Un Paseo por París Retratos al Natural by Roque Barcia - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.

Un paseo por Paris, retratos al natural

UN PASEO POR PARIS

RETRATOS AL NATURAL

POR

DON ROQUE BARCIA.

MADRID, 1863. IMPRENTA DE MANUEL GALIANO. Plaza de los Ministerios, 2.

ADVERTENCIA.

Después de las infinitas sandeces y extravagancias con que los delvecino imperio acostumbran á pasar ratos tan frecuentes de buen humor ácosta de nuestro país, apenas se concibe que no haya habido algunescritor español que dijera de ellos tantas verdades, cuantas son lasmentiras que ellos han dicho de nosotros.

Lo más que han hecho ciertos celosos escritores nacionales, ha sidovindicarnos de aquellas ingeniosas imposturas, de aquellos novelescosdespropósitos, como quien repele una invasión extraña; pero ninguno (quesepamos) ha hecho una expedición á sus tierras, con ánimo deliberado dever y de decir lo que por allí pasa, porque algo que merezca la pena deverse y de decirse debe pasar.

Esto es lo que, con escasísimos recursos y muy endebles fuerzas, vamos áhacer nosotros.

Ellos han venido á nuestra casa. Nosotros irémos á la suya, aunque hayuna diferencia capitalísima en el pensamiento y en la intencion con queellos han venido, y nosotros vamos.

Ellos han venido á oler y fisgar, para decir luego entre los suyos, nolo que han visto, sino lo que han soñado, ó lo que han querido soñarpara escribir una novela y producir un efecto cómico, á expensas de lahonra de un pueblo noble y generoso, brusco quizá, inculto tal vez, perogeneroso y confiado; tan generoso y tan confiado, que recibe con palmasy olivas á los que le insultan.

Nosotros irémos á oler y fisgar, para decir sencilla y buenamente lo quehemos olido y fisgado. Si es malo para ellos, que tengan paciencia; sies bueno, con su pan se lo coman, y nosotros procurarémos comer tambienlo que podamos, porque lo bueno es pan que debe comer todo el mundo.

Ellos han venido á burlarse.

Nosotros irémos á estudiar.

Ellos han sido novelistas.

Nosotros serémos historiadores.

Ellos han dicho la pura mentira, si es que hay mentiras puras.

Nosotros dirémos la pura verdad; la verdad sin dimes ni diretes, á labuena de Dios, á la pata la llana

, como dice la gente por estas buenastierras de

Morería

.

Las mil y una noches

que ellos han contado de nosotros, repugnan detal modo á la evidencia de los hechos, que si no pusieran el nombre denuestro asaeteado país, los mismos españoles no conoceriamos que sehablaba de España. Los mismos españoles creeriamos que se nos hacia ladescripcion de cómo viven algunas tribus de la Polinesia ó de lasMolucas.

Lo que nosotros dirémos de los franceses será un retrato tan al natural,un retrato tan candorosamente

parecido, que no habrá persona, por pocoinstruida que esté en materia de caractéres nacionales, que no eche dever por instinto que hablamos de Francia, aunque nosotros supusiéramosque la escena pasaba en la Nigricia. Todo eso tendrémos á nuestro favor:pagarémos deudas antiguas, dando verdades á trueque de embustes,agradeciendo y recomendando lo que juzguemos que debamos recomendar yagradecer.

Sufra, pues, el civilizadísimo Paris, el tan culto y refinado Paris, elParis tan sutil, tan impalpable y tan vaporoso; sufra, decimos, que un

tosco africano

se le entre por las puertas, sin decir tú ni mú, nisaco de paja, y le desdoble ciertos pliegues, y le adivine ciertascuitas, y le ponga el dedo en ciertas llagas, y quite la tierra deciertas sepulturas, y descubra ciertos cadáveres.

Lo vamos á decir con vergüenza; pero lo vamos á decir. Tenemos miedo, loque se llama miedo, de vernos en Paris. Nos parece (y lo hemos anotadoen nuestra cartera de viaje como un suceso previsto y corriente) queaquel coloso nos va á confundir con una mirada, si es que no se dignaaplastarnos con un pié; y que aún cuando tenga la indulgencia de noaplastarnos ó de no confundirnos, no vamos á saber por dónde entrar, nipor dónde salir en aquel laberinto formidable; de todo lo cualresultará que tendrémos que volvernos á nuestra humilde casa con lostiestos en la cabeza.

Presumimos que nos va á suceder lo que á los monos de poco tiempo: sesuben al árbol para coger cocos, y las más de las veces son aplastadospor la misma fruta que quieren coger.

Pero, en fin, lector mio, pecho al agua; vamos al maravilloso yestupendo Paris, á ese Paris que tantas veces habrá sonado en tusorejas, en tu pensamiento, en tu corazon, en tu fantasía … sobre todoen tu conciencia y en tu bolsillo. La ignorancia es muy atrevida, y losuplirá todo. ¡Buen ánimo, lector! ¡vamos á Paris!

Si vale juzgar por el plan que nos hemos formado anticipadamente, estosestudios comprenderán las siguientes séries.

PARIS MORAL, PARIS CURIOSO, CONSIDERACIONES Y DESPEDIDA.

El PARIS CURIOSO comprenderá una reseña histórica de Paris, monumentos,estadística y hechos notables, con una descripcion diaria de lasimpresiones que allí recibamos, y que trascribirémos al papel con la másescrupulosa fidelidad.

A falta de otro mérito superior, la presente obra será notable por laexpresion ingénua con que será escrita.

Si hay algun aliño en lo queescribamos, será el que buenamente salga á nuestro encuentro. Nosotrosno hemos de buscar otra cosa que procurar decir, en la forma más fácil,lo que veamos, lo que sintamos y lo que pensemos.

INTRODUCCIÓN.

¡Paris, fábula del mundo, fábula de tí propio; palacio por fuera,sepulcro por dentro, salve!

Hace un mes que estamos en Paris mi mujer y yo. En este mes de noviciadoy de aprendizaje, ¡cuántas cosas nos han sucedido! ¡cuántas sorpresashemos llevado! Mi compañera y yo no hemos podido sacudir todavía lainevitable ofuscacion de las primeras impresiones, y estamos comosordos, y nos miramos con cierta expresion alelada. ¡Qué ruido! ¡Quétropel! ¡Qué infierno! Madrid no es más que un barrio de esta confusa yturbulenta Babilonia; no es más que un lienzo de este interminablepanorama de sombras chinescas.

Pero la narracion de las aventuras que nos han sucedido durante estemes, (¡qué mes, Dios mio!) toca al PARIS CURIOSO, y no debemos alterarel sistema que nos hemos propuesto seguir. Aquí sólo hablarémos delPARIS MORAL, cuyo punto nos ha parecido conveniente tocar ante todo,correspondiendo á lo que de nosotros exige una necesidad de nuestropaís. Francia tiende á absorbernos en todos sentidos, tambien en sentidomoral, y no nos conformamos de ningun modo con que nos absorba enciertas tendencias, ahora que sabemos y presenciamos lo que no sabiamosni presenciábamos antes.

