Viajes por España by Pedro Antonio de Alarcón - HTML preview

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«Señores:

»¡Parece imposible que la edad nos haya reducido á tal grado de miseria!¿Somos nosotros aquellos héroes, que hace algunos años, recorrían enmulo ó á pie las montañas más altas de Europa, expuestos á perecer entrela nieve, sólo por ver un ventisquero, una cascada ó el sitio en que losaludes aplastaron á tal ó cual impertérrito naturalista?

¿Somos nosotroslos mismos que pasaron noches de purgatorio en ventas dignas de la plumade Cervantes, por conocer las ruinas de un castillejo moruno, los quehicieron largas jornadas en carro de violín, por contemplar un retablogótico; los que sufrieron á caballo todos los ardores del estío andaluz,buscando el sitio en que pudo existir tal ó cual colonia fenicia ócampamento romano? ¿Somos nosotros los atrevidos exploradores de laAlpujarra, los temerarios visitantes de Soria, los que llegaron portierra á la

misteriosa

Almería,

y,

sobre

todo,

los

intrépidosdescubridores de Cuenca....., de cuya existencia real se dudaba ya enMadrid cuando fuimos allá, sin razón ni motivo alguno, y en lo másriguroso del invierno, tripulando un coche-diligencia que volcó seisveces en veinticuatro horas?

»¡Nadie diría que nosotros somos aquellos célebres aventureros, alvernos vacilar de esta manera en ir á la conquista de la inmortalSalamanca, hoy que la locomotora la ha puesto, como quien dice, á laspuertas de Madrid!

¡Nadie lo diría, al vernos retroceder ante el frío,ante la perspectiva de una cama incómoda ó de una comida poco suculenta,y ante otros trabajos y fatigas, que siempre fueron, para hombres biennacidos, estímulo y aliciente de esta clase de expediciones!—¡Pues qué!¿no eran mucho más viejos que nosotros, y no tenían más achaques ydolamas, Cristóbal Colón, al embarcarse en Palos; Antonio de Leiva, alsalir de Pavía en ayuda de los ejércitos imperiales, y Abdel-Melik, elMaluco, en la batalla de Alcazarquivir, á la que asistió moribundo,llevado en hombros por sus soldados, y durante la cual expiró comobueno, seguro ya de la derrota de D. Sebastián de Portugal?

»¡Un esfuerzo semejante espero yo de vosotros en la presente ocasión!¡Considerad, señores, que se trata de Salamanca, de la Madre de lasVirtudes y de las Ciencias, como la llamaban antiguamente; de la ciudadque ha llevado también el nombre de Roma la Chica, por losinnumerables y nobilísimos monumentos que la decoran; celebérrima bajola dominación de los romanos; cristiana antes de la irrupción de losgodos; arrancada varias veces de manos de los sarracenos, en los siglosIX y X; liberada definitivamente en el siglo XI, y lumbrera desdeentonces de la entenebrecida Europa, por su veneranda Universidad, que,con las de Oxford, Bolonia y París, vinculaba el saber de aquellostiempos! ¡Considerad que se trata de la hija mimada de Castilla laVieja, de la Atenas española, protegida constantemente por Magnates,Prelados, Reyes, Papas y hasta Santos, desde D. Ramón de Borgoña y elobispo Visquio, que la repoblaron, y comenzaron á engrandecerla,

hastalos

Reyes

Católicos,

que

la

distinguieron con su predilección casi tantocomo á Granada! ¡Considerad que allí hubo concilios; que allí sereunieron Cortes; que allí se juzgó á los Templarios; que allí seestablecieron preferentemente las Órdenes Militares y fundaronmagníficos templos; que allí predicaron San Vicente Ferrer y San Juan deSahagún; que allí residieron mucho tiempo Santa Teresa y San Ignacio deLoyola; que allí estudió y explicó Fr. Luis de León, y que allíestuvieron los reyes Ordoño I, Alfonso VII, Fernando II, Alfonso IX,Enrique II (antes y después de matar á su hermano), D.

Juan I, D. JuanII, D. Enrique IV, los Reyes Católicos (no una, sino muchas veces), elemperador Carlos V, Felipe II, Felipe III, Felipe V, y D. Alfonso XII,que felizmente reina!

»Digo más, señores; digo más.....—Allí nació y fué bautizado Alonso XI;allí murió la esposa amadísima de Trastamara, ó sea la reina D.ª JuanaManuel; allí murió también el príncipe D. Juan, único hijo varón de losReyes Católicos, quien, de haber vivido más tiempo, hubiera ahorrado áEspaña muchas calamidades; y allí, en fin, se casó con María de Portugalel Sr. D. Felipe II, cuyo nombre y cuyos hechos no figurarían en nuestrahistoria si no hubiese habido antes un Felipe I.....

»Salamanca, por consiguiente, debe de estar cuajada de iglesias, depalacios y de conventos. Salamanca debe de ser un álbum arquitectónico,donde se encuentren modelos de todos los estilos cristianos: delrománico, del gótico, del plateresco, del greco-romano y delchurrigueresco (y esto suponiendo que no haya también piedras árabes yjudías).

