Un Faccioso Más y Algunos Frailes Menos by Benito Pérez Galdós - HTML preview

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—¡Pillo!... ¿qué nueva farsa de sociedad secreta es esa? ¿qué tramatraes tú ahora entre mano?

—Poco a poco... pase lo de trama; pero no lo de farsa.

—¿Quién te paga?

—Mucho ahondas, ¡palitroques! Has de comprar mi franqueza con tubenevolencia, no con tus burlas, y si persistes en negarme tu apoyo, notendrás de mí ni una palabra. Cosas podría decirte que te dejaríanpasmado; pero ya sabes... no se dan gratis los secretos como los buenosdías.

Venga tu voluntad y abriré el pico.

—Es que no puedo dar mi voluntad no conociendo a quién la doy ni por quéla doy.

Aviraneta insistió en que su pensamiento era unir a los liberales parapreparar una acción común; pero esto, si no encerraba una intencióndistinta, era de lo más inocente que se podía ocurrir por aquellos díasa hombre nacido, y Aviraneta, justo es decirlo, tenía de todo menos deespíritu puro. Por más que el guipuzcoano se diera aires de inventor deaquel plan sapientísimo, se podía jurar que sólo era instrumento de unavoluntad superior, maquinilla engrasada por el oro y movida por una manomisteriosa. Sobre esto no quiso decir una sola palabra que no fuese lamisma confusión; pero Monsalud, que era listísimo y además tenía laexperiencia de aquellos líos, supo sacar la verdad de entre tantamentira. Su creencia era que D.

Eugenio había recibido de altas regionesla misión de desunir a los liberales y enzarzarlos en disputas sin fin;pero no podía fácilmente averiguarse si el impulso partía del cuarto deMaría Cristina o del gabinete ministerial de Zea Bermúdez. Salvador hizouna y otra pregunta caprichosa para coger por sorpresa el principalsecreto de su amigo; mas este era tan diestro en aquellas artes, queevadió los lazos con extremada gracia.

Este señor Aviraneta fue el que después adquirió celebridad fingiéndosecarlista para penetrar en los círculos más familiares de la gentefacciosa y enredarla en intrigas mil, sembrando entre ella discordias,sospechas y recelos, hasta que precipitó la defección de Maroto,preparando el convenio de Vergara y la ruina de las facciones.Admirablemente dotado para estas empresas, era aquel hombre un colosalgenio de la intriga y un histrión inimitable para el gigantescoescenario de los partidos. Las circunstancias y el tiempo hiciéronle ungran intrigante; otra época y otro lugar hubieran hecho de él quizás elprimer diplomático del siglo. Ya desde 1829 venía metido en oscurosenredos y misteriosos trabajos, y por lo general su maquinación eradoble, su juego combinado. Probablemente en la época de este encuentroque con él tenemos, durante el invierno de 1833, las incomprensiblesdiabluras de este juglar político constituían también una labor fina ydoble, es decir, revolver los partidos en provecho del ministerio yvender el ministerio a los partidos.

La fundación de la sociedad isabelina servíale de pretexto para entraren tratos con gente diversa, con cándidos patriotas o políticos ladinos,poniéndose también en relación con militares bullangueros; y así,hablando del bueno del Sr. Rufete, dijo a Salvador:

—Este infeliz ayacucho es una alhaja que no se paga con dinero. Él sepresta desinteresadamente a entusiasmarse y a entusiasmar a un centenarde oficiales como él. Se morirá de hambre antes de cobrar un céntimo porsus servicios secretos al Sistema, y se dejará fusilar antes que hacerrevelaciones que comprometan a la sociedad. Es un prodigio de inocenciay de lealtad. El pobre Rufete trabaja como un negro, y se pasa la vidahaciendo listas de sospechosos, listas de traidores, listas de tibios ylistas de calientes. En su compañía pasa por un Séneca empalmado en unCatón. Los sargentos lo adoran y son capaces de meterse con él en unhorno encendido, si les dicen que es preciso salvar del fuego elprecioso código. ¡Oh! amigo, respetemos y admiremos la buena fe y lavalentía de esta gente. ¡Si en todas las clases sociales se encontraranmuchos Rufetes!... ¡Pero hay tanta canalla indomesticable de esa que nosirve sino para hacer pueblo, para gritar, para meter bulla, de esaque en los días solemnes desacredita las mejores causas, entregándose ala ferocidad que le inspiran su cobardía y su apetito!...

Entre estos y otros dichos y observaciones, llegaron a la calle delDuque de Alba, porque Salvador, no pudiendo sacar cosa limpia y concretade las confusas indicaciones de D. Eugenio, había decidido retirarse asu casa. Echaban el último párrafo en el portal de esta, cuando del dela inmediata vieron salir a un hombre silbando el estribillo de unacanción político-tabernaria. A pesar del embozo, Aviraneta le conoció almomento y Salvador también.

—Tablillas—dijo D. Eugenio—, cuartéate aquí, que somos amigos.

El atleta se acercó, examinando con atención recelosa a los doscaballeros.

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—Señor Vinagrete y la compañía, buenas noches.... Estaba encandilado yno les conocía.

—¿Está durmiendo ya el Sr. D. Felicísimo?

—Todavía están en brega. Han venido tantos señores esta noche queaquello es la bóveda de San Ginés.

—¿Pues qué, se dan disciplinazos?

—Con la lengua... hablan por los codos, y todo se vuelve manotadas y perjuraciones.

—¿Qué entiendes tú por perjuraciones?

—Decir, pongo el caso, señores, muramos por el Trono legítimo.

—¿Y todavía están reunidos?

—Todavía.

—Pero di, ¿no ha venido esta noche la policía? Yo creí que a estas horasD. Felicísimo y su comunidad estaban echando perjuraciones en lacárcel de Corte.

—Vino la policía, sí señor; vinieron tres y llamaron tan fuerte que lacasa estuvo si cae o no cae. Los señores se asustaron, y D. Felicísimoles consolaba diciendo: «no hay nada que temer, la policía es lapolicía. Que entre el que llama». Yo bajé a abrir la puerta, y secolaron tres señores de cara de perro con bastones de porra. Subieron, yal entrar en la sala, se dejaron a un lado las porras y todo fuecortesía limpia y vengan esos cinco. D. Felicísimo me mandó traer vino ybizcochos, y bebieron, cosa la más desacostumbrada que puede verse enesta casa; y uno de los de porra alzó el vaso y dijo: «Por el triunfo dela monarquía legítima y de la religión sacratísima».

—Brindaron.

—Y los tres tomaron el olivo.

—¿Está Pipaón arriba?

—Es de los más lenguaraces. Cuando brindaron, D. Juan echó no sé cuantos loores...

—¿Y qué es eso?

—Que se sopló mucho, echando fuera toda la caja del pecho, y dijo loora esto, loor a lo otro.

—¿Se casa con Micaelita?

