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El Origen del Pensamiento by Armando Palacio Valdés - HTML preview

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—Puede ser—repuso Presentación sin dejar de mirar al frente.

—Estaba usted comprando unas enaguas.

—¡Enaguas!—replicó la joven con el acento más despreciativo que pudohallar.—

¡Vamos, debe usted tener los ojos en el cogote para confundirenaguas con chambras!

Timoteo quedó anonadado. Apenas pudo murmurar algunas frases de excusa.

Y he aquí por qué el violín se quejaba tan amargamente hacía pocotiempo, por qué arrastraba las notas de un modo tan lamentable.Presentía el infortunado que las chambras jamás deben confundirse conlas enaguas.

D.ª Carolina acudió generosamente al socorro de aquella desgracia.

—Los hombres no entienden nada de nuestra ropa, muchacha, y además,mirando por los cristales del escaparate no es fácil distinguir lo quese compra.

Timoteo le dirigió una mirada de carnero moribundo agradeciendo el cablede salvación. Pero convencido de que era inútil luchar contra untemporal tan deshecho, renunció a agarrarse a él.

D.ª Carolina era del mismo corte y figura que su hija Presentación, estoes, delgada, nerviosa y con unos ojillos vivos y penetrantes que losaños habían hundido y rodeado de un círculo oscuro y fruncido.

—¡Hija, ten un poco de educación!—añadió por lo bajo ásperamente,tratando al mismo tiempo de alargar la mano con disimulo para darle unpellizco corroborante.

Presentación separó las piernas instantáneamente y soltó una carcajadaque puso más nerviosa y más arrebatada a su mamá. Vivían ambas enconstante guerra. Sus genios eran igualmente vivos. Pero así y todo, nopodían prescindir la una de la otra y formaban dentro de la casa unpartido. Presentación era la preferida de su madre, como Carlota de supadre.

—Oiga usted, Timoteo—dijo de pronto la niña volviéndose hacia elviolinista con ojos risueños.—¿Qué era lo que usted tocaba hace poco?

—¿Lo último?... Un stornello titulado Día de sol.

—¡Qué bonito es!

—¿Le gusta a usted?—preguntó dilatando su boca para sonreír de talmodo que dejó estupefactos a los circunstantes a pesar de hallarseacostumbrados a los prodigios que la naturaleza solía obrar en sufisonomía.

—¡Muchísimo! Es precioso... precioso...

—¿Quiere usted oírlo otra vez?

—¡Ya lo creo!

—Pues lo tocaré, lo tocaré, Presentacioncita—dijo el artista lleno decondescendencia, rebosando de orgullo.

—El caso es—manifestó la maligna joven con tristeza—que nos vamos air pronto.

—Eso no importa. Voy a tocarlo en seguida... Verá usted.

Y se fue a buscar al pianista. Éste no parecía por ningún lado. Timoteodaba vueltas como loco por todos los rincones del café.

—Vamos—decía en tanto Presentación a su hermana,—el Día de sol noslibrará de la lluvia.

—¡Pobre chico! ¿Qué culpa tiene él de que se le escape lasaliva?—repuso aquélla sonriendo.

—¡Anda! ¿Y qué culpa tengo yo?—exclamó enfurecida la otra.

Mario rió la ocurrencia, irritado contra el violinista que le habíaimpedido extraviarse por la floresta. Romadonga la amenazó con el dedo.

—¡Niña! ¡niña!

—¿Qué le duele a usted, D. Laureano?

—A mí nada. A Timoteo es a quien le arden las orejas... Diga usted,¿cómo no han estado ustedes esta tarde en la Castellana?

—Eso cuénteselo usted a mamá.

—¿A mi, niña?—exclamó vivamente doña Carolina.—¿Qué estás ahídiciendo? ¿No sabes que tienes padre?—Y volviéndose hacíaRomadonga:—Pantaleón no ha querido que hoy fuésemos a paseo, sin dudatemiendo a la humedad por lo mucho que ha llovido estos días.

—Eso es... No lo he juzgado conveniente—corroboró D. Pantaleóndirigiendo una mirada tímida a su mujer.

Presentación hizo un mohín de desdén y se volvió hacia Mario y Carlota.Pero juzgando que era ya tiempo de dejarlos abandonados a sí propios,entabló conversación con una señora que se refrescaba con grosella en lamesa inmediata.

