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Descripción Geografica, Histórica y Estadística de Bolivia -Tomo 1 by Alcides de Orbigny - HTML preview

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1843

INTRODUCCION

Habiendo nacido con muy particulares disposiciones para las cienciasnaturales, debo á los consejos y á las doctas lecciones de un padre,cuyo nombre es digna y honrosamente conocido entre los sabios, eltemprano desarrollo de ese instinto poderoso que al estudio de ellas meimpulsaba. Vine por último á París, en donde, fiel á mi vocacion, pudeseguir estos mis estudios predilectos de una manera mas especial,procurando iluminar mi inteligencia y beber la instruccion en estafuente, verdadero emporio de las luces y del saber. En 1825 presenté ála Academia de ciencias mi primer ensayo, el cual fué muy favorablementeacogido, mereciendo la aprobacion del Instituto, como él lo manifestó ensu informe.

Tuvo á bien mi gobierno elegirme, en el mismo año, para efectuar por laAmérica meridional un viage de exploracion, que fuese útil á lasciencias naturales y á sus numerosas aplicaciones. Semejante propuestadespertó en mí la aficion por correr mundo, al mismo tiempo que me llenóde regocijo; mas este fué mi luego moderado por el convencimiento en queyo estaba, de que aun no habia llegado mi instruccion á la sazon debida,para poder llenar, tan dignamente como convenia á mis ambiciososanhelos, una mision de esta naturaleza. Queria pues dedicarme al trabajopor algunos años mas, con el fin de obtener, á lo ménos en parte, losdiversos conocimientos absolutamente indispensables para el viagero, quedesea examinar y dar á conocer un pais bajo todos aspectos.

Nombrado formalmente á fines del citado año de 1825, tuve que activarmis tareas para hacerme acreedor á tan honrosa prueba de confianza,siendo ciertamente mi cargo tanto mas difícil de llenar, cuanto queyo no contaba entónces sinó veintitres años. Por otra parte, la solaidea de recorrer la América bajo tan lisonjeros auspicios me alhagabasobremanera, y encendia mi ardiente imaginacion, ofreciéndome deantemano mil cuadros á cuales mas seductores. Merced á los benévolosconsejos de los señores Cuvier, Brongniart, Cordier, Isidoro GeoffroySaint-Hilaire, y del célebre viagero baron de Humboldt, me fué dadoentrever cual seria el circulo de mis investigaciones. Las cienciasnaturales eran el objeto principal; mas considerando como complementoindispensable la geografía, la etnología y la historia, me propuse nodesechar nada, cuando estuviese en aquellos lugares, para traer conmigoel tesoro mas completo de materiales relativos á estos ramos importantesde los conocimientos humanos.

El 29 de julio de 1826 me embarqué en Brest á bordo de

la Meuse

,fragata del Estado, y dí principio á mi peregrinacion trasatlántica.Hice escala en las Canarias, en donde durante algunos dias pudeestudiar, á la vista del famoso pico de Teide, las producciones de laisla de Tenerife, así como sus crestas desgarradas. Dos meses despuesdivisábamos las costas del Brasil, y un ambiente embalsamado con elperfume de mil flores llegaba ya hasta mi, haciéndome gustar inefables ydulces emociones. Iba yo al cabo á echar pié sobre el mundo de Colon,sobre esa tierra de prodigios, cuya exploracion habia siempre ansiadoaun en medio de los sueños de mi infancia.

Tomé finalmente asiento enAmérica por espacio de ocho años.

El Rio Janeiro con sus montañas de granito y sus bellas y vírgenesselvas fué el primer teatro de mis exploraciones. Montevideo, Maldonadoy toda la república oriental del Uruguay, ocupada entónces por losBrasileros, me enseñó luego sus campos, que se asemejan á los deFrancia. Atravesando la Banda oriental pasé á Buenos-Aires, y meembarqué en seguida en el Paraná, para trasportarme á las fronteras dela provincia del Paraguay, declarada hoy dia Estado independiente. Subicomo trecientas cincuenta leguas por este inmenso rio, cuya magestuosacorriente es de esperar que algun dia se verá surcada por centenares deembarcaciones, las que impulsadas por el vapor ascenderán hastaChiquitos, haciendo así mas inmediata la comunicacion de Bolivia con laEuropa.

