CUENTOS MÁGICOS by Manuel Cubero - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.

CUENTOS MÁGICOS

Manuel Cubero Urbano

ANITA LA NIÑA DE VILLALUZ

Había una vez un pueblo tan bonito, tan bonito, que el Sol siempre estaba asomado a él. Por eso lo llamaban Villaluz. Villaluz era la envidia de todos los pueblos vecinos, sobre todo de Villagrís.

Pues debéis saber que Villagrís nunca había visto brillar el Sol en toda su esplendidez. Sus habitantes, que eran muy malos, habían sido castigados a vivir en la eterna penumbra. Por eso, envidiosos del azul que adornaba el cielo de Villaluz, un día robaron los rayos del Sol, y se los llevaron a su pueblo.

Desde aquel momento, Villaluz se quedó muy oscuro, muy oscuro. Y los niños, que apenas podían jugar en el parque, ni salir a la calle, ni ir al colegio, se aburrían tanto, que muchos de ellos comenzaron a enfermar de tristeza.

Entonces, al ver a sus padres preocupados por la enfermedad de los niños, Anita, que era una chica muy valiente y decidida, dijo que aquello se había acabado. Reunió a todos sus amiguitos y, después de pedir permiso a sus papás, se dirigieron a Villagrís.

Cuando estaban a punto de llegar, salió el guardián del pueblo, que era un hombre muy grande y malvado:

– ¿Dónde vais? –preguntó mientras, parado en medio del sendero, les impedía continuar su camino.

–Es un secreto tan grande que si el aire lo oyese se lo llevaría hasta el cielo para quedarse con él –respondió Anita–. Sólo podría decírtelo al oído.

¡Vamos! ¡Cuéntamelo! –ordenó.

El guardián, deseoso de conocer un secreto tan importante, se agachó y acercó su oreja a la boca de Anita. Ésta, entonces, le dio un beso en la mejilla. Fue el primer beso que le habían dado al guardián en toda su vida. Y se sintió tan feliz que, a partir de ese mismo instante, se volvió un hombre bueno y amante de la paz. Inmediatamente, dejó a Anita y sus amigos proseguir su camino.

–Unos niños tan buenos no podrán hacerle daño a nadie –dijo–. Pasad, pasad y besad a todo el pueblo, que ya estoy harto de estar aquí siempre vigilando por culpa de la maldad de mis vecinos.

Y así lo hicieron. Anita y sus amigos fueron repartiendo besos de casa en casa por todo el pueblo de Villagrís. Cada beso que daban era una gotita de bondad que se metía en los corazones de aquella gente. Así que todas las personas del pueblo, que hasta entonces habían sido muy malas porque nadie les había dado un solo beso, se volvieron buenas y devolvieron a Anita los rayos de Sol que les habían robado a los vecinos de Villaluz.

–Toma –le dijo el Alcalde–. El sol es vuestro, pues por nuestra maldad, el cielo nos había castigado sin él.

Pero Anita se compadeció de los niños de Villagrís, que estaban todos muy apenados al ver que se iban a quedar otra vez sin luz. Después de consultar con sus amiguitos, tomó la palabra y respondió:

–Señor Alcalde, en vista de que han decidido ser buenos, hemos pensado que, como amigos y vecinos, deberemos compartir el Sol con ustedes a partir de hoy.

Desde entonces, el cielo envió a la Luna para que, también de noche, hubiese algo de luz en el mundo. Y los dos pueblos, Villaluz y Villagrís, vivieron siempre en paz y fueron muy felices.

BESITOS

Ya estamos como siempre. ¿Cómo le voy a decir a mis padres que no me gusta venir a este sitio? Las tipas, todas vestiditas igual: su gorrito blanco, su batita fabricada en serie, sus zapatos que son como para echar a correr… Vaya idea que tiene esta gente de lo que es la moda.

Uno piensa que ya podían echar una miradita de vez en cuando a la tele. O a las revistas de moda, que para eso hay siete u ocho en la sala de espera, pasadas de moda, pero las hay. ¿Será que para entrar aquí hacen primero un examen de mal gusto? Porque las mozas, para qué nos vamos a engañar, parece que lo tienen en el culo a la hora de vestir. Luego, si se fija uno, no es que sean antipáticas, que va. Las puñeteras están siempre con la sonrisita puesta, que parece que les regalan el dentífrico.

Y si no fuera por la mala uva que demuestran a poco que te descuides, hasta te caerían bien. Te saben coger delicadamente, mejor que tu madre, si me apuras. Te toman con mucha delicadeza, alguna de ellas te da un par de besos, y te va enseñando por ahí, como si le hubieras tocado en la lotería.

–Mirad qué lindo viene Paquito este mes…

Una gozada, vaya. Pero cuando ves venir al tipo de las barbas ya te pones a cavilar… El pobre, se nota que quiere ser amable, pero no puede. Muy buena voluntad sí que aparenta: hasta intenta echarte una sonrisita mientras prepara la jeringuilla… ¿Tendrá mala leche el tío? Al final me va a resultar un sádico, o un tío la mar de patoso, vaya usted a saber porque con esa cara... Y anda que la vestimenta… Hortera integral y sin remisión. ¿Pues no se presenta vestido igual que las mozas? Los mismos zapatos horteras, la bata que parece de su hermano pequeño… Cualquiera diría que se visten todos en las mismas rebajas.

Vamos a ver hoy qué tal se portan, porque la última vez, tuve que defenderme con un par de meaditas. Espero que hayan escarmentado. Vaya… ya está aquí otra vez la rubia de la de la primera meada. Como se acuerde… mal empezamos.

Ufff. Vaya hombre, la muchachita debe ser algo masoquista, o ya no se acuerda de cuando la usé de mingitorio, porque los dos besazos que me ha soltado son de primera categoría.

¡Chiquilla! ¡Y qué buen perfume usas, puñetera! ¡Ya me estás tocando el culo otra vez!

Me parece que esto se pone mal.

Hombre, la morenaza. Ésta debe de ser la que hace de poli bueno, como en las películas que ve mi papá. Besito va y viene, cuatro carantoñas y ale: “el pobre…, el barbas le va a dar un pinchacito, pero a mi nene no le va a doler, ¿verdad?”… Y al final, deja que me pinchen y se queda tan contenta. Bueno, la verdad es que les dice que son muy malitos, me acuna… pero ya podía echarle más genio a la cosa, leñe. Para mí que teme que la despidan si se pone descaradamente de mi parte.

¡Ale!… ¡Ya llegó el barbas! Hay que comenzar las maniobras militares. Primero un besito con la mano… ¡Muakkk! Je… se sonríe… Hombre y dice que soy muy gracioso… ¿me libraré hoy del jeringazo? ¿Por qué no sabría yo tirar besitos el mes pasado? Uy, uy… la cosa va bien, la rubia está llamando a las compañeras.

–Venid, mirad qué gracioso es Paquito… y los besitos que tira…

Uy, uy… esta gente me mata a besos… Está visto que Don Juan Tenorio es un aprendiz a mi lado. Hoy me libro del barbas, je, je… le va a pinchar a su puñetero padre. Bueno, será cuestión de despedirse. ¡Adiós, muchachas!

Vaya… ahora la morena:

–Mirad… y dice adiós con la manita mirando hacia la puerta… ¡Qué lindo! Claro, si te quedas aquí este hombre malito te pincha ¿a que sí?

Morena… tú sí que me comprendes, hija. Si no fuese porque podrías ser mi madre… Está visto que unas buenas dotes de convicción sacan a uno de un apuro… ¿Ehhh? ¿Pero este barbas no tiene corazón? Vaya forma de cogerme. No y se pone a enseñarle mi culito a medio mundo ¿Será guarro? ¡Ayyyy!

BURRITOS SERRANOS

Hace muchos, muchos años, en una humilde cabaña perdida en las arboledas que cubren los alrededores de la Peña de Zaframagón, vivía un joven pastor llamado Adrián. El muchacho, ágil como los cervatillos que corretean por aquellos lugares, conocía desde pequeño los rincones más escondidos de la sierra. Tanto es así que, cuando se extraviaba alguna res, el dueño siempre acudía a él:

–Adrián, si encuentras mi ternerillo antes de que se lo zampe algún lobo, te doy dos reales.

Unos dieciocho años habría cumplido Adrián cuando comenzó esta historia. Se encargaba por entonces del pastoreo de un numeroso rebaño cuando comenzaron a correr rumores de que se acercaba al lugar una extraña compañía de soldados. Al decir de Servando, otro pastor que se había tropezado con ellos, hablaban un idioma desconocido para los muchachos. Francés lo llamaban:

–Una jerigonza imposible de entender aunque, eso sí, se hacen comprender a base de gestos y malos modos.

Servando tenía su ganado por los cerros de Algámitas, pueblo cercano a Olvera, lugar al que se dirigían aquellos soldados. Cinco corderos y otras tantas cabras le habían costado al muchacho tan desgraciado encuentro. Y como viese que a este paso peligraba todo su rebaño, una madrugada decidió salir de aquellos montes encaminándose a Zaframagón.

–Aquellas quebradas y barrancos me servirán de refugio mientras esa gente esté por aquí –dijo a su madre antes de iniciar la huida.

Así fue como se encontró con Adrián. Cuando éste conoció la proximidad de aquellos invasores y su afán destructor, decidió ayudar a su nuevo amigo. Buscarían los rincones más recónditos del lugar para esconder sus ganados mientras el extranjero anduviese por los alrededores.

Llevaban varias semanas gozando de la placidez de aquellos lugares cuando, una buena mañana, vieron acercarse a una familia por el camino de Olvera. Venían huyendo de los extranjeros.

– ¿Sucede algo? –preguntó Servando a una joven que se acercó a los pastores a pedir algo de leche para su hijo.

–Han llegado hasta el pueblo los gabachos. Mala gente –respondió.

Preocupado por la noticia, Adrián decidió ir al pueblo. Preparó algo de comida, agarró un corderillo para la familia y emprendió la marcha hacia el hogar. Por el camino se cruzó con gentes del pueblo que huían con sus ganados.

–Arramblan con todo –le contó uno de ellos–. A este paso, dejarán al pueblo sin nada que llevarse a la boca.

Al oír esto, Adrián voló en busca de los suyos. Tan alocadamente corría hacia el pueblo que, sin percatarse del peligro, fue a caer en manos de un grupo de soldados franceses. De un empujón lo arrojaron al suelo mientras uno de ellos le arrebataba el corderillo y de un tajo acabó con su vida.

– ¿Dónde has encontrado esto? –preguntó mostrándole el cordero.

–No entiendo, no entiendo…

– ¡Fuera, fuera de aquí! –chapurreó el que parecía mandar el grupo mientras lo levantaba del suelo.

Adrián echó a correr camino de Olvera. Anochecía cuando llegó a casa de sus padres. Su madre, al saber lo acaecido, lo abrazó llorando. Aquella noche pudieron comer algo gracias al tasajo de carne que llevaba escondido en el zurrón. Éste había pasado desapercibido para los franceses, los cuales se conformaron con el cordero y no se molestaron en registrarlo más.

Iban a retirarse a descansar cuando sonaron en la puerta unos fuertes golpes que llenaron de pavor el corazón de aquella humilde familia.

– ¡Abran o tiramos la puerta abajo! –gritó un soldado francés.

Como sabían que aquella gente era muy capaz de cumplir su amenaza, el padre del joven abrió la puerta dejando pasar a una pareja de soldados. Sin mediar palabra, éstos tomaron del brazo a Adrián y a su padre y se los llevaron al cuartel donde se encontraban los mandos del ejército invasor.

– ¿Es éste el que traía el cordero? –preguntó un capitán al soldado que le arrebató el animal aquella tarde.

–Sí, capitán –respondió.

– ¿De dónde lo sacaste? –se volvió ahora hacia Adrián.

–Lo encontré abandonado en el campo, señor –mintió el joven.

–Bien, bien… Vosotros, los enemigos del rey José, coméis como reyes mientras sus soldados llevamos cinco días sin probar la carne…

–Señor, yo…

–Retírate. Pero oye esto, muchacho: tu padre y nueve hombres más quedarán retenidos. Si pasado mañana nuestros cocineros no tienen aquí cinco terneras listas para cocinar, todos ellos serán fusilados.

El joven salió de allí temblando de miedo y odio. Aquellos hombres eran capaces de cumplir su amenaza. Y no les temblaría la mano. Cuando llegó a casa sólo dijo que su padre se había quedado para acompañar a los gabachos a un manantial que desconocían. Pero no quiso perder tiempo e inmediatamente, aquella misma noche, salió de vuelta a Zaframagón. Llegó con las primeras luces de la mañana.

Un vigilante, apostado en lo más alto del peñón, fue quien dio el aviso de su regreso:

–Adrián viene por el camino de Olvera…

Al llegar se dirigió inmediatamente al lugar en que su amigo Servando cuidaba su ganado. Una vez allí, y después de contar lo sucedido en Olvera, decidieron reunir a todos los pastores que andaban ocultos por los alrededores.

–Entre los diez rehenes hay familiares de casi todos nosotros –advirtió Adrián.

–Y esos bandidos son muy capaces de cumplir su amenaza, si lo sabré yo… –añadió Servando.

Toda la mañana estuvieron discutiendo posibles soluciones visto el peligro que corrían sus familiares retenidos por los soldados enemigos…

–Tengo la solución –dijo Adrián mientras una pícara sonrisa asomaba a su rostro.

– ¡Habla, Habla! –pidieron a una todos los presentes.

En voz baja, como temiendo ser oído por los buitres que sobrevolaban el peñón, Adrián les explicó su plan. Todos los presentes escucharon en absoluto silencio la propuesta del joven.

–Perfecto –aprobó Servando cuando Adrián concluyó su explicación–. Esa gente formará parte del ejército más poderoso del mundo, pero de ganado, no entiende ni papa…

–Entonces ¿estamos de acuerdo? –preguntó un viejo pastor.

– ¡Sí! –aceptaron todos como un solo hombre.

–Bien. Esta tarde, saldré con un grupo a buscar lo que necesitamos y al amanecer irán cuatro de los nuestros, con un carromato a llevarle al gabacho su carne… limpia y preparada para ser cocinada –propuso el viejo con una sonrisa.

