Un Viaje de Novios by Emilia Pardo Bazán - HTML preview

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—¿A Vichy directamente? ¿No pensaban ustedes detenerse en alguna parte?

—Sí tal, en Bayona. Allí descansaríamos.

—¿Está usted bien segura?

—Segurísima. Me lo explicó cien veces el señor de Miranda.

—Pues en ese caso, diré a usted lo que opino. Indudablemente, su maridode usted, detenido por una circunstancia cualquiera, que no hace alcaso, se quedó en Venta de Baños anoche. Por medida de precaución, leharemos, si usted quiere, un telegrama desde Hendaya; pero lo que yosupongo es que tomará el primer tren que vea salir para Francia,corriendo en busca de usted.

Si retrocedemos, se expone usted a cruzarsecon él en el camino, y a perder tiempo, y a molestarse más. Si se quedausted en la primera estación que encontremos, para esperarle allí....

—Eso, eso sería lo mejor.

—No, porque como él no lo sabe, y como han pasado horas y ya estaráandando quizá para unirse a usted, y no podremos avisarle, y el tren sedetiene brevísimos momentos en esas estaciones... no me parece acertado.Además, que tendrían ustedes acaso que quedarse los dos en una estaciónmezquina, esperando otro tren.... Ese recurso no es aceptable.

—Pues discurra usted...—dijo la niña con empeño y confianza, animadapor el «si retrocedemos...» del viajero, que le prometía implícitamenteasistencia y auxilio.

—Seguir a Bayona, señora: es lo único que cabe. Creo que su marido deusted se dirigirá desde luego allí. Nosotros llegamos en el tren de latarde y él en el de la noche. Cuando no ha telegrafiado avisando a ustedde que se vuelva (cosa que pudo hacer), es que sigue.

No puso Lucía objeciones. Ignorante de la ruta, sintió placer singularen entregarse a la ajena experiencia. Callada, se inclinó a laventanilla y siguió la línea escabrosa de la sierra, que se recortaba enel cielo despejado. El tren andaba más despacio cada vez: estabanllegando a una estación.

—¿Qué es esto?—dijo volviéndose a su compañero.

—Miranda de Ebro—contestó él lacónicamente.

—¡Qué sed tengo!—murmuró Lucía—. Diera por un vaso de agua....

—Bajémonos: beberá usted en la fonda—respondió Artegui, a quien elimprevisto suceso comenzaba a sacar de su abstracción. Y saltando elprimero, ofreció el brazo a Lucía, que se apoyó sin ceremonias, y aimpulsos de la sed, echó a correr hacia la cantina, donde algunasbotellas empezadas, naranjas a medio exprimir, tarros de horchata yjarabe, frasquitos de azahar, se disputaban un mostrador cubierto dezinc y unos estantes pintados de amarillo.

Sirviéronle el agua, y sindar tiempo a que se disolviese el bolado, la bebió a sorbetones, deprisa; sacudió los mojados dedos, limpiándose después con su pañolito.

Artegui pagó.

—Muchas gracias—dijo ella mirando a su taciturno acompañante—. Agloria me ha sabido.

Cuando hay sed.... Muchas gracias, señor don....¿cómo se llama usted?

—Ignacio Artegui—pronunció él con visos de extrañeza.

La ingenuidad suele parecerse al descaro, y sólo el candor de aquellosojos límpidos que se clavaban en él pudo hacer que el viajerodistinguiese entre ambas cosas.

—¿No quiere usted algo más?—murmuró—. ¿Desayunarse? ¿Café ochocolate?

—No, no... lo que es por ahora, no siento apetito.

—Pues espéreme en el coche. Voy a arreglar el asunto de su billete deusted.

Volvió en breve, y el tren comenzó de nuevo su marcha, que de nocheparecía vertiginosa y fatigosa de día. El sol iba ascendiendo a sucenit, y el calor se anunciaba por ráfagas tibias y pesadas, alientos defuego que encendían la atmósfera. Ligero polvillo de carbón, procedentede la máquina, entraba por las ventanas, depositándose en losblanquecinos cojines y en el velo de percal que preservaba el respaldode los asientos. A veces, contrastando con el tufo penetrante del carbónde piedra, venía una bocanada del agreste perfume de los encinares y laspraderías, extendidas a uno y otro lado del tren. Tenía el país muchocarácter: eran las Vascongadas, rudas y hermosas. Por todas partesdominaban el camino amenazantes alturas, coronadas de recias casamatas ofuertes castillos recientemente construidos allí para señorear aquellosindomables cerros. En los flancos de la montaña se distinguían anchaszanjas de trincheras o líneas de reductos, como cicatrices en un rostrode veterano. Altos y elegantes chopos ceñían las bien cultivadasllanuras, verdes e iguales, a manera de un collar de esmeraldas. Deentre el blanco y limpio caserío se destacaban las torres de loscampanarios. Lucía se signaba al verlas.

Al pasar por delante de Vitoria un recuerdo acudió a su mente. Se lotrajeron las largas alamedas que adornan y cercan la ciudad.

—Parecen los árboles de León—murmuró suspirando.

Y añadió en voz más baja, como hablándose a sí misma:

—¡Qué hará ahora el pobre papá!

—¿Se ha quedado su padre de usted en León?—preguntó Artegui.

—Sí, en León.... Si él supiese lo que pasa, tendría un terribledisgusto. ¡Él, que me hizo tantos cientos de encargos y advertencias!Que tuviésemos cuidado con los ladrones... con las enfermedades... conno tomar sol... con no mojarnos.... Vamos, cuando lo pienso....

—¿Es anciano su padre de usted?

—Viejecito, viejecito... pero muy guapo y bien conservado, más hermosoque un oro para mí.

Yo logré la suerte de tener el mejor padre de todaEspaña... no ve sino por mis ojos el pobre.

—¿Es usted única, acaso?

—Sí, señor... y huérfana de madre desde que era así—explicó Lucíabajando la extendida mano y colocándola a la altura de sus rodillas—.¡Qué! ¡si aún mamaba cuando se murió mi madre! Y mire usted, esa fue laúnica desgracia que yo tuve; porque por lo demás, personas habráfelices, pero más de lo que yo lo fui....

Artegui posó en ella sus ojos dominadores y profundos.

—¡Era usted feliz!—repitió, como un eco del pensamiento de la niña.

—¡Vaya! Sí que lo era. El Padre Urtazu me decía a veces: cuidado,chiquilla; mira que Dios te lo está pagando todo adelantado, y después,cuando te mueras, ¿sabes tú lo que va a decir? Que no te debe nada.

—¿De suerte que usted—preguntó Artegui—nada echaba de menos en sutranquila existencia de León? ¿No deseaba usted nada?

—Deseaba, sí... algunas veces, sin saber qué. Ahora pienso que lo quedeseaba era esto: salir, variar algo de vida. Pero no me impacientaba,porque me parecía que, tarde o temprano, llegaría a lograrlo; ¿no escierto? El Padre Urtazu solía reírse de mí, exclamando: paciencia, quecada otoñillo trae su frutillo.

—El Padre Urtazu.... ¿es jesuita?

—¡Jesuita... y más sabio! Entiende de cuanto Dios crió. Yo algunasveces, por desesperar a doña Romualda, que es la directora de micolegio, le decía: De mejor gana aprendería con el Padre Urtazu, que conusted.

—¡Y ahora—pronunció Artegui, con la brutal curiosidad de unos dedosque abren a viva fuerza un capullo de flor—, sería usted más feliz quenunca! ¡Digo! ¡Casarse nada menos!

No percibió Lucía el tono irónico que dieron a aquella frase los labiosde su acompañante, y respondió con sinceridad:

—Le diré a usted.... Siempre deseé casarme a gusto del viejecito, y noafligirlo con esos amoríos y esas locuras con que otras muchachasdesazonan a sus padres.... Mis amigas, digo algunas, veían pasar pordelante de su ventana a un oficial de la guarnición.... ¡zas! ya estabantodas derretidas, y carta va y carta viene.... Yo me asombraba de eso deenamorarse así, por ver pasar a un hombre.... Y como al fin nada se medaba de los que pasaban por la calle, y al señor de Miranda ya leconocía, y a padre le gustaba tanto... calculé: ¡mejor! así me libro decuidados, ¿no es verdad? cierro los ojos, digo que sí y ya está hecho...Padre se pone muy contento y yo también.

Artegui se quedó mirándola tan fijamente, que Lucía sintió, digámosloasí, el peso y el calor de aquellos ojos en sus mejillas, y encendiosetoda en rubor, murmurando:

—¡Le cuento a usted cada tontería! Como no tenemos de qué hablar....

