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El Teatro por Dentro - Autores, Comediantes, Escenas de la Vida de Bastidores, Etcétera by Eduardo Zamacois - HTML preview

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Por aquella época, lleno el pensamiento de su amor á Emma, escribía áMallarmé:

Et

les

yeux

mouillés,

j'admire

ce

cœur

humble

et

grand;

alors

á

pleins

poumons

je

respire;

je

suis

fort

parmi

les

forts.

Et

voulant

qu'elle

soit

fiere

du

moi,

plus

tard,

je

reprende

la

besogne

familiere:

j'arrete les vers errants.

Deseaba ser rico y famoso para ella; para que ella, « plus tard...»,cuando él no existiese, pudiera enorgullecerse de haberle querido.

Pero no pudo; no pudo resistir la luz de aquella gran felicidad queempezaba, y murió á los treinta y cuatro años, cuando iba á ser dichoso.

Tal es la triste historia del olvidado Alberto Glatigny, llamado áocupar algún día entre los poetas líricos franceses del siglo XIX

unpuesto de honor.

LA FARÁNDULA PASA...

VIRGINIA DÉJAZET

Alejandro Dumas hizo inútilmente cuanto pudo para obligar á VirginiaDéjazet, que entonces triunfaba sobre el escenario del

«Vaudeville», árepresentar «La dama de las camelias».

—Sería un nuevo triunfo para usted—decía el célebre autor adorado delas mujeres;—¿acaso no le gusta á usted el tipo de Margarita tanto ómás que el de Frétillon?

—¡No, señor, al contrario!

—¿Cómo? ¿por qué?

—Muy sencillo: porque Frétillon se da, y Margarita Gautier se vende...

Y esta breve contestación, llena de espiritualidad y de delicadeza,retrata toda el alma de la actriz famosa; alma rebelde, paradójica,elegante, irónica, cínica y sentimental á la vez, como la de Richelieu óla del duque de Lauzun, y que parece una síntesis ó evaporación delgran espíritu adorable de París.

«Mi vida—escribía la Déjazet á cierto adorador que la invitaba ápublicar sus «Memorias»,—es mucho más sencilla de lo que creen, y noofrecería nada de muy interesante, pues ni tengo bastantes vicios paraatraer la curiosidad, ni tampoco las virtudes necesarias para aspirar áser admirada».

Así fué, en efecto; aquella mujer indócil, que parecía ingrata porque loamaba todo, que se reía malévola de sus adoradores y luego en Lyónrompía su falda bordada para que envolviesen con ella á un obrero quesacaron moribundo de un pozo; voluntad amoral, sin más ley ni otro cauceque su alegre capricho; libertina sin sensualidad y liviana sin codicia,que llegó á ser citada como modelo de madres amantísimas, sin haberpodido sin embargo, recogerse jamás en la uniforme santidad delmatrimonio.

Nació Virginia Déjazet en París, el día 30 de Agosto de 1798, y á loscinco años, y bajo la dirección de su hermana Teresa, que pertenecía alcuerpo coreográfico de la Opera, debutó como bailarina. A los dieciséisaños, Virginia era una criatura llena de seducciones y de gentileza, conlas manos y los pies muy menudos y un cuerpo grácil, que comprendíatodos los ritmos y daba vida á todos los disfraces. El papel de Nabotte,que creó en

«La belle au bois dormant», popularizó el nombre deDéjazet, quien, después de una larga excursión por provincias, regresó áParís y entró en el teatro del Gimnasio, donde afirmó su popularidad conlos estrenos de «Carolina» y «La hermanita».

Por rivalidades con laVertpré, entonces omnipotente, trasladóse al teatro de Novedades, y mástarde al glorioso teatro del Palais-Royal, sobre cuyo escenario había demerecer aquel prestigio de travesura y de gracia genuinamente francesa,que había de consagrar su apellido y hacerle inmortal.

—Es la actriz universal—declara su biógrafo Mirecourt,—á cuyo geniose avienen todos los papeles, como á su cuerpo se acoplan todos lostrajes.

Este rasgo último constituye el mérito capital de su arte.

—Poseía—dicen

sus

contemporáneos,—una

habilidad

extraordinaria

paradisfrazarse;

los

trajes

varoniles,

especialmente, vestíalos á maravilla,y movíase dentro de ellos con tanto aplomo y desenvoltura, que el sexodesaparecía por completo en aquella mujer, tan mujer y tan linda. EraVirginia Déjazet algo más que una actriz; era también una escultora, unamodeladora prodigiosa de sí misma, y sus recursos para transformarse ydar á su rostro expresiones diversas y á sus ademanes ritmos distintosparecían inagotables.

Sobre su cuerpo proteico revivieron la silueta pensativa y delicada deRousseau, joven; el perfil epigramático de Voltaire, la graciaconquistadora de Richelieu, la hermosura arrogante de Enrique IV, lacabeza atormentada de Napoleón, y también la belleza infinitamenteespiritual de Sofía Arnould, la célebre intérprete de Gluck y de Rameau,y la frivolidad boulevardier de Frétillon, y la hermosura voluptuosade Ninon de Lenclos... Para todos estos «elegidos» del talento y de lagracia, tuvo el genio multiforme de Virginia Déjazet una inflexiónexacta de voz y un gesto feliz.

Además de actriz, fué la Déjazet mujer de fértil y amable conversación.Tenía el ingenio alerta; la réplica libre y pronta, y

«sus frases», áfuerza de graciosas, solían pecar de crueles.

Alguien, queriendo mortificarla, la dijo, en su cuarto del teatro, que áLeontina, una belleza pomposa y rosada que gozaba entonces de granpopularidad, la llamaban «la Déjazet del boulevard du Temple». A loque, picada Virginia, contestó: «No me extraña; el duque de Orleanstenía en sus caballerizas un jumento que llevaba su nombre.»

Cierta noche, la Déjazet tomó parte en una representación que la Empresadel teatro de la Opera había organizado á beneficio de las víctimas delas inundaciones del Loire. Iba á comenzar la función, y la célebreactriz atisbaba por una de las mirillas del telón el aspecto de la sala.En aquel instante, cierto caballero que por su riqueza y noble rangodisfrutaba en aquellos bastidores de gran predicamento y libertad,llegándose de puntillas á Virginia la cogió por el talle. Ella volvió lacabeza. «Se equivoca usted, caballero—exclamó,—no soy de la casa.»

Desesperado, uno de sus adoradores llegó á decirla: «Deme usted siquierala limosna de un beso». Pero ella, aludiendo con una sonrisa á lasveleidades que la murmuración la atribuía, repuso: «¿Una limosna así?...Imposible. Tengo mis pobres...»

