Viejos Verdes en el Paraíso by Jacobo Schifter - HTML preview

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VIEJOS VERDES EN EL PARAêSO:

TURISMO SEXUAL EN COSTA RICA

Jacobo   Schifter Sikora, PhD


Advertencia

Este es un trabajo de varios a–os sobre el turismo sexual en Costa Rica. Su œnico objetivo es hacer conciencia para que tanto las mujeres como sus clientes, y sus familias, no sean v’ctimas de la epidemia del sida.

Este no es un libro para hacer esc‡ndalos ni sensacionalismo. Todos los estudios serios han demostrado que cuando una minor’a es estigmatizada, culpabilizada y perseguida, se pierde su confianza y su disposici—n a cooperar con las campa–as de prevenci—n y lo œnico que logra es hacer las cosas peor.

Las trabajadoras del sexo y sus clientes son personas que no hacen nada ilegal en Costa Rica y que deber’an contar con el apoyo de las autoridades del gobierno, inclusive las de salud.

Con el fin de evitar que alguien salga perjudicado por esta investigaci—n, hemos cambiado todos los nombres que hagan posible reconocer a las personas, a los lugares y a los establecimientos del turismo sexual. Hemos variado los nombres de los sitios en Internet tambiŽn porque no buscamos que sean invadidos por personas que  tengan malas intenciones, o que traten de perseguir a nadie.

Si por alguna raz—n, alguien se siente identificado, ha sido por que se nos ha escapado alguna informaci—n de manera accidental.

Por estas misma razones, no podemos brindar los nombres del equipo de investigaci—n que participaron en esta investigaci—n. Su anonimato es la mejor manera de protegerlos. Sin embargo, gracias a su profesionalismo y a su dedicaci—n, este trabajo no hubiera sido posible.

Espero que este libro nos brinde una cara m‡s real y humana de una profesi—n estigmatizada.

El AUTOR


Metodolog’a

Chris Ryan y C. Michael Martin (2000), autores del libro of Sex Tourism: Marginal People and Liminalities,[1] (Turismo Sexual: Marginalidades e Ilegalidades), en una charla sobre epistemolog’a e investigaci—n, impartida en la Universidad de Masseey, en Nueva Zelandia, nos dicen que sus investigaciones se parecen a una cebolla. Las mujeres de la industria sexual en Tailandia, por ejemplo, viven sus vidas en capas o l‡minas de realidades distintas, cada una con su propia verdad y su propia l—gica.

El trabajo sexual est‡ basado en simular y en complacer; la realidad y la fantas’a se mezclan. Por esta raz—n, cada vez que un investigador sexual entra en un prost’bulo, un night club o un sauna, recibir‡ una representaci—n, un teatro sobre lo que quiere o’r. ÒUstedes usan el cond—n siempre?Ó- pregunta un etn—grafo a una prostituta. ÒÁPero por supuesto!Ó- responde la mujer, con indignaci—n. ÒÁTodas aqu’ usamos el cond—n y somos muy limpias!Ó- agrega ella. Minutos despuŽs, la misma mujer conoce a un cliente americano. ÒÀQuiere sexo con o sin cond—n?Ó- . Ella cobra $75 por el acto sexual con protecci—n y $100 por el que se hace ÒbarebackÓ (desnudo), o sea, sin cond—n.

Cuando las organizaciones que hacen prevenci—n, o los representantes del Ministerio de Salud, hacen una encuesta sobre las pr‡cticas sexuales, obtendr‡n lo que quieren o’r: las trabajadoras del sexo saben del sida y se protegen de Žl.  Si evaluaran sus intervenciones para reducir el sexo inseguro, les hacen creer que han tenido Žxito. ÒS’, cari–itoÓ-le dice Beatriz, una trabajadora del sexo, a Lupita, la encuestadora de PASMO, una organizaci—n norteamericana que promueve la prevenci—n del sida en CentroamŽrica. ÒDesde que me dieron su taller del sida, solo practico el sexo seguroÓ- agrega. TambiŽn le informar‡ que ha dejado el alcohol y la coca. Finalmente, les har‡ el cuento Òde la leche de los chiquitosÓ que ya casi nadie (con la excepci—n de los trabajadores sociales) se cree: est‡ en la industria sexual porque Òtengo tres chiquitos que alimentar y no encontrŽ otro trabajoÓ.

Si evaluamos las pr‡cticas sexuales de las trabajadoras del sexo centroamericanas, incluyendo a las de Costa Rica, encontramos que en 1997 y en el a–o 2000, aœn a pesar de que ellas sab’an lo que los encuestadores buscaban evaluar, las pr‡cticas sexuales inseguras eran alt’simas (m‡s del 40%, Ver ApŽndice) y  tambiŽn el consumo de alcohol. En vista del fen—meno de la ÒcebollaÓ, es de esperar que la realidad sea aœn  peor. Esta l‡mina de la realidad es preocupante por s’ sola: ’ndices del 40% de sexo inseguro amenazan a las comunidades de mujeres que trabajan en la industria sexual, sus familias y sus hijos, adem‡s de los clientes y de sus propias familias. En nuestro caso de interŽs, de continuar la tendencia, la epidemia har‡ estragos en ambos pa’ses y en los Estados Unidos, ya no en los homosexuales, drogadictos o minor’as marginales, sino en la pujante clase media. Ya no en los adolescentes y los j—venes, sino que en los respetables abuelitos, esos hombres cari–osos y jubilados que pocos sospech‡bamos fueran tan Òviejos verdesÓ.

Marginalidad y recolecci—n de informaci—n

 
Information gathering and illegality

El trabajo sexual es legal en Costa Rica y este pa’s ha mostrado una tradici—n hist—rica de tolerancia hacia esta profesi—n. En 1894, se aprobaron las primeras leyes para regular la industria (Ley de Profilaxis VenŽrea y Reglamento de Prostituci—n) con el argumento de que eran importantes para garantizar la Òhigiene y las morales pœblicasÓ (entiŽndase por esto, proteger a los clientes de enfermedades venŽreas y esconder a las prostitutas para que no sean vistas en pœblico). Desde ese tiempo, las prostitutas deb’an hacerse ex‡menes venŽreos peri—dicos y registrarse con la polic’a. Cualquier mujer que ejerciera la prostituci—n, sin estar registrada, pod’a terminar 10 d’as en la c‡rcel.  La ley demandaba que las trabajadoras del sexo no vivieran a menos de 200 metros de las escuelas y de no provocar esc‡ndalos en sus barrios, por lo que pod’an ser expulsadas. Las prostitutas estaban en una lista del registro pœblico y solo pod’an ser excluidas cuando mostraran prueba de casamiento y de practicar un Òtrabajo respetableÓ, tal como limpiar casas, barrer o servir de criadas domŽsticas. En el C—digo Penal de 1943-1944, la supervisi—n de las  trabajadoras del sexo pasar’a a los trabajadores sociales, lo que prob— ser un problema porque las mujeres no quer’an ser reconocidas. En el C—digo Penal actual de 1970, es otra vez el Ministerio de Salud quien es responsable de examinar a las prostitutas. Y aquellas que no se sometan, pueden ser llevadas a prisi—n. [2]

