Viajes por España by Pedro Antonio de Alarcón - HTML preview

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y

atravesado

la

Europa.Marchaba tan lentamente, que empleó cerca de seis días desde Burgos áValladolid. Alojóse en la casa de Rui Gómez de Silva, dejando el palaciopara las reinas sus hermanas, que entraron después. Ocupóse el Emperadoren Valladolid en el arreglo de ayudas de costa y mercedes que había dedejar á los que hasta entonces le habían servido, en lo de la paga quese había de dar á los que con él habían venido de Flandes, y en lo quehabía de quedar para el gasto de su casa. Con esto partió de Valladolid(4 de Noviembre), con tiempo lluvioso y frío, caminando en litera.

»Siguió su marcha por Valdestillas, Medina del Campo, Horcajo de lasTorres, Alaraz y Tornavacas, y para franquear el áspero y fragoso puertoque separa este pueblo del de Jarandilla[6], fué conducido en hombros delabradores, porque á caballo no le permitían sus achaques caminar singran molestia, y en la litera no podía ir sin grave riesgo de que lasacémilas se despeñasen. El mismo Luis Quijada anduvo á pie al lado delEmperador las tres leguas que dura el mal camino. Por fortunaencontraron en Jarandilla (14 de Noviembre) magnífico alojamiento encasa del Conde de Oropesa,

bien

provisto

de

todo, y con

bellos

jardinespoblados de naranjos, cidras y limoneros.

Detuviéronse allí todosbastante tiempo, por las malas noticias que comenzaron á correr acercade la temperatura de Yuste. En el invierno era castigado de frecuenteslluvias y de frías y densísimas nieblas, y en el verano le bañaba un solabrasador. Proclamaban á una voz sus criados que los monjes habíancuidado bien de hacer sus viviendas al Norte y defendidas del calor porla iglesia, mientras la morada del Emperador y de sus sirvientes sehabía hecho al Mediodía y tenía que ser insufrible en la estación delestío. Con esto todos

estaban

disgustados

y

todos

aconsejaban

alEmperador, inclusa su hermana la Reina de Hungría, que desistiera de suempeño de ir á Yuste y buscase otro lugar más favorable para su salud.

»Obligó esto al Emperador á ir un día (23 de Noviembre) á visitarpersonalmente su futura morada, y cuando todos esperaban que regresaríadisgustado, volvió diciendo que le había parecido todo bien, y aun muchomejor que se lo pintaban; que en todos los puntos de España hacía caloren el verano y frío en el invierno, y que no desistiría de su propósitode vivir en Yuste, aunque se juntase el cielo con la tierra.

»Seguía reteniendo al Emperador en Jarandilla la falta de dinero parapagar y despedir la gente que había traído consigo, y aun para losprecisos gastos de manutención, hasta que, habiendo llegado el dineroque tenía pedido á Sevilla (16 de Enero de 1557), fué dando orden en lapaga de los criados que más impacientes se mostraban por marchar. Conesto apresuró ya los preparativos para su entrada en Yuste, cosa queapetecían vivamente los monjes, tanto como la repugnaban y sentían cadavez más cuantos componían su casa y servicio.

»Entró, pues, el emperador Carlos V en el Monasterio de Yuste el 3 deFebrero de 1557. Su primera visita fué á la iglesia, donde le recibió laComunidad con cruz, cantando el Te Deum laudamus, y colocado despuésS. M. en una silla, fueron todos los monjes por su orden besándole lamano, y el Prior le dirigió una breve arenga, felicitando á la Comunidadpor haberse ido á vivir entre ellos[7].»

*

* *

De la vida que el César hizo en Yuste, algo nos dirá, aunque tanruinoso, el propio Monasterio, cuando penetremos en él.....; y para queesto no se retarde ya mucho, terminaremos rápidamente el extracto quevamos haciendo de los anales del edificio.

En 1570, doce años después de la muerte del Emperador, fué á visitar susepultura el rey D. Felipe II, al paso que se dirigía á Córdoba conmotivo de la rebelión de los moriscos de Granada. Dos días permaneció elsevero Monarca en la que había sido última mansión de su augusto padre;pero,

« por respeto (dice el fraile cronista), no durmió en eldormitorio de éste, sino en un retrete del mesmo aposento, que apenascabe una cama pequeña».

Ya veremos nosotros todas estas habitaciones, que existen todavía.

Cuatro años más tarde, terminado ya el Panteón de El Escorial, fuétrasladado á su gran cripta el cadáver de Carlos V, con hartosentimiento de los PP. Jerónimos de Yuste. Sin embargo, los Reyes quesucedieron á Felipe II, lo mismo los de su dinastía que los de la deBorbón, continuaron dispensando

al

Monasterio

grandes

mercedes

y

muydecidida protección, con lo que siguió siendo uno de los más ricos yflorecientes de la Orden jerónima.

