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El Capitán Veneno-La Serie Hispana by Pedro Antonio de Alarcón - HTML preview

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nueva desgracia que se ha buscado mi incorregible y muy amadopariente don Jorge de Córdoba, a quien nadie mandaba echar su cuarto aespadas[142] en el jaleo de ayer tarde (pues que está de reemplazo,según costumbre, y ya podía haber escarmentado[143] de meterse en librosde caballerías), es cosa que tiene facilísimo remedio, o que lo tuvo,felizmente, en el momento oportuno, gracias al heroísmo de esta gallardaseñorita, a los caritativos sentimientos de mi señora la generala deBarbastro, Condesa de Santurce, a la pericia del digno doctor enmedicina y cirugía Sr. Sánchez, cuya fama érame conocida hace muchosaños, y al celo de esta diligente servidora...

Aquí la gallega se echó a llorar.

—Pasemos a la parte dispositiva...—continuó el Marqués, en quien, porlo visto, predominaba el órgano de la clasificación y el deslinde, yque, de consiguiente, hubiera podido ser un gran peritoagrónomo.[144]—Señoras y señores[145]: supuesto que, a juicio de laciencia, de acuerdo con el sentido común, fuera muy peligroso mover deese hospitalario lecho a nuestro interesante enfermo y primo hermanomío don Jorge de Córdoba, me resigno a que continúe perturbando estasosegada vivienda hasta tanto que pueda ser trasladado a la mía o a lasuya. Pero entiéndase que todo ello es partiendo de la base,[146] ¡ohquerido pariente!, de que tu generoso corazón y el ilustre nombre quellevas sabrán hacerte prescindir de ciertos resabios[147] de colegio,cuartel o casino, y ahorrar descontentos y sinsabores[148] a larespetable dama y a la digna señorita que, eficazmente secundadas por suactiva y robusta doméstica, te libraron de morir en mitad de lacalle...—¡No me repliques! ¡Sabes que yo pienso mucho las cosas antesde proveer,[149] y que nunca revoco mis propios autos! Por lo demás, laseñora Generala y yo hablaremos a solas (cuando le sea cómodo, pues yono tengo nunca prisa) acerca de insignificantes pormenores de conducta,que darán forma natural y admisible a lo que siempre será, en el fondo,una gran[150] caridad de su parte...—Y, como quiera que ya hedilucidado por medio de este ligero discurso, para el cual no veníapreparado, todos los aspectos y fases de la cuestión, ceso por ahora enel ejercicio de la palabra. He dicho.

El Capitán seguía silbando el himno de Riego, y aun creemos que el deBilbao[151] y el de Maella, con los iracundos ojos fijos en el techo dela alcoba, que no sabemos como no principió a arder o no se vino alsuelo.

Angustias y su madre, al ver derrotado a su enemigo, habían procuradodos o tres veces llamarle la atención, a fin de calmarlo o consolarlocon su mansa y benévola actitud; pero él les había contestado por mediode rápidos y agrios gestos, muy parecidos a juramentos de venganza,tornando en seguida a su patriótica música, con expresión más viva yardorosa.

Dijérase que era un loco en presencia de su loquero; pues no otrooficio que este último representaba el Marqués en aquel cuadro.

IV

PREÁMBULOS INDISPENSABLES

Retirose en esto[152] el doctor Sánchez, quien, a fuer de[153]experimentado fisiólogo y psicólogo, todo lo había comprendido ycalificado, cual si se tratase de autómatas y no de personas, y entoncesel Marqués pidió de nuevo a la viuda que le concediese unos minutos deaudiencia particular.

Doña Teresa le condujo a su gabinete, situado al extremo opuesto de lasala, y, una vez establecidos allí en sendas butacas[154] los dossexagenarios, comenzó el hombre de mundo por pedir agua templada conazúcar, alegando que le fatigaba hablar dos veces seguidas, desde quepronunció en el senado un discurso de tres días en contra de losferrocarriles y telégrafos; pero, en realidad, lo que se propuso alpedir el agua, fue dar tiempo a que la guipuzcoana le explicase quégeneralato[155] y qué condado[156] eran aquellos de que el buen señorno tenía anterior noticia, y que hacían mucho al caso, dado que iban atratar de dinero.