Salamanca, en fin, será un mare magnum de portadas, detorres, de columnatas, de ojivas, de retablos, de púlpitos, de pinturasen tabla, en lienzo y al fresco, de sillerías y estatuas de madera, deverjas, de alhajas, de ornamentos, de ropas y de otras venerandasantigüedades.

»Para formar idea de ello, básteos saber que, en el siglo XII, cuando seescribió el Fuero de Salamanca, había en la ciudad 33 iglesias, y quedespués llegó á haber hasta 48, sin contar cuatro conventos de Monacalesy 17 de Religiosos de los demás Institutos, 16 de Monjas, dos beateriosde reclusión voluntaria, uno de reclusión forzosa, y más de 30

colegios,incorporados legalmente á la Universidad..... Y, aunque descontemos lasmuchas iglesias, y, sobre todo, los muchos conventos que habrán caído algolpe del cañón extranjero

y

de

la

piqueta

constitucional

y

republicanadesde 1808 á 1813, y desde 1835 á 1874, todavía quedarán en pie losbastantes monumentos históricos y artísticos para considerar á Salamanca(y es cuanto se puede decir) como otra Toledo.—¡A Salamanca, pues,amigos míos! ¡A Salamanca, sin pérdida de tiempo!

¡A Salamanca, antesde que, por razón de ornato público, le sacudan el polvo de los siglos!¡A Salamanca, antes de que la reformen, antes de que la mejoren, antesde que la profanen..... (que todo viene á ser la misma cosa)!

¡ASalamanca mañana mismo!

»El viaje es sumamente cómodo.....—Aquí tenéis El Indicador.....—Sesale de Madrid á las nueve y media de la noche, y se llega allá á lasnueve y media de la mañana.—El billete, en 1.ª clase, cuesta sieteduros, que, con siete de volver, son catorce.—Supongo que habrá allíhoteles, ó sea fondas; pero, si no los hay, habrá casas de huéspedes, ysi no, posadas, y si no, hospicio.—Y hablo así, porque no avisaremos ánadie nuestra llegada; que, de lo contrario, bien podríamos asegurar queallí tenemos al padre alcalde, y no sólo al padre, sino al abuelo y albisabuelo....., dado que conocemos en Salamanca al Sr. Obispo de ladiócesis, Martínez Izquierdo, compañero de algunos de nosotros en lasCortes de 1869 y en el actual Senado; dado que nuestro amigo Frontauraes Gobernador de la provincia, y dado que yo cuento además en aquellapoblación con la antigua y excelente amistad de otras personas, que nodejaré de presentaros en el momento oportuno.—Fuera de esto, sabed queSalamanca gozó siempre opinión de barata y de rica, y que sus alimentosson también muy celebrados. Los castaños y encinas de sus montes danpasto al mejor ganado de cerda de las Españas, y el tal ganado de cerda(convendréis en ello) puede muy bien servir de pasto á viajeros tanaguerridos como nosotros. A mayor abundamiento, las truchas del Tormesgozan igual fama de exquisitas (me refiero al geógrafo Miñano), sincontar con que en los corrales de aquellas casas de labor se críanciertos pavos enormes, ya cantados por mí en un célebre soneto.—Y, ¡enfin, señores! ¡qué diablos! ¡corre de mi cuenta llevar un cesto devíveres y municiones (cuando digo municiones, entended botellas)para los casos de fuerza mayor y otras calamidades inesperadas!.....

»Conque..... he dicho.»

Aplausos y aclamaciones acogieron este discurso; y, sin más debate,aprobóse por unanimidad el proyecto, quedando decidido que á la nochesiguiente saldríamos para Salamanca.

II

DE MADRID A MEDINA DEL CAMPO

En efecto: á las nueve y media de la siguiente noche salíamos de Madriden el tren segundo correo, destinado, como todo el mundo sabe, átransportar cartas y viajeros desde esta Villa y Corte (que ya cuenta400.000 habitantes) á media España y á toda Europa.

Sin embargo, íbamos casi solos.....—Los españoles tenemos pocos asuntosfuera de casa, y los que tenemos no nos interesan hasta el extremo dehacernos emprender largos viajes. Nuestra filosofía moruna, ascética, ócomo queráis llamarla, da de sí esta magnánima indiferencia, tandeplorada por economistas y políticos, y tan aplaudida por otra clase depensadores que miran las cosas desde más alto. Viajan, sí, por meroplacer, los elegantes y los fantaseadores, los bañistas de afición y losamantes de la naturaleza; pero, precisamente en la fecha citada, estelinaje de madrileños regresaba ya hacia las orillas del Manzanares, ó,por mejor decir, hacia las bocas de riego del Lozoya.—Además, aquel díaera martes, y los martes apenas se despacha algún billete en nuestrosferrocarriles, por aquello de que en martes ni te embarques ni tecases; razón que me ha movido á mí siempre á preferir los martes paraviajar, pues va uno más holgado en el tren ó en la diligencia. ¡Y sipuedo combinar que sea martes y día 13, mejor que mejor!