Las ondas de este caudaloso rio, que tiene mas de una legua de ancho,corren sobre un lecho cuyas márgenes é innumerables islas se venadornadas de vistosos boscages, en donde la graciosa palmera entretegesu follage con el de los árboles mas variados y bellos.

Recorrí durante un año entero todos los puntos de la provincia deCorrientes y de Misiones, y despues de haber penetrado en el Gran-Chaco,dí la vuelta por las provincias de Entre-Rios y de Santa-Fé. De regresoá Buenos-Aires, quise encaminarme á Chile ó á Bolivia; mas calculando lodifícil que me seria atravesar el continente con toda seguridad, por lasturbulencias que, despues de la paz con el Brasil, minaban aquel estado,me decidí á pasar á la Patagonia, tierra misteriosa, cuyo solo nombreencerraba en ese entónces un no sé que de mágico. Me transporté puesallí á fines de 1826, y permanecí en ella durante ocho meses.

Pude efectuar mis primeras investigaciones con bastante sosiego, por maspenoso que fuese el recorrer un pais de los mas áridos, y en donde lafalta de agua se hace sentir á cada paso en el corazon de esos monótonosé interminables desiertos; pero los indios Puelches, Aucas y Patagonesse sublevaron inopinadamente contra la naciente colonia del Cármen,situada á orillas del rio Negro, y me ví entónces precisado á reunirme ásus habitantes para cooperar á la defensa comun. Habiendo vuelto porsegunda vez á Buenos-Aires, hallé este pais en tan completa anarquia,que, reconociendo la absoluta imposibilidad de pasar á Chile atravesandolas pampas, tomé el partido de doblar el cabo dé Hornos. A mi llegada áValparaiso encontré tambien á la república Chilena en un estado deagitacion nada propicio para los viages científicos, y provisto entóncesde las recomendaciones del cónsul general de Francia en este Estado,pasé á Bolivia, de cuyo gobierno debia yo esperar una buena acogida, ylos medios de proseguir mi exploracion continental.

Cobija, puerto de Bolivia, me saludó desde luego con el imponenteaspecto de las montañas que lo coronan.

Poco despues me desembarqué enArica para dar principio á mis viages por tierra. Abandonando bienpronto las costas, me encaminé á Tacna, y en seguida emprendí miascension á las cordilleras por el camino de Palca y de Tacora; mas, envez de tropezar allí con esas empinadas y agudas crestas, que se venfiguradas en los mapas, me encontré sobre una dilatadísima planicie,colocada á la altura de cuatro mil quinientas varas sobre el nivel delmar, y en la que únicamente se apercibian de trecho en trecho algunasmoles cónicas cubiertas de nubes. Atravesando este encumbrado llano,vine á encontrarme luego en la cima de la cadena del Chulluncayani. Alcontemplar desde allí la dilatadísima extension que se desplegaba antemis ojos, y la tan grande variedad de objetos que las miradas alcanzabaná dominar á la vez, yo saboreaba un sentimiento de indefinibleadmiracion. Es cierto que se descubren paisages mas pintorescos en losPirineos y en los Alpes; pero nunca ví en estos un aspecto tan grandiosoy de tanta magestad. El llano Boliviano, que tiene mas de treinta leguasde ancho, te dilataba á mis piés por derecha é izquierda hasta perdersede vista, ofreciendo tan solo pequeñas cadenas paralelas, que parecianfluctuar como las ondulaciones del Oceano sobre esta vastísima planicie,cuyo horizonte al norueste y al sudeste no alcanzaba yo á descubrir, alpaso que hácia el norte veia brillar, por encima de las colinas que locircunscriben, algunos espacios de las cristalinas aguas del famoso lagode Titicaca, misteriosa cuna de los hijos del sol. De la otra parte detan sublime conjunto se divisaba el cuadro severo, que forma la inmensacortina de los Andes, entrecortados en picos agudos, representando lafigura exacta de una sierra. En medio de estas alturas se levantaban elGuaina Potosí, el Illimani y el nevado de Sorata mostrando su conooblicuo y achatado, estos tres gigantes de los montes americanos, cuyasresplandecientes nieves se dibujan, por sobre las nubes, en el fondoazul oscuro de ese cielo el mas transparente y bello del mundo. Hácia elnorte y el sud la cordillera oriental va declinando poco á poco hastaperderse totalmente en el horizonte. Si me habia yo sentido lleno deadmiracion en presencia del Tacora, aquí me hallaba transportado, y sinembargo no era esta sino una de las faces de aquel cuadro; puesvolviendo hácia otra parte, se me revelaba un conjunto de no menoresatractivos. Yo descubria aun el Chipicani, el Tacora, y todas lasmontañas del llano occidental, que acababa de trasponer, y sobre las quemi vista se habia tantas veces detenido durante los tres dias de mitránsito por la cordillera.

