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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda by Juan Valera - HTML preview

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Morsamor:

peregrinaciones heroicas y lances de amor y

fortuna de Miguelde Zuheros y Tiburcio de

Simahonda

Por

Juan Valera

Librería de Fernando Fé

Madrid

1899

Al Excmo. Sr. Conde de Casa Valencia

En el claustro

I,II,III, IV,V, VI,VII, VIII,IX, X

Las aventuras

I,II,III, IV,V, VI,VII, VIII,IX, X,XI, XII,XIII, XIV,XV, XVI,XVII,XVIII,XIX,XX,XXI,XXII,X

XIII,XXIV,XXV, XXVI,XXVII,XXVIII,XXIX,XXX,XXXI,XXXII,XXXIII,XXXIV,XXXV,

XXXVI,XXXVII,XXXVIII,XXXIX,XL,XLI, XLII,XLIII,XLIV

Reconciliación suprema

I,II,III, IV

Al Excmo. Sr. Conde de Casa Valencia

Mi querido primo: Para distraer mis penas egoístas al considerarme tanviejo y tan quebrantado de salud, y mis penas patrióticas al considerara España tan abatida, he soltado el freno a la imaginación, que no letuvo nunca muy firme, y la he echado a volar por esos mundos de Dios,para escribir la novela que te dedico.

Tomando por lo serio algunos preceptos irónicos de don Leandro Fernándezde Moratín, en su Lección poética, he puesto en mi libro cuanto se hapresentado a mi memoria de lo que he oído o leído en alabanza de unaépoca muy distinta de la presente, cuando era España la primera naciónde Europa. Así he procurado consolarme de que hoy no lo sea, si bienescribiendo la más antimoratinesca de mis composiciones literarias.Bien puedo asegurar que hay en ella Cuanto

puede

hacinar

la

fantasía,

en

concebir

delirios

eminente:

magia,

blasón,

alquimia,

teosofía,

náutica,

bellas

artes,

oratoria,

brahmánica

y

gentil

mitología,

sacra, profana, universal historia

Y otras mil curiosidades.

Si a pesar de tanta riqueza de ingredientes el pasto espiritual que doyal público resulta desabrido o empalagoso, no te negaré que he deafligirme, pero me servirá de consuelo lo inocente de mi trabajo. Nadamás inocente que componer un libro de entretenimiento aunque noentretenga. Con no leerle evitará toda persona discreta el mal queinvoluntariamente pudiera yo causarle. Yo no trato de enseñar nada ni deprobar nada. Si alguien deduce consecuencias o moralejas de la lecturade este libro, él, y no yo, será responsable de ellas. Yo sólo pretendodivertir un rato a quien me lea, dejando a los sabios enseñar yadoctrinar a sus semejantes, y dejando a nuestros hombres políticos ladifícil tarea de regenerarnos y de sacarnos del atolladero en que noshemos metido.

He de confesarte, sin embargo, que a veces tengo yo pensamientos algopresuntuosos, porque creo que el mejor modo de obtener la regeneraciónde que tanto se habla, es entretenerse en los ratos de ocio contandocuentos, aunque sean poco divertidos, y no pensar en barcos nuevos, nien fortificaciones, ni en tener sino muy pocos soldados, hasta queseamos ricos, indispensable condición en el día para ser fuertes. Serfuertes en el día es cuestión de lujo. Seamos pues débiles e inermesmientras que no podemos ser lujosos. Imitemos a Don Quijote, cuandoquiso hacerse pastor después de vencido por el Caballero de la BlancaLuna. Mientras que unos esquilan las ovejas y mientras que otros recogenla leche en colodras y hacen requesones y quesos, aumentando así lariqueza individual, y por consiguiente, la colectiva, nosotros, o almenos yo, incapacitados por la vejez para tan útiles operaciones,empleémonos en tocar la churumbela, el violón u otro instrumentopastoril para que se recreen las ovejas.

De pacer olvidadas escuchando

o quizás consolándose de que poco o nada les dejen que pacer losrabadanes. A fin de vivir contentos en esta forzosa Arcadia, recordemosvuestras pasadas glorias, no superadas aún por los pueblos más pujantesy engreídos que hay ahora en el mundo, y compongamos, con dichosrecuerdos y con el buen humor que no debe abandonarnos, historias comola que yo te ofrezco, la cual, si no es amena, es por su benigna ycandorosa intención, digna de todo aplauso.

