Un Faccioso Más y Algunos Frailes Menos by Benito Pérez Galdós - HTML preview

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Un faccioso más y algunos frailes menos

Episodios nacionales. Segunda serie; 20

Por

Benito Pérez Galdós

Ilustrada por los Sres.

Mélida, Ferrant, Beruete, Ferriz, Gómez Soler, Alcázar,Hernández Nájera y Mestres

Madrid

1884

Capítulos:

I,II,III, IV,V, VI,VII, VIII,IX, X,XI, XII,XIII, XIV,XV, XVI,XVII,XVIII,XIX,XX,XXI,XXII,X

XIII,XXIV,XXV, XXVI,XXVII,XXVIII,XXIX,XXX,XXXI,

FIN LOS EPISODIOS NACIONALES

-I-

El 16 de Octubre de aquel año (y los lectores del libro precedente sabenmuy bien qué año era) fue un día que la historia no puede clasificarentre los desgraciados ni tampoco entre los felices, por haber ocurridoen él, juntamente con sucesos prósperos de esos que traen regocijo ybienestar a las naciones, otros muy lamentables que de seguro habríanafligido a todo el género humano si este hubiera tenido noticia deellos.

No sabemos, pues, si batir palmas y cantar victoria o llorar a lágrimaviva, porque si bien es cierto que en aquel día terminó para siempre elaborrecido poder de Calomarde, también lo es que nuestro buen amigo D.Benigno padeció un accidente que puso en gran peligro su preciosaexistencia. Cómo sucedió esto es cosa que no se sabe a punto fijo. Unosdicen que fue al subir al coche para marchar a Riofrío en expedición derecreo; otros que la causa del percance fue un resbalón dado con muymala fortuna en día lluvioso, y Pipaón, que es buen testimonio para todolo que se refiere a la residencia del héroe de Boteros en la Granja,asegura que cuando este supo la caída de Calomarde y la elevación de D.José Cafranga a la poltrona de Gracia y Justicia, dio tan fuerte brincoy manifestó su alegría en formas tan parecidas a las del arte de losvolatineros, que perdiendo el equilibrio y cayendo con pesadez yestrépito se rompió una pierna. Pero no, no admitamos esta versión queempequeñece a nuestro héroe haciéndole casquivano y pueril. El vuelco deun detestable coche que iba a Segovia cuando había personas queconsentían en descalabrarse por ver un acueducto romano, una catedralgótica y un alcázar arabesco, fue lo que puso a nuestro amigo en estadode perecer. Y gracias que no hubo más percance que la pierna rota, elcual fue en tan buenas condiciones y por tan buena parte, al decir delos médicos, que el paciente debía estar muy satisfecho y alabar lamisericordia de Dios.

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—Como todo es relativo en el mundo—decía Cordero en su lecho, cuando seconvenció de que su curación sería pronta y segura—, romperse una piernasola es mejor que romperse las dos, y así, Sr. de Monsalud, yo estoycontentísimo, mayormente viendo que el pesado negocio que me trajo a laGranja está ya resuelto, y que gracias a mi amigo el gran D. José deCafranga (que mil años viva) no tendré más cuestiones con el hipogrifo,de D. Pedro Abarca (a quien vea yo sin hueso sano). Dígame usted, amigo,¿ha observado usted que en este mundo pícaro, cien veces pícaro, no hayalegría que no venga contrapesada con un dolor, ni dulzura que no traigasu acíbar?

Pues bien: todo no ha de ser malo. El contento que yo hetenido ¿no vale una pierna? ¿Qué significa un hueso roto de fácilsoldadura, en comparación de las más puras satisfacciones del alma?Vengan averías de este jaez y cáigame yo, aunque sea de lo alto delacueducto, con tal que en proporción de los chichones y de las fracturassean los gustos del espíritu y los regocijos del corazón.

De esta manera un poco artificiosa y sutil se consolaba, y así, mientrasduró su enfermedad, apenas perdió el buen humor ni la paz y dulzura desu condición sin igual. Deparole el cielo excelente compañía en SalvadorMonsalud, que, a pesar de haber despachado también satisfactoriamentesus asuntos, no quiso salir de la Granja dejando solo y postrado en lacama a su honrado amigo. La corte se marchó, los cortesanos siguieron ala corte, el Real Sitio se quedó desierto, calladas las fuentes,desiertas las alamedas. Empezaron a despojarse de su follaje losárboles; enfriose el aire al compás del solemne y tristísimo crecimientode las noches; soplaron céfiros asesinos, precursores de aguaceros ytormentas; los remolinos de hojas secas corrían por el suelo húmedomurmurando tristezas, y sobre todo derramaron llanto sin fin las nubespardas, en tal manera que no parecía sino que en la superficie de latierra había algo que debía ser para siempre borrado.

Solos en su alojamiento, mal acompañados de una mediana lumbre, D.Benigno y su amigo pasaban los días. El enfermo, aunque postrado y sinmovimiento, estaba casi siempre menos triste que el sano. Este,centinela en un sillón frente al hogar, reanimaba el fuego cuando se ibaextinguiendo, y D. Benigno hacía revivir la conversación moribundacuando Salvador la dejaba apagar con sus monosílabos o con su silencio.

El tema más amado y más favorecido de Cordero era su familia, y nopasaba una hora sin que dijese: «¡qué hará en este momento el tunante deJuanillo Jacobo!» o bien: «¿habrá comprendido Sola, a pesar de misprecauciones, que me ha pasado desgracia?». Debe advertirse que nuestrobuen señor había puesto singular empeño en que sus queridos hijos, suhermana y su amiga no se enterasen del triste motivo que en SanIldefonso le detenía, y por esto sus cartas todas parecían novelas,según las invenciones y mentiras de que iban llenas. Unas decían:«Esperadme ocho días más, porque si bien nuestro asunto está terminado,no quiero marcharme sin hacer una pequeña contrata de pinos, pues desdeaquí oigo los gritos de la casa de los Cigarrales pidiéndome que laensanche». Más adelante escribía: «Con estos malditos temporales no haycarricoche que se atreva con las Siete Revueltas», y una semana despuésse disculpaba así: «Un excelente amigo, que vive en la misma posada, hacaído en cama con tan fuerte pulmonía que no me es posible abandonarleen este solitario pueblo. Esperadme unos pocos días y rogad a Dios porel enfermo».

Así les engañaba, dando tiempo al tiempo, hasta que llegara el de lasoldadura del hueso, la cual venía con la tardanza que es natural,impacientando tanto al buen hombre que a ratos no podía contener suimpaciencia y daba puñadas sobre la cama diciendo: «Esto no se puedeaguantar. Soldada o sin soldar, señora pierna, usted tendrá que ponerseen polvorosa para Madrid la semana que viene».

Salvador no se apartaba de su amigo ni de noche ni de día. Unas veceshablaban de política, empezando D. Benigno de este modo: «¿Cree ustedque ese pobre Sr. Zea tendrá buena mano para el timón de la nave delEstado?».

La enojosa permanencia y quietud en el lecho le ocasionaba insomniosfrecuentes, cuando no letargos breves y febriles, acompañados depesadillas o alucinaciones. A veces despertaba de súbito bañado ensudor, y exclamaba pasándose la mano por los ojos:—Jesús me valga y laSanta Virgen del Sagrario, ¡qué sueño he tenido! Me parecía estar viendoa Juanillo Jacobo rodando por un precipicio negro, mientras la pobreSola, atada por los cabellos a la cola de un brioso caballo.... No loquiero contar porque me parece que lo veo otra vez.... ¡Cuándo volveré avuestro lado, queridos de mi corazón, para que con el placer de veros seacabe el suplicio de soñaros!

