Get Your Free Goodie Box here

La Regenta by Leopoldo Alas - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.
La Regenta

por

Leopoldo Alas «Clarín»

Librería de Fernando Fé, Madrid

1900.

TOMO II

CAPÍTULOS:XVI,XVII,XVIII,XIX,XX,XXI,XXII,XXIII,XXIV,XXV,XXVI,XXVII,XXVII

I,XXIX,XXX

PASAR AL TOMO I

—XVI—

Con Octubre muere en Vetusta el buen tiempo. Al mediar Noviembre suelelucir el sol una semana, pero como si fuera ya otro sol, que tiene prisay hace sus visitas de despedida preocupado con los preparativos delviaje del invierno. Puede decirse que es una ironía de buen tiempo loque se llama el veranillo de San Martín. Los vetustenses no se fían deaquellos halagos de luz y calor y se abrigan y buscan su manera peculiarde pasar la vida a nado durante la estación odiosa que se prolonga hastafines de Abril próximamente. Son anfibios que se preparan a vivir debajodel agua la temporada que su destino les condena a este elemento. Unosprotestan todos los años haciéndose de nuevas y diciendo: «¡Pero veusted qué tiempo!». Otros, más filósofos, se consuelan pensando que alas muchas lluvias se debe la fertilidad y hermosura del suelo. «O elcielo o el suelo, todo no puede ser».

Ana Ozores no era de los que se resignaban. Todos los años, al oír lascampanas doblar tristemente el día de los Santos, por la tarde, sentíauna angustia nerviosa que encontraba pábulo en los objetos exteriores,y sobre todo en la perspectiva ideal de un invierno, de otro inviernohúmedo, monótono, interminable, que empezaba con el clamor de aquellosbronces.

Aquel año la tristeza había aparecido a la hora de siempre.

Estaba Ana sola en el comedor. Sobre la mesa quedaban la cafetera deestaño, la taza y la copa en que había tomado café y anís don Víctor,que ya estaba en el Casino jugando al ajedrez. Sobre el platillo de lataza yacía medio puro apagado, cuya ceniza formaba repugnante amasijoimpregnado del café frío derramado. Todo esto miraba la Regenta conpena, como si fuesen ruinas de un mundo. La insignificancia de aquellosobjetos que contemplaba le partía el alma; se le figuraba que eransímbolo del universo, que era así, ceniza, frialdad, un cigarroabandonado a la mitad por el hastío del fumador. Además, pensaba en elmarido incapaz de fumar un puro entero y de querer por entero a unamujer. Ella era también como aquel cigarro, una cosa que no habíaservido para uno y que ya no podía servir para otro.

Todas estas locuras las pensaba, sin querer, con mucha formalidad. Lascampanas comenzaron a sonar con la terrible promesa de no callarse entoda la tarde ni en toda la noche. Ana se estremeció. Aquellosmartillazos estaban destinados a ella; aquella maldad impune,irresponsable, mecánica del bronce repercutiendo con tenacidadirritante, sin por qué ni para qué, sólo por la razón universal demolestar, creíala descargada sobre su cabeza. No eran fúnebreslamentos, las campanadas como decía Trifón Cármenes en aquellos versosdel Lábaro del día, que la doncella acababa de poner sobre el regazode su ama; no eran fúnebres lamentos, no hablaban de los muertos, sinode la tristeza de los vivos, del letargo de todo; ¡tan, tan, tan! ¡cuántos! ¡cuántos! ¡y los que faltaban! ¿qué contaban aquellos tañidos?tal vez las gotas de lluvia que iban a caer en aquel otro invierno.

La Regenta quiso distraerse, olvidar el ruido inexorable, y miró ElLábaro. Venía con orla de luto. El primer fondo, que, sin saber lo quehacía, comenzó a leer, hablaba de la brevedad de la existencia y de losacendrados sentimientos católicos de la redacción. «¿Qué eran losplaceres de este mundo? ¿Qué la gloria, la riqueza, el amor?». Enopinión del articulista, nada; palabras, palabras, palabras, como habíadicho Shakespeare. Sólo la virtud era cosa sólida. En este mundo nohabía que buscar la felicidad, la tierra no era el centro de las almas decididamente. Por todo lo cual lo más acertado era morirse; y así, elredactor, que había comenzado lamentando lo solos que se quedaban losmuertos, concluía por envidiar su buena suerte. Ellos ya sabían lo quehabía más allá, ya habían resuelto el gran problema de Hamlet: to beor not to be. ¿Qué era el más allá?

