Un Antiguo Rencor by Georges Ohnet - HTML preview

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JORGE OHNET

UN ANTIGUO RENCOR

TRADUCCIÓN

DE

F. SARMIENTO

LIBRERÍA DE LA Vda DE CH. BOURET

PARÍS 23, Rue Visconti, 23

MÉXICO 14, Cinco de Mayo, 14

1895

Propiedad del editor.

ÍNDICE

UN ANTIGUO RENCOR

I. De cómo se puede odiar por haber querido demasiado

II. De cómo una casualidad vuelve á encender la guerra

III. Donde hacen traición los aliados con quienes se creía poder contar

IV. El ataque y la defensa

V. Donde la victoria se inclina del lado de la bondad

VI. Dominada por la maldad

VII. El rapto

VIII. El secuestro

IX. El bloqueo

X. En el que se rompen las cadenas

XI. Que trata de un antiguo fuego oculto bajo la ceniza

UN ANTIGUO RENCOR

CAPÍTULO I

DE CÓMO SE PUEDE ODIAR POR HABER QUERIDO DEMASIADO.

Las campanas sonaban alegres en una atmósfera tibia y ligera; las golondrinas pasaban rápidas, en bandadas, arrojando sus agudos chillidos; el sol de junio derramaba sus rayos dorados á través de las ramas, y á lo largo del paseo de tilos que conduce desde la plaza de la iglesia hasta la quinta de la señorita Guichard, la boda caminaba lentamente sobre el césped.

En el momento en que la comitiva, con los novios á la cabeza, desembocaba ante la verja completamente abierta, todos los curiosos de la aldea, agrupados cerca del pabellón del jardinero, prorrumpieron en tan descompasados gritos, y los petardos, prendidos por el cochero, estallaron con tal estrépito, que todos los pájaros que anidaban en el ramaje volaron espantados.

El novio sacó del bolsillo todo el dinero que había preparado para las circunstancias y arrojó en círculo una lluvia de monedas de cincuenta céntimos sobre aquella horda de desgreñados, que se arrojó por el polvo con tal furor, que en un momento no se vió más que una mezcla confusa de calzones, brazos y piernas enredados.

Después se deshizo el montón y con algunos pedazos de vestido de menos y algunos bultos en los ojos de más, todos los alborotadores se marcharon corriendo hacia la tienda de comestibles.

La boda penetró en el jardín, siguió solemnemente la orilla de la pradera, subió la escalinata y entró en el salón completamente adornado con ramos blancos. Las señoras rodearon á la novia, oculta bajo un largo velo y la felicitaron con ardor. La señorita Guichard, apoyada en la chimenea, con el empaque de una reina, recibía los cumplimientos de la parte masculina de la reunión.

Era la tal una mujer alta y delgada, de cara amarillenta á la que formaban cuadro unos cabellos de un negro azabache. Los ojos orgullosos, coronados de espesas cejas, estaban como incrustados en una frente estrecha y altanera. La boca era fina, sinuosa y como contraída con desagrado. La barbilla puntiaguda indicaba á su pesar tendencias autoritarias llevadas hasta la tiranía. En aquel momento hablaba con la señora Tournemine, mujer del alcalde de la Celle-Saint-Cloud, sin dejar de observar con el rabillo del ojo á los jóvenes desposados, que, poco á poco, se habían quedado solos en el hueco de una ventana.

—Señorita, he aquí un día lleno de emociones para usted, dijo la alcaldesa. Verdaderamente el señor Mauricio Aubry es un joven encantador y que parece animado de las mejores disposiciones. Amará á usted tanto más cuanto mayor sea la dicha que va á proporcionarle su deliciosa mujer ... y en vez de una sola afección, va usted á estar rodeada de una doble ternura por esa amable pareja que nunca la abandonará....

—¡Jamás! exclamó con energía la señorita Guichard; el señor Aubry se ha comprometido á ello formalmente.

—Sin duda, replicó con afectada dulzura la señora Tournemine; tiene unos sentimientos bastante buenos para pensar nunca por sí mismo en faltar á ese compromiso ... pero el tiempo trae frecuentemente modificaciones en los planes mejor formados.... Los caracteres se manifiestan libremente, las simpatías se debilitan, las ideas de independencia se abren paso.... Ciertamente, usted es una persona avisada y resuelta.... Usted sabe ver claro é imponer sus deseos.... Pero, sin embargo, bueno es prever que el marido pueda ser mal aconsejado....

Hacia un instante que la señorita Guichard estaba agitada y moviendo los pies como si quemase el suelo. Al oir las últimas palabras no pudo contenerse y exclamó en voz alta:

—¡Mal aconsejado! ¡mal aconsejado! ¿Por quién?

—Cálmese usted, querida señorita, dijo con aire asustado la alcaldesa. No tome usted en mal sentido mis palabras, inspiradas sólo en el interés que por usted tenemos mi marido y yo....

—Su marido de usted ... interrumpió la fogosa solterona, ¿qué ha sabido? Dígame usted la verdad!

—Pero si no sabe nada; supone solamente, como yo, que don Mauricio podrá, en un momento dado, ser impulsado por una influencia ... exterior....

—¡Cuál! Diga usted todo su pensamiento....

—¡Pero si eso sería tan natural, querida señorita!... El señor Roussel de Pontournant....

—¡Oh! Ya se ha pronunciado ese nombre execrable, exclamó con amarga sonrisa la señorita Guichard; si, el señor Roussel, el tutor de Mauricio.

—Y primo hermano de usted, insinuó la señora Tournemine.

—Y mi más mortal enemigo, sí, señora. He aquí el peligro para mí.... Pero lo he prevenido de antemano. El señor Mauricio Aubry está indispuesto con su tutor y la ausencia del señor Roussel en un día como este es buena prueba de lo que la digo. Sí; para entrar en mi casa, el marido de mi sobrina debía romper todos los lazos con el que me odia.... Era preciso que escogiera entre él y nosotras y así lo ha hecho. ¿Podría haber dudado un solo instante?

