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Sangre y Arena by Vicente Blasco Ibáñez - HTML preview

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Mas de pronto cayó sobre él, como si se desvaneciese todo el pasado,como si sus angustias y rabietas fuesen un ensueño, como si confesara unvergonzoso error. Sus brazos enormes y flácidos se arrollaron al cuellodel torero y las lágrimas mojaron una de sus mejillas.

—¡Hijo mío! ¡Juaniyo!... ¡Si te viera el pobre de tu padre!

—No yore, mare... que hoy es día de alegría. Va usté a ve. Si Dios meda suerte, la haré una casa, y le verán sus amigas en carruaje, y vausté a yevar ca pañolón de Manila que quitará er sentío...

El talabartero acogió estos propósitos de grandeza con movimientos deafirmación ante la absorta esposa, que aún no había salido de susorpresa por este cambio tan radical. Sí, Encarnación: todo lo haríaeste mozo si se empeñaba... Era extraordinario.

¡Ni el propio Roger deFlor!

Por la noche, en las tabernas de los barrios populares y los cafés, sólose habló de Gallardo.

—El torero del porvenir. Ha quedao como las propias rosas... Ese chicova a quitar los moños a todos los califas cordobeses.

En estas afirmaciones latía el orgullo sevillano, en perpetua rivalidadcon la gente de Córdoba, tierra igualmente de buenos toreros.

La existencia de Gallardo cambió por completo después de este día.Saludábanle los señoritos y le hacían sentar entre ellos en las puertasde los cafés. Las buenas mozas que antes le mataban el hambre y cuidabande su ornato viéronse poco a poco repelidas con risueño desprecio. Hastael viejo protector se alejó prudentemente, en vista de ciertos desvíos,y fue a poner su tierna amistad en otros muchachos que empezaban.

La empresa de la Plaza de Toros buscaba a Gallardo, mimándole como sifuese ya una celebridad. Anunciando su nombre en los carteles, el éxitoera seguro: plaza llena.

El populacho aplaudía entusiasmado al «niño dela señá Angustias», haciéndose lenguas de su valor. La fama de Gallardoextendiose por Andalucía, y el talabartero, sin que nadie solicitase susauxilios, mezclábase en todo, arrogándose el papel de defensor de losintereses de su cuñado.

Hombre reflexivo y muy experto, según él, en los negocios, veía marcadopara siempre el curso de su vida.

—Tu hermano—decía por las noches al acostarse con su mujer—necesita asu lao un hombre práctico que maneje sus intereses. ¿Crees tú que levendría mal nombrarme su apoderao? Pa él una gran cosa. ¡Ni el propioRoger de Flor! Y pa nosotros...

El talabartero contemplaba en su imaginación las grandes riquezas queiba a ganar Gallardo, y pensaba igualmente en los cinco hijos que teníay los que iban a venir seguramente, pues era hombre de una fidelidadconyugal incansable y prolífica.

¡Quién sabe si lo que ganase el espadaacabaría por ser de sus sobrinos!...

Durante año y medio, Juan mató novillos en las mejores plazas de España.Su fama había llegado hasta Madrid. Los aficionados de la corte sentíancuriosidad por conocer al «niño sevillano», del que tanto hablaban losperiódicos y del que se hacían lenguas los inteligentes andaluces.

Gallardo, escoltado por un grupo de amigos de la tierra que residían enMadrid, se pavoneó en la acera de la calle de Sevilla, junto al CaféInglés. Las buenas mozas sonreían con sus requiebros y se les iban losojos tras la gruesa cadena de oro del torero y sus grandes diamantes,preseas adquiridas con las primeras ganancias y a crédito de lasfuturas. Un matador debe mostrar que le sobra el dinero en el ornato desu persona y convidando generosamente a todo el mundo. ¡Cuán lejosestaban los días en que él, con el pobre Chiripa, vagabundeaba por lamisma acera, temiendo a la policía, contemplando a los toreros conadmiración y recogiendo las colillas de sus cigarros!...

Su trabajo en Madrid fue afortunado. Hizo amistades, y se formó en tornode él un grupo de entusiastas ganosos de novedad, que también leproclamaban el «torero del porvenir», protestando porque aún no habíarecibido la alternativa.

—A espuertas va a ganar el dinero, Encarnación—decía el cuñado—. Va atener millones, como no le ocurra una mala desgracia.

La vida de la familia cambió por completo. Gallardo, que se trataba conlos señoritos de Sevilla, no quiso que su madre siguiese habitando lacasucha de sus tiempos de miseria. Por él se hubiesen trasladado a lamejor calle de la ciudad; pero la señora Angustias quiso seguir fiel albarrio de la Feria, con ese amor que sienten al envejecer las gentessimples por los lugares donde se desarrolló su juventud.

Vivían en una casa mucho mejor. La madre no trabajaba y las vecinashacíanla la corte, viendo en ella una prestamista generosa para sus díasde apuro. Juan, a más de las joyas pesadas y estrepitosas con queadornaba su persona, poseía el supremo lujo de todo torero: una jacaalazana, de gran poder, con silla vaquera y gran manta en el arzónorlada de borlajes multicolores. Montado en ella trotaba por las calles,sin más objeto que recibir los homenajes de los amigos, que saludaban sugarbo con ¡olés!

ruidosos. Esto satisfacía por el momento sus deseos depopularidad. Otras veces iba con los señoritos, formando vistoso pelotónde jinetes, a la dehesa de Tablada, en vísperas de gran corrida, paraver el ganado que otros habían de matar.

—Cuando yo tome la alternativa...—decía a cada paso, haciendo dependerde ella todos sus planes sobre el porvenir.

Para entonces dejaba una serie de proyectos con que había de sorprendera su madre, pobre mujer asustada del bienestar que se colaba de rondónen su casa, y que ella creía de imposible aumento.

Llegó el día de la alternativa: el reconocimiento de Gallardo comomatador de toros.

Un maestro célebre le cedió la espada y la muleta en pleno redondel dela plaza de Sevilla, y la muchedumbre enloqueció de entusiasmo viendocómo echaba abajo de una sola estocada al primer toro «formal» que se leponía delante. Al mes siguiente, este doctorado tauromáquico erarefrendado en la plaza de Madrid, donde otro maestro no menos célebrevolvió a darle la alternativa en una corrida de toros de Miura.