Seguía él escudriñando con la vista el franco y juvenil semblante, comouna hoja de acero registra la carne viva. Harto sabía que el desahogo ylibertad revelan quizá más ausencia de malicia que la cautelosa reserva;mas con todo eso, le maravillaba la extremada sencillez de aquellacriatura. Era preciso, para entenderla, observar que la salud poderosadel cuerpo le había conservado la pureza del espíritu. Nuncaenlanguideciera la fiebre aquellos ojos de azulada córnea; nunca secaraaquellos fresquísimos labios la calentura que consume a las niñas en ladifícil etapa de diez a quince. La imagen más adecuada para representara Lucía, era la de un cogollo de rosa muy cerrado, muy gallardo,defendido por pomposas hojas verdes, erguido sobre recio tronco.

Agobiaba el calor, cada vez más sofocante. Al llegar a Alsasua, quejosenuevamente Lucía de sed, y Artegui, ofreciéndole el brazo, la condujo alcomedor de la fonda, recordándole que era razón tomar algo, puesto quetantas horas habían transcurrido desde la cena.

—Dos almuerzos—gritó al mozo, palmoteando para que le atendiesen.

El mozo se acercó, servilleta al hombro; tenía una cara tostada,amilitarada, que reñía con los escarpines de charol y el pelo atusadocon bandolina, librea que el público impone a sus servidores en taleslugares. Hacíale aún más marcial ancha cicatriz, que naciendo en la guíaizquierda del bigote, iba a perderse en el cuello. Miraba el mozofijamente a Artegui, con ojos muy abiertos; hasta que dando un grito, omás bien una especie de alegre latido perruno, exclamó:

—¡Él o el diablo en su figura! ¡Señorito Ignacio! ¡¡Dichosos losojos!!...

—¿Tú por aquí, Sardiola?—murmuró reposadamente Artegui. Almorzaremosbien, porque pondrás cuidado en servirnos.

—Pues sí, señorito, yo por aquí... Después—dijo recalcando la frasey bajando la voz—, como todo lo mío lo encontré arrasado... la casahecha cenizas, y el campo perdido... me di a ganar la vida como pude....Y usted, señorito.... ¿Sigue usted a Francia?

—A Francia voy; pero con tu charla nos vamos a quedar sin comer.

—No faltaría más....

Sardiola dirigió a uno de sus compañeros de servilleta algunas palabrasen eúskaro, erizadas de zetas, kas y tes. Fueron al punto servidosArtegui y Lucía, mientras el mozo se apoyaba en el respaldo de la silladel primero.

—¡Con que a Francia! ¿Y la señora doña Armanda? ¿Se conserva bien?

—No muy bien...—contestó Ignacio, nublado más que de costumbre elceño—. Padece mucho.... Cuando la dejé estaba, sin embargo, másaliviada.

—Con su vuelta de usted se pone buena del todo.

Y mirando a Lucía y dándose una razonable puñada en la frente, gritó depronto Sardiola:

—Cuanto más, que.... ¡Bobo de mi!; pues claro que va a sanar la señoradoña Armanda, cuando vea la alegría que se le entra por las puertas. ¡Ayqué gusto verle a usted casado, señorito!

¡Y con tan linda muchacha!¡Para bien sea!

—Majadero—dijo Ignacio, bronco y desapacible—; esta señora no es mimujer.

—Pues es lástima—contestó el vasco, mientras Lucía le mirabarisueña—. Harían ustedes una pareja, que ya, ya.... Ni escogidos. Sóloque la señorita....

—Acabe usted—suplicó Lucía, divertida hasta lo sumo y ocupada enquitar a una mandarina su cubierta de papel de seda.

—¿Lo digo, señorito Ignacio?

Artegui se encogió de hombros. Sardiola, creyéndose autorizado, seexplayó.

—La señorita tiene cara de estar de buen humor siempre... y usted..,¡Usted siempre está así, como si le hubiesen dado cañazo! En eso noemparejarían ustedes bien.

Soltó Lucía la carcajada y miró a Artegui, que sonreía complaciente, locual aún la animó a reír más. El almuerzo prosiguió en el mismo tonocordial, alegrado por la charla de Sardiola, por el infantil regocijo deLucía. Hasta la misma puerta del departamento les siguió el mozo cuandose volvieron a su coche; y a ser Lucía dueña de los brazos de Artegui,los hubiera echado al cuello de Sardiola, a tiempo que éste repetía,entornados los ojos y en el tono con que se reza, si se reza de veras:

—La Virgen de Begoña vaya con usted, señorito..., que encuentre ustedbien a doña Armanda.... Mándeme usted como si fuese un perro, un perrosuyo.... Mire usted, que estoy aquí....

—Bien, bien—dijo Artegui, vuelto ya a su displicente reserva.

Rompió el tren a andar, y quedose Sardiola de pie en el andén, agitandola servilleta en señal de despedida, sin mudar de actitud hasta que elhumo de la chimenea se borró en el horizonte.

Lucía miraba a Artegui, yhervíanle las preguntas en los labios.

—Mucho le quiere a usted ese pobre hombre—murmuró al fin.

—He tenido la desgracia de hacerle un favor—contestó Ignacio—, ydesde entonces....

—¡Oiga! ¿A eso llama usted desgracia? Pues muy desgraciado está ustedsiendo desde esta mañana, porque me hizo usted cien favores ya.

Sonriose Artegui de nuevo y miró a la niña.

—No consiste la desgracia—dijo—en hacer el favor, sino en que se loagradezcan a uno tanto.

—Pues yo también padezco del achaque de Sardiola.... ¡y a muchahonra!—declaró Lucía—;

¡ya verá usted!

—¡Bah!... ¡Sólo falta que también me salgan agradecidos sincausa!—respondió Artegui en el mismo tono festivo—. Pase aun cuandohay algún motivo, como con ese infeliz de Sardiola....

—¿Qué hizo usted por él?—preguntó Lucía, incapaz de sellar sus labiospreguntones.

—Poca cosa: curarle una herida, bastante grave.

—¿Aquella cicatriz que tiene que le cruza la mandíbula?

—Justamente.

—¿Es usted médico?

—De afición.... Y por casualidad.

Calló Artegui, y no osó inquirir más Lucía. El calor iba en aumento, máspegajoso cada vez.

Parecía el día de otoño sofocante jornada estival, yel polvillo del carbón, disuelto en la candente atmósfera, ahogaba.Intrincábase el país, haciéndose cada vez más montañoso y quebrado.

Decuando en cuando penetraban en un túnel, y entonces la obscuridad, elcrujido fuerte del tren, un aire húmedo de subterráneo, colándose en eldepartamento, consolaban algo de la tórrida temperatura.

Lucía se abanicaba con un periódico dispuesto por Artegui en forma deconcha, y leves gotitas transparentes de sudor salpicaban su rosadanuca, sus sienes y su barbilla: de cuando en cuando las embebía con elpañuelo: los mechones del cabello, lacios, se pegaban a su frente.Desabrochose el cuello almidonado, se quitó la corbata, que laestrangulaba, y se recostó, dando indicios de gran desmadejamiento, enla esquina. A fin de refrescar un poco el interior, corrió Artegui lascortinillas todas ante los bajos vidrios, y una luz vaga y misteriosa,azulada, un sereno ambiente, formaban allí, algo de gruta submarina,añadiendo a la ilusión el ruido del tren, no muy distinto del mugir delOcéano. Insensible al cálido día, Artegui levantaba la cortina un poco,se asomaba, miraba el país, los robledales, la sierra, los vallesprofundos. Una vez acertó a ver pintoresca romería. Fue rápido y fugazel cuadro, pero no tanto que no distinguiese a la gente siguiendo elsendero angosto, escapulario al cuello, a pie o en carretas de bueyes,cubiertos con boina roja o azul los hombres, las mujeres tocadas conpañolitos blancos. Parecía el desfile la bajada de los pastores en unNacimiento; el sol claro, alumbrando plenamente las figuras, les daba lacrudeza de tonos de muñecos de barro pintado. Artegui llamó a Lucía, quealzando la cortina a su vez, echó el cuerpo fuera, hasta que unarevuelta del camino y la rapidez del tren borraron el cuadro.

