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El Mar by Jules Michelet - HTML preview

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BIBLIOTECA de LA NACIÓN

J. MICHELET

—————

E L M A R

BUENOS AIRES

1909

Imp. y estereotipia de LA NACION—Buenos Aires.

INDICE

LIBRO PRIMERO.—OJEADA A LOS MARES

Caps.

I.—El mar desde la playa

II.—Playas, arenales y costas bravas

III.—Continuación.—Playas, arenales y costas bravas

IV.—Círculo de las aguas, círculo de fuego.—Ríos del mar

V.—El pulso del mar

VI.—Las tempestades

VII.—La tempestad del mes de octubre de 1859

VIII.—Los faros

LIBRO SEGUNDO.—GÉNESIS DEL MAR

I.—Fecundidad

II.—El mar de leche

III.—El átomo

IV.—Flor de sangre

V.—Los fabricantes de mundos

VI.—Hija de los mares

VII.—El picapedrero

VIII.—Conchas, nácar, perla

IX.—El ladrón de los mares (pulpo, etc.)

X.—Crustáceos.—La guerra y la intriga

XI.—Los peces

XII.—La ballena

XIII.—Las sirenas

LIBRO TERCERO.—CONQUISTA DEL MAR

I.—El arpón

II.—Descubrimiento de los tres Océanos

III.—La ley de las tempestades

IV.—Los mares polares

V.—Guerra á las razas marinas

VI.—El derecho del mar

LIBRO CUARTO.—RENACIMIENTO POR EL MAR

I.—Origen de los baños de mar

II.—Elección de playa

III.—La habitación

IV.—Primera aspiración del mar

V.—Baños.—La belleza renace

VI.—Renacimiento del alma y de la fraternidad

VII.—«Vita nuova» de las naciones

NOTAS

LIBRO PRIMERO

O J E A D A A L O S M A R E S

I

El mar desde la playa.

Un intrépido marino holandés, vigoroso y frío observador, cuyos días sedeslizan en el inmenso Océano, confiesa con franqueza que la primeraimpresión que se recibe al contemplarlo, es de miedo. Para todo serterrestre es el agua el elemento no respirable, el elemento de laasfixia. Barrera fatal, eterna, que separa irremediablemente ambosmundos. No nos sorprende, pues, que la gran masa de agua denominada mar,desconocida y tenebrosa en su profundo espesor, se haya aparecidosiempre formidable á la humana imaginación.

Los orientales sólo ven en ella la amarga sima, la noche del abismo. Entodos los idiomas antiguos, desde la India hasta la Irlanda, el nombrede mar es sinónimo de «desierto, noche».

¡Qué triste es ver, al caer de la tarde, el sol, alegría del mundo ypadre de todo lo criado, ir desapareciendo, eclipsarse entre las ondas!Es el cotidiano duelo del Universo, particularmente del Oeste. En vanoes que todos los días presenciemos el mismo espectáculo; siempre ejerceen nosotros igual influjo, idéntico efecto melancólico.

Si nos sumimos en el mar á cierta profundidad, no tardamos en vernosprivados de luz: se penetra en un crepúsculo do sólo persiste un color,el rojo siniestro; y aun al poco rato este color desaparece y sobrevienela negra noche. ¡Qué obscuridad tan absoluta, exceptuando tal vezalgunos accidentes de horrorosa fosforescencia!

Aquella

masa,

inmensa

enextensión,

enormemente profunda, que se extiende por la mayor parte delorbe, parece un mundo de tinieblas. He aquí lo que sobresaltó, lo queintimidó á los primeros hombres. Suponían que se acaba la vida dondefalta la luz, y que, á excepción de las primeras capas, todo el espesorinsondable, el fondo (dado caso que tenga fondo el abismo), era unanegra soledad, nada más que árida arena y guijarros, y algunas osamentasy despojos, es decir, el sinnúmero de bienes perdidos de que el avaroelemento se apodera sin devolver ni la más pequeña partícula de ellos,escondiéndolos cuidadosamente en el palacio destinado á guardar lostesoros de los naufragios.