Al decir esto, la señorita Guichard señalaba á los recién casados que estaban de pie cerca de la ventana del jardín, muy cerca el uno del otro, sonrientes y radiantes, formando un precioso grupo. La joven se había quitado el velo y la corona y con el traje blanco cubierto de flores de azahar, rubia y sonrosada y los ojos animados por la alegría, era la imagen viva de la felicidad.

Muy moreno, la barba en punta, el cabello cortado coronando una hermosa frente, viva la mirada, Mauricio había cogido la mano de Herminia y la hablaba con animación. ¿Qué decía? La señorita Guichard no podía oírlo. Pero la joven movía la cabeza con aire de duda y una cierta inquietud. Dió algunos pasos por la escalinata y lentamente, seguida por Mauricio, descendió al jardín. Una vez allí, seguros de estar á salvo de los indiscretos, reanudaron la conversación empezada en medio de sus invitados.

—Era el único partido que podíamos tomar, dijo Mauricio.

—Pero ¡qué peligroso! suspiró Herminia.

—Si hubiéramos descubierto nuestros proyectos todo estaba perdido; ¿podíamos entonces obrar de otro modo que como lo hemos hecho?

—Es verdad. Pero, sin embargo, me oprime el corazón la idea de que engaño á la que me ha servido de madre.

—Es por su misma tranquilidad.

—¿Estás bien seguro?

—Mi padrino está pronto á reconciliarse con ella.... Ayer mismo me lo repitió y lo hará por cariño hacia mí. ¿Puedes admitir que la señorita Guichard sea más intransigente y menos tierna?... Hay que contar con la primera impresión que producirá á tu tía la presencia del señor Roussel. Él está decidido á ofrecerle la mano y hasta á darle explicaciones, ¡y bien sabe Dios que no se las debe!... Si ante tanta condescendencia la señorita Guichard no se desarma, será preciso desesperar de todo. Yo estoy lleno de esperanza porque te adoro, y sin esa reconciliación no hay dicha posible para nosotros.

—¡Ah! Mauricio, hemos sido muy atrevidos ocultando la verdad á mi tía ...¡Acaso hubiera sido mejor decírselo todo!

—¿Para que un cuarto de hora después me hubiera puesto en la puerta y me hubiera impedido volverte á ver?

—Es posible que yo la hubiera enternecido con mis súplicas y mis lágrimas. Me quiere verdaderamente y hubiera dudado antes de causarme tanta pena....

—Eso era dudoso, querida Herminia, mientras que ahora soy tu marido, me perteneces, tengo derechos sobre ti. Y si fueran puestos en duda....

—Bien, ¿qué harías? preguntó la joven con encantadora sonrisa.

—Tomaría una resolución violenta. Te llevaría, de aquí, y lejos de las luchas de familia, al abrigo de antiguos rencores, viviría para ti sola y trataría de hacerte olvidar con mi ternura las afecciones transitoriamente abandonadas....

—Eso sería una ingratitud.

—Eso sería habilidad. Ya verías como se establecía prontamente la inteligencia. El vacío que haríamos traería la reflexión y la reflexión produciría la reconciliación.... Créeme, querida Herminia, unidos somos muy fuertes.... Y si me dejas conducirte, si obras como yo te lo aconseje, tenemos segura la victoria.

—Me hace mucha falta creerlo así....

Estaban en este momento en una preciosa calle de frondosos árboles, lejos de todas las miradas.

Mauricio rodeó con el brazo el talle de su joven esposa y la atrajo hacia sí. Herminia, ruborizada, bajó sus hermosos párpados y con un movimiento de gracioso abandono, apoyó la cabeza en el hombro de Mauricio.... Éste se inclinó hacia ella y dulcemente acarició con un beso la blanca frente y los cabellos de oro de la mujer amada.... Y con lentitud tomaron de nuevo el camino de la casa, donde, en el salón, abierto de par en par, la señorita Guichard seguía haciendo los honores, ignorando el peligro que le amenazaba.

"Antiguo rencor" había dicho Mauricio hablando de los disentimientos que dividían hacía veinte años al señor Roussel y á la señorita Guichard. Hubiera podido añadir "rencor de amor", porque si la tía de Herminia odiaba tan ardientemente al tutor de Mauricio, era por haberle amado demasiado. Una pasión convertida en aborrecimiento y cuya levadura fermentaba siempre con violencia en el corazón de la solterona. Hacia el año 1867, el señor Guichard, soltero muy rico y cuyos herederos eran su sobrino, Fortunato Roussel y su sobrina Clementina Guichard, había acariciado el sueño de no dividir su fortuna y de casar á sus sobrinos. Esta alianza había sido fijada en una de las cláusulas de su testamento, y queriendo servirse del interés como agente de su voluntad, había desheredado al que se negase á casarse con su coheredero.

Después de haber llorado al difunto lo que pedían las conveniencias, Fortunato y Clementina tuvieron una entrevista con el notario, el cual, al ilustrarles sobre las intenciones de su tío, les procuró una sorpresa que no era precisamente en los dos de la misma naturaleza. Mientras Clementina saltó de gozo, pues había sentido siempre resuelta inclinación por su primo, á quien se llamaba en su casa el bello Roussel, Fortunato torció el gesto, pues se sentía menos que medianamente predispuesto al matrimonio, por sus ideas generales acerca del santo lazo y mucho menos aún por su gusto particular hacia la señorita Guichard. Tan poco entusiasmo demostró, que su prima concibió un violento despecho, que se manifestó, no ciertamente con frialdades, sino con un aumento de amabilidad.

