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La Horda by Vicente Blasco Ibáñez - HTML preview

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LA HORDA

(NOVELA)

PROMETEO

Germanias, 33.—VALENCIA

1905

Capítulos:I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X, XI, XII

LA HORDA

I

A las tres de la madrugada comenzaron a llegar los primeros carros de lasierra al fielato de los Cuatro Caminos.

Habían salido a las nueve de Colmenar, con cargamento de cántaros deleche, rodando toda la noche bajo una lluvia glacial que parecía elúltimo adiós del invierno.

Los carreteros deseaban llegar a Madrid antesque rompiese el día, para ser los primeros en el aforo. Alineábanse losvehículos, y las bestias recibían inmóviles la lluvia, que goteaba porsus orejas, su cola y los extremos de los arneses. Los conductoresrefugiábanse en una tabernilla cercana, la única puerta abierta en todoel barrio de los Cuatro Caminos, y aspiraban en su enrarecido ambientelas respiraciones de los parroquianos de la noche anterior. Se quitabanla boina para sacudirla el agua, dejaban en el suelo el barro de suszapatones claveteados, y sorbiéndose una taza de café con toques deaguardiente, discutían con la tabernera la comida que había deprepararles para las once, cuando emprendiesen el regreso al pueblo.

En el abrevadero cercano al fielato, varias carretas cargadas detroncos aguardaban la llegada del día para entrar en la población. Losboyeros, envueltos en sus mantas, dormían bajo aquéllas, y los bueyes,desuncidos, con el vientre en el suelo y las patas encogidas, rumiabanante los serones de pasto seco.

Comenzó a despertar la vida en los Cuatro Caminos. Chirriaron variaspuertas, marcando al abrirse grandes cuadros de luz rojiza en el barrode la carretera. Una churrería exhaló el punzante hedor del aceitefrito. En las tabernas, los mozos, soñolientos, alineaban en una mesa,junto a la entrada, la batería del envenenamiento matinal: frascoscuadrados de aguardiente con hierbas y cachos de limón.

Presentábanse los primeros madrugadores temblando de frío, y luego deapurar la copa de alcohol o el café de «a perra chica», continuaban sumarcha hacia Madrid a la luz macilenta de los reverberos de gas. Acababade abrirse el fielato y los carreteros se agolpaban en torno de labáscula. Los cántaros de estaño brillaban en largas filas bajo elsombraje de la entrada. Discutían a gritos por el turno.

—¿Quién da la vez?—preguntaba al presentarse un nuevo carretero.

Y al responderle el que había llegado momentos antes, colocaba suscántaros junto a los de éste, con el propósito de repeler a trallazoscualquiera intrusión en el turno.

Todos mostraban gran prisa por que les diesen entrada, azorando con suspeticiones al de la báscula y a los otros empleados, que, envueltos ensus capas, escribían a la luz de un quinqué. Los cántaros sólo conteníanleche en una mitad de su cabida. Mientras unos carreteros aguardaban enel fielato, otros avanzaban hacia Madrid, con cántaros vacíos, en buscade la fuente más cercana. Allí, dentro del radio, sin temor alimpuesto, se verificaba el bautizo, la multiplicación de la mercancía.

Los carros de la sierra, grandes, de pesado rodaje y toldo negro,comenzaban a desfilar hacia la población, cabeceando como sombríosbarcos de la noche. Otros más pequeños deslizábanse entre ellos, pasandoante el fielato sin detenerse. Eran los vehículos de los traperos, unascajas descubiertas de las que tiraban pequeños borricos.

Los dueños ibantendidos en el fondo, continuando su sueño, con la tranquilidad que lesdaba el estar a aquellas horas la calle de Bravo Murillo libre detranvías. Algunas veces, la bestia, imitando al amo, detenía el paso yquedaba inmóvil, con las orejas desmayadas, como si dormitase, hasta quela despertaban un tirón de riendas y un juramento.