Date tú el tuyo, defiéndemecon indulgente habilidad de los que me censuren y créeme siempre tuafectísimo amigo y pariente,

Juan Valera

En el claustro

-I-

En el primer tercio del siglo XVI, y en un convento de frailesfranciscanos, situado no lejos de la ciudad de Sevilla, casi en lamargen del Guadalquivir y en soledad amena, vivía un buen religiosoprofeso, llamado Fray Miguel de Zuheros, probablemente porque eranatural de la enriscada y pequeña villa de dicho nombre.

No era el Padre alto ni bajo, ni delgado ni grueso. Y como no sedistinguía tampoco por extremado ascetismo, ni por elocuencia en elpúlpito, ni por saber mucho de teología y de cánones, ni por ningunaotra cosa, pasaba sin ser notado entre los treinta y cinco o treinta yseis frailes que había en el convento.

Hacía más de cuarenta años que había profesado. Y su vida ibadeslizándose allí tranquila y silenciosa, sin la menor señal ni indiciode que pudiese dejar rastro de sí en el trillado camino que la llevaba asu término: a una muerte obscura y no llorada ni lamentada de nadie,porque Fray Miguel, aunque no era antipático, no era simpático tampoco,se daba poquísima maña para ganar voluntades y amigos, y, al parecer, nien el convento ni fuera del convento los tenía.

En vista de lo expuesto, nadie puede extrañar que hayan caído en elolvido más profundo el nombre y la vida de Fray Miguel.

Ya verá el curioso lector, si tiene paciencia para leer sin cansarseesta historia, las causas que me mueven a sacar del olvido a taninsignificante personaje.

Son estas causas de dos clases: unas, particularísimas, que se sabráncuando esta historia termine; y otras tan generales, que bien puedendeclararse desde el principio y que voy a declarar aquí.

Todo ser humano, considerado exterior y someramente, es indigno dememoria, si no ha logrado por virtud de sus hechos o de sus palabras,habladas o escritas, influir poderosamente en los sucesos de su época,haciendo ruido en el mundo. Los que ni por la acción ni por elpensamiento, revestido de una forma sensible, logran señalarse, pasancomo sombras sin dejar rastro ni huella en el sendero de la vida y van ahundirse en olvidada sepultura, sin que nadie deplore su muerte y sinque nadie, al cabo de pocos años, y a veces al cabo de pocos días, seacuerde de que vivieron.

Y, sin embargo, cuando por cualquier medio o estilo acertamos a penetraren las profundidades del corazón y en los más apartados y obscurosaposentos del cerebro del personaje al parecer más insignificante, todosuele cambiar de aspecto en la idea que formamos de él, ya quedescubrimos allí multitud de pensamientos maravillosos y de soberanasaspiraciones, y un mar tempestuoso de apasionados sentimientos, que orasean buenos, ora sean malos, si llegan a ser grandes, dan valer eimportancia a la persona que los concibe e inspiran hacia ella uninterés acaso mayor del que nos han inspirado los más famosos varones alsaber sus altas hazañas o al leer sus inmortales escritos.

Fray Miguel, al empezar este relato y al presentarle yo a mis lectores,no era escritor, ni predicador, ni por nada se distinguía. Cualquieraotro fraile de su mismo convento era más notable que él.

Antes de entrar en la vida religiosa tampoco había conseguido señalarse.Tenía ya setenta y cinco años cumplidos, y, para todos sus semejantes,no pasaba de ser una de las innumerables unidades que forman la gransuma del linaje humano.

En el convento se sabía poco y a nadie le importaba saber de la vidapasada de Fray Miguel antes de que fuera fraile.

Como otros muchos hombres, en aquel largo período de anarquía,discordias y guerras civiles, que precedió al reinado de los ReyesCatólicos, había buscado por diversos caminos la notoriedad, el poder yla fortuna, y no había logrado hallarlos.

Fray Miguel había sido soldado y poeta, que eran las dos profesiones,por las cuales, no siendo clérigo o fraile, podía un hombre del estadollano en aquella edad encumbrarse o darse a conocer al menos.

Fray Miguel había trabajado en balde. No decidiremos aquí si fue lacapacidad o si fue la ventura lo que le faltó en su empresa. Su ambicióny sus propósitos no debieron de ser pequeños si los calculamos por lasignificación del nombre que él como trovador y aventurero de armastomar había adoptado.

Fray Miguel se había llamado Morsamor en el siglo.

Sus versos fueron tan malos o fueron tan infelices que no entraron enningún Cancionero, aunque en muchos Cancioneros abundan los detestables,tontos o fríos. Sus hazañas, si las hizo, no le dieron riqueza, nivalimiento, ni poder, y no hubo cronista que hablase de ellas en susnarraciones, ni épico callejero que escribiese un mal romance parareferirlas y ensalzarlas.

Dice el refrán que el lobo, harto de carne, semete fraile. Morsamor no fue como el lobo.

Morsamor no cogió la carne:apenas columbró la sombra. La desilusión, la esperanza perdida, le trajoa la vida monástica.

En ambos reinos, unidos ya bajo el centro de Isabel y Fernando, habíacambiado todo y era menester que Morsamor también cambiase. La paz y elorden con enérgica severidad habían venido a sobreponerse a la confusióny al alboroto que estimulaban tanto la ambición y la codicia. Los falsosantiguos ideales de la Edad Media habían caído por tierra como ídolosquebradizos, desbaratados y rotos bajo los certeros golpes del cetro dehierro de los nuevos soberanos. Morsamor no acertaba a descubrir nuevosideales: nuevos objetos, término y meta de la ambición humana. A susojos sólo quedaba en pie el venerando e indestructible ideal religioso,que se alzaba como elevadísima y solitaria torre en medio de un campoarrasado y lleno de ruinas. Lo único que quedaba como refugio, consueloy fin de la vida de Morsamor era la religión. Hízose, pues, religiosopor no saber qué hacerse. Y ya se comprende que esta manera de hacersereligioso de poco o de nada podía valerle así en la tierra como en elcielo.

Harto se comprenderá también, se explicará y se justificará por lodicho, el pobre papel que Fray Miguel de Zuheros hacía entre los demásfrailes.

Sólo Dios sabía lo que guardaba él en el centro del alma. En lo exteriorla figura inconsistente de Fray Miguel, sin color, sin energía y sincarácter propio, se esfumaba en el espacio e iba lenta y desabridamentea desaparecer en el tiempo.

-II-

De vez en cuando, creciendo en importancia y en frecuencia einterrumpiendo la monotonía de la vida claustral, llegaban al conventonoticias vagas y confusas que revelaban una pasmosa renovación en lavida social de la recién formada nación española. Los ideales, por sustode cuya ausencia se había refugiado Fray Miguel en el claustro, brotaronentonces en el suelo fecundo de España, le cubrieron todo y vinieron allamar con estrépito en su celda al desengañado solitario.

Mientras queFray Miguel vivía vida contemplativa y obscura, una vida fecunda enacciones maravillosas se había desenvuelto en toda nuestra Península,salvando sus límites y confines, y derramándose con irresistibleexpansión por el mundo todo. Los reyes unidos de Aragón y Castillahabían vencido a los portugueses en Toro, vengando la afrenta deAljubarrota; habían conquistado el hermoso reino de Granada; habíanexpulsado de Italia a los franceses, enseñoreándose de Nápoles y deSicilia. Un aventurero genovés había ofrecido llegar a Cipango y alCatay, atravesando con sus naves el nunca surcado y tenebroso mar deSargaso, y el aventurero había descubierto extensas y hasta entoncesincógnitas regiones, donde había ido a plantar la cruz del Redentor y elpendón de Castilla, dejando entrever y haciendo augurar que la tierra enque vivimos es mayor de lo que se pensaba y que todo lo oculto ymisterioso que hasta entonces había habido en ella, iba a revelarse y amanifestarse a nuestros ojos y a ser dominado por castellanos yaragoneses.

En competencia con ellos y movidos por idéntico impulso, los portugueseshabían persistido en su casi secular empeño de navegar hasta el extremoSur de África, de ir más allá navegando, y de llegar a la India y deapoderarse allí del comercio, y de la riqueza de que hasta entonceshabían gozado árabes, persas, venecianos y genoveses.

Iba Fray Miguel enterándose vaga y confusamente de todas estasnovedades. Como era poco comunicativo no decía a nadie la impresión quele hacían; pero la impresión era profunda, acrecentando su profundidad ysu fuerza, la reconcentración y el sigilo con que en el centro de sualma lo escondía todo.

Cualquier ser humano, como no sea depravadísimo, tiene el amor de lapatria, del pueblo, de la tierra en que ha nacido y de la gente a quepertenece. Este sentimiento es tan natural y tan general que no he dehacer yo el elogio de Fray Miguel porque le tuviese. Me limito a afirmarque le tenía. Los triunfos de su nación, el verla trocada de sociedaddesquiciada y anárquica en Potencia temida, influyente y gloriosa,lisonjeaban el orgullo de Fray Miguel y le tenía muy satisfecho yorondo. Por nada del mundo hubiera anhelado él que lo que era no fuese;que de todas las glorias, grandezas y triunfos su nación, resultasenfalsedad y sueño vano de la fantasía. Su corazón se alegraba de quefuesen reales; pero al mismo tiempo, por extraña aunque frecuentecontradicción de nuestro espíritu, había en el suyo vergüenza yabatimiento de no haber contribuido a la elevación nacional de que seadmiraba y se enorgullecía. Ni con sus humildes rezos, ya en el templosolitario, ya en su mezquina celda, había contribuido Fray Miguel aninguna de las altas empresas que se habían llevado a cabo. Su corazónfalto de fe y de esperanza y su mente inclinada y torcida a no preversino lo peor, no habían podido pedir ni habían pedido al cielo loinasequible, lo absurdo, lo que no habían concebido ni en sueños,comprendiéndolo sólo al verlo en realidad efectiva. España, pobre,desgarrada por discordias civiles, sin dominio y sin influjo en loexterior, se había transformado de repente en la primera nación delmundo, y Fray Miguel, que en sus verdes mocedades había aspirado allenarle de su ama, como trovador y como guerrero, tenía entonces queconfesarse asimismo, en amargo vejamen, que ni como devoto fraile, conoraciones y súplicas, había contribuido a tan maravillosa transformacióny a tan no prevista ni imaginada grandeza.

Los nombres gloriosos de navegantes intrépidos, de dichosos e invictoscapitanes, de habilísimos políticos, de negociadores que sabían ganarajenas voluntades e imponer la propia, y de administradores juiciosos yatinados que encontraban recursos sin esquilmar a la nación, todo esto,a par que halagaba el alma de Fray Miguel en lo que tenía de almaespañola y en lo que era como parte del alma superior y colectiva de supueblo y de su casta, lastimaba, hería y destrozaba su alma individual,colmándola de amargo abatimiento y de ponzoñosa envidia.

Durante muchos años, desde que se retiró Fray Miguel al claustro hastamucho después, el completo menosprecio del mundo, o sea del linajehumano en general y de su pueblo en particular, había estado en perfectaconsonancia con el menosprecio de sí mismo que Fray Miguel sentía, dedonde resultaba una tranquilidad fúnebre. Fray Miguel había estado,durante muchos años, fúnebremente tranquilo; pero el reciente altoconcepto que de su patria había formado y la consideración del valer, delas hazañas y de la gloria de los hombres que habían encumbrado supatria, se contraponían ahora al menosprecio de sí mismo que no podíamenos de seguir sintiendo, y esto levantaba en su alma una tempestad decelos y hacía retoñar y reverdecer en ella la antigua ambición de sumocedad, volviendo a ser ambicioso con más de setenta y cinco añoscumplidos. Su corazón latía con violencia lleno de extrañas aspiracionesbajo el humilde sayal franciscano. Su corazón se agitaba en la vejezacaso con más poderosas energías que en la juventud. En su juventudhabía habido siempre algo de vano en todos sus propósitos ambiciosos:había puesto la mira en fines confusos o efímeros y poco elevados: endistinguirse en un torneo o en alguna otra empresa caballerescaatrayendo la atención y conquistando el afecto de alguna dama hermosa,encumbrada y noble. Ahora los fines que se proponían, que buscaban y quealcanzaban los hombres de acción, eran más consistentes, eran más altosy no por eso menos positivos y sustanciales. El mundo, ignorado antes,había venido a revelarse con una grandeza real hasta entonces nopercibida y por toda ella iban a extenderse y a triunfar la religión deCristo y la civilización de Europa, llevadas par los hijos de Iberiahasta las regiones más remotas, ya entre gentes bárbaras y selváticasque separadas del resto del humano linaje no habían seguido su marchaprogresiva y hasta habían olvidado la nobleza de su origen común, yaentre los pueblos de Oriente donde persistían y florecían aún la poesíay el saber y el arte de las edades divinas, cuando entendían los hombresque estaban en comunicación y trato con los dioses y con los genios; portodas partes, entre todas las lenguas, tribus y gentes, así entreaquellas, que olvidadas de las primitivas aspiraciones y revelaciones,se habían hundido en una vida casi selvática, como entre aquellas que,combinando y fecundando esas aspiraciones y revelaciones primitivas conlos ensueños de una exuberante fantasía, habían creado una portentosacultura, en cuya ponderación y admiración permanecían inmóviles.

Si nos figuramos a todo el humano linaje como inmensa hueste que marchaa la conquista de una tierra de promisión, los pueblos selváticos yrudos que hacia el Occidente se habían descubierto, eran como parte dela hueste que se había extraviado en el camino y que no sólo habíadesistido de la empresa sino que la habían olvidado. Por el contrario,los pueblos que los portugueses habían vuelto a visitar en el Oriente,abriéndose camino por los mares, se diría que, embelesados en el regaloy deleite de encantados jardines y orgullosos de su primitivo saber ydel rico florecimiento de la antigua cultura, permanecían aún parados einertes. Misión providencial de los hijos de Iberia era sin duda sacar alos unos de la abyecta postración en que habían caído y despertar a losotros del sueño secular, del profundísimo letargo en que estaban.

Esta parte de la misión parecía especialmente confiada a losportugueses. Habían, como el gentil caballero del antiguo cuento dehadas, venciendo mil obstáculos y dificultades, penetrado en losdeliciosos jardines y luego en el encantado palacio donde, desde hacíamuchos siglos, la hermosísima princesa estaba dormida.

El modo que los portugueses emplearon para despertarla del sueño, no fuea la verdad tan dulce y tan delicado como el del cuento; pero larealidad tiene sus impurezas y aquellos tiempos eran más rudos que losde ahora. Valga esto para disculpa de los portugueses.

Como quiera que ello sea, ya las noticias de nuestros triunfos enItalia, ya las vagas y confusas narraciones de los descubrimientos quehacia el Occidente hacían los castellanos de grandes y fértiles islas yde un dilatado continente, habitado todo por tribus salvajes y decaídasque no habían llegado o que habían retrocedido hasta el extremo de notener animales domésticos, de no ser pastores, de vivir en un estado dehumanidad más rudimentario que el de los pueblos errantes de Asia y deÁfrica, ya las expediciones, victorias y conquistas de Portugal en laIndia, que renovaban o eclipsaban las glorias fabulosas del DiosDitirambo y las hazañas y empresas reales del Macedón Alejandro y queobscurecían las leyendas de los siglos medios, todo entusiasmaba ysolevantaba a Fray Miguel de Zuheros; pero lo que más le seducía, lo queejercía fascinador influjo en su ánimo y le atraía poderosamente, era eléxito de los portugueses en la India.

Acostumbrado Fray Miguel a disimular sus emociones, a no confiarse anadie y a no desahogar confesándolo lo que tenía en su pecho, nomostraba en lo exterior ni para cuantos le rodeaban alteración nicambio.

Como además fijaba poco la atención y todos le tenían por persona menosnotable de lo que era, nadie advertía el cambio imperceptible y lentoque en él se había realizado. Fray Miguel estaba más retraído ysilencioso que nunca. De sus labios no brotaban sino las indispensablespalabras que la necesidad o la cortesía nos obligan a pronunciar en lavida diaria, y no sonaba su voz en más largos discursos que los de lasdevotas oraciones que rezaba en el coro.

-III-

En contraposición a la insignificancia y obscuridad de Fray Miguel,había en el mismo convento otro fraile cuya fama y alta reputación desabio se extendían por toda la Península y aun trascendían a Italia y aotras naciones. Se llamaba este fraile el Padre Ambrosio de Utrera.

Nohabía disciplina ni facultad en que no se le proclamase maestro. Eragran humanista, diestro y sutil en las controversias, teólogo yjurisconsulto, y muy versado en el estudio de los seres que componen elmundo visible. Se suponía que de magia natural, astrología y alquimiasabía cuanto podía saberse en su tiempo, y que él además, a fuerza deestudios, meditaciones y experiencias, había descubierto grandesmisterios y secretas propiedades y leyes de las cosas creadas, de locual revelaba algo a sus contemporáneos y ocultaba mucho, por considerarque el humano linaje no alcanzaba aún la madurez y la capacidad,convenientes para que pudiera confiársele sin profanación o singravísimo peligro la llave de aquellos temerosos arcanos, de los que sinembargo, se valía él para aliviar muchos males, corregir muchos vicios ymejorar la condición y la suerte de sus semejantes, los demás hombres.

El Padre Ambrosio había ido por orden superior y en misión secreta aRoma.

No importa a nuestra historia, ni sabríamos declarar aquí, aunqueimportase, cuál había sido el objeto de la misión del Padre Ambrosio.Baste saber que estuvo siete años en Roma, bajo el pontificado de LeónX, y que volvió a su convento de Sevilla el año de 1521 en que va aempezar la historia que aquí referimos.

A pesar de su grande autoridad como hombre de ciencia y a pesar de laausteridad de sus costumbres, el Padre Ambrosio era benigno y afable contodos los hombres y más aún con los desatendidos y desdeñados.

De aquí que Fray Miguel de Zuheros, si de alguien había recibidomuestras de cariñosa simpatía, había sido del Padre Ambrosio, y si algolos interiores tormentos de su espíritu había revelado a alguna persona,esta persona había sido el mencionado Padre.

Durante su ausencia, pues, Fray Miguel había vivido más aislado y mudoque nunca.

Con frecuencia, en las horas de recreo y solaz que en el convento había,cuando ni los Padres ni los novicios estudiaban, meditaban o rezaban, enel extremo de la huerta donde había árboles de sombra y asientos depiedra, el Padre Ambrosio se sentaba rodeado de muchas personas quecomponían un atento auditorio, y con fácil palabra les relataba lo quellamaríamos hoy sus impresiones de viaje.

Describía el Padre elocuentemente las magnificencias de la CiudadEterna: sus palacios, sus templos y sus majestuosas ruinas.

El Padre Ambrosio no consideraba sin embargo a Roma comociudad-relicario, museo de antigüedades, residuo maravilloso pero inertede poderío y grandeza jamás igualados antes ni después en la historia.Roma para él había sido siempre, y entonces era más que nunca, porquevolvía deslumbrado y hechizado por el esplendor, la elegancia y el lujode la corte de León X, Roma era para él en realidad la Ciudad Eterna, lareina de las ciudades, la capital del mundo.

El pensamientoprofundamente católico y español del Padre Ambrosio, si no auguraba, sino se atrevía a profetizar una monarquía universal, la creía posible yhasta probable y creía ver en el giro de los sucesos y en eldesenvolvimiento que iban tomando las cosas humanas, que todo seencaminaba la formación de tan gloriosa monarquía, si monarquía podíallamarse, y no debía darse otro nombre a lo que imaginaba el Padre. Élimaginaba que el sucesor de San Pedro, vicario de Cristo y cabezavisible de la iglesia, había de ser y era menester que fuese el Soberanoque dominase sobre toda la tierra y gobernase y dirigiese al humanolinaje como único pastor a una sola grey. Pero el Padre Santo eraprincipal ministro de un Dios de paz; en vez de cetro y espada teníacayado. No eran sus armas visibles ni capaces de herir el cuerpo sinolos espíritus: sus armas eran la bendición y el anatema. Determinandomejor su concepto, el Padre Ambrosio miraba todos los territorios, dondese había plantado la Cruz redentora, como redil amplio, gobernado por elsucesor del príncipe de los apóstoles, pero gobernado por la persuasióny por la dulzura y realizando la paz perpetua. Antes sin embargo dellegar a término tan deseado, era menester el empleo de la fuerzamaterial para traer a Cristo las cosas todas, para impeler a entrar enel aprisco a las ovejas descarriadas, y para combatir, matar o domar alos leones bravos y a los hambrientos lobos que amenazaban el rebaño yque no le dejaban vivir y pacer tranquilo. El Padre Santo, pues, a pesarde su inmenso poder espiritual, necesitaba aún, y así estaba prescrito ydecretado en el plan divino de la historia, un poderoso y enérgico brazosecular que le ayudase en su empresa, que le valiese para lapacificación de la tier