Un Viaje de Novios by Emilia Pardo Bazán - HTML preview

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Un viaje de novios

Por

Emilia Pardo Bazán

Pueyo

Madrid

1919

Prefacio-I-,-II-,-III-,-IV-,-V-,-VI-,-VII-,-VIII-,-IX-,-X-,-XI-,-XII-,-XIII-,-XIV-

Prefacio

En Septiembre del pasado año 1880, me ordenó la ciencia médica beber lasaguas de Vichy en sus mismos manantiales, y habiendo de atravesar, paratal objeto, toda España y toda Francia, pensé escribir en un cuadernolos sucesos de mi viaje, con ánimo de publicarlo después. Mas acudió alpunto a mi mente el mucho tedio y enfado que suelen causarme lashíbridas obrillas viatorias, las «Impresiones» y «Diarios» donde elautor nos refiere sus éxtasis ante alguna catedral o punto de vista, y arenglón seguido cuenta si acá dio una peseta de propina al mozo, y siacullá cenó ensalada, con otros datos no menos dignos de pasar a lahistoria y grabarse en mármoles y bronces. Movida de esta consideración,resolvime a novelar en vez de referir, haciendo que los países por mírecorridos fuesen escenario del drama.

Bastaría con lo dicho para prólogo y antecedentes de mi novela, que másno exige ni merece; pero ya que tengo la pluma en la mano, me entracomezón de tocar algunos puntos, si no indispensables, tampocoimpertinentes aquí. A quien parezcan enojosos, queda el fácil arbitriode saltarlos y pasar sin demora al primer capítulo de UN VIAJE DENOVIOS, y plegue a Dios no se el antoje después peor que la enfermedadel remedio.

Tiene cada época sus luchas literarias, que a veces son batallas en todala línea—como la empeñada entre clasicismo y romanticismo—y otras seconcretan a un terreno parcial. O mucho me equivoco o este terreno eshoy la novela y el drama, y en el extranjero, la novela sobre todo.Reina en la poesía lírica, por ejemplo, libertad tal, que raya enanarquía, sin que nadie de ello se espante, mientras la escuela denoveladores franceses que enarbolan la bandera realista o naturalista,es asunto de encarnizada discusión y suscita tan agrias censuras comoacaloradas defensas. Sus productos recorren el globo, mal traducidos,peor arreglados, pero con segura venta y número de edicionesincalculable. Es de buen gusto horrorizarse de tales engendros, ycertísimo que el que más se horroriza no será por ventura el que menoslos lea. Para el experto en cuestiones de letras, todo ello indica algooriginal y característico, fase nueva de un género literario, un signode vitalidad, y por tal concepto, más reclama detenido examen quesempiterno desprecio o ciego encomio.

De la pugna surgió ya algún principio fecundo, y tengo por importanteentre todos el concepto de que la novela ha dejado de ser meroentretenimiento, modo de engañar gratamente unas cuantas horas,ascendiendo a estudio social, psicológico, histórico, pero al caboestudio. Dedúcese de aquí una consecuencia que a muchos sorprenderá: asaber, que no son menos necesarias al novelista que las galas de lafantasía, la observación y el análisis. Porque en efecto, si reducimosla novela a fruto de lozana inventiva, pararemos en proponer como idealdel género las Sergas de Esplandián o las Mil y una noches. En eldía—no es lícito dudarlo—la novela es traslado de la vida, y lo únicoque el autor pone en ella, es su modo peculiar de ver las cosas reales:bien como dos personas, refiriendo un mismo suceso cierto, lo hacen condistintas palabras y estilo. Merced a este reconocimiento de los fuerosde la verdad, el realismo puede entrar, alta la frente, en el campo dela literatura.

Puesto lo cual, cumple añadir que el discutido género francés novísimome parece una dirección realista, pero errada y torcida en bastantesrespectos. Hay realismos de realismos, y pienso que a ese le falta o másbien le sobra algo para alardear de género de buena ley y durableinflujo en las letras. El gusto malsano del público ha pervertido a losescritores con oro y aplauso, y ellos toman por acierto suyo lo que noes sino bellaquería e indelicadeza de los lectores. No son las novelasnaturalistas que mayor boga y venta alcanzaron, las más perfectas yreales; sino las que describen costumbres más licenciosas, cuadros máslibres y cargados de color. ¿Qué mucho que los autores repitan la dosis?Y es que antes se llega a la celebridad con escándalo y talento, que contalento solo; y aun suple a veces al talento el escándalo. Zola mismo lodice: el número de ediciones de un libro no arguye mérito, sino éxito.

No censuro yo la observación paciente, minuciosa, exacta, que distinguea la moderna escuela francesa: desapruebo como yerros artísticos, laelección sistemática preferente de asuntos repugnantes o desvergonzados,la prolijidad nimia, y a veces cansada, de las descripciones, y, más quetodo, un defecto en que no sé si repararon los críticos: la perennesolemnidad y tristeza, el ceño siempre torvo, la carencia de notasfestivas y de gracia y soltura en el estilo y en la idea.

Para mí esZola el más hipocondriaco de los escritores habidos y por haber; unHeráclito que no gasta pañuelo, un Jeremías que así lamenta la pérdidade la nación por el golpe de Estado, como la ruina de un almacén deultramarinos. Y siendo la novela, por excelencia, trasunto de la vidahumana, conviene que en ella turnen, como en nuestro existir, lágrimas yrisas, el fondo de la eterna tragicomedia del mundo.

Estos realistas flamantes se dejaron entre bastidores el puñal y elveneno de la escuela romántica, pero, en cambio, sacan a la escena unacara de viernes mil veces más indigesta.

¡Oh, y cuán sano, verdadero y hermoso es nuestro realismo nacional,tradición gloriosísima del arte hispano! ¡Nuestro realismo, el que ríe yllora en la Celestina y el Quijote, en los cuadros de Velázquez yGoya, en la vena cómico-dramática de Tirso y Ramón de la Cruz!

¡Realismoindirecto, inconsciente, y por eso mismo acabado y lleno de inspiración;no desdeñoso del idealismo, y gracias a ello, legítima y profundamentehumano, ya que, como el hombre, reúne en sí materia y espíritu, tierra ycielo! Si considero que aun hoy, en nuestra decadencia, cuando laliteratura apenas produce a los que la cultivan un mendrugo de amargopan, cuando apenas hay público que lea ni aplauda, todavía nos adornannovelistas tales, que ni en estilo, ni en inventiva, ni acaso enperspicacia observadora van en zaga a sus compañeros de Francia eInglaterra (países donde el escribir buenas novelas es profesión, a másde honrosa, lucrativa), enorgullézcome de las ricas facultades denuestra raza, al par que me aflige el mezquino premio que logran losingenios de España, y me abochorna la preferencia vergonzosa que tal vezconcede la multitud a rapsodias y versiones pésimas de Zola, habiendo enEspaña Galdós, Peredas, Alarcones y otros más que omito por no alargarla nomenclatura.

Si a algún crítico ocurriese calificar de realista esta mi novela, comofue calificada su hermana mayor Pascual López, pídole por caridad queno me afilie al realismo transpirenaico, sino al nuestro, único que mecontenta y en el cual quiero vivir y morir, no por mis méritos, si pormi voluntad firme. Tanto es mi respeto y amor hacia nuestros modelosnacionales, que acaso por mejor imitarlos y empaparme en ellos, di a Pascual López el sabor arcaico, ensalzado hasta las nubes por labenevolencia de unos, por otros censurado; pero, en mi humilde parecer,no del todo fuera de lugar en una obra que intenta—en cuanto es posibleen nuestros días, y en cuanto lo consiente mi escaso ingenio—recordarel sazonadísimo y nunca bien ponderado género picaresco. No tendríadisculpa si emplease el mismo estilo en UN VIAJE DE NOVIOS, de índolemás semejante a la de la moderna novela llamada de costumbres.

Aun pudiera curarme en salud, vindicándome anticipadamente de otro cargoque tal vez me dirija algún malhumorado censor. Hay quien cree que lanovela debe probar, demostrar o corregir algo, presentando al finalcastigado el vicio y galardonada la virtud, ni más ni menos que en loscuentecicos para uso de la infancia. Exigencia es esta a que no estánsujetos pintores, arquitectos ni escultores: que yo sepa, nadie pusotacha a Velázquez porque de sus Hilanderas o sus Niños bobos noresulte lección edificante alguna. Sólo al mísero escritor entreganférula y palmeta a fin de que vapulee a la sociedad, pero con taldisimulo, que ésta haya de tomar los disciplinazos por caricias, yenmendarse a puros entretenidos azotes. Yo de mí sé decir que en arte meenamora la enseñanza indirecta que emana de la hermosura, pero aborrezcolas píldoras de moral rebozadas en una capa de oro literario. Entre elimpudor frío y afectado de los escritores naturalistas y las homilíassentimentales de los autores que toman un púlpito en cada dedo y se vanpor esos trigos predicando, no escojo; me quedo sin ninguno. Podrá estemi criterio parecer a unos laxo, a otros en demasía estrecho: a mí mebasta saber que, prácticamente, lo profesaron Cervantes, Goethe, WalterScott, Dickens, los príncipes todos de la romancería.

Y perdóname, lector benigno, que a tan ilustres personajes haya traídode los cabellos con ocasión de mis insignificantes escritos. Por venturasuele la vista de una charca recordar el Océano; mas la charca, charcase queda. Harto se lo sabe ella, y bien le pesa de su pequeñez; pero nola hizo Dios más grande, por lo cual echará mano de la resignación que ati te desea, si has de recorrer estas páginas.

EMILIA PARDO BAZÁN

Un viaje de novios

-I-

Que la boda no era de gentes del gran mundo, conocíase a tiro deballesta, a la primer ojeada.

No hay duda que los desposados podíanalternar con la más selecta sociedad, al menos por su aspecto exterior;pero la mayoría del acompañamiento, el coro, pertenecía a la clasemedia, en el límite en que casi se funde con la masa popular. Habíagrupos curiosos y dignos de examen, ofreciendo el andén de la estaciónde León golpe de vista muy interesante para un pintor de género ycostumbres.

Ni más ni menos que en los países de abanico cuyas mitológicas pinturasrepresentan nupcias, se notaba allí que el séquito de la novia locomponían hembras, y sólo individuos del sexo fuerte formaban el delnovio. Advertíase asimismo gran diferencia entre la condición social deuno y otro cortejo. La escolta de la novia, mucho más numerosa, parecíapoblado hormiguero: viejas y mozas llevaban el sacramental traje denegra lana, que viene a ser como uniforme de ceremonia para la mujer declase inferior, no exenta, sin embargo, de ribetes señoriles: que elpueblo conserva aun el privilegio de vestirse de alegres colores en lascircunstancias regocijadas y festivas. Entre aquellas hormigas humanashabíalas de pocos años y buen palmito, risueñas unas y alborotadas conla boda, otras quejumbrosicas y encendidos los ojos de llorar, con ladespedida.

Media docena de maduras dueñas las autorizaban, sacando deentre el velo del manto la nariz, y girando a todas partes sus pupilasllenas de experiencia y malicia. Todo el racimo de amigas se apiñaba entorno de la nueva esposa, manifestando la pueril y ávida curiosidad quedespierta en las multitudes el espectáculo de las situaciones supremasde la existencia. Se estaban comiendo a miradas a la que mil vecesvieran, a la que ya de memoria sabían: a la novia, que con el traje decamino se les figuraba otra mujer, diversísima de la conocida hastaentonces. Contaría la heroína de la fiesta unos diez y ocho años:aparentaba menos, atendiendo al mohín infantil de su boca y al redondocontorno de sus mejillas, y más, consideradas las ya florecientes curvasde su talle, y la plenitud de robustez y vida de toda su persona. Nadade hombros altos y estrechos, nada de inverosímiles caderas como las quese ven en los grabados de figurines, que traen a la memoria la muñecarellena de serrín y paja; sino una mujer conforme, no al tipoconvencional de la moda de una época, pero al tipo eterno de la formafemenina, tal cual la quisieron natura y arte.

Acaso esta superioridadfísica perjudicaba un tanto al efecto del caprichoso atavío de viaje dela niña: tal vez se requería un cuerpo más plano, líneas más duras enlos brazos y cuello, para llevar con el conveniente desenfado el trajesemimasculino, de paño marrón, y la toca de paja burda, en cuyo casco seposaba, abiertas las alas, sobre un nido de plumas, tornasolado colibrí.Notábase bien que eran nuevas para la novia tales extrañezas de ropaje,y que la ceñida y plegada falda, el casaquín que modelaba exactamente subusto le estorbaban, como suele estorbar a las doncellas en el primerbaile la desnudez del escote: que hay en toda moda peregrina algo deimpúdico para la mujer de modestas costumbres. Además, el molde eraestrecho para encerrar la bella estatua, que amenazaba romperlo a cadainstante, no precisamente con el volumen, sino más bien con la libertady soltura de sus juveniles movimientos. No se desmentía en tan lucidoejemplar la raza del recio y fornido anciano, del padre que allí seestaba derecho, sin apartar de su hija los ojos. El viejo, alto, recto yfirme, como un poste del telégrafo, y un jesuita bajo y de edad mediana,eran los únicos varones que descollaban entre el consabido hormiguerofemenil.

Al novio le rodeaban hasta media docena de amigos: y si el séquito de lanovia era el eslabón que une a clase media y pueblo, el del novio tocabaen esa frontera, en España tan indeterminada como vasta, que enlaza a lamesocracia con la gente de alto copete. Cierta gravedad oficial, la tezmarchita y como ahumada por los reverberos, no sé qué inexplicable matizde satisfacción optimista, la edad tirando a madura, signos eran quedenotaban hombres llegados a la meta de las humanas aspiraciones en lospaíses decadentes: el ingreso en las oficinas del Estado. Uno de ellosllevaba la voz, y los demás le manifestaban singular deferencia en susademanes. Animaba aquel grupo una jovialidad retozona, contenida por elempaque burocrático: hervía también allí la curiosidad, menos ingenua ydescarada, pero más aguda y epigramática que en el hormiguero de lasamigas. Había discretos cuchicheos, familiaridades de café indicadas porun movimiento o un codazo, risas instantáneamente reprimidas, aires deinteligencia, puntas de puros arrojadas al suelo con marcialidad, brazosque se unían como en confidencia tácita. La mancha clara del sobretodogris del novio se destacaba entre las negras levitas, y su estaturaaventajada dominaba también las de los circunstantes. Medio siglo menosun lustro, victoriosamente combatido por un sastre, y mucho aliño ycuidado de tocador; las espaldas queriendo arquearse un tanto sinpermiso de su dueño; un rostro de palidez trasnochadora, sobre el cualse recortaban, con la crudeza de rayas de tinta, las guías del engomadobigote; cabellos cuya raridad se advertía aún bajo el ala tersa delhongo de fieltro ceniza; marchita y abolsada y floja la piel de lasojeras; terroso el párpado y plúmbea la pupila, pero aún gallarda laapostura y esmeradamente conservados los imponentes restos de lo queantaño fue un buen mozo, esto se veía en el desposado. Quizás ayudaba elmismo primor del traje a patentizar la madurez de los años: el luengosobretodo ceñía demasiado el talle, no muy esbelto ya; el fieltro,ladeado gentilmente, pedía a gritos las mejillas y sienes de un mancebo.Pero así y todo, entre aquella colección de vulgares figuras deprovincia, tenía la del novio no sé qué tufillo cortesano, ciertodesenfado de hombre hecho a la vida ancha y fácil de los grandescentros, y la soltura de quien no conoce escrúpulos, ni se para enbarras cuando el propio interés está en juego. Hasta se distinguía delgrupo de sus amigos, por la reserva de buen género con que acogía lasinsinuaciones y bromas sotto voce, tan adecuadas al caráctermesocrático de la boda.

Anunciaba ya la máquina con algún silbido la próxima marcha; acelerábaseen el andén el movimiento que la precede, y temblaba el suelo bajo lapesadumbre de los rodantes camiones, cargados de bultos de equipaje.Oyose por fin el grito sacramental de los empleados. Hasta entonces lasgentes de la despedida habían conversado en voz queda,confidencialmente, por parejas: el cercano desenlace parecióreanimarlas, desencantarlas, mudando la escena en un segundo. Corrió lanovia a su padre, abiertos los brazos, y el viejo y la niña seconfundieron en un abrazo largo, verdadero, popular, abrazo en quecrujían los huesos y el aliento se acortaba. Salían de las bocas, casiunidas, entrecruzadas y rápidas frases.

—Que escribas... cuidado me llamo... todos los días, ¿eh? No bebas aguafría cuando estés sudando.... Tu marido lleva dinero... pedid más si seacaba.

—No se aflija usted, señor.... Yo haré por volver pronto.... Cuídeseusted mucho, por Dios...

atienda usted al asma.... Vaya usted de tiempoen tiempo a ver al señor de Rada.... Si tiene usted algo, un telegramavolando.... ¿Palabra de honor?

Después vinieron los apretones, los besucones, los pucheros delacompañamiento femenino, y el último encargo, y el último deseo....

—Dios os haga dichosos... como patriarcas....

—San Rafael te acompañe, hija.

—¡Quién como tú, chica!, ¡a Francia en un vuelo!

—No te olvides de mi abrigo.... ¿Van en el mundo las medias?¿Confundirás los hilos?

—Mira que las tiras bordadas no sean de ojales, que de esas ya las haypor acá.

—Abre bien esos ojazos, míralo todito, ¡y después nos contarás cadacosa!...

—Padre Urtazu—dijo la desposada llegándose al que su negra fajadeclaraba por jesuita, y, asiéndole la mano, sobre la cual cayeron a untiempo sus labios y dos lágrimas, claras como agua—, pida usted a Diospor mí....

Y acercándose más, añadió bajito:

—Que si papá tiene algo, me lo avise usted, usted ¿verdad? Yo leenviaré a usted las señas de todas partes donde nos detengamos.... No melo descuide usted; ¿irá usted de vez en cuando a ver cómo lo pasa? Sequeda el pobre tan solito....

Alzó el jesuita la cabeza y fijó en la niña sus ojos levemente bizcos,como son los de las personas hechas a concentrar y sujetar la mirada. Ycon la vaga sonrisa distraída de las gentes meditabundas, y en el propiotono confidencial:

—Vete en paz, y Dios Nuestro Señor te acompañe, que es buenacompañante—contestó—. Ya he rezado por ti el itinerario, para quevolvamos tan sanos y satisfechos.... Acuérdate de lo que te avisé,chiquilla; ahora ya somos, como quien dice, una señora casada y derespeto; y aunque nos parece que todo se va a volver florecicas y mielesen el nuevo estado, y nos largamos por esos mundos a echar canas al airey divertirnos.... ¡cuidadito, cuidadito!, puede que donde menos sepiense salte la liebre, y tengamos rabietas, y pruebecitas y trabajosque no tuvimos de niños....

No ser tonta entonces.... ¿eh? Ya sabemosque Aquel que anda por allá arriba moviendo aquellas estrellas tanpreciosas, es el único que nos entiende y nos consuela cuando a Él leparece... mira, en vez de tanto trapo como has metido en las maletas,mete paciencia, ¡chiquilla! mete paciencia.

Es mejor aún que el árnica ylos emplastos...; si a quien era tan grande le hizo falta para aguantaraquella cruz, tú que eres chiquitita....

Durara aún la homilía, acompañada de blandos golpecitos en los hombros,a no interrumpirla la trepidación del tren, brusca como la realidad.Produjose confusión momentánea. Se apresuró el novio a despedirse detodo el mundo con cierta llaneza cordial, donde ojos expertos podíanadvertir matices de afectación y superioridad protectora. Al suegroabrazó con un solo abrazo, y recostole en el hombro la mano, pulcramentecalzada con guante de castor, color bronce.

—Escriba usted si se enferma la chica—suplicó con paternal angustia,preñado de lágrimas los ojos, el viejo.

—Pierda usted cuidado, señor Joaquín..., ¡no hay que afectarse, vamos!,cuenta con esa salud.... Adiós, Mendoya, adiós, Santián.... Gracias,gracias. Señor gobernador de la provincia, a mi vuelta, reclamo esasofrecidas botellas de Pedro Jiménez.... ¡No se haga usted el olvidadizo!Lucía, hay que subirse: el tren andará en seguida, y las señoras nopueden....

Y con ademán cortés y discreto ayudó a subir a la novia, empujándolalevemente por el talle.

Después saltó él, sin casi apoyarse en elestribo, arrojando antes el puro a medio fumar.

Ya oscilaba la férrea culebra cuando él penetró en el departamento,cerrando la portezuela tras de sí. El compasado balance fueacelerándose, y el tren completo cruzó ante las gentes de la despedida,dejándoles en los ojos confusos torbellino de líneas, de colores, denúmeros, la visión rápida de las cabezas asomadas a todas lasventanillas. Algún tiempo se distinguió la cara de Lucía, sofocada ybañada en llanto, y su pañuelo que se agitaba, y oyose su voz diciendo:Adiós, papá..., padre Urtazu, adiós, adiós.... Rosario.... Carmen...,abur.... Al fin se perdió todo en la distancia, la escamosa sierpe deltren revelose a lo lejos por una mancha obscura, luego por desmadejadopenacho de turbio vapor, que presto se disipó también en el ambiente.Más allá del andén, extrañamente silencioso ya, resplandecía el cieloclaro, de acerado azul; se extendían monótonas las interminablescampiñas; los rieles señalaban como arrugas en la árida faz de latierra. Un gran silencio pesaba sobre la estación. Quedáronse inmóvileslos acompañantes, como sobrecogidos por el aturdimiento de la ausencia.Fueron los amigos del novio los primeros en moverse y hablar. Sedespidieron del padre con rápidos apretones de mano y frases trivialesde sociedad, un tanto descuidadas en la forma, como dirigidas desuperior a inferior; tras de lo cual, el pelotón entero tomó el caminode la ciudad, reanudando la broma y algazara.

Por su parte, el séquito de la novia empezó a animarse también, y avueltas de algún suspiro y de limpiarse los ojos con los pañuelos y auncon el dorso de la mano, fueron rebullendo los grupos de hormigasnegras, con ánimo de abandonar el andén. La incontrastable fuerza de loshechos las empujaba a la vida real. Hasta el padre sacudió la cabeza,alzó con elocuente resignación los hombros, y rompió el primero a andar.A su lado iba el jesuita, que estiraba su corta estatura para hablarle,sin conseguir, a pesar de sus laudables esfuerzos, que el cerquillo desu corona pasase más allá de los atléticos hombros del viejo afligido.

—¡Vaya, señor Joaquín—decía el padre Urtazu—, que ahora sienta bienesa cara de Viernes santo! ¡No parece sino que a la chica se la llevanrobada y que usted no es gustoso en el enlace!

¡Pues estamos buenos,hombre! ¿No ha sido usted mismo, desgraciado, quien resolvió estecasorio? ¿A qué vienen los gimoteos?

—¡Y si en todo lo que uno hace estuviese seguro del acierto!—pronunciócon ahogada voz el señor Joaquín, balanceando su cuello de toro.

—Eso se mira antes..., ¡pero teníamos tanta prisa..., tanta prisa, queno sé para qué sirven esos pelos blancos y esos añitos que llevamosacuestas! Lo mismito estábamos que los chicos de mi clase cuando lesofrezco contarles algo, que se les despierta la curiosidad... y no lescabe en el cuerpo la impaciencia. A fe de Alonso, que parecía usted lanovia... digo, no; porque la novia, maldito el apuro que....

—¡Ay padre! ¿Si tendría usted razón? usted quería diferir la boda....

—No, poco a poco; cepitos quedos, amigo: yo quería no hacerla. Soy muyclaro.

El señor Joaquín se puso más tétrico aún.

—¡Por vida de la Constitución! ¡Qué aprieto y qué compromiso es para unpadre!...

—Tener hijas—concluyó el jesuita con su vaga sonrisa, adelantando elbelfo labio, en mueca de benévolo desdén. Y añadió—: El peor aprieto esser más terco que una mula, con perdón sea dicho, y creer que el pobrePadre Urtazu sólo entiende de sus piedras y de sus astros y de sumicroscopio, y es un bolonio, un simplón, para aconsejar en la vida....

—No me aflija usted más, Padre. Harto tendré con no ver a Lucía en quésé yo qué tiempo.

Sólo me faltaba que también salga mal la cosa, y quepase ella penas....

—Bueno, bueno. Déjese de eso ya: a lo hecho, pecho. Esto dematrimonios, sólo lo ata y lo desata el de arriba. ¿Y quién sabe sisaldrá muy bien, a pesar de todos mis agüeros y mis necedades? Porque¿quién soy yo sino un cegato, un miope? ¡Bah! Esto es como lo que pasacon el microscopio. Mira usted una gota de agua a simple vista ¡y parecetan clara!, vamos, que dan ganas de bebérsela. Pero aplique ustedaquellos lentecicos y... ¡zas, zis!, ya se encuentra usted con losbicharracos y las bacterias que bailan dentro un rigodón.... Pues el queanda por allá, encimita de las nubes, también ve cosas que a los bobosde por acá nos parecen tan sencillas... y para él tienen su quid....¡Bah, bah!, él se encargará de arreglarnos las cosas... nosotros, ni quenos empeñemos.

—Lleva usted razón.... Dios sobre todo—aprobó el señor Joaquín,arrancando doliente suspiro de la vasta cavidad de su pecho. Esta noche,con el mal rato, la condenada asma va a darme qué hacer.... Encuentro yala respiración muy corta. Dormiré, si duermo, casi incorporado.

—Llame, llame a ese mala cabeza de Rada... tiene mucho acierto—murmuróel jesuita considerando compadecido, a la luz oblicua del sol de otoño,la inyectada tez y los ojos edematosos del viejo.

Mientras el acompañamiento desfilaba, con lentitud de duelo, por lascalles mal empedradas de León, el tren corría, corría, dejando atrás lasinterminables alamedas de chopos que parecen un pentagrama donde fuesenlas notas verde claro, sobre el crudo tono rojizo de las llanadas.

HechaLucía un ovillo en la esquina del departamento, sollozaba sin amargura,con algún hipo, con vehemente llanto de niña inconsolable. Biencomprendía el novio que le tocaba decir algo, mostrarse afectuoso,compartir aquel primer dolor, ponerle término; mas hay en la vidasituaciones especiales, casos en que no tropieza ni se embaraza la gentesencilla, y en que acaso el hombre de mundo y experiencia se convierteen doctrino. Preferible es en ocasiones un adarme de corazón a unaarroba de habilidad; donde fracasan las huecas fórmulas, vence elsentimiento, con su espontánea elocuencia. A fuerza de quebrarse loscascos ideando manera de anudar el diálogo con su esposa, ocurriole alnovio aprovechar una circunstancia insignificante.

—Lucía—le dijo en voz algo turbada—múdate de ventanilla, hija mía,córrete acá; ahí te da el sol de lleno, y es tan malsano....

Levantose Lucía con automática rigidez, pasó al lado opuesto deldepartamento, y dejándose caer de golpe, tornó a cubrir el semblante conel fino pañuelo, y se oyeron otra vez sus sollozos y el anhelar de suseno juvenil.

Levemente frunció el ceño el novio, que no en vano había corridocuarenta y pico de años de la vida cercado de gentes de festivo humor yfácil trato y huyendo de las escenas de lagrimitas y de lástimas ydisgustos que alteraban por extraño modo el equilibrio de sus nervios,desagradándole como desagrada a las gentes de mediano nivel intelectualel sublime horror de la tragedia. Al gesto con que manifestó suimpaciencia, siguió un alzar de hombros que claramente quería decir:«Caiga el chubasco, que el aguase agota también, y tras de la lluviaviene el buen tiempo».

Resuelto, pues, a aguardar que descargase lanube, dio comienzo a minucioso examen de sus enseres de camino,enterándose de si abrochaban bien las hebillas del correaje de la manta,y de si su bastón y paraguas iban en debida y conveniente forma liadoscon el quitasol de Lucía.

Cerciorose asimismo de que una cartera decuero de Rusia y plateados remates que pendiente de una correa llevabaterciada al costado, abría y cerraba fácilmente con la llavecica deacero, que volvió a guardar en el bolsillo del chaleco, con cuidadosumo. Después sacó de las hondas faltriqueras del sobretodo el Indicador de los Caminos de Hierro, y con el dedo índice, fuerecorriendo las estaciones del itinerario de viaje.

-II-

Es de rigor saber de qué boca partió el soplo que encendió la antorchade aquellas nupcias.

Mancebo, en los verdores de la edad, fuerte como un toro y laboriosocomo manso buey, salió de su patria el señor Joaquín, a quien entoncesnombraban Joaquín a secas. Colocado en Madrid en la portería de unmagnate que en León tiene solar, dedicose a corredor, agente de negociosy hombre de confianza de todos los honrados individuos de lamaragatería. Buscabales posada, proporcionabales almacén seguro para lacarga, se entendía con los comerciantes y era en suma la providencia dela tierra de Astorga. Su honradez grande, su puntualidad y su celo legranjearon crédito tal, que llovían comisiones, menudeaban encargos, ycaían en la bolsa, como apretado granizo, reales, pesos duros ydoblillas en cantidad suficiente para que, al cabo de quince años dellegado a la corte, pudiese Joaquín estrechar lazos eternos con unaconterránea suya, doncella de la esposa del magnate y señora tiempohacía de los enamorados pensamientos del portero; y verificado ya elconnubio, establecer surtida lonja de comestibles, a cuyo frentecampeaba en doradas letras un rótulo que decía: El Leonés.Ultramarinos. De corredor pasó entonces a empresario de maragatos;comproles sus artículos en grueso y los vendió en detalle; y a élforzosamente hubo de acudir quien en Madrid quería aromático chocolatemolido a brazo, o esponjosas mantecadas de las que sólo las astorganassaben confeccionar en su debido punto. Se hizo de moda desayunarse conel Caracas y las frutas de horno del Leonés; comenzó el magnate, suantiguo amo, dándole su parroquia, y tras él vino la gente de altocopete, engolosinada por el arcaico regalo de un manjar digno de la mesade Carlos IV y Godoy. Y fue de ver como el señor Joaquín, ensanchandolos horizontes de su comercio, acaparó todas las especialidadesnacionales culinarias: tiernos garbanzos de Fuentesaúco, crasos chorizosde Candelario, curados jamones de Caldelas, dulce extremeña bellota,aceitunas de los sevillanos olivares, melosos dátiles de Almería yáureas naranjas que atesoran en su piel el sol de Valencia. De estasuerte y con tal industria granjeó Joaquín, limpia si no hidalgamente,razonables sumas de dinero; y si bien las ganó, mejor supo despuésasegurarlas en tierras y caserío en León; a cuyo fin hizo frecuentesviajes a la ciudad natal. A los ocho años de estéril matrimonio nacioleuna niña grande y hermosa, suceso que le alborozó como alborozaría a unmonarca el natalicio de una princesa heredera; más la recia madreleonesa no pudo soportar la crisis de su fecundidad tardía, y enfermasiempre, arrastró algunos meses la vida, hasta soltarla de malísimagana. Con faltarle su mujer, faltole al señor Joaquín la diestra mano, yfue decayendo en él aquella ufanía con que dominaba el mostrador,luciendo su estatura gigantesca, y alcanzando del más encumbrado estantelos cajones de pasas, con sólo estirar su poderoso brazo y empinarse unpoco sobre los anchos pies. Se pasaba horas enteras embobado, fija lavista maquinalmente en los racimos de uvas de cuelga que pendían deltecho, o en los sacos de café hacinados en el ángulo más obscuro de lalonja, y sobre los cuales acostumbraba la difunta sentarse para hacercalceta. En suma, él cayó en melancolía tal, que vino a serieindiferente hasta la honrada y lícita ganancia que debía a su industria:y como los facultativos le recetasen el sano aire natal y el cambio devida y régimen, traspasó la lonja, y con magnanimidad no indigna de unsabio antiguo, retirose a su pueblo, satisfecho con lo ya logrado, y sinque la sedienta codicia a mayor lucro le incitase. Consigo llevó a laniña Lucía, única prenda cara a su corazón, que con pueriles graciascomenzaba ya a animar la tienda, haciendo guerra crudísima y sin treguaa los higos de Fraga y a las peladillas de Alcoy, menos blancas que losdientes chicos que las mordían.

Creció la niña como lozano arbusto nacido en fértil tierra: dijérase quese concentraba en el cuerpo de la hija la vida toda que por su causahubo de perder la madre. Venció la crisis de la infancia y pubertad sinninguno de esos padecimientos anónimos que empalidecen las mejillas yapagan el rayo visual de las criaturas. Equilibráronse en su ricoorganismo nervios y sangre, y resultó un temperamento de los que ya vanescaseando en nuestras sociedades empobrecidas.

Se desarrollaron paralelamente en Lucía el espíritu y el cuerpo, comodos compañeros de viaje que se dan el brazo para subir las cuestas yandar el mal camino; y ocurrió un donoso caso, que fue que mientras elmédico materialista, Vélez de Rada, que asistía al señor Joaquín, sedeleitaba en mirar a Lucía, considerando cuán copiosamente circulaba lavida por sus miembros de Cibeles joven, el sabio jesuita, padre Urtazu,se encariñaba con ella a su vez, encontrándole la conciencia clara ydiáfana como los cristales de su microscopio: sin que se diesen cuentade que acaso ambos admiraban en la niña una sola y misma cosa, vista pordistinto lado, a saber: la salud perfecta.

Quiso el señor Joaquín, a su modo, educar bien a Lucía; y en efecto,hizo cuanto es posible para estropear la superior naturaleza de su hija,sin conseguirlo, tal era ella de buena. Impulsado, por una parte, por eldeseo de dar a Lucía conocimientos que la realzasen, recelando, de otra,que se dijese por el pueblo en son de burla que el tío Joaquín aspirabaa una hija señorita, educola híbridamente, teniéndola como externa en uncolegio, bajo la férula de una directora muy remilgada, que afirmabasaberlo todo. Allí enseñaron a Lucía a chapurrear algo el francés y ateclear un poco en el piano; ideas serias, perdone usted por Dios;conocimientos de la sociedad, cero; y como ciencia femenina-cienciaharto más complicada y vasta de lo que piensan los profanos—, algunalaborcica tediosa e inútil, amén de fea; cortes de zapatillas de pésimogusto, pecheras de camisa bordadas, faltriqueras de abalorio...Felizmente el padre Urtazu sembró entre tanta tierra vana unos cuantosgranitos de trigo, y la enseñanza religiosa y moral de Lucía fue, aunquesumaria, recta y sólida, cuanto eran fútiles sus estudios de colegio.Tenía el padre Urtazu más de moralista práctico que de ascético, y laniña tomó de él más documentos provechosos para la conducta, quedoctrina para la devoción. De suerte que sin dejar de ser buenacristiana, no pasó a fervorosa. La completa placidez de su temperamentovedaba todo extremo de entusiasmo a su alma: algo había en aquella niñadel reposo olímpico de las griegas deidades; ni lo terrenal ni lo divinoagitaban la serena superficie del ánimo. Solía decir el padre Urtazu,adelantando el labio con su acostumbrado visaje:

—Estamos dormiditos, dormiditos; pero ya sé yo que no estamosmuertecitos... y el día en que nos despertemos... tendrá que ver. Diosquiera que para bien sea.

Eran las amigas de Lucía Rosarito, la hija de la fondista doña Agustina;Carmen, la sobrina del magistral, y varias doncellas de análogaposición, entre las cuales muchas soñaban con el blando sosiego, con laapacible uniformidad de la vida conventual, y hacían pintura tentadorade las delicias del claustro, del sentimiento suavísimo del día de laprofesión, cuando coronadas de flores bajo el cándido velo, seofreciesen a Cristo, con el refinado dulzor de añadir: «para siempre,para siempre». Oíalas Lucía sin que una sola fibra de su serrespondiese, vibrando, a aquel ideal. La vida activa la llamaba convoces enérgicas y profundas. No obstante, tampoco la inspiraban deseo deimitarlas otras compañeras suyas, a quienes veía esconder furtivamenteen el corpiño la cartita, o asomarse al balcón prontas, ruborizadas yansiosas. En su infancia, prolongada por la inocencia y la radiantesalud, no cabían más placeres que correr por las alamedas que a Leónrodean, brincar con regocijo, cual pudiera adolescente ninfa retozandopor los valles helenos.

Creía el señor Joaquín a pie juntillas haber dado educación bastante asu hija, y aun le pareció de perlas el destrozo de valses y fantasías que sin compasión ejecutaban en el piano sus dedos inhábiles. Por muyrecóndita que la guardase allá en los postreros rincones delpensamiento, no faltaba al leonés la aspiración propia de todo hombreque ejerce humildes oficios, y se ganó con sudores el pan, de que sudescendencia beneficiase tamaños esfuerzos, ascendiendo un peldaño en laescala social. Bien llevaría él en paciencia continuar siendo tan tíoJoaquín como siempre; no tenía ínfulas de ricachón, y era en genio ytrato sencillo con extremo; pero si renunciaba al señorío en su persona,no así en la de su hija; parecíale oír voz que le decía, como las brujasa Banquo: «No serás rey, pero engendrarás reyes.» Y luchando entre elmodesto convencimiento de su falta absoluta de rango, y la certeza moralde que Lucía a grandes puestos estaba destinada, vino a parar a larazonable conclusión de que el matrimonio realizaría la anheladametamorfosis de muchacha en dama. Un yerno empingorotado fue desdeentonces anhelo perenne del antiguo lonjista.

Ni eran estas las únicas flaquezas y manías del señor Joaquín. Otrastuvo, que descubriremos sin miramientos de ninguna especie. Fue quizá lamayor y más duradera su desmedida afición al café, afición contraída enel negocio de ultramarinos, en las tristes mañanas de invierno, cuandola escarcha empaña el vidrio del escaparate, cuando los pies se hielanen la atmósfera gris de la solitaria lonja, y el lecho recién abandonadoy caliente aun por ventura, reclama con dulces voces a su mal despiertoocupante. Entonces, semiaturdido, solicitando al sueño por lasexigencias de su naturaleza hercúlea y de su espesa sangre, cogía elseñor Joaquín la maquinilla, cebaba con alcohol el depósito, prendíafuego, y presto salía del pico de hojalata negro y humeante río de café,cuyas ondas a la vez calentaban, despejaban la cabeza y con la levefiebre y el grato amargor, dejaban apto al coloso para velar y trabajar,sacar sus cuentas y pesar y vender sus artículos. Ya en León, y árbitrode dormir a pierna suelta, no abandonó el señor Joaquín el adquiridovicio, antes lo reforzó con otros nuevos: acostumbrose a beber laobscura infusión en el café más cercano a su domicilio, y a acompañarlacon una copa de Kummel y con la lectura de un diario político, siempreel mismo, invariable. En cierta ocasión ocurrió al Gobierno suspender elperiódico una veintena de días, y faltó poco para que el señor Joaquínrenunciase, de puro desesperado, al café. Porque siendo el señor Joaquínespañol, ocioso me parece advertir que tenía sus opiniones políticascomo el más pintado, y que el celo del bien público le comía, ni más nimenos que nos devora a todos. Era el señor Joaquín inofensivo ejemplarde la extinguida especie progresista: a querer clasificarlocientíficamente, le llamaríamos la variedad progresista de impresión. Laaventura única en su vida de hombre de partido, fue que cierto día, unpersonaje político célebre, exaltado entonces y que con armas y bagajesse pasó a los conservadores después, entrase en su tienda a pedirle elvoto para diputado a Cortes. Desde aquel supremo momento quedó mi señorJoaquín rotulado, definido y con marca; era progresista de los del señordon Fulano. En vano corrieron años y sobrevinieron acontecimientos, yemigraron las golondrinas políticas en busca siempre de más templadaszonas; en vano mal intencionados decían al señor Joaquín que su jefe ynatural señor el personaje era ya tan progresista como su abuela; quehasta no quedaban sobre la haz de la tierra progresistas, que éstos erantan fósiles como el megaterio y el plesiosauro; en vano le enseñaban losmil remiendos zurcidos sobre el manto de púrpura de la voluntad nacionalpor las mismas pecadoras manos de su ídolo; el señor Joaquín, ni poresas, erre que erre y más firme que un poste en la adhesión que al donFulano profesaba. Semejante a aquellos amadores que fijan en la mente laimagen de sus amadas tal cual se les apareció en una hora culminante ymemorable para ellos, y, a despecho de las injurias del tiempoirreverente, ya nunca las ven de otro modo, al señor Joaquín no le cupojamás en la mollera que su caro prohombre fuese distinto de como era enaquel instante, cuando encendido el rostro y con elocuencia fogosa ytribunicia se dignó apoyarse en el mostrador de la lonja, entre un pilónde azúcar y las balanzas, demandando el sufragio. Suscrito desdeentonces al periódico del consabido prohombre, compró también una malalitografía que lo representaba en actitud de arengar, y añadido el marcodorado imprescindible, la colgó en su dormitorio entre un daguerrotipode la difunta y una estampa de la bienaventurada virgen Santa Lucía, queenseñaba en un plato dos ojos como huevos escalfados. Acostumbrose elseñor Joaquín a juzgar de los sucesos políticos conforme a la pautillade su prohombre, a quien él llamaba, con toda confianza, por su nombrede pila. Que arreciaba lo de Cuba: ¡bah! dice don Fulano que es asuntode dos meses la pacificación completa. Que discurrían partidas por lasprovincias vascas: ¡no asustarse!; afirma don Fulano que el partidoabsolutista está muerto, y los muertos no resucitan. Que hay profundaescisión en la mayoría liberal; que unos aclaman a X y otros a Z...Bueno, bueno; don Fulano lo arreglará, se pinta él solo para eso. Quehambre.... ¡sí, que se mama el dedo don Fulano!, ahora mismito van aabrirse los veneros de la riqueza pública.... Que impuestos....

¡donFulano habló de economías! Que socialismo.... ¡paparruchas! ¡Atrévansecon don Fulano, y ya les dirá él cuántas son cinco! Y así, sin más dudasni recelos, atravesó el señor Joaquín la borrasca revolucionaria y entróen la restauración, muy satisfecho porque don Fulano sobrenadaba, y seapreciaban sus méritos, y tenía la sartén por el mango hoy como ayer.

Dado tal linaje de culto, juzgue el pío lector cuál sería el gozo,confusión y anonadamiento del señor Joaquín, al recibir una mañana a ungrave y apuesto sujeto, encargado de saludarle de parte del mismísimoDon Fulano.

Llamábase el visitante D. Aurelio Miranda, y desempeñaba en León uno deesos destinos que en España abundan, no por honoríficos peorretribuídos, y que sin imponer grandes molestias ni vigilias, abren laspuertas de la buena sociedad, prestando cierta importancia oficial:género de prebendas laicas, donde se dan unidas las dos cosas queasegura el refrán no caber en un saco.

Era Miranda de origen y familiaburocrática, en la cual se transmitían y como vinculaban los elevadospuestos administrativos, merced a especial maña y don de gentesperpetuado de padres a hijos, a no sé qué felina destreza en caersiempre de pie y a cierta delicada sobriedad en esto de pensar y opinar.Logró la estirpe de los Mirandas teñirse de matices apagados ydistinguidos, sobre cuyo fondo, así podía colocarse insignia blanca,como roja divisa; de suerte, que ni hubo situación que no les respetase,ni radicalismo que con ellos no transigiera, ni mar revuelto obonancible en que con igual fortuna no pescaran. El mozo Aurelio casinació a la sombra protectora de los muros de la oficina: antes quebigote y barba tuvo colocación, conseguida por la influencia paterna,reforzada por la de los demás Mirandas. Al principio fue una plaza demenor cuantía, que cubriese los gastos de tocador y otras menudenciasdel chico, derrochador de suyo; en seguida vinieron más pingües brevas,y Aurelio siguió la ruta trillada ya por sus antecesores.

Con todo esto,veíase que algo degeneraba en él la raza: amigo de goces, de ostentacióny vanidades, faltabale a Aurelio el tino exquisito de no salir demediano por ningún respecto, y carecía de la formalidad exterior, delcompasado porte que a los Mirandas pasados acreditaba de hombres de sesoy experiencia y madurez política. Comprendiendo sus defectos, tratóAurelio de beneficiarlos diestramente, y más de una blanca y pulcra manoemborronó por él perfumadas esquelas con eficaces recomendaciones parapersonajes de muy variada ralea y clase. Asimismo se declaró granamigote y compinche de algunos prohombres políticos, entre ellos el donFulano que ya conocemos. No habló jamás con ellos diez palabrasseguidas que a política se refiriesen: contábales las noticias del día,el escándalo fresco, el último dicharacho y la más reciente caricatura;y de tal suerte, sin comprometerse con ninguno se vio favorecido yservido de todos.

Agarrose, como nadador inexperto, a los hombros de tanprácticos buzos, y acá me sumerjo, y acullá me pongo a flote, fuesorteando los furiosos vendavales que azotaron a España, y continuandola tradición venerable de los Mirandas. Pero también la influencia segasta y agota, y llegó un período en que, mermada la de Aurelio, noalcanzó a mantenerle en el único punto para él grato, en Madrid, y hubode irse a vegetar a León, entre el Gobierno civil y la Catedral,edificios que ni uno ni otro le divertían. Lo que singularmente amargabaa Aurelio, era comprender que su decadencia administrativa nacía de otrodecaimiento irreparable, a saber, el de su persona. Cumplida lacuarentena de años, faltábanle ya los billetitos de recomendación o porlo menos no eran tan calurosos: en los despachos de las notabilidadesiba siendo su persona como un mueble más, y hasta él mismo sentíaapagarse su facundia. La madurez se revelaba en él por un salto atrás;íbasele metiendo en el cuerpo la seriedad de los Mirandas; y de amablecalavera, pasaba a hombre de peso. No del todo extrañas a talmetamorfosis debían ser algunas dolencias pertinaces, protesta delhígado contra el malsano régimen, mitad sedentario y mitad febril, tantotiempo observado por Aurelio. Así es que, aprovechando la estancia enLeón, y los conocimientos y acierto singular de Vélez de Rada, dedicosea reparar las brechas de su desmantelado organismo; y la vida metódica yla formalidad creciente de sus maneras y aspecto, que en la corte laperjudicaban revelando que empezaba a ser trasto arrumbado y sin uso,sirviéronle en el timorato pueblo leonés de pasaporte, ganándolesimpatías y fama de persona respetable y de responsabilidad y crédito.

Solía Miranda hacer, de pascuas a ramos, tal cual escapatoria a Madrid,y en una de las últimas encontró al Don Fulano del señor Joaquín—aquien llamaremos Colmenar por respetos a su incógnito—, amostazado yfurioso con otro Don Zutano que se empeñaba en desbaratarle suscombinaciones todas y en echarle por tierra todas sus hechuras. No habíamanera de arreglarse con aquel diablo de hombre, que así cortaba ysegaba en el granado campo de los adictos colmenaristas. El destino deMiranda, a la sazón, estaba comprometidísimo. Pegó Miranda al escucharloun brinco en el muelle diván.

—Nada, hombre—prosiguió Colmenar—: así como te lo digo. Basta que yotenga interés en conservar a uno, para que lo barra él.... Es cosa fija.Y no hay modo de evitarlo. El pega sin duelo.

—Yo—contestó Miranda—, si todo se redujese a salir de León....Porque, la verdad sea dicha, aquel pueblo me encocora, aunque tiene susventajas... Pero si las cosas llegan más allá, lucido quedo.

—No, pues lo probable es que lleguen.... La fortuna es enemiga de losviejos, y nosotros vamos siéndolo ya.... Tú estás muy arruinado de algúntiempo a esta parte. Ese pelo.... ¿Te acuerdas qué famoso pelazo tenías?Pronto recurriremos ambos al aceite de bellotas, como remedio heroico.

—Hombre...—exclamó Miranda atusándose los mechones de las sienes conel ademán belicoso de los pasados días—. Cualquiera pensará que estoycalvo. Pues aún me defiendo muy bien. Los padecimientos me tienen así,un poco....

—¿Estás enfermo? ¡Goteras, chico, goteras!

—Una afección hepática, complicada con.... Pero en aquel puebloanticuado de León di con un facultativo de lo más moderno, unsabio—apresurose a añadir Miranda viendo el gesto aburrido delprohombre, que temía el relato de la enfermedad—. Te aseguro que Vélezde Rada es un prodigio... Materialista cerrado, eso sí....

—Como todos los médicos...—Y Colmenar se encogió de hombros—. ¿Y...qué tal? ¿Haces muchas conquistas en León? ¿Son blandas de corazón lasleonesitas?

—¡Bah! gazmoñillas—pronunció Miranda, que en confianza y reserva sepermitía su poco de irreligiosidad—. Tráenlas los jesuitas embobadascon cofradías y novenas, y andan comiéndose los santos.... Sociedad,poca; cada uno en su casa y Dios en la de todos. No deja, por otraparte, de convenirme, puesto que he menester descanso y método....

Colmenar oía baja la vista, contando los arabescos de la tupidaalfombra.

Alzó al fin la cabeza y diose una palmada en la frente.

—Me ocurre una idea sin ejemplar—dijo, repitiendo la célebre frase delministro portugués.—

Chico, ¿por qué no te casas?

—¡No está mala la ocurrencia! ¡Sí, que son baratas las mujercitas enestos tiempos... y lo que viene después! Al que no quiere caldo, taza ymedia: a quedarme sin destino voy quizás, ¡y de casamiento me hablas!

—Tonto, no te propongo mujer que te haga peso, sino que te traigapesos.

Y el prohombre celebró su propio retruécano disparando larga risa.Miranda quedose pensativo mascando la miga de la proposición, cuyasventajas le saltaron a los ojos prontamente. Ningún medio más acertadopara prevenir las embestidas de la mala fortuna y asegurar el dudosoporvenir, mientras no emigrasen del todo los ya ralos cabellos, y nodesapareciese el barniz de gallardía que aún abrillantaba su persona.Por otra parte, León era ciudad que involuntariamente sugería ideasmatrimoniales. ¿Qué hacer sino casarse allí donde todo era calma ytedio, donde la soltería inspiraba desconfianza, donde la másinsignificante aventurilla provocaba los furiosos ladridos delescándalo? Así es que dijo en voz alta:

—Es cierto, chico; en León le entran a uno ganas de casarse y de vivirsantamente.

—Es que para ti—insistió Colmenar—es ya de necesidad el consorcio.Aparte de que eres mayor de edad... (aquí sonrió maliciosamente) y si noquieres llamarte solterón debes pensar en bodas, lo reclama tu salud...y tus pesetas. Si no puedes sostenerte, ¿cómo te las compones?

Supongoque no tendrás economías.

—¡Economías yo! Au jour le jour—dijo Miranda, pronunciando concierta soltura la frasecilla transpirenaica.

—Pues entonces, il faut faire une fin—replicó Colmenar, muysatisfecho de poder lucirse a su vez.

—El caso es dar con la mujer, con el ave fénix—murmuró Mirandameditabundo—. No, lo que es niñas casaderas no faltan; pero yo ahoraperdí el rumbo aquí.... Dime tú....

—¡Niñas de aquí! ¡Líbrete de ellas Dios! Más temibles son que elcólera. ¿Sabes tú las exigencias que tiene cualquiera de esos angelitos?¿Sabes tú cómo las gastan?...

—De modo que....

—La mujer que tú necesitas está en León mismo.

—¡En León!... Sí, en efecto acaso allí sea más fácil.... Pero noveo... Las de Arga, tienen ya novio; Concha Vivares sólo es rica enesperanzas, hay una tía que piensa dejarle su herencia: mas de aquí aque estire la pata.... La de Hornillos... no; la de Hornillos sólo tienepergaminos, y eso no se echa en el puchero....

—Te andas por las alturas... el ramo de señoritas está mal: aguárdate,que voy a decirte....

Levantose Colmenar, y abriendo un cajón de su pupitre, sacó una tira depapel, rancia y amarillosa, cubierta de nombres, que recordaba laslistas de proscripción. Y lista era, en efecto: allí estaban inscritospor riguroso orden alfabético los feudatarios de la gran personalidadcolmenariana, en las diversas provincias de la Península; habíaapellidos que tenían al pie una A mayúscula, que significaba adicto;otros señalados con M A, muy adicto, alguno llevaba agregada una D, dudoso.

El prohombre apoyó el dedo índice en uno de las nombres honrados con laM A.

—Te propongo—dijo Miranda—una niña de pocos años, que acaso llegue, yaún pase, de los dos millones de capital.

Abrió Miranda tamaño ojo, y tendió la mano para apoderarse de labienhadada lista.

—¡Así como suena!—exclamó—. Pero es que no hay como tú para taleshallazgos.

—¿No conoces en León a la persona aquí apuntada?—siguió Colmenarseñalando con la uña el renglón de la lista—. ¿Un viejo muy guapo yfornido, muy tieso aún, Joaquín González, el Leonés?

¡El Leonés! Si no hay cosa que más conozca. Varias veces vino aasuntos al Gobierno civil de León. Claro que le conozco. Y ahorarecuerdo; es verdad que tiene una chica, pero en esa sí que no me fijéjamás. Se la ve muy poco.

—Hacen vida modesta. Duplicará el capital en diez años—, ¡paraagenciar es mucho hombre el Leonés! Un infeliz, un simplón en lorestante; en política no ve más allá de sus narices el pobre; pero hasabido crearse una fortuna. No tiene sino esa niña y adora en ella.

—¿Y crees tú que no tendrá ya la chiquilla sus amoríos?

—¡Bah... es tan joven! En presentándote tú... con tu buen trato, y tupráctica en tales lides....

—Será una paleta, fea por añadidura.

—Fue su padre arrogante mozo, y su madre una morena agraciada; ¿por quéha de ser fea la chica? Ni hay quince años feos. Estará por desbastar,eso sí; pero entre tú y una modista...

cuestión de un mes. Mucho másaptas son las mujeres para civilizarse y pulirse que los hombres..Enséñales el instinto de agradar lo que cien maestros no pudieran.

—¿Y qué dirán de mí todas mis relaciones—sobre todo en León—,viéndome casado con la hija del Leonés?

—¡Bah, bah! eso es cuestión de trasladarse.... En casándoos solicitasbajo cuerda que te lleven a otro sitio... el viejo se queda por allácuidando de las rentas, y tú y la niña os estáis donde nadie sepa si laengendró un archiduque o el verdugo.... Por de pronto, en la luna demiel sales con tu mujer a dar una vuelta por Europa, y así te libras delas hablillas de la primera temporada. Y date prisa, antes que esa panzase ponga esférica, y ese cabello.... ¡Ay! ¡Y cómo pasa el tiempo!Envejecemos que es un dolor.

Miranda contemplaba la punta de su elegante bota de caña clara, yrascábase la frente cavilando.

—Medio de presentarme en esa casa—pronunció al cabo resueltamente—.Son personas de poco trato, y es preciso... yo no voy a pasearle lacalle a la mocosa, supongo.

—Llevarás una visita mía. ¡El viejo te recibirá mejor que al rey!

Y diciendo y haciendo, sentose el prohombre a la mesa atestada deperiódicos, cartas y libros, y tomando un pliego de timbrado papel, dejócorrer la mano garrapateando el blanco folio con su letra precipitada,ininteligible casi, de hombre abrumado de asuntos. Doblolo, deslizándolodentro de un sobre, y sin cerrarlo lo entregó a su amigo.

Al levantarse Miranda para despedirse, acercose a Colmenar, y,hablándole bajo, casi al oído, murmuró:

—Estás bien seguro... bien cierto de lo de... los dos mill....

—¡Me quedé corto! No tienes sino informarte allá. En conciencia, medebes una prima—y al decirlo, reíase el hombre político, y golpeaba aMiranda en las mejillas, cual si de un niño de ocho años se tratase.

Con tan alto patrocinio se presentó Miranda en la pacífica morada delfeudatario colmenarista, siendo en efecto recibido cual lo exigía elvenir de tal persona recomendado. Naturalmente se propuso no aparecer alpronto como candidato a la mano de Lucía. Sobre ser indelicadeza, fueracarencia de tacto; y además pretendía Miranda ante todo estudiar elterreno que pisaba.

Halló ser verdad cuanto le había anunciado elprohombre y aun algo más en lo tocante a bienes de fortuna: vio una casachapada a la antigua, tosca y popular en sus usos, pero honrada en todo,y un caudal sólido y seguro, diariamente acrecido por la celosaadministración del señor Joaquín y su sencillez y parsimonia. Es ciertoque el bueno del Leonés pareció a Miranda hombre de tediosa compañía, entodo vulgar e infeliz, corto de alcances, con sus ribetes de mentecato,pero hubo de sufrirlo, y aun de acomodarse a las ideas del viejo, tantoque éste llegó a no poder tomar café ni leer El Progreso Nacional,órgano de Colmenar, sin la salsa de los sabrosos comentarios que Mirandahacía a cada fondo, a cada suelto y gacetilla. Sabía Miranda de memoriael reverso, la cara interna de la política, y explicaba desenfadadamentelas solapadas alusiones, las reticencias hábiles, las sátiras finas queen todo periódico importante abundan y son eterno logogrifo para elcándido suscritor provinciano. De suerte que desde su intimidad conMiranda, gozaba el señor Joaquín el hondo placer de la iniciación ymiraba por cima del hombro a sus correligionarios leoneses, no admitidosen el santuario de la política reservada. Además de estos gustos que ala relación con Miranda debía, esponjábase el buen viejo—que ya sabemoscuán poco tenía de filósofo—cuando le encontraban las gentes mano amano con tan bien portado caballero, íntimo del gobernador y familiarcomensal de las gentes más encopetadas de la ciudad.

Vio Lucía sin disgusto al cortés y afable Miranda, y reparó con puerilcuriosidad el aseo de su persona, su calzado pulcro, sus níveos cuellos,los caprichosos dijes de su reloj y corbata: que toda mujer, compréndaloo no, se paga de exterioridades y menudencias por este estilo.