En sus ratos escasos de soledad y melancolía, la hermana de Frétillon yde Lisette también era poetisa. Su lirismo tenía un dulzor femenino ypenetrante de poderosa emoción. Claretie cita estos versos que laDéjazet compuso á propósito del cumpleaños de un amado, que bien pudoser el cancionista Federico Bérat: Ami!

Depuis

un

an,

combien

de

jours

de

fête

ont

fleuri

sous

tes

pas!

Dans le sentier de l'art le bruit de tes conquêtes, et dans celui du cœur que de palmes discrètes t'ont salué tout bas!...

Y así continúa la composición, en una fusión delicadísima de triunfoscrepitantes y de intimidad silenciosa.

El éxito más noble de Virginia Déjazet, el más personal, aquel que porsí solo hubiese bastado á perfumar, con un suave aroma de rosas viejas,toda su vida, se lo proporcionó «La Lisette de Béranger», canción deamor, canción sagrada, que todas las bocas jóvenes de París repetían dememoria.

La compuso Federico Bérat en honor del anciano y glorioso Béranger, yaquellas notas sencillas, prendidas en no sé qué inexplicable hechizoromántico, tuvieron la virtud peregrina de hacer latir todas las almas yde agarrarse á todos los oídos; y Lisette fué un «tipo» que de unageneración á otra ha dejado un rastro de gracia liviana en lasobrerillas sentimentales y alegres de la Ciudad-Sol.

Una mañana, Virginia Déjazet fué á conocer á Béranger á su retiro dePassy. Allí, cuidando las flores de su jardín, estaba el buen viejo, áquien el público tornadizo casi había olvidado.

A su alrededor, los árboles, donde susurraba la suave brisa mañanera,esparcían sombra grata.

—Soy mademoiselle Déjazet—dijo la actriz,—y como usted no puede ir áverme al teatro, vengo á cantarle la canción de Bérat, esa canción queusted ha inspirado y que ya conoce todo París.

Acomodáronse los dos sobre un banco, y en el encanto verde y plata deljardín, la voz de la Déjazet vibró cristalina: Enfants,

c'est

moi

qui

suis

Lisette,

la Lisette du chansonnier...

Y mientras cantaba, muy cerca de allí, la señora Judit Frére, la ancianacompañera de Béranger, la verdadera Lisette, oyendo aquella canción queella inspiró y que era su juventud, lloraba en silencio.

Cuando la actriz calló, Béranger tenía los dulces ojos arrasados delágrimas.

—¡Hija mía!—balbució,—¡hija mía!...

No pudo hablar más, y la besó en la frente. Mucho después, refiriendoesta escena, la Déjazet llena de admiración, decía:

—¡Me dió un beso! Es la representación que he cobrado mejor.

Y al decir esto, no exageraba aquella mujer, todo corazón, que habíaganado millones...

DE LA FARÁNDULA

Creer que únicamente los españoles padecemos la dulce manía de escribirpara el teatro, es un error. No sé qué hechizo arcano tiene laliteratura teatral, que así atrae y emborracha á los hombres; pero es locierto que ninguno de ellos, amén de vivir el severo drama de su propiavida, ha dejado de llevar consigo la ilusión de componer un drama, ó porlo menos una comedia de costumbres. Todos, médicos, abogados, oficialesde peluquero...

conocieron la golosa tentación. Algunos realizaron supropósito, otros no; de todas maneras, esa obra constituye, en la aridezde sus almas vulgares, «un rincón verde», un oásis de poesía, y tambiénsu debilidad, su punto vulnerable.

Hace mucho tiempo, cerca de treinta años, que Alejandro Bissón, queahora acaba de triunfar en el teatro Vaudeville con su comedia «Mariaged'etoile», llevó una obra al empresario Mr.

Laridel. El celebrado autorde «Las sorpresas del divorcio», halló á Laridel en un café solitario ysumido en una desesperación sin gestos ni palabras, ante una copa de bitter.

—¡Estoy arruinado!—exclamó el empresario;—hoy ó mañana debo pagarcincuenta mil francos, y como no los tengo, me cerrarán el teatro.

—¡Y yo que le traía á usted, en este manuscrito, una mina deplata!—repuso Bissón.

Laridel se alzó de hombros, con la indiferencia de quien sabe que todoestá perdido: se debía la luz eléctrica; los tramoyistas no habíancobrado sus jornales; á los artistas se les adeudaba cerca de dosmeses...

—No importa—dijo Bissón,—yo me comprometo á conjurar esos obstáculosdurante dos ó tres semanas, lo suficiente paria que mi obra se ensaye yse estrene.

Al fin convinieron en que Laridel, so pretexto de ir á buscar áprovincias los cincuenta mil francos que necesitaba, desapareciera deParís, y que Alejandro Bissón asumiría la responsabilidad exclusiva decuanto malo ó bueno acaeciese en lo sucesivo de telón adentro.

Al día siguiente comenzaron los ensayos: los actores, entusiasmados conla nueva obra, trabajaban febrilmente; las actrices, ¡casoextraordinario! no opusieron el menor reparo al reparto de papeles; Mr.Bissón se multiplicaba, almorzaba y comía en el teatro, y con lo pocoque producía la taquilla pagaba á los más necesitados y exigentes.

Una tarde, á la hora del ensayo, penetraba en el escenario unhombrecillo sonrosado, redondo y alegre: era Mr. Chalonette, alguacildel juzgado.

—Vengo—dijo secamente,—á cerrar el teatro.

Bissón, que ya esperaba aquella visita, recibió á Mr.

Chalonette con unacordialidad envolvente.

—¿Ha visto usted alguna vez un ensayo?—preguntó.

—No, señor.

—Pues, siéntese usted; es muy curioso. Luego hablaremos.

En el segundo acto había un episodio picante, lleno de travesura, que lahermosa Mlle. Denise interpretaba con gran donaire. Mr. Chalonette lamiraba embobado, y el astuto Bissón, que espiaba á su enemigo, hizorepetir la escena hasta tres veces.

Después, Mr. Chalonette levantóse áfelicitar calurosamente á la gentil actriz, y ella, secundando losplanes taimados de su director, pareció encantada con la conversaciónespiritual del alguacil.

Todas las tardes Mr. Chalonette acudía á los ensayos, y tan grande erasu afición, que llegó á tomar parte en ellos, con lo que AlejandroBissón dejó de temerle; el terrible representante de la ley estabavencido.

Un día el dramaturgo almorzó en casa de monsieur Chalonette.

A lospostres, el alguacil, bajando los ojos y ruborizándose como un colegial,declaróse autor de una comedia que él creía representable. Bissón vibróde júbilo; acababa de coger á su rival por el cuello; á partir de aquelmomento le pertenecía; era su esclavo.

—¡Quiero conocerla en seguida!—exclamó,—y si me gusta, empezaremos áensayarla mañana mismo.

Rojo de contento, Mr. Chalonette sacó su manuscrito y comenzó á leer.Acabó la lectura de la última cuartilla entre los brazos engañadores deBissón.

—¡Eso es admirable!—repetía el dramaturgo.—¡Una obra maestra!...Pero, ¿quién iba á creerlo?

El alguacil balbuceaba:

—Y... diga usted... ¿se estrenará pronto?

—¿Cómo?... ¡Pues ya lo creo!... Antes de quince días.

La comedia de Alejandro Bissón fué un éxito, y Laridel pudo pagar sustrampas y vender su teatro en buenas condiciones. La deliciosa Mlle.Denise prosiguió su carrera triunfal. En cuanto á Mr. Chalonette, pagócon la cesantía su descomedida afición á la farándula, y ya convencidode que nunca será autor, trabaja en una copistería y gana tres francos.

Lector, quiero darte un consejo, y es éste: en tus combates por la vida,no temas nunca al hombre de quien sepas que tiene una comedia escrita.

CARTAS DE MUJERES

En las interesantes «Memorias de Sara Bernhardt», hay un episodiosencillísimo sobre el cual probablemente la atención de muchos lectoresresbalará distraída, pero que me impresionó fuertemente por ser un«momento interior» que retrata con admirable fidelidad esa agridulceemoción de orgullo y de coquetería que constituye cuanto las almasartistas encierran de más indeclinable y substancial.

Sara, la Unica, era muy niña todavía, y en el convento donde se hallaba,la comunidad se apercibía á celebrar la visita del anciano «monseñor» deSibour, arzobispo de París. Para mayor amenidad y brillo de la fiesta,la hermana Teresa había compuesto una obrita teatral, dividida en trescuadros, y titulada

«Tobías recobrando la vista», que debía serinterpretada por las alumnas mayores.

Pero á última hora la pequeña Sara intervino en la representación, ydeclamó su papel con tan sincera emoción y tan acabado arte, que«monseñor», maravillado, hubo de felicitarla.

La futura actriz, fuera desí, loca de alegría, vibrando de orgullo, rompió á llorar.

Transcurrieron muchos meses, y aquella emoción purísima perduraba en laniña, y bañaba en luz radiante su almita ambiciosa. Una mañana supo que«monseñor» de Sibour había muerto asesinado... ¿Qué sintió entoncesSara?

Ella lo declara, sin sospechar tal vez el alcance inmenso de suconfesión. Sentí—dice,—que el asesino me había herido á mí también ydespojado de algo precioso, pues «acababa de robarme mi pequeña gloria».

¿Comprendéis?... Hasta allí Sara vivió halagada secretamente por laadmiración que sus aptitudes de artista inspiraron á

«monseñor», ypensando: «El cree en mi talento y se acuerda de mí». Pero el bondadosoanciano ya había muerto: cerráronse sus ojos á la luz, tinieblasperdurables invadieron su memoria, y de su cerebro huyó con la vida elrecuerdo de Sara. Por eso la niña volvió á llorar, porque se reconocíamenos admirada que antes, porque acababa de ver desvanecerse «su pequeñagloria».

Traigo á colación esta anécdota, porque ella explica con limpidez ysobriedad aquel prurito á la vez desinteresado y egoísta, que todos losartistas tienen de eternizarse en la memoria de los demás.Despreciadores de lo circunstancial y adjetivo, no parecen dolerse nidel comer modesto ni del sobrio vestir, pero en cambio, aspiran á lo másalto, á la admiración y rendimiento de los espíritus, á que todos lesrecuerden, á que así el académico, como el burgués modesto, como elobrero, sepan sus nombres de memoria.

Así no es extraño que siempre me produzcan vivo y purísimo alborotoespiritual esas cartas de felicitación que, de cuando en cuando,recibimos los que escribimos para el público.

Generalmente son demujeres, y es lógico que sea así, pues las mujeres leen más que nosotrosy en sus almas ardientes y blandas, prontas al entusiasmo, no es difícilsuscitar el cosquilleo exquisito de la emoción.

Estas cartas, antes de romper la nema de sus sobrecitos perfumados, meproducen una inquietud semejante á la que en la adolescencia noscausaban los billetitos amorosos; pero más alquitarada, másrefinadamente egoísta. «Me admira—pienso—y como me admira, me quierealgo; que yo, en mis libros, desnudé mi alma, y «Ella» la encontróhermosa...»

Días atrás el correo me trajo una de estas dulces sorpresas. Era unatarjetita femenina, sin fecha y sin firma, que olía á violetas.

¿Cómo sellama su autora? ¿Dónde reside?... Lo ignoro, pues ni el cartoncito niel sobre lo decían. ¡Oh, el misterio, el poético misterio, á la vezlancinante y sabroso!... Lectora, cuya alma sensible adivino, leyendoastutamente entre líneas el dolor de mi alma: yo, para quererte, nonecesito conocer la blancura de tus manos, ni saber si son tus ojoshermosos, ni de qué color tienes los cabellos. Me basta con la seguridadde que hay lágrimas en ti para mis penas, y en tus labios jóvenessonrisas de hermana para mis alegrías; le basta á mi vanidad con tuscartas anónimas, que caen sobre mi mesa de trabajo como flores cogidasen el silencio de tu rincón provinciano, y á mi voluntad laboriosa conla convicción de que tú has de leerme.

Este platonismo, este refinamiento sentimental que atribuyo á losartistas, no es exagerado. Un artista, cuanto más grande, mayorimportancia otorga á la gloria. Ser admirado constituye

«la mitad» de suvida, acaso «toda su vida»; es una sed rara que, no habiendo de calmarsenunca, á ratos, sin embargo, parece satisfacerse con una gota: así lomás frívolo, una carta, un simple apretón de manos, nos embriaga. Elloexplica las lágrimas que arrancó á Sara Bernhardt el asesinato de«monseñor» de Sibour.

Todos los que viven del arte son egoístas, con egoísmo implacable yferoz. Yo mismo, viendo pasar un entierro, me he olvidado del muertopara pensar: «Ese que va ahí me conocía tal vez...»

Y, como Sara, he comprendido que la desaparición de aquella vida mermabaun poco mi pequeña popularidad.

