Zalacaín el Aventurero by Pío Baroja - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.

LIBRO PRIMERO

La infancia de Zalacaín

CAPÍTULO PRIMERO

CÓMO VIVIÓ Y SE EDUCÓ MARTÍN ZALACAÍN

Un camino en cuesta baja de la Ciudadela pasa por encima del cementerioy atraviesa el portal de Francia. Este camino, en la parte alta, tiene alos lados varias cruces de piedra, que terminan en una ermita y por laparte baja, después de entrar en la ciudad, se convierte en calle. A laizquierda del camino, antes de la muralla, había hace años un caseríoviejo, medio derruído, con el tejado terrero lleno de pedruscos y lapiedra arenisca de sus paredes desgastada por la acción de la humedad ydel aire.

En el frente de la decrépita y pobre casa, un agujero indicabadónde estuvo en otro tiempo el escudo, y debajo de él se adivinaban, másbien que se leían, varias letras que componían una frase latina: Postfunera virtus vivit

.

En este caserío nació y pasó los primeros años de su infancia Martín Zalacaín de Urbia, el que, más tarde, había de ser llamado Zalacaín el Aventurero; en este caserío soñó sus primeras aventuras y rompió los primeros pantalones.

Los Zalacaín vivían a pocos pasos de Urbia, pero ni Martín ni su familiaeran ciudadanos; faltaban a su casa unos metros para formar parte de lavilla.

El padre de Martín fué labrador, un hombre obscuro y poco comunicativo,muerto en una epidemia de viruelas; la madre de Martín tampoco era mujerde carácter; vivió en esa obscuridad psicológica normal entre la gentedel campo, y pasó de soltera a casada y de casada a viuda con absolutainconsciencia. Al morir su marido, quedó con dos hijos Martín y una niñamenor, llamada Ignacia.

El caserío donde habitaban los Zalacaín pertenecía a la familia de Ohando, familia la más antigua aristocrática y rica de Urbia.

Vivía la madre de Martín casi de la misericordia de los Ohandos.

En tales condiciones de pobreza y de miseria, parecía lógico que, porherencia y por la acción del ambiente, Martín fuese como su padre y sumadre, obscuro, tímido y apocado; pero el muchacho resultó decidido,temerario y audaz.

En esta época, los chicos no iban tanto a la escuela como ahora, yMartín pasó mucho tiempo sin sentarse en sus bancos. No sabía de ellamás si no que era un sitio obscuro, con unos cartelones blancos en lasparedes, lo cual no le animaba a entrar. Le alejaba también de aquelmodesto centro de enseñanza el ver que los chicos de la calle no leconsideraban como uno de los suyos, a causa de vivir fuera del pueblo yde andar siempre hecho un andrajoso.

Por este motivo les tenía algún odio; así que cuando algunos chiquillosde los caseríos de extramuros entraban en la calle y comenzaban apedradas con los ciudadanos, Martín era de los más encarnizados en elcombate; capitaneaba las hordas bárbaras, las dirigía y hasta lasdominaba.

Tenía entre los demás chicos el ascendiente de su audacia y de sutemeridad. No había rincón del pueblo que Martín no conociera. Para él,Urbia era la reunión de todas las bellezas, el compendio de todos losintereses y magnificencias.

Nadie se ocupaba de él, no compartía con los demás chicos la escuela yhuroneaba por todas partes. Su abandono le obligaba a formarse sus ideasespontáneamente y a templar la osadía con la prudencia.

Mientras los niños de su edad aprendían a leer, él daba la vuelta a lamuralla, sin que le asustasen las piedras derrumbadas, ni las zarzas quecerraban el paso.

Sabía dónde había palomas torcaces é intentaba coger sus nidos, robabafruta y cogía moras y fresas silvestres.

A los ocho años, Martín gozaba de una mala fama digna ya de un hombre.Un día, al salir de la escuela, Carlos Ohando, el hijo de la familiarica que dejaba por limosna el caserío a la madre de Martín, señalándolecon el dedo, gritó:

—¡Ese! Ese es un ladrón.

—¡Yo!—exclamó Martín.

—Tú, sí. El otro día te vi que estabas robando peras en mi casa. Todatu familia es de ladrones.

Martín, aunque respecto a él no podía negar la exactitud del cargo,creyó no debía permitir este ultraje dirigido a los Zalacaín y,abalanzándose sobre el joven Ohando, le dió una bofetada morrocotuda.Ohando contestó con un puñetazo, se agarraron los dos y cayeron alsuelo, se dieron de trompicones, pero Martín, más fuerte, tumbabasiempre al contrario. Un alpargatero tuvo que intervenir en la contienday, a puntapiés y a empujones, separó a los dos adversarios. Martín seseparó triunfante y el joven Ohando, magullado y maltrecho, se fué a sucasa.

La madre de Martín, al saber el suceso, quiso obligar a su hijo apresentarse en casa de Ohando y a pedir perdón a Carlos, pero Martínafirmó que antes lo matarían. Ella tuvo que encargarse de dar toda clasede excusas y explicaciones a la poderosa familia.

Desde entonces, la madre miraba a su hijo como a un réprobo.

—¡De dónde ha salido este chico así!—decía, y experimentaba al pensaren él un sentimiento confuso de amor y de pena, solo comparable con elasombro y la desesperación de la gallina, cuando empolla huevos de patoy ve que sus hijos se zambullen en el agua sin miedo y van nadandovalientemente.

CAPÍTULO II

DONDE SE HABLA DEL VIEJO CÍNICO MIGUEL DE TELLAGORRI

Algunas veces, cuando su madre enviaba por vino o por sidra a la tabernade Arcale a su hijo Martín, le solía decir:

—Y si le encuentras, al viejo Tellagorri, no le hables, y si te dicealgo, respóndele a todo que no.

Tellagorri, tío-abuelo de Martín, hermano de la madre de su padre, eraun hombre flaco, de nariz enorme y ganchuda, pelo gris, ojos grises, yla pipa de barro siempre en la boca. Punto fuerte en la taberna deArcale, tenía allí su centro de operaciones, allí peroraba, discutía ymantenía vivo el odio latente que hay entre los campesinos por elpropietario.

Vivía el viejo Tellagorri de una porción de pequeños recursos que él seagenciaba, y tenía mala fama entre las personas pudientes del pueblo.Era, en el fondo, un hombre de rapiña, alegre y jovial, buen bebedor,buen amigo y en el interior de su alma bastante violento para pegarle untiro a uno o para incendiar el pueblo entero.

La madre de Martín presintió que, dado el carácter de su hijo,terminaría haciéndose amigo de Tellagorri, a quien ella consideraba comoun hombre siniestro. Efectivamente, así fué; el mismo día en que elviejo supo la paliza que su sobrino había adjudicado al joven Ohando, letomó bajo su protección y comenzó a iniciarle en su vida.

El mismo señalado día en que Martín disfrutó de la amistad deTellagorri, obtuvo también la benevolencia de

Marqués. Marqués

era elperro de Tellagorri, un perro chiquito, feo, contagiado hasta tal puntocon las ideas, preocupaciones y mañas de su amo, que era como él;ladrón, astuto, vagabundo, viejo, cínico, insociable é independiente.Además, participaba del odio de Tellagorri por los ricos, cosa rara enun perro. Si

Marqués

entraba alguna vez en la iglesia, era para ver silos chicos habían dejado en el suelo de los bancos donde se sentabanalgún mendrugo de pan, no por otra cosa. No tenía veleidades místicas. Apesar de su título aristocrático,

Marqués

, no simpatizaba ni con elclero ni con la nobleza. Tellagorri le llamaba siempre Marquesch

,alteración que en vasco parece más cariñosa.

Tellagorri poseía un huertecillo que no valía nada, según losinteligentes, en el extremo opuesto de su casa, y para ir a él le eraindispensable recorrer todo el balcón de la muralla. Muchas veces lepropusieron comprarle el huerto, pero él decía que le venía de familia yque los higos de sus higueras eran tan excelentes, que por nada delmundo vendería aquel pedazo de tierra.

Todo el mundo creía que conservaba el huertecillo para tener derecho depasar por la muralla y robar, y esta opinión no se hallaba, ni muchomenos, alejada de la realidad.

Tellagorri era de la familia de los Galchagorris, la familia de lospantalones colorados, y este consonante, entre el mote de su familia ysu nombre había servido al padre de la sacristana, viejo chusco queodiaba a Tellagorri, de motivo a una canción que hasta los chicos lasabían y que mortificaba profundamente a Tellagorri.

La canción decía así:

Tellagorri

Galchagorri

Ongui etorri

Onera.

Ostutzale

Erantzale

Nescatzale

Zu cerá.

(Tellagorri, Galchagorri, bien venido seas aquí. Aficionado a robar,aficionado a beber aficionado a las muchachas, eres tú.)

Tellagorri, al oir la canción, fruncía el entrecejo y se ponía serio.

Tellagorri era un individualista convencido, tenía el individualismo delvasco reforzado y calafateado por el individualismo de los Tellagorris.

—Cada cual que conserve lo que tenga y que robe lo que pueda—decía.

Ésta era la más social de sus teorías, las más insociables se lascallaba.