Así llegó, sin novedad alguna digna de mencionarse, el año de 1809.—Erael 12 de Agosto, quince días después de la victoria obtenida porespañoles é ingleses sobre los ejércitos de Napoleón delante deTalavera de la Reina. Una columna francesa, parece que fugitiva ócortada, estuvo merodeando en la Vera, esperando á saber cómo podríareunirse al grueso del ejército derrotado. Los frailes de Yuste huyeroná su aproximación, y los soldados franceses profanaron la iglesia,robaron cuanto hubieron á mano, penetraron en el convento, saquearon surica despensa y vaciaron su bien provista bodega, de cuyas resultasestaban todos ebrios cuando les llegó la orden de evacuar inmediatamenteaquella comarca y salir á juntarse á las tropas del mariscal Víctor.Marcharon, pues, como Dios les dió á entender; pero no pudieron hacerlodiez ó doce, cuya embriaguez era absoluta, por lo que se quedaron en elMonasterio durmiendo la borrachera. Sabedores de esta circunstancia loscolonos y criados de la casa, que tan maltratados habían sido aquellosdías por la soldadesca invasora, tomaron una horrible venganza enaquellos diez ó doce hombres dormidos, á los cuales dieron muerte ámansalva. Dos días después fueron echados de menos por sus camaradas,quienes, sospechando lo ocurrido, enviaron en su busca una sección decaballería. Estos expedicionarios no hallaron á nadie en el convento nien sus alrededores, pero sí grandes manchas de sangre en el lugar en quedejaron dormidos á sus compañeros.....; y apelando á su vez á lasrepresalias, pusieron fuego al Monasterio, cuya parte más monumental ypreciosa quedó completamente destruída, salvándose la iglesia, elNoviciado y las habitaciones que se construyeron para albergue de CarlosV.—Es decir, que pereció todo el Convento Nuevo, edificado, comodijimos, á mitad del siglo XVI.

Desde entonces volvieron los frailes á habitar el Convento Viejo, ósea el Noviciado.

En 1820 fueron expulsados por la revolución, y vendióse el Monasterioá un Sr. Tarríus, que lo poseyó hasta 1823.

En 1823 se anuló la venta por la reacción.

En 1834 la expulsión volvió á tener efecto, y la compra del Sr. Tarríusfué revalidada por el Gobierno.

Hace algunos años el Sr. Tarríus sacó el Monasterio á pública subasta.Napoleón III quiso adquirirlo; pero los periódicos hablaron mucho sobreel particular, lamentando que la cámara mortuoria del vencedor de Pavíapudiese ir á parar á manos francesas. Entonces, animados de unsentimiento patriótico, reuniéronse algunos títulos de Castilla, yacordaron comprar á Yuste, costare lo que costare. Pero este proyecto,como todos aquellos en que intervienen muchos, iba quedando enconversación, cuando el Sr. Marqués de Miravel, uno de los asociados,viendo que no se hacía nada de lo convenido, lo compró por sí solo enla cantidad de 400.000 reales.

Más adelante veremos que el histórico Monasterio no ha podido caer enmejores manos.

El Sr. Marqués de Miravel se ha consagrado con incesante afán, y á costade grandes sacrificios, á salvar á Yuste de la total ruina que leamenazaba. Ya ha reedificado mucho de lo derruído; ya ha contenido entodas partes la destrucción, y de esperar es que algún día acabe derestaurar lo que yace en pedazos por el suelo.—Sólo con lo que ha hechohasta hoy, ya ha merecido bien de la patria y de cuantos aman susantiguas glorias.

Conque penetremos en Yuste.

III

Delante de la actual entrada, que es la antigua de la Huerta delMonasterio, y por la que se regía el Emperador cuando salía á caballo,elévase un añoso y corpulento nogal, tenido en gran veneraciónhistórica, y del que no hay viajero que no se lleve algunas hojas comorecuerdo de su peregrinación á Yuste.

Es que aquel nogal data de un tiempo muy anterior á la fundación delconvento; es que á su sombra fué donde, según la tradición, se sentaronlos anacoretas Bralles y Castellanos la tarde que eligieron aquel sitio,entonces desierto, como el más á propósito para establecerse, y es queel mismo César, en tiempo de verano, solía pasar largas horas bajo suespesísimo ramaje, viendo correr el agua del arroyo que fluye á su pie yrespirando el fresco ambiente de un lugar tan umbroso, ameno ydeleitable.

Después de rendir el debido acatamiento á aquel árbol, cuya edad nobajará de seis siglos, llamamos á la mencionada puerta del Monasterio, ósea á la puerta rústica del que fué Palacio del Emperador. Un campesinoacudió á abrirnos, y como ya se hubiese recibido allí recado delAdministrador (que reside en Quacos) avisando nuestra visita yanunciando que él llegaría inmediatamente á hacernos los honores deaquella mansión de los recuerdos, dejósenos pasar adelante.

Agradabilísima emoción nos produjo el noble cuanto gracioso aspecto delprimer cuadro que apareció á nuestros ojos.—Gigantescos naranjosseculares, cuajados de rojas naranjas, sombreaban la especie de atrio ócompás en que habíamos entrado. Sus ramas subían hasta los arcos de unelegante mirador que teníamos enfrente y que sirve de fachada al únicopiso alto de un modesto aunque decoroso edificio. A aquel mirador ósalón abierto, cuyo interior descúbrese completamente por los ampliosarcos que constituyen dos de sus lados, se sube, no por escaleras, sinopor una suave rampa construída sobre otros arcos de progresivaelevación. Debajo del salón-mirador vense también al descubierto lospilares, arcos y bóvedas que lo sustentan, de modo que la tal moradaaparecía á nuestros ojos en una forma aérea, calada, abierta, luminosa,sin otra defensa contra el sol y el viento que el verdor de los próximosárboles ó de las enredaderas y rosales que trepaban por pilastras,balaustres y columnas.

Aquel risueño edificio era el Palacio del Emperador, al cual servía devestíbulo el descubierto y alegre aposento que estábamos mirando,aposento restaurado recientemente por el Sr. Marqués de Miravel,mediante costosísimas obras, en que se ha respetado religiosamente laprimitiva forma y disposición de la parte arruinada.

La extensa rampa que teníamos delante, y por la cual se sube á dichovestíbulo, es la misma que se construyó para que el valetudinario CarlosV pudiese montar á caballo á la puerta de sus habitaciones, ó sea en elpropio piso alto, librándose así de la incomodidad de las escaleras, quele eran ya insoportables.—También han sido reforzados sus arcos enestos últimos tiempos con tal arte y habilidad, que no falta ni unasola piedra del sitio que ocupaba hace trescientos años.