LA CAMARGO

En los libros del amenísimo Arsenio Houssaye y en la interesante«Correspondencia» de Diderot con Grimm hallamos abundantes noticiasrelativas á María Ana Camargo, la bailarina más célebre de la GranOpera, de París, en el siglo XVIII.

Aunque nacida en Bruselas, por las venas de la Camargo corría sangreespañola, y la pequeñez de sus manos, la finura de sus torsos y labrevedad de sus pies, decían claramente la distinción de su raza,familia noble que había dado á la Iglesia arzobispos y cardenales. Enlos varios retratos que de ella hizo Nicolás Lancret, el único pintorque ha rivalizado con Watteau en frivolidad y elegancia, la Camargoaparece en la plenitud deslumbradora de su gracia.

En el óvalo nacarino, ligeramente carnoso, del rostro, los grandes ojositalianos llameaban tempestuosos y alegres; tenía la nariz respingueña ycorta, voluntarioso el mento, la boquirrita breve y roja, como la heridade un florete; alrededor de la nieve de su frente sajona, los cabelloslatinos, encrespados y negrísimos, tejían un marco de ébano. Y luego, sucuerpo, admirable escultura, trepidante y flexible, donde se unían á lasredondeces blanquísimas de Rubens, las impacientes nerviosidadesgoyescas.

Enamorada del apuesto conde de Melun, María Ana huyó de su casa, á losdieciocho años, una noche, llena de perfumes y de estrellas, del mes deMayo de 1728.

A partir de aquel momento, su vida fué un vértigo de oro y de glorias,una disipación sin freno, un perpetuo festín. Sus ruidosos éxitos debailarina restaban gravedad á sus extravíos; el reflexivo

«Mercurio deFrancia» elogió su arte muchas veces; los poetas más notables de suépoca festejaron su belleza, y si algunos satirizaron sus locuras, lohicieron suavemente; el mismo Voltaire, en el apogeo entonces de suautoridad de su gloria, compuso en honor de María Ana y de mademoiselleSallé estos versos famosos:

Ah!

Camargo

que

vous

êtes

brillante!

Mais que Sallé, grands dieux, estravissante!

Que vos pas sont lègers, que les siens sont dansants! Elle estinimitable, et vous êtes nouvelle!

Les

Nymphes

sautent

comme

vous,

et les Grâces dansent comme elle.

La Camargo, frívola, interesada, caprichosa, perversa, enamorada siemprede la belleza, de la distinción y del dinero, es, dentro de la sociedad,galante y artista, que formaron las fastuosidades del Rey-Sol y de LuisXV, su hijo, como un símbolo de carne rosa.

Fué aquel un período admirable de desafíos á primera sangre y demadrigales. Los lacayos gozaban de la confianza de sus señores, y en elgabinetes de las damas principales los abates componían versos; en losbailes palatinos, las marquesas, utilizando los trenzados ceremoniososdel minué, se dejaban oprimir los dedos. Había, para todos los errores,una inagotable tolerancia; el bizarro marqués de Fimarcon se escapabapor las noches, disfrazado de mujer, de la cárcel, adonde le llevó unsucio asunto de intereses, para ir á los bastidores de la Opera; otronoble remitía á la bailarina señorita de Pélissier 20.000

francos en unbilletito, donde le declaraba su amor, y el mismo venerable cardenal deFleury sonreía bonachón y se encogía de hombros ante las lamentacionesdel modesto burgués que iba á pedirle justicia contra el raptor de suhija....

María Ana Camargo usó largamente de aquella libertad de costumbres. A suamor estuvieron ligadas las figuras más ilustres: el conde de Clermont,rico como un príncipe oriental, el valiente Marteille, muerto en elcampo de batalla; el marqués de Lourdis, pendenciero y libertino; y vióá sus pies á Vitry, á quien llamaban «el hermoso pastor», y al caballerode Rieux, de belleza apolina, y al brillante duque de Richelieu,seductor irresistible, cuyos tacones colorados habían pasado por todoslos boudoirs nobles de la Corte, y conoció también al veterano Gruer yal músico Royer, ante quienes, una noche de locura, ella y otras doscélebres bellezas de la Opera representaron «El juicio de París»...

El tiempo, entretanto, continuaba su obra devastadora; pasaron los años,muchos, cerca de cuarenta, y una mañana la Camargo lloró ante el espejoviendo que sus mejillas habían perdido su frescura, que sus ojos notenían brillo y que eran grises sus cabellos. Entonces, majestuosa ytriste como una reina que abdica, pidió su retiro, que Luis XV la otorgócon una pensión vitalicia de 1,500 libras. Abandonada por susadoradores, y olvidada del público, María Ana se refugió en su hotel dela calle de San Honorato, donde vivió varios años entregada á suscacatúas, á sus perros y á sus gatos; aquellos serían sus últimosamantes, los más fieles.

Y ya la Camargo era muy viejecita, ya parecía que todo á su alrededorhabía concluído, cuando el buen dios Azar vino á consolarlapermitiéndola dar al mundo un adiós romántico, de inmensa ternura, quefué como violeta humilde entre el manojo de calientes claveles de suvida.

Cierta tarde, la antigua bailarina recibió la visita de un señor ancianoque dijo llamarse Mateo Breuil. Frisaba en los sesenta años, vestía denegro y era hombre enjuto de carnes y de ademanes

ceremoniosos

ypausados.

En

su

semblante,

cruelmente arrugado por las emociones, habíatristeza y dulzura.

Al ver á María Ana, que le observaba atenta, el desconocido se inclinórespetuoso.

—Ya sé, señorita—dijo,—que mi nombre no despierta en usted ningúnrecuerdo.

—En efecto...

—No me extraña: Yo nunca he sido presentado á usted; no me he atrevidoá tanto; sus ojos, sus grandes ojos, que un tiempo fueron alegría deFrancia, me hubiesen anonadado...

Muy sorprendida, la Camargo repuso:

—¿Y bien? No comprendo...

El señor Breuil continuó:

—Usted estaba muy lejos de mí, porque volaba muy alto; los hombres másricos, los más célebres, los más nobles, solicitaban su amor, y yo, quelloraba por usted desde mi plebeyo asiento de

«paraíso», era pobre yvulgar. ¿Cómo alcanzarla?... Pero los años han pasado, y con ellos losbrillantes cortejadores que usted tuvo se fueron; ahora se halla ustedsola, y por lo mismo, tal vez, un poco triste. Y yo, María Ana, que laquiero á usted con un amor inextinguible, que se impone á la fealdad y ála vejez, yo, que he conquistado una fortuna y permanezco soltero porquede todas las mujeres que he conocido me separaba la imagen de usted y laseguridad de que algún día seríamos el uno del otro, vengo á ofrecerla áusted mi libertad. Nos casaremos, si usted quiere. Mi mano es ésta...

