Viajes por Filipinas: De Manila á Marianas by Juan Álvarez Guerra - HTML preview

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Yo cuidado

, nos había dicho el

matandá

; así que ya no tuvimosque hacer nada en la seguridad de encontrarlo todo hecho. El guíasabía queríamos ir al volcán; la sola concepción de este deseo y el yo cuidado

, bastan para comprender que lo dispondría todo, yéndonosen tal confianza á acostar, al tiempo que la hermosa y clara luna nosanunciaba que aun cuando tuviéramos que caminar de noche su plateadodisco nos enviaría luz y alegría.

Escaso fué el reposo, pues aún no alumbraba la aurora cuando fuimosdespertados. El despertar para madrugar siempre modifica en el ánimolos proyectos del día anterior. Una noche de insomnio robustece lasideas, las penas ó las alegrías, como por el contrario, las horasen que las sombras baten su beleño sobre nosotros entregándonos alreposo, modifican, alientan, consuelan el espíritu.

El bueno de Oñate, que hay que despertarlo á tiro de fusil, sevolvió del otro lado, pidiendo le dejaran de volcán, de Sungay y deexpediciones; Ordóñez, acostumbrado á desechar la pereza en la rudacampaña del marino, puso los huesos en punta, y yo le grité á Oñate entodos los tonos:—¡Vamos! ¡arriba! la laguna nos espera!—dando porresultado el que el interpelado tras un largo bostezo se incorporaraen la cama.

Listos y provistos de todo, dimos un cariñoso adiós al Padre, ymontados en los ligeros caballos del país, tomamos el camino delvecino Sungay, á la hora en que los primeros ecos de la campana delconvento despertaban al pueblo de Silam, llamando á los indios á laoración de la mañana.

Confiados al guía y al notable instinto de loscaballos, tras algunos dilatados campos de palay

y varios gruposde

calumpang

, desapareció todo camino ante la compacta barrera decogonales que se extendía á nuestra vista. Con harta dificultad y nomenos precauciones por el temor de encontrar algún carabao cimarrón,

caminamos por espacio de una hora valiéndonos de la voz para noperdernos, puesto que nos tapaban completamente los penachos del

cogon

. Tras un trayecto que nos fué sumamente difícil de correr, seaclaró la maleza dejando el habla al ponernos á la vista; pocos pasosmás y los cascos de nuestros pequeños caballos pisarían las faldas del Sungay

, cuyas crestas las envolvía las densas brumas de la mañana.

Dimos unos momentos de descanso á los caballos, arreglando lo mejorposible nuestro equipo, empapado en el agua que nos había regaladoel rocío que la humedad de la noche depositó en las hojas del

cogon

.

Trabajosamente y confiados en un todo al instinto de los caballos,principiamos la ascensión del famoso monte. Las afiladas hojas de lafresa silvestre y las entrelazadas ramas de las guayabas, obligaronmás de una vez á que se hiciera uso de la cuchilla para dejarnos pasoen aquellos estrechos desfiladeros apenas hollados por humana planta.

El Sungay, con sus innumerables precipicios, sus estrechas cortadasrevestidas de musgos y helechos, su vegetación virgen, los panoramasque se admiran desde sus pintorescas mesetas, el rumor de arroyos ycascadas que lo salpican, los indescriptibles y misteriosos ruidosque produce el bosque en la hoja que oscila, el ave que cruza,el agua que gime, la guija que rueda, el insecto que zumba y losmiles de millones de seres que componen el impenetrable mundo de loinfinitamente pequeño, con sus cantos, su lenguaje y su idioma, tanimpenetrable como lo son los profundos misterios de los océanos deluz donde giran las creaciones de lo infinitamente grande, compendianuno de los sitios más bellísimos de la perla del Oriente.

Un amanecer contemplado desde una de las alturas de Sungay esindescriptible. Las tintas que proyecta el sol naciente en las nubesy los cambiantes que se suceden en los horizontes de verdura, poseenuna riqueza de luz y una fuerza de colores tan potente, que á serposible trasladarlas al lienzo se creería el sueño de un artista.

De hondonada en hondonada; y de precipicio en precipicio, dieron lascabalgaduras con nuestros huesos en el término de la ascensión. Nosencontrábamos en la línea que divide las provincias de Cavite yBatangas. La división de estas provincias la deciden la dirección delas corrientes que se deslizan por las pendientes del Sungay.

A la vista teníamos la laguna, viendo elevarse perezosamente delcráter del volcán columnas de espeso y blanco humo.

A la falda del Sungay se extendían diseminadas las casas de Talisay,adonde llegamos á cosa de las diez de la mañana.

Talisay es un pintoresco pueblo de poco vecindario, este essumamente dulce y cariñoso; hay una pequeña iglesia de cogon y unacasa parroquial habitada por un cura indígena. Tan luego supo el curanuestra llegada, nos hizo ir á su casa, en donde nos sirvió un almuerzobastante bueno, dadas las condiciones del pueblo; no tuvimos pan,pero al que lleva algún tiempo en Filipinas esto no es obstáculo,pues cual el hijo del país, sabe sustituirlo con el arroz cocidollamado morisqueta

.

Desde las

conchas

de la casa del Padre se veían perfectamente losmenores detalles de la laguna y del volcán.

El día estaba bastante entoldado, y el calor no mortificaba comode ordinario.

A los postres se nos presentó la

capitana

Ramona, viuda de un

Gobernadorcillo

.

La capitana Ramona es un verdadero

personaje

en la provincia deBatangas, tiene fama de ser sumamente afecta á los españoles y poseetoda la melosidad y cariño de la raza del Oriente. Sabe tocar el arpay canta con voz gangosa y pausada alguna que otra canción de moros ycristianos, de aquellas que la tradición ha venido conservando desdelas gargantas de los que acompañaron á Legaspi.

La capitana Ramona quiere al

castila

como á los misterios y encantosde que están impregnados sus bosques. El cariño al español algunaque otra vez (pues frágiles somos), se ha convertido en pasión másó menos intensa, según cuentan crónicas de pasados tiempos.

Sea de esto lo que quiera, es lo cierto que la capitana ya es viejay vive solo de recuerdos. Muchos conserva gratos, mas uno, según mecontó muy bajito el Padre, viene de cuando en cuando á nublar todo elhermoso panorama de su juventud. Cuéntase, por más que cuento no sea,que años ya muy pasados, un alto funcionario, animado de nuestrosmismos deseos de ver el volcán, llegó al pueblo de Talisay. Por aquelentonces, la hoy vieja Ramona era una hermosa dalaga

, de ojos defuego, lustroso y largo pelo, y dulce y meloso hablar. Joven y hermosa,había amado casi niña, y casi niña fué madre. El visitante, que nopor tener curiosidad dejaba de tener necesidades, sintió la de comerá las pocas horas de llegar á Talisay; le formuló su deseo á la bellacapitana, no dice la crónica si en pocas palabras, aunque sí aseguraque la vergonzosa mirada de ella fué sostenida con larga insistenciay picaresca intención. El personaje pidió se le sirviera chocolatecon leche, y chocolate con leche, en efecto, tomó; pero grande fuésu sorpresa y no menos sus ascos cuando supo que el chocolate habíaparticipado del producto de los pechos de la

dalaga

. La incomodidadque esto originó y el malestar que produjo, diz que ocasionaron el quela dalaga

no volviera á bajar los ojos, ni el caballero á mirar coninsistente significación. Las mujeres son en todas partes lo mismo;un desprecio y una herida en el amor propio, constituyen en el sexofemenil las verdaderas heces del cáliz de la vida.

Hoy que han pasado muchos años, recuerda la vieja con pena aquelincidente de joven, que después de todo, conociendo el carácter indiono tiene nada de extraño.

La raza india, cuanto más pura y más lejos está de las grandescapitales, mira al español con una especie de adoración. Sus palabrasson órdenes que jamás comenta, de aquí el sucedido de dar á un sastreun pantalón de modelo con un remiendo y hacer siete que se le habíanencargado con siete remiendos iguales.