Bajé al llano Boliviano, situado aun á la altura de cuatro mil varassobre el nivel del mar, y que es la parte mas poblada de la república.Llegué á la ciudad de La-Paz, la antigua Choquehapu (campo de oro),nombre que, por su abundancia de minas en este metal, le dieron losAymaraes. Este valle favorecido por la proximidad de los Yungas, y quese encuentra á tres mil setecientas varas de elevacion, ostenta á unmismo tiempo en sus mercados todos los frutos de los paises frios, delos templados y de la zona tórrida. Escribí inmediatamente al gobierno,remitiéndole mis cartas de recomendacion. En respuesta me ofreció él suproteccion, y fondos si los necesitaba, proponiéndome ademas un oficialdel ejército y dos jóvenes para acompañarme. No queriendo abusar de tangenerosas ofertas, acepté, con la mayor gratitud, solamente los dosúltimos, así como las facilidades de trasporte por toda la república; ydesde aquel instante, me consideré ya seguro de poder recorrer con frutoesta bella y rica parte del continente americano.

Impaciente por ver la provincia de Yungas, de la que se me decian tantasmaravillas, dirijíme á Palca, y una vez puesto sobre la cumbre de lacordillera oriental, me sentí deslumbrado de tal manera por la magestaddel conjunto, que desde luego no vi sinó la extension inmensa, sin poderdarme cuenta de los detalles. Ya no era una montaña nevada la que yocreia asir, ya no era un dilatado llano, sin nubes como sin vegetacionactiva…. Todo era aquí distinto. Volviéndome hácia el lado de La-Pazaun vela las áridas montañas y ese cielo siempre puro, característico delas elevadas planicies. Por todas partes, al nivel en que me hallaba,alturas vestidas de hielo y de nieve; mas qué contraste por el lado delos Yungas! Hasta quinientas ó seiscientas varas debajo de mí, montañasentapizadas de verde terciopelo, y que parecian reflejarse en un cielotransparente y sereno á esta altura, una cenefa de nubes blancas, querepresentaban un vasto mar azotando los flancos de las montañas, y porsobre las cuales se desprendian los picos mas elevados, figurandoislotes. Cuando las nubes se entreabrian, yo descubria á unainconmensurable profundidad debajo de esta zona, límite de la vegetacionactiva, el verdor azulado oscuro de las vírgenes selvas, que guarnecenpor todas partes un terreno tan accidentado. Lleno de regocijo al vermerodeado de una naturaleza, tan diferente de la que me habian presentadola vertiente occidental y los llanos de la cordillera, quise, ántes deocultarme bajo esta bóveda de nubes, vagar libremente algunos instantespor sobre la region del trueno.