Nos explicamos, con más ó menos dificultad, que nos ponga la ley con susfigurines, con sus modas, con sus jabones, sus pomadas, sus esencias ysus juguetes: nos explicamos sin violencia que nos ponga la ley con susgraciosísimos diges, con sus elegantísimas bicocas, con sus poéticosrelumbrones, con sus cultísimas frivolidades: nos explicamos, gimiendo óno gimiendo, que nos domine con sus tejidos, con sus ácidos, con susinstrumentos, con sus libros, con sus novelas, con sus dramas, hasta consu idioma: todo eso podemos explicarlo; pero no nos podemos explicar quedeba ser nuestra dictadora en punto á costumbres. Contra semejanteconato se levanta airado nuestro corazon. No reconocemos ese dominio, noadmitimos esa tutela, no concedemos esa supremacía, por más que laorganizacion exterior de las cosas nos deslumbre; por más que la carapostiza de que todos los hechos se revisten aquí, haga que confundamosel inocente arrullo de la tórtola con el canto agorero de la corneja.Aquí hay una cosa particular, indefinible, múltiple, casi infinita: unacosa que está en todas partes, que todo lo llena, que todo lo anima, queá todo de su forma y su rostro, como nuestro pié de su forma propia ánuestra pisada.

Hay una cosa que nosotros llamamos

el palaustrefrancés

. Los franceses tienen un

palaustre

, con el cual adoban yalisan tan admirablemente la exterioridad de las cosas, la parte que seve, lo que está por fuera, lo que produce en nuestros sentidos y ennuestra fantasía el primer efecto dramático: preparan tan

deliciosamente

las cosas con unos cuantos golpes de su portentosopalaustre, que aquí casi todo parece arte, cuando real y verdaderamentecasi todo es un simple artificio. Traigamos á Paris cualquier cosa, unafruslería cualquiera, de España, de Italia, de Inglaterra, de Rusia, deTurquía, del Mogol; démosla á un francés, dejemos que el francés lalleve á su casa; que allí la componga, que la aliñe, que la lave lacara con su palaustre

, y es bien seguro que la fruslería extranjeraserá en Paris una especie de mágia. Por dentro será fruslería, elinterior estará vacío,

el precioso busto no tendrá seso

, como dice lafábula, pero lo de fuera será un encanto. ¡Qué hechizo tan particular,qué inspiracion tan asombrosa, qué talento tan admirable hay aquí, parahacer ver que es algo lo que no es nada!

Quizá no lo habrémos meditadobastante; tal vez no conocemos lo necesario este inmenso laboratorio,esta inmensa química; acaso serémos injustos y agresivos con estasociedad que nos asombra, como podria asombrarnos una fantásticaaparicion; suplicamos al pueblo francés que nos perdone; pero vamos ámanifestar una idea, que hemos concebido más de una vez, que hemosconcebido muchas veces, bajo la influencia de hechos análogos, lo cualprueba al menos que nuestra idea no es el resultado de una excepcion.Cuando el espectador rie siempre, ó siempre llora, algo hace el actorpara producir aquella risa ó aquel llanto. Hé aquí nuestra idea. Creemosque el dominio que Paris ejerce, creemos que ese espíritu en alas delcual visita todo el globo; ese reinado que tiene un trono en tantospueblos; esa culta y privilegiada tiranía con que está pesando sobre elmundo de hoy; creemos que esa mañosa red que tiene extendida sobre todala tierra, no es tanto la obra de su ciencia, de su arte, de suindustria y de su comercio, como la de su prodigiosa habilidad en dar álas cosas una segunda cara, una cara postiza,

la cara francesa

: esdecir, una mano que cubre la cara de carne con una máscara de carton.Creemos que la supremacía que hoy alcanza, el universal señorío de quecon más ó menos razon está tan orgulloso, no lo debe tanto á lascreaciones de su genio, como al artificio de su palaustre. Otro crea,otro hace, otro descubre, otro saca del caos del pensamiento lasustancia impalpable de la idea, el gérmen divino. Esta idea arranca,esta idea camina por el mundo, Paris la llama, la acaricia, la pule, lacompone, la ajusta, la viste: es decir, coge su mezcla maravillosa,empuña su palaustre mágico … ¡oh portento! ¡Ved como brilla ahora loque poco antes era oscuro! ¡Ved qué gracioso, qué bonito, qué juguetones, lo que poco antes era duro, severo, grave! Antes era una cosa; loque el arte ó la naturaleza queria que fuese; ahora es una

monería

; loque Paris ha querido que sea. Dios y el hombre tienen un taller. Paristiene otro; el taller de Paris. El escudo de armas de estaimportantísima ciudad, debia representar un monarca que empuña porcetro un palaustre

. Volvemos á pedir uno y mil perdones al puebloparisiense, imploramos humildemente su indulgencia, en justo pago de ladeslumbradora hospitalidad que nos ofrece; pero hemos dejado nuestrapobre España para decirla, no lo que soñemos, sino lo que creamos, y esoes lo que creemos al pié de la letra.

Pues volviendo á la cuestion moral, hemos descubierto que el palaustrefrancés

anda tambien alisando la cara de las costumbres, y que más alláde esa cara lisa y graciosa, abajo, en lo hondo de la fábrica, hayciertas escorias que el palaustre no puede quitar, porque el palaustreno quita nada, lo compone todo. Y nosotros, rudos y aviesos españoles,no queremos esas composturas francesas. Aunque la cara no esté tanbonita, preferimos que el interior no esté tan podrido, y dando lasgracias encima, regalamos á nuestros vecinos la escoria que está dentroy la cara graciosa que está fuera.

Excusamos advertir que no nos duele que seamos llevados por un espírituextranjero, sino que seamos llevados sin razon. Cuando la razon media,cuando la religion universal de lo bueno y de lo justo nos hacehermanos, no vemos extranjeros, sino hombres. La idea del hombre noshace grandes, generosos, magnánimos, inmensos, por decirlo así, y nodebemos pagar á aquella noble idea siendo egoistas. ¡No! No marcamosfronteras á los hechos universales, como lo son todos los que serefieren al bien humano. No ponemos límites á ese bien, como no damospatria al ambiente, á la tierra, al calórico, á los celajes.

Unpatriotismo exagerado, es al mismo tiempo una ridiculez, unasupersticion y una imbecilidad. Nos pondrémos de parte de España en estecaso, porque cuando un hecho particular quiere absorber á otro hechoparticular, no podemos menos de declararnos á favor de aquel que recibela agresion injusta, especialmente cuando este hecho corre unido al amory a la veneracion que nos merecen las cenizas de nuestros padres, Antesque cuestion de país, es cuestion de verdad. Es cuestion de patriatambien; seriamos hipócritas si lo negásemos; pero este respeto vienedespues, como un hombre está despues de la humanidad, como la narracionde un solo hecho está despues de toda la historia.

Tal es el pensamiento con que vamos á tratar esta delicada materia, ydeclarado así, quedamos tranquilos y con el valor suficiente para decircuanto nos dicten nuestras convicciones. Pero no faltará quien diga: ¿áqué tantas ceremonias y escrúpulos con esos hombres aturdidos ydesleales, que hablan al mundo de nuestro país, como si hablasen de unahorda de la Nueva Zelanda?

