Get Your Free Goodie Box here

Juanita la Larga by Juan Valera - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.

En resolución, combatido don Paco por harto contrarios sentimientos,aunque se propuso no desistir de la empresa que había formado de maneramuy vaga, se propuso también proceder con la mayor cautela y ser lo másladino que pudiese, aunque en estos negocios no le sucedía como en losnegocios del Municipio, y el ser ladino no era su fuerte.

Así discurriendo, pasó don Paco revista a su ropa blanca. Vio que sólotenía media docena de camisas bastante estropeadas y con muchoszurcidos. Y como esto era muy poco para él, persona de extremado aseo,que, ¡cosa rara en un pequeño lugar!, se ponía limpia tres veces a lasemana, decidió que estaba justificadísimo el mandar que le hiciesenmedia docena de camisas nuevas, que le hacían muchísima falta, ¿Y quiénhabía de hacerlas mejor que Juanita, que era la costurera más hábil deVillalegre? ¿Y quién había de cortarlas mejor que su madre, la cual, lomismo que con el mango de la sartén en la izquierda y la paleta en ladiestra, era una mujer inspirada con las tijeras en la mano y concualquier tela extendida sobre la mesa y marcada ya artísticamente conlápiz o con jaboncillo de sastre?

Al día siguiente, decidido ya don Paco, acudió muy de mañana a casa deJuana la Larga, y le mandó hacer seis hermosas camisas de madapolán conpuños y pechera de hilo, ajustándolas a treinta reales cada una. Paraganarse la voluntad y excitar el celo de ambas Juanas, les llevó donPaco, envuelto en un pañuelo y sin que los profanos viesen lo quellevaba, un cestillo lleno de fresas, fruta muy rara en el lugar, y paramayor esplendidez sacó, además, del bolsillo del holgado chaquetón quesolía vestir a diario, nada menos que tres bollos del exquisitochocolate que solía hacer doña Inés en su casa, y del cual habíaregalado a su padre una docena de bollos de cuatro onzas cada uno.

Juana la Larga, que era muy golosa y muy aficionada a que laobsequiasen, aceptó el presente con gratitud y complacencia; pero comono era larga solamente de cuerpo, sino que lo era también de previsión,y, si vale decirlo así, de olfato mental, al punto olió y caló laintenciones que don Paco traía y sobre las cuales había ya sospechadoalgo.

IX

Reza el refrán, que honra y provecho no caben en un saco; pero Juana laLarga, sobre ser honrada, rayando su honradez en austeridad para que seborrase la mala impresión de sus deslices juveniles, era además, unamatrona llena de discreción y de juicio, y sabía que el mencionadorefrán se equivocaba a menudo. Para ella, en el caso que se le acababade presentar, en vez de no caber en un saco, el provecho no podía sersin la honra, y la honra tenía que producir naturalmente el provecho.

Si Juanita se dejaba camelar a tontas y a locas, se exponía a dar altraste con su reputación y a ser el blanco de las más ferocesmurmuraciones y a perder siempre la esperanza de hallar un buen marido.Y todo ello por unas cuantas chucherías y regalillos de mala muerte.Mientras que si Juanita acertaba a ser rígida sin disgustar y ahuyentaral pretendiente, pero sin otorgarle tampoco el menor favor deimportancia antes que el cura diese en la iglesia el pasaporte para losfavores, convirtiéndolos en actos de deber y cargas de justicia, hartoposible era que don Paco se emberrenchinase hasta tal punto que entrasepor el aro, rompiendo todo el tejido de dificultades que al aro pusiesendoña Inés y otras personas, y elevando a Juanita a ser legítimamente laseñora del personaje más importante del lugar, después de don AndrésRubio, el cacique.

Con tales pensamientos en la mente, a par que con notable destreza, ydesarrollando la cinta que estaba enrollada en una carretilla, tomóJuana a don Paco las medidas convenientes. Estuvo con él más dulce queuna arropía, y aunque le dijo que no tenía que venir a su casa paraprobarse la primera camisa, porque cuando estuviese medio hecha ohilvanada se la enviaría para la prueba, le convidó a que algunasnoches, de nueve a once, cuando no tuviese nada mejor que hacer,viniese, sí quería, un rato de tertulia a su casa, porque ni ella niJuanita gustaban de acostarse temprano, y aunque estaban casi siempresolas, velaban hasta las doce. Juanita cosía o bordaba; pero como estose hace con las manos, su lengua quedaba expedita y charlaba más que unacotorra.