La transparencia del mar ciertamente que no contribuye á infundirnosánimo. No puede compararse, ni con mucho, á la tranquilizadora linfa delos manantiales y de las fuentes. Aquélla es opaca y ruda: sacude confuerza. El que se aventura en ella, siéntese levantado impetuosamente.Cierto que presta auxilio al nadador, empero se señorea de él:encuéntrase éste cual débil niño mecido por poderosa mano que fácilmentepuede reducirlo á la nada.

Una vez desamarrada la barquilla, ¿quién sabe dónde puede llevarla unaráfaga de viento, la irresistible corriente? Así fué cómo nuestrospescadores del Norte, contra su voluntad, descubrieron la América polartrayendo de allí las espantosas visiones de la fúnebre Groenlandia. Cadapaís tiene sus narraciones, sus cuentos sobre el mar. Hornero, las «Mily una noches»,

han

transmitido

buen

número

de

esas

tradicioneshorrorosas, los escollos y las tempestades, las calmas no menospeligrosas en que el navegante muere devorado de sed en medio dellíquido elemento, los comedores de carne humana, los monstruos, elleviatán, el kraken y la gran serpiente de los mares, etc. El nombredado al desierto, «país del miedo», hubiera podido aplicarse al grandesierto marítimo. Los más atrevidos navegantes, fenicios ycartagineses, los árabes conquistadores que intentaron conglobar elUniverso, atraídos por las relaciones de la tierra del oro y de lasHespérides, pasan el Mediterráneo, lánzanse á través del Grande Océano;mas, pronto se detienen: el límite sombrío, cubierto eternamente denubes, que se encuentra antes de llegar al Ecuador, les impone respeto.Suspenden su marcha, diciendo: «Este es el mar Tenebroso.» Y ponen lasproas de sus naves en dirección á su país.

«Sería cometer una impiedad el violar ese santuario.

¡Desdichado deaquel que se vea hostigado por tan sacrílega curiosidad! En laspostreras islas apareció un coloso, un rostro amenazador gritando: «Nopaséis más allá.»

Estos temores, un tanto infantiles, del mundo antiguo, son idénticos álas emociones del novato, de la persona sencilla que, procedente detierra adentro, divisa el mar por vez primera.

Puede decirse que todoser que experimenta esa sorpresa, siente la misma impresión. Losanimales se turban visiblemente á su vista. Hasta durante el reflujo,cuando lánguida y benigna se desliza el agua muellemente por la orilla,el caballo no está sereno: tiembla, y á menudo no quiere vadear eltranquilo elemento. El perro retrocede y ladra, injuriando á su manerala onda que le causa miedo, y nunca se reconcilia con el dudoso elementoque más bien le parece hostil. Cuenta un viajero que los perros delKamtschatka, acostumbrados á dicho espectáculo, se sobrecogen é irritanlo mismo: á manadas, por millares, en el transcurso de la noche, ladraná las mugientes olas y rivalizan en furor con el embravecido Océano delNorte.

La introducción natural, el vestíbulo del Océano para prepararse áconocerlo como es debido, es la melancólica corriente de los ríos delNoroeste, los dilatados arenales del Mediodía ó las landas de laBretaña. Cualquiera que por una de estas tres vías se dirija al mar,quedará muy sorprendido de la región intermedia que lo anuncia. A lolargo de esos ríos divísase una ola infinita de juncos, de salcedas, deplantas diversas, las cuales, por los grados de las aguas que con ellasse mezclan convirtiéndose paulatinamente en salobres, acaban por hacerseplantas marinas. En las landas, preséntase antes del mar otro mar dehierbas duras y de corto tallo, helechos y matorrales.