Viejísimas hiedras, contemporáneas, sin duda, del primer convento,visten por completo las recias tapias que forman el compás ó atrio enque nosotros echamos pie á tierra, y desde donde contemplábamos lamorada del César.—De una de estas tapias sale un brazo de agua sonora yreluciente, que con su eterno murmullo presta no sé qué plácidamelancolía á aquel sosegado recinto. La hiedra y el agua, con superdurable existencia, parecían encargadas de perpetuar las huérfanasmemorias de tantas grandezas extinguidas. El agua, sobre todo, fluyendoy charlando hoy como fluía y charlaba en 1558, sin respetar ahora elsilencio de muerte que ha sucedido en aquella soledad al antiguoesplendor y movimiento, recordábanos estos hermosos versos con quenuestro inmortal Quevedo acaba un soneto titulado: A Roma sepultada ensus ruinas:

«Sólo el Tibre quedó, cuya corriente,

Si ciudad la regó, ya sepultura

La llora con funesto son doliente.

¡Oh Roma! En tu grandeza, en tu

hermosura,

Huyó lo que era firme, y solamente

Lo fugitivo permanece y dura.»

Atado que hubimos nuestros caballos á los recios troncos de los naranjossusodichos, emprendimos la subida por la rampa, que nos condujo al salón-mirador, estancia verdaderamente deliciosa, más propia de una villa italiana ó de un carmen granadino que de un monasterio ocultoen los repliegues y derivaciones de una sierra de Extremadura.

Cuatro son los grandes arcos que ponen el mirador en relación directacon el rico ambiente y esplendorosa vegetación de aquel amenísimobarranco. Dos de ellos dan á la parte donde subíamos, sirviendo el unode entrada á la rampa, y el otro como de balcón, desde el cual se tocancon la mano los bermejos frutos de los naranjos del compás, y sedescubre, al través de sus ramas, un elegantísimo ángulo de la contiguaiglesia, de perfecto estilo gótico, cuyas gentiles ojivas, esbeltosjuncos y erguidas agujas, todo ello de una resistente piedra dorada porlos siglos, infunden en el ánimo, en medio de aquellas abandonadasruinas, arrogantes ideas de inmortalidad.

Los otros dos arcos miran al Mediodía, y desde ellos se goza de laapacible contemplación de la Huerta y del bosque de olmos y de todoslos suaves encantos de aquel breve y pacífico horizonte. De dicha Huerta trepan, como hemos apuntado, hasta penetrar por los arcosdentro de aquel salón, rosales parietarios y escaladoras enredaderas consus elegantes campanillas, que todavía no se habían cerrado aquellamañana: además, los dos grandes balcones determinados por ambos arcostienen el antepecho en la parte ó cara interna del recio muro, dejandodestinado todo el ancho de éste á dos extensos arriates ó pensiles quecultivaba Carlos V, y que hoy se cultivan también cuidadosamente.Geranios, rosales de pitiminí y clavellinas, todo florido, pues ya hedicho que estábamos en Mayo, vimos

nosotros

en

aquellos

dos

jardinillostan

graciosamente imaginados y dispuestos.—Cuando al poco rato llegaronel Administrador y su señora, supimos que ésta,

madrileña

de

pura

raza,aficionadísima,

por

consiguiente, á macetas, era la autora del milagrode que continuasen consagrados á Flora los dos arriates que cuidó enotro tiempo Carlos de Austria.

Llevo descritos dos lados del salón-mirador, bien que aun me faltedecir que, entre el arco que comunica con la rampa y el otro contiguo,hay un poyo de piedra, de dos cuerpos, mucho más ancho el de abajo queel de arriba, que se construyó allí para que Carlos V montase á caballomás cómodamente.....

Por cierto que, según refiere Fr. Prudencio Sandoval en su Historia delEmperador, las cabalgaduras que éste usaba en Yuste no tenían nada decesáreas ni de marciales, pues consistían en una jaquilla bien pequeñay una mula vieja.—

¡Tan acabado de fuerzas estaba aquel que tantasveces había recorrido la Europa á caballo!

Pero ya que de esto hemos venido á hablar, oigamos describir al mismohistoriador la manera cómo montó á caballo por última vez elprotagonista del siglo de los héroes, el vencedor de mil combates, elhombre de hierro.

«.....Puesto en la jaquilla, apenas dió tres ó cuatro pasos cuandocomenzó á dar voces que le bajasen, que se desvanecía, y como ibarodeado de sus criados, le quitaron luego, y desde entonces nunca más sepuso en cabalgadura alguna.»

Considerad ahora cuántas reflexiones no acudirán á la mente alcontemplar aquel poyo de piedra, terrible monumento que acredita toda laflaqueza y rápida caducidad de esta nuestra máquina humana, tantemeraria, impetuosa y presumida en las breves horas de la juventud, sipor acaso le presta sus alas la fortuna.....—Mas sigamos nuestradescripción.

La pared que da al Norte, sólo es notable por lindar con el muro de laiglesia y porque en aquel lado del salón-mirador hay una pequeña ypreciosa fuente, labrada en la forma y estilo de las que adornan lospaseos públicos ó los jardines de los palacios.

Esta fuente tendrá unas dos varas y media de altura, y se compone deun pilar redondo, del centro del cual sale un recio fuste ó árbol, queluego se convierte en gracioso grupo de niños, muy bien esculpido; todoello de una sola pieza y de piedra bastante parecida al mármol, aunquede la especie granítica. El grupo de niños sostiene una taza redonda, dela cual fluye por cuatro caños un agua cristalina, sumamente celebradapor sus virtudes higiénicas.—El Emperador no bebía otra, y nosotros laprobamos también, aunque llevábamos á bordo un vino de primer orden.