No, señores: la infantil ligereza con que nuestros vecinos hablan denosotros; esa ligereza que es tan nativa en ellos, y que se les debeperdonar por ser un achaque de raza, una verdadera enfermedad detemperamento y dé carácter; ese chistoso

sans façon

con que nuestrosvecinos dicen las mayores sandeces con la formalidad más pomposa y másentusiasta; esa especialidad francesa que consiste en hablar de laniñería más grande que se ocurre á hombre, con la mayor magnificencia yesplendidez del mundo;

ese curiosísimo secreto

de nuestros vecinos,no nos autoriza para insultar á una nacion. Nosotros sentiriamosremordimiento si entrásemos en el exámen de esta sociedad con unaintencion egoista. ¡No! Por respetos al pueblo francés, por decoro ánuestro país, por nuestro propio honor, como escritores públicos, noharémos lo que hacen los franceses, con lo cual probarémos, que si nosomos tan refinadamente cultos, somos al menos más clásicamentecristianos. La naturaleza lleva en sí cierta cosa bravía de buenaíndole, una virtud salvaje, pero candorosa y original, y esta ventajatenemos los bárbaros.

Esta série comprenderá los siguientes capítulos:

1.º Moralidad de los franceses con relacion á la ley.

2.º Con relacion á la opinion.

3.º Con relacion á las costumbres.

4.º Con relacion al trato civil.

5.º Con relacion á la industria y al comercio.

6.º Con relacion al arte.

7.º Con relacion á la familia.

8.º Con relacion á cosas que verá el curioso lector.

UN PASEO POR PARIS.

I.

=Moralidad de Paris con relacion á la ley=.

Llegamos á Paris á las tres de la tarde, y no faltaba mucho paraoscurecer, cuando entrábamos en un hotel, llamado de los Extranjeros, átiro de pistola de los magníficos bulevares. Comimos luego en un lujosoy

aéreo Restaurant

, situado en la Plaza de la Bolsa, cuyo dueño sellama como jamás olvidaré, Champeaux

. Ignoro si este nombre puedetener para los oídos franceses alguna poesía; pero sé muy bien que es unnombre célebre, prosáica y dolorosamente célebre para mi afligidobolsillo, como verá el lector en el PARIS CURIOSO.

A las diez salimos del famoso

Restaurant-Champeaux

, y por señas que mimujer y yo caminábamos sin decirnos oste ni moste. ¿Por qué talsilencio?

Preguntará tal vez algun curioso. ¡Ay, lector, lector denuestra alma! Ordinariamente no hablamos, despues que somos …sorprendidos. La escena del

Restaurant

nos dejó mudos. De vuelta, porfin, en nuestro hotel, quiso mi mujer acostarse y notó con hartaestrañeza que los dos balcones de nuestra habitacion no tenian maderas,y que á una de las vidrieras faltaba el pestillo. Es decir, notó conextrañeza que dormir allí era dormir en medio de la calle, á públicasubasta, como decimos por allá. Se trataba de un piso entresuelo muybajo, no habia puerta en los balcones que daban á la calle, uno de loscierros de cristales carecia de pestillo…. ¿Cómo era posible que mimujer, la más medrosa de las mujeres, se resignara á pegar los ojos enun cuarto, expuesto al antojo del primer transeunte?

Llamo al

garçon

, y le digo que se habian olvidado sin duda de ponerlas maderas á los balcones, y que una de las vidrieras no cerraba. El

garçon

se sonrió compasivamente. Hace cuarenta años, me dijo, que estehotel existe; tal como está hoy estuvo siempre, y todavía no se cuentaque haya sucedido la menor tentativa de robo.

¡Bah! no tenga usted miedo. (¡N'ayez pas peur, allez!

) Y diciendo estose marchaba.

—Oiga usted, le grité con resolucion: ¿es decir, que nos hemos dequedar de este modo?

—El amo responde de lo que suceda.

—Perdone usted; el amo no puede responder de que me degüellen, y siesto aconteciera, me importaria muy poco que su amo respondiese.

El garçon soltó una carcajada con el mayor aplomo, cual si creyera queyo queria tener con él un rato de solaz, y desapareció como un cohete.

Referí á mi mujer lo sucedido, y mi mujer determinó pasar, la nochecerca de los cristales, reservándose mudar de habitacion al diasiguiente.

Yo calculé que la sinrazon no estaba en el amo del hotel, sino ennosotros. Esto es una costumbre del país, costumbre que no tiene aquípeligro alguno: ¿por qué prestar oídos al temor infundado de unextranjero, en cuya nacion se vive de otro modo?

¿Por qué presumir que nosotros dos estimamos más nuestros bienes ynuestras vidas, que los centenares de hombres que diariamente sehospedan en este mismo hotel? ¿Por qué presumir que el amo habia deexponerse á perder los muchos objetos de valor que decoran nuestravivienda? ¿Por qué presumir que un establecimiento tan importante, podiaaceptar el riesgo de desacreditarse en una hora, supuesto un robo ó unasesinato?

Yo preferiria que estos balcones tuviesen maderas; preferiria que lostranseuntes no tuvieran la tentacion contínua de ver dos balcones á sudisposicion, dos balcones que pueden tocarse con la mano; pero visto queesto es aquí un hecho normal, me parece tan extravagante y tan ridículoquerer otra cosa, como lo seria en Constantinopla el pretender que cadacasa no fuese un palacio encantado.

En fin, mi mujer se acostó, por obediencia, y no cerró los ojos hastaque observó que estaba muy entrado el dia. Pero luego que nos habituamosá la vida nueva, tanto el dinero como los relojes quedaban sobre la mesaó sobre el armario, casi á la vista del que pasara por la calle.Excusado fuera decir que nadie vino á desposeernos ni á matarnos.

Hemos atravesado varias veces todo Paris: jamás hemos tenido noticia deun robo á mano armada, de un asesinato, de un tumulto de ningunaespecie. Sólo hemos presenciado una riña entre dos hombres en la callede Buenavista

(Beauregard)

, disturbio que duró un momento y que notuvo consecuencias desagradables. Trato, pesos, medidas, comestibles,todo se ajusta perfectamente á la ley.

Estudiado Paris en otras tendencias, apenas se concibe, ó se concibecomo concebimos un prodigio, la existencia de ese escrupuloso nivelentre la conducta social del que obedece, y la voluntad del que manda.Este nivel es evidente, y sólo la ignorancia, la preocupacion ó el odiopueden desconocerlo.

Hemos estudiado con el mayor esmero esta faz de la civilizacionparisiense, y debemos decir que muy rara vez hemos visto que unamanifestacion pública del individuo, esté en discordancia con elprecepto de la sociedad: es decir, con las leyes escritas.

No falta quien haya atribuido este resultado á la vigilancia de lapolicía; pero esta manera de juzgar no es la que más revela unconocimiento sazonado de las cosas.

La policía, como todo hecho represivo, podrá evitar casos particulares,accidentes de localidad y de hora; no producir un caso general, unánime,con rarísimas excepciones. Aquí es una disposicion general de los ánimosy de las costumbres no herir la propiedad, en cuanto esta propiedad estágarantida por una proclamacion formal de la ley.

Para que esta disposicion de los ánimos y de las costumbres fueseresultado de la vigilancia de la policía, fuera menester que cadaindividuo tuviera un vigilante tan unido á él como el pié á su huella,lo cual nos llevaria á suponer la existencia de tantos espías comociudadanos. Esto es absurdo.

Cuando un pueblo es tan inmoral que cada uno de sus hijos necesita unespía para no ser asesino ó ladron, no hay fuerzas humanas que impidanque el individuo de aquella sociedad sea ladron ó asesino. El espía nopuede hacer otra cosa que añadir á la suma un guarismo nuevo. Elciudadano criminal tendria necesidad de un cómplice: este cómplice seriasu propio guardian, la policía, el espionaje. El espionaje, pues, sóloserviria para dar autoridad á los crímenes, ó para sucumbir en la lucha.Sí, la policía tendria que ser cómplice, ó robada y asesinada por elladron y por el asesino.

¿Quién lo duda? Cuando un cáncer se apodera de todo nuestro cuerpo¿dónde encontrareis carne sana que oponer á la carne cancerosa? Si elcáncer está en todas partes, si hay que cortarlo todo, ¿en qué puntoconcebís la vida? ¿De qué manera concebís la vida en una carne que debecortarse?

Esto no puede ser, y no pudiendo ser en ningun país del mundo, no hayrazon para que sea en Paris. No, no es la policía. Policía hay enAustria, y la criminalidad es incomparablemente mayor. La Inglaterramantiene hoy menos policía que el imperio francés, y la Inglaterra es unpaís más morigerado que Francia. Menos policía tiene Bélgica, muchamenos, y las costumbres de aquel país son bastante mejores que las delpueblo que examino. En caso parecido se encuentran la Holanda, algunosEstados alemanes, las Ciudades Libres y la Suiza.

Cerdeña tiene menos policía que Nápoles, y Nápoles es más criminal que Cerdeña en una proporcion fabulosa.

No, la policía es un hecho puramente exterior, y de este orígen nopueden provenir las altas razones morales, religiosas, políticas yeconómicas, que marcan los grados de sociabilidad en todos los pueblosde la tierra, sociabilidad que es el gran círculo donde todos los hechoshumanos se contienen, las costumbres tambien.

No; la represion hace lo que una argolla. La argolla no tiene la virtudde convertir á los malvados. La argolla no es un poder humano, un podermoral; mata, no educa.

Pues ¿de dónde procede la religiosidad del pueblo francés en atemperarseal precepto público? Sobre esto dirémos despues unas cuantas palabras.Ahora no hacemos más que exponer hechos, y el hecho es que aquellareligiosidad exterior se manifiesta de una manera incuestionable. Vamosahora á ver las cosas de otro modo.

II.

=Moralidad de Paris con relacion á la opinion=.

Esta moralidad es tan escrupulosa como la que se observa con respecto álas leyes, aunque proviene de causas distintas.

¡Cuántas manifestaciones engañosas! ¡Cuánta observacion, cuánto deseo ycuánta buena fe se necesitan para penetrar en el interior de estelaberinto, y ver los hechos como son en sí!

¿Nos dejamos un paraguas, un pañuelo, un bolsillo, en algun café,tienda, quizá teatro? Pues volvamos y allí estará.

¡Moralidad asombrosa! se exclama.

Poco á poco, amigos mios. No niego que esto es preferible á vernosasaltados por una partida de beduinos ó de turcomanos, pero nosotros nosguardarémos muy bien de llamarlo virtud. Le llamarémos habilidad;virtud, no. ¿Por qué no? Vamos á explicarnos; pero, lector mio, con tuvénia, hablarémos en adelante en singular.

Yo tengo una tienda, un café, un teatro, una fonda. Sin el favor de laopinion pública, esto es, sin crédito exterior, sin probidad aparente,sin esa probidad que sale á la calle vestida de colorea muy vivos, comolos payasos, para que la gente se pare á verlos: sin la moralidad de laopinion en un gran centro de competencia, claro es que me arruino.

¿Pues qué hago? Agenciar dia y noche aquel favor, aquella condicionnecesaria para que yo adelante y goce; mejor dicho, procurarme sindescanso aquella mercancía indispensable para que sea un mercader feliz.

¿Vale más mi crédito que un paraguas, un pañuelo, un bolsillo, unbillete? Pues tome usted el billete, el bolsillo, el paraguas. ¿Vale másmi mercancía que la de usted? Pues tome usted su mercancía.

Pero si el bolsillo contuviera bastantes monedas para asegurar de unavez mi fortuna; si el billete fuera un talon contra el Banco de Lóndres,y representara una cantidad que hiciera imposible la ruina; si lamercancía de la tienda, del café ó de la fonda, valiese menos que la delbolsillo ó el billete de usted, ¿cree usted que el hombre moral de Parisdejaria de ajustar la cuenta por los dedos; cree usted que dejaria deanotar en el libro de entrada la partida mayor?

No niego que habrá muchas y honrosas excepciones: no condeno laintencion virtuosa de uno ó mil individuos. Hablo de la temperaturageneral que, en mi juicio, tiene aquí la conciencia.

Esta verdad se descubre más fácilmente en los cocheros. La ley ofreceuna recompensa pecuniaria, y en otros casos una mencion honorífica, alconductor de un carruaje público que presente en las oficinas de lapolicía los objetos olvidados en su carruaje. Los objetos devueltos eneste año suman un valor de 43.000

duros.

Pero ¿qué sucede en realidad? ¿Que sentido tienen estos alardes depureza y de abnegacion ante la moral verdadera, ante la emocion íntimadel alma, esa emocion que siente el bien, y que tiene bastante consentirlo, como mi corazón ama la belleza, y tiene bastante con amarla?¿Qué significan esos 43.000 duros devueltos á la policía de esta ciudad?

Significan lo siguiente; y cuidado que no hablo de memoria, sino porexperiencia.

Si el objeto olvidado no valia la pena de que la policía premiase al cochero honrado

, el cochero honrado hizo noche de aquel objeto.

Si el objeto valia mucho mas que la recompensa pecuniaria ó la mencionhonorífica, el objeto no pareció tampoco.

¿Pues qué objetos son los que parecen? Parecen aquellos que no valenmenos ni más que el premio ó la mencion; no parecen más mercancías quelas que convienen al negocio.

Al volver una tarde de Passy, tomamos un coche cerca de las barreras delarco del Triunfo; era de dos asientos, y un amigo que nos acompañabatuvo la bondad de subirse al pescante, mientras que mi mujer y yoocupábamos el interior del carruaje.

No hacia diez horas que nos habiamos comprado un sobretodo de goma,forrado de merino, y que podia usarse tanto para las lluvias como paraservir de sobretodo.

Llegamos al hotel de Buenavista; subimos; á poco notamos que el amigo sehabia dejado el sobretodo en el pescante; el cochero no pareció pornuestro hotel, ni el sobretodo pareció tampoco por las oficinas de lapolicía. Me consta, porque estuve á saberlo, contra la voluntad delinteresado, que se hubiera creído en pecado mortal si un sobretodo leobligara á mover un pié ó á despegar un labio.

En fin, depuradas las cosas en el crisol de la verdad, la virtud deParis con respecto á la opinion pública, seria una hipocresía, unfraude, un dolo, si no fuera un comercio hábil, una industria queparticipa de cierto hechizo para explotar al hechizado; ¡

palaustretambien

!

La conciencia se escribe y se suma: el guarismo mayor es el más moral.

¿No hay guarismo? Pues no hay nada.

¿Y dónde no sucede lo mismo? se replica.

Yo contesto que no sucede lo mismo en la mayor parte del mundo; yocontesto que esa disposicion del sentimiento y de los hábitos, es unaespecialidad francesa, al menos una especialidad parisiense. Aquí, laalucinacion de la fantasía se ejerce sobre todo, hasta sobre el tul deunos manguitos, hasta sobre los pliegues que se dan á una telacualquiera: ¿cómo no ha de ejercerse sobre las deliberaciones y lascostumbres?

Lo que aquí se llama moralidad, se llama en otras partes astucia,destreza, comprar y vender entendiendo el oficio

.

Yo no condeno tanto el hecho, como su falsa manifestacion y su falsoalarde. Llámenlo negocio, empresa, mercado: llámenlo como quieran,moral, no. Eso no es la moral; la cara de carton no es la cara decarne

. La moral no se escribe sino sobre el código eterno de una verdadque no se suma, que no se palpa: una verdad lúcida, inocente, afectuosay bella como el recuerdo de una madre; alta, noble, expansiva yuniversal como la idea de Dios.

III.

=Moralidad de Paris con relacion á las costumbres=.

En una de las tiendas contiguas al pasaje de la calle Montmartre, cercadel Mercado Nuevo, han llevado á mi mujer diez sueldos por unastrencillas que cuestan dos en la plaza de las Victorias, siendo estasúltimas tal vez de mejor calidad.

Notaron que era extranjera, y la llevaron cinco veces más de lo justo.

En el pasaje de los Panoramas compramos un frasco de vinagre de olor, unpomo de aceite y algunas pastillas. Yo creí equivocadamente que elfrasco valia dos francos y medio, y pagué á razon de esta suma.

Pero novalia más que uno y medio; la señora que despachaba se apercibió sinduda del exceso de un franco, (la mujer francesa se apercibe de todo) yse contentó con añadir una pastilla, como si se tratara de un regalo conque nos obsequiaba.

La pastilla valia seis sueldos, de modo, que fué moral regalando unapastilla que me costaba dos veces más de lo que valia.

En la calle de Montmorency hay una casa particular donde se come(

cuisine bourgeoise

); hemos asistido á la mesa redonda varios dias, yconstantemente nos han llevado mucho más que á los comensales franceses.

El garçon del hotel de los Extranjeros me pidió un franco diario por elarreglo de la habitacion, al cabo de dos meses de nuestra estada allí.Ni la señora me habló de ello jamás, ni el garçon me dijo una palabra,sin embargo de que á él pagaba la habitacion cada quince dias, y de queno me daba una carta, ni me traia recado alguno sin que le gratificaseen el acto.

¿Qué cosa más natural que advertirme de ello cuando entré en el hotel?¿Qué cosa más justa y más sencilla que decirme: «paga usted sietefrancos por la habitacion y uno por el servicio?» ¿Y si yo no hubieratenido más que los siete francos, único compromiso que contraje?

Y cuando gratificaba todos los dias al criado, ¿qué cosa más natural quehaberme dicho: «advierta usted que estas gratificaciones no le desquitande un franco diario que ha de darme por el arreglo de la habitacion?»

Pues nada; calló durante sesenta y siete dias, y hubiera callado mástiempo á no haber notado que queriamos mudar de hotel. Entonces me lodijo con una sangre fria, con un aplomo, con una conciencia de su buenderecho

, que yo le escuchaba y no comprendia qué queria decirme.¡Cuitado de mi! Me mudaba por ahorrarme 50 francos mensuales, y aquelhombre me pedia 67. ¿Qué es esto?

Yo tengo el defecto de que doy demasiada importancia al no quejarme, alsufrir en silencio; pero esta vez no quise callar. Se trataba de 67francos que me hacian falta, se trataba además de que era extranjero, deque era español; casi todas las cuestiones son para nosotros en Franciacuestiones de decoro, y me di á bajar la escalera con el fin de hacersaber á la señora lo que ocurria.

La señora no estaba, pero estaba el

señor

, el cual me recibió de unamanera amabilísima, porque creyó tal vez que iba á pagar; pero luego quese hubo enterado del asunto,

de l'affaire

, como dicen aquí, frunció elentrecejo, agrió la voz, y se ladeó un poco, cual si quisierasignificarme que mi reclamacion era cosa que él se echaba á la espalda.

Yo me hice francés en aquel momento y no dejé de mano

mi negocio

.

—Por siete francos me ajusté, le dije; los he pagado, nada debo.

—En mi hotel hay costumbre de pagar aparte el servicio de lahabitacion.

—Usted es muy dueño de establecer en su hotel todas las costumbres quele parezcan convenientes, pero no de establecer costumbres con lacondicion de que yo las he de pagar, cuando las ignoro.

—Todos las pagan, caballero, y nadie murmura.

—Pues contra lo que hacen todos, digo á usted, que ni usted ni nadiepuede perjudicarme por una ignorancia de que no tengo culpa.

—Yo no tenia necesidad de advertir á usted acerca de nada …

—Ni yo de pagar.

Diciendo esto, salí del gabinete de recepcion, donde nos encontrábamos,y subí á mi Cuarto, dispuesto á dejar el hotel en el momento mismo.

Apenas habiamos empezado á poner en órden nuestro equipaje, cuandollamaron á la puerta. Era la señora.

¡Triste de mí!

—Siento-mucho, me dijo, que usted se haya incomodado …

—Perdone usted, señora: yo no me incomodo por mí: hacen que meincomode.

—¿No pensaba usted dar nada al criado?

—Le he dado más de seis duros, durante nuestra estancia en este hotel.

—¿Pero no pensaba usted gratificarle cuando se marchara?

—Sí, señora; pensaba darle cinco ó diez francos; tal vez cincuenta,acaso ciento, si hubiera creido que los merecia; pero no pensaba tenerobligacion de dar 67, cuando nada se me ha advertido, cuando nada sé,cuando por el contrario tengo necesidad de saber lo que he de pagar,porque mi bolsillo no es infinito….

—Pues bien; hágalo usted por mí, dé usted al criado la mitad de lo queha pedido…. ¿Qué menos ha de dar usted que medio franco por arreglarla habitacion?

En fin, entró la parte mágica, y

la funcion

me costó seis napoleonescumplidos.

¿Con qué objeto exponerse á escalar puertas ó balcones, cuando hay elarte necesario para hacerlo mágicamente?

En el bulevar de la Buena Nueva me compré una levita de verano por 35francos. El amo del establecimiento quitó la enseña donde estaba escritoel precio, y nos dió la levita perfectamente envuelta en un gran papel.Yo le di dos piezas de 20 francos, y esperaba que me diera la vuelta;pero el amo no pensaba en tal cosa.

Tuve que preguntarle cuál era el precio de la levita para arrancarle los5 francos que sobraban. Tal vez aquel hombre obraba distraidamente; estopodia suceder; no quiero hacerle reo sin tener entera conviccion; perolos varios lances análogos que me han sucedido, me dan el derecho deconsignar aquí este escrúpulo, para que valga lo que la sensatez dellector juzgue regular.

Muy pocas cosas puedo decir acerca de la prostitucion de esta ciudadextraordinaria.

Los lectores saben que la prostitucion se considera aquí como unaindustria, industria que tiene su matrícula, que está bajo la vigilanciadel gobierno, pagando en trueque una contribucion.

La policía da á las mujeres públicas dos

horas de reclamo

; desde lasnueve hasta las once de la noche. Es un espectáculo sumamente curioso,aparte lo que tiene de aflictivo, el sentarse en un balcon de una de lastravesías que conducen á los grandes centros, y ver pasar y repasar áestas mujeres, desempedrando las aceras. Andan de una manera prodigiosa.Cualquiera diria que caminan sobre resortes ó por influencia magnética.Son un torrente á que abren el dique, y anda en dos horas lo que estuvoparado en las veinte y dos de cautiverio.