—Dios los cría y ellos se juntan.

—¿Y te retiras ya?

—Si, porque yo he dicho a D. Felicísimo que estoy enfermo.

—¿A dónde vas?

—Allá—replicó Tablas manifestando en la mirada recelosa que a Salvadordirigió, que no debía hablar con más claridad.

—Bien—dijo Aviraneta—. Nos veremos luego. ¿Y la Pimentosa cómo está?

—Agria.

—¿Qué es eso?

—Enojada, porque le pica la despensa.

—¿Qué quieres decir? ¿Qué despensa es esa?

—El estómago.

—Es verdad que padece mi señora males de estómago.... Aguarda, que mevoy contigo.

Tablas, que había dado ya algunos pasos hacia San Millán se detuvo,mientras el guipuzcoano, estrechando con el más vivo afecto la mano desu amigo, lo dijo estas palabras:

—Mañana... y quien dice mañana dice el mes que viene o el año queviene... estarás conmigo en la Isabelina.

-VIII-

Las escenas y conversaciones de aquella noche dejaron en el espíritu deSalvador un dejo de amargura, y así se esforzaba en apartarlas de sumemoria, considerando que reproducían en pequeño cuadro lastimoso de laNación española. La confusión de pareceres, el incesante conspirar conrecursos misteriosos y fines mal determinados, las repugnantesconnivencias de la policía con los conspiradores de todas clases, noeran cosa nueva para él; pero había cobrado tal odio a estos fenómenospolíticos, manifestación morbosa de nuestra miseria, que de buena ganase marchara a los antípodas o a cualquier región apartada dónde no oyerani viera lo que allí mortificaba sus ojos y sus oídos.

La experiencia, el profundo conocimiento de las personas, los viajes yla desgracia, habíanle dado elementos bastantes para construir en supensamiento una patria muy distinta de la que pisaba, y la inmensasuperioridad de esta patria soñada en parangón con la auténtica era enél motivo constante de padecer y aburrimiento. Por eso decía:—«Mucho hande variar las cosas, mucho han de aprender los hombres para que lapolítica de mi desventurado país pueda llegar a serme simpática, y comoyo, por muchos años que Dios me conceda, no he de vivir lo bastante paraver a mis compatriotas instruidos en lo que es libertad, en lo que esley y en lo que es gobernar, lo mejor será que no me afane por esto, yque deje pasar, pasar, contemplando desde mi indiferencia los sucesosque han de venir, como se miran desde un balcón las figuras de unamascarada».

Estos propósitos no eran constantes, porque otras veces meditaba sobreel mismo tema y hacía las siguientes consideraciones, llenas de buensentido y de tolerancia.—«No puede sostenerse en las acciones de la vidael criterio pesimista, que suele ser el disimulo del egoísmo. ¿Quiénduda que existen en nuestro país, al lado de esa cáfila dealborotadores, cabecillas, intrigantes, charlatanes, aventureros, muchoscaracteres nobilísimos, innumerables hombres de buena fe, patriciosdesinteresados, verdaderos y leales que se aplicarían a la política yserían discretos en la idea, enérgicos en la acción y honrados en laconducta? Pues bien, si yo me siento capaz de inculcar a esos hombres unpensamiento feliz y de ayudarles en el desempeño, ¿por qué no he dehacerlo?».

Después de vacilar un momento se contestaba con amargura,—«Porque no mecreerían.

¿Cómo habían de creerme y hacer caso de mí, si yo también hesido alborotador, cabecilla, intrigante, aventurero y hasta un pococharlatán? ¿Si he sido todo lo que condeno, cómo han de fiar de mí alverme condenar lo que he sido? ¿Si exploté la industria del pobre eneste país, que es la conspiración, cómo han de ver en mí lo querealmente soy? No, yo he quedado inútil en esta refriega espantosa conla necesidad. Ha salido vivo, sí, pero sin autoridad, sin crédito paratomar en mis labios ese ideal noble, por donde van las vías rectas yfrancas del progreso de los pueblos.

Mi destino es callar yarrinconarme, sopena de que me tengan por un Aviraneta, cuando no por unRufete».

Al pensar esto, el propósito de condenarse a oscuridad perpetuatriunfaba en su ánimo de una manera completa. Pero esta oscuridad sinfamilia y sin afectos era el cenobitismo más triste que puedeimaginarse. Y aquí, en esta lóbrega caverna sin salida, terminaban lasexcursiones mentales del misántropo. Pero la salida no era absolutamenteimposible. Si hacía falta una familia, ¿por qué no la buscaba? Hayciertos bienes que valen más encontrados al azar que buscados concálculo, y es muy general que quien despreció la suerte cuando pasó a sulado, ande después a cabezadas tras ella, y no la encuentre ni siquierapintada, o halle cualquier falsificación del bien y la coja gozoso y laabrace y se desengañe y rabie, deplorando su torpe indolencia.

Quería vencer su extraordinario tedio frecuentando la sociedad. Habíarenovado mucho sus amistades, dando un poco de mano a las que lerecordaban su juventud de trapisondas y procurando contar entre susíntimos a personas de mayor fuste. Su buena figura, su conductaintachable, su instrucción, su entretenida palabra 8, tratándose dereferir viajes o verosímiles casos y peligros le dieron muchas simpatíasen todas partes. Había dejado de visitar a Genara y a D. Benigno Corderopor razones poderosas; pero en cambio frecuentaba otras muchas casasdecentes, a donde concurría en personal de ambos sexos lo más selecto dela Corte. Por las noches gustaba mucho de pasear un poco por las callesantes de retirarse a su casa, poniendo así entre la tertulia y el sueñoun trozo de meditación trans-urbana de más gusto para él que la másentretenida y docta lectura. La soledad sospechosa de algunas calles, elbullicio de otras, el rumor báquico de la entreabierta taberna, lacanción que de una calleja salía con pretensiones de trova amorosa, elcuchicheo de las rejas, el desfile de inesperados bultos, indicio delrobo perpetrado, del contrabando o quizás de una broma furtiva; ladisputa entre viejecillas terminada con estrépito de bofetadas... porotra parte el rodar de magníficos coches; la salmodia insufrible deldormido sereno que bostezaba la horas como un reló 9 del sueño,funcionando por misterioso influjo del aguardiente; el rechinar de laspuertas vidrieras de los cafés, por donde salían y entraban lospatriotas; el triste agasajo de las castañeras que se abrigaban con loque vendían tendiendo una mano helada para recibir los cuartos y otramano caliente para dar las castañas; las singulares sombras que hacíanlas casas construidas sin orden, unas arrumbadas hacia atrás, las otrasalargando un ángulo ruinoso sobre la vía pública; los caprichos declaridad y tinieblas que formaban las luces de aceite encendidas por elAyuntamiento y que podían compararse a lágrimas vertidas por la nochepara ensuciar su manto negro; el peregrino efecto de la escarcha en lascalles empedradas, que parecían cubrirse de cristal esmerilado conreflejos tristes; el mismo efecto sobre los tejados, en cuya superficiese veía como una capa de moho esmaltada por polvo de diamante, elgrandioso efecto de la helada, que en flechazos invisibles se desprendíadel cielo azul ante las miradas aterradoras de la luna, la deidadfunesta de Enero; la consideración del frío general hecha dentro de unacaliente pañosa; el estrépito de la diligencia al entrar en la calle,barquichuelo que navegaba sobre un mar de guijarros, espantando a losperros, ahuyentando a los chiquillos y a los curiosos;... el buen pasomarcial de los soldados que iban a llevar la orden prendida en lo altodel fusil; el coro sordo de los mercados al concluir las transacciones,cuando se cuenta la calderilla, se barre el puesto y se recogen losrestos; el olor de cenas y guisotes que salía por las desvencijadaspuertas de las casas a la malicia, y el rasgueo de guitarras que sonabaallá en lo profundo de moradas humildes; la puerta sobre la cual habíaun nombre de mujer groseramente tallado con navaja, o una cruz o uncartel de toros, o una insignia industrial, o una amenaza de asesinato,o una retahíla de palabras groseras, o una luz mortecina indicandoposada, o un macho de perdiz que cantará a la madrugada, o un cuadritode vacas de leche, o un objeto negro algo semejante a un zapato, o unaarmadura de fuegos artificiales pregonando el arte de polvorista, o unaalambrera cubierta con un guiñapo, señal de la industria de prendería, ouna bacía de cobre, o un tarro de sanguijuelas... todo esto, en fin, yotros muchos accidentes de la fisonomía urbana durante la noche, páginasvivas y reales, abiertas entre la vulgaridad de la tertulia y el tediode su casa solitaria, le cautivaban por todo extremo.

