Viajes por España by Pedro Antonio de Alarcón - HTML preview

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VIAJES

POR

E S P A Ñ A

DE

D. PEDRO ANTONIO DE ALARCÓN

De la Real Academia Española

VISITA AL MONASTERIO DE YUSTE,

DOS DÍAS EN SALAMANCA.—LA GRANADINA.—

DEMADRID A SANTANDER.

PRIMER VIAJE A TOLEDO.—EL ECLIPSE DE SOL DE

1860.

CUADRO GENERAL DE VIAJES.

TERCERA EDICIÓN

MADRID

EST. TIPOGRÁFICO «SUCESORES DE RIVADENEYRA», Paseo de San Vicente, núm. 20

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1907

Es propiedad del Autor.—Quedan hechos los depósitos que marca laLey.

ÍNDICE

DEDICATORIA.— Al Sr. D. Mariano Vázquez

Una visita al Monasterio de Yuste

Dos días en Salamanca

La Granadina

Capítulo I, II, III, IV, V, VI, VII

De Madrid á Santander

Mi primer viaje á Toledo

El eclipse de sol de 1860

Cuadro general de mis viajes por

España

Notas

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AL SEÑOR D. MARIANO VÁZQUEZ,

MAESTRO DE MÚSICA, INDIVIDUO DE NÚMERO

DE LA REAL ACADEMIA DE BELLASARTES,

COMENDADOR DE LA REAL Y DISTINGUIDA

ORDEN DE CARLOS III, Y DENÚMERO DE LA DE ISABEL LA CATÓLICA.

I muy querido Mariano: Juntos hemos hecho, no sólo algunos de losviajes que menciono en la presente obra, como el de Madrid á Toledo yel de El Escorial á Ávila, sino también el muy más importante de laadolescencia hasta la vejez, pasando por los desiertos de laambición.....

Saliste tú de aquella metódica y bendita casa de la calle de Recogidasde Granada, en donde, puedo decir que sin maestro, aprendiste áinterpretar las sublimes creaciones del Haydn español, ó sea del maestroPalacios, del colosal Beethoven, del profundo Weber, del apasionadoSchubert y de otros grandes compositores casi desconocidos entonces ennuestra Península; y salí yo de mi seminario eclesiástico de Guadix(fundado sobre las ruinas de un palacio moro), llevando en pugna dentrode mi agitado cerebro á Santo Tomás y á Rousseau, á Job y á lord Byron,á Fr. Luis de León y á Balzac, á Savonarola y á Aben-Humeya.....

Nuestro encuentro, hoy mismo hace treinta años, fué en laAlhambra..... Allí estaban ya reunidos, soñando también con la gloria,los demás que de cerca ó de lejos habían de acompañarnos en laperegrinación.—Fernández Jiménez, Moreno Nieto, Castro y Serrano,Manuel del Palacio, tu pobre hermano Pepe, Antonio de la Cruz, Salvadorde Salvador, Pérez Cossío, Soler, Pepe Luque, Moreno González, Pineda,e tanti altri, hoy ya viejos ó muertos, levantaron el vuelo connosotros ó como nosotros, desde aquella deliciosa mansión, en quehabíamos formado la célebre sociedad de La Cuerda, hasta las ingratasorillas del Manzanares, donde algunos seguimos viviendo juntos dos añosmás, bajo la denominación de Colonia Granadina..... ¡Calle del Mesónde Paredes! ¡calle de los Caños! ¡fonda del Carmen, que ya no existes!¡ventorrillos, ventas

y

posadas,

en

que

tan

pobre

y

alegrementepernoctamos durante nuestras primeras etapas por el mundo de las Letras,de las Artes, de las Ciencias ó de la Política!..... ¿Quién os dijeraque muchos de aquellos locos mozuelos que tan dificultosamente pagabanel gasto diario y tan alborotada traían la vecindad, habían deconvertirse en estas graves personas que hoy se complacen en recordar,como inverosímiles leyendas, ó cual si refiriesen travesuras de suspropios hijos, aquellas graciosas cuanto inocentes calaveradas, noreñidas con el más asiduo y heroico trabajo?

En Dios y mi ánima te juro, reduciéndome á hablar de ti, Mariano mío,que cuando, hace poco tiempo, te veía dirigir con universal aplauso laorquesta del teatro Real, de donde mengua es de España que estés alejadoy donde no has sido sustituído ni lo serás nunca; cuando escuchaba áinsignes artistas nacionales y extranjeros ensalzar tu nombre sobre elde todos los que habían ocupado aquel verdadero trono de la Música, meregocijaba tu gloria cual si fuera mía, ó por lo menos, de toda la Colonia Granadina, de 1854 á 1856, y que igual placer y ufaníasiento cada vez que asisto á los grandes triunfos que sigues alcanzandocomo Director de la sabia Sociedad de Conciertos, admiración depropios y extraños.....

Todas estas cosas, que nunca te he dicho privadamente, tenía ganas dedecirte en público, y por eso y para eso te dedico ese libro, en quevarias veces te nombro y en que figuras como actor y parte.—Mucholamento no haber podido escribir en él nuestras visitas á Toledo y áÁvila tan extensamente

como

algunas

otras

de

mis

expedicionesartísticas ó poéticas; pero tú suplirás con tu buena memoria lo que yoomita al hacer mención de aquéllas, y volverás á reirte homéricamente alrecordar al Tío Tereso de Toledo y al cicerone que sólo tenía empeñoen que viéramos la campana gorda de la Catedral, ó bien cuando terepresentes en la imaginación aquella mañana deleitosísima en que, contu hermano Paco, salimos á esperar á los arrieros que llevan de ElBarco de Ávila á la estación de Ávila la rica uva que tanto se estimaen Madrid, y nos comimos no sé cuántas libras por cabeza, al otro ladode la ciudad, recostados en una romancesca muralla de color de naranjamarchita, dando cara á un paisaje verde y pedregoso, más activos ydescuidados que á la presente, y con mucho, muchísimo menos luto en elalma.....

