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La Nariz de un Notario by Edmond About - HTML preview

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Su traje de pana estaba másremendado que el vestido de un arlequín. La verdad es que en vestirhabría gastado bien poco, a no ser por los malditos zapatos queconsumían cada mes un kilogramo de clavos. En el comer era donde noescatimaba lo más mínimo. Adquiría, sin regatear, diariamente cuatrolibras de pan, y hasta, a veces, solía regalarse el estómago con untrozo de queso o de cebolla, o con media docena de manzanas, compradasen el puente nuevo. Los domingos y días festivos permitíase el lujo decomer sopa y carne, y el resto de la semana se chupaba los dedosrecordándolo. Pero era demasiado buen hijo y buen hermano parapermitirse jamás el despilfarro de tomar un vaso de vino. «El vino, elamor y el tabaco» eran para él artículos fabulosos, que sólo conocía deoídas. Con mucha mayor razón ignoraba los placeres del teatro, tan carospara los obreros de París. Nuestro hombre prefería acostarse a lassiete, sin que le costara un céntimo, a aplaudir a M. Dumaine por mediofranco.

Tal era, en lo moral y en lo físico, el hombre a quien M.

Bernier llamó,en la calle de Beaune, para que cediese un buen trozo de su piel a M.L'Ambert.

Advertidos los criados, hiciéronle pasar en seguida.

Avanzó tímidamente, con el sombrero en la mano, levantando los piescuanto podía, y no atreviéndose a sentarlos sobre la alfombra. Latormenta de aquella mañana lo había salpicado de lodo hasta las axilas.

—Si me llaman para que suministre agua a la casa—dijo saludando aldoctor, y convirtiendo en ches cuantas eses tenía que pronunciar,—le...

M. Bernier cortole la palabra.

—No, amigo mío; no se trata de nada relacionado con vuestro comercio.

—¿De qué se trata, pues?

—De otra cosa completamente distinta. Al señor le han cortado la narizesta mañana.

—¡Ah, demontre! ¡pobre hombre! ¿Quién ha hecho esa villanía?

—Un turco; pero esto es lo de menos.

—¡Un salvaje! Sabía ya de referencia que los turcos eran salvajes; perono creí que les dejasen venir a París. Esperad un momento, que voy aavisar a un gendarme.

M. Bernier contuvo este alarde de celo del buen auvernés, y explicóle,en pocas palabras, la clase de servicio que se pretendía que prestase.Creyó, al principio, que se burlaban de él, porque se puede ser unexcelente aguador sin tener la más pequeña noción de rinoplastia. Hízolecomprender el doctor que se deseaba tenerle embargado durante un mes, ycomprarle unos ciento cincuenta centímetros cuadrados de su piel.

—La operación no es nada en sí—le dijo,—y os garantizo que os harásufrir bien poco; pero os advierto, en cambio, que tendréis que teneruna paciencia enorme para permanecer un mes inmóvil, con el brazo cosidoa la nariz del señor.

—Paciencia no me falta—respondió nuestro hombre;—para algo soyauvernés. Pero para que yo pase un mes en esta casa prestando a esteseñor un importante servicio, será necesario que me abonen los jornalesde esos días.

—Desde luego. ¿Cuánto exigís? Sebastián meditó unos instantes.

—En conciencia—dijo al fin,—ese trabajo bien vale cuatro francosdiarios.

—No, amigo mío—respondiole el notario;—ese trabajo vale mil francosal mes, o sea, treinta y tres francos diarios.

—No—replicó el doctor, con acento autoritario;—eso vale dos milfrancos.

L'Ambert inclinó la cabeza, y no se atrevió a objetar.

Romagné pidió permiso para terminar aquel día su trabajo, dejar en elbodegón su tonel y buscar quien le reemplazase durante el mes.

—Por otra parte—dijo,—no vale la pena de comenzar hoy mismo, parasólo medio día.

Demostráronle que el caso era urgente, y tomó, en vista de ello, susmedidas. Mandaron a buscar a uno de sus amigos, el cual prometióreemplazarle por espacio de un mes.

—Tú me traerás el pan todas las noches—le dijo Romagné.

Pero se apresuraron a decirle que la precaución era inútil, pues ledarían de comer en la casa.

—Eso dependerá de lo que me cueste—observó él.

—M. L'Ambert os dará de comer gratis.

—¡Gratis! eso ya es distinto. He aquí mi piel. Cortadmela cuanto antes.

Romagné soportó la operación como un valiente, sin pestañear siquiera.

—Esto es un placer—decía.—Me han contado de un auvernés de mi paísque se hacía petrificar en una fuente mediante un franco por hora.Prefiero dejarme cortar a pedazos. No es tan molesto, y produce muchomás.

M. Bernier cosiole el brazo izquierdo al rostro del notario, y amboshombres permanecieron, por espacio de un mes, encadenados uno al otro.Los dos hermanos siameses que excitaron un día la curiosidad de todaEuropa no estaban tan indisolublemente

unidos.

Pero

aquéllos

eranhermanos,

acostumbrados a soportarse mutuamente desde la más tiernainfancia, y habían recibido la misma educación. Si uno hubiese sidoaguador y el otro notario, tal vez no hubiesen dado el espectáculo deuna amistad tan fraternal.

Romagné jamás se quejaba de nada, por muy extraña que la nuevasituación le pareciese. Obedecía como un esclavo, o, por mejor decir,como un buen cristiano, todos los mandatos del hombre que le comprara supiel. Se levantaba, se sentaba, se acostaba, se volvía hacia la derechao la izquierda, según el capricho de su señor. No obedece con tantasumisión al Polo Norte la aguja imantada, como Romagné a M. L'Ambert.

Esta heroica mansedumbre enterneció el corazón del notario, que, a decirverdad, nada tenía de blando. Sintió por espacio de tres días unaespecie de gratitud por los buenos cuidados que le prodigaba su víctima;mas no tardó en cobrarle antipatía y hasta horror.

Un hombre joven, activo y lleno de salud, no se acostumbra nunca, sintrabajo, a la inmovilidad absoluta. ¿Qué no será cuando se trate depermanecer inmóvil al lado mismo de un ser inferior, sucio y sineducación? Pero lo había querido así la suerte. Era preciso vivir sinnariz o soportar al auvernés con todas sus consecuencias: comer con él,dormir con él, llenar al lado suyo, y en la situación más incómoda,todas las funciones de la vida animal.

Era Romagné un digno y excelente joven; pero roncaba como un órgano.Adoraba a su familia y amaba a su prójimo; pero jamás se había bañado ensu vida por temor de malgastar el agua, objeto de su comercio. Poseíalos sentimientos más delicados del mundo; pero no sabía imponerse lossacrificios más elementales que la civilización recomienda. ¡Pobre M.L'Ambert! ¡y pobre Romagné asimismo! ¡qué noches y qué días! ¡qué lluviade puntapiés! Inútil es decir que Romagné los recibía sin quejarse,temeroso de que un falso movimiento diese al traste con el experimentodel doctor Bernier.

El notario recibía buen número de visitas. Vinieron a verle todos suscompañeros de aventuras, que se burlaban del auvernés. Enseñáronle afumar cigarrillos, y a beber vino y aguardiente. El pobre diablo seentregaba a estos placeres con la ingenuidad de un piel roja. Loemborracharon, lo ahitaron de manjares, le hicieron descender todos losescalones que separan al hombre de la bestia. Era preciso educarlenuevamente, y aquellos buenos señores acometieron esta difícil tarea conplacer mefistofélico. ¿No era, por ventura, una cosa divertida yagradable la empresa de desmoralizar al auvernés?

Cierto día le preguntaron en qué pensaba emplear los cien luises de M.L'Ambert cuando acabase de ganarlos.

—Los emplearé en papel del cinco por ciento, y me producirán cienfrancos de renta—contestoles.

—¿Y después?—preguntole un emperejilado millonario de veinticinco añosde edad.—¿Serás más rico con eso? ¿serás más dichoso acaso? ¡Tendrástreinta céntimos de renta diaria! Si te casas, lo cual es inevitable,pues eres de la madera de que se fabrican los imbéciles, tendrás docehijos al menos.

—¡Es posible!—replicó el auvernés, riendo de buena gana.

—Y, en virtud del Código civil, linda invención del Imperio, le dejarása cada uno de ellos un par de céntimos al día. En tanto que, con dos milfrancos, puedes vivir un mes lo menos como un rico, conocer losplaceres de la vida y elevarte muy por encima de tus semejantes.

Romagné se defendía como un gato panza arriba contra estas tentativas decorrupción; pero hubieron de descargar tantos golpes sobre su espesocráneo, que acabaron por abrir en él un pequeño orificio por dondepenetraron las ideas falsas, y se fueron apoderando de su cerebro.

También acudieron las damas, de las cuales conocía L'Ambert muchísimasen todas las capas sociales. Romagné presenció las escenas más diversas;escuchó numerosas protestas de amor y fidelidad que carecían deverosimilitud. M. L'Ambert no sólo no se recataba de mentir como unbellaco en su presencia, sino que, en ocasiones, se complacía, en laintimidad, en mostrarle todas las falsedades que forman, por decirloasí, el cañamazo donde se borda la vida elegante.

¡Y el mundo de los negocios! Romagné creyó descubrirlo, como CristóbalColón, porque no tenía de él noción alguna. Los clientes del notario nose recataban de él para tratar las mayores enormidades: hablaban en supresencia como pudieran hacerlo delante de una docena de ostras. Viopadres de familia que buscaban el modo de despojar a sus hijos enprovecho de una amante o de alguna obra piadosa; jóvenes que estudiabanla manera de robar la dote a su futura esposa por medio de un contrato;prestamistas que exigen el diez por ciento sobre primeras hipotecas yprestatarios que hipotecaban fincas imaginarias.

Carecía de talento y su inteligencia no era muy superior a la decualquier perro de aguas; pero su conciencia se le reveló.

—Vos no poseéis mi estima—le dijo un día al notario, creyendo hacerleun gran bien.

Y la repugnancia que L'Ambert sentía por él trocose en odio mortal.

En los últimos ocho días de su forzada intimidad sucediéronse lastempestades casi sin interrupción.

Al fin adquirió Bernier la plena convicción de que el trozo de pielhabía arraigado en la cara del notario, a pesar de los innumerablestirones que sufriera. Desunió a los dos enemigos, y modeló una nariz aL'Ambert con el trozo de piel que había cesado ya de pertenecer alauvernés. Y el acicalado millonario de la calle de Verneuil, arrojó dosbilletes de a mil francos al rostro de su esclavo, diciéndole:

—¡Toma, infame! El dinero es lo de menos; pero me has hecho gastar lomenos cien mil escudos de paciencia. Vete ahora mismo de aquí; sal demi casa para siempre, y haz de modo que nunca jamás, en mi vida, vuelvaa oír pronunciar tu nombre.

Romagné diole las gracias, con gesto no desprovisto de altivez, se bebióuna botella de vino en la cocina, tomó un par de copitas con Singuet, ymarchó tambaleándose hacia su antiguo domicilio.

V

GRANDEZA Y DECADENCIA

M. L'Ambert volvió a entrar en el mundo con éxito; casi podría decirseque con gloria. Sus testigos le hicieron la más estricta justiciadiciendo que se había batido como un león. Los viejos notarios sentíanserejuvenecidos por su valor.

—¡Ved ahí—decían,—lo que somos cuando se nos pone en ciertos trances!¡Los notarios son tan hombres como cualquier otro! La suerte de lasarmas hizo traición a maese L'Ambert; pero supo adoptar al caer un bellogesto: ha sido un Waterloo.

¡Aunque digan lo que quieran, somos gentesdecididas!

De esta manera se expresaban el respetable maese Clopineau, y el dignomaese Labrique, y el untuoso maese Bontoux, y todos los nestores delnotariado. Los jóvenes hablaban en parecidos términos, con ciertasvariantes inspiradas por los celos.

—No queremos renegar—decían,—de maese L'Ambert: ciertamente que noshonra, aun cuando nos compromete un poco; pero cada uno de nosotroshubiera procedido con el mismo valor, y quién sabe si con menos torpeza.Un funcionario público no debe dar estos escándalos. No se debiera irnunca al terreno del honor más que por causas confesables. Si yo fuesepadre de familia, preferiría confiar mis asuntos a un hombre prudente, yno a un héroe de aventuras dudosas, etc., etc.

Pero la opinión del bello sexo, que es la que prevalece, habíasedeclarado en favor del héroe de Parthenay. Tal vez no hubiera contadocon tan rara unanimidad si se hubiese conocido el episodio del gato;quizás también ese sexo tan encantador como injusto habría condenado aL'Ambert si hubiese tenido la avilantez de reaparecer ante el mundo sinnariz. Pero todos los testigos habían guardado la mayor discreciónacerca del ridículo incidente del gato, y M. L'Ambert, lejos de estardesfigurado, parecía haber ganado en el cambio.

Una baronesa observó que su fisonomía era más dulce desde que llevaba lanariz recta. Una vieja canonesa, dechado de malicia, preguntó alpríncipe de B... si no haría bien en buscarle querella al turco. Elaguileño príncipe gozaba de una reputación hiperbólica.

Alguno preguntará cómo las damas del gran mundo podían interesarse enpeligros que no habían sido corridos por ellas. Los hábitos de maeseL'Ambert eran bien conocidos, y se sabía que una gran parte de sucorazón y de su tiempo los empleaba en la Opera. Pero el mundo perdonafácilmente estas distracciones a los hombres que no se entregan a ellaspor completo. Representa el papel del fuego, y se contenta con lo pocoque le dan. Se agradecía a M. L'Ambert que no estuviese perdido más quea medias, cuando tantos, a su edad, están perdidos del todo. No dejabade frecuentar las casas honradas, conversaba con las viudas, bailaba conlas solteras y tocaba en ocasiones el piano de una manera aceptable; nohablaba, en fin, de caballos a la moda.

Estos méritos, bastante rarospor cierto entre los jóvenes millonarios del faubourg, le concillabanla benevolencia de las damas. Una linda devota, la señora de L...,habíale demostrado durante tres meses que los placeres más vivos noconsisten en la disipación y el escándalo.

No se crea por eso que había roto en absoluto con el cuerpo de baile; lasevera lección recibida no le había hecho concebir el menor horror haciaaquella hidra de cien encantadoras cabezas.

Una de sus primeras visitasfue para el templo donde brillaba la señorita Victorina Tompain. ¡Allísí que se le tributó un recibimiento entusiasta! ¡Con qué amistosacuriosidad corrió todo el mundo a su encuentro! ¡Qué dulcísimosdictados! ¡qué apretones de manos tan cordiales! ¡Cuántos labioshechiceros se alargaron hacia él, en forma de tentador hocico, pararecibir un beso amistoso, sin la menor consecuencia! El notario estabaradiante. Todos sus amigos de los días pares, todos los altosdignatarios de la francmasonería del placer, le dieron la enhorabuenapor su curación milagrosa. Reinó durante todo un entreacto en aquelreino envidiable. Le hicieron referir su aventura y explicar eltratamiento del doctor Bernier, admirando todos la habilidad con queestaban dados los puntos de sutura, que apenas se conocían.

—Imaginaos que ese excelente Bernier ha completado mi persona con lapiel de un auvernés. ¡Y qué auvernés, Dios mío!

¡El más estúpido y suciode la Auvernia! Nadie lo diría al ver el trozo de piel que me havendido. ¡Qué horas tan desagradables me ha hecho pasar el muy burro!...Los mozos de cordel que veis por las esquinas son petimetres al ladosuyo. Pero, gracias al cielo, ya me veo libre de él. El día en que lepagué sus servicios y lo puse de patitas en la calle, se me quitó deencima un peso inmenso. Se llama Romagné, ¡bonito nombre! Jamás lopronunciéis en mi presencia. ¡Si queréis que viva largos años, no mehabléis jamás de Romagné!

La señorita Victorina Tompain no fue, por cierto, la última encumplimentar al héroe. Ayvaz-Bey la había abandonado indignamente,dejándole cuatro veces más dinero del que valía ella. El magnánimoL'Ambert hubo de mostrarse con ella dulce y clemente.

—No os guardo rencor—le dijo,—ni a ese bravo turco tampoco. Sólotengo un enemigo en el mundo: un auvernés llamado Romagné.

Y pronunciaba su nombre con una entonación cómica que hizo gracia a todoel mundo. Creo que aun hoy día la mayor parte de aquellas señoritasdicen: «Mi Romagné, cuando hablan de su aguador.»

De esta suerte transcurrieron los tres meses de estío. La estación fuedeliciosa y casi todas las familias se ausentaron de París. La Operaviose invadida por provincianos y extranjeros.

M. L'Ambert frecuentolabastante menos que otras veces.

Casi todos los días, al sonar las seis de la tarde, despojábase de lagravedad del notario y partía para Maisons-Lafitte, donde habíaalquilado un chalet, y adonde acudían a verle sus amigos y hasta susamiguitas. Jugaban en el jardín a toda clase de juegos campestres, y osgarantizo que el columpio nunca holgaba.

Uno de los más asiduos y animados concurrentes era el agente de cambios,M. Steimbourg. La aventura de Parthenay habíale ligado a L'Ambert conlazos más estrechos. M. Steimbourg pertenecía a una buena familia deisraelitas convertidos; su cargo valía dos millones y poseía una fortunade medio millón, de suerte que ya se podía trabar amistad con él. Lasamantes de los dos amigos se llevaban bastante bien, lo cual equivale adecir que sólo se peleaban una vez por semana. ¡Qué bello es contemplarcuatro corazones que laten al unísono! Los hombres montaban a caballo,leían el Fígaro, o comentaban los chismes de la ciudad; las damas seechaban mutuamente las cartas, con gracia sin igual: ¡una edad de oro enminiatura!

M. Steimbourg creyó un deber presentar a su amigo a su familia.Condújole a Bieville, donde su padre se había hecho construir un chalet.M. L'Ambert fue recibido en él por un viejo muy verde, una señora decincuenta años, que no había abdicado aún, y dos jovencitasextremadamente coquetas; y a primera vista advirtió que no entraba enuna casa de fósiles. Por el contrario: tratábase de una familia modernay perfeccionada.

Padre e hijo eran dos buenos compañeros que se dabanmutuas bromas acerca de sus calaveradas. Las muchachas habían vistocuanto se representaba en el teatro, y leído cuanto se ha escrito. Pocaspersonas conocían mejor que ellas la crónica elegante de París; leshabían sido mostradas, en el teatro y en el bosque de Boloña, las máscelebradas bellezas de todas las clases sociales; las habían llevado apresenciar las ventas de los mobiliarios más ricos, y disertaban de lamanera más agradable sobre las esmeraldas de la señorita X... y lasperlas de la señorita Z... La mayor, la señorita Irma Steimbourg,copiaba con verdadera pasión los trajes y sombreros de la señoritaFargueil; la menor, había enviado a uno de sus amigos a casa de laseñorita Figeac para que le pidiese la dirección de su modista. Una yotra eran ricas y poseían buena dote. Irma le gustó más a L'Ambert.

Elapuesto notario pensaba de vez en cuando que medio millón de dote y unamujer que sabe llevar un traje no son cosas despreciables. Viéronse confrecuencia, casi una vez por semana, hasta que llegaron las primerasheladas de noviembre.

Tras un otoño dulce y brillante, cayó como una teja el invierno. Es unhecho bastante conocido en nuestros climas, pero la nariz de L'Ambertdio pruebas, en esta ocasión, de una sensibilidad extraordinaria.Enrojeciose un poco al principio, después mucho; fuese hinchando porgrados hasta tornarse deforme. Después de una partida de caza alegradapor el viento Norte, experimentó el notario intolerable comezón. Miroseen el espejo de un mesón, y desagradole en extremo el color de su nariz.A decir verdad, parecía un sabañón mal colocado.