—Yo—añadía Juana la Larga—no coso ni bordo de noche, porque tengo lavista perdida, y así estoy mano sobre mano o paso las cuentas de mírosario y rezo. Si alguna vez está usted de mal humor, podemos echarjuntos cuatro o cinco manos de tute, que yo sé que a usted le agrada. Amí me agrada también, pero mi mala suerte y mis cortos medios no mepermiten jugarlo más que a real cada juego. Y aun así, si se le da a unamuy mal, bien puede perder veinte o treinta reales en una noche, comoquien no quiere la cosa.

Ya se comprende que don Paco aceptó el convite y fue de tertulia a casade Juana; al principio, de cuando en cuando; al cabo de poco tiempo,todas las noches. Casi siempre jugaba al tute y perdía. Sus pérdidaspodían evaluarse, una noche con otra, en una peseta diaria. Todo, noobstante, lo daba don Paco por bien empleado.

Las camisas estuvieron pronto concluidas y don Paco quedó muysatisfecho. En la vida se había puesto otras que mejor le sentasen.

No las hubiera hecho más lindas el camisero más acreditado de París. Laslustrosas pecheras no hacían una arruga; los cuellos eran derechos, a ladiplomática, y los puños muy bonitos y para los botones que en el día seestilan, Juana le regaló, en compensación de los muchos regalos que deél recibía, un par de botones preciosos de plata sobredorada que mercóen la tienda del Murciano, tienda bien abastecida, y donde, segúndicen por allí, había de cuanto Dios crió y de cuanto puede imaginar,forjar, tejer y confeccionar la industria humana: naipes, fósforos,telas de seda, lana y algodón, especiería, quesos, garbanzos yhabichuelas, ajonjolí, matalahúva y otras semillas. Casi eran los únicosartículos que allí faltaban las carnes de vaca y de carnero y toda lapasmosa variedad de sabrosos productos que resultan de la matanza ysacrificio de los cerdos.

Ya estuviesen hablando don Paco y Juana, ya estuviesen jugando al tute,Juanita rara vez suspendía su costura o su bordado; pero, sinsuspenderlos, solía tomar parte en la conversación del modo másagradable. Nadie venía a interrumpir esta tertulia de los tres, salvoAntoñuelo, que escamaba mucho a don Paco y le llenaba de sobresalto y demal humor.

Crecía este de punto porque mientras que don Paco estaba jugando al tutey Juana le acusaba las cuarenta, Antoñuelo se sentaba muy cerca deJuanita, en el otro extremo de la sala donde ella cosía, y amboscuchicheaban con mucha animación y en voz tan baja, que don Paco nopodía pescar ni palabra de lo que decían. Con esto se ponía como sobreascuas y muy alborotado y triste, sin que para ocultarlo le valiese eldisimulo.

Entonces don Paco jugaba peor: solía tener rey y caballo del mismo paloy se le olvidaba acusar veinte, o bien, si Juana le jugaba un oro y éltenía el as o el tres, se lo guardaba y no lo echaba. Así es que lasnoches en que venía Antoñuelo a la tertulia, sobre la desazón que daba adon Paco, le hacía perder un par de pesetas y hasta tres a veces.

Viniese o no viniese Antoñuelo a la tertulia, Juana la Larga estabasiempre presente. Don Pablo no hallaba modo de hablar a solas conJuanita, ni de abandonar a la madre e imitar a Antoñuelo enredándose encuchicheos con la hija.

Alguna vez que lo intentó, hablando bajo a Juanita, esta le contestóalto, haciendo la conversación general y despojándola de todo misterio.

Bien hubiera querido don Paco, cuando Antoñuelo venía, rodear las cosasde suerte que le obligase a entretener a la madre, hablando o jugando altute con ella; pero Antoñuelo aseguraba que no sabía jugar al tute ydaba a entender que nada tenía que decir a Juana.