Porque debemos advertir que, mientras llegaba ó no llegaba el Sr.Administrador, nos permitimos desplegar las provisiones que habíamossacado del Baldío y almorzar como unos..... jerónimos, haciendo mesa delpoyo de piedra en que se encaramaba el Emperador para montar en lajaquilla ó en la mula.....—Pero, volviendo á la fuente, diré que dellibro de Fr. Luis de Santa María (que después leímos) consta que «se laregaló á Carlos V el ilustre Ayuntamiento de la ciudad de Plasencia».

Vamos á la cuarta pared.—En ella está la puerta de entrada al Palacio,y á su lado existe hoy un banco muy viejo de madera (en el mismo lugarque había antes un asiento

de

piedra),

sobre

el

cual

se

lee

la

siguiente inscripción, pintada en la pared en caracteres del siglo XVI muchasveces retocados:

« Su Mag.ª El Emper.or D. Carlos

Quinto nro. Señor en este lugar

estava asentado quando le dió

el mal á los treynta y uno

de Agosto á las quatro de la

tarde.—Fallesció

á

los

Veinte

y uno de Septiembre á las dos

y

media

de

la

mañana.

Año

del

S.or

de 1558. »

El mal á que alude la precedente inscripción consistió en que,habiendo comido al sol Carlos V, en aquel propio salón-mirador, sintióseacometido de frío, no bien dejó la mesa, y luego le entrócalentura.—«Pónenos en cuidado (escribía dos días después su mayordomoLuis Quijada á Juan Vázquez de Molina[8]), porque ha muchos años que áS.

M. no le ha acudido calentura con frío sin accidente de gota. El fríocasi lo tuvo delante de mí todo; mas no fué grande, puesto que temblóalgún tanto; duró casi tres horas la calentura: no es mucha, aunque entodo me remito al doctor, que escribirá más largo.—Yo temo que esteaccidente sobrevino de comer antier en un terrado cubierto, y hacía sol,y reverberaba allí mucho, y estuvo en él hasta las cuatro de la tarde,y de allí se levantó con un poco dolor de cabeza y aquella noche durmiómal.»

Esta carta es de 1.º de Septiembre.—Por consiguiente, la inscripciónpreinserta está equivocada, y donde dice 31 de Agosto debe leerse 30 deAgosto.

Sobre ella se ven las armas imperiales, pintadas en la pared; obra, sinduda, del mismo autor de aquella leyenda conmemorativa.

Con lo cual terminan todas las cosas que hay que notar en el salón-mirador ó vestíbulo del humilde Palacio de Yuste.

*

* *

Entramos, pues, en el Palacio.

Ya he dicho que se compone de cuatro grandes celdas, situadas dos á cadalado de un pasillo ó galería que atraviesa el edificio de Oeste á Este yal cual dan las puertas de las cuatro.

Las dos celdas de la izquierda, entrando, estaban destinadas en tiempodel Emperador, la una á Recibo, y la otra á Dormitorio, y secomunican entre sí. Las dos de la derecha, que también tienencomunicación por dentro, eran el Comedor y la Cocina.

Y á esto se reducía el alojamiento del César.

Su servidumbre, compuesta de sesenta personas, habitaba el piso inferiorde aquel llamado Palacio, ó varias dependencias del convento, residiendoen Quacos los empleados que no tenían que asistir continuamente á S. M.

En la actualidad no hay ni un solo mueble en dichas celdas; y como, porotra parte, carecieron siempre de toda ornamentación arquitectónica suslisas paredes, blanqueadas con cal á la antigua española, la revista quenosotros les pasamos habría sido muy corta, si recuerdos históricos yconsideraciones de una mansa y cristiana filosofía no nos hubierandetenido largo tiempo en cada estancia.

Nuestra visita principió por el Recibo, donde sólo había que ver unagran chimenea, digna de competir con las llamadas de campana: tanenormes eran su tragante y su fogón. Entre la puerta de entrada, la decomunicación con el Dormitorio, la reja que da paso á la luz delsalón-mirador y otra puertecilla de que hablaré luego, no quedaba másque un puesto resguardado del aire, ó sea un único rincón que ocuparcerca de la chimenea. No podíamos, pues, equivocarnos respecto de cuálsería el sitio que ocuparía el Emperador en aquella sala, durante laestación del invierno, cuando iban á visitarlo San Francisco de Borja,el Conde de Oropesa, el Arzobispo de Toledo y otros antiguos amigossuyos.

Pero no seguiré adelante sin hacer una advertencia de granimportancia.....

Si yo me hubiese propuesto referir la Vida de Carlos V en Yuste(escrita ya con suma minuciosidad y conciencia en un notable capítulo yen un apéndice muy curioso de la Historia de España por D. ModestoLafuente), podría enumerar

aquí,

sin

más

trabajo

que

copiar

algunosdocumentos del Archivo de Simancas, insertos en la obra de aquelhistoriador, los muebles, los cuadros, las alhajas y hasta las ropas quetenía el Emperador en su retiro, así como sus hábitos, entretenimientosy conversaciones; pero, no siendo, ni pudiendo ser, tal mi propósito,sino meramente fotografiar, por decirlo así, el estado actual delMonasterio, me limitaré á remitiros á la obra mencionada y aconsejarosque no deis crédito á lo que otros historiadores cuentan acerca de losactos del Emperador en Yuste.