Lo peor del caso fué que este modo de estar amable tenía en Clementina algo de molesto y de autoritario que crispaba los nervios de Fortunato. Parecía decirle: "Estoy condescendiente con usted, porque usted me pertenece. Mis bondades son una de las consecuencias de mi poder sobre usted. Le tengo á usted en mi gracia, como á mis perros, á mis loros ó á mis criados, si me acarician, me divierten y me sirven bien. Pero, ¡ay de usted, como de ellos, si no procura por todos los medios satisfacerme!" Y el diablo quiso, precisamente, que ese despotismo afectuoso fuese, entre todas las formas de ternura, la que más disgustase á Roussel, muy vivo, muy independiente, y absolutamente nada inclinado á dejarse dirigir, siquiera fuese por una mujer bonita. Porque Clementina, de edad de 23 años, era agradable, á pesar de un cierto aire masculino que se indicaba por la abundancia de sus cejas, la firmeza de su perfil, la dureza de su voz y ciertos movimientos bruscos que hubieran gustado en una cantinera. Con todo, tenía estatura elevada, buen aire, ojos magníficos, tez mate y admirable cabello negro.

¿Cómo, con tales prendas, Clementina no tenía pretendientes y se disponía á la ingrata tarea de vestir imágenes? Fortunato daba la explicación en pocas palabras: "Produce cierta inquietud y malestar, decía; ¡le parece á uno que está haciendo la corte á un hombre!" Sin embargo, no por ambición de dinero, porque Roussel estaba al frente de un negocio muy lucrativo, sino por obedecer la última voluntad de su tío, Roussel no había rechazado la idea de casarse con Clementina y había resuelto intentarlo; lo que denotaba en él que era un buen muchacho, porque su prima no le gustaba y él tendía poderosamente á la libertad.

Convinieron en verse para tratar de ponerse de acuerdo y todas las tardes iba Fortunato á tomar una taza de té en casa de Clementina. Ésta se hacía de almíbar para recibirle y ordinariamente, cuando ella le había instalado á un lado de la chimenea, Roussel se decía, mirándola á buena luz: Verdaderamente, no es fea. Y procuraba por su parte romper el hielo que se amontonaba entre ellos. Todo iba bien durante una hora, pero después la provisión de amabilidad de Clementina y las reservas de paciencia de Fortunato se agotaban poco á poco, y llegaban las contradicciones, las discusiones, las frases agrias, y el primo salía de la casa con precipitación, pensando: Dios mío; ¡qué desagradable es! Ella le veía huir con pena, suspiraba y se echaba en cara su humor batallador, porque se daba cuenta perfectamente de su defecto, y se prometía poner de su parte el día siguiente cuanto fuera preciso para no alterar la buena armonía, pero jamás lograba dominarse.

Un asunto de conversación la preocupaba sobre todo y le abordaba con frecuencia, aunque fuese motivo para que su desacuerdo con Fortunato se acentuase con violencia. El abuelo de Roussel, general del primer imperio, había recibido de Napoleón primero el título de Barón después de la campaña de 1813, en la cual se había portado como un héroe. El barón Roussel había constituído un mayorazgo de diez mil francos de renta y añadido á su título el nombre de la tierra de Pontournant. Su hijo, que en tiempo de Luis Felipe se había dedicado á la industria, creyó oportuno llamarse sencillamente Roussel, y Fortunato, continuador de los negocios y partícipe de los escrúpulos de su padre, dejaba en el olvido su título nobiliario. Ni la más insignificante enseña de nobleza; ni el más pequeño de; nada de Pontournant; Roussel á secas; ¡el bello Roussel! y aun, para los íntimos, ¡Roussel el menor! Y él se reía de eso; ¡horror!

Á Clementina ese olvido no le hacía gracia ninguna. El título de Barón, y ese nombre con rastrillo, con barbacana y con torres almenadas, Pontournant, le fascinaba por su aire de la edad media y hubiera querido llevarle. Ser baronesa de Pontournant con los ochenta mil francos de renta del tío Guichard, con más la fortuna de su primo y la suya; ¡qué sueño! ¡Y este Fortunato, poco complaciente, no quería que se le hablase de tal asunto! se burlaba de las veleidades aristocráticas de Clementina y no quería absolutamente proporcionarse el ridículo de convertirse en barón de Pontournant á los cuarenta años y siendo un notable comerciante, condecorado bajo el sencillo nombre de Roussel.

Cuanto mayor era su repugnancia á satisfacer ese deseo de su futura, más grande se hacía el ardor con que ésta se empeñaba en imponérsele. Discutiendo el pro y el contra del escudo nobilario habían roto ya algunas lanzas y de esto vino todo el mal. Clementina, rechazada con ironía, se había batido prudentemente en retirada; pero una retirada no es una derrota para quien posee una voluntad decidida y nuestra heroína acechaba una ocasión de volver victoriosamente á la carga. Fortunato Roussel acababa de ser nombrado capitán de la Guardia Nacional de caballería, cuerpo aristocrático en el que procuraban servir entonces todos los elegantes de París.

Al felicitarle por su nombramiento, Clementina dijo á su primo:

—Ya estás enteramente metido en honores....

Serás recibido por el Emperador en las Tullerías.... Te estoy viendo entrar en gran uniforme....

Estarás magnífico. Pero ¡cuánto mejor sería el efecto si al entrar te anunciasen: "¡El señor capitán barón de Pontournant!..."

—¡Bah! dijo el novio. El capitán Roussel suena muy bien.

—Sería de muy buen gusto volver á llevar el nombre de una ilustración del primer imperio....

—Mi abuelo no pondría buena cara á un miembro de la caballería ligera de la burguesía parisiense....

—Que podría entrar en la aristocracia tan fácilmente.

—¡Bonita ventaja!

—Un bonito nombre cuadra muy bien á un hombre arrogante.

—Prima, ¡tú te propasas!

—Pero, en fin, ¿á qué viene ese empeño de no llevar tu nombre?

—Porque yo soy un hombre de negocios.

—Déjalos.

—Dios mío, ¿y en qué pasaré mi tiempo?

—En ocuparte de mí.

Á estas palabras siguió un largo silencio, como si Roussel hubiera estado midiendo todo el fastidio de semejante proposición y la señorita Guichard calculando toda su inverosimilitud. Por fin, Clementina reanudó la primera la conversación y dijo:

—¿Por tan fútil motivo vas á causarme una pena seria?

—Mi motivo no es más fútil que tu deseo.

—¿Tan testarudo eres?

—¿Y tú tan vanidosa?

—¡Tan desgraciado serías por haberme hecho baronesa!