Una ó dos leguasdistante de él empezaréis á ver árboles raquíticos, pobres, ceñudos, queindican á su modo por medio de posturas, iba á decir con sus gestosoriginales, la proximidad del gran tirano y la opresión de su soplo. Sino estuvieran arraigados á la tierra, indudablemente abandonarían á todaprisa aquel sitio: yacen semicaídos, de espaldas al enemigo común, cualsi se dispusieran á partir, derrotados, desgreñados. Se doblan, seencorvan hasta el suelo, y, no encontrando nada mejor que hacer, fijosen aquel sitio, tuércense al viento de las tempestades.

En otros sitios,el tronco disminuye y extiende indefinidamente sus ramas en sentidohorizontal. En la playa, donde las disueltas conchas levantan un polvomuy fino, el árbol vese invadido, tragado por él. Ciérranse sus poros,le falta aire respirable; siéntese ahogado, empero conserva su forma yqueda árbol de piedra, espectro de árbol, sombra lúgubre sin fuerzaspara desaparecer, cautiva en la muerte misma.

Mucho antes de vislumbrarse el mar, se oye y se adivina el temibleelemento. Primero un rumor lejano, sordo y uniforme.

Poco á poco cesantodos los ruidos dominados por aquél. No tarda en notarse la solemnealternativa, la vuelta invariable de la misma nota, fuerte y profunda,que corre más y más, y brama. Es menos regular que la oscilación delpéndulo que nos señala las horas de nuestra existencia: empero aquí elbalancín no tiene la monotonía de las cosas mecánicas; se siente, créesesentir la vibrante entonación de la vida. En efecto; al subir la marea,cuando la ola se empina sobre la ola, inmensa, eléctrica, júntase altempestuoso mugido de las aguas la estrepitosa algazara de las conchas yde los mil seres diversos que consigo arrastra. Llega el reflujo; unzumbido indica que con las arenas se lleva el mar todo ese mundo defieles tribus, y las recoge en su seno.

¡Cuántos tonos no tiene á más de los descritos! Por poco que estéconmovido, sus ayes y hondos suspiros contrastan con el silencio de lamonótona playa. Parece como que se abstrae para oir las amenazas del queayer le halagaba con acariciadora ola.

¿Qué va á decirle dentro depoco? No quiero preverlo siquiera.

No intento hablar ahora de losespantosos conciertos que tal vez prepara, de sus dúos con las rocas, delos alaridos y sordos truenos que produce en el fondo de las cavernas,ni de la sorprendente gritería en que se juraría oir: ¡Socorro!...

No;escogeremos uno de sus días graves, en que usa de su fuerza sinviolencia.

No debe sorprendernos si el niño y el ignorante vense siempre embargadospor un estupor admirativo y más temerosos que alegres ante esa esfinge.Nosotros mismos, bajo muchos conceptos, la consideramos aún como unenigma.

¿Cuál es su extensión real? Mayor que la de la tierra: he aquí lo que esdado afirmar con más exactitud. Sobre la superficie del globo el agua eslo general, la tierra una excepción. ¿Y su proporción relativa? El aguaconstituye las cuatro quintas partes, esto es lo más probable; otros hanasegurado que las dos terceras ó las tres cuartas partes. Problemadifícil de resolver. La tierra se ensancha y decrece; su acción no cesa:una porción baja, otra sube. Ciertas comarcas polares descubiertas yanotadas por el navegante, han desaparecido al pasar otra vez éste porel mismo sitio. Por otro lado fórmanse y se levantan innumerables islas,bancos inmensos de madréporas y corales, turbando la geografía.

La profundidad de los mares es más desconocida aún que su extensión.Apenas han sido hechos los primeros sondajes, pocos en número éinciertos.

Las insignificantes libertades, dado nuestro atrevimiento, que nostomamos á la superficie del indomable elemento, nuestra audacia encorrer sobre ese profundo desconocido, poco valen y en nada puedenmenguar el legítimo orgullo del mar. En realidad éste permanece oculto,impenetrable á nuestras miradas.