Una noche observó Salvador que daba el enfermo un gran suspiro, ydespertando acongojadísimo parecía reconocer la realidad de las cosas,medio seguro de espantar las embusteras percepciones del sueño.

—Es todo mentira, Sr. D. Benigno—le dijo Monsalud riendo—. Ánimo.

—¡Ay, Dios mío! ¡qué sueño!—exclamó el de Boteros—. Todavía me duran laangustia y el mortal frío que sentí. Figúrese usted, señor mío, que meacercaba a mi casa de los Cigarrales, y la visión era tan perfecta quetodo estaba delante de mí claro, vivo, verdadero. Una soledad tristísimaenvolvía mi finca. Ni mis hijos, ni mis criados aparecían por ningunaparte.... Me acerco más, miro a las ventanas y las ventanas me miran conceño. De pronto veo que aparece Sola por la puerta de la huerta; doy unpaso hacia ella, me mira con semblante frío, serio como el de unaestatua, mueve su cabeza como diciendo no, no. Luego, señor D. Salvador,me dice adiós con la mano derecha, y se aleja, huye, desaparece, sedisipa como una sombra entre los almendros....

Me quedo yerto, miro a micasa y mi casa... créalo usted... se echa a reír... yo no sé cómo eraesto; pero lo cierto es que ella se reía, se reía....

—Y ahora nos reímos nosotros.

—¡Bendito sea Dios! ¿qué será esto del soñar? ¿Anunciarán los sueñosrealidades? ¿Estas horribles mentiras traerán consigo algo que con lamisma verdad se relacione? Ello es que la pobre Sola no se aparta deesta cabeza a ninguna hora de la noche ni del día.... Que será felizrasándome con ella es indudable; que ella lo será también no hay paraqué decirlo.... Pienso muchas veces si el Señor habrá decidido que yo memuera antes de que pueda realizar mi deseo, al cual va unido el mayorbeneficio que se puede hacer a una huérfana pobre y sin amparo.

¿Quésería entonces de esa infeliz?...

—La pobrecita tendría una gran pena—dijo Salvador.

—¿Se moriría de pena?—preguntó Cordero con ingenuidad pueril.

—Tanto como morirse....

—No se moriría, no.... ¡pero qué desamparada, qué sola se quedaría en elmundo! ¿Quién comprendería su mérito? ¿quién le tendería una mano?

—No podría reemplazar sin duda dignamente el bien que perdía—dijoMonsalud, sentándose junto al perniquebrado Cordero—; pero parte delbien que merece lo hallaría tal vez... casándose conmigo.

Los dos se miraron asombrados y con ligero ceño.

—¡Con usted!—exclamó el de Boteros volviendo de su sorpresa...—¿Hapensado usted en eso alguna vez?

—Muchas.

—¡Si yo no existiese!... ¿Y ella consentiría?...

—No lo aseguro. Pero pasado algún tiempo es fácil que consintiese. SóloDios es eterno.

—Y usted desea....

Lanzado de improviso a un mar de confusiones, D. Benigno no pudo decirmás. Su amigo, quizás arrepentido de haber hecho una declaraciónimprudente, trató de tranquilizarle hablándole de lo bien que dirigíaCristina la dichosa nave del Estado. Entonces la alegoría delbarquichuelo estaba en todo su auge, y no se mentaban las dificultadesdel Gobierno sin sacar a relucir la consabida embarcación, el marborrascoso de la política, y principalmente el timón ministerial, quealgunos llamaban gubernalle. Después dijo que el decreto abriendo lasuniversidades era un golpe maestro; la amnistía, aunque muy restringida,un levantado pensamiento digno de los más grandes políticos, y ladestitución de Eguía y González Moreno una obra maestra de previsión;pero añadió que muchas y muy peregrinas dotes de ingenio y energía habíade desplegar la Reina para someter a la plaga de humanos monstruos quecon el nombre de voluntarios realistas asolaba el Reino. A todo estoatendía poco el enfermo, porque tenía su pensamiento harto distante delos disturbios de España. No será ocioso decir que en aquel momentosintió D. Benigno renacer en su pecho la antipatía que en otrasocasiones le inspirara su amigote; pero como en tan noble alma no cabíala ingratitud, pensó en las atenciones y cuidados que al mismo debíadurante la enfermedad, y con esto se le fue pasando el rencorcillo. Enlas conversaciones de los días siguientes tuvo el buen acuerdo de nonombrar a la familia ni los Cigarrales, ni mentar cosa alguna quepudiese relacionarse con el importuno asunto de sus futuras bodas.

Un día, no obstante, en ocasión que comía en su lecho despaciosamente ygustando bien los manjares, como era en él costumbre, quedose un buenrato a medio mascar, sin quitar los ojos de Salvador; y volviendo luegoa atender al plato, habló así:

—Mis distracciones son tan chuscas como mis sueños. Hace un momentohallábame tan abstraído, tan engolfado con el pensamiento en ideas ycosas de mi familia que sin saberlo, aparté en el plato y corté con micuchillo los pedacitos con que suelo engolosinar a Juanillo Jacobocuando come junto a mí. Me parecía que el pequeñuelo estaba a mi lado yque los demás distaban poco. Esto es tan frecuente en mí, Sr. D.Salvador, en el insoportable tedio de esta soldadura, que a veces,cuando siento pasos, me parece que son ellos que van a entrar, y cuandosuena voz de mujer, si es bronca y regañona, me parece la de mi hermana,si es dulce y apacible como la de la misma discreción, me parece la deSola. Cuando despierto por las mañanitas, mi alucinación es tal que conla propia evidencia se confunde, y siento que entran y salen, oigo aCruz regañando con los chicos y haciendo mimos a los pájaros; oigo aSola arreglando a los pequeñuelos para que vayan a la escuela, y me digopara mi sayo: «Tempranito se ha levantado mi gente. Ya, Sola ha puestomi cuarto como el oro, y me ha preparado ese chocolate que, por loexquisito, debe de caer en espesos chorros del mismo cielo».

Dando luego un gran suspiro se sonrió y dijo:

—Usted, solterón empedernido, no comprende estas deliciosas chochecesdel alma. Diviértase usted con la política, con el conspirar, con lasuerte de las monarquías, y derrítase los sesos pensando en si debehaber más o menos cantidad de Rey y tal o cual dosis de Constitución.Buen provecho, amiguito; yo me atengo a lo del poeta: denme mantequillas y pan tierno; sí señor, mantequillas, es decir amorespuros y tranquilos: pan tierno, es decir, la sosegada compañía de unaesposa honesta y casera, el besuqueo de los nenes, el trabajo y cien milalegrías que cruzándose con algunas penillas van tejiendo nuestra vida.

—Bueno es el cuadro, bueno—dijo el otro, ocultando medianamente sudisgusto—. Cuando sea realidad avise usted.... Me consolaré de mitristeza viendo la alegría de los que con sus buenas acciones hanmerecido vivir en paz. Solamente los perversos padecen contemplando elbien ageno. Yo, que no soy malo, pido un puesto, siquiera sea el último,en ese festín de regocijos y felicidades.... Pero me ocurre preguntar:«¿Cerrará usted la puerta a los amigos después de su casamiento?».

