Viajes por Filipinas: De Manila á Marianas by Juan Álvarez Guerra - HTML preview

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cuarto

de cara de las de allá, así quepuedo asegurar que Angué es muy guapa.

Fotografiémosla.

Angué es alta, fuerte, de abultadas y exuberantes formas; ha dejadode jugar con las sampaguitas, y apoya indolentemente su cuerpo enlas conchas. Todo su sér respira dulzura y melancolía. Sus ojos,ligeramente entornados, están fijos, están en uno de esos momentos enque no ven

; tiene la falta de vida que constituye en la inteligenciaesas profundas abstracciones en que nada

pensamos. Los ojos de Anguéson negros, cual negras son sus largas pestañas y su hermoso pelo,que esparcido en hebras le cubre la espalda y los hombros, haciendoresaltar el color cobrizo de su cara, rasgo característico de la india,en cuyos cutis jamás encontraréis otro color. La nariz es menos chataque las de su raza. Su boca es pequeña, aunque de labios un tantogruesos; sus pómulos pronunciados; la frente deprimida; los dientespequeños y ligeramente coloreados por los jugos del buyo, y mórbidasy correctas sus formas, según podemos ver bajo la transparencia desu rica camisa de piña

.

Angué viste un costoso traje. Cual en Madrid en tiempos, el día delCorpus, daba los patrones á la moda, así en Filipinas los da el de lafiesta de Binondo. Con arreglo á lo tácitamente convenido en aquella,nuestra dalaga ostenta camisa de piña sombreada, corto y airoso tapisde glasé, vistosa saya de gró á rayas verdes y blancas, chinela bordadaen plata, escapulario de finos relieves y terno completo de corales.

El traje de la india rica, que hoy se confunde con el de la mestiza,es sumamente gracioso. No siendo una mujer

verdaderamente

fea, parecebonita con el pintoresco atavío de las hijas del Oriente. Ahora sí,lo que debemos manifestar es que el

aire

para llevar ese traje espreciso tomarlo desde el vientre de la madre. Con el tapis sucede loque con la mantilla; ni se puede falsificar ni se puede parodiar. Parallevar tapis hay que nacer á las orillas del Pasig, como para terciarseuna mantilla no hay más remedio que comer las papillas acariciadopor las brisas de Sierra-Nevada, dormir arrullado por las palmas y elpolo gitano, despertar con el alegre volteo de la campana de la Vela,saber beber manzanilla, y en fin, y ¡viva mi tierra! haber nacido enaquel pedazo de cielo que se llama Andalucía.

La mirada de Angué sigue inmóvil.

¿En qué pensará?

¿Abrigará temores? No. El sol alumbra en el horizonte sin nubes,los canarios de China cantan sus amores, las

bomgas

y las palmasbaten sus hojas ante la fresca brisa del mar. Con cantos, flores yluz no puede haber temores. El

Asuang

y todos los malos espíritus,ya sabe la dalaga que buscan las sombras.

¡Inmóviles siguen los ojos de Angué! ¿Dormirán ante el temor dealgún remordimiento, ó ante el éxtasis del placer de una satisfechavenganza? No. Angué no tiene remordimientos, como no los tiene ningunaindia.

Todo lo que hacen creen lo pueden hacer.

El deber y el honor tiene en la india una interpretación muy diferenteque en el viejo mundo. Entre la raza pura, no habría necesidad deescrituras ni protocolos. Jamás una india del interior ha negadouna deuda, como jamás ha llegado á ocultar un momento de pasiónen el sangriento drama del infanticidio, ó en el misterioso tornodel expósito.

Lo que hace, si no lo pregona, tampoco lo oculta. Sufre con resignacióncuanto le proporciona su culpa, y ni se queja, ni se lamenta, nise arrepiente.

¿Amará Angué? ¿Obedecerá su languidez á uno de esos tiernossentimientos que llenan el alma? No.

Las pasiones de Angué, como todaslas de su raza son momentáneas; aman hasta el delirio, pero olvidanhasta la absoluta indiferencia. Es cierto que las horas que aman lasrodean de cuantas ternezas caben en el humano corazón, y de cuantoscariños y locuras puede soñar un sér amante. Ella vela el sueño—ellaaletarga dulcemente nuestro espíritu con el cadencioso susurro del cundiman

ó el mimoso

mata-mata

; ella refresca nuestro ardorosocuerpo con el

paypay

ó el

pancag

; ella nos rodea de una perfumadaatmósfera con las hojas del ilang-ilang

ó las blancas sampaguitas;ella, si nos ve tristes, dice en su sencillo y poético lenguaje que elcielo tiene nubes; ella, paloma del Oriente, arrulla á su amante consus palabras, sus caricias, sus canciones, mas

… en estos momentosde abandono, sin saber por qué, sin causa ni motivo alguno, cesansus caricias y callan sus pasiones. El genio de la inconstanciasustituye al dios de los amores; y la que momentos antes era laesclava, torna á ser señora y deja el nido y al amante sin amor,sin pena y sin recuerdos.

La india posee el indiferentismo en un grado tal, que todo le importapoco. El amor propio suele adormecerla alguna vez, pero el despertares momentáneo. Pruebas del indiferentismo indio se ven inmediatamenteque se ancla en un puerto de Filipinas. Asistid á un entierro y laslágrimas que allí veréis, son cual el de las antiguas plañideras:estas desempeñaban su papel por el dinero: la india rinde un tributoá la costumbre; vió que lloró su madre cuando murió su abuela, y ellallora cuando se muere su madre, sin que esto sea obstáculo para reiró bailar á las dos horas de verificarse el entierro. Entrar en unacasa de juego, pasión culminante de la india, y allí la veréis sincontraérsele un músculo de su cara, y sin pronunciar una palabra malsonante su lengua, perder su último dinero, y pasar de la riqueza ála indigencia como si tal cosa.

Colmarla de favores y de beneficiosy os dará si lo pedía cuanto tiene; más no esperéis una palabra deconsuelo en el dolor, ni una lágrima, ni un significativo apretón demanos en un momento solemne.

En la indiferencia ni nacen venganzas, ni anidan amores, ni se evocanrecuerdos.

Angué es indiferente.

Angué sigue inmóvil. Ni piensa, ni siente, odia, ni ama.

Angué duerme.