Acontecía que los pícaros de los túneles se solazaban en taparles adredelos mejores puntos de vista de la ruta. Que aparecía un otero, risueño,un grupo de frondosos árboles, una amena vega,

¡paf! el túnel. Y sequedaban inmóviles al vidrio, sin osar hablar, ni moverse, cual si depronto entrasen en una iglesia. Algo familiarizada Lucía ya con elcalor, interesábanle mucho los accidentes de paisaje que a uno y otrolado del tren se extendían. Le agradaron las fábricas de fósforos,altas, enyesadas, limpias, con su gran letrero en la frente; y enHernani batió palmas al divisar a la izquierda un magnífico parqueinglés, con sus macizos de flores resaltando sobre el verde césped, ysus coníferas elegantes, de ramaje simétrico y péndulo. En Pasajes, trasde la monotonía fatigosa de las montañas reposaron al fin los ojos,viendo extenderse el mar azul, un tanto rizado, mientras los buques,fondeados en la bahía, se columpiaban con oscilación imperceptible, yuna brisa marina, acre y salitrosa, estremecía las cortinillas detafetán del coche, aventando el sudor de la frente de los cansadosviajeros. Lucía se quedó embobada ante el Océano, nunca de ella vistohasta entonces, y cuando el túnel—de sopetón y sin pedirpermiso—

cubrió el espectáculo con negro velo, permaneció de codos en laventanilla, absorta, las pupilas dilatadas, entreabiertos de admiraciónlos labios.

A medida que corrían las horas y la jornada avanzaba iba Arteguiperdiendo un poco de su estatuaria frialdad, y cada vez máscomunicativo, explicaba a Lucía las vistas de aquel panorama móvil.Escuchaba la niña con el género de atención que tanto agrada y cautiva alos profesores: la del discípulo entusiasta y sumiso a la vez. Arteguiera elocuente, cuando a hablar se resolvía; detallaba las costumbres delpaís, contaba pormenores de los pueblecitos, hasta de los caseríosentrevistos al paso. A su voz, respondían unas pupilas fijas y atentas,un rostro que escuchaba todo él, mudando de expresión según el narradorquería. Fue de suerte, que al bajarse en Irún y oír las primeras sílabaspronunciadas en idioma extraño, Lucía murmuró como con pena:

—¿Pero qué? ¿Hemos llegado ya?

—A Francia, casi—respondió Artegui—; pero aún nos falta un trechoregular hasta Bayona.

Aquí se registran los equipajes: es la aduana deIrún. No nos molestarán mucho: los que vienen de Francia a España, sonvíctimas de los carabineros, de nosotros, que vamos de España a Francia,nadie supone que llevemos contrabando, ni ropa nueva....

—Pues yo si la llevo—exclamó Lucía—. Mis galas.... ¿Ve usted aquelmundo grande que han puesto sobre el mostrador? Es el mío... y aquelotro, el de Miranda... y la sombrera....

—Déme usted el talón y las llaves para que registren.

—¿Cómo? ¿El recibo dice usted y las llaves? ¡Si todo lo llevaba consigoMiranda! No tengo nada de eso.

—En tal caso, está usted sin equipaje. Tendrá que quedarse aquí hastaque su marido de usted lo recoja.

Lucía miró a Artegui, el rostro un tanto compungido, y casiinstantáneamente soltó la risa.

—¡Sin equipaje!—repitió.

Y redoblaba el arpegio de sus carcajadas, pareciéndole donosísimoincidente el de quedarse sin equipaje alguno. Hallábase, pues, como unacriatura que se pierde en la calle, y a la cual recogen por caridadhasta averiguar su domicilio. Aventura completa. Niña como era Lucía,así pudo tomarla a llanto como a risa; tomola a risa, porque estabaalegre, y hasta Hendaya no cesó la ráfaga de buen humor que regocijabael departamento. En Hendaya prolongó la comida aquel instante decordialidad perfecta. El elegante comedor de la estación de Hendaya,alhajado con el gusto y esmero especial que despliegan los francesespara obsequiar, atraer y exprimir al parroquiano, convidaba a laintimidad, con sus altos y discretos cortinajes de colores mortecinos surevestimiento de madera obscura, su enorme chimenea de bronce y mármol,su aparador espléndido, que dominaba una pareja de anchos y barrigudostibores japoneses, rameados de plantas y aves exóticas; fulgurante deargentería Ruolz, y cargado con montones de vajillas de china opaca.Artegui y Lucía eligieron una mesa chica para dos cubiertos, dondepodían hablarse frente a frente, en voz baja, por no lanzar el sonidoduro y corto de las sílabas españolas entre la sinfonía confusa y ligadade inflexiones francesas que se elevaba de la conversación general en lamesa grande. Hacia Artegui de maestresala y copero, nombraba los platos,escanciaba y trinchaba, previniendo los caprichos pueriles de Lucía,descascarando las almendras, mondando las manzanas y sumergiendo en elbol de cristal tallado lleno de agua, las rubias uvas. En su semblanteanimado parecía haberse descorrido un velo de niebla y sus movimientos,aunque llenos de calma y aplomo, no eran tan cansados y yertos comoantes.

Al subir ellos al tren, caía la tarde y el sol descendía con la rapidezpropia de los crepúsculos del otoño. Cerraron las ventanillas de unlado, y los rayos del Poniente vinieron a reflejarse un instante en eltecho del departamento, retirándose después como niños que acaban dehacer alguna jugarreta. Las montañas se ennegrecían, los celajes másremotos eran de color de brasa; luego se apagaban unos tras otros comouna rosa de fuego que fuese soltando sus pétalos encendidos.

Languidecióla conversación entre Artegui y Lucía, y ambos se quedaron silenciosos ymustios, él con su acostumbrado aspecto de fatiga, ella sumida enprofundo recogimiento, dominada por la melancolía del anochecer. Crecíala sombra, y de uno de los vagones, venciendo el ruido de la lentamarcha del tren, brotaba un coro apasionado y triste en lengua extraña,un zortzico, entonado a plena voz, por multitud de jóvenes vacos, que,juntos, iban a Bayona. A veces una cascada de notas irónicas y risueñascortaba el canto, después la estrofa volvía, tierna, honda, cual ungemido, elevándose hasta los cielos, negros ya como la tinta. Lucíaescuchaba, y el convoy, despacioso, hacía el bajo, sosteniendo con sutrepidación grave, las voces de los cantores.

La llegada a Bayona sorprendió a Artegui y Lucía como el despertar deprolongado sueño.

Artegui retiró aprisa su mano de la asilla del vidrio,donde la apoyaba, y la niña miró atónita a su alrededor. Notó que hacíafresco, y abrochó su cuello y anudó su corbata. Hombres con boina, mozascon el pañolito atado tras del moño, una marea de viajeros de diversacatadura y condición social, se empujaba, se codeaba y bullía en laancha estación. Artegui dio el brazo a su compañera por no perderla enaquel remolino.

—¿Había elegido su marido de usted algún hotel en Bayona?—le preguntó.

—Me parece...—murmuró Lucía recordando—que le oí hablar de una fondade San Esteban.

Me fijé porque yo tengo de ese santo una estampa muybonita en mi libro de misa.

—Saint Etienne—dijo Artegui al cochero del ómnibus que, desde elpescante, vuelta la cabeza, aguardaba la orden.

Arrancaron los caballos a su pesado trote percherón, y fueron rodandopor las calles bien enlosadas, hasta detenerse ante un portal estrecho,con sus tiestos de plantas raquíticas, su escalerilla de mármol y susclaros faroles de gas.

Una mujer alta, rubia, limpia, de gorra planchada y encañonada, acudiósolícita a la puerta, apresurándose a dar el maletín de Artegui a unmozo.

—Los señores querrán una habitación—murmuró en francés con su vozmelosa y complaciente.

—Dos—contestó Artegui lacónico.

—Dos—repitió ella en español, si bien con acento transpirenaico—. ¿Ylas quierren los señoress cuntas?

—Independientes del todo.

Tout a fait... Serrán servidos.

La dueña llamó a una camarera, no menos que ella pulcra y servicial, ytomando ésta dos llaves de la tabla numerada en que colgaban todas lasdel hotel, echó delante por las escaleras enceradas, y la siguieronArtegui y Lucía.

En el tercer piso se detuvo, no sin algún sobrealiento, y abriendo laspuertas de dos gabinetes contiguos, pero independientes, encendió conpajuelas las bujías colocadas, sobre la chimenea, y fuese. Artegui yLucía permanecieron unos segundos callados, de pie, en la puerta de lashabitaciones. Al fin pronunció él:

—Es natural que quiera usted lavarse y quitarse el polvo, y descansarun rato. La dejo a usted.

Llame usted a la camarera, si necesita algo;aquí todas hablan su poco de español.

—Hasta luego—contestó mecánicamente ella.

Así que el batir de la puerta hubo anunciado a Lucía que estaba sola deltodo, y que sus ojos se fijaron en la habitación desconocida, malalumbrada por las bujías, desvaneciósele la especie de mareo del viaje;recordó su cuartico de León, sencillo, pero primoroso como una taza deplata, con su pila, sus santos, sus matas de reseda, su costurero y suarmario de cedro, monumental y atestado de ropa limpia. Vinósele tambiéna la memoria su padre, Carmela, Rosarito, todo el dulce pasado. Sintioseentonces triste, muy triste; la asaltaron miedos y terroresindefinibles, pero fortísimos; pareciole su situación extraña ypeligrosa, preñado de amenazas el presente, obscuro el porvenir. Dejosecaer en una butaca y clavó en las luces la mirada fija y vacía de losque se absorben en penosa meditación.