D. Benigno no contestó nada, porque la afirmativa le pareció ridícula yla negación aventurada, bastante contraria, si se ha de decir verdad, asus propósitos. El otro dio las buenas noches y se fue a su cuarto paraacostarse. Aquella noche, que Cordero contó entre las más infaustas desu vida, no pudo este dignísimo sujeto conciliar el sueño, porque leasaltó, a causa de las últimas palabras de su amigo, un pensamiento tanmortificante que le cambiaría de buen grado por la quebradura de todoslos huesos de su cuerpo; de tal modo padecía su espíritu. Incorporado enla cama, pasó largas horas en horrorosa cavilación. Allí fue elamenazador levantamiento de su conciencia, allí la reyerta encarnizadaentre ciertas ilusiones suyas y ciertos temores que aparecieron deimproviso como enemigos emboscados acechando la ocasión. El dignoencajero no podía apartar de si el licor amarguísimo que un demonioinvisible le ponía en los labios; ya suspiraba, ya se golpeaba la cabezavenerable, ya por fin elevaba los brazos y los ojos al cielo pidiendo aDios que le librara de aquel fiero tormento. «Ni un momento más puedovivir en esta incertidumbre, gritó.—Sr. D. Salvador, venga usted almomento; necesito hablarle».

Golpeó fuertemente el tabique inmediato a su cama. En la habitaciónpróxima dormía Salvador; y durante los días críticos de la enfermedad deD. Benigno, siempre que este necesitaba de la asistencia de su nuevoamigo le llamaba con un par de golpes suavemente dados en la pared.

Era la media noche. Salvador, al oír aquel extraordinario ruido en eltabique, creyó, por la violencia del llamamiento, que a D. Benigno se lehabía roto la otra pierna cuando menos, o que había sido atacado dealgún descomunal accidente. Levantose aprisa, y corriendo al lado delenfermo, hallole sentado en el lecho, pálido, con las gafas caladas, losojos chispeantes y las manos en movimiento como quien acompaña deexpresivos gestos las palabras que a sí mismo se dice:

—¿Qué hay?—preguntó—¿se ha deshecho el entablillado? ¿Qué es eso?...¿calentura, dolores?

—No, hombre de Dios o de cien Satanases; no es nada de eso—replicó el deBoteros señalándole la silla—. Esto es muy serio, repito a usted que esmuy serio. Ya en ello la tranquilidad, la vida toda, el honor de unhombre de bien que jamás ha hecho mal a nadie, porque sepa usted, Sr. D.Salvador o D. Condenador, que yo no he hecho daño a ningún ser nacido, ycuando Dios me tome cuentas, no se presentará ni un mosquito, ni unmiserable mosquito, a decir: «ese hombre fue mi enemigo».

—Está bien.

—Esto es muy serio, y así yo quiero una explicación categórica, leal,terminante, para tranquilidad de mi espíritu.

—¿Y esa explicación debo darla yo?

—Usted, sí, que desde hace algún tiempo se me ha puesto delante echandosobre mí como una ligera sombra, sí, y ahora me ha dicho cosas queaumentan esa sombra y la hacen más negra.

Hablemos con claridad. Yotengo ciertos proyectos que usted conoce. Yo pienso casarme, yo debocasarme, yo he creído que Dios ha dispuesto que yo me case. La queescogí para ser mi compañera es de tal condición... en fin, excuso dehacer su elogio, porque usted la conoce... a eso voy, Sr. D. Salvador.Ella estuvo en un tiempo bajo el amparo y protección de usted; usted leescribía desde Francia. ¡Ay! Cuando estuvo mala, le nombró a usted ensus delirios. Después usted la vio en los Cigarrales, según me escribióella misma; más tarde, ahora, se me muestra tan admirador de ella y tanafligido de mi felicidad, que no puedo menos de volverme caviloso ypreguntarme si usted ha tenido o tiene proyectos iguales a los míos, ysi esos proyectos se refieren a la misma persona, que es, digámosloclaro, la mitad o la principal parte de mi vida.

—Esos proyectos los tuve—replicó Salvador con firmeza—. No fui a losCigarrales con otro objeto.

Detuvo D. Benigno su voz y sus manos, como alelado, y preguntó:

—¿Y ella?

—No quiso oírme. Mi situación al salir de los Cigarrales era bastantedesairada.

—¿Y después?

—He pensado que por negligente y confiado perdí la partida.

—¿Y qué hay en usted ahora?

—Resignación.

—De modo que si yo no existiera....

—No deben fundarse cálculos sobre la muerte. En el mundo no es fácilasegurar quien ayuda o quien estorba. Es posible que sea yo el que estádemás.

—¡Oh! Dios mío.... Pero usted no puede apreciar, como yo, sus infinitascualidades, que la igualan a los ángeles—dijo D. Benigno con ciertodesdén.

—Quizás las aprecie mejor; quizás yo esté en situación de ver en ellaméritos de abnegación que usted no puede ver.

D. Benigno meditó breve rato. Había caído en un mar de cavilaciones quesin duda no tenía fondo.

—¡Ah!—exclamó dando un gran suspiro con el cual pudo salir de aquellashonduras tenebrosas—, usted me confunde más, pero mucho más.

Diciendo esto clavó los ojos en Salvador examinándole prolija yatentamente de pies a cabeza.

Después dio otro gran suspiro y bajandolos ojos murmuró para sí:

—También él se va poniendo viejo.

—¿No se necesitan más explicaciones?—preguntó Monsalud.

—No—replicó Cordero brusca y desabridamente.

—Pues yo voy a dar una que creo necesaria. No soy perverso; reconozco enusted a uno de los hombres mejores que existen en el mundo. Seré unmiserable si sale de mí, por irresistible efecto de las pasiones, lamás ligera oposición a la felicidad de usted.... Es evidente,evidentísimo que yo soy el que está demás. Declaro que mi deber es novolver a pisar la casa del que posee lo que yo quise para mí.

—¡Barástolis!... Usted la ofende, señor mío.

—No la ofendo. Mi resolución no indica desconfianza de ninguno de losdos, sino respeto a entrambos, y además el deseo de ponerme a salvo dela envidia, porque yo tengo más de hombre que de santo, y lacontemplación del bien perdido no me hará bailar de gozo.

Dijo esto en tono entro serio y festivo, y se retiró. Después de estabreve conferencia no se disiparon las confesiones ni se calmaron lasansias del insigne Cordero, antes bien, se dio a cavilar más en elsilencio de la noche, buscando entre sus recuerdos alguna sentencia delginebrino que iluminase un poco sus tenebrosos pensamientos; pero JuanJacobo no decía nada, y hasta de su querido filósofo y consejero se viodesamparado en tan tristes horas el hombre más bondadoso que poraquellos tiempos existía en el mundo.

-II-

Muy avanzado estaba el invierno cuando Cordero y su amigo, despidiéndosecon no poca alegría del Real Sitio, emprendieron su penoso viaje a laCorte por entre nieves y hielos.

Separáronse del modo más cordial en laposada del Dragón, y D. Benigno, desmejorado y cojo, se fue a su casacon toda la rapidez que lo permitía su detestable andadura, mientrasSalvador buscaba donde alojarse. Pocos días después hallábase instaladoen habitación propia que alquiló en la calle del Duque de Alba, no lejosde D. Felicísimo Carnicero, de felicísima recordación. En Madrid noencontró novedad alguna, pues no merece tal nombre el furor con que todoel mundo fraguaba levantamiento s y sediciones. Conspiraban las infantasbrasileñas con sin igual descaro; conspiraban los voluntarios realistas,ayudados por la turbamulta de frailes y clérigos mal avenidos con laidea de perder su omnipotencia; conspiraban las monjas y lossacristanes, muchos militares que se habían hecho familiares de losobispos, y para que no faltase su lado cómico a esta comparsa nacional,también se agitaban en pro de D. Carlos muchos señores que habían sidorabiosos democratistas y jacobinos en los tres llamados años de la titulada segunda época constitucional. Antes habían gritado por el sistema y ahora suspiraban por los derechos de la soberanía en suinmemorial plenitud.