Adivínase y sábese hasta cierto puntoque un mundo prodigioso de vida, de combate y de amor, de produccionesvariadísimas pulula allí; empero apenas hemos penetrado en él, nosapresuramos á abandonar ese extraño elemento; y si nosotros necesitamosdel mar, en cambio el mar no nos necesita á nosotros para nada. Puedepasar muy bien sin el hombre. A la Naturaleza parece no le importa grancosa ese testigo: Dios es el único que se encuentra allí como en sucasa.

El elemento que llamamos flúido, movible, caprichoso, en realidad nocambia: es la regularidad misma. Lo que continuamente cambia es elhombre. Su cuerpo (cuyas cuatro quintas partes son agua, segúnBerzelius) mañana se evaporará.

Esa efímera aparición, en presencia delos grandes poderes inmutables de la Naturaleza, hace muy bien en vivirde ensueños.

Por muy justa que sea la idea que tiene de la inmortalidaddel alma, no por eso se aflige menos el hombre ante el espectáculo deesas muertes frecuentes, de las crisis que á cada momento quiebran lavida. El mar parece hacer gala de ese triunfo. Cada vez que á él nosacercamos, parece decirnos desde el fondo de su inmutabilidad: «Mañanatú dejarás de ser, y yo soy eterno. Tus huesos reposarán bajo la tierra,disolveránse al transcurso de los siglos, y yo existiré aún, majestuoso,indiferente, equilibrada la grande vida que me armoniza á la vida de losmundos lejanos.»

Contraste humillante que se revela con dureza y como irrisoriamente paranosotros, sobre todo en las playas bravías, donde el mar arranca á losderrumbaderos guijarros que vuelve á lanzarles, que vuelve á traer dosveces al día, arrastrándolos con siniestro estrépito cual si fuesencadenas ó metralla. Toda imaginación juvenil ve en esto el símbolo de laguerra, un combate, y empieza por acobardarse. Luego, notando que aquelfuror tiene límites ó se detiene, el niño, tranquilizado ya, detesta másbien que teme la cosa salvaje al parecer enemistada con él. A su vezarroja guijarros al gran enemigo mugiente.

En julio de 1831 me entretuve en observar ese duelo en el puerto delHavre. Un niño que llevaba á mi lado, al verse frente á frente con elmar sintió enardecerse su ánimo juvenil é indignóse de aquel desafío. Elmar devolvió estocada por estocada. Lucha desigual que movía á risa,entre la mano delicada de la frágil criatura y la espantosa fuerza quetampoco se curaba de la debilidad del contrario. Mas, la risadesaparecía de los labios al pensar en lo efímera de la existencia delser amado, y en su impotencia á presencia de la infatigable eternidadque nos arrebata. Tal fué una de mis primeras miradas hacia el mar.Tales mis ensueños empañados por el exacto augurio que me inspiraba esecombate entre el mar que veo cuando quiero, y el niño que para siempreha desaparecido de mi vista.

II

Playas, arenales y costas bravas.

Por doquiera puede verse el Océano; siempre se presentará imponente ytemible. Así se ostenta alrededor de los cabos que miran en todasdirecciones; así, y en ocasiones más terrible, en los sitios vastos,pero circunscriptos, en que el marco de las orillas le molesta y leindigna, donde penetra violentamente acompañado de corrientes rápidasque á menudo chocan contra los escollos. No se percibe el infinito,empero se siente, se oye, se le adivina así, siendo más profunda laimpresión que con ello causa.

Esto me sucedió en Granville, playa tumultuosa de gran oleaje y muchoviento donde termina la Normandía y comienza la Bretaña. La bellezalujuriosa y agradable, á veces vulgar, de la linda campiña normanda,desaparece, y por Granville, por el peligroso Saint-Michel-en-Grève, sepasa de un mundo á otro.

Granville es de raza normanda, pero bretón ensu fisonomía.

Opone fieramente su roca al asalto terrorífico de lasolas, que traen unas veces del Norte los discordantes furores de lascorrientes de la Mancha, y otras vienen del Oeste engrosándose en suvertiginosa carrera de mil leguas, azotando con toda la fuerza acumuladadel Atlántico.