Desconfiad, sobre todo, de las noticias de Fr. Prudencio Sandoval y deMr. Robertson, quienes, en esta parte íntima de sus célebres historias,fueron sin duda mal informados, ó fantasearon á medida de su deseo. Asílo demuestra el Sr.

Lafuente con irrebatibles razones y documentosoriginales de primera fuerza.—Es falso, por ejemplo, que Carlos hiciesesus exequias en vida; falso que estuviese sujeto á la misma regla quelos frailes de la casa; falso que se flagelase hasta teñir de sangre lasdisciplinas; falso que no atendiese á las cosas políticas de España ydel resto de Europa, y falso que se dedicase á la construcción dejuguetes automáticos y otras puerilidades con su relojero de cámara yfamoso mecánico Juanelo Turriano.—Leed á Lafuente, repetimos, y allíveréis, auténticamente probado, que Carlos V, en Yuste, fué el hombre desiempre, con sus cualidades y sus defectos y con la sabida originalidadde su condición, festiva y grave á un tiempo mismo, dominante,vehemente, voluntariosa, y á la par llana y sencilla, como la de JulioCésar.

Sigamos nuestra exploración.

La ya mencionada puertecilla de la sala de Recibo conduce á undiminuto é irregular aposento, que es aquel retrete ó gabinetillo deque ya he hablado también, en que apenas cabe una cama, y donde durmióFelipe II la última vez que estuvo en Yuste, en señal de respeto..... ómiedo á las habitaciones que habían sido de su difunto padre.—

¡Curiosofuera saber lo que pensó allí el hombre del Escorial durante las dosnoches que pasó, como quien dice, emparedado cerca de la cámaramortuoria de Carlos de Gante!—Pero la historia ignora siempre lasmejores cosas.

Del Recibo volvimos á salir al pasillo ó galería, dejando para loúltimo la visita al Dormitorio, y pasamos al Comedor del más comilónde los emperadores habidos y por haber....., excepto Heliogábalo.

Carlos V era más flamenco que español, sobre todo en la mesa. Maravillaleer (pues todo consta) el ingenio, verdaderamente propio de un granjefe de Estado Mayor militar, con que resolvía la gran cuestión devituallas, proporcionándose en aquella soledad de Yuste los más raros yexóticos manjares. Sus cartas y las de sus servidores están llenas deinstrucciones, quejas y demandas, en virtud de las cuales nunca faltabanen la despensa y cueva de aquel modesto palacio los pescados de todoslos mares, las aves más renombradas de Europa, las carnes, frutos yconservas de todo el universo. Con decir que comía ostras frescas en elcentro de España, cuando en España no había ni siquiera caminoscarreteros, bastará para comprender las artes de que se valdría á fin dehacer llegar en buen estado á la sierra de Jaranda sus alimentosfavoritos.

Pero nos metemos sin querer en honduras pasadas, olvidando que aquí nose trata sino de lo presente. Pues bien: en el Comedor sólo hay denotable otra chimenea como la susodicha; un gran balcón-cierre, ótribuna volada, que da á la huerta y mira al Mediodía, donde el viejoEmperador tomaba en invierno los últimos rayos del sol de susvictorias....., y una puerta de comunicación con la Cocina.

La Cocina es digna del imperial glotón, propia de un convento deJerónimos y adecuada á los grandes fríos que reinan en aquel paísdurante el rigor del invierno. En torno del monumental fogón, que ocupacasi la mitad de aquel vasto aposento, bien pudieron calentarsesimultáneamente con holgura los sesenta servidores de S. M. En cuanto álas hornillas, puede asegurarse que infundirían verdadera veneracióncuando estaban en ejercicio, así como hoy su yerta

desnudez

y

tristearrumbamiento

infunden

melancólicas reflexiones.

Pero estas reflexiones nos llevan como por la mano al Dormitorio delEmperador, ó sea á su cámara mortuoria.

Es una pieza del mismo tamaño que las tres mencionadas, con otra enormechimenea. Una alta reja le da luz por la parte de Levante, y tieneademás tres puertas, de las cuales una da á la iglesia, otra al Recibo y otra á la galería.

No cabe ni puede caber duda respecto del sitio que ocupaba el lecho deS. M. y en que lanzó el último suspiro, puesto que lo indicamatemáticamente la puerta de comunicación con la iglesia, que se rasgófrente por frente á la cama del César, á fin de que, acostado y todo,pudiese ver el altar mayor y oir Misa cuando sus achaques le impedíandejar el lecho. Trazóse, pues, dicha puerta, oblicuamente, sobre elrecio muro del templo, en el ángulo opuesto á aquel en que dormía yhabía de morir Carlos V, y allí sigue, y desde ella se determinafijamente tan histórico paraje.

A mayor abundamiento, en aquel rincón del Dormitorio hay un cuadro querepresenta á San Jerónimo viendo llegar á Carlos V á la gloria eterna yarrodillarse á los pies de la Santísima Trinidad.—Debajo de este cuadrose ve un tarjetón dorado que dice lo siguiente: «S. A. R. el InfanteDuque de Montpensier regaló al Monasterio de Yuste este cuadro, sacadodel original que á la muerte del Emperador Carlos V, su glorioso abuelo,se hallaba á la cabecera de su cama.»

Decir los pensamientos que acudieron á mi mente en aquel sitio, dondeexpiró (en hora ignorada por sus propios hijos durante algunos días) elque tantas veces desafió la muerte á la faz del universo en los camposde batalla, fuera traducir pálidamente lo que el lector se imaginará sinesfuerzo alguno.

Hágole, pues, gracia de mis reflexiones, y le invito á que me siga á la iglesia y á las ruinas del convento, donde todo hablará aún másalto y más claro el severo lenguaje de aquellas verdades eternas: Verumtamen, universa vanitas.....