Oyó también Salvador los despropósitos del vulgo, a quien se había hechocreer que el Rey no vivía y que aquel buen señor que salía en coche apaseo era el cadáver embalsamado de Fernando VII. Por un sencillomecanismo, la napolitana, que a su lado iba, le hacía mover las manosy la cabeza para saludar. ¡Y con un Rey relleno de paja se estabaengañando a esta heroica Nación!

Vio un cambio de ministros fundado en que los del 16 de Octubreparecieron un poco dañados de liberalismo, pues la Corte deseaba ungobierno absolutamente agridulce que contentase a todos y conciliara eldía con la noche, cosa en verdad más difícil que asar la manteca.También pudo ver la anulación del célebre codicilo, acto solemne de quese burlaron los carlistas, y oyó contar la fuga de Calomarde vestido defraile, y los desmanes del obispo de León, el cual, ensoberbecido comoun cacique indio y no pudiendo sublevar el reino, puso en armas sudiócesis, dando la comandancia de voluntarios realistas a la PurísimaConcepción.

Otras muchas cosas supo y vio que no son para referidas a la ligera. Susrelaciones con gente de varias clases le informaban de todo. Pipaón, D.Felicísimo Carnicero y el marqués de Falfán no hacían misterio de losplanes apostólicos, y Genara, furibunda sectaria del sistema del justomedio o de la conciliación, era el órgano más feliz que imaginarse puedede los pensamientos de aquel astuto Sr. Zea que gobernaba o aparentabagobernar la nave (¡siempre la nave!), más cercana a los escollos que aldeseado puerto.

Genara se había establecido en su antigua casa, notoria tres años antespor la tertulia a que concurrían literatos tiernos y políticos maduros;pero ya en el invierno de 1833 no se abrían las puertas de aquella felizmorada para el primer poeta que viniese de su provincia cargado detragedias, ni para los tenores italianos, ni para los abogados oradoresque empezaban a nacer en las aulas con una lozanía hasta cierto puntocalamitosa. El círculo era mucho más estrecho y las amistades másescogidas, con lo que ganaba en consideración la casa. Y aquí viene biendecir que la interesante señora había perdido por completo su afición ala poesía lírica (que no hay cosa durable en el mundo), y tanto casohacía ya del prisionero de Cuéllar como de las nubes de antaño. Él eraen verdad de un carácter poco a propósito para la constancia en losafectos. No se sabe si en la temporada a que nos vamos refiriendo habíadado a conocer Genara preferencia o simpatía por alguna otra de lasartes liberales, o por la artillería y la náutica, como se dijo.Careciendo de noticias ciertas, nos abstenemos de afirmar cosa alguna;que en casos dudosos vale más atenerse a la opinión buena, como mandanla moral de la historia y la caridad cristiana.

D. Luis Fernández de Córdova, militar brillantísimo, pasaba, cuando vinode Berlín para encargarse de la embajada de Portugal, largas horas encasa de Genara. También iban, aunque no con mucha frecuencia, D.Francisco Javier de Burgos y Martínez de la Rosa. Era de los asiduos unjoven oficial granadino llamado Narváez, muy vivo de genio, ceceoso,pendenciero y expeditivo. Pero la persona más digna de mención entre losque visitaban a la hermosa señora era un jesuita del colegio Imperial,llamado el padre Gracián, hombre de mucha piedad y oración.

Decíanalgunos que de la amistad del buen religioso con Genara iba a salir laconversión de esta, o sea su entrada en las buenas vías católicas. Otrosdeclaraban haber notado en ella resabios de mojigatería; pero sea lo quequiera, lo cierto es que las intenciones del padre Gracián eranaltamente provechosas, porque (digámoslo de una vez) se había propuestoreconciliar a la señora con su marido.

Que Pipaón visitaba casi diariamente a su antigua amiga y paisana no haypara qué decirlo. Por añadidura, el excelentísimo D. Juan Bragas habíasimpatizado mucho con el jesuita Gracián.

Ambos platicaban con seriedadpasmosa de los negocios de Estado y de la Iglesia, deplorando mucho latibieza de creencias que tanto dañaba a la sociedad española en aquellostiempos y concluían deseando que viniesen otros mejores en que marchasenlas naciones por el camino de la piedad, dulcemente pastoreadas por losministros del altar. Como Gracián se interesaba tanto por sus amigos yquería llevar todos los beneficios posibles al seno de las familiascristianas, tomó muy a pecho la realización del casamiento de Bragas conMicaelita, proyecto de que ya hay noticias en el libro anterior.

Acompañando a Pipaón iba Salvador algunas veces a casa de Genara; solíancomer juntos los tres, y cuando se encontraban Monsalud y Graciántambién hablaban largamente del Estado y de la Iglesia. Un día, despuésde hablar con él, el jesuita pidió informes a la señora de la casa sobreaquel desconocido amigo, quizás para ver si le podía reconciliar conalguien, porque el afán del buen discípulo de San Ignacio era lareconciliación. Genara respondió:

—Si quiere usted ganar la palma del buen pacificador, hágale usted amigode mi marido.

—¿No se quieren bien?—preguntó Gracián con astucia.

—Nada bien.... Es enemistad que data desde la guerra con los franceses.Ambos son tercos, soberbios, y quizás en su juventud aconteciera algunacosa de esas que siempre son motivo de rivalidad entre los hombres....

—Alguna mujer....

—Puede ser, puede ser que eso haya sido—dijo ella con serenidad quetiraba a indiferencia.

Algo más dijeron sobre esto; pero no nos importa todavía, y siendo másurgente seguir los pasos de la persona a quien aludían la dama y elsacerdote, vamos tras él sin pérdida de tiempo.

Algunos días le vimosentrar en la casa de D. Felicísimo Carnicero, con quien aún teníaalgunas cuentas pendientes. El agente le recibía como se recibe a todoaquel con quien se ha hecho un negocio muy lucrativo, y haciéndolesentar a su lado dábale palmaditas en el hombro y hasta se aventuraba acontarle cualquier sabrosa cosilla de la conspiración carlista.

Una mañana, al entrar en casa de Carnicero, encontró en la escalera a uncoronel de ejército amigo suyo. Era D. Tomás Zumalacárregui. Ibaacompañado del conde de Negri, y esto le hizo comprender que el valientevizcaíno, resistente hasta entonces a los halagos de la gente mojigata,se había dejado seducir al fin. Se saludaron y siguió adelante. Abriolela puerta Tablas.

Al entrar pisó al gato, que escapó mayando, y luego, acausa de la oscuridad de los destartalados pasillos, tropezó con DoñaMaría del Sagrario, que al choque dejó caer de las manos un enormísimoplato de puches. Puso el grito en el cielo la señora, y al ruidoalarmose tanto D.

Felicísimo, que se aventuró a salir de su nichopreguntando si había entrado en la casa un tropel de cristinos.Salvador se deshacía en excusas, y al acercarse a la pared, manchóselela negra ropa de tal modo que parecía un molinero. Al sacudirse, no sincomentar con algunas frases aquel rudimentario blanqueo de las paredes,hubo de tropezar con una de las vigas que sostenían la casa y parecióque toda la frágil fábrica se estremecía y que del techo caían pedazosde yeso, como si por entre las maderas superiores corriesen a paso decarga belicosos ejércitos de ratones. Por fin llegó a dar la mano aCarnicero y entraron juntos en el despacho.