Además,poseía Miranda—y la desplegó—, una ciencia que llamar pudiéramos la deagradar por diversión. Traía a la niña diariamente alguna baratija, paraella desconocida hasta entonces, ya un cromo, ya una fotografía, yalindas flores, ya números de periódicos ilustrados, ya novelas de FernánCaballero o de Alarcón; y las graciosas chucherías que por las puertasde la anticuada casa se entraban, como partículas de la vida moderna,eran otras tantas bocas encomiadoras del dadivoso. Acertó éste a ponerseal nivel de conversación de Lucía, y mostrose muy enterado de cosasfemeniles, infantiles dijera mejor; y llegó el caso de que la niña leconsultase acerca de su peinado, de sus trajes, y Miranda muy serio ledispusiese bajar o subir dos centímetros el talle o el moño. Talesincidentes variaban un poco los iguales días de la doncellita leonesa,prestando atractivo al trato de su disimulado pretendiente.

En León causó al principio sorpresa grande que el currutaco Mirandaeligiese por amigo a un señor Joaquín, hombre en cuyos cuadrados hombrosparecía soldada y remachada la chaqueta; más presto anduvo la malicia elcamino necesario para llegar a racional explicación del fenómeno, ycomenzó Lucía a recibir larga broma de sus compañeras, que la aturdían afuerza de glosar la pasión del señor de Miranda, sus atenciones, susobsequios y rendimientos. Recibió ella la descarga risueña ysosegadamente, sin un sonrojo, sin perder minuto de sueño, sin que ellatir del corazón se le acelerase cuando Miranda, desahogado siempre,repicaba la campanilla o entraba haciendo ruido con las flamantes botas.Como ningún amoroso requiebro de Miranda vino a confirmar los dichos delas gentes, estaba Lucía descuidada y tranquila lo mismo que decostumbre. Pero Miranda, resuelto ya a dar cima a su empresa, yconsiderando suficiente la preparación, un día, después de haber tomadocafé y leído El Progreso Nacional con el señor Joaquín, le pidióredondamente a su hija.

Quedose el Leonés hecho un papanatas, sin saber qué decir ni qué caraponer. Realizábase del todo su sueño: el ingreso de Lucía en la esferaseñoril tan ambicionada. Mas seamos justos con el señor Joaquín: no lefaltó, en tan supremos instantes, la percepción lúcida de ciertos puntosnegros de la boda. Vio las edades diferentes, la hacienda de Mirandaincógnita, y clara y cierta la rica dote de su hija; en suma, tuvointuiciones pasajeras del cálculo inicuo que envolvía la demanda.

Eldemandante se mostró hábil estratégico previniendo en cierto modo lasospecha, y anticipándose a los pensamientos del padre.

—Yo—dijo—no tengo bienes de fortuna; poseo mi carrera, eso sí(Miranda había aprovechado los primeros años de su juventud haciéndoselicenciado en Derecho, como suele la mayoría de los españoles), y si eldestino me faltase, me sobran ánimos para trabajar y abrir bufete conmuy lucida clientela en Madrid. Deseo que mi mujer goce de cómodaposición, pero para ella, por ella sola; nada para mí; yo me basto a mímismo. La diferencia de caudal me retrajo mucho tiempo de pedir a Lucía;pero pudo más el afecto que me inspira tan preciosa e inocentecriatura.... Así y todo, a no asegurarme Colmenar que usted es personadesinteresada y de ánimo generoso, no me decidiera nunca....

—El señor Colmenar me favorece más de lo que merezco—respondió muyhueco el Leonés—; pero estas cosas han de pensarse.... Dese usted unavuelta por ahí....

—Dentro de quince días vendré a saber su resolución—repusodiscretamente Miranda cogiendo el sombrero.

Pasolos dado a Satanás, porque era ciertamente ridículo para un hombrede sus ínfulas y categoría pedir la hija de un tendero de ultramarinos,y haber de esperar, como quien dice, en la antesala de la lonja, a quese dignasen abrirle la puerta. Entretanto, el señor Joaquín, leyendosolo el periódico y paladeando solo el café, venía a echarle muy demenos, e íbase arraigando en su mente la idea de la boda. Cada díaconsideraba más adecuado para yerno al amigo de Colmenar.

Con todo, hizolo que suelen las gentes que gustan de seguir su inclinación sincontraer responsabilidad: asesorarse con algunas personas acerca delasunto, esperando que su aprobación le escudase. Hubo de salirlefrustrado el intento. El Padre Urtazu, consultado primero, exclamó consu franqueza navarra:

—A gato viejo rata tierna. No se pierde el don almibarado y pulido.¿Pero no ve, desgraciado, no ve que el merengue ese puede ser padre deLucía? ¡Sabe Dios las liebres que en su vida habrá corrido! SantísimaVirgen ¡qué de historias llevará escondiditas en los bolsillos dellevitín!

—Pero usted, ¿qué haría en mi caso, Padre Urtazu?

—¿Yo? Pensarlo, en vez de quince días, un año; ¡y otro año después, porlo que pudiera tronar!

—¡Por vida de la Constitución! Usted, Padre, no ha notado los méritosdel señor don Aurelio.

—Los méritos... los méritos.... ¡vaya unos méritos! ¡Pch, pch! ¡Si esmérito ir todo sopladico, y enseñando diez centímetros de puño decamisa... y darla de mozalbete, estando peor que yo, que canas tengo,pero al menos no se me cae la hoja!

Y el Padre Urtazu se tiraba enérgicamente de los cortos cabellosentrecanos que en sus sienes crecían, fuertes como matas de abrojos.

—¿Qué dice a eso la chica?—interrogó después de súbito.

—No hemos hablado aún....

—¡Pues eso es lo primero, desgraciado! ¡Ay, que con los años se nos vareblandeciendo la mollera! ¿A qué aguarda?

Vélez de Rada fue todavía más terminante y categórico.

¡Casar a su hija de usted con Miranda!—gritó enarcando las cejas ycolérico y descompuesto—. ¡Está usted loco! ¡El mejor ejemplar de razaque de diez años a esta parte encontré! ¡Una niña que tiene glóbulosrojos en la sangre, bastantes para surtir a cuantas muñequillas anémicasse pasean por Madrid! ¡Una estatura! ¡Un equilibrio! ¡Unos diámetros!

Ycon Miranda, que... (aquí la discreción profesional selló los labios delmédico, y reinó silencio en la estancia.)

—Señor Rada...—osó decir el señor Joaquín, que no entendía bien.

—¿Sabe usted, sabe usted cuál es el deber del padre que tiene una hijacomo Lucía? Pues buscar, como otro Diógenes, un hombre que enconstitución y riqueza de organismo la iguale, y unirlos. ¿Le parece austed que con este descuido que hay en los enlaces, con los sacrílegosconsorcios que solemos presenciar entre naturalezas pobres, viciadas,enfermas, y naturalezas sanas, es posible que muy pronto, a la vuelta detres o cuatro generaciones, sobrevenga la decadencia fatal de estospueblos de Europa? O qué, ¿se puede impunemente transmitir a nuestrostataranietos veneno y pus, en vez de sangre?

Salió el señor Joaquín del gabinete del Esculapio un tanto asustado,pero aún más confuso, sirviéndole únicamente de consuelo el pensar quelas desdichas vaticinadas a su prosapia no ocurrirían hasta dentro de unsiglo lo más pronto. Y el último percance que en sus consultasmatrimoniales le esperaba, fue con una hermana suya viejísima, en susmocedades planchadora y hoy pensionada y socorrida de su hermano. Lainfeliz, que arrastrado, había con su difunto vida de perros, exclamó encascajosa voz, alzando las secas manos y meneando la cabeza temblona:

—¿Miranda? ¿Miranda? Será un pillo, un condenado: ¡todos los hombresson unos condenados! que los parta un ra....

No quiso oír más el Leonés, y dio por terminadas las consultas.

Faltaba el fondo de la cuestión, el parecer de Lucía. Quebrábase elpadre la cabeza en busca de un medio diplomático de averiguarlo, cuandola misma niña se lo proporcionó.

—Papá—interrogó un día con la mejor fe del mundo—, ¿estará enfermo elseñor de Miranda?

Hace días que no viene por aquí.

Asió de los cabellos la ocasión el Sr. Joaquín y expuso los planes deMiranda. Lucía escuchaba atenta, con la sorpresa pintada en susbrillantes ojos.

—Mire usted—pronunció al cabo—. Pues acertaban Rosarito y Carmela alasegurar que el señor de Miranda venía a esta casa por mí. ¡Pero, quiénlo dijera!

—Vamos, hija; ¿qué le contesto a ese señor?—preguntó afanoso elLeonés.