Con frecuencia salía don Paco tan cargado de esta tertulia, que seproponía y casi resolvía no volver a ella o, al menos, ir poco a pocoretirándose. Pero ya había tomado la maldita costumbre de ir, y todaslas noches, si lo retardaba algo, empezaban al toque de ánimas ahormiguearle y bullirle los pies, y ellos mismos, pronunciándose yrebelándose contra su voluntad, le llevaban a escape y como por encantoa casa de ambas Juanas.

X

Pronto notaron todos los vecinos, cundiendo la noticia por el resto dela población, las constantes visitas nocturnas de don Paco; pero comoAntoñuelo solía ir también, y entre don Paco y Juanita había tan grandedesproporción de edad, la gente murmuradora lo explicó todo suponiendoque Antoñuelo era novio de Juanita, y que don Paco tenía o trataba detener relaciones amorosas con la madre, la cual, a pesar de sus cuarentay cinco años y de los muchos trabajos y disgustos que había pasado enesta vida, apenas tenía canas, y estaba ágil, esbelta, y aunque depocas, de bien puestas, frescas, apretadas y al parecer jugosas carnes.

La austeridad esquiva de Juana la Larga durante muchos años, desde quetuvo su juvenil tropiezo, no pudo en esta ocasión eximirla de lamaledicencia. La gente decía que al fin se había dejado tentar y lo dabatodo por hecho. Cuando veía la gente que Antoñuelo y don Paco iban a lasnueve a la casa y permanecían allí hasta cerca de las doce, no juzgabaaquella tertulia tan inocente como era en realidad, y la calificaba deamor por partida doble.

Las bromas que sobre ello dieron a don Paco algunos de sus amigos lesoliviantaron bastante.

Así es que, excitado, si bien no tenía derecho para pedir explicaciones,con más o menos disimulados rodeos, y cuando Antoñuelo no estabapresente, se atrevió a pedirlas y a indagar por qué venía Antoñuelo contanta frecuencia y de qué trataba con Juanita en sus largos apartes ycuchicheos.

Ambas Juanas, sin alterarse en manera alguna y como la cosa más naturaly sencilla, lo explicaban todo, afirmando que Juanita y Antoñuelo eranexactamente de la misma edad, se habían criado juntos desde que estabanen pañales y podían considerarse como hermanos.

Añadían ambas que Antoñuelo era travieso y muy tronera, que daba a supadre grandes desazones, que de él podían temerse mayores males aún yque a Juanita ni remotamente le convenía para novio; pero ella noacertaba a prescindir del cariño fraternal que le tenía, ni a prohibirleque viniese a verla, ni a dejar de darle buenos consejos yamonestaciones, los cuales eran el asunto de los cuchicheos.

Don Paco aparentaba aquietarse al oír tal explicación; pero en realidadno se aquietaba; y mostrando el verdadero interés que el buen nombre deJuanita le inspiraba, insinuaba que, aunque todo fuese moral einocentísimo, convenía, a fin de evitar el qué dirán, no recibir aAntoñuelo con tanta frecuencia.

Los sermones que predicaba don Paco, más que morales conducentes aobservar el decoro de Juanita, no se puede decir que fueron predicadosen desierto. Poco a poco dejaron de menudear las visitas de Antoñuelo;sus cuchicheos con Juanita se acortaron, y al fin, cuchicheos y visitasvinieron a ser raros.

Esto dio ánimo a don Paco. Creyó notar que se prestaba dócil oído a suscariñosas reprimendas, y se atrevió a predicar también sobre otro punto.

En extremo gustaba él de ver a Juanita charlar en la fuente o subir lacuesta con el cantarillo en la cadera o con la ropa ya lavada sobre lagentil cabeza, más airosa y gallarda que una ninfa del verde bosque, ymás majestuosa que la propia princesa Nausicaa, que también lavaba laropa cuando, sin desconcharse ni echar las ínfulas por el suelo, solíanhacerlo las princesas, allá en los siglos de oro.

Don Paco, que tenía, según hemos apuntado ya, entendimiento de amor dehermosura, se quedaba extasiado contemplando el andar de la moza, que notenía el liviano, provocativo y sucio movimiento de caderas y lospasitos menudos que suelen tener las chulas, sino que era un andarsereno, a grandes pasos, noble y lleno de gracia, como sin duda debía deandar Diana Cazadora, o la misma Venus al revelarse al hijo de Anquisesen las selvas que rodeaban a Cartago.