Adiós, Mariano. Recibe con indulgencia este libro, y recibe también unabrazo fraternal de tu paisano, amigo y compañero de viaje,

Pedro.

Madrid, 18 de Enero de 1883.

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UNA VISITA

AL

MONASTERIO DE YUSTE

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I

I sois algo jinete (condición sine qua non); si contáis además concuatro días y treinta duros de sobra, y tenéis, por último, en Navalmoral de la Mata algún conocido que os proporcione caballo y guíapodéis hacer facilísimamente un viaje de primer orden—que os ofreceráreunidos los múltiples goces de una exploración geográfico-pintoresca,el grave interés de una excursión historial y artística, y la religiosacomplacencia de aquellas romerías verdaderamente patrióticas que, comotodo deber cumplido, ufanan y alegran el alma de los que todavíarespetan algo sobre la tierra.....—Podéis, en suma, visitar el Monasterio de Yuste.

Para ello..... (suponemos que estáis en Madrid) empezaréis por tomar unbillete, de berlina ó de interior, hasta Navalmoral de la Mata, en la«Diligencia de Cáceres»[1], —que sale diariamente de la calle del Correode ésta que fué corte, á las siete y media de la tarde.

La carretera es buena por lo general, y en ningún paraje peligrosa.Pasaréis sucesivamente por la Dehesa de los Carabancheles, donde losArtilleros tenían establecida su muy notable Escuela práctica;—porlas Ventas de Alcorcón y por Alcorcón mismo, que es como sidijéramos por el Sèvres de los actuales madrileños;—por Móstoles,donde os acordaréis de su órgano y de su célebre Alcalde del año de1808;—por Navalcarnero, uno de los principales lagares que surten depeleón á Madrid;—por Valmojado, que nada tiene de mojado ni de valle,pues ocupa un terreno muy alto y arcilloso;—por Santa Cruz delRetamar, abundante en fiebres intermitentes y en carbones;—por Maqueda, todavía monumental hoy, cuanto poderosa en la antigüedadromana y en tiempos de nuestra doña Berenguela,—y, en fin, por SantaOlalla, patria del historiador Alvar Gómez de Castro y del predicadorCristóbal Fonseca, ambos insignes varones y literatos;—con lo cual, alamanecer (dado que viajéis, como os lo aconsejamos, en primavera ó enotoño), os encontraréis en Talavera de la Reina, confirmada (supongo)recientemente con el nombre de Talavera de la República federal.

Dicho se está que en todo este trayecto no habéis visto casi nada, ácausa de la obscuridad de la noche y de haber ido proveyéndoos de sueño, ó bien de dormición ó dormimiento (como se decía antaño,para evitar confusiones entre la gana y el acto de dormir), y en ellohabréis hecho perfectamente, pues no os esperan grandes hôteles, quedigamos, en toda vuestra romería;—pero al llegar á Talavera, donde sedetiene el coche una hora y se toma chocolate, despertaréis sin dudaalguna, y podréis ver al paso muchas y muy buenas cosas.....

Por ahorraros gastos, no presuponemos que caéis en la tentación de pasartodo un día en aquella ilustre villa, cuna del

ínclito

Padre

Mariana;rica

de

monumentos

arquitectónicos; emporio de los opimos frutos yfrutas de todo el país que vais á recorrer; renombrada por sus barroscocidos, que os indemnizan del bochorno cerámico que pasasteis enAlcorcón, y vecina del memorable campo de batalla en que españoles éingleses dimos tan buena cuenta de José Napoleón, de Sebastiani, deVíctor y de otros generales

del

Imperio,

con

más

de

50.000

soldadosvencedores de Europa.....—En otro caso vierais allí, además de lasmurallas, y la catedral, y los conventos, y los palacios, loscelebérrimos jardines y alamedas que forman un paseo público á la orilladel noble Tajo.....—Pero

¡nada! vosotros vais á Yuste exclusivamente, y no podéis deteneros en parte alguna.....

Montaréis, pues, de nuevo en la Diligencia, y, dejando á la izquierda elgran río y viendo siempre á la derecha la cadena del Guadarrama (que,con el nombre de Sierra de Gredos y otros, se extiende hasta Portugal),continuaréis vuestro camino y cruzaréis por delante de la imponentevilla de Oropesa, de aspecto feudal, coronada por su viejo castillo ypresidida por el magnífico palacio de los antiguos Condes de Oropesa,hoy Duques de Frías.....—Como sabéis á dónde vais, no dejaréisseguramente de saludar agradecidos aquella villa, ni de pensar conreverencia en los mencionados Condes, cuyos recuerdos habéis deencontrar íntimamente ligados con los del Monasterio de Yuste; y,cumplida esta obligación, pasaréis por la Calzada de Oropesa, últimopueblo de la provincia de Toledo; entraréis poco después en Extremadura,y, en fin, á eso de las doce del día os hallaréis en Navalmoral de laMata.

En aquella importante villa, perteneciente ya á la provincia de Cáceres,cabeza de partido judicial y distante de Madrid 172 kilómetros, esdonde os esperan el caballo y el guía. Dejaréis, por tanto, seguir á laDiligencia su rumbo al Sudoeste, y vosotros tomaréis el sendero quepreferían siempre los Condes de Oropesa para dirigirse á Yuste desdesu mencionada villa señorial, ora cuando el famoso Garci-Álvarez iba, áprincipios del siglo XV, á proteger la fundación del Monasterio, oracuando un descendiente suyo acudía, ciento cincuenta años después, ávisitar á Carlos V ó á asistir á sus exequias.—Es decir, que osencaminaréis al lugarcillo de Talayuela (12 kilómetros); pasaréis porla barca del mismo nombre el caudaloso Tiétar, tan desprovisto depuentes; entraréis en la célebre Vera de Plasencia, y, por Robledillode la Vera, iréis á hacer noche á Jarandilla.

De este modo, habiendo andado unas diez y siete horas en coche y cosa deseis leguas á caballo, os hallaréis, á las veinticuatro horas de habersalido de Madrid, á legua y media de Yuste, en una villa importante( Jarandilla es cabeza de otro partido judicial), perteneciente tambiéná los Estados de Oropesa ó Frías, cuyo palacio ó casa solariega albergóalgunos meses al nieto de los Reyes Católicos mientras acababan dedisponerle sus habitaciones en el convento.

Nosotros os dejamos ahora allí—donde creemos no os falte la necesariaindustria para buscar la posada, cenar, acostaros y trasladaros á lamañana siguiente, muy tempranito, al lugar de Quacos, distante de Yuste un cuarto de legua, y donde vive el administrador del Sr.Marqués de Miravel, actual dueño del Monasterio (administrador que esmuy amable y que os acompañará en vuestra visita, ú os proporcionará losmedios de que lo veáis todo á vuestro sabor); nosotros os dejamos en Jarandilla, repetimos, y, retrocediendo á las orillas del Tiétar,vamos á exponeros cómo y por donde llevamos á cabo, por nuestra parte,hace poco tiempo, y arrancando de otro lugar, esta misma excursión alcélebre retiro del que fué dueño del mundo.

*

* *

Cinco kilómetros más abajo de Talayuela, ó sea de su barca, hay unahermosa finca, denominada el Baldío, situada en majestuosa, pero muyalegre soledad.

El Baldío forma una especie de anfiteatro sobre el Tiétar, que es sulímite al Norte. En medio de este anfiteatro se eleva el caserío,teniendo al Sur un soberbio pinar y á los lados extensos bosques derobles ó de encinas. Por las ventanas de todas sus habitaciones, que danal septentrión, se descubre: primero, una faja de vega, de un kilómetrode ancho, que va á morir en el río; luego el mismo río, orlado depomposas arboledas, y, á su otra margen, un segundo anfiteatro, que esla Vera de Plasencia, y que termina en las perpetuas nieves de lasSierras de Jaranda y de Gredos.

Las ventanas del Baldío dan, pues, frente al Monasterio de Yuste,escondido en una leve ondulación de la falda meridional de la Sierra deJaranda, pero cuya situación y cercanías se divisan perfectamente.—Esdecir, que el Baldío y Yuste tienen un mismo horizonte y estánincluídos en la misma cuenca general del terreno, por cuyo fondo corremansamente el Tiétar, navegable en aquella región, y tan grandioso yopulento como el propio Tajo, á quien poco después rinde vasallaje.

Tres leguas escasas (dos á vuelo de pájaro) dista Yuste del Baldío,y nosotros, que residíamos accidentalmente en este último paraje,llevábamos muchos días de contemplar á todas horas aquel otro solitariolugar, encerrado entre una gran sierra y un gran río, sin máscomunicación con el mundo que unas poco frecuentadas veredas, y dondehabía pasado los últimos dos años de su vida aquel que llenó el universocon su nombre y sus hazañas, y cuyos dominios no dejaba nunca dealumbrar el sol.

Un porfiado temporal había ido retrasando la visita que desde quellegamos al Baldío nos propusimos hacer á Yuste, hasta que al finserenóse el tiempo, y el día 3 de Mayo (del presente año de 1873)montamos á caballo; pasamos el Tiétar por otra barca, propiedad denuestro amable y querido huésped, penetramos en la Vera de Plasencia,y nos dirigimos al insigne Monasterio por el camino de Jaraiz.

Ninguna estación más á propósito para apreciar y admirar todos losencantos de la famosísima Vera, país de la fertilidad y de laincomunicación; especie de Alpujarra chica, en que el río hace las vecesdel mar, y Sierra de Jaranda y Sierra de Gredos suplen por la colosalSierra Nevada.

La primavera estaba en todo su esplendor.—Primero caminamos pormagníficas dehesas, sobre una llanísima alfombra de verdura y bajo undosel de magníficos robles, encinas, fresnos, sauces y almeces, á travésde cuyos severos troncos penetraba horizontalmente el alegre sol de lamañana. Después salimos á un monte cubierto de jarales floridos, cuyasblancas flores eran tantas, que parecía que el monte estaba nevado.Luego pasamos el hondo río Jaranda, por el tosco, sabio y gracioso Puente de la Calva, y principiamos la ascensión á Jaraiz, risueña ypopulosa villa, por cuyos arrabales desfilamos á eso de las ocho.

Estábamos á una legua de Yuste. Esta legua recorre un país abrupto,selvático, atroz; pero pintoresco á sumo grado.

Hay sobre todo unparaje, llamado la Garganta de Pelochate, que es digno de los honoresdel pincel y de la fotografía. Allí se despeña rapidísimo un espumosorío por planos inclinados de formidables rocas, sobre las cuales seeleva á extraordinaria altura cierto viejo y gastado puente de tablas,atravesando el cual no puede uno menos de encomendar el alma á Dios. Lasorillas de esta semicatarata son de una rudeza y amenidad imponderables,así como es muy celebrada, y ciertamente fresquísima y muy delgada ygustosa, el agua de la gran fuente que de una peña brota al otro lado deaquel abismo.