El C—digo Penal de Costa Rica de 1894 era tan progresista que fue emulado por los Pa’ses Bajos en 1911.  Los holandeses legitimaron la prostituci—n y la regularon a la tica.  Como  buenos colonialistas, la prohibieron en Holanda (no era buena para las blancas) pero la aceptaron en sus posesiones (era buena  para las negras), como en Curazao y en Aruba; adem‡s, en vista de que era un Òmal social necesarioÓ, admitieron la construcci—n de prost’bulos en ciertas zonas alejadas de la capital.[3] Esto llevar’a a–os despuŽs a la creaci—n de Campo Alegre, el m‡s grande prost’bulo de la regi—n, que rivaliza con uno similar en San JosŽ. Los holandeses, como los ticos, deb’an evitar que sus ciudadanos respetables se contagiaran y que las mujeres estuvieran Òlibres de enfermedadesÓ. Esto los llevar’a a ser los primeros gobiernos en participar en el oficio e involucrarse en la industria sexual. Los gobiernos progresistas y aquellos que decidieron proteger la sociedad de Òla influencia nociva de la prostituci—nÓ, se convertir’an en los primeros proxenetas.[4]

La prostituci—n puede ser legal en Costa Rica, pero no lo es el proxenestismo. La definici—n de lo que es beneficiarse de la profesi—n es tan compleja que cualquiera que sea due–o de un prost’bulo, un night club o una sala de masajes, puede considerarse un proxeneta. Hasta la manera en que los trabajadores sexuales son pagados, puede tornarse en una soga al cuello. Dildoman, un turista sexual, revela en un sitio web que una sala de masajes fue cerrada porque la recepcionista Òcobraba el dinero del cliente directamente y luego le pagaba a las muchachasÓ. Esto es Ðnos dice Žl- considerado proxenitismo en Costa Rica: para evitarlo, el cliente debe pagar a la mujer en sus manosÓ. [5]

No solo el proxenitismo hace vulnerable a la industria sexual. Si la polic’a encuentra un menor de edad en las premisas, un trabajador indocumentado o una persona seropositiva, puede cerrar el local y meter a los due–os a la c‡rcel. Obviamente, esto se presta para que la polic’a constantemente obtenga dinero. Si los propietarios no pagan mordidas, se desencadenan redadas y ellos est‡n sujetos a que se encuentre todo tipo de ÒirregularidadesÓ. La industria sexual en Costa Rica est‡ plagada de extorsionistas y vulnerable a que, en caso de un esc‡ndalo, se ÒcumplaÓ la contradictoria ley contra el proxenetismo y se les cierre de un plumazo. No es de extra–ar que la industria sexual sea paranoica. Aunque como dijo Freud, los paranoides tambiŽn tienen enemigos.

La primera se–al de que algo est‡ por suceder proviene generalmente de un art’culo local. A.M., un peri—dico, advierte a los turistas sexuales que el Ministerio de Salud verificar‡ si las salas de masaje est‡n o no siendo usadas para la prostituci—n. (Lo que significa chequear si la leche de vaca es de mula).  El pasqu’n nos dice que el Ministerio va a Òtomar medidas para evitar el camuflaje de que Žstas sean usadas, bajo el nombre de salas de masaje, como lugares de prostituci—nÓ. [6]  Unos d’as despuŽs, la polic’a hace una redada y los clientes son llevados a la c‡rcel. En otras ocasiones, la se–al surge de  un anuncio  de que algœn individuo cuestionable est‡ en el pa’s. Jeff99, por ejemplo, un turista sexual alerta a los clientes de que ÒEasyÓ, otro turista con problemas con la polic’a, est‡ en San JosŽ. Por esta raz—n, Òdebemos esperar redadas este fin de semanaÓ. Segœn Žl, todos los turistas sexuales van a pagar porque este individuo Òy miembro de este foro de discusi—nÓ se vino de visita. ÒLleven siempre sus papeles Ðles recomienda- y si est‡n cerca de Mr. Easy, Ácorran por sus vidas! ÁEstŽn alerta, sean cuidadosos, caballeros!Ó- advierte Jeff99. [7]

                 

Este tipo de admonici—n nos recuerda la persecuci—n de los bares gays en los a–os 1970. En esa dŽcada, la polic’a usaba las redadas para extorsionar a los due–os de establecimientos. Tanto era el temor que estos  establecimientos ten’an una luz roja para advertir a los clientes que la polic’a estaba en la puerta. Cuando ingresaban, las parejas de hombres y de mujeres se cambiaban de compa–eros para mostrarse heterosexuales. Treinta a–os despuŽs son los norteamericanos, heterosexuales y ricos, quienes hacen este espect‡culo. La polic’a dej— de sacar plata a los gays y ahora lo hace con los turistas (despuŽs de todo, las mordidas se pagan en d—lares y no en colones devaluados). Un ejemplo es R—mulo que viene para San JosŽ. Pregunta en el foro del Internet si han habido redadas en el pa’s. Si la respuesta es afirmativa, nos dice,  ÀquŽ debe hacer?: ÒÀCorrer a los elevadores o buscar las puertas de evacuaci—n de incendio, o se debe uno esconder en la cocina y pasar como chef?Ó [8]

Paco Loco, otro cibernauta sexual, no entiende por quŽ existen redadas si la prostituci—n es legal en Costa Rica.. [9] Romulus  explica que el acoso es irracional y que ningœn turista americano est‡ inmunizado.[10] La œnica raz—n de que el gobierno puede hacer esto y salirse con la suya es que Òningœn americano puede darse el lujo de ser expuesto y  el Estado quiere demostrar, de vez en cuando, que est‡ luchando contra la prostituci—nÓ.[11]

Existe un debate acadŽmico entre los expertos sobre c—mo esta ilegalidad  afecta tanto al cliente como al trabajador sexual. Ryan y Hall, por ejemplo, en su trabajo sobre la prostituci—n en el Sudeste asi‡tico miran la relaci—n como una interacci—n entre dos grupos  socialmente distintos pero con lazos comunes de marginalidad. Tanto el turista como la trabajadora del sexo tienen el poder de vestirse y desvestirse, mostrar su cuerpo, y de establecerse en lugares espaciales y temporales. ÒLa mujer juega con su derecho de  consentir el sexo o negarlo; el turista de pagar o noÓ.[12] Aunque ambos tienen cosas que dar o no dar, los dos se exponen y son vulnerables al chantaje y a la extorsi—n.

Esto no lo comparte Kempadoo, con base en el estudio de la realidad del turismo sexual en el Caribe. Segœn ella, los turistas no tienen la misma vulnerabilidad que las prostitutas. Ellos provienen de pa’ses ricos que pueden comprar con sus millones  no solo a las mujeres, sino que a toda la industria tur’stica. Kempadoo no cree que el modelo de marginalidad e ilegalidad se aplique a turistas y a trabajadoras del sexo.                       

