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Quince Minutos de Fama by Jacobo Schifter - HTML preview

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En esta novela histórica el autor analiza lo que significó crecer en los años cincuentas en sociedades en que la represión de la diferencia era la norma y los inconformes eran torturados por medio de la persecución abierta de la policía y la sociedad civil o la encubierta de la ciencia y de la psiquiatría. Schifter-Sikora, quien es reconocido como uno de los principales autores latinoamericanos en el campo de la sexualidad, ofrece una denuncia de cómo los mismos grupos perseguidos se convierten en verdugos de sus propias minorías. La irracionalidad del odio hace que ninguno, cristiano o judío, costarricense o norteamericano, esté exento de  hacer un infierno la vida de los demás. Sin embargo, esta obra no es solo una denuncia sino que también un reconocimiento de que el racismo, la homofobia y el antisemitismo no son eternos y las luchas de las minorías han logrado hacer cambios y mejoras. Finalmente, un fino humor y un análisis perspicaz de las diferencias entre la homofobia judía y cristiana, entre la latinoamericana y la norteamericana y europea, y cómo la teoría freudiana falla en su análisis de la orientación sexual, hace la obra de consulta obligatoria para aquellos interesados en el estudio de la construcción sexual.


Quince minutos de fama

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Una novela de

Jacobo Schifter-Sikora

Capítulo 1

 

A los seis años se me apareció el diablo. Un rayo de luna que se filtraba por la ventana de mi habitación iluminó su rostro peludo y dos cachos grandes, colmillos de lobo y una lengua roja repleta de saliva que se dilataba hacia fuera. Los ruidos de los grillos, abejones y chicharras que solían venir del jardín se aquietaron.  Sus ojos negros y redondos -brillaban como la noche tropical- se clavaron en los míos, aterrados, inmóviles. Cuando el monstruo se acercó al borde de mi lecho, el cuarto se transformó en una réplica del infierno del que salían llamas de las almohadas de ganso de Polonia. Belcebú salió por la ventana y subió por los árboles de aguacate; el sudor de mi frente se impregnó de azufre.

Había visto esa mañana una foto en el periódico La Nación de un hombre muerto con una gran barba a la usanza antigua y una mirada maléfica. Su familia rogaba por el alma y lo describía como un venerable varón, pero su cara producía miedo: había una ausencia en su rostro como si la fotografía se hubiera tomado en el cementerio. Que le tuviera miedo a los difuntos me lo había infundido la criada católica que creía en un dios que llevaba cuentas: “Los perversos y los aberrados se mueren y se queman en el infierno. Como nunca descansan, vienen a llevarse a los niños malos”.

Mis padres habían dejado de creer en un todopoderoso que retribuyera a los maléficos y protegiera a los buenos. Cuando los confronté un día de tantos, me respondieron: “Si un dios nos protegiera, hubiera arrasado con las cámaras de gas”.

Muchos años después, haría mis elucidaciones. No esa noche en que mi respiración se agitó, mis ojos se encontraron con dos garras y un rabo de rata gigante que me perseguía desde el suelo. Durante unos segundos no pude moverme, ni gritar, ni reaccionar; apenas pude emitir un pequeño aullido, luego otro más grande y finalmente salí corriendo hacia el cuarto de mis padres. “¿Pero qué te pasa?”- preguntó mi mamá, medio dormida y embarrada de crema de pepino, que según ella, era la máscara de la eterna juventud. No adivinaba la razón de mis gemidos, los que cuando me metí en su cama, y empujé a un lado a mi padre, habían crecido a tal magnitud que la casa se estremeció.

Electra dijo que mi escándalo se asemejaba al bombardeo de Varsovia y que me callara porque despertaría a mi padre, que como de costumbre, dormía plácidamente o se hacía el ruso, como decimos  por estas villas de los que se hacen de la vista gorda.  No pude callarme; seguí aullando como loco. Mis hermanos que dormían en habitaciones contiguas, oyeron tal conmoción y fueron a la mía para averiguar qué había provocado tanto escándalo, pero no encontraron ningún rastro  y me dirían- días después- que había tenido una alucinación; me explicaron que seguramente me había asustado un gato o un zorro, animales que venían del jardín y que había escapado por la ventana.