Visité sucesivamente Yanacachi, Chupi, Chulumani, Irupana, etc., pasandoalternativamente del lecho de los rios á la cumbre de las montañas. Lapomposa vegetacion del Rio Janeiro se vé reproducida en estos sitios,pero con mas esplendor; una caliente humedad fomenta en ellos, hastasobre las mas escarpadas rocas, plantas prodigiosas. Despues de haberestudiado detalladamente esta provincia, tan abundante en producciones,seguí por la misma vertiente occidental, recorriendo el terrenodesigual, pero rico en minas de plata, de las provincias de Sicasica yde Ayupaya, pasando por Cajuata, Suri, Inquisivi, Cavari y Palca hastatrepar nuevamente la cordillera oriental, de donde cayeron de repentemis miradas, á algunos millares de piés, sobre los ricos valles deCochabamba y de Clisa. Qué singular contraste aquel con el de los riscosdonde me encontraba! Era la imágen del caos al lado de la mas grandetranquilidad: era la naturaleza triste y silenciosa en presencia de lavida mas animada. Yo veia pues, en medio de áridas colinas, dosextendidos llanos cultivados y guarnecidos por todas partes de casuchasy bosquecillos, entre los que se distinguian gran número de aldeas, yuna grande ciudad á la que hacian sobresalir sus edificios como á unareina en medio de sus vasallos. Nada puede efectivamente compararse á lasensacion que produce el aspecto de esas llanuras, cubiertas decaseríos, de plantaciones y de cultura, circunscriptas por unanaturaleza montañosa y estéril, que se extiende á mas de treinta leguasá la redonda perdiéndose confusa en el horizonte. Se creeria ver allí latierra prometida en el seno del desierto. Si habia yo probado ántesvivísimas impresiones en presencia de las bellezas salvages de esanaturaleza grandiosa del llano Boliviano, y de la cordillera oriental,en donde la vida no entra para nada en el conjunto, pues que nada seencuentra allí de lo que respecta al hombre, cuánto mayores no serianellas, al descubrir yo estos lugares animados, estas llanuras sembradasde edificios, esos campos ricos y abundosos que despertaban en mi mentela imágen de mi patria!

Cochabamba y sus cercanías fueron por algun tiempo el teatro de misinvestigaciones; prosiguiendo luego mi marcha hácia el este, traspusecien leguas de montañas bastante áridas, pero cortadas por fértiles yprofundos valles. Durante este viage reconocí sucesivamente lasprovincias de Clisa, de Mizqué y del Valle-Grande, siguiendo por elcamino de Punata, Pacona, Totora, Chaluani, Chilon, Pampa-Grande ySamaypata (el poyo del descanso), último punto habitado de las montañas,de donde solo distaban treinta leguas las fértiles pampas del centrocontinental. Pocos dias despues se descubria, de la cumbre de la cuestade Petaca, el extendido horizonte de unos llanos calurosos cubiertos debosques, en cuyo centro se ve sentada la tranquila ciudad deSanta-Cruz-de-la-Sierra.

El estudio de esta ciudad y de sus notables contornos ocupó mi atencionpor algunos meses: pasados estos, me resolví á penetrar mas adentro enlas tierras habitadas. Me encontraba ya como á trecientas leguas delmar; pero anhelando tambien conocer las poblaciones puramente indígenas,volví mi marcha al este, hácia la provincia de Chiquitos, atrevasando el

Monte-Grande

, cuya espesa frondosidad cubre una extension de mas desesenta leguas, y en donde vanamente se buscarian otros huéspedes quelos animales salvages.

La provincia de Chiquitos, colocada en el centro del continenteamericano, tiene mas de diez y ocho mil leguas de superficie, y siendomuy fértil su terreno, pueden cultivarse en ella todos los frutos de lospaises cálidos, al mismo tiempo que en las montañas de Santiago pudieransembrarse trigos y plantarse la viña.

Visité sucesivamente San-Javier,Concepcion, San-Miguel, Santa-Ana, San-Ignacio, San-Rafael, San-José ySantiago, y precisamente vine á encontrarme sobre esas montañas, en laprimavera de aquellas regiones.