Misterio. De todos modos elarticulista deseaba a los difuntos el descanso y la gloria eterna.

Yfirmaba: «Trifón Cármenes». Todas aquellas necedades ensartadas enlugares comunes; aquella retórica fiambre, sin pizca de sinceridad,aumentó la tristeza de la Regenta; esto era peor que las campanas, másmecánico, más fatal; era la fatalidad de la estupidez; y también ¡quétriste era ver ideas grandes, tal vez ciertas, y frases, en su originalsublimes, allí manoseadas, pisoteadas y por milagros de la necedadconvertidas en materia liviana, en lodo de vulgaridad y manchadas porlas inmundicias de los tontos!... «¡Aquello era también un símbolo delmundo; las cosas grandes, las ideas puras y bellas, andaban confundidascon la prosa y la falsedad y la maldad, y no había modo de separarlas!».Después Cármenes se presentaba en el cementerio y cantaba una elegía detres columnas, en tercetos entreverados de silva. Ana veía los renglonesdesiguales como si estuvieran en chino; sin saber por qué, no podíaleer; no entendía nada; aunque la inercia la obligaba a pasar por allílos ojos, la atención retrocedía, y tres veces leyó los cinco primerosversos, sin saber lo que querían decir.... Y de repente recordó que ellatambién había escrito versos, y pensó que podían ser muy malos también.«¿Si habría sido ella una Trifona?

Probablemente; ¡y qué desconsoladorera tener que echar sobre sí misma el desdén que mereciera todo! ¡Y conqué entusiasmo había escrito muchas de aquellas poesías religiosas,místicas, que ahora le aparecían amaneradas, rapsodias serviles de FrayLuis de León y San Juan de la Cruz! Y

lo peor no era que los versosfueran malos, insignificantes, vulgares, vacíos... ¿y los sentimientosque los habían inspirado? ¿Aquella piedad lírica? ¿Había valido algo? Nomucho cuando ahora, a pesar de los esfuerzos que hacía por volver asentir una reacción de religiosidad.... ¿Si en el fondo no sería ellamás que una literata vergonzante, a pesar de no escribir ya versos niprosa? ¡Sí, sí, le había quedado el espíritu falso, torcido de lapoetisa, que por algo el buen sentido vulgar desprecia!».

Como otras veces, Ana fue tan lejos en este vejamen de sí misma, que laexageración la obligó a retroceder y no paró hasta echar la culpa detodos sus males a Vetusta, a sus tías, a D. Víctor, a Frígilis, yconcluyó por tenerse aquella lástima tierna y profunda que la hacía tanindulgente a ratos para con los propios defectos y culpas.

Se asomó al balcón. Por la plaza pasaba todo el vecindario de laEncimada camino del cementerio, que estaba hacia el Oeste, más allá delEspolón sobre un cerro. Llevaban los vetustenses los trajes decristianar; criadas, nodrizas, soldados y enjambres de chiquillos eranla mayoría de los transeúntes; hablaban a gritos, gesticulaban alegres;de fijo no pensaban en los muertos. Niños y mujeres del pueblo pasabantambién, cargados de coronas fúnebres baratas, de cirios flacos y otrosadornos de sepultura. De vez en cuando un lacayo de librea, un mozo decordel atravesaban la plaza abrumados por el peso de colosal corona desiemprevivas, de blandones como columnas, y catafalcos portátiles. Erael luto oficial de los ricos que sin ánimo o tiempo para visitar a susmuertos les mandaban aquella especie de besa-la-mano. Las personasdecentes no llegaban al cementerio; las señoritas emperifolladas notenían valor para entrar allí y se quedaban en el Espolón paseando,luciendo los trapos y dejándose ver, como los demás días del año.Tampoco se acordaban de los difuntos; pero lo disimulaban; los trajeseran obscuros, las conversaciones menos estrepitosas que de costumbre,el gesto algo más compuesto.... Se paseaba en el Espolón como se está enuna visita de duelo en los momentos en que no está delante ningúnpariente cercano del difunto. Reinaba una especie de discreta alegríacontenida. Si en algo se pensaba alusivo a la solemnidad del día era enla ventaja positiva de no contarse entre los muertos. Al más filósofovetustense se le ocurría que no somos nada, que muchos de susconciudadanos que se paseaban tan tranquilos, estarían el año que vienecon los otros; cualquiera menos él.