Tellagorri no necesitaba de nadie para vivir. Él se hacía la ropa, él seafeitaba y se cortaba el pelo, se fabrica las abarcas, y no necesitabade nadie, ni de mujer ni de hombre. Así al menos lo aseguraba él.

Tellagorri, cuando le tomó por su cuenta a Martín, le enseñó toda suciencia. Le explicó la manera de acogotar una gallina sin quealborotase, le mostró la manera de coger los higos y las ciruelas de lashuertas sin peligro de ser visto, y le enseñó a conocer las setas buenasde las venenosas por el color de la hierba en donde se crían.

Esta cosecha de setas y la caza de caracoles constituía un ingreso para Tellagorri, pero el mayor era otro.

Había en la Ciudadela, en uno de los lienzos de la muralla, un rellanoformado por tierra, al cual parecía tan imposible llegar subiendo comobajando. Sin embargo, Tellagorri dió con la vereda para escalar aquelrincón y, en este sitio recóndito y soleado, puso una verdaderaplantación de tabaco, cuyas hojas secas vendía al tabernero Arcale.

El camino que llevaba a la plantación de tabaco del viejo, partía de unaheredad de los Ohandos y pasaba por un foso de la Ciudadela. Abriendouna puerta vieja y carcomida que había en este foso, por unos escalonescubiertos de musgo, se llegaba al rincón de Tellagorri.

Este camino subía apoyándose en las gruesas raíces de los árboles,constituyendo una escalera de desiguales tramos, metida en un túnel deramaje.

En verano, las hojas lo cubrían por completo. En los días calurosos deAgosto se podía dormir allí a la sombra, arrullado por el piar de lospájaros y el rezongar de los moscones.

El foso era lugar también interesante para Martín; las paredes estabancubiertas de musgos rojos, amarillos y verdes; entre las piedras nacíanla lechetrezna, el beleño y el yezgo, y los grandes lagartostornasolados se tostaban al sol. En los huecos de la muralla tenían susnidos las lechuzas y los mochuelos.

Tellagorri explicaba todo detenidamente a Martín.

Tellagorri era un sabio, nadie conocía la comarca como él, nadiedominaba la geografía del río Ibaya, la fauna y la flora de sus orillasy de sus aguas como este viejo cínico.

Guardaba, en los agujeros del puente romano, su aparejo y su red paracuando la veda; sabía pescar al martillo, procedimiento que se reduce agolpear algunas losas del fondo del río y luego a levantarlas, con loque quedan las truchas que han estado debajo inmóviles y aletargadas.

Sabía cazar los peces a tiros; ponía lazos a las nutrias en la cueva deAmaviturrieta, que se hunde en el suelo y está a medias llena de agua;echaba las redes en Ocin beltz, el agujero negro en donde el río seembalsa; pero no empleaba nunca la dinamita porque, aunque vagamente,Tellagorri amaba la Naturaleza y no quería empobrecerla.

Le gustaba también a este viejo embromar a la gente: decía que nadagustaba tanto a las nutrias como un periódico con buenas noticias, yaseguraba que si se dejaba un papel a la orilla del río, estos animalessalen a leerlo; contaba historias extraordinarias de la inteligencia delos salmones y de otros peces. Para Tellagorri, los perros si nohablaban era porque no querían, pero él los consideraba con tantainteligencia como una persona. Este entusiasmo por los canes le habíaimpulsado a pronunciar esta frase irrespetuosa:

—«Yo le saludo con más respeto a un perro de aguas, que al señorpárroco.»

La tal frase escandalizó el pueblo.

Había gente que comenzaba a creer que Tellagorri y Voltaire eran loscausantes de la impiedad moderna.

Cuando no tenían, el viejo y el chico, nada que hacer, iban de caza con Marquesch

al monte. Arcale le prestaba a Tellagorri su escopeta.Tellagorri, sin motivo conocido, comenzaba a insultar a su perro. Paraesto siempre tenía que emplear el castellano:

—¡Canalla! ¡Granuja!—le decía—. ¡Viejo cochino! ¡Cobarde!

Marqués

contestaba a los insultos con un ladrido suave, que parecíauna quejumbrosa protesta, movía la cola como un péndulo y se ponía aandar en zig-zag, olfateando por todas partes. De pronto veía quealgunas hierbas se movían y se lanzaba a ellas como una flecha.

Martín se divertía muchísimo con estos espectáculos. Tellagorri lo teníacomo acompañante para todo, menos para ir a la taberna; allí no lequería a Martín. Al anochecer, solía decirle, cuando él iba a perorar alparlamento de casa de Arcale:

—Anda, vete a mi huerta y coge unas peras de allí, del rincón, yllévatelas a casa. Mañana me darás la llave.

Y le entregaba un pedazo de hierro que pesaba media tonelada por lomenos.

Martín recorría el balcón de la muralla. Así sabía que en casa de Talhabían plantado alcachofas y en la de Cual judías. El ver las huertas ylas casas ajenas desde lo alto de la muralla, y el contemplar lostrabajos de los demás, iba dando a Martín cierta inclinación a lafilosofía y al robo.

Como en el fondo el joven Zalacaín era agradecido y de buena pasta,sentía por su viejo Mentor un gran entusiasmo y un gran respeto.Tellagorri lo sabía, aunque daba a entender que lo ignoraba; pero enbuena reciprocidad, todo lo que comprendía que le gustaba al muchacho oservía para su educación, lo hacía si estaba en su mano.

¡Y qué rincones conocía Tellagorri! Como buen vagabundo era aficionado ala contemplación de la Naturaleza. El viejo y el muchacho subían a lasalturas de la Ciudadela, y allá, tendidos sobre la hierba y las aliagas,contemplaban el extenso paisaje. Sobre todo, las tardes de primavera erauna maravilla. El río Ibaya, limpio, claro, cruzaba el valle por entreheredades verdes, por entre filas de álamos altísimos, ensanchándose ysaltando sobre las piedras, estrechándose después, convirtiéndose encascada de perlas al caer por la presa del molino. Cerraban el horizontemontes ceñudos y en los huertos se veían arboledas y bosquecillos defrutales.

El sol daba en los grandes olmos de follaje espeso de la Ciudadela y losenrojecía y los coloreaba con un tono de cobre.

Bajando desde lo alto, por senderos de cabras, se llegaba a un caminoque corría junto a las aguas claras del Ibaya. Cerca del pueblo,algunos pescadores de caña, se pasaban la tarde sentados en la orilla ylas lavanderas, con las piernas desnudas metidas en el río, sacudían lasropas y cantaban.

Tellagorri conocía de lejos a los pescadores.—Allí están Tal y Tal,decía—. Seguramente no han pescado nada. No se reunía con ellos; élsabía un rincón perfumado por las flores de las acacias y de los espinosque caía sobre un sitio en donde el río estaba en sombra y a dondeafluían los peces.

Tellagorri le curtía a Martín, le hacía andar, correr, subirse a losárboles, meterse en los agujeros como un hurón, le educaba a su manera,por el sistema pedagógico de los Tellagorris que se parecía bastante alsalvajismo.

Mientras los demás chicos estudiaban la doctrina y el catón, élcontemplaba los espectáculos de la Naturaleza, entraba en la cueva deErroitza en donde hay salones inmensos llenos de grandes murciélagos quese cuelgan de las paredes por las uñas de sus alas membranosas, sebañaba en Ocin beltz, a pesar de que todo el pueblo consideraba esteremanso peligrosísimo, cazaba y daba grandes viajatas.

Tellagorri hacía que su nieto entrara en el río cuando llevaban a bañarlos caballos de la diligencia, montado en uno de ellos.

—¡Más adentro! ¡Más cerca de la presa, Martín!—le decía.

Y Martín, riendo, llevaba los caballos hasta la misma presa.

Algunas noches, Tellagorri, le llevó a Zalacaín al cementerio.

—Espérame aquí un momento—le dijo.

—Bueno.

Al cabo de media hora, al volver por allí le preguntó:

—¿Has tenido miedo, Martín?

—¿Miedo de qué?

¡Arrayua!

Así hay que ser—decía Tellagorri—. Hay que estar firmes,siempre firmes.

CAPÍTULO III

LA REUNIÓN DE LA POSADA DE ARCALE

La posada de Arcale estaba en la calle del castillo y hacía esquina alcallejón Oquerra. Del callejón se salía al portal de la Antigua;hendidura estrecha y lóbrega de la muralla que bajaba por una rampa enzig-zag al camino real. La casa de Arcale era un caserón de piedra hastael primer piso, y lo demás de ladrillo, que dejaba ver sus vigascruzadas y ennegrecidas por la humedad. Era, al mismo tiempo, posada ytaberna con honores de club, pues allí por la noche se reunían variosvecinos de la calle

y algunos campesinos a hablar y a discutir y losdomingos a emborracharse. El zaguán negro tenía un mostrador y unarmario repleto de vinos y licores; a un lado estaba la taberna, conmesas de pino largas que podían levantarse y sujetarse a la pared, y enel fondo la cocina. Arcale era un hombre grueso y activo, excosechero,extratante de caballos y contrabandista. Tenía cuentas complicadas contodo el mundo, administraba las diligencias, chalaneaba, gitaneaba, ylos días de fiesta añadía a sus oficios el de cocinero. Siempre estabayendo y viniendo, hablando, gritando, riñendo a su mujer y a su hermano,a los criados y a los pobres; no paraba nunca de hacer algo.