—¿Qué es eso, D.ª Rafaela, no lee usted hoy La Correspondencia?

—Ya la he leído, querida... No trae más que esquelas de defunción.

—¿Pues y la noticia del matrimonio de la infanta?

—No sé nada. Ya sabe usted que yo no leo más que los anuncios.

No era una señora en la acepción que se da usualmente a la palabra, nitampoco una mujer del pueblo. Participaba de ambas clases. No gastabasombrero ni mantilla, pero el mantón alfombrado que cubría sus hombrosera riquísimo; el vestido, de seda pura; en los dedos y en las muñecassortijas y brazaletes de valor y en las orejas dos orlas de brillantescon zafiro en el medio; todo lo cual pregonaba que, si D.ª Rafaela novestía de señora, no era seguramente por falta de dinero.

Nadie lo ponía en duda, D.ª Rafaela poseía en la calle de Hortaleza uncomercio de antigüedades que en otro tiempo había sido prendería y aúnlo era cuando le venía bien. Unas veces predominaban los objetosantiguos, otras los viejos. Como complemento indispensable de talnegocio, D.ª Rafaela prestaba con usura. Hallaríase entre los cincuentay sesenta años. Gruesa, morena, de facciones abultadas y con un extensolunar de pelos largos, cerdosos, en la mejilla derecha, cerca de laboca. Vivía sola con una sobrina a quien dejaba cerrada en casa mientrasacudía invariablemente todas las noches a tomar un vaso de grosella y aleer la cuarta plana de La Correspondencia. Era campechana, servicialy sencilla hasta la simpleza, pero en sus negocios de prendera yprestamista mostrábase inflexible y astuta como pocas.

—Acérquese un poquito si ha concluido de tomar su grosella.

D.ª Rafaela trasladó su silla cerca de la joven y en seguida se pusierona departir amigablemente en voz baja. Claro está que el tema de suplática fue el acontecimiento de la noche, la presentación de Mario a lafamilia de Sánchez.

—Al fin parece que eso lleva buen camino. Me alegro mucho... mucho. Nodeje de decírselo a su mamá, y que sea para bien. Es un chico muydecente, y si tira a su padre... ya ve usted... Por supuesto queCarlota, por lo guapa y bonachona, merecía un infante de Ingalaterra...Pero, hijita, los tiempos no están para andar a escobazos con loshombres. Así se lo digo muchas veces a la gazmoñita de mi sobrina, quehace melindres al vidriero de la esquina... Ahora, si usted me preguntami sentir, le diré que el que más me gusta de esa cuadrilla que sesienta en el rincón es aquel muchacho rubio que llaman Godofredo. No esque tenga que decir ni pensar nada malo de éste.

Al contrario, me parecebastante formal y simpático; guapo no lo es... ¿para qué más de laverdad?... pero el otro... el otro es una alhaja, un bendito... ¡Si leviese usted, como yo le veo muchos días, comulgar en San Antón!...Vamos, que enternece hallar un chico tan humilde y devoto ahora en que atodos les da por despreciar las cosas santas y decir mil borricadas yescandalizar a las personas honradas. A veces se pasa media hora y másde rodillas delante del altar de la Virgen... Hijita, ¡qué feliz será sumadre! Y la mujer que le lleve bien puede decir que no tiene queenvidiar a ninguna duquesa.

Presentación se ruborizó levemente con estas palabras y dirigió unamirada rápida hacia el rincón, tropezando sus ojos vivarachos con lossuaves y místicos de Llot, que estuvieron posados buen rato sobre ella.D.ª Rafaela lo advirtió bien, y adoptando un semblante enteramentepicaresco, le dijo bajando aún más la voz:

—Ya sé, ya sé, querida, que usted y él... ¡vamos!... Apriete, hijita,apriete, y que no se escape, que bien merece la pena... Al que no puedover ni en pintura es a aquel otro que se come los periódicos, aquel delas barbas y las gafas...

—¡Ah, sí, Moreno!...

—¡Un moreno bien desaborío!... tan desgarbadote y tan sucio... Creo queno tiene más gusto que escandalizar a ese pobrecito de Godofredo.¡Desalmadote! ¡pordiosero!