El eco multiplicó por mil la carcajada de los pastores. Apenas terminaron de comer, emprendieron las tareas acordadas. Antes de anochecer los hombres ya tenían preparados los animales recién sacrificados para ofrecerlos al enemigo.

Despellejados, sin cabeza ni pezuñas, y una vez extraídas sus entrañas, aquellas carnes brillaban apetitosas a la luz de las hogueras. Colgadas al relente, esperaron el amanecer para emprender su camino hacia el cuartel de los franceses.

Con las primeras luces del día, Adrián, Servando y dos compañeros más, después de recoger y preparar el material que tanto ansiaba el enemigo, partieron hacia Olvera. Marchaban tan alegres y felices a cumplir las órdenes del enemigo que el camino se hizo cortísimo.

–Muy alegres venís… –saludó un sargento francés mientras comenzaban a descargar las carnes.

–Claro… –respondió Adrián con una amplia sonrisa–. Estamos muy contentos al saber que vais a liberar a nuestros familiares…

Y así fue, varios soldados se hicieron cargo de la carne preparada y a punto para ser cocinada. Un sargento ordenó a los pastores que esperasen un momento. Poco después el padre de Adrián y los demás rehenes salían a la calle. Después del abrazo, el padre de nuestro amigo no pudo evitar unas palabras de reconvención a su hijo:

–Esta gente no merece un solo bocado de nuestro ganado. Prefería la muerte…

–No, padre. Espera, luego te cuento –respondió Adrián.

Al día siguiente, las tropas francesas acuarteladas en Olvera salieron con destino al cerco de la heroica ciudad de Cádiz. Habrían recorrido un par de millas cuando observaron cómo, en una de las lomas cercanas, una gran bandada de buitres se daba un banquete a base de algo que no acababa de distinguirse bien en la distancia.

El capitán francés envió a un sargento. Acompañado por un soldado de origen campesino, se acercó a comprobar el origen de la gran comilona que se daban aquellas rapaces.

Grande fue su sorpresa al comprobar que sólo se trataba de las pieles, las cabezas y las pezuñas de unos burros viejos y sarnosos, a juzgar por la presencia de aquellos despojos…

– ¿Dónde estará el resto de estos animales? –preguntó el capitán.

El cocinero se dirigió a él casi en un susurro:

–Mi capitán… La carne de ayer estaba durilla, ¿no?

–Cierto, ¿Por qué lo preguntas?

–No es por revolverle el estómago, pero me parece que la carne de estos burros viejos y enfermos está en nuestras barrigas…

Y desde entonces, para regocijo de los olvereños, cuando un francés quiere decir a otro que parece tonto le dice:

–Pero ¿es que tú has comido burro en Olvera?

Relato basado en un dicho francés: Est–ce que tu as mangé de l´âne à Olvera?

BUSCANDO LA FELICIDAD

Cuentan los mayores del lugar que hace años, muchos años, Villa Bermeja era un pueblecito tan pequeño y alegre que cuando llegaba la Navidad, en lugar de humo, las chimeneas de sus casas exhalaban hermosas canciones, villancicos que llenaban el cielo de campanillas, zambombas y delicadas voces infantiles. Estas melodías recorrían todos los rincones del pueblo, acompañadas por los aromas que emanaban de sabrosísimos platos cocinados con tanto amor como sabiduría con motivo de aquellas fiestas.

Pero desgraciadamente para los bermejinos, la alcaldía de la villa vino a caer en manos del señor Pascasio, hombre antipático, mal encarado, muy mandón y soberbio como pocos.

–Mis paisanos son los hombres más duros del mundo –presumía.

Y como se había propuesto que aquella fanfarronada se hiciese realidad, dictó una orden que, con todo el dolor de su corazón, fue obedecida por las madres del pueblo, atemorizadas por su mal carácter.

A partir de aquel momento, el señor pascasio se ganó la antipatía de todas las madres de Villa Bermeja. Y también la de los abuelos. “Con el fin de conseguir una raza de hombres fuertes y con carácter indómito, como corresponde a nuestras montañas, quedan prohibidas todo tipo de carantoñas, besos y demás blandenguerías para con los niños”, decía la orden.

Días después la tristeza comenzó a instalarse poco a poco en cada rincón de Villa Bermeja, hasta que llegó al colegio. Nadie, ni el médico, ni el señor cura… ni siquiera el mismísimo don Pascasio fue capaz de encontrar la solución al abatimiento que reinaba en el corazón de los niños bermejinos. Preocupado por el estado de sus alumnos, don Luís, el maestro, no pudo evitar hacerse una serie de preguntas. ¿Por qué se respiraba tanta desolación en el pueblo? ¿Quién sería el culpable de que la felicidad no reinase en un lugar tan bonito como Villa Bermeja? ¿Será que, como es tan pequeñito, tienen muy pocas diversiones? ¿O será que, entre los vecinos, hay gente malvada que trae la desgracia sobre el resto de la villa?

Para buscar la respuesta a aquellas preguntas, don Luís decidió recorrer la comarca y hablar con las personas mayores. Como han aprendido tanto de la vida, se dijo, seguro que me ayudarán a encontrar el remedio a tanta tristeza. Pateó todos los caminos, preguntó a los viejos pastores que tantas y tantas historias saben de aquellos bosques y umbrías… Y a pesar de que muchos hablaban y recordaban los momentos más hermosos de su vida, todos reconocieron que también la desolación habitó entre ellos en algún momento.

–No es tan malo sentir tristeza –le dijo un anciano–. Lo malo es no tener fuerzas para sobreponerte a ella. Debes saber que sólo podremos valorar las cosas buenas de la vida si conocemos el dolor de no tenerlas.

–Y si ves a un ser querido sufrir, dale todo tu cariño –le dijo otro–. Así sabrá que no está solo.

“Dale todo tu cariño…” Aquellas palabras se clavaron en su corazón. ¿Estaría allí la solución?

Indeciso, creyendo que no encontraría entre sus viejos vecinos el remedio a la tristeza que reinaba en el corazón de sus alumnos, decidió salir al mundo a buscarla. Hablaré con los sabios, preguntaré a las estrellas, buscaré en las montañas las hierbas más extrañas hasta dar con aquella cuyas flores, en su inmenso colorido, me ofrezca la medicina que cure a mis niños, pensó.

Y salió al monte, buscó en las orillas de los arroyuelos de cantarinas aguas, escuchó las canciones que las hojas de los árboles regalaban al aire cuando éste paseaba entre ellas, preguntó al silbido que se esconde en las profundidades de las cuevas…

Nadie supo darle razón de la medicina que buscaba. Desilusionado, emprendió el camino de vuelta a casa. Una tarde, al pasar por las afueras de una aldeíta, vio a un grupo de niños que, semidesnudos, jugaban a la orilla de un riachuelo.

Don Luís se acercó al lugar y, acogido a la fresca sombra de un sauce que acariciaba las aguas, se sentó a disfrutar de aquel inocente griterío. Uno de los niños, al verlo, se acercó al él y, sentándose en una piedra, le dijo:

– ¿Usted no se baña?

–No, gracias. Simplemente estoy disfrutando con vuestros juegos.

– ¿Busca usted algo? –preguntó el niño al ver la mirada de Luís perdida en el infinito.

–Sí. Quiero saber si sois felices. Os veo tan alegres…

–Pues claro que somos felices. Tenemos todo lo que necesitamos…

– ¿Todo, todo?

–Claro: padres, amigos, un sitio donde jugar…

Don Luís no se quedó muy conforme con aquella explicación. Los niños de Villa Bermeja también tenían padres, amigos, sitios donde jugar… Creyendo que, a pesar de la alegría reinante en el lugar, tampoco allí encontraría lo que buscaba, antes de levantarse para reemprender su camino, se volvió hacia el niño para despedirse. El niño, al ver la tristeza que reflejaba la cara del maestro, le tomó el rostro entre sus manitas y lo besó con delicada ternura.

– ¿Por qué está usted triste?

En aquel momento, algo comenzó a hervir en el corazón del maestro. Entonces comprendió donde estaba la solución a los males de sus alumnos: muchas veces, una simple caricia, o un beso, es suficiente para abrir el camino de la felicidad.

Así fue cómo informados padres, abuelos y todo el pueblo bermejino sin excepción, decidieron desobedecer la orden del señor alcalde. La alegría volvió a reinar en todos los hogares de Villa Bermeja menos en casa de don Pascasio. Encerrado en su dormitorio seguía negándose a besar a sus hijos. Afectado por una extraña enfermedad cayó en cama. Una mañana, mientras dormía, su hijo pequeño entró en la habitación y, antes de salir para el colegio, cumplió una orden de don Luis: besó delicadamente a su padre en la frente. El señor alcalde, con todo el dolor de su corazón, recuperó la salud en pocas horas.

CARUSO

Cuentan los animales del monte que aquella primavera se presentaba más alegre que nunca. El culpable era un jovencísimo jilguerillo que, según decían sus vecinos, tenía el trino más bello que jamás se había oído por el contorno. Crecido entre el romero y la jara que perfuman el bosque, cada mañana el jilguerillo saludaba a los primeros rayos con su hermosa e incansable melodía desde la copa del pino más alto.

Poco a poco los días comenzaron a estirarse. El mes de abril llenaba el bosque de luz y alegría. Por aquellas fechas recibieron la visita de una hermosa paloma mensajera que había recorrido medio mundo llevando las noticias de su amo. Cuando oyó al jilguerillo trinar, se quedó sorprendida ante la belleza y la fuerza de su canto.

–Canta tan bien como el mismísimo Caruso. –dijo.

– ¿Quién es Caruso? –preguntó, con gesto de envidia un grillo que vivía entre la hojarasca.

– ¿Es que su fama no ha llegado hasta el bosque? –respondió la paloma–. Caruso era un humano. Y dicen que fue el mejor cantante que ha habido jamás.

–Pues sepa usted, señora viajera, que mi pequeño no tiene nada que envidiar a ese tal Caruso. Mi hijo es tan grande como él –presumió su madre.

Y era cierto. Encandilados por el trino del jilguerillo todos los animales del entorno hablaban maravillas del arte canora del pequeño. Su fama se extendió por las raíces de los árboles, llegó hasta las florecillas silvestres y de allí, voló por todo el bosque. Orgulloso de su retoño, papá jilguero proclamó a los cuatro vientos:

–Mi hijo es el gran Caruso del bosque.

Y desde entonces todos sus vecinos lo llamaron Caruso. Tanto se extendió su fama de cantor que lo invitaban a todas las fiestas del bosque. Desde entonces, anduvo siempre volando de un rincón a otro hasta que, un día, una gran tormenta se desató sobre la floresta. Como era muy pequeño, fue arrastrado por el viento hasta una nube tan espesa y negra, que el pobre animal se perdió en su interior.

El desgraciado pajarillo pensó que esa noche moriría de frío. Su canto se convirtió en un triste piar que apenas conseguía salir de su garganta. Por suerte para él, un último soplo de viento lo arrastró hasta el interior de un patio. Allí, detrás de una maceta, encontró un rinconcito acogedor donde, agotado, se quedó dormido.

Con las primeras luces del día nuestro amiguito vio roto su descanso por la presencia de un hocico que olisqueaba intentando llegar hasta él. Afortunadamente una mano lo rescató regalándole un poquito de su calor. Caruso se acurrucó en aquel cálido nido y de nuevo se durmió plácidamente.

Cuando despertó vio que estaba encerrado en una jaula. Primero se enfadó mucho y se quedó muy triste hasta que, poco después, observó a la dueña del hocico retozando y saltando a su alrededor mientras intentaba alcanzar la jaula. Era una perrita pequeña y traviesa, cuya golosa mirada resultaba tan amenazadora como simpática.

Al oír el jadeo del animal en su fracasado intento de cazar al jilguero, Pilar, la dueña del animal, acudió presurosa:

– ¡Tita! ¡Quieta!

La perrita obedeció. Disimulando sus intenciones se sentó en el suelo sin dejar de mirar al indefenso Caruso. Una extraña sensación se apoderó del jilguero. Si por un lado aquel nuevo hogar no dejaba de ser una cárcel, por el otro se sentía seguro frente a su nueva e inquieta vecina. La señora se acercó a él, abrió la jaula, lo tomó en su mano y agarrando del collar a Tita se lo acercó al hocico:

–Tita, este es un nuevo miembro de la familia. Ni se te ocurra tocarlo –dijo mientras se lo daba a oler–. Es tu nuevo amigo, ¿está claro?

La mirada de Caruso se cruzó desafiante con la de Tita. Somos igual de importantes, así que respétame, cantó el jilguero. Y como la perrita comprendió las palabras de su ama tan bien como el trino de su nuevo vecino, dio un lametón en el cuello del jilguero. ¿Ves? Podría haberte engullido de un bocado, pero Pilar quiere que seamos amigos, le dijo con su lengüetazo.

La señora, que había comprendido la conversación, soltó a Caruso en el suelo junto al Tita. Ésta acercó su hocico al jilguero en actitud amistosa. Éste, que comenzaba a sentirse seguro, dio una volada, se metió en su jaula y, asomado a la puertecilla dedicó a sus nuevos amigos un trino tan poderoso y melódico que ambos se quedaron extasiados.

Desde entonces, Caruso y Tita se hicieron tan amigos que cuando Tita salía al parque a corretear, Caruso abandonaba su jaula, que siempre estaba abierta y, volando de rama en rama, acompañaba a sus amigos a lo largo de su diario paseo. Una tarde, Caruso, que añoraba a su familia le pidió a Tita que lo acompañase al bosque cercano. Quiero ver a mis padres, ¿vienes conmigo?, cantó el jilguerillo. Tita, que nunca había salido del pueblo, asintió con un corto ladrido: ¿Cuándo? Tendremos que escaparnos cuando el ama salga al trabajo.

Y así lo hicieron, una mañana, muy temprano, apenas había salido Pilar, Caruso salió de su jaula mientras Tita, de un salto, escapó del patio de casa. Caminaron durante un buen rato hasta que, con los primeros rayos de sol, llegaron al bosque. Cuando Caruso se vio de nuevo en su viejo hogar comenzó a cantar con tanta fuerza que sus viejos amigos, los animales del bosque, al reconocer su voz, salieron a saludarlo. Todo eran saludos y gritos de entusiasmo hasta que, de pronto, un ladrido lastimero de Tita llamó la atención de los presentes.