Esto de la holgura lo llevábamos nosotros resuelto aquella noche porministerio de la ley..... Quiero decir, que éramos dueños de un reservado de ocho asientos, que entre cuatro personas daba dosasientos para cada una, con su correspondiente rincón por cabeza y parala cabeza.—Nos dormimos, pues, en seguida que el tren se puso en marcha(como muy necesitados que estábamos de descansar de nuestras prisas deldía, y también para ir haciendo provisión de sueño y de reposo, á cuentade los madrugones y demás fatigas consiguientes á una expediciónartístico-poética por tierra de garbanzos), y dormidos pasamos muchísimotiempo. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .. . . . .

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

. . . . .. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

*

* *

A las tres de la madrugada el hambre nos despertó.

Estábamos en Sanchidrián, á veinticinco leguas de Madrid, al otro ladode la cordillera del Guadarrama.

¡Bien nos habíamos portado! ¡Cinco horas de sueño de un tirón!

Durante ellas, sólo habíamos oído, á cosa de las doce, en uno de esosintervalos de semiconciencia que tiene el durmiente á cada parada deltren, los destemplados gritos con que una pobre mujer (única que á talhora estaría despierta en aquella áspera sierra) pregonaba á todo lolargo de la hilera de coches: « ¡Leche de las Navas! », sin que sesiguiese ruido alguno demostrativo de que la infeliz trasnochadoradespachaba algo.....

Es decir, que habíamos pasado por El Escorial, por las susodichas Navas (que Dios bendiga), por Ávila, y por otros varios puebloschicos y grandes, sin darnos siquiera cuenta de ello.—¡Quién se lodijera á D. Felipe II cuando edificaba lo que recibió el nombre de octava maravilla! ¡Quién le dijera que llegaría un tiempo en quecruzasen por allí con los ojos cerrados personas tan amantes del Artey de la Historia como nosotros!

Pero, ¿qué mucho, si habíamos atravesado con igual indiferencia laformidable Sierra de Guadarrama (que es algo más grande que elMonasterio del Escorial), pasando inconscientes, no sólo por delantede sus cimas, sino por dentro de sus mismísimas entrañas, por la cunade los metales, por la oficina de los terremotos, por las regiones delinfierno?

*

* *

Decía que estábamos en Sanchidrián, y que el aguijón del hambre noshabía despertado.

El mismo mozo de la vía por quien supimos particularmente en quéEstación nos hallábamos (pues nadie se había tomado el trabajo de vocearla), nos participó además, motu proprio, que el termómetro deltelegrafista marcaba en aquel instante seis grados bajo cero.

¡Oirlo nosotros, y bajar el cristal de la ventanilla, todo fué una solacosa! Hecho lo cual transformamos el coche en fonda, y cenamostranquila, profusa y regaladamente: que para eso llevábamos á bordo elanunciado cesto de provisiones, en que no faltaba ningún perfil; pues, ámás de comestibles de buena ley, contenía frascos de agua y botellas devino, café del mismísimo Aden y máquina para hacerlo, velas con quealumbrarnos á guiorno, y otros muchos refinamientos de sibaritismo yde confort, que ni tan siquiera concibieron los antiguos emperadoresromanos.

Terminada la cena, nos fué imposible volver á dormir.—

Pasamos, porconsiguiente, en alegre conversación cosa de una hora; hasta que, cercade las cinco de la mañana (es decir, todavía con estrellas) llegamos ála Estación de Medina del Campo.

¡Medina! ¡Parada y fonda! ¡Cambian de tren los viajeros para Zamora ypara Salamanca! —gritó el mozo de la Estación.

—¡Vaya una fonda y una parada inoportunas!—

exclamamos nosotros, dandoun suspiro.

Y nos pusimos á recoger nuestros enseres.

III

EN MEDINA DEL CAMPO

Los viajeros que se dirigen á Salamanca en camino de hierro, tienen queesperar en la Estación de Medina (¡durante una hora!) la salida deltren que corre exclusivamente

entre

estas

dos

ínclitasciudades.—

Cargamos, pues, con todo nuestro ajuar, y echamos pie átierra en el andén, acatando los altos é incomprensibles designios delas Empresas, que no han juzgado conveniente ahorrar á los viajeros estahora de detención.

Como todavía era de noche, según queda indicado, y hacía todo el fríoque nos dijeron en Sanchidrián, tuvimos que refugiarnos, lo mismo que elresto de los viajeros (unos treinta, naturales de aquellas cercanías),en el diminuto, descristalado y afortunadísimo cafetín (vulgo Fonda)de la Estación, donde nos vimos obligados á oir, á pesar nuestro, más deuna conversación ajena, poco edificante y nada chistosa....., á lascuales conseguimos al cabo sustraernos, hablando entre nosotros y en vozbaja de la ilustre ciudad á cuyas puertas vivaqueábamos tandesagradablemente.