-V-

Sería pasada una hora, o quizás hora y media, cuando oyó Lucía herir conlos nudillos a la puerta de su cuarto, y abriendo, se halló cara a caracon su compañero y protector, que en los blancos puños y en no sé quéleves modificaciones del traje, daba testimonio de haber ejercido esedetenido aseo, que es uno de los sacramentos de nuestro siglo. Entró, ysin sentarse, tendió a Lucía un portamonedas, amorcillado de purorelleno.

—Aquí tiene usted—dijo—dinero suficiente para cuanto puedaocurrírsele, hasta la llegada de su marido. Como estos días suelen lostrenes sufrir mucho retraso, creo que no vendrá hasta la madrugada; perode todas suertes, aunque no llegase en diez días o en un mes, le alcanzaa usted para esperar.

Mirábale Lucía cual si no comprendiese, y no alargaba la mano para tomarel portamonedas. Él se lo introdujo en el hueco del puño.

—Yo tengo que salir ahora a unos asuntos.... Después cogeré el primertren que salga. Adiós, señora—añadió ceremoniosamente: y dio dos pasoshacia la puerta.

Entonces ya la niña, comprendiendo, y descolorida y turbada, le asió dela manga de la americana, exclamando:

¿Pero qué... cómo? ¿Qué quiere decir eso del tren?

—Lo natural, señora—pronunció con su ademán cansado el viajero—. Quesigo mi ruta; que voy a París.

—¡Y me deja usted así... sola! ¡Sola aquí, en Francia!—gimió Lucía conel mayor desconsuelo del mundo.

—Señora... esto no es ningún desierto, ni corre usted el riesgo menor,tiene usted dinero, es lo único que hace falta en tierra francesa;estará usted muy bien servida y atendida, yo se lo fío....

—Pero.... ¡Jesús, sola, sola!—repetía ella sin soltar la manga deArtegui.

—Dentro de breves horas estará aquí su marido de usted.

—¿Y si no viene?

—¿Por qué no ha de venir? ¿De dónde saca usted que no vendrá?

—Yo no digo eso—balbució Lucía—; sólo digo que si tardase....

—En fin—murmuró Artegui—, yo tengo también mis ocupaciones.... Esfuerza que me vaya.

No contestó Lucía cosa alguna; antes le soltó, y desplomándose otra vezen el sillón, ocultó el rostro entre ambas manos. Artegui se llegó aella, y vio que su seno se alzaba a intervalos desiguales, como sisollozara. Entre sus dedos saltaban gotitas de agua, cual saltan de laesponja al comprimirla.

—Alce usted esa cara—mandó Artegui.

Lucía enderezó el rostro sofocado y húmedo, y a pesar suyo, sonriose alhacerlo.

—Es usted una niña—pronunció él en grave tono—, una niña que no tieneobligación de saber lo que acontece en el mundo. Yo, que lo he visto...más de lo que quisiera, sería imperdonable en no desengañarla. El mundoes un conjunto de ojos, oídos y bocas, que se cierran para lo bueno y seabren para lo malo gustosísimas. Mi compañía le hace a usted ahora másdaño que provecho. Si su marido de usted no tiene un criterioexcepcional—y no hay razón para que lo tenga—, maldita la gracia quele hará encontrarla a usted tan acompañada.

—¡Ay, Dios mío! ¿Y por qué? ¿Qué sería de mí si no le hubiese hallado austed tan a tiempo?

Puede que el bárbaro del empleado me metiese en lacárcel. Yo no sé lo que hará el señor de Miranda; pero lo que es elpobre papá... besaría en donde usted pisa. Estoy segura de ello.

Y Lucía, con un movimiento de apasionada y popular gratitud, hizo ademánde inclinarse ante Artegui.

—Un marido no es un padre...—contestó éste—. Lo racional, lo sensato,señora, es que me vaya. Ya telegrafié a Miranda de Ebro para que, en elcaso de hallarse allí su esposo, le digan que está usted aquí en Bayonaesperándole. Pero de fijo estará en camino.

—Márchese usted, pues.

Y Lucía volvió a Artegui la espalda, reclinándose en la ventana decodos.

Permaneció Artegui un rato indeciso, de pie en mitad de la estancia,mirando a la niña, que sin duda se estaba sorbiendo las lágrimassilenciosamente. Al fin se acercó a ella, y hablándole casi al oído:

—Después de todo—murmuró—, no hay para qué se apure usted tanto.¡Guarde usted sus lágrimas, que si vive, tiempo y ocasión tendrán decorrer!

Bajando aún más su voz timbrada, añadió:

—Me quedo.

Volviose Lucía con la rapidez de un muñeco de resorte, y batiendopalmas, gritó como una loca:

—Muchas gracias, muchas gracias, señor de Artegui. ¡Ay!, ¿pero se quedausted de veras?

Estoy fuera de mí de contenta. ¡Qué gusto, Dios mío!Pero...—dijo de pronto reflexionando—,

¿puede usted quedarse? ¿No lecuesta ningún sacrificio? ¿No le molesta?

—No—respondió Artegui con faz sombría.

—Aquella señora... aquella Doña Armanda que le aguarda a usted enParís.... ¿le necesitará también?

—Es mi madre—pronunció Artegui.

Y la respuesta pareció a Lucía satisfactoria, aun cuando realmente noresolviese la duda que acababa de expresar.

Artegui, entretanto, rodando un sillón hasta tocar con la mesa, sesentó, y acodándose sobre el tapiz, escondió el rostro entre las manos,meditabundo. Lucía, desde el hueco de la ventana, observaba susmovimientos. Cuando vio que eran corridos hasta diez minutos sin queArtegui diese indicios de menearse ni de hablar, fuese aproximandoquedito, y con voz tímida y pedigüeña, balbuceó:

—Señor de Artegui....

Alzó él el rostro. El velo de niebla cubría otra vez sus facciones.

¿Qué quiere usted?—dijo broncamente.

—¿Qué tiene usted? Me parece que se ha quedado usted así..., muycabizbajo y muy triste...

supongo que será por... lo de antes.... Mireusted, si ha de estar usted tan afligido... creo que prefiero que ustedse vaya, sí, señor.

No estoy afligido, estoy... como suelo. ¡Ah!, como usted apenas meconoce, le cogerá de nuevo mi modo de ser.

Y viendo a Lucía que permanecía de pie y con aire contrito, le señaló elotro sillón. Trájolo Lucía arrastrando hasta ponerlo frente al deArtegui, y tomó asiento.

—Hable usted de algo—prosiguió Artegui—; hablemos.... Necesitamosdistraernos, charlar...

como esta tarde.

—¡Ah!, ¡esta tarde estaba usted de tan buen humor!

—¿Y usted?

—El calor me agobiaba. Nuestra casa de León es muy fresca: yo soy muchomás sensible al calor que al frío.

—Habrá usted tomado con gusto el lavatorio y las palanganas.... Pareceque se revive, al lavarse después de un viaje.

—Sí, pero...—Lucía se interrumpió—. Me faltaba una cosa muy esencial.

—¿Qué cosa? Colonia, de fijo.... ¡yo me olvidé de traerla a usted mineceser!

—No, señor... el baúl, donde viene la ropa blanca.... No pude mudarme.

Artegui se levantó.

—¿Por qué no lo dijo usted antes?, ¡justamente estamos en el pueblodonde se equipan las novias españolas! Vuelvo pronto.

—Pero.... ¿adónde va usted?

—A traerla a usted un par de mudas.... Debe usted de estar en un potrocon esa ropa.

—¡Señor de Artegui, por Dios!, yo abuso de usted; aguarde....

—¿Por qué no se viene usted conmigo a elegirlas?

Y Artegui presentó a Lucía su toca.

Los escrúpulos de la niña se volaron como un bando de asustadascodornices, y algo vergonzosa, pero más contenta, se colgó del brazo deArtegui prontamente.

—Veremos las calles, ¿verdad?—exclamó entusiasmada.

Y al bajar despacio los encerados y resbaladizos escalones, dijo con unresto de encogimiento y meticulosidad provinciana:

—Por supuesto, señor de Artegui, que mi marido le abonará a usted todosestos gastos....

Artegui, sonriendo, la sostuvo mejor en el brazo, y diéronse a andar porBayona tan cordiales como si en toda su vida otra cosa hubiesen hecho.La noche era digna del día: en el cielo de aterciopelado azulcentelleaban claras y vivas las estrellas; el gas de las innumerablestiendas con que Bayona explota la vanidad de los españoles pudientes ytrashumantes, ponía a las obscuras manzanas de casas un collar de luz, yen los escaparates se lucían, con todos los tonos de la escalacromática, telas ricas, porcelanas y bronces caprichosos, opulentasjoyas. Caminaba la pareja silenciosa, a paso igual y rítmico, midiendoArtegui su andar largo y varonil por el paso más corto de Lucía. En lascalles la gente circulaba de prisa, animada, como el que va a algo quele interesa: no con esa lentitud de los españoles que se pasean portomar el aire y matar el tiempo. Ante los cafés, las mesas al aire libretenían mucho parroquiano, porque la templada atmósfera lo consentía; ybajo la claridad fuerte de los reverberos bullían los mozos sirviendocerveza, café o bavaresa de chocolate, y el humo de los cigarros, y elcrujir de los periódicos que desdoblaban, y las conversaciones, y elsonido seco de las fichas del dominó dando contra el mármol, llenaban devida aquel trozo de acera. De pronto Artegui, al volver una esquina, semetió en una tienda no muy ancha, cuyo escaparate ocupaban casi porentero dos luengos peinadores salpicados de cascadas de encaje y lazosde cinta azul el uno, rosa el otro.

Dentro, era una exhibición decuantos objetos componen el tocado íntimo del niño y la mujer.

Lascamisas presentaban coquetonamente el adornado escote, ocultando la lisafalda; los pantalones estiraban, simétricas y unidas, una y otra pierna;las chambras tendían los brazos, las batas inclinaban el cuerpo congraciosa laxitud.

El blanco suave y ebúrneo de las puntillas contrastaba con el candor deyeso del madapolán.

Alguna cofia de mañana, colocada sobre un pie depalo torneado, lanzaba un toque de colores vivos, de seda y oro, entrelas alburas que cubrían aquel recinto como una capa de nieve.

Hablaba español la dueña de la tienda, semejante en esto a la mayoría delos comerciantes de Bayona; y al pedirle Lucía dos juegos de ropablanca, aprovechó sus conocimientos en la lengua de Cervantes paratratar de embarcarla en más compras. Tomando a Lucía y a Artegui porrecién casados, se puso lisonjera, insinuante, pesadísima, y se empeñóen enseñarles un equipo completo, barato, de lo más distinguido; echósobre el mostrador brazadas de prendas, una marea de randas, debordados, de cintas y de batista. No contenta con lo cual, y viendo queLucía, semianegada en olas de lino, hacía signos negativos con cabeza ymanos, tocó otro resorte y trajo enormes cajas de cartón, que,destapadas, mostraron encerrar gorritas microscópicas, pañales defranela festoneados menudamente, capas de merino y de piqué, faldonesinverosímilmente largos, y otras menudencias que arrebataron a Lucía lasangre al rostro.

Artegui puso fin al ataque pagando los juegos elegidos y dando las señasdel hotel para que se enviasen.

Libres ya, salieron; pero Lucía, enamorada de la hermosura y sosiego dela noche, se mostró deseosa de prolongar algo más el paseo.

Volvieron a cruzar ante los iluminados cafés, bordearon el teatro ytomaron hacia el puente, a tales horas casi solitario. Las luces de laciudad se reflejaban trémulas en el dormido seno del Adour.

—¡Cómo brillan las estrellas!—exclamó Lucía.

Y tirando repentinamente del brazo a Artegui para que se detuviese:

—¿Cuál es—preguntó—aquella que brilla tanto?

—Se llama Júpiter. Es un planeta de nuestro sistema.

—¡Qué bonita y qué resplandeciente! Algunas parece que tienen frío, quetiemblan al brillar, y otras se están quietas, como si nos mirasen.

—Son, en efecto, las estrellas fijas.... ¿Ve usted esa faja de luz quecruza el cielo?

—¿Eso que parece una cinta de gasa de plata, muy ancha?

—Es la Vía Láctea: un conjunto de estrellas, tantas en número, que laimaginación no puede concebirlas siquiera. Nuestro sol es una hormiga deese hormiguero, una de esas estrellas.

—¿El sol... es una estrella?—interrogó asombrada la niña.

—Una estrella fija. Nosotros damos vueltas en torno de ella como locos.

—¡Ay, qué gusto es saber todo esto! En el colegio no nos enseñan nijota de esas cosas, y se reía de mí Doña Romualda cuando le dije que ibaa preguntarle al Padre Urtazu (que siempre está mirando al cielo con uncatalejo muy largo) lo que son las estrellas y el sol y la luna.

Artegui torció a la derecha, siguiendo el malecón, mientras explicaba aLucía esas nociones elementales astronómicas, que parecen novelaceleste, cuento fantástico escrito con letras de lumbre sobre hojas dezafiro. La niña, embelesada, miraba tan pronto a su acompañante, como alfirmamento apacible. Sobre todo, la magnitud y cantidad de los astros laconfundía.

—¡Qué grande es el cielo! Santo Dios de bondad; si así es el material,el visible, ¡cómo será el Empíreo, donde están la Virgen, los ángeles ylos santos!

Artegui sacudió la cabeza, e inclinándose hacia Lucía, murmuró:

—¿Qué le parece a usted del aspecto de esas estrellas? Cualquiera diríaque están tristes. ¿No es verdad que su centellear las hace muysemejantes a una pupila que vierte lágrimas?

—No están tristes—respondió Lucía—; están pensativas, que es cosa muydiferente. Meditan

¡y no les falta en qué! sin ir más lejos, en Dios,que las crió.

—¡Meditar! Lo mismo meditan ellas que ese puente o esos barcos. El privilegio de la meditación—Artegui subrayó amargamente la palabra privilegio—está reservado al hombre, rey de los seres. Y si en esasestrellas existen—como no puede menos—hombres dotados de todas lasinmunidades y franquicias humanas ¡esos sí que meditarán!

—¿Usted cree que habrá hombres en esos luceros? ¿Serán como nosotros,señor de Artegui?

¿Comerán? ¿Beberán? ¿Andarán?

—Lo ignoro. Una sola cosa puedo asegurarle a usted de ellos; pero esa,con pleno conocimiento y entera certeza.

—¿Cuál?—interrogó la niña curiosamente, mirando, a la vaga luz de losastros, el rostro descolorido de Artegui.

—Que sufrirán como nosotros sufrimos—contestó él.

—¿Cómo lo sabe usted?—murmuró ella impresionada por aquel hondoacento—. Pues a mí se me figura que en las estrellas, que son tanbonitas y lucen tanto, no ha de haber penas, ni riñas, ni muertes, comoacá.... ¡Si allí debe de ser la gloria!—afirmó alzando la mano, paraseñalar al refulgente globo de Júpiter.

—El dolor es la ley universal, aquí como allí—dijo Artegui, mirandofijamente al Adour, que corría, negro y silencioso, a sus pies.

Poco más departieron, hasta volverse al hotel. Hay conversaciones quedespiertan pensamientos profundos y tras de las cuales pega mejor elsilencio que palabras frívolas. Lucía, quebrantados los huesos, sinsaber por qué, se afianzaba fuertemente en el brazo de Artegui, y élandaba despacio, con su aire de indiferencia. Las últimas frases deldiálogo fueron casi desapacibles, casi hostiles.

—¿A qué hora llega el tren de mañana?—preguntó Lucía de pronto.

—El primero, a las cinco o cosa así.

La voz de Artegui era seca y dura.

—¿Iremos a esperarlo, a ver si viene el señor de Miranda?

—Irá usted si gusta, señora; en cuanto a mí, permítame usted que meniegue.

Tan agrio era el tono de la respuesta, que Lucía se quedó sin saber quédecir.

—Van mozos del hotel—añadió Artegui—con usted, o sin usted, a esperara los trenes. No necesita darse el madrugón... a no ser que su ternuraconyugal sea tan viva....

Lucía bajó la frente y se le encendió la faz, como si un hierro hechoascua le aproximasen. Al entrar en el hotel, la dueña se acercó a ellos;su sonrisa, avivada por la curiosidad, era aún más complaciente yobsequiosa que antes. Les explicó que había olvidado un requisito:preguntar el nombre del señor y de la señora y su país, para apuntarloen la lista de viajeros.

—Ignacio Artegui, madame de Miranda, españoles—declaró Artegui.

—Si el señor tuviese una tarjeta—osó decir la hostelera.

Artegui entregó el pedazo de cartulina, y la fondista se deshizo encortesías y cumplimientos, cual si implorase perdón por aquella fórmula.

—Hará usted—ordenó Ignacio—que al esperar mañana al tren de España,pregunten por monsieur Aurelio Miranda.... ¡no se olvide usted! que ledigan que madame está aquí en este hotel, sin novedad, y que leaguarda.... ¿Entendido?

Parfait—contestó la francesa.

Diéronse las buenas noches Lucía y Artegui en el umbral de susrespectivos cuartos. Lucía, al desnudarse, vio sobre la mesa lospaquetes de sus compras de ropa blanca. Se mudó con delicia, y acostosecreyendo dormir como una bienaventurada, a semejanza de la nocheanterior. Mas no gozó de tan regalado reposo, sino de un sueño inquietoy desigual. Acaso la novedad del lecho, su propia blandura, hicieron enLucía el efecto que suelen hacer en las personas habituadas a la vidamonástica, de quienes se puede decir con paradójica exactitud que lacomodidad les incomoda.

-VI-

Al despertar a Lucía con un bol de café con leche, diole la camarera,por primer noticia, la de que monsieur Miranda no había venido en eltren de España. Saltó del lecho, y se vistió en un decir Jesús, tratandode reanudar sus dispersos recuerdos, y mirando la habitación con lasorpresa que suelen los que, no habiendo viajado nunca, amanecen enlugar desacostumbrado y nuevo.

Miró al reloj de sobremesa: eran lasocho. Salió al pasillo, y tecleó suaves golpecitos en la puerta delcuarto de Artegui.

Estaba éste en mangas de camisa, terminando sus operaciones de tocador,y al oír que llamaban, enjugose aprisa manos y rostro, se echó por loshombros la americana y fue a abrir.

—Don Ignacio... buenos días. ¿Estorbo?

—No por cierto. Entre usted, si gusta.

—¿Está usted vestido ya?

—O poco menos.

—¿Sabe usted que no vino el señor de Miranda?

—Ya me lo han advertido.

—¿Qué me dice usted de eso? ¿No es una cosa muy rara?

Ignacio no contestó. Comenzaba, en efecto, a parecerle algo y aun algosextraña la conducta de aquel recién casado, que así abandonaba a sumujer la noche de novios, dejándola en un vagón de ferrocarril. Porfuerza algún incidente desagradable, imprevisto, había ocurrido alMiranda incógnito, cuyo destino, por singular caso, influía así en elsuyo de cuarenta y ocho horas acá.

—Voy—dijo—a telegrafiar a todas partes, a las principales estacionesde la línea, a Alsasua, a.... ¿quiere usted que telegrafíe a León, a supadre de usted?

—¡Dios nos libre!—exclamó Lucía—; capaz es de tomar el tren paravenir a buscarme, y de ahogarse en el camino con el asma... y con eldisgusto. No, no.

—De todas suertes, voy a dar los pasos..

Y Artegui embutió los brazos en los de su americana, y echó mano alsombrero.

—¿Va usted a salir?—preguntó Lucía.

—¿Quiere usted algo más?

—¿Sabe usted... sabe usted que ayer era sábado y que hoy es domingo?

—Así suele suceder todas las semanas—contestó Artegui con afableburla.

—No me entiende usted.

—Pues explíquese. ¿Qué se le ocurre?

—¿Qué se me ha de ocurrir sino ir a misa como todo el mundo?

—¡Ah!—exclamó Artegui. Y después añadió—: Pues es cierto. Y quiereusted....

—Que usted me acompañe. No he de ir sola a misa, me parece.

Sonriose Artegui una vez más, y la niña reparó cuán de perlas caía lasonrisa en aquel rostro, apagado y tétrico de ordinario. Era como laaurora cuando pinta de rosa los pardos montes; como el rayo del solcuando rasga los crespones de un día brumoso. Vivían los ojos, vivíanlas mejillas sumidas y pálidas, renacía la juventud en aquel semblantemarchito por tribulaciones misteriosas, y empañado por perpetuos celajesobscuros.

—Debía usted estar siempre risueño, Don Ignacio—exclamó Lucía—.Aunque—añadió reflexionando—del otro modo se parece usted más a usted.

Artegui, risueño y solícito, le ofreció el brazo, pero ella no quisocogerse. Al llegar a la calle anduvo muy callada, con los ojos bajos,echando de menos la protectora sombra del negro velo de su manto deencaje, que le cubría las mejillas, dándole tan modesto porte, cuando enLeón cruzaba bajo las bóvedas medio derruidas y llenas de andamiaje dela catedral. La de Bayona le pareció linda como un dije de filigrana;pero no pudo oír en ella tan devotamente la misa: se lo estorbaba lapulcritud esmerada del templo, semejante a caja primorosa; los coloresvivos de las figuras neobizantinas pintadas sobre oro en el crucero, ola novedad de aquel coro descubierto, de aquel tabernáculo aislado y sinretablo, el moverse de los reclinatorios, el circular de lasalquiladoras de sillas. Parecíale estar en un templo de culto diversodel que ella profesaba. Una Virgen blanca, con filetes de oro en elmanto, que presentaba el divino infante en una de las capillas de lanave, la tranquilizó algo. Allí rezó buena porción de salves, deshojólas rosas sangrientas del rosario, los místicos lirios de la letanía.Salió del templo con ligero paso y alegre corazón. Lo primero que vio ala puerta fue a Artegui, contemplando con interés la gótica forma de laportada.

—Ya he puesto cantidad de telegramas a las diversas estaciones,señora—dijo descubriéndose cortésmente al verla—. En especial a la másimportante, Miranda de Ebro. Me he tomado la libertad de firmar con sunombre de usted.

—Gracias... pero ¿qué? ¿no oyó usted misa? exclamó la niña mirándoleatenta al rostro.

—No, señora. Vengo, como le he dicho a usted, de la oficina detelégrafos—contestó él evasivamente.

—Pues dese usted prisa si quiere alcanzarla. En este mismísimo instantesalía el sacerdote revestido....

Contrajose levemente la faz de Artegui.

—No oigo misa—repuso entre grave y chancero—. A menos que ustedmanifestase formal empeño... en cuyo caso....

—¡No oír misa!—pronunció la niña, y veló sus pupilas el asombro, yturbose toda—. ¿Y por qué no oye usted misa? ¿No es usted cristiano?

—Supongamos que no lo fuese—balbució él muy quedo, como reo queconfiesa su crimen ante el juez, y meneando melancólicamente la cabeza.

—¡Pues qué es usted.... Dios mío!

Y Lucía cruzó acongojada las manos.

—Lo que el Padre Urtazu llamaría... un incrédulo.

¡Ah!—gritó ella con ímpetu—. El Padre Urtazu diría que son unosmalvados los incrédulos todos.

—Pudiera añadir el Padre Urtazu que todavía son más infelices.

—Es verdad—replicó Lucía trémula aún, como arbusto sacudido por elcierzo—. Es verdad: todavía más infelices. El Padre Urtazu no diría, deseguro, otra cosa. ¡Y tan infelices como son!

¡Madre mía del Rosario!

Inclinó la niña la pensativa frente, y quedose anodada, aturdida por elgolpe repentino. El sentimiento religioso, dormido hasta entonces, contodos los demás, en el fondo de su alma plácida y serena, despertábasepotente al impensado choque. Iban mezcladas dos sensaciones: de punzantelástima la una, de terror y repulsión la otra. Quería apartarseespantada de Artegui, y aun se derretían de compasión sus entrañas sóloal mirarlo. La gente salía de misa; vertía el pórtico ondas y ondashumanas, y Lucía, en pie, no acertaba a separarse de aquella catedral,erguida y blanca como una mártir cristiana en el circo. Le presentóArtegui en silencio el brazo, y ella, dudosa al pronto, aceptó por fin,caminando ambos automáticamente en dirección al hotel. La mañana, untanto encapotada, prometía temperatura menos cálida y más grata que lade la víspera.

Corría regalado fresquecillo, y tras del celaje brumosoadivinábase la sonrisa del sol, como suele columbrarse el amor al travésdel enojo.

—Está usted triste, Lucia—dijo Artegui a la niña afectuosamente.

—Un poco, Don Ignacio—y Lucía arrancó del pecho doliente suspiro—. Yusted tiene la culpa—añadió en blando son de amenaza.

—¿Yo?

—Usted, sí. ¿Por qué dice usted esas tonterías que no pueden ser?

—¿Que no pueden ser?

—Sí, señor. ¿Cómo es posible que no sea usted cristiano? Vamos, que nodice usted lo que siente.

—¿Qué le importa a usted eso, Lucía?—exclamó él, llamándola segundavez por su nombre—.

¿Es usted acaso el Padre Urtazu? ¿Soy yo alguienque a usted le interese o le importe? ¿Le han de pedir a usted cuenta demi alma en algún tribunal? ¡Niña!, eso a usted no le va ni le viene.

—¡No que no! ¡Vaya, Don Ignacio, que hoy está usted de lo más... de lomás desatinado! ¡Que no me ha de importar a mí que usted se condene o sesalve, que usted sea cristiano o judío!

—Judío... lo que es judío no lo soy—respondió Artegui, tratando de daral diálogo giro festivo.