Ya no era novillero; era matador, y su nombre figuraba al lado de viejosespadas a los que había admirado como dioses inabordables cuando iba porlos pueblecillos tomando parte en las capeas. A uno de ellos recordabahaberlo esperado en una estación, cerca de Córdoba, para pedirle unsocorro cuando pasaba en el tren con su cuadrilla. Aquella tarde pudocomer gracias a la fraternidad generosa que existe entre la gente decoleta, y que impulsa a un espada de lujo principesco a alargar un duroy un cigarro al pilluelo astroso que da sus primeros capeos.

Comenzaron a llover contratas sobre el nuevo espada. En todas las plazasde la Península deseaban verle, con el incentivo de la curiosidad. Losperiódicos profesionales popularizaban su retrato y su vida,desfigurando ésta con episodios novelescos. Ningún matador tenía tantascorridas como él. Iba a ganar mucho dinero.

Antonio, su cuñado, acogía este éxito con torvo ceño y sordas protestasdelante de su mujer y su suegra.

Un desagradecido el espada. La historia de todos los que suben aprisa.¡Tanto que él había trabajado por Juan! ¡Con el tesón que habíadiscutido con los empresarios cuando le ajustaba las corridas denovillos!... Y ahora que era maestro tenía por apodorado a un señor alque había conocido poco antes: un tal don José, que no era de lafamilia, y al que Gallardo mostraba gran estima por sus prestigios deantiguo aficionado.

—Ya le pesará—terminaba diciendo—. Familia no hay más que una. ¿Dóndeva a encontrar la querencia de los que le hemos visto desde pequeño? Else lo pierde.

Conmigo iría como el propio...

Y se interrumpía, tragándose el nombre famoso por miedo a las burlas delos banderilleros y aficionados que frecuentaban la casa y habíanacabado por fijarse en esta adoración histórica del talabartero.

Gallardo, en su bondad de triunfador, dio una satisfacción a su cuñado,encargándole de vigilar los trabajos de la casa que estaba fabricando.Carta blanca en los gastos. El espada, aturdido por la facilidad con queel dinero venía a sus manos, deseaba que el cuñado le robase,compensándolo así de no haberle admitido como apoderado.

El torero iba a realizar sus deseos, construyendo una casa para sumadre. Ella, la pobre, que había pasado su vida fregando los suelos delos ricos, que tuviera un hermoso patio con baldosas de mármol y zócalosde azulejos, sus habitaciones con muebles como los de los señores, ycriadas, muchas criadas, para que la sirviesen.

También él sentíaseunido por un afecto tradicional al barrio donde se había deslizado sumísera niñez. Gustaba de deslumbrar a las mismas gentes que habíantenido a su madre por servidora, y dar un puñado de pesetas en momentosde apuro a los que llevaban zapatos a su padre o le entregaban a él unmendrugo en los días penosos.

Compró varias casas viejas, una de ellasla misma en cuyo portal trabajaba el remendón, las echó abajo, y comenzóa levantar un edificio que había de ser de blancas paredes, con rejaspintadas de verde, vestíbulo chapado de azulejos y cancela de hierro demenuda labor, al través de la cual se vería el patio con su fuente enmedio y sus columnas de mármol, entre las cuales penderían jaulasdoradas con parleros pájaros.

La satisfacción de su cuñado Antonio al verse en plena libertad para ladirección y aprovechamiento de las obras se aminoró un tanto con unanoticia terrible.

Gallardo tenía novia. Andaba ahora, en pleno verano, corriendo porEspaña, de una plaza a otra, dando estocadas y recibiendo aplausos; perocasi todos los días enviaba una carta a cierta muchacha del barrio, y enlos cortos ratos de vagar entre una corrida y otra, abandonaba a suscompañeros y tomaba el tren para pasar una noche en Sevilla

«pelando lapava» con ella.

—¿Han visto ustés?—gritaba escandalizado el talabartero en lo que élllamaba el

«seno del hogar», o sea ante su mujer y su suegra—. ¡Unanovia, sin decir palabra a la familia, que es lo único verdadero queexiste en el mundo! El señó quiere casarse. Sin duda está cansao denosotros... ¡Qué sinvergüenza!

Encarnación aprobaba estas afirmaciones con rudos gestos de su rostrohermosote y bravío, contenta de poder expresarse contra aquel hermanoque le inspiraba cierta envidia por su buena fortuna. Sí; siempre habíasido un sinvergüenza.

Pero la madre protestaba.

—Eso no; que yo conozco a la niña, y su probe mare fue compañera mía enla Fábrica. Limpia como los chorros de oro, modosita, güena, bienparesía... Ya le he dicho a Juan que por mí que sea... y cuanto antesmejor.

Era huérfana y vivía con unos tíos que poseían una tiendecita decomestibles en el barrio. Su padre, antiguo traficante en aguardientes,le había dejado dos casas en las afueras de la Macarena.

—Poca cosa—decía la señora Angustias—. Pero la niña no viene desnúa:trae lo suyo... ¿Y de ropa? ¡Josú! Hay que ver sus manitas de oro: cómoborda los trapos, cómo se prepara el dote...

Gallardo recordaba vagamente haber jugado con ella de niño, junto alportal en que trabajaba el remendón, mientras hablaban las dos madres.Era una lagartija seca y obscura, con ojos de gitana; las pupilas negrasy unidas, como gotas de tinta; las córneas de una blancura azulada y ellagrimal de rosa pálido. Al correr, ágil como un muchacho, enseñaba suspiernas como cañas, y el pelo escapábasele de la cabeza en mechonesrebeldes y retorcidos cual negras serpientes. Luego la había perdido devista, no encontrándola hasta muchos años después, cuando ya eranovillero y comenzaba a tener un nombre.

Fue un día de Corpus, una de las pocas fiestas en que las hembras,recluidas en su casa por una pereza oriental, salen a la calle comomoras en libertad, con mantilla de blonda y claveles en el pecho.Gallardo vio una joven alta, esbelta y maciza al mismo tiempo, lacintura recogida entre curvas amplias y firmes, con todo el vigor de lacarne primaveral. Su cara, de una palidez de arroz, se coloreó al ver altorero; sus ojazos luminosos ocultáronse entre largas pestañas.

—Esta gachí me conose—se dijo Gallardo con petulancia—. De seguro queme ha visto en la plaza.

Y cuando, después de seguirla a ella y su tía, supo que era Carmen, lacompañera de su infancia, sintiose admirado y confuso por la maravillosatransformación de la negra lagartija de otros tiempos.

Fueron novios, y todos los vecinos hablaron de estas relaciones, viendoen ellas un nuevo halago para el barrio.

—Yo soy así—decía Gallardo a sus entusiastas, adoptando un aire debuen príncipe—. No quiero imitar a otros toreros que se casan conseñoritas, y too son gorros y plumas y faralaes. Yo con las de mi clase:rico pañolón, buenos andares, grasia... ¡Olé ya!

Los amigos, entusiasmados, hacían la apología de la muchacha. Una realmoza, con unos altibajos en el cuerpo que volvían loco a cualquiera. ¡Yqué «patria»!... Pero el torero torcía el gesto. Poquitas bromas,¿eh?... Cuando menos se hablase de Carmen sería mejor.

Por las noches, al conversar con ella al través de una reja,contemplando su rostro de mora entre matas de flores, presentábase elmozo de una taberna cercana llevando por delante una gran batea de cañasde manzanilla. Era el enviado que llegaba a «cobrar el piso»: lacostumbre tradicional de Sevilla con los novios que hablan por la reja.

El torero bebía una caña, ofrecía otra a la novia, y decía al muchacho:

—Di a esos señores que muchas grasias y que pasaré por la tienda encuanto acabe...

Dile también al Montañés que no cobre, que JuanGallardo lo paga too.

Y así que acababa su charla con la novia, metíase en la tienda debebidas, donde le esperaban los obsequiantes, unas veces amigosentusiastas, otras desconocidos que deseaban beberse unas cañas con eltorero.

Al regreso de su primera correría como matador de cartel pasó las nochesdel invierno junto a la reja de Carmen, envuelto en su capa de cortaesclavina y graciosa ampulosidad, de un paño verdoso, con pámpanos yarabescos bordados en seda negra.

—Me han dicho que bebes mucho—suspiraba Carmen pegando su cara a loshierros.

—¡Pamplina!... Orsequios de los amigos que hay que degolver, y na más.Ya ve: un torero es... un torero, y no va a viví como un fraile de laMersé.

—Me han dicho que vas con mujeres malas.

—¡Mentira!... Eso era en otros tiempos, cuando no te conosía...¡Hombre! ¡Mardita sea! Quisiera yo conosé al hijo de cabra que te yevaesos soplos...

—¿Y cuándo nos casamos?—continuaba ella, cortando con esta pregunta laindignación del novio.

—En cuanto se acabe la casa, y ¡ojalá sea mañana! El mamarracho de micuñao no acaba nunca. Se conose que le va bien, y se duerme en lasuerte.

—Yo pondré orden, Juaniyo, cuando nos casemos. Ya verás qué bien marchatoo.

Verás cómo me quiere tu mare.

Y así continuaban sus diálogos, esperando el momento de aquella boda, dela que se hablaba en toda Sevilla. Los tíos de Carmen y la señoraAngustias trataban del asunto siempre que se veían; pero a pesar deesto, el torero apenas entraba en casa de la novia, como si le cerraseel camino una terrible prohibición. Preferían los dos verse por la reja,siguiendo la costumbre.

Transcurrió el invierno. Gallardo montaba a caballo e iba de caza a loscotos de algunos señores que le tuteaban con aire protector. Había queconservar la agilidad del cuerpo con un continuo ejercicio, para cuandollegase la temporada de corridas. Sentía miedo de perder sus«facultades» de fuerza y ligereza.

El propagandista más incansable de su gloria era don José, un señor quehacía oficios de apoderado y le llamaba siempre «su matador». Interveníaen todos los actos de Gallardo, no reconociendo mayores derechos ni auna la misma familia. Vivía de sus rentas, sin otra ocupación que hablarde toros y toreros. Para él, las corridas eran lo único interesante delmundo, y dividía a los pueblos en dos castas: la de los elegidos, quetienen plazas de toros, y la muchedumbre de naciones tristes, en las queno hay sol, ni alegría, ni buena manzanilla, a pesar de lo cual se creenpoderosas y felices, cuando no han visto ni una mala corrida denovillos.

Llevaba a su afición la energía de un guerrero y la fe de un inquisidor.Gordo, todavía joven, calvo y con barba rubia, este padre de familia,alegre y zumbón en la vida ordinaria, era feroz e irreductible en elgraderío de una plaza cuando los vecinos mostraban opiniones diversas alas suyas. Sentíase capaz de pelear con todo el público por defender aun torero amigo, y alteraba las ovaciones con extemporáneas protestascuando aquéllas iban dirigidas a un lidiador que no merecía su afecto.

Había sido oficial de caballería, más por afición a los caballos que ala guerra. Su gordura y su entusiasmo por los toros le habían hechoretirarse del servicio, y pasaba el verano viendo corridas y el inviernohablando de ellas... ¡Ser el guía, el mentor, el apoderado de unaespada!... Cuando sintió este deseo todos los maestros tenían ya elsuyo, y fue para él una fortuna la aparición de Gallardo. La menor dudasobre los méritos de éste poníale rojo de cólera, acabando por convertirla disputa taurina en cuestión personal. Contaba como gloriosa acción deguerra haber andado a bastonazos en un café con dos malos aficionadosque censuraban a «su matador» por ser demasiado guapo.

Parecíale poco el papel impreso para propalar la gloria de Gallardo, yen las mañanas de invierno iba a colocarse en una esquina tocada por unrayo de sol, a la entrada de la calle de las Sierpes, por donde pasabansus amigos.

—¡Na: que no hay mas que un hombre!...—decía en voz alta, como sihablase con él mismo, fingiendo no ver a los que se aproximaban—. ¡Elprimer hombre del mundo!

¡Y el que crea lo contrario que hable!... ¡Elúnico!

—¿Quién?—preguntaban los amigos burlonamente, aparentando nocomprenderle.

—¿Quién ha de ser?... Juan.

—¿Qué Juan?...

Aquí un gesto de indignación y de asombro.

—¿Qué Juan ha de ser?... ¡Como si hubiese muchos Juanes!... JuanGallardo.

—¡Pero hombre!—le decían algunos—. ¡Ni que os acostaseis juntos!...¿Eres tú, acaso, el que va a casarse con él?

—Porque no querrá—contestaba rotundamente don José, con un fervor deidólatra.

Y al ver que se aproximaban otros amigos, olvidaba a los burlones yseguía repitiendo:

—¡Na; que no hoy mas que un hombre!... ¡El primero del mundo! ¡Y el queno lo crea que abra el pico... que aquí estoy yo!

La boda de Gallardo fue un gran suceso. Con ello se inauguró la casanueva, de la que estaba orgulloso el talabartero, mostrando el patio,las columnas y los azulejos, como si todo fuese obra de sus manos.

Se casaron en San Gil, ante la Virgen de la Esperanza, llamada de laMacarena. A la salida de la iglesia brillaron al sol las flores exóticasy los pintarrajeados pájaros de centenares de pañolones chinescos en queiban envueltas las amigas de la novia. Un diputado fue el padrino. Sobrelos fieltros blancos y negros de la mayoría de los convidadosdestacábanse los brillantes sombreros de copa del apoderado y otrosseñores entusiastas de Gallardo. Todos ellos sonreían satisfechos de lacaricia de popularidad que les alcanzaba yendo al lado del torero.

En la puerta de la casa hubo durante el día reparto de limosnas.Llegaron pobres hasta de los pueblos, atraídos por la fama de esta bodaestrepitosa.

En el patio hubo gran comilona. Algunos fotógrafos sacaron instantáneaspara los periódicos de Madrid. La boda de Gallardo era un acontecimientonacional. Hasta bien entrada la noche sonaron las guitarras conmelancólico quejido, acompañadas de palmoteo y repique de palillos. Lasmuchachas, los brazos en alto, golpeaban el mármol con sus menudos pies,arremolinándose las faldas y el pañolón en torno de su cuerpo gentil,movido por el ritmo de las «sevillanas». Destapábanse a docenas lasbotellas de ricos vinos andaluces; circulaban de mano en mano las cañasde ardiente Jerez, de bravío Montilla y de manzanilla de Sanlúcar,pálida y perfumada. Todos estaban borrachos; pero su embriaguez eradulce, sosegada y triste, sin otra manifestación que el suspiro y elcanto, lanzándose varios a un mismo tiempo a entonar cancionesmelancólicas que hablaban de presidios, de muertes y de la pobre mare,eterna musa del canto popular de Andalucía.

A media noche se fueron los últimos convidados, y los novios quedaron enla casa con la señora Angustias. El talabartero, al salir con su mujer,tuvo un gesto de desesperación. Iba ebrio y furioso porque ninguno habíareparado en su persona durante el día. ¡Como si no fuese nadie! ¡Como sino existiese la familia!...

—Nos echan, Encarnación. Esa niña, con su carita de Virgen de laEsperanza, va a ser el ama de too, y no queará ni tanto así pa nosotros.Vas a ve cómo se llenan de hijos.

Y el prolífico varón se indignaba al pensar en la futura prole delespada, venida al mundo sin otro objeto que perjudicar a la suya.

Transcurrió el tiempo; pasó un año sin que se cumplieran laspredicciones del señor Antonio. Gallardo y su mujer mostrábanse en todaslas fiestas con el rumbo y la gallardía de un matrimonio rico y popular:ella con pañolones que arrancaban gritos de admiración a las pobresmujeres; él luciendo sus brillantes y pronto a sacar el portamonedaspara convidar a las gentes y socorrer a los mendigos que acudían enbandas. Las gitanas, cobrizas y charlatanas como brujas, asediaban aCarmen con profecías venturosas. ¡Que Dios la bendijera! Iba a tener unchiquillo, un churumbel más hermoso que el sol. Se le conocía en elblanco de los ojos. Ya estaba casi a la mitad del camino...

Pero en vano Carmen enrojecía de placer y de rubor, bajando los ojos; envano se erguía el espada, orgulloso de sus obras, creyendo que iba apresentarse el fruto esperado. El hijo no venía.

Y así transcurrió otro año, sin que el matrimonio viera realizadas susesperanzas. La señora Angustias se entristecía cuando le hablaban deestas decepciones. Tenía otros nietos, los hijos de Encarnación, que porencargo del talabartero pasaban el día en casa de la abuela, procurandodar gusto en todo a su señor tío. Pero ella, que deseaba compensar losdesvíos del pasado con su cariño fervoroso a Juan, quería un hijo deéste, para educarlo a su modo, dándole todo el amor que no había podidodar al padre en su infancia de miseria.

—Yo sé lo que es—decía la vieja tristemente—. La pobrecita Carmen notié sosiego. Hay que ver a esa criatura mientras Juan anda por el mundo.

Durante el invierno, en la temporada de descanso, cuando el toreroestaba en casa o iba al campo a tientas de becerros y cacerías, todomarchaba bien. Carmen mostrábase contenta sabiendo que su marido nocorría peligro. Reía con el más leve pretexto; comía; su rostro seanimaba con los colores de la salud. Pero así que llegaba la primavera yJuan salía de su casa para torear en las plazas de España, la pobremuchacha, pálida y débil, parecía caer en una estupefacción dolorosa,con los ojos agrandados por el espanto y pronta a derramar lágrimas a lamenor alusión.

—Setenta y dos corridas tiene este año—decían los amigos de la casa alcomentar las contratas del espada—. Nadie es tan buscado como él.

Y Carmen sonreía con una mueca dolorosa. Setenta y dos tardes deangustias, como un reo de muerte en la capilla, deseando la llegada deltelegrama al anochecer y temiéndola al mismo tiempo. Setenta y dos díasde terror, de vagorosas supersticiones, pensando que una palabraolvidada en una oración podría influir en la suerte del ausente. Setentay dos días de extrañeza dolorosa al vivir en una casa tranquila, al verlas mismas gentes, al sentir deslizarse la existencia habitual, dulce ytranquila, como si en el mundo no ocurriese nada extraordinario, oyendoen el patio el jugueteo de los sobrinos de su marido y en la calle elcanto del vendedor de flores, mientras lejos, muy lejos, en ciudadesdesconocidas, su Juan, ante millares de ojos, luchaba con fieras, viendopasar la muerte junto a su pecho a cada movimiento del trapo rojo quellevaba en las manos.

¡Ay, estos días de corrida, días de fiesta, en los cuales el cieloparecía más hermoso y la calle solitaria resonaba bajo los pies de lostranseúntes domingueros, y zumbaban las guitarras, acompañadas decanciones y palmoteo, en la taberna de la esquina!...

Carmen, pobrementevestida, con la mantilla sobre los ojos, salía de su casa cual siquisiera huir de malos ensueños, yendo a refugiarse en las iglesias. Sufe simple, que la incertidumbre poblaba de supersticiones, la hacía irde altar en altar, pesando en su mente los méritos y milagros de cadaimagen. Metíase en San Gil, la iglesia popular que había visto el mejordía de su existencia, se arrodillaba ante la Virgen de la Macarena,haciendo que la encendiesen cirios, muchos cirios, y contemplaba a suluz rojiza la cara morena de la imagen, de ojos negros y largaspestañas, que, según decían, se asemejaba a la suya. En ella confiaba.Por algo era la Señora de la Esperanza. Seguramente que a aquellas horasestaba amparando a Juan con su divino poder.

Pero de pronto la indecisión y el miedo abríanse paso al través de suscreencias, rasgándolas. La Virgen era una mujer, ¡y las mujeres puedentan poco!... Su destino es sufrir y llorar, como ella lloraba por sumarido, como la otra había llorado por su hijo.

Debía confiarse apotencias más fuertes; debía implorar el auxilio de una protección másvigorosa. Y abandonando sin escrúpulo a la Macarena con el egoísmo deldolor, como se olvida una amistad inútil, iba otras veces a la iglesiade San Lorenzo en busca de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder, elhombre-dios coronado de espinas, con la cruz a cuestas, imagen delescultor Montañés, sudorosa y lagrimeante, que respira espanto.

La tristeza dramática del Nazareno tropezando en las piedras y agobiadobajo el peso de la cruz parecía consolar a la pobre esposa. ¡Señor delGran Poder!... Este título vago y grandioso la tranquilizaba. Que elDios vestido de terciopelo morado y de oro quisiera escuchar sussuspiros, sus oraciones repetidas a toda prisa, con vertiginosa rapidez,para que entrase la mayor cantidad posible de palabras en la medida deltiempo, y era seguro que Juan saldría sano del redondel donde estaba enaquellos momentos. Y otra vez daba dinero a un sacristán, y seencendían cirios, y pasaba ella las horas contemplando el vacilantereflejo de las rojas lenguas sobre la imagen, creyendo ver en su rostrobarnizado, con estas alternativas de sombra y de luz, sonrisas deconsuelo, gestos bondadosos que le auguraban felicidad.

El Señor del Gran Poder no la engañaba. Al volver a casa presentábase elpapelillo azul, que abría ella con mano trémula: «Sin novedad.» Podíarespirar, podía dormir, como el reo al que se libra por el instante deuna muerte inmediata; pero a los dos o tres días, otra vez el supliciode lo incierto, la terrible tortura de lo desconocido.

Carmen, a pesar del amor que profesaba a su marido, tenía movimientos derebeldía.

¡Si ella hubiese sabido lo que era esta existencia antes decasarse!... En ciertos momentos, impulsada por la confraternidad deldolor, iba en busca de las mujeres de los toreros que figuraban en lacuadrilla de Juan, como si éstas pudieran darle noticias.

La esposa del Nacional, que tenía una taberna en el mismo barrio,acogía a la señora del maestro con tranquilidad, extrañándose de susmiedos. Ella estaba habituada a tal existencia. Su marido debía estarbueno, ya que no enviaba noticias. Los telegramas cuestan caros, y unbanderillero gana poco. Cuando los vendedores de papeles no voceaban unadesgracia, era que nada había ocurrido. Y seguía atenta al servicio desu establecimiento, como si en su embotada sensibilidad no pudiese abrirhuella la inquietud.

Otras veces, pasando el puente, iba Carmen al barrio de Triana en buscade la mujer de Potaje el picador, una especie de gitana que vivía enuna casucha como un gallinero, rodeada de pequeñuelos sucios y cobrizos,a los que dirigía y aterraba con gritos estentóreos. La visita de laseñora del maestro la llenaba de orgullo, pero sus inquietudes casi lahacían reír. No debía temer nada. Los de a pie se libraban siempre deltoro, y el señor Juan Gallardo tenía mucho «ángel» para echarse deencima a las fieras. Los toros mataban poca gente. Lo terrible eran lascaídas del caballo. Era sabido el final de todos los picadores, despuésde una vida de horribles costaladas: el que no moría repentinamente deun accidente desconocido y fulminante, acababa sus días loco. Asímoriría el pobrecito Potaje; y tantas fatigas a cambio de un puñado deduros, mientras que otros...

Esto último no lo decía, pero sus ojos revelaban la protesta contra lasinjusticias de la suerte, contra aquellos buenos mozos que, al empuñaruna espada, se llevaban los aplausos, la popularidad y el dinero, sinriesgos mayores que los que afrontaban los humildes.

Poco a poco fue Carmen habituándose a su nueva existencia. Las cruelesesperas en días de corrida, la visita a los santos, las incertidumbressupersticiosas, todo lo aceptó como incidentes necesarios de su vida.Además, la buena suerte de su marido y la continua conversación en lacasa de lances de lidia acabaron por familiarizarla con el peligro. Eltoro bravo fue para ella una fiera bonachona y noble, venida al mundosin más objeto que enriquecer y dar fama a sus matadores.

Jamás asistía a una corrida de toros. Desde la tarde en que vio en suprimera novillada al que había de ser su marido, no volvió a la plaza.Sentíase sin valor para presenciar una corrida, aunque en ella notrabajase Gallardo. Se desvanecería de terror viendo a otros hombresafrontar el peligro vistiendo el mismo traje que su Juan.

A los tres años de matrimonio, el espada sufrió una cogida en Valencia.Carmen tardó en enterarse. El telegrama llegó a su hora, con elcorrespondiente «Sin novedad».

Fue obra piadosa de don José elapoderado, el cual, visitando a Carmen todos los días y apelando ahábiles escamoteos para evitar la lectura de diarios, retardó duranteuna semana que se enterase de la desgracia.

Cuando Carmen conoció el suceso, por la indiscreción de unas vecinas,quiso inmediatamente tomar el tren, ir en busca de su marido, cuidarle,pues se lo imaginaba abandonado. No fue necesario. El espada llegó antesde que ella partiese, pálido por la sangre perdida, con una piernaobligada a larga inmovilidad, pero alegre y animoso para tranquilizar asu familia. La casa fue desde entonces a modo de un santuario, pasandopor el patio centenares de personas que deseaban saludar a Gallardo,

«elprimer hombre del mundo», sentado en un sillón de junco, la pierna en untaburete, y fumando tranquilamente, como si su cuerpo no estuviesequebrantado por una herida atroz.

El doctor Ruiz, llegado con él a Sevilla, le dio por bueno antes de unmes, asombrándose de la energía de aquel organismo. La facilidad con quese curaban los toreros era un misterio para él, a pesar de su largapráctica de cirujano. El cuerno, sucio de sangre y de excremento animal,fraccionado muchas veces por los golpes en menudas astillas, rompía lascarnes, las rasgaba, las perforaba, siendo al mismo tiempo profundaherida penetrante y aplastadora contusión. Y sin embargo, las atrocesheridas se curaban con mayor facilidad que las de la vida ordinaria.

—No sé qué será: misterio—decía el viejo cirujano con aire de duda—.O estos chicos tienen carne de perro, o el cuerno, con todas sussuciedades, guarda una virtud curativa que desconocemos.

Poco tiempo después, Gallardo volvió a torear, sin que esta cogidaenfriase sus ardores de lidiador, como le vaticinaban los enemigos.

A los cuatro años de matrimonio, el espada dio a su mujer y a su madreuna gran sorpresa. Iban a ser propietarios, pero propietarios en grande,con tierras que se perdían de vista, olivares, molinos, grandes rebaños;un cortijo igual al de los señores ricos de Sevilla.

Gallardo sentía el deseo de todos los toreros, que ansían ser señores decampo, caballistas y dueños de ganados. La riqueza urbana, los valoresen papel, no les tientan ni los entienden. El toro les hace pensar en laverde dehesa; el caballo les recuerda el campo. La necesidad continua demovimiento y ejercicio, la caza y la marcha durante los mesesinvernales, les impulsan a desear la posesión de la tierra.

Para Gallardo sólo era rico el dueño de un cortijo con grandes tropas debestias. De sus tiempos de miseria, cuando marchaba a pie por loscaminos, al través de olivares y dehesas, guardaba el ferviente deseo deposeer leguas y leguas de terreno que fuesen suyas, que estuvierancerradas con vallas de punzante alambre al paso de los demás hombres.

Su apoderado conocía estos deseos. Don José era quien corría con susintereses, cobrando de los empresarios y llevando una cuenta que en vanointentaba explicar a su matador.

—Yo no entiendo esas músicas—decía Gallardo, satisfecho de suignorancia—. Yo sólo sé despachar toros. Haga lo que quiera, don José;yo tengo confiansa, y sé que too lo hase por mi bien.

Y don José, que apenas se acordaba de sus bienes, dejándolos confiados ala débil administración de su mujer, preocupábase a todas horas de lafortuna del matador, colocando su dinero a rédito con entrañas deusurero para hacerlo fructificar.

Un día abordó a su protegido alegremente.

—Ya tengo lo que deseas. Un cortijo como un mundo, y además muy barato:una verdadera ganga. La semana que viene hacemos la escritura.

Gallardo quiso saber la situación y el nombre del cortijo.

—Se llama La Rinconada.

Cumplíanse sus deseos.

Cuando Gallardo fue con su esposa y su madre a tomar posesión delcortijo, les enseñó el pajar en que había dormido con sus compañeros demiseria errante, la pieza en que había comido con el amo y la placitadonde estoqueó un becerro, ganando por primera vez el derecho a viajaren tren sin tener que esconderse bajo los asientos.

III

En las noches de invierno, cuando Gallardo no estaba en La Rinconada,reuníanse una tertulia de amigos en el comedor de su casa luego decenar.

Llegaban de los primeros el talabartero y su mujer, que tenían siempredos de sus hijos en casa del espada. Carmen, como si quisiera olvidar suesterilidad y la molestase el silencio de la gran casa, retenía junto aella a los hijos menores de su cuñada. Estos, por cariño espontáneo ypor indicaciones de sus padres, acariciaban a todas horas con besos yarrullos gatunos a la hermosa tía y al tío generoso y popular.

Encarnación, tan gruesa como su madre, con el vientre flácido por laincesante procreación y la boca un poco bigotuda al entrar en años,sonreía servilmente a su cuñada, lamentando las molestias que la dabanlos niños.

Pero antes de que Carmen pudiese hablar, intervenía el talabartero.

—Déjalos, mujer. ¡Quieren tanto a sus tíos! La pequeña no puede vivirsin su tiíta Carmen...

Y los dos sobrinos permanecían allí como en su propia casa, adivinandoen su malicia infantil lo que de ellos esperaban sus padres, extremandolas caricias y mimos con aquellos parientes ricos, de los que oíanhablar a todos con respeto. Así que acababa la cena, besaban la mano ala señora Angustias y a sus padres y se arrojaban al cuello de Gallardoy su mujer, saliendo del comedor para ir a la cama.

La abuela ocupaba un sillón en la cabecera de la mesa. Cuando el espadatenía convidados, gentes casi siempre de cierta posición social, labuena mujer resistíase a sentarse en el sitio de honor.

—No—protestaba Gallardo—. La mamita en la presidensia. Siéntese ahí,mamá, o no comemos.

Y la conducía de un brazo, acariciándola con extremos amorosos, como siquisiera resarcirla de los años de infancia vagabunda que habían sido sutormento.

Cuando por las noches llegaba el Nacional a pasar un rato en casa delmaestro, como si esta visita fuese un deber de subordinación, latertulia parecía animarse. Gallardo, vistiendo rica zamarra, como unseñor del campo, la cabeza descubierta y la coleta alisada hasta cercade la frente, recibía a su banderillero con zumbona amabilidad.

¿Quédecían los de la afición? ¿Qué mentiras circulaban?... ¿Cómo marchaba«eso» de la República?

Garabato, dale a Sebastián una copa de vino.

Pero Sebastián el Nacional repelía el obsequio. Nada de vino; él nobebía. El vino era el culpable del atraso de la clase jornalera. Y todala tertulia, al oír esto, rompía a reír, como si hubiese dicho algograciosísimo que estaba esperando. Comenzaba el banderillero a soltar delas suyas.

El único que permanecía silencioso, con ojos hostiles, era eltalabartero. Odiaba al Nacional, viendo en él a un enemigo. Tambiénéste era prolífico en su fidelidad de hombre de bien, y un enjambre dechicuelos movíase en la tabernilla en torno de las faldas de la madre.Los dos más pequeños habían sido apadrinados por Gallardo y su mujer,uniéndose el espada y el banderillero con parentesco de compadres.¡Hipócrita!

Traía a la casa todos los domingos a los dos ahijados, consus mejores ropitas, para que besasen la mano a los padrinos, y eltalabartero palidecía de indignación cada vez que los hijos del Nacional recibían un regalo. Venían a robar a los suyos. Tal vez hastasoñaba el banderillero con que una parte de la fortuna del espadapudiera llegar a manos de los ahijados. ¡Ladrón! ¡Un hombre que no erade la familia!...

Cuando no acogía las palabras del Nacional con un silencio hostil ymiradas de odio, intentaba zaherirle, mostrándose partidario delinmediato fusilamiento de todos los que propalan paparruchas entre elpueblo y son un peligro para las gentes de bien.

El Nacional tenía diez años más que su maestro. Cuando éste comenzabaa lidiar en las capeas, ya era él banderillero en cuadrillas de cartel yhabía venido de América, luego de matar toros en la plaza de Lima. Alcomenzar su carrera gozó de cierta popularidad, por ser joven y ágil.También él había figurado por unos días como «el torero del porvenir», yla afición sevillana, puestos los ojos en su persona, esperaba queeclipsase a los matadores de otras tierras. Pero esto duró poco. Alvolver de su viaje con el prestigio de nebulosas y lejanas hazañas, seagolpó la muchedumbre en la Plaza de Toros de Sevilla para verle matar.Miles de personas se quedaron sin entrada.

Pero en este momento deprueba definitiva «le faltó el corazón», como decían los aficionados.Clavaba las banderillas con aplomo, como un trabajador concienzudo yserio que cumple su deber; pero al entrar a matar, el instinto deconservación, más fuerte que su voluntad, le mantenía a gran distanciadel toro, sin emplear las ventajas de su estatura y su fuerte brazo.

El Nacional renunció a las más altas glorias de la tauromaquia.Banderillero nada más. Se resignaba a ser un jornalero de su arte,sirviendo a otros más jóvenes, para ganar un pobre sueldo de peón conque mantener a la familia y hacer ahorrillos que le permitiesenestablecer una pequeña industria. Su bondad y sus honradas costumbreseran proverbiales entre la gente de coleta. La mujer de su matador lequería mucho, viendo en él una especie de ángel custodio para lafidelidad de su marido.

Cuando en verano, Gallardo, con toda su gente,iba a un café cantante en alguna capital de provincia, ganoso de juergay alegría luego de despachar los toros de varias corridas, el Nacional permanecía mudo y grave entre las cantaoras de bata vaporosa y bocapintada, como un padre del desierto en medio de las cortesanas deAlejandría.

No se escandalizaba, pero poníase triste pensando en su mujer y en loschiquillos que le aguardaban en Sevilla. Todos los defectos ycorrupciones del mundo eran para él producto de la falta de instrucción.De seguro que aquellas pobres mujeres no sabían leer ni escribir. A élle ocurría lo mismo, y como basaba en ese defecto su insignificancia ypobreza de mollera, atribuía a idéntica causa todas las miserias yenvilecimientos que existen en el mundo.

Había sido fundidor en su primera juventud, miembro activo de laInternacional de Trabajadores y asiduo oyente de los compañeros deoficio que, más felices que él, podían leer en voz alta lo que decíanlos papeles dedicados al bien del pueblo. Jugó a los soldados en tiemposde la Milicia nacional, figurando en los batallones que llevaban gorrorojo como signo de intransigencia federalista. Pasó días enteros antelas tribunas elevadas en las plazas, donde los clubs se declaraban ensesión permanente y los oradores sucedíanse día y noche, perorando conandaluza facundia sobre la divinidad de Jesús y la subida de losartículos de primera necesidad; hasta que, al venir tiempos represivos,una huelga le dejó en la difícil situación del obrero señalado por susrebeldías, viéndose despedido de todos los talleres.

Le gustaban las corridas de toros, y se hizo torero a los veinticuatroaños, como podía haber adoptado otro oficio. El, además, sabía mucho, yhablaba con desprecio de los absurdos de la actual sociedad. No en baldese pasan varios años escuchando leer papeles. Por mal que le fuese en eltoreo, siempre ganaría más y llevaría mejor vida que siendo un obrerohábil. La gente, recordando los tiempos en que arrastraba el fusil de lamilicia popular, le apodó el Nacional.

Hablaba de la profesión taurina con cierto remordimiento, a pesar de losaños transcurridos, y se excusaba de pertenecer a ella. El comité de sudistrito, que había decretado la expulsión del partido de todos loscorreligionarios que asistiesen a las corridas de toros, por bárbaras y«retrógradas», había hecho una excepción en favor de él, manteniéndoleen su cargo de vocal.

—Yo sé—decía en el comedor de Gallardo—que esto de los toros es cosareacsionaria... argo así como de los tiempos de la Inquisisión: no sé sime explico.

La gente nesesita como el pan sabé leé y escribí, y no estábien que se gaste er dinero en nosotros mientras farta tanta escuela.Así lo disen papeles que vienen de Madrí...

Pero los correligionarios meapresian, y el comité, después de una prédica que sortó don Joselito, haacordao que siga en el censo del partío.

Su tranquila gravedad, inalterable ante las burlas y los extremos decómica furia con que el espada y sus amigos acogían tales declaraciones,respiraba orgullo por la excepción con que le habían honrado loscorreligionarios.

Don Joselito, maestro de primeras letras, verboso y entusiasta, quepresidía el comité del distrito, era un joven de origen israelita quellevaba a la lucha política el ardor de los Macabeos y estaba satisfechode su morena fealdad picada de viruelas, porque le daba cierta semejanzacon Dantón. El Nacional oíale siempre con la boca abierta.

Cuando don José, el apoderado de Gallardo, y otros amigos del maestrocombatían zumbonamente sus doctrinas, a la hora de sobremesa, conobjeciones extravagantes, el pobre Nacional quedaba en suspenso,rascándose la frente.

—Ustés son señores y han estudiao, y yo no sé leé ni escribí. Por esolos de la clase baja somos unos borregos. ¡Pero si estuviera aquí donJoselito!... ¡Por vía e la paloma azul! ¡Si le oyesen ustés cuando sesuerta a hablar como un ángel!...

Y para fortalecer su fe, un tanto quebrantada por las arremetidas de losburlones, se iba al día siguiente a ver a don Joselito, el cual parecíagozar amarga voluptuosidad, como descendiente de los grandesperseguidos, al enseñarle lo que él llamaba su museo de horrores. Elhebreo, vuelto a la tierra natal de sus abuelos, iba coleccionando enuna pieza de la escuela recuerdos de la Inquisición, con la minuciosidadvengativa de un prófugo que fuese reconstituyendo hueso por hueso elesqueleto de su carcelero.

En un armario alineábanse libros enpergamino, relatos de autos de fe y cuestionarios para interrogar a losreos durante el tormento. En una pared veíase extendido un pendón blancocon la temible cruz verde. En los rincones amontonábanse hierros detortura, espantosas disciplinas, todo lo que encontraba don Joselito enlos puestos de los cambalacheros que sirviese para rajar, atenacear ydeshilachar, catalogándolo inmediatamente como de la antigua pertenenciadel Santo Oficio.

La bondad del Nacional, su alma simple, pronta a indignarse,sublevábase ante la mohosa ferretería y las cruces verdes.

—¡Hombre, y aún hay quien dice!... ¡Por vía e la paloma!... Aquíquisiera yo ve a argunos.

Un afán de proselitismo le hacía exhibir sus creencias en todasocasiones, sin miedo a las burlas de los compañeros. Pero aun en estomostrábase bondadoso, sin asomos de acometividad. Para él, los quepermanecían indiferentes ante la suerte del país y no figuraban en elcenso del partido eran «probes vítimas de la ignoransia nasional».

Lasalvación estribaba en que la gente supiese leer y escribir. El, por suparte, renunciaba modestamente a esta regeneración, considerándose yaduro para aprender; pero hacía responsable de su ignorancia al mundoentero.

Muchas veces, cuando en el verano iba la cuadrilla de una provincia aotra y Gallardo se trasladaba al vagón de segunda en que viajaban los«chicos», montaba en éste algún cura rural o una pareja de frailes.

Los banderilleros dábanse con el codo y guiñaban un ojo mirando al Nacional, que parecía más grave y solemne ante el enemigo. Lospicadores Potaje y Tragabuches, mozos rudos y de acometividad,aficionados a riñas y «broncas», y que sentían una confusa aversiónhacia los hábitos, le azuzaban en voz baja.

—¡Ahí lo tiés!... Entrale por derecho... Cuérgale der morrillo unasoflama de las tuyas.

El maestro, con toda su autoridad de jefe de cuadrilla, al que nadiepuede contestar ni discutir, rodaba los ojos mirando al Nacional, yéste permanecía en silenciosa obediencia. Pero más fuerte que susubordinación era el impulso de proselitismo de su alma simple. Ybastaba una palabra insignificante, para que al momento entablasediscusión con los viajeros, intentando convencerles de la verdad. Y laverdad era para él a modo de una pelota de retazos, confusos y endesorden, de lo que había oído a don Joselito.

Mirábanse los camaradas, asombrados de la sabiduría de su compañero,sintiéndose satisfechos de que uno de los suyos hiciese frente a gentesde carrera y las pusiera en aprieto, por ser clérigos casi siempre depocos estudios.

Los religiosos, aturdidos por la argumentación atropellada del Nacional y las risas de los otros toreros, acababan por apelar a unrecurso extremo. ¿Y hombres que exponían su existencia frecuentemente nopensaban en Dios y creían tales cosas?

¡Cómo estarían rezando a aquellashoras sus esposas y madres!...

Los de la cuadrilla poníanse serios, con una gravedad temerosa, pensandoen los escapularios y medallas que manos femeniles habían cosido a sustrajes de lidia antes de salir de Sevilla. El espada, herido en susadormiladas supersticiones, irritábase contra el Nacional, como siviese en esta impiedad un peligro para su vida.

—¡Caya y no digas más barbariaes! Ustés perdonen. Es un buen hombre,pero le han trastornao la cabesa con tanta mentira... ¡Caya y no merepliques! ¡Mardita sea! Te voy a yenar esa bocasa de...

Y Gallardo, para tranquilizar a aquellos señores a los que creíadepositarios del porvenir, abrumaba al banderillero con sus amenazas yblasfemias.