Verumtamen, in imagine pertransithomo.

IV

La iglesia se reduce á una nave gótica, larga y altísima, digna de unacatedral de primer orden. Esta nave se conserva

íntegra:

según

unatradición,

porque

los

incendiarios franceses de 1809 procuraron que elfuego no llegase á ella; según otra tradición, porque no había en todoaquel edificio madera alguna en que pudiesen prender las llamas.

Sin embargo, sus bóvedas ojivales amenazaban desplomarse cuando compróel Monasterio el Sr. Marqués de Miravel, quien procedió inmediatamente árepararlas.—

Así lo indica la siguiente modestísima inscripción, que selee en el testero posterior del coro:

Estando estas bóvedas en ruinas, se construyeron por José Campal, añode 1860.

Pero dirá el lector: ¿quién es José Campal? ¿Son éstos el nombre y elapellido del espléndido Marqués que costeó la obra, ó los de algúninsigne arquitecto, émulo de la gloria de los Brunelleschi y MiguelÁngel?

Ni lo uno ni lo otro.

José Campal es un humilde albañil de Jarandilla, que se atrevió áacometer tan ardua empresa, y la llevó á feliz término, cuando maestrosllevados de Madrid con tal propósito la habían consideradoirrealizable.—Admirado entonces el Marqués del arrojo y la inteligenciade Campal, mandó poner dicha inscripción en el coro.

La nave de la iglesia y sus altares están hoy completamente desnudos detodo cuadro, de toda imagen, de toda señal de culto. Los únicosaccidentes que interrumpen

la

escueta

monotonía

de

aquellos

blanqueadosmuros, son las Armas Imperiales que campean allá arriba, en el centrodel embovedado, y un negro ataúd depositado á gran altura, en un nichoú hornacina de la pared de la derecha.

Este ataúd es de madera de castaño, y estuvo forrado de terciopelonegro. Hoy no contiene nada; pero en un tiempo contuvo otra caja deplomo, dentro de la cual fué depositado el cadáver del Emperador.....

«Púsose el cuerpo del Emperador (dice la historia) en una caja de plomo,la cual se encerró en otra de madera de castaño, forrada de terciopelonegro. Hiciéronsele solemnes exequias por tres días, celebrando elArzobispo de Toledo, Fr. Bartolomé de Carranza, á quien sirvieron deministros el confesor del Emperador, Fr. Juan Regla, y el prior Fr.Martín de Angulo, y predicando sucesivamente el P.

Villalva y lospriores de Granada y Santa Engracia de Zaragoza.

»Una de las cláusulas del codicilo de Carlos V era que se le enterraradebajo del altar mayor del Monasterio, quedando fuera del ara la mitaddel cuerpo, del pecho á la cabeza, en el sitio que pisaba el Sacerdoteal decir la misa, de manera que pusiese los pies sobre él. Para cumplirdel modo posible este mandato, se derribó el altar mayor y se sacó haciafuera, con objeto de depositar detrás de él el cadáver, pues debajo nopodía estar, por ser lugar exclusivo de los Santos que la Iglesia tienecanonizados[9].»

A consecuencia de esta reforma, el altar Mayor quedó en la extrañadisposición que hoy se advierte; esto es, sumamente estrecho depresbiterio, y muy alto en proporción del escaso desarrollo de suescalinata, cuyos peldaños son tan pinos, que cuesta fatiga y peligrosubirlos ó bajarlos.

Fué, pues, depositado el cadáver del César dentro de las dos cajasmencionadas, detrás del retablo de Yuste, hasta que, quince años y mediodespués, el 4 de Febrero de 1574, verificóse su traslación al Escorial,en la caja de plomo, revestida de otra nueva que se construyó alintento, quedando en la bóveda de Yuste, como recuerdo, la caja decastaño. Pero como todos los viajeros que visitaban la tal bóvedahubiesen dado en la flor de cortar pedazos del viejísimo ataúd, á fin deguardarlos como reliquias históricas, el Marqués de Miravel dispusocolocarlo en el inaccesible nicho que hoy ocupa, y desde donde produceterrible y fantástica impresión.

*

* *

Dijimos más atrás que el sueño eterno de Carlos V ha sido turbadotambién en el Monasterio del Escorial, y que nosotros mismos no hemossabido librarnos de la tentación de asistir á una de las sacrílegasexhibiciones que se han hecho de su momia en estos últimos años.....

Cometimos esta impiedad, ó cuando menos esta irreverencia, en Septiembrede 1872, pocos meses antes de ir á Yuste.—Nos hallábamos en el fúnebreReal Sitio, descansando del calor y las fatigas de Madrid, cuando unamañana supimos que había pública exposición del cadáver del César, ápetición de las bellas damas madrileñas que estaban allí deveraneo.—Era ya la vigésima de estas exposiciones, desde que lasinauguró cierto temerario y famoso prohombre de la situación políticacreada en 1868.—Nosotros (lo repetimos) no tuvimos al cabo suficientevalor para rehusarnos la feroz complacencia de aquella profanación, quede todas maneras había de verificarse.....

Acudimos, pues, al panteón de los Reyes de España, á la hora de lacita.—¿Y qué vimos allí? ¿Qué vieron las tímidas jóvenes y losatolondrados niños y los zafios mozuelos que nos precedieron ó siguieronen tan espantoso atentado?—

Vieron, y vimos nosotros, la tumba de CarlosV abierta, y delante de ella, sobre un andamio construído ad hoc, unataúd, cuya tapa había sido sustituída por un cristal de todo el tamañode la caja.