Pero una noche tuvo un encuentro triste. Al entrar en la Plaza deProvincia vio una persona, dos, tres. Eran un hombre cojo, bien envueltoen su capa, una mujer tan bien resguardada del frío, que sólo se leveían los ojos, y un niño con gabán y bufanda, mostrando la nariz húmeday los carrillos rojos de frío. Los tres iban en una misma fila: sedetenían en todos los escaparates para ver las mantillas, los lujososvestidos, las telas riquísimas, las joyas, y parecían muy gozosos yentretenidos de lo que veían. En la esquina había una castañera.Detuviéronse. El cojo sacó cuartos del bolsillo, la mujer un pañuelo,compraron, probó el chico y luego siguieron. La mujer agasajó el pañuelolleno de castañas, como para calentarse las manos con él....Avanzaron....

desaparecieron por una puerta.

Salvador se sintió estremecer de desesperación y envidia. El hombrecojo, el niño, la placentera unión de los tres, los cuartos sacados delbolsillo, los saltos del chico cuando se estaba haciendo el trato con lavendedora, las castañas, el pañuelo, las manos que tenían el pañuelo....En vista de las insolentes burlas del destino, juró no volver a pasarpor allí.

-IX-

El hombre cojo entró en su casa, como hemos dicho, y después de unligero altercado entre la familia por saber cuál había de acostarseprimero, retiráronse todos. La paz, el orden, el silencio, la quietud seampararon de todo el ámbito de la vivienda, y bien pronto no hubo enella un individuo que no durmiese, a excepción de aquel buen señor de lacojera, el cual, despierto en su lecho, daba vueltas a una idea como sila devanase, sacándola del enredado pensamiento al corriente ovillo deldiscurso.

—Cuanto más cerca veo el día—pensaba—, más indeciso y perplejo meencuentro. ¿Por qué dudo, decídmelo, Virgen Santa del Sagrario y tú, SanIldefonso bendito? ¿Por qué mi anhelo se ha trocado en vacilación y mife en temor de causar gravísimo daño? ¿Qué dices a esto, concienciapura, qué razones me das? ¿Sale acaso de ti esa voz que siento y que medice:

«detente, ciego?...». Y tú, caviloso Benigno, ¿has notado, porventura, frialdad en los afectos de ella, arrepentimiento en su voluntado siquiera desvío? Nada: ella es siempre la misma. Aún me parece máscariñosa, más apegada a mis intereses, más amante, más diligente....Entonces, mentecato, hombre bobísimo y pueril, digno de salir por esascalles con babero y chichonera,

¿por qué vacilas, por qué temes?...Adelante y cúmplase mi plan, que tiene algo, ¡barástolis! algo, sí, deinspiración divina.... ¡Ah! ya vienen los malditos dolores.... ¡todo seapor Dios! ¡Oh! ¿por qué te me has torcido en el camino del Cielo, ohpierna?...

Las historias están conformes en asegurar que D. Benigno, después dedecir «¡oh, pierna!»

lanzó un gran suspiro y se durmió como un santo. Ala mañana siguiente tenía la cabeza despejada, el humor alegre. Loprimero que leyó cuando le trajeron la Gaceta fue el decretoconvocando a la Nación en Cortes a la usanza antigua, para jurar a laprincesa Isabel, por heredera de la corona de ambos mundos. Esto le diomucho contento, y viendo la fecha del 20 de Junio marcada para aquelnotable suceso, dijo así:

—Para entonces, ya estaremos casados.... Es preciso fijardefinitivamente esta fecha que es mi martirio. Ella dice que cuando yoquiera, y yo digo que la semana que entra, y cuando entra la semana queentra, entran ¡ay! también mis escrúpulos como un tropel de acreedores,y así estamos y así vivimos.

Parte de los escrúpulos de hombre tan bueno provenían de sentirseachacoso. No era ya aquel hombre que engañaba al siglo con sus cincuentay ocho años disimulados por una salud de hierro, por alientos y espíritudignos de un joven de treinta, con ilusiones y sin vicios. Aquellafunesta rotura de la pierna había ocasionado en él pérdida brusca de lajuventud que disfrutaba, y se sentía entrar, con paso vacilante y cojo,en una región fría y triste que hasta entonces no había conocido. Conlas lluvias primaverales y los cambios de temperatura se le renovaronlos dolores, complicándose con pertinaz afección reumática, y el pobreseñor estuvo mes y medio sin poder moverse de un sillón.

«¿Apostamos, decía, a que llega también el 20 de Junio y se reúnen lasCortes y juran a la princesa, y yo no habrá soltado aún este grilleteque Dios se ha servido ponerme? ¿Qué presidio es este? ¿Temes, oh, Diosmío, que marche muy a prisa? ¿Esto es acaso para bien de mí alma,amenazada de correr demasiado y estrellarse?».

¡Y qué pesadas habrían sido las horas de aquella temporada, que élllamaba su condena, si no las aligerasen con su cariño y con milsolicitudes y ternezas las seis personas que él designaba con eldulcísimo nombre de la sacra familia! Sola le cuidaba como podríacuidarse a un niño enfermo, y de su cuenta corría todo lo relativo aaquella dichosa pierna averiada que no se quería componer sino a medias.Ella parecía haber robado a los ángeles de la medicina el delicado artedel apósito, y sus dedos eran tan conocidos del dolor que este les veíacerca de sí sin irritarse.

Cumplida esta obligación suprema, la futuraesposa del mejor de los hombres se ocupaba de todo lo de la casa con ladiligencia de siempre, con más diligencia, si cabe, pues sinsospecharlo, se había ido acostumbrando a considerarse partícipe deaquel trono doméstico y co-propietaria de tan dulces dominios.

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Por las noches, la familia se reunía en el comedor, en torno delpatriarca claudicante. Doña Crucita, que se había dedicado a bordarpájaros, despachaba semanalmente una bandada de aquellos preciososseres, y a veces el comedor parecía una selva americana, porque loshabía de todos colores, y además mariposas y florecillas, todo inventadopor la señora que creaba las especies con su rica fantasía, de tal modoque se viera muy perplejo Buffón ante tal maravilla.

Este interesanteautor era leído algunos ratos en voz alta por uno de los hijos mayores,pues no había lectura más sabrosa que aquella para D. Benigno, despuésde la de Rousseau; y todos se quedaban pasmados oyendo la magníficadescripción del caballo, la pintura del león, o la peregrina industriade los castores. El mismo muchacho o su hermano solía leer también las Gacetas para dar variedad a los conocimientos y saber lo que pasaba enHungría, Cracovia o Finlandia. Los sucesos de España eran los que jamásse sabían por Gacetas ni papelotes, y era preciso recibirlos por elvehículo del padre Alelí, amigo fiel sobre todos los fieles amigos, cadavez más perturbado de caletre y más difuso de explicaderas. Por élsupieron que D. Carlos se marchaba a Portugal, haciendo la comedia deque su esposa quería abrazar a D. Miguel (otro que tal) y a las infantasportuguesas; pero realmente por no verse en el caso de jurar aIsabelita. El mismo Tío Engarza Credos les informó de que en una casade la calle de Belén había sido sorprendida una junta carlista y presostodos los que la formaban. Si el interés político de las tertuliascorderiles estaba en estas noticias, su amenidad dependía de las graciasy atrevimientos de Juanito Jacobo, que con su media lengua decía más quesi la tuviera toda entera, y ya recitara fábulas o romances, ya sedespachara a su gusto con frasecillas y observaciones de su propiacosecha, hacía morir de risa a toda la familia, menos cuando le daba porenojarse, hacer pucheros y tirar a la cabeza de su hermano un zapato,libro, palmatoria, tintero o cualquier otro proyectil mortífero.

La tienda había sido traspasada por Cordero a otro comerciante, amigo ypariente suyo, y con esto quedó retirado absolutamente del comercio. Sucapital, si no muy grande, sólido como el que más, le aseguraba rentasmodestas y saneadas. Tenía vastos proyectos de ensanche y mejoramientoen los Cigarrales, y no esperaba sino a que aclarase el tiempo paratrasladarse allá con toda la familia.

En Mayo sintiose tan mejorado de su pierna que pensó era llegado elmomento de poner fin a sus vacilaciones. Era una tarde hermosa. Habíanconcluido de comer en paz y en gracia de Dios.

D. Benigno, dejando queAlelí se durmiera en el sillón del comedor y que Crucita hiciera lomismo en su cuarto, envió a los muchachos a la escuela, y a su cuarto aSola, entabló con ella una conversación de la cual es preciso no perderpunto ni coma.

—Querida Sola—le dijo—, tengo que dar a usted explicaciones acerca de unhecho que le habrá sorprendido y que tal vez (y esto es lo que mássiento) habrá lastimado su amor propio de usted.

Sola manifestaba grandísima sorpresa.

—El hecho es que, habiéndose resuelto desde que estuve en la Granjatodas las dificultades que se oponían a nuestro matrimonio, hayaaplazado yo varias veces desde aquella época un suceso tan lisonjeropara mí. Como usted podría sospechar que estos aplazamientossignificaban algo de mala gana, frialdad o escaso deseo de ser sumarido, y como nada sería más contrario a la verdad que esa sospecha deusted, tengo que explicarme, hija, tengo que revelar ciertospensamientos íntimos y ciertas cosillas.... ¿me entiende usted?

Con su verbosidad indicaba el héroe estar muy lleno de su asunto, comodicen los oradores, y es probable que desde la noche anterior hubiesepreparado en su cabeza y hasta construido algunas de las frases de aquelmemorable discurso.

—Pues bien, la causa de esta poca prisa... darémosle este nombre, que esel que más le cuadra... ha sido cierto escrúpulo que me ha asaltado,cierto temor de que nuestro matrimonio hiciera a usted desgraciada envez de hacerla feliz, como es mi deseo.

—¡Desgraciada!—exclamó Sola, recibiendo aquella idea como una ofensa.

—¡Oh! no apresurarse... falta mucho que decir. Estos escrúpulos ytemores no se refieren a cosa alguna que pueda menoscabar losextraordinarios méritos de la que elegí por esposa; son cosa pura yexclusivamente mía. Ha llegado el momento de hablar con absolutafranqueza, y de no ocultar idea alguna por penosa que sea para mí. Puesbien, hay una persona, un hombre, hija mía, que la aprecia a usted en lomucho que vale, que la conoce a usted desde su niñez, que la haprotegido, que la quiere, que la ama; hombre que tal vez, ¿por qué no?es amado de usted....

¡Ah! querida Sola, hija mía, me parece que hepuesto el dedo en una llaga antigua de ese corazón sin par, hecho aresistir y padecer como ninguno.... En su cara de usted veo....

Ella se había quedado pálida cual si tuviera por rostro una máscara decera, y miraba a su delantal, cuya punta tenía entre los dedos.

—Esa palidez—dijo D. Benigno conmovido—no indica en manera alguna queusted tenga que arrepentirse de nada, pues no se trata de faltas; indicaque yo he despertado un sentimiento que dormía, ¿no es verdad?

La palidez de Sola se disipó como un velo que se rasga dejando ver laclaridad que encubre, y así fue, por modo parecido al brusco descorrerde una cortina, como se encendió en ella un rubor vivísimo. Echándose allorar, murmuró estas palabras:

—Es verdad, sí señor. Usted es más bueno que los ángeles.

El de Boteros estuvo callado un mediano rato contemplándola.

—Pero yo no he faltado, yo no he mentido...—balbució Doña Sola y Monda entre suspiro y suspiro—. Lo que usted dice, muerto estaba y enterradoen mi corazón para no resucitar jamás.