¡Pueden imaginarse los lectores con cuánto gusto se explayaría la pobremujer en tal materia, a poco[157] que le hurgó[158] D. Álvaro!...Refirió su expediente de pe a pa, sin olvidar aquello del derecho[159] vi rtual, retrospectivo e implícito... a tener que comer, que leasistía,[160] con sujeción al artículo 10

del Convenio de Vergara; ycuando ya no le quedó más que decir y comenzó a abanicarse en señal detregua, apoderose de la palabra el Marqués de los Tomillares, y habló enlos términos siguientes:

(Pero bueno será que vaya también por separada su interesante

relación,modelo de análisis expositivo, que podrá figurar en la Sección vigésimade sus obras titulada Cosas de mis parientes, amigos y servidores.) V

HISTORIA DEL CAPITÁN

—Tiene usted, señora Condesa, la mala fortuna de albergar en su casa auno de los hombres más enrevesados e inconvenientes que Dios ha echadoal mundo. No diré yo que me parezca enteramente un demonio; pero sí quese necesita ser de pasta de ángeles,[161] o quererlo, como yo lo quiero,por ley natural y por lástima, para aguantar sus impertinencias,ferocidades y locuras.

¡Bástele a usted saber que las gentes disipadas ypoco asustadizas[162] con quienes se reúne en el Casino y en los cafés,le han puesto por mote el Capitán Veneno, al ver que siempre estáhecho un basilisco y dispuesto a romperse la crisma[163] con todo bichoviviente por un quítame allá esas pajas![164] Úrgeme, sin embargo,advertir a usted para su tranquilidad personal y la de su familia, quees casto y hombre de honor y vergüenza, no sólo incapaz de ofender elpudor de ninguna señora, sino excesivamente huraño y esquivo con elbello sexo. Digo más: en medio de su perpetua iracundia, todavía no hahecho verdadero daño a nadie, como no sea[165] a sí propio, y por lo quea mí toca, ya habrá usted visto que me trata con un acatamiento y elcariño debidos a una especie de hermano mayor o segundo padre... Pero,aun así y todo, repito que es imposible vivir a su lado, según lodemuestra el hecho elocuentísimo de que, hallándonos él soltero y yoviudo, y careciendo el uno y el otro de más parientes, arrimos opresuntos y eventuales herederos, no habite en mi demasiado anchurosacasa, como habitaría el muy necio si lo deseare;[166] pues yo, pornaturaleza y educación, soy muy sufrido, tolerante y complaciente conlas personas que respetan mis gustos, hábitos, ideas, horas, sitios yaficiones.

Esta misma blandura de mi carácter es a todas luces lo quenos hace incompatibles en la vida íntima, según han demostrado yadiferentes ensayos; pues a él le exasperan las formas suaves y corteses,las escenas tiernas y cariñosas, y todo lo que no sea rudo, áspero,fuerte y belicoso. ¡Ya se ve![167]

Criose sin madre y hasta sinnodriza... (Su madre murió al darlo a luz, y su padre, por no lidiar conamas de leche, le buscó una cabra..., por lo visto montés, que seencargase de amamantarlo.) Se educó en colegios como interno, desde elpunto y hora que le destetaron; pues su padre, mi pobre hermano Rodrigo,se suicidó al poco tiempo de enviudar. Apuntole el bozo[168] haciendo laguerra en América, entre salvajes, y de allí vino a tomar partido ennuestra discordia civil de los siete años. Ya sería general, si nohubiese reñido con todos sus superiores desde que le pusieron loscordones de cadete, y los pocos grados y empleos que ha obtenido hastaahora, le han costado prodigios de valor y no sé cuántas heridas; sin locual no habría sido propuesto para recompensa por sus jefes, siempreenemistados con él a causa de las amargas verdades que acostumbra adecirles. Ha estado en arresto diez y seis veces, y cuatro en diferentescastillos; todas ellas por insubordinación. ¡Lo que nunca ha hecho hasido[169] pronunciarse! Desde que se acabó la guerra, se hallaconstantemente de reemplazo; pues, si bien he logrado, en mis épocas defavor político, proporcionarle tal o cual colocación en oficinasmilitares, regimientos, etc., a las veinticuatro horas ha vuelto a serenviado a su casa. Dos Ministros de la Guerra han sido desafiados porél; y no le han fusilado todavía, por respeto a mi nombre y a suindisputable valor. Sin embargo de todos estos horrores, y en vista deque había jugado al tute, en el pícaro Casino del Príncipe, su escasocaudal, y de que la paga de reemplazo no le bastaba para vivir conarreglo a su clase, ocurrióseme, hace siete años, la peregrina idea denombrarle Contador de mi casa y hacienda, rápidamente desvinculadas porla muerte sucesiva de los tres últimos poseedores (mi padre y mishermanos Alfonso y Enrique), y muy decaídas y arruinadas a consecuenciade estos mismos frecuentes cambios de dueño. ¡La Providencia me inspirósin duda alguna pensamiento tan atrevido! Desde aquel día mis asuntosentraron en orden y prosperidad: antiguos e infieles administradoresperdieron su puesto o se convirtieron en santos, y al año siguiente sehabían duplicado mis rentas, casi cuadruplicadas en la actualidad, porel desarrollo que Jorge ha dado a la ganadería... ¡Puedo decir que hoytengo los mejores carneros del Bajo Aragón, y todos están a la orden deusted![170] Para realizar tales prodigios, hale bastado a ese troneracon una visita que giró a caballo por todos mis estados (llevando en lamano el sable, a guisa de bastón), y con una hora que va cada día a lasoficinas de mi casa. Devenga allí un sueldo de treinta mil reales; y nole doy más, porque todo lo que le sobra, después de comer y vestir,únicas necesidades que tiene (y esas con sobriedad y modestia), lopierde al tute el último día de cada mes... De su paga de reemplazo nohablemos, dado que siempre está afecta a las costas de alguna sumariapor desacato a la autoridad... En fin: a pesar de todo, yo le amo ycompadezco, como a un mal hijo..., y, no habiendo logrado tenerlosbuenos ni malos en mis tres nupcias, y debiendo de ir a parar a él, porministerio de la ley, mi título nobiliario, pienso dejarle todo misaneado caudal; cosa que el muy necio no se imagina, y que Dios me librede que llegue a saber; pues, de saberlo,[171] dimitiría su cargo deContador, o trataría de arruinarme, para que nunca le juzgara interesadopersonalmente en mis aumentos. ¡Creerá sin duda el desdichado,fundándose en apariencias y murmuraciones calumniosas, que pienso testaren favor de cierta sobrina de mi última consorte, y yo le dejo en suequivocación, por las razones antedichas!...

¡Figúrese usted, pues, suchasco el día que herede mis nueve milloncejos![172]

¡Y qué ruido meterácon ellos en el mundo! ¡Tengo la seguridad de que, a los tres meses, oes Presidente del Consejo de Ministros y Ministro de la Guerra, o lo hapasado por las armas el general Narváez![173] Mi mayor gusto hubierasido casarlo, a ver si el matrimonio lo amansaba y domesticaba y yo ledebía, lateralmente, más dilatadas[174] esperanzas de sucesión para mítítulo de Marqués; pero ni Jorge puede enamorarse, ni lo confesaríaaunque se enamorara, ni mujer ninguna podría vivir con semejanteerizo... Tal es, imparcialmente retratado, nuestro famoso CapitánVeneno; por lo que suplico a usted tenga[175] paciencia para aguantarloalgunas semanas, en la seguridad de que yo sabré agradecer todo lo quehagan ustedes por su salud y por su vida, como si lo hicieran por mímismo.

El Marqués sacó y desdobló el pañuelo, al terminar esta parte de suoración, y se lo pasó por la frente, aunque no sudaba... Volvió enseguida a doblarlo simétricamente, se lo metió en el bolsillo posteriorizquierdo de su levita, aparentó beber un sorbo de agua, y dijo así,cambiando de actitud y de tono.

VI

LA VIUDA DEL CABECILLA

—Hablemos ahora de pequeñeces, impropias, hasta cierto punto,[176]

depersonas de nuestra posición; pero en que hay que entrar forzosamente.La fatalidad, señora Condesa, ha traído a esta casa, e impide salir deella en cuarenta o cincuenta días, a un extraño para ustedes, y undesconocido, a un don Jorge de Córdoba, de quien nunca habían oídohablar, y que tiene un pariente millonario... Usted no es rica, segúnacaba de contarme...

—¡Lo soy!—interrumpió valientemente la guipuzcoana.

—No lo es usted...; cosa que la honra mucho, puesto que su

magnánimoesposo se arruinó defendiendo la más noble causa... ¡Yo, señora, soytambién algo carlista!