En las primeras exposiciones no había tal cristal, ó si lo había, selevantaba, de cuyas resultas no faltó quien pasase su mano por larenegrida faz del cadáver..... ¡La pasó el mencionado prohombrerevolucionario, en muestra de familiaridad y compañerismo!.....

A través del cristal vimos la corpulenta y recia momia del nieto de losReyes Católicos, de la cabeza á los pies, completamente desnuda,perfectamente conservada, un poco enjuta, es cierto, pero acusando todaslas formas, de tal manera que, aun sin saber que eran los despojosmortales de Carlos

V,

hubiéralos

reconocido

cualquiera

que

hubiesevisto los retratos que de él hicieron Ticiano y Pantoja.

La especial contextura de aquel infatigable guerrero, su alta yamplísima cavidad torácica; sus anchos y elevados hombros; sus cargadasespaldas; su cráneo característico; su ángulo facial, típico en la casade Austria; la depresión de la boca; la prominencia de la barba por eldescompasado avance de las mandíbulas: todo se apreciaba exactamente, yno en esqueleto, sino vestido de carne y cubierto de una pielcenicienta, ó más bien parda, en que aun se mantenían algunos rarospelos de pestañas, barbas y cejas y del siempre atusado cabello.....

¡Era, sí, el Emperador mismo! ¡Parecía su estatua vaciada en bronce yroída por los siglos, como las que aparecen entre las cenizas dePompeya!

No infundía asco ni fúnebre pavor, sino veneración y respeto.

Lo que infundía pavor y asco era nuestra impía ferocidad, era nuestradesventurada época, era aquella escena repugnante, era aquel sacrílegorecreo, era la risa imbécil ó el estúpido comentario de tal ó cualseñorita ó mancebo, que escogía semejante ocasión para aventurar unconato de chiste.....

¡Siquiera nosotros (dicho sea en nuestro descargo) callábamos ypadecíamos, sintiendo al par, y en igual medida, reverencia hacia loque veíamos y remordimientos por verlo! ¡Siquiera nosotros teníamosconciencia de nuestro pecado!

*

* *

De mi visita á las ruinas de los claustros de Yuste guardo recuerdosindelebles.

La naturaleza se ha encargado de hermosear aquel teatro de desolación.Los trozos de columnas y las piedras de arcos, que yacen sobre el suelode los que fueron patios y crujías, vense vestidos de lujosa hiedra. Elagua, ya sin destino, de las antiguas fuentes, suena debajo de losescombros, como enterrado vivo que se queja en demanda de socorro, ócomo recordando y llamando á los antiguos frailes para que reedifiquenaquel edificio monumental. Y por todas partes, entre la hiedra y elmusgo, ó entre las flores silvestres y las altas matas con que adornabaMayo aquellos montones de labrados mármoles, veíamos los escudos dearmas de la casa de Oropesa, esculpidos en las piedras que sirvieron declaves ó de capiteles á las arcadas hoy derruídas.

Las cuatro paredes del refectorio siguen de pie; pero el techo, que sehundió de resultas del incendio, ha formado una alta masa de escombrosdentro de la estancia. Hoy se trabaja en sacar aquel cascajo, y ya vanapareciendo los alicatados de azulejos que revestían el zócalo de losmuros.

El Convento de Novicios subsiste, aunque en muy mal estado.—Allí,como ya sabéis, vivieron los últimos frailes desde la catástrofe delEdificio, ocurrida en 1809, hasta la catástrofe de la Comunidad,ocurrida en 1835.

Nosotros penetramos en algunas celdas. Reinaba en ellas la misma mudasoledad que en las del Palacio de Carlos V.

Ni gente ni muebles quedabanallí..... Las desnudas paredes hablaban el patético lenguaje de laorfandad y de la viudez.

Aquello era más melancólico que las ruinas del otro gran conventohacinadas entre la hiedra.—Una celda habitable y deshabitadarepresenta, en efecto, algo más funesto y pavoroso que la destrucción.Los pedazos de mármol que acabábamos de ver parecían tumbas cerradas:las celdas del noviciado eran como lechos mortuorios ó ataúdes vacíos,de donde acababan de sacar los cadáveres.

Sí; ¡todo vacío! ¡todo expoliado! ¡todo saqueado!.....—

Tal aparecíaaquella mañana á nuestros ojos cuanto contemplábamos, cuantorecordábamos, cuanto acudía á nuestra imaginación por asociación deideas.

En Yuste....., una tumba abierta, de donde había sido sacado CarlosV.—En El Escorial....., otra tumba vacía, de donde también se le habíadesalojado temporalmente.....—Y

si se nos ocurría la fantástica ilusiónde que la exhumada y escarnecida momia del César, avergonzada de supública desnudez, pudiese salvar el Guadarrama, en medio de las sombrade la noche, para ir á buscar á Yuste su primitiva sepultura,considerábamos

temblando

que

tampoco

encontraría en su sitio el ataúd demadera, sino que lo vería encaramado en aquella antigua hornacina de unSanto que probablemente habrían derribado á pedradas otros liberales dela Vera de Plasencia.....

¡Y todo así! ¡Todo así!—Dondequiera que el atribulado espectro imperialfijase la vista, hallaría igual dislocación, el mismo trastorno, lapropia devastación y miseria, como si el mundo hubiese llegado al díadel Juicio final.....

Ya no había Monasterio de Yuste; ya no había en España Comunidadesreligiosas; ya no había Monarquía; ¡casi ya no había Patria!—Lostiempos del cataclismo habían llegado, y, sobre las ruinas de la obra deFernando V y de Isabel I, oíanse más pujantes que nunca en aquellosmismos días (los primeros días de Mayo de este primer año de laRepública), así en Extremadura como en el resto de la Penínsulaespañola, gritos de muerte contra la Unidad nacional, contra laPropiedad, contra la Autoridad, contra la Familia, contra todo culto áDios, contra la sociedad humana, en fin, tal y como la habíanconstituído los afanes de cien generaciones.