—Lo sé, lo sé—dijo Cordero no menos turbado que su amiga—. ¡Oh! la vozaquella, la voz aquella blanda y un poco triste que hablaba aquí en miconciencia, ¡qué bien me lo decía! Pues oiga usted todo. En este tiempoque ha pasado desde que vine de la Granja, se puede decir que no hevivido sino para pensar en esto y hacer comparaciones. Sí, he vividocomparándome, querida hija, he vivido atormentado por un análisiscomparativo de las cualidades que creo tener y las que reúne el hombre aquien usted conoce mejor que yo, resultando que él esextraordinariamente superior a mí.

—¡Oh! no, cien veces no—replicó Sola con energía—. Es todo lo contrario.

—No violentemos la naturaleza, hija mía; no violentemos tampoco lalógica. Concedo que en honradez y en prendas morales no me aventaje, sibien no hay motivo para no reconocer que me iguala, pero en cambio, ¡quésuperioridad tan grande la suya en el exterior y los atractivos de lapersona!... Las cosas claritas.... ¿eh?... ¿por qué no se ha de decirque él es un hombre que cautiva, un hombre que despierta simpatías entodo aquel que le trata, mientras yo...?

—Usted también, usted también—dijo Sola prontamente. D. Benigno movía lacabeza con triste ademán.

—No violentemos la naturaleza, querida, no violentemos lalógica—repitió—. Concedo que no sea yo enteramente antipático; perousted, que siente y discurre muy bien, podrá decir si hay nada en lapersona y en el alma de un viejo que pueda competir con la juventud, conel rostro alegre y expresivo de un hombre sano en la plenitud de susafectos, de su fuerza, de su vida toda.

—Según como se mire, según como se mire—dijo Sola arrebatada decompasión por su amigo y anhelante de concederle todas las ventajas.

—¡Oh!—exclamó D. Benigno sonriendo—, por más que usted se empeñe enecharme flores, no conseguirá que yo me enfatúe, ni que me obceque hastael punto de no ver claramente lo que soy. La vejez tiene suspreeminencias, tiene sus bellezas; pero estas preeminencias y estasbellezas no son de gran valor para el caso de que tratamos. Yo meconozco bien, no me doy ni me quito ni un adarme de lo que realmentepeso, puesto en la balanza del matrimonio; creo que no carezco dealgunas cualidades que me harían apreciar y respetar y aun amar de unamujer joven; pero la comparación con otro me revela mis años, que no sonfloja cuenta para el caso; me revela mis achaques, que se han iniciadoprecisamente ahora como un aviso, como una advertencia que Dios me hacepor conducto de la Naturaleza. En fin, querida mía, si se tratará decualquiera extraño, de cualquier advenedizo que en esta ocasión sepresentase, ni por el pensamiento me pasaría que usted pudierapreferirle a mí; pero ¡ay! se trata de una antigua amistad, de un cariñoantiguo en él y antiguo en usted.... Usted me lo ha revelado, diciéndomecon el acento más noble y leal: «es verdad, es verdad».

—Es cierto—replicó Sola—, y ahora, para que no quede en mi corazón ni unfondo siquiera de los secretos que he guardado en él por tantísimotiempo, voy a confesarme con usted.... Delante de un sacerdote, delantede Dios mismo no sería más sincera, créamelo usted.... Si antes no habléde esto, fue porque yo quería considerarlo como cosa muerta y sepultada.Creía que mientras más lo callara y menos lo pensara, mayor sería elolvido, y no me atrevía a confesarlo, por temor de que con la confesiónrenaciera y me atormentara otra vez.

Se había sentado en una silla baja y sus brazos tocaban las venerablesrodillas del héroe. Quien no la viera de cerca, creería que estaba dehinojos.

—Mucha parte de lo que usted ha callado con tanto afán, por su empeño deechar tierra y más tierra sobre un sentimiento desgraciado—dijoCordero—, me lo reveló él mismo.

—Habrá dicho a usted que me recogió a la muerte de mi padre, poniéndomeal amparo de su madre, y mirándome como a hermana. Si se jactó de susbeneficios hizo bien, porque estos fueron grandes en aquella época.

—No se jactó. Adelante.

—Diría también que yo le cuidaba como una hermana y le servía como unaesclava. Su voluntad me parecía una cosa de que no se podía dudar; suspalabras como el Evangelio.

—¿Y él?...

—Me trataba con consideración; pero....

—¿No tenía a usted más cariño que el de hermano?

—Ninguno más; pero aquel cariño me consolaba en mi tristeza.

—Tengo idea de que fue bastante calavera y que tuvo amores conalgunas.... ¿Pero a usted jamás...?

—Jamás—dijo Sola ingenuamente—, quería a otras mujeres; pero a mí no mequería.

D. Benigno se sonrió.

—¿Pero usted—dijo—, le quería desde entonces?...

—Me da vergüenza decirlo—replicó Sola—, por el desairado papel que hice:pero puesta a confesar, no oculto nada. Le quería, sí, muchísimo.

—¿Cómo?

—Todo lo que se puede querer a una persona—dijo ella, inclinando lacabeza, que le pesó, sin duda, por una extraordinaria aglomeración derecuerdos.

Cordero sintió un nudo en su garganta. Necesitó tragar algo para quitaraquel estorbo y poder decir:

—¿Y siempre lo mismo?

—Siempre le quería lo mismo y no pensaba más que en él, a todas horas,dormida y despierta.

—¿Y cuando estaba ausente?

—Le quería más.

—¿Y cuando volvía?

—Más. Era una cosa superior a mí, una especie de enfermedad o desgraciaque me enviaba Dios.

—¿No procuró usted librarse de ese tormento, pensando en otro?

—¡En otro hombre!—exclamó Sola como horrorizada—. Eso no, eso eraimposible.... Lo que yo sentía, aquel tormento mío me era necesario paravivir, como el aire y la luz.

—¿Nunca le demostró usted con acciones y palabras la grandísima aficiónque le tenía?

—¡Oh! no.... A veces hacía yo proyectos disparatados y me imaginaba nosé qué medios para hacérselo comprender; pero luego me daba muchavergüenza.

—¡Qué horroroso tormento! ¡Qué agonía!

—Casi siempre, sí; pero a veces era feliz.

—¿Cómo, criatura?

—Pensando tonterías... y echándome a discurrir que de pronto se leantojaba quererme como yo le quería a él.

—¡Oh! barástolis—exclamó D. Benigno, cerrando el puño amenazador—, porvida de.... Estoy indignado contra ese hombre, y bien merecía que ustedlo despreciara.... Si usted viene a mí entonces y me cuenta lo que lepasa, como me lo cuenta ahora, juro a usted que voy derecho a ese hombrey le cojo, y le digo: «Oiga usted, caballero...».