La tertulia de la noche en la taberna de Arcale la sostenían Tellagorriy Pichía. Pichía, digno compinche de Tellagorri, le servía de contraste.Tellagorri era flaco, Pichía gordo; Tellagorri vestía de obscuro,Pichía, quizá para poner más en evidencia su volumen, de claro;Tellagorri pasaba por pobre, Pichía era rico; Tellagorri era liberal,Pichía carlista; Tellagorri no pisaba la iglesia, Pichía estaba siempreen ella, pero a pesar de tantas divergencias Tellagorri y Pichía sesentían almas gemelas que fraternizaban ante un vaso de buen vino.

Tenían estos dos oradores de la taberna de Arcale hablando en castellanoun carácter común y era que invariablemente trabucaban las efes y laspes. No había medio de que las pronunciasen a derechas.

—¿Qué te

farece

a tí el médico nuevo?—le preguntaba Pichía a

Tellagorri.

—!Psé!—contestaba el otro—. La

frática

es lo que le

palta

.

—Pues es hombre listo, hombre de alguna

portuna,

tiene su

fiano

encasa.

No había manera de que uno u otro pronunciaran estas letras bien.

Tellagorri se sentía poco aficionado a las cosas de iglesia, tenía poca apición

, como hubiera dicho él, y cuando bebía dos copas de más laprimera gente de quien empezaba a hablar mal era de los curas. Pichíaparecía natural que se indignara y no sólo no se indignaba como cerero yreligioso, sino que azuzaba a su amigo para que dijera cosas más fuertescontra el vicario, los coadjutores, el sacristán o la cerora.

Sin embargo, Tellagorri respetaba al vicario de Arbea, a quien losclericales acusaban de liberal y de loco.

El tal vicario tenía lacostumbre de coger su sueldo, cambiarlo en plata y dejarlo encima de lamesa formando un montón, no muy grande, porque el sueldo no era mucho,de duros y de pesetas. Luego, a todo el que iba a pedirle algo, despuésde reñirle rudamente y de reprocharle sus vicios y de insultarle aveces, le daba lo que le parecía, hasta que a mediados del mes se leacababa el montón de pesetas y entonces daba maíz o habichuelas siemprerefunfuñando é insultando.

Tellagorri decía:—Esos son curas, no como los de aquí, que no quierenmás que vivir bien y buenas profinas

.

Toda la torpeza de Tellagorri hablando castellano se trocaba enfacilidad, en rapidez y en gracia cuando peroraba en vascuence. Sinembargo, él prefería hablar en castellano porque le parecía máselegante.

Cualquier cosa llegaba a ser graciosa en boca de aquel viejo truhán;cuando pasaba por delante de la taberna alguna chica bonita, Tellagorrilanzaba un ronquido tan socarrón que todo el mundo reía.

Otro, haciendo lo mismo, hubiese parecido ordinario y grosero; él, no;Tellagorri tenía una elegancia y una delicadeza innata que le alejabande la grosería.

Era también hombre de refranes, y cuando estaba borracho cantaba muymal, sin afinación alguna, pero dando a las palabras mucha malicia.

Las dos canciones favoritas suyas eran dos híbridas de vascuence ycastellano; traducidas literalmente no querían decir gran cosa, pero ensus labios significaban todo. Una, probablemente de su invención, eraasí: Ba dala sargentua

Ba dala quefia.

Erreguiñen bizcarretic

Artzen ditu cafia.

(Ya sea sargento, ya sea jefe, a costa de la reina, toma su café).

Esto, en boca de Tellagori, quiería decir que todo el mundo era unpillo.

La otra canción la tenía el viejo para los momentos solemnes, y era así: Manuelacho, escasayozu

Barcasiyua Andresí.

(Manolita, pídele perdón a Andrés).

Y hacía, al decir esto Tellagorri, una reverencia cómica, y continuaacon voz gangosa: Beti orrela ibilli gabe

majo sharraren iguesí.

(Sin andar siempre, de esa manera, huyendo de un viejecito tan majo).

Y después, como una consecuencia grave de lo que había dicho antes,añadía: Napoleonen pauso gaiztoac

ondó dituzu icasi.

(Los malos pasos de Napoleón, bien los has aprendido).

No era fácil comprender qué malos pasos de Napoleón habría aprendidoManolita. Probablemente Manolita no tendría ni la más remota idea de laexistencia del héroe de Austerlitz, pero esto no era obstáculo para quela canción en boca de Tellagorri tuviese muchísima gracia.

Para los momentos en que Tellagorri estaba un tanto excitado oborracho, tenía otra canción bilingüe, en que se celebraba el abrazo deVergara y que concluía así:

¡Viva Espartero! ¡Viva erreguiña!

¡Ojalá de repente ilcobalizaque

Bere ama ciquiña!

(¡Viva Espartero! ¡Viva la reina! Ojalá de repente se muriese su suciamadre!).

Este adjetivo, dirigido a la madre de Isabel II, indicaba cómo habíallegado el odio por María Cristina hasta los más alejados rincones deEspaña.

CAPÍTULO IV

QUE SE REFIERE A LA NOBLE CASA DE OHANDO

A la entrada del pueblo nuevo, en la carretera, y por lo tanto, fuera delas murallas, estaba la casa más antigua y linajuda de Urbia: la casa deOhando.

Los Ohandos constituyeron durante mucho tiempo la única aristocracia dela villa; fueron en tiempo remoto grandes hacendados y fundadores decapellanías, luego algunos reveses de fortuna y la guerra civil,amenguaron sus rentas y la llegada de otras familias ricas les quitó lapreponderancia absoluta que habían tenido.

La casa Ohando estaba en la carretera, lo bastante retirada de ella paradejar sitio a un hermoso jardín, en el cual, como haciendo guardia, selevantaban seis magníficos tilos. Entre los grandes troncos de estosárboles crecían viejos rosales que formaban guirnaldas en la primaveracuajadas de flores.

Otro rosal trepador, de retorcidas ramas y rosas de color de té, subíapor la fachada extendiéndose como una parra y daba al viejo casarón untono delicado y aéreo. Tenía además este jardín, en el lado que se uníacon la huerta, un bosquecillo de lilas y saúcos. En los meses de Abril yMayo, estos arbustos florecían y mezclaban sus tirsos perfumados, suscorolas blancas y sus racimillos azules.

En la casa solar, sobre el gran balcón del centro, campeaba el escudo delos fundadores tallado en arenisca roja; se veían esculpidos en él doslobos rampantes con unas manos cortadas en la boca y un roble en elfondo. En el lenguaje heráldico, el lobo indica encarnizamiento con losenemigos; el roble, venerable antigüedad.

A juzgar por el blasón de los Ohandos, estos eran de una familiaantigua, feroz con los enemigos. Si había que dar crédito a algunasviejas historias, el escudo decía únicamente la verdad.

La parte de atrás de la casa de los hidalgos daba a una hondonada; teníauna gran galería de cristales y estaba hecha de ladrillo con entramadonegro; enfrente se erguía un monte de dos mil pies, según el mapa de laprovincia, con algunos caseríos en la parte baja, y en la alta, desnudode vegetación, y sólo cubierto a trechos por encinas y carrascas.

Por un lado, el jardín se continuaba con una magnífica huerta endeclive, orientada al mediodía.

La familia de los Ohandos se componía de la madre, doña Águeda, y desus hijos Carlos y Catalina.

Doña Águeda, mujer débil, fanática y entermiza, de muy poco carácter,estaba dominada constantemente en las cuestiones de la casa por algunacriada antigua y en las cuestiones espirituales por el confesor.

En esta época, el confesor era un curita joven llamado don Félix, hombrede apariencia tranquila y dulce que ocultaba vagas ambiciones de dominiobajo una capa de mansedumbre evangélica.

Carlos de Ohando el hijo mayor de doña Águeda, era un muchacho cerril,obscuro, tímido y de pasiones violentas. El odio y la envidia seconvertían en el en verdaderas enfermedades.

A Martín Zalacaín le había odiado desde pequeño cuando Martín le calentólas costillas al salir de la escuela, el odio de Carlos se convirtió enfuror. Cuando le veía a Martín andar a caballo y entrar en el río, ledeseaba un desliz peligroso.

Le odiaba frenéticamente.

Catalina, en vez de ser obscura y cerril como su hermano Carlos, erapizpireta, sonriente, alegre y muy bonita. Cuando iba a la escuela consu carita sonrosada, un traje gris y una boina roja en la cabeza rubia,todas las mujeres del pueblo la acariciaban, las demás chicas queríansiempre andar con ella y decían que, a pesar de su posiciónprivilegiada, no era nada orgullosa.

Una de sus amigas era Ignacita, la hermana de Martín.

Catalina y Martín se encontraban muchas veces y se hablaban; él la veíadesde lo alto de la muralla, en el mirador de la casa, sentadita y muyformal, jugando o aprendiendo a hacer media. Ella siempre estaba oyendohablar de las calaveradas de Martín.

—Ya está ese diablo ahí en la muralla—decía doña Águeda—. Se va amatar el mejor día. ¡Qué demonio de chico! ¡Qué malo es!

