Get Your Free Goodie Box here

La Gloria de Don Ramiro - Una Vida en Tiempos de Felipe Segundo by Enrique Larreta - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.
index-1_1.jpg

BIBLIOTECA DE «LA NACION»

ENRIQUE LARRETA

L A G L O R I A

DE

D O N R A M I R O

UNA VIDA EN TIEMPOS DE FELIPE SEGUNDO

EDICIÓN DEFINITIVAMENTE CORREGIDA POR EL AUTOR

BUENOS AIRES

1911

Este libro fue comenzado por el autor en diciembre de 1903 y entregado ala imprenta el 24 de julio de 1908.

Es propiedad del autor y queda hecho el depósito que marca la ley.

Imp. de LA NACIÓN.—Buenos Aires

PRIMERA PARTE

o I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X, XI, XII, XIII, XIV, XV, XVI, XVII,

XVIII, XIX, XX, XXI, XXII, XXIII, XXIV, XXV, XXVI, XXVII,

XXVIII, XXIX, XXX

SEGUNDA PARTE

o I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII

TERCERA PARTE

o I, II, III, IV, V

EPILOGO

PRIMERA PARTE

I

Ramiro solía quedarse hasta la noche en el último piso del torreón,escuchando los cuentos y parlerías de las mujeres.

Allí terminaba la tiesura solariega. Allí se canturriaba y se reía. Allíel aire exterior, en los días templados, entraba libremente por lasventanas, trayendo vago perfume de fogatas campesinas y el sordo rumorde los molinos y batanes en el Adaja.

¡Qué holganza para el niño hallarse lejos de la facha torva del abuelo,y encima de aquellas cuadras silenciosas del caserón, donde seacostumbraba encender velones y candelabros durante el día! Cuadras sóloanimadas por las figuras de los tapices; fúnebres estrados, brumosos desahumerio, que su madre, vestida siempre de monjil, cruzaba como unasombra.

Las criadas le querían de veras. Todas miraban con respetuosa ternura alpárvulo triste y hermoso que no había cumplido aún doce años y parecíallevar en la frente el surco de misterioso pesar. Todas rivalizaban encomplacerle, en agasajarle.

Durante el trabajo, entre el zumbo de las ruecas, se hablaba de cosasfáciles que él comprendía, y, casi siempre, al anochecer, se contabanhistorias. Añejas historias, sin tiempo ni comarca. Unas sombrías, otrasmilagreras y fascinadoras. Consejas de tesoros ocultos, de agüeros, deprincesas, de ermitaños. Una vieja esclava, herrada en la frente, sabíacuentos de aparecidos. Ramiro la escuchaba con singular atención, cadavez más goloso de pavura y de misterio.

La estancia era un vasto recinto que ocupaba casi todo el plano de latorre. Las vigas no habían perdido el oro de la añosa pintura, y la fajade escudos nobiliarios, que corría en lo alto de las cuatro paredes,lucía intacto su tinte de gules y sinople. En el rincón más obscurodormía un antiguo telar descompuesto. No se había pensado nunca enrepararlo, y se le dejaba apolillar y cubrirse de telaraña, conservandotodavía entre sus maderos, los hilos de una estameña comenzada, quizá,en el reinado anterior.

En el grosor de las paredes, cada ventana formaba un hueco profundo, consendos poyos de piedra. Ramiro se sentaba de costumbre sobre uno deellos, y pasaba las horas largas mirando hacia afuera, con el codoapoyado en el alféizar.

Una de las ventanas, la que abría hacia el nordeste, dominaba casi todoel caserío.

Desde aquella altura, Avila de los Santos, inclinada haciael Adaja y ceñida estrechamente por su torreada y bermeja muralla, másque una ciudad, semejaba gran castillo roquero. El niño oteaba loscorrales y los patios, el interior de los conventos, el caparacho de lasiglesias. A corta distancia, en el sitio más eminente, la catedrallevantaba su torreón de fortaleza, almenado y pardusco.