Sola no pudo menos de reír un poco, y dijo:

—No tenía usted más que hacerle daño para ser mi mayor enemigo. Puessí... que lo tomaba yo con poco tesón.... Ahora comprendo que era muyextremada y que yo misma me recalentaba la imaginación noche y día, comocuando se echa leña en un fuego que se teme ver apagado. Como no habíanadie a quien yo pudiera contar tales cosas, me las contaba a mí misma.Yo me consolaba diciéndome tonterías y resignándome, pues las muchasdesgracias que he tenido desde niña y el verme siempre privada de todolo que más he querido, me acostumbraron a tener mucha paciencia,muchísima. Es un consuelo un poco triste este de la paciencia; perousándolo mucho, concluye uno por quererle y familiarizarse con él.... Yotenía... hasta mis alegrías, sí señor, alegrías a mi modo, ¡pues quésería de nuestra alivia si no tuviese medios de sacar alguna vez de símisma lo que los de fuera no quieren darle!... En fin, señor, así ibapasando el tiempo, pasando, él ausente, yo sin esperanza. Me parece quelos días eran como unos velos que se corrían despacio, uno sobre otro, yestos velos caían sobre mi memoria, y poco a poco iban apagando yoscureciendo lo que en ella había. Al cabo de cierto tiempo empecé averle... así como entre brumas, lejos; y con las ocupaciones, todo loque yo pensaba se interrumpió para dar lugar a otras cosas. A vecesperdía bruscamente el terreno perdido, quiero decir, que por causa dealgún sueño, de alguna conversación que me recordaba las cosas pasadas,o por nada, por simpleza mía, volvía a sentirme atormentadísima, y meparecía tenerle delante y oírle, ¡siempre tan cariñoso, siempre tanbueno, pero siempre hermano!... En fin, aquellas recaídas... porque erancomo las recaídas de una enfermedad... pasaban también. Yo sentía queiba cayendo tierra sobre aquello, y si he de decir verdad, yo la echabatambién a puñados, unas veces rezando, otras trabajando en demasía....¡Ay! al fin me encontré triunfante, y si pudiera valerme de unaexpresión rara....

—A ver, diga usted esa expresión rara, querida sepulturera.

—Pues diré que últimamente me paseaba sobre el grandísimo montón detierra que yo había echado sobre aquellas penas sepultadas.... Algunasveces no iba segura, porque me parecía que sentía moverse debajo de mispies la tierra... pero yo, valiente como debía serlo, daba golpes conlos pies y todo se quedaba entonces quieto.... ¿Ve usted quépamplinas?...

—Siga usted—exclamó Cordero con la voz entrecortada—. Estoy lelo deadmiración.

—Pues en estas y otras cosas, llegué a tener conocimiento con unapersona que me manifestó tanto interés, tanta consideración.... Yo nosabía cómo pagarle, y decía: «Es una desgracia para mí no tener algo degran valor que ofrecer a este hombre generoso». ¡Qué lejos estabaentonces de suponer que mi hombre generoso, mi segundo padre había dequerer cobrarse sus beneficios de un modo que me obligaba más a lagratitud! Yo trabajaba en su casa: hubiera deseado que se multiplicaranlas obligaciones para poder esclavizarme más. Yo comprendí.... Dios ymis desgracias me han dado alguna penetración... comprendí que mi buenamigo había encontrado en esta pobre algunos méritos personales, y noestaba conforme con que yo fuera su criada, ni su pupila, ni tampoco suhija; quería llevar su generosidad hasta un extremo tal.... Elagradecimiento llenaba mi corazón; ¡qué regocijo me causa el agradecer yel pagar, aunque sea con poco!... Yo acepté entonces los favores de miprotector, y me dije que debía hacer todo lo posible por merecer el bieninmenso que aquel hombre quería hacerme. ¡Ay! cómo luchó entonces porarrancarme lo que aún restaba de lo pasado.... Aún quedaba algo: negarlosería mentir. Mi buen protector se apoderaba de mi alma de una maneradulce y lenta. Llegué a acostumbrarme a su compañía de tal modo, que siesta me faltara, faltaríame lo principal de la vida. La idea de ser sumujer se clavó en mí, echó raíces, y me prometí entonces a él sinescrúpulo y con la conciencia serena. Mi corazón, reconquistado por mí,podía ser ofrecido a quien mejor que nadie lo merecía.

¿Qué mejor dueñopodía desear que aquel hombre sin igual, por quien sentí además de lagratitud un afecto tan grande, tan grande que no sé cómo expresarlo?

D. Benigno hacía los imposibles por impedir que las lágrimas salieran desus ojos, y ya miraba al lecho, sin dejar de atender con toda su alma alo que Sola decía, ya estiraba los músculos de su cara, ya en fin poníadiques al llanto queriendo convertirlo en benévola risa. Por último,pudo más su emoción que su dignidad y se llevó la mano a los ojos.

—Reconozco con mucho gusto, con muchísimo gusto—dijo hablando conturbación, pero sin llanto—, que al aceptar usted mis ofrecimientos loha hecho con lealtad... sí, señora mía, lo reconozco...

estoyagradecido...

yo

no

valgo

nada...

reconozco

que

usted,

al

responderafirmativamente a mis ruegos, echó el último puñado de tierra sobre unpasado triste; me ofreció su cariño y me consagró su persona toda, suporvenir... yo lo agradezco... pero, pero...

luego cambiaron las cosas,se presentó a usted de improviso aquel sobre quien había caído tanta,tantísima tierra....

—No—exclamó Sola enérgicamente, levantándose—. Nada puede alterar miresolución.

Cuando apareció, ya yo no me pertenecía. Me considero tanligada por mi palabra antes como después de aquella visita, y no debo,ni quiero... ni quiero, repito, volver atrás.

—No es posible que la presencia de ese señor lo fuera a ustedindiferente.

—Indiferente no; pero quien tanto ha luchado y tanto ha vencido, nopodía de ningún modo comprometer su victoria. Soy la misma ahora quecuando fui por primera vez a los Cigarrales a pasar los mejores días demi vida.... La menor duda de usted sobre esto será para mí una ofensa.Soy toda en cuerpo y alma del que miró a esta huérfana sola y abandonaday tuvo la incomparable generosidad de querer hacerla su señora.

La actitud firme de Sola, la energía y la lealtad que en su semblante sepintaban, como la expresión más propia y adecuada de su almahermosísima, tenían al buen Cordero sobrecogido de admiración, degratitud, de entusiasmo, de amor.

—Una sola palabra—añadió—una sola pregunta quiero hacer. Lo que usteddiga será para mí como declaración bajada del cielo y lo creeré, como secree en Dios.... Una palabrita nada más.

Somos dos, dos hombres, el unojoven, lleno de vida y salud, de inmejorable presencia, despejado, rico,honrado, con innumerables prendas que aumentará la imaginación de la quetanto supo amarle de niña; el otro viejo, enfermo, pesado....

—Pesado no—gritó Sola protestando con calor.

—Bueno, quitemos lo de pesado... enfermo, feo....

—En los hombres no hay fealdad.

—Enfermo—prosiguió Cordero contando por los dedos—, poco agraciado,corto de vista, honrado sí, como el primero, de buen corazón.... En fin,voy al objeto. Los dos quieren casarse con una tal Sola, y esto parecefin de comedia. Una palabra de la dama va a decidir la cuestión, ¿a cuálde los dos quiero por marido?