Ana aquella tarde aborrecía más que otros días a los vetustenses;aquellas costumbres tradicionales, respetadas sin conciencia de lo quese hacía, sin fe ni entusiasmo, repetidas con mecánica igualdad como elrítmico volver de las frases o los gestos de un loco; aquella tristezaambiente que no tenía grandeza, que no se refería a la suerte inciertade los muertos, sino al aburrimiento seguro de los vivos, se le ponían ala Regenta sobre el corazón, y hasta creía sentir la atmósfera cargadade hastío, de un hastío sin remedio, eterno. Si ella contara lo quesentía a cualquier vetustense, la llamaría romántica; a su marido nohabía que mentarle semejantes penas; en seguida se alborotaba y hablabade régimen, y de programa y de cambiar de vida. Todo menos apiadarse delos nervios o lo que fuera.

Aquel programa famoso de distracciones y placeres formado entreQuintanar y Visitación, había empezado a caer en desuso a los pocosdías, y apenas se cumplía ya ninguna de sus partes.

Al principio Ana sehabía dejado llevar a paseo, a todos los paseos, al teatro, a latertulia de Vegallana, a las excursiones campestres; pero pronto sedeclaró cansada y opuso una resistencia pasiva que no pudieron vencer D.Víctor y la del Banco.

Visita encogía los hombros. «No se explicaba aquello. ¡Qué mujer eraAna! Ella estaba segura de que Álvaro le parecía retebién, Álvaro seguíasu persecución con gran maña, lo había notado, ella le ayudaba, Paquitole ayudaba, el bendito D. Víctor ayudaba también sin querer... y nada.Mesía preocupado, triste, bilioso, daba a entender, a su pesar, que noadelantaba un paso.

¿Andaría el Magistral en el ajo?». Visita se impusola obligación de espiar la capilla del Magistral; se enteró bien de lastardes que se sentaba en el confesonario, y se daba una vuelta por allí,mirando por entre las rejas con disimulo para ver si estaba la otra.Después averiguó que la habían visto confesando por la mañana a lassiete. «¡Hola! allí había gato». No presumía la del Banco lasatrocidades que se le habían pasado por la imaginación a Mesía; nopensaba, Dios la librara, que Ana fuera capaz de enamorarse de un curacomo la escandalosa Obdulia o la de Páez, tonta y maniática quedespreciaba las buenas proporciones y cuando chica comía tierra; Ana eratambién romántica (todo lo que no era parecerse a ella lo llamaba Visitaromanticismo), pero de otro modo; no, no había que temer, sobre todo tanpronto, una pasión sacrílega; pero lo que ella temía era que elProvisor, por hacer guerra al otro—las razones de pura moralidad no sele ocurrían a la del Banco—empleara su grandísimo talento en convertira la Regenta y hacerla beata. ¡Qué horror! Era preciso evitarlo. Ella,Visita, no quería renunciar al placer de ver a su amiga caer donde ellahabía caído; por lo menos verla padecer con la tentación. Nunca se lehabía ocurrido que aquel espectáculo era fuente de placeres secretosintensos, vivos como pasión fuerte; pero ya que lo había descubierto,quería gozar aquellos extraños sabores picantes de la nueva golosina.Cuando observaba a Mesía en acecho, cazando, o preparando las redes porlo menos, en el coto de Quintanar, Visitación sentía la gargantaapretada, la boca seca, candelillas en los ojos, fuego en las mejillas,asperezas en los labios. «Él dirá lo que quiera, pero está chiflado»,pensaba con un secreto dolor que tenía en el fondo una voluptuosidadcomo la produce una esencia muy fuerte; aquellos pinchazos que sentíaen el orgullo, y en algo más guardado, más de las entrañas, losnecesitaba ya, como el vicioso el vicio que le mata, que le lastima algozarlo; era el único placer intenso que Visitación se permitía enaquella vida tan gastada, tan vulgar, de emociones repetidas. El dulceno la empalagaba, pero ya le sabía poco a dulce; aquella nuevapasioncilla era cosa más vehemente. Quería ver a la Regenta, a laimpecable, en brazos de D. Álvaro; y también le gustaba ver a D. Álvarohumillado ahora, por más que deseara su victoria, no por él, sino por lacaída de la otra. Inventó muchos medios para hacerles verse y hablarsesin que ellos lo buscasen, al menos sin que lo buscase Ana. Paco, sin lamala intención de Visita, la ayudaba mucho en tal empresa. Aunque en laprimer ocasión oportuna D. Álvaro se había hecho ofrecer por el mismoQuintanar el caserón de los Ozores, y ya había aventurado algunasvisitas, comprendió que por entonces no debía ser aquel el teatro de sustentativas, y donde se insinuaba era en el Espolón, con miradas y otrosartificios de poco resultado, o en casa de Vegallana y en lasexcursiones al Vivero con más audacia, aunque no mucha, pero con escasafortuna. Ana ponía todas las fuerzas de su voluntad en demostrar a D.Álvaro que no le temía. Le esperaba siempre, desafiaba sus malas artes;sin jactancia le daba a entender que le tenía por inofensivo.

Las excursiones al Vivero se habían repetido con frecuencia durante todoOctubre. Ana veía a Edelmira y a Obdulia, que se había declarado maestrade la niña colorada y fuerte, correr como locas por el bosque de roblesseculares perseguidas por Paco Vegallana, Joaquín Orgaz y otros íntimos; veíalas arrojarse intrépidas al pozo que estaba cegado yembutido con hierba seca, y en estas y otras escenas de bucólicapicante llenas de alegría, misteriosos gritos, sorpresas, sustos,saltos, roces y contactos, no había encontrado más que una tentacióngrosera, fuerte al acercarse a ella, al tocarla, pero repugnante delejos, vista a sangre fría. D. Álvaro había notado que por este caminopoco se podría adelantar, por ahora, con la Regenta.—Nada más ridículoen Vetusta que el romanticismo. Y se llamaba romántico todo lo que nofuese vulgar, pedestre, prosaico, callejero. Visita era el papa de aqueldogma anti-romántico. Mirar a la luna medio minuto seguido eraromanticismo puro; contemplar en silencio la puesta del sol... ídem;respirar con delicia el ambiente embalsamado del campo a la hora de labrisa... ídem; decir algo de las estrellas... ídem; encontrar expresiónamorosa en las miradas, sin necesidad de ponerse al habla...

ídem; tenerlástima de los niños pobres... ídem; comer poco... ¡oh! esto era elcolmo del romanticismo.

—La de Páez no come garbanzos—decía Visita—porque eso no esromántico.

La repugnancia que por los juegos locos del Vivero sentía Anita, eraromanticismo refinado en opinión de la del Banco. Se lo decía ella a donÁlvaro:

—Mira, chico, eso es hacer la tonta, la literata, la mujer superior, laplatónica.... Que yo me escame y no deje acercarse a esos mocosos queluego se van dando pisto al Casino con sus demasías, no tiene nada departicular, porque... en fin, yo me entiendo; pero ella no tiene motivopara desconfiar, porque ni Paco ni Joaquín se van a atrever a tocarle elpelo de la ropa....

Todo eso es romanticismo, pero a mí no me la da; poraquello de « pulvisés».

En eso confiaba Mesía, en el pulvisés de Visita; pero se impacientabaante aquel romanticismo de la Regenta. Él creía firmemente que «nohabía más amor que uno, el material, el de los sentidos; que a él habíade venir a parar aquello, tarde o temprano, pero temía que iba a sertarde; la Regenta tenía la cabeza a pájaros, y no había que aventurar niun mal pisotón, so pena de exponerse a echarlo a rodar todo».