La lluvia cesó al amanecer. Una luz violácea se filtró por entre lasnubes, que pasaban bajas como si fuesen a rozar los tejados. De la brumamatinal surgieron lentamente los edificios, humedecidos y relucientespor el lavado de la lluvia; el suelo fangoso con grandes charcos; losdesmontes de tierra amarilla con manchas de vegetación en lashondonadas.

El cementerio de San Martín mostró sobre una altura su románticaaglomeración de rectos cipreses. La escuela protestante asomaba sobrelas míseras casuchas su mole de ladrillo rojo. Marcábase en la anchacalle de Bravo Murillo la interminable hilera de postes eléctricos: unafila de cruces blancas flanqueadas de arbolillos, y en el fondo, sumidoen una hondonada, Madrid envuelto en la bruma del despertar, con lostejados a ras del suelo y sobre ellos la roja torre de Santa Cruz con sublanca corona.

Así como avanzaba el día, era más grande la afluencia de carros ycabalgaduras en la glorieta de los Cuatro Caminos. Llegaban deFuencarral, de Alcobendas o de Colmenar, con víveres frescos para losmercados de la villa. Junto con los cántaros de la leche descargábanseen el fielato cestones de huevos cubiertos de paja, piezas de requesón,racimos de pollos y conejos caseros. Sobre la platina de la básculasucedíanse las especies alimenticias en sucia promiscuidad. Caían enella corderillos degollados, con las lanas manchadas de sangre seca, ymomentos después apilábanse en el mismo sitio los quesos y los cestos deverduras. Las paletas, envueltas en un mantón, con el pañuelofuertemente anudado a las sienes, volvían a cargar sus mercancías en losserones, y apoyando el barroso zapato en la báscula, saltaban ágilessobre su asno, azuzándolo al trote hacia Madrid, para vender sus huevosy verduras en las calles inmediatas a los mercados.

La invasión de los traperos hacíase más densa al avanzar el día. Susligeros carros en forma de cajón eran de un azul rabioso, con un óvaloencarnado en el que se consignaba el nombre del dueño. Venían deBellasvistas y de Tetuán, de los barrios llamados de la Almenara, deFrajana y las Carolinas. Los más pobres no tenían carro, y marchaban alomos de un borriquillo, con las piernas ocultas en los seronesdestinados a la basura. Las matronas de «la busca» pasaban erguidassobre sus rucios, arreándolos con la vara, ondeando detrás de su espaldalas puntas del rojo pañuelo, con la cara tiznada de churretes, los ojospitañosos por el alcohol, y en las negras manos una doble fila desortijas falsas y relucientes, como adornos africanos.

El asno, fiel compañero del trapero, desfilaba en todas sus míserasvariedades, tirando de los cajones, trotando bajo los varazos de lasamazonas. Eran animales pequeños y sucios, de una malicia casi humana.Rara vez buscaban su comida en el campo; se alimentaban con losgarbanzos sobrantes de los cocidos de Madrid; rumiaban en sus pesebreslo que el día anterior había pasado por las cocinas de la población, yeste alimento de animal civilizado parecía avivar su inteligencia.

Jamáshabían sentido el fresco contacto de la tijera ni el benéfico roce de laalmohaza.

Su piel era una costra, sus lomos no tenían vestigios de pelo,sus patas delanteras estaban cubiertas de luengas lanas, que les dabanel mismo aspecto que si llevasen pantalones.

Pasaban y pasaban jinetes y carros, como una horda prehistórica quehuyese llevando a la espalda el hambre, y delante, como guía, el anhelode vivir. Trotaban las bestias, pugnando por adelantarse unas a otras,como si husmeasen bajo la masa de tejados que cerraba el horizonte losresiduos de todo un día de existencia civilizada, el sobrante de la granciudad que había de mantener a los miserables acampados en torno deella.

Una turba de peatones invadió el camino. Eran los vecinos de labarriada, obreros que marchaban hacia Madrid. Salían de las callesinmediatas al Estrecho y a Punta Brava, de todos los lados de los CuatroCaminos, de las casuchas de vecindad con sus corredores lóbregos y suspuertas numeradas, míseros avisperos de la pobreza.