Nunca les creí. Desde esa fatídica noche, sentí que ese jardín de mi progenitora, inserto en lo que en esa época eran los suburbios de una ciudad capital en expansión, guardaba los peores bichos de la tierra. No volvería a asomarme de noche a ese jardín, que –en cuestión de minutos- pasaba del verde impetuoso al negro azabache y cuarenta y cinco años después, cualquier ruido nocturno me asusta y si volví a vivir en casas con enormes vergeles, es porque aprendí a enfrentar los demonios.

Después de mucho analizarlo, he llegado a la conclusión de que este monstruo fue creado por mi propia mente para representar lo que me estaba mortificando: mi primera experiencia sexual. El hecho de que la asociara con el demonio se debía a que era con el jardinero y vivía en un país centroamericano en la década de 1950 en que la homosexualidad la traía el  pisuicas. En las tardes en que mis padres no estaban, Ramón, el robusto jardinero de frente ancha, boca de labios carnosos, pelo negro peinado hacia atrás y quien nunca llevaba zapatos, me tomaba de la mano y me llevaba a su cuarto. En medio de pequeños árboles que sembraría otro día y sacos de cuita de gallina, tenía su gran cama blanca; nos metíamos debajo de ella para bajarnos los pantalones y tocarnos los pipíes.

Otros días Ramón me pedía que lo acompañara a hacer un mandado por La California. Esta zona estaba llena de cafetales, pequeñas comarcas de árboles de sombra y plantas llenas de frutos verdes y rojos. El jardinero sacaba su miembro que para mí era tan grueso como un tronco de café y empezaba a masturbarse con hojas de plátanos. 

Nuestros juegos continuaron hasta que un día me dijo que no más: ni deslices debajo de la cama, ni paseos a los cafetales. Los besos cariñosos y los abrazos fuertes se acabaron. Una tormenta tropical se me vino en la cabeza y aunque no hubo lágrimas de mi parte, sentía que llovía en el interior, como ríos subterráneos.

Capítulo 2

 

Amé a mis paisanas y odié a los varones. Mis padres, en 1951, nos llevaron a vivir a Los Yoses, el elegante barrio residencial al Este de San José. Aunque incómoda en virtud de su lejanía de la sinagoga, nuestra casa era una hermosísima construcción en Art Decó, que llamaría la atención hasta nuestros días. Nuestro jardín era espacioso porque Electra esperaba sembrar flores y frutas, cosa que nunca había podido hacer en Duglosiodlo. La habitación de mis padres era cómoda y llena de ventanales, con amplios clósets, un precioso baño interno de baldosas rojas y el lujo de la época: bañera. Mi madre, a diferencia de sus hijos que nos acostumbramos a bañarnos en la mañana y con agua caliente, otro invento moderno, se metía en ella en la tarde y duraba su buen rato. Esto siempre me pareció extraño porque las duchas eran la regla en este país centroamericano.

Las habitaciones de los niños daban al jardín; la mía frente a dos inmensos árboles de aguacate, que eran las delicias de ardillas y de zorros.  Nuestra sala era enorme, con un rojizo piso de madera de caoba que reflejaba como un espejo la cara de envidia de todos los que nos visitaban. Los sillones eran largos y albergaban hasta cuarenta socias de la WIZO, la organización que presidía mi progenitora y su calidad se hacía evidente en el hecho que solo doña Perla pesaba unas doscientas libras y si tomamos en cuenta que cada sillón albergaba quince tuges, hablamos de más de una tonelada.