—¿Y no es, acaso por serlo por lo que tanto deseas que nos casemos?

Aquí se detuvieron, espantados del cambio de sus fisonomías: Fortunato, rojo como un gallo, estaba á dos dedos de la apoplejía y Clementina, devorada por la bilis, parecía amenazada de ictericia. Se encontraron mal y después de algunas palabras insignificantes, necesarias para atenuar la amargura de sus réplicas, se separaron muy descontentos y á mil leguas de una inteligencia. Roussel se fué á pie para calmar la efervescencia de su sangre y dando al diablo á su tío Guichard y á sus fantasías testamentarias.

—¡Bonita idea la de quererme casar con esta soltera rabiosa! ¿Creería que por ochenta mil francos de renta iba á arriesgar la dicha de toda mi vida? Pardiez, no necesito su dinero ...¡Que lo guarde ella, puesto que el matrimonio es la condición sine qua non de la herencia! Yo seré siempre bastante rico, con tal de estar libre y tranquilo ... ¡Si fuese marido de Clementina, gastaría todo el dinero del tío Guichard en consolarme de vivir á su lado ...¡Mal negocio!

Una vez en su casa, durmió mal; tuvo pesadillas espantosas y se despertó decidido á permanecer soltero. Clementina, después de haber pasado una parte de la noche rabiando y llorando, acabó por calmarse y se levantó con el propósito decidido de ceder en todos los puntos para no alejar á Fortunato, sin perjuicio de reconquistar, una vez realizado el matrimonio, todas las posiciones abandonadas. Se sentó á su mesa y escribió á su primo la más amable de las esquelas invitándole á venir á pasar la tarde con ella. Apenas había salido la doncella para llevarla, llegó una carta de Roussel anunciando á Clementina que un negocio imprevisto le obligaba á ausentarse por algunos días. La señorita Guichard exhaló un suspiro, se propuso hacer pagar después á Fortunato las humillaciones que la dedicaba, y no pudiendo hacer cosa mejor que esperar, esperó.

Al cabo de quince días, como no recibiese noticias de su prometido ni oyese hablar de él, perdió la paciencia y se decidió á informarse. Interrogada la portera de la casa, respondió que el señor Roussel estaba en París, del que no se había movido, y que acababa de entrar en su casa. Á

Clementina se le subió la sangre á la cabeza; se vió burlada, desdeñada; el temor y la cólera la sublevaban al mismo tiempo. Prorrumpió en una exclamación que asustó á la portera y enseguida, tomando su partido en un segundo, se lanzó á la escalera, subió los dos pisos, llamó con violencia, y sin preguntar nada al criado, que la conoció y estaba estupefacto, entró como una avalancha en el gabinete de su primo.

Fortunato, sentado en una gran butaca y con una excelente pipa en la boca, leía tranquilamente su correo de la tarde, cuando la puerta, al abrirse bruscamente, le hizo levantar la vista. Se levantó rápidamente al reconocer á Clementina, colocó la pipa sobre la chimenea, metió las cartas en el bolsillo y con voz un poco temblorosa, porque tenía la sospecha de haberse conducido sin galantería, dijo:

—¡Calla! querida prima, ¿eres tú?

Después de esta vulgaridad, permaneció cortado, mirando con embarazo á Clementina, que estaba pálida, verdosa, sofocada, con los ojos dorados por la hiel. Por fin pudo recobrar la respiración y temblando de cólera, dijo:

—¿Con que me ha engañado usted, diciéndome que se ausentaba? Yo le creía de viaje y está usted en París....

—He vuelto antes de lo que pensaba, balbuceó Fortunato.

—No mienta usted; porque no ha salido de París.

—Pero....

—¡Oh! Ahora comprendo porqué no quiere usted llevar su título ... No vendría bien con su carácter....

—¡Prima mía!...

—Se ha portado usted conmigo como un patán.

—¡Ah!

—Si, ¡lo que ha hecho usted es una cobardía!

Y excitándose con el ruido de sus propias palabras, animándose con sus mismas violencias y viendo á Roussel consternado, Clementina llegó al paroxismo del furor. Traspasando todo límite, perdió la cabeza y si su primo hubiera respondido en el mismo tono, hubiera sido capaz de pegarle. Pero él estaba tan pacífico como ella excitada. En vez de replicar, de defenderse, observaba á su adversario y se afirmaba en la resolución de no unirse con semejante furia. Y, sin embargo, si en ese instante Fortunato hubiese proferido una sola palabra afectuosa; si hubiera procurado hacer vibrar el corazón apasionado de la señorita Guichard, la hubiese hecho prorrumpir en sollozos, la hubiera obligado á pedir gracia y la hubiera permitido demostrar la verdadera ternura que sentía por él. Y acaso el uno y el otro hubieran sido felices, hasta tal punto arregla las cosas el amor. Pero Roussel no pronunció la palabra de afecto y Clementina, ahogada por la rabia y no encontrando ya más injurias que lanzar á la faz de su primo, arrojó un grito desgarrador y cayó en el sofá, víctima de un ataque nervioso.

Fortunato, que era la bondad misma, se precipitó á su socorro y recibió algunos puntapiés y alguna que otra tarascada, pero no retrocedió y empezó á desabrochar á Clementina, que lanzaba débiles quejidos. Le mojó concienzudamente las sienes con agua de Colonia y le hizo aspirar un frasco de sales. Estando inclinado hacia su prima, abrió ésta los ojos, le reconoció, se levantó de un salto, le dirigió una mirada de indignación, se volvió á abrochar y de pie en el umbral de la puerta, dijo:

—Conste que soy yo la que ha dado un paso de conciliación. Espero á usted á su vez esta tarde.

Reflexione usted en las intenciones de nuestro tío Guichard y vea si le conviene sufrir las consecuencias de desobedecerle.

Clementina había vuelto á ponerse dura y arisca y acabó de desagradar definitivamente á Fortunato, el cual, creyendo necesario quemar sus naves y cortarse por completo la retirada, dijo en tono muy dulce:

—La consecuencia que tocaré, querida prima, será verte tomar mi parte en la herencia; tómala, pues: creo que no es un precio muy elevado para la libertad.