Hablando así, el señor Breuil, los ojos arrasados en lágrimas, se habíahincado de rodillas. La escena era demasiado tierna para no interesar elcorazón artista de la Camargo, y sus manos trémulas estrecharoncordialmente las viejas manos de su adorador.

—No—dijo,—casados, no; ¿para qué? La edad de las pasiones está yalejos. Seremos amigos, nada más que amigos...

Y el Sr. Breuil repuso:

—Lo que usted quiera.

Todas las tardes se reunían, y charlando de sus lejanas mocedadespasaron horas muy bellas. El concluyó por instalarse en el piso segundodel hotel de María Ana. Nunca salían á la calle. Por las noches rezaban,jugaban al ajedrez, leían novelas y componían música. Y era dulce, condulzura inexpresable, el ocaso de aquellos dos ancianitos, que ante laproximidad de la Nada juntaban la nieve de sus cabezas.

Murió María Ana Camargo el día 29 de Abril de 1770, y su cuerpo, vestidode blanco, reposa en la iglesia de San Roque.

Cerró sus ojos el señorBreuil, el único de sus amados que no conoció la miel de sus besos.

LAFONTAINE

Aquella noche, después de cenar, los dos viejecitos cayeron en la cuentade que á Enrique Thomas, que ya pasaba de los dieciséis años, eranecesario enseñarle un oficio. En una carrera no había que pensar; lospobres, como ellos, no deben poner el hito de sus ambiciones tan alto.

—Si fuese carpintero...—dijo el padre:—porque en París loscarpinteros ganan mucho.

—Mejor sería ebanista.

—O sastre...

Hubo un silencio.

—¿Y si le hiciésemos cura?—exclamó la madre.

Y la opinión de la buena viejecita, que era muy católica, prevaleció.Enrique Thomas entró en un seminario.

Repentinamente, el futuro actor, que más tarde había de pasar á laposteridad bajo el seudónimo de «Lafontaine», se halló con las manoscargadas de libros soporíferos, que le hablaban de asuntos trascendentesy graves, y preso el suelto y gallardo cuerpo juvenil entre los negrospliegues de una sotana. Fué su primer disfraz.

Desde las ventanas del seminario, en las horas dulces de asueto, EnriqueThomas oteaba el campo verde, y desde el remoto horizonte, vocesaventureras, voces de libertad y rebeldía, fascinaban su alma peregrinade bordelés. Cada camino que se alejaba serpeando, cada buque que salíadel puerto, susurraban en sus oídos una canción de adioses. Sin dudaeran interesantes la Metafísica aristotélica y la Suma de Tomás eldivino; pero más bello era «vivir» enamorado de unos labios rojos,dormir al pie de un árbol, saludar desde la cresta de un monte la salidadel Sol.

Y una madrugada, Enrique Thomas, alucinado por los trinos arpados de lasalondras, brincó los altos muros que circuían la huerta del seminario yhuyó de Burdeos. Su éxodo fué breve.

Otra mañana, un gendarme le detuvo,le pidió «sus papeles», y hallándole indocumentado, le volvió á la casapaterna.

¡Pobre fugitivo!... Sus progenitores no tuvieron para él ningún gestocordial: apenas le hablaron; en sus sobrecejos, endurecidos por lacólera, no había perdón.

—Si no quieres ser cura, serás grumete—ordenó el padre.

Y pocos días después, Enrique Thomas salió de Burdeos en un bergantín,peor para él que un presidio. Allí, bajo la férula tiránica del patrón,trepó á las vergas, mondó patatas, hizo guardias penosas. Aquellaexistencia duró tres meses, y fué para él lo que para muchos toreros laprimera cornada. Lafontaine sintió el miedo de vivir, el horrorsilencioso de esa lucha por el pan, que sólo desenlaza la muerte.

Cuando regresó á Burdeos declaró que no volvería al mar, ysucesivamente, trató de ser carpintero, herrero, broncista, sastre...Pero su complexión bohemia era más fuerte que su voluntad, y como antesen el seminario, ahora en el taller su alma de vagabundo languidecía.¡Qué tediosos los días: las noches qué largas, qué iguales!...

Lafontaine huyó otra vez, y sus biógrafos le encuentran en Parísvendiendo de casa en casa las obras por entregas que publicaba el editorLachatre: novelas folletinescas, libros de viajes, libros de Historia,de Geografía, de Arquitectura. Enrique Thomas iba leyéndolos por lascalles, devorado su espíritu por una comezón repentina de saber, y luegolos vendía, empleando para ello su pintoresca y abundante verbosidadmeridional. Su clientela adoraba en él; era simpático, envolvente,inagotable.

Jamás tuvo el editor Lachatre un representante igual.

Cierta noche Lafontaine vió en el teatro de la Porte-Saint-Martín áFrédérick Lemaitre, al gran Frédérick, romántico y enorme como Hugo, «ysu alma—dice Daudet,—experimentó esa trepidación reveladora que sólosienten los artistas y los amantes». Enrique Thomas se decretó unporvenir.

—Seré actor—dijo.

A la noche siguiente fué á visitar al viejo y popularísimo Sevestre,protector de los comediantes jóvenes y especie de cacique ó degobernador general de todos los pequeños teatros de los arrabalesparisinos. Contaba á la sazón Lafontaine poco más de veinte años: era demediana estatura y recio de hombros, y al mirar ladeaba la cabeza en ungesto resuelto y simpático de desafío; tenía la boca byroniana, triste yaudaz; los ojos, fulgurantes; el mento, conquistador; la nariz,respingueña y cínica; el ademán, amplio; la frase frondosa y colorista.Todo en él era fuego, conversación, impulso; el gesto se adelantaba á lapalabra; la palabra á la idea. Su alma parecía un desbordamiento.

Tanta vivacidad y tanta belleza impresionaron las viejas pupilas, llenasde experiencia, de Sevestre.

—¿Tú has trabajado alguna vez?—le preguntó.

—Nunca.

—Entonces...

—Pero no importa. He visto representar á Frédérick, y sé que sirvo; losé... ¡Me atrevería á hacer lo que él hace!...