—Es lo mismo... renegar de Cristo es ser judío en suma.

—Dejémonos de eso, Lucía; no quiero verla a usted con ese gesto; ¡sepone usted fea!—dijo en tono desahogado él, aludiendo por vez primera alas condiciones físicas de Lucía—. ¿Qué desea usted ahora? ¿Quiereusted que la lleve a ver alguna curiosidad de este pueblo? ¿El hospital?¿Los fuertes?

Hablaba afable cual nunca, y Lucía se aplacó, como las crespas olas alcubrirlas capa de aceite.

—¿No podríamos salir a dar una vuelta por el campo? Me muero por losárboles.

Artegui torció hacia el teatro, ante cuyo pórtico aguardaban dos o trescochecillos de los llamados cestos. Hizo breve seña al más próximo, y elauriga vasco, alzando su fusta, halagó con ella el anca de las tarbesasjaquitas, que, la cerviz enhiesta, se prepararon a arrancar. SaltóLucía, recostándose en el ligero vehículo, y Artegui se acomodó a sulado, ordenando:

—Camino de Biarritz.

Salió el carruaje veloz como un dardo, y Lucía cerró los ojos, gozandoen no pensar, en sentir las rápidas caricias del viento, que echabaatrás las puntas de su corbata, los undívagos mechones de su cabellera.Pintoresco y ameno, el camino merecía, no obstante, una mirada. Erancultivadas tierras, casas de placer con picudos techos, parques inglesesde fresco césped y menuda grama, amarillenta ya, como de otoño. Aldivisar torcida vereda que, desviándose de la carretera, culebreaba porentre los sembrados, detuvo Artegui con un grito al cochero, y dio aLucía la mano para que descendiese. Buscó el vasco el abrigo de unastapias donde parar sin riesgo el sudoroso tronco, y Artegui y Lucía seinternaron a pie siguiendo el senderito, ella delante, recobrada sualegría infantil, su gozar inocente en el cansancio del cuerpo. Lacautivaba todo, las flores del trébol, que salpicaban de una lluvia depintas carmesíes el verdinegro campo; las manzanillas tardías y losacianos pálidos en las lindes, las digitales que cogía risueñahaciéndolas estallar con las dos manos, los rizados airones del apio,las acogolladas coles, puestas en fila, separada cada fila por un surco,semejante a una trinchera. La tierra, de puro labrada, abonada,removida, tenía no sé qué aspecto de decrepitud. Sus poderosos flancosparecían gemir, sudando una humedad viscosa y tibia, mientras en loslinderos incultos, al borde del caminillo, quedaban aún rinconesvírgenes, donde a placer crecían las bellas superfluidades campestres,las gramineas vaporosas, las florecillas multicolores, los agudoscardos.

No cabiendo juntos por la angosta senda, iban Lucia y Artegui uno trasotro, si bien Artegui a veces se echaba a campo traviesa, sin granrespeto de la ajena propiedad. Detuvo al fin la niña su indisciplinadacarrera al pie de espesos mimbrales, que, creciendo al borde de unpantano, sombreaban pendiente ribazo muy mullido de hierba, y desde elcual se oteaba todo el paisaje recorrido. Dejáronse caer en el naturaldiván, y vieron tenderse ante ellos la vega, como remendada de varioscolores, según eran los de las verduras que en cada heredad secultivaban. En la blanca cinta de la carretera distinguieron un puntonegro: el cesto con las jacas. No picaba el sol; su luz se cernía por unvelo de nubes, y la campiña tenía tonos mates, verdes glaucos,amarilleces areniscas, lejanías delicadamente cenicientas, suavesmatices que se copiaban en la ciénaga tranquila.

—Esto es muy hermoso, Don Ignacio—dijo Lucía por decir algo, puespesaba sobre su alma el silencio, la soledad profunda del lugar—. ¿Nole gusta a usted?

—Sí que me gusta—contestó Artegui distraídamente.

—Bien que a usted parece que no le gusta nada.... Siempre está ustedcomo cansado... es decir, cansado no, es más bien triste. Mireusted—siguió la niña, asiendo de un flexible mimbre y divirtiéndose encoronarse con la obediente rama—, ¡a que no es usted capaz de creer quesu tristeza se me va pegando, y que también yo me hallo así... no sécómo, preocupada, vamos!

Diera... lo que no sé por verle contento y...natural, como son todos los hombres. Usted no tiene el mirar ni la caracomo los demás, Don Ignacio.

—Pues viceversa—respondió él—; a mí se me comunica su alegría deusted, y a veces aún gasto mejor humor del que usted misma gastaría.También el júbilo es contagioso.

Díjolo atrayendo a sí otra rama de mimbre que descortezó con las uñas,arrojando las tiras de película tierna al pantano, y mirando fijamentelos círculos que en el agua abrían al caer.

—Claro está que sí—afirmó Lucía—. Y si usted quisiera ser franco, siusted se decidiese a...

confiarme lo que así le aflige, vería cómo en unsantiamén le disipaba yo esa sombra que tiene en la cara. No sé por quése me figura que tanta seriedad, tanto ceño, tanto caimiento de animo,no nace de que usted sea desdichado de veras, sino allá de.... ¡qué séyo!, de niñerías, de ideas sin ton ni son que le bullen a usted en loscascos. ¿A que acerté?

—Tan plenamente—exclamó Artegui soltando la rama de mimbre y asiendola mano de la niña—, que ahora me confirmo en creer que los seres purosposeen cierta presciencia, cierta intuición maravillosa y singularísima,negada a los que conocemos, en cambio, el triste misterio del vivir.

Lucía, seria e inmutada, miraba a su compañero de viaje.

—¡Lo ve usted!—acertó a pronunciar por fin, buscando en los ángulos desu boca la sonrisa, y hallándola a duras penas—. De modo que ya pasarontodas esas ideas sin fundamento, que son como los castillos de naipesque me hacía padre siendo yo chiquita; soplaba, y, ¡patatás!, al suelo.

—En eso yerra usted, hija—dijo Artegui soltándole la mano con uno desus lánguidos movimientos de autómata—. Es lo contrario lo que sucede.Cuando nace y se engendra la tristeza de alguna causa, puede desaparecersi la causa cesa; pero si la tristeza brota espontáneamente como esasmalas hierbas y esos juncos que usted ve al borde del pantano; si estáen nosotros; si forma la esencia de nuestro ser mismo; si no seencuentra aquí ni allí solamente, sino en todas partes; si ninguna cosade la tierra alcanza a darle alivio, entonces... créame usted, niña, elenfermo está desahuciado. No hay esperanza.

Hablaba sonriente, pero era su sonrisa semejante a la luz que alumbra unnicho.

—Pero, sepamos...—interrogó Lucía a pesar suyo con angustiosa y febrilcuriosidad—. ¿Pesa sobre usted alguna desdicha? ¿Alguna pena grande?

—Ninguna de las que el mundo llama tales.

—¿Tiene usted familia... que le quiera?

—Mi madre me adora.... ¡y si no fuese por ella!—declaró Arteguiabandonándose, como mal de su grado, a la dulce corriente de laconfianza.

—¿Y su padre de usted?

—Murió años ha. Era vascongado, emigrado carlista, hombre de grandeenergía, de muchos ánimos: internáronle en Francia, viose pobre y solo,trabajó como se había batido... como un león, hasta llegar a poderestablecer una vasta agencia de comercio, enriquecerse, adquirir enParís casa propia, y casarse con mi madre, que es de una familiadistinguida de Bretaña, legitimista también. No tuvieron más hijo queyo: me adoraron, sin descuidar mi educación ni excederse en mimos ylocuras; estudié, vi mundo; dije que quería viajar, y me abrió mi madresu bolsa anchamente; tuve, hombre ya, algún capricho, muchos caprichos,y se cumplieron. He visto los Estados Unidos y el Oriente, sin hablar deEuropa; paso los inviernos en París, y los veranos suelo visitar España;mi salud es buena y no soy viejo. Ya ve usted que soy lo que suele lagente denominar... un mimado de la fortuna, un hombre feliz.

—Es cierto—dijo Lucía—; pero ¡quién sabe si por eso mismo estaráusted así! He oído decir que para que el pan sepa bien hay que ganarlo:verdad que yo no lo gano, y hasta ahora no me amargó.

—Tiempo hubo—murmuró Artegui como respondiéndose a sí mismo—en quecreí provenía mi indiferencia de la seguridad de mi vida, y en que deseédeberme a mí mismo, a mí solo, el subsistir. Dos años rehusé losauxilios de mis padres, y, entrando en calidad de socio industrial enuna gran empresa, dime a trabajar con ardor. Gané más de lo necesario;me seguía, como rendida amante, la suerte; pero aquella especulación sintregua ni entrañas me provocaba náuseas, y quise probar alguna labor enque entendimiento y cuerpo fuesen unidos, y en que la ganancia noalcanzase más que a no dejarme morir de hambre. Estudié la medicina, y,aprovechando la guerra que a la sazón ardía en el Norte de España, vineal cuartel de Don Carlos. El nombre de mi padre me abrió todas laspuertas y me dediqué a ejercer en los hospitales....