Acababa de hacer oir á Clementina las palabras más crueles que pudiera esperar de él. Su cara se descompuso y levantando una mano trémula á la altura de la cabeza de Fortunato, respondió:

—Está bien; usted se arrepentirá toda su vida de lo que acaba de contestarme. Desde hoy le considero á usted como mi más mortal enemigo.

Esperaba, acaso, en un arrepentimiento causado por la inquietud; pero había escogido el peor de los medios para atraer á Roussel, que no replicó; hizo una inclinación de cabeza; abrió la puerta á su prima y cuando la vió en la escalera, volvió á entrar en su casa, encendió de nuevo la pipa y continuó la lectura del correo de la tarde.

Sin embargo, no debía quedar tranquilo después de esta salida amenazadora y muy pronto pudo darse cuenta de que Clementina, fuera de su casa, era todavía más formidable. La señorita Guichard empezó una guerra sorda contra aquel á quien odiaba con todas las fuerzas de su amor engañado. Desde luego, como había que explicar el rompimiento á las personas de su intimidad y esta explicación, dada por Clementina, tenía que serle favorable y perjudicial, por tanto, para Roussel, la dulce prima dió á entender que había descubierto en su primo cierto vicio que le infundía temores por su tranquilidad en el porvenir. Y como se hubiesen manifestado dudas, no exentas de curiosidad, había declarado que la temperancia de Fortunato dejaba que desear. No hacía falta más para que se esparciese el rumor de que aquel perfecto caballero, que parecía tan sobrio y arreglado, bebía y volvía á su casa en situación de necesitar, para subir la escalera, la intervención de su criado y de su portero.

Estos rumores llegaron á oídos de Roussel, que empezó por encolerizarse, pero después tomó el partido de reirse de ellos, contando con que la gente que le conociese no daría crédito á tan ridícula especie. Pero si la credulidad pública rechaza con fastidio lo que redunda en ventaja del prójimo, acepta con apresuramiento lo que viene en su perjuicio. Decid á cualquiera: "Parece que Fulano ha hecho una buena obra ó realizado una hermosa acción," y ese cualquiera os responderá con aire contrito: ¡Puede!... Decidle, en cambio, que Fulano ha robado en el juego ó cometido estafas y exclamará en tono de triunfo "¡Ah; eso era de esperar!"

En seis semanas, Roussel pasó por un borracho. Tenía hacía diez años una cocinera que le daba de comer á su gusto y Clementina se la llevó, á fuerza de dinero, y cuando sus amigos la felicitaban por su delicada cocina, ella respondía: "¿Qué quiere usted? No ha podido permanecer en casa de Roussel, porque no pagaba jamás sus gastos. Había veces que le tenía adelantados cuatro ó cinco mil francos, y cuando era absolutamente indispensable entregar dinero, gritaba hasta el punto de hacer necesaria la presencia del juez de paz. Entre nosotros, creo que los negocios de Fortunato van bastante mal."

El primo de la señorita Guichard perdía clientes que habían oído decir que Roussel podía muy bien "faltar" cualquiera mañana. Para desmentir esos funestos rumores, no hizo, durante dos años, más que negociaciones al contado.

Tenía en Montretout, enfrente del bosque de Bolonia, una casa de campo encantadora, en la que sostenía un maravilloso lujo de flores. Sus estufas estaban colocadas en condiciones tales que recibían el sol y la luz desde por la mañana, gracias á un gran solar, no edificado, que las separaba de las propiedades próximas. Ya Roussel había querido comprar ese terreno para plantar legumbres, pero el propietario no había accedido nunca á vendérsele. Por qué maniobras obtuvo éxito la señorita Guichard donde su primo había fracasado, nadie pudo saberlo; pero una mañana vió Fortunato unos contratistas y después una cuadrilla de albañiles que se instalaban en el solar y elevaban una tapia que le quitaba la luz. Fué preciso cambiar de sitio las estufas, que ya no produjeron frutos ni flores tan buenos como antes. En una palabra, en todo y por todo Clementina se ingenió para atormentar, molestar y vejar al que se había empeñado en permanecer soltero.

Así como ella se mantuvo sin casarse, para consagrarse por completo á la guerra continua que hacía á Fortunato. Acaso conservaba en el fondo de su corazón un resto de sentimiento por ese monstruo, como ella le llamaba. Clementina hubiese podido casarse fácilmente; era muy rica, no muy madura y muy agradable para los que no temen á las mujeres del género granadero. Pero ninguna proposición la encontró bien dispuesta. ¿Quién sabe si creía que á fuerza de malas partidas habría de traer á buenas á Roussel y tener la dicha triunfal de verle á sus plantas humillado, arrepentido y barón?

Sin embargo, al cabo de algunos años debió renunciar á toda esperanza, porque su odio se hizo más concentrado y más mortal. Las calumnias esparcidas por ella contra su primo habían acabado por disiparse; porque la buena vida y las acciones claras son la mejor prueba de honradez que puede dar un hombre. Roussel consiguió dominar la dura corriente de malas voluntades desencadenada contra él. Hubo que reconocer, al principio, que había alguna exageración en los rumores esparcidos á su costa y llegó á resultar después evidente que eran falsos. No faltó quien quiso averiguar el origen de aquel envenenamiento social, pero la misma víctima se interpuso entre su verdugo y los curiosos. Por otra parte, acababa de ocurrir un hecho importante que llevaba á su existencia un elemento de interés que Fortunato no había jamás sospechado.

Sin haberse casado, se convirtió en padre. Uno de sus amigos más queridos murió, dejando solo en el mundo á un niño de ocho años. Llamado á la cabecera del moribundo y como éste le rogara con el ardor de una profunda angustia paternal que uo abandonase á su hijo, Roussel, sin grandes frases ni actitudes dramáticas adquirió el compromiso de velar sobre el huérfano, al que apenas conocía. Á fin de darle la triste noticia, fué á verle al colegio y quedó conmovido ante aquel rubillo que lloraba á lágrima viva, solo, enteramente solo ya, y sin otro apoyo que el de un extraño.

