Zadig by 1694-1778 Voltaire - HTML preview

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La hoguera.

Embelesado Setoc hizo de sti esclavo su mas íntimo amigo, y no podiavivir sin él, como habia sucedido al rey de Babilonia: fué la fortunade Zadig que Setoc no era casado. Descubrió este en su amo excelenteíndole, mucha rectitud y una sana razon, y sentia ver que adorase elexército celestial, quiero decir el sol, la luna y las estrellas, comoera costumbre antigua en la Arabia; y le hablaba á veces de esteculto, aunque con mucha reserva. Un dia por fin le dixo que eran unoscuerpos como los demas, y no mas acreedores á su veneracion que unárbol ó un peñasco. Sí tal, replicó Setoc, que son seres eternos quenos hacen mil bienes, animan la naturaleza, arreglan las estaciones;aparte de que distan tanto de nosotros que no es posible ménos dereverenciarlos. Mas provecho sacais, respondió Zadig, de las ondas delmar Roxo, que conduce vuestros géneros á la India: ¿y por qué no ha deser tan antiguo como las estrellas? Si adorais lo que dista de vos,tambien habeis de adorar la tierra de los Gangaridas, que está al cabodel mundo. No, decia Setoc; mas el brillo de las estrellas es tanto,que es menester adorarlas. Aquella noche encendió Zadig muchas hachasen la tienda donde cenaba con Setoc; y luego que se presentó su amo,se hincó de rodillas ante los cirios que ardian, diciéndoles: Eternasy brillantes lumbreras, sedme propicias. Pronunciadas estas palabras,se sentó á la mesa sin mirar á Setoc. ¿Qué haceis? le dixo esteadmirado. Lo que vos, respondió Zadig; adoro esas luces, y no hagocaso de su amo y mio. Setoc entendió lo profundo del apólogo, albergóen su alma la sabiduria de su esclavo, dexó de tributar homenage á lascriaturas, y adoró el Ser eterno que las ha formado.

Reynaba entónces en la Arabia un horroroso estilo, cuyo orígen veniade la Escitia, y establecido luego en las Indias á influxo de losbracmanes, amenazaba todo el Oriente. Quando moria un casado, y queriaser santa su cara esposa, se quemaba públicamente sobre el cadáver desu marido, en una solemne fiesta, que llamaban la hoguera de laviudez; y la tribu mas estimada era aquella en que mas mugeres sequemaban.

Murió un árabe de la tribu de Setoc, y la viuda, por nombreAlmona, persona muy devota, anunció el dia y la hora que se habia dotirar al fuego, al son da atambores y trompetas. Representó Zadig áSetoc quan opuesto era tan horrible estilo al bien del humano linage;que cada dia dexaban quemar á viudas mozas que podian dar hijos alestado, ó criar á lo ménos los que tenian; y convino Setoc en que erapreciso hacer quanto para abolir tan inhumano estilo fuese posible.Pero añadió luego: Mas de mil años ha que estan las mugeres enposesion de quemarse vivas. ¿Quién se ha de atrever á mudar una lejconsagrada pur el tiempo? ¿ni qué cosa hay mas respetable que un abusoantiguo? Mas antigua es todavía la razon, replicó Zadig; hablad voscon los caudillos de las tribus, miéntras yo voy á verme con la viudamoza.

Presentóse á ella; y despues de hacerse buen lugar encareciendo suhermosura, y de haberle dicho quan lastimosa cosa era que tantasperfecciones fuesen pasto de las llamas, tambien exâltó su constanciay su esfuerzo. ¿Tanto queríais á vuestro marido? le dixo. ¿Quererle?no por cierto, respondió la dama árabe: si era un zafio, un zeloso,hombre inaguantable; pero tongo hecho propósito firme de tirarme á suhoguera. Sin duda, dixo Zadig, que debe ser un gusto exquisito esto dequemarse viva. Ha, la naturaleza se estremece, dixo la dama, pero notiene remedio. Soy devota, y perderia la reputacion que por tal hegrangeado, y todos se reirian de mí si no me quemara. Habiéndola hechoconfesar Zadig que se quemaba por el que dirán y por mera vanidad,conversó largo rato con ella, de modo que le inspiró algun apego á lavida, y cierta buena voluntad á quien con ella razonaba, ¿Quéhiciérais, le dixo en fin, si no estuviérais poseida de la vanidad dequemaros? Ha, dixo la dama, creo que os brindaria con mi mano. LlenoZadig de la idea de Astarte, no respondió á esta declaracion, pero fuéal punto á ver á los caudillos de las tribus, y les contó lo sucedido,aconsejándoles que promulgaran una ley por la qual no seria permitidoá ninguna viuda quemarse ántes de haber hablado á solas con un mancebopor espacio de una hora entera; y desde entónces ninguna dama se quemóen toda Arabia, debiéndose así á Zadig la obligacion de ver abolido ensolo ua dia estilo tan cruel, que reynaba tantos siglos habia: pordonde merece ser nombrado el bienhechor de la Arabia.

CAPITULO XII.

La cena.

No pudiendo Setoc apartarse de este hombre en quien residia lasabiduría, le llevó consigoá la gran feria de Basora, donde sejuntaban los principales traficantes del globo habitable. Zadig sealegró mucho viendo en un mismo sitio juntos tantos hombres de tanvarios paises, y le pareció que era el universo una vasta familia quese hallaba reunida en Basora. Comió el segundo dia á la misma mesa conun Egipcio, un Indio gangarida, un morador del Catay, un Griego, unCelta, y otra muchedumbre de extrangeros, que en sus viages freqüentesal seno Arábigo habian aprendido el suficiente árabe para darse áentender. El Egipcío no cabia en sí de enojo. ¡Qué abominable pais esBasora! mil onzas de oro no me han querido dar sobre la alhaja maspreciosa del mundo. ¿Cómo así? dixo Setoc; ¿sobre qué alhaja? Sobre elcuerpo de mi tia, respondió el Egipcio, la mas honrada muger deEgipto, que siempre me acompañaba, y se ha muerto en el camino; hehecho de ella una de las mas hermosas mómias que pueden verse, y en mitierra encontraria todo quanto dinero pidiese sobre esta prenda. Buenacosa es que no me quieran dar siquiera mil onzas de oro, empeñando unefecto de tanto precio. Lleno de furor todavía iba á comerse lapechuga de un excelente pollo guisado, quando cogiéndole el Indio dela mano, le dixo en tono compungido: Ha ¿qué vais á hacer? A comer deese pollo, le respondió el hombre de la mómia. No hagáis tal, replicóel Gangarida, que pudiera ser que hubiese pasado el alma de la difuntaal cuerpo de este pollo, y no os habeis de aventurar á comeros ávuestra tia. Guisar los pollos es un agravio manifiesto contra lanaturaleza. ¿Qué nos traeis aquí con vuestra naturaleza, y vuestrospollos? repuso el iracundo Egipcio: nosotros adoramos un buey, ycomemos vaca. ¡Un buey adorais! ¿es posible? dixo el hombre delGanges. ¿Y cómo si es posible? continuó el otro: ciento treinta ycinco mil años ha que así lo hacemos, y nadie entre nosotros lo llevaá mal. Ha, en eso de ciento treinta y cinco mil, dixo el Indio, hay supoco de ponderacion, porque no ha mas de ochenta mil que está pobladala India, y nosotros somos los mas antiguos; y Brama nos habiaprohibido que nos comiéramos á los bueyes, ántes que vosotros lospusiérais en los altares y en las parrillas. Valiente animal esvuestro Brama comparado con Apis, dixo el Egipcio; ¿qué cosas tanportentosas ha hecho ese Brama? El bracman le replicó: ha enseñado álos hombres á leer y escribir, y la tierra le debe el juego deaxedrez. Estais equivocado, dixo un Caldeo que á su lado estaba; elpez Oanes es el autor de tan señalados beneficios, y á él solo se ledebe de justicia tributar homenage. Todo el mundo sabe que era un serdivino, que tenia la cola de oro, y una cabeza humana muy hermosa, ysalia del mar para predicar en la tierra tres horas al dia.

Tuvomuchos hijos, que todos fuéron reyes, como es notorio. En mi casatengo su imágen, y la adoro como es debido. Lícito es comer vaca hastano querer mas, pero es accion impía sobre manera guisar pescado.Dexando esto aparte, ámbos sois de orígen muy bastarda y reciente, yno podeis disputar conmigo.

La nacion egipcia no pasa de cientotreinta y cinco mil años, y los Indios no se dan arriba de ochentamil, miéntras que conservamos nosotros calendarios de quatro milsiglos. Creedme, y dexaos de desatinos, y os daré á cada uno unaefigia muy hermosa de Oanes. Tomando entónces la palabra el hombre deCambalu, dixo: Mucho respeto á los Egipcios, á los Caldeos, á losGriegos, á los Celtas, á Brama, al buey Apis, y al hermoso pez Oanes;pero el Li ó el Tien, como le quieran llamar [P. D.: Voces chinas,que quieren decir Li, la luz natural, la razon; y Tien, el cielo; ytambien significan á Dios.], no valen ménos acaso que los bueyes y lospeces. No mentaré mi pais, que es tamaño como el Egipto, la Caldea ylas Indias juntas, ni disputare acerca de su antigüedad, porque lo queimporta es ser feliz, y sirve de poco ser antiguo; pero si se trata dealmanaques, diré que en toda el Asia corren los nuestros, y que losposeíamos aventajados, ántes que supieran los Caldeos la arismética.

Todos sois unos ignorantes, todos sin excepcion, exclamó el Griego.¿Pues qué, no sabeis que el padre de todo es el caos, y que el estadoen que vemos el mundo es obra de la forma y la materia? Habló el talGriego largo rato, hasta que le interrumpió el Celta, el qual habiabebido miéntras que altercaban los demas, y que creyéndose entóncesmas instruido que todos, dixo echando por vidas, que solo Teutates ylas agallas de roble merecian mentarse; que él llevaba siempre agallasen el bolsillo; que sus ascendientes los Escitas eran los únicossugetos honrados que habia habido en el universo, puesto que de verdadcomian á veces carne humana, pero que eso no quitaba que fuesen unanacion muy respetable; por fin, que si alguien decia mal de Teutates,él le enseñaria á no ser mal hablado. Encendióse entónces lacontienda, y vió Setoc la hora en que se iba á ensangrentar la mesa.Zadig, que no habia desplegado los labios durante la altercacion, selevantó, y dirigiéndose primero al Celta, que era el mas furioso, ledixo que tenia mucha razon, y le pidió agallas; alabó luego laeloqüencia del Griego, y calmó todos los ánimos irritados. Poco dixoal del Catay, que habia hablado con mas juicio que los demas; y alcabo se explicó así: Amigos mios, íbais á enojaros sin motivo, porquetodos sois del mismo dictámen. Todos se alborotáron al oir tal. ¿No esverdad, dixo al Celta, que no adoráis esta agalla, mas sí al que crióel roble y las agallas? Así es la verdad, respondió el Celta. Y

vos,Señor Egipcio, de presumir es que en un buey tributais homenage al queos ha dado los bueyes. Eso es, dixo el Egipcio. El pez Oanes,continuó, le debe ceder á aquel que formó la mar y los peces.