«Además pensaba don Álvaro, el día que yo me atreva, por tener yapreparado el terreno, a intentar un ataque franco, personal (era lapalabra técnica en su arte de conquistador), no ha de ser en el campo,aunque parece que es el lugar más a propósito. He notado que esta mujerenfrente de la naturaleza, de la bóveda estrellada, de los monteslejanos, al aire libre, en suma, se pone seria como un colchón, calla, yse sublimiza, allá a sus solas. Está hermosísima así, pero no hay quetocar en ella». Más de una vez, en medio del bosque del Vivero, a solascon Ana, don Álvaro se había sentido en ridículo; se le había figuradoque aquella señora, a quien estaba seguro de gustar en el salón delMarqués, allí le despreciaba. Veíala mirarle de hito en hito, levantardespués los ojos a las copas de los añosos robles, y se había dicho:«Esta mujer me está midiendo; me está comparando con los árboles y meencuentra pequeño; ¡ya lo creo!».

Lo que no sabía don Álvaro, aunque por ciertos síntomas favorables lopresumiese a veces su vanidad, era que la Regenta soñaba casi todas lasnoches con él. Irritaba a la de Quintanar esta insistencia de susensueños. ¿De qué le servía resistir en vela, luchar con valor y fuerzatodo el día, llegar a creerse superior a la obsesión pecaminosa, casi adespreciar la tentación, si la flaca naturaleza a sus solas, abandonadadel espíritu, se rendía a discreción, y era masa inerte en poder delenemigo? Al despertar de sus pesadillas con el dejo amargo de las malaspasiones satisfechas, Ana se sublevaba contra leyes que no conocía, ypensaba desalentada y agriado el ánimo en la inutilidad de susesfuerzos, en las contradicciones que llevaba dentro de sí misma.Parecíale entonces la humanidad compuesto casual que servía de juguete auna divinidad oculta, burlona como un diablo. Pronto volvía la fe, quese afanaba en conservar y hasta fortificar—con el terror de quedarse aobscuras y abandonada si la perdía—volvía a desmoronar aquellatorrecilla del orgulloso racionalismo, retoño impuro que renacía milveces en aquel espíritu educado lejos de una saludable disciplinareligiosa. Se humillaba Ana a los designios de Dios, pero no por estodesaparecía el disgusto de sí misma, ni el valor para seguir la lucha serecobraba....

Contribuían estos desfallecimientos nocturnos a contenerlos progresos de la piedad, que el Magistral procuraba despertar congran prudencia, temeroso de perder en un día todo el terreno adelantado,si daba un mal paso.

Ni en la mañana en que la Regenta reconcilió con don Fermín, antes decomulgar, ni ocho días más tarde, cuando volvió al confesonario, ni enlas demás conferencias matutinas en que declaró al padre espiritualdudas, temores, escrúpulos, tristezas, dijo Ana aquello que aldeterminarse a rectificar su confesión general se había propuesto decir:no habló de la gran tentación que la empujaba al adulterio—así sellamaba—mucho tiempo hacía.

Buscó subterfugios para no confesar aquello, se engañó a sí misma, y elMagistral sólo supo que Ana vivía de hecho separada de su marido, quoad thorum, por lo que toca al tálamo, no por reyerta, ni causa algunavergonzosa, sino por falta de iniciativa en el esposo y de amor en ella.Sí, esto lo confesó Ana, ella no amaba a su don Víctor como una mujerdebe amar al hombre que escogió, o le escogieron, por compañero; otracosa había: ella sentía, más y más cada vez, gritos formidables de lanaturaleza, que la arrastraban a no sabía qué abismos obscuros, donde noquería caer; sentía tristezas profundas, caprichosas; ternura sin objetoconocido; ansiedades inefables; sequedades del ánimo repentinas, agriasy espinosas, y todo ello la volvía loca, tenía miedo no sabía a qué, ybuscaba el amparo de la religión para luchar con los peligros de aquelestado. Esto fue todo lo que pudo saber el Magistral sobre elparticular; nada de acusaciones concretas. Él tampoco se atrevía apreguntar a la Regenta lo que tratándose de otra hubiera sidonecesariamente parte de su hábil interrogatorio. Aunque la curiosidad lequemaba las entrañas, aguantaba la comezón y se contentaba con susconjeturas: lo principal, lo primero no era querer saber a la fuerza másde lo que ella espontáneamente quería decir; lo principal, lo primeroera mostrarse discreto, desapasionado, superior a los defectos vulgaresde la humanidad.