Las palabras afectuosas que Fortunato no había encontrado para Clementina, acudieron á sus labios para Mauricio. Al cabo de cinco minutos, el muchacho estaba sobre las rodillas del solterón y éste observaba que aquellos bracitos temblorosos que le estrechaban como á una postrera esperanza, eran la más sólida de las cadenas. Y como Mauricio no se calmaba, el buen Fortunato le llevó á su casa, le instaló en una habitación próxima á la suya, y por la noche, al oirle suspirar, se levantó para ver si estaba enfermo.

El niño, dormido, lloraba en la cama, soñando sin duda con su padre.

Gruesas lágrimas se deslizaban por sus mejillas y mojaban la almohada. Roussel, en camisa y con el candelero en la mano, se sintió presa de un súbito enternecimiento, y aun á riesgo de coger un resfriado, permaneció contemplando al huérfano.

La luz, hiriendo los ojos de Mauricio, le despertó. Abrió éste un instante los párpados hinchados por el llanto y viendo inclinada sobre él una cara que expresaba bondad y ternura, murmuró en medio de su sueño: "¿Estás ahí, papá?..." Roussel se sintió conmovido hasta en los más íntimos repliegues del corazón é imprimiendo en la frente húmeda del niño un tierno beso, dijo en alta voz, como para tomar por testigo al muerto:

—Sí, duerme, hijo mío: ¡tu padre está aquí!

Mauricio no volvió al colegio. Fortunato había llegado á la edad en que el hombre siente placer en vivir dentro de su casa á condición de no estar en ella enteramente solo, y gracias á su hijo adoptivo, encontró el atractivo que podía conducirle al hogar y retenerle en él. Al niño debió, pues, la rectitud de su vida, la seriedad de sus pensamientos, la dignidad sonriente de su madurez. Demasiado inteligente para no darse cuenta de lo que así ganaba, agradeció á su pupilo haberle proporcionado la ocasión de emprender una vida arreglada y se prometió pagarle en felicidad la tranquilidad que por su causa gozaba.

Y tomó en serio su papel de padre. Terminados sus negocios, se ocupaba de Mauricio. ¿Qué tal había trabajado? ¿Estaban contentos de él en el instituto? ¿Había estudiado sus lecciones? ¿Á

qué había jugado en el recreo? Comía con el muchacho, que le daba conversación. Le veía acostarse y dejándole al cuidado de su antigua ama de gobierno, salía con el espíritu tranquilo, é iba al teatro ó á las sociedades, pero jamás se retiraba tarde, atraído por el recuerdo de aquel muchacho tan débil y que tan preferente lugar había tomado en la vida de su tutor.

CAPÍTULO II

DE CÓMO UNA CASUALIDAD VUELVE Á ENCENDER LA GUERRA.

Cuando la señorita Guichard supo que Fortunato tenía un niño á su lado, su primer impulso fué esparcir el rumor de que sería algún pilluelo escapado de Mettray ó de la prisión de jóvenes que éste había recogido en la calle para jugarla una mala partida; pero, contra lo que ella esperaba, la historia no hizo fortuna. Todo el mundo había conocido al señor Aubry, el padre del huérfano, y la generosa intervención de Roussel fué bien juzgada. Su primo Bobard, astuto abogado, llegó á insinuar que el acto era hábil, porque, decidido á permanecer soltero, Roussel se proporcionaba un heredero como medio de desheredar á la señorita Guichard si moría antes que ella.

Clementina no había prestado nunca atención al desagradable pensamiento de que si ella era heredera de su primo Fortunato, también éste debía heredarla, en su caso. En un momento, esa perspectiva abierta por Bobard la sublevó. ¡Cómo! ¡Algo de lo suyo podría ir á su enemigo!

¡Podría éste jactarse de haberse desembarazado de su odio al mismo tiempo que se apoderaba de su herencia! ¡Tendría la alegría salvaje de verla descender á la tumba de familia y de gozar después no sólo de la fortuna del tío Guichard, sino de la suya propia! ¡Nunca! Sus cabellos se erizaron de horror, y exclamó:

—¡Ah! ¿Él tiene un hijo adoptivo? Pues bien, ¡yo también tendré otro!

Bobard, que tenía un hijo en el colegio, insinuó en seguida á Clementina que podía encontrar en ese muchacho un hijo sólido, obediente y respetuoso, pero un varón no convenía á la señorita Guichard. El instinto de su sexo le hacía desear una niña. Hizo saber su deseo á un médico y le declaró resueltamente las condiciones que debía llenar la candidata; tener dos años al menos y tres cuando más; no tener madre ni padre, á fin de evitar toda reclamación; ser bonita, rubia, con ojos azules. En cuanto al carácter, ella se encargaría de formársele y sería bueno.

Ocho días después la señorita Guichard recibía aviso de que una nodriza de Courbevoie tenía una niña que realizaba absolutamente el programa formulado. El padre y la madre habían muerto y como hacía un año que nadie pagaba las mensualidades, aquella mujer, muy pobre, se iba á ver precisada con gran sentimiento y después de haber tardado todo lo posible, á llevar la criatura á la Inclusa. La señorita Guichard subió inmediatamente al coche, se fué á Courbevoie, vió á la niña, que se llamaba Herminia, la encontró á su gusto, dió quinientos francos á la nodriza y se fué colmada de bendiciones y llevando triunfalmente á su heredera.

En su condición de mujer soltera, le pareció inconveniente el ser llamada mamá y enseñó á Herminia á llamarla "mi tía." Pudo desde entonces desafiar á Roussel no sólo en el presente, sino también en el porvenir. La hija de la una valía por el hijo del otro. Pero, cosa singular, el corazón de Clementina no se fundió, como el de Fortunato, al calor de esta nueva afección. Amó á Herminia, no por la dicha de amar, sino porque le servía de aliada contra su enemigo. El encanto, la gracia, la inocencia de la niña no lograron apoderarse por completo de la señorita Guichard, que no fué verdaderamente sensible más que al útil apoyo que le proporcionaba aquella criatura, en su lucha contra Fortunato.

