
Estoy todavía temblando de miedo, mi buen señor cura. Mi pobre padre haestado muy enfermo durante dos días y dos noches, y yo he pasadoterribles angustias.
La gota iba subiendo y los médicos no ocultaban el peligro.
Esta mañanase ha puesto algo mejor y hemos vuelto a la esperanza, pero meestremezco todavía al pensar que la muerte ha podido llevarse a mi padrequerido en ese obscuro estado de alma que lo tiene tan lejos de Dios.
Una noche en que lo estaba velando, me puse a rezar y a llorararrodillada al lado de la cama, creyéndole dormido. Un ligeromovimiento de la mano me indicó que despertaba, y me levanté prontamentepor miedo de disgustarlo. Fijó entonces en mí sus ojos penetrantes y medijo con una semisonrisa en los pobres labios quemados por la fiebre:
¿Por qué interrumpes tus oraciones cuando te miro? ¿Me tomas por untirano? Ruega a Dios, si eso te consuela, hija mía; pero, entonces, nollores.
Esta vez me atreví a responder que no lloraría si fuésemos dos a rezar.
—¡Ah! Esos son otros cantares...
Se calló un rato con los ojos cerrados, y después, temiendo, sin duda,haberme afligido, me dijo con dulzura:
—Todos dependemos, hija mía, más o menos, del medio en que hemos sidoeducados y de las enseñanzas que hemos recibido. Cuando esté mejor, tecontaré mi infancia y mi juventud, y verás que si soy un incrédulo no esenteramente por mi culpa.
Me asió la mano y me la besó varias veces, como para excusarse de sercomo es y no como yo querría que fuese.
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