—¡Aunque fuera usted el mismísimo[177] don Carlos! ¡Hábleme de otroasunto, o demos por terminada[178] esta conversación! ¡Pues no faltabamás, sino que yo aceptara el dinero ajeno para cumplir con mis deberesde cristiana!

—Pero, señora, usted no es médico, ni boticario, ni...

—¡Mi bolsillo es todo eso para su primo de usted! Las muchas veces quemi esposo cayó herido defendiendo a don Carlos (menos la última,

que,indudablemente en castigo de estar ya de acuerdo con el traidor Maroto,no halló quien le auxiliara, y murió desangrado en medio de un bosque),fue socorrido por campesinos de Navarra y Aragón, que no aceptaronreintegro ni regalo alguno... ¡Lo mismo haré yo con don Jorge deCórdoba, y quiera o no quiera su millonaria familia!

—Sin embargo, Condesa, yo no puedo aceptar...—observó el Marqués,entre

complacido y enojado.

—¡Lo que no podrá usted nunca es privarme de la alta honra que el cielome deparó ayer! Contábame mi difunto esposo que, cuando un buquemercante o de guerra descubre en la soledad del mar y salva de la muertea algún náufrago, se recibe a este a bordo con honores reales, aunquesea el más humilde marinero.

La tripulación sube a las vergas; tiéndeserica alfombra en la escala de estribor, y la música y los tambores batenla Marcha Real de España... ¿Sabe usted por qué? ¡Porque en aquelnáufrago ve la tripulación a un enviado de la Providencia! ¡Pues lomismo haré yo con su primo de usted! ¡Yo pondré a sus plantas toda mipobreza por vía de alfombra, como pondría miles de millones si lostuviese!

—¡Generala!—exclamó el Marqués, llorando a lágrima viva.—

¡Permítameusted besarle la mano![179]

—¡Y permite, querida mamá, que yo te abrace llena de orgullo!—

añadióAngustias, que había oído toda la conversación desde la puerta de lasala.

Doña Teresa se echó también a llorar, al verse tan aplaudida ycelebrada. Y

como la gallega, reparando en que otros gemían, nodesperdiciara tampoco la ocasión de sollozar (sin saber por qué), armoseallí tal confusión de pucheros, suspiros y bendiciones, que más valevolver la hoja, no sea que los lectores salgan[180] también llorando amoco tendido, y yo me quede sin público a quien seguir contando mi pobrehistoria...

VII

LOS PRETENDIENTES DE ANGUSTIAS

¡Jorge!—dijo el Marqués al Capitán Veneno, penetrando en la alcobacon aire de despedida.—¡Ahí te dejo! La señora Generala no haconsentido[181] en que corran a nuestro cargo ni tan siquiera el médicoy la botica; de modo que vas a estar aquí como en casa de tu propiamadre, si viviese. Nada te digo de la obligación en que te hallas detratar a estas señoras con afabilidad y buenos modos, al tenor de tusbuenos sentimientos, de que no dudo, y de los ejemplos de urbanidad ycortesía que te tengo dados; pues es lo menos que puedes y debes haceren obsequio de personas tan principales y caritativas. A la tardevolveré yo por aquí, si mi señora la Condesa me da permiso para ello, yharé que te traigan ropa blanca, las cosas más urgentes que tengas[182]que firmar, y cigarillos de papel. Dime si quieres algo más de tu casa ode la mía.

—¡Hombre!—respondió el Capitán.—Ya que eres tan bueno, tráeme un pocode algodón en rama y unos anteojos ahumados.

—¿Para qué?

—El algodón, para taparme las orejas y no oír palabras ociosas, y lasgafas ahumadas, para que nadie lea en mis ojos las atrocidades quepienso.

—¡Vete al diantre!—respondió el Marqués, sin poder conservar sugravedad, como tampoco pudieron refrenar la risa Dª. Teresa niAngustias.

Y, con esto, se despidió de ellas el potentado, dirigiéndoles las frasesmás cariñosas y expresivas, cual si llevara ya mucho tiempo deconocerlas y tratarlas.

—¡Excelente persona!—exclamó la viuda, mirando de reojo al Capitán.

—¡Muy buen señor!—dijo la gallega, guardándose una moneda de oro queel

Marqués le había regalado.