No se contentan con insinuarse por su manera especial de moverse, ni con cecear

á los transeuntes, sino que los llaman, los detienen, losexhortan, como un candidato catequiza á los electores. Esto no deja detener su ventaja, porque la mujer pierde el prestigio que la da elrecato, aunque sea un recato hipócrita, y la prostitucion ofrece asímenos peligros.

La mujer no es temible sino en cuanto nos hace sentir, y no nos hacesentir sino en cuanto nos ofrece una belleza recatada; la prostitutavulgar en Paris es feísima en este sentido. ¡Cuánto más temible es la deItalia, especialmente la de Roma!

Una noche saliamos mi mujer y yo del pasaje de los Panoramas. Mi mujerse habia quedado algo detrás, mientras que una ramera que estaba deacecho en la calle de Montmorency se dirigió hácia mí como unaexhalacion,

volcánicamente

, y me dijo con la mayor dulzura:

voulez-vous venir avec moi?

¿Quiere usted venirse conmigo?

Mi mujer asomaba en este instante. Yo contesté á mi invasora: parlezavec madame s'il vous plaît

. Hable usted con mi señora, si le parecebien.

La prostituta echó hácia atrás con la velocidad de una carretilla.

Yo conté á mi mujer lo sucedido, y mi compañera se sonrió de la maneracomo una mujer suele sonreirse en tales casos.

Hay una casa en Paris (no quiero ser cómplice de ella ni aún revelandoel nombre), en la que no se puede entrar sino prévia la entrega de 60francos, ó sean doce napoleones, que ingresan en los fondos delestablecimiento.

Paris es la ciudad del coquetismo y de los efectos dramáticos. Puesbien, estoy seguro de que no hay magnate ni extranjero en Paris quetenga una casa montada con más lujo, con más alarde, con más profusion;sobre todo, con un gusto más refinado, más incitante, más deslumbrador.

Estilo árabe, estilo persa, estilo griego; doraduras, bordados,reflejos, prismas; todo está allí mezclado y confundido formando unaregion de hadas ó de huríes.

Una prostituta es hija de un banquero que se arruinó, la otra es hija deun alto empleado que ya no vive; otra de un coronel ó de un general quevino á menos. Esta sabe el inglés; aquella el aleman; la otra elespañol, el italiano ó el ruso.

Allí es de ver cómo una prostituta, estudiado el temperamento de suvíctima, le devuelve un billete de cien francos que de ella recibió, conel objeto de ganar su ánimo y apoderarse de toda su cartera.

Allí es de ver la suma habilidad con que la elegantísima

mademoiselle

,convence á un hombre, de que jamás ha experimentado la pasion que sutalento y su profunda simpatía la han hecho concebir.

Allí es de ver como la reina de aquel sarao frota dulcemente la mano deun hombre, cual si quisiera persuadirle empleando por razon el calóricode la electricidad: allí es de ver la ingenuidad maravillosa, laadmirable inocencia, con que exclama, dando á su acento la expresiontardía y entrecortada del patético:

¡Que je suis malheureuse!

¡Quédesgraciada soy!

Esto quiere significar: ¡qué desgraciada me ha hecho tu amor!

O bien esto otro, que está más en relacion con las intenciones deaquellas eminentes actrices

: ¿cómo podrás pagarme el mal que me hashecho?

Hay prostitutas que salen de allí para ser personajes en el gran mundo.Yo he visto una, á quien un ruso dió, durante muchos años, veinticincomil francos mensuales.

La prostitucion de la casa de que hablo, está elevada á ciencia, á bellaarte, á gran tono: ¿lo querrán creer mis lectores? Está elevada á unaespecie de adivinacion, á una especie de agorería. Hablar allí de lapiedra filosofal, de la cuadratura del círculo ó del movimientocontínuo, es una cosa casi natural.

La prostituta de aquella casa, adivina el corazon de sus clientes, comoconocía Gall los órganos cerebrales del hombre.

¡Cuántos misterios curiosísimos y dolorosos encierra aquel Eden de lacorrupcion! ¡En cuántos presupuestos de familias ricas de Paris, tieneun guarismo aquel Eden infame!

Sí, muchos hombres casados del mismo Paris, están ajustados anualmentecon la dueña del establecimiento: esto es, tienen un palco allí, como lotienen en el teatro de la grande Opera, en los Italianos ó en el Circo.

Por último, yo no tengo noticia de una casa igual, y no extraño que eljóven, profano á la vida de las grandes ciudades, pierda allí el sentidoy se dé en cuerpo y alma al diablo de aquella tentacion. Es el talentoque la víbora tiene en saber picar; pero indudablemente hay allí untalento asombroso. Yo no hallo palabras que expresen la memoria que dejaaquel

encantamiento maldito

, sino diciendo que es una CIVILIZACION QUEESPANTA.

¿A quién podria ocurrirse (y termino con esta especie) que la dueña delestablecimiento en cuestion, es una gran señora? Pues nada más cierto.

He oído decir á muchas personas que la corrupcion de Paris, en elsentido indicado, es un hecho muy natural, atendida la circunstancia deque á este pueblo afluyen todas las naciones del mundo.

Algo concedo á esta consideracion; creo tambien que hay vicios orgánicosen la existencia de los grandes centros, de los grandes focos, de lasgrandes acumulaciones. Creo tambien que la centralizacion causa dañoshasta en el censo de poblacion; pero esta creencia no me explica todo loque aquí veo.

¿Qué virtud atribuirémos á una pastora que vive aislada en el fondo deun bosque? ¿Ha de ser impura con la soledad, con los árboles, con lasflores, con el ambiente? ¿Ha de ser impura con las tórtolas ó con losfaisanes? Sin vicio no hay virtud; como sin Ocaso no hay Oriente, comono hay martirio sin lucha.

¿Es Paris corrompido porque hay lucha? No; la lucha es necesaria; peroes necesario que sea una lucha moral, una lucha virtuosa, una lucha comono lo es en este gran centro. No está el mal en que una piedra ruede;esto es natural, providente, moralísimo: el mal está en que ruede háciael abismo; en que ruede hácia donde no debe rodar; en que ruede paraprecipitarse.

La corrupcion de Paris consiste en que es el pueblo más ingenioso de latierra, y en que emplea su ingenio, al menos durante el tiempo queatravesamos, en falsear artísticamente las leyes morales.

No, no es vicioso porque se mueve, sino porque se mueve mal.

En todas partes sucede lo mismo, con la diferencia de que hay peorsentimiento, porque hay más hipocresía.

Esto dicen los hijos de Paris.

Yo contesto á los hijos de Paris que se engañan. No me maravilla quebusquen esta solucion á sus pecados; pero se engañan.

En ninguna parte del mundo tiene la prostituta la instruccion y lafascinacion teatral que en Paris: en ninguna parte del mundo tiene lafantasía tantas imágenes y tantas formas para embellecer la fealdad: enninguna parte del globo conocido se hace de la prostitucion una especiede apoteosis ó de reinado.

No hay más hipocresía en los demás países: hay menos ingenio, aplicado ádar encanto á los goces ilícitos, á dar esplendidez á la sensualidad quese embriaga. Hay más ignorancia cuando se trata de llamar á laimaginacion para que haga de una ramera un personaje, una heroina, casiuna gloria, una celebridad

.