En tanto que un sol abrasador tostaba las llanuras circunvecinas,algunas benéficas nubes, posándose sobre la cima de las montañas, habianoperado un cambio total en el aspecto de la naturaleza. Los árboles secubrian de un tierno follage y de diversidad de flores; la campiñadesplegaba lujosamente sus primorosos ropages. En nada absolutamentepudiera compararse la bella estacion de Europa á un tal momento bajo laszonas tórridas. En Francia, por ejemplo, las hojas van brotando poco ápoco, y el frio y la ausencia de dias hermosos se hacen frecuentementesentir aun despues de bien entrada la primavera. En aquellos lugares,esta no es sino el cambio súbito de una decoracion. La naturaleza sehalla muerta, inanimada; un cielo demasiado puro ilumina un campo tristey casi desolado; pero sobreviene un aguacero, y al punto, como porencanto, todas las cosas toman una vida nueva. Bastan pocos dias paraesmaltar los prados de verdura y de flores olorosas, y revestir losárboles con esas hojas de un verde tierno, ó con las flores que laspreceden, dando á cada uno de ellos un color vivo y uniforme. Si lacampiña, ostentando su bella alfombra, embalsama el aire con los massuaves perfumes, los bosques presentan otro carácter no ménos halagüeñode belleza y variedad. Aquí un árbol cargado de largos racimos purpúreoscontrasta con las copas, ya celestes, ya del dorado mas puro; allásobresale una cima blanca como la nieve junta al rosado mas tierno. Concuánto regocijo trepaba yo por esas laderas, donde tan lindos vegetalesse engalanaban, con sus joyeles, ó recorria los prados sin saber á quesitio dar la preferencia, pues que cada uno de ellos me ofrecia unencanto que le era particular, un tipo diferente. Confieso que nunca mehabia sentido tan maravillado en presencia de las bellezas de ese suelo,cubierto por un dosel tan espléndido.

Dejando muy luego el pueblecillo de Santiago, y atravesando bosquesinmensos y el rio de Tucabaca, destinado probablemente á suministrarricas minas de oro, llegué á Santo-Corazon, que es el punto mas orientalde los lugares habitados de la república. Santo-Corazon eraefectivamente por aquella parte el extremo del mundo, pues que nadiepodia entónces pasar mas adelante. Así pues, calculando las grandísimasventajas que resultarian de la navegacion del Paraguay para el tráficocomercial y para la civilizacion de la provincia de Chiquitos, yanhelando ser el primer instrumento de esta gigantesca empresa, recogítodos los datos posibles de los indígenas acostumbrados á recorrer lasflorestas, é hice abrir un camino hácia las ruinas del antiguoSanto-Corazon, en donde corre el Rio Oxuquis, formado de los riosSan-Rafael y Tucabaca, llegando á cerciorarme que los altos ribazos deesta corriente podrian proporcionar, en todas estaciones, un puertocómodo y situado á muy poca distancia del Rio Paraguay, en el cualdesemboca un poco mas arriba del fuerte de la Nueva-Coimbra. En 1831comuniqué estos importantes datos al gobierno de Bolivia, haciéndole verel cambio favorable que, para aquella provincia y para toda larepública, resultaria de una nueva via de comunicacion, por el Rio de laPlata, con el Oceano atlántico.

Deseoso de recorrer otro punto de Chiquitos, atravesando bellas selvasme puse en la mision de San-Juan, y retorné en seguida á San-Javier, dedonde me aparté diciendo tambien adios á la provincia, al cabo de seismeses que me habia dedicado á su estudio.

En medio de las inmensas y sombrías selvas que separan las vastasprovincias de Chiquitos y de Moxos, y en un espacioso recinto, que sehalla indicado en nuestros mejores mapas como desconocido, corre un riotambien ignorado aunque navegable: este rio es el San-Miguel. Susorillas cubiertas de una vegetacion tan lujosa como activa, estánhabitadas por una nacion muy notable; tales son los Guarayos, querealizan en América, por su franca hospitalidad y por sus costumbressencillas y enteramente primitivas, el poético ensueño de la edad deoro. Entre estos hombres de la simple naturaleza, á quienes jamasatormentó la envidia, el robo, esta plaga moral de las civilizacionesmas groseras como de las mas refinadas, tampoco es conocido. Si algunasveces habia yo suspirado viendo yacer en el abandono campos magníficos,miéntras que en Europa tantísimos infelices labradores perecen demiseria, cuánto mas agudo no debió ser mi sentimiento en presencia deaquellos lugares, los mas abundosos que yo habia encontrado hastaentónces, y en donde una naturaleza tan prodigiosa, y de un lujo devegetacion extraordinario, parece estar pidiendo brazos que vengan áutilizarlos por medio del cultivo productor!

Al dejar el pais de los Guarayos, me embarqué y anduve ocho dias bogandosobre las aguas del San-Miguel, cuyas márgenes se ven cubiertas ya dealtos bambúes ya de palmas motacúes. El rio se halla bien encajonado portodas partes; así es que las embarcaciones de todo tamaño pueden navegarallí fácilmente en todo tiempo. De este modo me puse en la mision delCármen de Moxos, y visité esta vasta provincia, donde, sobre unasuperficie de trece á catorce mil leguas, treinta y tres rios navegablesestan ofreciendo al comercio y á la industria vias ya trazadas en mediode una sola llanura, que da orígen á todas las grandes corrientesmeridionales, tributarias del famoso Rio de las Amazonas. Viven allí,divididos en diez naciones diferentes y que hablan distintas lenguas,unos pueblos, todos ellos dedicados á la navegacion, y que conocenperfectamente las mas pequeñas vueltas y revueltas de esos canalesnaturales, diariamente cruzados por ellos en canoas hechas de un solotronco de árbol, el cual es ahuecado á fuerza de hierro y de fuego.

Navegando por el Rio Blanco y el Rio Itonama, y atravesando sobre unacanoa llanos inundados, hasta llegar al Rio Machupo, pude visitarsucesivamente Concepcion, Magdalena, San-Ramon y San-Joaquin, restos delesplendor pasado de los jesuitas.

Cerca del último punto encontré unas minas de hierro, las que abrazandoun espacio de dos leguas, han sido colocadas por la naturaleza comopara facilitar su laboreo y dar vida á aquellas regiones, no léjos delrio, é inmediatas á grandísimos bosques.

Bajé por el Machupo hasta el Itonama, su confluente, y desemboqué luegoen el Guaporé ó Iténes, por el cual suben los Brasileros desde el Rio delas Amazonas hasta Mato-Groso, llevando en sus gariteas

las mercanciasprocedentes de Europa. Encontré efectivamente dos de esas barcas en el Forte-do-principe-de-Beira,

donde hay una guarnicion brasilera. Tieneel Guaporé en este punto mas de media legua de ancho; sus aguas correnmagestuosamente en medio de bellas márgenes y por entre islasguarnecidas de árboles muy pintorescos. Descendiendo por él, yocomparaba mentalmente esos desiertos, hoy dia tristes y silenciosos, conlo que llegarán á ser cuando una poblacion industriosa venga á animarlosy á sacar un provecho de sus dones, y cuando el comercio con losEuropeos, puesto en plena actividad, cubra esas aguas de barcos de vapordestinados á llevarles la abundancia y la vida intelectual.

Llegué finalmente á la confluencia de los rios Guaporé y Mamoré, ycolocado en la punta misma del ángulo formado por la reunion de los dosmas grandes rios de aquellas regiones, yo abrazaba de una sola ojeadalas corrientes de uno y otro. Existe entre ámbos el mas prodigiosocontraste. A un lado, presenta el Guaporé el símbolo de la quietud:bosques sombríos se extienden hasta el borde de sus cristalinas aguas,las que corren con lentitud y magestad: al otro, me ofrecia el Mamoré laimágen del caos y de la instabilidad de las cosas.

Sus rojas aguas,sumamente agitadas, arrastraban, borbollando, innumerables trozos devegetacion, y hasta troncos gigantescos, arrancados violentamente á losribazos por la corriente. Nada hay estable sobre su paso.

Si una de susriberas está cubierta de terromoteros casi desnudos de vegetacion, y endonde crecen algunas plantas anuales, la otra, pertrechada de barrancasarenosas, se desmorona de tiempo en tiempo minada constantemente por lasaguas, arrastrando en su caida árboles que cuentan siglos, por lo que seven las ensenadas llenas de troncos, que las crecientes estraordinariashan ido amontonando.