Ya no llegaban más carros del campo con su tosca solidez semejante a lade la vida robusta y sana. La calle ocupábanla ahora los vehículos de labusca, sórdidos, sucios, negros algunos de ellos como ataúdes, contoldos fabricados de viejos manteles de hule. Por las aceras pasaban ypasaban los grupos de trabajadores, con blusas blancas y el saquillo delalmuerzo pendiente de un botón, o con chaquetones pardos y la boinacalada hasta los ojos. Desde el fielato se les veía alejarse, las manosen los bolsillos y la espalda encorvada, con ademán humilde, resignadosa sufrir el resto de una vida sin esperanza y sin sorpresa, conociendode antemano la fatiga monótona y gris que se extendería hasta el momentode su muerte.

Otros, vestidos de lienzo azul, con gorras negras y reloj, se agrupabanfrente a la estación de los tranvías, esperando los primeros coches.Eran maquinistas de fábrica, capataces, encargados de talleres, laaristocracia del trabajo manual, que se aislaba de los demás en surelativo bienestar.

El jefe del fielato, que, libre ya de las ocupaciones matinales, seguíadesde la puerta el paso de los trabajadores, llamó a un joven que veníade Madrid y le invitó a fumar un cigarro. Tiempo le quedaba dedescansar: tenía el día entero para dormir. Y

mientras le ofrecíalumbre, le preguntó guiñando un ojo:

—¿Qué hay de política, amigo Maltrana? ¿Cuándo viene «la nuestra»? ¿Esverdad que el gobierno está al caer?...

El llamado Maltrana hizo un gesto de indiferencia al mismo tiempo queencendía su cigarro. Era un joven de escasa estatura, pobrementevestido. Su sombrero de cinta mugrienta, echado atrás, dejaba aldescubierto una frente abombada y enorme, que parecía abrumar con supeso la parte baja del rostro, de un moreno verdoso. Los ojos de corteoblicuo y el bigote ralo, de desmayados pelos, daban a su cara unaexpresión asiática; pero el brillo de las pupilas, revelador de unainteligencia despierta, dulcificaba el inquietante exotismo de sufigura.

Toda su persona denunciaba la miseria de una juventud que luchadesorientada, sin encontrar el camino. Sus botas mostraban los taconesrotos y el cuero resquebrajado bajo los roídos bordes del pantalón. Unmacferlán de un negro rojizo servíale de abrigo, y por entre las solapasmostraba con cierto orgullo su único lujo, el lujo de la juventudmísera, una gran corbata de colores chillones, que ocultaba la camisa, yun cuello postizo, alto, de rígida dureza, pero cuyo brillo habíatomado, con el uso, una blancura amarillenta de mármol viejo.

—¿Qué hay de política?—dijo otra vez el empleado.

Y Maltrana terminó su gesto de indiferencia. Los cambios de ministerio ylo que se decía en el Congreso le inspiraba escaso interés. Allá en laredacción, donde pasaba la noche, hablaban horas enteras de tales cosas,sin que él se esforzase por retener en su memoria una sola palabra,abstraído en la lectura de periódicos y revistas. ¿Cómo podían interesara nadie tales futilidades?... Pero con el deseo de agradar a aquel buenamigo que le trataba con cierto respeto por escribir en los papelespúblicos, hizo un esfuerzo y contestó, sin saber ciertamente lo quedecía:

—Sí, creo que el gobierno va a caer. Algo he oído de eso en laredacción.

—¿Y los «hombres»? ¿Qué dicen los «hombres» de estas cosas?

Isidro Maltrana sabía que los tales «hombres» eran los redactores delperiódico en que él trabajaba, los que tejían el artículo de fondo y lainformación política, los

«pájaros gordos», como los designaba porantonomasia el empleado, viendo en ellos a los depositarios del secretonacional, a los únicos profetas del porvenir.

—Pues los «hombres»—contestó el joven con cierta timidez, como si lerepugnase mentir—creen que esto marcha bien y que muy pronto vendrá «lanuestra».

—Lo mismo digo yo.