Hay menos talento en hacer de un vicio una aristocracia. Digo otra vez,y lo diré mil veces, que profeso por máxima de vida social el respetoal hombre, sea quien fuere, aunque sea un mendigo, aunque sea un reo,aunque sea un ajusticiado, y que respetando al individuo, con mayorrazon respetaré á los pueblos, en quienes hallo individuos másrespetables, á fuera de mayores. No me propongo lastimar á Paris; sinomanifestar lo que entiendo justo.

En los demás países se sabe menos en materia de convertir el vicio enuna hechicería, y ¡bendito el mármol que no rueda, cuando el rodar sóloha de servir para llevarlo al precipicio! ¡Bendito el arrullo de latórtola, que no sabe atraernos con la mirada venenosa de la serpiente!

IV.

=Moralidad con relacion al trato civil=.

Voy á dar algunos detalles sobre dos caractéres singularísimos de lasociedad francesa, caractéres reflejados en dos palabras;

pardon ymerci; perdon y gracias

.

Un parisiense viene corriendo por una acera y magulla el pié á untranseunte, vuelve la cara sin detenerse y le dice con la expresion másfervorosa:

pardon, monsieur

, (perdone usted, caballero).

Sigue de la misma manera, y se da de cara con una señora, ó la da uncodazo que la tulle el brazo ó el pecho:

pardon, madame

(perdoneusted, señora) y sigue su camino con aire triunfante, como un hombre queestá convencido de que merced á una palabra de etiqueta, tiene elderecho de ir aporreando á todo el prójimo.

Esto nos ha acontecido varias veces, y mi mujer, al oir

pardon,monsieur ó madame

, me preguntaba: ¿qué dice?

—Nos pide perdon, respondia yo á mi mujer.—¿Qué diantre de tantosperdones? Mejor seria que hiciera de modo que no tuviera precision deser perdonado, y se dejaran de alharacas que no me quitan la molestiadel empujon, del aplastamiento de narices, ó del magullamiento delpecho. Realmente, si me magulla un pié, si me disloca un brazo ó si meaplasta la nariz ¿me curará aquel cumplido estéril? No. ¿Qué significaaquel perdon, elevado á virtud social?

¡Ay! significa un hecho, como pudiéramos decir una dolencia, el cual sedeja ver en todos los círculos de esta especialísima sociedad. Significaque la imaginacion crea una fórmula exterior, graciosa, dramática, paraapoderarse impunemente del espacio y hacer su negocio.

Es cultura, se dice.

¡Cómo! Respondo yo, ¡cultura! ¿Concebís la cultura sin el amor alhombre, sin el respeto al hombre siquiera? ¿Concebís la cultura sinhumanidad? ¿Concebís la cultura sin la mútua conciencia de nuestro sér,sin la moral humana? ¡Cultura! Esta idea peregrina me ha herido de unamanera particular.

El hombre francés se cree en el caso de estrujar á toda alma viviente,añadiendo el correctivo del

¡perdon!

¿Y qué? ¿Me importará á mí másque me extraigan del bolsillo un franco ó ciento, que el recibir unchoque de un semejante mio que corre á sus negocios, y para quien valenmás sus negocios que mi pié, mi brazo, mi nariz, mi cabeza? ¡Y qué!vuelvo á decir: porque aquel franco me lo extrajeran con habilidad, congracejo, con ademan afable y ceremonioso, ¿podria decirse que el ladronera un hombre culto?

Nadie puede decir que no matará á un semejante suyo, á su padre, á suhijo, por un descuido inevitable; pero el hacer una política, unaetiqueta, de la facultad de magullar al primer nacido, equivale áusurparme una seguridad que la moral debe garantirme, y juzgadas lascosas en su verdadera significacion, este hecho no es más disculpableque la accion del que extrae de mi bolsillo uno ó cien francos consutileza y maestría.

Aquí una maestría; allí una ceremonia; en medio una víctima. Que searobado, que sea tullido, siempre es víctima.

¡Y qué! repito aún: ¿concebís aquí la cultura? ¿Consiste la cultura enla manera de hacer mal irresponsablemente?

Si semejante abuso fuera cultura, ¡bien nos iba á lucir el pelo conella! Afortunadamente no lo es, como no es salud la muerte que se nos daen un veneno, por más que se nos brinde con el veneno en copa de oro,coronada de flores. No, no es cultura. Los que así profanan este nombre,cometen un crímen que ignoran, y por este lado deben recibir el perdon.

Las flores que circuyen la copa homicida, la copa en que se da unveneno, no son buenas sino para añadir la traicion á la crueldad, paraañadir un crímen á otro crímen.

Yo preferiria, lo digo con el corazon en la mano, que me magullaran ensilencio, á tener que sufrir aquel revés con la obligacion de callarme,por respetos á una exterioridad que no evita ni cura; una exterioridadque da el poder impune de hacerme daño. Y no solamente me hace daño,sino que me impone el deber de contestar con una cortesía, so pena depasar por un hombre avieso y mal educado.

¡Pardon, monsieur! Pas dequoi, pas du tout

. Usted perdone, caballero.—No hay de qué.

Esto de tener que decirle:

no hay de qué

, cuando uno tendria más ganade darle un cachete, ó de soltarle una tremenda, será indudablemente muyfrancés; pero no tiene pizca de español.

Confieso que no lo puedo remediar, por mas que procuro contenerme yacomodarme á la necesidad de respetar lo que aquí se respeta. Detesto,me estomaga el

perdon

agresivo y atolondrado de los franceses, y mimujer lo aborrece aún más, porque mi mujer es más española que yo.Gracias á que, como habla en español, no la entienden. Si supierafrancés, es casi seguro que nos veriamos en más de un compromiso. Talesson las rudas claridades con que agasaja á los franceses y á lasfrancesas con especialidad.

Sin embargo, no debo hacerme el hombre de mundo. Cuando siento uncodazo, ó un aplastamiento de pecho ó de nariz, acompañado de unafectuoso

pardon, monsieur

, la sangre se me sube á la cabeza, y en micara de hiel y vinagre, deben conocer evidentemente que no soy hijo deParis.

En fin, el

elástico

perdon que aquí se estila, es la receta universal,la carta blanca, el salvo-conducto que tienen los franceses para hacercuanto se les antoja, cuanto se les pone en el magín, sin peligro niresponsabilidad de ningun género, y hasta sin el inconveniente de faltará las reglas urbanas. Es el privilegio de cometer toda clase dedescortesías, sin que caiga sobre el que las comete el apodo dedescortés. Si no supiera que aquí se acata como una fórmula social, lotomaria á insulto.

Pero aún es más original y curioso el otro carácter de que hablé:

¡merci! (¡gracias!)

Entro á comprar un bollo que vale un sueldo.

Saludo á la persona que despacha, y oigo

merci

.

Echo mano al bolsillo, y oigo

merci

.

Dejo el sueldo sobre el mostrador, y oigo

merci

.

Me despido, y oigo

merci

.

Los lectores que no me conozcan, creerán que exagero. No diré que estosuceda en todas las tiendas de Paris, pero refiero hechos que me hansucedido, y acerca de los cuales tengo la evidencia de lo que sucede áuno propio. Dios no me dé salud si miento.

En la calle de Montmartre, cerca de la calle Feydeau, hácia el bulevarde los Italianos, hay una bollería.