Este modelo (ilegalidades) no se aplica bien en el Caribe. El turista sexual no es una persona marginal. Debido a la gran dependencia de la regi—n del dinero del turismo y del trato preferencial que Žste recibe, los gobiernos del Caribe son serviles a la econom’a globalizada y a las divisas extranjeras y aquŽl que lleve d—lares o euros, obtiene respeto y deferencia. [13]

Costa Rica s’ corrobora el modelo de Ryan y Hall. Los turistas sexuales tienen buenas razones para temer a la polic’a. Uno de ellos tuvo que disfrazarse de chef para huir de ella. Otro -para evitar ser detenido en una redada- se tir— en un basurero;  otro se brinc— una cerca para no ser encontrado en un prost’bulo. A diferencia de la situaci—n en el Caribe,  ser blanco no es un pasaporte para obtener inmunidad en Costa Rica. La Iglesia Cat—lica ejerce mucho m‡s poder en el pa’s que las protestantes en las islas inglesas u holandesas y que en las otras de habla espa–ola. Los turistas sexuales norteamericanos tienen aprehensi—n en esta naci—n centroamericana. De tener relaciones con menores de edad, muchos han terminado por a–os en la c‡rcel.

La vulnerabilidad de la industria sexual implica que los investigadores de la sexualidad no son bienvenidos y que ninguno de los due–os de los locales va a brindar una informaci—n que lo podr’a poner en aprietos. Las trabajadoras sexuales tambiŽn sienten desconfianza por aquellos cuyas motivaciones no son sexuales. Si el entrevistador resulta no ser un investigador sino un periodista, ambos exponen su vida y su trabajo. Si la mujer es extranjera, puede ser deportada; si es madre, puede perder la custodia de sus hijos.

Esta misma vulnerabilidad, por el contrario, puede hacer que la industria sexual sea m‡s positiva con respecto a la prevenci—n del VIH. El gobierno racionaliza la intervenci—n con la excusa de que necesita parar la epidemia del sida (Esto es risible porque por a–os no hizo nada para prevenirla en la comunidad gay costarricense). Si esta excusa se remueve y la industria sexual hace su campa–a de prevenci—n, habr‡ menos excusas para intervenir. Una campa–a coordinada entre el Estado y la industria sexual es la œnica que garantizar’a Žxito y  mejorar’a las relaciones entre ambas.

Pero en la presente situaci—n, este di‡logo no existe. Nadie puede estar seguro acerca de quiŽn viene a realizar un estudio acadŽmico y quiŽn usar‡ la informaci—n para chantajear o hacer un esc‡ndalo. Sabemos, por las advertencias de sus miembros, que la industria desconf’a de todo contacto. En un foro, se discute la participaci—n o no en un reportaje de un periodista de Chicago. King Kosta, un turista sexual, opina que es Òuna pŽsima idea, se–ores, Ápor favor!Ó. .[14]   Dboy est‡ de acuerdo y considera que escribir un art’culo sobre el turismo sexual es Òrid’culoÓ. [15] Tman les pregunta a quienes considerar’an participar si ÒÀQueremos hacer de pœblico conocimiento a todo el mundo las cosas buenas que hacemos aqu’ a escondidas,  inclusive a nuestras esposas, madres e hijos? ÁNada que ver!Ó. El art’culo, segœn Žl, no ser‡ otra cosa que un Òescrutinio pœblico y fuente de informaci—n que solo sirve para desatar una cacer’a de brujas y  la doble moral que solo busca limitar los derechos y las libertades de quienes disfrutamos del placerÓ. Los periodistas y los investigadores solo quieren Òsensacionalismo y algo escandaloso que venda peri—dicos, revistas o hacer shows al estilo de Jerry SpringerÓ. Por estas razones, Žl sugiere que ÒLo œltimo que necesitamos es que nuestras ticas favoritas sean invitadas a Estados Unidos por shows sensacionalistas como el de Springer para revelar, en televisi—n en vivo, si se acostaron o no con nosotrosÓ. Finalmente, les pide a sus amigos: ÒLes ruego, muchachos, ÁNO lavar en pœblico la ropa!Ó.[16]

Estos temores hacen dif’cil obtener informaci—n sobre la realidad de la prostituci—n en Costa Rica. La Evaluaci—n R‡pida (Rapid Assessment) o  RAP, instrumento que nuestro equipo ayud— a construir para las investigaciones de la Organizaci—n Mundial de la Salud, es el instrumento que nos ayuda a neutralizar el deseo de ocultar informaci—n. [17] Al utilizar la triangulaci—n (verificar una misma informaci—n por medio de la consulta de  varias fuentes distintas) suele verifificar si la informaci—n es cierta.  El RAP, por ejemplo, nos lleva a confirmar los datos sobre la pr‡ctica sexual en lugares en que mentir no es necesario. Los foros an—nimos de discusi—n del Internet  (en que se usa un nombre ficticio) son as’ Ða veces-  m‡s ÒconfiablesÓ que las repuestas a una entrevista cara a cara. Inspeccionar los basureros en los saunas, nos brinda a veces una mejor visi—n del uso del cond—n que lo que digan las masajistas. En ciertas ocasiones, los tŽcnicos de laboratorios privados saben m‡s del sida que los hospitales pœblicos o el mismo Ministerio de Salud.

A pesar de estos cuidados y de las muchas otras fuentes de informaci—n, aparte del RAP, que hemos utilizado, los datos que obtuvimos en esta investigaci—n deben tomarse con cautela. Es muy posible que los nœmeros sean conservadores y que hayamos dejado por fuera a muchos grupos que participan en el turismo sexual. Algunos de ellos, son obvios: no nos hemos dedicado a estudiar el turismo sexual de las mujeres o el de los gays y las lesbianas. Otros, son menos evidentes: el turismo sexual que realizan los acadŽmicos en sus conferencias y eventos Òcient’ficosÓ; el de los deportistas, el de los miembros de los cuerpos diplom‡ticos; el de los donantes extranjeros (en donde se otorgan donaciones a cambio de sexo), el de los grupos religiosos y  el de todos los que viajan, los que buscan experimentar algo nuevo y que ofrecen algo a cambio por el sexo.  Si a–adiŽramos estos grupos, es probable que el nœmero se multiplique varias veces.

El RAP del a–o 2000

Revisi—n de la informaci—n

Una de las actividades iniciales fue buscar la informaci—n de las investigaciones sobre el turismo sexual en Costa Rica.

La realidad es que son pocas y la mayor’a, sin publicarse. Sobre el turismo sexual en particular, no existen libros publicados. Algunas publicaciones de la Casa Alianza (Covenant House) sobre la prostituci—n infantil, son la excepci—n. El otro gran grupo lo constituyen las tesis de licenciatura de la Universidad de Costa Rica en el ‡rea de psicolog’a, leyes e historia. Todas Žstas en la Biblioteca de esa universidad.

La m‡s antigua fue escrita en 1964 y la œltima en el a–o 2000. La mayor’a de los trabajos son de tipo cualitativo, con muestras peque–as y no representativas de las trabajadoras del sexo. Uno de los estudios m‡s recientes, por el ejemplo, el de Gabriela Segura, titulado "El cuerpo habitado: Un an‡lisis de la representaci—n de su cuerpo en mujeres adolescentes relacionadas con la prostituci—nÓ (1999), se basa en entrevistas con solo dos mujeres. Analiza el discurso sobre el cuerpo de las trabajadoras del sexo, un cuerpo que es visto como Òmaltratado, abandonado, utilizado y despreciadoÓ. Segura encontr— que las mujeres que trabajan en prostituci—n lo hacen por razones de abuso sexual, pobreza y abandono.