En Villalegre se gastaban corsés, y hasta era Juana la Larga quien mejorlos hacía; pero la indómita Juanita nunca quiso meterse en semejanteapretura ni llevar aquel cilicio que para nada necesitaba ella y queentendía que hubiera desfigurado su cuerpo. Sólo llevaba, entre elligero vestido de percal y sobre la camisa y enaguas blancas un justilloo corpiño sin hierros ni ballenas, cosa que bastaba a ceñir la estrechay virginal cintura, dejando libre lo demás que, derecho y firme, no habíamenester de sostén ni apoyo.

En el espíritu de don Paco pudo, sin embargo, más que el deleite de vera Juanita en la fuente o volviendo del albercón, la idea de que, estandoya muy remotos los siglos de oro, no era posible imitar a la princesaNausicaa, sin rebajarse o avillanarse demasiado; y así, aconsejó yamonestó tantas veces y con tan discretas razones a Juanita para que nofuese a la fuente, apoyándole siempre la madre de ella, que Juanitacedió, al cabo, y dejó de ir a la fuente y al albercón, retrayéndose,además, de otros varios ejercicios y faenas que no son propios de unaseñorita.

XI

Doña Inés López de Roldán distaba mucho de ser una lugareña vulgar yadocenada. Era, por el contrario, distinguidísima; y en su tanto deméritos mirados, o sea guardando la debida proporción, pudiéramoscalificarla de una princesa de Lieveo o de una madame Récamier aldeana.Su vida no pasaba ociosa, sino empleada en obras casi siempre buenas yen fructuosos afanes. Su caridad para con los pobres era muy elogiada,ayudándola en este ejercicio el señor don Andrés Rubio. No descuidabaella por eso el gobierno de su casa, que estaba saltando de limpia, ytodo muy en orden, a pesar de los siete chiquillos que tenía, el mayorde ocho años; pero como la casa era muy grande, a los cinco mayores,entregados a una mujer ya anciana y de toda confianza, los tenía en elextremo opuesto de aquel en que estaba ella, a fin de que no turbasencon sus chillidos y gritería, ya sus solitarias meditaciones, ya suslecturas, ya sus interesantes coloquios con el padre Anselmo, con elcacique o con alguna persona de fuste que viniese a visitarla.

A las nueve de la noche en verano, y a las ocho o antes en invierno,mandaba acostar a los niños, y desde entonces, hasta las once, y a veceshasta más tarde, tenía tertulia, en la cual se discreteaba, y a la cualrara vez asistía el señor Roldán, que no presumía ni podía presumir dediscreto, y a quien las discreciones de su mujer pasmaban yenorgullecían, pero al mismo tiempo le excitaban al sueño.

En las horas que le dejaban libre los afanes y cuidados de la casa y aunde la administración de la hacienda, de la que suavemente habíadespojado a su marido por no considerarle capaz, doña Inés solíaocuparse en lecturas que adornaban y levantaban su espíritu. Rara vezperdía su tiempo en leer novelas, condenándolas por insípidas oinmorales y libidinosas. De la poesía no era muy partidaria tampoco, ysin plagiar a Platón, porque no sabía que Platón lo hubiese preceptuado,desterraba de su casa y familia a casi todos los poetas como corruptoresde las buenas costumbres y enemigos de la verdadera religión y de la pazque debe reinar en las bien concertadas repúblicas; pero en cambio,doña Inés leía Historia de España y de otros países y, sobre todo,muchos libros de devoción. El cura la admiraba tanto al oírle hablar deteología que, mentalmente, adornaba sus espaldas con la muceta y sucabeza con el bonete y la borla.

Era tan grande la actividad de doña Inés, que a pesar de tan variasocupaciones, aún le quedaba tiempo para satisfacer su anhelo deenterarse a fondo de la historia contemporánea y local, que tenía paraella más atractivos que la Historia Universal o de épocas y paísesremotos.

Para conocer bien esta historia contemporánea y local y ejercer sobrelos hechos la más severa crítica, se valía doña Inés de diferentesmedios, siendo el más importante una criada antigua, que hacía recados,que entraba y salía por todas partes y que se llamaba Crispina, émula ensu favor y privanza de Serafina, la doncella.