Illic sedimus et flevimus....., al modo de los hebreos junto á losríos de Babilonia.

*

* *

Pasó aquel momento de emoción, disimulable en tan aciaga fecha, y desdeel convento nos dirigimos á una ermitilla, llamada de Belén, que distade él medio kilómetro, y á donde solían encaminar los frailes su paseode invierno—costumbre que adquirió también Carlos V.

El camino de la ermita es una llana y hermosa calle de árboles, conprolongados asientos, en que cabía toda la Comunidad.

Al principio de este paseo hay un viejísimo ciprés, á cuyo pie, yrecostado en su tronco, es fama estaba sentado Carlos V la primera vezque vió en Yuste á su hijo D. Juan de Austria, ya casi mozo, después demuchos años de separación.

El hijo de Bárbara Blomberg había nacido en Ratisbona, donde pasó lainfancia con su madre. A la edad de ocho años lo habían traído áEspaña, sin que nadie adivinase su condición, y vivió primero enLeganés, á cargo del clérigo Bautista Vela y de una tal Ana Medina,casada con un flamenco llamado Francisco, que vino en la comitiva deCarlos V la primera vez que visitó estos reinos el coronado nieto deIsabel la Católica. Pero el bastardo imperial hacía en Leganés una vidademasiado villana, confundido con los otros chicos del pueblo, yentonces Luis Quijada, mayordomo del César, y el único que sabía quiénera aquel niño, se lo llevó á Villagarcía, de donde era Señor, y loconfió á su mujer, sin revelarle el secreto; por lo que estaejemplarísima señora llegó á concebir tristes sospechas, que amargaronsu vida hasta que, muerto ya el Emperador, hizo pública la verdad el reyD. Felipe II, reconociendo como príncipe y hermano suyo al que había deser el primer guerrero de su tiempo.

«Cuando Carlos V vino á encerrarse en el Monasterio de Yuste (dice unhistoriador) érale presentado muchas veces su hijo en calidad de paje deLuis Quijada, gozando mucho en ver la gentileza que ya mostraba, aun noentrado en la pubertad.

Tuvo,

no

obstante,

el

Emperador

la

suficienteentereza para reprimir ó disimular las afectuosas demostraciones depadre, y continuó guardando el secreto.....»

En la Crónica manuscrita del convento menciona también el P. Luis deSanta María la estancia de D. Juan de Austria en Yuste, y, además, latradición cuenta algunas de sus travesuras de adolescente, como las quereferimos al hablar de Quacos.....

. . . . . . . . . . . . . . . . .. . . . . . . . . . . . . . . . .. . . . . . . . . . . . . . .

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Por aquí íbamos en nuestra visita á Yuste, cuando principió áencapotarse el cielo. Conocimos que amenazaba una de aquellas tormentasque tan formidables son en las sierras de Gredos y de Jaranda, y comoteníamos que andar tres leguas para regresar al Baldío, y ya no nosquedaba más

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que ver, aunque sí mucho que meditar en aquellas ruinas, nosapresuramos á montar á caballo, henchida el alma de mil confusas ideas,que he procurado ir fijando y desenvolviendo en los humildes artículos áque doy aquí remate.

Pero no soltaré la cansada pluma sin recordar unos versos que el insignepoeta, mi amigo D. Adelardo López de Ayala, pone en boca de D. RodrigoCalderón, y que repetí muchas veces al alejarme de Yuste:

«¡Nunca el dueño del mundo Carlos

quinto

Hubiera

reducido

su

persona

De una celda al humilde apartamiento,

Si no hubiera tenido una corona

Que arrojar á las puertas del

convento!»

De resultas de lo cual, ó sea de la falta de cualquier especie decorona, algunos días después me veía yo obligado á dejar la pacíficasoledad del Baldío por la turbulenta villa de Madrid, donde fecho hoyeste relato á 9

de Octubre de 1873.

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DOS DÍAS EN SALAMANCA

———

I

DISCURSO PRELIMINAR

Llunes 8 de Octubre de 1877 nos hallábamos de sobremesa en ciertohumilde comedor de esta prosaica y anti-artística villa de Madrid,cuatro antiguos amigos, muy amantes de las letras y de las artes, algoentrados en años por más señas, y aficionadísimos, sin embargo, á correraventuras en demanda de ruinas más viejas que nosotros.

Habíase por entonces abierto al público la última sección del Ferrocarril de Medina del Campo á Salamanca, lo cual quería decir, entérminos metafóricos, que esta insigne y venerable ciudad, monumentoconmemorativo de sí propia, acababa de ser desamortizada por elespíritu generalizador de nuestro siglo, pasando de las manos muertas dela Historia ó de la rutina, al libre dominio de la vertiginosa actividadmoderna.

Así lo indicó, sobre poco más ó menos, uno de nosotros; y como otroapuntase con este motivo la feliz idea de ir los cuatro á hacer unavisita á aquel antiguo emporio del saber, y semejante propuesta, bienque recibida con entusiasmo y aceptada en principio, suscitara algunasobjeciones, relativas á lo desapacible de la otoñada, á los achaques deluno, á los quehaceres del otro y al natural temor de todos de que en lailustre y grave Salamanca no hubiese fonda vividera, el amo de la casa,ó sea el anfitrión, encendióse (ó afectó encenderse) en santa ira, ypidiendo arrogantemente la palabra (y una segunda copa de legítimo fine-champagne), pronunció el siguiente discurso: