticos maduros;pero ya en el invierno de 1833 no se abrían las puertas de aquella felizmorada para el primer poeta que viniese de su provincia cargado detragedias, ni para los tenores italianos, ni para los abogados oradoresque empezaban a nacer en las aulas con una lozanía hasta cierto puntocalamitosa. El círculo era mucho más estrecho y las amistades másescogidas, con lo que ganaba en consideración la casa. Y aquí viene biendecir que la interesante señora había perdido por completo su afición ala poesía lírica (que no hay cosa durable en el mundo), y tanto casohacía ya del prisionero de Cuéllar como de las nubes de antaño. Él eraen verdad de un carácter poco a propósito para la constancia en losafectos. No se sabe si en la temporada a que nos vamos refiriendo habíadado a conocer Genara preferencia o simpatía por alguna otra de lasartes liberales, o por la artillería y la náutica, como se dijo.Careciendo de noticias ciertas, nos abstenemos de afirmar cosa alguna;que en casos dudosos vale más atenerse a la opinión buena, como mandanla moral de la historia y la caridad cristiana.

D. Luis Fernández de Córdova, militar brillantísimo, pasaba, cuando vinode Berlín para encargarse de la embajada de Portugal, largas horas encasa de Genara. También iban, aunque no con mucha frecuencia, D.Francisco Javier de Burgos y Martínez de la Rosa. Era de los asiduos unjoven oficial granadino llamado Narváez, muy vivo de genio, ceceoso,pendenciero y expeditivo. Pero la persona más digna de mención entre losque visitaban a la hermosa señora era un jesuita del colegio Imperial,llamado el padre Gracián, hombre de mucha piedad y oración.

Decíanalgunos que de la amistad del buen religioso con Genara iba a salir laconversión de esta, o sea su entrada en las buenas vías católicas. Otrosdeclaraban haber notado en ella resabios de mojigatería; pero sea lo quequiera, lo cierto es que las intenciones del padre Gracián eranaltamente provechosas, porque (digámoslo de una vez) se había propuestoreconciliar a la señora con su marido.

Que Pipaón visitaba casi diariamente a su antigua amiga y paisana no haypara qué decirlo. Por añadidura, el excelentísimo D. Juan Bragas habíasimpatizado mucho con el jesuita Gracián.

Ambos platicaban con seriedadpasmosa de los negocios de Estado y de la Iglesia, deplorando mucho latibieza de creencias que tanto dañaba a la sociedad española en aquellostiempos y concluían deseando que viniesen otros mejores en que marchasenlas naciones por el camino de la piedad, dulcemente pastoreadas por losministros del altar. Como Gracián se interesaba tanto por sus amigos yquerí