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Diario de un Reconocimiento de la Guardia y Fortines by Félix de Azara - HTML preview

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DIARIO

DE UN

RECONOCIMIENTO

DE LAS

GUARDIAS Y FORTINES,

QUE

GUARNECEN LA LINEA DE LA FRONTERA

DE

BUENOS-AIRES,

PARA ENSANCHARLA;

POR

D. FELIX DE AZARA,

CAPITAN DE NAVIO DE LA REAL ARMADA.

Primera Edicion.

BUENOS-AIRES.

IMPRENTA DEL ESTADO.

1837.

Transcriber's note: In this e-text, the spelling has been preserved asit appears in the original.

[Pg i]

PROEMIO

AL

DIARIO DE AZARA.

Este cuaderno, que contiene uno de los tantos proyectos que se hanformado para la seguridad de nuestros campos, recuerda tambien uno delos importantes trabajos de D. Felix de Azara en estas provincias.

El virey Melo, testigo del celo de este inteligente oficial en elParaguay, aprovechó su inaccion en Buenos Aires para encargarle elreconocimiento de nuestra frontera. La proximidad el arrojo de losbárbaros mantenian á los pocos moradores del campo en una alarmacontinua; y se trataba menos de entanchar nuestro territorio, quedefender la vida de sus habitantes. Hasta entonces, y mucho despues, elque presidia el vasto vireinato de Buenos Aires mandaba obsequiar álos caciques para que no le hostilizasen, y era general el deseo desalir de un estado tan degradante.

Los hacendados y el Cabildo habianrepresentado al Rey la necesidad de avanzar y proteger las poblaciones:muchas cédulas habian llegado de España con la aprobacion de estosplanes, y destinando fondos para realizarlos; pero nunca faltaban[Pg ii]pretextos para eludirlas, y la obra de nuestra frontera habia tenido lamisma suerte que la famosa acequia imperial de Aragon, en que seempezó á trabajar dos siglos despues que fué proyectada.—

Esta vez no se echó mano de agrimensores, como se hizo en tiempo deVertiz, sino que se libró el problema á la consideracion de geógrafosexperimentados, como Cerviño, Insiarte y Azara, á los que fueronasociados Quintana y Pinazo, que sin ser facultativos, tenian unconocimiento práctico del terreno.

Bajo estos auspicios salió la expedicion de Buenos Aires, y se dirigióal fuerte de Melincué, desde donde bajó hasta la isla Postrera,recorriendo una línea, marcada por el Salado, y comprendida entre los33° 42' 24'', y los 36° 5' 30'' de latitud austral.

En el informe, con que Azara acompañó el diario de este reconocimiento,espuso al Virey los defectos que habia notado en el sistema de defensade la frontera, y los principios que le habian guiado en el plan que élproponia para enmendarlos. Si no fuera intempestivo cualquier exámen deestas ideas, que por la extension progresiva de nuestros límites handejado de ser aplicables, probariamos que son cuando menos problemáticaslas ventajas de establecer fuertes á igual distancia entre sí, y en lamisma direccion; ó, (para valernos de las palabras del autor) que noadelanten notablemente unos de otros.[1] Y sin embargo, tan penetradoestaba Azara de la utilidad de esta disposicion simétrica, que, "porsugetarse mas á estas condiciones, no aprovechó muchas veces de sitiosexcelentes, y acaso mejores que los electos. "[2]

Mas cuerdo fué el consejo que dió de apoderarse de la isla de Choelechel, cuyos resultados favorables calculó con bastante acierto:aunque se equivocase en la influencia que debia egercer esta ocupacion[Pg iii]sobre el comercio de las provincias interiores, fundámdose en la uniondel Diamante con el Rio Negro. Pero este error, del que no era fácilprecaverse en aquella época, nada quita al mérito del reconocimientocientifico que hizo de nuestra frontera.

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Los encargados de esta comision adoptaron el método que habian empleadoen la demarcacion de límites, sugetando la parte gráfica y descriptivadel terreno á las observaciones astronómicas. De este modo determinaronmuchos puntos, en que se apoyaron despues los trabajos geodésicos deesta provincia. ¿Y qué otra cosa puede hacerse mientras no se logremedir una base, y envolver el terreno en un véseau de triángulos?

Asara era demasiado ilustrado para desconocer que la mejor defensa de unpaís es la que estriba en su poblacion, y por lo mismo insiste en lanecesidad de fomentarla. Su opinion era que se preferieran las colóniasmilitares, á que debian servir de plantel los cuerpos de blandengues.

En la enumeracion de los abusos que prevalecian entonces, cita como unhecho muy obvio la enagenacion que hacia el Estado de 30 á 40 leguascuadradas por ochenta pesos:[3] y Viana agrega, en un papel que por suanalogia hemos agregado al diario de Azara, que solo á la familia de losEzeisa se les agració con noventa y seis leguas de superficie![4]

Entretanto ninguno de estos feudatarios hacia el menor esfuerzo paraponer la provincia al abrigo de las incursiones de los salvages, á lasque mas bien favorecian estas grandes extensiones de terreno, que sequedaban baldias por la incuria de sus poseedores. El desprecio con quese miraban antes las propiedades rurales, y el empeño que se tuvodespues en monopolizarlas, contribuyeron igualmente á mantener laprovincia en el mayor abatimiento.[Pg iv]

Hasta el año de 1740, no solo la campaña, sino la misma ciudad de BuenosAires estuvo á merced de los indios. Los Gobernadores Ortiz de Rosas, yAndonaegui fueron los primeros que se ocuparon en contenerlos: pero tanmenguados eran sus medios de defensa, que continuaron las invasiones entodo el siglo pasado, hasta que se adoptó el arbitrio de entenderse conlos caciques, á quienes los Vireyes recibian con agasajo, y con su tragede etiqueta.

Tal era el estado de nuestras relaciones con los bárbaros, cuando sellamo a Azara; y no es estrano que su plan se resienta de la debilidaden que se hallaba constituido el poder que lo empleaba.

Algunos trozos de este diario aparecieron en 1822 con el título de" Noticias relativas á la parte hidraúlica," en los números 3 y 5 delRegistro Estadístico que se empezó á publicar en Buenos Aires; haciendoalteraciones y supresiones en el texto, y hasta silenciando el nombredel autor.

Con igual libertad se usó del informe de Azara, de donde sesacaron párrafos enteros para redactar otro artículo,[5] que se insertóen el número 2 de la Abeja Argentina ...! Hubieramos prescindido deapuntar estos hechos si no hubiesemos tenido que justificar el epígrafede primera edición, con que encabezamos este documento.

Buenos-Aires, Octubre de 1837.

PEDRO DE ANGELIS.