No pudo desconocer, ciertamente, la dicha que entraba en su casa, que era, antes de la adopción de Herminia, como una jaula sin pájaro y que ahora llenaba la niña con sus risas, con sus cantos, con su alegría. Pero Clementina era menos accesible á estos goces deliciosos que á la áspera satisfacción de pensar veinte veces al día: "He perjudicado á Roussel."

Educó á Herminia con perfección pero severamente. La cuidó con el celo de un artillero por su cañón. Cuando la niña estuvo enferma, la señorita Guichard experimentó vivas inquietudes, llamó al mejor médico y hasta pasó en vela algunas noches; pero jamás experimentó ese ardor espiritual que templa la atmósfera en torno de un niño y le hace vivir en medio de la mayor seguridad, en la evolución de un tranquilo desarrollo. Jamás su corazón de mujer tuvo los pequeños refinamientos de afecto, las delicadas atenciones que Roussel prodigaba á Mauricio.

Se hizo amar por su hija adoptiva, pero se hizo más respetar. El nombre de "tía" convenía por su frialdad á las relaciones afectuosas que Herminia tenía con la señorita Guichard: llamarla mamá hubiera sido imposible, porque en realidad era tratada como una sobrina.

Durante quince años la vida no ofreció graves incidentes. El rencor de Clementina no estaba extinguido, sino en ese estado de incubación semejante al de los volcanes que no revelan su actividad interior más que por los tenues hilos de humo que se escapan por sus costados. Ni Roussel ni la señorita Guichard habían hablado de sus disentimientos á Mauricio y á Herminia, obedeciendo al miedo de sembrar el odio en aquellos sencillos espíritus.

Los dos muchachos crecieron y entraron en la edad juvenil. Mauricio, después de terminar sus estudios, había manifestado una afición muy marcada por la pintura. Como estaba llamado á ser rico, pues el capital de su padre, cuidadosamente administrado, producía treinta mil francos de renta y Mauricio le había asegurado una considerable fortuna por una donación inter vivos, poseía todos los medios necesarios para realizar sus aspiraciones artísticas. Roussel, siempre práctico, no se contentó con que su hijo fuese un simple aficionado.

—Todo lo que se hace, le decía, es preciso hacerlo con perfección. Deseas pintar, no me opongo; pero te exijo que trabajes como si tuvieras necesidad de tu paleta para vivir. Vas á entrar en la escuela de Bellas Artes; te recomendaré á Baudry, que es amigo mío, y á Meissonier, á quien conocí en la Guardia nacional. Si quieres hacer grandes cuadros á la manera de los grandes maestros italianos del Renacimiento, el primero te será útil; si prefieres dedicarte al arte minucioso de los Flamencos, el segundo te dará consejos; pero, cualquiera que sea tu elección, conviene que te apliques á ella con todas tus fuerzas.

Mauricio adquirió ese compromiso y le cumplió. Á los veintitrés años obtuvo el segundo premio y por una rara delicadeza, no quiso concurrir al año siguiente, aunque estaba casi seguro de la victoria. Para explicarlo, dió á su tutor razones que le conmovieron vivamente:

—Tengo tres concurrentes enteramente pobres y pueden desesperarse por un fracaso. Cualquiera de ellos que obtenga el primer premio tiene su carrera asegurada. ¿Voy yo, que soy rico, gracias á mi padre y á usted, á servir de obstáculo á ese porvenir que puede ser tan fecundo y tan dichoso? Puedo hacerlo, materialmente, pero moralmente no tengo ese derecho. Mi segundo premio me da bastante distinción; soy conocido y apreciado. ¿He llegado al fin que usted me había mandado alcanzar? ¿Exige usted que haga más?

—No, dijo Roussel abrazando á su hijo; eres un buen muchacho.

El año siguiente, Mauricio expuso su gran cuadro "La orgía en Caprera", que hizo profunda sensación, y el retrato de su tutor; y obtuvo una tercera medalla.

La señorita Guichard supo por los periódicos el éxito del pupilo de Fortunato y quiso ir á la exposición de pinturas. Fué sola temiendo venderse y que Herminia conociese su ira. Buscó la sala A., donde, en medio de los cien lienzos colgados en la pared, se destacaba una figura, como una aparición fantástica, apoderándose de sus miradas y ejerciendo sobre ella como una especie de atracción hipnótica: Roussel, de un parecido inverosímil, fresco, sonrosado, con sus cabellos blancos, satisfecho, pacífico. Se salía, literalmente, del cuadro y Clementina creyó que se dirigía hacia ella desafiándola con su mirada dichosa, y con su boca sonriente; injuriándola con su insolente alegría. La señorita Guichard avanzó hacia él atrevida, amenazadora y llegada ante el lienzo, con la cabeza trastornada por la cólera, los labios apretados para no estallar en injurias, levantó su sombrilla con actitud furiosa é iba á golpear á su enemigo cuando una mano la detuvo, al mismo tiempo que una voz decía:

—Pero, señora, ¿qué hace usted?

Volvió en sí y se encontró al lado de un guarda de la exposición que la miraba con asombro y refunfuñaba. Clementina balbuceó:

—Hace mucho calor aquí.... He tenido un momento de turbación....

Y fuera de sí, no pudiendo permanecer ante aquel retrato sin ceder al deseo de rasgar la tela, huyó, mientras el empleado decía severamente:

—¡No se debía dejar entrar aquí á las locas!

La señorita Guichard volvió á su casa confesándose que Roussel poseía sobre ella una marcada superioridad y que jamás Herminia tendría ni un gran talento para pintar, ni gran voz para hacer sensación como cantante, ni buen arte como pianista para rivalizar con los Poloneses. Dijo cosas desagradables á su sobrina, que no comprendía nada de todo aquello, y se acostó preguntándose qué mala partida podría jugar á Fortunato.