Había en sus afirmaciones exaltación inquebrantable, fe inmensa,contagiosa; ¡demonio de muchacho!... Y Sevestre, bonachón, se dejóconvencer, y Enrique Thomas «debutó». Su viril hermosura interesó á lasmujeres; sus ojos, ardientes, emocionaron; su voz, metálica,admirablemente templada, como la de Talma, para orquestar la furiosasinfonía de las pasiones, hizo vibrar las almas. El público aplaudió, yEnrique Thomas, después de trabajar algún tiempo en los teatros deSceaux y de Grenelle, pudo pisar el escenario glorioso de laPorte-Saint-Martín.

Su primer maestro fué Frédérick Lemaitre. El famoso actor, que entoncesllegaba al cénit deslumbrante de su celebridad, sintió hacia elaventurero bordelés un afecto paternal; él mismo le decía cómo debeestudiarse; refrenaba sus intemperancias, corregía la exaltaciónmeridional de sus gestos y la dureza hirviente de su voz. Por lasnoches, después de la función, le llevaba á su casa, y allí le obligabaá sacudir el sueño y á meditar sus «papeles». Lafontaine se rebelaba,juraba á grandes voces que él no «podía sentir así», que su ademán eraotro; quería marcharse... Pero Frédérick le dominaba con su experienciay le imponía el grillete de su voluntad.

—Esto se dice así—repetía,—nada más que así.

Y Enrique Thomas, agotado, enervado, casi doloroso, concluía porsometerse.

Muchos años después pasó al teatro del Gimnasio, y allí, bajo laautoridad

durísima

del

veterano

Montigny,

siempre

descontento y regañón,acabó de perfeccionarse en su arte. A Montigny todo le parecía mal.

—No levante usted tanto los brazos; no abra usted tanto los ojos...Baje usted la voz... ¿Pero por qué se encoge usted de hombros? ¿Nocomprende usted que ese ademán rara vez puede ser elegante?...

¡Oh! Montigny era peor aún que Frédérick... A Lafontaine, rabioso,despechado, se le saltaban las lágrimas; su alma inquieta deseminarista, de grumete, de repartidor de obras por entregas, toda sualma díscola y errante, protestaba iracunda contra tantas y tanestrechas imposiciones. Pero al cabo cedía y su técnica se refinaba.

No obstante, Enrique Thomas fué siempre un actor tempestuoso,arrebatado, que estuvo más cerca de Mounet-Sully que del circunspectoLe-Bargy. En «Kean» obtuvo un éxito inmenso. Había algo en él que leponía fuera de sí mismo. Mas no por esto su prestigio menguaba; alcontrario. Las mujeres le adoraban, y más de una noche, al salir delteatro y en medio de las sonrisitas envidiosas de sus compañeros, se vióen el dulce compromiso de subir á un coche que no era el suyo.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Yo conocí á Lafontaine á fines de 1897, en Versalles. Era muy viejecito.Del antiguo seminarista bordelés, del bizarro galán joven del teatro delGimnasio, ya no quedaba nada: los ojos habían perdido su moceroardimiento; los labios, pálidos, temblaban en el óvalo pulcramenteafeitado del rostro enjuto; el ademán era frío y borroso; el busto seinclinaba hacia la tierra; en el mento, antes desafiador y petulante, yano quedaba voluntad.

Caminaba á pasos lentos y breves, y al hacerlo seapoyaba en un bastón. Por lo tristes y lo blancos, de nieve parecían suscabellos.

Residía en Versalles hacía mucho tiempo, sin otra compañía que suesposa, viejecita como él, á quien adoraba; y en la decoración fastuosade aquellos jardines, que sirvieron de refugio á los amores de Luis XIV,el rey libertino y magnífico, la figura delgada, vestida de negro, delanciano actor parecía más fúnebre.

Una tarde de Diciembre, Lafontaine y su esposa paseaban por el bosque, yla color gris del cielo nuboso y el crujir de las hojas caídas y elsilencio de las fuentes heladas debían tener para ellos elocuencia muytriste. De pronto, un árbol se desplomó sobre la anciana, aplastándola.Lafontaine lanzó un grito, su mejor grito tal vez, y perdió elconocimiento. Su corazón estalló. Cuando le recogieron estaba muerto.

Los periódicos hablaron de él muy poco, porque entonces el affaire Dreyfus lo llenaba todo. Le Journal, al dar la noticia, añadía:

«A su entierro no fué nadie.»

¡Nadie!

¡Oh, lectora! A ti, que de haberle conocido joven, acaso le hubiesesamado también, ¿no te espanta la horrible negación, el vacío espantoso,el abismo de ingratitud, contenidos en esas dos sílabas?...

«¡Nadie!»

«Sic transit gloria mundi.»

EL PÚBLICO

Examinando atentamente y con algo de mala intención las obras denuestros novelistas, no es difícil sorprender en ellas inseguridades dedesarrollo, titubeos y frivolidades de concepto, que atestiguan cuánmenguado ó somero es el lastre científico de sus autores. ¿Y cómo no,cuando para muchos de ellos, todo, en literatura, es cuestión deforma?...

A este reproche justísimo los aludidos podrían redargüir que los librosde «vulgarización científica» de los naturalistas y de los médicosadolecen del defecto contrario: todos ellos descubren un desconocimiento«práctico» de los hombres y de las cosas, la ignorancia que tienen de lavida esas buenas almas, apacibles y sabias, que maduraron en laausteridad candorosa de los laboratorios y de las bibliotecas; son obrasfrías, en las que falta ese complejo perfume de vicios, de virtudes, dealegrías ingenuas y también de recóndito dolor, que constituye lo queapropiadamente podríamos llamar «olor á humanidad».

Yo estoy seguro de que si el amenísimo Gustavo Le Bon, después deestudiar concienzudamente «el alma» de los pueblos asirio y caldeo, y debuscar en Herodoto, y de aprenderse de memoria páginas de Suetonio y deSalustio, se hubiese tomado el trabajo de frecuentar durante dos ó trestemporadas los bastidores de un teatro, hubiera podido aljofarar conmuchos y muy nuevos y curiosos «puntos de vista» su famoso libro«Psicología de las multitudes».

Nada, en efecto, ayuda tanto á escrutar la vida, como la

«contrafigurade la vida»; es decir, el teatro, porque sobre el escenario, ante elresplandor de la batería y entre rocas de madera y muros y horizontes detrapo, laten el amor, los celos, la ambición, la codicia, el disimulo,todas las ruindades y pasiones, en fin que riñen y se cotizan en elcruel mercado humano; que es la farándula, lector, «un mundo» abreviadoó miniaturizado, «del mundo»...

Así, para conocer pronto á un pueblo, no nos detengamos á examinar susmuseos, ni sus bibliotecas, ni sus periódicos, ni menos

sus

costumbres,pues

todo

esto—lo

último

especialmente,—exige hondos y sostenidossacrificios de atención; nos bastará con estudiar sus teatros. En elescenario, como sobre un espejo, el ánima de la estirpe se retrata.