Gracias a Crispina, doña Inés estaba al corriente de los noviazgos quehabía en el pueblo, de las pendencias y de los amores, de las amistadesy enemistades, de lo que se gastaba en vestir en cada casa, de lo queeste debía y de lo que aquel había dado a premio, y hasta de lo quecomía o gastaba en comer cada familia. A los que comían bien, doña Inéslos censuraba por su glotonería y despilfarro, y a los que comían poco ymal, los calificaba de miserables, de hambrones y de perecientes.

No tardó, por consiguiente, doña Inés en tener noticia de las aficionesde su padre y de sus visitas o tertulias en casa de ambas Juanas.Muchísimo la molestó esta grosera bellaquería, que tan duramente laapellidaba; pero disimuló y se reportó durante muchos días, sin decirnada a su padre. Doña Inés estaba muy adelantada en sus concebidasesperanzas de octavo vástago, y en tal delicada situación se cuidabamucho y procuraba no alterarse por ningún motivo, para que las dichasesperanzas no se frustraran o se torcieran ruinmente, realizándose de unmodo prematuro, con deterioro y quebranto de su salud. Pero aunque doñaInés no dijo por lo pronto nada a don Paco, se la tenía guardada yseguía observando y averiguando por medio de Crispina, en la creencia deque era a Juana y no a Juanita a quien su padre pretendía o cortejaba.

Esta creencia mitigaba no poco el disgusto de doña Inés, porgue no podíaentrar en su cabeza que su padre intentase jamás contraer segundasnupcias con Juana la Larga. Así es que lo que censuraba en este muyásperamente era la inmoralidad y el escándalo de unas relacionesamorosas contraídas por hombre que tenía más de medio siglo y que iba aser pronto por octava vez abuelo.

La enojaba también la condición hartoplebeya del objeto de los amores de su padre, los cuales, si no dignosde aplauso, la hubieran parecido dignos de disculpa a haber sido conalguna hidalga recatada y de su posición, como había dos o tres en ellugar, que, según pensaba doña Inés, hubieran abierto a don Paco, si élhubiera llamado a la puerta de ellas pidiendo entrada. No se cansaba,pues, doña Inés de censurar las ruines inclinaciones de su padre. Ledolía asimismo que su padre gustase tanto en obsequiar a Juana la Larga,suponiendo, según las noticias que le trajo Crispina, que gastaba muchomás de lo que ganaba.

—¿Conque juega al tute con ella?

—Sí, señora—contestó Crispina—. Y ya por echarla de fino, ya porqueestá embobado y embelesado mirando a Juana con ojos de carnero a mediomorir y sin atender al juego, lo cierto es que Juana le pela, ganándolediez o doce reales cada noche. Además, los regalos de don Paco lluevensin descampar sobre aquella casa; ya envía un pavo, ya una docena demorcillas, ya fruta, ya parte del chocolate que le regala su merced,hecho por el hombre que viene expresamente desde Córdoba a hacerlo aesta casa.

Lo de que don Paco hubiese regalado también parte de su chocolate irritóferozmente a doña Inés; lo consideró una verdadera profanación y casi lehizo perder los estribos; pero al fin pensó en la situación en que seencontraba, ya fuera de cuenta, y logró reportarse. Su moderación y suscuidados no fueron inútiles.

El 29 de junio, día de San Pedro Apóstol, sintió doña Inés desde muy demañana los primeros dolores, y con gran facilidad dio a luz en aquelmismo día a un hermoso niño. La madre y el señor Roldán decidieron quedebía llamarse Pedro, en honor del Príncipe de los apóstoles en cuyo díahabía nacido y del que eran muy devotos. El señor don Andrés Rubioprometió tener al infante en sus brazos en la pila bautismal. Y como elinfante fue robustísimo y el médico asegurase que no corría peligro suvida, retardaron su bautismo hasta mediados del mes de julio, así porqueya estaría levantada la señora doña Inés y podría asistir a las fiestasque se hiciesen, como porque para entonces se realizaría la anunciadavisita del señor obispo, el cual, a más de confirmar a todos losmuchachos que no lo estuviesen, les haría la honra de bautizar al futuroPeriquito.