—¡Un

zascandil!—gruñó

el

herido,

encarándose

con

la

silenciosaAngustias.—¡Así es como las señoras mujeres quisieran que fuesen todoslos

hombres!

¡Ah,

traidor!

¡Seráfico!

¡Cumplimentero!

¡Marica!¡Tertuliano de monjas! ¡No me moriré yo sin que me pague esta malapartida que me ha jugado hoy, al dejarme en poder de mis enemigos!

¡Encuanto me ponga bueno, me despediré de él y de su oficina, y pretenderéuna plaza de comandante de presidios, para vivir entre gentes que no meirriten

con

alardes

de

honradez

y

sensibilidad!

Oiga

usted,

señoritaAngustias: ¿quiere usted decirme por qué se está riendo de mí? ¿Tengo yoalguna danza de monos en la cara?

—¡Hombre! Me río pensando en lo muy feo que va usted a estar con losanteojos ahumados.

—¡Mejor que mejor![183] Así se librará V. del peligro de enamorarse demí!—respondió furiosamente el Capitán.

Angustias soltó la carcajada; doña Teresa se puso verde, y la gallegarompió a decir, con la velocidad de diez palabras por segundo:

—¡Mi señorita no acostumbra a enamorarse de nadie! Desde que estoy acáha dado calabazas a un boticario de la calle Mayor, que tiene coche; alabogado del pleito de la señora, que es millonario, aunque algo másviejo que usted, y a tres o cuatro paseantes del Buen Retiro...

—¡Cállate, Rosa!—dijo melancólicamente la madre.—¿No conoces que

esasson... flores que nos echa el caballero Capitán? Por fortuna ya me haexplicado su señor primo todo lo que me importaba saber respecto delcarácter de nuestro amabilísimo huésped! Me alegro, pues, de verle detan buen humor; y ¡así esta pícara fatiga me permitiese[184] a mibromear también!

El Capitán se había quedado bastante mohino, y como excogitando algunadisculpa o satisfacción que dar a madre e hija. Pero sólo le ocurriódecir, con voz y cara de niño enfurruñado que se viene a razones:

—Angustias,[185] cuando me duela menos esta condenada pierna, jugaremosal tute arrastrado... ¿Le parece a usted bien?

—Será para mí un señalado honor...—contestó la joven, dándole lamedicina que le tocaba en aquel instante.—¡Pero cuente usted ahora,señor Capitán Veneno, con que le acusaré a usted las cuarenta!

Don Jorge la miró con ojos estúpidos y sonrió dulcemente por la primeravez de su vida.[186]

PARTE TERCERA

HERIDAS EN EL ALMA

I

ESCARAMUZAS

Entre conversaciones y pendencias por este orden, pasaron quince oveinte días, y adelantó mucho la curación del Capitán. En la frente sólole quedaba ya una breve cicatriz, y el hueso de la pierna se ibaconsolidando.

—¡Este hombre tiene carne de perro![187]—solía decir el facultativo.

—¡Gracias por el favor, matasanos[188] de Lucifer!—respondía elCapitán en son de afectuosa franqueza.—¡Cuando salga[189] a la calle,he de llevarlo a usted a los toros y a las riñas de gallos; pues esusted todo un hombre!.. .[190]

¡Cuidado si tiene hígados para remendarcuerpos rotos![191]

Doña Teresa y su huésped habían acabado por tomarse mucho cariño, aunquesiempre estaban peleándose. Negábale todos los días D. Jorge que tuviesehechura la concesión de la viudedad, lo cual sacaba de sus casillas a laguipuzcoana; pero a renglón seguido le invitaba a sentarse en la alcoba,y le decía que, ya que no con los títulos de General ni de Conde,había oído citar[192] varias veces en la guerra civil al cabecillaBarbastro[193] como a uno de los jefes carlistas más valientes ydistinguidos y de sentimientos más humanos y caballerosos... Pero,cuando la veía triste y taciturna, por consecuencia de sus cuidados yachaques, se guardaba de darle bromas sobre el expediente, y la llamabacon toda naturalidad Generala y Condesa; cosa que la restablecía yalegraba en el acto; si ya no era que, como nacido en Aragón, y pararecordar a la pobre viuda sus amores con el difunto carlista, letarareaba jotas de aquella tierra, que acababan por entusiasmarla y porhacerla llorar y reír juntamente.