Y tras esta afirmación enérgica, que rebosaba fe, el empleado miró concierta envidia a aquel joven de mísera facha, que podía tratarse deigual a igual con los

«hombres».

Todas las mañanas veía a Maltrana, al volver éste de la redacción. Elpobre joven, para dormir, tenía que esperar a que su padrastro y suhermano menor abandonasen un mísero cuartucho de la calle de losArtistas, y una vez en él, se tendía sobre el camastro único, todavíacaliente, con la huella de los cuerpos del viejo albañil y su aprendiz.Dormía hasta bien entrada la tarde, y casi a la hora en que regresaba alos Cuatro Caminos el rebaño de trabajadores, volvía él a Madrid aemprender su vida dura de pájaro indefenso, falto de pico y de garras,que revolotea en un bosque de hojas impresas, sin más alimento que lasescasas migajas olvidadas por otros.

Aprovechaba la luz de la redacción, el papel y la tinta, en las horas enque el local estaba desierto, para traducir libros cuyo destinodesconocía. Proporcionábanle este trabajo ciertos amigos que, a su vez,habían recibido el encargo de los traductores que firmaban la obra. Laretribución llegaba a él con tal merma, después de pasar por las manosde los intermediarios, que el pobre Maltrana, tras ocho horas defatigoso plumear, pensaba con envidia en los siete reales que su hermanoPepín, más conocido por el Barrabás, ganaba como aprendiz de albañil.Y muchas gracias cuando no le faltaban las traducciones. Este trabajoera su único medio de existencia fijo y ordenado. El dinero de unatraducción representaba la comida, al anochecer, en una tabernafrecuentada por las gentes del «oficio», periodistas de escaso sueldo,jóvenes de abundosas melenas y suelta corbata, que hablaban mal detodos, entreteniendo así la espera impaciente de una hora de celebridad.No eran gran cosa estos banquetes; pero ¡cómo pensaba en ellos los díasen que le faltaban el trabajo y la esperanza de nuevas traducciones!Transcurrían para él, en la redacción, las horas de la noche en continualectura, sintiendo al mismo tiempo en el estómago los retortijones delhambre.

Algunas veces, al ver que las letras danzaban ante sus ojos y sucabeza parecía rodar, como si repeliese toda idea, sentía deseos delucha, feroces anhelos de herir a alguien.

Entonces iniciaba discusionesfilosóficas, acabando por burlarse de los ideales políticos delperiódico, únicamente por el placer de aplastar con sus paradojas y consu cultura esgrimida cual una maza a todos aquellos ignorantes ¡ay! quehabían cenado.

Maltrana, en estas noches de silenciosa y reconcentrada hambre, veíaentrar, como mensajeros de alegría, a ciertos correligionarios de fuerade Madrid, ganosos de dejar buen recuerdo en la redacción.

—¡A ver! Que traigan café para los chicos... y todo lo que quieran.

Y los «chicos» devoraban la tostada bien cargadita de manteca, apurabanhasta la última gota del líquido negro y de la leche contenida en lascafeteras, y prendían fuego al cigarro de medio real, último ydefinitivo rasgo de generosidad. Maltrana, ebrio de café y de manteca,lo veía todo más hermoso, con repentina iluminación, al través de lanube azul del tabaco, y rompía a hablar de filosofía y literatura conjuvenil vehemencia, asombrando a aquellos señores forasteros, quepresentían en él a un futuro grande hombre, y ¡quién sabe si a ungobernante de cuando llegase «la nuestra»!...

Las noches que faltaba este socorro extraordinario, Maltrana, con lacabeza entre las manos, fingiendo leer una revista extranjera, seguíacon mirada ansiosa las idas y venidas de don Cristóbal, el propietariodel periódico, un buen señor francote y paternal, sin otraspreocupaciones que su diario, la revolución que no llegaba nunca y eldeseo de que reconociesen todos sus sacrificios por «la idea».

Homero... ¿un cigarrito?...