Un viejo perro abandonado, tenía arrinconada a nuestra amiguita mientras mostraba sus colmillos. Tú eres amigo del hombre, ¿verdad?, ladró. Ya verás cuando crezcas y se harten de ti, te abandonarán en el bosque como a mí y tendrás suerte si no te caza algún jabalí hambriento…

Caruso, al ver a su amigo asustado, se lanzó sobre el perro y picoteándolo en el cuello, lo obligó a abandonar el lugar. No le hagas caso, Tita, su amo era un malvado cazador que lo abandonó cuando perdió el olfato y ya no le servía, pero nuestra ama no te tratará así.

Nuestros amigos pasaron gran parte de la mañana en el bosque. Tita, preocupada por el ama, advirtió a Caruso de que se hacía tarde. La señora estará preocupada si nos retrasamos demasiado. Debemos llegar a casa antes de que ella vuelva del trabajo, ladró. El jilguero, que no había cesado en su alegre trinar en toda la mañana, asintió con desgana.

Durante varios días, nuestros amigos vivieron y revivieron aquella excursión decenas de veces junto a sus compañeros del parque, que la conocían ya de memoria. Tita no se cansaba de agradecer a Caruso su ayuda cuando, según contaba, fue atacado por un perro salvaje. Era como un lobo feroz, ladraba orgullosa de su pequeño amigo. Y Caruso miraba con cara sonriente a Tita mientras, picoteando un caracolillo rebelde que le crecía entre las orejas, susurraba con un leve piar que no fuese tan exagerado.

Tocaba a su fin la primavera cuando una tarde el cielo se cubrió de negrísimas nubes. A lo lejos una tormenta iluminaba el cielo con sus innumerables relámpagos. Durante toda la noche llovió y llovió sin cesar. Tita, encerrada en su perrera no se atrevió a salir hasta que el sol volvió a brillar en todo su esplendor.

Sólo entonces asomó el hocico al exterior intentando localizar a su amigo Caruso. Extrañada de no oír sus trinos mañaneros, salió de su cubil, miró a un lado y otro… Nada. La jaula estaba vacía y rota. El cubo inferior, el que recoge los restos de comida y plumoncillos del jilguero estaba roto y caído en el suelo. Pero Caruso no aparecía por ningún sitio.

Preocupada por la ausencia de su amiguito, Tita comenzó a latir lastimeramente hasta que Pilar se percató de que algo extraño sucedía. El patio estaba embarrado y lleno de la suciedad que el temporal había traído de no sabemos dónde. Buscaron por todas partes. Caruso no aparecía ni daba señales de vida. La señora pensó que el pobre jilguerillo había sido arrastrado por el agua y el viento cuando éstos arrancaron la parte inferior de la jaula y, muy triste, comenzó a limpiar el patio.

Estaba a punto de terminar cuando Pilar tomó la manguera de riego y dándole la máxima potencia al agua apuntó hacia un rincón donde la hojarasca y el barro estaban arremolinados, Tita miró en dirección al rincón e, imitando los gestos de un amigo podenco, experto cazador, concentró su atención en aquel sucio lugar. Pilar observó la actitud de Tita e, intrigada, preguntó:

– ¿Pasa algo, Tita?

Ésta se lanzó dando ladridos de felicidad hacia el rincón, escarbó entre la suciedad y allí, cubierta de polvo y raíces rotas, apareció una bolita de plumas que tiritaba de frío y miedo. Era Caruso. Cuando el viento y la lluvia destrozaron mi jaula, vine a caer en este rinconcito, explicó con un alegre trinar a su amiga, aquí me quede muerto de frío y miedo hasta que tu ladrido me ha despertado.

Pilar, emocionada, tomó al jilguero entre sus manos y acariciándolo comenzó a darle un poco de calor. Tita, alegre por reencotrar a su amiguito también contribuyó con su aliento a devolver la vida a Caruso. Y los tres, Pilar, Tita y Caruso, rieron felices mientras entraban a casa a buscar un poco de alimento.

–Nos hemos ganado un buen desayuno –dijo, feliz, la señora.

CURRO: historia de un buen amigo

¿Habéis visto alguna vez un pueblecito colgado de una montaña? Pues en un pueblecito así es donde sucedió nuestra historia. Unas decenas de casas, blancas y coquetas, juegan alrededor de la pequeña iglesia que, a manera de hermana mayor, las protege bajo su sombra.

Desde el campanario se avizora la llegada del buhonero, la del autobús que, puntualmente, llega cada mañana con su carga de viajeros acompañados de las últimas noticias de la capital y, cuando la ocasión lo requiere, desde allí también ejerce el sacristán su labor de vigilancia: lo mismo toca a rebato cuando una columnilla de humo advierte del peligro de un incendio que atiende a la vecina que lo llama desde la plaza:

– ¡Luis! ¿Se ven los niños?

–En la era están –responde desde el campanario señalando al grupo que, como minúsculas hormigas se recortaban sobre la nieve que cubre el llano.

La era es una explanada rodeada de bosquecillos que retozan entre peñascos y se convierte en lugar de juego para los niños cuando el colegio permite tales alegrías. Más abajo, escondido bajo las ramas de los árboles, el riachuelo de aguas frescas y limpias como el corazón de los pequeños riega los huertos del lugar con sus cristalinas aguas.

Allí transcurría plácidamente la vida de Curro. Y como éste era el más responsable de todos sus amiguitos, cuidar de ellos era su quehacer cotidiano.

– ¡Curro! Cuidado con los niños –le decían los vecinos.

Y él, vigilante experto, se acomodaba bajo una sombra sin perder de vista cuanto sucedía a su alrededor. Curro lucía un pelo de llamativos tonos rojizos. Su presencia resultaba tan atractiva que rara vez escapaba a las caricias de quien pasaba cerca de él. Si a esto unimos su forma de correr, decidida, alegre y arrolladora, podemos afirmar que en todo el pueblo no había quien pudiese competir en fama y simpatía con nuestro amigo.

Aquella tarde de sábado Curro estuvo jugando con los amigos hasta caer rendido bajo la protección del porche de su casa. La nieve había hecho su aparición de forma sorpresiva y tendió su manto sobre la montaña. Hasta la misma entrada del pueblo había llevado su blanca vestimenta.

–Vamos a hacer un muñeco de nieve –dijo Manuel.

Y los niños tomaron la plaza armados de una vieja bufanda, un par de escobas destrozadas y un sombrero de paja comido por los años.

–Curro, ven –llamó Pablo.

Entusiasmado, Curro acudió convencido de que su inteligencia era fundamental para la elaboración de aquella obra de arte. Durante unos minutos se dedicó a observar el trabajo desde distintos puntos de vista. Dio unas vueltas alrededor hasta que...

– ¡Mira Curro!

Inocentemente se volvió hacia el lugar de donde venía la llamada. Una bola de nieve vino a estrellarse contra su cuerpo entre las risas de los otros niños. Muy enfadado, Curro volvió corriendo y algo humillado a su refugio bajo el porche. A cubierto de bromas, del viento y de la nieve, se dedicó a observar críticamente aquel adefesio de muñeco, porque eso era: un adefesio.

Estos niños no saben ni hacer un muñeco de nieve sin mi ayuda, se consoló imaginando la cara que pondrían los padres cuando viesen aquel espantajo tan contrahecho. No habían terminado aún la tarea cuando Pablo, que era el niño más travieso de la pandilla, se volvió a contemplar el paisaje.

–Mirad que bonita está la montaña...

Gracias a su vestido de inmaculada limpieza, la montaña atraía las golosas miradas de los muchachos. Curro, ante el bullicio y el secreteo de sus amiguitos, no tuvo más remedio que prestar atención a sus movimientos para prevenir posibles diabluras. La advertencia de los mayores era bien sencilla. Aquella belleza encerraba un peligro que había que evitar.

Y allí estaba Curro. Debía vigilar a toda aquella barahúnda de chiquillos convertidos en centelleantes figuritas multicolores. Era una gozada disfrutar de sus juegos en la distancia, pero...

Vigilaré desde lejos, se dijo cuando, en uno de sus intentos por incorporarse al juego, sintió sobre él otra lluvia de nieve. Y volvió a ocultarse tras los pilares del porche.

Al atardecer, los niños fueron recogiéndose en sus casas al olor de una merienda que buena falta hacía después de tanto juego. Algo después, la noche comenzó a anunciar su llegada. Con ella, el frío y la oscuridad se adueñaron de todo el contorno.

El silencio se extendió por el pueblo al tiempo que las ventanas comenzaban a arrojar sus rayos de luz tamizados por los copos de nieve que caían buscando los rincones más escondidos para esperar allí las nuevas travesuras que, sin duda, saldrían a la mañana siguiente de aquellas cabecitas infantiles.

El muñeco mostraba aún su astrosa bufanda sacada de no sé qué viejo baúl. Unos copos habían dibujado una sombra blanca sobre la zanahoria que el acatarrado muñeco lucía a modo de nariz cuando se abrió una de las puertas.

– ¡Lucía! –llamó alguien que apenas dibujaba su negra silueta contra la luz del interior que pugnaba por iluminar la calle.

Sólo respondió un silencio apenas matizado por un lejano ladrido. Se abrieron varias puertas más y algunas sombras se perfilaron bajo ellas.

– ¿No está con tu hija? –repitió la misma voz, dirigida esta vez hacia la sombra de la casa más próxima.

–No, aquí no está.

Aquello fue la señal de alarma que removió todos los cimientos del pueblo. Las puertas se abrieron vomitando decenas de sombras. Los sollozos de la madre de Lucía se fundieron con las voces de todos los vecinos que, como un solo hombre, se lanzaron en busca de la niña. Primero fue la plaza, luego, el parque y, luego, la orilla del riachuelo, que mostraba su negra sombra de agua orlada por la blancura de su orilla inmaculada.

–Curro tampoco aparece por ningún lado –anunció una voz salida de aquella masa humana unida en la soledad de los padres de Lucía.

Cuando se hizo de día, el pueblo entero se echó a la montaña. Las voces se perdían valle arriba y retornaban una y otra vez amortiguadas por la distancia. Sólo el eco lejano de aquel ladrido, al que nadie prestaba atención, respondía cada vez más débilmente. El día avanzaba lentamente y el frío penetraba hasta las entrañas del pueblo. Nadie se atrevía a insinuar lo que tanto se temía.

Únicamente un milagro podría mantener con vida en aquel infierno blanco el cuerpecito de la niña, pero todos seguían esperando el milagro. Los hombres penetraban hasta lo más profundo del bosque buscando un rayo de luz, una señal que anunciase que ese milagro se había producido...

El eco, multiplicado entre las rocas, rebotado del fondo del valle, y recorría los alrededores sin obtener respuesta.

– ¿Habéis mirado en la quebrada?

Hacia aquel punto, una pequeña mancha en el blanco manto que cubría el paisaje, se dirigieron varios de los vecinos más jóvenes y decididos. Media hora después alcanzaron el lugar. En el fondo del barranco se divisaba el pelo rojo, moteado de pequeños copos de nieve, de Curro. Yacía inmóvil. La vida había abandonado a nuestro amigo.

–Hay que sacarlo de ahí –dijo alguien–. Después seguiremos buscando a Lucía...

Dos de los jóvenes descendieron hasta el fondo. Al acercarse al cuerpo de Curro uno de ellos soltó un grito de alegría...

– ¡Lucía! –gritó.

Efectivamente, Curro, con aquel corpachón de viejo pastor alemán, había dado su calor a la niña. Bajo su cuerpo, agotada y hambrienta, Lucía temblaba de frío y miedo.

EL BARCO CHARLATÁN

El Estrella Polar era uno de los veleros más hermosos que navegaban por las costas gaditanas. Sólo tenía un problema. Que los delfines acudían a él como las moscas a la miel. En cuanto abandonaba el puerto para iniciar una singladura salían en bandada a recibirlo, jugando a su alrededor durante un buen rato. Los viajeros disfrutaban de tan magnífico espectáculo y aplaudían a los animales como si fuesen artistas de un gran circo. Éstos, con gran sorpresa de los espectadores, respondían saludando mientras, agotados, iban quedando atrás.

Una vez, durante un largo viaje por alta mar, el oleaje comenzó a balancear al barco de forma imprevista. Un delfín más joven y alocado dio un salto tan cerca del velero que, en lugar de caer al agua, cayó en cubierta, justo en la proa. Dos segundos después la noticia había llegado al puente de mando:

– ¡Un delfín! ¡Hay un delfín a bordo! –chillaba un grumete anunciando la noticia.

–Ya estamos –protestó el capitán–. Yo no sé qué pasa con este velero. Mira que hay barcos navegando por estos mares. Pues nada, este es el único en el que se fijan.

–Será que tiene un imán para los peces –bromeó el piloto.

–Hombre, si fuera para atraer atunes no estaría mal, pero delfines...

–Capitán. Yo sé lo que atrae a los delfines –dijo el grumete con la respiración entrecortada por la carrera.

–Ya habló el niño sabio de Tarifa –se burló el piloto.

–Lo sé. Sí que lo sé.

–Muy bien chaval. Habla.

El capitán, que profesaba mucho cariño al muchacho, intervino para evitar el enfrentamiento con el piloto, que tenía fama de bruto entre sus compañeros. Pero el chaval, temeroso de que algún marinero hiciese daño al delfín puso sus condiciones:

–Se lo diré cuando devolvamos el delfín a la mar.

– De camino nos libraremos de un peso inútil. Venga, muchachos, al mar con ese bicho.

Si grande fue la alegría del joven delfín cuando se vio de nuevo en el agua, mayor aún fue la de sus amigos. El Estrella Polar se convirtió en el centro de una fiesta nunca vista en aquellas costas. Los gritos, saltos y piruetas de los delfines formaron un espectáculo nunca visto.

–A ver, grumete. Habla ya. ¿Qué tiene nuestro velero?

– ¿No lo nota, señor? Si está clarísimo.

–Clarísimo, clarísimo, cierto –respondió con sorna el capitán–. ¿Y se puede saber quién te lo dijo?

–Deli, señor.

– ¿Delfi?

–Sí, señor. El delfín que acabamos de lanzar al mar.

–Vaya, hombre. El amigo que vino a saludarme hace un rato.

–¿Usted también es amigo suyo? Pues no me ha dicho nada.

–Claro chaval. Claro que somos amigos.

–Delfi me dijo que todos los que aman la mar de verdad son amigos suyos.

–Sí. Pero nosotros hablamos de otras cosas –siguió bromeando el capitán–. A lo que íbamos… ¿Qué tiene nuestro barco de especial?

–Que habla con los delfines, señor.

–Un barco que habla… Puesto a ser original, a ver si aprende a navegar solito y me ahorra trabajo.

Ante la explicación del grumete, el capitán dio por terminada la charla y se centró en el mando del barco. Fue entonces cuando pudo observar que el velero había cambiado la ruta y seguía a la bandada de delfines.

–¿Quién ha cambiado el rumbo del barco? –gritó enfadadísimo.

–Nadie, capitán –respondió el piloto–. Ni yo me he dado cuenta de ello. Habrá sido un cambio de viento que nos ha sorprendido.

–¿Un cambio de viento? Este barco se ha vuelto loco. O los delfines. ¿Quién sabe?

Durante más de una hora estuvieron discutiendo el capitán, el segundo, el piloto y el copiloto sobre aquel cambio de rumbo que, no se sabe por qué, había escapado al control de los responsables del velero. Estaban tan enfrascados en el debate que nadie se percató de la presencia del grumete.

–Señor. Los delfines se han callado.

–Mira qué bien.

–Se oye, señor. El barco está hablando.

–Tú sí que me vas a oír.

Y como no había manera de ponerse de acuerdo con su gente, el capitán aprovechó el momento y decidió posponer un rato la discusión. De camino, a ver si le quito a este niño los pajaritos que tiene en la cabeza, pensó.

–Chaval, vamos a tomar un poco de aire fresco. Cada uno a sus tareas y nos vemos en media hora.

Agarró del cuello al grumete y lo llevó hasta el puente de mando. Los delfines abrían paso al barco que, empujado por una brisa suave y continua, navegaba a un ritmo perfecto. El cielo mostraba un aspecto extraño. Pero hubo algo que llamó aún más la atención del capitán: el Estrella Polar había cambiado de nuevo la derrota mientras discutía con sus hombres. Estaba recuperando el rumbo inicial con la precisión con que lo hubiese hecho el mejor piloto.

Por barlovento, en el horizonte, se divisaban algunos nubarrones. Sin embargo, el Estrella Polar navegaba con un viento que parecía acariciar las velas. Un silbido casi musical que descendía de ellas embelesó al capitán haciéndole olvidar el motivo que lo había llevado hasta allí.

–¿Lo oye, señor?

–¿Qué si oigo? ¿Qué oigo?

–El Barco.

–Claro que lo oigo. Este viento juega con las velas que es una bendición, chaval.

–Es el Estrella Polar, señor, que está hablando con los delfines.

–¿Qué?

–Es el barco, señor.

–Claro que es el barco. Las velas cantan con la brisa, muchacho.

–¿Ve? Pues eso, señor. Mire. Mire.

–¡Imposible! ¡Una maravilla!

Y lo era. Una bandada de delfines, encabezada por Delfi acompañaba al Estrella Polar. Alguien que hubiese observado la escena desde fuera hubiese pensado que eran los animales quienes conducían al velero por una ruta establecida. Delfi irradiaba una sensación de alegría inexplicable. La causa sólo la supieron al día siguiente, al amarrar en puerto. Fue un compañero quien preguntó admirado por la límpida presencia del barco:

–Capitán. ¿Cómo han conseguido ustedes evitar el temporal? Ha sido la tormenta más grande que se ha visto en muchos años. Vientos superiores a ochenta nudos.

–¿Temporal? ¿Tormenta? ¿Dónde?

–En la ruta que traían ustedes, ¿donde si no?

–Mi piloto, amigo, mi piloto es un artista.

El capitán prefirió guardar silencio sobre lo ocurrido. ¿Quién iba a creerlo? Eso sí, el pescadero se sorprendió cuando el día antes de partir vino el grumete a comprar mil kilos de pescado.

–Os van a salir escamas –bromeó.

–Quizá sea porque, gracias a Dios, no nos han salido –respondió enigmático el grumete.

Delfi se va a poner feo de gordo. Pensó mientras arreaba a las bestias que tiraban del carro.

EL BOSQUE CANTARÍN

Cuentan las nubes del cielo que hace muchos, muchos años, escondidos en un mar de montañas, vivían los árboles más alegres del mundo. Y cuentan, también, que sus hojas cantaban las canciones más hermosas jamás oídas. Pero una noche, un viejo árbol, seco y medio podrido, se enfadó con el viento y lo expulsó del bosque.

–Vete de aquí –le dijo–. Un día me vas a destrozar todas las ramas. Ya estoy muy cansado de soportarte día y noche. ¡Vete!

El viento, al verse despreciado, decidió bajar a descansar a la orilla del mar. Le habían dicho que allí su amiga la brisa viajaba feliz por todo el mundo sin que montes ni bosques entorpecieran su paseo. Me iré con ella para siempre, pensó.

A la mañana siguiente las hojas de los árboles despertaron más tarde que otros días. Un silencio desconocido reinaba en el bosque. Sólo se oía el caminar de las hormigas que salían a buscar alguna hierba seca que les sirviese de alimento. Ni siquiera los pajarillos se atrevían a cantar temerosos de romper la calma que se había apoderado del lugar.

Un leñador que entró en el bosque para recoger una carga de leña, alarmado ante aquel silencio, permaneció quieto unos segundos. Sólo oía el palpitar de su corazón. Tan fuerte latía que su eco comenzó a resonar como si un invisible caballo gigantesco cabalgase entre las copas de los árboles. Al oír tan extraño ruido, un conejo, que descansaba en su madriguera, se asomó a ver qué sucedía. Asustado, dio la alarma al resto de sus hermanos. Segundos después todos los conejos corrieron aterrorizados abandonando sus madrigueras. El batir de sus patas sobre el suelo unido al latido del corazón del leñador resonó como tambores gigantescos. Los animales que vivían en el bosque, ciervos, gamos, jabalíes y pájaros de las más diversas clases, espantados ante aquellos ruidos que parecían presagiar un drama terrible, huyeron del lugar.

Sólo algunas hojas secas que, agotadas, caían al suelo lloraban su soledad con un crujido que nadie oía. Una de ellas se encontró con una hormiga que, al ver cómo caía, acudió para llevarla a su hormiguero.

–Hola, hormiguita –saludó–. ¿Tú no sientes la soledad que reina en el bosque?

–Claro que sí. Por fin vivimos en paz.

–Pero… también se han ido algunos de tus amigos. Dicen que no ha quedado ni un pulgón en el bosque.

–Y tampoco esos animalotes grandullones, hombres se llaman, que no miran por donde pisan. Una cosa por otra.

Pasaron los días. La vida en el bosque era cada vez más tranquila. Nadie molestaba a las hormigas. Eran los únicos animales que quedaron. Cada mañana salían a recoger semillas para su granero. Vivían felices, y la vida les resultaba tan relajada que acabaron por volverse perezosas. Luego, la haraganería las hizo envidiosas. Continuamente estaban discutiendo, criticando a sus compañeras y presumiendo de lo bien que se vive sin trabajar. Y lo que es peor, al no haber insectos que llevasen el polen de una flor a otra, las plantas estaban cada vez más tristes y enfermas.

–Ahora comprendo por qué son tan felices las cigarras –dijo una hormiga a sus compañeras mientras holgazaneaban por los alrededores del hormiguero.

–Se vive tan bien así… –respondió una vecina que tomaba el sol sobre un chinarro.

Justo en ese momento una cigarra que se había extraviado en su viaje pasaba por allí.

–Perdonad que os interrumpa, amigas –saludó–. Después de toda una vida recorriendo el mundo he visto tantas cosas… Os puedo asegurar que mucho más hermoso que la vagancia es ver a los amigos felices gracias a nuestro esfuerzo. Yo, al menos, era feliz cuando os agradecía vuestro trabajo regalándoos mis canciones, pero vosotras, ¿qué hacéis ahora?

–Es verdad –respondió una hormiga que recordó los tiempos pasados en que vivían como hermanas, sin envidias ni rencores–. ¿Acaso somos más felices ahora que trabajamos menos?

–No –respondió otra–. Ya nos hemos olvidado de las hermosas canciones que cantaban los árboles. Eran tan bonitas… Pero ahora, vivimos hundidas en la envidia y la tristeza.

–Entonces… Queréis que os alegremos cantando nuestras canciones –dijo una hoja que bajaba desde lo más alto de un árbol.

–¡Sí! –gritaron las hormigas a coro.

–Sólo desearíamos que la calma también nos visitase de vez en cuando –respondió una humilde margarita que se mostraba mustia y reseca.

Y los árboles, que también añoraban a sus amigos los pájaros, comenzaron a recordar los cientos de nidos llenos de vida y amor. La Luna que iniciaba su nocturno paseo por el cielo, oyó la conversación. Recordó cómo aquel bosque había sido el más alegre de la tierra antes de que un viejo cascarrabias, expulsase al viento. Era ya noche cerrada. La Luna, en su paseo, vio a un grupo de estrellas que entonaban una linda canción. Le pareció tan hermosa que a la mañana siguiente, cuando se cruzó con el Sol en el horizonte, le preguntó si él también la conocía.

–Como son tus hermanas… –le dijo.

– Sí. Claro que la conozco.

–Es que está tan triste el bosque.

–Déjalo de mi cuenta –respondió el Sol.

Y aquella misma mañana, envió tanto calor al bosque que éste pidió al viento que viniese a visitarlo. El viento, olvidando al viejo árbol que un día lo expulsó de allí, volvió a cantar con las hojas de los árboles. Y ambos, unidos a los pájaros, inundaron el bosque con sus preciosas melodías.

A partir de entonces, la alegría reinó de nuevo en aquellas tierras y todos, animales y plantas volvieron a sentir la felicidad de saberse útiles unos a otros.

COGGIA… O EL SUEÑO DE LUCÍA

En los confines del universo, allí donde la noche comienza a hacerse eterna, dicen que vivía un joven y bello cometa llamado Coggia. Coggia, como todos los cometas de su edad, era inquieto y algo travieso, así que nadie se extrañaba cuando, corriendo como el viento, se perdía entre los astros de aquel extremo del universo.

–Qué acertada estuvo su madre cuando lo bautizó. Es tan lindo como su nombre –comentó una estrella vecina al ver cómo su brillo y su elegancia destacaban sobre los demás astros que volaban por allí.

Ya sabemos todos que los cometas son unos viajeros incansables. Y como Coggia, además de cometa, era joven, pues tenía doble motivo para soñar una y otra vez con fantásticos viajes que lo transportaban a los mundos más lejanos. Hasta que una noche, allá, en lo más alto del cielo, creyó ver a un preciso astro azul que, con sus minúsculos guiños luminosos, lo invitaba a jugar con él.

Debe de ser precioso, se dijo, hay algo en él que me atrae más que ningún otro astro del universo. Y a la mañana siguiente, sin pensarlo dos veces, se dirigió muy decidido a mamá estrella:

–Mamá, yo quiero conocer otros mundos. Dicen que hay astros tan hermosos y llenos de luz que son un regalo para los ojos. ¿Me das tu bendición para ir a visitarlos?

–Pero hijo, aún eres una criatura y podrías perderte. Mira que, con tantas estrellas como hay, te será muy difícil encontrar el camino de vuelta a casa.

–No te preocupes, mamá. Iré dejando detrás de mí una estela de polvo luminoso. De esa manera, cuando decida volver, sólo tengo que seguir el sendero que dejé marcado a la ida.

Así fue como, un buen día, Coggia emprendió una peregrinación por todo el universo. Conoció estrellas de todos los colores. Estrellas muy ancianas, rojas y voluminosas, las cuales devoraban a los planetas que bailaban a su alrededor, y engordaban tanto, tanto, que luego se rompían deshaciéndose en millones de luminarias. Otras estrellas eran pequeñas, y tan brillantes que cantaban su juventud a los cuatro vientos. También conoció planetas negros y tristes que apenas recibían un tenue rayito de luz de una estrella lejana, se tropezó con estrellas solitarias y, por fin, supo de otras que iban acompañadas por planetas de diversos tamaños que jugaban girando a su alrededor.

Pero una de las cosas que más le gustaron fue cuando fue a visitar a una estrella de mediana edad llamada Sol. Allí se encontró con toda una cadena de pequeños astros que giraban alocadamente formando un gran cinturón alrededor de la estrella. Después de jugar durante un tiempo con ellos, Sylvia, que era uno de los más jóvenes, le dijo un día:

–Somos los asteroides. ¿Te quieres quedar a vivir con nosotros?

–Lo siento, amigos. Pero creo que me aburriría viviendo siempre en el mismo sitio. Seguiré mi camino, aunque antes quiero visitar alguno de vuestros hermanos mayores que viven cerca del Sol.

Y así fue como llegó a la Tierra. Observada desde el cinturón de asteroides era aún más hermosa de lo que había pensado cuando apenas se adivinaba desde los confines del universo. Atraído por su belleza, se acercó para verla en todo su esplendor.

Estaba ya muy cerca de nuestro planeta cuando vio cómo, alrededor de él, se movían una serie de pequeños y brillantes satélites cuyas extrañas formas le resultaron a Coggia totalmente desconocidas.

Vaya con estos cacharros, murmuró esquivando a uno de ellos, digo yo que si tienen esas patas tan largas será porque su sitio está en la superficie del planeta, y no dando vueltas por el espacio…

Al acercarse un poco más a la Tierra, pudo admirar su delicada belleza. El planeta se presentaba como una admirable esfera en la que se combinaban preciosos colores azules, verdes, blancos, marrones…

Decididamente, pensó, es uno de los astros más bellos que he visto a lo largo de mi viaje. Pero lo que no me gusta es esa cantidad de extraños satélites artificiales que se mueven a su alrededor. Uy… ese sí que es raro… ¿Pues no lleva dentro una figurita que se mueve como si fuese un ser vivo?

Efectivamente, el satélite que se acercaba era algo mayor que los demás. A través de una ventanilla se distinguía, en su interior, un hombre cuya mirada se clavó en el cometa con una expresión de júbilo tan grande, que, por unos momentos, Coggia se sintió orgulloso de despertar tanta admiración.

Apenas había comenzado a pavonearse, presuntuosamente, ante su nuevo vecino cuando sintió un golpe seco en su cola. Miró hacia atrás y…

–Maldita sea –gritó–. Ese tipo se ha llevado un trozo de mi cola. Esto no puede quedar así…

Cuando quiso reaccionar el aparato ya había desaparecido muy lejos, allá en las profundidades azules de la Tierra. Desde arriba pudo ver cómo aterrizaba el satélite y, decidido a recuperar su integridad, siguió al hombre que había descendido de él hasta que, luego de detenerse en varios sitios, llegó con las últimas luces del día a una casa que había junto a un bosquecillo.

Aunque se esconda ahí, lo esperaré, se dijo Coggia muy enfadado. ¿Qué se habrá creído este ladronzuelo? Si no me devuelve mi trozo de cola le daré un golpe tan fuerte a su casa que se van a acordar de mí durante muchos años…

Al salir el Sol, Coggia, que aguardaba escondido entre los árboles desde la noche anterior, sintió una extraña sensación de felicidad al contemplar la casa a plena luz del día. A continuación, se llevó la primera sorpresa agradable que tuvo en muchos días. Una niña morena como la noche, y con unos ojos tan grandes que el mismísimo cometa tuvo envidia de su luz, acabó de golpe con todos los pensamientos vengativos del cometa.

Al verlo salir a su encuentro, Lucía, que así se llamaba la niña, no pudo evitar una sensación de miedo que, inmediatamente, fue advertida por el cometa. Comprendiendo que la inocencia de la muchacha era tanta como su belleza, Coggia sintió cómo su corazón de piedra se ablandaba hasta hacerse de caramelo. Se acercó a ella y con una voz suavemente cariñosa, la saludó:

–Hola pequeña, no te asustes, he venido a conocer tu planeta. Visto desde el espacio es uno de los más lindos del universo.

–Tú no serás la Estrella de Oriente ¿verdad?

–No, hija, no. Esa señora ya es muy mayor y apenas sale de viaje. Yo soy también un cometa, sólo que mucho más joven. Me llamo Coggia.

–Pues si eres tan joven… ¿por qué te falta un trozo de cola? ¿Acaso has peleado con algún compañero?, ¿o con un dragón…? –preguntó entusiasmada, pensando que el cometa iba a contarle una de esas fantásticas aventuras que tanto le gustaban.

–No, amiguita, no. Quien me ha robado parte de mi cola ha sido un señor que vive en esa casa…

–Uy… qué pena… Son las cosas de papá… No te habrá dolido mucho, ¿verdad? –preguntó mientras acariciaba dulcemente la cola de Coggia.

–Bueno… dolerme… no me dolió mucho. Pero me molestó la manera de hacerlo sin pedirme permiso. Y luego, al menos, podía haberse disculpado, digo yo. Que la buena educación es algo que nunca se debe perder.

–Pobrecito… ¿Tú sabes lo que pasó? Cuando te vieron venir lo hombres de ciencia se asustaron mucho, pensaban que ibas a chocar contra nosotros… Por eso enviaron a papá a tu encuentro para que te arrancara un trozo de cola. Querían conocerte mejor… Pensaba que no te iba a doler –esta vez, Lucía pasó su manita por la superficie de Coggia–. Uyyy, y qué suavito eres, me encanta acariciarte…

–¿Y por qué iba yo a hacerle daño a la Tierra? Si ya lo decía mamá estrella: cree el ladrón que todo el mundo es de su opinión… –cortó el cometa que, gozando de lo lindo con los mimos que la niña le dedicaba, ya comenzaba a dar por bien empleado el daño que le había hecho su padre.

–No sé… dicen que hace miles y miles de años un compañero tuyo cayó sobre la tierra, y que hizo un agujero tan grande, tan grande, que el polvo que brotó de él oscureció el Sol y murieron muchos animales. Y claro, al verte venir hacia nosotros…

–Uy… ese fue un cometa malísimo. Lo despidieron las estrellas de su galaxia por grosero y mal educado, siempre andaba chocando con todo el que se cruzaba en su camino. Además, era un gigantón de cuidado… Pero yo sólo deseaba conocer tu planeta. ¿Cómo iba a hacerle daño a un lugar tan hermoso?

–Bueno… eso es lo que ellos temían…

–Claro… quien teme, algo debe… ¿Pues, sabes lo que se dice por las estrellas? Que el peor enemigo de vuestra Tierra es el hombre. Dicen que él arranca los bosques, los quema… mata a muchos animales por el simple placer de matarlos… Ni el alacrán, con la mala fama que tiene, pica la mano que lo sustenta, como hace el hombre con la tierra…

Al oír aquellas palabras, Lucía se puso muy triste y, abrazándose a Coggia, escondió una lagrimilla que intentaba escaparse de sus ojos.

–¿Por qué lloras?

–Me estoy acordando de mi abuelito –respondió la niña–. Él decía que antes nuestro valle era mucho más hermoso y que los hombres, con su ambición, lo destrozaron para enriquecerse a costa de las gentes sencillas del lugar.

–¿Ves? Si va a ser verdad lo que dicen por las estrellas…

Y así fue como entre Lucía y Coggia se estableció un pacto de amistad. Cuando su padre terminase de investigar el trozo de cola del cometa, la niña se haría con él y se lo devolvería. Mientras, él permanecería oculto y le contaría a la niña todas las historias que, sobre la maldad del hombre con la tierra que lo vio nacer, había escuchado recorriendo el universo.

Cada día, durante dos semanas, cuando Lucía terminaba las tareas escolares, se iba a jugar con él.

–¿Dónde vas?

–Mamá, me voy a la leñera a jugar con mi amigo Coggia…

–¿Y quiénes Coggia…?

–Un cometa que ha venido a visitarnos…

–Uy, qué casualidad, tu padre dice que hace muchos, muchos años, en algunos poblados vieron un cometa al que llamaron así. Dicen que era el cometa más hermoso que jamás visitó la Tierra…

–Sí, mamá, y es más bueno… me está enseñando a respetar la tierra y a cuidarla… Dice que los hombres la están destrozando por su ambición ciega…

–Sí, hija, sí, me recuerdas al abuelo. Él siempre decía que la naturaleza era nuestra mejor amiga y que, a pesar de ello, le dábamos muy mal pago… Menos mal que tu fantasía te lleva por buen camino…

Y la madre de Lucía siguió con sus tareas. Una sonrisa escapó de sus labios mientras miraba de reojo a la niña:

Los mismos y hermosos pensamientos de su abuelo, bendito seas, papá, susurró mientras su mirada se dirigía hacia el cielo.

LA CRÍA

Su madre le dijo que ellos eran una familia de valientes. Fue la última vez que se agarró a sus tetas para sacarle unas gotas de leche que aún quedaban en ellas. El día siguiente despertó solo en su jaula. A tu madre se la han llevado a otro lugar, le dijo un vecino.

Ya no la necesitaba para alimentarse, eso era cierto, pero esa manera de hacer las cosas, no estaba nada bien. Con un agresivo gruñido se lo dio a entender al cuidador la mañana siguiente cuando lo despertó barriéndole el lomo con un escobazo antes de mandarlo a un rincón.

La semana transcurrió con la rítmica monotonía del jardín zoológico hasta que, llegado el sábado, el cachorro del cuidador se coló en la jaula junto a su padre. Enseguida se fue por él. Primero fue un lametón en la cara del cachorro, había que saber de sus olores. La respuesta fue un abrazo del visitante. Éste también quiere saber a qué huelo, se dijo el animal. El miedo a hacer daño al chiquillo hizo que el cuidador desistiese de hacer uso de la escoba. Ambos cachorrillos, el humano y el cánido, entre aullidos y charloteos, se revolcaron jugando por toda la jaula mientras que el hombre aprovechaba para terminar su tarea.

Cuando salió de la jaula, el niño apretó muy fuerte la mano de su padre. Levantó la mirada y, en un susurro, preguntó:

–Papá, es un lobezno, ¿verdad?

–Sí, hijo, una cría de lobo. Menudo charloteo os traíais. Ni que os entendierais hablando.

–Pues claro que nos entendemos, papa.

–No me digas –bromeó el cuidador–. ¿Y qué te ha dicho?

–Me ha preguntado que si yo soy un cachorro como él por qué a mí no me separan de mis papás.

La encallecida mano del cuidador se transformó por un momento en guante de seda al acariciar la cabeza del chiquillo. Un mínimo relámpago de tristeza asomó a su mirada. En la puerta del zoológico un crío de apenas diez años extendía su mano hacia los transeúntes que pasaban por el lugar.

LA FUERZA DE UN DESEO

Fermín era un niño feliz.

–Yo como todos los días –decía.

Porque, en aquellos tiempos, comer todos los días era un lujo. Comer caliente, aún más. Y Fermín comía caliente todos los días. Incluso cuando no le gustaba el plato que su madre le ofrecía.

–Esta comida no me gusta –protestaba.

–Hay niños que pasan hambre. Si uno de ellos pudiera… –respondía su madre con expresión severa mientras hacía el además de retirar el plato–. Mañana tendrás más hambre.

Y Fermín, recordando la mirada de algún compañero de clase cuando veía el bocadillo que su madre le había preparado para el recreo, agarraba la cuchara se zampaba el plato enterito.

En su casa nunca faltó un plato de comida. Ni un brasero en los meses más fríos del invierno. Y en verano bastaba con abrir las ventanas para recibir el regalo del viento fresco que viajaba río abajo, camino del valle. No necesitaba más para ser feliz.

Además, al salir del colegio cada tarde su madre lo dejaba jugar un rato con sus compañeros en el parque. Mientras, ella realizaba las últimas compras del día o saludaba a sus viejas amigas de la infancia. ¿Había algo más hermoso?

Aquel otoño había hecho varios amigos. Uno de ellos, recién llegado al pueblo, era nuevo en el colegio. Alejandro se llamaba. Alejandro vestía humildemente. Como viese Fermín que cada tarde, al salir del colegio, atravesaba el parque sólo camino de su casa, un día le preguntó por qué no iba su madre a recogerlo.

–Es que mi madre tiene que trabajar todos los días hasta el anochecer –respondió.

–¿Y no tienes amigos?

–No. Hemos llegado hace unas semanas, y como todavía no conozco a nadie…

–¿Quieres ser mi amigo?

–¡Pues claro!

Y así fue como se hicieron amigos. Al salir del colegio ambos se esperaban en la puerta y, acompañados por la madre de Fermín, iban hasta el parque, donde se quedaban jugando hasta la hora de merendar. Un día, que había llovido bastante, Alejandro preguntó a Fermín si quería acompañarlo a un rincón escondido entre unos macizos de flores.

–Allí hay un montón de arcilla y podemos hacer muñecos… ¿Tú sabes hacer muñecos de arcilla?

–¿Y si me riñe mi madre por mancharme?

–¿Y lo bien que vamos a pasarlo? Además, si nos lavamos las manos después nadie se dará cuenta de que hemos jugado con barro.

La madre de Fermín había ido al supermercado cercano a comprar algo para la merienda. Ellos aprovecharon la ocasión para ir al Taller del Artista, como Alejandro llamaba a aquel lugar que, desde esa tarde, se convirtió en su rincón favorito.

–Ven, hoy haremos un caballo. Verás qué lindo.

Cuando la madre de Fermín volvía del supermercado, los niños salieron a su encuentro. Ella observó una manchita de barro entre las uñas de los niños.

–Tenéis las manos mojadas. Anda, secaros un poco al Sol y vamos a casa. Hoy merendarás con nosotros, Alejandro.

–¿Y mi madre?

–No te preocupes esta mañana estuve con ella. Le dije que vendrías a casa a merendar. Es el cumpleaños de Fermín.

–Pero no tengo nada que regalarte…

–Sí. Mira mamá. Me ha regalado este caballito de barro. ¿A que es muy bonito?

–Muy bonito, sí –concedió la madre–. Pero esas uñas tan sucias…

–Mamá, los artistas se manchan las manos…

–Humm.

–Pues sí. Papá tiene un amigo pintor. Un día me llevó a su taller y todo estaba muy sucio…

–Bueno, vamos a dejarlo. Pero hay que lavarse las manos muy bien después de jugar con barro. Y la ropa…

Alejandro se tapó disimuladamente un pegotillo de arcilla que se había empeñado en acompañarlo en su pantalón. Los dos niños se miraron sonrientes. Un guiño mutuo dijo todo lo que no hablaron las palabras. ¿Quería decir su madre que podían seguir jugando con la arcilla? Mejor no preguntarlo. Desde esa tarde, cada vez que la madre de Fermín los dejaba solos un rato en el parque, ellos se iban al Taller del Artista.

Pasaron las semanas. La Navidad se iba haciendo cada vez presente entre los niños. Los primeros villancicos comenzaron a sonar en clase. Papeles de colores, fotografías de paisajes nevados, recortes de burritos, ovejas y pastorcillos se amontonaban en la mesa del maestro, que los ordenaba y seleccionaba día tras día.

–Don Francisco. ¿Va usted a montarnos un Nacimiento? –preguntó Fermín una mañana.

–¿Montarlo yo? No hijo, no. Quizá lo tengamos pero… –y sonrió levemente–. Por cierto, Alejandro, ¿sabes algún villancico de tu tierra?

–Sí –respondió–. ¿Quiere usted que le cante uno?

–Apréndetelo bien. Mañana se lo deberás enseñar a tus compañeros. La Navidad es una fiesta de hermandad entre los hombres. Y la nuestra, con más motivo. Como aquí hay niños de distintos lugares aprenderemos un villancico de cada uno de vuestros pueblos.

Días más tarde los niños habían aprendido villancicos con letras y músicas muy distintas entre sí. El maestro sonreía feliz al ver cómo los niños compartían sus costumbres navideñas. Pero algo escapaba a su observación. Cada mañana, sorprendía picarescas miradas infantiles cruzándose mensajes sin necesidad de palabras. Hasta que llegaron los primeros días de diciembre.

–¿Queréis que montemos un Belén en clase?

–Síiiii –la respuesta fue unánime.

–Pues adelante. Podemos pedir en nuestras casas cada uno una figurita, o una cabaña…

–¿Cuándo quiere usted que las traigamos?

–¿Os parece bien el próximo viernes?

–¿Podemos esperar hasta el lunes? –preguntó Alejandro, volviéndose de espaldas al maestro para ocultar a su mirada un guiño dirigido a sus compañeros.

–Vale –concedió don Francisco–. Pero el lunes, tienen que estar aquí todas las piezas. Hay que darse prisa y tenerlo todo a punto.

En el recreo sucedió algo extraño. El balón esperaba, solitario, a la futura estrella del balompié que lo proyectase en tiro imparable por la escuadra de alguna de las porterías. Pero los futbolistas brillan por su ausencia, pensó el maestro. Repartidos en varios grupos por los distintos rincones del patio de recreo, los niños intrigaban dirigiendo miradas furtivas hacia el lugar donde charlaban varios maestros. Sólo cuando faltaban escasos minutos para terminar el recreo y cuando todos los niños parecían estar de acuerdo, el balón vio por fin satisfecho su deseo de colarse por la escuadra de una portería.

Las tardes siguientes conocieron los ruegos más dispares en casa de los amigos de Fermín. Uno pedía a su padre que le trajese pinceles con la cara más inocente que jamás imaginó madre alguna. Otro, se desvivía por lograr que su madre lo dejase ir al parque con dos amigos más… a visitar el Taller del Artista. Otro daba veinte vueltas por las droguerías del barrio buscando las pinturas más baratas y en los envases más pequeños. Hasta que llegó el viernes.

Ese día vieron las casas de los compañeros de Fermín las discusiones más fieras de la historia. Se imponía un secreto digno de la más cruel de las guerras. Ni una palabra salió de aquellos labios sellados por una mutua promesa de silencio. Ante la irreductible defensa de los pequeños, todos los padres concedieron aquella tarde unas horas de libertad duramente conquistada por los chavales. Dicen los policías municipales del pueblo que jamás se vio tanto niño y tan silencioso en el rincón más apartado del parque.

–El Taller del Artista, lo llaman –dijo sonriente uno de ellos señalando al grupo de chiquillos.

Cuando la oscuridad comenzaba a adueñarse del lugar, los niños abandonaron el parque cargados con varias cajas de cartón que, con sumo cuidado, y distrayendo la atención de toda la familia de Alejandro, colaron en su casa ocultándolas bajo la cama del muchacho. Al día siguiente, antes de desayunar, Alejandro dejó su cuarto ordenado, la cama hecha y toda la ropa recogida.

–Ojalá hicieses lo mismo todos los fines de semana –dijo su madre besándolo mimosa.

–Es para que no te molestes… ¿Si dejo mi cuarto muy ordenado todo el fin de semana vas a entrar en mi cuarto?

–No, hijo, no entro –concedió su madre, adivinando que algún secreto se ocultaba bajo la cama.

Hacía meses que los niños de Villa Bermeja no se portaban tan bien durante tres días seguidos. Ni un castigo, ni una queja de don Francisco sobre ninguno de ellos. ¿Habría hecho algún milagro la cercana Navidad? Llegó el lunes. Y con él, el momento de comenzar a montar el Belén. Antes de empezar las clases, todos los niños acudieron a casa de Alejandro. Mientras uno de ellos hacía a la madre de Alejandro las preguntas más tontas que ésta había oído en su vida, Alejandro entró en su dormitorio acompañado por tres de sus amigos, recogieron las cajas que descansaban bajo la cama y, todos en procesión, emprendieron ordenadamente el camino del colegio. Don Francisco esperaba ese día para iniciar el montaje del Belén. Pero lo que no esperaba es la sorpresa que salió de aquellas cajas.

–¿Qué es esto? –pregunto sorprendido y feliz ante la respuesta que ya adivinaba por parte de sus alumnos.

–Usted dijo que la Navidad era una fiesta de hermandad entre los hombres…

–Sí claro…

–Pues así es nuestro Belén.

Inocentes figuras de pastores, ancianos, ovejitas y demás elementos del Belén, elaborados y pintados por los niños, aparecieron ante su vista. Y lo que más agradó al maestro, entre las figuras humanas había una simpática y colorida variedad de razas y colores que comenzaron a convivir festivamente en aquel hermoso paisaje navideño.

–El día que toda la humanidad pueda vivir como viven las figuras de este Belén, reinará la paz entre los hombres –dijo emocionado don Francisco.

LA GOTA DE ROCÍO

Cuentan las leyendas que en un hormiguero escondido entre la hojarasca de un jardín vivía Meli, una de las hormiguitas más preciosas que jamás se hayan visto. Era tan obediente y trabajadora que sólo salía al exterior cuando acompañaba a sus hermanas mayores para aprender las tareas de recolección y limpieza. Se aproximaba el otoño y había que tener todo a punto antes de que llegase el mal tiempo.

Trabajando y aprendiendo pasaba el tiempo hasta que un día… Después de varios meses en los que el Sol había sido el rey del cielo, doña Roberta, la hormiga responsable de la despensa, advirtió a sus compañeras que era necesario trabajar intensamente durante las próximas jornadas:

–El cielo anuncia cambios y peligran las tareas de recolección.

Como si en el cielo también hubiesen oído las palabras de doña Roberta, algún señor, allá arriba, estuvo rodando piedras de un lado a otro durante toda la noche. Debía estar muy enfadado, porque no dejó de lanzar llamaradas de fuego que recorrían el cielo dibujando en su negrura inmensos senderos luminosos que apenas duraban un segundo.

–¿Será un gigante? –preguntó Meli a su amiguita Lucía–. Hay que ver el ruido tan grande que hace.

A la mañana siguiente Meli se levantó muy temprano. Movida por la curiosidad, acompañada de Lucía, abandonó el hormiguero. Un extraño olor a tierra húmeda anunciaba que algo raro había sucedido en el campo. Muy cerca de la entrada al hormiguero, encontró, sorprendida, una preciosa esfera brillante que se mecía en el pétalo de una linda flor.

–Ten cuidado, Meli, puede ser peligrosa –advirtió su amiga.

Meli llegó cautelosa hasta la esfera, se asomó a su interior y no pudo evitar un grito de admiración. Allí, dentro, una preciosa hormiga colorada y regordeta lucía un brillante abdomen semejante a una hermosísima gota de miel.

En seguida se acordó de las palabras que, un día, oyó en boca de una de sus amigas: “Meli tiene la figura más linda del hormiguero”.

Si es así, debo ser como la que hay dentro de la esfera, pensó, sí que es bonita...

Se acercó un poco más a la esfera y saludó:

–Hola hormiga, me llamo Meli, ¿y tú?

Sólo una pequeña vibración en la superficie de la esfera respondió a su pregunta. La hormiga escondida en el interior de la esfera comenzó a hablar al mismo tiempo que ella.

Hasta ha pronunciado las mismas palabras que yo, pensó Meli. Pero… ¿Por qué no oigo nada?

Extendió su antena derecha para saludar a la otra hormiga y… ¡Oh sorpresa!, cuando rozó la superficie de la esfera, su antena se fundió en una con la antena izquierda de su nueva amiga.

–¡Qué raro! –dijo–. Tú eres más blandita que yo.

–Claro, tú eres una hormiga, pero yo soy una gota de agua… Y el agua es muy blanda –respondió la esfera.

–¿Y la hormiga grandota que llevas dentro?

–Je, je. Eres tú, que te reflejas en mi superficie…

–Pero esa hormiga es más grande…

–Claro, muchacha, si te fijas bien mi cara es redonda. Y eso, hace que al verte en ella te veas más grande de lo que eres.

–¡Cuánto sabes! Y Eres tan luminosa…

–Tú también eres muy linda…

Meli, al oír aquello, se esponjó orgullosa.

–¿Y cómo has llegado hasta aquí? –preguntó Meli.

–Uy… eso es muy difícil de explicar. A veces, venimos de noche a visitar la tierra. Mira… esta noche hemos venido tantas que, con los primeros rayos de Sol, parecía como si todas las estrellas del cielo hubiesen bajado al jardín…

–¡Qué bien! ¡Cuánto me hubiese gustado levantarme temprano para verlo! Pero… es que he pasado mucho miedo, ¿sabes?

–¿Por qué?

–¿Tú no te has asustado? Esta noche un desconocido ha estado haciendo un ruido ensordecedor, ¿no viste los senderos de luz que dibujaba en el cielo?

–Je, je… La tormenta –respondió la gota de agua.

–¿La qué?

–Bueno, eso es muy largo de contar. ¿Me acompañas hasta el río? Debo de llegar allí y si no me lleva alguien…

De esta forma tan sencilla, comenzó la amistad entre Meli y la gotita de agua…

Meli preguntó a su nueva amiga si las podía acompañar su amiga Lucía.

–Es una hormiga muy simpática –le dijo.

–Claro que sí –respondió la gota de agua–. Así seréis dos para llevarme hasta el río.

–¿Tú no puedes caminar sola?

–No… yo no tengo patitas. Sólo puedo caminar hacia abajo rodando. Y eso cuando no hay ningún obstáculo que se cruce.

–¿Y si no llegas al río…?

–Entonces, si no me escondo en la tierra, el Sol vuelve a llevarme al aire. Y así un día, y otro, y otro… Del aire a una flor, de la flor al aire, del aire a una hoja… Y así, hasta que un día tenga suerte y consiga llegar al río

–Uy… qué vida más rara llevas –dijo Lucía.

–¿Y cómo te llamas? –preguntó Meli.

–Rocío…

–¡Qué nombre más hermoso!

Meli se acercó tanto a Rocío que, sin querer, la empujó y la hizo caer por el tallo de la flor. Tres o cuatro gotas, que se encontraban en su camino, se unieron a Meli y, todas juntas, cayeron rodando hasta el suelo. Unas risas, cantarinas como la fuente del jardín en que vivía Meli, acompañaron aquel rodar. Las dos hormigas, contagiadas por el alborozo de Rocío y sus amigas, se unieron a la fiesta.

–Oye, Rocío. Y si tú sólo puedes vivir en el río o en la mar… ¿Cómo llegaste a la flor?

–Uy… a ver cómo te lo podría explicar… Pero mientras os lo cuento… ¿Por qué no caminamos?

Lucía y Meli, intrigadas por las palabras de la gota de agua, se acercaron a ella, la montaron sobre sus antenas y, mientras Rocío contaba su historia, emprendieron la marcha hacia un arroyuelo cercano.

–Veréis –explicó Rocío–. El aire es una mezcla de muchos gases, y uno de esos gases es vapor de agua.

–¿Eso qué es?

–Cuando el aire pasea sobre el mar, se lleva consigo un poquito de agua. Tan poca cantidad, que ésta se convierte en gas y resulta invisible. Eso es el vapor de agua.

–Entonces… –preguntó Lucía–. ¿El aire está formado por gases?

–¿Y por agua también? –interrumpió Meli.

–Claro, amiguitas, por eso muchas mañanas os llega olor a humedad…

–Sigue, sigue…

–Sigo... Pero no os quedéis paradas. Cuando se pone el sol, se enfría el aire y, por la noche, deja sobre las hojas de las plantas unas gotas de humedad. Pues, aunque os parezca un poco raro, yo he nacido de esa humedad. Y todas esas gotitas de agua que nacemos durante la madrugada, con el frescor de la noche, nos llamamos rocío…

Charlando, charlando, las tres amigas ya casi habían llegado a la orilla del río. Éste cantaba su canción entre las rocas y raíces de algunos árboles que lo escondían de las cálidas miradas del Sol.

–Oye… vamos a descansar un ratito –pidió Meli, interesada en que Rocío siguiese con sus historias.

–¿Y toda el agua que viene por el río es rocío? –preguntó a su vez Lucía.

–No, chicas, no. También puede venir de la lluvia…

–¿La lluvia?

–Sí, la lluvia… –respondió Rocío.

–¿Y qué es la lluvia? –preguntó Lucía–. Yo no la he visto nunca…

–Claro, vosotras habéis nacido al final de esta primavera. ¿Recordáis el ruido tan grande que oísteis anoche?

–Claro. Casi nos deja sordas. Y encima, el señor ese se tiró toda la noche dibujando caminos de luz en el cielo… –respondió Meli.

–Que no fue ningún señor, jovencitas. Y los senderos de luz… Para empezar, os diré que eso es una tormenta. Y nada de señores haciendo ruidos ni dibujando luces.

–Entonces…

Sacadme un momento a ese claro del bosque.

Meli y Lucía, intrigadas por las palabras de Rocío, la volvieron a recoger en sus antenas y la llevaron a una roca grandísima que se levantaba entre la arboleda. Al llegar, se encontraron con la sorpresa de que el Sol se había escondido detrás de un enorme algodón gris que flotaba en el cielo.

–¿Y eso qué es? –preguntó Meli señalando hacia arriba.

–¡Parece algodón! –continuó Lucía.

–Pues no es algodón, amiguitas. Eso es una nube. Y está cargada de agua.

–¿Una nube? ¿Cargada de agua? –dudó Meli.

–Y si no queréis tener problemas, debemos escondernos inmediatamente en esa grieta –aconsejó Rocío.

Meli y Lucía corrieron a refugiarse en la grieta indicada por su amiga. No les dio tiempo a preguntar la causa de aquellas prisas. De pronto comenzó a descargar una gran tormenta. El agua empezó a arañar la tierra buscando el camino que la condujera hacia el río.

–Oye, Rocío. Parecen hermanas tuyas… –Dijo Lucía–. Pero son mayores ¿no?

–Y… ¿Por qué están tan enfadadas? –Meli se volvió hacia su amiga.

–No están enfadadas. Es que son mucho más gruesas que yo. Se han formado de golpe y vienen de muy arriba… eso es la lluvia.

–¿Y viene de la nube?

–Claro, las nubes se formaron gracias al vapor de agua que el aire recogió del mar. Cuando el vapor llega muy alto, se enfría y va formando pequeñas gotas de agua: son las nubes.

–¿Y por qué cae ahora precisamente? –preguntaron al alimón Meli y Lucía.

–Buena pregunta, amiguitas. ¿Vosotras no habéis notado que hace algo de viento?

–Sí.

–Pues la nube, que va en una dirección, choca con una masa de aire más fría y que va en otra dirección distinta. Entonces, la nube se enfría y, como no puede con tanta agua, la deja caer… Esa es la lluvia, el agua que va a los ríos. Y cuando cae sobre la tierra, algunas veces se esconde bajo ella y forma los manantiales…

–Ah… y de ahí sale el agua que vemos en las fuentes y los jardines… –sentenció Lucía.

–Y tú… ¿Por qué sabes todo eso?

–Pues porque he recorrido ese camino miles de veces… El agua nunca está quieta. Vamos del mar al aire, del aire a la tierra, de la tierra al mar… Y así, una vez, y otra, y otra… Fijaos que una vez hasta enfermé gravemente por culpa de unos hombres que lanzaban al río en que vivía toda la suciedad que ellos originaban en el pueblo. Cuando conseguí escapar camino del mar prometí no volver nunca más a volar por aquellos lugares.

–¿Y conseguiste sanar? –preguntó Meli.

–Sólo cuando llegamos al mar. Y eso que las aguas del mar que vivían por allí también enfermaron. Tardamos mucho, muchísimo, en curarnos. Y os diré más: si el hombre sigue siendo tan marranote, pronto todas las aguas del mundo estarán enfermas. Y entonces…

–Entonces, si nosotras ensuciamos los ríos y el mar… ¿Podemos ensuciar toda la tierra?

–Por supuesto. Y la mataríamos. Pero de eso hablaremos otro día, amiguitas. Ahora, aprovechando este arroyuelo me iré con él al río, luego, al mar y… ¿Quién sabe si volveremos a vernos? ¡¡¡Adiós!!!

Y Rocío se zambulló en el arroyuelo saludando a sus amigas Lucía y Meli.

LA HISTORIA DE LOBOGRIS

Cuentan los pastores del lugar que entre los riscos de una montaña perdida en la distancia vivía una manada de lobos. Lejos de la civilización, y con caza suficiente para alimentarse sin problemas, habían aprendido de sus mayores a tomar de la madre naturaleza sólo lo necesario para sobrevivir.

La vida en aquellos lugares transcurría sin más contratiempos que las nevadas invernales y alguna que otra tormenta cuyos truenos y rayos asustaban a los jóvenes e inocentes lobeznos. Cuando esto sucedía, los animales, medrosos, se ocultaban en lo más profundo de sus cubiles. Sólo los adultos más osados se atrevían a desafiar el frío y abandonaban sus refugios en busca de alimentos para la camada.

Aquel año, pasado el invierno, la tierra cambió su blanco manto de nieve por una alfombra multicolor. Los aromas de la primavera inundaban el monte. Pero, desgraciadamente, con el buen tiempo llegaron los hombres. Viajeros y peregrinos recorrían los senderos gozando de los regalos que la naturaleza derrochaba. Atraídos por no sabemos qué extraña información, también llegaron los cazadores. Al decir de todos los animales que habían oído hablar de ellos, eran más peligrosos que lobos, zorros y rapaces juntos. Éstos sólo tomaban lo necesario para sobrevivir y se conformaban con los animales más veteranos y enfermos; animales que, muchas veces, cambiaban sus achaques por un instante de dolor. Así culminaban una vida que ya sólo les ofrecía tristeza y sufrimiento.

Pero los cazadores… Por toda la montaña se extendió la mala nueva de su llegada. Debemos ocultarnos en lo más profundo del monte, estos hombres son capaces de hacernos daño incluso desde la distancia, comentaban los animales más veteranos. Así fue como, pasadas unas semanas, los cazadores, después de muchas e infructuosas batidas, decidieron buscar otros lugares. Nos han engañado, decían, aquí no hay nada que merezca la pena, sólo montañas y árboles.

Pero uno de ellos, más testarudo, buscó un refugio desde el que vigilar las orillas del arroyuelo que recorría el valle cercano. Seguro que por estos parajes hay algo de caza, se dijo. Decidido a capturar alguna de las criaturas que, como fantasmas, creía percibir algunas noches entre las sombras de la madrugada, colocó un cepo cerca de un remanso de aguas cristalinas.

Tampoco así consiguió dar caza a ninguno de ellos. Cuando ya había decidido abandonar el lugar, uno de los cepos amaneció una mañana cerrado y con restos de pelo y sangre entre sus dientes. Nada más. En vista de su fracaso abandonó aquellos andurriales para no volver nunca más. Esto es sólo para excursionistas y montañeros, pero un cazador aquí… sólo pierde el tiempo, se dijo.

Apenas abandonó el lugar cuando la noticia de su marcha recorría ya toda la montaña. La alegría reinaba entre los animales al verse libres de las amenazas de aquel hombre. Sólo en la camada de lobos se vivían momentos de tristeza. Pasaban las horas y uno de ellos, Lobogrís, no había vuelto desde la noche anterior. Comenzaba a esconderse el Sol bajo la línea de un monte lejano cuando el rumor de unos pasos fatigados llegó hasta la lobera. Era él. Se acercaba cojeando. De su garganta escapaban sordos aullidos quejumbrosos. A cada momento se detenía para lamer la sangre que brotaba de su pata herida. Aquello era obra del cazador, adivinaron sus compañeros. Pero no eran momentos para vengar al hermano, sino para ayudar al camarada herido.

Pasaron los meses. Las lunas se sucedían y con ellas los cambios del tiempo hasta que, de nuevo, llegó la primavera. Excursionistas y pastores volvieron a visitar aquellos lugares paradisíacos. Entre ellos, llegó uno que, desde el primer momento, provocó la alarma entre los habitantes de la montaña. Venía armado de un extraño objeto que colocaba sobre tres patas y, con él, apuntaba a los lugares más hermosos del entorno. Todos los animales rehuían asustados su presencia, temían que se tratase de un nuevo cazador armado con aquel insólito artilugio.

Un día se encontraba el visitante colocando su artefacto cuando un jilguerillo, ansioso por alcanzar el alimento que le ofrecía uno de sus padres, estiró su cuello con tanto ímpetu que vino a caer a sus pies. Éste se agachó, lo recogió y se lo acercó a la boca. La madre, consternada, pensó que allí acabó la vida de la cría. Su dolor se transformó en pánico cuando vio cómo el viajero dirigía su vista a las ramas del árbol. Sin duda acababa de localizar el nido de donde provenía el animalito. Ante su sorpresa, el hombre, se encaramó en el árbol y depositó al pequeño delicadamente junto a sus hermanos.

Antes de bajar, el hombre tomó el aparato que siempre llevaba consigo y, enfocando el nido, apretó un botón. Tras una sonrisa de satisfacción descendió del árbol. Desde el suelo volvió a enfocar al nido y disparó de nuevo su artefacto. No se oyó nada. Sólo un apagado e inofensivo “clic”. En cuanto se alejó los padres acudieron presurosos al nido. Las criaturas, felices por reencontrarse con sus mayores, les contaron cómo un enorme animal llegó hasta ellos, depositó con sumo cuidado al hermanito caído y con un agradable e incomprensible canto, se alejó del nido.

La noticia voló de pico en pico por toda la montaña. Cigüeñas, tordos, mirlos, ruiseñores… Todos los animales de la montaña corrieron la voz de que un hombre andaba por allí y que sólo pretendía contemplarlos a través de unas cositas brillantes. Éste, un fotógrafo amante de la naturaleza, se sorprendió al ver cómo, de pronto, la montaña comenzaba a rebosar vida y alegría por todos sus rincones. ¿Qué había sucedido? Muy sencillo, los animales dejaron de temer su presencia.

Tanto hablaron de su nuevo amigo que la noticia llegó hasta la guarida de los lobos. Lobogrís quiso ser el primero en comprobar si aquello que contaban sus vecinos era verdad.

–Como soy el que menos tiene que perder, iré personalmente a comprobarlo –anunció a sus hermanos.

Y así lo hizo. Una mañana, al salir el fotógrafo de su tienda de campaña, vio sorprendido la airosa silueta de Lobogrís que se recortaba sobre una roca cercana. Al ver cómo el hombre le apuntaba con su cámara, el lobo, desconfiado, se alejó del lugar torpemente, forzado por su cojera. El fotógrafo ascendió rápidamente hasta la roca y alcanzó a ver al animal, que se perdía en la distancia escondiéndose entre unos arbustos.

¿Cómo podría alimentarse aquel lobo si estaba impedido para correr a toda velocidad? Decidido a averiguar cómo conseguía sus alimentos, aquella misma tarde buscó un puesto desde el cual vigilaría el lugar por donde desapareció. Así fue como, una mañana, lo vio salir a través de una grieta medio oculta por la retama. Momentos después aparecieron por el mismo lugar varios lobeznos que se pusieron a jugar y correr a su alrededor. Parece un maestro, susurró sorprendido el fotógrafo mientras observaba cómo los jóvenes practicaban técnicas de caza bajo la vigilante mirada de Lobogrís.

Durante un buen rato el fotógrafo estuvo grabando aquellas aleccionadoras escenas. Iba a retirarse creyendo haber aprendido y fotografiado todo lo posible sobre aquellos animales cuándo el leve movimiento de unas retamas cercanas paralizó sus pasos. Aún le quedaba por aprender la lección más hermosa de aquellos días. Primero vio aparecer a uno de los lobos mayores. Después de comprobar que todo estaba en orden, lanzó un leve aullido de llamada volviendo la cabeza hacia unas rocas cercanas. Lentamente fueron apareciendo el resto de los lobos de la manada. Sus fauces mostraban algunas piezas de su caza matutina que traían para los lobeznos. Acercándose a Lobogrís, le ofrecieron los mejores bocados que traían. Era el pago en reconocimiento de su labor.

Si a esos animales los llaman salvajes, se dijo en un susurro, ¿qué son algunos hombres?

LA MUJERCITA DE PAPEL

Había una vez una ramita de abedul que vino al mundo en un bosque umbrío donde hadas, duendes y mariposas de mil colores vivían en libertad. De vez en cuando aparecían por allí algunos jóvenes enamorados a buscar flores exóticas. Otras veces era un pastorcillo quien se perdía entre la floresta a buscar sabrosos frutos con que quitarse el hambre de una larga jornada. Pero lo más divertido eran las tardes de los sábados, los niños del pueblo acudían en tropel a corretear por el bosque. Entonces todo era una fiesta, jilgueros, mirlos y ruiseñores saludaban a la chiquillería inundando con sus cantos el aire del bosque mientras las hojas que vigilaban desde las copas de los árboles acompañaban sus canciones al compás del aire que correteaba libre entre las nubes.

La ramita fue creciendo despacio, muy despacito. Y así, se fue haciendo amiga de un mirlo cantor, de una paloma enamorada, de una lechuza nocturna… Hasta que se hizo mayor entre las fantasías que poblaban aquellos lindos rincones.

Una mañana, cuando creía haber aprendido todas las fábulas del mundo, vio aparecer a unos leñadores. Sus hachas comenzaron a trabajar cercenando cuantas ramas encontraban a su paso. Al llegar a ella, un corte seco y rotundo la hizo caer al suelo.

Durante unas semanas, pasó los momentos más tristes y solitarios que jamás había conocido. Ya había perdido la esperanza de volver a gozar de momentos tan felices como los que conoció en el bosque cuando algo comenzó a cambiar. Primero la trituraron hasta convertirla en una especie de masa lechosa. Luego, adelgazó. Y se convirtió en una blanquísima hojita acartonada. Unos días más tarde, llovieron sobre ella unas extrañas gotas de agua llenas de preciosos colores y, cuando ya estaba seca, un extraño ruido atrajo su atención, fue sólo un segundo. Una cuchilla cayó sobre ella y, de un golpe, se vio transformada en una mujercita aplastada y vestida con una preciosa falda de brillantes colorines.

Entonces se percató de que sobre su camisa se habían formado unas imágenes que le recordaron el bosque de donde, tiempo atrás, fue arrancada por el hacha del leñador. Junto a ellas, unos trazos negros formaban figuras desconocidas para ella. Letras se llamaban, según oyó a un señor que la había tomado en sus manos.

Al ver dibujados sobre su cuerpo los paisajes que la vieron nacer, recuperó la esperanza de volver a disfrutarlos. Y como nuestra amiguita era curiosa por naturaleza, comenzó a prestar atención a cuanto sucedía a su alrededor. Apenas habían pasado unos días desde que se vio convertida en una mujercita de papel cuando alguien la depositó entre una gran cantidad de hermanas suyas que se encontraban pegadas unas a otras.

–Hola –saludó a la más cercana–. ¿Cómo te llamas?

–Tú eres novata, ¿verdad? – le respondió. Y luego se dirigió a las demás–. Mirad, un separador nuevo.

–Es preciosa –comentó una de ellas.

–¿Un separador? ¿Yo soy un separador?

–Pues claro –respondió sonriendo la primera–, y nosotras somos las hojas de un libro.

–¿Un libro?

Sus nuevas amigas le explicaron qué era un libro y para qué servían aquellas letras que llenaban sus caras. Así fue como aprendió a jugar con ellas y a conocer las historias que narraban. Luego, entabló amistad con los animales, duendes, hadas y cuantos seres vivían en aquellas estanterías. Uno de los libros que más le gustó era el que contaba la vida de un burrito que parecía una pelota de algodón...

–Quien te tome entre sus manos gozará tanto cuando le cuentes tus historias… –le dijo un día.

Una mañana, un lector olvidadizo dejó a nuestra amiga sobre una mesa, junto a la ventana de la biblioteca. Una ráfaga de aire la arrastró a la calle. Nunca había pasado tanto miedo. Apenas comenzó a volar vio cómo, entre un ruido infernal, se movían unos cacharros grandísimos que iban de un lado a otro a gran velocidad. Esto serán los coches que vi el otro día en una enciclopedia, se dijo asustada. Afortunadamente, cuando estaba a punto de caer bajo las ruedas de uno de ellos, el vehículo sopló tan fuerte que salió lanzada de nuevo a las alturas. Un niño, que volvía del colegio, dio un salto y la cazó en el aire.