A la

capitana

Ramona se la pidió chocolate con leche y en elfanatismo de la obediencia creyó de muy buena fe que lo más cortoera sustituir los labios del chico por la boca de la chocolatera.

Ejemplos parecidos al de los pantalones y el chocolate se cuentanpor todas las islas. El indio jamás comenta, obedece siempre al piéde la letra las palabras del castila

.

La revelación del Padre me hizo fijar la atención en la capitanay me persuadí de que si había perdido con los años su hermosura,en cambio había acaudalado con la experiencia cierta discrecionalfilosofía que descubría un talento nada común, y una amabilidad ydeseo de servir tan natural como verdadero.

Se nos había olvidado decir que la capitana era rica. Esto aunque nonos lo dijeron, ya lo habíamos nosotros traducido en la pureza de unriquísimo terno de brillantes que la adornaban.

El que no haya estado en Filipinas, quizás creerá exagerado esto delos brillantes en una india habitante poco menos que de la selva;el que haya estado y recuerde las procesiones y catapúsanes

de lospueblos y evoque en su memoria los trajes de las

dalagas

, sabráque no tiene nada de extraño el hallar en

bajais

de caña y cogonriquísimos brillantes y preciadas perlas de Joló

.

La antigua capitana de Talisay no solamente tenía buenas alhajas, sinoque también era dueña de un gran bote que con sus correspondientesremeros puso á nuestra disposición.

Listo el bote y listos nosotros, ayudados de la lona y de los remos,dimos rumbo en demanda del monte de

Taal

, gigantesca y sombría masaque se destaca en medio de las aguas.

Los contornos del monte no presentan ninguna regularidad, revelando susituación, conjunto y configuración, las huellas de un gran cataclismo.

En las primeras capas que lamen las aguas, difícilmente crecen algunosraquíticos arbustos sin verdura, frutos ni flores. Más arriba piedrascalcinadas y residuos volcánicos son los componentes de aquel colosoque revela en la espesa columna de humo que se eleva de su cráterque en sus entrañas de granito duermen los genios de las ruinas y delos estragos.

¡Desgraciados pueblos los de Taal y Talisay si en el libro de laslágrimas está escrita una nueva erupción!

Las aguas de la laguna tienen una inmovilidad tan constante, uncolor plomizo tan pronunciado y una superficie tan siniestra, quesu conjunto parece reflejar la maldición que pesa sobre las dormidasaguas del mar Muerto.

A cosa de las cuatro de la tarde, bajo un cielo cubierto de negruzcosnubarrones y una temperatura sofocante, atracamos el bote á la faldade la montaña. La ascensión es difícil por ser en algunos puntosla pendiente muy pronunciada. El calor nos ahogaba; las materiasvolcánicas rechinaban bajo nuestros piés y experimentábamos losefectos de la fuerte irradiación que lo avanzado de la tarde yla falta de sol operaban en las masas calizas impregnadas de losardientes rayos tropicales. La monotonía del camino, de cuándo encuándo era interrumpida por precipicios, siniestros testigos quevienen á enseñar al viajero antiguos cáuces por los cuales ha corridola lava y el fuego.

De trecho en trecho, el ruido producido por nuestras pisadas nosindicaba pasábamos sobre bóvedas. ¿Qué guardarán estas? ¿Dóndeterminará su fondo? ¡Profundos misterios de la divina cienciaimpenetrables á la humana materia!

Varias veces tuvimos que pararnos á fin de cobrar aliento.

Unas cuantas varas más y estaríamos en la línea del vértice.

Las nubes del poniente confusamente coloreaban el paso del sol; suluminoso disco se aproximaba á su ocaso, cuando un grito se escapóde todos los labios y una fuerte palpitación se experimentó en todoslos pechos.

Estábamos en el vértice. Teníamos la profunda sima del volcán bajonuestros piés. La percepción del panorama es tan instantánea y lagrandiosidad del conjunto tan colosal, que el espíritu se sobrecogeante aquella maravilla, no dando por largo tiempo cabida más que áuna muda al par que profunda admiración.

Las proporciones del cráter son colosales. Lo forma en su conjuntola cavidad que deja el monte, el cual constituye en su configuraciónun cono, cuya base mide de bojeo unas 9 millas.

En el fondo del cráter se ven desigualdades, alternando lasprominencias con lagunas de más ó menos extensión, impregnadas dematerias azufradas según revelan el color de sus aguas.

Por intervalos y con más ó menos intensidad, se elevan columnas dehumo de las distintas prominencias, que vienen á ser cual si el fondoestuviera salpicado de pequeños hornillos.

Aunque con trabajo y peligros puede bajarse al cráter, contándose enTalisay de un viajero, que no solamente descendió, sino que permanecióen el fondo muchas horas.

La mayor ó menor cantidad de humo que espele el volcán, la intensidadde calórico que irradia, la actividad en que mantiene sus hornillos,y las altas temperaturas y emanación de gases que constantemente seobserva en las pequeñas lagunas, son indicios ciertos de que la lavay el fuego germinan en su seno.

Muchos archivos, y no menos crónicas hemos consultado referentes áFilipinas, y tanto en los unos como en las otras, las noticias quehemos hallado respecto al volcán son muy escasas, remontándose lasmás antiguas á últimos del siglo XVII; después, y con referencia álos años 1745 y 1749, se vuelven á encontrar algunos datos, confusosunas veces y exagerados otras, cual lo son la mayor parte de los queguardan las escasas y antiguas historias del Archipiélago.

El cuándo y el cómo se formó el volcán, ni la historia lo dice,ni la tradición lo relata; solo la configuración del monte, larelación que en sí guarda con las vertientes del Sungay y el estudiodel suelo, pueden conducirnos á la hipótesis más ó menos aproximadade suponer haber corrido por lo que hoy es laguna, una cordillera,que comprendería desde las faldas del Sungay, á las riberas de lalaguna de Bay, y quién sabe si llegaría más allá, encadenando susásperas lomas con los picos de la isla del Talin, yendo á perderseentre la fragosidad de Morong y Nueva Ecija.

Suposiciones son estas que no tienen comprobante alguno en narraciónescrita.

La última erupción del volcán acaeció há más de un siglo, pereciendoentre la ceniza y el fuego, entre otros muchos, la mayor partede los habitantes del pueblo de Sala. El fraile que administrabasu parroquia, describe el fenómeno en las siguientes líneas queliteralmente copiamos:

«Por el mes de Diciembre de 1754 reventó el volcán más furiosamenteque nunca, porque el ruido era como de una batalla muy grande,los terremotos espantosísimos y la oscuridad de la atmósfera tal,que puesta la mano delante de los ojos no se veía: la ceniza yarena que arrojaba era tanta, que cubrió todos los tejados y casasde Manila, la que dista unas 20 leguas y aun llegó hasta Bulacan yla Pampanga. Hervía á borbollones el agua de la laguna con los ríosde azufre y betún derretidos que bajaban del volcán, quedando cocidotodo el pescado de ella, el cual fué arrojado después á la playa porla resaca é inficionó el aire. Los truenos subterráneos y atmosféricosse oyeron en todas las provincias circunvecinas. En Manila se comíacon candelas encendidas al medio día. Duró esta calamidad ochodías cabales, quedando enteramente arruinados y aniquilados por laspiedras y lodo del volcán, todos los pueblos que estaban á orillas dela laguna, á saber: Taal, que era entonces la cabecera de provincia,Tanauan, Sala y Lipá, viéndose obligados sus habitantes á buscar otrossitios más distantes del volcán donde establecerse, como de hechose establecieron en los sitios que actualmente ocupan. El pueblo deBauan, aunque al principio había estado también á orillas de la lagunase había trasladado al interior antes de esta catástrofe. Bayalan ylos pueblos de aquel rumbo también padecieron bastante. Hubo muchasmuertes de personas á quienes alcanzaron las piedras del volcán ylos desplomes de los edificios. Perecieron también por la misma causamuchísimos animales y todo el arbolado y siembras de los contornos,pues la abundancia de piedra, ceniza y lodo, que vino del volcán losoterró todo.