Catalina ya sabía que diciendo ese demonio, o ese diablo, se referían a Martín.

Carlos alguna vez le había dicho a su hermana:

—No hables con ese ladrón.

Pero a Catalina no le parecía ningún crimen que Martín cogiera frutas delos árboles y se las comiese, ni que corriese por la muralla. A ella sele antojaban extravagancias, porque desde niña tenía un instinto deorden y tranquilidad y le parecía mal que Martín fuese tan loco.

Los Ohandos eran dueños de un jardín próximo al río, con grandesmagnolias y tilos y cercado por un seto de zarzas.

Cuando Catalina solía ir allí con la criada a coger flores, Martín lasseguía muchas veces y se quedaba a la entrada del seto.

—Entra si quieres—le decía Catalina.

—Bueno—y Martín entraba y hablaba de sus correrías, de lasbarbaridadas que iba a hacer y exponía las opiniones de Tellagorri, quele parecían artículos de fe.

—¡Más te valía ir a la escuela!—le decía Catalina.

—¡Yo! ¡A la escuela!—exclamaba Martín—. Yo me iré a América o me iréa la guerra.

Catalina y la criada entraban por un sendero del jardín lleno de rosalesy hacían ramos de flores. Martín las veía y contemplaba la presa, cuyasaguas brillaban al sol como perlas y se deshacían en espumasblanquísimas.

—Ya andaría por ahí, si tuviera una lancha—decía Martín.

Catalina protestaba.

—¿No se te van a ocurrir más que tonterías siempre? ¿Por qué no erescomo los demás chicos?

—Yo les pego a todos—contestaba Martín, como si esto fuera una razón.

…En la primavera, el camino próximo al río era una delicia. Las hojasnuevas de las hayas comenzaban a verdear, el helecho lanzaba al aire susenroscados tallos, los manzanos y los perales de las huertas ostentabansus copas nevadas por la flor y se oían los cantos de las malvices y delos ruiseñores en las enramadas. El cielo se mostraba azul, de un azulsuave, un poco pálido y sólo alguna nube blanca, de contornos duros,como si fuera de mármol, aparecía en el cielo.

Los sábados por la tarde, durante la primavera y el verano, Catalina yotras chicas del pueblo, en compañía de alguna buena mujer, iban alcampo santo. Llevaba cada una un cestito de flores, hacían una escobillacon los hierbajos secos, limpiaban el suelo de las lápidas en dondeestaban enterrados los muertos de su familia y adornaban las cruces conrosas y con azucenas. Al volver hacia casa todas juntas, veían cómo enel cielo comenzaban a brillar las estrellas y escuchaban a los sapos,que lanzaban su misteriosa nota de flauta en el silencio delcrepúsculo…

Muchas veces, en el mes de Mayo, cuando pasaban Tellagorri y Martín porla orilla del río, al cruzar por detrás de la iglesia, llegaba hastaellos las voces de las niñas, que cantaban en el coro las flores deMaría.

Emenche gauzcatzu ama

(Aquí nos tienes, madre.)

Escuchaban un momento, y Martín distinguía la voz de Catalina, la chicade Ohando.

—Es

Cataliñ

, la de Ohando—decía Martín.

—Si no eres tonto tú, te casarás con ella—replicaba Tellagorri.

Y Martín se echaba a reir.

CAPÍTULO V

DE CÓMO MURIÓ MARTÍN LÓPEZ DE ZALACAÍN, EN EL AÑO DE GRACIADE MIL

CUATROCIENTOS Y DOCE.

Uno de los vecinos que con más frecuencia paseaba por la acera de lamuralla era un señor viejo, llamado don Fermín Soraberri. Durantemuchísimos años, don Fermín desempeñó el cargo de secretario delAyuntamiento de Urbia, hasta que se retiró, cuando su hija se casó conun labrador de buena posición.

El señor don Fermín Soraberri era un hombre alto, grueso, pesado, conlos párpados edematosos y la cara hinchada. Solía llevar una gorrita condos cintas colgantes por detrás, una esclavina azul y zapatillas.

Laespecialidad de don Fermín era la de ser distraído. Se olvidaba de todo.Sus relaciones estaban cortadas por este patrón:

—Una vez en Oñate… (para el señor Soraberri, Oñate era la Atenasmoderna.—En España hay veinte o treinta Atenas modernas.) Una vez enOñate pude presenciar una cosa sumamente interesante. Estábamos reunidosel señor vicario, un señor profesor de primera enseñanza y…—y elseñor Soraberri miraba a todas partes, como espantado, con sus grandesojos turbios, y decía:—¿En qué iba?… Pues… se me ha olvidado laespecie.

Al señor Soraberri siempre se le olvidaba la especie. Casi todos losdías el exsecretario se encontraba con Tellagorri y cambiaban un saludoy algunas palabras acerca del tiempo y de la marcha de los árbolesfrutales. Al comenzar a verle acompañado de Martín, el señor Soraberrise extrañó y miraba al muchacho con su aire de elefante hinchado yreblandecido.

Pensó en dirigirle alguna pregunta, pero tardó varios días, porque elseñor Soraberri era tardo en todo. Al último le dijo, con su majestuosalentitud:

—¿De quién es este niño, amigo Tellagorri?

—¿Este chico? Es un pariente mío.

—¿Algún Tellagorri?

—No; se llama Martín Zalacaín.

—¡Hombre! ¡Hombre! Martín López de Zalacaín.

—No, López no—dijo Tellagorri.

—Yo sé lo que me digo. Este niño se llama realmente Martín López de Zalacaín y será de ese caserío que está ahí cerca del portal de Francia.

—Sí, señor; de ahí es.

—Pues conozco su historia, y López de Zalacaín ha sido y López deZalacaín será, y si quiere usted mañana vaya usted a mi casa y le leeréa usted un papel que copié del archivo del Ayuntamiento acerca de esacuestión.

Tellagorri dijo que iría y, efectivamente, al día siguiente, pensandoque quizá lo dicho por el exsecretario tuviese alguna importancia, sepresentó con Martín en su casa.

Al señor Soraberri se le había olvidado la especie, pero recordó prontode qué se trataba; encargó a su hija que trajese un vaso de vino paraTellagorri, entró él en su despacho y volvió poco después con unospapeles viejos en la mano; se puso los anteojos, carraspeó, revolvió susnotas, y dijo:

—¡Ah! Aquí están. Esto—añadió—es una copia de una narración que haceel cronista Iñigo Sánchez de Ezpeleta acerca de cómo fué vertida laprimera sangre en la guerra de los linajes, en Urbia, entre el solar deOhando y el de Zalacaín, y supone que estas luchas comenzaron en nuestravilla a fines del siglo XIV o a principios del XV.

—¿Y hace mucho tiempo de eso?—preguntó Tellagorri.

—Cerca de quinientos años.

—¿Y ya existían Zalacaín entonces?

—No sólo existían, sino que eran nobles.

—Oye, oye—dijo Tellagorri dando un codazo a Martín, que se distraía.

—¿Quieren ustedes que lea lo que dice el cronista?

—Sí, sí.

—Bueno. Pues dice así: «Título: De cómo murió Martín López de Zalacaín,en el año de gracia de mil cuatrocientos y doce.»

Leído esto, Soraberri tosió, escupió y comenzó esta relación con gransolemnidad:

«Enemistad antigua señalada avya entre el solar d'Ohando, que es delreino de Navarra, é el de Zalacaín, que es en tierra de la Borte. Edícese que la causa della foe sobre envidia é a cual valía mas, éficieron muchos malheficios é los de Zalacaín quemaron vivo al senyor deSant Pedro en una pelea que ovyeron en el llano del Somo é porque nodexo fijo el dicho senyor de Sant Pedro casaron una su fija con MartínLópez de Zalacaín, home muy andariego.

E dicho Martín López seyendo venido a la billa d'Urbia foe desafiado porMosen de Sant Pedro, del solar d'Ohando, que era sobrino del otro senyorde Sant Pedro é que había fecho muchos malheficios, acechanzas é rrobos.

E Martín López contestole a su desafiamiento: Como vos sabedes yo socontado aquí por el mas esforzado ome y ardite en el fecho de las armasen toda esta tierra y paresce que los d'Ohando a vos han traído por lamejor lanza de Navarra por vengar la muertte de mi suegro que foe en lapelea peleada con lealtad en el Somo é como el cuibdaba matar a mi, yo ael.

E por ende si a vos pluguiese que nos probemos vos é yo, uno para otro,fasta que uno de nos o ambos por ventura muramos, a mi plasera mucho éaquí presto.

E respondiole Mosen de Sant Pedro que le plasia é se citaron en el pradode Sant Ana. En esta sazon venya dicho Martín López encima de su cavallocomo esforzado cavallero é antes de pelear con Mosen de Sant Pedro foeferido de una saeta que le entró por un ojo é cayo muertto del cavalloen medio del prado. E lo desjarretaron. E preparo la asechanza é armo laballestta é la disparo Velche de Micolalde, deudo é amigo de Mosen deSant Pedro d'Ohando. E los omes de Martín López como lo veyeron muerttoé eran pocos enfrente de los de Ohando, ovyeron muy grant miedo écomenzaron todos a fugir.