Me era querido aquel pueblecillo original y un poco triste que vive dela grande pesca rodeada de peligros. La familia sabe que obtiene elsustento de las casualidades de esa lotería, de la vida, de la muertedel hombre. Esto presta una seriedad armónica al carácter severo dedicha costa en todas las cosas. Con frecuencia disfruté allí lamelancolía de la noche, ya me paseara por los obscuros arenales, yadesde lo alto de la población que corona la roca me entretuviera viendoesconderse el rey de los astros detrás del horizonte un tanto nebuloso.Su enorme mapamundi, rayado fuertemente y con frecuencia de negro yrojo, se abismaba sin detenerse á producir en el cielo los caprichos,los paisajes de luz con que en otras partes suele alegrar la vista. Enagosto ya había entrado el otoño: no existía el crepúsculo. Apenasdesaparecido el sol, refrescaba la brisa, corrían las olas rápidas,verdes y sombrías. Casi no se veía otra cosa que algunas sombrasfemeninas envueltas en sus capas negras forradas de blanco. Loscarneros retardados en los pobres pastos de la explanada, que se elevaochenta ó cien pies sobre la playa, entristecían el espacio con susbalidos.

La parte alta del pueblo, asaz reducida, tiene la cara que mira al Norteedificada á pico en el borde del abismo, negra, fría, azotadaeternamente por el viento, de frente al Grande Océano.

Allí sólo se venmíseras viviendas. Fuí conducido al hogar de un buen hombre que seganaba el sustento fabricando cuadros de conchas: habiendo subido poruna semiescala hasta un cuartito obscuro, apercibí, encuadrado en laestrecha ventana, aquel panorama trágico, panorama que me sorprendiótanto como en Suiza la vista del ventisquero de Grindelwald tomadaasimismo desde una ventana.

El ventisquero me representó un monstruo enorme de hielos puntiagudosque avanzaban á mi encuentro; ese mar de Granville, un ejército de olasenemigas que concurrían acordes al asalto.

Mi huésped no era viejo, pero sí achacoso, enfermo. A pesar de queestábamos en agosto tenía cerrada la ventana.

Inspeccionando sus obras ycharlando, noté que su cabeza no estaba muy firme: la había desarregladoun asunto de familia. Su hermano pereciera en aquella playa quecontemplábamos los dos, en una aventura cruel. El mar se le presentabasiniestro, le parecía que alimentaba cierta inquina contra él. Duranteel invierno complacíase en flagelar su ventana con copos de nieve óvientos helados, siendo causa de que no pudiese pegar los ojos.

En lasinterminables noches invernales azotaba sin tregua ni descanso la rocado estaba asentada su vivienda; en verano ofrecíale huracanesinconmensurables, relámpagos de un mundo al otro. Mucho peor era duranteel flujo: subía á la altura de sesenta pies, y su furiosa espuma,elevándose más todavía, se estrellaba impertérrita contra su ventana. Yno estaba el buen hombre seguro de que el mar se contentara con eso; suodio podía inducirle á jugarle alguna mala treta. Empero carecía demedios para procurarse un albergue mejor; tal vez veíase clavado allípor una especie de poder magnético, no osando enemistarse del todo conla terrible hada, á la que profesaba cierto respeto. La citaba pocasveces, y cuando lo hacía solía designarla sin nombrarla, así como elislandés en alta mar no se atreve á citar el Orca, temeroso de que leoiga y se presente.

Todavía me parece estar viendo su palidez cuando,fijos los ojos en la arena de la playa, me decía: «Esto me da miedo.»

¿Estaba loco? No; hablaba muy razonablemente. Parecióme un serdistinguido é interesante. Era un hombre nervioso, con una organizacióndelicada, demasiado delicada para recibir tales impresiones.