Pocoimporta que «los intelectuales» comulguen en estas ó aquellas tendenciasestéticas, pues todas esas «modas de belleza»

son accidentales ypasajeras: lo importante para el turista que por primera vez se asomaá una ciudad, es «el rebaño», la multitud abigarrada y omnipotente; yésta, en sus juicios, siempre fué inconsciente y unilateral.

El espíritu irreflexivo y nuboso de los pueblos septentrionales vibra enlas obras de Ibsen y de Bjorson, sus dramaturgos predilectos; losteatros londinenses copian el carácter inglés, frío y correcto, incapazde batir palmas en honor de ningún artista; el carácter alemán, carácterfuerte, enamorado sanamente de la diosa Risa, se refleja en comedias unpoco grotescas, llenas de traviesa hilaridad; como el alma francesa seburla y coquetea en las obras de Lavedán, de Bataille y de Capus; obraseclécticas, como dictadas por la gran indulgencia de un supremocansancio.

En cambio el alma española, hosca y rebelde, reaparece en suinsana afición á los dramas sanguinarios, inspirados por ideas atávicas,homicidas, de valentía y de honor, como la caliente idiosincrasiaitaliana clarinea violenta en las tragedias—tragedias infernales desangre y de hollín—con que asombran á Europa Grasso y Aguglia Ferrauen sus tournées.

En estos largos trazos ó contornos, el alma de cada pueblo no varía, ysiempre aparece única y semejante á sí misma. Mas dentro de ésta aunrestan por estudiar muchos detalles, muchos dintornos imprevistos, queconstituyen el gran espíritu temblequeante

de

las

multitudes;

y

para

superfecto

conocimiento y análisis, nada tampoco más útil que el teatro.

«El público» es un demonio raro, una conciencia que, á pesar de supropensión á lo rutinario, á lo instituído, ofrece anomalías extrañas,crisis momentáneas, fuera de toda lógica y razón, en que el espírituenorme de la colectividad se retuerce y ríe ó ruge, como una mujer en unataque de histerismo.

¿A qué motivos deben achacarse esas contorsiones icarias de lamultitud?... Nadie podría decirlo; pero los comediantes que luchan conella diariamente, las adivinan y las temen, por lo mismo que ni su arte,ni aun la experiencia—madre ubérrima de todo saber—les dá ardidesseguros para combatirlas.

—Hoy el público—dicen,—viene de mal humor.

Este grito de alarma lo dá el apuntador, el traspunte, el racionista,que, distraídamente, se detuvo á mirar por el agujerillo del telón deboca, cualquiera... Tratándose de esto, ningún «hombre de teatro» seequivoca. Si le preguntásemos al que lo dice el «por qué» de suafirmación, probable sería que no supiese contestarnos. Pero, noimporta: seguros debemos estar de que no yerra y de que el peligroexiste; es algo amenazador que flota en el aire, que vibra, como ungruñido de cólera, en el estrépito con que los espectadores van ocupandosus asientos.

La noticia ha corrido por los bastidores, ha penetrado en el saloncillode autores, ha llegado también á los «camerinos», donde las actricesacaban, entre risas, de alegrar con carmín la frescura bermeja de suslabios. Durante un momento todos quedan preocupados; «hoy el públicoviene de mal humor».

¿Qué sucederá cuando el telón se levante?... Y porlas frentes pasa un gesto de inquietud; han sido aquellas palabras comouna corriente de aire frío...

Las mujeres son las más sensibles á esta emoción miedosa: Rosario Pino,Nieves Suárez, Lolita Bremón (las devotas abundan) antes de salir áescena se persignan llenas de unción; Ramona Valdivia coge «su papel» ylo repasa febrilmente, haciendo un último y desesperado esfuerzo dememoria; la misma María Guerrero, tan dueña de sus nervios y de

«supúblico», palidece y en el livor del rostro la nariz diríase que seencorva, y que los ojos, los grandes ojos trágicos, se inmovilizan yoscurecen.

Y es que todos los artistas, aun los más independientes y depersonalidad más firme, son esclavos de la multitud; el gran enemigocuya voluntad multiforme palpita hostil en la amplitud de la sala.

Otras noches, en cambio, «el público está bueno». ¿Por qué?

Tampoco sesabe; pero es así, y actrices y actores acuden entonces al escenariorientes y tranquilos, como á una fiesta.

Dentro de estos, que podríamos llamar «antojos ó caprichos de laopinión», hay reglas constantes: el público, v. gr., de los sábados ydomingos, «es malo»; el de las tardes, «bueno», y más accesible queningún otro á la emoción de la risa; el público de los estrenos es elmás descontentadizo, pero también el más respetuoso y atento. Pero,dentro de estas líneas generales, se producen aberracionesinexplicables: hay en las obras teatrales donaires de situación ó defrase que unas noches son reídos y otras no; como hay momentosdramáticos que unas veces dominan en absoluto la atención de lamultitud, y otras, sin razón concreta ninguna, la dejan impasible.

El origen de estas mascaradas del sentir colectivo es lo que loscomediantes ignoran y lo que todavía ningún psicólogo ha explicado. Yocreo que en tales extravagancias del humor influyen los vaivenespolíticos, las jugadas de Bolsa, y, más que nada, el tiempo; una nochede lluvia y de ventisca agría el carácter de los espectadores, y, sinque ellos lo adviertan, les irrita y predispone á la protesta; la noche,en cambio, que sigue á un día tibio y soleado, inclina á los espíritus ála indulgencia, el aplauso y la risa. ¡Tan poco somos, tan poco valemos,que todo el rumbo de nuestras ideas basta á cambiarlo á veces un simplevaso de vino ó un rayo de sol!

Y es porque el alma del público, esa alma que creemos enorme y terrible,es, en el fondo, un alma frágil y movible de mujer.

CÓMO ESTUDIAN LOS ACTORES

¿Quién podría medir las miríadas de ideas, de voliciones, de recuerdos,de anhelos, vertiginosamente minúsculos, que cooperan al génesis de unaobra literaria?