E cuando lo supo la muger de Martín López fué la triste al prado de SantAna, é cuando vido el cuerpo de su marido, sangriento y mutilado, seafinojó, prísole en sus brazos é comenzó a llorar, maldiciendo la guerraé su mala fortuna. E esto pataba en el año de Nuestro Senyor de milcuatrociensos y doce.»

Cuando concluyó el señor Soraberri, miro a través de sus anteojos a susdos oyentes. Martín no se había enterado de nada; Tellagorri dijo:

—Sí, esos Ohandos es gente

palsa

. Mucho ir a la iglesia, pero luegomatan a traición.

Soraberri recomendó eficazmente a su amigo Tellagorri que no hicieranunca juicios aventurados y temerarios, y con este motivo comenzó acontar una historia, precisamente ocurrida en Oñate, pero al ir aespecificar los que habían intervenido en su historia, se le olvidó laespecie, y lo sintió, verdaderamente lo sintió, porque, según dijo,tenía la seguridad de que el hecho era sumamente interesante y, además,muy digno de mención.

CAPÍTULO VI

DE CÓMO LLEGARON UNOS TITIRITEROS Y DE LO QUE SUCEDIÓ DESPUÉS

Un día de Mayo, al anochecer, se presentaron en el camino real trescarros, tirados por caballos flacos, llenos de mataduras y deesparavanes. Cruzaron la parte nueva del pueblo y se detuvieron en loalto del prado de Santa Ana.

No podía Tellagorri, gaceta de la taberna de Arcale, quedar sin saber enseguida de qué se trataba; así que se presentó al momento en el lugar,seguido de

Marqués

.

Trabó inmediatamente conversación con el jefe de la caravana, y despuésde varias preguntas y respuestas y de decir el hombre que era francés ydomador de fieras, Tellagorri se lo llevó a la taberna de Arcale.

Martín se enteró también de la llegada de los domadores con sus fierasenjauladas, y a la mañana siguiente, al levantarse, lo primero que hizofué dirigirse al prado de Santa Ana.

Comenzaba a salir el sol cuando llegó al campamento del domador.

Uno de los carros era la casa de los saltimbanquis. Acababan de salir dedentro el domador, su mujer, un viejo, un chico y una chica. Sólo unaniña de pocos meses quedó en la carreta-choza jugando con un perro.

El domador no ofrecía ese aire, entre petulante y grotesco, tan común alos acróbatas de barracas y gentes de feria; era sombrío, joven, conaspecto de gitano, el pelo negro y rizoso, los ojos verdes, el bigotealargado en las puntas por una especie de patillas pequeñas y laexpresión de maldad siniestra y repulsiva.

El viejo, la mujer y los chicos tenían sólo carácter de pobres, eran deesos tipos y figuras borrosas que el troquel de la miseria produce amillares.

El hombre, ayudado por el viejo y por el chico, trazó con una cuerda uncírculo en la tierra y en el centro plantó un palo grande, de cuya puntapartían varias cuerdas que se ataban en estacas clavadas fuertemente enel suelo.

El domador buscó a Tellagorri para que le proporcionara una escalera; leindicó éste que había una en la taberna de Arcale, la sacaron de allí ycon ella sujetaron las lonas, hasta que formaron una tienda de campañade forma cónica.

Los dos carros con jaulas en donde iban las fieras los colocarondejando entre ellos un espacio que servía de puerta al circo, y encima ya los lados pusieron los saltimbanquis tres carteles pintarrajeados.

Unorepresentaba varios perros lanzándose sobre un oso, el otro una luchaentre un león y un búfalo y el tercero unos indios atacando con lanzas aun tigre que les esperaba en la rama de un árbol como si fuera unjilguero.

Dieron los hombres la última mano al circo, y el domingo, en el momentoen que la gente salía de vísperas, se presentó el domador seguido delviejo en la plaza de Urbia, delante de la iglesia. Ante el pueblocongregado, el domador comenzó a soplar en un cuerno de caza y suayudante redobló en el tambor.

Recorrieron los dos hombres las calles del barrio viejo y luego salieronfuera de puertas, y tomando por el puente, seguidos de una turba dechicos y chicas llegaron al prado de Santa Ana, se acercaron a labarraca y se detuvieron ante ella.

A la entrada la mujer tocaba el bombo con la mano derecha y losplatillos con la izquierda, y una chica desmelenada agitaba unacampanilla. Uniéronse a estos sonidos discordantes las notas agudísimasdel cuerno de caza y el redoble del tambor, produciendo entre todo unaalgarabía insoportable.

Este ruido cesó a una señal imperiosa del domador, que con suinstrumento de viento en el brazo izquierdo se acercó a una escalera demano próxima a la entrada, subió dos o tres peldaños, tomó una varita yseñalando las monstruosas figuras pintarrajeadas en los lienzos, dijocon voz enfática:

—Aquí verán ustedes los osos, los lobos, el león y otras terriblesfieras. Verán ustedes la lucha del oso de los Pirineos con los perrosque saltan sobre él y acaban por sujetarle. Este es el león del desiertocuyos rugidos espantan al más bravo de los cazadores. Sólo su voz poneespanto en el corazón más valiente…

¡Oid!

El domador se detuvo un momento y se oyeron en el interior de la barracaterribles rugidos, y como contestándolos, el ladrar feroz de una docenade perros.

El público quedó aterrorizado.

—En el desierto…

El domador iba a seguir, pero viendo que el efecto de curiosidad en elpúblico estaba conseguido y que la multitud pretendía pasar sin tardanzaal interior del circo, gritó:

—La entrada no cuesta más que un real. ¡Adelante, señores! ¡Adelante!

Y volvió a atacar con el cuerno de caza un aire marcial, mientras elviejo ayudante redoblaba en el tambor.

La mujer abrió la lona que cerraba la puerta y se puso a recoger loscuartos de los que iban pasando.

Martín presenció todas estas maniobras con una curiosidad creciente,hubiera dado cualquier cosa por entrar, pero no tenía dinero.

Buscó una rendija entre las lonas para ver algo, pero no la pudoencontrar; se tendió en el suelo y estaba así con la cara junto a latierra cuando se le acercó la chica haraposa del domador que tocaba lacampanilla a la puerta.

—Eh, tú ¿qué haces ahí?

—Mirar—dijo Martín.

—No se puede.

—¿Y por qué no se puede?

—Porque no. Si no quédate ahí, ya verás si te pesca mi amo.

—¿Y quién es tu amo?

—¿Quién ha de ser? El domador.

—¡Ah! ¿Pero tú eres de aquí?

—Sí

—¿Y no sabes pasar?

—Si no dices a nadie nada ya te pasaré.

—Yo también te traeré cerezas.

—¿De dónde?

—Yo sé donde las hay.

—¿Cómo te llamas?

—Martín, ¿y tú?

—Yo, Linda.

—Así se llamaba la perra del médico—dijo poco galantemente Martín.

Linda no protestó de la comparación; fué detrás de la entrada del circo,tiró de una lona, abrió un resquicio, y dijo a Martín:

—Anda, pasa.

Se deslizó Martín y luego ella.

—¿Cuando me darás las cerezas?—preguntó la chica.

—Cuando esto se concluya iré a buscarlas.

Martín se colocó entre el público. El espectáculo que ofrecía el domadorde fieras era realmente repulsivo.

Alrededor del circo, atados a los pies de un banco hecho con tablas,había diez o doce perros flacos y sarnosos. El domador hizo restallar ellátigo, y todos los perros a una comenzaron a ladrar y a aullarfuriosamente. Luego el hombre vino con un oso atado a una cadena, con lacabeza protegida por una cubierta de cuero.

El domador obligó a ponerse de pie varias veces al oso, y a bailar conel palo cruzado sobre los hombros y a tocar la pandereta. Luego soltó unperro que se lanzó sobre el oso, y después de un momento de lucha se lecolgó de la piel. Tras de éste soltó otro perro y luego otro y otro, conlo cual el público se comenzó a cansar.

A Martín no le pareció bien, porque el pobre oso estaba sin defensaalguna. Los perros se echaban con tal furia sobre el oso que paraobligarles a soltar la presa el domador o el viejo tenían que morderlesla cola. A Martín no le agradó el espectáculo y dijo en voz alta, yalgunos fueron de su opinión, que el oso atado no podía defenderse.

Después todavía martirizaron más a la pobre bestia. El domador era unverdadero canalla y pegaba al animal en los dedos de las patas, y el osobabeaba y gemía con unos gemidos ahogados.

—¡Basta! ¡Basta!—gritó un indiano que había estado en California.

—Porque tiene el oso atado hace eso—dijo Martín—, sino no lo haría.

El domador se fijó en el muchacho y le lanzó una mirada de odio.

Lo que siguió fué más agradable, la mujer del domador, vestida con untraje de lentejuelas, entró en la jaula del león, jugó con él, le hizosaltar y ponerse de pie, y después Linda dió dos o tres volatines y vinocon un monillo vestido de rojo a quien obligó a hacer ejerciciosacrobáticos.

El espectáculo concluía. La gente se disponía a salir. Martín vió que eldomador le miraba. Sin duda se había fijado en él. Martín se adelantó asalir, y el domador le dijo:

—Espera, tú no has pagado. Ahora nos veremos. Te voy a echar los perroscomo al oso.