El mar produce muchos locos. Livingstone trajo del Africa un hombreinteligente, valeroso, que hacía frente á los leones; pero nunca habíavisto el mar. Al embarcarse por primera vez y experimentar la doblesorpresa del temible elemento y de todas las artes desconocidas, sucerebro no pudo resistir tanta emoción.

Empezó á delirar, y á pesar dela vigilancia que con él se tuvo, logró escapar, arrojándose ciegamenteen brazos de las ondas que tanto le aterrorizaban y no obstante leatraían.

Por otro lado, el mar encariña de tal manera á los hombres que por largotiempo se confían á su merced, á los que viven con él familiarizados,que no les es dado abandonarle jamás. He visto en un puertecito algunosviejos pilotos que, demasiado débiles, resignaban sus funciones; emperono lograban resignarse con su nuevo estado, y arrastrando una vidamiserable, acababan por perder el seso.

En lo más alto de Saint-Michel hay una plataforma llamada de los Locos. En mi vida he visto sitio más adecuado para producir la locuraque esa mansión vertiginosa. Figuraos rodeados de una dilatada planiciecomo de blanca ceniza, siempre solitaria, arena equívoca cuya falsasuavidad constituye el lazo más peligroso.

Es y no es la tierra, es y noes el mar, ni tampoco es dulce el agua, aunque por debajo los arroyuelostrabajen el suelo incesantemente. Raras veces, y sólo por cortosinstantes, una embarcación se aventuraría en aquellos sitios. Y si unopasa cuando refluye el agua, corre riesgo de ser tragado: hablo confundamento de causa, pues faltó poco para que me aconteciera unaccidente. Un ligero vehículo en que me encontraba, desapareció en dosminutos, caballo y todo, y yo escapé milagrosamente. Hasta á pie mehundía á cada paso que daba, sintiendo bajo mis plantas un horrorosoembate, cual si el abismo me acariciara, me invitara ó atrajera,agarrándome por debajo. Sin embargo, logré encaramarme en la roca,llegar á la gigantesca abadía, claustro, fortaleza y cárcel, de unasublimidad atroz, digna en verdad del paisaje. No es este lugar ápropósito para la descripción de aquel monumento. Yérguese sobre unagran mole de granito, y se empina y vuelve á empinarse indefinidamente,cual una Babel titánicamente amontonada, roca sobre roca, siglo trassiglo, empero constantemente calabozo sobre calabozo. Abajo, el inpace de los frailes; más arriba, la jaula de hierro levantada por LuisXI; subiendo siempre, la de Luis XIV; á mayor elevación, la cárcelactual. Todo esto envuelto en un torbellino, una brisa, una confusióneterna. Es el sepulcro sin la calma.

¿Tiene culpa el mar de la perfidia de esa playa? No por cierto.

El marllega allí, como por doquiera, bullicioso y robusto, pero lealmente. Laculpa la tiene la tierra, cuya disimulada inmovilidad, parece siempreinocente, mientras filtra por debajo la playa las aguas de losriachuelos, mezcla dulce y blanquizca que no permite consolidar elterreno. El primer culpable es el hombre, por su ignorancia y sunegligencia. En los interminables siglos bárbaros, mientras sueña con laleyenda y funda la gran peregrinación del arcángel vencedor del diablo,éste se apoderó de aquella llanura desamparada. El mar está muy inocentede todo: en vez de hacer daño, trae por el contrario en sus amenazadorasondas un tesoro de sal fecunda, mejor que el limo del Nilo, queenriquece los campos y constituye la encantadora belleza de los antiguospantanos de Dol, convertidos hoy en jardines. Es una madre un pocoexaltada de genio, pero madre al fin. Rica en pescado, amontona sobreCancale, que está enfrente, y sobre otros bancos, millones y másmillones de ostras, y sus conchas desmenuzadas producen la rica vida quese trueca en pastos y frutos, al par que cubre de flores las praderas.

Preciso es penetrarse de la verdadera inteligencia del mar, no dejarsearrastrar por la falsa idea que puede darnos el país inm