¡Puhá!

Y miraba al mismo tiempo con ojos coléricos a la mesa donde AdolfoMoreno seguía enfrascado en la lectura, muy lejos de pensar que en aquelinstante excitaba la cólera de la prendera.

Mario y Carlota habían desaparecido, no corporalmente, pero sí enespíritu. Timoteo gemía y se lamentaba amargamente, por conducto de suviolín, de que la niña menor de Sánchez se hubiese vuelto de espaldas yhablase tan animadamente con la señá Rafaela, sin cuidarse para nada del Día de sol ni de su intérprete. D.ª Carolina decía a Romadongamientras su marido se atusaba gravemente el triste y pacífico bigote:

—No necesito decirle, Sr. Romadonga, que entiendo perfectamente laintención con que su amiguito se ha hecho presentar por usted estanoche. Sabía hace tiempo que Carlota y él se miraban con buenos ojos, ycuando lo supe yo lo supo éste, porque yo no tengo costumbre de ocultarjamás nada a mi marido. Le pregunté si le parecía mal el muchacho. Medijo que no, y entonces pensé: bueno, pues que corra el agua por dondequiera. El otro día me dijo Carlota: «Mamá, ese chico desea serpresentado.—¿A mí qué me cuentas? le respondí. Díselo a tu papá.—Esque yo no me atrevo... Si tú te encargases...—Está bien, hija, para míhan de ser todos los apuros.» Y armándome de valor me atreví a decírseloa éste. Crea usted que temblaba como una hoja, porque no sabía cómo loiba a tomar; tenía miedo que me echase con viento fresco.Afortunadamente, estaba de buen humor aquel día, ¿verdad, querido?

D. Pantaleón bajó los párpados, manifestando de este modo solemne yaugusto que su esposa no se equivocaba acerca del estado de su espírituen aquella ocasión.

—Me respondió que no tenía inconveniente en que lo presentasen con talque fuese por medio de una persona respetable. ¿Te parece bien D.Laureano?—

Perfectamente.—Pues ya está hecho. Ahora no nos resta másque darle a usted las gracias por la molestia que ha querido tomarse.

Romadonga levantó la mano para alejar de sí aquellas gracias que nomerecía, y volvió la cabeza para mirar a la hermosísima chula, que enaquel instante se levantaba del asiento para marcharse. Al pasar junto aellos D. Laureano le dijo familiarmente:

—Adiós, Concha: hasta mañana.

—Buenas noches—respondió ella sonriendo tímidamente.

Su padre se llevó la mano al sombrero. Romadonga siguiola con la vistahasta que desapareció por la cancela. Antes de trasponerla Concha sevolvió a medias y le echó una rápida mirada de latiguillo. Lo cual lepuso de tan excelente humor, que desde entonces no cerró boca yconsiguió tener suspensos y embelesados con su charla insinuante lomismo a D. Pantaleón que a su esposa.

Pero la noche corría. Habían sonado ya las once y media, hora en queaquella respetable familia tenía por costumbre retirarse. Doña Carolinase inclinó hacia el oído de su hija Carlota, y le dijo en voz baja,aunque no lo bastante para no ser oída de Mario:

—Por mi gusto, querida, estaríamos aquí un ratito más; pero ya ves, tupapá acostumbra a retirarse a esta hora... y ahora más que nuncanecesitamos tenerle contento, ¿verdad?—añadió con un guiño picaresco.

Luego, volviéndose a su marido:

—Pantaleón, nos iremos cuando tú lo ordenes.

—Bien, pues vámonos ya—respondió el venerable jefe de la familialevantándose de la silla.

Los demás le imitaron. La señá Rafaela y Romadonga manifestaron quetambién se iban. Mario no se atrevió a acompañarlos, aunque bastantesganas se le pasaron. La despedida fue tímida y significativa por partede Carlota, franca y afectuosa por la de su hermana, propia de unafutura hermana política; por la de D.ª Carolina maternal, aunquetemplada por el respeto que le merecía la autoridad de su marido; y poréste tan cortés, tan suave, tan condescendiente, que Mario se mostróhondamente conmovido, y apenas pudo articular con voz temblorosa algunaspalabras de ofrecimiento.