Esta misma percepci—n est‡ en la tesis de Tatiana Picado, ÒLa situaci—n de la salud de las mujeres en prostituci—n en Gu‡piles, una propuesta de abordaje con enfoque integral". Ella  mira la violencia como una raz—n del trabajo en prostituci—n de las mujeres y encuentra un alto grado de sexo inseguro. Maritza Ortiz CortŽs, en su tesis "Masculinidad y  prostituci—n femenina: An‡lisis psicosocial realizado con 7 clientes y 32 prostitutas del sector central de San JosŽÓ, es la œnica que entrevista a las trabajadoras del sexo y sus clientes. Segœn ella, las mujeres son vistas por los clientes como buenas o  malas. Ellos defienden la prostituci—n como una alternativa al abuso sexual. Ana Mercedes Rojas Zorrilla y Marcela Scott Porras en su tesis "Relatos de vida y representaci—n del dinero en cinco mujeres prostitutas del Sector Central de San JosŽ,"  estudiaron la percepci—n del dinero por parte de las mujeres. Ellas miran el dinero de la prostituci—n como ÒculposoÓ, que debe ser gastado inmediatamente. Mariamalia Cede–o Ot‡rola en la tesis sobre la ley y la prostituci—n, "Prostituci—n femenina y Derechos Humanos en Costa Rica", entrevista a 38 trabajadoras del sexo y 25 polic’as en San JosŽ. Encuentra una total falta de respeto por los derechos de las trabajadoras del sexo. En otra tesis,  "Entre la disciplina y la respetabilidad.  La prostituci—n en la Ciudad de San JosŽ:  1939-1949," Juan JosŽ Mar’n Hern‡ndez, un historiador, estudi— los primeros intentos de la ciudad de San JosŽ por regular la prostituci—n por medio de la vigilancia de las mujeres, los prost’bulos, los bares y los pobres. Javier Desanti Henderson en su tesis en leyes, "Aspectos socio-legales de la prostituci—n en Puntarenas", estudia el impacto de la falta de protecci—n legal en la vida de las trabajadoras del sexo, quienes carecen de los derechos a la seguridad social. Eduardo Cordero estudi— tambiŽn aspectos legales en su tesis "La prostituci—n y los delitos derivados en nuestra legislaci—n positivaÓ. Finalmente, Margie Herrera Campos investig— a las mujeres prostitutas de la calle en su tesis  ÒDetr‡s del tel—n...Entre lo imaginario y lo real. Estudio cualitativo sobre mujeres en prostituci—nÓ. Estas mujeres, asiduas a La Sala, un proyecto del Instituto de Prevenci—n y Educaci—n en Salud  (ILPES), muestran patrones de abuso y falta de educaci—n. Sin embargo, estas trabajadoras constituyen un mundo aparte del que estudiaremos: son marginales y dedicadas a clientes locales de baja extracci—n econ—mica.

Un estudio independiente de la Universidad de Costa Rica es el de Maritza Ortiz, Alicia Zamora, Ana Rodr’guez, Laura Chac—n y Ana Luc’a GutiŽrrez, Soy una mujer de ambiente...Las mujeres en prostituci—n y la prevenci—n del VIH/SIDA, analiza las implicaciones y la respuesta al sida de las trabajadoras del sexo. Alicia Zamora, Edda Quir—s y Miriam Fern‡ndez en su trabajo Voy paso a paso..: Empoderamiento de las mujeres, negociaci—n sexual y cond—n femenino (1996),.considera los problemas de las mujeres en utilizar el cond—n femenino. Otro es el de Ronnie Shaw, Voyages: An Exploration of White Male«s participation in the Costa Rican Sex Tourism Industry, publicado en la revista The Berkely McNair Research Journal (81). Su estudio desenmascara las posiciones contradictorias entre los turistas sexuales y las mujeres del tercer mundo. Ellos buscan amor e intimidad y ellas, dinero y poder. Shaw encuentra, como lo hacemos nosotros en este estudio, que los turistas han abandonado la bœsqueda por intimidad con las mujeres del primer mundo. Shabinaz Ayoub en su ensayo sin publicar titulado Working women in tourism in Quepos, Costa Rica, analiza el impacto del turismo sexual en la econom’a de Quepos. Camila Kimball en su art’culo tambiŽn sin publicar Ticos and Ticas: Cross Cultural Gender Relations in Quepos, Costa Rica, estudia el turismo sexual de j—venes norteamericanas, las que transforman sus relaciones de gŽnero con hombres de la  comunidad. 

Los estudios cuantitativos

En el a–o 2000 el ILPES, financiado por el programa de la Agencia Internacional de Desarrollo AID, PASMO, realiz— un estudio cuantitativo en las trabajadoras del sexo centroamericanas. El objetivo fue evaluar las intervenciones de esta agencia norteamericana en reducir el riesgo de infecci—n del VIH en trabajadoras del sexo de escasos recursos. El estudio incluy— a mujeres que laboraban en prost’bulos, night clubs, saunas y en la calle. No estudi— a las mujeres que trabajan en el turismo sexual. Sin embargo, de acuerdo con las encuestas en el foro de turismo sexual, Costavivas.com, el 75% de los norteamericanos visita a las mujeres de estos sectores.[18] En otras palabras, los turistas tambiŽn se relacionan con las mujeres que trabajan para el mercado local (night clubs, saunas y prost’bulos) No obstante,  para abarcar el sector de mujeres que laboran con turistas, ser’a necesario ampliar la informaci—n que hemos obtenido. Esto lo har’amos en el segundo RAP que discutiremos m‡s adelante.

çmbito geogr‡fico y poblaci—n de la encuesta

El ‡mbito geogr‡fico del estudio se localiz— en Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua y Costa Rica.

Debido a que la presencia de las TCS (trabajadoras comerciales del sexo) se da en todos los ‡mbitos sociales, culturales y geogr‡ficos, y que las manifestaciones de ambos grupos son mœltiples y, generalmente, dif’ciles de localizar, se considera que resulta sumamente oneroso y hasta pr‡cticamente imposible, realizar un estudio a nivel nacional en cada uno de los pa’ses incluidos en la investigaci—n.

Por esta raz—n se hizo necesario redefinir el alcance geogr‡fico del estudio, de manera que facilitara el acceso a este grupo, tomando en consideraci—n el tiempo disponible para realizar la encuesta, los recursos financieros y las posibilidades reales de llevarlo a cabo en seis meses.  Al respecto, se determin— como apropiado seleccionar en cada pa’s su çrea Metropolitana (en Honduras, San Pedro Sula).

Otra consideraci—n importante que se tom— en cuenta es que las TCS deb’an ser entrevistadas en lugares que obedecieran a las necesidades ya expuestas en tiempo y en recursos.  Por esta raz—n, se decidi— concentrar la encuesta en los principales centros de reuni—n social y comercial frecuentados por ellas (pensiones, bares o cantinas y la calle), ya que el acceso es relativamente sencillo.  En lugar de seleccionar a las personas de nivel socioecon—mico bajo, se incluyeron todos los establecimientos cuya afluencia est‡ constituida, predominantemente, por TCS de clase baja.  Esto significa, en otros tŽrminos, que la muestra qued— delimitada a la parte m‡s visible del comercio sexual, que son las mujeres que asisten a efectuar su trabajo en estos lugares.

La poblaci—n de interŽs, finalmente, qued— constituida por las mujeres mayores de 15 a–os que laboran en el comercio sexual y que desarrollan su trabajo en sitios dedicados a esta actividad, caracterizados por ser de bajo nivel socioecon—mico y ubicados dentro de las ‡reas metropolitanas de los pa’ses centroamericanos, al momento de la encuesta.

Como lugares de trabajo se definieron los centros de reuni—n, locales, establecimientos comerciales o sitios frecuentados por las TCS para realizar su actividad.  Concretamente, son los bares, cantinas o tabernas donde asisten en busca de sus clientes.  TambiŽn se incluyeron los denominados burdeles o prost’bulos, es decir, las casas dedicadas exclusivamente a la prostituci—n.  Adem‡s, se incluyeron las calles por donde deambulan las TCS para establecer contacto con sus clientes potenciales.

El cuestionario

El dise–o del cuestionario comprendi— aproximadamente un mes.  DespuŽs de incluidas las observaciones de los/as asesores/as, la œltima versi—n fue revisada por la coordinadora de cada pa’s durante el curso de instrucci—n en San JosŽ.  El uso de tŽrminos espec’ficos y el mejoramiento en la redacci—n de algunas preguntas fue parte de la contribuci—n que ellas brindaron.  Casi todo el cuestionario fue precodificado, abarc— aproximadamente 250 preguntas y fue dise–ado para hacer las entrevistas cara a cara.

Tama–o de la muestra

El tama–o de la muestra fue determinado por PASMO, bas‡ndose principalmente en el tiempo necesario para contar con los resultados y la disponibilidad de fondos.  Se decidi— que una muestra de 400 TCS en cada una de las cinco ciudades era suficiente para los prop—sitos del estudio.  Es decir, el total de la muestra qued— determinado en 2000 TCS.

Si pudiera considerarse que el procedimiento de selecci—n que se aplica es un muestreo simple al azar de TCS, se tendr‡ el error probable de las estimaciones totales.  Asumiendo un tama–o de muestra de 400 entrevistas, un modelo de distribuci—n normal de las principales variables de la encuesta, una confianza del 90% de que esa muestra sea representativa del grupo de estudio y tomando el valor m‡s alto de la varianza de una proporci—n, se obtendr’a que el error m‡ximo de las estimaciones ser’a de 4.5 puntos porcentuales para cada ciudad.

Marco muestral

Para seleccionar la muestra no exist’a un marco muestral que permitiera establecer previamente un proceso de selecci—n en cada pa’s.  No obstante, fue factible construirlo.

Las instrucciones fueron las siguientes:

  1. Elaborar un listado ordenado de los lugares de trabajo de las TCS.  Las casas, burdeles o tabernas primero, y las calles, de œltimo.  Para cada uno de ellos se anot— una informaci—n diferente que se explica a continuaci—n.
  2. Estos lugares de trabajo debieron pertenecer a niveles socioecon—micos bajos, estar ubicados dentro del ‡rea metropolitana de cada pa’s y constituir puntos de contacto o de pr‡cticas de relaciones sexuales para las TCS.
  3. En cada establecimiento hab’a que entrevistarse con su/s propietarios/as o administrador/as para presentarles el estudio y ganar su colaboraci—n.
  4. En el listado de casas, burdeles o prost’bulos hab’a que diferenciar dos situaciones:  la anotaci—n, en primer lugar, de los lugares donde las TCS eran residentes habituales del establecimiento y, en segundo lugar, los lugares (bares) donde ellas solo estaban en horas de trabajo.  En el primero de los casos se anotaron los d’as en que funcionaba la casa, el nœmero de TCS que ah’ resid’an, el horario de trabajo y el nœmero de habitaciones que pose’a la casa.  TambiŽn se anot— si hab’a turnos de trabajo y en quŽ horas cambiaba de turno.  En el segundo se anotaron los d’as en que funcionaba el establecimiento, el nœmero de TCS que asist’a por d’a y el horario de apertura.
  5. En el listado de bares, cantinas o tabernas se anotaron los d’as en que funcionaba, el horario de trabajo y el nœmero de TCS que asist’a por d’a.
  6. Finalmente, en el listado de calles donde deambulaban las TCS, se anotaron las direcciones exactas de las principales calles donde ellas estaban presentes, el nœmero de cuadras o manzanas que ocupaba el sitio, los d’as en que asist’an, el horario regular de trabajo y el nœmero aproximado de TCS por cuadra o manzana.  TambiŽn se hizo una descripci—n de c—mo se distribu’an en el espacio.  Es decir, si eran libres de transitar por las diferentes manzanas o si ocupaban un lugar espec’fico, como una esquina.  En Žste se indicaron las calles, se pusieron los establecimientos que exist’an en esas calles y se ubicaron los lugares donde las TCS deambulaban.
  7. Una vez recolectada la informaci—n, se envi— a Costa Rica para su revisi—n y retroalimentaci—n.

En la regi—n fueron incluidos en el marco muestral 102 establecimientos con las caracter’sticas deseadas.  A continuaci—n se presenta el nœmero por pa’s:

Costa Rica

23

Nicaragua

18

El Salvador

25

Honduras

14

Guatemala

22

Total

102

Para saber si la muestra de 400 TCS era factible en cada pa’s, se estim— el nœmero de mujeres que acud’an a trabajar los d’as en que los establecimientos (incluyendo las calles) permanec’an abiertos.  La informaci—n b‡sica para realizar los c‡lculos fue proporcionada por cada coordinadora, ya que ellas tuvieron la responsabilidad de construir el marco muestral y debieron recolectar esta informaci—n.  Se insiste en que las estimaciones fueron realizadas solo para analizar la posibilidad de cumplir con un tama–o de muestra predeterminado en cada pa’s.  El por quŽ no puede tomarse como un dato v‡lido del nœmero de TCS que asiste a sus diferentes lugares de trabajo, se explica porque, dependiendo del lugar en donde laboren, la asistencia no siempre es regular ni ellas son siempre las mismas.  Adem‡s, el horario en que desarrollan su actividad difiere entre pa’ses y el nœmero puede fluctuar con el tiempo debido a la influencia o no de clientes.

Selecci—n de la muestra

Una vez construido el marco muestral, el asunto por resolver consisti— en decidir cu‡ntas entrevistas ser’an realizadas en cada lugar.

Debido a que se ten’a para cada ciudad un listado de los diferentes lugares con un nœmero aproximado de TCS por d’a, la muestra fue asignada en forma proporcional a esta variable.

Para seleccionar a las TCS se procedi— de la siguiente forma.  En primer lugar, y por razones de seguridad de las entrevistadoras, el equipo trabaj— en forma conjunta (cinco entrevistadoras y la coordinadora).  La selecci—n de las casas no tom— en consideraci—n si las TCS eran residentes o no.  En ambas situaciones se seleccion— un nœmero de d’as y horas al azar, igual al nœmero de entrevistadas asignadas al lugar de trabajo.  Para ello, se tom— en consideraci—n los turnos de trabajo, si exist’an.

Para la selecci—n de los bares se escogieron horas al azar.  Una vez seleccionada una hora espec’fica, se entrevist— a las primeras cinco mujeres que entraban en el establecimiento.

En el caso de las TCS que desarrollaban su actividad en las calles, fueron escogidos espacios y horas determinadas al azar, para que la entrevistadora seleccionara a la que transitara en ese momento.

La aleatoriedad de la muestra qued— determinada por la escogencia de horas al azar y porque se considera que el flujo de mujeres tambiŽn se da en forma aleatoria.  En realidad, la selecci—n de una hora espec’fica al azar se hizo por cuestiones de orden y para evitar que la entrevistadora tuviera una carga de trabajo que no pudiera manejar.

De acuerdo con el procedimiento empleado, en algunos casos (no residentes en bares o asistentes a bares), la probabilidad de selecci—n de una TCS en un lugar espec’fico es proporcional a la frecuencia con que lo visita.  Por esta raz—n se pens— que en archivo de datos deb’a ponderarse a cada individuo por el inverso de la frecuencia de su nœmero de visitas.  La variable de ponderaci—n fue incluida en el cuestionario y se pregunt— ÒÀCu‡ntos d’as al mes asiste usted a este lugar?Ó.

Siguiendo la costumbre al emplear este tipo de ponderaci—n, se obtuvieron las tabulaciones de las principales variables del estudio, tanto ponderadas como sin ponderar.  Debido a que los resultados fueron muy similares, se consider— innecesario hacer los ajustes con las ponderaciones obtenidas.  Esto significa que el archivo de datos de la muestra se trabaj— como si proviniera de un dise–o autoponderado.

Procesamiento de datos

Para la entrada de datos al microcomputador se us— el Sistema Integrado de Manejo de Encuestas (SIMAE).  El programa facilita la digitaci—n haciendo ÒpasesÓ autom‡ticos y revisando c—digos Òfuera de rangoÓ.  Adem‡s, puede generar listados de cuestionarios digitados, borrarlos y corregir variables, entre otras funciones.  Una vez obtenido un archivo en formato ASCII, fueron obtenidas las tabulaciones con el Statistical Package for Social Sciences (SPSSP/PC+).

En este momento, es importante mencionar que los estudios del ILPES son los œnicos trabajos cuantitativos que tenemos sobre la vida de las trabajadoras del sexo centroamericanas, incluyendo las costarricenses.

  

Grupos Focales

Un grupo de trabajadoras del sexo que laboran en centros orientados al turismo sexual fue invitado a tomar parte en estos grupos del ILPES,  el 29 de Julio del 2000, en sesi—n de 8 p.m a 10:30 p.m. Las discusiones se centraron en la percepci—n de ellas sobre los datos obtenidos en los estudios cuantitativos..

Entrevistas a profundidad

Una muestra de 20 trabajadoras del sexo fue invitada a entrevistas individuales, semi estructuradas, sobre su percepci—n del consumo de drogas y de alcohol y la relaci—n con el sexo inseguro. Cada entrevista tuvo una duraci—n promedio de una hora y se realiz— en tres night clubs de la ciudad de San JosŽ.  Cinco entrevistadores participaron durante el mes de Setiembre del a–o 2000.

Observaci—n Etnogr‡fica

Dos night clubs fueron seleccionados para la observaci—n in situ. Esta parte de la investigaci—n fue financiada por la Unidad de Drogas de la Organizaci—n Mundial de la Salud. Para darles un nombre a los locales, sin identificarlos, los designaremos Puro Placer y El’as. Puro Placer est‡ cerca del mercado de La Coca Cola en San JosŽ, parte de la zona roja de la capital. Las observaciones las hicieron un etn—grafo y una etn—grafa el 24 de Marzo del a–o 2000, con una duraci—n de cinco horas.

El’as es un club similar localizado en el Paseo Col—n, una zona comercial de mayor poder econ—mico. Los mismos etn—grafos estuvieron observando las actividades durante el 26 de Mayo del 2000, de la una a las cinco de la ma–ana

Estos night clubs cuentan entre 20 y 40 bailarinas, que son tambiŽn trabajadoras del sexo y una clientela que oscila entre 100 y 200 hombres cada noche. Los locales son centros de encuentro para los clientes y las mujeres que despuŽs de varios tragos, se retiran a las casas, moteles o apartamentos. La principal actividad en los locales es beber y tomar, no el sexo per se. Sin embargo, existen ÒprivadosÓ en que se pueden sostener relaciones sexuales.

RAP del 2004

Para este segundo RAP, el Žnfasis se puso en las trabajadoras del sexo que laboran principalmente para turistas norteamericanos.  Fue financiado por la Universidad de Delaware. Se realiz— durante los meses de setiembre, octubre y noviembre. Para lograr el objetivo se siguieron los siguientes pasos:

-                      Mapeo de los principales locales dedicados al turismo sexual en San JosŽ y Jac—. Esto se hizo durante tres semanas en el mes de setiembre. ÒMapearÓ es hacer un mapa que identifique todos los lugares orientados al turismo sexual para luego hacer las intervenciones.

-                      Estudio de los foros de turistas sexuales en el Internet. Un total de 200 horas durante setiembre, octubre y noviembre.

-                      Entrevistas a profundidad con 10 trabajadoras del sexo en el hotel Mamei y  en el night club Te Amargo. (no son sus nombres verdaderos). Cada entrevista dur— 2 horas.

-                      Entrevistas a profundidad con 15 meseros, taxistas y personal de seguridad que labora en la industria sexual. ƒstas tomaron lugar durante cuatro fin de semanas en octubre y noviembre.

-                      Dos grupos focales con 10 trabajadoras del sexo que entrenan en un lujoso gimnasio de San JosŽ. Las entrevistas se realizaron en la sala de conferencias en el mes de Noviembre.

-                      Entrevistas a profundidad con 10 trabajadoras del sexo en Tanto Inch, un night club, durante octubre. Cada entrevista con una duraci—n de 2 horas.

-                      Cinco entrevistas con el personal del Ministerio de Salud. Cada entrevista dur— una hora y se realiz— en el mes de setiembre.


ANTECEDENTES

Se ha dicho por ah’ que los pa’ses no tienen amigos; solo comparten intereses. Esto significa que no puede haber algo que se aproxime a un sentimiento, y mucho menos una atracci—n sexual entre naciones. Sin embargo, el lenguaje revela otro sentir.
El de la  guerra, por ejemplo, est‡ cargado de significados sexuales, tales como ÒconquistaÓ, Òinvasi—nÓ, Òpenetraci—nÓ, ÒdivorcioÓ y  muchas m‡s. Solemos decir, tambiŽn,  que una naci—n flirtea con otra, establece un matrimonio de conveniencia o rompi— sus relaciones. Hablamos de pa’ses que se odian, que no se perdonan o que se atraen entre s’. En realidad, podemos creer que estos son recovecos del lenguaje, formas metaf—ricas de hablar. Pero este lenguaje no est‡ del todo desprovisto de sentido: los pa’ses y los pueblos tienen relaciones hist—ricas y visiones de sus gentes que afectan la manera en que sus individuos interactœan. La forma en que los norteamericanos y los costarricenses se miran, responde a mucho m‡s que un simple interŽs: est‡ de por medio, como en toda relaci—n er—tica, una amalgama de realidades y de estereotipos que acentœan la atracci—n y la repulsi—n.