Martín retrocedió espantado; el domador le contemplaba con una sonrisaferoz. Martín recordó el sitio por donde entró y empujando violentamentela lona la abrió y salió fuera de la barraca. El domador quedóchasqueado. Dió después Martín la vuelta al prado de Santa Ana, hastadetenerse prudentemente a quince o veinte metros de la entrada delcirco.

Al ver a Linda le dijo:

—¿Quieres venir?

—No puedo.

—Pues ahora te traeré las cerezas.

En el momento que hablaban apareció corriendo el domador, pensó sin dudaen abalanzarse sobre Martín, pero comprendiendo que no le alcanzaría sevengó en la niña y le dió una bofetada brutal. La chiquilla cayó alsuelo. Unas mujeres se interpusieron é impidieron al domador siguierapegando a la pobre Linda.

—Tó lo has metido dentro, ¿verdad?—gritó el domador en francés.

—No; ha sido él que ha entrado.

—Mentira. Has sido tú. Confiesa o te deslomo.

—Sí, he sido yo.

—¿Y por qué?

—Porque me ha dicho que me traería cerezas.

—Ah, bueno—y el domador se tranquilizó—, que las traiga, pero si telas comes te hartaré de palos. Ya lo sabes.

Martín, al poco rato, volvió con la boina llena de cerezas. La Lindalas puso en su delantal y estaba con ellas cuando se presentó el domadorde nuevo. Martín se apartó dando un salto hacia atrás.

—No, no te escapes—dijo el domador con una sonrisa que quería seramable.

Martín se quedó. Luego, el hombre le preguntó quién era, y él al sabersu parentesco con Tellagorri, le dijo:

—Ven cuando quieras, te dejaré pasar.

Durante los demás días de la semana, la barraca del domador estuvovacía. El domingo, los saltimbanquis hicieron dar un bando por elpregonero diciendo que representarían un número extraordinario éinteresantísimo. Martín se lo dijo a su madre y a su hermana. La chicase asustaba al escuchar el relato de las fieras y no quiso ir.

Acudieron solo la madre y el hijo. El número sensacional era la lucha dela Linda con el oso. La chiquilla se presentó desnuda de medio cuerpoarriba y con unos pantalones de percal rojo. Linda se abrazó al oso yhacía que luchaba con él, pero el domador tiraba a cada paso de unacuerda atada a la nariz del plantigrado.

A pesar de que la gente pensaba que no había peligro para la niña,producía una horrible impresión ver las grandes y peludas garras delanimal sobre las espaldas débiles de la niña.

Después del número sensacional que no entusiasmó al público, entró lamujer en la jaula del león.

La fiera debía estar enferma, porque la domadora no halló medio de quehiciese los ejercicios de costumbre.

Viendo semejante fracaso el domador, poseído de una rabiosa furia, entróen la jaula, mandó salir a la mujer y empezó a latigazos con el león.Este se levantó enseñando los dientes, y lanzando un rugido se echósobre domador; el viejo ayudante metió, por entre los barrotes de lajaula, una palanca de hierro para aislar el hombre de la fiera, pero contan poca fortuna, que la palanca se enganchó en las ropas del domador yen vez de protegerle le inmovilizó y le dejó entregado a la fiera.

El público vió al domador echando sangre, y se levantó despavorido y sedispuso a huir.

No había peligro para los espectadores, pero un pánico absurdo hizo quetodos se lanzasen atropelladamente a la salida; alguien, que luego no sesupo quién fué, disparó un tiro contra el león, y en aquel momentoinsensato de fuga resultaron magullados y contusos varias mujeres yniños.

El domador quedó también gravemente herido.

Dos mujeres fueron recogidas con contusiones de importancia, una deellas, una vieja de un caserío lejano que hacía diez años que no habíaestado en Urbia, la otra, la madre de Martín, que además de lasmagulladuras y golpes, presentaba una herida en el cuello, ocasionada,según dijo el médico, por un trozo del barrote de la jaula, desprendidoal choque de la bala disparada por una persona desconocida.

Se trasladó a la madre de Martín a su casa, y fuera que las contusionesy la herida tuviesen gravedad, fuera como dijeron algunos que noestuviese bien atendida, el caso fué que la pobre mujer murió a lasemana del accidente de la barraca, dejando huérfanos a Martín y a laIgnacia.

CAPÍTULO VII

CÓMO TELLAGORRI SUPO PROTEGER A LOS SUYOS

A la muerte de la madre de Martín, Tellagorri, con gran asombro delpueblo, recogió a sus sobrinos y se los llevó a su casa. La señora deOhando dijo que era una lástima que aquellos niños fuesen a vivir con unhombre desalmado, sin religión y sin costumbres, capaz de decir quesaludaba con más respeto a un perro de aguas que al señor párroco.

La buena señora se lamentó, pero no hizo nada, y Tellagorri se encargóde cuidar y alimentar a los huérfanos.

La Ignacia entró en la posada de Arcale de niñera y hasta los catorceaños trabajó allí.

Martín frecuentó la escuela durante algunos meses, pero le tuvo quesacar Tellagorri antes del año porque se pegaba con todos los chicos yhasta quiso zurrar al pasante.

Arcale, que sabía que el muchacho era listo y de genio vivo, le utilizópara recadista en el coche de Francia, y cuando aprendió a guiar, derecadista le ascendieron a cochero interino y al cabo de un año lepasaron a cochero en propiedad.

Martín, a los diez y seis años, ganaba su vida y estaba en sus glorias.Se jactaba de ser un poco bárbaro y vestía un tanto majo, con laelegancia garbosa de los antiguos postillones. Llevaba chalecos decolor, y en la cadena del reloj colgantes de plata. Le gustaba lucirselos domingos en el pueblo; pero no le gustaba menos los días de labormarchar en el pescante por la carretera restallando el látigo, entrar enlas ventas del camino, contar y oir historias y llevar encargos.

La señora de Ohando y Catalina se los hacían con mucha frecuencia, y lerecomendaban que les trajese de Francia telas, puntillas y algunas vecesalhajas.

—¿Qué tal, Martín?—le decía Catalina en vascuence.

—Bien—contestaba él rudamente, haciéndose más el hombre—. ¿Y envuestra casa?

—Todos buenos. Cuando vayas a Francia, tienes que comprarme unapuntilla como la otra. ¿Sabes?

—Sí, sí, ya te compraré.

—¿Ya sabes francés?

—Ahora empiezo a hablar.

Martín se estaba haciendo un hombretón, alto, fuerte, decidido. Abusabaun poco de su fuerza y de su valor, pero nunca atacaba a los débiles. Sedistinguía también como jugador de pelota y era uno de los primeros enel trinquete.

Un invierno hizo Martín una hazaña, de la que se habló en el pueblo. Lacarretera estaba intransitable por la nieve y no pasaba el coche.Zalacaín fué a Francia y volvió a pie, por la parte de Navarra, con unvecino de Larrau. Pasaron los dos por el bosque de Iraty y lesacometieron unos cuantos jabalíes.

Ninguno de los hombres llevaba armas, pero a garrotazos mataron tres deaquellos furiosos animales, Zalacaín dos y el de Larrau otro.

Cuando Martín volvió triunfante, muerto de fatiga y con sus dosjabalíes, el pueblo entero le consideró como un héroe.

Tellagorri también fué muy felicitado por tener un sobrino de tantovalor y audacia. El viejo, muy contento, aunque haciéndose elindiferente, decía:

Este sobrino mío va a dar mucho que hablar. De casta le viene al galgo.

Porque yo no sé si vosotros habréis oído hablar de López de Zalacaín.

¿No? Pues preguntadle a ese viejo Soraberri, ya veréis lo que os cuenta…

—¿Y qué tiene que ver ese López con tu sobrino?—le replicaban.

—Pues que es antepasado de Martín. No comprendéis nada.

Tellagorri pagó caro el triunfo obtenido por su sobrino en la caza delos jabalíes, porque de tanto beber se puso enfermo.

La Ignacia y Martín, por consejo del médico, obligaron al viejo a quesuprimiese toda bebida, fuese vino o licor; pero Tellagorri, con talprocedimiento de abstinencia, languidecía y se iba poniendo triste.

—Sin vino y sin

patharra

soy un hombre muerto—decía Tellagorri—; y,viendo que el médico no se convencía de esta verdad, hizo que llamaran aotro más joven.

Éste le dió la razón al borracho, y no sólo le recomendó que bebieratodos los días un poco de aguardiente, sino que le recetó una medicinahecha con ron. La Ignacia tuvo que guardar la botella del medicamento,para que el enfermo no se la bebiera de un trago. A medida que entrabael alcohol en el cuerpo de Tellagorri, el viejo se erguía y se animaba.

A la semana de tratamiento se encontraba tan bien, que comenzó alevantarse y a ir a la posada de Arcale, pero se creyó en el caso dehacer locuras, a pesar de sus años, y anduvo de noche entre la nieve ycogió una pleuresía.

—De esta no sale usted—le dijo el médico incomodado, al ver que habíafaltado a sus prescripciones.