* * * * *

Esta es la india rica, este es su tipo. Llegará la tarde y disfrutaráun momento de vanidad al contemplarse rica y hermosa: se comparará conlas demás y se verá la dalaga mejor ataviada de la procesión. Estapasará por delante de su casa cuyas conchas atestadas de castilasle mantendrán la vanidad, Concluída la procesión hará los honoresde la casa, dará doscientas vueltas alrededor de la sala, ofrecerásin cesar en bandejitas de cristal, pequeños bullos y secos tabacos,bailará y hasta hará vibrar en el arpa los recuerdos de alguna canciónmorisca ó evocará la triste historia de Atala

, desfigurada por la

sangrienta

mano de algún joven

filósofo

.

Después … después la música dará su último

trompetonazo

, los

tinsines

su postrimer chisporroteo, y Angué despojada de sus galasni aun soñará con el triste Chartras.

Descorramos los bastidores.

Veamos otro tipo.

Entre la iglesia de Binondo á la capitanía del Puerto, hay una callellamada de San Fernando: en la parte izquierda un trozo tiene portales.

A los portales de la calle de San Fernando vamos á llevar á nuestroslectores.

En una de las tiendas, mejor dicho cajones, está nuestro tipo.

Pepay

, sentada en el pequeño mostrador, observa á los transeúntes alpar que con una mano acaricia un fardo de diversas y pintarrajeadastelas, y con la otra perezosamente da vueltas á un pequeño listón de narra

que le sirve de medida.

Parémonos ante aquella tienda.

Estamos frente á frente á Pepay la

Sinamayera

.

La sinamayera, ó sea vendedora de telas, representa la claseindustrial, la clase trabajadora.

Nosotros ya la conocemos de antiguo, así que de antiguo sabemos suhistoria. La hemos visto crecer y no ignoramos todas las fases porque ha pasado para llegar á ser tendera.

Contemos su historia.

Pepay no conoce á sus padres. Huérfana y niña recuerda haber dado susprimeros pasos, en la caída de una

casa grande

. Pertenece á lo quese llama la dudosa clase de

crianza

.

El nacimiento de las crianzas en su generalidad envuelve más deun misterio. La primera bola

de

morisqueta

la hacen en casarespetable, y dan el título de

tía

á la dueña de ella.

En Filipinas también hay

sobrinas

.

Nadie recuerda cuando nació Pepay ni quién la bautizo, pero todossaben es sobrina de su tía.

Tan luego empezó á balbucear en la Cuaresma las dos mil

mangas

que empiezan con

manga

Pilatos, y concluyen con manga celestial,Pepay pasó del bullicio de la casa al recogimiento del beaterio

. Allíaprendió á leer y escribir, y en estos progresos murió la tía.

La pensión dejo de pagarse. Los herederos de aquella no estuvierontodo lo propicios al reconocimiento del parentesco, y Pepay seencontró en el mundo á los quince años, con una regular figura,unos cuantos conocimientos, un buen deseo y un tanto de malicia,fruta que sazona en todas las corporaciones de gente joven.

Pepay, como todo ser racional de la India, tenía su compadre. Estemantenía un pequeño tráfico naval.

Era dueño de unos cuantos

cascos

;proveía de leña las tahonas de

Joló

y

Gunao;

hacía comercio deaceite y

palay

; contrataba carga y descarga, intervenía en algunapequeña contrata en el arsenal, y por último, daba dinero á

módico

precio. Tan heterogéneo comercio encontró una especie de tenedora delibros en la crianza.

En su nueva profesión aprendió Pepay toda la ciencia

bursátil

:profundizó los productivos misterios que puede encerrar el lamcape

de la

bullera

, el

lusong

de la

pilandera

, y las telas de las

sinamayeras

, oprimidos seres, sujetos en su mayoría á la usura,terrible enemigo del capital.

Con una

mediana

usura, un cuaderno de cuenta y una regulardisposición, en poco tiempo puede hacerse de un peso tres,multiplicación que acabó de comprender Pepay en las complicadas listasde una vecina, cabecilla

de mesa de la fábrica de tabacos de Fortín,personaje que, Dios mediante, encontraremos más adelante.

Teniendo Pepay

alas

propias, principió á volar fuera del círculode las operaciones ajenas.

Explotó

zacatales

, y unas veces teniendo

aparceros

y otras

casamas

, recorrió en pequeña escala todos los negocios.

En las relaciones de su tráfico tuvo ocasión de tratar con un guapomestizo, y con él y algunos cuartos dió fondo en los soportales deSan Fernando, abriendo al público y á sus muchos amigos una tiendade sinamais

y otras telas.

La india industrial difiere de la rica en que aquella tiene actividadpor días mientras que á esta constantemente la domina la pereza.

La primera gestiona sus negocios, piensa y observa, va y viene con unpañuelo lleno de cuentas, reclamos

y papeles; la segunda, compartela vida entre el baño, el

petate

, las fiestas y los paseos á laluz de la luna.

Pepay, no por ser industrial deja de ser india; así que su actividad álo mejor se convierte en pereza, y sus ahorros, planes y cálculos sepierden en la inercia, en una apuesta de un gallo ó un entrés contrauna sota.

Pepay difiere poco de Angué; es preciso fijarse mucho para distinguirla india que compone la aristocracia del dinero, á la que caracterizala del trabajo. La verdadera diferencia está entre la clase pobre ylas demás, según podremos ver en el boceto del siguiente cuadro.

En la caída de una elegante casa de uno de los aristocráticosbarrios de Manila, vese sentado sobre un petate un ser que con solomirarlo se comprende arrastra su existencia por el triste arenalde las penas y amarguras. Aquel sér es una mujer, mejor dicho, unaniña. Sus facciones están demacradas, y son miserables sus escasasropas. Entre sus descarnados y largos dedos, esponja y prepara una batea

de

gogo

que servirá para refrescar y limpiar la cabeza delsoberano de aquella casa.

El soberano no es soberano, sino

soberana

. Es la casa de una ricay guapa mestiza.

La pobre niña mira la hirviente espuma que forman los jugos delgogo con la infantil complacencia de la que eleva blancas burbujasde jabón. En su sonrisa hay, sin embargo, un no sé qué difícil deexplicar.

Aquella unas veces parece reflejar una completa idiotez, alpar que otras transparenta una melancolía, una pena y un sentimiento,cual si aquella sonrisa la alentara el genio que guarda los misteriosossecretos del alma.

¡Pobre niña! ¿Cuál será tu porvenir? ¿Cuál tu pasado?