El obispo sería hospedado en casa de los señores de Roldán los tres ocuatro días que estuviese en Villalegre. Doña Inés, por tanto, pensandoen los preparativos y en todos los medios que había de emplear parahacer con lucimiento recepción tan honrosa, perseveró en refrenar su iracontra Juana la Larga, a quien imaginaba seductora de su padre. Ydisimulando el odio que le había tomado, no quiso dejar de valerse deella en ocasión de tanto empeño. Ya la había llamado el día delalumbramiento, porque bien sabía por experiencia que no había en elmundo conocido más hábil comadre que Juana.

Y como tampoco había por allí mujer tan dispuesta para preparar ydirigir los festines, con tiempo comprometió a Juana a fin de que desdedos días antes de la llegada del obispo se viniese a su casa, sin volvera la casa propia sino para dormir, y lo preparase y dirigiese todo.Juana prometió hacerlo así y lo cumplió muy gustosa.

XII

La víspera de la llegada del obispo, que fue el 15 de julio, vísperatambién de la Virgen del Carmen, Juana había trabajado ya mucho, sudandoel quilo para condimentar los manjares y las golosinas, y hasta paradisponer el aparato y la magnificencia que habían de desplegarse en larecepción y en el hospedaje de su señoría ilustrísima, y en el refrescoy ambigú que había de darse en aquella casa a todo lo más granado eilustre de la villa, después de terminadas las cristianas ceremonias dela confirmación y del bautismo. En ella, doña Inés iba a dar al señorobispo más trabajo que nadie, pues tenía siete chiquillos no confirmadosaún, y uno todavía moro, como apellidan en Andalucía a todo ser humanoantes de recibir el agua sacramental que le trae al gremio de laIglesia.

La noche del 15 de julio hacía muchísimo calor. A eso de las nueve, donPaco, según costumbre, se fue de tertulia a casa de Juana la Larga; peroJuana seguía trabajando aún en la de los señores de Roldán, y Juanitaestaba sola con la criada, tomando el fresco en la reja de su sala baja.

La vio don Paco, y llegó a hablarle antes de dirigirse a la puerta.Juanita, después de los saludos de costumbre, dijo a don Paco, quepretendía que le abriese:

—Mi madre no ha vuelto aún. No sé cuándo volverá. Estando yo sola nome atrevo a abrir a usted la puerta y a dejarle entrar. La gente murmuraya contra nosotros, y murmurará mil veces más si yo tal cosa hiciera.Váyase usted, pues, y perdóneme que no le reciba.

Ninguna objeción acertó a poner don Paco, convencido de lo puesta enrazón que estaba Juanita. Solamente le dijo:

—Ya que no me recibes, no te vayas de la reja y habla conmigo un rato.Aunque la gente nos vea, ¿qué podrán decir?

—Podrán decir que usted no viene a rezar el rosario conmigo; podráncreer que yo interesadamente alboroto a usted y le levanto de cascos, ypodrán censurar que pudiendo ser yo nietecita de usted, tire a ser sunovia y tal vez su amiga. Con esta suposición me sacarán todos elpellejo a túrdigas; y si llega a oídos de su hija de usted, mi señoradoña Inés López de Roldán y otras hierbas, que usted y yo estamos aquípelando la pava, será capaz de venir, aunque se halla delicada yconvaleciente, y nos pelará o nos desollará a ambos, ya que no envíe poraquí al señor cura acompañado del monaguillo, con el caldero y el hisopodel agua bendita, no para que nos case, sino para que nos rocíe yrefresque con ella, sacándonos los demonios del cuerpo.

—Vamos, Juanita, no seas mala ni digas disparates. No es tan fiero elleón como lo pintan. Y si tú gustases un poquito de mí, y miconversación te divirtiese en vez de fastidiarte, no tendrías tantomiedo de la maledicencia, ni de los furores de mi hija, ni de losexorcismos del cura.

—¿Y de dónde saca usted que yo no guste de tener con usted un rato depalique? Pocas cosas encuentro yo más divertidas que la conversación deusted, y además siempre aprendo algo y gano oyéndole hablar. Yo soyignorante, casi cerril; pero, si el amor propio no me engaña, me pareceque no soy tonta. Comprendo, pues, y aprecio el agrado y valor quetienen sus palabras.

—Entonces, ¿cómo es que no me quieres?

—Entendámonos. ¿De qué suerte de quereres se trata?

—De amor.