Consolose pensando que un buen fuego le devolvería su figura natural, y,en efecto, el calor se la descongestionó y rebajó su color durantealgunos momentos. Pero, al siguiente día, la comezón presentosenuevamente, los tejidos se inflamaron mucho más, y presentose de nuevola coloración rojiza, acompañada de ciertos tintes violáceos. Ocho díassin salir de su casa, sentado delante del hogar, borraron tan fatalesmatices; pero reaparecieron, a pesar de las pieles de zorra azul, a laprimera salida.

Muerto de susto L'Ambert, envió a buscar en seguida al doctor Bernier.Este acudió a toda prisa; diagnosticó una ligera inflamación yprescribió unas compresas de agua helada. Sin embargo, la nariz no tuvoalivio, a pesar de la refrigeración, y el doctor no salía de su asombroal ver la persistencia del mal.

—Tal vez tenga razón Dieffembach—dijo al notario,—al asegurar que lapiel puede morir por un exceso de sangre, y recomendar que se leapliquen sanguijuelas. ¡Ensayemos!

Aplicose a L'Ambert una sanguijuela en la punta de la nariz, y, cuandose desprendió, harta de sangre, reemplazósela por otra, y asísucesivamente, dos días y dos noches. La hinchazón y la coloracióndesaparecieron por algún tiempo; mas sus efectos no fueron de largaduración. Fue preciso recurrir a otro expediente.

Pidió M. Bernierveinticuatro horas para reflexionar, y se tomó cuarenta y ocho.

Cuando volvió al hotel de M. L'Ambert, estaba preocupado y daba muestrasde una timidez excesiva, y tuvo que realizar sobre sí mismo un granesfuerzo para decidirse a hablar.

—La medicina—dijo al fin,—no explica satisfactoriamente todos losfenómenos naturales, y vengo a someteros una teoría que carece de todofundamento científico. Mis colegas se burlarían de mí si les dijese queun pedazo de piel arrancada del cuerpo de un hombre puede permanecersometida a la influencia de su primitivo poseedor. No cabe duda algunade que es vuestra propia sangre, puesta en circulación por vuestrocorazón, bajo la acción del cerebro, la que afluye a vuestra nariz; y,sin embargo, tentado estoy de creer que ese imbécil de auvernés no esextraño a estos sucesos.

M. L'Ambert lanzó una exclamación de disgusto y de sorpresa.

¡Decir queun vil mercenario, a quien había religiosamente pagado su servicio,podía ejercer una influencia oculta sobre la nariz de un funcionariopúblico, era una impertinencia!

—Es mucho peor aun—replicó el doctor,—es un absurdo. Y, sin embargo,os pido autorización para buscar a Romagné. Tengo necesidad de verle hoymismo, aunque no sea más que para convencerme de mi error. ¿Habéisconservado sus señas?

—¡No lo permita Dios!

—Pues bien, yo trataré de averiguarlas. Tened paciencia, no salgáispara nada de vuestra habitación, y suspended entre tanto todamedicación.

Buscó en vano durante quince días. Recurrió a la policía, que le tuvodespistado por espacio de tres semanas. Un agente sutil y lleno deexperiencia descubrió todos los Romagnés de París, excepto el que sebuscaba. Encontró un inválido, un tratante en pieles de conejo, unabogado, un ladrón, un corredor del ramo de mercería, un gendarme y unmillonario, todos de este mismo apellido. M. L'Ambert se abrasaba deimpaciencia al lado del hogar, y contemplaba con desesperación su narizcolor de escarlata. Por fin se dio con el domicilio del aguador, peroéste ya no vivía en él. Los vecinos refirieron que había hecho fortuna yvendido su tonel para gozar de la vida.

M. Bernier dio una terrible batida por las tabernas y demás lugares deplacer, en tanto que su enfermo permanecía sumido en la mayormelancolía.

El 2 de febrero, a las diez de la mañana, el atildado notariocalentábase tristemente los pies y contemplaba horrorizado aquellapeonía florida en medio de su rostro, cuando un alegre tumulto conmoviótoda la casa. Abriéronse las puertas con estrépito, de los pechos detodos los criados escapáronse gritos de alegría, y se vio aparecer aldoctor, trayendo de la mano a Romagné.

Era el verdadero Romagné; pero, ¡cuán cambiado estaba!