—Parece que entra un temporal en mi casa—dijo el anciano colocándose ensu nicho—. ¿Y

qué tal? ¿Ha encontrado usted en la escalera aZumalacárregui y al señor conde? Buen militar y buen diplomático, jí,jí...

—Zumalacárregui es una buena adquisición—respondió Salvador—. Tienevalor y talento.

—Pues hay otras adquisiciones mucho mejores todavía—dijo Carnicerofrotándose las manos—. ¿Con que ese desdichado Gobierno del Sr. Zea haemprendido el desarme de los voluntarios realistas?... Sí, el fantasmónde Castroterreño en León y el mentecato de Llauder en Cataluña ponendespachos al Gobierno diciendo que han quitado las armas a losvoluntarios realistas. ¿Usted lo cree? ¿Usted cree que se pueden quitarlos rayos al sol? Jí, jí. ¡Y creerá el bobillo que ha puesto una pica enFlandes!... Yo llamo el bobillo a ese señor Zea, que es una especie deministro embalsamado, como el Rey ha venido a ser un Rey de papelón.

—El Gobierno se cree fuerte, Sr. Carnicero, y parece decidido a echaruna losa sobre el partido de D. Carlos. Mucho cuidado, amigo, que ahoraparece que tiran a dar.

—¡Oh! por mí no temo nada—manifestó D. Felicísimo con énfasis, echándoseatrás—. Pero vamos a lo que urge. Ya sé a lo que viene usted hoy.

—A lo mismo que vine ayer.

—Y anteayer y el martes y el sábado pasado. Hoy no ha venido usted enbalde. Al fin, al fin....

—¿Llegó?

—Sí, sí, el Sr. D. Carlos Navarro, nuestro valiente amigo, llegóanteanoche de su excursión por el reino de Navarra y por Álava yVizcaya. Es un guapo sujeto. Dice que en todo aquel religioso país hastalas piedras tienen corazón para palpitar por D. Carlos, hasta lascalabazas echarán manos para coger fusiles. Las campanas allí, cuandotocan a misa dicen «no más masones» y el día en que haya guerra loshombres de aquella tierra serán capaces de conquistar a la Europamientras las mujeres conquistan al resto de España.... Bueno, muybueno.... ¿Con que usted desea ver a ese señor? Le prevengo a usted queestá oculto.

—No importa: sólo pienso hablarle de asuntos de familia. En el últimoverano estuvo en la Granja pero no le pude ver, porque siempre se negó arecibirme. Ahora me será más fácil, porque le escribirá usted dospalabras.

—Lo haré con mucho gusto; pero prevengo a usted también que el Sr. D.Carlos está enfermo del hígado. Ya se ve ¡ha trabajado tanto! Es unincansable campeón de las buenas doctrinas.

Anoche se quejaba de atrocesdolores, y, cosa rara en hombre tan religioso, jí, jí, más invocaba alos demonios que a la Santísima Virgen. Si quiere usted tener segura laentrevista que desea, se lo diremos al padre Gracián, jesuita, excelentesujeto que viene aquí algunas tardes, y después solemos ir a tomarchocolate a casa de Maroto, adonde va también el Padre Carasa.... Puesbien, Gracián es amigo del Sr. D. Carlos, y ya hace tiempo que se hapropuesto reconciliarle con su señora esposa.... ¡Oh! es un neblí paralas reconciliaciones ese buen padre Gracián.

—Le conozco. Es un digno sacerdote que tiene las mejores intenciones delmundo, y si no consigue hacer feliz a la humanidad toda es porque Diosno quiere.... En conclusión, entiéndanse usted y el Padre Gracián paraque yo pueda ver al Sr. Navarro y hablarle de un asunto que no espolítico y sólo a él y a mí nos interesa. ¿Él vive...?

—No sé si debo decírselo a usted en este momento, antes de que el mismoSr. D. Carlos, bellísima persona, jí, jí... antes de que el mismo Sr. D.Carlos Navarro de licencia para que usted le vea. Ya lo arreglaré yo.Vuélvase mañana por esta su casa.

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Luego que Salvador se fue, D. Felicísimo escribió una carta en cuyosobre, después de trazar tres cruces, puso: A la Señora Doña María dela Paz Porreño, calle de Belén.

-III-

Las pobres señoras casi vivían en la misma estrechez que en 1822, porquelas mudanzas políticas y sociales se detenían respetuosas en la puertade aquella casa, que era sin duda uno de los mejores museos de fósilesque por entonces existían en España. Los períodos de tiempo en queimperaba el absolutismo eran para el medro de la casa y abundancia delas despensas Porreñanas lo mismo que aquellos en que prevalecía la vilcanalla de los clubs. De modo que en punto a comodidades y vituallasel agonizante marquesado habría terminado con un desastre igual al quehan sufrido formidables imperios si no viniera en su auxilio unaindustria que, si bien es algo prosaica, tiene algo de noble por estaremparentada con la hospitalidad. Las dos ilustres cuanto desgraciadasseñoras aposentaban en su casa un caballero tan respetable como ricodurante las temporadas, a veces muy largas, que dicho sujeto pasaba enMadrid. El trato era excelente, la remuneración buena, y la armoníaentre el huésped y las damas tan perfecta que los tres parecíanhermanos. La familiaridad realzada por el respeto y una llaneza decorosareinaban en la silenciosa mansión que parecía habitada por sombras.

Bueno es decir, para que lo sepan los historiadores, que con las módicasventajas pecuniarias adquiridas por aquel medio honestísimo habíanrenovado las señoras parte del mueblaje, aunque todas las piezas deantaño se conservaban, sostenidas por los remiendos y pulidas por eltiempo y el aseo. ¡Cosa admirable! el reló 2 había vuelto a andar; maspor malicia del relojero o por un misterio mecánico imposible depenetrar, andaba para atrás, y así después de las doce daba las once,luego las diez y así sucesivamente. El cuadro de santos de la OrdenDominica había sido restaurado por la misma Doña Paz, asistida de unhábil vejete carpintero, sacristán y encuadernador, y emplasto por aquí,pegote por allá, con media docena de brochazos negros en las sombras yuna buena mano de barniz de coches por toda la superficie, había quedadocomo el día en que vino al mundo. Por el mismo estilo se habían salvadode completa ruina las urnas de santos y las cornucopias, que por notener ya en sus cristales sino irregulares manchas de azogue parecíanuna colección de mapas geográficos. Lo nuevo, que era muy humilde,consistía en sillas de paja, cortinas de percal, ruedos de estera decolores; pero alegraba la casa y su vetusto matalotaje. Por tal maneraaquella imagen cadavérica de los pasados siglos se reía en su tumba.

En la época en que nuevamente la encontramos, Doña María de la Paz seacercaba velozmente a una vejez apoplética, marchando a ella con lospies gotosos, la cabeza temblona, los hombros y el cuello crasos. Suscabellos, no obstante, se conservaban negros lo mismo que el lunar, yera que ella perseguía las canas como si fueran liberales, y no dabacuartel a ninguna, siendo tan implacable con ellas, que cuando vinieronen tropel y no pudo arrancarlas por temor a quedarse en el puro casco,las disfrazó vistiéndolas de luto para que nadie las conociera. Asícuando esta operación no estaba hecha con habilidad (porque con lasfuerzas había mermado la vista) aparecían las sienes y la frenteempañadas con ciertas nubes negras por encima de las cuales brillaba lanieve remedando un admirable paisaje de invierno.