¡Oh! quién tuviera pincel para pintar aquel destello de verdad supremaque brilló en los ojos de Sola, aquel gesto de heroína con que llevó lamano al pecho y elevó al cielo los ojos, bella por la verdad, sublimepor lo que de abnegación había en el fondo de aquella verdad, y quiénpudiera expresar el acento suyo cuando pronunció estas palabras:

—¡Como Dios es mi padre celestial, así es verdad que quiero casarme conel viejo!

D. Benigno no la había abrazado nunca. Aquel día la abrazó por primeravez, y aquel abrazo bien valía por mil.

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-X-

Contaba el padre Alelí, historiador desmemoriado y chocho, que aquellanoche estuvo D.

Benigno durante seis horas seguidas sin moverse de suasiento, con los ojos fijos en las puntas de los pies, y el puño en lamejilla, y tal fue, añade, la duración de su éxtasis, cavilación omodorra, que al dejar aquella actitud tenía marcadas las coyunturas enlos rojos mofletes de su cara, y el codo había dejado un hoyoprofundísimo en el cojinete del brazo del sillón. Pero nuestro buencriterio no nos permite admitir ciegamente esta versión, y así reducimosa tres las seis horas de que habla Alelí, el cual como Herodoto era muyinclinado a exagerar y dar proporciones a lo que veía. Mejor sería aún,reducir a una hora nada más el plazo de aquella perplejidad de nuestroquerido señor, y así lo haremos. Conste, pues, que meditó largo rato, yque después apareció como ensimismado y lleno de confusiones. ¿No sehabían disipado sus recelos? Sin duda no. De su talante sólo puededecirse que tan pronto parecía muy alegre como muy triste.

Al día siguiente muy temprano, después de un sueño ni profundo ni largo,se levantó, y despachando a toda prisa el desayuno, salió y fue derechoen busca de un sujeto que vivía en la calle del Duque de Alba, junto aD. Felicísimo. Aquel era día de mala suerte para el de Boteros, porqueel individuo a quien buscaba había salido más temprano que de costumbre,dejando dicho a sus criados que no le esperaran en todo el día.

—¡Barástolis y más que barástolis! ya podía haber esperado un poco.

—Si llega usted cinco minutos antes—dijo el criado—, le encuentrabajando la escalera.

—Cinco minutos.... ¿y cómo había de llegar cinco minutos antes, hombrede Dios? ¿No ve usted que soy cojo?... ¿no lo ve usted?

—No se incomode usted, caballero.

—¡Malaventurados los cojos—dijo el héroe para sí con tristeza—, porqueellos llegaron siempre tarde!

El señor a quien D. Benigno buscaba con tanto empeño no estaba lejos desu casa. Si Cordero, en vez de retroceder hacia la Merced y calle deCarretas con ánimo de encontrarle, hubiera seguido hacia San Millán y lacalle de los Estudios, le habría de seguro hallado. Estaba frente a unapuerta de la citada calle, con la vista fija en un hombre y en uncaldero, en una mesilla forrada de latón, en un enorme perol de masa yen un gancho. En el caldero que era grandísimo, ventrudo y negro, hervíaun mediano mar amarillo con burbujas que parecían gotas de ámbarbailando sobre una superficie de oro.

Del líquido hirviente salía un chillón murmullo, como el reír de unavieja, y del hogar o rescoldo, profundo son como el resuello de undemonio. La llama extendía sus lenguas, que más bien parecían manos condedos de fuego y uñas de humo, las cuales acariciaban la convexidad delcazuelón, y ora se escondían, ora se alargaban resbalando por el hollín.El hombre que estaba junto al cazuelón y sobre él trabajaba, habríapasado en otro país por prestidigitador o por mono, pues sólo estosindividuos podrían igualarle en la ligereza de sus brazos y blandura desus manos.

En el espacio de pocos segundos metía la izquierda en elcacharro de la masa, daba en ella un pellizco, sacaba un pedazo, que másparecía piltrafa; estrujaba ligerísimamente aquella piltrafa, haciendoentro sus dedos como un pequeño disco u oblea grande; arrojaba esto alhervidero amarillo, y en el mismo instante, con una varilla que en lamano tenía, agujereaba el disco, haciendo un movimiento circular comoquien traza signo cabalístico. Unos cuantos segundos más y el disco sellenaba de viento y se convertía en aro. Con un brusco impulso de lavarilla echábalo fuera para empezar de nuevo la operación. No seránecesario decir que aquellos roscos amarillos, vidriados y tiesos comovejigas eran buñuelos. Una mujer flaca, bigotuda, con parches en lassienes, y las cejas como dos parches negros, se ocupaba en ponerordenadamente los buñuelos y en espolvorearles azúcar con un cacharrillode lata, agujereado cual salvadera. La misma mujer de los parches eraquien vendía, cuando alguien compraba, ensartando las docenas debuñuelos en juncos verdes que a la mano tenía.

El prestidigitador buñuelista era un hombre pequeño, antipático, tirandoa viejo. Sudaba tanto con aquel continuo y fatigoso ejercicio, que sucara parecía haber estado en remojo poco antes.

Para entretener elfastidio canturreaba 10 esta copla:

Reinará

D

Carlos

con

la

Inquisición,

cuando

la

naranja

se vuelva limón.

Salvador reconoció la puerta de la casa que buscaba, y acercándose,preguntó si vivía allí el señor Pedro López, por otro nombre Tablas.Mientras el hombre se limpiaba el sudor, la hembra de los parchescontestó que sí. La tiendecita ahumada donde estaba el puesto debuñuelos y

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aguardiente comunicábase con una lonja grande y espaciosa,donde había espléndido comercio de carne y salchichería. Ambosestablecimientos eran, al parecer, de un mismo dueño: el pequeño teníauna puerta a la calle y el grande dos.

—Es en la tienda de al lado—dijo el buñuelero sin urbanidad—; pero sepuede entrar por aquí.

Pase usted, caballero.... Señá Nazaria, aquípreguntan por usted.

Cuando

la

naranja

se vuelva limón.