Pasada la Garganta de Pelochate, podíamos escoger dos senderos parallegar á Yuste: el uno va por Quacos, lugarcillo de 300 vecinos,que, como hemos apuntado, dista un cuarto de legua del Monasterio; elotro..... no existe verdaderamente, sino que lo abre cada viajero pordonde mejor se le antoja, caminando á campo travieso.....

Nosotros escogimos este último, á pesar de todos susinconvenientes.—Una

aversión

invencible,

una

profunda repugnancia, unaantipatía que rayaba más en fastidio que en odio, nos hacía evitar elpaso por Quacos.

Y era que recordábamos haber leído que los habitantes de este lugar secomplacieron en desobedecer, humillar y contradecir á Carlos V durantesu permanencia en Yuste, llegando al extremo de apoderarse de susamadas vacas suizas, porque casualmente se habían metido á pastar entérmino del pueblo, y de interceptar y repartirse las truchas que ibandestinadas á la mesa del Emperador. Hay quien añade que un díaapedrearon á D. Juan de Austria (entonces niño), porque lo hallaroncogiendo cerezas en un árbol perteneciente al lugarejo....

Pero ¿qué más? ¡Aun hoy mismo, los hijos de Quacos, según nuestrasnoticias, se enorgullecen y ufanan de que sus mayores amargasen losúltimos días del César, por lo que siguen tradicionalmente la costumbrede escarnecer el entusiasmo y devoción histórica que inspiran las ruinasde Yuste!....

Alguien extrañará que Carlos V no declarase la guerra á los habitantesde Quacos, pidiendo á su hijo Felipe II veinte arcabuceros que lesajustasen las cuentas.... Pero ¡ah! el vencedor de Europa no había idoal convento en busca de guerra, sino de paz, y, por otra parte, sihubiese castigado á aquellos insolentes, el desacato y desamor de éstosse habrían hecho públicos y dado margen á mil comentarios en todaEuropa.—Los pequeños lo calculan muy bien todo cuando se atreven áinsultar la misma grandeza á cuyos pies solían arrastrarsemiserablemente.....—El Emperador se hizo, pues, el desentendido, ydevoró en silencio, como una penitencia, aquellas mortificaciones de suorgullo.

Conque decía que nosotros anduvimos á campo travieso la última medialegua que nos separaba de Yuste. Pronto nos sirvió de guía el propio Convento, que vimos aparecer allá á lo lejos, al pie de una áridaladera de Sierra de Jaranda, que lo defiende de los vientos delNorte.—Por la parte del Sur lo resguarda también de las miradas delmundo cierta suave colina, que forma con la dicha sierra una especie devallecejo ó cañada, cuya máxima longitud descubríamos nosotros sindificultad, por ir entonces marchando de Poniente á Levante.

El aspecto del Monasterio, á aquella distancia, realizabacompletamente el poético ideal que nos habíamos formado de él desdeniños, y que hace veinte años nos sugirió algunas páginas tituladas: Dos retratos[2]. —Cercado de robles y sombreado más intensamente á laparte del Sur por una verde cortina de corpulentos, piramidales olmos,aquel antiguo refugio de los desengañados de la tierra parecía como unoasis en medio del desierto, como una isla en un océano tormentoso. Tanrica vegetación, tanta lujosa verdura, tan abrigada soledad y lasausteras líneas de la Santa Casa que destacaba su mole, de un color grisde hoja seca, sobre la obscuridad del ramaje, contrastaban dulcementecon el áspero y desordenado panorama que se veía en torno, con losesquivos montes, con las bruscas quebradas, con los rudos matorrales,con la misma pedregosa tierra que cruzábamos.

Finalmente, salimos al camino que vosotros tendríais que seguir parallegar á Yuste, esto es, al que desde el pobre Quacos sube al Monasterio.....

Ó, por mejor decir, nosotros ya estábamos casi en el Monasterio mismo....

*

* *

Una enorme cruz de piedra y una alta cerca ó tapia de cenicientospeñones nos decía que allí principiaba la sagrada jurisdicción de Yuste.

Por aquel escabroso camino, en que sólo nos restaba que andar algunospasos, llegó Carlos V á su final retiro el día 3

de Febrero de 1557, ypor el propio sendero pasó su cadáver, después de haber yacido allíalgunos años, para ir á continuar su sueño eterno en el panteón de ElEscorial.—Ya veremos más adelante cómo este sueño ha sido tambiénturbado recientemente en el imperial sarcófago de San Lorenzo, y cómonosotros llegamos, por nuestra parte, á profanar asimismo con la mirada,en pública y sacrílega exhibición, la momia del invicto César.

Detengámonos ahora á contemplar un inmenso Escudo de piedra que adornala alta cerca de que hablamos antes.—Él resume y compendia todo lo quehemos de ver y de pensar dentro de Yuste.

Aquel Escudo, abrigado por las poderosas alas del águila de doscabezas y encerrado entre las dos columnas de Hércules, con la leyendade Plus ultra, comprende en sus cuarteles las armas de todos losEstados del augusto Monje.—De estas armas resulta que el hombre que fuéallí á abreviar voluntariamente su vida y á anticipar su muerte, acababade ser en el mundo[3]: «Emperador de los romanos, Rey de Alemania, deCastilla, de León, de Aragón, de las dos Sicilias, de Jerusalén, deHungría, de Dalmacia, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, deGalicia, de Sevilla, de Mallorca, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, deMurcia, de Jaén, de los Algarbes, de Algeciras, de Gibraltar, de lasislas de Canaria, de las Indias, Islas y Tierra Firme del mar Océano;Archiduque de Austria, Duque de Borgoña, de Brabante, de Loteringia, deCorincia, de Carmola, de Luzaburque, de Luzemburque, de Gueldres, deAthenas y Neopatria; Conde de Brisna, de Flandes, del Tirol, deAbspurque, de Artoes y de Borgoña; Palatino de Nao, de Holanda, deZelanda, de Ferut, de Fribuque, de Amuque, de Rosellón, de Aufania;Lantzgrave de Alsacia; Marqués de Borgoña y del Sacro Romano Imperio, deOristán y de Gociano; Príncipe de Cataluña y de Suevia; Señor de Frisa,y de la Marca, y de Labomo, de Puerta; Señor de Vizcaya, de Molina, deSalinas, de Tripol, etc.»