Dicho se está, por tanto, que salió á relucir el funestísimo día 21 deAgosto de 1520, en que Medina del Campo fué quemada por el alcaldeRonquillo y por el capitán Fonseca, á consecuencia de haberse resistidosus moradores á entregarles la artillería para combatir á Segovia,alzada en favor de los Comuneros, y que recordamos también aquellahermosa carta, escrita con tal motivo por los Segovianos á losMedinenses, en que se leen estas sublimes frases dignas de la antiguaMusa de la Historia:—« Nuestro Señor nos sea testigo, que si quemarondesa villa las casas, á nosotros abrasaron las entrañas, y quequisiéramos más perder las vidas que no se perdieran tantas haciendas.Pero tened, señores, por cierto, que pues Medina se perdió por Segovia,ó de Segovia no quedará memoria, ó Segovia vengará la su injuria áMedina..... Desde aquí decimos, y á la ley de cristianos juramos, y poresta escritura prometemos, que todos nosotros por cada uno de nosotrospornemos las haciendas y aventuraremos las vidas; y lo que menos es quetodos los vecinos de Medina libremente se aprovechen de los pinares deSegovia, cortando, para hacer sus casas, madera. Porque no puede sercosa más justa que, pues Medina fué ocasión de que no se destruyese conla artillería á Segovia, Segovia dé sus pinares con que se repare áMedina..... »

«Medina (añade el historiador Lafuente) había sido hasta entonces elemporio del comercio, el gran mercado del Reino, y el principal depósitode las mercancías extranjeras y nacionales, de paños, de sedas, debrocados, de joyería y tapicería: sus ferias anuales tenían fama en elmundo: todo pereció en aquel día de desolación: de setecientas ánovecientas casas fueron consumidas por las llamas.»

. . . . . . . . . . . . . . . . .. . . . . . . . . . . . . . . . .. . . . . . . . . . . . . . .

. .. . . . . . . . . . . . . . . . .

A todo esto había principiado á amanecer; visto lo cual, nos trasladamosal andén de la Estación, prefiriendo helarnos al aire libre viendo losrosicleres de la aurora, á los aires colados y á las crecientesvulgaridades del cafetín.

El andén de la estación estaba tan silencioso como solitario.—Nuestroprimitivo tren había continuado su marcha hacia Irún, no bien nosbajamos de él, y después había partido otro con dirección á la insigneciudad de Zamora.—¡El único que no daba ni señales de pensar en salirera el recién establecido tren de Salamanca!

En cambio, salió el sol.—Por cierto que su primer rayo no hiriódirectamente nuestras pupilas, sino que fué á besar con amoroso respetoun arrogantísimo torreón gótico, que ya habíamos divisado enfrente de laEstación, sobre las ruinas de una antigua fortaleza.—Era la famosa Torre del Homenaje del celebérrimo Castillo de la Mota.

Este castillo, distante de Medina algunos centenares de pasos, yseparado hoy de ella por el tiránico ferrocarril, corona una especie demeseta que, en estas interminables planicies castellanas, pudo muy bienhacer el papel de altura

cuando

se

la

eligió

para

asiento

de

unaciudadela.....—Allí murió Isabel la Católica. Es decir, que tal vez enel interior de aquella torre, dorada por el sol naciente, se hallaba(y se halla) el aposento pintado por Rosales, con singular maestría, enel cuadro que dió principio á su reputación.—Allí estuvo preso, duranteveinte años, Hernando Pizarro, hermano y compañero de glorias delConquistador del Perú.—Allí vivió también encarcelado el abominableCésar Borgia.....

Pero como si el tren de Salamanca hubiera estado aguardando á que nosfuese grata la permanencia en la Estación de Medina para decir« ¡Vámonos! », la campanilla, y el pito, y las voces de los empleadosnos sacaron en esto de la contemplación de tan venerables ruinas y desus grandes recuerdos históricos, obligándonos á correr más que aprisahacia el andén, del cual nos habíamos alejado insensiblemente.

En aquel mismo instante brilló á nuestros ojos, no ya la luz refleja,sino el mismo disco del sol.....

Eran las seis.

IV

DE MEDINA DEL CAMPO A SALAMANCA

Partimos.

El tren giró hacia el Oeste, no bien salió de entre agujas, y colóseinmediatamente en Medina del Campo, cuyas últimas casas lindan con laEstación.

La vía férrea cruza por las calles mismas de la villa, sobre unterraplén de algunos pies de altura, gracias al cual fuimos viendo, porencima de cercas y tapias, el interior de muchos corrales llenos deleña, estiércol y aperos de labor, y cubiertos de recientísima escarcha,por donde andaban ya las madrugadoras gallinas tomando el sol ycacareando.....

Los medinenses no se habían levantado todavía. Por lo menos, lasventanas y puertas de sus casas estaban cerradas, las chimeneas noexpelían humo, y no había ni un alma en las silenciosas calles.

Medina es extensísima, y compréndese muy bien, al verla, que desempeñepapel tan importante en la Historia de España. A cada paso descubríamoscasas ruinosas, con todo el aspecto de deshabitadas, y amplios solaresde otras que se han hundido. Infinidad de torres de iglesias nuevas óviejas (es decir, de hace cuatro ó cinco siglos, ó del siglo pasado, ájuzgar por la forma de sus campanarios y por el color de los muros)mantiénense todavía en pie. Abundan las de piedra renegrida por eltiempo, y aun hay que contar las que habrán derribado los siglos y lasrevoluciones.....