El río grande, que comunica la laguna con la ensenada deTaal, quedó cegado casi del todo, y rotos y enterrados los champanesy demás bajeles fondeados en el río y la laguna. El mal olor de todaslas materias extrañas vomitadas por el volcán, duró por espacio de másde seis meses y desarrollóse en su consecuencia una peste cruelísima decalenturas pútridas y malignas que acabó con la mitad de la provincia,pues de 18.000 atributos que tenían antes solo quedaron 9.000.»

Más de un siglo hace que el coloso duerme sobre las inmóviles aguas,envuelto entre el humo y las brumas.

¡Dios haga que sus impenetrablesmisterios no rompan algún día sus grandiosas cárceles de piedra!

CAPÍTULO III.

Punta Matoco.—Calmas.—Isla Verde.—El sudeste.—Marinduque y Mindoro.—Razas salvajes.—Sus costumbres.—Los negritos aetas.—Su manera de ser.—

Inalug y Acubac.

—De puerto Galera á punta

Bunga.—Horizontes de Marinduque.—Isla Banton.—El Padre Pablo.

Á la vista de punta

Matoco

, límite de la provincia de Batangas,navegábamos en la mañana del día quince.

El capitán, la tripulación y el escaso pasaje experimentaba el malestarde la calma y el calor tropical, tanto más sensible, cuanto que nosencontrábamos bajo la influencia de uno de los puntos más angostosdel estrecho.

La maniobra se hacía cada vez más difícil por el poco espacio de quese podía disponer, y sobre todo, por la fuerza de las corrientes queora nos llevaban á las playas de Batangas, ora á las peligrosas costasde Mindoro, entre cuyas dos provincias se destacan los perfiles dela isla verde, atalaya que domina la entrada del estrecho que va ámorir en San Bernardino, peñón que azotan las aguas del Pacífico.

Sin adelantar un

cable

y sin poder ganar una buena y segura

vuelta,cruzando

constantemente vela para evitar las corrientes, estuvimos nosé cuántos días á la vista de la pintoresca isla Verde, retrocediendounas veces y avanzando otras por las bandas, siendo empujados á latranquila ensenada de Batangas ó á las arenas de puerto Galera.

No hay nada en el mundo tan aburrido, como las horas que se sucedenen un barco que se duerme bajo la influencia de las calmas.

Un amanecer y otro vimos al despertar la exuberante vegetación de laisla Verde, y cuando nuestro deseo creía desconocer aquella tierra,venía la voz del capitán con su sempiterno ¡

levanta muras

! y ¡

cambiaen medio

! á recordarnos continuábamos de

vuelta y vuelta

, ó mejordicho, que nos manteníamos

sobre bordos

en demanda del centineladel estrecho.

Cuando no reinaba calma, la ventolina soplaba por la mismaproa. ¡Parecía cual si el islote se resistiera á dejarnos libre aqueldifícil paso en medio del cual se levanta!

A la caída de la tarde del diez y nueve, las densas nubes queperezosamente descansaban sobre los lejanos picachos de Mindorooscilaron en el firmamento, rodando á los pocos momentos compactas porla celeste bóveda, al empuje del tan deseado SE. Nuestro horizontepoco á poco fué cubriéndose de los blancos copos desprendidos de laregión de las puras brumas, destacándose entre aquellos algún siniestronubarrón, arrancado por el viento del seno donde se engendra el rayo.

El

catavientos

y las velas altas dieron señales de haber percibidolas primeras caricias del viento que tanto deseábamos, despertandola

María Rosario

del letargo en que há tiempo estaba sumida.

El viento se

entabló

por completo, reinando con bastante fuerza elmarcado en las monzones

de Julio y Agosto.

Una vez que quedó la isla Verde entre la espumosa estela que dejabaen las aguas una marcha de nueve millas, el estrecho se ensancha yla navegación se hace más franca y menos peligrosa.

Con buen tiempo, SE. fijo, mar limpia de escollos, navegando en largo, demoramos

por la proa la isla de Marinduque, teniendo á la banda deestribor las extensas tierras de Mindoro. Esta isla que tiene más decuatrocientas millas de costa, es casi desconocida, cual sucede en elArchipiélago con otras muchas y dilatadas comarcas. Los habitantes delinterior de la isla de Mindoro, han sido poco estudiados. El viajero,el curioso ó el que por su cargo inspecciona la isla, recorre lascostas, siéndole muchas veces imposible internarse por oponerse lafragosidad del terreno, lo inhospitalario de sus pampas

y bosques,la falta de caminos, la carencia de recursos y el estado de algunastribus que se asemejan á las que habitan las montañas de

Mariveles

y algunas provincias del Norte.

Respecto á estas razas, apenas conocidas, dice una notable publicaciónque vió la luz en Manila, lo que sigue:

«En el terreno que ocupa la provincia de Ilocos Sur, habitan algunasrancherías, cuyo principal número se halla en las altas montañas queestán en la parte Este. Entre ellas se hallan las de los tinguianes,busaos, igorrotes quinanos y negritos, las cuales se extienden por lagran cordillera, compartiendo su posesión con las de los itetapanes,quinanos, mayoyaos, silipanes y otras que se hallan en terrenos deotras provincias del Norte de la Isla de Luzón. Daremos una ligeradescripción de las razas que habitan en parte de la provincia deque nos ocupamos, ó más próximas, que viven en rancherías y quetienen alguna comunicación y comercio con los pueblos civilizadosde ella. Los igorrotes habitan las montañas de la parte más al Sur,confinantes ya con la provincia de la Unión; los que se hallan enlos sitios más apartados de ellas, no tienen comunicación algunacon los indios cristianos, pero los que ocupan los primeros montestienen algún trato con las poblaciones, y aunque su comercio es encortísima escala y muy lento, se ejecuta por lo regular en cambio ótrueque, más bien que con numerario, pues de este solo se sirven parala compra del oro que traen en pequeñas partículas. Los igorrotesinfieles admiten en cambio de sus efectos toda especie de animales,aunque sean inútiles y despreciables, como el perro y el gato.

«No conocen otra ley que la más completa libertad, sin subordinacióná autoridad alguna, y son inclinados á toda clase de vicios. No usanotro vestido que una especie de faja de lienzo ó de corteza de árbol,según pueden, que se llama bajaque, y ellos la denominan baac,

y unamanta por lo regular de las que se fabrican en Ilocos, y se conocen conel nombre de bandalas, ó bien un pedazo de tela cualquiera que colocansobre los hombros plegada ó suelta. Las mujeres usan una especie decamisilla ó chaleco, abierto por delante, que atan con unos cordones,y una manta ceñida á la cintura que las cubre hasta las rodillas. Losprincipales llevan la manta y el baac negro y con bordados; en suslutos usan telas blancas. Los igorrotes son de buena estatura, sucolor es cobrizo amarilloso; los ojos grandes, rasgados y negros,y con el ángulo exterior muy agudo y más alto que el interior. Loscarrillos anchos y juanetudos; el pelo es largo, muy negro, y áspero;el cuerpo robusto y bien formado; suelen pintarse de colores, y enla mano se hacen una figura parecida á un sol. Fabrican sus casasó chozas de caña, cubriéndolas con cogon, formando la figura de untriángulo como una especie de tienda de campaña, y no tienen másluz que la que entra por el pequeño agujero que sirve de puerta;generalmente las tienen muy desaseadas. En el centro de la cordilleratienen casas mayores, de tabla de pino, que labran toscamente con unaespecie de cuchillo de dos cortes que llaman talivong

y

bujías,

el cual les sirve de arma. Usan también como ofensivas la lanza,que arrojan con gran acierto, y las flechas, en cuyo manejo son pocodiestros y no alcanzan en esto á los negritos. Se alimentan con arroz,frutas silvestres, raíces alimenticias, carne de búfalo, puerco yciervo, que cazan y preparan para su conservación: según se dice hayentre ellos algunos que comen la carne humana, son muy asquerososy padecen muchas enfermedades cutáneas. Las mujeres para los partosse van á la orilla de un río donde lavan la criatura así que ve laluz; se baña también la madre, y concluída esta operación, coloca elrecién nacido en una especie de cestillo á la espalda y se vuelve ásu choza. Su idioma es muy distinto del de los pueblos cristianosconfinantes. La observación de las lunas les sirve de calendario,y aun para formar sus pronósticos; los hay llamados bravos y mansos,siendo los primeros los que no quieren comunicación alguna con lospueblos reducidos.