Estas amabilidades del Capitán Veneno, y sobre todo, el canto de lajota aragonesa, eran privilegio exclusivo en favor de la madre; pues tanluego que Angustias se acercaba a la alcoba, cesaban completamente, y elenfermo ponía cara de turco. Dijérase que odiaba de muerte a la hermosajoven, tal vez por lo mismo que nunca lograba disputar con ella, niverla incomodada, ni que tomase por lo serio las atrocidades que él ledecía, ni sacarla de aquella seriedad un poco burlona que el cuitadocalificaba de constante insulto.

Era de notar,[194] sin embargo, que cuando alguna mañana tardabaAngustias en entrar a darle los buenos días, el pícaro de D. Jorge[195]preguntaba cien veces en su estilo de hombre tremendo:

¿Y ésa? ¿Y doña Náuseas? ¿Y esa remolona? ¿No ha despertado aún suseñoría? ¿Por qué ha permitido que se levante usted tan temprano, y noha venido ella a traerme el chocolate? Dígame usted, señora doña Teresa:¿está mala acaso la joven princesa de Santurce?

Todo esto, si se dirigía a la madre; y, si era a la gallega, decíale conmayor furia:

—¡Oye y entiende, monstruo de Mondoñedo! Dile a tu insoportableseñorita

que son las ocho y tengo hambre. ¡Que no es menester que vengatan peinada y reluciente como de costumbre! ¡Que de todos modos ladetestaré con mis cinco sentidos! ¡Y, en fin, que, si no viene pronto,hoy no habrá tute!

El tute era una comedia, y hasta un drama diario. El Capitán lo jugabamejor que Angustias; pero Angustias tenía más suerte, y los naipesacababan por salir volando hacia el techo o hacia la sala, desde lasmanos de aquel niño cuarentón, que no podía aguantar la graciosísimacalma con que le decía la joven:

—¿Ve usted, señor Capitán Veneno, cómo soy yo la única persona queha[196] nacido en el mundo para acusarle a usted las cuarenta?

II

SE PLANTEA LA CUESTIÓN

Así las cosas, una mañana, sobre si debían abrirse o no los cristales dela reja de la alcoba, por hacer[197] un magnífico día de primavera,mediaron entre D.

Jorge y su hermosa enemiga palabras tan graves comolas siguientes:

EL CAPITÁN.—¡Me vuelve loco el que no me lleve usted nunca lacontraria, ni se incomode al oírme decir disparates! ¡Usted medesprecia! ¡Si fuera[198] usted hombre, juro que habíamos de andar acuchilladas!

ANGUSTIAS.—Pues si yo fuese hombre, me reiría de todo ese geniazo, lomismo que me río siendo mujer. Y, sin embargo, seríamos buenos amigos.

EL CAPITÁN.—¡Amigos usted y yo! ¡Imposible! Usted tiene el don infernalde dominarme y exasperarme con su prudencia; yo no llegaría a ser nunca amigo de usted, sino su esclavo; y, por no serlo, le propondría austed que nos batiéramos a muerte. Todo esto... siendo usted hombre.Siendo mujer como lo es...

ANGUSTIAS.—¡Continúe! ¡No me escatime galanterías!

EL CAPITÁN.—¡Sí, señora! ¡Voy a hablarle con toda franqueza! Yo hetenido siempre aversión instintiva a las mujeres, enemigas naturales dela fuerza y de la dignidad del hombre, como lo acreditan Eva, Armida,aquella otra bribona que peló a Sansón, y muchas otras que cita miprimo. Pero, si hay algo que me asuste más que una mujer, es una señora,y, sobre todo, una señorita inocente y sensible, con ojos de paloma ylabios de rosicler, con talle de serpiente del Paraíso y voz de sirenaengañadora, con manecitas blancas como azucenas que oculten garras detigre, y lágrimas de cocodrilo, capaces de engañar y perder a todos lossantos de la corte celestial... Así es que mi sistema constante se hareducido a huir de ustedes... Porque, dígame qué armas tiene un hombrede mi hechura para tratar con una tirana de veinte abriles, cuya fuerzaconsiste en su propia debilidad. ¿Es decorosamente posible pegarle a unamujer? ¡De ningún modo! Pues, entonces, ¿qué camino le queda a uno,cuando conozca que tal o cual mocosilla