Encima del Escudo hay un Medallón con un busto de San Jerónimo enalto relieve.

Debajo del Escudo se lee esta Inscripción, casi borrada por laacción del tiempo sobre la mala calidad de la piedra:

« En esta santa casa de San Jerónimo se retiró á acabar su vida el quetoda la gastó en defensa de la Fe y conservación de la Justicia, CarlosV, Emperador, Rey de las Españas, cristianísimo, invictísimo. Murió á 21de Septiembre de 1558. »

Acerca de esta misma vida, gastada toda efectivamente en una perpetuacampaña, ocúrrenos copiar aquí algunas palabras del discurso en queCarlos V abdicó en su hijo los Estados de Flandes, pocos meses antes deretirarse á Yuste.

«Nueve veces (dijo, á fin de justificar ante su corte el cansancio y losachaques en que fundaba su determinación), nueve veces fuí á Alemania laAlta, seis he pasado en España, siete en Italia, diez he venido aquí, áFlandes, cuatro, en tiempo de paz y guerra, he entrado en Francia, dosen Inglaterra, otras dos fuí contra Africa, las cuales todas soncuarenta, sin otros caminos de menos cuenta que por visitar mis tierrastengo hechos. Y para esto he navegado ocho veces el mar Mediterráneo ytres el Océano de España, y agora será la cuarta que volveré á pasarlepara sepultarme.....»

Pero nosotros no escribimos la historia de Carlos V, sino en todo casola de Yuste. Bueno será, pues, que antes de penetrar en el Monasteriodigamos todo lo que se sabe acerca de su fundación y rápido desarrollohasta el momento en que representó tan importante papel en el mundo, asícomo respecto de su lamentable ruina.

II

El breve bosquejo que vamos á hacer de la historia del Monasterio deYuste desde su fundación hasta los tiempos presentes,

no

supone

denuestra

parte

prolijas

investigaciones ni detenidos estudios. Significatan sólo que, cuando visitamos aquellas venerables ruinas, tuvimos lafortuna de que el celoso empleado que las custodia nos enseñase y nospermitiese extractar rápidamente un preciosísimo infolio manuscritoque guarda allí como oro en paño el Sr. Marqués de Miravel, actualpropietario de aquellos que llegaron á ser bienes nacionales.

Dicho manuscrito, que constituye un abultado tomo, pudiera llamarse la Crónica del Convento, y fué redactado por uno de los últimosreligiosos que habitaron aquella soledad—por el P. Fr. Luis de SantaMaría,—quien se valió para ello del Libro de Fundación del Monasterio,de las Actas de profesión de sus individuos y de las Escrituras yCuentas referentes á los pingües bienes que llegó á poseer la Comunidad.

Con este libro, y con las muchas noticias y apuntes que nos hasuministrado una persona muy estudiosa y versada en todo lo concernienteá la Vera de Plasencia—el Sr. D.

Félix Montero Moralejo—hemos tenidolo bastante para aprender en pocas horas cuanto puede saberse acerca de Yuste; como vosotros, lectores, podréis aprenderlo también en unmomento, si nos prestáis vuestra benévola atención.

*

* *

«En el año de 1402, sobre una de las colinas que se elevan al Norte delactual convento, alzábase una pequeña ermita, llamada del Salvador, ála cual iban anualmente, en alegre y devota romería, los puebloscomarcanos. Cerca de aquel modesto santuario había un rico manantial,conocido por

la

Fuente-Santa,

nombre

que

debió

á

la

catástrofeocurrida á catorce Obispos que, refugiados en la dicha ermita cuando lainvasión de los árabes, fueron descubiertos por éstos y degolladosbárbaramente sobre el cristalino manantial, rojo luego con la sangre deaquellos ilustres mártires[4].

»Sin duda alguna, á la celebridad de este acontecimiento y á laveneración en que los naturales de la Vera tenían la Ermita delSalvador, debióse que por entonces resolvieran trasladarse á ella yestablecerse allí dos santos anacoretas que moraban hacía tiempo en laermita de San Cristóbal de Palencia.

»Ello es que en una hermosa tarde del mes de Junio de 1402 (la tradiciónasí lo refiere), Pedro Brales ó Brañes y Domingo Castellanos, contosco sayal y larga barba, precedidos de un jumento, portador de escasosy pobres enseres, después de una jornada de siete leguas que dista laciudad de Plasencia, llegaban al obscurecer al escabroso y elevado sitioque ocupaba la Ermita del Salvador, y, en ella instalados,continuaron, como en la de San Cristóbal, su vida cenobítica ypenitente, á que se prestaba más y más aquel solitario sitio.