El Mamoré, tan ancho como el Guaporé, me enseñó sobre sus riberas ysobre las de sus tributarios, en el curso de una navegacion como de cienleguas, las hermosas misiones de la Exaltacion, de Santa-Ana, deSan-Xavier, de la Trinidad y de Loreto.

Las comunicaciones que existian entre Cochabamba y Moxos eran largas, ysobre todo muy arriesgadas, siendo esto un grandísimo obstáculo para elcomercio establecido entre ámbos puntos. Así pues me propuse buscar,para obiar tales inconvenientes, un camino mas abreviado, ó una via denavegacion por en medio de selvas y montañas, persuadido de que con estoharia yo á Bolivia un servicio capaz de dar á su gobierno un testimoniode mi gratitud, por las muchas favores de que le era justamente deudor.

Un poco mas al sud de la Trinidad, habia yo notado sobre la orillaoccidental del Mamoré la embocadura del Rio Securi, no marcado en losmapas, y cuyo curso hasta en el mismo pais era desconocido. Estecaudaloso rio, que viene mas directamente de las montañas del este deCochabamba, debia ayudarme á poner en práctica mi proyecto; mas quiseante todo asegurarme por mí mismo, de si no eran exageradas lasdificultades de la comunicacion existente hasta entónces.

Abandoné en efecto los llanos abrasadores de la provincia de Moxos,inundados una parte del año; y embarcándome en una canoa, ayudado porlos indios Cayuvavas, los mejores remeros de la comarca, subí por el rioMamoré hasta su confluencia con el Chaparé, y por este, en seguida,hasta su union con el Rio Coni. Finalmente, á los quince dias de unapenosa navegacion, durante los cuales no habia yo visto otra cosa sinóbosques, y la pequeña parte de cielo correspondiente al profundo surcoabierto por los rios en medio de ese oceano de perenne verdor, vine áencontrarme con la nacion de los Yuracarees, al pié de las últimasfaldas de la cordillera oriental.

Las florestas vírgenes del Brasil, que con tanta perfeccion y gracia hatrasladado al lienzo el pincel de uno de los mejores artistas franceses,en nada se parecen á las de los lugares donde yo me hallaba. En estos,ayudada la naturaleza por un temperamento cálido y constantementehúmedo, ha tomado un desarrollo tal, que no hay cosa que puedacomparársele. El todo de la vegetacion cuenta allí cuatro ánditosdiferentes.

Arboles de ochenta á cien varas de elevacion forman unaperpetua bóveda de verdura, frecuentemente esmaltada con los mas vivoscolores ya de las flores purpurinas, de que algunos árboles se hallanenteramente revestidos, ya de las enredaderas, que caen como cabellerashasta el suelo. Allí es donde infinitas especies de higueras, denogales, y de moreras se confunden con una muchedumbre de árboles, cadauno de los cuales representa un verdadero jardin botánico por lasplantas parásitas que los cubren.

Debajo de este primer rango, y comoprotegidos por él, se elevan á la altura de veinte á treinta varas lostroncos delgados y derechos de las palmeras, cubiertas de un follage muyvario en sus formas, y de racimos de flores ó de frutos que cortejan áporfía los pájaros mas bellos. Mas abajo, todavía, crecen, como de tresá cuatro varas de alto, otras palmas algo mas delgadas que las primeras,y á las que el menor soplo de viento echaria por tierra; pero losaquilones solo agitan la cima de los gigantes de la vegetacion, los querara vez permiten que algunos rayos de sol puedan llegar basta el suelo,el cual se halla tambien adornado con las plantas mas variadas,miscelánea de helechos elegantes á hojas recortadas, de pequeñas palmascon hojas enteras, y sobre todo de marrubios de una levedad y delicadezaextraordinarias. No se halla un tropiezo debajo de esta sombra perpetua,pudiendo uno recorrer todos los puntos sin ser molestado por los espinosy las zarzas. ¿A quién le fuera dado pintar este admirable espectáculo,y exprimir las sensaciones que él infunde? El viagero se sientetransportado, su imaginacion se exalta; pero, si despertando de suarrobamiento desciende dentro de sí mismo, y osa medirse en cotejo conuna creacion tan imponente, cuán nulo y exiguo se encuentra! ¡Y cuántoentónces, por la conciencia de su pequeñez y de su debilidad enpresencia de tamañas grandezas, viene á desmayar su orgullo!