Estamosconformes, dixo el Caldeo. El Indio y el Catayés reconocen igualmenteque vosotros, añadió, un principio primitivo. No he entendido muy bienlas maravillosas lindezas que ha dicho el Griego, pero estoy cierto deque tambien admite un ser superior del qual depende la forma y lamateria. El Griego, que se vía celebrado, dixo que Zadig habiacomprendido perfectamente su idea. Con que todos estais conformes,repuso Zadig, y no hay motivo de contienda. Abrazóle todo el mundo; ySetoc, despues de haber vendido muy caros sus géneros, se volvió consu amigo Zadig á su tribu. Así que llegó, supo Zadig que se le habiaformado causa en su ausencia, y que le iban á quemar vivo.

CAPITULO XIII.

Las citas.

Miéntras este viage á Basora, concertáron los sacerdotes de lasestrellas el castigo de Zadig. Pertenecíanles por derecho divino laspiedras preciosas y demas joyas de las viudas mozas que morian en lahoguera; y lo ménos que podian hacer con Zadig era quemarle por elflaco servicio que les habia hecho. Acusáronle por tanto de quellevaba opiniones erróneas acerca del exército celestial, y declarároncon juramento solemne que le habian oido decir que las estrellas no seponian en la mar. Estremeciéronse los jueces de tan horrendablasfemia; poco faltó para que rasgaran sus vestiduras al oir palabrastan impías, y las hubieran rasgado sin duda, si hubiera tenido Zadigcon que pagarlas; mas se moderáron en la violencia de su dolor, y seciñéron á condenar al reo á ser quemado vivo. Desesperado Setoc usótodo su crédito para librar á su amigo, pero en breve le impusiéronsilencio. Almona, la viuda moza que habia cobrado mucha aficion á lavida, y se la debia á Zadig, se resolvió á sacarle de la hoguera, quecomo tan abusiva se la habia él presentado; y formando su plan en sucabeza, no dió parte de él á nadie. Al otro dia iba á ser ajusticiadoZadig: solamente aquella noche le quedaba para libertarle, y laaprovechó como muger caritativa y discreta.

Sahumóse, atildóse, aumentó el lucimiento de su hermosura con el masbizarro y pomposo trage, y pidió audiencia secreta al sumo sacerdotede las estrellas. Así que se halló en presencia de este venerableanciano, le habló de esta manera: Hijo primogénito de la Osa mayor,hermano del toro, primo del can celeste (que tales eran los dictadosde este pontífice), os vengo á fiar mis escrúpulos. Mucho temo habercometido un gravísimo pecado no quemándome en la hoguera de mi amadomarido. Y en efecto, ¿qué es lo que he conservado? una carneperecedera, y ya marchita. Al decir esto, sacó de unos luengos mitonesde seda unos brazos de maravillosa forma, y de la blancura del maspuro alabastro. Ya veis, dixo, quan poco vale todo esto. Al pontíficese le figuró que esto valia mucho: aseguráronlo sus ojos, y loconfirmó su lengua, haciendo mil juramentos de que no habia en toda suvida visto tan hermosos brazos. ¡Ay! dixo la viuda, acaso los brazosno son tan malos; pero confesad que el pecho no merece ser mirado.Diciendo esto, desabrochó el mas lindo seno que pudo formarnaturaleza; un capullo de rosa sobre una bola de marfil parecia juntoá él un poco de rubia que colora un palo de box, y la lana de losalbos corderos que salen de la alberca era amarilla á su lado. Estepecho, dos ojos negros rasgados que suaves y muelles de amoroso fuegobrillaban, las mexillas animadas en púrpura con la mas cándida lechemezclada, una nariz que no se semejaba á la torre del monte Libano,sus labios que así se parecian como dos hilos de coral que las masbellas perlas de la mar de Arabia ensartaban; todo este conjunto enfin persuadió al viejo á que se habia vuelto á sus veinte años.Tartamudo declaró su amor; y viéndole Almona inflamado, le pidió elperdon de Zadig. ¡Ay!

respondió él, hermosa dama, con toda mi ánima sele concediera, mas para nada valdria mi indulgencia, porque esmenester que firmen otros tres de mis colegas. Firmad vos una por una,dixo Almona, Con mucho gusto, respondió el sacerdote, con la condicionde que sean vuestros favores premio de mi condescendencia.

Mucho mehonrais, replicó Almona; pero tomaos el trabajo de venir á mi quartodespues de puesto el sol, quando raye sobre el horizonte la lucienteestrella de Scheat; en un sofá color de rosa me hallaréis, y haréiscon vuestra sierva lo que fuere de vuestro agrado. Salió sin tardanzacon la firma, dexando al viejo no ménos que enamorado desronfiándosede sus fuerzas; el qual lo restante del dia lo gastó en bañarse, ybebió un licor compuesto con canela de Ceylan y con preciosas especiasde Tidor y Tornate, aguardando con ansia que saliese la estrella deScheat.

En tanto la hermosa Almona fué á ver al segundo pontífice, que le dixoque comparados con sos ojos eran fuegos fatuos el sol, la luna, ytodos los astros del firmamento. Solicitó ella la misma gracia, y élle propuso el mismo premio. Dexóse vencer Almona, y citó al segundopontífice para quando nace la estrella Algenib.

Fué de allí á casa deltercero y quarto sacerdote, llevándose de cada uno su firma, ycitándolos de estrella á estrella. Avisó entónces á los jueces quevinieran á su casa para un asunto de la mayor gravedad. Fuéron enefecto, y ella les enseñó las quatro firmas, y les dió parte delprecio á que habian vendido los sacerdotes el perdon de Zadig. Llegócada uno á la hora señalada, y quedó pasmado de encontrarse con suscolegas, y todavía mas con los jueces que fuéron testigos de suignominia. Fué puesto en libertad Zadig, y Setoc tan prendado de lamaña de Almona, que la tomó por su muger propia.

CAPITULO XIV.

El bayle.

Tenia que ir Setoc para negocios de su tráfico á la isla de Serendib;pero el primer mes de casados, que, como ya llevamos dicho, es la lunade miel, no le dexó ni separarse de su muger, ni aun presumir quepodria separarse un dia de ella. Rogó por tanto á su amigo Zadig quehiciera por el este viage. ¡Ay! decia Zadig:

¿con que aun he de ponermas tierra entre la hermosa Astarte y yo? Pero es fuerza que sirva ámis bienhechores. Así dixo, lloró, y se partió.

A poco tiempo de haber aportado á la isla de Serendib, era tenido porhombre muy superior. Escogiéronle los negociantes por su árbitro, lossabios por su amigo, y el corto número de aquellos que piden consejopor su consejero. Quiso el rey verle y oirle, y conoció en brevequanto valia Zadig; se fió de su discrecion, y le hizo amigo suyo.Temblaba Zadig de la llaneza y la estimacion con que le trataba elrey, pensando de noche y de dia en las desventuras que le habiaacarreado la amistad de Moabdar. El rey me quiere, decia; ¿seré unhombre perdido? Con todo no se podia zafar de los halagos de sumagestad, porque debemos confesar que era uno de los mas cumplidospríncipes del Asia Nabuzan, rey de Serendib, hijo de Nuzanah, hijo deNabuzan, hijo de Sambusna; y era difícil que á quien le trataba, decerca no le prendase.

Sin cesar elogiaban, engañaban y robaban á este buen príncipe; y cadaqual metia la mano como á porfía en el erario. El principal ministrode hacienda de la isla de Serendib daba este precioso exemplo, y todoslos subalternos le imitaban con fervor. El rey, que lo sabia, habiamudado varias veces de ministro, pero nunca habia podido mudar elestilo admitido de dividir las rentas reales en dos partes desiguales;la mas pequeña para su magestad, y la mayor para sus administradores.

Fió el buen rey Nabuzan su cuita del sabio Zadig. Vos que tantas cosassabeis, le dixo, ¿no sabríais modo para que tope yo con un tesoreroque no me robe? Sí por cierto, respondió Zadig; un modo infalible séde buscaros uno que tenga las manos limpias. Contentísimo el rey lepreguntó, dándole un abrazo, como haria.

No hay mas, replicó Zadig,que hacer baylar á quantos pretenden la dignidad de tesorero; y el quecon mas ligereza baylare, será infaliblemente el mas hombre de bien.Os estais burlando, dixo el rey: ¡donoso modo por cierto de elegir unministro de hacienda! ¿Con que el que mas listo fuere para darcabriolas en el ayre ha de ser el mas integro y mas hábiladministrador? No digo yo que haya de ser el mas hábil, replicó Zadig,pero lo que sí aseguro es que indubitablemente ha de ser el mashonrado. Tanta era la confianza con que lo decia Zadig, que sepersuadió el rey á que poseía algun secreto sobrenatural para conocerá los administradores. Yo no gusto de cosas sobrenaturales, dixoZadig, ni he podido nunca llevar en paciencia ni los hombres que hacenmilagros, ni los libros que los mentan: y si quiere vuestra magestadpermitir que haga la prueba, quedará convencido de que mi secreto estan fácil como sencillo. Mas se pasmó Nabuzan, rey de Serendib, al oirque era sencillo el secreto, que si le hubiera dicho que eramilagroso. Está bien, le dixo, haced lo que os parezca. Dexadlo estar,que ganaréis con esta prueba mas de lo que pensais. Aquel mismo diamandó pregonar en nombre del rey, que todos quantos aspiraban alempleo de principal ministro de las rentas de su sacra magestadNabuzan, hijo de Nuzanab, viniesen con vestidos ligeros de seda á laantecámara del rey, el primer dia de la luna del crocodílo. Acudiéronen número de sesenta y quatro. Estaban los músicos en una salainmediata, y dispuesto todo para un bayle; pero estaba cerrada lapuerta de la sala, y para entrar en ella habia que atravesar unagalería bastante obscura. Vino un uxier á conducir uno tras de otro ácada candidato por este pasadizo, donde le dexaba solo algunosminutos. El rey que estaba avisado, habia hecho poner todos sustesoros en la galería. Quando llegáron los pretendientes á la sala,mandó su magestad que baylaran, y nunca se habian visto baylarines mastopos ni con ménos desenvoltura; todos andaban la cabeza baxa, lasespaldas corvas, y las manos pegadas al cuerpo. ¡Qué bribones! deciaen voz baxa Zadig. Uno solo hacia con agilidad las mudanzas, levantadala cabeza, sereno el mirar, derecho el cuerpo, y firmes las rodillas.¡Qué hombre tan de bien, qué honrado sugeto! dixo Zadig. Dió el rey unabrazo á este buen baylarin, y le nombró su tesorero: todos los demasfuéron justamente castigados y multados, porque miéntras que habianestado en la galería, habia llenado cada uno sus bolsillos, y apénaspodia dar paso. Compadecióse el rey de la humana naturaleza,contemplando que de sesenta y quatro baylarines los sesenta y treseran ladrones rateros, y se dió á la galería obscura el título decorredor de la tentacion. En Persia hubieran empalado á los sesenta ytres magnates; en otros paises, hubieran nombrado un juzgado, quehubiera consumido en costas el triplo del dinero robado, y no hubierapuesto un maravedí en las arcas reales; en otros, se hubieranjustificado plenamente, y hubiera caido de la gracia el ágil baylirin:en Serendib fuéron condenados á aumentar el fisco, porque era Nabuzanmuy elemente.

No era ménos agradecido, y dió á Zadig una suma mas quantiosa quenunra habia robado tesorero ninguno al rey su amo. Valióse de estedinero Zadig para enviar á Babilonia expresos que le informaran de lasuerte de Astarte. Al dar esta órden le tembló la voz, se le agolpó lasangre hácia el corazon, se cubriéron de un tenebroso velo sus ojos, yse paró á punto de muerte. Partióse el correo, vióle embarcar Zadig, yse volvió á palacio, donde sin ver á nadie, y creyendo que estaba ensu aposento, pronunció el nombre de amor. Si, el amor, dixo el rey; deeso justamente se trata, y habeis adivinado la causa de mi pena. ¡Quégrande hombre sois! Espero que me enseñeis á conocer una muger firme,como me habeis hecho hallar un tesorero desinteresado. Volviendo en síZadig le prometió servirle en su amor como habia hecho en realhacienda, aunque parecia la empresa mas ardua todavía.

CAPITULO XV.

Los ojos azules.

Mi cuerpo y mi corazon, dixo el rey á Zadig… Oyendo estas palabrasno pudo ménos el Babilonio de interrumpir á su magestad, y de decirle:¡Ouanto celebro que no hayáis dicho mi alma y mi corazon, porque nooimos mas voces que estas en las conversaciones de Babilonia, nileemos libros que no traten del corazon y el alma, escritos porautores que ni uno ni otra tienen; pero perdonadme, Señor, yproseguid. Nabuzan continuó: Mi cuerpo y mi corazon son propensos alamor; á la primera de estas dos potencias le sobran satisfacciones,que tengo cien mugeres á mi disposicion, hermosas todas,complacientes, obsequiosas, y voluptuosas, ó fingiendo que lo sonconmigo. No es empero mi corazon tan afortunado, porque tengo sobradaexperiencia de que el halagado es el rey de Serendib, y que hacenpoquisimo aprecio de Nabuzan.

No por eso digo que sean infieles mismugeres, puesto que quisiera encontrar una que me quisiera por mípropio, y diera por ella las cien beldades que poseo. Decidme si enmis cien sultanas hay una que de veras me quiera.

Respondióle Zadig lo mismo que acerca del ministro de hacienda. Señor,dexadlo á mi cargo; pero permitidme primero que disponga de todas lasriquezas que se expusiéron en la galería de la tentacion, y no dudeisde que os daré buena cuenta de ellas, y no perderéis un ardite. Dióleel rey amplías facultades, y escogió Zadig treinta y tres jorobados delos mas feos de Serendib, treinta y tres pages de los mas lindos, ytreinta y tres de los mas eloqüentes y forzudos bonzos. Dexóles átodos facultad de introducirse en los retretes de las sultanas; dió ácada jorobado quatro mil monedas de oro que regalar, y el primer diafuéron todos felices. Los pages que no tenian otra dádiva que hacerque la de su persona, tardáron dos ó tres dias en conseguir lo quesolicitaban; y tuviéron mas dificultad en salir non la suya losbonzos; pero al cabo se les rindiéron treinta y tres devotas.Presenció el rey todas estas pruebas por unas celosías que daban enlos aposentos de las sultanas, y se quedó atónito, que de sus cienmugeres las noventa y nueve se rindiéron á su presencia. Quedaba unamuy jóven y muy novicia, á la qual nunca habia tocado su magestad:arrimáronse á ella uno, dos y tres jorobados, ofrecréndole hastaveinte mil monedas; pero se mantuvo incorruptible, riéndose de la ideade los jorobados que creían que su dinero los hacia mas bonitos.Presentáronse los dos mas lindos pages, y les dixo que le parecia elrey mas lindo. Acometióla luego el bonzo mas eloqüente, y despues elmas intrépido: al primero le trató de parlanchin, y no pudo entenderqual fuese el mérito del segundo. Todo se cifra en el corazon, dixo:yo no he de ceder ni al oro de un jorobado, ni á la hermosura de unpage, ni á las artes de un bonzo; ni he de querer á nadie mas que áNabuzan; hijo de Nuzanab, esperando á que él me corresponda. Quedó elrey embargado en júbilo, cariño y admiracion. Volvió á tomar todo eldinero con que habian comprado los jorobados su buena ventura, y se leregaló á la hermosa Falida, que así se llamaba esta beldad. Dióle conél su corazon, que merecia de sobra, porque nunca se vió juventud masbrillante y mas florida que la suya, nunca hermosura que mas digna deprendar fuese. Verdad es que no calla la historia que hacia mal unacortesía; pero confiesa que baylaba como las hadas, cantaba como lassirenas, y hablaba como las Gracias, y estaba colmada de habilidades yvirtud.

Adorábala el amado Nabuzan; pero tenia Falida ojos azules, lo qualcausó las mas funestas desgracias.

Estaba prohibido por una antigualey de Serendib, que se enamoraran de una de las mugeres que llamáronluego los Griegos BOOPES; y hacia mas de cinco mil años que habiapromulgado esta ley el sumo bonzo, por apropiarse para sí la dama delprimer rey de la isla de Serendib; de suerte que el anatema de losojos azules se habia hecho ley fundamental del estado. Todas lasclases del estado hiciéron enérgicas representaciones á Nabuzan; ypúblicamente se decia que era llegada la fatal catástrofe del reyno,que estaba colmada la medida de la abominacion, que un siniestrosuceso amenazaba la naturaleza; en una palabra, que Nabuzan, hijo deNuzanab, estaba enamorado de dos ojos azules rasgados. Los jorobados,los bonzos, los asentistas, y las ojinegras inficionáron de mal-contentos el reyno entero.

El descontento universal animó á los pueblos salvages que viven alnorte de Serendib á invadir los estados del buen Nabuzan. Pidiósubsidios á sus vasallos, y los bonzos que eran dueños de la mìtad delas rentas del estado, se contentáron con levantar las manos al cielo,y se negáron á llevar su dinero al erario para sacar de ahogo al rey.Cantáron lindas oraciones en música, y dexáron que los bárbarosasolaran el estado.

Querido Zadig, ¿me sacarás de este horrible apuro? le dixo enlastimoso tono Nabuzan. Con mucho gusto, respondió Zadig; los bonzosos darán quanto dinero querais. Abandonad las tierras donde tienenlevantados sus palacios, y no defendais mas que las vuestras. Hízoloasí Nabuzan; y quando viniéron los bonzos á echarse á sus plantas,implorando su asistencia, les respondió el rey con una soberbia músicacuya letra eran oraciones al cielo, rogando por la conservacion de sustierras. Entónces los bonzos diéron dinero, y se concluyó confelicidad la guerra. De esta suerte por sus prudentes y dichososconsejos, y por los mas señalados servicios, se habia acarreado Zadigla irreconciliable enemiga de los mas poderosos del estado: juráron supérdida los bonzos y las oji-negras, desacreditáronle jorobados yasentistas, y le hiciéron sospechoso al buen Nabuzan. Los serviciosque el hombre hace se quedan en la antesala, y las sospechas penetranal gabinete, segun dice Zoroastro. Todos los dias eran acusacionesnuevas; la primera se repele, la segunda hace mella, la tercera hiere,y la quarta mata.

Asustado Zadig, que habia puesto en auge los asuntos de su amigo, yenviádole su dinero, no pensó mas que en partirse de la isla, y en irá saber en persona noticias de Astarte; porque si permanezco enSerendib, decia, me harán empalar los bonzos. ¿Pero adonde iré? enEgipto seré esclavo, en Arabia segun las apariencias quemado, yahorcado en Babilonia. Con todo menester es saber qué ha sido deAstarte: partámonos, y apuremos lo que me destina mi suerte fatal.

CAPITULO XVI.

El bandolero.

Al llegar á las fronteras que separan la Arabia petrea de la Syria, yal pasar por junto á un fuerte castillo, saliéron de él unos Arabesarmados. Vióse rodeado de hombres que le gritaban: Ríndete; todoquanto traes es nuestro, y tu persona pertenece á nuestro amo. Enrespuesta sacó Zadig la espada; lo mismo hizo su criado que eravaliente, y dexáron sin vida á los primeros Arabes que los habianembestido: dobló el número de enemigos, mas ellos no se desalentáron,y se resolviéron á morir en la pelea. Víanse dos hombres que sedefendian contra una muchedumbre; tan desigual contienda poco podiadurar. Viendo desde una ventana el dueño del castillo, que se llamabaArbogad, los portentos de valor que hacia Zadig, le cobró estimacion.Baxó por tanto, y vino en persona á contener á los sujos, y librar álos dos caminantes. Quanto por mis tierras pasa es mio, dixo, no ménosque lo que en tierras agenas encuentro; pero me pareceis tan valeroso,que os exîmo de la comun ley. Hízole entrar en el castillo, mandando ásu tropa que le tratase bien; y aquella noche quiso cenar con Zadig.

Era el amo de este castillo uno de aquellos Arabes que llamanladrones, el qual entre mil atrocidades solia hacer alguna accionbuena; robaba con una furiosa rapacidad, y daba con prodigalidad:intrépido en una accion, de buen genio en el trato de la vida, bebedoren la mesa, de buen humor quando habia bebido, y sobretodo sin solapaninguna. Gustóle mucho Zadig, y con la conversacion que se animó durómucho el banquete. Díxole en fin Arbogad: Aconsejoos que tomeispartido conmigo, no podeis hacer cosa mejor; no es tan malo el oficio,y un dia podeis llegar á ser lo que yo soy. ¿Se puede saber, respondióZádig, desde quando exercitais tan hidalga profesion? Desde niño,replicó el señor. Era criado de un Arabe muy hábil, y no podiaacostumbrarme á mi estado, desesperado de ver que perteneciendoigualmente la tierra á todos, no me hubiera cabido á mí la porcioncorrespondiente. Fiéle mi pena á un Arabe viejo, el qual me dixo: Hijomio, no te desesperes; sábete que en tiempos antiguos habia un granode arena que se dolia de ser un átomo desconocido en un desierto;andando años, se convirtió en diamante, y es hoy el mas precioso joyelde la corona del rey de las Indias. Dióme tanto golpe esta respuesta,que siendo grano de arena me determiné á volverme diamante. Robéprimero dos caballos, me junté con otros compañeros, púseme en breveen estado de robar caravanas poco crecidas; y así fué disminuyéndosela desproporcion que de mi á los demás habia.

Participé de los bienesde este mundo, v me resarcí con usura: tuviéronme en mucho, llegué áser señor bandolero, y gané este castillo tomándole por fuerza. Quisoquitármele el sátrapa de Syria, pero era ya tan rico que nada teniaque temer: dí dinero al sátrapa, y conservé así el castillo, y agrandémis tierras, añadiendo á ellas el cargo que me confirió el sátrapa detesorero de los tributos que pagaba la Arabia petrea al rey de reyes.Yo hice las cobranzas, y me exîmé de hacer pagos.

Envió aquí el gran Desterham de Babilonia, en nombre del rey Moabdar,á un satrapilla para mandarme ahorcar. Quando él llegó con la órden,estaba yo informado de todo; hice ahorcar en su presencia las quatropersonas que traía consigo para apretarme el lazo al cuello, y lepregunté luego quanto le podia valer la comision de ahorcarme.Respondióme que podria su gratificacion subir á trecientas monedas deoro, y yo le hice ver con evidencia que ganaria mas conmigo: le creébandolero inferior, y hoy es uno de los mejores y mas ricos oficialesque tengo; y si me quereis creer, haréis vos lo mismo. Nunca hacorrido tiempo mejor para robar, desde que ha sido muerto Moabdar, yque anda en Babilonia todo alborotado. ¡Moabdar ha sido muerto! dixoZadig: ¿y que se ha hecho la reyna Astarte? Yo no lo sé, replicóArbogad; lo que sí sé, es que Moabdar se volvió loco, que fué muerto,que Babilonia esta hecha una cueva de ladrones, todo el imperio en ladesolacion, que se pueden dar buenos golpes, y que yo por mi parte hedado algunos ballantes. Pero la reyna, dixo Zadig, ¿por vida vuestranada sabeis de la suerte de la reyna? De un príncipe de Hircania mehan hablado, replicó; es de presumir que sea una de sus concubinas, áménos que en el alboroto la hayan muerto; pero á mí lo que me importaes avenguar donde hay que robar, y no noticias. Muchas mugeres hecogido en mis correrías, pero á ninguna conservo; quando son bonitas,las vendo caras, sin informarme de lo que son, porque nadie compra ladignidad, y para una reyna fea no se encuentra despacho. Posible esque haya yo vendido á la reyna Astarte, y posible es que haya muerto;poco me importa, y me parece que tampoco debe de importaros mucho ávos. Diciendo esto bebia con tanto aliento, y de tal manera confundialas ideas todas, que no pudo Zadig sacar de él cosa ninguna mas.

Estaba confuso, pensativo y sin movimiento, miéntras que bebia Arbogady contaba mil historietas, repitiendo sin cesar que era el masventuroso de los hombres, y exhortando á Zadig á que fuera tan dichosocomo él era. Finalmente embargados los sentidos con los vapores delvino, se fué á dormir un sosegado sueño. Zadig pasó aquella noche enla mas violenta zozobra. ¡Con que se ha vuelto loco el rey, y ha sidomuerto! decia; no puedo ménos de compadecerle. ¡Está despedazado elimperio, y este bandolero es feliz! ¡O fortuna, o destino! ¡unbandolero feliz, y la mas amable produccion de la naturaleza ha muertoacaso de un modo horrible, ó vive en peor condicion que la mismamuerte! ¡O Astarte! ¿qué te has hecho?

Desde que amaneció el dia, hizo preguntas á todos quantos habia en elcastillo, pero estaban todos ocupados, y nadie le respondió: aquellanoche habian hecho nuevas conquistas, y se estaban repartiendo losdespojos. Quanto en esta tumultuaria confusion pudo conseguir, fuélicencia para irse, que aprovechó sin tardanza, mas sumido que nuncaen sus tristes pensamientos.

Caminaba Zadig inquieto y agitado, preocupado su ánimo con lamalhadada Astarte, con el rey de Babilonia, can su fiel Cador, con eldichoso bandolero Arbogad, con aquella tan antojadiza muger que babianrobado unos Babilonios en la frontera de Egipto, finalmente con todoslos contratiempos y azares que habia sufrido.

CAPITULO XVII.

El pescador.

A pocas leguas del castillo de Arbogad, se encontró á orillas de unríachuelo, lamentando siempre su suerte, y mirándose como el epilogode las desdichas humanas. Vió un pescador acostado á la orilla, quecon desmayada mano retenia apénas sus redes que iba á dexar escapar, yalzaba los ojos al cielo.

Por cierto que yo soy el mas desdichado de todos los hombres, decia elpescador. Por confesion de todo el mundo he sido el mas célebremercader de requesones de toda Babilonia, y lo he perdido todo. Teniala muger mas linda que pueda poseer hombre, y me ha engañado. Mequedaba una mala casuca, y la he visto talar y derribar, Refugiado áuna cabaña, sin mas recurso que la pesca, no saco ni un pescado. Noquiero tirarte al agua, red mia, yo soy quien me he de tirar. Diciendoestas palabras se levantó en postura de un hombre resuelto á dar fin ásu vida en el rio.

¡Así, dixo Zadig para sí, hay otros hombres tan desdichados como yo!Tan pronto como esta idea fué la de acudir á librar de la muerte alpescador. Corre á él, le detiene, y le hace preguntas en ademanenternecido y consolador. Dicen que es uno ménos desdichado quando noes él solo; pero segun Zoroastro no es por malicia, que es pornecesidad, porque se siente uno entónces atraído por otro desventuradocomo por un semejante suyo. La alegría de un dichoso fuera insulto; yson dos desventurados como dos flacos arbolillos que, apoyándose unoen otro, contra la borrasca se fortalecen.

¿Porqué os rendis á vuestra desgracia? dixo Zadig al pescador. Porqueno veo remedio á ella, le respondió.

He sido el vecino mas pudiente dela aldea de Derlback, cerca de Babilonia, y con ayuda de mi mugerhacia los mejores requesones del imperio, que gustaban infinito á lareyna Astarte y al célebre ministro Zadig.

Habla suministrado paraentrámbas casas seiscientos requesones: fuí un dia á Babilonia á queme pagaran, y supe que aquella misma noche se habian desaparecidoZadig y la reyna. Fuí corriendo á casa del señor Zadig, á quien nuncahabia visto, y encontré á los alguaciles del gran Desterham, que conun papel del rey en la mano robaban con mucho órden y sosiego toda lacasa. Púseme en volandas en la cocina de la reyna; algunos de losgentiles-hombres de beca me dixéron que habia muerto, otros que estabapresa, y otros afirmáron que se habia escapado; pero todos estaviéroncontestes en que no se me pagarian mis requesones.

Fuíme con mi mugerá casa del señor Orcan, que era uno de mis parroquianos; le pedímos suamparo en nuestra cuita, y se le otorgó á mi muger, y á mí no. Era mimuger mas blanca que los requesones que fuéron el orígen de midesventura, y no brilla mas la púrpura de Tyro que el color que sublancura animaba: por eso se la guardó Orcan, y me echó de su casa.Escribí á mi esposa desesperado una carta, y respondió al portador:Sí, ya, ya sé quien me escribe, ya me han hablado de él; dicen quehace requesones excelentes: que me trayga, y que se los paguen.

Quise acudir á la justicia en mi desdicha. Quedábanme seis onzas deoro: fué menester dar dos al jurisperito que consulté, otras dos alprocurador que se encargó de mi asunto, y dos al escribiente delprimer juez.

Hecho esto, aun no se habia empezado mi pleyto, y yallevaba mas dinero gastado que lo que mis requesones y mi muger deañadidura valian. Volvíme al pueblo con ánimo de vender mi casa porrecobrar á mi muger. Valia esta unas sesenta onzas de oro; pero mevían pobre, y con premura de vender. El primero á quien me dirigí meofreció treinta, el segundo veinte, y el tercero diez; y la iba á darpor este precio, segun estaba ciego. Vino á la sazon á Babilonia unpríncipe de Hircania, asolando todo el pais por donde pasaba, el qualsaqueó mi casa, y despues le puso fuego. Habiendo perdido de estamanera dinero, muger y casa, me retiré al pais donde me veis,procurando ganar mi vida con la pesca. Los peces hacen burla de mí lomismo que los hombres: no saco ningunos, y me muero de hambre; y sinvos, consolador augusto, iba á tirarme al rio.

No contó su historia el pescador sin hacer muchas pausas, y á cada unale decia Zadig, arrebatado y fuera de sí: ¿Con que nada sabeis de lasuerte de la reyna? No, señor, respondia el pescador; lo que sé, esque ni la reyna ni Zadig me han pagado mis requesones, que me hanrobado á mi muger, y que estoy desesperado. Yo espero, dixo Zadig, queno habeis de perder todo vuestro dinero. He oido hablar de ese Zadig,como de un hombre honrado; y si vuelve á Babilonia, mas de lo que osdebe os dará; mas por lo que hace á vuestra muger, que no es tanhonrada, aconsejoos que no hagais diligencias por volver con ella.Tomad mi consejo, id á Babilonia, adonde ántes que vos llegaré yo,porque vais á pié y yo voy á caballo; veos con el ilustre Cador,decidle que habeis encontrado á su amigo, y esperadme en su casa: iden paz, que acaso no seréis siempre desdichado.

Poderoso Orosmades, siguió, de mí os habeis valido para consolar áeste hombre: ¿de quién os valdréis para darme á mí consuelo? Así deciadando al pescador la mitad de todo el dinero que traía de Arabia; y elpescador atónito y confuso besaba las plantas del amigo de Cador, y leapellidaba su ángel tutelar.

Zadig no cesaba de preguntarle noticias, y de verter llanto. ¿Cómo,señor, exclamó el pescador, tambien sois desdichado siendo benéfico?Cien veces mas infeliz que tú, respondió Zadig. ¿Cómo puede ser, deciael buen hombre, que sea el que da mas digno de lástima que el querecibe? Porque tu mayor desgracia, replicó Zadig, era la necesidad, yla mia pende del coraron. ¿Os ha robado Orcan á vuestra muger? dixo elpescador.

Esta pregunta traxo á la memoria á Zadig todas susaventuras, y le hizo repasar la lista de todos sus infortunios,empezando por la perra de la reyna hasta su arribo á casa delbandolero Arbogad. Ha, dixo al pescador, Orcan es digno de castigo;pero por lo comun esos son los hombres que estan en privanza deldestino. Sea como fuere, vete á casa del señor Cador, y espérame.Separáronse con esto: el pescador se fúe dando gracias á su estrella,y Zadig maldiciendo sin cesar la suya.

CAPITULO XVIII.

El basilisco.

Llegó Zadig á un hermoso prado, donde vió una muchedumbre de mugeresque andaban buscando solícitas cosa que parecia que habian perdido.Acercóse á una de ellas, y le preguntó si queria que las ayudara ábuscar lo que querían hallar. Dios nos libre, respondió la Syria; loque nosotras buscamos solo las mugeres pueden tocarlo. Raro es eso,dixo Zadig: ¿me haréis el favor de decirme qué cosa es esa que sololas mugeres pueden tocarla? Un basilisco, respondió ella. ¡Unbasilisco, señora! ¿y por qué motivo buscais un basilisco?

Paranuestro señor y dueño Ogul, cuyo palacio estais viendo á orillas delrio, y al cabo de este prado, que somos sus mas humildes esclavas. Elseñor Ogul está malo, y le ha recetado su médico que coma un basiliscohervido en agua de rosas; y como es animal muy raro, y que solo de lasmugeres se dexa coger, ha prometido el señor Ogul que escogerá por suquerida esposa á la que le lleve un basilisco: con que así dexádmelebuscar; que ya veis lo mucho que yo perderia, si una de mis compañerasántes que yo le topara.

Dexó Zadig á esta Syria y á todas las demas que buscaran su basilisco,y siguió su camino por la pradera. Al llegar á la orilla de unarroyuelo, encontró á otra dama acostada sobre los céspedes, que nobuscaba nada.

Parecia magestuosa su estatura, aunque tenia cubierto elrostro de un velo. Estaba inclinada la cabeza al anoyo; exhalaba derato en rato hondos sollozos, y tenia en la mano una varita con laqual estaba esciibiendo letras en una fina arena que entre loscéspedes y el arrojo mediaba. Quiso ver Zadig qué era lo que escribia:arrimóse, y vió una Z, luego una A, y se maravilló: despues leyó unaD, y le dió un vuelco el corazon; mas nunca fué tanto su pasmo, comoquando leyó las dos postreras letras de su nombre.

Permaneció inmobleun rato; rompiendo al fin el silencio, con voz mal segura, dixo:Generosa dama, perdonad á un extrangero desventurado, que á preguntarse atreve ¿por qué extraño acaso encuentro aquí el nombre de Zadig,por vuestra divina mano escrito? Al oir esta voz y estas palabras,alzó con trémula mano su velo la dama, mitó á Zadig, dió un grito detemura, de asombro y de alborozo, y rindiéndose á los diversos afectosque de consuno embatian su alma, cayó desmayada en sus brazos. EraAstarte, era la reyna de Babilonia, la misma que idolatraba Zadig, yde cuyo amor le acusaba su conciencia; aquella cuya suerte tantaslágrimas le habia costado. Estuvo un rato privado del uso de sussentidos; y quando cluvó sus miradas en los ojos de Astarte quelentamente se abrian de nuevo entre desmayados, confusos y amorosos:¡O

potencias inmortales! exclamó, ¿me restitais á mi Astarte? ¿en quétiempo, en qué sitio, en qué estado torno á verla? Hincóse de rodillasante Astarte, inclinando su fiente baxo del polvo de sus pies. Alzalela reyna de Babilonia, y le sienta cabe sí en la orilla del arroyo,enxugando una y mil veces sus ojos que siempre en frescas lágrimas sebañaban. Veinte veces añudaba ci hilo de razones que interrumpian susgemidos; hacíale preguntas acerca del acaso que los habia reunido, yno daba lugar á que respondiese con preguntas nuevas; empezaba ácontar sus desventuras, y queria saber las de Zadig. Habiendofinalmente ámbos sosegado un poco el alboroto de su pecho, dixo enbreves palabras Zadig por qué acaso se encontraba en esta pradera.¿Pero como os hallo, o reyna respetable y desdichada, en este desviadositio, vestida de esclava, y acompañada de otras esclavas que buscanun basilisco, para hervirle, en virtud de una receta de médico, enagua de rosas?

Miéntras que andan buscando su basilisco, voy á informaros, dixo lahermosa Astarte, de todo lo que he padecido, y que perdono al cielouna vez que vuelvo á veros. Ya sabeis que el rey mi esposo llevó á malque fuéseis el mas amable de todos los hombres, y acaso por estemotivo tomó una noche la determinacion de mandaros ahorcar, y darme untósigo; y tambien sabeis que los cielos compasivos dispusiéron que meavisara mi enano mudo de las órdenes de su sublime magestad. Apénas oshubo precisado el fiel Cador á obedecerme y partiros, se atrevió ápenetrar por una puerta excusada en mi quarto á media noche, me sacóde palacio, y me llevó al templo de Orosmades, donde me encerró suhermano el mago dentro de una estatua colosal cuya basa se apoya enlos cimientos del templo, y la cabeza toca con la bóveda. Aquí quedécomo enterrada, puesto que el mago que me servia cuidó de que nada mefaltase. Al rayar el dia, entró en mi quarto el boticario de sumagestad con una pócima de beleño, opio, cicuta, eléboro negro, yanapelo; y otro oficial se encaminó á vuestra casa con un cordon deseda azul; nias no halláron á nadie. Por engañar mas al rey, le hizoCador una falsa denuncia contra nosotros dos, fingiendo que llevábaisvos el camino de la India, y yo el de Menfis; y enviáron gente ennuestro seguimiento.

No me conocian los mensageros que fuéron en busca riña, porque casinunca habia mostrado mi semblante, como no fuese á vos, delante de mimarido y por órden suya. Ibanme persiguiendo por las señas que de mipersona les habian dado; y se encontráron á la raya de Egipto con otrade mi estatura misma, y que acaso era mas hermosa. Estaba bañada enllanto, y andaba desatentada, de suerte que no dudáron de que era lareyna de Babilonia, y la conduxéron á Moabdar. Enojóse violentamenteel rey por la equivocacion; mas habiendo luego contemplado masatentamente á esta muger, vió que era muy hermosa, y se consoló.Llamábase Misuf, nombre que, segun despues me han dicho, significa enegipcíaco la bella antojadiza, y lo era efectivamente; pero no iban enzaga sus artes á sus antojos, tanto que habiendo gustado á Moabdar, lecautivó de manera que la declaró su legítima esposa. Manifestóseentónces su índole sin rebozo, entregándose sin freno á todas lasextravagancias de su imaginacion. Quiso precisar al sumo mago, viejo ygotoso, á que baylase en su presencia; y habiéndose negado este, lepersiguió de muerte. A su caballerizo mayor le mandó hacer una tartade dulce; y puesto que representó que no era repostero, todo fué enbalde: tuvo que hacer la tarta, y le despidió porque estaba muytostada. El cargo de caballerizo mayor se le dió á su enano, y á unpage le hizo fiscal del consejo: de esta suerte gobernó á Babilonia.Llorábame todo el mundo; y el rey, que hasta que habia mandadoahorcaros y darme veneno habia sido bastante bueno, dexó que susvirtudes corriesen naufragio en su amor á la bella antojadiza. El diadel fuego sagrado vino al templo, y le ví implorar á los Dioses porMisuf, postrado ante la estatua donde estaba yo metida.

Alzandoentónces la voz, le dixe: "Los Dioses desechan las súplicas de un reyconvertido en tirano, y que ha querido quitar la vida á una muger dejuicio, por casarse con una loca." Pusiéron estas palabras en tamañaconfusion á Moabdar, que se le fué la cabeza. Con el oráculo que habiayo pronunciado, y con la tiranía de Misuf sobraba para que perdiera larazon; y con efecto en pocos dias se volvió loco.

Esta locura, que se atribuyó á castigo del cielo, fué la señal derebelion: amotinóse el pueblo, y tomó armas; Babilonia, donde reynabatanto tiempo hacia una muelle ociosidad, se convirtió en teatro de unahorrorosa guerra civil. Sacáronme del hueco de mi estatua; pusiéronmeal frente de un partido, y fué Cador corriendo á Menfis, para traerosá Babilonia. Noticioso de tan fatales nuevas acudió el príncipe deHircania con su exército á formar tercer partido en la Caldea, y vinoá embestir al rey que le salió al encuentro con su desatinadaegipcíaca. Murió Moabdar, traspasado de mil heridas, y cayó Misuf enpoder del vencedor. Quiso mi desventura que yo tambien fuera cogidapor una partida de guerrilla hircana, que me conduxo á presencia delpríncipe, al mismo tiempo que le llevaban á Misuf. Sin duda sabréiscon satisfaccion que me tuvo este por mas hermosa que la egipcia, perono será de ménos sentimiento para vos qué os diga que me destinó parasu serrallo, diciéndome sin andarse con rodeos, que luego queconcluyese una expedicion militar para la qual iba á partirse, vendriaá mí. Figúraos qual fué mi quebranto: rotos los vínculos que conMoabdar me estrechaban, podia ser de Zadig, y caía en los hierros deun bárbaro. Respondíle con toda la altivez que me inspiraban mi altagerarquía y mis afectos, habiendo oido decir toda mi vida que laspersonas de mi dignidad las habian dotado los cielos de tal grandeza,que con una palabra y un mirar de ojos confundian en el polvo de lanada á quantos temerarios eran osados á apartarse un punto del masreverente acatamiento. Hablé como reyna, pero fuí tratada como unamoza de cántaro: el Hircano, sin dignarse siquiera de responderme, ledixo á su eunuco negro que yo era mal hablada, pero que le parecialinda. Mandóle que me cuidase y me diera el trato que á las queestaban en su privanza, para que me volviesen los colores, y fuese masdigna de sus caricias el dia que le pareciese oportuno honrarme conellas. Díxele que me mataria, y me respondió riéndose que ninguna semataba por esas cosas, y que estaba acostumbrado á semejantesmelindres, y se fué dexándome como un xilguero en jaula. ¡Quésituacion para la primera reyiia del universo, y mas para un corazonque era de Zadig!

El qual se hincó de rodillas al oir estas razones, regando con suslágrimas las plantas de Astarte. Alzóle esta cariñosamente, yprosiguió diciendo: Víame en poder de un bárbaro, y en competencia conuna loca con quien estaba encerrada. Contóme Misuf su aventura deEgipto; y por la pintura que de vos hizo, por el tiempo, por eldromedario en que ibais montado, y por las demas circunstancias vineen conocimiento de que era Zadig quien habia peleado en su defensa; yno dudando de que estuviérais en Menfis, me determiné á refugiarme enesta ciudad. Bella Misuf, le dixe, vos sois mucho mas donosa que yo, ydivertiréis mas bien al príncipe de Hircania: procuradme medio paraescapar; reynaréis vos sola, y me haréis feliz, librándoos de unarival. Misuf me ayudó á efectuar mi fuga, y me partí secretamente conuna esclava egipcia.

Ya tocaba con la Arabia, quando me robó un bandolero muy nombrado,llamado Arbogad, el qual me vendió á unos mercaderes que me traxéron áeste palacio, donde reside el señor Ogul, que me compró sin saberquien yo fuese. Es este un gloton, que solo piensa en atracarse bien,y cree que le ha echado Dios al mundo para disfrutar de una bueuamesa. Está tan excesivamente gordo, que á cada instante parece que vaá reventar. Su médico poco influxo tiene con él quando hace buenadigestion, pero le manda despóticamente quando tiene ahitera; y ahorale ha hecho creer que le habia de sanar con un basilisco hervido enagua de rosas. Ha prometido dar su mano á la esclava que le traxere unbasilisco, y ya veis que yo las dexo que se merezcan tan alta honra,no habiendo nunca tenido ménos ganas de topar el tal basilisco quedesde que han querido los cielos que volviese á veros.

Dixéronse entónces Astarte y Zadig quanto á los mas generosos yapasionados pechos pudiéron inspirar afectos tanto tiempocontrarestados, y tanto amor, y tanta desdicha; y los genios que alamor presiden lleváron las razones de ámbos á la esfera de Vénus.

Tornáronse á la quinta de Ogul las mugeres sin haber hallado nada.Zadig se presentó á él, y le habló así: Descienda del cielo lainmortal Hygia para dilatar vuestros años. Yo soy médico; he venidohabiendo oido hablar de vuestra dolencia, y os traygo un basiliscohervido en agua de rosas; no porque aspire á casarme con vos, que soloos pido la libertad de una esclava jóven de Babilonia, que osvendiéron pocos dias hace; y me allano á permanecer esclavo en sulugar, si no tengo la dicha de sanar al magnifico señor Ogul.

Fué admitida la propuesta, y se partió Astarte para Babilonia encompañía del criado de Zadig, prometiéndole que le despacharia sintardanza un mensagero, para informarle de quanto hubiese sucedido.

Noménos que su reconocimiento fuéron amorosos sus vales: porque, comoestá escrito en el gran libro del Zenda, las dos épocas mas solemnesde la vida son el instante en que nos volvemos á ver, y aquel en quenos separamos. Queria Zadig á la reyna tanto como se lo juraba, y lareyna queria á Zadig mas de lo que decia.

Zadig habló de esta suerte á Ogul: Señor, mi basilisco no se come, quetoda su virtud se os ha de introducir por los poros; yo le he puestodentro de una odre bien henchida de viento, y cubierta de un cuero muyfino; es menester que empujeis hácia mí dicha odre en el ayre con todavuestra fuerza, y que yo os la tire muchas veces; y con pocos dias dedieta y de este exercicio veréis la eficacia de mi arte. Al primer diase hubo de ahogar Ogul, y creyó que iba á exhalar el alma; al segundose cansó ménos, y durmió mas bien: por fin á los ocho dias recobrótoda la fuerza, la salud, la ligereza, y el buen humor de sus masfloridos años. Zadig le dixo: Habeis jugado á la pelota, y no oshabeis hartado: sabed que no hay tal basilisco en el mundo; que unhombre sobrio y que hace exercicio siempre vive sano, y que tanimaginado es el arte de amalgamar la gula con la salud como la piedrafilosofal, la astrología judiciaria, y la teología de los magos.

Conociendo el primer médico de Ogul quan peligroso para la medicinaera semejante hombre, se coligó con el boticario del gremio paraenviarle á buscar basiliscos al otro mundo: de suerte que habiendosido castigado siempre por sus buenas acciones, iba á morir por haberdado la salud á un señor gloton.

Convidáronle á un espléndidobanquete, donde le debian dar veneno al segundo servicio; pero estandoen el primero, recibió un parte de la hermosa reyna, y se levantó dela mesa, partiéndose sin tardanza. El que es amado de una hermosa,dice el gran Zoroastro, de todo sale bien en este mundo.

CAPITULO XIX.

Las justas.

Fué recibida la reyna en Babilonia con aquel júbilo con que se recibesiempre una princesa hermosa y desdichada. Entónces Babilonia pareciaalgo mas quieta: el príncipe de Hircania habia perdido la vida en unabatalla, y los Babilonios vencedores declaráron que Astarte se casariacon el que fuera elegido por soberano. Mas no quisiéron que el primerpuesto del mundo, que era el de esposo de Astarte y monarca deBabilonia, pendiese de enredos y partidos; y juráron reconocer por reyal mas valiente y discreto.

Levantáron á pocas leguas de la ciudad unvasto palenque cercado de anfiteatros magníficamente adornados; losmantenedores se habian de presentar armados de punta en blanco, y sele habia señalado á cada uno un aposento separado, donde no podia verni hablar á nadie. Se habian de correr quatro lanzas; y los quetuviesen la dicha de vencer á quatro caballeros, habian luego depelear unos con otros: de suerte que el postrero por quien quedara elcampo fuese proclamado vencedor del torneo. Quatro dias despues habiade volver con las mismas armas, y acertar las adivinanzas quepropusiesen los magos; y si no las acertase, no habia de ser rey, masse habian de volver á correr lanzas, hasta que se diese con un hombreque saliese con victoria en ámbas pruebas; porque estaban resueltos áno reconocer por rey á quien no fuese el mas valiente y mas discreto.En todo este tiempo no se permitia á la reyna comunicar con nadie:solo se le daba licencia para que asistiera á los juegos cubierta deun velo; pero no se le consentia hablar con ninguno de lospretendientes, porque no hubiese injusticia ni valimiento.

Este aviso daba Astarte á su amante, esperando que acreditada por ellamas valor y discrecion que nadie.

Partióse Zadig, suplicando á Venusque fortaleciera su ánimo y alumbrara su entendimiento, y llegó á lasriberas del Eufrates la víspera del solemne dia. Hizo asentar luego sumote entre los de los demas combatientes, escondiendo su nombre y surostro, como mandaba la ley, y se fué á descansar al aposento que lehabia cabido eu suerte. Su amigo Cador que estaba de vuelta enBabilonia, habiéndole buscado en Egipto, mandó llevar á su quarto unaarmadura completa que le enviaba la reyna, y tambien con ella elcaballo mas lozano de la Persia. Bien vió Zadig que estas dádivas erande mano de Astarte, y adquirió nuevo vigor, y esperanzas nuevas suamor y su denuedo.

Al dia siguiente, sentada la reyna baxo un dosel guarnecido de piedraspreciosas, y llenos los anfiteatros de todas las damas y de gente detodos estados de Babilonia, se dexáron ver en el circo losmantenedores. Puso cada uno su mote á los piés del sumo mago:sorteáronse, y el de Zadig fué el postrero. Presentóse el primero unseñor muy rico, llamado Itobad, tan lleno de vanidad como falto devalor, de habilidad, y de entendimiento. Habíanle persuadido sussirvientes á que un hombre como el debia de ser rey, y él les habiarespondido: Un hombre como yo debe reynar. Habíanle armado pues depiés á cabeza: llevaba unas armas de oro con esmaltes verdes, unpenacho verde, y la lanza colgada con cintas verdes. Por el modo degobernar Itobad su caballo, se echó luego de ver que no habiadestinado el cetro de Babilonia á un hombre como él el cielo. Elprimer caballero que corrió lanza le hizo perder los estribos, y elsegundo le tiró por las ancas del caballo á tierra, las piernasarriba, y los brazos abiertos. Volvió á montar Itobad, pero haciendotan triste figura, que todo el anfiteatro soltó la risa. No se dignóel tercero de tocarle con la lanza; sino que al pasar junto á él leagarró por la pierna derecha, y haciéndole dar media-vuelta, lederribó en la arena; los escuderos de los juegos acudiéron álevantarle riéndose: el quarto combatiente le coge por la piernaizquierda, y le tira del otro lado. Conduxéronle con mil baldones á suaposento, donde conforme á la ley habia de pasar aquella noche: ydecia, pudiendo apénas menearse: ¡Qué aventura para un hombre como yo!

Mejor desempeñáron su obligacion los demas adalides: hubo algunos quevenciéron á dos combatientes, y unos pocos llegáron hasta tres. Soloel príncipe Otames venció á quatro. Presentóse el postrero Zadig, ycon mucho donayre sacó de los estribos á quatro ginetes uno en pos deotro; con esto empezó la lid entre Zadig y Otames. Este traía armas deazul y oro con un penacho de lo mismo; las de Zadig eran blancas. Losánimos de los asistentes estaban dividídos entre el caballero azul yel blanco: á la reyna le palpitaba el corazon, haciendo fervientesruegos al ciclo por el color blanco.

Diéron ámbos campeones repetidas vueltas y revueltas con tantaligereza, asentáronse y esquiváron tales botes con las lanzas, y tanfuertes se mantenian en sus estribos, que todos, ménos la reyna,deseaban que hubiese dos reyes en Babilonia. Cansados ya los caballos,y rotas las lanzas, usó Zadig esta treta: pasa por detras del príncipeazul, se abalanza á las ancas de su caballo, le coge por la mitad delcuerpo, le derriba en tierra: monta en la silla vacía, y empieza á darvueltas al rededor de Otames tendido en el suelo. Clama todo elanfiteatro: Victoria por el caballero blanco. Alzase enfurecidoOtames, saca la espada; da Zadig un salto del caballo el alfangedesnudo. Ambos empiezan en la arena nueva y mas peligrosa batalla; oratriunfa la agilidad, ora la fuerza. Vuelan al viento heridos demenudeados golpes el plumage de sus yelmos, los clavos de susbraceletes, la malla de sus armas. De punta y de filo se hieren áizquierda, á derecha, la cabeza, el pecho: retiranse, acométense; seapartan, se agarran de nuevo; dóblanse como serpientes, embísterisecomo leones: á cada instante salfan chispas de los golpes que sepegan. Zadig cobra en fin algún aliento, se para, esquiva un golpe deOtames, no le da vagar, le derriba, le desarma, y Otames exclama:Caballero blanco, á vos es debido el trono de Babilonia. No cabia ensí la reyna de alborozo. Lleváron al caballero azul y al caballeroblanco, á cada uno á su aposento, como habian hecho con todos losdemas, cumpliendo con lo que mandaba la ley. Unos mudos los viniéron áservir, y les traxéron de comer. Bien se puede presumir si seria elmudo de la reyna el que sirvió á Zadig. Dexáronlos dormir solos hastael otro dia por la mañana, que era quando habia de llevar el vencedorsu mote al sumo mago, para cotejarle y darse á conocer.

Tan cansado estaba Zadig que durmió profundamente, puesto queenamorado; mas no dormia Itobad que estaba acostado en el quartoinmediato: y levantándose por la noche entró en el de Zadig, cogió susarmas blancas y su mote, y puso las suyas verdes en lugar de ellas.Apénas rayaba el alba, quando se presentó ufano al sumo mago,declarándole que un hombre como él era el vencedor. Nadie lo esperaba,pero fué proclamado, miéntras que aun estaba durmiendo Zadig. VolvióseAstarte á Babilonia atónita y desesperada.

Casi vacío estaba todo elanfiteatro quando despertó Zadig, y buscando sus armas se encontró conlas verdes en su lugar. Vióse precisado á revestirse de ellas, noteniendo otra cosa de que echar mano. Armase atónito, indignado yenfurecido, y sale con este arreo. Toda quanta gente aun habia en elanfiteatro y el circo le acogió con mil baldones; todos so learrimaban, y le daban vaya en su cara: nunca hombre sufrió tanafrentoso desayre. Faltóle la paciencia, y desvió á sablazos elpopulacho que se atrevió á denostarle; pero no sabia que hacerse, nopudiendo ni ver á la reyna, ni reclamar las armas blancas que esta lehabia enviado, por no aventurar su reputacion: y miéntras que estabaAstarte sumida en un piélago de dolor, fluctuaba él entre furores yzozobras. Paseábase por las orillas del Eufrates, persuadido á que lehabia destinado su estrella á irremediable desdicha, y recapitulaba ensu mente todas sus desgracias, desde la muger que no podia ver á lostuertos, hasta la de su armadura. Eso he grangeado, decia, con haberdespertado tarde; si no hubiera dormido tanto, fuera rey de Babilonia,y posesor de Astarte. Así el saber, las buenas costumbres, el esfuerzonunca para mas que para mi desdicha me han valido. Exhalóse al cabo enmurmuraciones contra, la Providencia, y le vino la tentacion de creerque todo lo regia un destino cruel que á los buenos oprimia, y haciaque prosperasen los caballeros verdes: que uno de sus mayoressentimientos era verse con aquellas armas verdes que tanta mofa lehabian acarreado. Pasó un mercader, á quien se las—vendió muybaratas, y le compró una bata y una gorra larga. En este trage ibasiguiendo la corriente del Eufrates, desesperado, y acusando en sucorazon á la Providencia que no se cansaba de perseguirle.

CAPITULO XX.

El ermitaño.

Caminando, como hemos dicho, se encontró con un ermitaño cuya luengabarba descendia hasta el estómago. Llevaba este un libro que ibaleyendo muy atentamente. Paróse Zadig y le hizo una profundareverencia, á que correspondió el ermitaño de manera tan afable y tannoble, que á Zadig le vino la curiosidad de razonar con él. Preguntólequé libro era el que leía. El libro del destino, dixo el ermitaño:¿quereis leer algun trozo? Pusosele en las manos; mas aunque fueseZadig vorsado en muchos idiomas, no pudo conocer ni una letra, con loqual se aumentó su curiosidad. Muy triste pareceis, le dixo el buenpadre. ¡Tanto motivo tengo para estarlo! respondió Zadig. Si me daislicencia para que os acompañe, repuso el anciano, acaso podré servirosen algo; que á veces he hecho baxar el consuelo á las almas de losdesventurados. La traza, la barba y el libro del ermitaño infundiéronrespeto en Zadig, y en su conversacion encontró superiores luces.Hablaba el ermitaño del destino, de la justicia, de la moral, del sumobien, de la humana flaqueza, de las virtudes y los vicios con tan vivay penetrante eloqüencia, que Zadig por un irresistible embeleso sesentia atraído hácia él, y le rogó con ahinco que no le dexara hastaque estuviesen de vuelta en Babilonia. Ese mismo favor os pido yo;juradme por Orosmades, que sea lo que fuere lo que me veais hacer, noos habeis de separar de mí en algunos dias. Jurólo Zadig, y siguiéronjuntos ámbos su camino.

Aquella misma tarde llegáron á una magnifica quinta, y pidió elermitaño hospedage para sí y para el mozo que le acompañaba.Introdúxolos en casa, con ademan de desdeñosa generosidad, un porteroque parecia un gran señor, y los presentó á un criado principal, queles enseñó los aposentos de su amo. Sentáronlos al cabo de la mesa,sin que se dignara el dueño de aquel palacio de honrarlos con unamirada; pero los sirviéron, como á todos los demas, con opulencia ydelicadeza. Diéronles luego agua á manos en una palangana de oro,guarnecida de esmeraldas y rubíes; lleváronlos á acostar á un suntuosoaposento, y la mañana siguiente traxo el criado á cada uno una monedade oro, y despues los despidiéron.

El amo de esta casa, dixo Zadig en el camino, me parece que es hombregeneroso, aunque algo altivo, y que exercita con nobleza lahospitalidad. Al decir estas palabras, advirtió que parecia tieso yhenchido una especie de costal muy largo que traía el ermitaño, y viódentro la palangana de oro guarnecida de piedras preciosas, que habiahurtado. No se atrevió á decirle nada, pero estaba confuso y perplexo.

A la hora de mediodia se presentó el ermitaño á la puerta de unacasuca muy mezquina, donde vivia un rico avariento, y pidió que lehospedaran por pocas lloras. Recibióle con áspero rostro un criadoviejo mal vestido, y llevó á Zadig con el ermitaño á la caballeriza,donde les sirviéron unas aceytunas podridas, un poco de pan bazo, y devino avinagrado. Comió y bebió el ermitaño con tan buen humor como eldia ántes; y dirigiéndose luego al criado viejo que no quitaba lavista de uno y otro porque no hurtaran nada, y que les daba priesapara que se fuesen, le dió las dos monedas de oro que habia recibidoaquella mañana, y agradeciéndole su cortesía, añadió: Ruégoos que mepermitais hablar con vuestro amo. Atónito el criado le presentó losdos caminantes. Magnífico señor, dixo el ermitaño, no puedo ménos dedaros las mas rendidas gracias por el agasajo tan noble con que noshabeis hospedado; dignaos de admitir esta palangana de oro en cortapaga de mi gratitud. Poco faltó para desmayarse con el gozo elavariento; y el ermitaño, sin darle tiempo para volver de su asombro,se partió á toda priesa con su compañero jóven. Padre mio, le dixoZadig,

¿qué quiere decir lo que estoy viendo? paréceme que no ossemejais in nada á los demas: ¡robais una palangana de oro guarnecidade piedras preciosas á un señor que os hospeda con magnificencia, y sela dais á un avariento que indignamente os trata! Hijo, respondió elanciano, el hombre magnífico que solo por vanidad, y por hacer alardede sus riquezas, hospeda á los forasteros, se tornará mas cuerdo; yaprenderá el avariento á exercitar la hospitalidad. No os dé pasmonada, y seguidme. Todavía no atinaba Zadig si iba con el mas loco ócon el mas cuerdo de los hombres; pero tanto era el dominio que sehabia grangeado en su ánimo el ermitaño, que obligado tambien por sujuramento no pudo ménos de seguirle.

Aquella tarde llegáron á una casa aseada, pero sencilla, y donde nadarespiraba prodigalidad ni parsimonia.

Era su dueño un filósoforetirado del tráfago del mundo, que cultivaba en paz la sabiduría y lavirtud, y que nunca se aburria. Habia tenido gusto especial enedificar este retirado albergue, donde recibia á los forasteros conuna dignidad que en nada se parecia á la ostentacion. El mismo salióal encuentro á los dos caminantes, los hizo descansar en un aposentomuy cómodo; y poco despues vino él en persona á convidarlos á unbanquete aseado y bien servido, durante el qual habló con mucho tinode las últimas revoluciones de Babilonia. Pareció adicto de corazon ála reyna, y hubiera deseado que Zadig se hubiera hallado entre loscompetidores á la corona; pero no merecen los hombres, añadió, tenerun rey como Zadig.

Abochornado este sentia crecer su dolor. En laconversacion estuviéron todos conformes en decir que no siempre ibanlas cosas de este mundo á gusto de los sabios; pero sustento elermitaño que no conocíamos las vias de la Providencia, y que eradesacierto en los hombres fallar acerca de un todo, quando no vían masque una pequeñísima parte.

Tratóse de las pasiones. ¡Quan fatales son! dixo Zadig. Son, replicóel ermitaño, los vientos que hinchen las velas del navío; algunasveces le sumergen, pero sin ellas no es posible navegar. La bílis haceiracundo, y causa enfermedades; mas sin bílis no pudiera uno vivir. Enla tierra todo es peligroso, y todo necesario.

Tratóse del deleyte, y probó el ermitaño que era una dádiva de ladivinidad; porque el hombre, dixo, por sí propio no puede tenersensaciones ni ideas: todo en él es prestado, y la pena y el deleytele vienen de otro, como su mismo ser.

Pasmábase Zadig de que un hombre que tantos desatinos habia cometido,discurriese con tanto acierto.

Finalmente despues de una conversacionno ménos grata que instructiva, llevó su huésped á los dos caminantesá un aposento, dando gracias al cielo que le habia enviado dos hombrestan sabios y virtuosos.

Brindóles con dinero de un modo ingenuo ynoble que no podia disgustar: rehusóle el ermitaño, y le dixo que sedespedia de él, porque hacia ánimo de partirse para Babilonia ántesdel amanecer. Fué afectuosa su separacion, y con especialidad Zadig sequedó penetrado de estimacion y cariño á tan amable huésped.

Quando estuvo con el ermitaño en su aposento, hiciéron ámbos unpomposo elogio de su huésped. Al rayar el alba, despertó el anciano ásu camarada. Vámonos, le dixo; quiero empero, miéntras que duerme todoel mundo, dexar á este buen hombre una prueba de mi estimacion y micariño. Diciendo esto, cogió una tea, y pegó fuego á la casa. AsustadoZadig dió gritos, y le quiso estorbar que cometiese accion tanhorrenda; pero se le llevaba tras sí con superior fuerza el ermitaño.Ardia la casa, y el ermitaño que junto con su compañero ya estabadesviado, la miraba arder con mucho sosiego. Loado sea Dios, dixo, yaestá la casa de mi buen huésped quemada hasta los cimientos, ¡Quéhombre tan feliz! Al oir estas palabras le viniéron tentaciones áZadig de soltar la risa, de decir mil picardías al padre reverendo, dedarle de palos, y de escaparse; pero las reprimió todas, siempredominado por la superioridad del ermitaño, y le siguió hasta la últimajornada.

Alojáronse en casa de una caritativa y virtuosa viuda, la qual teniaun sobrino de catorce años, muchacho graciosísimo, y que era su únicaesperanza. Agasajólos lo mejor que pudo en su casa, y al siguiente diamandó á su sobrino que fuera acompañando á los dos caminantes hasta unpuente que se habia roto poco tiempo hacia, y era un paso peligroso.Precedíalos muy solícito el muchacho; y quando hubiéron, llegado alpuente, le dixo el ermitaño: Ven acá, hijo mio, que quiero manifestarmi agradecimiento á tu tia; y agarrándole de los cabellos le tira alrio. Cae el chico, nada un instante encima del agua, y se le lleva lacorriente. ¡O monstruo, o hombre el mas perverso de los hombres!exclamó Zadig. De tener mas paciencia me habíais dado palabra,interrumpió el ermitaño: sabed que debaxo de los escombros de aquellacasa á que ha pegado fuego la Providencía, ha encontrado su dueño uninmenso tesoro; sabed que este mancebo ahogado por la Providenciahabia de asesinar á su tia de aquí á un año, y de aquí á dos á vosmismo. ¿Quién te lo ha dicho, inhumano? clamó Zadig; ¿y aun quandohubieses leido ese suceso en tú libro de los destinos, qué derechotienes para ahogar á un muchacho que no te ha hecho mal ninguno?

Todavía estaba hablando el Babilonio, quando advirtió que no tenia yabarba el anciano, y que se remozaba su semblante. Luego desapareció sutrage de ermitaño, y quatro hermosas alas cubriéron un cuerpomagestuoso y resplandeciente. ¡O paraninfo del cielo, ó ángel divino,exclamó postrado Zadig, con que has baxado del empíreo para enseñar áun flaco mortal á que se someta á sus eternos decretos! Los humanos,dixo el ángel Jesrad, sin saber de nada fallan de todo: entre todoslos mortales tú eras el que mas ser ilustrado merecias. Pidióle Zadiglicencia para hablar, y le dixo: No me fío de mi entendimiento; perosi he de ser osado á suplicarte que disipes una duda mia, dime ¿si novalia mas haber enmendado á ese muchacho, y héchole virtuoso, queahogarle? Si hubiese sido virtuoso y vivido, respondió Jesrad, era susuerte ser asesinado con la muger con quien se habia de casar, y elhijo que de este matrimonio habia de nacer. ¿Con que es indispensable,dixo Zadig, que haya atrocidades y desventures, y que estas recayganen los hombres virtuosos? Los malos, replicó Jesrad, siempre sondesdichados, y sirven para probar un corto número de justos sembradosobre la haz de la tierra, sin que haya mal de donde no resulte unbien. Empero, dixo Zadig, ¿si solo hubiese bienes sin mezcla de males?La tierra entónces, replicó Jesrad, fuera otra tierra; la cadena delos sucesos otro órden de sabiduría; y este órden, que seria perfecto,solo en la mansion del Ser Supremo, donde no puede caber mal ninguno,puede exîstir. Millones de mundos ha criado, y no hay dos que puedanparecerse uno á otro: que esta variedad inmensa es un atributo de suinmenso poder. No hay en la tierra dos hojas de árbol, ni en losinfinitos campos del cielo dos globos enteramente parecidos; y quantoves en el pequeñisimo átomo donde has nacido forzosamente, habia deexîstir en su tiempo y lugar determinado, conforme á las inmutablesórdenes de aquel que todo lo abraza. Piensan los hombres que este niñoque acaba de morir se ha caido por casualidad en el rio, y que aquellacasa se quemó por casualidad; mas no hay casualidad, que todo esprueba ó castigo, remuneracion ó providencia. Acuérdate de aquelpescador que se tenia por el mas desventurado de los mortales, yOrosmades te envió para mudar su suerte. Dexa, flaco mortal, dedisputar contra lo que debes adorar. Empero, dixo Zadig…. Miéntrasél decia EMPERO, ya dirigia el ángel su raudo vuelo á la décimaesfera. Zadig veneró arrodillado la Providencia, y se sometió. De loalto de los ciclos le gritó el ángel: Encaminate á Babilonia.

CAPITULO XXI.

Las adivinanzas.

Fuera de sí Zadig, como uno que ha visto caer junto á sí un rayo,caminaba desatentado. Llegó á Babilonia el dia que para acertar lasadivinanzas, y responder á las preguntas del sumo mago, estaban yareunidos en el principal atrio del palacio todos quantos habiancombatido en el palenque; y habian llegado todos los mantenedores dela justa, ménos el de las armas verdes. Luego que entró Zadig en laciudad, se agolpó en torno de él la gente, sin que se cansaran susojos de mirarle, su lengua de darle bendiciones, ni su corazon dedesear que se ciñese la corona. El envidioso que le vió pasar seesquivó despechado, y le llevó en volandas la muchedumbre al sitio dela asamblea. La reyna, á quien informáron de su arribo, vacilabaagitada de temor y esperanza; y llena de desasosiego no podia entenderporque venia Zadig desarmado, ó como llevaba Itobad las armas blancas.Alzóse un confuso murmullo así que columbráron á Zadig: todos estabanpasmados y llenos de alborozo de verle; pero solamente los caballerosque habian peleado tenian derecho á presentarse en la asamblea.—Yotambien he peleado, dixo, pero otro ha usurpado mis armas; y hasta quetenga la honra de acreditarlo, pido licencia para presentarme áacertar los enigmas.

Votáron; y estaba tan grabada aun en todos losánimos la reputacion de su probidad, que unánimemente fué admitido.

La primera qüestion que propuso el sumo mago fué: ¿qual es la maslarga y mas corta de todas las cosas del mundo, la mas breve y maslenta, la mas divisible y mas extensa, la que mas se desperdicia y masse llora haber perdido, sin la que nada se puede hacer, que se tragatodo lo mezquino, y da vida á todo lo grande?

Tocaba á Itobadresponder, y dixo que él no entendia de adivinanzas, y que le bastabahaber sido vencedor lanza en ristre. Unos dixéron que era la fortuna,otros que la tierra, y otros que la luz. Zadig dixo que era el tiempo.No hay cosa mas larga, añadió, pues mide la eternidad; ni mas corta,pues falta para todos nuestros planes: ni mas lenta para el queespera, ni mas veloz para el que disfruta; se extiende á loinfinitamente grande, y se divide hasta lo infinitamente pequeño;ninguno hace aprecio de él, y todos lloran su pérdida; sin él nada sehace; sepulta en el olvido quanto es indigno de la posteridad, y haceinmortales las glandes acciones. La asamblea confesó que tenia razonZadig.

Preguntáron luego: ¿Qué es lo que recibimos sin agradecerlo,disfrutamos sin saber cómo, damos á otros sin saber donde estamos, yperdemos sin echarlo de ver? Cada uno dixo su cosa; solo Zadig adivinóque era la vida, y con la misma facilidad acertó los demas enigmas.Itobad decia al fin que no habia cosa mas fácil, y que con la mayorfacilidad habria él dado con ello, si hubiera querido tomarse eltrabajo. Propusiéronse luego qüestiones acerca de la justicia, delsumo bien, del arte de reynar; y las respuestas de Zadig se reputáronpor las mas sólidas. Lástima es, decian todos, que sugeto de tantotalento sea tan mal ginete.

Ilustres señores, dixo en fin Zadig, yo he tenido la honra de venceren el palenque, que soy el que tenia las armas blancas. El señorItobad se revistió de ellas miéntras que yo estaba durmiendo, creyendoque sin duda le sentarian mas bien que las verdes. Le reto paraprobarle delante de todos vosotros, con mi bata y mi espada, contratoda su luciente armadura blanca que me ha quitado, que fuí yo quientuve la honra de vencer al valiente Otames.

Admitió Itobad el duelo con mucha confianza, no dudando de que con suyelmo, su coraza y sus braceletes, acabaria fácilmente con un campeonque se presentaba en bata y con su gorro de dormir. Desnudó Zadig suespada despues de hacer una cortesia á la reyna, que agitada de temory alborozo le miraba; Itobad desenvaynó la suya sin saludar á nadie, yacometió á Zadig como quien nada tenia que temer. Ibale á hender lacabeza de una estocada, quando paró Zadig el golpe, haciendo que laespada de su contrario pegase en falso, y se hiciese pedazos.Abrazándose entónces con su enemigo le derribó al suelo, y poniéndolela punta de la espada por entre la coraza y el espaldar: Dexaosdesarmar, le dixo, si no quereis perder la vida.

Pasmado Itobad, comoera su costumbre, de las desgracias que á un hombre como él sucedian,no hizo resistencia á Zadig, que muy á su sabor le quitó su magníficoyelmo, su soberbia coraza, sus hermosos braceletes, sus lucidasescarcelas, y así armado fué á postrarse á las plantas de Astarte. Sindificultad probó Cador que pertenecian estas armas á Zadig, el qualpor consentimiento unánime fué alzado por rey, con sumo beneplácito deAstarte, que despues de tantas desventuras disfrutaba la satisfaccionde contemplar á su amante digno de ser su esposo á vista del universo.Fuése Itobad á su casa á que le llamaran Su Excelencia.

Zadig fué reyy feliz, no olvidándose de quanto le habia enseñado el ángel Jesrad, yacordándose del grano de arena convertido en diamante: y él y la reynaadoráron la Providencia. Dexó Zadig correr por el mundo á la bellaantojadiza Misuf; envió á llamar al bandolero Arbogad, á quien dió unhonroso puesto en el exército, prometiéndole que le adelantaria hastalas primeras dignidades militares si se portaba como valiente militar,y que le mandaria ahorcar si hacia el oficio de ladron. Setoc, llamadode lo interior de la Arabia, vino con la hermosa Almona, y fuénombrado superintendente del comercio de Babilonia. Cador, colocado yestimado como merecian sus servicios, fué amigo del rey, y este hasido el único monarca en la tierra que haya tenido un amigo. No seolvidó Zadig del mudo, ni del pescador, á quien dió una casa muyhermosa.

Orcan fué condenado á pagarle una fuerte cantidad de dinero,y á restituirle su muger; pero el pescador, que se habia hecho hombrecuerdo, no quiso mas que el dinero.

La hermosa Semira no se podia consolar de haberse persuadido á quehubiese quedado Zadig tuerto, ni se hartaba Azora de llorar por haberquerido cortarle las narices. Calmó el rey su dolor con dádivas; peroel envidioso se cayó muerto de pesar y vergüenza. Disfrutó el imperiola paz, la gloria y la abundancia; y este fué el mas floreciente siglodel mundo, gobernado por el amor y la justicia. Todos bendecian áZadig, y Zadig bendecia el cielo.

(Nota.) Aquí se concluye el manuscrito que de la historia de Zadighemos hallado. Sabemos que le sucediéron luego otras muchas aventurasque se conservan en los anales contemporáneos, y suplicamos á loseruditos intérpretes de lenguas orientales, que nos las comuniquen siá su noticia llegaren.

FIN DE LA HISTORIA DE ZADIG.

End of the Project Gutenberg EBook of Zadig, by Voltaire

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