Desde la otra ventana se disfrutaba de una vista grandiosa: elValle-Amblés, toda la nava, toda la dehesa, el río, las montañas. Fuerade los sotos ribereños, la vegetación era escasa. Raras encinas, negrasa distancia, moteaban apenas los pedregosos collados. Paisaje de unacoloración austera, sequiza, mineral, donde el sol reverberabaextensamente. Paisaje huraño y apacible como el alma de un monje.

Vivo resplandor revelaba a trechos, entre fresnos y bardagueras, elcurso del Adaja, esparcido sobre la arena como galón de plata que sedeshila. En el fondo, la sierra de Avila levantaba sus picos más altoschapados de nieve. De ordinario, un bulto de nubes asomaba por detrásde la Serrota o del Zapatero, como vapor de una olla, sombreando lospicachos y suspendiendo sobre la falda largos vellones horizontales.

Aquella tarde las mujeres aderezaban ropas de iglesia. Sentadas enredondeles de esparto, extendían sobre el suelo las viejas vestiduras,cambiando el hilo desdorado, rehaciendo la raída guirnalda, el símboloeucarístico, la orla de santos; y, a veces, también, alguna alcoránicaleyenda deslizada en la estofa por el obrero morisco. Era un trabajopiadoso. Aquellos ternos y frontales pertenecían a los conventos.

Losmonjes aseguraban que cada puntada equivalía para Dios a una cuenta delrosario.

Había góticos terciopelos que se plegaban angulosamente, terciopelosacartonados y finos del tiempo de Isabel y Fernando, donde una líneasegura iba inscribiendo el tenue contorno de una granada sobre el fondoverde o carmesí; donosas telas de plata que parecían aprisionar entre laurdimbre un viejo rayo de luna; brocados y brocateles amortecidos por elpolvillo del tiempo, a modo de vidrieras religiosas. El resplandor delponiente prestaba rara vislumbre a todos aquellos ornamentos, iluminandode soslayo las sedas multicolores, cuyos tintes vinosos habían maduradocomo zumos añejos en los cajones de las sacristías.

La luz se apagaba en el cielo. Soplos de sombra cenicienta parecíanllegar del exterior y posarse en la estancia. Ramiro, asomado a una delas ventanas, miraba morir el crepúsculo. En el fondo de las callejas yaera de noche.

Purpúreo reflejo bañaba en lo alto las almenas de la muralla, prestandoun rubor de coral al tronco de uno que otro pino en los huertos. Laventana de una casa frontera acababa de alumbrarse, y veíase ir y venir,por delante de la luz, la sombra de un hidalgo que rezaba sus Horas.Vasta tristeza flotaba sobre la ciudad guerrera y monacal, y, en mediode aquel recogimiento, el niño creyó escuchar un coro lejano, un himnoalucinante. Eran acaso las monjas agustinas. Por momentos, un hálitosagrado parecía pasar entre las voces y estremecerlas como llamas decirios.

Ramiro recordó las descripciones que su madre le hacía del Paraíso y delPurgatorio.

Casi todas las tardes, antes del toque de oraciones, se presentaba en lacuadra un viejo escudero. El ruido de sus botas en los peldaños erainconfundible. Sin embargo, el hombre aparecía de sorpresa, abriendo lapuerta de un puñetazo. Luego, levantando por detrás, con la punta delespadón, bufonamente, la capa, se quitaba el chapeo y, haciéndole barrerel piso con la pluma, saludaba de esta guisa a las mozas, cual si fueraninfantas de España. Un arcón, forrado de bayeta amarilla, le servía deasiento.

Cuando traía las botas enlodadas acercábase al brasero parasecarse las suelas.