Salvador penetró en la gran tienda donde podía admirarse todo lo máshermoso y rico que producen las industrias de Montánchez y Candelario, ysi no hubiera freno para las comparaciones, si todo lo visible pudieseentrar en el dominio del arte metafórico, bien podría llamarse a aquelloel palacio de las morcillas o el templo del jamón. Además de laextraordinaria abundancia de lo que en el comercio se llama género,cautivaba en tal sitio el buen orden y, si se quiere, la elegancia conque todo estaba colocado y mostrando que había allí buen ojo y buenamano para que lo destinado a complacer al estómago embelesase primero ala vista. El techo era un portento, pues no parecía sino la convexidadde admirable gruta adornada de estalactitas, de corales, madréporas yraras especies de aquella parte del reino vegetal que con el mineral seconfunden. Fijándose en los jamones que colgaban de un barrote de hierroy en las oscuras morcillas que les acompañaban, no se podía menos depensar en algún inmenso árbol de Jauja, que había metido allí una de susramas, completamente llena de gigantescas frutas, tan sabrosas comopicantes. En graciosas cenefas y en madejas ondeadas pendían lassalchichas rojas como el pimiento de quien tomaban su afectado colorete,y las sartas de chorizos se entremezclaban con los perniles,acariciándolos suavemente con su piel crasosa. Por una columna abajodescendían en cuelga millares de salchichones, los unos vestidos concoraza de plata, los otros desnudos y tiesos como garrotes, en talnúmero, que con ellos se podría armar un ejército, si los ejércitos sebatieran a cachiporrazos. En el mostrador, de pintada tabla, estaba elpeso de metal amarillo, que como el más fino oro de Arabia relucía, y deunos ganchos que traían a la memoria las horcas alzadas por Chaperón enla vecina plazuela, colgaban las orondas reses puestas al despacho. Allíera de ver la hercúlea fiereza con que un fornido inocentón manejaba elhacha sobre el tajo, haciendo trizas a la víctima, que había sido uninocentísimo carnero manchego, o benemérita vaca de la sierra de Gredos.Insensible como un verdugo, había en él también algo de la estrictaequidad de quien cumple justicias superiores, porque cortaba los pedazosde modo que resultasen conforme al peso pedido, y era muy comedido dehuesos y escrupuloso de piltrafas. El tajo era quizás el objeto quemenos conforme estaba con el aspecto ordenado y hasta bonito de latienda. ¿Quién nos asegura que no salió del mismo tronco de dondesacaron el que sirvió para hacer justicia a los Comuneros? Cuandonuestro buen amigo Rufete le miraba, las edades ominosas acudían a sumente y con ellas la imagen de los terribles escarmientos aplicados alhombre por el hombre. Las rayas trazadas sobre el madero por el filo delhacha le parecían una página histórica.

Las pesas subían y bajaban golpeando el mostrador duro, y de mano enmano iba pasando el sustento de todo el barrio, aquí pobre y esquilmado,allá rico y sustancioso. Sobre la tabla caía una lluvia de cuartosnegros manchados de verde, y con la música que estos hacían, seconcordaba el choque de las medias libras y onzas de cobre, sin cesardando sobre el platillo. La aguja de la balanza oscilaba constantementecomo un péndulo invertido. Cuando se distribuía una res, dividiéndose eninnumerables pedazos destinados a tan diversas necesidades humanas, sedescolgaba otra. Tan continuado rasgar de fibras y estallido de huesoscausaría horror a los que no lo presenciaran todos los días. Entre elmurmullo se oía: «Señá Nazaria, péseme, bien, que soy parroquiana....Señá Nazaria, córteme pierna de abajo.... Señá Nazaria, tenga concienciay vea que eso es cordilla para los gatos.... Señá Nazaria, el solomillolimpio y mondo o no cobrado.... Señá Nazaria, tenga conciencia en laschuletas».

Y señá Nazaria atendía a todos los términos de esta baraúnda,demostrando actividad pasmosa, inteligencia múltiple y compleja. Unía altalento para distribuir la grandeza de alma para conceder siempre unpoco más del peso. No era cicatera, pero cuando se creía engañada en eldinero, hacía justicia pronta y seca. En cierta ocasión agarró un moñocomo se podría coger una fruta, tiró de él y una copiosa cabellera negrase le quedó en la mano, por lo que se dijo que en sus grandezas imitabaa Julio César, y en su modo de guerrear a los salvajes. Era una mujeralta y gorda, no tan gorda que llegara a ser repugnante, sino llena,redondeada y bien compartida. Si era verdad que parecía haber absorbidoparte considerable de la infinita sustancia que en la tierra existe,también lo es que conservaba mucha ligereza en todo su cuerpo, y que nolo pesaban las mantecas. Su rostro era de admirable blancura, sus ojosgarzos y negros, su nariz basta y respingada, abierta descaradamente alaire, como gran ventana, necesaria a la respiración de un grande yprofundo edificio. El chorro de viento que entraba por aquella narizmodelada para el desparpajo, imponía miedo a los espectadores de sucólera. Nazaria tenía la hermosura que por extraña amalgama de los tiposhumanos, hace simpático al descaro.

Lucía enormes amatistas montadas en pendientes de filigrana comorelicarios, de modo que parecía llevar en cada oreja el pectoral de unobispo. Sus manos eran bonitas y gordezuelas, y los anillos que deantiguo llevaba no se le podían sacar, porque su carne había crecido yel oro no.

Tenía treinta y tantos años y era viuda de un opulentonegociante de Candelario.

Por qué la llamaban Pimentosa es cosa que no se sabe; pero algunosdecían que picaba mucho y levantaba ampolla a la manera de guindilla. Sepodía ir a la tienda por verla despachar.

También ella eraprestidigitadora como el de los buñuelos, y parecía que se lemultiplicaban milagrosamente las manos para coger pesar, cobrar, contary devolver, todo sin dejar de charlar ni un solo momento. Enormescalderos de manteca blanca como espuma ocupaban un extremo delmostrador, y era bonito ver resbalando por aquellas blanduras de grasalas esmeraldas y los diamantes clavados en los dedos de Nazaria. Otrasveces aquellos dedos, en sangre tintos, ocupábanse en usos industrialesdel género de Candelario; pero pronto recobraban su belleza revolcándoseen espuma de jabón y estrujándose en agua hasta quedar limpios como eloro y finos como la seda. Así y todo se pirraban por dar una bofetada.

-XI-

—¿Qué se le ofrecía a usted, caballero?

—¿Está ese Sr. Tablas?

—Perico querrá usted decir. Esta no es hora.

—Eso es, D. Pedro López.

—No tan arriba. Pique más bajo.

—¿Se le puede ver, sí o no?

—Creo que está durmiendo. Suba usted.... Eh, tú, Rumalda... ve con estecaballero.... Di a Perico que si no tiene vergüenza de dormir a estashoras.

Romualda era una mujercita encanijada y vestida de harapos que en latienda inmediata ayudaba a la mujer de los parches a ensartar buñuelos.La fisonomía de Romualda estaba de tal manera desvirtuada por la palidezy por la suciedad, que no se podía decir si era fea o bonita.

Igualdificultad había para declararla niña o mujer, y así lo menos expuesto aequivocaciones será decir que no tenía edad ninguna.

El fenómeno (pues no de otro modo era llamada en el barrio) echó a andardelante de Salvador para guiarlo. Pero como el fenómeno cojeaba ningunode los dos podía ir a prisa. Tardaron algunos minutos en vencer laescalera, cuya tortuosidad igualaba a las oscuras revueltas de