Pues bien, en esa bollería me handado cuatro

mercis

por un bollo que valia un sueldo, ó sea tresochavos. ¡Cuatro gracias por tres ochavos! ¡Ni á ochavo por gracia!

Esto me aflige, me contrista, me ahoga; y como no puede menos de ser, mequita el gusto del trato social. No me gusta una gente tan excesivamente

graciosa

.

Voy á buscar un pan, un pan que necesito, un pan que vale un sueldo; yodoy un sueldo del mismo modo que á mí me dan un pan; yo hago el favorque recibo; propiamente hablando, no hago favor ni me lo hacen, porquela mutualidad no es favor; porque no es favor el préstamo de laexistencia: ¿por qué esas

cuatro gracias

que vienen á llenarme demelancolía, porque vienen á darme cuenta de profundas llagas sociales,en un pueblo que se llama tan civilizado? ¿Por qué esas

gracias

queconvierten en un alarde ceremonial y mentiroso la fraternidad que nosdebemos, la verdad eterna del hombre, porque es la verdad de la causacreadora, la verdad de Dios?

Pero á esto se dice: natural es que suceda tal cosa, en un pueblo dondela competencia representa tantos intereses y tantos goces. El mercaderde una pobre aldea, no tiene precision de ser amable

, puesto que en laaldea no hay más mercancía que la suya; pero en Paris, la amabilidad

es el gran secreto de grandes empresas y de muchas familias.

Yo contesto que he estudiado lo que sucede sobre el teatro del suceso, yno encuentro la explicacion en la competencia.

Centros notabilísimos son tambien Lóndres, Hamburgo, Francfort, Constantinopla, San Petersburgo, y no sucede lo que en Paris.

Yo comprenderia que la competencia pudiese explicar aquel fenómeno de laíndole francesa, cuando cada uno usara del

merci

de un modo especial,cuando cada cual lo revistiera de una forma que le diera la expresion yel interés de su particular ingenio: más claro, comprenderia lo que sedice, cuando el uno pronunciara el merci

con una corneta, el otro conun clarinete, el de más allá con bombo ó platillos; pero si todos dicenel merci

con el mismo acento habitual, con el mismo grado de sonrisaautómata: si el merci es un mercado comun

, ¿en donde se concibe lacompetencia?

—¿Cómo está usted?

—Regular: ¡gracias! ¿Y usted?

—Voy pasando: ¡gracias!

—¿Y su familia?

—No tiene novedad: ¡gracias!

Yo pregunto á los que opinan que la competencia explica este contínuo éindigesto merci

: ¿tambien la competencia explica esto en el tratosocial íntimo, en el seno de la familia? ¿Tambien la familia y laamistad son mostradores de mercader? Pues la familia y la amistadreconocen tambien aquella fórmula.

Pero este fenómeno singularísimo es más trascendental de lo que parece áprimera vista.

¿Qué quiere decir el dar las gracias á un semejante nuestro porquepregunta por nuestra salud? ¡Poder del cielo! Tambien este cuidado, estesaludo de la moral universal, esta hora solemne y sagrada del corazóndel hombre, tambien esto ha de estar sujeto al compás de un sonido vano,de una ficcion?

Pues si el vernos objeto de un cuidado tan natural merece las gracias,cuando adelantemos algo en esta línea de decepcion, ¿quién no concibeque llegará tiempo en que darémos gracias por no ser saqueados ó muertosá puñal?

¡No! Este hábito no es ni competencia, ni amabilidad, ni menos cultura.O es un olvido de las ideas sociales y morales que todos los hombres nosdebemos, ó es el sacrificio de aquellas ideas venerandas, en aras de unafantasía que crea aquí tambien una forma hipócrita, para hacer belloaquel sacrificio con los ornatos de un arte servil y egoísta. ¡Tambienentra aquí el palaustre

!

Esto es querer dar verdad á la mentira, con el fin de hacer de lamentira un ente amable

.

Así lo he sentido mil veces, y el sentimiento es el gran criterio delalma, el talento casi infalible del corazón.

Yo deploro de todas veras que los españoles corrompan la expresionfranca, majestuosa y solemne de sus saludos, aceptando el afeminado

merci francés

.

—¿Cómo está usted?

—Bien ó mal. Gracias. ¿Y usted?

—Mal ó bien; gracias.

Aconsejo fervorosamente á la juventud, que deseche esa profanacion de lasociedad y de la conciencia, y que se atenga á la palabra candorosa,sencilla, franca, honrada y leal de nuestros padres.

No lo repudio á título de innovacion; yo admito todas las innovacionesposibles, cuando vienen autorizadas por una razon que las justifique ylas recomiende, aunque los innovadores sean cafres.

Repudio aquellacostumbre alambicada, aquel alarde rebuscado y necio, porquedesnaturaliza nuestro trato, despojándolo de su ingenuidad, de supoesía, de su belleza. Sí; el refinado y tonto merci

, quita á nuestrossaludos ese aire de jovialidad y de buena fe, ese aire rudo ycaballeresco, grave é hidalgo, que es quizá el carácter más notable, másoriginal y más bello de nuestra raza.

Jóvenes, creedme; no digais

merci

. Si sois hombres, ese

merci

tanblando, tan ficcioso, tan almibarado y melífluo, os convierte en damas,y os hace feos, porque no hay una cosa más fea que un hombre amadamado,y sobre todo, amadamado á la francesa. Si sois mujeres, perdeis una granparte de vuestro encanto y de vuestra hermosura, porque la principalhermosura y el principal encanto de las hijas de España, consisteespecialmente en ser españolas. Tal vez vosotras no comprendais esto, ysin embargo es la verdad. Quitad á vuestros rostros, á vuestros talles,á vuestras miradas, á vuestras sonrisas, á vuestros saludos, á vuestrapalabra, la originalidad propia de vuestro país, y sereis estátuasvestidas. Decid merci

y sois francesas; no sois lo que sois realmente,porque vosotras sois españolas. Aquel merci

es un postizo, unadefesio, una caricatura. ¿Por qué poneros caricaturas extranjeras,cuando las caras nacionales son tan hermosas? ¿Por qué aderezaros conflores mústias de otro clima, cuando nuestros soles crian en nuestroscampos tantos jazmines y alelíes? Bellísimas jóvenes españolas, nodigais merci

: os lo suplico por el alma de vuestros difuntos.

V.

=Moralidad en industria y comercio=.

¡Consecuencia admirable del temperamento! La fantasía es en Francia, enParis sobre todo, un elemento tan general y tan absorbente, que no hayun solo círculo que no invada; ni uno solo, esté donde quiera y comoquiera. Aquel elemento penetra en todas partes, hasta en la industria,hasta en sus elaboraciones más apartadas de la idealidad y de lo bello;hasta en el calzado. Examinemos este zapato de señora. La punta remedaun pico de ave; el tacon se va adelgazando progresivamente en forma deespiral. ¿Remata así el pié de las mujeres? El tacon es una cosa propiapara servir de base; una base conforme al zancajo? ¿Es un zapato eso quevemos, una figura acomodada á nuestro pié? No; de ninguna manera. Es uncapricho, una imaginacion, un efecto dramático, un golpe teatral. Es unzapato, como es vestido lo que se pone el arlequin: es otro golpe del universal palaustre

.

Niego redondamente que este zapato pueda durar arriba de dos ó tresnoches de tertulia ó de baile, y niego tambien que haya mujeres queconsigan equilibrarse sobre ese balancin