Era natural de Turégano, en Castilla la Vieja. Siendo muy niño, habíadado muerte, con una navaja, al hijo de un alguacil. Después de cuatroaños de cárcel, como sus padres quisieran colocarle en una tienda deplatero, se desgarró para siempre. Su repugnancia por todo oficiomecánico y un exceso de voluntad errabunda le arrojaron por el caminosoldadesco. Más de la mitad de su vida la pasó sirviendo al EmperadorCarlos Quinto y al actual monarca Don Felipe Segundo, en los galeones ygaleazas armados a la ligera para tomar represalias sobre los pueblosdesprevenidos o caer de improviso sobre algún cargamento del turco.Conocía las islas del Levante y los menores recovecos de los golfos.Soldado y marino a la vez, la sarna, las bubas, las enfermedadesvergonzosas que se toman en los puertos, las heridas de pica, de espada,de saeta, las porradas y quemaduras de los asaltos, fueron las especiasen que se guisó de continuo su azarosa ventura. Había estado dos veces apunto de morir en la horca. El año 1560 cayó prisionero del turco, enlos Gelves. Llevado a Constantinopla, y puesto al remo de una galeraque cargaba materiales para el Palacio del Sultán, fue uno de los quemataron a los guardas a pedradas, huyendo a Sicilia con el bajel.

El hábito del acecho continuo y de los ataques súbitos como picotazos,había dejado un gesto de resolución instantánea en sus ojos enérgicos.Ojos grises de ave de presa, pupilas duras donde chispeaba todavía labrasa de su orgullo, como en los tiempos en que arrastraba suscastellanas espuelas por las losas de Nápoles.

Era su historia una ristra de hazañas más o menos honrosas; pero, llenode altiva indolencia, no buscó nunca salir de la clase de soldado,calzando a la vejez el guante escuderil y acogiéndose a la tareatranquila de acompañar por las calles a las señoras de la nobleza.

A más de los lances de su propia existencia, contábales a las criadasretazos de libros de caballerías, así como también tradiciones fabulosasde Avila y Segovia. Sabía canciones de barberos y caminantes, toda lavida en verso del moro Abindarráez; e innumerables letrillas que cantabacon áspera voz, al son de una vihuela, dándose vuelta los párpados pararemedar a los ciegos.

Fiera y pálida cicatriz señalaba en lo alto su frente bronceada por elmar.

Aquella tarde, apenas se hubo sentado en el cofre y puesto a referiralgunos comadreos del mercado, una de las mozas, pasándose ella misma eldedo sobre las cejas, le preguntó:

—Decí, seor Medrano: ¿quién os labró esa guirnalda?

El escudero bajó un momento los ojos sin responder, y sacando de suescarcela de badana un lienzo encarnado, sonose con él las narices.Dicho movimiento era a veces el anuncio de prolija narración.

El niño, apoyado ahora en la rodilla del antiguo soldado, jugaba con suespada, como de costumbre, tanteando los filos, curioseando las manchasde la hoja, o blandiéndola ante sí, con infantil arrogancia; pero aladvertir la expresión pensativa del hombre, hincó el acero en el pisoy, apoyando ambas manos en la gruesa empuñadura, se dispuso aescucharle.

Medrano comenzó de mal gesto. Era un antiguo episodio del desastre delos Gelves.

Hablaba despacio, con acento semejante al son de un atambordestemplado, y más de una vez sus ojos se humedecieron al recordar lasvergüenzas de aquella jornada.

Describía el desorden y la fuga de las naves cristianas al presentarsede improviso la armada turquesca. Estas encallaban en los bajíos;aquéllas, por querer escapar velozmente, quebraban sus entenas; otras seentregaban sin combatir. El, para bien de su honra, se hallaba en elfuerte. ¡Contaba entonces los horrores del asedio, las enfermedadesdesconocidas, las heridas monstruosas, el hambre, la sed! Habló desoldados que se escapaban de noche para comerse los cadáveres de losturcos; de mujeres enloquecidas, arrancándose unas a otras los pechos amordiscos; de madres españolas que se arrojaban con sus criaturas de loalto de las murallas. Cuando el General don Alvaro de Sande obró sufunesta salida, él fue de los escogidos para acompañarle.

Habíase puesto de pie para describir mejor aquellos instantes de luchadesesperada.