Los tinguianes es otra raza que se extiende por las montañas del Estede Ilocos hasta la provincia de Abra: son mucho más civilizados quelos igorrotes, y casi no merecen la denominación de salvajes. Loshombres usan calzones anchos y una chaqueta ó chupa cerrada pordelante, como la de los chinos: se arrollan una tela ó especie detoalla á la cabeza, cuyas puntas con flecos caen con gracia sobre laespalda. Las mujeres usan el mismo traje que las igorrotas, con laúnica diferencia de ser de color blanco, así como el de los hombres,muy aseado, y bordadas las orillas de colores cuando están de gala;desde la muñeca al codo se atan unos anchos brazaletes de abaloriosde colores, tan apretados, que les suele producir inflamación en elbrazo y la mano. Del mismo adorno usan algunas en los piés y hastaen la cabeza, ciñéndose también un turbante, y otras se ponen unaespecie de banda cuyo traje en conjunto es vistoso y bonito. El cutisde esta raza es blanco, y con corta diferencia como el de los chinos;su vida es frugal y aislada; comercian con los pueblos de cristianos;pagan reconocimiento en frutos ó en dinero; compran tabaco en losestancos de los pueblos reducidos, pero en una cantidad dada,que reparten con equidad entre todos los vecinos de una ranchería,son limpios y observan entre sí cierta etiqueta, viven tranquilos ensus pueblecillos, y su carácter pacífico pero suspicaz, los aproximamucho á los indios civilizados. Hay algunos pueblos de ellos reducidosal cristianismo y cultivan extensos campos de arroz, teniendo piarasde carabaos, caballos y bueyes: se ejercitan en la caza de venadosy son enemigos de los igorrotes. Esta raza por su color, facciones ytraje, se cree sea descendiente de los chinos, que según tradición,se internaron por estos montes desde la provincia de Pangasinancuando el pirata Limahon fué batido y obligado á reembarcarse; perola historia de aquellos tiempos nada dice de que quedasen estosrestos del ejército, antes bien asegura, que todos se embarcaron;pero ello es que esta raza de infieles es distinta enteramente de lasdemás que pueblan los montes del Norte de la isla de Luzón. Hay otraraza llamada de guinanos que habitan la parte interior del país y ála falda Este de la gran cordillera, que separa al Abra de Cagayan;son de carácter feroz, y en los meses de Febrero y Marzo suelen hacersus correrías al Abra con solo el objeto de cortar cabezas, sean decristianos, sean de tinguianes ó igorrotes: para ello se aprovechande algún descuido; en teniendo alguna cabeza humana se retiran á suspueblos con gran algazara, donde celebran una gran fiesta que duramuchos días. Concluída la fiesta, el matón guarda cuidadosamente elcráneo como prueba de su valentía, y es tanto más estimado por suscompoblanos, cuantas más cabezas ó cráneos adornan sus casas; suelentambién estar en continua guerra unos pueblos con otros; siempreacometen á traición, y con grandes alaridos al echarse encima de lavíctima. Aun no ha sido posible hacer que penetrara hasta ellos laluz evangélica.

Aunque bastante apartadas de la provincia de Ilocos por la partedel Este, ocupa también esta cordillera la raza de los busaosque confina con la de los tinguianes; sus tribus son de carácterdulce y hábitos más propensos á la civilización, se pintan el brazoimitando varias flores, llevan grandes anillos en las orejas y otrosse cuelgan en ellas un gran pedazo de madera, lo que les alarga muchola ternilla. El traje de los busaos es parecido al de los igorrotes,solo se diferencian en que llevan en la cabeza una especie de casqueteó solideo de bejuco ó de madera, cilíndrico y abierto por los ladosque algunas veces adornan con plumas; en lugar del

talibon

usanuna arma llamada

ligua

de la que usan también los tinguianes, quees como una hacha de hierro casi cuadrada, con una punta por detrásy mango corto, la que fabrican ellos mismos con hierro que extraenjunto á Benang; cultivan arroz con muy buen sistema de riego.

Los negritos que ocupan las montañas de Ilocos más bien se extiendenhacia la parte de Ilocos Norte que hacia el Sur; se diferencian poco delos demás negros de los otros montes de las islas; su escaso vestidosuele ser de cáscara ó corteza de árboles ó alguna manta tosca; paganreconocimiento cuando se les puede hallar, reconocen por reyezuelo almás viejo entre ellos, y entierran sus difuntos en el monte, poniendojunto al cadáver eslabón, piedra, yesca, un arma y un pedazo de carnede venado, y todo el que de ellos pasa próximo, ha de dejar algo delo que cogió en la caza ó le dieron los cristianos.»

En otro lugar leemos:

«En las escabrosidades de las altas montañas de todas las islasFilipinas, y en las espinosas de sus impenetrables bosques, habitannumerosas razas ó tribus de infieles, hasta cuyos desgraciadosindividuos no ha penetrado aún, por desgracia, la luz del cristianismoy de la civilización.

Las cordilleras de la isla de Luzón estánhabitadas por los igorrotes, tinguianes, ifugaos

y otras razas decostumbres más ó menos feroces; pero la más generalmente extendidapor todos los montes de las islas es la de negritos aetas, que porsus caracteres genéricos, su pelo crespo, sus labios prominentes y suángulo facial, se cree por algunos, sean los primitivos habitantesde este suelo, pues concuerdan dichos caracteres con los de otrosque residen en la misma zona tórrida de África y varios puntos dela Oceanía.

Los de estas islas viven errantes en la fragosidad de las selvas,y aunque los hay de ellos que bajan á comerciar y se comunican conlos pueblos cristianos, se encuentran muchos que huyen de todo tratocon los hombres de distinta raza, manteniendo una continua guerracon otros habitantes de los bosques. Se cree que los

desmayas,malancos, manabos

y

tagabotes

de la isla de Mindanao, así comolos negros feroces de Nueva Ecija y otras tribus menos conocidas,sean pertenecientes á la gran familia de estos primitivos moradoresde las islas.

Los negritos son en general pequeños, delgados y ágiles; pero no malformados. Tienen la nariz gruesa y aplastada, el cabello crespo comolana enredada; el labio superior grueso y caído sobre el inferior;su color es más claro y menos feo que el de los negros de la costa deÁfrica, sin duda porque los de estas islas tienen más frondosos bosquesdonde resguardarse de la acción del sol y porque se comunican más conpueblos civilizados. Van completamente desnudos y se cubren con untaparrabos de cortezas de árbol; los que tienen trato más frecuentelo usan de tela, y llevan además un pedazo de coquillo de colores óde manta echado sobre los hombros y se suelen poner un pañuelo en lacabeza. Los que comercian con dichos pueblos civilizados dan variosproductos de los montes, como miel, cera y bejucos, á cambio de telasy de moneda: las mujeres de estos visten una ligera camisilla y untapis; las de los más feroces van desnudas: las primeras colocan ensu pelo un peine de caña, en el que ejecutan finas labores, y porsus orejas taladradas atraviesan un pedacito de rama en flor, queademás de su erizada cabellera les da un aspecto extraño. Los hombressolteros suelen usar también el peine de caña, como distintivo de suestado. Todos ellos llevan siempre en su mano el arco y las flechasque acostumbran á envenenar con jugo de plantas que ellos conocen,en las cuales frotan é impregnan el hierro ó punta de ellas; algunosusan un carcax de caña bambú para colocarlas; en la cintura llevanun cuchillo ó

bolo

muy afilado.