»Sin embargo, la considerable altura á que éste se encontraba, en laladera misma de la sierra, y los augurios de algunas personas delinmediato pueblo de Quacos, hicieron pronto temer á los ermitaños queles fuera imposible habitar la Ermita del Salvador en la estación delas nieves y las aguas. Pero era tan majestuosa, por lo deleitable yabsoluta, la soledad en que allí vivían, que de manera alguna quisieronabandonarla por completo, y á fin de evitar el peligro de helarse quepodrían correr en las escarpadas rocas donde moraban, bajaron áinspeccionar las faldas de aquella misma sierra en busca de un paraje lomás próximo posible al Salvador, donde al abrigo de los elementospudiesen continuar su vida de penitencia.

»Así llegaron á un escondido barranco, por en medio del cual corría elcristalino arroyo llamado Yuste, á cuyas orillas crecían algunosárboles, y donde toda la naturaleza se mostraba más benigna que en losalrededores. Parecióles aquel punto muy á propósito para establecerse,y, sentándose bajo un árbol á descansar de su largo reconocimiento,proyectaban ya bajar á Quacos al siguiente día á tratar de laadquisición de aquel terreno, cuando apareció por allí un hombre, que seles acercó afablemente y trabó conversación con ellos como si losconociera de toda la vida.

»Pronto supieron por sus explicaciones que era un vecino de Quacos,llamado Sancho Martín, propietario de todo aquel barranco, y quecasualmente había subido aquella tarde á recorrerlo, cosa que no solíahacer. Enteróse por su parte el recién llegado campesino del deseo deambos cenobitas, y en aquel mismo punto y hora hízoles donación delpedazo de terreno que necesitaban, asaz inculto por cierto; donación quese confirmó en 24 de Agosto de aquel mismo año de 1402, ante elescribano Martín Fernández de Plasencia.—Por eso el modesto labrador Sancho Martín ocupa el primer lugar en la Crónica de Fr. Luis de SantaMaría, entre los protectores del Monasterio de Yuste; lista en que másadelante figuran potentados y monarcas.

»Poco tiempo después se unieron á los dos citados cenobitas otros varioshombres piadosos que deseaban también consagrarse á una vida retirada yascética, entre los cuales descollaron pronto Juan (de Robledillo) y Andrés (de Plasencia),

cuyos

apellidos

no

dicen

las

crónicas,designándolos únicamente con el de los pueblos en que nacieron, y todosjuntos dedicáronse á construir sus celdas en el terreno donado porSancho Martín, que es el que hoy ocupan la Panadería, la Casa del Obispoy las Caballerizas. Aquellas

celdas

fueron

al

principio

sumamente toscasy reducidas, cual convenía al objeto de los fundadores, quienes nodejaron de seguir cuidando también la Ermita del Salvador y de orar enella diariamente.

»Cinco años de reposo, oración y penitencia pasaron allí aquellossolitarios; pero á fines de 1406 los oficiales de diezmos principiaron áfijar su atención en los Hermanos de la pobre vida, nombre que habíanadoptado los anacoretas establecidos á la orilla del arroyo Yuste.Negábanse éstos á pagar la contribución que se les exigía, fundándose enla escasez de los productos de su huerta y artefactos, y, apremiados porlos oficiales, acudieron á D. Vicente Arias, Obispo de Plasencia, paraque los eximiese del diezmo. El Prelado denegó la solicitud, y ordenóque pagasen incontinenti todo lo que se les exigía.

»Atribulados cuanto sorprendidos los Hermanos de la pobre vida con tanacre é inesperada resolución, acordaron elevar al Papa Benedicto XIIIuna súplica pidiéndole autorización para erigir una capilla á San Pablo,primer ermitaño; y Juan de Robledillo y Andrés de Plasencia encargáronsede llevar á Roma la solicitud. Llegaron al fin éstos á la CiudadEterna, después de una larga y penosa marcha á pie y mendigando, yarrojáronse á los pies de Su Santidad, quien, no sólo les concediócuanto pedían, sino que

por

una

Bula

les

otorgó

campanillas,

campana,cementerio y licencia para que celebrasen Misa en aquella

soledad

todoslos

ermitaños

que

fuesen

sacerdotes.—Esta concesión tuvo efecto en1407.

»Extraordinario fué el júbilo que experimentaron y con que fueronrecibidos en Yuste los dos animosos comisionados, los cuales, dos díasdespués de su llegada, se presentaron con la Bula ante el Obispo dePlasencia, á fin de que ordenase su ejecución. Pero el Prelado,creyéndose herido en su dignidad, cuando sólo podía estarlo en su amorpropio, por aquel triunfo de los humildes cenobitas, negó temerariamentesu obediencia al mandato pontificio, y ordenó á cierto religioso llamadofray Hernando que pasase á Yuste y se incautase de los bienes de losermitaños, despidiéndolos además de sus celdas.—Así lo verificó elfraile, y los Hermanos de la pobre vida bajaron á Quacos, en donde lacaridad pública les dió albergue y limosna.

»No se desalentaron los cenobitas, ni eran hombres fáciles de vencer losdos recién llegados de Roma.—Muy por el contrario: estos infatigablesvarones, sin descansar de su larga y penosa peregrinación,encamináronse á Tordesillas, residencia entonces del infante D.Fernando, hermano del rey de Castilla D. Enrique III el Doliente, y leexpusieron sus agravios, pidiéndole protección contra el Obispo dePlasencia. Favorable acogida alcanzaron los dos comisionados en el ánimode aquel ilustre Príncipe, quien comenzó, á fuer de prudente ymorigerado, por entregarles una carta para el mismo prelado Arias, enque le suplicaba devolviese los bienes á los Hermanos de la pobre vida y les permitiera hacer uso de la concesión del Sumo Pontífice.

Pero elque había desobedecido al sucesor de San Pedro, no reparó tampoco endesatender la respetuosa carta del hermano del Rey, y los dos religiosostornaron presto al lado del Infante con la noticia de que el Obispo nohabía hecho

caso

alguno

de

su

respetuosa

cuanto

respetablerecomendación.