—Ya íbamos llegando a las galeras—decía.—Los moros escopeteros,después de consumir toda la pólvora, no podían ofendernos, atajados pornuestras picas; pero uno de ellos, cosa de no creerse, hincose él mesmoen el vientre la mía, y dando de esta suerte varios pasos ensartado,como lo digo, logró llegarse hasta mí y alargarme,

¡pesia a tal!, unacuchillada bien bellaca en la frente. ¡Dejemos esto!—exclamó por fin,con el semblante alterado por el rencor, y sentándose otra vez en elcofre.

Una de las criadas canturrió:

¡Los Gelves, madre, no son buenos de tomar!

Pero el antiguo soldado agregó sin oírla:

—¡Cuándo verase libre la cristiandad de estos aliados del Demonio! Alas veces me digo: ¿quién otro, llegado el caso, logrará contenellosagora que falta don Juan, el de Lepanto?

Al escuchar aquella última frase, Ramiro, apartándose del escudero yalzando la espada, repuso con asombrosa expresión:

—Cuanto a eso, yo he de hacer lo mesmo que el don Juan, si el Rey meseñala.

Algunas criadas se sonrieron, y el niño, mirándolas en el rostro,exclamó nuevamente, golpeando con el pie en el solado:

—¡Yo he de hacer lo mesmo, digo e aún más he de hacer, con la ayuda deDios e la Virgen!

Entretanto, a su espalda, la puerta de la escalera acababa de abrirse yuna hermosa mujer, extremadamente pálida, toda vestida de negro,penetraba en la estancia. Era doña Giomar, la madre de Ramiro. Sus ojosfosforescían en la penumbra como humedecidos por lágrimas recientes, ysu voz, de un timbre demasiado bajo tal vez, moduló con severa dulzura:

—Ya os he dicho otras veces, Medrano, que Ramiro no ha menester destosalardes.

¿Por qué le habéis dado la espada?

El niño, volviendo el rostro hacia ella, se adelantó a responder:

—Ese no quería, madre, e yo se la tomé con engaño.

—Otras serán, hijo mío—repuso entonces la llorosa mujer—, las armasque has de esgrimir cuando entres al servicio de Dios y de su SantaIglesia; y harto mejor estuviera agora en tus manos algún libro dereligión que no ese hierro.

Callose un instante, y el niño, viéndola llevarse a los ojos elestrujado pañizuelo, soltó al punto la espada, y corriendo hacia ella,

—¿Por esto lloráis?—la preguntó.

—No, hijo mío—repuso la madre, dominada por la congoja.—Conduélemeuna nueva triste por demás. Ya no volveremos a ver a la Madre Teresa deAhumada...

Entró en el gozo del Señor, como una santa, antiyer, en Albade Tormes.

Un murmullo de ayes y suspiros se levantó en la obscuridad de laestancia. Algunas mujeres sollozaron.

El sol acababa de ocultarse, y blanda, lentamente, las parroquiastocaban las oraciones. Era un coro, un llanto continuo de campanascantantes, de campanas gemebundas en el tranquilo crepúsculo. Hubiérasedicho que la ciudad se hacía toda armoniosa, metálica, vibrante, yresonaba como un solo bronce, en el transporte de su plegaria.

Doña Guiomar, dejándose caer de hinojos, entonó en alta voz las palabrasdel Angelus. Todos, imitando su movimiento, se dispusieron aresponder.

El escudero balbuceó las avemarías alzando el rostro y juntando laspalmas como los niños.

Las ventanas, abiertas, dejaban penetrar una paz penumbrosa y el primeraliento somnífero de la noche.

II

Íñigo de la Hoz y su hija Guiomar se establecieron en Avila el año de1570, viniendo de Valsaín, junto a Segovia, donde tenían su heredad. Elviaje se resolvió bruscamente, y, una mañana lluviosa de octubre, lacarroza de hule verdusco, sin cascabel ni sonaja en las colleras,penetró en la ciudad, por la Puerta del Mercado Grande, como una horadespués de la salida del sol.