De los desastres causados por la tea incendiaria de Ronquillo y deFonseca, nótanse por doquier horribles vestigios.—La desventura de Medina, como las de Pompeya y Herculano, tiene fecha determinada. ¡Taldía de tal año amaneció rica y poderosa, y á la noche era un montón deruinas!

Pero mientras nosotros pensábamos en esto, el tren había dejado ya atrásá Medina del Campo, y corría por más alegres horizontes.....

Hagamos nosotros lo mismo.

*

* *

De Medina á Salamanca hay 77 kilómetros.

Acerca de los primeros que recorrimos, sólo tengo que decir que seguimoscruzando la gran llanura de Castilla la Vieja, más productiva, pero nomenos desamparada y monótona

que

la

de

Castilla

la

Nueva.

En

cuantoalcanzaban los ojos veíamos leguas y leguas de campos sin verdor,recién arados con el mayor esmero, en donde iban á sembrarse losgérmenes de la cosecha de 1878; ¡pero ni un árbol, ni una vivienda, niun chorro de agua, ni la más leve ondulación en el terreno!.....

Sin embargo, aquella interminable planicie casi negra, cobijada por uncielo azul y limpio, é inundada de luz por un sol alegre y esplendoroso,no carecía de encanto y grandiosidad, á causa de su mismasencillez.—Hacía un día hermosísimo, un verdadero día español, y estolo embellece todo.

Por lo demás, ya íbamos divisando en la soledad de aquellas

tierrasalgunos

labradores

que

araban

tranquilamente, y que nosotros no podíamosimaginar de dónde habían salido ni á qué hora se habían levantado paraestar allí tan de mañana.—Vistos desde el tren, parecían habitantes dela Luna contemplados desde la Tierra, ó habitantes de la Tierracontemplados desde la Luna, ó más bien parecían un accesorio fijo ypermanente de aquel cuadro, como las figurillas humanas que ponen lospintores en los paisajes.

Minutos después (que es como si dijéramos algunas leguas más allá)pasamos por delante de un montecillo de barro, de piedras, de yeso, detejas y de retama, coronado por un campanario con su cruz y todo.....Era un pueblo: era Campillo: quiero decir, era uno de tantos Campillos como figuran en el Nomenclátor de España.

Luego pasamos por El Carpio (ó sea por un Carpio, pues tambiénconocíamos ya más de uno).....

Y á las siete y veintiocho llegamos á Cantalapiedra, famosa hoy por suagua potable, que no bebimos.

Habíamos entrado en la PROVINCIA DE SALAMANCA.

Allí comienza ya á rizarse el terreno.— Cantalapiedra ocupa

una mesetainclinada,

donde

hubo

también

antiguamente cierto castillo casiinexpugnable.

En el siglo XV los Portugueses se apoderaron de él y defendieron largotiempo, al amparo de sus muros, las pretensiones de la Beltraneja.—Losvecinos de la villa discurrieron entonces que el tal castillo podía conel tiempo dar ocasión á nuevas luchas y trastornos, si lo dejaban enpie; y no bien terminó aquella guerra civil, lo demolieron pacíficamentecon sus propias manos.—Vese, pues, que no siempre ha corrido comoverdad axiomática lo de si vis pacem, para bellum.

Y es cuanto puedo decir de Cantalapiedra.

Puestos otra vez en marcha, el sol, que iba ya calentando, principió áacariciarnos dentro del coche, y acabó por dormirnosamorosísimamente.....

Y dormidos pasamos (según luego vimos en El Indicador) por

Nueva Carolina,

Pedroso,

Gomecello,

Y Moriscos,

nombres que ningún eco habrían hallado en nuestra memoria, aunque nohubiésemos estado dormidos.

En cambio, quiso la Providencia que despertásemos al salir de estaúltima Estación, ó sea cuando faltaba un cuarto de hora (legua y media)para llegar á Salamanca.—De otro modo, nos hubiéramos hallado depronto bajo los muros de la gran ciudad; cosa opuesta á todas lasreglas del arte de conmoverse.

*

* *

Lo primero que vimos de Salamanca (mucho antes de divisarla á lolejos) fué sus célebres toros....., los toros salamanquinos, de millibras de peso y de formidables astas, plantados cerca de la vía ymirando el tren con más cólera que espanto.

—¡Ah, facinerosos! (estuve por decirles). ¡Desde tiempo inmemorialhabéis estado yendo á Madrid á asustarnos con esa fuerza y esos cuernosque Dios os ha dado!..... ¡Ahora nos toca á los madrileños venir áSalamanca á asustaros á vosotros!—¿Por

qué

no

probáis

á

luchar

con

estalocomotora?

Los toros debieron de adivinar semejante desafío, y noticiosos, sinduda, del trágico fin de aquellos héroes y mártires

de

su

misma

especieque

embistieron

arrogantemente en las orillas del Jarama á los primerostrenes de Madrid á Aranjuez y de Aranjuez á Madrid, nos volvieron laespalda con suma dignidad, como diciendo:

—¡Nuestra raza cumplió ya ese deber! ¡Su protesta quedó escrita consangre! ¡Paso á la majestad caída!