»Enojóse grandemente D. Fernando, y maravillado de aquella tenazrebeldía, al par que decidido á vencerla, entregó á los monjes una cartapara D. Lope de Mendoza, Arzobispo de Compostela, de quien erasufragáneo el obispo Arias, encargándoles volviesen á darle cuenta decómo los había recibido y de las disposiciones que había tomado.Partieron, pues, Juan de Robledillo y Andrés de Plasencia á Medina delCampo, punto en que residía el Arzobispo, el cual, leído que hubo, contanta indignación como asombro, la carta de D. Fernando, ampliada con elrelato de los dos humildes ermitaños, albergó cariñosamente á éstos ensu propia posada, y cuando los vió repuestos de tan continuos viajes ysinsabores, dióles dos cartas, una de ellas para el rebelado Obispo, enque, bajo santa obediencia y pena de excomunión, le ordenaba cumplir lomandado por Su Santidad, y otra para Garci-

Álvarez de Toledo, señor deOropesa, rogándole se encargase de la ejecución de lo preceptuado por elPapa, á cuyo fin le autorizaba para que obligase al obispo Arias ádevolver sus bienes á los Hermanos de la pobre vida.

»La fecha de estas dos cartas es de 10 de Junio de 1409.

»Provistos de ellas, pasaron otra vez los dos religiosos á Tordesillas,y se las mostraron al infante D. Fernando, el cual se complació mucho enleerlas y les dió otra para el mismo

Garci-Álvarez,

recomendándolevivamente

el

negocio que le había cometido el ilustre Arzobispo deCompostela.

»Veraneaba á la sazón en su palacio señorial de Jarandilla el poderososeñor de Oropesa Garci-Álvarez, quien recibió á los dos cenobitas conextraordinaria benevolencia, y enterado de los escritos de que eranportadores, les manifestó que, siendo aquel día la festividad delNacimiento de San Juan Bautista, dejaba para el siguiente el pasar áYuste, á donde podían ellos marchar desde luego (Yuste dista deJarandilla poco más de una legua, como ya hemos indicado), á decir á sushermanos que se les haría cumplida justicia. Con esto, dirigiéronseambos comisionados á Quacos,

donde

residía

el

resto

de

la

Comunidad,caritativamente albergada por aquellos vecinos, entonces muy partidariosde todo lo que hacía relación con el naciente Monasterio de Yuste; y,llegado que hubieron Plasencia y Robledillo al puente situado á laentrada del lugar, fueron recibidos por unos y otros con abrazos yfraternal regocijo; con lo que, siendo la hora de vísperas,trasladáronse todos á la iglesia á dar gracias al Señor por la victoriaque les había concedido.

»En la mañana del siguiente día, 25 de Junio, cuando apenas alboreaba,el señor de Oropesa y un su amigo de Trujillo, que veraneaba con él enJarandilla, y cuyo nombre omiten las crónicas, caballeros en briososcorceles y seguidos de brillante comitiva, pasaron por Quacos condirección á Yuste. El concejo y vecinos de aquel lugar, y, por supuesto,todos los despojados anacoretas, siguieron á pie al esclarecido magnate,entre grandes aclamaciones, y de este modo llegaron al Monasterio, dondepermanecía Fr.

Hernando como administrador ó encargado del Obispo dePlasencia.

»Aquel religioso intentó al principio eludir el cumplimiento de lasórdenes que llevaba Garci-Álvarez; pero éste mostró tal energía y asustóde tal manera al fraile intruso (así le llama el libro del convento),que Fr.

Hernando acabó por hacer entrega de todos los bienes de Yuste álos Hermanos de la pobre vida, á quienes donaron por su parte gruesassumas el de Oropesa y el caballero trujillano, ofreciéndoles aldespedirse constante protección para cuanto se les ocurriese en losucesivo.

»Pero de aquí en adelante todo fué ya favorable á la santa empresa deaquellos animosos solitarios. Desde luego pusiéronse bajo la vocación deSan Jerónimo y protección de fray Velasco, prior de los Jerónimos deGuisando, hasta que en 1414 los vemos acudir á Guadalupe, asiento delCapítulo general de la Orden, solicitando ingresar en ella y serreconocidos como verdadera comunidad. Algunas objeciones les opusieronlos padres graves de Guadalupe, alegando que los Hermanos de la pobrevida carecían de las fincas ó elementos necesarios para sostenercon decoro la elevada Orden Jerónima; pero Juan de Robledillo y Andrésde Plasencia acudieron á su protector Garci-

Álvarez, que por entoncesresidía en Oropesa, el cual montó en seguida á caballo y se presentóante el Capítulo de Guadalupe, haciendo suya la solicitud de losanacoretas de Yuste. Reprodujeron los Jerónimos las razones de suanterior negativa, y oídas por el señor de Oropesa, exclamó sin vacilar:« Pues bien: hoy por mí, mañana por mis descendientes, me obligo ácubrir todas las necesidades del Monasterio de Yuste

»Ante esta arrogante y caballeresca donación, tan propia del sujeto quela hacía, el Capítulo declaró Jerónimos á los Hermanos de la pobrevida, quedando así fundado definitivamente el convento que había de serorgullo de la Orden.—Su

primer

Prior

fué

Fr.

Francisco

de

Madrid,ignorándose las razones por qué no recayó este cargo ni en Robledillo nien Plasencia.—Finó con ello el año de 1414.»