Desde entonces el padre y la hija llevaron en Avila una vida demisterio, saliendo sólo muy de mañana, en sillas cubiertas, paraasistir, cada cual por su lado, a la misa de alba, en alguna de lasiglesias vecinas.

El antiguo solar en que se alojaron, y que junto con trescientas fanegasde tierra, en el Valle-Amblés, heredó el hidalgo de su mujer doñaBrianda del Aguila, estaba situado sobre una plazuela, a pocos pasos dela Puerta de la Mala Ventura.

Cuadrado torreón de sillería se levantaba en el ángulo sudeste,recortando sobre el cielo su imponente corona de matacanes y morunasalmenas. Era una mole altanera y fosca, manchada a trechos de una costrarojiza semejante a la herrumbre. Estrechas ventanas de prisión laagujereaban al azar, y una perlada moldura, que parecía simbolizar elrosario, ornaba la base de las cuatro garitas y uno que otro antepecho.El resto del caserón era ruin y semibárbaro. Grandes piedrasirregulares, retostadas por el sol, asomaban entre la argamasa de losmuros. Cerca del suelo, una oblicua saetera, semejante al ojo de enormecerradura, había servido en otro tiempo para defender la puerta aflechazos. Las rejas eran toscas y tristes.

La portada abarcaba casi todo el ancho de la torre. Era una de esasportadas enfáticas y señoriles, tan comunes en Avila de los Caballeros.Formaban el dintel inmensas dovelas de un solo trozo, abiertas ensemicírculo y encuadradas por gótica moldura rectangular. A uno y otrolado, en cada una de las enjutas, un escudo esculpido alternaba en suscuarteles los blasones de las principales familias avilesas: elpajarraco de los Aguilas, los roeles de los Blázques, la cabria y elmazo de los Bracamontes. Hermosos clavos tachonaban el maderaje de lapuerta, y un cincelado aldabón, arrancado quizá de algún alcázarandaluz, colgaba del postigo. Hacia la derecha, otra aldaba más altaservía para llamar desde el caballo sin apearse. En el zaguán, frente auna Virgen de bulto, con el Hijo muerto en las faldas, ardíacontinuamente un farolillo.

El patio era un espacioso rectángulo, encuadrado por claustralesgalerías, sin más ornamento que los grandes escudos nobiliarios labradosen los chapiteles. Tupida y alta maleza crecía por doquier, respetando,tan sólo, uno que otro espacio cubierto por restos de quebradas losas,que, así esparcidas entre la hierba, hacían pensar en el osario deruinoso convento.

El hidalgo no pensó nunca en reparar el abandono de aquel recinto, dondeél mismo se holgaba, como en inculta campiña. Unas veces iba y veníabajo el sol, espantando a su paso las mariposas; otras, pasábase horasenteras asomado al viejo pozo de carcomido brocal, cavando pensamientosy contemplando, a la vez, su propio rostro que el agua reflejaba en suespejo circular y profundo. Aquellas galerías parecían aprisionar parael anciano pertinaces memorias; y el aire mismo se inmovilizaba entreellas, como impregnado de quietud monacal y campesino silencio.

El padre y la hija sólo habitaban el piso alto del caserón. La majestady la incuria reinaban a la par en las estancias. A lo largo de laspolvorientas paredes, donde los tapices flamencos desplegabanobscuramente sus fábulas, pendían o se apoyaban viejos retratos defamilia y toda clase de muebles señoriles, unos hallados en la casa yotros traídos de Valsaín por el hidalgo. Cuando se caminaba por losestrados, las baldosas, rotas o sueltas, resonaban bajo las alfombras deTurquía. Sobrecielos de tela de oro y brocatel, que hacinaban polvo ytelaraña en sus pliegues antiguos, ornaban los lechos hereditariosroídos por la carcoma. Las ventanas se abrían rara vez; pero ricospebeteros de plata disimulaban el hedor hongoso y ratonil con suincesante sahumerio.

Encerrado desde el amanecer hasta la noche en la librería del palacio,don Íñigo dejaba deslizar las horas muertas, meditando o leyendo. Habíatraído de Segovia gran acopio de cronicones de España, mucho libro decaballerías, no pocos de devoción, Las Epístolas de Séneca, DeOficiis de Cicerón, un Salustio, un Valerio Máximo, un Virgilio yalgunos tratados de matemática celeste, a más de una esfera armilar conzodíaco de bronce. Agregábanse los impresos y manuscritos que fueencontrando en la casa, y entre los cuales aparecieron varios librotesarábigos, que hizo quemar al pronto, en medio del patio, en presencia deun canónigo de la Iglesia Mayor.

Al poco tiempo los volúmenes se amontonaron sobre el suelo. Cuerpo queel hidalgo tomaba en sus manos casi nunca volvía a los estantes. ¿Paraqué? ¡Le quedaban tan pocos años de vida! Los ataques de gota serepetían, cada vez más próximos, y un mal oculto y febril le ibadesecando el húmedo radical y rebutiendo los hipocondrios. A veces elsopor le vencía, y su boca entreabierta dejaba escapar un balbuceo depesadilla, como si la calor del sueño hiciera bullir en su cerebro lasrepresentaciones de su pasada existencia.

Vestía siempre de negro o de pardo, sin otra gala que la venera de oro yla roja espadilla de Santiago, bordada en todos los sayos y ferreruelos.En invierno, para ajustarse a la antigua regla de su orden, sólo usabahumildes pieles corderinas.

Ayunaba dos cuaresmas al año: una, desde eldía de Quatour Coronatorum hasta el día de Navidad; otra desde elDomingo de Carnestolendas hasta la Pascua de Resurrección.

Era su cuerpo menudo, su rostro cetrino y como hecho de raigambre. Elcorto bigote, negro todavía, contrastaba con su barbilla cenicienta. Susojos eran vidriosos, monásticos, tristes. Su humor sombrío. Creíadescender de un rey de Aragón, y hacía remontar su apellido,etimológicamente, hasta un cónsul romano. El libro becerro de Segovianombraba siempre algún antepasado suyo en las anuales correrías de loscaballeros contra los moros de Jaén, de Sevilla, de Andújar.

Hasta los cincuenta y dos años de edad, despreciando todo trabajo comoindigno de sus manos hidalgas, y viviendo exclusivamente de los censosde sus tierras y de los escudos de oro que, uno a uno, iba sacando de uncofre, llevó una vida ociosa y retirada en su posesión de Valsaín o ensu «Casa de los Picos» en Segovia, sin más accidente de bulto que susbodas con una dama de ilustre familia abulense que, un año después decasada, murió de sobreparto. Pero apenas estalló la rebelión de losmoriscos, a fines de 1568, don Íñigo, sintiendo hervir en su sangre elatávico rencor, reunió un día en su casa a sus amigos y parientesdemostroles con elocuentes razones el imperioso deber de ayudar alsoberano contra aquellos perros infieles.

Muchos resolvieronacompañarle. Volcó entonces gran parte de su hacienda para armar, a sucosta, una verdadera mesnada, como los infanzones antiguos.

A las órdenes del Marqués de Mondéjar, señalose en las refriegas por unacólera irrefrenable, que más de una vez pudo costarle la vida,arrojándole completamente solo entre los enemigos, en la saña de laspersecuciones. Predicaba la guerra sin cuartel y la castración general.

El fue quien hizo descubrir al famoso caudillo Aben-Djahvar, por mediode espantosos tormentos, dos escondites de armas en Sierra Nevada.

En el paso de Alfajarali recibió en medio de la frente el puntazo de uncuchillo corvo que un morisco, de aquellos que peleaban coronados derosas en señal de martirio, le arrojó desde lejos. Pero, en lo más rudode la campaña, tuvo que retirarse a su heredad, desarzonado por unterrible ataque de gota, recibiendo poco después el hábito de Santiago,en pago de sus servicios.

Hasta los últimos años de su vida solía consolarse de sus mayorespesares recordando los episodios de aquella fiera vendimia de laAlpujarra.

Había heredado de sus mayores el sentimiento heroico de la honra y unseñoril desprecio por todos los afanes del interés y del lucro. Tanto enAvila como en Segovia, desdeñando la administración personal de lapropia hacienda, entregola por entero, con las llaves de sus arcas y lasfunciones de maestresala, a un mayordomo flamenco, cuya probidad creíaasegurar, de tiempo en tiempo, mediante alguna demostración caballerescade confianza y uno que otro aforismo de las Partidas. Fuera del vino deMadrigal, guardado en pellejos taberniles, no se hallaba provisiónalguna en la casa, y, continuamente, los criados salían a mercar acrédito en la vecindad lo que se iba necesitando.

Las angustias de dinero no tardaron en sobrevenir; pero el hidalgo, cuyaaltivez no aceptaba las humillaciones de la economía, fue empeñando unoa uno sus bienes a los genoveses. Si la premura era grande, hacíadescolgar un tapiz, negociar una joya o pagar ciertos gastos con laspiezas de su innumerable vajilla, cuyos platos, fundidos en las minas deAmérica, hacían fácilmente las veces de monedas enormes. El era, sinembargo, harto sobrio. Un caldo de torrezno, que se servía en una soperacon candado para defenderlo de la voracidad de los pajes, un huevo, yalgún hojaldre relleno de picadillo con pebre, bastaban a cualquiera desus colaciones. Algunos viernes, como un acto ritual, bebía una taza devino y probaba algunos bocados de cerdo, para diferenciarse de moros yjudíos.

III

Guiomar y don Íñigo se veían tan sólo a las horas de la comida y de lacena. El anciano, sentado a la cabecera, y su hija, hacia un extremo dela tabla, entre Ramiro y el Capellán, permanecían todo el tiempo sinhablarse. En medio del angustioso mutismo, cualquier rumor, el choque dela platería, las pisadas de un paje, el grito de los buhoneros en lacalle, cobraba un eco solemne.

Al levantarse, cuando la gota se lo consentía, el anciano caminabaalgunos instantes a lo largo de la cuadra. Guiomar y su hijo seacurrucaban junto al brasero. Oíase el tic-tac de un cuadrante. Nadiehablaba.

No hubiera podido decirse, al pronto, si era una aversión recóndita o undolor compartido lo que motivaba dicha reserva. Cada uno se informabadel otro por medio de la servidumbre. Para Guiomar su aposento,inmediato al oratorio, tenía austeridades de celda, y cuando cruzabalas demás habitaciones, parecía visitar una casa extraña, dejando trassí como flotante congoja. Su lozanía de otros tiempos, y el mismo brillode sus pupilas, mantenido entonces a favor de melindroso pestañeo, todohuyó prematuramente de su rostro, macerado por los pesares; y el negromonjil ahuyentó para siempre los tafetanes de colores y las graciosasbasquiñas de la adolescencia.

Antes de que cumpliera los quince años, don Íñigo la había prometido encasamiento a su primo Lope de Alcántara, con quien le ligaba, fuera deun fraternal afecto, una noble emulación en la fidelidad y elsacrificio. Era el tal Lope un caballero cincuentón de infelice rostro,y sólo adornado de las más severas virtudes. La doncella sentía por élinvencible repugnancia; pero incapaz de afrontar el ánimo recio de supadre, se resignó a ser ofrecida como tributo de aquella ejemplaramistad, que era ya citada por todos en Segovia.

Como a toda hidalgüela, vedáronla desde temprano la lectura de loslibros de caballerías, que tanto abundaban en la casa, pintándoseloscomo obras de pura vanidad y de sutil incitación al pecado. Por eso, talvez, comenzó a sacarlos, uno a uno, furtivamente, de la bibliotecapaterna y a saborearlos de noche, en la cama, a la luz de un velón,cuando todos dormían.

La impresión de aquellas aventuras estrafalarias fue para ella como unfiltr