La casualidad, ese cómplice de los que nada pueden, se encargó de proporcionarle un terrible desquite. Se había instalado en la Celle-Saint-Cloud, como todos los años, para pasar el verano, y en sus paseos por el bosque de Saint-Cucufa, veía en la eminencia de Montretout la casa de su primo. Con mucha frecuencia pensaba: "Si tuviera á mi disposición durante un día uno de los grandes cañones del Mont-Valerien, ¡cómo aniquilaría la casucha de ese miserable! Sería asunto de algunos cañonazos bien dirigidos."

Pero el Estado francés no presta sus cañones á los particulares, aunque sea para bombardearse en familia, y Clementina tuvo que resignarse á ver la casa maldita que se levantaba á lo lejos, punto blanco en el horizonte verdoso de los bosques. Fuera de esto, vivía tranquila en aquel país encantador gozando de un bonito jardín y de sus hermosas flores. Herminia especialmente, era dichosa en la Celle-Saint-Cloud. Amaba la tranquila libertad del campo y pasaba los días bajo un emparrado adornado con guirnaldas de madreselvas, cultivando la amistad de los jilgueros que venían á cantar para ella, revoloteaban al alcance de su mano y comían miguitas de su merienda.

De vez en cuando, vibraba una voz fuerte que decía: ¡Herminia!, y los pajarillos volaban espantados hacia el espeso follaje, la arena rechinaba bajo el peso de un pie varonil y aparecía la señorita Guichard con su labor, se sentaba cerca de su sobrina, bajo la sombra embalsamada, y se ponía á trabajar, manejando las agujas de su malla como si fueran espadas y atravesando la lana á grandes pinchazos, como si se hubiera tratado del pecho del aborrecido Roussel. La joven se ingeniaba entonces para agradar á la terrible solterona, la hablaba con amabilidad y trataba de arrancar una sonrisa á sus labios severos y una caricia á sus manos nerviosas.

Una tarde de julio, estaban juntas en aquel sitio, cuando oyeron sonar en la plaza risas estrepitosas, acompañadas de piafar de caballos. Eran unos empleados de comercio y algunas jóvenes, que montados en caballos de alquiler, se dirigían á Ville-d'Avray para ir después á París. El jardinero de la señorita Guichard, ocupado en rastrillar un terraplén que caía sobre el bosque á lo largo de una calleja, miraba por encima de la tapia la partida de la bulliciosa cabalgata, que había salido al galope y no podía contener los caballos, estimulados por un pienso extraordinario. De repente, el buen hombre lanzó un grito, levantó los brazos al aire y dejando caer de golpe el rastrillo, dijo con voz alterada:

—¡Ah Dios mío! ¡Acaban de atropellar á un hombre!...

La señorita Guichard y el jardinero llegaron al mismo tiempo á la puerta del jardín. La cabalgata se alejaba más de prisa de lo que hubiera deseado, entre una nube de polvo, y sobre las piedras del camino se encontraba caído un joven, sin conocimiento y con la frente ensangrentada y el bastón, roto en dos pedazos, cerca de él. Clementina tenía un genio resuelto, probado en muchas circunstancias. Con voz vibrante llamó á su cochero, que estaba á alguna distancia, y dijo dirigiéndose al jardinero:

—Hay que llevar este desgraciado al pueblo....

—¡Oh! tía mía, exclamó con angustia Herminia, ¿estará muerto?

—¡Muerto! Bah ... no se muere así como así. Está desvanecido.... Un poco de agua en la cara ...

vinagre en la nariz y esto no será nada....

El jardinero y el cochero cogieron al joven el uno por los pies y el otro por los hombros, se le llevaron y le extendieron sobre unos almohadones, en la cochera, sin que recobrase el conocimiento. El cochero le lavó la cara para quitar la sangre que le desfiguraba y le puso bajo la nariz el vinagre que le servía para los caballos, pero nada de esto sirvió. Pálido, los labios contraídos, los ojos cerrados, el desconocido permanecía inerte y la señorita Guichard tuvo miedo.

—¡Oh! Oh! ¿Acaso será esto más serio de lo que había pensado? Será preciso llevarle á la alcaldía.

—¡Oh, tía mía!, suplicó Herminia; ¿dónde puede estar mejor cuidado que en nuestra casa?

—¡Es verdad!, contestó con convicción la señorita Guichard. En todo caso, habrá que llamar un médico....

—Señorita, el doctor Fortier ha vuelto á su casa hace una media hora.... Le he visto pasar en su coche por el camino....

—Vaya usted á buscarle.

—Algunos minutos después, el médico de la Celle-Saint-Cloud, el excelente doctor Fortier, llegaba á toda prisa.

—¿Qué pasa, señoras? preguntó; ¡se mata á las gentes en la puerta de esta casa! ¡Oh! ¡Oh!...

Vamos á ver qué razones puede tener este mozo para no responder á tan excelentes cuidados

...¡He! diablo! Ha recibido un revolcón tremendo ... y tiene ... sí, tiene el hombro izquierdo dislocado....

—¡Dislocado! exclamó la señorita Guichard; ¡pero eso es espantoso! Eso es....

—Casi nada; una bagatela, interrumpió el doctor.... Vamos á ponerle esto en su sitio inmediatamente.... Tiene una contusión en la cabeza.... Parece que le han atropellado unos caballos, según me ha dicho el jardinero.... Sin duda la herida de la frente ha sido causada por una herradura.... El pulso es bueno ... la respiración, regular.... Si ustedes quieren darme media docena de toallas le arreglaré este hombro, con la ayuda de estos dos buenos muchachos....

—Herminia, corre al ropero....

Herminia, como una sílfide, estaba ya en la escalinata.

—Es un hombre distinguido, dijo el doctor; su porte es cuidado y tiene una buena fisonomía....

Algún excursionista á quien han atropellado esos locos.... El alquilador de caballos de Villed'Avray me vale ciertamente, un año con otro, diez brazos rotos y costillas fracturadas.... ¡Ah!

Aquí están las toallas.... Señoras, la operación que voy á practicar no es nada peligrosa, pero sí penosa hasta más no poder.... Agradecería á ustedes mucho que por algunos minutos me dejasen solo con el herido y mis ayudantes.