—Ya esa es harina de otro costal. Si el amor es como el que tiene elpadre Anselmo a su breviario, como el que tiene doña Inés a sus librosdevotos o como el que tiene usted a las leyes o a los reglamentos queestudia, mi amor es evidente y yo quiero a usted como ustedes quierenesos libros. No menos que ustedes se deleitan en leerlos, me deleito yoen oír a usted cuando habla.

—Pero, traidora Juanita, tú me lisonjeas y me matas a la vez. Yo noquiero instruirte, sino enamorarte. No aspiro a ser tu libro, sino tunovio.

—Jesús, María y José. ¿Está usted loco, don Paco? ¿En qué vendría aparar, qué fin que no fuera desastroso podría tener ese noviazgo? ¿No letiemblan a usted las carnes al figurarse la estrepitosa cencerrada quenos darían si nos casáramos? Y si el noviazgo no terminase encasamiento, ¿adónde iría yo a ocultar mi vergüenza, arrojada de estepueblo por seductora de señores ancianos?

Lo de la ancianidad, tantas veces repetido, ofendió mucho a don Paco enaquella ocasión, y muy picado, y con tono desabrido, exclamó haciendodemostración de retirarse:

—Veo que presientes graves peligros. No quiero que te expongas a ellospor mi culpa. Adiós, Juanita.

—Deténgase usted, don Paco; no se vaya usted enojado contra mí. ¿Noconoce usted muy a las claras que yo le quiero de corazón y que mi mayorplacer es verle y hablarle? Como soy franca y leal, procuro no retener austed con esperanzas vanas. Mucho me pesaría de que usted me acusase undía de que yo le engañaba. Por esto digo a usted que de amor no lequiero y me parece que no le querré nunca. Pero lo que es por amistad,debe usted contar conmigo hasta la pared de enfrente.

¿Por qué no secontenta usted con esa amistad? ¿Por qué me pide usted lo que no puedoni debo darle? No sería flojo el alboroto que se armaría en el pueblo siusted y yo fuésemos novios y sí el noviazgo se supiese.

Don Paco se atrevió a decir entonces, en mala hora y con poco acierto:

—¿Pues qué necesidad hay de que nuestro noviazgo se sepa?

—Y usted, ¿por quién me toma para insinuar ese sigilo, dado que seaposible? Sólo se oculta lo poco decente, y, por tanto, yo no he deocultar nada aunque pueda. Si me decidiese yo a ser novia de usted,sería por considerarlo bueno y honrado, y en vez de ocultarlo como feamancha, lo pregonaría y lo dejaría ver a todos con más orgullo que sienseñase una joya, jactándome de ello, en vez de andar con tapujos. Yasabe usted mi modo de pensar. Nada más tenemos que decirnos.

Ahora, lorepito, váyase usted y déjeme tranquila. Malo es siempre dar que hablar;pero dar que hablar sin motivo es malo y tonto.

Don Paco depuso el enojo, no acertó a responder a Juanita con ningunafrase concertada y se fue, despidiéndose de ella resignado y triste.

XIII

Pasaron días y vino el obispo, como se esperaba.

Su señoría ilustrísima bautizó a los niños moros, que aguardaban suvenida, como los padres del Limbo el santo advenimiento, y confirmó alos no confirmados, que se contaban a centenares, entre ellos no pocosharto talludos.

Doña Inés se lució dando hospedaje al señor obispo, y este se fue dellugar muy maravillado y gozoso de la magnificencia y primor con que allíse vivía.

Libre ya doña Inés de tanta extraordinaria faena, se consagró con mayoratención al estudio de la historia contemporánea, y al cabo, auxiliadapor los datos que le suministraba Crispina, y valiéndose de su rarasagacidad, vino a comprender que no era a la madre, sino a la hija, aquien cortejaba don Paco. Su furor fue entonces muy grande; pero por lomismo se calló y no atormentó a su padre con insinuaciones ni bromas. Elasunto no se prestaba a bromas ni a medios términos.

La ira de doña Inéshabía de estallar y manifestarse de una manera más seria cuandoestuviese completamente convencida de la locura de su padre, pues de talla calificaba.

Don Paco, entre tanto, si bien daba ya menos pretexto a la murmuración,se sentía más enamorado que nunca d