«En estas primeras conferencias, se decía el Magistral no se trata aúnde estudiarla bien a ella, sino de hacerme agradable, de imponerme porla grandeza de alma; debo hacerla mía por obra del espíritu y después...ella hablará... y sabré lo del Vivero, que me parece que no fue nadaentre dos platos».

De lo que había pasado en la excursión del día de San Francisco de Asísy en otras sucesivas procuró De Pas enterarse en las conversaciones quetuvo con su amiga fuera de la Iglesia; dentro del cajón sagrado nohabía modo decoroso de preguntar ciertas menudencias a una mujer comoAnita.

La Regenta agradecía al Magistral su prudencia, su discreción. Veía conplacer que más se aplicaba el bendito varón a prepararle una vidavirtuosa mediante la consabida higiene espiritual, que a escudriñar lopasado y las turbaciones presentes con preguntas de microscopio, como éllas había llamado hablando de estas cosas.

«Lo principal era no violentar el espíritu indisciplinado de la Regenta;había que hacerla subir la cuesta de la penitencia sin que ella lonotase al principio, por una pendiente imperceptible, que pareciesecamino llano; para esto era necesario caminar en zig-zas, hacer muchascurvas, andar mucho y subir poco... pero no había remedio; después, másarriba, sería otra cosa; ya se le haría subir por la línea de máximapendiente». Así, con estas metáforas geométricas pensaba el Magistral ental asunto, para él muy importante, porque la idea de que se le escapaseaquella penitente, aquella amiga, le daba miedo.

Una mañana ella le habló por fin de sus ensueños; cada palabra ibacubierta con un velo; pocas bastaron al Magistral para comprender; lainterrumpió, le ahorró la molestia de rebuscar las pocas frases cultascon que cuenta nuestro rico idioma para expresar materias escabrosas; yaquel día pudo ser, merced a esto, la conferencia tan ideal y delicadaen la forma como todas las anteriores.

Pero él entró en el coro menostranquilo que solía. Arrellanado en su sitial del coro alto, manoseandolos relieves lúbricos de los brazos de su silla, De Pas, mientras loscolegiales ponían el grito en el cielo, comentaba, como si rumiara, lasrevelaciones de la Regenta.

«¡Soñaba! la fortaleza de la vigilia desvanecíase por la noche, y sinque ella pudiese remediarlo, la mortificaban visiones y sensacionesimportunas, que a tener responsabilidad de ellas serían pecadocierto.... «En plata, que doña Ana soñaba con un hombre...». Don Fermínse revolvía en la silla de coro, cuyo asiento duro se le antojaba llenode brasas y de espinas. Y en tanto que el dedo índice de la mano derechafrotaba dos prominencias pequeñas y redondas del artístico bajo-relieve,que representaba a las hijas de Lot en un pasaje bíblico, él, sin pensaren esto, es claro, procuraba arrancar a las tinieblas de su ignoranciael secreto que tanto le importaba: ¿con quién soñaba la Regenta? ¿Erauna persona determinada...? Y poniéndose colorado como una amapola en lapenumbra de su asiento, que estaba en un rincón del coro alto, pensaba:¿seré yo?

Entonces le zumbaban los oídos, y ya no oía las voces graves delsochantre y de los salmistas, ni el rum rum del hebdomadario, que alláabajo gruñía recitando de mala gana los latines de Prima.