*

* *

Tal es la historia de la fundación de Yuste.—La de su rápidocrecimiento,

esplendorosa

magnificencia

y

lamentable ruina nos detendrátambién muy poco, pues ni ofrece tanto interés dramático como laporfiada lucha que acabamos

de

reseñar,

ni

creemos

oportuno

diferirdemasiado la narración de nuestra visita á los venerables restos deaquella santa casa.

Diremos, pues, sucintamente, que D. Juan II, D. Enrique IV y los ReyesCatólicos heredaron del piadoso hermano de D. Enrique III el decididoempeño de proteger el Monasterio de Yuste; y que, del propio modo, losCondes de Oropesa siguieron en estos reinados la tradición deGarci-Álvarez de Toledo y consagraron al propio fin gran parte de susrentas.

Al principio se edificó, además de la magnífica iglesia que yadescribiremos, un extenso y cómodo convento, á la verdad nada suntuoso;pero, á mediados del siglo XVI, los mismos Condes de Oropesa costearoncasi solos otro gran Monasterio

(todo

de

piedra

y

en

el

soberbio

ordenarquitectónico del Renacimiento), dejando para Noviciado el adyacenteprimitivo edificio. La nueva obra, que había de vivir menos que laantigua, fué terminada en 1554.

Cuando Carlos V concibió la primera idea de retirarse del mundo, fijódesde luego su atención, como en lugar muy á propósito para acabartranquilamente su vida, en el Monasterio de Yuste, cuya fama llenaba yael orbe cristiano, no sólo por la grandiosidad de su fábrica y por lariqueza de la Comunidad, sino también por lo ameno, sosegado y saludablede aquel solitario sitio. Así es que algunos años antes de suabdicación, hallándose el César en los Países Bajos, encargó á su hijoD. Felipe que, antes de partir á casarse con la Reina de Inglaterra,fuese al célebre convento y plantease en él las habitaciones que debíanconstruirse para recibirlo y albergarlo en su día.—

El que pronto había de llamarse Felipe II cumplió la orden paterna, ymuy luego empezaron las obras del apellidado Palacio del Emperador,palacio modestísimo, reducido á cuatro grandes celdas, cuyo destino fuéal principio un secreto para los mismos religiosos que allí vivían,excepción hecha del Prior y de algún otro.

Más adelante veremos cómo Felipe II volvió algún tiempo después á Yuste.Ahora nos toca decir, con la misma fórmula que emplea el mencionadocronista de la casa, que Carlos V se estableció definitivamente en ella el día de San Blas de 1557, y murió el día de San Mateo de 1558, demodo que permaneció allí, haciendo hasta cierto punto vida de anacoreta,un año, siete meses y diez y ocho días.

Pero no adelantemos los sucesos, pues su viaje desde Flandes alMonasterio ofreció algunas particularidades dignas de mención, quemerecen párrafo aparte.

*

* *

«Renunciadas así una tras otra las coronas—dice la Historia[5]—determinó ya Carlos su viaje á España..... La flota enque había de venir, que se componía de sesenta naves guipuzcoanas,vizcaínas, asturianas y flamencas, se reunió en Zuitburgo, en Zelanda,donde se dirigió Carlos (28 de Agosto), acompañado del rey D. Felipe, suhijo, de sus hermanas las reinas viudas de Francia y de Hungría, de suhija María y su yerno Maximiliano, Rey de Bohemia, que habían ido ádespedirle, y de una brillante comitiva de flamencos y españoles.—Alpasar por Gante no pudo menos de enternecerse, contemplando la casa enque nació, los lugares y objetos que le recordaban los bellos días de lainfancia, y que visitaba por última vez para no volver á verlos jamás.

»Despidióse tiernamente de sus hijos, abrazó á Felipe, le dió algunosconsejos para su gobierno y conducta, y se hizo á la vela (17 deSeptiembre), trayendo consigo á sus dos hermanas D.ª Leonor y D.ª María,reinas viudas ambas, que después de tantos años volvían á su patria ysuelo natal. El 28 de Septiembre arribó la flota al puerto deLaredo.—« Yo te saludo, madre común de los hombres, exclamó Carlos altomar tierra. Desnudo salí del vientre de mi madre: desnudo volveré áentrar en tu seno.»—A pesar de esta abnegación, todavía se incomodómucho por no haber hallado allí el recibimiento que esperaba, y no haberllegado aún la remesa de 4.000 ducados que preventivamente había pedidoá la Gobernadora de Castilla, su hija, la princesa D.ª

Juana, ni elCondestable, los capellanes y médicos que necesitaba, pues los más delos capellanes y criados venían enfermos y algunos habían muerto en lanavegación. El mismo Luis Quijada, mayordomo de la Princesa regente, nopudo llegar hasta unos días después, por el fatal estado de los caminos;todo lo cual puso al Emperador de malísimo humor y le hacía prorrumpiren desabridas quejas, no pudiendo sufrir verse en tal especie dedesamparo el que tan acostumbrado estaba á mandar y ser servido.

»Partió el 6 de Octubre de Laredo para Medina de Pomar, acompañado delalcalde de Durango, de la Chancillería de Valladolid, con cincoalguaciles, disgustado y como avergonzado de verse entre tantas varas dejusticia, que parecía le llevaban preso. No quería que le hablaran denegocios; huía de que le tocaran asuntos políticos, y mostraba no tenerotro anhelo que sepultarse cuanto antes en Yuste. Al fin le llegaron los4.000 ducados, con lo cual prosiguió ya más contento á Burgos, dondellegó el 13 y permaneció hasta el 16, no queriendo que el Condestable deNavarra le hiciese ningún recibimiento. Las dos reinas hermanasmarchaban una jornada detrás por falta de medios de transporte, que estole sucedía en su antiguo reino de Castilla al mismo que tantas veces ycon tanta rapidez y tanto

aparato

había

cruzado