Tellagorri lo comprendió así y se puso serio, hizo una confesiónrápida, arregló sus cosas y, llamando a Martín, le dijo en vascuence:

—Martín, hijo mío, yo me voy. No llores. Por mí lo mismo me da. Eresfuerte y valiente y eres buen chico. No abandones a tu hermana, tencuidado con ella. Por ahora, lo mejor que puedes hacer es llevarla acasa de Ohando. Es un poco coqueta; pero Catalina la tomará. No leolvides tampoco a Marquesch

; es viejo, pero ha cumplido.

—No, no le olvidaré—dijo Martín sollozando.

—Ahora—prosiguió Tellagorri—te voy a decir una cosa y es que antes depoco habrá guerra. Tú eres valiente, Martín, tú no tendrás miedo de lasbalas. Vete a la guerra, pero no vayas de soldado. Ni con los blancos,ni con los negros. ¡Al comercio, Martín! ¡Al comercio! Venderás a losliberales y a los carlistas, harás tu pacotilla y te casarás con lachica de Ohando. Si tenéis un chico, llamadle como yo, Miguel, o JoséMiguel.

—Bueno—dijo Martín, sin fijarse en lo extravagante de larecomendación.

—Dile a Arcale—siguió diciendo el viejo—dónde tengo el tabaco y lassetas. Ahora acércate más. Cuando yo me muera, registra mi jergón yencontrarás en esta punta de la izquierda un calcetín con unas monedasde oro. Ya te he dicho, no quiero que las emplees en tierras, sino engéneros de comercio.

—Así lo haré.

—Creo que te lo he dicho todo. Ahora dame la mano. Firmes, ¿eh?

—Firmes.

El pobre Tellagorri se olvido de decir

Pirmes

, como hubiera dichoestando sano.

—A esa sosa de la Ignacia—añadió poco después el viejo—le puedes darlo que te parezca cuando se case.

A todo dijo Martín que sí. Luego acompañó al viejo, contestando a suspreguntas, algunas muy extrañas, y por la madrugada dejó de vivir Miguelde Tellagorri, hombre de mala fama y de buen corazón.

CAPÍTULO VIII

CÓMO AUMENTÓ EL ODIO ENTRE MARTÍN ZALACAÍN Y CARLOS OHANDO

Cuando murió Tellagorri, Catalina de Ohando, ya una señorita, habló a sumadre para que recogiera a la Ignacia, la hermana de Martín. Era ésta,según se decía, un poco coqueta y estaba acostumbrada a los piropos dela gente de casa de Arcale.

La suposición de que la muchacha, siguiendo en la taberna, pudieseecharse a perder, influyó en la señora de Ohando para llevarla a su casade doncella. Pensaba sermonearla hasta quitarla todos los malos resabiosy dirigirla por la senda de la más estrecha virtud.

Con el motivo de ver a su hermana, Martín fué varias veces a casa deOhando y habló con Catalina y doña Águeda. Catalina seguía hablándole detú y doña Águeda manifestaba por él afecto y simpatía, expresados en unsin fin de advertencias y de consejos.

El verano se presentó Carlos Ohando, que venía de vacaciones del colegiode Oñate.

Pronto notó Martín que, con la ausencia, el odio que le profesaba Carlosmás había aumentado que disminuído. Al comprobar este sentimiento dehostilidad, dejó de presentarse en casa de Ohando.

—No vas ahora a vernos—le dijo alguna vez que le encontró en la calle, Catalina.

—No voy, porque tu hermano me odia—contestó claramente Martín.

—No, no lo creas.

—¡Bah! Yo sé lo que me digo.

El odio existía. Se manifestó primeramente en el juego de pelota.

Tenía Martín un rival en un chico navarro, de la Ribera del Ebro, hijode un carabinero.

A este rival le llamaban

el Cacho

, porque era zurdo.

Carlos de Ohando y algunos condiscípulos suyos, carlistas que se lasechaban de aristócratas, comenzaron a proteger al

Cacho

y a excitarloy a lanzarlo contra Martín.

El Cacho

tenía un juego furioso de hombre pequeño é iracundo; el juegode Martín, tranquilo y reposado, era del que está seguro de sí mismo.

El Cacho

, si comenzaba a ganar, se exaltaba, llevaba el partido alvuelo; en cambio, desanimado, no tiraba una pelota que no fuese falta.

Eran dos tipos, Zalacaín y

el Cacho

, completamente distintos; el uno,la serenidad y la inteligencia del montañés, el otro, el furor y el bríodel ribereño.

Semejante rivalidad, explotada por Ohando y los señoritos de su cuerda,terminó en un partido que propusieron los amigos del

Cacho

. El desafíose concertó así;

el Cacho

é Isquiña, un jugador viejo de Urbia, contraZalacaín y el compañero que éste quisiera tomar. El partido sería acesta y a diez juegos.

Martín eligió como zaguero a un muchacho vasco francés que estaba deoficial en la panadería de Archipi y que se llamaba Bautista Urbide.

Bautista era delgado, pero fuerte, sereno y muy dueño de sí mismo.

Se apostó mucho dinero por ambas partes. Casi todo el elemento popular yliberal estaba por Zalacaín y Urbide; los señoritos, el sacristán y lagente carlista de los caseríos por el Cacho

.

El partido constituyó un acontecimiento en Urbia; el pueblo entero ymucha gente de los alrededores se dirigió al juego de pelota apresenciar el espectáculo.

La lucha principal iba a ser entre los dos delanteros, entre Zalacaín y el Cacho. El Cacho

ponía de su parte su nerviosidad, su furia, suviolencia en echar la pelota baja y arrinconada; Zalacaín se fiaba en suserenidad, en su buena vista y en la fuerza de su brazo, que lepermitía coger la pelota y lanzarla a lo lejos.

La montaña iba a pelear contra la llanura.

Comenzó el partido en medio de una gran expectación; los primeros juegosfueron llevados a la carrera por

el Cacho

, que tiraba las pelotas comobalas unas líneas solamente por encima de la raya, de tal modo que eraimposible recogerlas.

A cada jugada maestra del navarro, los señoritos y los carlistasaplaudían entusiasmados; Zalacaín sonreía, y Bautista le miraba concierto mal disimulado pánico.

Iban cuatro juegos por nada, y ya parecía el triunfo del navarro casiseguro cuando la suerte cambió y comenzaron a ganar Zalacaín y sucompañero.

Al principio,

el Cacho

se defendía bien y remataba el juego con golpesfuriosos, pero luego, como si hubiese perdido el tono, comenzó a hacerfaltas con una frecuencia lamentable y el partido se igualó.

Desde entonces se vió que

el Cacho

é Isquiña perdían el juego. Estabandesmoralizados.

El Cacho

se tiraba contra la pelota con ira, hacía unafalta y se indignaba; pegaba con la cesta en la tierra enfurecido yechaba la culpa de todo a su zaguero.

Zalacaín y el vasco francés, dueños de la situación, guardaban unaserenidad completa, corrían elásticamente y reían.

—Ahí, Bautista—decía Zalacaín—. ¡Bien!

—Corre, Martín—gritaba Bautista—. ¡Eso es!

El juego terminó con el triunfo completo de Zalacaín y de Urbide.

¡Viva gutarrac

. (¡Vivan los nuestros!)—gritaron los de la

calle

de Urbia aplaudiendo torpemente.

Catalina sonrió a Martín y le felicitó varias veces.

—¡Muy bien! ¡Muy bien!

—Hemos hecho lo que hemos podido—contestó él sonriente.

Carlos Ohando se acerco a Martín, y le dijo con mal ceño:

El Cacho

te juega mano a mano.

—Estoy cansado—contestó Zalacaín.

—¿No quieres jugar?

—No. Juega tú si quieres.

Carlos, que había comprobado una vez mas la simpatía de su hermana por Martín, sintió avivarse su odio.

Había venido aquella vez Carlos Ohando de Oñate más sombrío, másfanático y más violento que nunca.

Martín sabía el odio del hermano de Catalina y, cuando lo encontraba porcasualidad, huía de él, lo cual a Carlos le producía más ira y másfuror.

Martín estaba preocupado, buscando la manera de seguir los consejos deTellagorri y de dedicarse al comercio; había dejado su oficio decochero y entrado con Arcale en algunos negocios de contrabando.

Un día, una vieja criada de casa de Ohando, chismosa y murmuradora, fuéa buscarle y le contó que la Ignacia, su hermana, coqueteaba con Carlos,el señorito de Ohando.

Si doña Águeda lo notaba iba a despedir a la Ignacia, con lo cual elescándalo dejaría a la muchacha en una mala situación.

Martín, al saberlo, sintió deseos de presentarse a Carlos y deinsultarle y desafiarle. Luego, pensando que lo esencial era evitar lasmurmuraciones, ideó varias cosas, hasta que al último le pareció lomejor ir a ver a su amigo Bautista Urbide.

Había visto al vasco francés muchas veces bailando con la Ignacia ycreía que tenía alguna inclinación por ella.

El mismo día que le dieron la noticia se presentó en la tahona deArchipi en donde Urbide trabajaba. Lo encontró al vasco francés desnudode medio cuerpo arriba en la boca del horno.

—Oye, Bautista—le dijo.

—¿Qué pasa?