«No, no caería en la tentación de convertir aquella dulcísima amistadnaciente, que tantas sensaciones nuevas y exquisitas le prometía, envulgar escándalo de las pasiones bajas de que sus enemigos le habíanacusado otras veces. Verdad era que la idea de ser objeto de losensueños que confesaba la Regenta, le halagaba; esto no podía negarlo,¿cómo engañarse a sí mismo? ¡Si apenas podía mantenerse sentado sobre latabla dura! Pero esta delicia de la vanidad satisfecha no tenía que vercon su propósito firme de buscar en Ana, en vez de grosero hartazgo delos sentidos, empleo digno de la gran actividad de su corazón, de suvoluntad que se destruía ocupándose con asunto tan miserable como eraaquella lucha con los vetustenses indómitos. Sí, lo que él quería erauna afición poderosa, viva, ardiente, eficaz para vencer la ambición,que le parecía ahora ridícula, de verse amo indiscutible de la diócesis.Ya lo era, aunque discutido, y aquello debía bastarle.

»¿A qué aspirar a un dominio absoluto imposible? Además, quería que suinterés por doña Ana ocupase en su alma el lugar privilegiado deaquellos otros anhelos de volar más alto, de ser obispo, jefe de laiglesia española, vicario de Cristo tal vez. Esta ambición de algunosmomentos, descabellada, pueril, locura que pasaba, pero que volvía,quería vencerla, para no padecer tanto, para conformarse mejor con lavida, para no encontrar tan triste y desabrido el mundo.... Y sólo pormedio de una pasión noble, ideal, que un alma grande sabría comprender,y que sólo un vetustense miserable, ruin y malicioso podía considerarpecaminosa, sólo por medio de esa pasión cabía lograr tan alto y tanloable intento.—Sí, sí—concluía el Magistral: yo la salvo a ella yella, sin saberlo por ahora, me salva a mí».

Y cantaban los del coro bajo: Deus, in ajutorium meum intende.

La tarde de Todos los Santos Ana creyó perder el terreno adelantado ensu curación moral; la aridez del alma de que ella se había quejado a D.Fermín, y que este, citando a San Alfonso Ligorio, le había demostradoser debilidad común, y hasta de los santos, y general duelo de losmísticos; esa aridez que parece inacabable al sentirla, la envolvía elespíritu como una cerrazón en el océano; no le dejaba ver ni un rayo deluz del cielo.

«¡Y las campanas toca que tocarás!». Ya pensaba que las tenía dentro delcerebro; que no eran golpes del metal sino aldabonazos de la neuralgiaque quería enseñorearse de aquella mala cabeza, olla de grillos malavenidos.

Sin que ella los provocase, acudían a su memoria recuerdos de la niñez,fragmentos de las conversaciones de su padre, el filósofo, sentencias deescéptico, paradojas de pesimista, que en los tiempos lejanos en que lashabía oído no tenían sentido claro para ella, mas que ahora le parecíanmateria digna de atención.

«De lo que estaba convencida era de que en Vetusta se ahogaba; tal vezel mundo entero no fuese tan insoportable como decían los filósofos ylos poetas tristes; pero lo que es de Vetusta con razón se podíaasegurar que era el peor de los poblachones posibles». Un mes anteshabía pensado que el Magistral iba a sacarla de aquel hastío, llevándolaconsigo, sin salir de la catedral, a regiones superiores, llenas de luz.«Y capaz de hacerlo como lo decía debía de ser, porque tenía muchotalento y muchas cosas que explicar; pero ella, ella era la que caía delo alto a lo mejor, la que volvía a aquel enojo, a la aridez que lesecaba el alma en aquel instante».

Ya no pasaba nadie por la Plaza Nueva; ni lacayos, ni curas, nichiquillos, ni mujeres de pueblo; todos debían de estar ya en elcementerio o en el Espolón....

Ana vio aparecer debajo del arco de la calle del Pan, que une la plazade este nombre con la Nueva, la arrogante figura de don Álvaro Mesía,jinete en soberbio caballo blanco, de reluciente piel, crin abundante yondeada, cuello grueso, poderosa cerviz, cola larga y espesa. Era elanimal de pura raza española, y hacíale el jinete piafar, caracolear,revolverse, con gran maestría de la mano y la espuela; como si elcaballo mostrase toda aquella impaciencia por su gusto, y no excitadopor las ocultas maniobras del dueño. Saludó Mesía de lejos y no vacilóen acercarse a la Rinconada, hasta llegar debajo del balcón de laRegenta.