Se casan muy jóvenes y aunque no se reúnen con sus mujeres, se les vetomar estado á los ocho ó nueve años. Les gusta mucho estar junto elfuego; encienden grandes hogueras, y por la noche se acuestan sobrela ceniza caliente; para mayor abrigo suelen poner entre dos árbolesuna especie de techado de hoja de palma, y por la mañana levantan elcampo para volver á dormir donde les coge la noche.

Las mujeres paren también sobre la ceniza: concluído el parto se bañany vuelven á acostarse sobre ella y á cuidar de su hijo, el que cuandomarchan lo llevan pendiente del cuello ó á la espalda, sostenido porun lienzo atado, ó por una corteza de árbol apoyada en la nuca.

No se les conoce religión alguna. Comen puercos de monte, venados yraíces alimenticias; pero nunca lo verifica uno solo. Tienen castigosde pena de la vida para sí y para sus hijos por varios delitos; unode ellos es el de robar una mujer ajena; pena conmutable, entregandoflechas y armas.

Nombran sus jefes á los más ancianos. Entre los que frecuentan parasu comercio los pueblos cristianos, se suele investir á uno de ellosdel carácter de justicia, el cual impuesto de su cargo, los reune ypresenta cuando se les llama para el trabajo.

Sus distracciones consisten en el canto, en el baile y en ejercitarseen el manejo de sus armas. Ejecutan un baile llamado

acubac

que sereduce á poner á las mujeres en el centro, y los hombres agarrándoseuno á otro por la cintura van marchando en círculo alrededor de ellas,levantando la pierna dando una fuerte patada en el suelo al compásde una canción muy lúgubre y pausada que con voz casi imperceptibleentonan las negras, y á la que ellos contestan con una especie determinaciones consonantes; á este triste canto le llaman inalug

.

Por más esfuerzos que se han hecho por los PP. Misioneros y por lasautoridades de las islas para civilizar á los negros aetas, y hacerlosvivir en sociedad, todo ha sido infructuoso. Aman su vida errante ysalvaje, y tarde ó temprano se vuelven á ella; ha sucedido ya estarun negro enteramente civilizado y aun haber seguido estudios, y hadesaparecido para volverse al monte á vivir desnudo y salvaje entresus compañeros.

Estos desgraciados se niegan siempre á la luz de laverdad y de la razón.»

Las anteriores líneas son la prueba más concluyente de lo muchoque falta por hacer en Filipinas. A la vista de Manila, en su mismabahía, en la provincia de Bataan, se destaca la sierra de Mariveles;pues bien, en sus bosques hay razas errantes sin más dominio ni ley,que las que Dios les dicta, ni la potente voz de los elementos que sedesarrollan sobre la inmensa copa de los árboles que les dan sombra,alimento y guarida, y las que impone en la punta de sus flechas elque impera por la ley del más fuerte.

Todas estas razas respetan instintivamente al español, sobre todo sino los hostiga y maltrata. El europeo que se pierde en los laberintosde bejucos y verduras de Mariveles, no tiene que temer por su vida auncuando se encuentre con alguna ranchería de

aetas

; estos lo acogeráncon mirada recelosa, mas bien pronto si ven que no les hacen daño,se tornan dulces y serviciales.

El estado pacífico en que viven las razas de Mariveles, es sin dudala causa del por qué no se las ha reducido, á pesar de habitar á laspuertas de Manila.

¡Cuántos misterios desconocidos, cuánta riqueza oculta y cuántascosas ignoradas contendrá la gran extensión de tierra que comprendela isla de Mindoro, desde puerto Galera

á punta

Bunga

!

Las montañas de Mindoro poco á poco fueron ocultándose en loshorizontes que dejábamos á la proa, aclarándose los de

Marinduque

por los círculos que abría en el espacio el bauprés de la MaríaRosario

.

Las pequeñas

Dos hermanas

, formando el vértice del triánguloque cierran

Banton, Bantoncillo, Simarra y Maestre de Campo

, sedestacaban perfectamente ante nuestra vista, como asimismo los pequeñosislotes llamados Tres Reyes

y el

Diamante

, azotados constantementepor las encontradas olas, efectos de las corrientes y las notables resacas

que refluyen su influencia desde las costas de Marinduque.

La pequeña isla de Banton, nos trajo á la memoria un sin número derecuerdos y un gran caudal de observaciones. En sus estrechos límiteshabitaba nuestro querido amigo el Padre Pablo, fraile recoleto de graniniciativa, ciencia y decisión, que después de haber desempeñado enFilipinas la supremacía del poder en la Orden, había dejado el pesoy responsabilidad del Provincialato, por el recogimiento, la quietudy el aislamiento de la parroquia de Banton, islote casi desierto,inhospitalario y desprovisto de cuanto constituye lo más necesariode la vida.

Ya que la isla de Banton nos ha traído á la memoria á un antiguo amigofraile, y ya que tanto se ha dicho de estos, añadamos nosotros en elsiguiente capítulo una página más.

CAPÍTULO IV.

El fraile en Filipinas.

Al hablar de Filipinas es imposible dejar de ocuparse de las órdenesmonásticas: van tan íntimamente unidas con la historia y vicisitudespor que ha pasado el Archipiélago, que donde quiera se relate unsuceso, donde quiera se evoque un recuerdo, donde quiera se contempleuna obra, allí está la mano, la inteligencia ó la actividad del fraile.

Para comprender lo que vale en el Oriente, para apreciarlo en todosu valor, es preciso vivir algún tiempo en el país.

El fraile es el ser cosmopolita de la India; en su historia lo mismose le ve con el santo lábaro predicar la fe del Gólgota, que daral aire la enseña de Castilla y voltear el bronce llamando á losbuenos en el rebato de sus torreones, siempre que algún peligro haamenazado patria ó religión: alentados por estas dos palabras hanpuesto repetidas veces sus pechos ante el enemigo de la raza, ó elcuello ante el cuchillo del martirio.

Los campos de China durantemás de dos siglos, la invasión de Manila por los piratas que hacíantemblar al Celeste Imperio, y más tarde la gran bahía llena de navesinglesas, son imperecederas epopeyas en que las órdenes monásticashan vertido su sangre, su persuasión y sus caudales.

El cosmopolitismo del bien, volvemos á decir, está sintetizado enel convento.

A semejanza de la Edad Media, en que el Dios de las batallas con elruido de sus armas adormecía la inteligencia; cual aquella época delarnés y de la lanza, se ocultaba en lo más recóndito de los cláustrosla ciencia en el libro y el experimento en las primitivas máquinas;á imitación de entonces en que el fraile mantenía vivo el estudio y elsaber, así en el día el cláustro en el Oriente cual templo de vestales,alienta la vívida luz de los humanos adelantos. Las bibliotecas delos Dominicos, llenas de preciosos códices; los gabinetes de física yquímica, con cuantos aparatos han inventado las nuevas conquistas dela inteligencia; las magníficas colecciones de la naturaleza tropicalen todas sus manifestaciones; los góticos capiteles de Santo Domingo;las sólidas construcciones de Agustinos y Franciscanos; el golpearde las máquinas de vapor de los Recoletos; enseñan que la ciencia,el arte y la industria, tienen su asiento bajo la esfera de acciónde las órdenes monásticas.

El convento no solamente sintetiza en Filipinas, la ciencia y el arte,sino que también el laboratorio, la enfermería y la granja-modelo.

Sabido es cuan escaso es el personal de médicos y cuántas provinciasestán entregadas á la virtud de sus plantas, á la tradición de susremedios y á los ungüentos y recetas del convento. Tanto el indiocomo el castila que se siente aquejado de una enfermedad, llama alfraile á la cabecera de su lecho, ó va á buscarlo en sus hospitalariascasas-haciendas, en la seguridad de encontrar ciencia para la materiay consuelo para el espíritu.

La hacienda de

Imus

es una verdadera enfermería del castila, allíel que llega tiene cuidados, cama y mesa.

Desde el jefe superior de las islas al último desgraciado, tienenen Imus un cariñoso techo con solo llamar á aquellas puertas,abiertas siempre para el bien y la caridad. No es solamente lugarde convalecencia por sus condiciones naturales, sino que estas seaunan con el perfeccionamiento y con el arte. Los baños de impresiónque tiene la casa son, sin duda por sus aguas y por la manera dedistribuirlas, unos de los mejores de las islas.

Cuantos requisitos constituye la granja-modelo, se encuentran en lahacienda que nos ocupa.

Espaciosos y bien preparados

tambobos

,magníficas plantaciones de caña dulce, buenas máquinas, extensasroturaciones, puentes, presas, encauces, sementeras y un perfectoreglamento de colonos se ven en aquella. El colono que experimenta unadesgracia en el hogar, percibe cuantos auxilios le son necesarios; sila desgracia proviene del campo, si una avenida asola sus cosechas, siel tallo de la caña se agosta ante el destructor hálito de un

tifón

,el fraile remedia el mal sin que el colono vea amenazado su porvenirante los sombríos colores de la usura. Cuando hay calamidades seperdonan las rentas, y el tambobo

abre sus puertas, convirtiéndoseen piadoso pósito, seguro remedio de la propiedad y del labrador.

El viajero tiene no menos ventajas que el colono y el enfermo. El quedurante todo un día ha sufrido por bosques y caminos el sol tropical,el que el aguacero ha mojado su cuerpo, el que se ve rendido por elcansancio: alienta, se vivifica y cobra ánimos al oir los consoladoresecos de la esquila del monasterio, del convento ó de la casa-hacienda;bajo aquel bronce sabe hay españoles, hay patria, hay hermanos. Espreciso haber pasado un día en la India y sentir las fatigas delcansancio y la sed, para comprender en todo su valor lo que significanlos ecos de la campana del convento.

El fraile del Oriente difiere completamente del que vulgarmente seconoce; por esa misma razón lo juzgan algunos mal. El que crea veren aquellos el reflejo de los antiguos y silenciosos moradores de lacelda ó los revoltosos señores de abadías, se equivoca soberanamente;ni tienen la maliciosa reserva y maquiavélica intención del claustrode la Edad Media, ni la turbulencia y fueros de los guerreros-frailesde la Reconquista, feudales señores de almena y mesnada, de cuchilloy caldera.

El ser que nos ocupa es franco, decidor, leal, caballero; participade las buenas cualidades del mundo y el recogimiento ascético de lacelda. Es, y esta es su principal cualidad, español

por excelencia,y todas sus tendencias, lo mismo las que desarrolla en la plática,como en el púlpito, como en el hogar, tienden á la consolidación ybienestar de la colonia. En las veces que en Filipinas se han sentidolos rumores de la rebelión, el fraile siempre ha estado al lado de suraza. No hay ejemplo alguno en la historia de las islas en que hayaaparecido ni remotamente complicado contra los suyos. Si Filipinastuviera una

verdadera

historia, se vería hasta qué punto fueronlos frailes españoles en las memorables jornadas en que el invictoSimón de Anda dejó la toga por el talabardo, oponiendo la fuerza ála fuerza, la espada á la dominación, la argucia á la mayoría y elheroismo á la desigual lucha. En aquella campaña, un puñado de frailescontuvieron la dominación inglesa, teniendo en continua alarma á lascentuplicadas fuerzas de los enemigos.

La influencia que entonces y ahora tiene el fraile de Filipinas,es preciso ser loco para no apreciarla y comprenderla. Como ejemplode su influencia y de su poder citaremos un episodio acaecido en lainsurrección de Cavite.

En la fuerza de la plaza se encontraba al sonar la señal el legoespañol de San Juan de Dios. Dado el grito, la rebelión desarrollóen su destructor círculo cuantos horrores caben en el saqueo y lamatanza. La embriaguez y la sangre habían corrido desde el rastrillo ála plataforma, cuando aquellas hordas que gritaban muerte y exterminio,que no habían perdonado sexos ni edades, se prosternaron de rodillasante el lego pidiendo les absolviera de todas sus culpas. Si el legohubiera sido fraile, y si su falta de conocimientos hubieran estadorepresentados por la elocuencia, confianza y prestigio del sacerdote,es posible que las palabras no hubieran sido obras, y la acción nohubiera pasado de proyecto.

El lego fué respetado, considerado y atendido por los que pedíanla cabeza de los españoles, por el solo hecho de vestir un hábito yuna correa.

El ascendiente que el Padre ejerce sobre el indio está fuera de duda,es indiscutible. Esta influencia es tan positiva que no titubeamosen asegurar, es el primer elemento de colonización que tenemos enFilipinas.

Al hacer las anteriores manifestaciones cumplimos con un deber deespañoles: en este libro nos hemos propuesto decir la verdad en todoy por todo, y aunque las ideas y opiniones del autor difieran delas del fraile, está en el deber de hacerles la justicia de que sonacreedores. ¡Ojalá que todos los españoles que vengan á Filipinas seconduzcan cual lo hacen aquellos! Si esto sucediera ni daríamos elalerta, ni abrigaríamos temores.

El fraile en Filipinas no solamente es un bien, sino que constituyeuna verdadera necesidad.

CAPÍTULO V.

El estrecho de San Bernardino.—Cabeza Bondog.—Ruinas.—El volcánMayon.—¡Ancla!—San Jacinto.—Su Iglesia.—La india Ignacia.—Eltoque de oración.—El atung-taqui

.

La navegación del estrecho de San Bernardino, constituye uno de losderroteros más bellos y variados que se conocen. Desde la bahía deManila á las aguas del Pacífico, hay unas trescientas millas en lasque se admiran toda la riqueza del suelo filipino. En el derroteroque nos ocupamos no se pierde ni un solo momento la vista de tierra,pasando tan cerca de ella en muchas ocasiones, que se hace precisagran precaución.

No bien

doblamos cabeza Bondog

y ganamos las aguas que separan ála rica provincia Camarines Sur, de la isla de Burías, se principianá dibujar en los horizontes de Albay, el famoso volcán que se admiraen medio de aquella provincia.

El volcán de Albay, llamado por algunos el

Mayon

, lo forma un conoperfectamente regular. Se encuentra en actividad y es difícil verlodespejado de nubes, las cuales lo ocultan casi constantemente, efectode su gran altura, proximidad á los focos de grandes emanaciones yatracción que ejerce sobre los frecuentes chubascos que vierten sobrela provincia de Albay.

Las erupciones del Mayon son muy frecuentes, mas desde la acaecidaá principios del siglo, de la cual se describen tales horrores, quecausan verdadero espanto, son poco intensas, estando habituados lospueblos que se asientan á la falda del monte, á las convulsiones delgigante que en un solo momento podrá sepultarlos entre sus candentesmaterias. La ascensión al volcán es sumamente difícil y arriesgada,no teniendo noticias de que viajero alguno haya hollado con su plantael vértice del cráter.

El día que la

María Rosario

nos puso á la vista del Mayon, huboalgunos momentos en que por efecto del fuerte SE. pudimos admirarcompletamente despejado todo el espacio que cierra el magnífico cuadroque llena el volcán.

La provincia de Albay es, sin género de duda una de las más ricasdel Archipiélago. El filamento llamado

abacá

, es una inagotablemina de los campos que comprenden aquella provincia.

Aquel producto ha llevado el bienestar y la riqueza á sus habitantes,los cuales á su vez, son la base de las cuantiosas fortunas que sehan cimentado sobre el abacá: este es de tan buena calidad en loscampos de Albay, que las

cabullerías

que con él se fabrican seconfunden con las más sólidas de cáñamo, producto que en los usos dela marina se ha reducido notablemente, desde que se explota aquelfilamento, el cual no solamente se consume en el Archipiélago,sino que cuidadosamente es almacenado y prensado para ser expendidoen lejanos centros comerciales.