En tŽrminos generales, Costa Rica no es un pa’s pobre, en que los norteamericanos se sientan en el cuarto o quinto mundo. La naci—n tiene el m‡s alto nivel de desarrollo en la regi—n. Existe pobreza, pero no extrema, no la del tipo que hace que los visitantes del primer mundo se sientan culpables y a la vez, envidiados.  Esta repœblica centroamericana tiene niveles de educaci—n y de salud que la ubican entre los pa’ses desarrollados. Adem‡s, ostenta m‡s a–os de democracia que cualquiera de las sociedades latinoamericanas y la ausencia del ejŽrcito, es una de sus grandes conquistas. De  la misma manera que su contraparte del Norte, Costa Rica ha mostrado un deseo hist—rico de aislamiento, de evitar el contacto con sus vecinos y de mantenerse alejada de los conflictos bŽlicos. Se le conoce como la Suiza centroamericana, un jard’n de paz que en la mitolog’a del pa’s, le brinda un sentido especial  ser a la tica, algo parecido a lo que los norteamericanos sienten por su patria.

Existen caminos distintos por los que Estados Unidos y Costa Rica llegaron a establecer sus democracias. Pero el que las tengan y se sientan orgullosos  de ellas, acentœa la atracci—n de sus pueblos.

El primero lo logr— por medio de la riqueza que le depar— las vastas tierras ocupadas y por el empuje de sus pobladores que se vinieron en forma masiva; el segundo m‡s bien por su pobreza, su peque–ez y su poca poblaci—n. Sea como fuere, en ambos lugares,  la naci—n ind’gena fue diezmada por las enfermedades y la explotaci—n. En 1821, con solo 25.000 abor’genes, Costa Rica era  la regi—n m‡s despoblada de AmŽrica Central. [19] La disminuci—n de  los indios y su desplazamiento a reservas perifŽricas,  fue comœn en ambos pa’ses. No solo los norteamericanos y los ticos han cortado con su historia precolombina, sino que comparten las ideas racistas de las sociedades que no se mezclaron significativamente. Al mismo tiempo, al olvidar el pasado ind’gena, sus ciudadanos  se obsesionan con el presente y el futuro: los ticos y los norteamericanos valoran lo pragm‡tico, lo que sirva en el momento y est‡n dispuestos a abandonar f‡cilmente lo que se considere antiguo y obsoleto. San JosŽ, por ejemplo, ha demolido sus edificios hist—ricos sin ningœn pesar.

Al carecer de riquezas minerales, el pa’s nunca tuvo prioridad para la Corona Espa–ola y de ah’ que Žsta no invirtiera en infraestructura, ni en construir ciudades de importancia. No es de extra–ar que el pa’s no fuera una zona de migraci—n extranjera, ni atrajera inversionistas y empresarios. [20] Al ser una colonia cat—lica, no ten’a posibilidades de comerciar directamente con los pa’ses protestantes, los que mov’an la econom’a mercantilista. [21] En vista de su pobreza y la ausencia de productos de exportaci—n importantes, con la excepci—n del cacao y del tabaco por breves per’odos, el pa’s no ten’a grandes divisiones sociales y por ende, no necesitaba de medios de represi—n sofisticados. De ah’ el establecimiento de una democracia agraria basada en la pobreza y en la abundancia de tierras para su peque–a poblaci—n.

De haber el pa’s continuado con esta pobreza colonial, su destino hubiera sido muy distinto del de los Estados Unidos que en el siglo XIX llegaba a convertirse en una naci—n rica e industrializada, caracterizada por su gran modernidad. Sin embargo, despuŽs de su independencia, en los a–os de 1840, el pa’s centroamericano tendr’a -con la introducci—n del cafŽ- su propia revoluci—n moderna. No solo la naci—n se integraba en la econom’a mundial con un producto apetecido, sino que la creciente riqueza le permit’a hacer una peque–a revoluci—n social. De la misma manera en que la globalizaci—n hoy d’a exige cambios en la estructura del pa’s, as’ lo hizo el liberalismo en el siglo XIX. Para poder exportar cafŽ se necesitaba dinero y este vendr’a de los pa’ses protestantes emergentes; principalmente Inglaterra. [22]  Para obtenerlo, hab’a que privatizar la tierra, permitir la libertad de culto y de conciencia y terminar con las herencias absolutistas heredadas de Espa–a.

Esta peque–a repœblica  entr— a la modernidad de manera acelerada porque precisamente no ten’a una econom’a colonial y una clase social terrateniente imponente que se le opusiera. De un momento a otro, Costa Rica ten’a el nivel de desarrollo m‡s alto de AmŽrica Latina. La naci—n construy— su infraestructura, estableci— instituciones financieras  pœblicas y privadas, mejor— la educaci—n y la salud de su poblaci—n. Lleg— a tener luz elŽctrica antes de que muchos pa’ses europeos; San JosŽ fue una de las primeras ciudades en el Continente que tuvo el cine, salas de mœsica y un teatro nacional para el disfrute del arte y de la mœsica cl‡sica. DespuŽs de la segunda guerra mundial, abri— sus puertas a inmigrantes de otras regiones y su poblaci—n creci— sin interrupci—n. Hoy d’a el pa’s tiene un nivel de vida que es uno de los m‡s altos de AmŽrica Latina. El ingreso per capita es seis veces mayor que el de Nicaragua, tres veces del de Bolivia y dos del de la Repœblica Dominicana. [23] En el campo de la lectura, este pa’s tiene los ’ndices m‡s altos de toda AmŽrica Latina y en el de salud, las mortalidades infantiles m‡s bajas.[24] Costa Rica ser‡ un pa’s que se le conoce en Estados Unidos como una repœblica bananera. No obstante, su gran clase media, su belleza natural y su tradici—n democr‡tica contribuyen a que no se le asocie con el subdesarrollo y la marginalidad.

Cultura Sexual

Estados Unidos empez— como un pa’s puritano que con la modernidad, la urbanizaci—n, la migraci—n interna y externa de proporciones gigantescas y su gran riqueza natural, fue lentamente dejando atr‡s su mojigater’a sexual. Costa Rica, por su parte, empez— como una sociedad puritana que tuvo que hacer a un lado, por razones de pobreza, su restricciones sexuales. Ambos pa’ses se parecen hoy d’a por ser pueblos liberales, en que las prohibiciones religiosas cristianas no son ciegamente obedecidas.