¡Tu presente es negro, cual las alas del

panique

de la noche! ¡Tuexistencia triste, cual tristes son esas melancólicas flores que crecenen todos los cementerios de la India! ¡Ha tiempo eres esclava! ¡Hatiempo fuiste llevada al mostrador

de la usura y quedaste empeñada!

Tu madre era cigarrera; un día necesitó pagar una deuda, y no teniendodinero se lo pidió á la cabecilla de su mesa: esta se lo dió ¡pero áqué costa! Tú fuiste la hipoteca de aquel contrato; tu sangre, y untrabajo sin tregua ni descanso, los réditos; y la absoluta pérdida detu libertad, la cláusula de aquel monstruoso pacto.

Desde aquel momentotuviste una despótica señora. El dinero dado era poco, más los réditoseran muchos; tu sudor era el pago. Tres años de continuos trabajos,no solo no bastaron para amortizar el capital, sino que acumularonlos réditos.

La madre de la pobre niña murió.

La

hipoteca

que aquella contrajo, estaba existente.

Un día la mestiza, á quien sirve la niña, necesitó un ser de suscondiciones; habló con la cabecilla, y previos

justos

y

legítimos

pagos, le transmitió la

propiedad

, sin que para nada intervinierala voluntad de la enajenada.

Se dirá: pero la esclavitud ¿existe en Filipinas? ¿no hay leyes? ¿novelan justos tribunales?

Los hay; pero ¿qué sabe la pobre niña de leyes, de jueces, ni dederechos? Desde los pechos de su madre solo aprendió deberes. ¡Suciencia se reduce & obedecer y llorar!

Aquel desgraciado ser que prepara el gogo, es posible que muera sinhaber podido pagar con una vida de trabajos el rédito de

ocho

ó

diez

pesos dados á su madre. La ropa que usará mientras estébajo el dominio de su señora serán los últimos harapos de la casa,dados por supuesto, con su cuenta y razón.

No decimos el nombre de la niña, porque no lo sabemos; es más, no losabe nadie. Su ama cuando la llama, dice solamente

¡una!

y esa unaes la desgraciada hija de la cigarrera.

Es cierto que estos abusos van desapareciendo ante la asidua vigilanciade la autoridad; más sin embargo, tipos como el anterior se encuentrantodavía en Filipinas.

Hemos descrito la individualidad; volvamos hoja, y aunque ligeramentey á grandes rasgos, veremos la colonia en general.

CAPÍTULO VII.

España en Filipinas.—Colonización.—Política.—Toleranciareligiosa.—Juramento chínico.—Pascuas, festejos yConfucios.—El

matandá

.—El municipio dentro del municipio.—Elempleado.—Patriótico aviso.—Desconocimiento de Filipinas.—Reformasy mejoras.

Todas las colonias del mundo obedecen á un sistema fijo, á unfin dado, beneficioso al dominador, al par que al dominado. Lacolonización inglesa, la holandesa y hasta la misma francesa, bien seestudie bajo el cosmopolitismo comercial de Singapore; bien en lasprimitivas costumbres del malabar que lleva sus dedos á la frenteen señal de acatamiento ante una civilización de que se utiliza,por más que no comprende; bien se aquilate en las colosales obrasde la cisterna de Aden; bien en las riquezas de los mercados deCalcuta y Bombay; bien en la transigencia de la pagoda; bien enlas sagradas corrientes que baten la druídica peña ó dan vida almuérdago del sacrificio; bien que esa colonización se levante ála sombra del peñasco de Hong-Kong, atalaya que vigila al CelesteImperio; bien que se extienda por las abrasadas arenas de la Arabia,bíblicos recuerdos que evocan las civilizaciones faraónicas; bien querespete antiguos usos, contemporizando con las grotescas fórmulas delritual cipayo; bien viva bajo el protectorado yankee en las ondasdel Pacífico; bien á la sombra de la tricolor bandera de Saigón;bien que se extienda desde los modestos establecimientos de Macao,á las opulentas factorías de la India y de Java, donde el indígenapercibe los efectos del telégrafo y del vapor, sin que jamás llegueal conocimiento científico de las causas que obran bajo el émbolo dela caldera que desarrolla la fuerza ó la confusión de los elementosde la pila que arrancan el rayo; bien que la metrópoli explote, orael sensualismo malabar, ora el embrutecimiento en que reduce al chinolas perniciosas emanaciones del anfión, siempre vemos su razón de ser,su principio vital de conservación, extremo al cual debe llevar laraza dominante todo su estudio, toda su ciencia y todos sus cuidados.

En Filipinas, en ese riquísimo Archipiélago que constituye por laferacidad de su suelo la colonia mas rica del mundo, en lo único quepuede decirse se asemeja á las demás en cuanto á la constituciónque las gobierna, es en la tolerancia, tanto religiosa comopolítico-administrativa.

En un país como Filipinas que viene anatematizado poco menos quecomo una sucursal de los antiguos y terroríficos tribunales del SantoOficio. En Filipinas,

nido

de frailes, de procesiones y de jesuítas¡cosa rara! puede decirse hay libertad de cultos. ¿Se creerá estode aquellas comarcas simbolizadas por el que no las conoce bajo laintransigencia del exorcismo, de la intolerancia y de la presión delpúlpito y del confesonario? La libertad de cultos existe de hecho yde derecho; tanto es así, que se ha legislado y está, vigente en losReales autos de las Islas las complicadas fórmulas de los juramentoschínicos; de modo que no solo el chino practica su ritual, sino quehace partícipe de él á católicos rancios, pues no otra cosa sucede anteel sacerdocio de la ley, tan luego acude en juicio un chino y pidela solemnidad del juramento. Esta petición es legítima, la ampara laley, y el juez se ve precisado á presenciar, autorizar y respetar elque el santuario de la justicia se vea ahumado ante el fuego de lasinvocaciones, y los profundos textos del Rey Sabio interrumpidos por elcacarear de los gallos blancos que han de ser degollados en el ara, queno es, ni más ni menos que el pavimento de los estrados del juzgado.

La pascua chínica se celebra en Filipinas por los sectarios deConfucio, frente á frente de la autoridad y de las Ordenes monásticas,sin que la una ni las otras les pongan el más ligero veto. La quema delas candelas, los altares que se ven en la mayor parte de las casas delos chinos, la práctica de su ritual, y la exhibición de sus geniosy Confucios son bastantes pruebas de la tolerancia, ó mejor dicho,de la protección en materia religiosa.

Esta transigencia que vemos en el terreno de las conciencias, lavemos quizá más amplia en el régimen y gobierno.