Quedó solo al fin. El corazón no le cabía en el pecho. Permaneció uninstante inmóvil contemplando la puerta, por donde acababa dedesaparecer, la última, su gentil Carlota. Y bajando de pronto desde lasnubes de oro y rosa donde se mecía a esta tierra prosaica, se dirigió ala mesa del rincón, donde sólo se hallaba ya Adolfo Moreno. El salto nopodía ser mayor. Moreno era, en sentir de Mario, el ser más distante dela poética idealidad que en aquel momento inundaba su espíritu, el menosa propósito para recibir la confesión de sus impresiones. Sin embargo,eran éstas tan vivas, tan avasalladoras, que si no se desahogaba prontode ellas, era de temer una congestión. Sentose enfrente de su amigo,pidió un vaso de leche y esperó a que aquél, en gracia del trascendentalacontecimiento que acababa de efectuarse, se dignase hacerle algunaspreguntas. Nada. Moreno había dejado los periódicos políticos y leía conatención uno ilustrado que andaba siempre de mesa en mesa metido en unacarpeta sucia y despellejada. Mario no pudo más. Comprendía que era unahumillación, pero no tenía fuerzas para resistir al anhelo deconfesarse.

—Adolfo.

—¿Qué hay?—respondió éste sin apartar la vista del periódico.

—Dame la enhorabuena.

Al pronunciar estas palabras se ruborizó.

—¡Ah, sí!—exclamó el otro alzando la cabeza y mirándole con sonrisaentre burlona y benévola.—Al cabo has logrado la dicha de sentarte a lamisma mesa que D.

Pantaleón Sánchez.

—Como tú comprenderás, Adolfo, lo que menos me importa a mí es D.Pantaleón.

Lo que me interesaba, y mucho, era hablar con su hija. Nopuedes figurarte la impresión que he sentido. Ya sabes que estabaenamorado, ¡pero de verdad! Pues bien, ahora lo estoy mucho más, cienveces más. ¡Qué mujer tan simpática! ¡Qué tranquilidad, qué dulzurarespiran todas sus palabras y movimientos! ¡Qué timbre de voz tandelicioso! Parece que viene impregnado de la claridad y armonía quereinan en su alma. Es una voz que suena más en el corazón que en eloído, que nada dice a los sentidos, que despierta el anhelo de lasalegrías íntimas y serenas del hogar; una voz hecha como los bálsamospara curar las heridas que el mundo nos infiere... Nada nos hemos dichode nuestro amor, pero en el brillo de sus ojos, en el cuidado con queevitaba el mirarme, he gustado más dicha que si me prometiese amarmeeternamente. El único signo que advertí de su emoción fue cuando le dila mano al acercarme. ¡Qué encarnada se puso la pobrecita!

Moreno continuaba sonriendo con la misma condescendencia, mientras suamigo se desahogaba tan fogosamente. Al cabo le atajó.

—No te forjes muchas ilusiones por eso del rubor ni te subas altrípode. El rubor es un fenómeno muy prosaico, querido. No significa másque un cambio de la circulación sanguínea. Las arterias, al aumentar odisminuir de diámetro, enrojecen la piel o la hacen empalidecer. Ni tevayas a figurar que sólo las vírgenes se ruborizan, o que sea estefenómeno privativo del ser humano. Los animales también se enrojecen. Elconejo es un animal tan sensible que con la más leve impresión se tiñende carmín sus orejas, y se ha observado que los conejos jóvenes seenrojecen más fácilmente que los viejos.

Mario quedó acortado. Le miró fijamente con ojos de asombro y al finmurmuró entre triste y colérico:

—Pero, Adolfo, ¡por Dios! ¿qué tienen que ver ahora los conejosjóvenes?...

—No... yo no quería decirte... Es simplemente un dato fisiológico.

Recobrose el joven y volvió a coger el hilo de sus impresiones. Las ibanarrando con entusiasmo, de un modo incoherente, como si estuviese solo.Tal vez comprendía vagamente que lo estaba; porque Moreno, a juzgar porsu mirada distraída y su continente reflexivo, debía de hallarse enaquel momento meditando sobre algún oscuro problema de la morfología.

Después de describir y pesar una por una las gracias de Carlota ycolocarla sobre un rico pedestal de mármol ornado de bajos relieves deFidias, por encima de todas las mujeres de este mundo, casi a la alturade la Niobé de Praxíteles, vino a soñar despierto, a pintar de un modoplástico la única dicha a que aspiraba uniéndose a ella...

—No soy hombre de grandes ambiciones, Adolfo, bien lo sabes. Para serfeliz, no necesito más que cariño, sosiego y un mediano pasar. Uncuartito al Mediodía con ventanas al campo aunque esté sobre el tejado;una mujercita sana, risueña, que venga a abrirme la puerta; oírlateclear después de comer alguna sonata de Beethoven... y que me dejenlibre alguna hora para modelar cualquier muñeco. Estoy solo en elmundo.

Apenas he conocido a mi madre. Mi padre se esforzó toda la vidaen hacerme menos terrible esta pérdida. ¡Dios le bendiga por ello! Peroel amor de una madre es insustituible, no tanto por lo vivo y profundo,sino por lo que tiene de femenino. El hombre necesita en todos losmomentos de su vida del amor de la mujer; primero de la madre, luego dela esposa, más tarde de la hija. Además, el hombre sin familia no secomprende; es un ser incompleto, absurdo, está fuera de la naturaleza.

—Permíteme, querido—manifestó Moreno extendiendo la diestra consolemnidad y acentuando aún más la superioridad de su sonrisa.—Más valeque no te metas a definir las leyes de la naturaleza. Esas cosas hay queestudiarlas con atención y tú no creo que te hayas entretenido hastaahora en ello. El que la familia sea una ley natural y que no podamospasar sin ella me parece una de tantas afirmaciones gratuitas comosientan los metafísicos. No se apoya en ningún dato experimental. Entrelos Bochimanos no existe la familia; entre algunos pueblos polinésicostampoco... En cambio se encuentra algo semejante establecido entreciertos monos ordinarios. Y desde luego entre los antropoides. Elchimpanzé y el gorila suelen constituir familia.

La exhibición de este preciosísimo dato le dejó tan satisfecho que, enel exceso de su alegría, tosió dos o tres veces de un modo modesto,indicando que estaba dispuesto a rechazar toda enhorabuena. Actocontinuo echó mano a la botella de agua, se escanció un vaso y lo apurólentamente con majestuoso ademán, a fin de serenarse.

Mario le contemplaba fijamente.

—Mira, Adolfo—dijo al fin procurando reprimir la indignación,—yonunca he dudado de tu ciencia. Reconozco que sabes mucho más que yo, yaunque a mí no me interesen gran cosa los Bochimanos, les concedo todala importancia que tú quieras, por más que tú mismo dices que son unossalvajes... Pero, francamente—añadió poniéndose fuertemente colorado yclavando una mirada colérica en la mesa,—eso de que hablándote yo de miamor por Carlota, que es un ángel bajado del cielo, me saques a relucirel gorila y el chimpanzé, no es decente... no es decente... ¡vamos, queno es decente!

III

Vivió desde aquella noche memorable en un estado de exaltación próximo ala locura. En su casa dejó de ser, con sorpresa de la patrona, elhuésped silencioso, tolerante, que ésta se complacía en ofrecer demodelo a los demás. Se mostró impaciente, huraño, imperioso; armaba conla criada cada pelotera que la vajilla retemblaba con los apóstrofes;todo porque le había servido el almuerzo diez minutos más tarde de loque le había ordenado, o no había podido llevarle el sombrero aplanchar. De igual modo andaba constantemente a la greña con laplanchadora sobre si los puños, sobre si los cuellos, y con la camarerasobre si las botas, sobre si el botón de la levita. La misma D.ª Romana,su respetabilísima patrona, a pesar de su continente digno y talentopersuasivo, no se libraba de las amargas recriminaciones del joven, y aveces de sus violentísimos apóstrofes.

—Pero, D. Mario—decía la diplomática señora mientras los ricitospostizos de su cabeza se agitaban con elocuencia,—¿cómo quiere ustedque la comida esté sazonada o no se la sirvan fría, cómo quiere ustedque le tenga el cuarto arreglado a tiempo ni las cosas a punto, si desdehace una temporada no tiene hora fija para nada; tan pronto se le ocurrealmorzar a las once como a las dos, unas veces se levanta a las siete dela mañana, otras duerme hasta las tres de la tarde? Y sobre esto, loscriados siempre en danza, a casa del sastre, del camisero, a llevarcartas y recados a la calle de Ramales.

Era el mismo Evangelio lo que la buena señora alegaba. Los tirabuzonessujetos a su frente lo corroboraban con vivos movimientos detrepidación. Mario cometía estos desórdenes y otros más. La causaestaba en la calle de Ramales, bien lo sabía D.ª

Romana; pero no seatrevía a expresarlo, aunque lo indicaba recalcando un poquito lapalabra. Es decir, no estaba en la calle de Ramales. Donde estabarealmente era en el cerebro exaltado del joven escultor. Porque ¿quéculpa tenía Carlota de que se levantase a las seis de la mañana,habiéndole dicho la noche anterior que oiría misa a las diez en elSacramento? ¿Ni por qué pedía a grandes voces el almuerzo a las once, sile constaba que hasta las dos lo menos no había de salir de tiendas D.ªCarolina con sus hijas? Tampoco era Carlota responsable de que nuestrojoven perdiese la razón al ver una minúscula arruga en el planchado delos puños o las botas sin el conveniente brillo, porque no tenía lacostumbre de reconocer minuciosamente ni los puños ni las botas de sunovio. Es más, aunque advirtiese la arruga del planchado o la opacidadde las botas, era tan bonachona que se lo perdonaría sin gran esfuerzo.

Al principio nuestro joven iba dos veces por semana a pasar un ratitodespués de la oficina a casa de D. Pantaleón. Poco después, un día sí yotro no; luego, todos los días.

Esto sin perjuicio de verse y hablarsediariamente en el café del Siglo y de las salidas extraordinarias a misay a tiendas, en que casualmente se tropezaban. Pero no bastaba todavíaa calmar las ansias amorosas del escultor. Todavía ideó el acudirtambién algunas mañanas a casa de su novia con diferentes pretextos;luego descaradamente y todos los días. De modo que, lo que decíaconfidencialmente D.ª Carolina a la señora Rafaela:—Hija, estosmuchachos no me dejan tiempo para arreglar mi casa ni para vigilar lacocina; no puedo cepillar la ropa a Pantaleón, no puedo escribir unacarta, no puedo hacer una visita. ¡Siempre clavada a la silla en elgabinete! Luego, si Presentación me ayudase un poco a soportar la carga;pero ¡que si quieres!

En efecto, cuando por algún apuro imprescindible D.ª Carolina la llamabapara que se estuviese al lado de los novios, mientras ella permanecíafuera, Presentación levantaba los brazos al cielo exclamando:

—¡Dios mío, qué pecado habré cometido para desempeñar tan joven estospapeles!

Y si la señora tardaba mucho, se escapaba diciendo:

—No puedo más. Dispensadme. Cuidado con ser buenos.

En vano la pobre Carlota le gritaba ruborizada:

—¡Niña, niña! ¡Por Dios, no marches!

—No puedo más—repetía huyendo,—no puedo más. La carga es superior amis fuerzas.

D.ª Carolina, por estas y otras contrariedades, tenía frecuentes accesosde mal humor; gritaba a sus hijas, las llenaba de improperios; a veces,de esta marejada salpicaba también alguna espuma a Mario. Pero no sedaba por ofendido; al contrario, sentía cierto deleite en que la mamá desu adorada le reprendiese, le tratase con tal excesiva confianza: leparecía que de tal modo se acortaba cada vez más la distancia quemediaba para ser su hijo.

Pero la gran dificultad para esto y para todo en aquella casa era D.Pantaleón. No lo parecía. Mario hallaba en él un hombre grave, perodulce, afectuoso, de una cortesía exquisita. Apenas se le sentía en lacasa. Sin embargo, D.ª Carolina, a quien trasmitía sus órdenes, estabasiempre pendiente de ellas, y no daba jamás un paso sin consultarle ypedirle la venia. Así que nuestro joven, a fuerza de sentir suinfluencia en todos los momentos sin escuchar su voz, sin ver el ademánimperativo de su diestra, había llegado a profesarle un respetoprofundísimo, una veneración sin límites, contemplando su caraenigmática y misteriosa como la de un dios impenetrable.

Cuando letropezaba por los pasillos de la casa, y sucedía bastantes veces, porqueel Sr.