Homero era Maltrana. Cada mes le colgaban un nuevo apodo los muchachosde la redacción, abominando de su cultura, que «les cargaba», yafirmando que, con toda su sabiduría, era incapaz de escribir la crónicade un suceso o pergeñar un crimen interesante. Primero le habían apodado Schopenhauer, por la frecuencia con que citaba a su filósofo favorito;después Nietzsche; pero estos nombres eran de difícil pronunciación, yuna noche que Maltrana, aislado de la realidad, osó recitar en griegoalgunas docenas de versos de la Ilíada, acordaron todos llamarle Homero para siempre.

El buen Homero aceptaba agradecido los cigarrillos de don Cristóbal,el cual le admiraba como sabio, aunque reconociendo que no servía nipara ordenanza de la redacción. Fumando entretenía la espera angustiosade las primeras horas de la madrugada, el momento de las larguezas delpropietario. El buen señor, al sentir ciertos desfallecimientos delestómago, incluía generosamente en su necesidad a todos los muchachos.Unas veces era carnero con judías, guisado en la taberna cercana; otras,una cazuela enorme de bacalao con patatas, que a Maltrana le parecíaesplendorosa como un astro entre las nubes de periódicos que llenaban lamesa y bajo la fría luz de las bombillas eléctricas.

—A ver, señores, ¿quién me hace oreja?—decía don Cristóbal con gestosde padre—. Que traigan pan y vino para todos... Homerito, acércate ymete la uña. A tu edad siempre hay apetito, y tú debes andar algoatrasado.

Homerito metía la uña, al principio con timidez; pero los primerosbocados despertaban la bestia rampante adormecida en su estómago, y paraamansarla la echaba alimento a toda prisa, temiendo ser devorado porella si retrasaba el envío. Al bondadoso protector le hacía gracia elhambre voraz de aquel muchacho feo. ¡Ah, la juventud! ¡Envidiableestómago! Viéndole, sentía nuevas ganas: Homero era su aperitivo.

Y Maltrana, una vez limpia la cazuela y devoradas las últimas migas,bebíase dos vasos de vino, ascendiendo de golpe a la alegría digestivade las últimas horas de redacción, las mejores de la noche.

Sólo entonces hablaba Homero de política, compartiendo las ilusiones yesperanzas de los demás. Vendría la deseada... «la nuestra»; y entonces,o no había justicia ni vergüenza, o don Cristóbal sería ministro delprimer gobierno que se formase. Pero el aludido rechazaba este honor consonriente modestia. Maltrana, para animarle, se incluía en el triunfo.El también sería algo, ¡qué demonio!... Se contentaba con una dictadurasobre la instrucción pública, para desasnar el país a palos. Cada uno asus aficiones.

Y el buen Homero describía, entre las risas de los compañeros, suentrada en la Biblioteca Nacional al día siguiente de la revolución,seguido de un piquete de ciudadanos. ¡A formar todo el personal! Losbibliotecarios, que le conocían por haber sostenido con él más de unaltercado, esperaban su sentencia trémulos de miedo.

Ahora pagarían susembustes siempre que se les pedía un libro moderno: el negar suexistencia o el afirmar que lo tenía otro lector entre manos; aqueldeseo de que no se leyesen mas que obras rancias, de inútil erudición,mamotretos enojosos que repelían a la gente, quitándola los deseos deinstruirse. A culatazos bajaba la escalinata el rosario de prisioneros,y el dictador los colgaba sin piedad de los árboles de Recoletos, con uncartelón en el pecho: «Por traidores a la cultura y fomentadores de labarbarie pública...» Sin salir del edificio, se daba una vueltecita porlos salones del Arte Moderno y entraba a saco en este hospital demonstruos, horrendo almacén de fealdades y ñoñerías históricas. Salvoraras excepciones, todos los cuadros eran arrojados por las ventanas,formándose con ellos una gran hoguera. Los alumnos de Bellas Artes, pororden del dictador, habían de saltarla en señal de alegría por ladesaparición de tanto mamarracho.

Después, con su escolta de implacables ejecutores, se llegaba al Museodel Prado.

Llamada y tropa al personal y discurso que ponía los pelos depunta. Había llegado el momento de dar fin a la eterna zarabanda, a lainterminable clasificación, a los nuevos arreglos que tenían en perpetuomovimiento las obras artísticas, desorientando al público y haciéndolevagar de uno a otro salón como en un dédalo. Al primero que moviese desu sitio un cuadro o una estatua, un tiro en la cabeza: he dicho. Y Homero terminaba su excursión revolucionaria cerrando para siempre elTeatro Real. ¡Viva la música! ¡Abajo la ópera! Los aristócratas queconversasen libremente en sus salones, sin el runrún enojoso de laorquesta; que lucieran sus joyas sin tomar el arte como alcahuete dellujo. Los antiguos mozos de cordel que ganan millones por tener en lalaringe la enfermedad del tenorismo, las señoritas de bata blanca ycabellera suelta que se hacen las locas entre fermatas y gorgoritos, asu antiguo oficio o a coser a máquina. De volver a titularse artistas,sufrirían la pena que marca el Código por falsedad de estado civil. Losmúsicos faltos de sueldo y los cantantes modestos y fervorosos seríanmantenidos por el Estado, dando cada noche un concierto gratuito, deasistencia obligatoria, en los diez distritos de la capital, porriguroso turno.

Y tras estas reformas insignificantes, Homero tomaba asiento en susillón de dictador, acometiendo la gran reforma: el examen general detodos los maestros de escuela; la revisión de la mentalidad de todos loscatedráticos, pero de un modo implacable, sin entrañas, como pudierajuzgar un inquisidor. Profesores de Universidad descendían a sermaestros de aldea; la gran mayoría de los preceptores rústicos recibíanla cesantía y un pedazo de tierra inculta para que la arasen, dando asínatural expansión a sus verdaderas facultades. Muchos desgraciados contalento, que titubeaban en las avenidas de la vida, no sabiendo quécamino tomar, entraban en el magisterio, dignificado y elevado a primerafunción nacional. El más humilde maestro de España tendría mayor sueldoque un canónigo...

Así hablaba Homero, entre las risas de sus camaradas, dejandomodestamente a los grandes hombres de «la idea» que arreglasen otrosproblemas: el del estómago y el de la conciencia. El a lo suyo, a pulirla inteligencia nacional; y una vez bien montada la máquina deldesasnamiento, todo aquel que llegase a los veinte años sin haberseaprovechado de estas facilidades para la cultura, sería expulsado delterritorio hispano, para que poblara el África.

El terrible dictador, al salir a la calle poco antes de amanecer, caíade golpe en la realidad. El frío, colándose bajo el sutil macferlán,hacía temblar al fusilador de bibliotecarios e implacable destructor demuseos. El tirano sentía aguzarse de nuevo su apetito con el fresco delalba, y aceptaba del director o de cualquier compañero en fondos unataza de soconusco con media docena de «bolas». Iban a la chocolatería dela calle de Jacometrezo, sentándose junto a las paredes de azulejosfríos, ante unas vidrieras abiertas de intento para que reventasen depulmonía todos los golfos que esperaban la mañana en torno de lasprimeras mesas.

Allí, mojando buñuelos en el fangoso líquido de la taza, sentía renacerotra vez sus esperanzas, aunque menos intensas que en el ambiente cálidode la redacción. El sería algo; él subiría alto. Siempre que llenaba elestómago, sentíase animado por una fe ciega en su destino. Y con talesesperanzas, emprendía la caminata hacia los Cuatro Caminos, para reposaren el camastro todavía caliente.

Mientras llegaba el momento de la ascensión, su vida no podía ser mástriste. En vez de ingeniarse, como le aconsejaba su padrastro, paraconquistar el pan, leía y leía por el gusto de saber, como un gran señorque tuviera asegurada la existencia y todos sus caprichos. Cercenaba sualimento para poder pagar con retraso las cuotas del Ateneo.

La vida sinlectura de revistas, sin conocer lo que se pensaba en Europa, le parecíaintolerable.