En Filipinas casi casi puede decirse impera tácitamenteuna Constitución, que se aproxima á las más avanzadas. Estoparecerá una paradoja. ¡Encontrar la libertad en lo que se creeel absolutismo! ¡Hallar la fórmula federal al pie de los sombríosmuros del convento! ¿Es esto posible? Recorred los dilatados camposde Filipinas, y al encontrar el modesto bajay del indio, descansar unrato á la sombra del cogon ó la palma; estudiar la familia que guarecey veréis una pequeña colonia sujeta á la voz patriarcal del matandá, ósea el más viejo. Donde éste pone su veto no hay réplica ni discusión,sino obediencia. Este jefe de familia en unión de algunos de su gremio,nunca de otro, se sujeta en sus relaciones con el Estado al cabezade Barangay, autoridad electiva que vela al par que vigila por lasfamilias encomendadas á su cabecería, la cual rinde homenaje ante elAlcalde pedáneo ó sea Gobernadorcillo, funcionario que ha de salirdel mismo gremio que sus gobernados. Bajo este sistema que nace enel patriarcal, y que constituye el Municipio dentro del Municipio,puesto que cada uno cuida de las propias necesidades y de lascircunscripciones en que habita, vive el indio bajo sus primitivascostumbres con una libertad no interrumpida por la confusión derazas, puesto que lo mismo aquel que el mestizo y el sangley, sabenque su Municipio ha de componerlo, tanto en la Principalía como enlos Barangais, individuos de su misma raza. Dígase si esto no esla vida del Municipio dentro del Municipio y si esta es una odiosaesclavitud ó una benéfica dominación.

A ser posible que el indígena pudiera comparar viendo lo que pasa enlas demás colonias, de seguro bendeciría día y noche el patriarcaldominio que por ellos vela.

Desgraciadamente, nuestro sistema de colonización pierde su semejanzacon el de las demás, en otras muchas cosas, haciendo llegar no pocasveces la metrópoli á sus posesiones un hálito que si en Europa vivificaen el Asia envenena.

En Oriente el español no puede ni debe ser más que español, ajenode pasiones políticas y exento de miserias cortesanas. La clave deeste principio fundamental de colonización está en los gabinetesde Madrid.

La elección del empleado, su mayor saber, las garantíaspara el porvenir y la verdadera estabilidad son las bases en que seasienta en otras colonias la gran obra de su dominación.

La Inglaterra en la India, la Holanda en Java, y hasta el Portugal enChina, sus empleados son escogidos entre los buenos, son vigilados ytemplados en el yunque de una constante inspección. El que sale dela prueba, el que con su ciencia y merecimientos es declarado comobueno, su porvenir en Colonias es seguro, cual seguro es el bienestarde sus deudos si alguna de las enfermedades le hacen dormir el sueñoeterno lejos de su patria y de la fosa donde descansan los suyos.

Bajo este principio nace la emulación y el perfeccionamiento en laesfera del deber. La práctica facilita el trabajo, al par que lasvirtudes del bien y de la moralidad se aunan bajo la morada en quese podrán llorar ausencias, mas no temer la venida del correo y lacesantía, y con ella quizás el mendigar el pan ó volver á su nativosuelo enervadas las fuerzas por una laboriosa aclimatación, ó muertala fe ante una larga serie de sacrificios olvidados.

Estabilidad y suficiencia en el empleado. He aquí la clave de todaslas mejoras.

Filipinas es dócil y ama al español. La suerte de Filipinas resideen Madrid.

Con tiempo damos el alerta desde sus tranquilas tiendas.

Mucho se habla de nuestras colonias del Asia y no menos se escribe,¿pero en qué tonos? ¿por quién? y sobre todo ¿con qué grados deconocimientos? Unos, porque absolutamente no conocen la localidad;otros, porque alientan ideas rutinarias ó quizás lo que es peor,por querer vengar rencillas y miserias, y los más, porque toda suexperiencia y saber se reduce á haber ido cuarenta días en un camarote,instalarse en Manila, cobrar una nómina conociendo al habilitado,aunque no siempre al jefe, extender sus correrías por el país ála Calzada, los

fosos

de Santa Lucía, el campo de

Bagumbayang

y lo más lo más llegar á las aguas de

Malinta

, ó á las provistasdespensas de los frailes de

Imus

; y con semejante extensión detierra y el solo hecho de haber desembarcado en Manila y vivido unoscuantos meses ó años dentro de su murado recinto, arreglan el paísy escriben furibundos artículos que no tienen de Filipinas más quelas gotas de sudor que caen de la frente á la cuartilla.

Es preciso comprender y acabar de persuadirse que Manila nipersonifica ni representa más que un pueblo grande, que en vez dereflejar las costumbres de la India lo hace más bien de las de Europa.

¿Qué español que no haya salido de Manila conoce las costumbres delos siete millones de habitantes de las Islas, ó los rudimentos decualquiera de los treinta y tantos idiomas que se hablan? Ninguno.

Filipinas donde hay que estudiarlo, es en sus dilatadas

pampas

,en sus bosques vírgenes, en sus campos de impenetrables

cogonales;

allí bajo la palma ó la bonga vive y muere el indio en su primitivoestado, con su dulce carácter, su notable indiferentismo y sufelicidad no perturbada por las exigencias que aumentan al par quela civilización crece.