La colonia espa–ola se caracteriz— por la cultura de ÒObedezco pero no cumploÓ. Esto significaba que la Corona, al conquistar el Nuevo Mundo, no era ya la m‡s desarrollada en Europa y  no pod’a proveer ni las manufacturas ni los controles militares para imponer sus designios. Durante todo el per’odo colonial, Espa–a se convirti— en una simple intermediara entre Inglaterra, Holanda y las colonias americanas. A pesar de que la estructura pol’tica, en teor’a, era absolutista (los reyes impon’an sus œltimos deseos desde Madrid),  en la pr‡ctica los pol’ticos locales optaron por hacer lo que se les antojaba. [25] A diferencia  de los Estados Unidos, la capacidad de los mestizos de bloquear cualquier legislaci—n desfavorable, hizo que no sintieran necesario romper con la Madre Patria. Los movimientos de independencia surgieron precisamente cuando, en medio de las invasiones napole—nicas, Espa–a trat— de ÒrecolonizarÓ el Nuevo Mundo. Cuando se vieron amenazadas, las elites latinoamericanas, optaron por las guerras de independencia.[26]

La misma dicotom’a entre la teor’a y la pr‡ctica se dio en el ‡mbito sexual. Las colonias americanas recibieron un legado cristiano sexual que prohib’a el adulterio, el aborto, las relaciones extramatrimoniales, el reconocimiento de los hijos ileg’timos y la pŽrdida de la virginidad antes del matrimonio. Esta ideolog’a, conocida como machismo (los hombres ten’an todas las libertades) se hered— de los moros, quienes conquistaron Espa–a por 800 a–os. DespuŽs de luchas centenarias por liberarse de ellos, en 1492, los reyes cat—licos doblegaron al œltimo basti—n ‡rabe en Granada. La victoria cristiana acentu— el fundamentalismo religioso y el poder de la Iglesia Cat—lica. Al surgir triunfante, la Corona decidi— controlar lo que ser’an sus colonias: prohibi— la migraci—n de jud’os y de musulmanes, impuso la Inquisici—n para los falsos conversos y opt— por cristianizar, por las buenas o las malas, a las poblaciones abor’genes. .[27]

Sin embargo, en unos pa’ses m‡s que en otros, imponer el fundamentalismo cat—lico fue imposible. En el caso de Costa Rica, por ejemplo, hab’a un problema serio: la falta de poblaci—n. De acatarse los dictados cristianos, la colonia no ten’a c—mo auto sostenerse. Hab’a reducido a la poblaci—n ind’gena que en otras colonias como MŽxico, Guatemala o Perœ, aunque tambiŽn dr‡sticamente diezmadas,  continuaban proveyendo mano de obra  casi esclava a la nueva econom’a. A diferencia de los Estados Unidos, Costa Rica no atra’a a inmigrantes porque no ten’a ningœn producto importante que exportar y sin estos, su futuro era pesimista. Aunque la Corona demandaba  penas severas en contra de la prostituci—n, el adulterio, el sexo recreativo y los hijos ileg’timos, una m‡s cruda realidad hac’a imposible su implantaci—n. La colonia centroamericana necesitaba mano de obra y si Žsta no ven’a del extranjero, deb’a ser producida localmente. [28]

Por medio del adulterio, la tolerancia para que los hombres tuvieran una o m‡s mujeres y ÒsegundasÓ casas, el incesto y  las familias numerosas, Costa Rica  cre— su mercado de trabajo. La Iglesia tica colonial las condenaba, inclusive el divorcio, pero la realidad era que se hac’a de la vista gorda con las pr‡cticas reales de  la poblaci—n.  Se convirti— en una instituci—n que se preocupaba solo por la forma.[29]

Algo similar pas— con la conversi—n de los ind’genas. Ricardo Blanco, historiador de la iglesia costarricense, nos dice que Žsta tampoco le prest— atenci—n a su evangelizaci—n. Cre’a que la conversi—n de los abor’genes al cristianismo no era factible Òporque los indios eran vistos como defectuosos intelectualmente y con creencias religiosas muy distintasÓ, por lo que los religiosos optaron por un sincretismo entre una forma cristiana y una pr‡ctica pagana: mientras se llamaran cristianos, no importaba quŽ hicieran en la privacidad de sus hogares. [30]

Mientras que en los Estados Unidos el fundamentalismo puritano se debilitaba por la modernizaci—n y la migraci—n masiva, en Costa Rica se hac’a por la pobreza y la falta de migraci—n. Aunque los resultados parecieran similares, el proceso crear’a culturas sexuales muy distintas. En Costa Rica, la sexualidad m‡s abierta se practicaba a callado; no hab’a que rebelarse mientras se hicieran las cosas con Òdiscreci—nÓ. Esto es lo que he  llamado la Òcompartamentalizaci—nÓ de la sexualidad tica: o sea, que la teor’a y la pr‡ctica van separadas y que para cada pr‡ctica distinta, se hace una gaveta mental. En Estados Unidos, por el contrario, la liberaci—n sexual se logr—, no creando gavetas mentales, sino m‡s bien resolviendo las contradicciones entre la teor’a y la pr‡ctica.  De ah’ que en el pa’s del Norte, cada grupo que buscaba un proyecto de liberaci—n, lo hizo tir‡ndose a la calle para cambiar la legislaci—n, mientras que en Costa Rica la calle es el lugar en que menos se lucha por cambios en la sexualidad. Las leyes pierden importancia porque nadie las respeta. El lema en este pa’s centroamericano es Òtenga relaciones sexuales pero no hable de ellasÓ; en Estados Unidos,  para tener relaciones sexuales es necesario hablar primero ( y luego,  cambiar las leyes).

En Costa Rica, la ideolog’a sexual cristiana siempre fue m‡s fuerte en el centro que en la periferia. Entre m‡s pobre la gente, m‡s libertad sexual ten’a y la instituci—n del matrimonio cristiano fue, por mucho tiempo, un lujo de los ricos. En vista de que el pa’s se  desarroll—  m‡s a partir de los a–os de 1950,  el creciente costo de la vida, y los deseos de ascenso social de la poblaci—n, ahora posible para la mayor’a,  empezaron a frenar la libertad sexual. Mientras en Estados Unidos estos factores aceleraban el declive del matrimonio y la familia nuclear, en Costa Rica tuvieron el efecto inverso: el pa’s empez— a promover el matrimonio para todos y la reducci—n, por vez primera, de la familia nuclear. Las Òsegundas casasÓ empezaron a ser mal vistas y muchas mujeres, involucradas en el movimiento feminista, cuestionaron el machismo de los ticos.[31]

Aunque el movimiento feminista costarricense se inici— en los a–os de 1920, igual que en Estados Unidos, cobr— fuerza despuŽs del decenio de 1960. Gracias a Žste, se han adoptado leyes en contra de abusos por divorcio, maltrato, discriminaci—n pol’tica y laboral. Al obtener protecciones para las amas de casa, la legislaci—n de igualdad de gŽnero ha empezado a ÒmonetarizarÓ y cuantificar los trabajos domŽsticos, fen—meno que antes no se expresaba en colones.   De esta manera, en caso de abandono o de divorcio, los hombres son obligados a asumir sus responsabilidades financieras. Parad—jicamente, ante los ojos de los varones, el matrimonio se convierte en una carga econ—mica m‡s y en obligaciones que suelen  llevarlos, en caso de no asumirlas, a prisi—n. Algunos opinan que el Estado ha convertido en una suma de dinero la relaci—n heterosexual y que la diferencia entre el matrimonio y la prostituci—n, se ha atenuado. En ambos, los ÒserviciosÓ emocionales y sexuales tienen ahora precio.

Los turistas sexuales, de la misma manera que muchos ticos, escriben en los foros en Internet que las Òprostitutas son las œnicas mujeres honestas que cobran por sus servicios directamenteÓ.[32]  Insinœan que las esposas lo hacen indirectamente gracias a la nueva legislaci—n. La reacci—n masculina antes esto, ha sido similar a la de los americanos: un incremento del divorcio y de la participaci—n de los hombres en frecuentar a las  prostitutas.