Doña María Salomé estaba tan momificada que parecía haber sido remitidaen aquellos días del Egipto y que la acababan de desembalar paraexponerla a la curiosidad de los amantes de la etnografía. Fija en unasilleta baja, que había llegado a ser parte de su persona, se ocupaba enarreglar perifollos para decorarse, y a su lado se veían, en diversascestillas de mimbre, plumas apolilladas, cintas de matices mustios,trapos de seda arrugados y descoloridos como las hojas de otoño, todoimpregnado de un cierto olor de tumba mezclado de perfume de alcanfor.Decían malas lenguas que al hacerse la ropa juntaba los pedazos y se loscosía en la misma piel; también decían que comía alcanfor paraconservarse, y que estaba, forrada en cabritilla. Boberías maliciosasson estas de que los historiadores serios no debemos hacer caso.

Una mañana.... Olvidaba decir que en la casa había una gran piezainterior que daba a un patio o corralón muy espacioso, de donde recibíael sol casi todo el día. En dicha pieza tendía Doña Paz la ropa lavadaen casa. De muro a muro todo era cuerdas, y cuando estaban llenas deropa, aquello parecía un bosque de trapos húmedos. Pues bien, una mañanase paseaba Doña María de la Paz por aquellas alamedas del aseo, cuandoentró Doña María Salomé, y dándole una carta que acababan de traer a lacasa, le dijo:

—Otra carta para el Sr. D. Carlos. Viene con sobre a ti; pero es paraél. Mira las tres cruces. La letra parece del Sr. D. Felicísimo.

—Se la daremos cuando despierte—replicó Doña Paz—. El pobre señor hapasado muy mala noche.

—Por cierto—manifestó Doña Salomé con semblante muy serio, en el cual serevelaba una aprensión escrupulosa—por cierto que no sé si seráconveniente recibir cartas de esta manera.

Esto puede dar lugar ainterpretaciones contrarias a nuestro honor y buen nombre. Los vecinosse enteran de todo... ven que recibimos cartas... ven que entran aquí denoche muchos hombres....

No sé, no sé...

—Calla, mujer—dijo Doña Paz asomando la cabeza por entre el ramajeblanco—. ¿Qué pueden sospechar de nosotras?

—Puede caer alguna tacha, mujer, sobre nuestra reputación—afirmó Saloméde muy mal talante—. Bien sabes tú que no basta ser honrada, sinoparecerlo, y dos señoras solas, como nosotras, han de tener muchocuidado, para no andar en lenguas de maliciosos.

—¡Siempre tonta!—murmuró Doña María de la Paz desapareciendo en lo másespeso del bosque de ropa.

—Yo estoy decidida a hablar claramente al Sr. D. Carlos—añadió la otra—.Nadie le aprecia más que yo; pero este entrar y salir de hombres a todashoras del día y de la noche no está en conformidad con lo que ha sidosiempre nuestra casa. ¿Qué quieres? no me puedo acostumbrar: yo soy así.Lo digo y lo repito, hablaré al Sr. D. Carlos.

—No faltaba más sino marear al Sr. D. Carlos con semejanteimpertinencia—dijo Doña Paz reapareciendo en una alameda de lienzo.

—Lo digo y lo repito.... Además, los compañeros, ayudantes o lo que seandel Sr. D. Carlos, no nos guardan las consideraciones que merecemos.¿Qué más?... Ayer no me había acabado de peinar cuando ese bárbaro deZugarramurdi entró en mi cuarto sin pedir permiso.... ¡Y para qué!

paradecirme si había yo visto una de sus espuelas que no podía encontrar.

—Bobadas.... Habla más bajo.... Me parece que se ha despertado el Sr.Navarro.

Apareció en la puerta una enorme barba a la cual estaba pegado unhombre. De entre aquel enorme vellón castaño salió una voz seca ydesabrida que dijo:—El chocolate.

—En seguida, Sr. Zagarramurdi. Tome usted esta carta que han traído parael Sr. D. Carlos.

¿Qué tal está hoy?

—Mal—respondió el de la barba dando media vuelta y desapareciendo pordonde había venido.

—¡Qué modos!—murmuró Salomé dirigiéndose a su cuarto—. Ya no haycaballeros.

Navarro moraba en la misma habitación ocupada algunos años antes por unamujer que murió en olor de santidad. Poco o ningún cambio había tenidola pieza, que más que gabinete parecía capilla, o mejor un abreviadotrasunto de la corte celestial, pues todo en ella era santicos pintadosy de bulto, reliquias, estampas de santuarios y monasterios, corazonesbordados, palmitos, y un altar completo con sus candeleros de estaño,sus arañas colgadas del techo, sus misales y sus tres curitas de cartóncon casullas de papel, en actitud de celebrar misa cantada.

Completabanla decoración una enorme espada pendiente del mismo clavo que sostenlaun niño Jesús bordado en cañamazo, dos escopetas arrimadas a un rincón,dos guantes y dos mascarillas de esgrima junto a dos pares de floretes,tres maletas muy usadas y un hombre.

Este hombre hallábase sentado o más bien sumergido en un sillón, con laspiernas ocultas bajo gruesa manta que le llegaba a la cintura, la cabezainclinada sobre el pecho y tan inmóvil que parecía dormido o muerto. Unbrasero de cisco bien pasado mostraba su montoncillo de ceniza esmaltadode fuego cerca del envoltorio que debía contener los pies del individuo,el cual si alguna vez daba señales de existencia era dándolas de frío.Su cara era morena tirando a verde a causa de la palidez, así como elblanco de los ojos no era blanco sino amarillo. El cabello negro yáspero tenía bastantes canas, y generalmente se veía la potente cabezaapoyada en una mano negra, tostada, cuyas venas retorcidas y tendones ymúsculos recordaban la mano que D. Quijote enseñó a Maritornes cuando locolgaron del tragaluz de la venta.

En un velador cercano tenía el guerrillero medicinas que tomaba cartasque leía, tabaco, un libro, un rosario y una pistola. Beber y fumar:alternando con lecturas, era su ocupación en las aburridas horas del díaprecursoras de los insomnios de las noches. No gustaba de que los amigosle dieran conversación. Su mejor amigo era el más discreto de todos, elsilencio.

Pero Zugarramurdi y Oricaín tenían un recurso para distraerle, aunquepor poco tiempo.

Tiraban al florete, y entonces los ojos del guerrillerose animaban; seguía con atención los movimientos de los fingidosduelistas y aun arrojaba alguna palabra picante o algún comentario demaestro entre los rechinantes aceros. Pero de repente decía «basta» ylos dos atletas soltaban el florete y se quitaban la máscara, sacando aluz el rostro sudoroso. En aquel momento Zagarramurdi parecía el hombreprehistórico embutido en sus feroces barbas, y Oricaín, el formidableoso navarro, perdía mucho en belleza, porque la máscara de alambredisimulaba su fealdad.

Aquel día (nos referimos al día de la carta de D. Felicísimo) D. Carlosse cansó más pronto que nunca.

—Basta de estocadas—dijo—. Zugarramurdi, pásate por casa de don TomásZumalacárregui y dile que le espero mañana. Oricaín, alcánzame mirosario y voto. Cuando llegue el padre Gracián, entras y si duermo, medespiertas.... Hoy no como.

Pasada la hora de la siesta vino el padre Gracián. Era un mocetón dealta estatura, de treinta y ocho o cuarenta años de edad, moreno, loslabios gruesos, la nariz aberenjenada, áspero el pellejo y curtido, comoformado expresamente por Dios para resistir a los abrasadores climas deltrópico y a los hielos polares.