Es evidente, con evidencia vertical que no necesita limitaciones nicomentarios, que los agentes capitales de la producción mental son el«momento nervioso» por que atravesaba el artista, la orientaciónpasajera de su espíritu, la cantidad de sangre que circulaba por loscapilares de su cerebro durante aquellas horas de convulsión creadora; yun poco detrás, las grandes tendencias de su carácter, sus alegrías ósus abatimientos recientes, su idiosincrasia y otros varios detallesétnicos, que ponen á la historia de cada individuo un largo proemio.Pero aún hay otros factores: son todas las lecturas, todas lasimpresiones que fué recogiendo en su camino por la vida, todas susufanías y desengaños de un instante, todo ese «polvillo de realidad» quesobre el espíritu va depositando la experiencia, lo que desde lejos,desde muy lejos, influye más ó menos eficazmente en el definitivo entonoy arquitectura de la obra artística. Sumemos todo ello, y teóricamente(porque el humano cálculo nunca puede descender á profundidades tanarcanas), veremos cómo el fruto de Belleza, sea libro, página musical,lienzo ó escultura, es el cociente de cuantas ideas surcaron el alma delartista desde su niñez más remota, el acorde sinfónico de cuanto haoído, la síntesis pasmosa de todo lo que ha visto.

La fisiología ó mecánica de ese maravilloso fenómeno que llamamospensamiento, es bien sencilla: el artista recibe directamente lasimpresiones sensitivas, las amolda á su temperamento, las devuelvedespués. Nada más.

La labor del comediante, en cambio, es más compleja, porque en ellainterviene otro elemento inspirador: el autor. Quiero decir que el«cómico», al mismo tiempo que busca personalmente en la naturaleza losinsustituibles acicates inspiradores de su arte, ha de examinarla átravés del criterio de los dramaturgos que interpreta, y componérselasde modo que el estudio «directo», que es el de la naturaleza, y eltortuoso ó «reflejo», que es el de los autores, se complementen yfortifiquen de suerte tal, que lo

«vívido» confirme lo leído, y esto, ásu vez, ratifique y corrobore lo por él visto y escuchado.

Aquí reside la dificultad suprema del arte teatral, el abismo deimperfección que constriñe á los grandes comediantes á esfuerzosinacabables de observación y estudio. Téngase presente que el escritor,cuando produce, «ve» y «oye»

simultáneamente á sus personajes, cual sitras el «telón corrido»

de la frente las ideas maniobrasen en undiminuto escenario, y que más tarde el actor, si quiere ser perfecto, hade hallar dentro de sí mismo aquella voz y aquellos gestos que antesvibraron en el cerebro del artista genuinamente creador.

«Es necesario—dice Iffland,—que el actor se aplique á explicarnos porqué razones el personaje es tal como allí aparece, y qué circunstanciasdepravaron su alma; siendo, en suma, el paladín oficioso del carácterque representa.»

Ello supone una fusión completa, una identificación sin omisiones nisuturas, entre el dramaturgo y el comediante, un dilatado trabajo depenetración que éste habrá realizado para capturar cuantas vibracionesagitaron el alma de aquél. Así no debe extrañar que actores comoZacconi, como Novelli, como Coquelin, esos reyes del gesto que hanbordado las perfecciones supremas de su arte, tengan un repertoriopequeño; los Balzac no abundan; la intensidad, grata á los atenienses,generalmente se logra á expensas de la cantidad, que admiran losbárbaros. Hay tipos, como el de Hamleto, cuyo estudio bastaría á llenarla vida de un actor. «Mis meditaciones acerca de este carácter—

diceMacready,—han perdurado hasta el final de mi carrera».

Para obtener tan elevadísimos grados de selección, el comediante no sólohabrá de pulir su espíritu, sino también educar su rostro, su voz y susademanes, de suerte que todo ello, en un preciso momento, vibre alservicio de la misma expresión.

«La vida—escribe Rafael Salillas,—es una obra que se desenvuelve ennuestro interior y que tiene en la fisonomía su escenario, un escenarioque cambia, que no es el mismo en la sucesión de los tiempos, queempieza por ser un teatro Guignol y se muda en teatro cómico y dramáticoy trágico, y lírico también y de todas las variedades conocidas: génerochico y género grande.»

Lo que el ilustrado médico dice, refiriéndose á las evoluciones por quepasa la cara de los niños, es perfectamente aplicable al semblante delos actores. Considérese que, como el mar acepta todas las presiones delviento, así la fisonomía del comediante queda obligada á traducircuantas impresiones le imponga el dramaturgo. Estos, ya lo sabemos,jamás saben expresar acabadamente lo que piensan, y todas suscreaciones, aun las más perfectas, son aspectos ó «aproximaciones» de unideal estético, que el abismo infranqueable que divorcia al fondo de laforma, hace inaccesible. El tormento de la frase lo han padecido losgenios mayores; si Shakespeare hubiese podido decir todo lo que quiso,su gloria sería infinitamente más grande.

Toda obra, por tanto, deja enel ánimo de su creador la inquietud de algo inconcluído, de algo nodicho, que inmediatamente le impulsa á escribir otra... y otra después.

Así el semblante de los actores: sus facciones deben aspirar á poseeraquella movilidad que el autor lleva en el pensamiento; sus ojos, suslabios, su entrecejo, constituirán un libro de infinitos tomos, un«devenir» inacabable. Es el escenario, unas veces cómico, otras trágico,por donde sucesivamente resbalan todas las gracias, todas las muecastorvas, todos los guiños del juvenil contento, de las pasiones, de lamelancolía viril. Cada expresión nueva, por tanto, que el actordescubra, debe constituir una verdadera y legítima obra de arte.

Análogas consideraciones podrían hacerse á propósito de la voz. Como losojos, la garganta de un actor excelente puede expresarlo todo, ó, almenos, «apuntar» panoramas psíquicos muy diversos, que no es másgeneroso en policromias el espectro solar, que lo es la escalacromática en penumbras y matices de armonía.

Lo acredita así la costumbre que muchos profesores franceses dedeclamación tienen de que sus alumnos traduzcan, con una frase vulgarcualquiera, estados de ánimo diferentes. Por ejemplo, el discípulo habráde exclamar:

—¡Hola..., un perro!...

Alternativamente, según las inflexiones de la voz, estas tres palabrasle servirán para revelar alegría, terror, cólera, fastidio,indiferencia. Todo el encanto radicará en la dicción, en la distribuciónhábil, apenas perceptible, de los acentos, en la suavidad con que laintención resbale de una sílaba en otra. Es una gimnasia de inagotablesactitudes, un dinamismo altamente educador, que suelta, fortalece ysutiliza la anatomía del aparato vocal. ¿Se me dirá que tantosrefinamientos son excesivos?...

¡No! De esto y de bastante más necesitanser capaces los buenos actores. ¿Acaso ellos, sobre el escenario delteatro, no deben hallar, como nosotros en el escenario de la vida, laexactitud de esos