El elemento español, volvemos á repetirlo, porque mucho importa, es loprimero en que debe fijar el Gobierno todo su cuidado. La ignoranciapor una parte, antiguos hábitos por otra y confusas ideas que noconcluyen de conocer las cabezas en que bullen el daño que hacen, eslo que, salvo honrosísimas excepciones, constantemente están llegandoá las ricas y fértiles comarcas del Oriente. Hasta el día en que elfuncionario se persuada que al llegar al Corregidor debe ser otra cosadistinta de lo que hasta entonces fué; hasta que comprenda que ciertasideas debe guardarlas cuidadosamente en el secreto santuario de losrecuerdos sin que jamás salgan á la lengua; hasta que la inamovilidaddel empleado sea una verdad al par que verdad sea su suficiencia;hasta que la confianza y las garantías alienten el comercio y conél la acumulación de capitales; hasta que el español descentraliceel producto de manos extranjeras; hasta que una buena inteligenciasecundada con un buen deseo, haga de las provincias tabacaleras lo quedeben ser; hasta que la ilustración universitaria llegue solamente alconocimiento de la virtud y no al comentario histórico de los pueblosy de los derechos de los hombres; hasta que ingenuamente y con losdatos á la mano confesemos que el fraile podrá ser, habrá sido y seráen Europa lo que se quiera, pero que en Filipinas es una necesidadpersonificadora de dominación y de ahorro, lo primero, porque fueronsiempre españoles, porque ejercen una influencia positiva y porqueconocen el país; y lo segundo, porque son los soldados avanzados quemenos cuestan al Estado; hasta que el conocimiento del fraile originelas garantías para el porvenir que tiemblan al par que preveen; hastaque en ellos renazca la antigua confianza, no del poder omnímodo queejercieron, sino de la estabilidad porque temen, ante cuyo temor naceel indiferentismo, que previene, al par que aleja á las procuraciones,acumula en las misiones ú oculta en lo más recóndito de los claustros,capitales que estarían en circulación; hasta que la conciencia nosalga de la persuasión del misionero español; hasta que al Gobernadorsuperior se le den facultades propias, creando una verdadera situaciónde confianza en los actos del que manda, como confianza debe teneren él quien le nombra; hasta que los centros gubernativos ejerzanalguna policía llevando su mirada inspectora á un poco más allá de loscortos renglones de un pasaporte; hasta que el ministerio de la leycorra parejas con el sacerdocio de la conciencia; hasta que el hálitorevolucionario que se asienta en el viejo mundo ante los humeantesescombros de la

Commune

y las teorías de la Internacional, quededentro de la Administración de Correos de Manila, no llegando jamás ádespertar inteligencias, que ni alientan ambiciones porque no conocennecesidades, ni abrigan miserias, porque sus odios son francos y sedirimen con el talibón ó la flecha y no con sonrisas hipócritas queencubren la farsa y la mentira; hasta que esto poco á poco no vayacorrigiéndose, el extenso Archipiélago filipino no llegará á la metade felicidad, de bienestar y de riqueza á que es acreedor.

Demasiado comprendemos que el remedio á lo anterior no cabe en lasbases de un proyecto ni en la sola concepción de un buen deseo;buenísimos los han tenido algunos de los ministros que se han venidosucediendo en la cartera de las Colonias, pero el mal es antiquísimoy el remedio necesariamente ha de ser paulatino. Esto prácticamente loven los gobernantes á los primeros pasos que dan en el terreno de lasmejoras. La imposibilidad por una parte, falta de tiempo por otra,y circunstancias gravísimas y difíciles en la metrópoli las más,son los principales escollos que tenazmente se oponen á los mejoresdeseos que á más de lo anterior y de estar abstraídos por tanto ytanto acontecimiento por que está pasando nuestra querida España,luchan con la distancia, la falta de datos, la adulteración de loshechos, la imposible inspección y el tardío remedio.

Gran patriotismo, tiempo, inteligencia y buenos deseos, y todo seandará. [3]

CAPÍTULO VIII.

Islote de San Bernardino.—El Gran Pacífico.—Cielo yagua.—Nostalgia.—El secreto de las mareas.—

Calma sospechosa.—Pescadel tiburón—Los crepúsculos en la mar.

Poca fué la estancia en San Jacinto y pocos fueron los víverescon que pudimos reforzar las cantinas de la

María Rosario.

Unascuantas cabras, un centenar de aves y algunas verduras, fué todo loque pudimos conseguir.

Aprovechando la brisa matinal, salimos del pequeño puerto de SanJacinto poniendo proa al cercano islote de San Bernardino, el cualno tardamos mucho en doblar, merced á la empopada en redondo

quenos favorecía.

El pequeño islote poco á poco fué ocultándose en los espacios, siendosus difusos contornos el adiós que nos daban las playas filipinas.

La

María Rosario

navegaba en ancha mar. Las revueltas ondas del GranPacífico nos mostraban por doquier los inmensos dominios donde viven,sin percibir por ninguno de los horizontes, la arena donde mueren.

El gran número de islas que dejamos tras la estela, la diversidad depanoramas que habíamos admirado, la riqueza del suelo, la patriarcaly primitiva vida que reflejaban en sus toscas construcciones, el sinnúmero de casas de nipa y palma enclavadas en el monte y en la playa;todo, todo desapareció.

¡Solo cielo y agua! ¡Solo inmensidad!

El Océano tiene para mí tantos recuerdos, nos conocemos tanto, y meson tan familiares sus manifestaciones, que siempre que tras algúntiempo contemplo su grandiosidad, experimento un indescriptible placer.

El Océano constituye una verdadera necesidad de mi vida.

Lo mismo que para apreciar la salud es preciso haber estado enfermo,así para comprender ciertos problemas de la vida, hay que ir á leerlosá los

azules desiertos

, misteriosos y dilatados dominios que no sesujetan á más ley que á la de Dios, ni reconocen más soberanos queal gigante del día que deshace en perlas sus brumas, y á la tímida sultana

de la noche, que muestra su influencia en esos misteriososbesos en que las ondas elevan hacia el á su espuma, cual si fueranlos brazos del amante, que buscan á su amada.

El misterio de las

mareas

está basado en la simpatía que tieneel Océano con la luna. Mientras esta alumbra con su pálida luz, losgenios de la mansión de los corales alzan hacia ella la superficie desu líquida cárcel; cuando se retira, cuando apaga su último destello,los genios duermen, quedando las ondas en su natural estado.

La

esclava

del sol puede estar orgullosa de su

señor,

que lapresta la majestad bastante, para que reine durante la noche.

El que no conoce el Océano; el que no ha vivido algunos días en susdominios, es un sér imperfecto

.

Los árabes se conceptúan desgraciados hasta que no visitan la Meca;yo en cambio creo que la verdadera desgracia es la de morirse sinhaber recorrido el Océano.

El Océano es el único

maestro

que en la vida enseña á amar yá perdonar!

* * * * *

La

María Rosario

navegaba por el Pacífico con una marcha de

ochonudos

, cuando de pronto en la noche del día primero de Agosto fuéaflojando el viento, cesando á las pocas horas por completo.

En calma amaneció el día dos, pero en una de esas calmas que indicanser precursoras de borrascas en la pesadez de su influencia, en elsudor pegajoso y poco franco que origina, y en los tintes plomizosque toman las aguas, las cuales adquieren una completa inmovilidad;una de esas calmas en que ni el timón rige, ni la vela

flamea

,ni el

catavientos

oscila, ni el mar muestra en la superficie desu insondable abismo, ni el más ligero ampo de espuma, ni el másimperceptible de sus movimientos.

Por las

portas

y

batallolas

de popa, de cuándo en cuándose divisaban las ondulaciones proyectadas á flor de agua por elinseparable compañero de los barcos en las regiones de calma, porel más carnicero y terrible habitante de las ondas, por el temidotiburón.

Uno de grandes proporciones pagó con la vida su persistencia.

A cosa de la una de la tarde, después de darnos la observaciónla situación de 14° 2' latitud N. y 141° 13'

long. E., se armó elaparejo de pescar; varias veces el tiburón se acercó á la carnazaque envolvía el hierro; varias veces había mostrado á nuestra vista,transparentando en el azul espejo su blanco vientre al revolverseperezosamente sobre su plomizo lomo para morder, y varias veces sehabía frustrado el que los corbos dientes del anzuelo hicieran presa,hasta que excitado el voraz apetito del monstruo, se colocó de dosfuertes aletazos al alcance de cebo, el cual vimos sumergirse enla informe masa que presentaba su descomunal boca. La fuerza dela embestida y la violenta contracción de sus poderosas mandíbulasarmadas de triple hilera de dientes, fueron bastante á sepultarleen la cabeza las afiladas barras.

Herido el tiburón trató de apelar á la huida buscando en los profundosabismos su salvación; mas todos sus esfuerzos se estrellaron en lobien templado del hierro que lo aprisionaba, y en la consistenciadel aparejo

que lo sostenía.

Sujeto el cabo é izada

la cabeza del tiburón fuera del agua, se leechó un doble aparejo oprimiendo

en el círculo de un nudo corredizolas aletas. En tal estado la muerte del tiburón es segura; hasta que elcírculo del nudo corredizo no se entierra entre la blanda carnosidad,y las aletas no presentan un fuerte apoyo, todavía puede librarse dela muerte, bien safándose del hierro por desgararse la piel á lossupremos esfuerzos del animal, bien y debido á aquellos el romperseel cabo ó el mismo hierro, lo que no sucede cuando queda suspendidopor el anzuelo y por la doble cuerda.

Al alcance del brazo de la tripulación permaneció el tiburón másde media hora, recibiendo en la cabeza en ese espacio de tiempo unsinnúmero de golpes con hachas y espeques.

El que no haya presenciado la muerte de un tiburón, no puedecomprender el gran principio de irritabilidad y fuerza vital queposee su organismo. Mucho tiempo después de estar separadas susgrandes vísceras, producen las masas informes del tiburón terriblescontracciones que algunas veces han sido bien funestas, pues elpoco conocimiento ó la imprudencia han sido causa de que algunospasajeros hayan perdido un pie ó una mano, entre mandíbulas que creíandesprovistas de fuerza vital.

En la comida de la tarde se nos sirvió un plato de tiburón, delcual podemos decir sucede con él lo que con otros muchos animales,que no se comen porque la tradición, sin consultar con el paladar, hapuesto su veto, veto que nosotros hasta cierto punto podemos desmentirrespecto al tiburón, el cual tiene gastronómicamente considerado,mucha semejanza con el llamado cason.

Agotados los comentarios y depurado bajo todas sus fases elacontecimiento del día, pues acontecimiento es á bordo cuando se llevauna larga navegación cualquier incidente, volvimos nuevamente á ladesesperante calma que tenía al barco cual si estuviera enclavado enaquel dilatado desierto de agua.

Ni el

catavientos,

ni las nubes, ni el barómetro, ni el cariz delcielo nos presagiaban señales de viento, reinando absoluta inmovilidaden las ondas y en las lonas.

En tal estado, vino el crepúsculo vespertino.

El que no ha contemplado un crepúsculo vespertino en las zonasintertropicales, no ha visto la celeste bóveda en toda su belleza.

En el crepúsculo á que nos referimos, parecía que el Creador habíadepurado todas las divinas tintas celestiales para esparcirlas enla inmensa bóveda, en la cual poco á poco fueron confundiéndose ámedida que el gigante de la luz hundía su lumbre en los horizontesdel Poniente.

En aquellos momentos todos estábamos sobre cubierta; todos admirábamos,y todos callábamos, porque nuestro espíritu, en alas del deseo,se posaba en otras regiones.

¡Todo era sentimiento! ¡Todo poesía!

¡El día iba á morir!

Una ligera brisa del Sudeste hinchó las velas, murmurando triste entre jarcias

y

obenques

, y compactos y plomizos celajes aparecieron porlos horizontes de la aurora, trayendo en su seno la inmensa mortajaque bien pronto cubriría todo el espacio, abriendo una hoja

en lahistoria del ayer, y

borrando

una

página

en el

libro

del mañana.

Lo que el alma experimenta en esos momentos no se puede explicar;el mortal se aproxima á Dios, y el hombre es demasiado pequeño pararemontar su vuelo al conocimiento del Creador.

La muerte del día se asemeja al último suspiro del moribundo. Elúltimo aliento del enfermo es una palabra de perdón; la última miradaal sol que desaparece es una oración.

El crepúsculo matutino es la actividad, la vida. El vespertino esel sentimiento, la poesía. Aquel, la juventud, la primavera; este,el otoño, la melancolía. El primero es el alegre trino del ruiseñor,la exuberancia de vida de la verde hoja, el vivificador grito de¡tierra! del náufrago marino; el segundo, el clamor de la solitariatórtola que gime entre la floresta, la mustia hoja arrastrada por elcierzo, la blanca lona, que cual las alas de la gaviota, se cierneen los poéticos lagos.

La corta duración del crepúsculo matutino crea la admiración, la delvespertino, los recuerdos. Estos, para una madre alejada de su hijo,representa una lágrima; para el amante, un suspiro; para el poeta,una inspiración.

Todas las ideas que nuestra mente forja ante el sol que desaparece,son otros tantos pensamientos de amor.

El espíritu siente una extraña armonía ante el mudo estertor del díaque muere, como igualmente al percibir las primeras caricias del quenace; en aquel, las vibraciones que dan las sensibles cuerdas delalma, originan acordes tan dulces como la mirada de la tierna madreque vela el tranquilo sueño de su hijo; en el último, los acordes sonalegres y ligeros, cual las modulaciones del jilguero. Los primerosson el

nocturno

sublime de la muerte; los segundos, el bullicioso

allegro

de la vida.

El crepúsculo vespertino, visto desde un mirador, es sumamente bello;contemplado en regiones intertropicales desde el puente de un buque,es altamente conmovedor.