Su barba era tan negra y espesa que aun afeitada del mismo día dejabauna mancha oscura en toda la parte inferior del rostro. Debía tenerfuerzas hercúleas aquel arrogante granadero de la Iglesia, y si bajo elpunto de vista corporal estaba admirablemente constituido para lasmisiones, no lo estaba menos en el orden espiritual, por ser hombre demuchas sabidurías, eruditísimo en las letras sagradas y bastante fuerteen las profanas, elocuente en el púlpito y persuasivo en laconversación, águila en la cátedra y lince en el confesionario. Tambiénsabía de medicina y había hecho curas que pasaron por milagrosas. Eratan grandón que su manteo parecía tener una pieza de tela, y cuando seembozaba no concluía nunca de echar paño al viento. Su sombrero de tejano medía menos de una vara, y como lo llevaba siempre un poco echadoatrás y su cuerpo se encorvaba hacia adelante, parecía que iba cargandouna pesada viga. Sus desmesurados pies, sepultados en zapatos de paño,pisaban con la pesadez y adherencia de la robusta planta calzada dealpargata, que golpea como una maza las baldosas de muelles y almacenes.

Después de saludar con escogida afabilidad al guerrillero enfermo, tomóasiento junto a él, y metiendo la mano por ciertas aberturas de lasotana tras de las cuales había bolsillos tan hondos como el mar, empezóa sacar varios cucuruchos de papel semejantes en tamaño y forma a losque hacen en las tiendas para contener dos cuartos de azúcar, de café ode anises. Conforme los sacaba los iba poniendo sobre el velador ymiraba el rotulillo que de su puño y letra estaba escrito en cada uno.

—¿Qué es eso?—preguntó Navarro picado de curiosidad, sospechando que suamigo había puesto tienda de comestibles o droguería.

—Esto es tierra de la ruta de San Ignacio en Manresa, reliquia quesolicitan mucho las personas devotas. He recibido hoy una pequeñaremesa, y la distribuyo entre las amigas que ha tiempo me la hanpedido.... Si habré olvidado el cucurucho de Doña María de la Paz....¡Ah! no, aquí está. Me hará usted el favor de entregárselo. Estos otrosson para la Excelentísima Señora Condesa de Rumblar, para las monjas deGóngora, para el Sr. D. Pedro Rey, que ha tenido a la muerte a supreciosa niña Perfectita, y para otras diversas familias....

En seguida guardó los cucuruchos en sus bolsillos insondables como lamar, y dando después violenta palmada en la rodilla del guerrillero, ledijo:

—Veo que está usted mejor.... Esa cara ya es otra.... Pronto estaráusted bien.

El guerrillero dio un suspiro y se sonrió. Ambas demostracionesindicaban incredulidad del pronóstico y gratitud por el consuelo.

—Pronto, muy pronto, cuando llegue el momento de dirimir en los camposde batalla la cuestión entablada entre el Altísimo y los masones, podrácontar el Altísimo con su más valiente Macabeo.

—Eso es lo que pido a Dios con todo el fervor de mi alma—dijo Navarroechando amargura por la boca y por los ojos—y lo que Dios no meconcederá.

—Yo tengo para mí—manifestó el clérigo con mucha fe—, que Dios no seamputará un brazo tan poderoso.... La enfermedad de usted no vale nada,repito que no vale nada. No hay lesión, repito que no hay lesión. Es unabatimiento producido por una acumulación biliosa, cuyo origen hemos debuscar en la trabajosa vida de usted y en los disgustos domésticos quehan acibarado su alma. El alma, el alma, señor mío, es la que estáenferma, y al alma se ha de aplicar la medicina.

¿Cuál es esta? Pues esun confortamiento dulce que se consigue mezclando la confianza con lapaz y la indulgencia con la piedad.

Navarro manifestó en su semblante, sin decir palabra alguna, el disgustoque le causaba un tema planteado ya muchísimas veces, aunque, sin fruto,por el venerable padre Gracián.

—No, no frunza usted el entrecejo—dijo este, mostrándose decidido—. Nocejaré sino cuando usted me retire su amistad y me arroje de su casa.

—Eso no....

—Pues si eso no, resígnese usted a sentir el moscón en su oído. ¿Y quédirá el moscón? Dirá que usted no tendrá salud mientras no tenga paz ensu espíritu, y no tendrá paz en su espíritu mientras no tenga familia.¿Y cuándo tendrá usted familia? Cuando se reconcilie con su esposa,previo el arrepentimiento de ella y el perdón de usted.¡Arrepentimiento, perdón! Sobre estos dos polos se mueve el mundoinmenso de las almas. Todo el saber moral se condensa en estas dos ideasque establecen el parentesco del hombre con Dios....

Navarro quiso hablar.

—No, no admito réplica sobre esto. Lo digo yo y basta—manifestó eljesuita, fuerte en su autoridad—. Cuando yo he planteado a usted esteproblema incitándole a resolverlo, ya se comprende que no puede haberdeshonra para usted. La verdadera deshonra es cerrar los oídos a lasamonestaciones de la Iglesia que dice a los esposos: «amaos, uníos». Losjuicios del mundo son pérfidos y vanos. ¿Debe hacer caso de ellos unhombre religioso y prudente? No. ¿Cuál es el peor consejero del hombre?El orgullo. ¿Y el mejor? La piedad. ¿Qué le dice a usted su orgullo?

ledice: «no cedas y muere envenenado por el rencor antes que pronunciaruna palabra indulgente». ¿Qué le dice la piedad? le dice: «perdona paraque seas perdonado».... Sé que hay razones de aparente fuerza; pero yohe estudiado el asunto con cariño y he visto que lo que usted presentacomo obstáculo no lo es.... Dios quiere sin duda que esta obra serealice, porque desde que la emprendí, estoy viendo con mucha claridadel camino de ella. ¿Y qué veo? Veo en esa señora el hastío de la soledady un deseo muy vivo de establecer en su vida el orden interrumpido; veoque lejos de guardar a usted rencor lo respeta y lo ama. He podidollegar a vencer ciertas resistencias que en su alma había, y con pocoque usted me ayude....

—Padre, padre—dijo D. Carlos respirando fuerte, porque estaba abrumadobajo el insoportable peso del sermón—, eso no puede ser. Hay roturas queno pueden soldarse nunca, nunca, ni en el cielo. Suponga usted que yo meretiro a un desierto, hago penitencia, me santifico, muero, me salvo yentro en el reino de Dios como bienaventurado, más aún, como santo.Suponga usted también que ella se arrepiente de su mala conducta, querecibe de Dios aflicciones y justas calamidades, que se pudre en vida,que se retira a hacer vida claustral, que luego cae en poder deinfieles, que la martirizan, que la queman, que la achicharran, quemuere, que se salva, que es santa, que es pura como un ángel.... Bueno,suponga usted que nos encontramos en el cielo....

—Y ábrazados llorarán lágrimas de perdón—exclamó el padre muy conmovidoy cruzando las manos.

—¡No!—gritó Navarro, y aquella sílaba sonó como un tiro.

El jesuita se quedó perplejo, mirando a su amigo con espanto. No seatrevía a insistir en su empeño ante la inalterable dureza de aquellaroca en forma humana, que exteriormente tenía todas las escabrosidadesde la peña y por dentro todos los amargores del mar; pero también él, eljesuita, tenía a falta de aparentes durezas, la constancia y persistentefuerza de la ola. No creyó prudente insistir por el momento, yencalmándose sin esfuerzo, bajó la cabeza, echó un suspiro y murmuró entono de paz estas suaves palabras:

—Todo sea por Dios. Hablemos de otra cosa.