Las calmas que veníamos experimentando nos agotaron casi todo elfresco

de que podíamos disponer, así que, aprovechando el seguroy resguardado puerto de San Jacinto

, anclamos en él á fin de

refrescar

víveres.

San Jacinto es un pintoresco pueblecito situado en la isla deTicao. Lo constituye aquel una extensa loma sobre la cual se asientadiseminado un corto caserío, en su generalidad de palma, destacándosepor su construcción un antiguo baluarte, la iglesia, la escuela y lacasa-tribunal. El cura que cuida de su parroquia se encontraba fueradel pueblo y nos dijeron era mestizo chino.

El baluarte de San Jacinto es sólido, de buena fábrica y perfectamentesituado; se extiende por lo más alto de la loma dominando el puebloy el puerto. En el ángulo que corresponde á su entrada y sobre unaplataforma medio arruinada, se ve un cañón, que según sus dimensiones,pudimos calcular sería su calibre de 20 á 24.

La época en que se edificó el baluarte no la hemos podido precisar,revelando el estado de los muros su vejez, con la que lucha laconsistencia y solidez de la construcción.

En el espacioso patio que cierra el perímetro amurallado, se encuentrala iglesia, y á medio concluir la casa parroquial; obra que segúnpudimos ver, pronto había de brindar toda clase de comodidades á sumorador.

La sólida fábrica de aquella espaciosa casa, á cuya sombra sealza la campana del templo; las aspilladas murallas que la resguardan;las plataformas y el bronce que la defienden; la estratégica situaciónque ocupa, y la bandera que flamea en lo alto del torreón, la asemejanmás que á la casa del recogimiento y la oración, al antiguo baluartede la Edad Media.

Aquellos muros carcomidos por el tiempo evocaron en nuestra mentetodo el grandioso pasado de los caballerescos siglos feudales.

La raza que habita San Jacinto, es la india pura; hablan el visaya

y sus moradores poseen todos los rasgos que caracterizan aquella. Sonafables, fuertes y de facciones bastante buenas. Vimos una indiallamada Ignacia, de un conjunto altamente simpático y agradable,sobresaliendo en ella un larguísimo y negro pelo, rasgo peculiar ydistintivo de Filipinas, en donde los hemos visto como en parte alguna;consecuencia, sin duda, de no mortificar las raíces, pues generalmentelo llevan suelto, y sobre todo, por la fortaleza y consistencia queprestan los jugos del coco, aceite, cuyas propiedades es de todosreconocida.

A más del uso del aceite de coco, contribuye en gran maneraá la conservación del pelo, el gogo

, raíz parecida á la dela

mora

. Aquel se lava perfectamente y después se exprimen susjugos. El jugo del gogo levanta en la batea donde se prepara, unablanca é hirviente espuma; su uso es muy frecuente y, general enFilipinas, y sin duda alguna que la frescura que presta á la cabeza yla limpieza que origina, son causa, en gran parte, de que sea sumamenteraro encontrar calvos en el Archipiélago.

La población de San Jacinto la forman 1.800 almas, de las cualestributan unas 500, calculando en 250 los niños de ambos sexos queasisten á la escuela, según nos dijo el Gobernadorcillo.

Los productos son: el abacá, el tabaco, la caña dulce, el añil y elcoco; de este nos sirvieron por vía de refresco una suculenta ensaladahecha de palmito. El palmito del coco, es sin género de duda, el mássustancial y delicado de cuantos dan toda la diversidad de palmas.

Al toque de oración en Filipinas se le rinde culto.

Todo indio á la muerte del día, recoge su espíritu y pronuncia unaoración mirando al Oriente.

La campana de la iglesia anunciando la oración, se mezcló con losredobles del tambor del tribunal, y los huecos y broncos sonidosdel

atung-taqui

, que sirve para dar los alertas en las avanzadasó

bantayanes

de algunos pueblos de Visayas.

El atung-taqui filipina, es el árbol hueco, descrito por los primerosexploradores de la India, y que todavía se conserva entre los moradoresque habitan las orillas del Amazonas

, y las dilatadas faldas del

Chimborazo

, según pudimos ver entre los objetos que los individuosde la expedición científica del Pacífico, exhibieron en los jardinesdel Botánico de Madrid. [2]

Al toque de oración de San Jacinto se cierran todas las puertas yventanas, y se apagan las luces, entonándose por los que se encuentrandentro de las casas el Ángelus

; concluído este, cada cual vuelveá su conversación, su ocupación ó su paseo.

Nosotros hicimos una frugal cena, y después de interrogar sobre lalocalidad al Gobernadorcillo, buscamos el reposo en las mallas deuna hamaca de abacá.

Ya que estamos descansados en tierra, y ya que hemos bosquejado á laligera á una india, veamos en las páginas que siguen, lo que es lamujer en el Oriente.

CAPÍTULO VI.

La mujer india.—Angué—Pepay la sinamayera.—¡¡¡Una!!!

Desde los tristes monólogos de Adán (pues es de suponer no tuvieraganas de conversación con su ex-costilla

, después de lo de marras)hasta los

Apuntes

de Catalina, y desde las lágrimas de Ovidio, álos ataques de nervios de Julieta, cuánto se ha dicho, y sobre todocuánto se ha calumniado, es decir, menos cuando no se ha calumniado,á esas sensibles palomas

sin hiel, á esas infelices y desgraciadasinocentes, á esas pobrecitas cofrades del sexo débil.

A lo mucho que se ha dicho, vamos á añadir un poco más.

No vamos á tratar á la mujer á la sombra de un

patrón

de la modaelegante, ni á la semiluz de una

bambalina

, ni á las tinieblas de uncoche con cortinillas, ni á los truenos y relámpagos de un can-can

;no, vamos á ocuparnos de la primitiva hija del Oriente, raza hoypoco conocida, que después de haber perecido casi por completo enlas Américas, va siguiendo la misma suerte en los inmensos dominiosque comprende la India inglesa.

La raza pura la encontramos en cerca de seis millones de seres,en el vasto Archipiélago filipino.

Descorramos las

conchas

, alcemos el

tapanco

ó descansemos unmomento bajo el

carang

, y al tornasolado de las primeras, veremosá la india rica; bajo la palma del segundo, podremos estudiar laindia industrial, ó sea la clase media, y al abrigo del tercero senos presentarán perfectos modelos de las hijas desheredadas de todosaquellos dones que no sean el mojarse cuando llueve, admirar el solcuando sale y limpiarse el sudor si tiene con qué cuando calienta,dones todos que la naturaleza prodiga de tal forma en el Oriente, quecuando llueve lo hace tres ó cuatro meses seguidos, con una fuerza,un viento y unos truenos, que ni hay más que dar, ni más que pedir.

Ya tenemos prólogo. Exhibamos los tipos.

Supongamos que son las diez de la mañana en Manila, y por consiguiente,la misma hora en cualquiera de los pueblos que forman Binondo;supongamos á más que es la fiesta de la Patrona y que estamos cercade la casa del hermano mayor.

El hermano mayor es un sér exclusivo de Filipinas, es en las fiestascomo si dijéramos, el caballo blanco

de nuestros espectáculos,ó el editor responsable sin sueldo de un periódico demagógico entiempo de los moderados.

Decíamos que estábamos cerca de la casa del hermano mayor, y estobien fácil nos es conocerlo, porque distintamente llegan á nuestrosoídos los ecos de la marcha de Pan y Toros

, tocata ahora en bogaen Filipinas, cual lo será Dios mediante, dentro de ocho ó diez años,la jota del Molinero de Subiza

, ó la

polka de Flama

.

Ya estamos á la vista de la casa.

Banderolas de todos colores, pañuelos de todos ribetes, y trapos detodos tamaños, ondean ó no ondean (pues esto no depende del hermanomayor), suspendidos, no digamos de ventanas y balcones, sino deagujeros más ó menos grandes, abiertos en el cogon y algunos enla tabla.