Y la verdad es que tenían razón.

En esto apareció ante nuestros ojos Salamanca, surgiendo de lahondonada en que se asienta á la orilla derecha del Tormes.

¡Aquélla era, sí, la muy noble y muy leal matrona, con sus rotasmurallas; con su centenar de torres y cúpulas, que en línea horizontalse dibujaban en el cielo; con sus amplios edificios de dorada piedra,que reverberaban al sol, y precedida de una verde arboleda, que parecíaservirle de zócalo ó de alfombra!

Tanta erguida piedra campeando en el aire, tanta arquitectura,

tantagrandiosidad,

tanta

nobleza,

correspondían de todo punto alencomiástico dictado de

« Roma la Chica.....» Era, pues, indudable queestábamos delante de Salamanca.

V

ENTRADA EN LA CIUDAD.—LA CALLE DE

ZAMORA

La Estación del ferrocarril de Salamanca distará un kilómetro de laciudad, y desde aquélla á ésta corre una hermosa calle de árboles, quesirve de paseo público.

Además, cuando nosotros fuimos allí, construíaseá toda prisa, para el servicio de la misma Estación, una ancha y bienacondicionada carretera, por cuyo explanado trayecto pasaban ya los ómnibus generales y muchos particulares de los hoteles.

¡Porque todo esto había donde ningún alojamiento temíamos hallarcuando en Madrid proyectábamos el viaje!

—«¡Señorito, al Hotel H!.....—¡Señorito, al HotelB!.....—

¡Señorito,

á

la

Fonda

X!.....»—nos

gritaban

los commissionnaires et facteurs, ni más ni menos que si acabásemos dellegar á París ó Londres.

—¡Bien por Salamanca!—exclamamos nosotros.—

¡Noblezaobliga! —¡Cuando los Grandes se meten á plebeyos, deben hacer lascosas con este rumbo!

Pero de aquella misma abundancia de alojamientos surgía una nuevadificultad, y era que, como no habíamos consultado á nadie antes desalir de Madrid, ni avisado á ningún amigo nuestra llegada á Salamanca,ignorábamos cuál era el mejor hotel, hallándonos, por tanto, en lasituación que los franceses (y va de afrancesamiento) denominan embarras du choix.

No era cosa de equivocarse en punto de tamaña trascendencia.Preguntamos, pues, á un guardia civil (autoridad infalible, de tejasabajo), y éste nos recomendó (confidencialmente) el Hotel delComercio.

¡Al Hotel del Comercio! —dijimos nosotros entonces con absolutaconfianza, penetrando en el ómnibus de aquella advocación.

Y partimos.

En cuanto al resto de los viajeros..... (¡ah, cucos!), ya se les veíacaminar á pie por la calle de árboles: de lo cual se deduce que losdemás carruajes volvieron de vacío á la ciudad.—Pero ¿qué importaba, siel honor de Salamanca se había salvado?

Dice un refrán novísimo: Haz lo que debas, aunque debas lo que hagas.

*

* *

Subido en el estribo de la trasera, y con la gorra, la cabeza y mediocuerpo metidos dentro de nuestra jaula, nos miraba y se sonreía el zagal del ómnibus ( zagal también por los años, pues no habríacumplido quince), y al ver yo su rostro picaresco, digno de su paisano Lázaro de Tormes, díjeme alborozadamente:—«¡He aquí nuestro cicerone hasta que lleguemos á la fonda!.....»

Y me puse con él al habla, previa donación, que le hice, de un cigarropuro.

Aquel joven nos dijo, entre otras muchas cosas menos interesantes, que la puerta, ya sin puerta, por donde poco después entrábamos enSalamanca, se llama todavía la Puerta de Zamora, y que la hermosacalle que allí comienza lleva también el nombre de la ciudad de GonzaloArias.

Y nosotros recordábamos, por nuestra parte, el clamoreo que se alzó enlas Academias de Madrid el año de gracia de 1855, cuando los salmantinos(no todos) tuvieron á bien derribar la tal puerta, sin reparar en quehabía servido de Arco de Triunfo para la entrada del emperador Carlos Ven la ciudad del Tormes el año, también de gracia, de 1534.....

La dicha Calle de Zamora, que, según vimos después, es la mejor deSalamanca, llamó sobre todo nuestra atención, y muy particularmente lamía, por su color pardo, austero y como de vejez.—Y era que mi últimoy entonces recientísimo viaje de recreo había tenido por teatro laprovincia de Cádiz, y mis ojos estaban hechos á ver pueblosblanquísimos, relucientes, flamantes, nuevos, por decirlo, así,adornados de verdes balcones, de floridos patios expuestos al público, yde enjalbegadas horizontales azoteas al estilo de Africa: era que aundanzaban en mi imaginación

aquellas

ciudades

muertas

de

risa,

sinmonumentos históricos ni humos artísticos, sencillas, graciosas ycoquetas como jóvenes vestidas de veraniego percal, que se llamanSanlúcar, los Puertos, San Fernando y Cádiz.