—¿Fue entonces cuando curó usted a Sardiola?

—Exactamente. Tenía el pobre diablo un metrallazo horrible: partida lamejilla, interesada la mandíbula, y desangrándose a más andar por laarteria. Una cura difícil, pero afortunadísima.

Muchas hice entonces, yfue aquel el tiempo en que menos me acosó el cansancio moral. Pero encambio....

Artegui se detuvo, temeroso de proseguir.

—Diga usted, diga usted—interrogó Lucía ansiosamente.

—¡Para qué, señora! ¿para qué? Ni sé por qué le he contado a usted yatantas cosas ridículas, y para usted, probablemente, ininteligibles...como son los sueños del demente para los cuerdos.

—No, señor—declaró Lucía ofendida—; le entiendo a usted muy bien, yen prueba de ello voy a adivinar eso que se calló. ¡Verá usted quesí!—gritó, cuando Artegui hubo meneado sonriendo la cabeza—. Usted seaburrió menos en esa temporada en que fue médico de afición; pero encambio... con ver tanto muerto, y tanta sangre, y tanta barbaridad, aúnse volvió usted más...

más judío que antes. ¿No es así? ¿Di o no di enello?

Artegui la miró, y con mudo asombro frunció el entrecejo sin replicar.

—¿Y quiere usted que le diga? Pues eso, eso es lo que usted tiene, ypor lo que está usted tan a mal con la suerte y consigo mismo. Si ustedfuese buen cristiano podría usted estar triste, pero...

de otra manera,vamos, de otra manera; con tristeza más dulce y más resignada. Porquequien espera irse al cielo, sabe sufrir acá y no se desespera.

Y como Artegui, silencioso y apretados los labios volviese a otra partela cabeza, murmuró la niña, en voz suave como una caricia:

—Don Ignacio, el padre Urtazu me ha dicho que había unos hombres que noquerían admitir lo que la Iglesia enseña y creemos nosotros, pero queallá... a su manera, a su capricho, en fin, adoraban a un Dios que ellosse forjaban... y creían en la otra vida también, y en que el alma nomuere al morir el cuerpo.... ¿Es usted de esos?

Él no respondió palabra, y doblando violentamente dos o tres ramas demimbre, hízolas estallar. Cayeron inertes los tronchados troncos; perounidos aún por la corteza, quedaron colgando como rotos miembros deinválido.

—¿Tampoco es usted de esos?—siguió la niña volviéndose hacia él, conlas manos juntas, semiarrodillada en el ribazo—. ¿Tampoco así creeusted? Don Ignacio, de veras, ¿no cree usted en nada? ¿En nada?

Levantose Ignacio de un brinco, y, quedándose en pie sobre la parte máselevada del ribazo, dominando el paisaje todo, pronunció lentamente:

—Creo en el mal.

De lejos, era escultural el grupo. Lucía, anonadada, casi de hinojos,cruzadas las manos, imploraba: Artegui, alzado el brazo, erguido elcuerpo, mirando con doloroso reto a la bóveda celeste, pareciera unpersonaje dramático, un rebelde Titán, a no vestir el traje llano yprosaico de nuestros días. Más entoldado cada vez el celaje, seacumulaban en él nubarrones plomizos, como enormes copos de algodón enrama, hacia la parte donde caían Biarritz y el Océano.

Ráfagassofocantes cruzaban, muy bajas, casi a flor de tierra, doblegando lostallos de los juncos y estremeciendo el agudo follaje de los mimbrales asu hálito de fuego. Poderoso gemido exhalaba la llanura al percibir lossignos precursores de la tormenta. Dijérase que el mal, evocado por lavoz de su adorador, acudía, se manifestaba tremendo, asombrando a lanaturaleza toda con sus anchas alas negras, a cuyo batir pudieranachacarse las exhalaciones asfixiantes que encendían la atmósfera.Lóbrego y obscuro, como la luna de un espejo de acero, el pantanodormía, y las florecillas acuáticas se desmayaban en sus bordes. La vozde Artegui, más intensa que elevada, resonaba entre el pavorososilencio.

—En el mal—repetía—, que por todas partes nos cerca y envuelve, de lacuna al sepulcro, sin que nunca se aparte de nosotros. En el mal, quehace de la tierra vasto campo de batalla, donde no vive cada ser sin lamuerte y el dolor de otros seres; en el mal, que es el eje del mundo yel resorte de la vida.

—Señor de Artegui...—balbució débilmente Lucía—, usted, según creo,dará culto al demonio, negándoselo a Dios.

—¡Culto! no, ¿he de dar culto al poder inicuo que, guarecido en lasombra, conspira al daño común? Luchar, luchar con él quiero ahora ysiempre. Usted le llama demonio: yo el mal, el dolor universal. Yo, sécómo se le vence.

—Con fe y buenas obras—exclamó la niña.

—Muriendo—respondió él.

Quien de lejos divisara aquella pareja, mancebo galán y lozanadoncellita, departiendo solos en la vega frondosa, tomáralos, a buenseguro, por enamorados novios; y no creyera que hablaban de dolor ymuerte, sino de amor, que es la vida misma. Artegui, de pie, se veíaclaramente en los garzos ojos que hacia él alzaba Lucía, ojos que, apesar de la obscuridad del cielo, parecían salpicados de pajuelasluminosas.

—¡Muriendo!—repitió ella, como el árbol repercute el sonido del golpeque le hiere.

—Muriendo. El dolor no concluye sino en la muerte: sólo la muerte burlaa la fuerza creedora que goza en engendrar para atormentar después a suinfeliz progenitura.

—No le entiendo a usted—murmuró Lucía—; pero tengo miedo—. Y sucuerpo temblaba todo como los mimbrales.

Artegui no contestó palabra: mas una voz grave y poderosa, retumbando enlos cielos, se unió de pronto al extraño dúo. Era el trueno, queestallaba a lo lejos, solemne y terrible. Lucía exhaló un gemido depavor, cayendo con la faz contra la hierba. Desgarráronse las nubes, yanchas gotas de agua cayeron, sonando como goterones de plomo líquido enla crujiente seda de las frondas de mimbre. Bajose rápidamente Artegui,y tomando con nervioso vigor a Lucía en sus brazos, dio a correr sinmirar por dónde, saltando zanjas, atravesando barbechos, pisando apios ycoles, hasta llegar, azotado por la lluvia, perseguido por el trueno quese acercaba, a la carretera. El cochero renegaba del mal tiempoenérgicamente cuando Artegui depositó a Lucía casi exánime en elasiento, subiendo a toda prisa el hule, para guarecerla algo. Las jacas,espantadas, salieron sin aguardar la caricia de la fusta, y, aguzadaslas orejas y ensanchando las fosas nasales, arrancaron hacia Bayona.

-VII-

Lucía acababa de secarse ante la chimenea encendida por Artegui en sucuarto. Los cabellos, antes empapados y pegados a la frente, comenzabana revolar ligeros en torno de sus sienes; su ropa humeaba aún, pero yael benéfico calorcillo, penetrándola, le restituía la acostumbradasoltura. Sólo la pluma del sombrero, lastimosamente alicaída,atestiguaba los estragos de la arroyada, a despecho de la prolijidad conque su dueña, aproximándola a las llamas, intentaba devolverle lasgráciles roscas.

En una butaca yacía Artegui, cual siempre, yerto, abandonado a lainercia de sus ensueños.

Reposaba sin duda la fatiga de haber prendidofuego a los cepos que tan regocijadamente ardían, y pedido té yservídolo, mezclándole unas gotas de ron. Silencioso y quieto ahora,posaba los ojos en Lucía y en el fuego, que daba móvil fondo rojo a sucabeza. Mientras Lucía sintió el peso de la mojada ropa y la prensióndel calzado húmedo, mantúvose también muda y encogida, tiritando,creyendo escuchar aún el redoble de los truenos y sentir los picotazosde las múltiples agujas de la lluvia en sus mejillas.

Poco a poco la suave influencia del calor fue desatando sus miembrosentumecidos y paralizada lengua. Adelantó los pies, luego las manos,hacia la hoguera; sacudió las enaguas, con objeto de enjugarlas porigual, y finalmente, sentose en el suelo a la turca para mejor gozar delfuego, que contempló fija y absorta, oyéndole crujir y viendo lostroncos pasar de color de brasa al negro.

—¿Don Ignacio?—dijo de pronto