Ningún espectáculo produce tanta admiración como ver por primera vezla caída de la tarde en medio de las inmensas soledades del Océano.

No hay nada que hable tanto al corazón como los cambiantes que eseespectáculo desarrolla en su gigantesco panorama. Rizadas olas pordoquier, reflejando en su seno colores indefinibles que salpicanel firmamento, bulliente estela revolviendo entre su espuma tintesoscuros, graznidos lúgubres de pájaros marinos, y parduscos horizontesque se estrechan, forman el imponente y majestuoso cuadro.

El círculo inmenso que á la vista se presenta por momentos sereduce. El marino entonces, cual el autor de los

Tristes

encomendabaal

Noto

, murmurase una súplica al oído de Augusto, deposita en elcéfiro que acaricia la lona de su ligero buque un pensamiento quegeneralmente dice ¡

para ella

! Este ¡

ella

! sintetiza toda unapoética historia.

Con la puesta del sol, la muerte se presenta ante la imaginacióndel navegante, y recuerda el humilde techo del hogar doméstico, elapacible calor de la casa, el ángel de sus amores. Ensimismado enesos tiernos recuerdos contempla la última luz del moribundo día,llevándole su fantasía á los sitios que sueña.

En esos momentos una sonrisa se dibuja en sus labios, y una silenciosalágrima rueda por sus facciones, valientes, cual los fieros elementosque las rodean, rudas, como el aquilón que sobre ellas se estrella,y vivas, cual los tropicales rayos que las alumbran.

La lágrima del hijo del mar compendia toda una existencia derecuerdos. Aquella lágrima es la carta que dirige al sér por quiensueña, desde los salados desiertos del Océano, ora envuelto en lainamovilidad de la calma, ora en medio de la terrible lucha de giganteque continuamente tiene que sostener con las embravecidas olas quemugen á sus pies, y con las compactas nubes que ruedan sobre su cabeza.

La anterior misiva se diferencia de todas las demás, en que aquellaal ser oreada por el último rayo del sol se eleva á Dios y Él es elencargado de llevarla al corazón del sér por quien se vierte, bien enel perdido rumor de la medrosa noche, bien en el espejo de la pálidasultana de los harenes de los céfiros, bien en los misterios de lossueños, ó bien en el incomprensible arcano de los presentimientos.

¡Cuántas veces el aroma de la flor, ó el murmurio de la fuente, sonlos medios de que el Hacedor se vale para susurrar en el alma querida,esas

mudas

y misteriosas palabras que se escriben en el grandiosolibro de la naturaleza!

Una de las sublimes páginas de ese gran

libro

que abraza toda lacreación, y que solo á su Autor le es dado hojear, la compone elcrepúsculo vespertino.

¡La síntesis del Gólgota la representa el vespertino crepúsculo!

¡A los cansados rayos de la tarde se puso la última letra del sublimeepílogo de la redención!

¡El Dios-hombre elevó á su Padre el último aliento entre el sentimientode la naturaleza!

¡La agonía del Hijo de María se confundió con la agonía del día!…

* * * * *

El día muere, el velamen muge, las olas crecen, la humedad entumece losmiembros y las dulces ilusiones se convierten en tristes realidades,al ver solo inmensidad en nuestra alma, inmensidad bajo nuestros piésé inmensidad sobre nuestras cabezas.

CAPÍTULO IX.

¡Orza!—De vuelta y vuelta.—Tiempo duro.—Siniestrospreparativos.—Falta de crepúsculo—

La piel de zapa

.—¡Eltifón!—Baja de barómetros.—Pobre

María Rosario

!—Horas deagonía.—Las seis de la tarde del cinco de Agosto.—¡Una pulgadade descenso!—Salida de la luna.—Esperanzas—Fúnebres fechas.—El

Malespina

.—Cuatro días sin comer.

La voz de

¡orza!

fué la salutación que recibió mi despertar el día 4.

—Parece que orzamos, ¡eh!—le dije con tono malicioso al Padre Recoleto, compañero de camarote.

—Toda la noche hemos estado de vuelta y vuelta; la ventolina secambió en viento duro, y ya le tenemos de mal cuadrante.

La voz del capitán interrumpió la conversación.

¡Lista maniobra virar! ¡Levanta muras! ¡Cambia en medio!

Estas concisas palabras fueron perfectamente interpretadas porla tripulación, y á nosotros nos pusieron en conocimiento de quenavegábamos de vuelta y vuelta.

El tiempo principió á arreciar.

Se pudo hacer observación, y nos situamos á los 12° 39' lat. N.,y 139° 38' long. E. del meridiano de Greenwich.

A las dos de la tarde todos los síntomas eran de aproximarse uno deesos terribles fenómenos llamados tifones

, propios de los mares deChina y del Pacífico en latitudes determinadas.

Mares vivas tendidas y gruesas del Nordeste, vientos duros de aquelcuadrante, intermitencias huracanadas, cielo y horizontes cerrados,barómetros bajos, completa movilidad en la aguja del aneróide

;esto agregado al color plomizo de las aguas, á la pesadez de laatmósfera, que por momentos se achicaba cerrándonos los espacios,y á la menuda llovizna que constituyen la garua

intertropical,nos pusieron en verdadera alarma, alarma que se justificó con lasvoces de mando del capitán, que desde el puente gritó: ¡listas todaslas guardias! ¡aclarar aparejos! ¡listos gavieros!

Cada uno ocupó su puesto, reinando un momento de silencio.

Después … después nos persuadimos de que el barco se preparaba árecibir un tifón.

Rodaron motones y cuadernas, se sacaron de la bodega cabos y cadenas,se aprestaron aparejos de respeto, se calaron masteleros, se trincaronlanchas y maderas de reserva, se revisaron bombas y escotillas,se apilaron cadenas, se afianzaron las maniobras de serviolas, seclavaron lumbreras, escotilla y escobenes, se guarnieron burdas, setendieron cabos de cabilla á cabilla, se puso doble cadena al timón,colocando dos rebenques para atar al timonel, y en fin, se tomaronpor el entendido capitán cuantas determinaciones surgieron en suimaginación la lucha que presentía habíamos de sostener bien prontocon la furia desencadenada de los elementos.