Salamanca, por el contrario, se me presentaba en la Calle de Zamora,vestida de paño y de terciopelo, de hierro y de gamuza, como una especiede ricahembra apercibida á asistir al Consejo ó á la batalla, y másaficionada al templo que al sarao.—Muchas casas eran de piedra, y otrasestaban pintadas de un modo severo, anticuado, monumental.

Laarquitectura y la arqueología, la historia y la leyenda, extrañascompletamente

al

alegre

caserío

gaditano,

reaparecían, pues, á mi vistacon sus venerandos caracteres.

Grandes escudos heráldicos campeabanencima de varias puertas, ó en los espaciosos lienzos de fortísimosmuros, ó en el herraje negro y feudal de rejas y balcones.

Estosbalcones tenían por dosel enormes guardapolvos; los tejados rematabanen descomunales aleros, y, abajo, las amplias y voladas rejas terminabanen humildes cruces.

Veíanse portadas de aquel período del Renacimientoque puede llamarse plateresco español; otras de arco romano, congrandísimas dovelas, al estilo del tiempo de los Trastamaras, yalgunas de tan imponente y esquiva hechura, que, á no correr el año de1877, hubiera yo jurado que en tales casas vivían poderosos inquisidoresó alguno de aquellos terribles mayorazgos que solían ser jefes de unadocena de hermanos, todos ellos soldados, frailes ymonjas.—¡Indudablemente estábamos en Castilla la Vieja, ó, mejor dicho,en el antiguo reino de León! ¡Hasta el aire era allí godo, españolrancio, cristiano puro, antisarraceno, en fin—ya que es menesterdecir las cosas claras!

Y cuenta que Salamanca no tiene nada de lúgubre, de sombría ni detaciturna, como nosotros mismos habíamos creído hasta entonces,equiparándola á otras ciudades castellanas; sino que es, y desde luegoconocimos que era, una población alegre, animada, de mucha luz, dehermoso cielo, de libre y puro ambiente, digna, en fin, de albergar,como alberga, á los que suelen ser llamados en Valladolid y Burgos losandaluces de Castilla.

Con esto llegamos al hotel, situado al otro extremo de aquella mismacalle; elegimos habitaciones, que nos parecieron excelentes; y comoentonces se nos advirtiera ó notificara de oficio que en aquelestablecimiento se almorzaba á las once en punto, batimos palmas enseñal de alegría, y tomamos en seguida la escalera abajo, á fin deaprovechar la hora y pico que faltaba para la canónica del almuerzo, endar el primer paseo artístico por la ciudad de los Fonsecas yMaldonados.

VI

LA PLAZA MAYOR.—EL CORRILLO DE LA

HIERBA

El primer paseo por toda ciudad monumental debe hacerse sin cicerone ysin Guía escrita, única manera de formar juicio propio de las cosasy admirarlas, ó no admirarlas,

independientemente

de

sugestiones

ycomentarios ajenos.

Esto hicimos nosotros aquella mañana: salimos á la calle á la buena deDios; y como lo primero que divisamos fuese, á muy pocos pasos de lapuerta del hotel, cierto arco de piedra que daba acceso á una gran plazacon árboles y jardines,

nos

dirigimos

allá

resueltamente,

no

sinpreguntarnos antes con tanto énfasis como si acabásemos de descubrir laIndia.

—¿Qué plaza será ésta?

Pronto leímos en los azulejos que era la Plaza Mayor, y prontodedujimos de otras señales que era también la plaza del Ayuntamiento, laplaza de la Constitución, el foro salmantino.

Declaro que, prima facie, nos agradó mucho la tal plaza; y,verdaderamente, su conjunto es magnífico. Disputen los arquitectos y losmeros aficionados al arte (nosotros disputamos también allí sobre ello)acerca de si la ornamentación peca de más ó menos barroca y pesada,sobre la desproporción que hay entre los huecos y los macizos, á talpunto que ciertos adornos y molduras parecen miembros principales de laobra, y sobre lo mucho que la composición se resiente del mal gustodominante cuando se ejecutó (que fué en tiempo de los Churrigueras y deBorromino); pero, aun así, el aspecto general resulta noble, rico,decoroso, hasta regio.....; digno, en fin, ya que no de la exquisitaSalamanca, de cualquier adocenada corte.

Además,

la

exornación

moderna(jardines,

fuentes,

candelabros, etc.) es sumamente agradable, y denotagran esmero y elegancia de parte de los Ayuntamientos salmantinos denuestros días.

Aunque la Plaza Mayor parece cuadrada, no lo es, sino que forma untrapecio cuyos lados varían de 72 metros á 82.—Todas las casas soniguales y tienen tres cuerpos. El cuerpo inferior deja expedito un anchopórtico, ó sea unos soportales corridos, donde hay más de cien tiendasde comercio, muy variadas y bien surtidas. Los otros dos cuerpos sontambién arquitectónicos, y obedecen á un plan monumental dibujado por elcélebre maestro D. Andrés García de Quiñones, el cual no anduvo muydisparatado para lo que entonces se estilaba en el mundo..... (Merefiero á 1710, fecha en que D. Felipe V visitó la ciudad y dió permisopara concluir la obra.)