—Te tengo que hablar.

—Te escucho—dijo el francés mientras maniobraba con la pala.

—¿A ti te gusta la

Iñasi

, mi hermana?

—¡Hombre!… sí. ¡Qué pregunta!—exclamó Bautista—.¿Para eso vienes averme?

—¿Te casarías con ella?

—Si tuviera dinero para establecerme ya lo creo.

—¿Cuánto necesitarías?

—Unos ochenta o cien duros.

—Yo te los doy.

—¿Y por qué es esa prisa? ¿Le pasa algo a la Ignacia?

—No, pero he sabido que Carlos Ohando la está haciendo el amor. ¡Y comola tiene en su casa!…

—Nada, nada. Hablale tú y, si ella quiere, ya está. Nos casamos enseguida.

Se despidieron Bautista y Martín, y éste, al día siguiente, llamó a suhermana y le reprochó su coquetería y su estupidez. La Ignacia negó losrumores que habían llegado hasta su hermano, pero al último confesó queCarlos la pretendía, pero con buen fin.

—¡Con buen fin!—exclamó Zalacaín—. Pero tú eres idiota, criatura.

—¿Por qué?

—Porque te quiere engañar, nada mas.

—Me ha dicho que se casará conmigo.

—¿Y tú le has creído?

—¡Yo! Le he dicho que espere y que te preguntaré a ti, pero él me hacontestado que no quiere que te diga a ti nada.

—Claro. Porque yo echaría abajo sus planes. Te quiere engañar, yquiere deshonrarnos, y que el pueblo entero nos desprecie porque me odiaa mí. Yo no te digo más que una cosa, que si pasa algo entre esesacristán y tú, te despellejo a ti y a él, y le pego fuego a la casa,aunque me lleven a presidio para toda la vida.

La Ignacia se echó a llorar, pero cuando Martín le dijo que Bautista sequería casar con ella y que tenía dinero, se secaron pronto suslágrimas.

—¿Bautista quiere casarse?—preguntó la Ignacia asombrada.

—Sí.

—¡Pero si no tiene dinero!

—Pues ahora lo ha encontrado.

La idea del casamiento con Bautista no soló consoló a la muchacha, sinoque pareció ofrecerle un halagador porvenir.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Salir de la casa?—preguntó la Ignacia,secándose las lágrimas y sonriendo.

—No, por de pronto sigue ahí, es lo mejor, y dentro de unos días Bautista irá a ver a doña Águeda y a decirla que se casa contigo.

Se hizo lo acordado por los dos hermanos. En los días siguientes, CarlosOhando vió que su conquista no seguía adelante, y el domingo, en laplaza, pudo comprobar que la Ignacia se inclinaba definitivamente dellado de Bautista. Bailaron la muchacha y el panadero toda la tarde congran entusiasmo.

Carlos esperó a que la Ignacia se encontrara sola y la insultó y la echóen cara su coquetería y su falsedad.

La muchacha, que no tenía graninclinación por Carlos, al verle tan violento cobró por él desvío ymiedo.

Poco después, Bautista Urbide se presentó en casa de Ohando, habló adoña Águeda, se celebró la boda, y Bautista y la Ignacia fueron a vivira Zaro, un pueblecillo del país vasco francés.

CAPÍTULO IX

CÓMO INTENTÓ VENGARSE CARLOS DE MARTÍN ZALACAÍN

Carlos Ohando enfermó de cólera y de rabia. Su naturaleza, violenta yorgullosa, no podía soportar la humillación de ser vencido; sólo elpensarlo le mortificaba y le corroía el alma.

Al intentar seducir Carlos a la Ignacia, casi podía más en él su odiocontra Martín que su inclinación por la chica. Deshonrarle a ella yhacerle a él la vida triste, era lo que le encantaba. En el fondo, elaplomo de Zalacaín, su contento por vivir, su facilidad paradesenvolverse, ofendían a este hombre sombrío y fanático.

Además, en Carlos la idea de orden, de categoría, de subordinación, eraesencial, fundamental, y Martín intentaba marchar por la vida sincuidarse gran cosa de las clasificaciones y de las categorías sociales.

Esta audacia ofendía profundamente a Carlos y hubiese queridohumillarle para siempre, hacerle reconocer su inferioridad. Por otraparte, el fracaso de su tentativa de seducción le hizo más malhumorado ysombrío.

Una noche, aún no convaleciente de su enfermedad, producida por eldespecho y la cólera, se levantó de la cama, en donde no podía dormir, ybajó al comedor.

Abrió una ventana y se asomó a ella. El cielo estaba sereno y puro. Laluna blanqueaba las copas de los manzanos, cubiertos por la nieve de susmenudas flores. Los melocotoneros extendían a lo largo de las paredessus ramas, abiertas en abanico, llenas de capullos. Carlos respiraba elaire tibio de la noche, cuando oyó un cuchicheo y prestó atención.

Estaba hablando su hermana Catalina, desde la ventana de su cuarto, conalguien que se encontraba en la huerta. Cuando Carlos comprendió que eracon Martín con quien hablaba, sintió un dolor agudísimo y una impresiónsofocante de ira.

Siempre se había de encontrar enfrente de Martín. Parecía que el destinode los dos era estorbarse y chocar el uno contra el otro.

Martín contaba bromeando a Catalina la boda de Bautista y de la Ignacia,en Zaro, el banquete celebrado en casa del padre del vasco francés, eldiscurso del alcalde del pueblecillo…

Carlos desfallecía de cólera. Martín le había impedido conquistar a laIgnacia y deshonraba, además, a los Ohandos siendo el novio de suhermana, hablando con ella de noche. Sobre todo, lo que más hería aCarlos, aunque no lo quisiera reconocer, lo que más le mortificaba en elfondo de su alma era la superioridad de Martín, que iba y venía sinreconocer categorías, aspirando a todo y conquistándolo todo.

Aquel granuja de la calle era capaz de subir, de prosperar, de hacerserico, de casarse con su hermana y de considerar todo esto lógico,natural… Era una desesperación.

Carlos hubiera gozado conquistando a la Ignacia, abandonándola luego,paseándose desdeñosamente por delante de Martín; y Martín le ganaba lapartida sacando a la Ignacia de su alcance y enamorando a su hermana.

¡Un vagabundo, un ladrón, se la había jugado a él, a un hidalgo ricoheredero de una casa solariega! Y lo que era peor, ¡esto no sería másque el principio, el comienzo de su carrera espléndida!

Carlos, mortificado por sus pensamientos, no prestó atención a lo quehablaban; luego oyó un beso, y poco después las ramas de un árbol que semovían.

Tras de esto, se vió bajar un hombre por el tronco de un árbol, se vióque cruzaba la huerta, montaba sobre la tapia y desaparecía.

Se cerró la ventana del cuarto de Catalina, y en el mismo momentoCarlos se llevó la mano a la frente y pensó con rabia en la magníficaocasión perdida. ¡Qué soberbio instante para concluir con aquel hombreque le estorbaba!

¡Un tiro a boca de jarro! Y ya aquella mala hierba no crecería más, noambicionaría más, no intentaría salir de su clase. Si lo mataba, todo elmundo consideraría el suyo un caso de legítima defensa contra unsalteador, contra un ladrón.

Al día siguiente, Carlos buscó una escopeta de dos cañones de su padre,la encontró, la limpió a escondidas y la cargó con perdigones loberos.Estuvo vacilando en poner cartuchos con bala, pero como era difícilhacer puntería de noche, optó por los perdigones gruesos.

Ni en aquella noche, ni en la siguiente, se presentó Martín, pero cuatrodías después Carlos lo sintió en la huerta. Todavía no había salido laluna y esto salvó al salteador enamorado. Carlos impaciente, al oir elruido de las hojas, apuntó y disparó.

Al fogonazo, vió a Martín en el tronco del árbol y volvió a disparar.

Se oyó un chillido agudo de mujer y el golpe de un cuerpo en el suelo.La madre de Carlos y las criadas, alarmadas salieron de sus cuartosgritando, preguntando lo que era. Catalina, pálida como una muerta, nopodía hablar de emoción.

Doña Águeda, Carlos y las criadas salieron al jardín. Debajo del árbol,en la tierra y sobre la hierba húmeda, se veían algunas gotas de sangre,pero Martín había huído.

—No tenga usted cuidado, señorita—le dijo a Catalina una de lascriadas—. Martín ha podido escapar.

La señora de Ohando, que se enteró de lo ocurrido por su hijo, llamó ensu auxilio al cura don Félix para que le aconsejara.

Se intentó hacer comprender a Catalina el absurdo de su propósito, perola muchacha era tenaz y estaba dispuesta a no ceder.

—Martín ha venido a darme noticias de la Ignacia, y como saben que nole quieren en la casa, por eso ha saltado la tapia.

Cuando Carlos supo que Martín estaba solamente herido en un brazo y quese paseaba vendado por el pueblo siendo el héroe, se sintió furioso,pero por si acaso, no se atrevió a salir a la calle.

Con el atentado, la hostilidad entre Carlos y Catalina, ya existente, seacentuó de tal manera, que doña Águeda, para evitar agrias disputas,envió de nuevo a Carlos a Oñate y ella se dedicó a vigilar a su hija.