A la caída de la tarde la

María Rosario

, desprendida de todas susgalas, presentaba un aspecto sombrío y aterrador. Aquella no erala velera nave que, largo todo su blanco trapo, aprovechando vela yrechinando los guarda-cabos de su bolina, paseaba su ligera quilla porel azulado manto, bordando de encajes de espuma la plateada estela;aquella no era la coqueta de los mares que se balanceaba á los besosde la aurora en las matinales marejadas, hundiendo en las cristalinasondas sus ligeros tajamares: aquella no era la orgullosa señora de lassaladas regiones. La sultana que imponía leyes al adormecido Océanoen la caña de su timón, era la humilde esclava del potente monstruode los mares, que despertaba de su letárgico sueño revolviendo ensus convulsiones inmensas montañas de hirviente espuma, atronando elespacio con sus potentes mugidos.

¡El día cuatro no tuvo crepúsculo!

El paso de la claridad del día á las tinieblas de la noche fuémomentáneo.

¡Qué triste es un día sin sol! ¡Qué amargura se experimenta alpresentir la muerte sin que nos rodeen seres queridos, flores,pájaros y transparentes cielos!

A las cinco, la oscuridad era completa.

Todos comprendíamos el peligro, mas ninguno lo expresaba.

El barómetro era el único que en aquellos momentos de angustia teníaelocuencia: esta, aunque muda, poseía la más fuerte de las razones. ¡Laconvicción de la realidad!

El descenso de la columna barométrica vertía en nuestra alma lasmismas amarguras que tan magistralmente describe el gran fisiólogodel corazón humano en la reducción de su piel de zapa

.

Las nueve era la hora señalada para la salida de la luna, la cualnos marcó su influencia con fuertes chubascos del Nordeste.

El barómetro señalaba 29,35. En pocas horas había bajado 65centésimas. La observación del barómetro, la dirección de los chubascosy el cariz en general, nos patentizaban que el destructor tifón prontonos envolvería en alguno de los anillos de sus espirales zonas.

Ciñendo mura babor nos manteníamos, sujetando al barco las gaviasbajas, mayor cangreja y trinquetilla; todas las demás velas ibanaferradas en sus vergas con dobles tomadores.

El barco cada vez trabajaba más, por efecto del fuerte vientoy grandes mares que por su dirección nos indicaban que el huracáncorría del Nordeste.

Sabido es que estos fenómenos llevan en su vertiginosa carrera losmovimientos de rotación y traslación, originando poderosas comentesen espiral más ó menos fuertes, á medida que las zonas de aquellasse alejan del punto céntrico de donde se desarrollan.

El círculo del tifón es lo que se llama

vórtice

; aquel círculo esel que comunica sus estragos á los demás que lo envuelven, siendolos movimientos de rotación y traslación tanto más vivos cuanto másreducida es la primera vuelta que forma la espiral.

¡Desgraciado del barco que lo envuelva el vórtice! ¡Infeliz del puebloque haga experimentar sus estragos!

¡El tifón se acercaba! ¿Nos cogería el vórtice? Es decir,¿moriríamos? Solo Dios, solo Él, á quien en esos momentos todos clamany todos creen sabía nuestro destino.

En la mayor de las agonías, en la de la incertidumbre, nos cogióla escasa claridad de un día que presagiábamos sería el último denuestra vida.

La observación de las seis de la mañana aumentó la agonía.

¡El barómetro marcaba 29,30! La impresión atmosférica cada vez mayor,el enrarecimiento del aire más sensible, y la influencia del fenómenoperfectamente indicada nos señalaba su proximidad. Apenas teníamoshorizontes, y estos de un color plomizo muy pronunciado; el vientocompletamente huracanado traía su furia del Nordeste; las mares seprecipitaban unas á otras en inmensas trombas, las cuales al romperrebasaban la obra muerta, siendo infructuosas las bombas que no sedejaban de la mano; la impetuosidad de los vientos arrancaba montañasde espuma que en menuda lluvia nos azotaba; cerrando tan angustiosocuadro mares encontradas que hacían retemblar á la pobre MaríaRosario

, que unas veces hundía en el abismo la perilla del bauprés,para luego verla levantarse trabajosamente y rozar con la espuma las

batallolas

de popa.

¡Un esfuerzo infructuoso en uno de esos momentos, un golpe de marcombinado con una ráfaga del huracán y….

* * * * *

y una línea que se abre en los abismos cerrándose inmediatamentehubiera guardado en el misterio existencias que alentaban vida, salud,amores, esperanzas, ilusiones!

¡Venid, ateos, amarráos á un palo; contemplad uno de estos fenómenosy veréis cuál distinto es el sofisma que se fragua al calor delgabinete, á la potente al par que salvaje y majestuosa realidadque os enseña un Dios que renegáis por un mal entendido orgullo,no porque no le creáis! ¡Sabed que hay Océanos sin fondo, y queuna sola línea que inmediatamente se cierra, puede sepultar todosvuestros falsos templos y todas vuestras ciudades, que por grandesy populosas que sean, comparadas con la inmensidad del Océano, sonmuchísimo menos que palacios de cartón que desaparecen al caprichodel niño que momentáneamente recrean.

A las seis de la tarde el huracán era deshecho. Su descripción esimposible. La pluma jamás puede llegar á estas manifestaciones dela naturaleza.

El que escribe estas líneas ha recorrido muchos mares; le son conocidoslos fenómenos marítimos, pero en verdad, ni en su memoria, ni en suimaginación, pudo nunca comprender el espectáculo que en los cielosy en los mares desarrolla un tifón.

La mayor parte de las velas, á pesar de ir perfectamente

aferradas

,se

rifaron

; el viento producía entre

jarcias

y

obenques

sonidos metálicos imposibles de imitar y los mares engrosaban más ymás destruyendo la obra muerta

.

La

María Rosario

no gobernaba. La caña de su timón era impotente.

¡El barómetro marcó 29,16!

¡¡¡Cerca de una pulgada de descenso!!!

El vórtice debía estar próximo á las muras.

Eran las nueve de la noche al notar la anterior bajada, enormísimaal tener en cuenta las latitudes en que se verificaba.

La luna salía á las diez menos cuarto.

Tal situación no podía prolongarse.

El estado en que se encontraba el barco admitía pocas horas deesperanza.

La influencia de la luna había de resolver la situación.

Aquí no era ya la agonía de la

Piel de zapa

de Balzac, sinola magistralmente descrita en el Frollo de Víctor Hugo, con ladiferencia de que en aquella había blasfemias, y en la nuestrarecuerdos y oraciones.

La aguja del reloj marcó las nueve y media…. Las diez menos veinte.

La vista no se separaba de la columna barométrica cayendo fatídicamenteen el alma, cada uno de los acompasados golpes del péndulo.