Nicolás Churriguera, descendiente del famoso D. José, y como él naturalde Salamanca, encargóse de la ejecución, con otros arquitectos que norecuerdo ahora, y fué el exclusivo autor de una estupenda fachada (la delas Casas Consistoriales), recargadísima de hojarasca y de mil locurasde

piedra,

que

debe

de

agradar

mucho

generalmente, y que tampoco dejó degustarnos á nosotros como documento artístico.—¿No andamos hoycomprando á altísimos precios marcos dorados y otros muebles de estilobarroco? ¿No está hoy de moda lo Pompadour y hasta lo Dubarry, tantocomo ayer estaba lo gótico y anteayer lo pagano?—¡Pues ya hemosabsuelto á los Churrigueras y sus discípulos, si no como doctrina ynorma del arte, como hecho consumado y dato histórico, y con lacondición de que no vuelvan!

En dicha fachada había dos excelentes bustos de Carlos IV y de MaríaLuisa, ejecutados por uno de los más insignes entre los varios grandesescultores españoles que han llevado el apellido Álvarez. Refiérome áD. Manuel Álvarez, llamado comúnmente el Griego, hijo también deSalamanca y autor de las cinco hermosas estatuas de la Fuente de Apoloy las Cuatro Estaciones que embellecen el Salón del Prado de estacoronada villa.....—Pues bien: los tales bustos fueron derribados ydestruídos en no sé qué asonada popular, sin consideración alguna á sumérito artístico..... ¡Y, sin embargo, todavía hay artistas que no sonreaccionarios!

Muchos otros bustos de antiguos Reyes é ilustrados Capitanes hay en lasenjutas de los arcos de dos lados de la plaza; pero valen tan poco comoesculturas, y es tan problemático su parecido, que el motín losrespetó.—

Bastante más que todos ellos nos interesó una sencilla lápidaque conmemora, en la fachada de la casa núm. 19, que allí vivió y murióel famoso poeta salmantino D. JOSÉ

IGLESIAS.

*

* *

Terminado el examen de la Plaza Mayor, atrajeron nuestra vista ydespertaron nuestra curiosidad dos altísimas torres gemelas, dominadaspor una cúpula y un cimborio, y no exentas de majestad y gallardía, queasomaban á lo lejos, hacia la parte del Sudoeste, por encima de lasintermedias manzanas de casas.

—¿Qué será aquello?—volvimos á preguntarnos.

—Aquello..... (respondió un bondadoso transeunte, que nos miraba contanta extrañeza como nosotros á las dos torres), aquello es laCompañía.

—¡Ah, ya!..... Los Jesuítas.....

—Justamente.....; la grandiosa Casa de los Padres.....

—Muchísimas gracias.....—replicó el más liberal de nosotros cuatro,levantando la sesión con un saludo.

Y todos nos dirigimos allá resueltamente.

Pero, no bien salimos de la Plaza Mayor, entramos en una plaza.....mínima, que nos enamoró mucho más que la que dejábamos. ¡Tanto nosenamoró, que si los hijos del país hubiesen oído nuestras celebraciones,las habrían considerado irónicas y burlescas!

Porque se trataba de una plazoletilla triangular, de irregulares líneasy viejo y abigarrado caserío, donde no había dos balcones iguales, nidos edificios simétricos, ni monumento alguno bueno ni malo; nada, enfin, que fuese elegante, ordenado, lujoso, ó tan siquiera limpio. ¡Y enesto precisamente consistían su belleza artística, su encanto poético,su color histórico!

El Corrillo de la Hierba se llama aquel sitio.—Se lo recomiendo átoda persona de buen gusto que vaya á Salamanca.—Verá allíaglomeraciones de casas viejas, como las que figuran en las decoracionesteatrales ó en los cuadros referentes á la Edad Media; verá allí unvariado y grotesco repertorio de balcones, aleros, guardapolvos ybarandajes sumamente característicos; verá puertas chatas, paredesbarrigonas, ventanas tuertas, pisos cojos y tejados con la cabeza dada ácomponer, como no los encontrará en ninguna otra parte.—Y ¡qué escenaslocaliza en aquel sitio la imaginación! ¡Qué fondo aquel para un lienzoque representase el célebre motín en favor de los Comuneros, ó lassangrientas riñas á que dió ocasión D.ª María la Brava, ó una deaquellas temerarias revueltas contra los Franceses, coronadas luego degloria por la batalla de Arapiles!

Además de los multiformes tenduchos que rodean la plazuela, y que leañaden animación y fuerza dramática, veíase á aquella hora una infinidadde puestos amovibles ó matutinos; es decir, una multitud delugareñas sentadas en el suelo, con su cesta de huevos al lado, yrodeadas de pollos, pavos y gallinas.—Aquellas mujeres, vestidas conpesadísimos dobles refajos, y liadas en una especie de manta, parecíanmontones de lana de vivos colores, de cuyo fondo salían pregones tanagrios y desapacibles como el cacareo ó los graznidos de las propiasaves pregonadas.