—Hablemos de otra cosa—dijo Navarro con alegría—. Hábleme usted de otracosa, aunque 4

sea de los cucuruchos.

—Tenía que decir a usted no sé qué—indicó Gracián algo confuso; masdándose una palmada en la frente añadió—: ¡Ah! ya me acuerdo.... Tengoaquí la apuntación. Un caballero amigo mío, mejor dicho, conocido, deseahablar con usted. Lo conocí en casa de Doña Genara.

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—¡En su casa!—exclamó Navarro poniéndose más verde, y clavando las uñasen los brazos del sillón.

—Sí; también D. Felicísimo me habló de él esta mañana.... No me acuerdode su nombre...

pero lo apunté y aquí debe de estar.

Diciendo esto el buen jesuita metía la mano y después el brazo hasta elcodo en el infinito bolsillo.

—No se moleste usted—dijo Navarro tomando la carta de D. Felicísimo queabierta sobre el velador estaba, y mostrándosela a su amigo—. ¿Es estesu nombre?

—El mismo—replicó Gracián.

Y en el propio instante se abrió la puerta y apareció la cara, mejordicho, la zalea con ojos del Sr. Zugarramurdi, el cual no dijo más queuna sola palabra:

—Ese....

Después de mirar un rato muy hoscamente al suelo, Carlos habló así:

—Que entre.... Usted, queridísimo padre, me hará el favor de dejarmesolo.... Mañana tampoco puedo asistir a la junta, pero me representa elPadre Carasa. Deseo saber inmediatamente lo que se decida. ¿Vendrá usteda decírmelo?

Después de contestar afirmativamente con su afabilidad no estudiada, eldignísimo Padre Gracián salió para seguir repartiendo sus cucuruchosentre las damas piadosas que sabían apreciar tan interesante objetodevoto.

-IV-

Bien se le conocía a Salvador la emoción que sentía al verse delante delguerrillero, y este, que no esperaba hallar en el semblante de su mortalenemigo otra cosa que desconfianza y altanería, se sorprendió al mirarlecohibido y algo acobardado, mas no sospechó la razón de esta mudanza.Mandole sentar y un buen rato estuvieron los dos mirándose, sin queninguno se decidiera a hablar el primero. Por fin Carlos rompió elsilencio diciendo:

—No podía desairar a D. Felicísimo... por eso te he recibido,exponiéndome a las consecuencias de este mal rato. Ya sabes que estoyenfermo y el médico dice que no debo incomodarme.

—Eso depende de ti. Yo vengo con bandera de paz y decidido a noincomodarme. Has hecho bien en recibirme. Hace tiempo que te busco, yahora que te encuentro te pregunto si crees que no me has perseguido yvejado bastante.

—¿Quieres que sea bastante ya?—dijo Garrote con sarcasmo—. Pues sea ydéjame en paz. Si no me acuerdo de ti, si te desprecio....

—¡Pobre hombre!—exclamó Salvador—. Tu orgullo dice tan mal con tusalardes de piedad religiosa.... Yo vengo ahora a ponerte a prueba y aver si tu alma rencorosa es, como parece, incapaz de todo sentimientoque no sea el de la venganza....

—¿Vienes a ponerme a prueba?... Con cien mil rábanos, hombre, que seasbenigno—dijo Navarro empezando a enfurecerse—. ¡Y luego me dirá elmédico que tenga paciencia, que no me sulfure, que no se me suba a laboca y a los ojos la hiel de mis entrañas!... Oye tú, menguado, por nodarte otro nombre, ¿vienes a gozarte en mi desgracia, viéndome enfermo ysin fuerza para castigar un insulto, o vienes a espiarme por encargo delos masones? Si es esta tu intención, no necesitas aguzar el ingeniopara descubrir mis acciones. Puedes decir a esos señores que sí, queestoy conspirando ¡rábano! que hago lo que me da la gana, que trabajocomo un negro por la causa del Rey legítimo y que yo y mis amigos nosreunimos y nos concertamos, despreciando a este Gobierno estúpido, cuyapolicía hemos comprado. Al ejército lo seducimos y lo traemoshabilidosamente a nuestra causa; al Gobierno le engañamos, y a vosotroslos masones de bulla y gallardete os compramos a razón de dos pesetaspor barba. Ea, ya lo sabes todo; ya puedes ir con el cuento.

—Ya sé que conspiras—dijo Monsalud manteniéndose sereno—y no meimporta.... Otro asunto me trae, asunto que es de mucho interés paraentrambos, al menos para mí. Dime, ¿no has pensado alguna vez,principalmente en estos días de dolencias, aislamiento y tristeza, en laesterilidad de los infinitos medios que has empleado para exterminarme?¿No te han venido a la mente consideraciones sobre esto, no te hassorprendido a ti mismo, en ciertos momentos, meditando, sin saber cómoni por qué, sobre el hecho de que todos tus actos de venganza han sidoinútiles, y que Dios me ha preservado casi milagrosamente de tuscrueldades?

Mientras esto decía Salvador, le miraba Navarro con cierto asombro queno carecía de estupidez, y era que, en efecto, había meditado no pocasveces sobre aquel problema. Sin embargo, por no declarar que su sombríointerior había sido descubierto, dijo bruscamente:

—Pues jamás he pensado en tal cosa. ¿A qué vienen esas sandeces?

—Estas sandeces—dijo Salvador creciéndose más—son para demostrarte queDios, a quien tú, llevado de una piedad absurda, crees cómplice de tusviolencias y de tus sañudas venganzas, es quien te ha burlado y me haprotegido. ¡Qué bien y con cuanta oportunidad ha deshecho tuscombinaciones implacables, permitiendo que llegara un día como este, enel cual voy a desarmarte para siempre!

Navarro seguía mirándole con estupidez.

—Por muy malo que te suponga—añadió Salvador—no te creo capaz deconservar tus rencores después de saber que tú y yo somos hijos de unmismo padre.

El guerrillero saltó en su asiento, como quien oye un insulto. Su carase congestionó a borbotones echó de su boca estas palabras:

—¡Es mentira, es mentira!

—¿Mentira, eh? ¿con que es mentira? Tengo de ello un testimonio para mísagrado, escrito por la mano de la persona más querida para mí en elmundo, y ratificado en su lecho de muerte. Tú puedes creerlo o no, segúnse te antoje: a tu conciencia lo dejo. Cumplo con mi deber diciéndotelo.La mitad de este secreto te corresponde a ti, mal que te pese. Yo nopuedo quedarme con él todo entero.

Inquieto en su asiento, Navarro vaciló entre la ira y la curiosidad.

—Esas cosas—dijo—no se pueden creer sin algo que lo pruebe.... ¿A ver,qué es eso? ¿Qué significa ese paquete atado con cintas encarnadas?

Salvador había sacado un paquete y escogía en él los papeles que queríamostrar a Carlos.

—Esta es la carta que mi madre me escribió poco antes de morir—dijoponiéndola en manos de Navarro—. Es la confesión de una falta redimidapor una existencia de penas y oscuridad; es una declaración santa, querespira honradez, paciencia y bondad. Se necesita ser un monstruo parano inclinarse con respeto ante esa vida de abnegación y deberestrascurrida a la sombra de una vergüenza jamás reparada....

El otro leía, leía. Salvador le miraba leer y mentalmente seguía losconceptos de la carta.