En teoría, debíamos tener una fortuna para vivir en el barrio más prestigioso y ser los primeros judíos en hacerlo, y además, ¡era propia! Los demás paisanos debían contentarse con aposentos más sencillos y alquilados lejos de la aristocracia cafetalera y de las embajadas, casi todas alrededor de nuestra casa. “¿Quién diría que nosotros terminaríamos viviendo en un castillo tan soñado?”- nos decía nuestra tía Esther, que se ufanaba que un familiar suyo lograra el éxito que nunca llegó en Polonia. Sin embargo, la mujer vivía en El Paso de la Vaca, cerca del Mercado Central y su orgullo no era más que una pobre transferencia, como diría nuestro amigo Freud.

¿Éramos ricos? Solo en apariencia.

Aunque la casa valía una fortuna, vivíamos sencillamente. Paquita, la empleada, nos servía en vasos cortados de botellas de Coca Cola o en platos corrientes del Mercado Central; nunca llevó a la mesa algo fino como camarones, langosta, uvas, cerezas, vino o un buen licor. Cuando aparecía un plato suculento, era porque nuestra vecina, Eulalia, nos lo regalaba.

 

Esta no era la única contradicción.

Otra más espinosa era vivir en un barrio lejos del resto de la comunidad judía, lo que nos convertía en doblemente extraños. Por un lado, al residir al Este de la ciudad, nuestras opciones de kinders y escuelas se limitaban a aquellos en que no había otros judíos. El contacto con los demás paisanos se producía entonces en dos formas: las visitas de las compañeras de mi madre, alguna que otra fiesta y la asistencia a la escuela hebrea.

Los té de las tres de la tarde eran memorables. Unas treinta o cuarenta correligionarias asistían mensualmente a las reuniones de la WIZO, una organización sionista de mujeres. Para la ocasión, la sala – la que solo se usaba para nuestros invitados- se engalanaba. Las convidadas eran tratadas como reinas y princesas, la aristocracia de La Sabana. “Electra, no sé cómo haces para vivir tan lejos del shil” –decía doña Rebeca- que pensaba que venir a Los Yoses era una travesía como la de Marco Polo.

Eran personalidades avasallantes; maquilladas y peinadas se miraban mucho más exquisitas que sus maridos, gordos, calvos y feos, con la excepción de Ernesto.  Además, eran artistas de la repostería.  Traían queques y postres que no se veían en la capital: tarta de chocolate, mousse de limón, pastel de cerezas, suspiros de leche, canastas de pistachos, famosos struddles, arrollados de tallarines dulces con pasas y una interminable lista de golosinas.

Las pláticas eran apasionadas. Cada señora tenía su punto de vista acerca del país. Doña Sarita, la que figuraba como intelectual, pero su verdadera pasión era el juego de naipes, consideraba a Costa Rica como el paraíso, el mero Gan Eiden y su marido, que laboraba de buhonero en Turrialba, decía que la democracia recién instalada nos protegería. Mientras se echaba un pastel de piña en la boca, doña Sisa la refutaba. Para ella, el gobierno de Figueres estaba repleto de ex nazis y de alemanes que habían apoyado a los antisemitas criollos: estaríamos mejor con el Doctor Calderón Guardia, al que habían expulsado del país. La mujer que vivía en Puntarenas y olía a palo de almendras, se había casado con un industrial que le triplicaba la edad; se ufanaba de ser la única polaca calderonista.

Poo! ¿Cómo se te ocurre decir tal tontería?”-irrumpía doña Golche, la que siempre padecía de jaqueca. Según ella, si regresaba Calderón, seríamos enviados al extranjero, cosa que ya había intentado en 1940. “Gedenkst?”- preguntaba.  De un momento a otro, doña Regina y doña Raquel que conversaban sobre la peluquera española antisemita que no las quiso atender, interrumpieron para estar en discordancia con todas y sugerir que lo mejor era irse algún día a Israel. “Pisk-malogeh!”- respondía doña Pepa –quien no creía en promesas vanas- con desdeño. En ese momento, reinaba el pandemonium y cada una apoyaba a la que su marido le debía plata. 

“¡Sha, compañeras!”- gritaba Electra que usaba su poder de anfitriona. Ninguna chistaba porque no quería quedarse en la lista negra de los Tzipora, que significaba el ostracismo político.

Para muchas, las reuniones eran un respiro en sus vidas, condenadas a pequeñas tiendas o fábricas de ropa. En algunos momentos, entre un pedazo de struddle y un suflé de banano, alguna de ellas fijaba los ojos en la ventana, pensando quizás en algún familiar mientras que la otra suspiraba por algún pueblo polaco-judío. Otra pasaba de un mal español a un ídish nada mejor, o entonaba algunas canciones, de las que sus amigas se habían olvidado. 

Las invitadas eran besuconas, amables y me hacían sentir como el varoncito más lindo. Madres judías que querían sobre todo a los niños, aunque consideraban que ninguno era mejor que el suyo. No se cansaban de hablar de la shainkeit (belleza) de Evita, o las aptitudes artísticas de Rebequita o la inteligencia de Lazarito. Cada una había engendrado un genio, un nuevo Einstein que dominaría la matemática y la física. Si tenían niñas, eran tan hermosas como Elizabeth Taylor o Ava Gardner.

 

Si los te de la tarde eran maravillosos, nada semejante sería mi experiencia en la Escuela Hebrea. No era propiamente una institución porque consistía en un moré o maestro que nos contaba, en un viejo salón contiguo a la sinagoga, historias sobre la Biblia Judía. Nuestro moré se llamaba Pablo Koplovich, un hombre renco de agraciadas facciones, una mueca de sonrisa y el peor aliento del mundo. Ruth era su esposa y maestra también, una mujer rubia y agraciada, algo sumisa, de la que apenas tengo recuerdos. La pobre moriría en un accidente automovilístico en Guatemala.

Asistir a estas clases era una odisea porque se impartían en el Centro Israelita, situado ahora en el Paseo Colón, cerca del barrio judío. Para los ojos de los compañeros, nosotros, los que vivíamos en el Este, constituíamos bichos raros, una sub especie de judíos rusos, que habitaban en la periferia de la patria ídishe.

No sé si fue por los orígenes geográficos distintos, el amaneramiento incipiente, una timidez acentuada, o alguna razón desconocida, lo que hizo convertirme en blanco de burlas. Jacques, para mi moré, era el niño tonto al que le costaba aprender hebreo y que no entendía las moralejas de sus charlas bíblicas. Al ridiculizarme, los demás niños se echaban risotadas como hienas flatulentas. Odiaba ir a esta escuela y les temía a estos pequeños monstruos, nada diferentes de los diablos que veía en el lecho de mi cama.

Para evitarlos, muchas tardes me quedaba en un poyo en el Parque Morazán. Otras veces, me hacía el enfermo. Sin embargo, por desgracia, no podía caer en cama diariamente y cuando agotaba los resfríos y las diarreas, le suplicaba a Electra que no me mandara más.

Samuelito, un compañero gordo, blanco y feo, me daba una cachetada; Tuqui, su primo, aún más deforme, me empujaba. Abrahamcito, un matoncito pequeño, me tocaba la cara; Johnny, un pelirrojo pecoso y flaco como un fideo, me remedaba. El peor de todos era Mono Rubio quien me perseguía con una tenacidad enfermiza y que solía hacerlo con los hijos de Ernesto, un buen amigo de mi madre.

Las niñas no eran crueles; a ellas no les molestaba que viniera del otro lado del mundo, o que fuera tímido y callado, o que tuviera exceso de kilos. Mucho menos Lisa, mi amor de la infancia. Era la hija de una amiga de mi madre. Tenía el pelo rubio, la mirada pícara y una sonrisa apacible y juguetona; no se burlaba de mi forma de hablar, ni creía que fuera un niño tonto.

Cuando observamos las quemas en las montañas que rodeaban a San José, le decía que eran de los indios que venían a liberar Los Yoses. La convencí de que nos les uniéramos ya que en la nueva república indio-judía, ningún niño sería forzado a aprender hebreo, ese extraño idioma que se escribía al revés. 

Miro mis fotos a los seis y siete años de edad y observo que era un niño llamativo. Tenía los ojos negros de mi madre y sus enormes pestañas.  Los que ven estas fotografías concuerdan en que debí haber sido el polaquito más bonito de ese tiempo. Sin embargo, me sentía grotesco y despreciable. 

Capítulo 3

 

La entrada al cristianismo estaba en la puerta de la Escuela Buenaventura Corrales. Mi madre, consciente de mi renuencia a asistir, me dijo que tuvo que hacer fila y dormir toda la noche en un saco de café para conseguir espacio en lo que era la mejor escuela pública del país. La Buenaventura Corrales estaba en el Edificio Metálico, una construcción que terminó en Costa Rica porque los belgas no supieron enviarla correctamente al país sudamericano que la encargó. Era una aglomeración de cuadros de metal unidos por grandes tornillos, un Frankenstein tropical. Dentro de sus frías y altas paredes había un gran patio  en que debíamos congregarnos para conocer a nuestras maestras; cientos de varones esperábamos con ansiedad.

Existía un orgullo generalizado de que la educación obligatoria y gratuita era uno de los grandes triunfos de este país centroamericano. Electra me dijo que en Polonia los niños judíos no habían ingresado hasta hace poco en las escuelas públicas y que los cristianos les tiraban piedras. En Costa Rica, por el contrario, teníamos la obligación y el derecho de asistir.

Después de unos minutos que parecieron horas, una mujer madura, de complexión blanca y de mirada profunda, con una expresión de enojo y un toque de amargura, traje de sastre negro y blusa blanca, empezó su discurso. Era la directora de la Escuela, la señorita Virginia, quien nos dio la bienvenida. “Para los costarricenses la educación es lo más importante y estamos felices de tenerlos aquí con nosotros. Esperamos que se porten bien y que obedezcan a sus niñas, las que van a ser sus segundas mamás. Para empezar, vamos a oír nuestro himno nacional y pido el mayor silencio”.

Tan pronto como acabó, la señorita Victoria nos pidió que rezáramos el Padre Nuestro. No sabía qué hacer ya que nunca lo había oído: “Padre Nuestro que estás en los Cielos”.  Miré para todo lado y cientos de niños repetían: “Santificado sea tu nombre”. Moví mis labios sin emitir ningún sonido: “No nos dejes caer en la tentación maligna”.

Al finalizar el rezo, la directora empezó a leer nuestros nombres y a enviarnos donde nuestra maestra. Doña Virginia no pudo dejar de fingir una expresión de repugnancia cuando se encontró el Schirano y luego, aún más evidente, el Jacques. “No había dudas -debió pensar- se nos introdujo un polaco”. “¿Cómo se pronuncia este apellido?”- alzó la voz con doblez. Cientos de ojos, me volvieron a ver. Sentí una gran vergüenza. “Con sh”- respondí tímidamente. Doña Virginia no la pudo entonar y le salió el “ch” de chorizo y de chupeta; todos se rieron a carcajadas. Desde este entonces la mujer no me lo perdonaría.

La señorita Virginia dijo que “Chirano” iba con la niña María del Carmen, la maestra “de ojos gatos” que estaba a un costado del piano. Era preciosa: ojos verdes, pelo castaño, piel de porcelana y la sonrisa más dulce. Aún no entiendo por qué los pequeños reaccionamos a la belleza física, que no es otra cosa que una simple simetría.

La mujer nunca me fallaría. Fue una amiga fiel y la mayor defensora de los derechos polacos en la escuela. Desde el primer momento, me consideró tico y ningún compañero se atrevería jamás a mandarme para Palestina, a Polonia o la Cochinchina. “Jacques nació aquí, solía decir, y es tan tico como el camote”. María de

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