La música la seguiremos oyendo, pues asisten las de los

dos gremios

,y mientras la una toca, la otra come ó fuma, y esto de amanecerá amanecer.

Alguna que otra

dalaga

, adornada con cuantos objetos relucientesha podido encontrar, pasa por delante de nosotros con dirección á laiglesia ó á la casa del hermano, que de seguro es lo menos capitánpasado

ó

cabeza, de Barangay

, sociales jerarquías que le danopción al

vos

en el trato, á un asiento en la

principalía

y á untrozo de banco que procurará esté cerca, ó del canuto donde coloca elGobernadorcillo el bastón, ó del tallado del respaldo que representatodo lo representable, pues en cuestión de dibujo y de talla losindios no atascan, y llevan su despreocupación hasta un punto quehemos visto el retrato de un General muy conocido, sustituído sunombre por el del bienaventurado Santiago, y todo porque el generalestá retratado á caballo y tiene algunos moros á sus piés.

Ejemplo del General convertido en Santo por la gracia de uncortaplumas, que ha borrado un excelentísimo señor, sustituyéndolo conun San Antonio ó San Andrés, es muy común, y menos mal que al pobreGeneral lo hicieron Santo, pues si hubiera hecho falta una Santa,conforme rasparon el nombre, lo hubieran hecho con el bigote y labarba. Todo esto no se crea se hace riendo ni mucho menos, pues elindio posee una formalidad y una fuerza de convicción en ciertosactos, que se cree las cosas más raras y estupendas. De un frascode cristal con tapón esmerilado, nos decía muy grave un criado alpreguntarle por los bizcochos que guardaba, que se los había vistocomer á las lagartijas.

El hermano mayor tiene, á más de las prerrogativas marcadas,el non plus

de los honores; el más preciado y característicodistintivo. Puede llevar dentro y fuera de su casa, lo mismo ante Reyque Roque, cual antiguo mesnadero, no crean ustedes que el sombreropuesto ó las manos en los bolsillos, sino muchísimo más; puede llevaruna camisa de faldones bastante largos fuera del pantalón, y unachaqueta muy corta encima de la camisa. Esto no será muy bonito,pero es tan noble y distintivo que

guay

del plebeyo que sin habersido siquiera

directorcillo

ó

juez de sementeras

, osara profanaraquella parodia de frac, que tiene por faldones faldamentos.

No queremos se nos olvide decir que la camisa

oficial

es blanca yla chaqueta negra.

Andando con dirección al ruido, hemos visto más de un

camisa porfuera

, ostentando un bejuquillo con puño de plata. Sus poseedoresejercen jurisdicción, tienen poder, son tenientes

de justicia,funcionarios públicos que pueden llegar hasta el solio

del superiormunícipe, el día que su jerárquica persona se vea atacada de unfuerte romadizo

.

Ya estamos frente á la casa del mayor cofrade; es de buen aspecto, suconstrucción llega hasta el despilfarro de ser la cubierta de tejas yestar rodeada de una espaciosa cerca de cañas, á cuya sombra, y atadosá un

arigue

, gruñen uno ó dos

babuis

, huéspedes indispensablesen toda casa india.

Un toldo que da sombra á parte del patio, bajo el cual toca lamúsica; vistosas colgaduras en todos los bastidores de la casa;sinnúmero de faroles de todas formas, caprichos y tamaños, colgados,atados ó sostenidos donde quiera hay un clavo, un agujero, una ramaó un pequeño espacio, completan el adorno de aquella casa, que porsu alegría y aglomeración de cosas y objetos, revela que sus amosestán dispuestos á

echarla

por la ventana.

Si tenemos la suerte de ir acompañados del Jefe de la provincia óAlcalde mayor, nuestra presencia será saludada con la marcha Real;si el

bastón

desciende de aquellas categorías, entonces nos tocaránel

Mambrú

ó las

habas verdes

.

Ya estamos dentro de la casa; ya están á nuestra presencia cabezang-Gogo; ñora Putin

y la hija de ambos, la

chichiricadalaga Angué;

que es como si dijéramos en Europa el ex-diputadoSr. D. Gregorio, la respetable Sra. Prudencia y la elegantísimaSrta. María.

Putin y Angué, ó sean Prudencia y María, son los tipos de la indiarica. Observadlos y habremos llenado nuestro cometido.

Madre é hija en el momento que hemos pasado de la

escala

á la

caída,

dan la última mano á una de las mesas de viandas y dulces.

En las fiestas que describimos no hay sala de

buffet

ni una solamesa. Todos los sitios de la casa son comedores. En la cerca

comen los músicos; en la antecocina, el

lancape

se convierte enmesa para los

batas

y demás gente menuda. En la

caída

el

lujo

mejora notablemente. La caída es la destinada á los pretendientes áhombres de justicia, mediquillos

sin parroquia,

cuadrilleros

enactivo,

tulisanes

arrepentidos,

jueces

de ganados, aprendices á

directorcillos

y demás gente del bronce. Como la mesa de la caídaestá á la vista de los que suben, procura Putin que esté vistosay arreglada, en tanto que Angué recorre los papeles de colores,inspecciona los tinsines

y pone rodajitas de limón á los cochinillosfritos, manjar indispensable, sin el cual no hay convite posible enla India.

Arreglada la caída, las dueñas de la casa se dirigen á la sala. Aquellaes el tabernáculo, es el arca santa

donde se ha puesto todo elesmero y cuidado.

Andemos despacio no nos escurramos sobre las lucientes tablas delpavimiento recién frotadas con hojas de coco, impregnadas de aceite.

El conjunto que presenta la sala es de lo más abigarrado ychurrigueresco que imaginarse puede. Al lado de un fanal cuyoscristales enseñan el Cristo de Antípolo vestido de general, lucensus contornos dos figuras de barro de China, sobre las cuales seapoyan bombones de caña, llenos de tabacos, bandejitas de cristal confósforos y

buyos

; y si las figuras conservan las manos, un pico enel sombrero, ó cualquier punto saliente, se ven colgados rosarios,candelas, parches milagrosos y relicarios.

Las paredes están cuajadas de pabellones de coquillo colorado, bombas,farolillos, vasos, y guirnaldas de ramaje ó flores de papel.

En un rincón se ostenta una lujosa arpa; esto ya quiere decir algo.

El centro de la sala lo ocupan dos mesas: en la una están los platos,botellas y repuestos de todas clases.

La otra, ¡ah! la otra merecemucha atención. ¡

Es la mesa oficial

! Es como si dijéramos, lasepultura de la mitad de la fortuna de cabezang-Goyo.

La mesa oficial se sabe tiene mantel por las caídas, pues lo quecubre la tabla está completamente lleno de cuanto produce la India ylos establecimientos de Europa. Donde no hay sitio para una fuente,se coloca un candelabro; donde no halla lugar un plato, se acomodauna taza; si no hay asiento para una jícara, se reprieta una copa;y por último, los huecos que quedan se rellenan con penachos depalillos de dientes, ó tiras bordadas de papel de colores.

Todo se ha inspeccionado por las amas de la casa, todo se ha vistoy todo se ha manoseado.

El gusto estético de la india rica ya lo han visto ustedes.

Ñora Putin

descansa en una mecedora; su hija da vueltas á un collarde olorosas sampaguitas

, entrelazadas en una fina hebra de abacá. Lasdos callan. Examinémoslas, y si es posible sepamos qué piensan.

Angué es una muchacha de 15 á 17 años; su padre no recuerda el añoque nació, pero sabe el nombre del cura que la bautizó, y el delCapitán general que mandaba entonces las islas.

Para un

práctico

del país, Angué es guapa; es más, es muy hermosa.

Esto merece una explicación.

El tipo indio difiere poco: así que para hallar diferencias es precisola práctica y el tiempo. En corroboración de esto, puedo decir quetardé más de dos años en distinguir la fea de la guapa; hoy ¡ah!

hoyya es otra cosa; he comido mucho

plátano

, y he estado trimestresenteros sin ver siquiera un