Sucio,embrutecido, feo, con la mirada apagada, el aliento mal oliente,apestando a vino y tabaco, rojo de la cabeza a los pies como un cangrejococido, era el prototipo del erisipelatoso.

—¡Monstruo!—le dijo M. Bernier,—se te debería caer la cara devergüenza. Has descendido a un nivel más bajo que el de los brutos.Conservas todavía la cara del hombre, pero no su color.

¡En qué hasempleado la fortunita que te proporcionamos? Te has revolcado en elcieno de todos los vicios, y te he encontrado en las afueras de París,tirado como un cerdo en el suelo de la taberna más inmunda.

El auvernés elevó hasta el doctor su mirada, y le dijo con su amableacento, embellecido con este dejo propio del pueblo bajo parisiense:

—¡Y bien, qué! Que he empinado un poco el codo. ¿Es acaso una razónpara decirme esa sarta de necedades?

—¿A qué llamas necedades, majadero? Te reprocho tus torpezas. ¿Por quéno colocaste tu dinero a interés en vez de bebértelo?

—¡Fue el señor quien me dijo que me divirtiese!

—¡Tunante!—exclamó el notario,—¿fui yo quien te aconsejó que tefueses a emborrachar fuera de las fortificaciones, con aguardiente yvino tinto?

—Cada uno se divierte como puede... He estado con mis camaradas.

—¡Vaya unos camaradas!—dijo el médico, no pudiendo reprimir unmovimiento de cólera.—¿De manera, truhán, que llevo a cabo una curamaravillosa, que me llena de gloria y esparce por París mi bien ganadafama, y que acabará por abrirme las puertas del Instituto, y tú, enunión de unos cuantos borrachos de tu misma calaña, vais a hacerzozobrar la más divina de mi obras? ¡Si sólo se tratase de ti,grandísimo bellaco, te dejaríamos obrar como quisieses! Es un verdaderosuicidio físico y moral; pero un auvernés más o menos poco importa a lasociedad. ¡Pero se trata de un hombre de mundo, de un rico, de tubienhechor, de mi cliente! Tú lo has comprometido, desfigurado,asesinado con tu mala conducta. ¡Mira bien en qué estado lamentable haspuesto al señor el rostro! El infeliz contempló la nariz que habíacontribuido a formar, y rompió en amargo llanto.

—Es una verdadera desgracia, señor Bernier; pero pongo a Dios portestigo de que no he tenido yo la culpa. Esa nariz se ha deterioradoella sola. Yo soy un hombre honrado, y os juro que no he puesto mi manoen ella.

—¡Imbécil!—tronó M. L'Ambert,—jamás comprendes las cosas... por másque, en realidad, no es menester que comprendas. Se trata únicamente deque digas sin rodeos si quieres cambiar de conducta y renunciar a esavida de crápula que me mata de rechazo. Te prevengo que tengo el brazomuy largo, y que, si persistes en tus vicios, sabré ponerte pronto abuen recaudo.

—¿Preso?

—Preso.

—¿Preso entre los criminales? ¡Gracias, señor L'Ambert! ¡Eso sería ladeshonra de mi familia!

—¡Seguirás bebiendo, o no?

—¡Ah, Dios mío! ¿cómo beber cuando no se tiene dinero?

Todo lo hegastado ya, señor L'Ambert. Me he bebido los dos mil francos íntegros;me he bebido mi tonel y cuánto poseía, y no hay un alma en la tierra queya quiera abrirme crédito.

—Me alegro, perillán; hacen todos muy bien.

—Tendré que ser juicioso a la fuerza. La miseria me amenaza, señorL'Ambert.

—¡Te repito que me alegro!

—¡Señor L'Ambert!

—¿Qué?

—Si tuvieseis la bondad de comprarme un tonel nuevo para ganarme lavida honradamente, os juro que volvería a ser un buen sujeto.

—¡Buena fuera! Lo venderías al día siguiente para emborracharte.

—No, señor L'Ambert, ¡os lo juro por mi honor!—Esos son juramentos deborracho.

—¿Queréis entonces que me muera de hambre y sed? ¡Un centener defrancos,