Perdía las noches enteras en la redacción, y rara vez cogía una pluma.Al principio, le habían encargado que redactase sucesos, que inflasetelegramas. El director se interesaba por él: deseaba incluirle en laplantilla de la casa y que gozase de un sueldo igual al de un guardia deConsumos. Pero pasó una noche rompiendo cuartillas y dando paseosnerviosos para relatar un incendio, y al fin hubo de transmitir elencargo a un golfillo de la casa que no sabía escribir un renglón con suortografía. Le dieron telegramas para que los ampliase, y los redactócon menos palabras que el original.

Era un espíritu superior, incapaz detan bajas funciones. Un día en que, por ausencia del director, leencargaron el artículo de fondo, llenó tres columnas de prosa razonadoray fría, resultando de ella, después de examinar y pesar todo loexistente, tan malo y defectuoso el ideal defendido por el periódicocomo el régimen de los gobernantes actuales.

El tal Homero, según decía el propietario, era un manzanillo delsaber. Mataba todo lo que cubría con su sombra. Le dieron libertad paraque escribiera a su capricho, y publicó tres artículos sobre Ruskin y labelleza artística, sobre Nietzsche y el imperialismo, y acerca de lasarmonías y desarmonías entre el socialismo y las doctrinas de Darwin yHæckel. Meses después aún reían en la redacción de aquellas columnas deprosa espesa y mate que nadie había leído hasta el fin. Don Cristóbalafirmaba con grave sorna que el diario había estado próximo a perecer, yque los lectores amenazaban con una huelga si se publicaba otro artículode Homero. ¡Ir con tales galimatías al respetable público, que lo quedesea es que llamen morral al presidente del Consejo de ministros o quelos diputados les mienten la madre a los señores del banco azul!...

Maltrana, declarado inservible, sin esperanzas ya de conquistar losquince duros mensuales que le habían hecho entrever antes de su fracaso,seguía asistiendo puntualmente a la redacción. ¿Adónde ir?... Allíencontraba quien le escuchase, aunque con gestos irónicos; algunas veceshasta alababan su cultura, llegando a confesar que tenía cierto talento,pero que estaba chiflado. Además, él reconocía su gran defecto, el malde su generación, en la que un estudio desordenado y un exceso derazonamiento había roto el principal resorte de la vida: la falta devoluntad. Era impotente para la acción. Estudiaba ávidamente y no sabíasacar consecuencia alguna de sus estudios. Pasaba las noches hablando;las paradojas surcaban su charla como cohetes de brillantes colores;pero sentíase incapaz de fijar con la pluma ni una pequeña parte de lasideas que se le escapaban en el chorro de la conversación.

Y permanecía inmóvil, atascado en su camino, sabiendo que perdía eltiempo, que equivocaba el curso de su vida, sin ánimo para intentar unesfuerzo, confiando en un extraño fatalismo que había de sacarle del malpaso, seguro de la llegada de un acontecimiento extraordinario que learrancaría de los relejes en que estaba hundido, sin que tuviera queponer nada de su parte.

Aquella mañana era de las más alegres para el joven. Tenía dinero; lanoche anterior había cobrado trece duros de una traducción, sintiendocon cierto deleite el peso del puñado de plata junto a su estómago, queaún conservaba el calor y el bienestar del buen trato reciente. Habíacenado en la taberna, asilo de los días felices, los platos mássuculentos, dándose, además, el gusto de pagar el matinal chocolate alos compañeros de redacción, asombrados de tanta riqueza.

El buen amigo del fielato, que todas las madrugadas le ofrecía uncigarro y una parte de su café, atrajo igualmente su generosidad. Queríaobsequiarle, hacerle partícipe de su opulencia, y casi a la fuerza lellevó al ventorrillo, detrás del fielato. Tomaría una taza de té, unacopa, lo que fuese de su gusto: hora era que admitiese algo de él.

Los dos quedaron junto a la puerta de la tabernilla, esperando que lessirviesen, sin querer penetrar en su ambiente pesado y nauseabundo.

A espaldas del fielato, en el