Dejando estas bellísimas comarcas, dí principio á mi ascension sobre lasmontañas por entre mil precipicios, y á medida que me levantaba, veiacambiar rápidamente á la naturaleza de forma y de aspecto. Los árbolesque se encumbraban hasta el cielo, las elegantes palmeras, y demasplantas arbóreas iban desapareciendo poco á poco: unos y otros eranreemplazados por los zarzales, luego por algunas plantas gramineas, yfinalmente la nieve habia sucedido á los encantadores sitios de lasregiones cálidas, que alborozan con su algazara mil pintados pajarillos.Tres dias despues de haber dejado la zona tórrida, pasaba la nochetendido sobre la nieve, en un punto que está casi al nivel delMonte-Blanco.

Doce leguas de crestas enmarañadas, separadas por gargantas profundas,detienen frecuentemente al viagero en medio de sus riscos; y cuando caela nieve en abundancia por la noche y llega á encubrir los desfiladeros,es necesario aguardar á que el sol de algunos dias serenos la derritapara ver despejados los senderos que, aun entónces, solamente en fuerzade la habitud pueden encontrar los guias. La famosa gruta de

Palta-Cueva

, colocada entre dos crestas que era preciso traspasar,manifiesta bastante, por las osamentas de mulas que se ven por todaspartes en sus alrededores, lo peligroso que es el detenerse en ellos;peligro difícil de evitarse por lo muy largo del tránsito y por loescabroso del camino. Palpando pues los daños á que se expone elnegociante, aventurándose á pasar, para transportarse á Moxos, por untal camino, el solo conocido á no ser que se anden como trescientasleguas tocando de paso en Santa-Cruz-de-la-Sierra, formé seriamente elproyecto de buscar nuevas y ménos arriesgadas comunicaciones.

Bajé rápidamente á los valles de la vertiente meridional, y atravesandolas lugares habitados por los indios Quichuas, me puse en la ciudad deCochabamba, donde á la sazon se hallaba el gobierno, al que presenté elproyecto que acababa de concebir. Aprobó el plan que me habia yopropuesto, haciéndome sin embargo entrever las dificultades que habriaque allanar, y los peligros á que yo me exponia en el corazon deregiones desconocidas, en donde tendria que luchar á la vez con losobstáculos de la naturaleza y con las naciones salvages. Pero inflexibleen mi determinacion, y hechos mis preparativos, emprendí un mes despueseste viage de descubrimiento.

El 2 de julio de 1832 salí de Cochabamba, dejando otra vez lacivilizacion de un pueblo para aventurarme nuevamente en el seno de losdesiertos, donde debia encontrarme solo conmigo mismo. Me acompañaban enesta expedicion, mandados por el gobierno, un religioso encargado deconvertir á la fe cristiana á los salvages que encontrásemos, y el señorTudela, que debia seguir mis instrucciones para abrir el caminoproyectado, y entenderse en quichua con los indios conductores devíveres.

Subí por la cuesta de Tiquipaya y llegué á unas altas planicies de dondeme encaminé, por un llano que ocupaba la cumbre de la cordilleraoriental, hácia el punto culminante, que traspusé fácilmente, y comencéá bajar dirigiéndome al lugarejo de Tutulima. Yo habia pues pasado sinobstáculos la cordillera, y ya una de las dificultades de mi empresaquedaba allanada. Comparando este camino con el de Palta-Cueva y contodos los puntos de mi tránsito anterior, me pareció que, si podiacontinuar por tal senda hasta Moxos, esta nueva direccion reemplazaria ála otra, con la g