–¡Qué chula! Para mi libro de cuentos.

Al llegar a casa, el niño buscó un libro e introdujo el separador entre dos de sus páginas. Al momento, un ratoncillo, extrañado de su figura, lo saludó:

–Tú eres una mujercita de papel, ¿verdad?

–Sí… ¿Y tú?

–Yo soy un ratón de campo…

–A mí me gusta mucho el campo; más que la ciudad –confesó la mujercita añorando el bosque donde nació.

–Pero aquí hay de todo –lo consoló el ratón–. Mira, los libros son como mundos mágicos. Aquí podrás conocer las más bellas historias que recorren el País de la Aventura.

–¿Y son bonitas?

–Sí. Pero a mí, las que más me gustan son las que viven en el corazón de los niños.

–Y esas ¿cómo las conoceré?

–Esas tendrás que adivinarlas en su mirada cuando sueñan después de leer un libro.

Así, poco a poco, la mujercita de papel fue conociendo tantas y tantas historias de duendecillos, hadas y demás habitantes del mundo de los niños que desde entonces vivió feliz pero no comió perdiz...

EL CABALLITO DE CARTÓN


(Ganador del VII CONCURSO DE CUENTOS PARA NIÑOS "Mª LUISA RUEDA", convocado por el AMPA Albahaca, de la Escuela Infantil "Virgen de la Fuensanta " de Córdoba)

Cuentan que allá, muy lejos, en el País de los Sueños, vivía un caballito de cartón. Y cuentan, también, que el pobre era tan viejo y tenía tantos desconchones y rotos que hasta le faltaba una pata.

Desde hacía muchos años ningún niño quería jugar con él:

–Tienes una pata rota, si me montase en ti, no podríamos cabalgar hasta las Montañas de la Nieve… –le dijo un niño que acababa de entrar en el país de los sueños–. Prefiero viajar en aquel tren eléctrico.

–Y yo montaré en estos patines –le dijo una niña–. Con ellos recorreré todos los valles del País de los Sueños.

Y así, una vez… y otra… y otra… Ninguno de los miles de niños que cada noche paseaban por el País de los Sueños se detenía a jugar con él.

–Ya, ni me saludan –se quejó una noche a una muñeca de porcelana que, agotada, se sentó bajo su panza a descansar.

Y la muñeca, que sintió lástima al ver al caballo tan triste y sucio, se levantó, acarició delicadamente sus crines de papel, y depositó un sonoro beso en su frente. El caballo no pudo resistir su emoción ante aquella muestra de cariño y lanzó un relincho de alegría tan fuerte, tan fuerte, que un niño, que pasaba por allí en busca de su diaria aventura, se fijó en él. Al ver su expresión de felicidad se acercó y le dijo:
–Oye, eres feote, viejo y cojo, pero tu cara es tan alegre que aunque nuestro paseo sea cortito y lento, seguro que será muy divertido.

Sin pensárselo dos veces, montó en el caballo ante la mirada sorprendida de un grupo de niños que no comprendían cómo Luis, que así se llamaba el chaval, pudo elegir al juguete más destartalado que había en el País de los Sueños.
Tanta y tanta fue la satisfacción que sintió el caballo que, sin pensárselo dos veces, irguió su cuello, miró sonriente al niño y le preguntó:

–¿Dónde te gustaría viajar?

–¿Y tu pata? ¿No te dolerá al cabalgar? –preguntó el niño mientras una lágrima intentó escaparse de sus ojos mejilla abajo.

–¿Sabes una cosa? La mirada de un niño es la mejor medicina para mi pata… Y ahora dime… ¿dónde te gustaría ir?

–¿Tú sabes dónde está el País de los Cuentos?

El caballo permaneció unos segundos callado. Adivinando los deseos del niño, abrió unas alitas angelicales que sólo los corazones limpios pueden ver, y comenzó a volar. Abajo iba quedando el País de los Sueños: duendes, gnomos y toda clase de seres fantásticos elevaron sus cabezas saludando a nuestro amiguito mientras su figura se perdía en el cielo infinito…

Llevaban un buen rato volando cuando, a lo lejos, comenzó a verse un punto blanco como los sueños del niño… Poco a poco, el punto fue haciéndose cada vez más grande hasta que…

–¡Mira, caballito! ¡Es la Luna!

–Sí –respondió escuetamente el caballo sin dejar de sonreír–. Y parece que allí, sentado en uno de sus cuernos alguien está escribiendo un cuento…

A la mañana siguiente, mientras desayunaba, Luis habló con su mamá:

–Mamá. ¿Sabes una cosa? Anoche tuve un sueño.

–Todas las noches soñamos, hijo. Eso no tiene importancia.

–Soñar es un poquito como vivir, ¿verdad?

–Sí…

–Entonces… ¿yo puedo hacer vivir en sueños a las personas que quiero?

–Hum… –dudó mamá–. Es posible.

–¡Bien! –gritó el niño–. ¿Te cuento un secreto? Anoche hice vivir un ratito a…

–Ah, conque eso es lo que te pasa, que anoche soñaste con alguien –interrumpió su madre–… Anda, cuenta, cuenta…

–Mejor te lo leo. Para que no se me olvide nunca, nunca, lo he contado así:

Ayer soñé un caballito,

caballito de cartón.

Montado en sueños de niño

por el mundo me llevó.

Y mi lindo caballito

tanto, y tanto trotó

que sus pezuñas, dolidas,

en el alma me clavó.

Quise lavarle sus llagas,

pero él se las lamió

por no retrasar el viaje

que a la Luna nos subió.

Vuela, vuela, caballito,

mi caballito trotón,

que allá en el cielo, la Luna

a mi abuelo recogió.

Y sus cuentecitos de hadas

en los cuernos se colgó

para que yo los encuentre

y guarde en mi corazón.

LA RANA QUE NO QUERÍA SALTAR

 Hace muchos, muchos años, vivía en una laguna oculta entre las umbrías de un bosquecillo la ranita más verde y llena de vida que os podáis imaginar. Era verde como una montaña en primavera. Su color mostraba tanta belleza que mamá rana le puso por nombre Esmeralda. Y Esmeralda la llamaban todos los vecinos incluso los que vivían en el arroyuelo cercano. Y eso que, en aquel lugar, todo era verde. Césped y helechos cubrían la tierra hasta la misma orilla, y cuando el agua cortaba la verde alfombra que vestía el suelo, las algas prorrogaban su lozanía hasta las mismas entrañas de la laguna.

–Su color es tan hermoso que todas las ranas del contorno le tienen envidia –decía, orgullosa, mamá rana.

Redondita y brillante, su precioso color la camuflaba en el fondo de la laguna como si fuese una piedrecilla cubierta de verdín. Así, los insectos que iban a cazar larvas y restos de algas la confundían con una fruta verde caída en el agua. Se acercaban a ella tan confiados que, antes de percatarse del peligro, Esmeralda ya se los había zampado.

Cazaba con tanta facilidad que acabó por convertirse en la rana más perezosa de los alrededores. Cuando veía a sus hermanas saltar en busca de una presa, Esmeralda se burlaba de ellas.

–Un día os vais a dar un coscorrón tan grande que se os van a quitar las ganas de volver a zamparos un mosquito –se burlaba.

–Claro, como tú no tienes que saltar para cazar –le respondían.

Cuando mamá rana oía estas conversaciones se enfadaba y le recordaba que todas las ranas del mundo son famosas por sus saltos.

–Y tú no eres la excepción –le repetía una y otra vez.

–Pero mamá, si yo no necesito saltar…

–Todas las ranas saltan, hija. Y si te empeñas en no ser una rana más, un día te convertirás en sapo…

–¿Un sapo? ¿Qué es eso?

–El sapo es un primo nuestro, pero es tan feo…

Y Esmeralda era tan curiosa… Porque nuestra amiguita era muy curiosa, ¿sabéis? Tanto que una mañana, sin decir nada a nadie, decidió salir a conocer a su pariente el sapo. Me iré a vivir con los sapos, si es verdad que son tan feos, muy pronto me elegirán su reina, pensó. Todavía no había salido el Sol. El bosque aún despedía a sus visitantes nocturnos. Un mochuelo, que se había retrasado buscando algo con que alimentarse, se percató de aquella preciosa cosita verde que se movía por los alrededores de la laguna.

El mochuelo, al verla tan sabrosa, se lanzó sobre ella en un vuelo que quiso ser silencioso, pero con tan mala fortuna que, sin querer, rozó una ramita en su caída. Alarmada por aquel ruido inesperado, Esmeralda se lanzó al agua justo cuando las zarpas del ave estaban a punto de agarrarla.

–Uy. Menos mal –croó–. No. Si al final voy a tener que aprender a saltar.

El mochuelo, humillado por su torpeza, abandonó el lugar retirándose a su refugio diurno. Cuando pasó el peligro Esmeralda salió de la laguna para continuar la búsqueda de su pariente. Después de una larga caminata en la que se vio obligada a dar un par de saltos para evitar toparse con algún bicho desconocido, se encontró con un viejo sapo gordo y gris.

–Hola. Tú eres un sapo, ¿verdad?

–Pues claro, muchacha. ¿Acaso has visto en tu vida a una rana tan fuerte y hermosa como yo? –presumió el sapo.

–Fuerte sí que eres… –respondió la rana disimulando un gesto de desagrado ante la presencia de su grotesco pariente.

El sapo, engreído, se acercó a Esmeralda e, inclinando su cabezota con un gesto caballeresco, le ofreció una pulga de agua que acababa de caer en sus manos.

–Señorita…

–Gracias, caballero.

Como Esmeralda era una ranita educada, aceptó el regalo que, por cierto, estaba sabrosísimo. El sapo quedó tan prendado de su parienta que, una semana más tarde, emprendió el camino de la laguna donde vivía Esmeralda. Le llevaré un pastel de insectos, el más sabroso del bosque, se dijo. Y allá que, después de una larga caminata, llegó a casa de la ranita. Antes de presentarse ante ella, dio una vuelta alrededor de la laguna hasta encontrar lo que buscaba, un rinconcito oculto entre hojarasca donde el agua cristalina le ofrecía toda su limpieza. Un buen rato estuvo dándose friegas hasta conseguir que su piel se mostrase tan limpia como no había estado nunca desde su nacimiento.

Creyendo que de esa manera su belleza deslumbraría a Esmeralda, salió del agua, agarró el delicioso pastel que había preparado y, cantando con su ronca y desafinada voz, se dirigió hacia el lugar donde nadaba la ranita jugando con sus amigas. Al oír aquel desagradable ruido, las ranas, asustadas, abandonaron el agua ocultándose entre las hierbas.

–¿De quién será ese canto tan desagradable? –susurró una de ellas.

Pero como el aroma del pastel llegase hasta sus olfatos antes que la visión del recién llegado, todas las ranas salieron en bloque esperando desayunarse con el culpable de tan exquisito olor. Incluso Esmeralda, rompiendo su costumbre dio un salto tan enorme que fue la primera en aparecer ante la vista del sapo. Si grande fue la alegría de éste al toparse con el objeto de sus amores, más grande fue la sorpresa de la rana. Limpio de barro y mostrando todas las verrugas de su piel, el sapo era aún más feo que cuando estaba sucio y enfangado.

–Toma, mi adorada amiguita –dijo el sapo mientras ofrecía a Esmeralda el pastel–. Con este manjar te ofrezco todo mi amor.

Al oír aquellas palabras, la ranita reconoció al viejo sapo bajo aquella rugosa piel. Asustada ante tan desagradable presencia, dicen las viejas ranas del lugar que dio un salto gigantesco. Fue a parar a lo alto de una encina cercana. El sapo, molesto por el recibimiento, agachó su cabezota y al verse reflejado en el agua, recordó unas palabras de su abuelo: a nadie le huelen sus pedos ni sus hijos le parecen feos.

Dicen que, desde entonces, ningún sapo ha vuelto a mirarse en un espejo.

You may also like...

  • Gandalf war echt! Aber anders, als wir glauben...
    Gandalf war echt! Aber anders, als wir glauben... International by Michael Gauger
    Gandalf war echt! Aber anders, als wir glauben...
    Gandalf war echt! Aber anders, als wir glauben...

    Reads:
    2

    Pages:
    20

    Published:
    Mar 2026

    Tolkien hat einige Einflüsse für seinen Gandalf angegeben... doch nur zu einer historischen Persönlichkeit hat Gandalf so frappant viele Ähnlichkeiten, dass i...

    Formats: PDF, Epub, Kindle, TXT

  • Los Chicos - Mil Recuerdos, Sus Historias
    Los Chicos - Mil Recuerdos, Sus Historias International by Joana Acevedo Park
    Los Chicos - Mil Recuerdos, Sus Historias
    Los Chicos - Mil Recuerdos, Sus Historias

    Reads:
    3

    Pages:
    223

    Published:
    Feb 2026

    La historia personal contada por 3 de los integrantes originales del grupo juvenil de los 80's "Los Chicos de Puerto Rico".

    Formats: PDF, Epub, Kindle, TXT

  • Poèmes - Compilation n°2
    Poèmes - Compilation n°2 International by Gwendal CLAUDEL
    Poèmes - Compilation n°2
    Poèmes - Compilation n°2

    Reads:
    1

    Pages:
    202

    Published:
    Nov 2025

    Compilation de 26 recueils de poésie, à la composition s'étalant du 09/07/2025 au 15/10/2025. Tous les poèmes rédigés en ce laps de temps ne figurent pas. Ceu...

    Formats: PDF, Epub, Kindle, TXT

  • Poèmes - Compilation n°1
    Poèmes - Compilation n°1 International by Gwendal CLAUDEL
    Poèmes - Compilation n°1
    Poèmes - Compilation n°1

    Reads:
    1

    Pages:
    202

    Published:
    Nov 2025

    Compilation de 29 recueils de poésie, à la composition s'étalant du 30/09/2022 au 22/08/2025. Tous les poèmes rédigés en ce laps de temps ne figurent pas. Ceu...

    Formats: PDF, Epub, Kindle, TXT

Find Your Next Great Read

Describe what you're looking for in as much detail as you'd like.
Our AI reads your request and finds the best matching books for you.

Showing results for ""

Popular searches:

Romance Mystery & Thriller Self-Help Sci-Fi Business