Sánchez era muy dado a pasear por ellos con zapatillas, le dabaun vuelco en el corazón y le saludaba con una turbación que, lejos dedisminuir, aumentaba cada día.—He aquí el hombre—se decía al apartarsede él—en cuyas manos se encuentra mi felicidad o mi desgracia.

La influencia de D. Pantaleón se sentía en todos los momentos y seextendía a los pormenores más insignificantes de la vida doméstica. Parasalir a tiendas, para ir a paseo, para comprarse unas botas, parasuscribirse al periódico de modas, para cambiar de panadero, senecesitaba acudir a su autoridad suprema. Mario la encontrabaasfixiante, pero se sometía.

La vida de aquel déspota no podía ser más sencilla. Levantábaseinvariablemente a las nueve de la mañana, y después de desayunarseterminaba la lectura de La Época, que había comenzado la nocheanterior. La leía toda, hasta el folletín y los anuncios, encerrado ensu habitación, sin que bajo ningún pretexto consintiese D.ª Carolina quese le fuese a interrumpir. Esta escrupulosidad concienzuda aplicada a lalectura de un periódico, que ordinariamente suele hacerse a la ligera,¿no es indicio de un carácter reflexivo a investigador, de unainteligencia firme y ansiosa de nutrirse? El curso de la presentehistoria lo dejará cumplidamente demostrado. Aquella lectura, trivialpara la mayor parte de los hombres, despertaba en el cerebro de Sánchezcopiosa serie de pensamientos graves o frívolos, según su orden.

Para meditarlos, para clasificarlos, para extraerles el jugo, se salíaal pasillo, y envuelto en su bata alfombrada y provisto de silenciosaszapatillas suizas, paseaba grave y acompasadamente hasta la hora dealmorzar. Después del almuerzo y de reposar algunos minutos, se salía adar un largo paseo contemplativo por el Retiro.

Cualquiera que le vieserecorriendo lentamente, con las manos atrás y la cabeza inclinada haciala izquierda, los arenosos caminos del Parque, diputaríale por unocioso, un militar retirado, un propietario, algo, en suma, vulgar yhasta inútil en la sociedad. ¡Cuán engañosas son las apariencias! Algoasí pensaban los habitantes de la ciudad de Heidelberg cuando el granEmmanuel Kant cruzaba de paseo con su paraguas bajo el brazo. Y si lehallasen sentado en un banco frente al Estanque grande, inmóvil, con lamirada fija, tal vez imaginaran que aquel hombre no pensaba en nada.

Yasí era, en efecto. D. Pantaleón en aquellos momentos tenía elpensamiento tan inmóvil como su cuerpo; yacía entregado a una sensaciónde bienestar animal, que inundaba su ser como una ola tibia y loparalizaba. Muchas veces duerme así el espíritu cuando se prepara a unaactividad enérgica, como el luchador que reposa para disponer de toda lafuerza de sus músculos. El genio dormía en el fondo de su alma, sin quenadie, ¡nadie! ni él mismo, sospechase su presencia.

D. Pantaleón Sánchez no era rico. Sólo tenía un pasar adquirido en elcomercio de géneros de punto a fuerza de economías y privaciones. Y aquísalta una observación, que merece ser expresada, es a saber: que casininguno de los hombres que han influido poderosamente sobre sussemejantes o han dado impulso y dirección al progreso dispusieron degrandes bienes de fortuna. Después de traspasar la tienda al primero yúnico de sus dependientes, sólo poseía en valores del Estado una rentade ocho a diez mil pesetas. Gracias al orden y economía de su fielesposa podían vivir cómoda y decorosamente.

A los quince días de entrar en la casa ya nuestro joven escultor ardíaen deseos de formar parte integrante de la familia. Pero no se atrevióa expresarlo sino de un modo indirecto y vago, y con las mejillascoloradas, a Carlota, que a su vez le respondió, ruborizada también, que«no se pensase todavía en aquello.» Pero ambos siguieron pensando, cadacual por su lado; de tal suerte, que si sus bocas estaban calladas, selo decían a todas horas con los ojos. Cuando estaban juntos y sequedaban algunos instantes silenciosos con la mirada extática, bienpodría apostarse doble contra sencillo a que ambos pensab